El pensamiento humano y el pensamiento cósmico. C4.

Rudolf Steiner – Cuarta Conferencia – Berlín,  23 de Enero de 1914

Versión en inglés

Hemos estudiado los distintos matices y temples de las concepciones del mundo que pueden cundir en el alma humana, y como que, realmente, no puedo sino entresacar algunos puntos de vista del vasto dominio de este tema, voy a destacar uno de ellos con base en un ejemplo especial.

Pongamos el caso de una persona cuya vida transcurre predispuesta para el idealismo: se satura del matiz de la concepción del mundo propia del idealismo, y lo convierte en factor dominante de su vida interna, gracias a que apunta hacia él y se alimenta de él, el temple anímico que ayer designé como misticismo o temple venusiano. Por lo tanto, recurriendo a los símbolos de la astrología podamos decir que la constelación espiritual de esa persona en cuanto a sus dotes espirituales, es la de Venus en Aries.

Para que no haya malentendido, insisto expresamente en que esas constelaciones son mucho más significativas para la vida del hombre que las del horóscopo ordinario, pero que en manera alguna coinciden con su “natividad”. En efecto, la influencia acrecentada que el misticismo en el signo del idealismo puede ejercer sobre el alma humana, aguarda el momento propicio para lograr los óptimos frutos de un misticismo que se encuentra en el signo del idealismo. En manera alguna, esto significa que la preponderancia de dichas influencias coincida con la hora del nacimiento; pueden situarse antes o después.  Según la interna configuración orgánica, se aguarda el momento de que estas disposiciones puedan mejor integrarse en el organismo humano.

No entra en consideración pues la natividad astrológica, a pesar de lo cual sea acertado decir que cierta alma tiene una disposición que, espiritualmente hablando, corresponda a Venus en Aries, el misticismo en el signo del idealismo. Ahora bien, las fuerzas que nacen de esta manera, no subsisten por toda la vida; se modifican, es decir, el hombre  se halla expuesto a otras influencias, a otros signos zodiacales espirituales y también a otros temples anímicos. Supongamos que nuestro idealista místico se modifica de modo que, en el curso de su vida, el misticismo avanza al empirismo, y que éste se halla en el signo del racionalismo.

De acuerdo con el esquema que les tracé ayer, yendo de dentro hacia afuera, el paso al temple del empirismo, en imagen simbólica, constituye un avance en relación con el misticismo, tal como el Sol sigue a Venus. Al mismo tiempo, el alma se ha colocado en el signo del racionalismo que ha cambiado de concepción del mundo, y sus creaciones, sobre todo, si fue una personalidad vigorosa en el intervalo en que su misticismo se hallaba bajo el signo del idealismo, las cambiará y traspasará a otro matiz de concepción del mundo; hará otras aseveraciones cuando, de la manera descrita, su temple místico haya avanzado hacia el empírico, y cuando éste se haya ajustado al signo del racionalismo. De lo que antecede puede deducirse asimismo que las almas humanas tienden a cambiar de signo y temple de su concepción del mundo; pues, para ellas, ya se haya prefigurada la tendencia al cambio. Supongamos ahora que aquella misma alma quiere continuar dentro de la misma tendencia,  es decir, avanzar del empirismo al voluntarismo. Y si hiciera lo mismo en el zodiaco espiritual, entraría en el matematismo; pasaría a una concepción del mundo que, en esta imagen simbólica, se desvía de la primera línea, en que el misticismo se encontraba en el signo del idealismo, en un ángulo de 60º. Y esa alma expresaría entonces, en el curso de la misma encarnación, un edificio matemático del mundo, penetrado y sustentado por la voluntad.

Pero entonces resulta algo y les suplico se fijen bien en cómo voy a explicar el asunto: dos de esas constelaciones que están presentes en el alma en tiempos sucesivos, se estorban e influyen desfavorablemente, si se encuentran bajo un ángulo de 60º. En la astrología física,  ésta es una constelación “favorable”; en la espiritual, esta posición llamada sextil, es aciaga, lo que se expresa por el hecho de que esta última posición: voluntarismo en el signo del matematismo, tropieza con un grave obstáculo en el alma. En consecuencia, esa posición no puede llegar a concretarse, ya que no encuentra ninguna predisposición a admitir lo que el matematismo ofrece. Así se expresa lo desfavorable del sextil: no puede formarse la posición del voluntarismo en el signo de matematismo. En consecuencia, ni siquiera se hace el intento de que el temple anímico avance en ese sentido. Lo que sucede entonces es que el alma que se halla ante ese dilema, cambia de rumbo y, desde su posición actual, esto es, empirismo bajo el racionalismo, busca la salida, y se coloca en oposición a la dirección anterior, que aun le es posible mantener. El avance al voluntarismo, no se realiza, pues, como se esperaría según la línea punteada, sino que el alma, con su recién adquirido voluntarismo se pone en oposición a su anterior empirismo: el voluntarismo entrará en oposición al racionalismo en el signo del dinamismo. Y en el curso de su vida, semejante alma tendría como posible constelación la de representar una concepción del mundo que se apoya en una peculiar penetración de fuerzas o de dinamismo en el mundo, impregnado de voluntad: voluntad que quiere imponerse por medio de fuerzas. Una vez más, hay aquí una diferencia entre la astrología espiritualista y la física: en ésta, la oposición tiene muy distinto significado que en aquélla. Aquí, la oposición se produce en virtud de que el alma no puede proseguir por un camino adverso, y vira a la posición opuesta.

Lo que aquí les tracé corresponde a la biografía psíquica de Nietzsche. Traten de comprender el camino de sus primeras obras: se explica por la posición del misticismo en el  signo del idealismo. En esa época de su vida, Nietzsche escribió: “El nacimiento de la tragedia”, “David Strauss, confesor y escritor”, “Utilidad y desventaja de la historia para la vida”, “Schopenhauer como educador”, “Ricardo Wagner en Bayreuth”; el alma avanza; viene una segunda época a que pertenecen “Cosas humanas y demasiado humanas”, “Aurora”, “La ciencia alegre”. De la posición en oposición, surgieron las obras que se apoyan en la voluntad del poder, en la voluntad penetrada de fuerza y poder.

Existe, pues, una estricta correlación entre el cosmos espiritual y la manera de como el hombre se articula en él. Valiéndonos de los símbolos de la astrología, si bien con significado distinto, podemos decir: en determinada época de la vida de Nietzsche, Venus estuvo en Aries, pero cuando esta constelación anímica pasó a Sol en el signo de Tauro, no podía seguir adelante, no podía avanzar con Marte al símbolo de Géminis,  sino que pasó a la oposición, esto es, con Marte al signo de Escorpión: he ahí lo que singulariza su última fase. Pero el hombre solo soporta esta constelación, si penetra en la posición debajo de la horizontal idealismo-realismo en alguna concepción espiritualista del mundo: ocultismo o algo similar; de lo contrario estas constelaciones reaccionan desfavorablemente sobre el hombre mismo. De ahí el destino trágico de Nietzsche. Las constelaciones superiores se soportan si uno sabe acomodarse adecuadamente a las condiciones del mundo externo, lo que está debajo de la línea idealismo-realismo solo se resiste si uno se sumerge en el mundo espiritual, lo que Nietzsche no pudo hacer. Con decir “acomodarse a las condiciones del mundo externo”, me refiero, por ejemplo a integrarse por medio de la educación, o de las condiciones externas de la vida, condiciones que entran en consideración para todo lo que existe arriba de la mencionada horizontal. En cambio, la vida meditativa, la dedicada al estudio y comprensión de la ciencia espiritual, entra en juego para todo lo que se encuentra debajo de dicha línea.

Para apreciar el alcance de lo que se ha bosquejado en este ciclo de conferencias, hay que poner en claro cuál, es el papel del pensamiento y como se introduce en la experiencia humana.

El materialista burdo de nuestra época considera adecuado a sus intenciones el hablar de que el cerebro, o el sistema nervioso central respectivamente, genera el pensamiento. Para quien cala la realidad esto es tan cierto como el creer que, al reflejarse en el espejo, el espejo ha creado el rostro que se contempla. El espejo no produce la cara que une ve, sino que ésta se encuentra fuera de él: el espejo no hace sino reflejar la cara; esto lo expuse incluso en varias de mis conferencias públicas. Algo muy similar sucede con los pensamientos que el hombre vive, haciendo caso omiso, por ahora, de otros contenidos del alma: la vivencia mental quese agiliza y se realiza en presencia del pensamiento, no la produce el cerebro, ni más ni menos que la imagen del rostro no es producida por el espejo. En verdad, el cerebro es simple instrumento que refleja la actividad anímica a fin de que esta se torne visible para sí misma. El cerebro nada tiene que ver con los pensamientos que el hombre registra, como el espejo nada tiene que ver con la cara si la ven en el espejo.

Pero existe otra cosa: en el acto de pensar, el hombre propiamente no percibe sino las postreras fases de su actividad o experiencia pensante, y para explicarlo, recurriré nuevamente a la comparación con el espejo. Imagínense parados sin poder verse la cara; por mucho que claven su mirada, no la ven. Si la quieren ver tienen que elaborar algún material que refleje su rostro, es decir, preparar el material primero para que produzca la imagen refleja. Y al igual de lo que el hombre haría con el espejo, tiene que hacer el alma con el cerebro: en el caso de que, por ejemplo, ustedes quieran percibir el pensamiento “león”, a la actividad pensante que lleve a percibir el pensamiento, le precede un trabajo pensante que empieza por movilizar las partes profundas del cerebro, de modo que se vuelvan espejo para la percepción del pensamiento “león”, y ¿quién convierte al cerebro en espejo? ¡Ustedes mismos! Lo que finalmente perciben como pensamientos, son las imágenes reflejas; lo que tienen que preparar primero para que aparezca la imagen refleja respectiva en alguna sección del cerebro. Ustedes mismos con su actividad anímica, son los que imparten a su cerebro la estructura y capacidad necesaria para reflejar como pensamientos, lo pensado.  Si quieren retrotraerse a la actividad que subyace en el pensar,  encontraran la actividad anímica que interviene y se agiliza en el cerebro. Y si su alma ejecuta cierta actividad en el cerebro, se logra en este un reflejo que permite percibir el pensamiento “león”. Ya ven ustedes, lo primero que ha de estar ahí, es lo anímico-espiritual que ha de trabajar sobre el cerebro. Entonces, gracias a la actividad anímico-espiritual, el cerebro se convierte en aparato que refleja el pensamiento. He ahí lo que en verdad sucede, eso que a mucha gente del presente confunde tanto que no pueden captar.

El que hace algún progreso en la percepción oculta, puede mantener separadas las dos fases de la actividad anímica; seguir de cerca cómo, al querer pensar algo, tiene la necesidad, no solo de captar el pensamiento sino prepararlo;  en otras palabras, preparar su cerebro. Cuando en la investigación oculta, uno desea formarse una imagen mental de las cosas,  se impone al principio la tarea, no de representar de una vez,  sino de ejercer primero la actividad preparatoria de la representación: he ahí lo que importa tener en cuenta, pues sólo enfocándolo, tenemos delante de nosotros el pensamiento humano en su efectividad real. Por fin, ya sabemos cómo funciona la humana actividad pensante: primero, ella afecta el cerebro o alguna parte del sistema nervioso central; ejerce alguna función, mueve, digamos,  las partes atomistas de alguna manera, las pone en algún movimiento, y así se convierten en aparato reflector: el  pensamiento es reflejado y el alma adquiere conciencia de él. Hemos de distinguir, pues, dos fases: desde lo anímico-espiritual, el trabajo cerebral para la externa vivencia física; luego, la percepción, después de que el alma ha terminado el trabajo cerebral necesario para hacerla posible. En el hombre ordinario, ese trabajo cerebral permanece del todo en el subconsciente, y él tan sólo percibe el reflejo; en cambio, para el hombre dedicado a la investigación oculta, es una realidad la vivencia de la preparación. Hay que experimentar cómo verter la actividad anímica y acondicionar el cerebro, para que se preste a representarnos los pensamientos.

Lo que acabo de decir es algo que ocurre continuamente durante la vigilia: la actividad pensante trabaja constantemente sobre el cerebro y lo convierte en aparato reflector de los pensamientos. Pero no basta con que sea objeto de trabajo mental sólo aquello que nosotros mismos a él supeditemos, pues la función ahí ejercida por lo anímico espiritual es actividad estrechamente delimitada. Si despertamos por la mañana, si estamos despiertos durante el día, si nos dormimos de noche, la actividad anímico-espiritual asociada al pensar consiste en trabajar durante todo el día sobre el cerebro, de modo que se convierta en aparato reflector. Pero el cerebro ha de existir primero, y la actividad anímico-espiritual puede apuntar en él sus pequeñas grabaciones: existe, pues en sus rasgos esenciales, pero esto no basta para nuestra vida humana.

El cerebro no podría beneficiarse de nuestro trabajo cotidiano, si todo nuestro organismo no se hallara estructurado para servirle de base, estructuración o preparación que se realiza desde el cosmos. Así como, diariamente, trabajamos durante la vigilia en la perfilación del cerebro, convirtiéndolo en aparato reflector para los pensamientos cotidianos, del mismo modo es necesario que nos modele el cosmos, ahí donde nosotros mismos no seamos capaces de tallarnos y perfilarnos. Así como nuestros menudos pensamientos trabajan y llevan a cabo sus pequeñas grabaciones, del mismo modo, todo nuestro organismo ha de quedar configurado según el mismo patrón de actividad pensante, gracias a la influencia cósmica que actúa sobre él desde fuera. Y esto sí es posible, porque lo que actúa en nosotros sobre nuestras pequeñas grabaciones, existe también en el cosmos, impregnándolo con el vaivén y la urdimbre de su actividad pensante. Por ejemplo, lo que, en última instancia, se presenta bajo el signo del idealismo, preexiste ya como su actividad causante en el cosmos espiritual, y puede actuar sobre el hombre inclinándole hacia el idealismo. Del mismo modo, los otros matices, temples y signos se labran en el hombre desde el cosmos espiritual.

La figura del hombre es resultado de los pensamientos del cosmos; es el cosmos el gran pensador que, hasta la última uña del dedo, graba nuestra forma en nosotros, en analogía a como, nuestro menudo trabajo mental ejecute las pequeñas grabaciones en el cerebro durante el día. Así como nuestro encéfalo, mejor dicho, sus pequeñas secciones donde pueden tener lugar las grabaciones, se halla bajo la influencia del trabajo pensante, asimismo nuestro hombre entero se halla bajo la influencia del cósmico trabajo pensante. ¿Qué nos significa el ejemplo que les di de Nietzsche?. Que por el karma de sus encarnaciones anteriores, el estaba preparado para que, en determinado momento, las fuerzas del idealismo y del misticismo, mancomunadas debido a que este se hallaba en el signo de aquel; actuaran sobre su constitución física de modo que inicialmente pudiera convertirse en idealista místico; pero luego cambió la constelación, conforme indiqué.

Estamos siendo pensados desde el cosmos; el cosmos es quien nos piensa. Y así como en nuestra pequeña faena mental cotidiana, nos corresponden las minigrabaciones en nuestro cerebro, y luego, como reflejos de lo que primero preparamos en el cerebro, es decir, de lo que gracias a la preparación del cerebro, terminamos por percibir, nos llegan a la conciencia las representaciones arriba, abajo, izquierda y derecha, asimismo las entidades de las jerarquías cósmicas actúan llevando a cabo la gran actividad pensante que graba en el mundo aquello que es superior en categoría a lo nuestro en faena mental cotidiana. Tenemos, pues, que no sólo nacen nuestras diminutas grabaciones que luego se reflejan individualmente en forma de pensamientos, sino que nosotros mismos, con la integridad de nuestro ser, les aparecemos a las entidades de las jerarquías superiores como sus pensamientos. Así como nuestros pequeños procesos cerebrales reflejan nuestros pequeños pensamientos, nosotros, a nuestra vez, grabados en el cosmos reflejamos sus pensamientos: cuando las jerarquías cósmicas piensan, piensan, por ejemplo, al hombre. Y así como de nuestras menudas partículas cerebrales, proceden nuestros pensamientos fugaces, del mismo modo provienen, de lo que las jerarquías crean y de cuya creación formamos parte, sus pensamientos. Y así como las secciones de nuestro cerebro son nuestros aparatos de reflejo que primero adaptamos a nuestros pensamientos, del mismo modo nosotros, seres humildes, somos aquello que las  jerarquías cósmicas adaptan a sus pensamientos. En cierto modo, cabe, pues, decir: podemos sentirnos frente al cosmos, como se sentiría una pequeña parte de nuestro cerebro frente a nosotros mismos. Y del mismo modo que, en lo anímico-espiritual, no somos idénticos a lo que es nuestro cerebro, así tampoco las entidades espirituales son idénticas a nosotros. De ahí que seamos autónomos frente a las jerarquías superiores. Digamos, pues, que, en cierto modo nos hallamos a su servicio para que ellas puedan pensar gracias a nosotros; pero al mismo tiempo, somos entidades autónomas que conservan su identidad, a semejanza de como incluso las partículas de nuestro cerebro tienen cierta vida propia.

Encontramos, pues, la conexión entre el pensamiento humano y el cósmico. Aquél es el regente del cerebro; éste es un regente en cuya ejecutoria nosotros nos hallamos insertados con todo nuestro ser. Mas, en virtud de nuestro Karma, él no puede, en cualquier momento, dirigir hacia nosotros la totalidad de sus pensamientos de una sola manera; por lo que hemos de ser configurados conforme a su lógica, nosotros,  los hombres, poseemos, pues, una lógica según la cual pensamos; las jerarquías espirituales cósmicas tienen la suya propia, expresada en lo que hemos trazado en el pizarrón, en forma esquemática. Así como nosotros, por ejemplo, al pensar que el león es un mamífero asociamos dos conceptos en un juicio, así las jerarquías espirituales cósmicas aglutinan en un solo pensamiento, por ejemplo, misticismo o idealismo, en tanto que nosotros les separamos diciendo: el misticismo  aparece en el idealismo. Imagínense esto, por de pronto, como actividad preparatoria del cosmos. Luego resuena el “Fiat” creador, el verbo creador. El acto preparatorio de las entidades espirituales, consiste en que, en un individuo de antecedentes kármicos correspondientes, se deposita la disposición a convertirse en idealista místico. Lo que nosotros, en lenguaje terrenal, llamaríamos un pensamiento, se refleja hacia esas jerarquías cósmicas y viene siendo, para ellos, expresión de un hombre que es idealista místico, pensado por ellas, después de haber preparado el juicio cósmico: ¡aparezca el misticismo en el signo del idealismo!.

Así hemos trazado, pudiéramos decir, el interior del verbo o pensamiento cósmico. El esquema de lógica cósmica que hemos trazado, visualiza el modo de pensar de las jerarquías cósmicas, por ejemplo ¡aparezca el empirismo en el signo del racionalismo!; etc. Tratemos de imaginarnos lo que, de esta manera, puede ser pensado en el cosmos: Puede nacer el pensamiento cósmico: ¡aparezca el misticismo en el signo del idealismo! ¡Transfórmese!  ¡nazca el empirismo en el signo del racionalismo! ¡Resistencia!. Lo que seguiría, sería un juicio cósmico falso: el pensamiento se desvía, a manera de como nosotros rectificamos los nuestros. Ha de aparecer el  tercer punto de vista: ¡voluntarismo en el signo del dinamismo!. Todo esto, tres juicios pronunciados sucesivamente en los mundos cósmicos da por resultado el hombre “Nietsche” y es reflejado hacia el cosmos en forma de pensamiento.

Así es cómo habla el conjunto de las jerarquías espirituales en el cosmos. Y nuestra humana actividad mental constituye unpequeño trasunto de ello. Los mundos guardan con el espíritu, o con los espíritus, del cosmos, la misma relación que nuestro cerebro con nuestra alma. Así se nos permite un atisbo de algo que, por cierto, sólo deberíamos contemplar con temor reverencial, pues nos encontramos aquí ante los misterios de las individualidades humanas. Aprendemos a comprender que, hablando en metáfora, los ojos de los seres de las jerarquías superiores se deslizan sobre los individuos humanos, y que éstos son para ellas, lo que para nosotros las letras individuales del libro que leemos. Y esto es lo que sólo hemos de contemplar con temor reverencial: somos testigos mudos de la actividad pensante del cosmos.

En nuestra época, es necesario levantar hasta cierto grado el velo de semejante misterio, porque las leyes que aquí hemos señalado como las que rigen los pensamientos del cosmos, se hallan activos en el hombre. Y su estudio nos ayuda a comprender la vida, así como a que comprendiéndola, nos comprendamos a nosotros mismos. Nos comprendemos, aún cuando las condiciones de la vida nos obliguen a cierta postura unilateral, de modo que sepamos que pertenecemos a un gran todo, que somos integrantes de la lógica pensante del cosmos: la ciencia espiritual nos capacita para calar estas relaciones, y nos da una instrucción que nos permite, por una parte, comprender la unilateralidad de nuestras dotes y, por la otra, hacernos más universales gracias a los conocimientos que nos proporciona. De este modo, alcánzanos el temple anímico que nuestra época necesita.

En virtud de que ni rastro de intuición de estas relaciones existe, en nuestra época, en muchas de las mentes prominentes, asistimos al fenómeno de que, no obstante, se hallan sujetas a esas relaciones, pero sin saber qué tipo de vida mejor se adapta con ellas. Y así, ellos dan origen a algo que clama por una compensación. Recuerden el ejemplo de Wundt presentado ayer: su unilateralidad es resultado de una bien determinada constelación. Supongamos que Wundt pudiera, algún día, abrirse paso hacia la comprensión de la ciencia espiritual; adoptaría entonces, frente a su propia unilateralidad la actitud de decirse: a consecuencia de que yo me hallo aquí con mi empirismo, etc., soy capaz de realizar un buen trabajo en ciertas áreas; a ellas me limito, y lo demás lo complemento con la ciencia espiritual.

Este sería el juicio a que Wundt llegaría pero él vuelve la espalda a esa ciencia espiritual. Y, en tanto que podría llevar a cabo un trabajo benéfico, productivo dentro de la constelación que es la suya propia, erige en filosofía global aquello para lo cual esa constelación le hace particularmente apto. Wundt podría rendir muchísimo más, verdaderamente útil, sí dejara de filosofar y experimentara sobre las almas, como muy bien sabe hacerlo, y si investigara la naturaleza de los juicios matemáticos, en lo que también está acertado, en vez de alambicar una mescolanza filosófica, pues entonces estaría en su carril correcto.

Esto vale para muchos otros. De ahí que la ciencia espiritual tiene una doble misión: por una parte, generar una actitud conciliatoria entre las diversas concepciones del mundo, por la otra, llamar enérgicamente la atención a quienes transgreden los límites impuestos por la constelación, y que causan gran daño influyendo en el mundo sugestivamente con juicios que se emiten sin tener en cuenta su peculiar, constelación. Hemos de rechazar categóricamente los puntos de vista parciales que se quieren hacer valer por el todo. No es posible que un especialista pretenda explicar la universalidad del mundo. Y si hace ese intento y quiere fundar una filosofía, esta filosofía tendrá efectos nefastos; a la ciencia espiritual le incumbe la misión de rechazar la arrogancia de su pretensión que presume ser una totalidad. Mientras menos exista en nuestra época, sentido y actitud comprensiva hacia la ciencia espiritual, tanto más descollará la unilateralidad caracterizada.

Vemos, pues, que precisamente la intuición de la naturaleza del pensamiento humano y cósmico, puede llevarnos a comprender el significado y la misión de la ciencia espiritual en nuestra época, y a comprender asimismo cómo puede ella entrar en la correcta relación con otras de las llamadas corrientes espirituales, particularmente las filosóficas. Sería deseable que, precisamente, las intuiciones como las que hemos tratado de asimilar en estas conferencias, se inscribieran profundamente en el corazón y alma de nuestros amigos, para que la corriente espiritual antroposófica encuentre su debido y genuino cauce. Teniendo esto en cuenta, el hombre se hará consciente, más y más de que él está siendo formado por los pensamientos cósmicos que en él viven.

A raíz de estas explicaciones, captamos toda la hondura del siguiente pensamiento de Fichte: Depende de la clase de hombre que se es, la clase de filosofía que se tenga. Rubrico calurosamente este aforismo. Y el que Fichte, en la primera fase de su última encarnación, pudiera formular como médula de su concepción del mundo: “Nuestro mundo es el material sensorializado de nuestro deber”, muestra, al igual que el mencionado pensamiento que pertenece a una fase posterior, como su alma cambió su constelación en el cosmos espiritual, es decir, cuan rica era su configuración, de modo que  las jerarquías espirituales pudieron transformarla, y así enriquecerse con nuevas modalidades, de su propio pensamiento. Algo similar podría decirse de Nietzsche, por ejemplo.

Si se tienen presentes las verdades a que se ha hecho referencia en estas  cuatro conferencias, surge una variedad de enfoques del mundo. El mejor fruto es, sin duda, que por medio de esas verdades, ahondemos la trama del mundo, no sólo con nuestro intelecto, sino también con nuestro sentimiento. Mi esperanza es que, con este ciclo de conferencias, se haya logrado el que muchos de ustedes se digan: “si uno quiere sumergirse en el mundo espiritual, es decir, en el mundo de la verdad y no en el del error, hay que resolverse a emprender el camino. Muchísimo es lo que hay que tener en cuenta con esta actitud, para avanzar a las fuentes de la verdad. Y aunque, en un principio, me parezca que, aquí o ahí, surge alguna contradicción o incomprensión, he de decirme que el mundo no tiene por objeto principal el que pueda captarlo cualquier nivel de entendimiento humano, y que es mejor quedar en buscador que convertirme en persona cuya actitud se limite a preguntar: ¿qué puedo comprender?, ¿qué no puedo comprender?” Si uno emprende seriamente el camino de la búsqueda, se descubre que es necesario concentrar los impulsos de todos lados, para adquirir una comprensión del mundo. Y así, se aleja de adoptar frente al mundo la actitud de: ¿lo comprendo?, ¿no lo comprendo?; simplemente continua buscando y buscando. Los peores enemigos de la verdad son las concepciones del mundo conclusas y concluyentes, que lanzan un par de pensamientos y creen que sobre ellos puede erigirse un edificio universal.

El mundo es infinito, en lo cualitativo y en lo cuantitativo. Y será una bendición que algunas mentes estén dispuestas a ver claro con respecto a las arrogantes parcialidades que pretenden ser el todo y que tantos estragos causan en nuestra época. Con el corazón sangrando, digo lo siguiente: el mayor impedimento para la certera intuición del hecho de que en el cerebro se efectúa un trabajo previo a la actividad pensante y que, así, el cerebro se convierte en espejo que refleja la vida anímica, hecho cuya  intuición podría. verter infinita luz sobre muchas otras intuiciones fisiológicas, el mayor impedimento, digo, es la enloquecida fisiología actual que habla de dos clases de nervios: los motores y los sensorios. He insistido sobre ello en varias conferencias. Para engendrar esa teoría que, por doquiera, trasguea en la fisiología, fue necesario que primero perdiera todo sentido común; y, no obstante, esa teoría se halla hoy reconocida en el mundo entero, y obstruye toda verdadera comprensión de la índole del pensamiento y de la índole del alma. Jamás podrá conocerse el pensamiento humano, con el obstáculo que constituye la fisiología. Incluso hoy se ha llegado al extremo de que una fisiología infundada usurpa el principio de todo libro de texto de psicología y la hace dependiente de sí. Con esto, se cierra el camino hacia la comprensión, no sólo del pensamiento humano, sino asimismo del cósmico.

Sólo se llega a saber lo que es el pensamiento en el cosmos, si uno, al ocuparse del pensamiento humano siente la verdad de este pensamiento del que ya hemos dicho que, en cuanto a pensamiento no tiene que ver con el cerebro más que el ser su soberano. Pero si uno ha reconocido el pensamiento en su esencia; si se ha reconocido a sí mismo como pensamiento humano, ya se siente ubicado en el cosmos, y el conocimiento de la verdadera naturaleza del pensamiento humano, se ensancha al conocimiento de la verdadera naturaleza del pensamiento cósmico. Si aprendemos a reconocer correctamente lo que pensamos, aprendemos también a reconocer cómo estamos pensados por las potencias cósmicas. Es más, adquirimos la posibilidad de lograr un atisbo de la lógica de las jerarquías. Ya destaqué en el pizarrón los singulares ingredientes de los juicios y conceptos de las jerarquías: en los doce signos del zodíaco espiritual, en los siete temples de las concepciones del mundo, etc., háyanse contenidos los conceptos de las jerarquías. Y los hombres somos juicios del cosmos, surgidos de esos conceptos. Así nos sentimos dentro de la lógica del cosmos, esto es, en realidad, dentro de la lógica de las jerarquías cósmicas, nos sentimos, como almas, cobijadas en el pensamiento cósmico, del mismo modo como sentimos cobijado en nuestra vida anímica, el pequeño pensamiento que pensamos.

Mediten ustedes sobre la idea: “pienso mi pensamiento” y “soy un pensamiento pensado por las jerarquías del cosmos”. Lo eterno en mí consiste en que el pensar de las jerarquías es eterno. Y una vez que una categoría de jerarquías haya terminado de pensarme, una vez que me haya excogitado, seré transmitido de una categoría a la siguiente, a semejanza de como el pensamiento humano es transmitido del maestro al alumno, para que ella me piense en mi verdadera naturaleza eterna. Así me siento insertado, en el mundo de los pensamientos cósmicos.

Versión Castellana JUAN BERLÍN

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El pensamiento humano y el pensamiento cósmico – C3

Rudolf Steiner – Tercera Conferencia – Berlín,  22 de Enero de 1914

versión en ingles

Ayer traté de presentarles los matices de concepción del mundo posibles al hombre de modo que, para cada una de ellas, pueden presentarse ciertas pruebas plenamente válidas que acreditan su exactitud y verdad dentro de su área específica. Para aquel que no se afane en consolidar dentro de un sistema conceptual y luego racionalizar, todo lo que haya podido observar y elucidar dentro de su área estrechamente circunscrita, sino que se esfuerce por penetrar realmente en la verdad del mundo, es importante saber que esa omnilateralidad constituye una necesidad que se pone en evidencia por el hecho de que a la mente humana realmente le son posibles doce típicos matices de concepciones, haciendo caso omiso de las modalidades de transición. Para avanzar realmente hacia la verdad, hay que tratar de poner en claro el significado de cada matiz y así reconocer en cuál de las áreas de la existencia, uno u otro de ellos ofrece la clave específica. Recapitulemos una vez más los doce matices de concepción del mundo que vimos ayer: el materialismo, el sensualismo, el fenomenalismo, el realismo, el dinamismo, el monadismo, el espiritualismo, el pneumatismo,  el psiquismo, el idealismo, el racionalismo y el matematismo.

Lamentablemente en el mundo real del humano afán inquisitivo por la verdad, siempre predomina en el individuo la propensión hacia uno u otro de esos matices, con el resultado de que las unilateralidades que singularizan las diversas concepciones de las diferentes épocas, ejercen su influencia sobre el hombre. Hemos de abarcar el conjunto de las doce concepciones principales que les presenté, colocando, como si dijéramos, una de ellas en círculo al lado de otra, y contemplándola en reposo. Todas ellas son posibles; hay que conocerlas, pues efectivamente, se comportan de modo que constituyen una imagen espiritual del muy conocido zodíaco. Así como al sol y los demás planetas aparentemente recorren el  “circulo de animales” llamado zodiaco, del mismo modo le es posible al alma humana recorrer un círculo espiritual que contiene doce constelaciones de concepciones del mundo.  Es más, incluso puede establecerse una correlación entre las peculiaridades de estas doce constelaciones conceptuales y los singulares signos del zodíaco, correlación en manera alguna arbitraria;  sino que, efectivamente una relación similar a la existente entre las doce concepciones del mundo y el alma humana, existe asimismo entre las doce constelaciones zodiacales y la Tierra. Me explicaré sobre el particular.

A simple vista, sería difícil afirmar que se encuentra una relación de fácil alcance entre, digamos, la constelación de Aries y la Tierra. Pero si el Sol o Saturno, o Mercurio se hallan en una posición donde, desde la Tierra se ven en el signo de Aries, su influencia es diferente de la que ejercen hallándose en el signo de Leo: la influencia, que nos llega del cosmos procedente de los diferentes planetas, es distinta según que cubran una u otra constelación zodiacal. En el alma humana,  incluso nos es más fácil reconocer la influencia de estas doce constelaciones del zodíaco espiritual: existen almas que tienden enteramente a enderezar toda influencia sobre la configuración de su vida interna, es decir, sobre su orientación científica, filosófica u otra, de modo que la ilumine el idealismo; en cambio,  otras se dejan alumbrar por el materialismo; otras, por el sensualismo. No se es sensualista, materialista, espiritualista o pneumatista, porque una u otra de estas concepciones sea correcta, y se pueda comprender su exactitud sino porque en el alma existe la disposición de dejarse influir por la correspondiente constelación del zodíaco espiritual. Así pues, estas doce constelaciones espirituales, nos ofrecen una profunda intuición de la manera cómo se forman las humanas concepciones del mundo, así como de las causas por qué los hombres disputan sobre ellas, en vez de tratar de comprender a qué se debe su distinto criterio. No obstante lo dicho, resulta necesario que, para determinadas épocas, se rechace categóricamente una u otra tendencia; en la conferencia de mañana señalaremos las causas. Lo dicho hasta ahora se relaciona, pues, con la conformación del pensamiento humano gracias al cosmos espiritual constituido por las doce constelaciones que integran nuestra periferia espiritual.

Existe todavía otro factor determinante de las concepciones del mundo; y lo comprenderán mejor si empiezo por exponer lo que sigue:

Nuestro temple de ánimo que se manifiesta en toda la configuración de su concepción del mundo, puede ser tal que, cualquiera que sea la constelación zodiacal espiritual que lo ilumine, podemos designarle como gnosis: se puede ser gnóstico. Y se es gnóstico si late en uno la tendencia de conocer los objetos, no por los sentidos o impresionabilidad externa sino por medio de ciertas energías cognoscitivas que tienen su sede en el alma misma.

Uno puede ser gnóstico acoplado con la inclinación de dejarse iluminar por la constelación espiritual a que hemos dado el nombre de espiritualismo; entonces, esta gnosis le faculta para lograr profundas intuiciones en las conexiones de los mundos espirituales.

Pero también se puede ser gnóstico del idealismo; entonces, se tendrá la particular disposición de ver claramente los ideales de la humanidad y las ideas del mundo. Efectivamente, puede existir una gran diferencia entre un idealista y otro: puede haber un idealista exaltado que, sin tregua, proclama su idealismo y cuyo vocabulario se reduce a hablar de “ideal, ideal, ideal”, sin que conozca muchos de ellos; que no dispone de la facultad de evocarlas ante el alma, con contornos nítidos y visión interna. Muy distinto de ese idealista será otro, que no sólo hable de ideales, sino que sepa trazarlos en su alma como un cuadro pintado con precisión. Este último, que aprehende el idealismo con la misma concreción e intensidad internas con que nuestra mano ase los objetos externos, es un gnóstico del idealismo. También se puede decir: él es primordialmente un gnóstico, pero se deja iluminar, en particular, por la constelación zodiacal espiritual del idealismo.

Hay hombres que, con particular intensidad, se dejen iluminar por la constelación conceptual del realismo, pero que por su peculiar manera de andar por el mundo, de sentirlo, de enfrentarse con él, pueden transmitir a sus congéneres muchísimo sobre este mundo. No son idealistas ni espiritualistas; son realistas comunes y corrientes, pero con la capacidad de captar con verdadera delicadeza lo que hay en la realidad externa que los circunda; poseen una fina sensibilidad por las peculiaridades de las cosas: son gnósticos, auténticos gnósticos, sólo que lo son del realismo. Existen semejantes gnósticos del realismo, en tanto que ciertos espiritualistas o idealistas, no lo son en absoluto. Incluso se da el caso que personas que se consideran buenos teósofos, recorren una galería de pinturas sin comprender nada de lo visto, en tanto que otros que no son teósofos sino gnósticos del realismo, están en condiciones de hacer comentarios infinitamente significativos, en virtud de que, con toda su personalidad, se hallan en contacto con la plena realidad de las cosas. Similarmente, ¡cuantos teósofos salen a la Naturaleza y no saben intuir, con toda su alma, cuan grandiosa y sublime es ella! No son gnósticos del realismo; pero sí los hay.

También hay gnósticos del materialismo, a decir verdad, una fauna de gnósticos muy extraña. Pero en el mismo sentido en que se es gnóstico del realismo, también se puede ser gnóstico del materialismo; éstas son personas que tienen sentido y perceptividad para todo lo material y tratan de conocerlo por contacto directo, a semejanza del perro que husmea las sustancias y así llega a conocerlas íntimamente. En verdad, el perro es un excelente gnóstico en cuanto a lo material.

Se puede ser gnóstico para todas las doce constelaciones de las concepciones del mundo. Por lo tanto, si queremos ubicar la gnosis correctamente, hemos de dibujar un circulo y comprender que ella puede recorrer todas las doce constelaciones. Así como un planeta deambula por ellas, del mismo modo la gnosis puede deambular por todas las doce constelaciones conceptuales.

No cabe duda de que la gnosis rendirá los máximos servicios en bien de las almas, si el temple gnóstico se aplica al espiritualismo. Pudiéramos decir: la gnosis se siente “muy en casa” en el espiritualismo; en las demás constelaciones conceptuales, está fuera. Desde un punto de vista lógico, carece de justificación afirmar que no puede haber una gnosis materialista. Los rigoristas en materia de conceptos e ideas se las arreglan con mayor facilidad que los pensadores lógicos sanos: para éstos, el asunto se complica un poco. Alguien pudiera afirmar, por ejemplo: yo no quiero ponerle el nombre de gnosis sino a aquello que penetra en el espíritu. Esto sería una determinación conceptual arbitraria, a semejanza de quien sustentara: “hasta ahora, he conocido a las violetas en Austria únicamente; por eso, doy el nombre de violeta únicamente a lo que crece en Austria y tiene su característico color; a lo demás, no”. Desde el punto de vista lógico, es igualmente imposible sostener que la gnosis existe únicamente en la constelación del espiritualismo, porque la gnosis es un “planeta” que recorre las constelaciones del espíritu.

Luego hay otro temple de concepción del mundo. Digo “temple”, cuando, por lo demás, suelo hablar de “imágenes”. En tiempos recientes se ha venido creyendo que es fácil conocer este segundo temple o enfoque -pero aquí hasta lo fácil resulta difícil- porque, dentro de la constelación espiritual del idealismo, lo representó precisamente Hegel. Sin embargo, el enfoque de Hegel al contemplar el mundo, no tiene por qué situarse únicamente en la constelación espiritual del idealismo; sino que, a su vez, puede recorrer todas las constelaciones: es el temple del logismo, temple que se singulariza en que el alma puede ponerse en situación de tener presente dentro de sí misma, auténticos pensamientos, conceptos e ideas, de manera que avance de un concepto o pensamiento a otro, del mismo modo que, al contemplar una cara, uno avance de los ojos a la nariz y a la boca, y reconoce que todo ello pertenece a un mismo conjunto orgánico. Esto es precisamente el contenido de la obra de Hegel, donde todos los conceptos a su alcance se integran en un gran organismo conceptual. Hegel poseía la singular capacidad de rastrear y asimilar todo lo que puede hallarse en el mundo a guisa de pensamiento, asociar uno con otro, para llegar a la estructura de organismo: he ahí el Logismo.

El logismo puede desarrollarse dentro de la constelación del idealismo, como  fue el caso de Hegel, o la del psiquismo, como hizo Fitche, y también desenvolverse dentro de otra de esas constelaciones espirituales. También el logismo recorre las doce constelaciones espirituales, en analogía a como un planeta recorre las zodiacales.

Un tercer temple del alma generadora de concepciones del mundo, podemos estudiarlo, por ejemplo, en Schopenhauer. En tanto que el alma de Hegel, al contemplar el mundo, se halla dispuesta a que todos los conceptos que en él encuentra, los haga converger en el logismo, Schopenhauer, gracias a su peculiar temple anímico, recoge en ella todo lo que es de índole volitiva. Volitivas son, para él, las fuerzas naturales; volitivas la dureza de la piedra, etc.: todo lo que es realidad, se le convierte en voluntad. Esto se debe a su peculiar temple anímico. Semejante temple de concepción del mundo, centrado en la voluntad, puede, una vez más, considerarse como planeta que recorre todas las doce constelaciones espirituales; llamémosle voluntarismo, tercero de los temples estudiados. Schopenhauer era voluntarista, y su constitución anímica tendía a que se supeditara, preferentemente, a la constelación espiritual del psiquismo. Y asi nació esa peculiar metafísica volitiva de Schopenhauer voluntarismo, en la constelación espiritual del psiquismo.

Supongamos ahora que un voluntarista tiene particular inclinación hacia la constelación espiritual del monadismo. Entonces no postularía como base del mundo, como hace Schopenhauer, un alma unitaria, que es, propiamente, voluntad, sino que le subtendería muchas monadas que son, en verdad, entes volitivos. Ese mundo del voluntarismo monadológico lo configuró, de manera bellísima, ingeniosísima y muy entrañable, el filósofo poeta austríaco Hamerling.  ¿Cómo logró él esa peculiar teoría, que presenta en su “Atomística de la voluntad”?. (Vease la filosofía de la libertad).  Gracias a que su alma tenia temple voluntarista, y que él se adhería, preferentemente, a la constelación espiritual del monadismo. Si tuviéramos tiempo, seguiríamos presentando ejemplos para cada temple anímico en cada constelación: uno los encuentra en el mundo.

Pero sigamos. Otro peculiar temple de ánimo es aquel de escasa inclinación a la reflexión sobre lo que pueda haber tras los fenómenos, como hacen los tres temples ya mencionados, sino a decir simplemente: “lo que salga a mi encuentro y se me manifieste externamente yo lo incorporare en mi visión del mundo”. No se hace el menor esfuerzo de buscar alguna particular conexión tras los fenómenos; se limita a dejar que las cosas se acerquen y se pone a la expectativa de ver lo que le ofrecen. Este temple de ánimo merece el nombre de empirismo, le basta aceptar la experiencia tal y como se presenta. Este enfoque puede aplicarse a través de todas las áreas o constelaciones espirituales: puede aplicarlo el materialista que se limita a tomar solamente lo que le afecta desde el exterior; puede aplicarlo asimismo el espiritualista: he ahí el pensador cuya concepción del mundo se basa en la experiencia.

Puede asimismo existir, para la concepción del mundo,un temple de ánimo que no se dé por satisfecho con la experiencia o vivencia a que uno se halla expuesto, como es el caso en el empirismo, y sentir entonces la interior necesidad del siguiente temple de ánimo: “me hallo colocado en el mundo; en mi propia alma tengo una vivencia relativa a ese mundo que no es igual a la vivencia externa; sólo en mi alma el mundo revela sus secretos; por mucho que yo otee no columbro los secretos que el mundo contiene”, Semejante temple dé ánimo se ve, pues, a menudo empujado a decir: “¿de qué me sirve la gnosis que, sólo con gran esfuerzo, se afana a elevarse a una especie de videncia? Los objetos visibles del mundo externo, no pueden revelarme la verdad. ¿De qué me sirve el logismo para mi concepción del mundo? En el logismo no se expresa la esencia del mundo. ¿En qué me ayuda la especulación sobre la voluntad? Sólo me desvía de penetrar en las profundidades de mi propia alma, profundidades en las que no puedo penetrar cuando mi alma se halla en estado volitivo, sino precisamente en puro estado de entrega, sin voluntad propia”. Ya ven ustedes que no me refiero ni al temple de ánimo del voluntarismo, ni al del empirismo que se limita a mirar o escuchar lo que le brinda la experiencia; se trata de buscar internamente, con el alma sosegada, cómo Dios resplandece en ella; temple de ánimo que puede llamarse misticismo.

Se puede ser místico a través de todas las doce constelaciones espirituales. A decir verdad, no será particularmente favorable ser místico del materialismo, esto es, vivir entrañablemente lo material, en vez de lo espiritual. Propiamente, el místico del materialismo sería aquel que se hubiera apropiado una sensibilidad particularmente delicada que le permitiera registrar, por ejemplo, la índole de bienestar  o malestar que se produce degustando una y otra sustancia. Es algo distinto ingerir la savia de una planta o de otra, y luego esperar qué efecto se produce en al organismo, en su experiencia, queda identificado con la materia y se vuelve místico de ella. Incluso puede suceder que esto se convierta en un “despertar” hacia el mundo, explorando la acción específica que sobre el organismo ejerce una y otra sustancia: cada una actúa sobre determinado órgano en particular. Ser místico del materialismo es, condición previa para el examen de las diferentes sustancias en cuanto a su virtud terapéutica: uno se da cuenta de su acción sobre el organismo. Se puede ser místico del mundo de las sustancias, como se puede ser místico del idealismo. El idealista ordinario o al idealista gnóstico no es místico del idealismo: místico del idealismo es aquel que anímicamente posee la posibilidad de suscitar desde las fuentes recónditas, los ideales de la humanidad, sentirlos como elemento divino interno y, como tal, contemplarlos. Como ejemplo, el Maestro Eckhart.

Veamos ahora el caso de un alma cuyo temple le impide percatarse de aquello que surge en su interior y que se le antoja es la verdadera solución esencial de los enigmas  del mundo. Su temple le lleva a decirse; “sin duda hay algo tras todas las cosas del mundo, lo mismo que tras mi propia personalidad y entidad, en la medida en que yo soy capaz de percibirla. Pero yo no puedo ser místico, pues el místico cree que aquello se instila en su alma; y yo no siento esta instilación, sólo percibo que ha de estar ahí fuera”. Con semejante temple de ánimo se supone que la esencia de las cosas se halla al margen de nuestra alma y de lo que ella puede experimentar; pero no se supone que esa esencia tiene acceso al alma misma, como supone el místico. Quien así procede, puede llamarse trascendentalista -no se me ocurre mejor término: supone que la esencia de las cosas es trascendente, pero que no se introduce en el alma como postula el místico. He ahí pues, el transcendentalismo. Y el que corresponde a ese temple, tiene el sentimiento de: si yo percibo las cosas se me acerca su esencia, pero esa percepción no es esta esencia; la esencia se halla detrás, aunque se nos acerque.

Y todavía es posible que el hombre, con todas sus percepciones y energías cognoscitiva aleje la esencia de las cosas aun más de lo que hace el transcendentalista y llegue al extremo de sustentar que para el pensar cognoscitivo externo, la esencia de las cosas es totalmente inalcanzable. El transcendentalista afirma, si tu ves con tu ojo el rojo o el azul eso que veo como rojo o azul no es la esencia, la esencia se halla detrás ¡aplica tus ojos y avanzaras hasta la esencia de las cosas, donde ella se oculta. En cambio, el temple de animo a que me refiero, no se contenta con el transcendentalismo, sino que dice: por mucho que yo experimente el rojo o el azul, o este o aquel sonido no capto la esencia de las cosas, oculta detrás; ahí donde llega mi percepción, no rozo siquiera la esencia. Quien así habla se expresa de manera semejante a los que comúnmente nos fincamos en el punto de vista de que: en la apariencia sensoria externa, en maya, no se expresa la esencialidad, seriamos trascendentalistas si creyéramos que el mundo se extiende en torno nuestro y que, por doquiera, nos anuncia su esencia. Nosotros nos limitamos a: este mundo es maya, y lo entrañable de las cosas ha de buscarse por otros medios, no por la percepción sensoria externa ni por los recursos cognoscitivos ordinarios. Este temple de ánimo se llama ocultismo.

Una vez más, se puede ser ocultista a través de todas las constelaciones del zodiaco espiritualincluso serlo del materialismo. En efecto los hombres de ciencia razonables de la actualidad son todos ellos, ocultistas del materialismo» pues hablan de átomos. Pero si no son insensatos, no se les ocurrirá afirmar que, con algún método, se pueda llegar al átomo: el átomo permanece en lo oculto. No les gusta que se les llame ocultistas, pero lo son en el pleno sentido de la palabra.

Esencialmente, no puede haber otros temples de concepciones del mundo, más que los siete que he dejado señalados, si bien con transiciones entre uno y otro. Hemos de distinguir pues no solo doce diferentes matices de concepciones del mundo que se nos presentan diríamos en reposo, sino que, en cada uno de ellos, es posible un peculiar temple del alma humana. De ahí puede deducirse cuan infinitamente, variada es la concepción del mundo a través de las diversas personalidades. Uno puede cultivar preferentemente uno cualquiera de esos siete temples, pero cada uno de ellos se volverá unilateral según el matiz a que se aplique.

Lo que aquí tracé en el pizarrón es efectivamente, a nivel espiritual, el correlato de lo que en el mundo externo, es la relación entre las constelaciones zodiacales y los planetas que en nuestra ciencia espiritual, hemos enumerado muchas veces como los siete planetas conocidos. Así tenemos una imagen, diríamos externa, no creada por nosotros, sino objetivada en el cosmos, de las relaciones entre nuestros siete temples y nuestros doce matices de concepciones del mundo. Y se tendría la correcta apreciación de esta imagen, si se la concibe como sigue:

Empecemos con el idealismo y designémoslo como la constelación espiritual de Aries, luego el racionalismo como el de Tauro, el matematismo como Géminis, el materialismo como cáncer, el sensualismo como Leo, el fenomenalismo como Virgo, el realismo como Libra, el dinamismo como Escorpión, el monadismo como Sagitario, el espiritualismo como Capricornio, el pneumatismo como Acuario, y el psiquismo como Piscis,. Efectivamente, las relaciones que existen en el espacio exterior material en cuanto a las diferentes constelaciones zodiacales, existen asimismo en el reino del espíritu entre estas concepciones del mundo. En cambio las relaciones en que entran los siete planetas al girar a lo largo del zodíaco, corresponden a las relaciones en que entran los siete temples de concepciones del mundo, en la inteligencia de que podemos sentir un paralelismo entre gnosis y Saturno, logismo y Júpiter voluntarismo y Marte, empirismo y Sol, misticismo y Venus transcendentalismo y Mercurio, ocultismo y Luna.

Hasta en los cuadros externos, ustedes notaran algunas semejanzas, si bien lo importante es más bien que haya ese paralelismo en las relaciones profundas. La luna permanece oculta e invisible cuando está en conjunción, necesita que se la suministre de la luz que procede del sol, en analogía a como las cosas ocultas continúan ocultas hasta en tanto la potencia anímica se incrementa por medio de la meditación, concentración, etc. e ilumina lo oculto. El hombre que recorre el mundo confiando únicamente en el sol, es decir, que sólo acepta lo que él ilumina, ese hombre es empirista. El que, además, reflexiona sobre aquello que el sol ilumina, y conserva sus pensamientos aun después de su ocaso, ya no es empirista, porque ya no se supedita al sol únicamente ”Sol” es el símbolo del empirismo. Podría ampliar esta reflexión en todas las direcciones, pero no tenemos mas que cuatro horas para tan importante tema y por ahora dejo en sus-manos el explorar los pormenores de estas relaciones ya sea por medio de pensamientos u otro tipo de investigación. Y no les será difícil encontrarlas. Indicado ya el esquema.

El que los hombres se afanen por la universalidad es caso poco frecuente. Si uno toma en serio la verdad debiera realmente ser capaz de representarse los doce matices de las concepciones del mundo, y tener siquiera en parte, la experiencia,  ¿como se siente uno como gnóstico?, ¿cómo se siente como logicista,  como voluntarista, empirista, místico o trascendentalista? Y¿cuál es el sentimiento vital del ocultista?. A título de ensayo debiera pasar por estas experiencias todo aquel que realmente pretenda penetrar los secretos del mundo con los recursos de la investigación espiritual. Y si bien el contenido de mi libro ¿Cómo se adquiere el conocimiento de los mundos superiores? no ha sido diseñado para corresponder a estas reflexiones, no obstante ustedes encontrarían ahí desde ángulos distintos, todo lo que puede conducir a los diversos temples a que aquí damos el nombre de gnóstico, jupiteriano, etc.

Sucede con frecuencia que el hombre es tan unilateral que se expone a una sola constelación o a un solo temple. Precisamente las grandes figuras en el campo de las concepciones del mundo, tienen a menudo, esa unilateralidad. Recuerden Hamerling declaradamente monadista volunarista o Schpenhauer psiquista voluntarista. Estos personajes tienen ajustada su alma de modo que el temple planetario se halla en determinada constelación espiritual; otras personas tienen menos dificultad en acomodarse a diversos puntos de vista. Pero también puede suceder que los individuos, desde diversos lados, reciban estímulos para la concepción del mundo que elaboran, y por ejemplo, ser un buen logicista cuyo temple se halla detrás de la constelación espiritual del sensualismo y, a la vez buen empirico con el temple empirista dentro de la constelación del matematismo. Cuando tal sucede, uno establece un cuadro conceptual bien determinado. Precisamente en la actualidad, tenemos el caso de este cuadro de concepción del mundo, como resultado de que alguien, espiritualmente hablando, tiene su sol en Géminis, y su Júpiter en Leo: el filósofo alemán Wilhelm Wundt. Y se comprenderán todos los pormenores que se encuentran en sus obras  filosóficas, una vez se haya desentrañado el secreto de su peculiar configuración anímica.

Particularmente favorable es que una persona haya vivido, a título de ejercicio, los diferentes temples anímicos, de modo que sea capaz de presenciárselos todos al mismo tiempo, y luego coloque el efecto de todos ellos en la constelación del fenomenalismo: en Virgo. Entonces, los fenómenos se yerguen ante él con singular grandiosidad y pueden revelarle, de notable manera, el contenido de su concepción del mundo. El efecto es menos favorable si, de idéntica manera, los diferentes  temples se colocan sucesivamente en alguna otra constelación. De ahí que, en muchos de los antiguos centros iniciáticos, se cultive en los discípulos el temple que consiste en que todos los planetas anímicos se hallan en la constelación espiritual de Virgo, porque esto les facilitaba la penetración del mundo. Captaron los fenómenos, pero los captaron gnósticamente, fueron capaces de penetrar lo que había tras los fenómenos mentales, no concebían la voluntad de manera burda, caso que sólo se presentaría si el temple del voluntarismo se hallara enfocado en Escorpión. En resumen, por la constelación que resulta de los temples anímicos, que son el elemento planetario, y de los matices conceptuales que son el elemento del zodiaco espiritual, se genera la concepción del mundo que el hombre lleva consigo en alguna encarnación.

Y todavía nos falta estudiar otro factor. Y es que todas estas concepciones del mundo -y ya son muchos matices, si exploramos todas las combinaciones posibles- sufren otra modificación gracias a que cada una puede recibir determinado tono. En este campo, no hemos de considerar sino tres modalidades: todas las concepciones del mundo, todas las combinaciones que así nacen, pueden, a su vez, manifestarse de triple manera: en primer término, pueden ser teistas, de modo que el tono que nace del alma ha de designarse como teístas; o también ser de tal índole que, a contraste del teísmo, tengan el tono anímico que podemos llamar intuismo. El teísmo nace si el hombre en su búsqueda de Dios, se aferra a lo externo, es decir, si busca a su Dios ahí fuera: el monoteísmo de los antiguos hebreos era, ante todo, una concepción teísta del mundo. El intuitismo nace si el hombre busca su concepción del mundo, preferentemente por medio de lo que, de modo intuitivo, resplandece en su interior.

Y aun hay un tercer tono, que es el naturalismo

  • Teismo
  • Intuitismo
  • Naturalismo

También estos tres tonos anímicos tienen su réplica en el mundo externo del cosmos se comportan en el alma humana exactamente igual que el Sol, la Luna y la Tierra de modo que el teísmo corresponde al Sol, en este caso considerándolo como estrella fija, el intuismo a la Luna, y el naturalismo a la Tierra. Ahora bien tradúzcase a lo espiritual los entes que aquí hemos designado como Sol, Luna y Tierra, y se llegará a la siguiente conclusión: ¿quién es el verdadero teísta? El que se yergue cuando entra en el campo de los rayos solares y trasciende los fenómenos del mundo diciendo si miro el mundo externo se me manifiesta en todo lo que veo el Dios que lo satura. En cambio, el hombre que no trasciende los procesos de la naturaleza, sino que se detiene ante los fenómenos aislados, así como el que jamás dirige su mirada al sol sino que contempla tan solo lo que el suscita en la Tierra: he ahí el naturalista. Finalmente, el que busca lo mejor para dejarlo brotar y desplegarse según sus intuiciones, se parece al poeta intuitivo que canta a la luna y deja que ella le inspire con su suave brillo argentino. Así como se puede correlacionar la fantasía con la luz lunar, asimismo hemos de correlacionar con la Luna, el ocultista mejor dicho, el intuitista tal como aquí lo entendemos.

Finalmente, una última peculiaridad que por cierto, no existe sino en su elemento único cuando el hombre, con respecto a todas las concepciones del mundo, se atiene en exclusiva a lo que él puede experimentar en sí mismo, o en torno a si mismo o. en contacto consigo mismo.Esto es el antropomorfismo.

  • Antropomorfismo

El antropomorfismo corresponde a la tierra como tal tierra, es decir, sin tener en cuenta si se halla circundada por el sol,  la luna u otro cuerpo. Así como podemos considerarla por sí sola, así también cuando de concepciones del mundo se trata, podemos limitarnos a considerar exclusivamente aquello que podemos encontrar dentro de nosotros como hombres. Así nace el antropomorfismo tan difundido en el mundo. A semejanza de que, para explicar la aparición de la Tierra hemos de ampliar nuestro criterio para que abarque el Sol y la Luna lo que no hace la ciencia moderna del mismo modo hemos de trascender al hombre como entidad antropomórfica, para reconocer la legitimidad simultánea de la triada: teísmo, intuitismo, naturalismo: no es una insistencia en uno de estos tres tonos, sino su concordancia, lo que corresponde a la verdad. Y así como nuestro “sistema corpóreo” más inmediato, a saber,  Sol, Luna y Tierra, se halla inserto en los siete planetas,  del mismo modo el antropomorfismo háyase subsumido, cual otra concepción del mundo, a la consonancia producida por teísmo,  intuitismo y naturalismo, y ésta, a su vez, a la armonía de los siete temples anímicos. Finalmente, estos siete temples anímicos se matizan según los doce signos del zodíaco.

Ta ven ustedes, fijándonos tan sólo en los nombres, que no hay una concepción del mundo verdadera única sino que son 12 + 7 =19 + 3  = 22 + 1 = 23 concepciones legitimas: 23 nombres acreditados para designar las concepciones del mundo. Y luego pueden surgir toda clase de modificaciones en función de que los correspondientes planetas recorren las doce constelaciones del zodiaco espiritual

Y ahora traten ustedes, con base en lo explicado, de sensibilizarse para la tarea que le incumbe a la Ciencia Espiritual de establecer el mutuo entendimiento entre las diversas concepciones del mundo; establecer su paz con base en la intuición de que esas concepciones son, en cierto modo, explicables en su relación e interacción, pero que por si solas y separadas, no pueden conducir a la entraña de la verdad hay que ponderar y valorar el contenido de verdad que late en cada una de las diversas concepciones, para realmente llegar hasta ella. Así como podemos imaginar el cosmos físico, el zodiaco, el sistema planetario, el conjunto de Sol, Luna y Tierra, la tierra por separado, del mismo modo podemos imaginar un cosmos espiritual: antropomorfismo; teísmo, intuitismo, naturalismo; gnosis, logismo, voluntarismo, empirismo, misticismo, trascendentalismo, ocultismo; y todo esto desenvolviéndose en las doce constelaciones del zodiaco espiritual. Todo esto existe, si bien existe espiritualmente, al igual de que físicamente existe cosmos físico, así también el espiritual existe espiritualmente.

Sobre la parte del encéfalo que el anatomista conoce y que tiene forma aproximadamente semiesferica, actúan de preferencia los efectos del cosmos espiritual que parten de los matices superiores; pero hay también una parte invisible del encéfalo, sólo accesible si se tienen en cuenta el cuerpo etéreo; parte que recibe sus influencias más que nada, de la parte inferior del cosmos espiritual. Pero ¿cuál es esta influencia? Tomemos el caso de un individuo cuyo logismo se halla polarizado hacia el sensualismo, y su empirismo hacia el matematismo.

El resultado de esta interacción son fuerzas que se ejercen sobre su encéfalo, cuya parte superior se agiliza particularmente, y sobresale en relación con los demás. Innúmeros matices de actividades cerebrales se generan gracias a que el encéfalo, pudiéramos decir, flota en el cosmos espiritual, y que las mencionadas fuerzas actúan sobre el  encéfalo conforme acabamos de describir. La multiplicidad de los cerebros humanos hallase en función de las combinaciones que resultan del cosmos espiritual; lo que se halla su parte inferior ni ejerce siquiera efecto sobre el cerebro físico sino sobre el etéreo.

Ante el panorama de lo que estamos explicando, la mejor impresión que podemos obtener es, quizá, la de decirnos: así nos sensibilizamos para lo infinito del mundo, para su magnificencia cualitativa, para la posibilidad de que el hombre en infinita variedad, puede existir en este mundo.

En verdad, con tan sólo considerar este aspecto, ya podemos exclamar: no temamos que vayamos a continuar iguales en nuestras distintas encarnaciones futuras. Este enfoque del mundo nos lleva a descubrir toda su riqueza y grandiosidad. !Qué suerte la de poder participar en su ser, en sus efectos, en sus afanes, cada vez más, cada vez con mayor multiplicidad!

Versión Castellana JUAN BERLÍN

GA151c2. El pensamiento humano y el pensamiento cósmico

Rudolf Steiner – Segunda Conferencia – Berlín,  21 de Enero de 1914

Versión en inglés

En el fondo, participar en la ciencia espiritual requiere una simultánea y permanente vida práctica en los procedimientos espirituales. Propiamente, no es posible alcanzar la plena claridad con respecto a los variados temas que tratamos ayer mientras no exista el intento de llegar a término con ellos mediante una especie de captación viva en la práctica espiritual, y particularmente en la vida mental.

 Preguntémonos: ¿Por qué reina la confusión,  por ejemplo sobre las relaciones entre los conceptos en sí, el triángulo en sí y las representaciones de los triángulos particulares precisamente entre las personas que se ocupan profesionalmente de tales asuntos?. ¿De dónde proceden los problemas que cautivan a siglos enteros, como el ejemplo, mencionado ayer de los cien escudos posibles y los cien escudos verdaderos, de Kant?. ¿A qué se debe el que se esquiven las reflexiones más elementales necesarias para comprender que no puede haber aquella historiografía pragmática según lo cual lo posterior siempre se deriva de lo anterior?. ¿A qué se debe que no se entre en las reflexiones que nos dejarían perplejos en cuanto a la legitimidad de esa imposible concepción de la historia humana que ha tenido tan vasta difusión?. ¿A qué se debe todo eso?. A que, ni incluso donde se debiera, se pone suficiente empeño en poner en práctica, con precisión, los procedimientos de la vida espiritual. En nuestra época, cualquier persona se cree con el derecho considerar que es indiscutible la humana capacidad de pensar: lancémonos, pues  a pensar.

Existen concepciones del mundo; han existido muchísimos filósofos. Podemos observar que unos han buscado unas cosas; y otros, otras; y, sin duda, eran personas de aceptable inteligencia que podían llamar la atención. No se reflexiona sobre las contradicciones que en ellos se encuentran, y uno se complace tanto más por su propia capacidad de pensar; se puede volver a pensar lo que han pensado aquellos pensadores, y está uno convencido de que solo puede dar con la verdad, al margen, claro está, de toda aceptación de una autoridad. Eso estaría en conflicto con la dignidad de la naturaleza humana; es uno mismo quien tiene que pensar, he ahí como se procede en el campo del pensamiento.

No sé si la gente se ha dado cuenta de que, en todos los demás dominios de la vida, no se procede de esta manera. Nadie, por ejemplo, se siente supeditado a una falsa fe en la autoridad, si encarga un traje al sastre, o unos zapatos al zapatero. No se le ocurre decir: es incompatible con mi dignidad humana encargar la hechura de mis efectos personales a personas de comprobada solvencia profesional. Es más, incluso se admite, quizás, que es necesario aprender lo que otros ya saben. En cambio, en cuanto al pensar, nadie admitiría que también las concepciones del mundo deben sacarse de donde se ha aprendido el pensar y algunas otras facultades. Contadísimos son los casos en que esto se admita.

He ahí, pues, uno de los factores, dominantes de la vida en los más vastos círculos, que contribuye a que, en nuestra época, el pensamiento humano no sea un producto muy difundido. Y, en verdad, es comprensible que así sea. Supongamos que, algún día, todos los hombres dijeran: ya no es digno de humanos el aprender a hacer botas, hagámoslas sin aprendizaje previo. Es de dudar que, entonces, esas botas salieran buenas. Y sin embargo, en cuanto a la formulación de pensamientos correctos para integrar su concepción del mundo, la gente de hoy suele partir del aquel criterio. Es por esto que hubo de tener profundo significado mi afirmación de ayer: que el pensamiento es efectivamente algo dentro de lo cual el hombre se halla plenamente internado de modo que pueda explorar su esencia interna, pero que no se halla tan difundido como pudiera creerse. Luego viene a añadirse, en nuestra época, otra pretensión muy peculiar que podría paulatinamente culminar en obnubilar toda claridad relativa al pensamiento. Veamos en qué consiste, aunque sea tan sólo con un breve atisbo.

Supongamos que en Gorlítz hubiera existido un zapatero de nombre Jacobo Bohme, que hubiera aprendido su oficio íntegramente: cómo se recortan las suelas, cómo se amolda el zapato sobre la horma, cómo poner los clavos en las suelas y el cuero, etc.; todo ello, lo hubiera claramente sabido desde sus fundamentos. Y luego ese zapatero de nombre Jacobo Bohme hubiera dicho ahora quiero ver como esta construido el mundo. Para eso, voy a suponer que el mundo se halla colocado sobre una gran horma; sobre ella se extendió alguna vez, el cuero universal, luego se tomaron los clavos universales, y, por su medio se conectó la suela universal y la  pala universal. Luego se  tomó la grasa universal y se dio lustre al calzado universal. Así me explico que, al amanecer todo se aclara es que luce la grasa universal; y cuando, al anochecer, esa grasa queda empañada de toda clase de sustancias, deja de lucir. Por eso me imagino que de noche alguien se halla ocupado en dar nuevo lustre a la bota universal. Así es como nace la diferencia entre el día y la noche.

Supongamos que Jacobo Böhme hubiera hecho todo esto. Ustedes se ríen, porque efectivamente no lo hizo sino que hizo buenos zapatos para los ciudadanos de Gorlitz: para eso utilizó su destreza como zapatero. Pero también desarrolló sus grandiosas ideas para levantar una concepción del mundo, y se valió de otros recursos. El se dijo: ahí no bastarían mis pensamientos de zapatero, pues si pretendo tener pensamientos, válidos para el universo, no debo aplicar al edificio universal los pensamientos con que hago zapatos para la gente. Y así él llegó a sus sublimes ideas sobre el universo. Así, pues, no existió en Gorlitz aquel Jacobo Bóhme que primero construí hipotéticamente, sino el otro, que sí sabía cómo hacerlo.

Pero esos Jacobos Bohme hipotéticos que son como aquel de que ustedes se rieron, existen por doquiera: ahí están por ejemplo, los físicos y químicos que han aprendido las leyes según las cuales uno combina y disocia las substancias; luego, los zoólogos, cómo se investigan y describen los animales; los médicos cómo tratar el cuerpo físico del hombre, así como aquello que ellos llaman el alma. ¿Qué hacen? Dicen: si uno busca una concepción del mundo, se toman las leyes que se han aprendido en química, física o fisiología, no se admiten otras y a raíz de ellas se construye una concepción del mundo, estos señores hacen pues, exactamente lo que habría hecho nuestro zapatero hipotético, si hubiera construido la bota cósmica. Sólo que nadie se da cuenta que, en lo metodológico, las concepciones del mundo se logran exactamente de la misma manera que aquella hipotética bota cósmica. Es verdad que se nos antoja grotesco imaginar la diferencia entre día y noche como desgaste de la pala y una boleada durante la noche, pero ante una lógica rigurosa es exactamente lo mismo, como si se quisiera construir el edificio universal con las leyes de la química, física, biología y fisiología. ¡Es el mismísimo principio!. Es la monstruosa presunción del físico, del químico, del fisiólogo, del biólogo, que no quieren ser otra cosa que físicos, químicos, fisiólogos y biólogos, y que no obstante, pretenden tener un juicio competente sobre el mundo entero.

Lo que importa es, pues, ir siempre a la médula del problema, y no eludir su aclaración mediante reducción a su verdadera fórmula, ahí donde no están tan transparentes. Si se tienen en cuenta todas estas consideraciones metodológicas no es de extrañar que, en tantos intentos modernos de fraguar una concepción del mundo no salga sino la bota cósmica. He ahí un fenómeno que puede llamar la atención sobre cómo participar en la ciencia espiritual y en los procedimientos mentales prácticos, fenómeno que puede disponernos a revisar como hay que pensar para calar las deficiencias que existen en el mundo.

Todavía quiero mencionar otra fuente de incontables malentendidos frente a las concepciones del mundo. Cuando de ellas nos ocupamos, ¿no nos enfrentamos, una y otra vez, con el siguiente fenómeno?: el uno cree esto; el otro aquello; el uno defiende a veces con buenas razones —pues siempre es posible encontrar buenas razones para todo— el uno; el otro, con razones igualmente buenas ; el uno refuta un punto de vista tan bien como el otro el punto contrario, y ambos con buenas razones. Los secuaces no se forman, por lo común, en virtud de que el uno y el otro queden convencidos, por un camino justo, de lo que aquí o ahí se enseñe. Piensen tan sólo en los caminos que los discípulos de ilustres personajes han de recorrer para encontrar al que ha de ser su maestro y verán que en ello hay mucho de karma. No obstante, con relación a las concepciones que hoy existen en el mundo externo y que no aceptan el concepto de Karma, hay que  decir: el que uno se haga bergsoniano o haeckeliano u otra cosa, depende de factores distintos al de la profundidad a que uno se vea conducido hacia la doctrina de la que, por casualidad, uno se haga adepto. Hay pugnas en ambas direcciones. Ayer dije que los nominalistas afirmaban que los conceptos generales no tenían realidad alguna, sino que eran puros nombres. Estos nominalistas tenían sus adversarios, a los que en aquellos tiempos se les llamaba realistas, aunque el término tenía un significado distinto del actual. Los realistas sustentaban: los conceptos generales no son simples palabras, sino que se relacionan con una realidad bien determinada. En la Edad Media, la pregunta “¿realismo o nominalismo? se tornó particularmente candente para la teología en un área que hoy día ya no cautiva el interés de los pensadores. Pues en la época en que surgió esa pregunta, siglo XI al XIII, el enigma sobre las tres “Personas divinas”: Padre Hijo y Espíritu Santo que integran una entidad divina y no obstante, habían de ser tres personas verdaderas, formaba parte del más importante credo humano. En cambio, los nominalistas afirmaban: estas tres Personas divinas existen no más en lo particular: el “Padre” en particular, el “Hijo” en particular y el “Espíritu” en particular, y si se hace referencia a un Dios común que abarca a los tres, no es sino un nombre para los tres. Así, el nominalismo abolía la Unidad en la Trinidad; y los nominalistas no solo decretaban la no existencia de la Unidad, sino que incluso se declaraba herejía la afirmación de los realistas que las tres Personas formarían, no sólo una Unidad pensada, sino real.

El nominalismo y el realismo se hallaban pues, en contraste. Y si escarba uno la literatura creada por el nominalismo y el realismo en aquellos siglos, se queda admirado por las proezas de que es capaz la acribia humana, pues tanto en un sentido como en otro se han esgrimido las razones más sagaces. En aquellos tiempos, era más difícil adquirir semejante pensamiento, porque todavía no existía el arte de la imprenta grafica y no fue fácil llegar a participar en disputas como las que hubo entre los nominalistas y los realistas. Quien participaba en ellas, necesitaba una preparación muy superior a la que, hoy día, se espera de las personas que intervienen en alguna discusión. Se movilizó una inmensa agudeza mental en defensa del realismo; y otra inmensa en defensa del nominalismo ¿a qué se debía?. Ahondando el asunto, hemos de decir que fue lamentable que tal cosa sucediera, pues hemos de confesar: ¡para qué sirve tanta inteligencia! Con la misma intensidad intelectual, se puede defender el nominalismo; o refutarle. Le embarga a uno la duda de toda la inteligencia, y es entristecedor prestar oído a lo que esas características sugieren.

Ahora contrapongamos a lo que acabamos de decir algo que, en cuanto a agudeza mental no compite con muchos de los argumentos que se han alegado a favor del nominalismo o del realismo, pero que, quizás tenga la ventaja de ir con derechura a la meta, esto es, señalar la dirección que hemos de pensar.

Veamos cómo se procede a formular conceptos generales, cómo se sintetizan un caudal de pormenores. Los pormenores, en el ejemplo que les voy a dar pueden englobarse en dos maneras: el hombre puede ambular por el mundo a su manera habitual, y percibir una serie de ciertos animales, sedosos o lanudos, de variada coloración, con bigotes, que ejecutan a ciertas horas una peculiar actividad que asemeja al lavado de los hombres que comen ratones, etc. Y a los animales así observados, llamarles gatos, con lo cual se habrá logrado un concepto en sí. Todos los seres que hemos visto en esas condiciones, tienen algo que ver con lo que se llama el gato. Veamos ahora la otra manera: supongamos que hemos pasado por una vida rica en impresiones que nos ha puesto en contacto con muchos amos o amas de gatos, y que gran número de esos amos le pusieron a su gato el nombre de Mufti. Y como esto queda constatado en muchos casos, se engloban bajo el nombre: los Mufi, todos los seres que se han encontrado como portadores del nombre Mufti. Visto externamente, tenemos el concepto general gatos y el concepto general Mufti. Dos veces el mismo hecho; el concepto general; y ambas veces, muchos seres individuales quedan subsumidos bajo el concepto general. No obstante, nadie afirmará que el concepto general Mufti tenga el mismo significado que el concepto general gato en este caso la realidad nos da la diferencia. En otras palabras; al formular el concepto general Mufti, que no es sino una síntesis de los nombres propios hemos procedido según el nominalismo, y con razón; y al formular el concepto general «gatos» hemos procedido según el realismo, y también con razón. Para el primer caso, el nominalismo es el correcto; para el segundo, el realismo, ambos son correctos, sólo que hay que saber aplicarlos dentro de sus justos límites, y si ambos son correctos, tampoco es de extrañarse el que puedan aducirse buenas razones para uno y otro. Por cierto que el ejemplo del nombre Mufti no deja de ser un tanto grotesco; pero puedo presentarles un ejemplo mucho  más significativo :

Dentro del vasto campo de nuestra experiencia empírica hay toda un área para la cual tiene plena justificación el nominalismo, esto es, la idea de que lo abarcante es tan solo un nombre. Existe el “uno”, existe el “dos”, existe el “tres”, “cuatro“,cinco”, etc., pero el acertado reconocimiento de los hechos nos lleva a admitir que es imposible encontrar en el “numero” algo que tenga existencia verdadera: el número no tiene existencia. “Uno”   “dos”, “tres”, “cinco”, “seis”, etc.., eso sí  tiene existencia. Pero con el concepto número, no podemos hacer lo que dije ayer,  esto es, encontrar el concepto general, poniendo en movimiento el objeto particular.  En efecto, el “uno” nunca se convierte en el “dos” siempre hay que agregarle uno, tampoco mentalmente es posible que el uno se transforme en dos, o el dos en tres. Existen tan sólo los números individuales, no el número en general. Para aquello que nos ofrecen los números, el nominalismo es rigurosamente cierto, en cambio, para aquello que nos es dado a manera de como el animal individual existe frente a su género, el realismo es rigurosamente cierto; no es posible que exista un venado, y otro y otro sin que exista el género venado. El dos puede existir por sí solo;  lo mismo el “uno” o el “siete” etc. Pero en cuanto lo real se manifiesta en el número, eso que es número no pasa de ser  atributo; y el término número no posee existencia de ninguna índole. Asistimos, pues, a una diferencia de las cosas externas en cuanto a su relación con los conceptos generales; las hay que deben tratarse en estilo del nominalismo y otras, en el del realismo.

Y si ahora simplemente enderezamos el pensamiento en la debida dirección, se nos presenta algo distinto empezamos a comprender por qué hay en el mundo tantas discusiones en torno a concepciones del mundo. Y es que por lo general, la  gente, una vez que ha  comprendido algo, muestra poca disposición a entender también lo otro. Si alguien de determinada área, ha hecho suya la idea que los conceptos en sí no tienen existencia, generaliza lo comprendido y lo hace extensivo a la estructura del mundo. La proposición: “los conceptos generales no tienen existencia”, no es falsa, porque efectivamente es aplicable al campo especial de quien la enuncia; lo falso es su generalización. Si queremos llegar a una idea de lo que es el pensar, es importantísimo poner en claro que la verdad de un pensamiento dentro de su área, no implica su validez general. Si alguien me demuestra lo uno u lo otro y por exactamente que lo haga jamás será posible aplicar lo demostrado a un área a que no pertenezca.  De ahí que sea necesario que todo sincero explorador de los caminos que conducen a una concepción del mundo, se dé cuenta de que la unilateralidad es el peor enemigo de todas las concepciones del mundo, y que, por lo tanto, hemos de evitarla. Insisto: evitemos la unilateralidad.

Enfoquemos, por de pronto, una vista panorámica de la que se derivara su explicación pormenorizada en las conferencias que siguen.

Puede haber personas a quienes, por su manera de ser, no les es posible hallar acceso al espíritu; difícil será demostrarles jamás lo espiritual. Se detienen en aquello de que saben algo,  es decir, de que tienen disposición a saber algo;  se quedan digamos en lo que les produce la impresión más tangible y aplastante, el materialismo. No es necesario tildar de necio lo que los materialistas han esgrimido en defensa y apoyo del materialismo, pues muchísimo de sagaz e ingenioso se ha escrito al respecto, y esto tiene validez, por lo pronto, para el área material de la vida, para el mundo material y sus leyes.

Puede haber luego personas que, quizá por cierta introversión se hallan dispuestas, desde un principio, a ver en todo lo material tan sólo la manifestación de lo espiritual. Saben, desde luego tan bien como los materialistas, que externamente, existe lo material, pero sienten que esto material no es sino la manifestación de lo espiritual subyacente en él. Quizá, esas personas no se interesan particularmente por ese mundo material y sus leyes y cuando interiormente elaboran todo lo que puede sugerirles ideas en torno a lo espiritual, se mueven animadas por la conciencia de que lo verdadero, lo sublime, lo digno de nuestra atención, lo realmente efectivo, es el espíritu; la materia es simple ilusión, fantasmagoría externa. Sin duda, que esto sería un punto de vista extremo; pero existe, y puede llevar hasta la negación absoluta de la vida material. De semejantes personas podríamos decir: rinden cabal tributo a lo que, efectivamente, es lo mas real: el espíritu; pero su criterio es unilateral, pues niegan el significado de lo material y de sus leyes. Es posible defender, con gran sagacidad, esa concepción del mundo que podemos llamar espiritualismo. ¿Tienen razón los espiritualistas?. Sus afirmaciones pueden ser acertadísimas en cuanto al espíritu, pero de muy poco alcance para lo material y sus leyes. ¿Tienen pues, razón los materialistas? Quizá alcancen a sacar a luz valiosísimas y utilísimas observaciones acerca de la materia y de sus leyes; pero cuando hablan del espíritu, lo más probable es que no profieran sino necedades. En resumen: los adeptos de ambas concepciones del mundo tienen razón dentro de sus respectivas áreas

Y hay otras personas que afirman: pensándolo bien, no puedo tener conocimientos concretos sobre si, en el mundo de la verdad, existe tan solo materia o tan sólo espíritu: esto no puede ser objeto de la humana facultad cognoscitiva; lo único evidente es que existe un mundo que se extiende en nuestro derredor. Yo no sé si, en ese mundo, subyace lo que los químicos y físicos materialistas llaman los átomos de la materia, pero sí reconozco el mundo en torno mío: lo veo, y puedo reflexionar sobre él. Por otra parte, tampoco tengo particular motivo para especular sobre si algo espiritual subyace o no en lo que veo: me atengo a lo que mis sentidos registran. A las personas que se fincan en este punto de vista, puede llamárseles realistas, y a su concepción del mundo, realismo. Así como es posible aducir infinita agudeza mental, lo mismo a favor del materialismo que del espiritualismo; así como puede haber quien diga lo más convin­cente sobre el espiritualismo, a la vez que las mayores necedades sobre lo material; así como puede haber quien diserte con profunda sagacidad sobre la materia, y con suma estupidez sobre lo espiritual, del mismo modo pueden esgrimirse los más agudos argumentos a favor del realismo, que no es espiritualismo ni materialismo, sino lo que acabo de caracterizar.

Pero eso no es todo: puede haber otras personas que digan más o menos: “en torno nuestro, se halla la materia y el mundo de los fenómenos materiales, mundo propiamente carente de significado; carece de significado si no late en él alguna tendencia propulsora, si no puede nacer de él aquello que sirva de orientación al alma humana, elemento no evidente en el mundo en torno. Según el parecer de esas personas, lo idéico y lo ideal ha de formar parte del proceso universal; otorgan su reconocimiento a los procesos reales del mundo, y aunque reconocen la vida real, no son realistas, sino que opinan: la vida real ha de recibir su polarización por lo idéico sólo así tendrá sentido. En un arranque de semejante estado de ánimo, Fichte dijo alguna vez: el mundo entero tal como se extiende a nuestro derredor, constituye el material objetivado para el cumplimiento del deber. A los representantes de semejante concepción del mundo para quienes todo no es sino medio para las ideas que permean el proceso universal, puede llamárseles idealistas, y a su concepción del mundo, idealismo. A su favor, se han presentado conceptos bellos, sublimes y magníficos. Y este idealismo tiene su plena justificación dentro del campo que acabo de caracterizar, cuando se trata de mostrar que el mundo no tendría propósito ni sentido, si las ideas fueran simples entes de la imaginación, y no estuvieran realmente fincadas en el proceso universal. Pero el idealismo fracasa, por ejemplo, cuando intenta explicar la realidad, externa. De ahí que hay que distinguir, de las tres concepciones del mundo anteriormente mencionadas, una cuarta: el idealismo.

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He ahí cuatro concepciones del mundo, una al lado de la otra, cada una con su justificación y significado dentro de su área específica. Ahora bien, entre el materialismo y al idealismo asiste cierta transición. Aunque el materialismo más burdo ya se halla, hoy día, en retroceso, podemos observar en él la tendencia de llevar al extremo el veredicto kantiano —el propio Kant no lo hizo— de que en las diversas disciplinas científicas no se halla sino tanta ciencia cuánto hay de matemática en ellas. Esto quiere decir, que el materialista puede convertirse en calculista del universo, no admitiendo otra cosa que el mundo relleno de átomos materiales, que chocan, se revuelven, y luego se calcula ese revoltijo. Los bellísimos resultados que se obtienen, atestiguan la plena justificación de esta concepción del mundo.

Se obtienen, por ejemplo, los números de oscilación de azul, rojo etc. se reduce todo el mundo a una especie de aparato mecánico que se calcula con toda precisión. Pero hay algo que nos desconcierta: podemos decir, por ejemplo, que aunque construyamos la maquina más complicada jamás podrá proceder de ella la sensación de azul, rojo, etc., por intrincados que sean sus movimientos.

Por lo tanto, si el cerebro no pasa de ser una máquina complicada, no pueden proceder de él las vivencias anímicas. Pero luego se puede afirmar lo que antaño dijo Du Bois-Reymand: es verdad que, si uno pretende interpretar el mundo tan solo según principios matemáticos, no es posible explicar ni la sensación más sencilla; pero su uno no se queda en la interpretación matemática, se peca contra el espíritu científico. El materialista craso diría: “no; yo me abstengo de calcular, pues esto supone ya la superstición de que las cosas se hallan ordenadas según medida y numero”. Y el que se eleva sobre ese materialismo burdo, se convierte en cabeza matemática que sólo admite como real, lo que es susceptible de cifrarse en fórmulas de cálculo, y así resulta una concepción que no otorga validez a nada sino a la fórmula matemática, concepción que podemos llamarle matematismo.

Ahora bien, alguien, después de haber sido matematista, puede reflexionar y decir: el que el color azul tenga “X” oscilaciones, no puede ser superstición; sin duda, el mundo hallase ordenado según principios matemáticos. Pero, si las ideas matemáticas se hallan realizadas en el mundo, ¿por qué no se objetivan otras ideas también?. Quien así piensa supone: las ideas viven en el mundo; pero  no otorga validez a las que él capta desde dentro, a través de alguna intuición o inspiración, sino sólo la otorga a las que él encuentra, es decir, a las que él deduce de los reales objetos externos sensibles. Semejante persona se convierte en racionalista; y su concepción del mundo es el racionalismo.

Y si, al lado de las ideas que uno encuentra, se admite también las que se derivan de lo moral e intelectual, ya se es idealista. Así, un solo camino conduce desde el burdo materialismo, pasando por el matematismo y el racionalismo.

El idealismo, a su vez, es susceptible de acrecentamiento, y, en nuestra época, hay algunas personas que hacen ese intento. Sin duda, se encuentran las ideas en el mundo; y si se encuentran, ha de existir también alguna sustancialidad dentro de la cual puedan vivir. Las ideas no pueden existir, así no más, en cualquier objeto externo? tampoco estar suspendidas en el aire. Es verdad que, en el siglo XIX, privaba la creencia de que las ideas gobiernan la historia; pero eso no era sino una confusión, ya que las ideas como tales no tienen virtud ejecutiva. De ahí que no proceda reconocer ideas en la historia. Quien comprenda que las ideas, para estar presentes, deben estar ligadas a algún ser capaz de tenerlas, ya no sigue siendo mero, idealista, sino que avanza al postulado de que las ideas necesitan algún ser que las sustente. Se ha tornado, pues, psiquista, y su concepción del mundo es el psiquismo. Sin embargo, el psiquista, que también pueda esgrimir inmensa argucia a favor de su concepción del mundo, no llega a ella sino por medio de una unilateralidad, de la que, en ciertos casos, puede darse cuenta.

Y todavía he de insertar aquí lo siguiente: existen adeptos de todas las concepciones del mundo que, en el esquema, figuraran arriba de la línea horizontal, que suelen ser tercos, y adoptan ésta o aquélla, en función de alguna íntima condición básica en la que se estancan. En cambio, lo que se encuentra debajo de esa horizontal, cuenta con adeptos más fácilmente accesibles, a la intuición de que cada una de las diversas concepciones particulares, enfoca las cosas desde determinado punto de vista, por lo que les es más fácil realizar el paso de una concepción del mundo a otra.

Si alguien es psiquista y se da cuenta de estar contemplando al mundo como ente cognoscitivo, llega a comprender la necesidad de suponer la existencia de lo psíquico en el mundo. Mas en el momento mismo en que no se limita a ser ente cognoscitivo, sino en que, de igual manera, desarrolla simpatía por lo activo y volitivo de la naturaleza humana, llega a decirse, no basta con que existan seres que simplemente pueden tener ideas; han de tener también algo activo, ser capaces de obrar. Mas eso no es imaginable sin que esos seres sean seres individuales. En otras palabras, tal persona asciende del supuesto de que el mundo es animado, al supuesto del espíritu o de los espíritus en el mundo. Todavía no ve claro si debe postular uno o varios entes espirituales, pero avanza del psiquismo al pneumatismo, esto es, al estudio de lo espiritual.

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Aquel que efectivamente se ha hecho pneumatista, bien puede comprender lo que dije hoy a propósito del número, o sea que, en cuanto a ellos, es un tanto arriesgado hablar de unidad. Y llegará a decirse: será confusión entonces referirse a un espíritu o pneuma unitario. Y así se va abriendo paso hacia la idea de los espíritus de las diferentes jerarquías; se torna espiritualista auténtico, de modo que, desde este lado izquierdo, existe una transición inmediata del pneumatismo al espiritualismo.

He ahí esas concepciones del mundo que, todas ellas, tienen su justificación dentro de sus respectivas áreas: las hay en que el psiquismo ofrece la explicación adecuada; las hay en que la ofrece el pneumatismo. Es verdad que quien pretende ir al fondo de la interpretación del mun­do, como aquí lo hemos intentado, tiene que avanzar hacia el espiritualismo, esto es, hacia el supuesto de entidades jerárquicas. Entonces no es posible estancarse en el pneumatísmo, pues el hacerlo daría origen a un contrasentido.  El espiritualista háyase expuesto a que la gente le diga: ¿Por qué tantos espíritus? ¿por qué pluralizarlos? ¡basta un espíritu universal unificado!. Este reparo se parece al de quien dijera “tú me dices que ahí hay doscientas moscas; yo no veo sino un solo enjambre” Así se comportaría el pneumatista frente al espiritualista. Este ve el mundo henchido de los espíritus de las jerarquías; en cambio, el pneumatista sólo ve el enjambre, esto es, el espíritu universal unificado, simple imprecisión de la observación.

Aun hay otra posibilidad: en vez de llegar al reconocimiento de la actividad de las entidades espirituales por los caminos que hemos trazado, se puede llegar a reconocer que ciertos seres espirituales son el fundamento del mundo. Este fue el caso, por ejemplo, del célebre filósofo alemán, Leibniz, filósofo que ya había trascendido el prejuicio de que en el mundo algo pudiera existir de manera puramente material: buscaba y hallaba lo real, como lo expliqué en mi libro “Los enigmas de la filosofía”. Leibniz opinaba que existen seres capaces de generar su propia existencia dentro de sí mismos, como por ejemplo el alma, humana, pero no procedió a conceptualizar su opinión, y se limitó a afirmar que existe ese ser capaz de generar su existencia, y de producir representaciones, y le llamó mónada. Y razonaba diciendo: han de existir muchas monadas, y de las más diversas facultades. Si nos imaginamos una bóveda, nos vemos llevados a ima­ginar, dentro de ella, muchas mónadas, como si fuera un enjambre de moscas, pero mónadas que ni siquiera llegan a la conciencia del sueño, casi inconscientes, pero que sí desarrollan muy vagas representaciones. Luego hay mónadas que sueñan, otras que desarrollan representaciones lucidas; sintetizando, mónadas de los más variados grados.

Quien así piensa, el monadista, aunque no llegue a representarse lo concreto de las individuales entidades espirituales como hace el espiritualista, se polariza hacia lo espiritual que en el mundo existe, dejándolo, sin embargo, indeterminado; lo llama mónada, esto es, lo comenta tan sólo en cuanto a su carácter de representación, a semejanza de quien dijera: sin duda hay espíritus en el mundo, pero yo los describo tan sólo diciendo que son seres de capacidad representativa diferenciada; entresacó de ellas una facultad abstracta. Así, desarrolló esta concepción unilateral del mundo en cuyo apoyo se puede aducir, ante todo, lo que el genial Leibniz adujo a favor de ella. Y elaboro el monadismo que es, en verdad, espiritualismo abstracto.

Luego puede haber personas que no se elevan hasta la mónada, que no pueden admitir que lo existente sean seres de diferentes grados de facultad representativa, pero que tampoco se dan por satisfechas admitiendo tan sólo lo que se extiende en la realidad externa, sino que la conciben, por doquiera, dominada por fuerzas. Cuando una piedra cae al suelo, dicen: es la fuerza de gravedad; cuando un imán atrae la limadura de hierro: es la fuerza magnética. No se contentan diciendo: ahí está el imán, sino que afirman: el imán supone que, suprasensible e invisible, existe la fuerza magnética que se extiende por todas partes.  De ahí que se puede elaborar una concepción del mundo que, por doquiera, busque las fuerzas correlativas a lo que sucede en el mundo, y se la puede llamar Dinamismo.

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 No faltará quien prosiga diciendo: es su­perstición el creer en las fuerzas, y elocuente ejemplo de esta actitud es la “Critica del lenguaje” de Fritz Mauthner. En este caso, uno se queda en lo que se extiende realmente en torno nuestro, y regresa por este camino, del espiritualismo, pasando por el monadismo y el dinamismo, de nuevo al realismo.

Pero aun se puede hacer otra cosa, a saber, decirse: es verdad que me atengo al mundo que me circunda, pero no afirmo que tenga el derecho de sostener que ese mundo no sea el real; lo único que me consta es su apariencia, no tengo, pues, más derecho que el de sostener que este mundo se me aparece; nada más. He ahí una diferencia: se puede afirmar que lo que nos circunda es el mundo real, caso del realista. Pero también, con igual derecho, alguien puede afirmar que no procede disertar sobre la objetividad del mundo, si bien no me cabe duda de que lo que afecta mis sentidos es precisamente el mundo. No me atrevo a sustentar que sea verdadero el conjunto de colores y sonidos que sólo se generan en función de ciertos procesos que tienen lugar en mi ojo donde se me muestran como colores, o en mi oído donde se me muestran como sonidos; es el mundo de los  fenómenos; la concepción del mundo que ahora entra en escena, es el fenomenalismo.

Y todavía queda otro paso. Alguien puede decir: “es verdad que tenemos en torno nuestro el mundo de los fenómenos, pero todo lo que creemos que ellos nos dan, es consecuencia de los que nosotros le agregamos o inyectamos, mero aditamento nuestro;  lo  único legítimo es lo que nos dicen los sentidos. Fíjense bien: una persona que tal afirma, no es adepto del fenomenalismo sino que desprende de los fenómenos aquello que cree que procede de su entendimiento y de su razón, y admite como manifestaciones de la realidad sólo las impresiones sensorias. Esta concepción del mundo podemos llamarla sensualismo.

Finalmente, se puede recurrir a esta afirmación “por mucho que reflexionéis que son los sentidos los que hablan, y por sagaces que sean vuestros argumentos sobre el particular -y sí las hay sagaces- mi punto de vista es que sólo existe lo que tiene el mismo aspecto que lo que dicen los sentidos, y esto es lo que acepto como material”. He ahí el punto de vista del atomista quien, por ejemplo, acepta los átomos como única realidad, pues por pequeños que sean, tienen propiedades que se conocen en el mundo físico. Y así desembocamos nuevamente, por un segundo camino, en el Materialismo.

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Todas las concepciones del mundo que deje apuntadas y caracterizadas, existen y pueden defenderse, y para cada una de ellas aducirse las razones más agudas; también es posible colocarse en el punto de vista de cada una de ellas y, desde ahí, refutar convincentemente a las demás. Incluso podríamos, entre estas doce concepciones inventar o intercalar otras: que sólo en matices diferirían de las mencionadas, y podrían reducirse a los tipos principales. Si se quiere conocer la urdimbre del mundo, hay que saber que uno llega a conocerle a través de estos doce portales de entrada. No hay una concepción del mundo única que pueda defenderse y justificarse: hay doce. Y hemos de admitir que tantas buenas razones se pueden aducir a favor de una cualquiera de ellas, como a favor de cada una de las demás.

   El mundo no se revela a quien lo contemple desde el punto de vista parcial de una sola concepción del mundo, de un solo pensamiento, sino únicamente a quien sepa que hay que rodearlo totalmente. Así como el sol, según la concepción copernicana, recorre los signos zodiacales para iluminar la Tierra desde doce puntos diferentes  y en ninguno de ellos se detiene, así tampoco hay que situarse en un punto de vista único, ya sea fenomenalismo, idealismo, sensualismo u otra concepción digna del nombre, sino que hay que ser capaz de rodear el mundo e identificarse vitalmente con cada uno de los doce puntos de vista desde los cuales se puede contemplarlo, pues todos ellos, intelectualmente, están plenamente justificados. Para el pensador capaz de calar la naturaleza del pensamiento, no existe una concepción única del mundo, sino doce equivalentes, cada una de ellas avalada por razones de igual validez. Desde el punto de vista así adquirido, procederemos mañana para encumbrarnos, del estudio intelectual del hombre, al estudio de lo cósmico.

Traducido al  Castellano del original alemán.  JUAN BERLÍN

El pensamiento humano y el pensamiento cósmico – C1

Cuatro conferencias pronunciadas en Berlin del 20 al 23 de Enero de 1914 – Por Rudolf Steiner.

Versión en inglés.

Conferencia 1 – Berlín, 20 de enero de 1914

En las cuatro conferencias que me incumbe pronunciar en el curso de nuestra Asamblea General, quisiera enfocar cierto aspecto de la conexión entre el hombre y el cosmos. ¿Cuál es este aspecto?.

  El hombre experimenta o vive dentro de sí el pensamiento y en sus  pensamientos, él se siente en ejercicio inmediato y efectivo. Si contemplamos alguna cosa externa, digamos una rosa o una piedra, y nos formamos de ella una imagen mental, alguien puede decirnos, con toda razón: en  rigor, jamás podrás saber cuánto es lo que, con  imaginártela, haces tuyo de la piedra o de la rosa. Ves la rosa, su color rojo manifiesto, su forma, su división en pétalos, ves la piedra con su color, sus  diversas aristas, pero siempre tendrás que decirte; es posible que, ahí dentro, exista algo más, algo que no se te manifiesta. No sabes cuánto de la piedra o de la rosa se halla contenido en tu imagen mental.

En cambio, al tener un pensamiento, es el hombre quien lo produce; él se halla presente en cada una de sus fibras. De ahí que, para el pensamiento entero el hombre es partícipe de su actividad; sabe que “yo mismo he  dotado de con­tenido al pensamiento; y no puede hallarse en él sino lo que yo he introducido. Abarco mi pensamiento nadie puede afirmar que, al visualizarlo, pudiera contener otros elementos, como en el caso de la rosa o de la piedra; pues yo mismo lo he generado, me hallo presente en él, y sé, por consiguiente, qué es lo que contiene”.

En efecto, el pensamiento es primordialmente nuestro; si encontramos la relación del pensamiento con  el cos­mos o universo, captamos la relación de lo  primordialmente nuestro con el cosmos o universo. De ahí que sea fecundo tratar de estudiar la relación del hombre con el cosmos, desde el aspecto mental. A esta empresa consagraremos, pues, estos días; y ella nos conducirá a significativas alturas en nuestras reflexiones antroposóficas. Sin embargo, tenemos que empezar por levantar hoy una especie de infraestructura, que es posible que a algu­no de ustedes se le  antoje abstracta. Pero en los próximos días veremos que nos es necesaria, y que, sin ella, no podemos acer­carnos sino con cierta superficialidad, a las elevadas metas en pos de las cuales nos afanamos en estas cuatro conferencias. Lo dicho encierra para nosotros la promesa de que el hombre, al atenerse a lo que posee en  el pensamiento, podrá descubrir una íntima relación entre su ser y el universo o  cosmos.

Ahora bien, fincarnos en ese punto de vista, encierra una gran dificultad; no para nuestra reflexión, pero sí para los hechos objetivos, dificultad que estriba en que, si bien es cierto que uno vive en cada fibra de su propio pensamiento, por cuya razón uno lo conoce más íntimamente que cualquier otra representación, …¡la mayoría de la gente no tiene, pensamientos!, y, por lo común, nadie se da cuenta de este lamentable vacío. ¿Por qué? Porque para percatarse de ello con toda seriedad, ¡se necesita precisamente del pensamien­to!.    Hemos de empezar por llamar la atención sobre lo siguiente: aquello que, en amplísimas esferas de la vida, nos impide tener pensamientos, es que la gente, cotidianamente, no siente el de­seo de avanzar hasta el pensamiento, sino que, en su lugar, se da por satisfecha con la palabra. Comúnmente, la simple ilación de palabras se toma como pensar: se piensa en palabras, y esto mucho más de lo que nos imaginamos.  Muchas son las personas que, al solicitar explicación de esto o aquello, se dan por satisfechas si se les da alguna palabra que les suene conocida y les recuerde esto o aquello; toman por “explicación” lo que esa palabra les sugiere, y la reciben como si fuera un pensamiento.

Lo que acabo de decir ha dado origen, en determinada fase de la evolución de la vida espiritual humana, a una opinión que hasta nuestros días es compartida por muchas personas que se consideran pensadores.  Para la nueva edición de mi libro “Los enigmas de la filosofía”, he tratado de refundirlo radicalmente, anteponiéndole una historia genética del pensamiento occidental, desde el siglo VI AC. hasta el siglo XIX, y agregando al final una semblanza de la vida espiritual contemporánea. También he reformado en muchos aspectos, el contenido original. Así he tratado de mostrar que el pensamiento como tal, nace en determinada época: alrededor de los siglos VI a VIII AC;  antes de esa época, los hombres no poseían las experiencias que, hoy en día, llamamos, en propiedad, pensamientos. ¿Que es, pues, lo que experimentaban antes? ¡Imágenes! Toda experiencia del mundo externo se efectuaba por medio de imágenes, como ya dije en muchas ocasiones, desde determinados puntos de vista. Esta experiencia pictórica es la postrera fase de la antigua experiencia clarividente, luego la imagen pasa a adoptar, para el alma humana, la forma de pensamiento.

 He ahí un resultado de la ciencia espiritual. En el mencionado libro he intentado mostrar ese resultado, por una vez, siguiendo puramente la evolución filosófica. Manteniendome estrictamente en el terreno de esta evolución, muestro que el pensamiento nació alguna vez en la antigua Grecia, como fruto de transformación de la antigua experiencia simbólica del mundo exterior. Luego traté de mostrar que este pensamiento evolucionó a través de Sócrates, Platón, Aristóteles, para adoptar sucesivamente ciertas formas, y que, en la Edad Media, desembocó en lo que seguidamente mencionaré.

La evolución del pensamiento condujo a la duda respecto a que pudieran existir en el mundo los pensamientos o conceptos en sí, duda que se formalizó en el llamado nominalismo, concepción filosófica según la cual los conceptos generales no pueden ser sino nombres, esto es, simples palabras. Existía, pues, esa concepción filosófica de que los pensamientos en sí, no podían ser sino palabras, concepción que muchos profesan hasta nuestros días.

Para obtener una visión gráfica de lo que acabo de decir, tomemos un concepto general de fácil alcance, el concepto “triángulo”. Quien se finque en el punto de vista nominalista y no pueda liberarse de las respectivas ideas formuladas de los siglos XI al XIII, dirá mas o menos: dibújame un triángulo. Bien, lo dibujaré:

A su vez, el no tardara en admitir: “efectivamente, esto es un triángulo específico con tres ángulos agudos; sí los hay,  pero yo sé dibujar otro distinto”. Luego él mismo dibujará un triángulo rectángulo, y otro obtuso. Llamamos,  pues,  al primero un triangulo acutángulo, al segundo ángulo recto, y al tercero de ángulo obtuso.

Nuestro  nominalista dirá: ¡de acuerdo! existen el triángulo acutángulo,  el rectángulo y el obtusángulo. Pe­ro todo eso no es el triángulo, el  triángulo  “en sí”  ha de contener todas las modalidades posibles. Y así, dentro del pensamiento “triángulo”,  ha de subsumirse el primero, el se­gundo y el tercero. Pero no es posible que un triángulo acutángulo sea, al mismo tiempo, rectángulo y obtusángulo; el acutángulo es un triángulo especial, no general; asimismo, lo son el rectángulo y obtusángulo: el triángulo “en sí”, pues, no puede existir; es pura palabra que comprende los triángulos particulares.

Pero esto va más lejos. Supongamos que alguien pronuncia la palabra “león”. El nominalista dirá: hay un león en el parque zoológico de Berlín; otro en el de Hannover y un tercero en el de Munich.  Sin duda, los  leones particulares existen,  pero no el “león en sí” que tenga algo que ver con el de Berlín, Hannover y Munich es pura palabra que engloba a los leones particulares. Según el nominalista, no hay más que cosas individuales, y fuera de ellas no hay sino palabras que compendian esas cosas particulares. He ahí pues, una concepción que surgió al­gún día, y que algunos pensadores de lógica aguda siguen sustentando hasta nuestros días.

Quien reflexione un poco sobre este asunto, tendrá que admitir: “realmente, es un caso muy especial;  no puedo descubrir fácilmente, si ese “león general”  y el  “triangulo general” existen o no, pues en verdad  no  los  veo”.  Si realmente viviera alguien que nos dijera: “mira, amigo, no puedo aceptar que me enseñes el león de Munich, el de Hannover o el de Berlín. Si tú afirmas que existe el león “en sí”, tienes que llevarme a alguna, parte donde puedas mostrármelo”…. si tuviera esta concepción, digo, nos veríamos momentáneamente en apuros, pues no es fácil indicar el lugar al que habría que llevarle para mostrarle “el león en sí”.

Por el momento, no acudamos a lo que nos ofrece la ciencia espiritual;  después nos ocuparemos de ello. Permanezcamos en el pensamiento y en aquello que puede lograrse pensando, y habremos de admitir: si nos quedamos en este terreno, no es factible que conduzcamos algún incrédulo al león general; no se puede. He ahí una dificultad que hay que admitir; no hay remedio.  En efecto,  si uno se niega a aceptar esta dificultad en el terreno del pensamiento ordinario,  es que uno esquiva la dificultad del conocimiento humano.

Quedémonos con el triángulo, pues lo mismo es aclarar el asunto con él,  o con el león, u otra cosa cualquiera. Al principio, parece imposible dibujar un triangulo que contenga todas las propiedades de todos los triángulos. Y porque no solamente parece imposible, sino que para el pensamiento humano ordinario efectivamente lo es, resulta que toda filosofía externa tropieza aquí con una frontera, que,  honestamente, ha de admitir. Pero esa frontera es tan solo la de la filosofía externa; existe la posibilidad de cruzarla,  y vamos a familiarizarnos ahora con ella.

Imaginemos que dibujamos un triangulo, sin decir simplemente: “acabo de dibujar un triángulo aquí está”

Siempre cabrá la objeción de que no pasa de ser un triángulo acutángulo; no es el triángulo en sí.   En efecto, también se puede dibujar el triángulo de otra manera, en rigor,  no se “puede”, pero seguidamente veremos qué relación existe entre ese poder y  no poder. Supongamos que a este triángulo   (véase arriba)   le permitimos que cada uno de sus lados se mueva en la dirección que quiera, y además a diferentes velocidades, de modo que, en el momento siguiente, adopten,  por ejemplo,  estas posiciones:

Tenemos, pues, que adentrarnos en la idea un tanto inquietante de decir: no solo quiero dibujar un triángulo y luego dejarlo ahí, sino que le impongo ciertas exigencias a mi imaginación: tengo que imaginarme que los lados del triangulo háyanse en constante movimiento, en virtud de lo cual puede surgir simultáneamente, de ese movimiento, un triángulo rectángulo, obtusángulo, o cualquier otro. En efecto, dos son las actitudes que se pueden exigir una, el máximo sosiego, pues si alguien nos dibuja un triángulo queda terminado, y nosotros “sabemos qué aspecto tiene, y así dejar descansar nuestros pensamientos, porque ya hemos conseguido lo que pretendíamos. Pero hay la segunda actitud: considerar el triángulo, al mismo tiempo, como punto de partida, y permitirla a cada lado que gire a velocidades distintas y en distintas direcciones. En este segundo caso, ya se acaba el sosiego: nuestro pensamiento tiene que entrar en movimiento y en compensación, ya nos estamos moviendo realmente dentro del pensamiento en sí, “triángulo”; ese pensamiento que sólo queda fuera de alcance, en tanto que nos circunscribimos a un solo triángulo. El pensamiento en sí del triángulo surge tan pronto como el pensamiento se halla en movimiento continuo, es decir, cuando es versátil.

Por haber carecido de la capacidad de poner en movimiento su pensamiento, los filósofos tropezaron necesariamente con una frontera, y fundaron el nominalismo. Procedamos ahora a expresar en lenguaje familiar, lo que acabo de decir.

Para ascender del pensamiento particular al general, es indispensable que lo pongamos en movimiento, de modo que el pensamiento movido se convierta en el pensamiento en sí que se desliza de forma en forma. Digo forma, ya que, propiamente hablando, hemos de decir: el todo se halla en movimiento, y cada particularización que de él resulta es forma cerrada en sí. Antes, dibujaba tan sólo formas específicas; un triángulo acutángulo, uno rectángulo, uno obtusángulo, Ahora, dibujo algo ya dije que, en rigor, no lo dibujo, pero sí lo imagino- que suscita la idea de que el pensamiento háyase en movimiento y, al detenerse, genera formas particulares.

Vemos, pues, que los filósofos del nominalismo que forzosamente tropiezan con una frontera, están moviéndose en determinado reino: el de los. Espíritus de la Forma, reino que nos rodea en el que dominan las formas, de cuyo dominio resulta que se hallan en él los objetos particulares, rigurosamente separados y delimitados. Y he ahí que los mencionados filósofos nunca se han animado a salirse de  ese reino de las formas, en virtud de lo cual el pensamiento en sí no pasa de ser, para ellos, sino puras palabras. Si trascendieran el reino de lo particularizado, esto es, el de las formas, se adentrarían en una actividad representativa que implica movimiento contínuo, y así admitirían en su pensar la presencia del reino  de los Espíritus del Movimiento, la inmediata jerarquía superior. Pero los mencionados filósofos no se muestran dispuestos a dar este paso. Y cuando, en tiempos recientes del pensamiento occidental, un personaje se lanzó en este sentido, fue incomprendido, aunque muchos desacertados comentarios se le hicieran. Detengámonos en la idea de lo que Goethe, en su “Metamorfosis de las plantas”, llamó protoplanta; y luego en su idea del protoanimal, y veremos que solo captamos esos conceptos de protoplanta y protoanimal si los concebimos móviles. Al acoger esta movilidad de la que habla el propio Goethe, no llegamos a un concepto abstracto, concepto de formas delimitadas, sino a lo que vive en sus formas, algo que se arrastra por toda la evolución del reino animal o del vegetal, y que, durante el proceso, se transforma, al igual que el triángulo que cambia de acutángulo en obtusángulo, pudiendo así convertirse ora en lobo o león, ora en escarabajo, etc., según cómo la movilidad se modifique al pasar por las particularidades. Goethe logró movilizar los rígidos conceptos de la forma; he ahí su gran proeza central, lo realmente significativo y novedoso para  la investigación natural de su época.

Este ejemplo muestra que la llamada ciencia espiritual es, efectivamente, apropiada para que los hombres trasciendan las obligadas limitaciones de su época, vigentes incluso para filósofos. Sin los conceptos al nivel alcanzado por la ciencia espiritual, no es posible admitir, si se es honesto, sino que todo pensamiento en si es pura palabra. Esta es la razón por la que dije: la gente en su mayoría no tiene pensamientos  y si uno les habla de ellos, le rechazan.

 ¿Cuando se les habla de  pensamientos?. Cuando se les dice que los animales y plantas tienen almas grupales.  Para el proceso mental, es lo mismo decir pensamientos en sí” o “almas grupales” -oportunamente veremos cuál es la relación entre los dos-. Pero también el alma grupal solo puede comprenderse si uno se la imagina en continuo movimiento externo e interno,  de lo contrario no se llega a ella. Mas la gente rechaza esto; de ahí que, al rechazar también al alma grupal, rechacen también el pensamiento en sí.

Para conocer el mundo manifiesto, no se necesitan pensamientos, basta el recuerdo de lo que se ha visto en el reino de la forma, lo único que saben que ha visto la mayoría de la gente; efectivamente, en ese reino los pensamientos en sí no son más que meras palabras. Con esto justifico el haber dicho que la mayoría de la gente no tiene pensamientos, porque los pensamientos en sí les son meras palabras. Y si entre toda clase de entidades de las jerarquías superiores no existiera también el genio del lenguaje que acuña las palabras generales para los conceptos generales, no sería posible llegar a ello, porque los hombres solos jamás lo harían. El hombre recibe, pues, sus pensamientos en si a partir del lenguaje, y virtualmente no posee sino esos pensamientos en sí, conservados en el lenguaje. Esto nos  permite darnos cuenta que el pensar verdaderos pensamientos debe ser algo muy peculiar, lo que queda evidenciado por el hecho de cuán difícil es para el hombre llegar a la claridad mental.  En la trivial vida externa, cuando se quiere presumir un  poco, no falta quien afirme que es fácil el pensar, pero no lo es. Y no lo es porque el verdadero pensar exige siempre un íntimo roce, inconsciente en cierto modo, con un soplo precedente del reino de los Espíritus del Movimiento. Si esto fuera  muy fácil, no se cometerían tantos disparates.  Uno de ellos es, por ejemplo, el que, desde hace más de un siglo, la gente da vueltas, sin solución alguna, en torno al siguiente pensamiento de Kant, en varias ocasiones mencionado.

Kant pretendía abolir la llamada “prueba ontológica de Dios”, prueba cuyas raíces hemos de situar en la época del nominalismo, cuando se decía que para los conceptos en sí, no  había sino palabras, pues nada “general” podía corresponder a los pensamientos particulares, -a semejanza de como éstos corresponden a representaciones-. Presento esta prueba ontológica de Dios en ejemplo de cómo se piensa.

Se arguye más o menos así: “si se imagina a un Dios, hay que imaginarlo como la entidad más perfecta; y si lo es, no puede faltarle el ser, la existencia, ya que, de lo contrario, podría haber otra entidad más perfecta que tuviera todos los atributos pensables y, además, existiera.  Por lo tanto a la entidad perfectísima, Dios, la hemos de imaginar dotada de existencia. Según, pues, la prueba ontológica de Dios, del propio concepto se puede deducir su existencia”. Kant trato de refutar esta prueba, pretendiendo demostrar que no es posible deducir, a partir de un concepto, la existencia de una cosa y al efecto, acuño la célebre afirmación que muchas veces  he mencionado: cien escudos efectivos no son ni más ni menos que cien escudos posibles. En otras palabras, si el escudo tiene trescientos peniques, entonces a los cien escudos efectivos hay que calcularlos a razón de trescientos peniques cada uno; asimismo, a los cien escudos posibles también hay que calcularlos a razón  de trescientos peniques cada uno. Por lo tanto cien escudos posibles tienen al mismo contenido que cien escudos efectivos, esto es, lo mismo da pensar cien escudos efectivos o cien escudos posibles. De ahí que no sea licito derivar del simple pensamiento del ser perfectísimo, su existencia, pues el simple pensamiento de un Dios posible ya tendría los mismos atributos que el de un Dios verdadero.

Esto parece razonable. Y desde hace más de un siglo la gente se devana los sesos en torno a los cien escudos posibles y los cien efectivos. Pero veámoslo desde el punto de vista mas insinuante: el de la vida práctica. ¿Será posible, entonces, sustentar que cien escudos efectivos no contienen más que cíen posibles? En efecto,  podemos declarar que cien escudos efectivos contienen precisamente cien escudos más que cien escudos posibles. Es obvio: en un lado, cien escudos posibles, pensados y, en el otro cien escudos efectivos, es mucha diferencia ¡cien escudos mas en  el segundo lado!. Y parece que, en la mayoría de las situaciones de la vida, lo que importa son los cien escudos efectivos.

Pero el asunto tiene todavía un aspecto más profundo. Y es que cabe preguntar: ¿Qué es lo que más importa en la diferencia entre cien escudos posibles y cien escudos efectivos?. Todos ustedes admitirán que para aquel que pueda obtener los cien escudos existe una marcada diferencia entre tenerlos en potencia o tenerlos en efectivo. Supongan que necesitan cien escudos, y alguien les pone a elegir entre cien posibles o cien efectivos: si existe la oportunidad, no cabe duda de que la diferencia importa. En cambio, si ustedes están en la situación de realmente no poder tener  los cien escudos, entonces puede suceder que les deje sin cuidado si alguien no les da cien escudos posibles  o cien escudos efectivos. Cuando no se pueden obtener, los cien escudos efectivos y los cien posibles contienen exactamente lo mismo.

Y todavía existe otro significado, a saber que el hablar de Dios como lo hizo Kant, sólo era concebible en una época en que ya no era posible tener de El una humana experiencia anímica. Cuando Dios estaba fuera del alcance  como realidad, el concepto del Dios posible o del Dios real, era tan indiferente como lo es el no poder tener cien escudos efectivos o cien escudos posibles. Si para el alma no hay camino hacia el Dios real seguramente tampoco conduce hacia El ningún discurso mental, al estilo de Kant.

Así ven ustedes, que el asunto no deja de tener un lado más profundo. Sin embargo, lo menciono únicamente para ilustrar que, cuando se plantea la pregunta por el pensar, hay que  escuchar en la hondura. Los errores lógicos los arrastran incluso las mentes más iluminadas, y por mucho tiempo nadie se da cuenta en qué consistio la falacia de los pensamientos, como por ejemplo, en este caso, del pensamiento kantiano de los cien escudos posibles y los cien efectivos. Tratándose del pensamiento, siempre hay que tener en cuenta la peculiar situación en que se concibe.

Primero a partir del pensamiento general, y luego a partir de la existencia de un error lógico particular como el de Kant, he tratado de mostrarles que los derroteros del  pensar no pueden estudiarse al margen de cierta profundización y todavía quiero acercarme a este asunto, desde un tercer enfoque. Supongamos que tenemos ante nosotros una montaña o una colina y, a su lado, un declive empinado, del que nace un manantial, que verticalmente se desploma por el declive como si  fuera un auténtico salto de agua. Supongamos que, en las mismas condiciones, hubiera más arriba, otro manantial, deseoso de lanzarse como el primero pero no puede; no puede despeñarse como salto de agua, sino que ha de deslizarse hacia abajo dócilmente, en forma de arroyo o rio. El agua del segundo manantial ¿tiene distintas fuerzas que la del primero? Obviamente, no; porque el segundo manantial haría exactamente lo mismo que él, si la montaña no se lo impidiera y le presentara resistencia, de no existir las fuerzas de contención, el segundo manantial se precipitaría como el primero. Así pues, entran en juego dos fuerzas: la de gravitación de la tierra, en virtud de la cual se precipita uno de los manan­tiales; gravitación que existe de igual modo en el otro, pues jala el agua hacia abajo, si bien neutralizada la caída por la forma de la montaña. Algún escéptico podría, no obstante, empezar por negar esa fuerza en el segundo manantial, y de­cir: ahí no se ve nada, en tanto que, en el primer manantial, cada gotita de agua es atraída hacia abajo. De modo que, en el segundo manantial, hay que agregar en cada punto la fuerza que contrarresta la gravitación; la de contención de la montaña.

Supongamos ahora que viene alguien y afirma; lo que tu me cuentas de la fuerza de gravedad, me resisto a creerlo; así como tampoco lo de la de contención. ¿Es la montaña la causa de que el manantial tome aquel camino?  No lo creo. A lo que podríamos replicar; entonces ¿qué crees tú?. Y él  diría quizá: aquí abajo hay algo de agua; por encima, otra porción, y así sucesivamente. Creo que el agua de abajo es empujada por la de arriba, y ésta, a su vez, es empujada por la superior inmediata. Cada capa acuática superior empuja la anterior

He aquí una considerable diferencia. La primera persona afirma que la fuerza de gravedad atrae hacia abajo las  masas acuáticas, la segunda, en cambio, que hay estratos de agua que empujan hacia abajo las inferiores inmediatas,  y luego las siguen en su descenso.

 Supongo que ustedes estarán de acuerdo conmigo que sería ridículo hablar de semejantes empujes.  Pero imaginemos que no se trata de un arroyo o un rio, sino de la historia humana, y que esa persona del último tipo dice, lo único que te creo es lo siguiente “vivimos en el siglo XX, en que han tenido lugar ciertos eventos; éstos fueron causa­dos por otros del último tercio del siglo XIX; estos últimos por los del segundo tercio, y éstos, a su vez, por los del primero”. He aquí la llamada historia pragmática, donde se habla de causas y efectos en el sentido de explicar los eventos posteriores por los que preceden. Así como alguien puede negar la fuerza de la gravedad, y decir que cada capa de agua es empujada por otra, asimismo sucede cuando alguien explica las condiciones del siglo XIX como consecuencia de la Revolución Francesa. Nosotros, en cambio, sustentamos; no; existen aun otras fuerzas,  además de las que empujan ahí atrás, y que, en sentido estricto,  ni siquiera existen. Pues, así como no hay fuerzas empujantes en el rio montañés,  así tampoco los eventos pasados empujan en la historia universal: constantemente vienen nuevas influencias del mundo espiritual, en analogía a como en el manantial, la fuerza de la gravitación actúa constantemente y se entrecruza con otras fuerzas, en analogía a como, en el torrente,  la fuerza de gravedad se contiende con la de contención de la montaña.  Si no existiera sino una sola, la historia tomaría distinto curso. Pero el historiador pragmático no percibe las fuerzas particulares que entran en juego; no se da cuenta de lo que ha sido descrito como sucesión de los ciclos saturnal, solar y lunar en la evolución de la Tierra, está ciego a lo que constantemente tiene lugar en y con las almas humanas en su paso por el mundo espiritual, y cuando vuelven a descender a la Tierra. Todo esto es lo que niega simplemente.

Pero hoy día domina una concepción de la historia que se nos antoja como si alguien esgrimiera los pareceres que acabamos de señalar; concepción bastante generalizada. Es más, en el siglo XIX se la consideraba particularmente ingeniosa.  Y nosotros, ¿que diríamos desde el punto de vista que acabamos de definir?.  Si alguien afirmara del torrente montañés lo mismo  que comúnmente se sustenta de la historia no cabe duda que cometería una insensatez absoluta. ¿Qué se deduce de ello? . Que en cuanto a la historia,  también afirma una necedad, pero sin darse cuenta. Y es que la historia es tan complicada que siempre se la explica como pragmática en la forma descrita; ¡Y nadie es consciente!

Esto nos lleva a darnos cuenta que la ciencia espiritual; cuya misión es desarrollar saludables principios para la concepción de la vida tiene efectivamente que intervenir en los más variados campos; y existe cierta necesidad por aprender a pensar, por familiarizarse con sus leyes e impulsos internos.   De no ser así, pueden suceder toda clase de episodios grotescos.  He aquí el de un contemporáneo que cojea tropezando es pos del problema del pensar y del lenguaje, me refiero al célebre Fritz Mauthner, que acaba de agregar a sus anteriores publicaciones un gran diccionario filosófico. Su grueso volumen sobre la “Crítica del Lenguaje”,  ya en su tercera edición, se ha convertido en prestigioso libro para nuestros contemporáneos. Contiene mucho de ingenioso, pero también de espantoso. Así, por ejemplo encontramos en él la curiosa falta de lógica  (casi en cada quinto renglón se tropieza con un disparate)  de que el buen Hauthner pone en duda la utilidad de la lógica,  pues para él el pensar no es más que hablar, por lo que carece de sentido ocuparse de lógica;  solo cabe la gramática.  Pero,  además, dice: “puesto que no puede haber lógica los que la practicaron fueron unos mentecatos”,  y continúa: “en la vida ordinaria, de las conclusiones nacen los juicios, y de estos las representaciones. Así es como lo hacen los hombres. ¿Para qué se necesita la lógica? si la gente ya afirma esta secuencia de conclusión-juicio-representación?. Esto es tan inteligente como  si alguien dijera: ¿Para qué necesitamos la botánica?. El año pasado y el anterior, han crecido las plantas”. Esta es la clase de lógica de quien la vitupera. Y es comprensible que lo haga. Y aun se encuentran cosas mucho más extrañas en dicho extraño libro que, en cuanto a la relación entre el pensar y el hablar,  llega, no a la claridad, sino a la confusión.

Ya dije que necesitamos una infraestructura para los temas que habrán de guiarnos a  las alturas de la reflexión espiritual. Una infraestructura como la que acabamos de elaborar parecerá abstracta a algunos oyentes, pero la necesitaremos. Y me empeño en hacerlo en forma suficientemente fácil para que sea transparente lo que digo.

Particularmente quiero insistir en que, ya mediante tales sencillas reflexiones se puede llegar a la idea de donde se halla la frontera entre el reino de los Espíritus de la Forma y la de los Espíritus del Movimiento. El que se adquiera semejante concepto, se relaciona íntimamente con la cuestión de si se considera admisible hablar de pensamientos en si o tan solo de representaciones o conceptos de cosas particulares. Digo expresamente: considerar admisible.

Mañana continuaremos edificando sobre estas premisas a las que, por ser un poco abstractas, ya no agrego nada más.

Versión Castellana JUAN BERLÍN

Los Temples de los Planetas – Venus

Rayo 3 – El Rayo de Inteligencia y Actividad  (♀ – Venus – Misticismo)

El Tercer Rayo refiere a la expresión de la Inteligencia Divina. Esencialmente, es este rayo que proporciona la inteligencia subyacente en toda la naturaleza. Con respecto al reino humano, es la fuerza que anima el pensamiento. Su propósito es dar a conocer la mente de Dios en la conciencia de la humanidad, así como proporcionar el entendimiento espiritual a toda actividad humana. Para aquellas almas impregnadas sobre el Tercer Rayo, su propósito es dar a conocer la mente de Dios mediante la demostración de la interconexión de todas las ideas. Además, este es el rayo que más se asocia con el karma, ya que mantiene el recuerdo de lo que fue, así como lo que debe ser. Por esta razón, el nombre primitivo utilizado para identificar este rayo era el “Guardián de los Registros”.

Venus

Los Temples de los Planetas – La Luna

Rayo 2 – El Rayo del Amor y la Sabiduría

( – Luna – Ocultismo)

El Segundo Rayo condiciona la vida con el Amor Divino. Su función es la de revelar la unidad que subyace en toda la aparente diversidad en la creación. Este rayo se expresa en el amor, tal  y como se revela a través de la compasión y la comprensión,  a aquellos cuyas almas están condicionados por el. Es el rayo incluyente, y relaciona , unas cosas con otras, al revelar el amor que subyace tras los acontecimientos externos.

Uno de los nombres antiguos de esta radiación divina es el “Imán Cósmico”, ya que atrae  todo hacia sí. Aunque todos los rayos son cruciales para el desarrollo de la humanidad, este es el más importante, pues según los antiguos registros, este rayo  rige la vida de nuestro sistema solar.

la luna, segundo rayo

Luna

Los Temples de los Planetas – el Sol.

Rayo 1 – El Rayo del Propósito y de la Voluntad Divina.

( – Sol  – Empirismo)

La intención de este Rayo es dar a conocer el propósito de la Divinidad en el reino humano. Toda la vida está evolucionando, y el objetivo de este Rayo es suministrar la potencia y la dirección de este movimiento evolutivo. Por lo tanto, la función del alma de primer rayo es expresar el poder del propósito divino a través de la fuerza de amor y de visión en un solo punto.

Su función consiste en romper las formas que ya no expresan adecuadamente el Amor de Dios. En los registros antiguos, este gran rayo se llamaba “El rayo que aniquila”, ya que libera la vida divina de los modos anticuados de expresión externa. Y, al hacerlo, libera la vida para que pueda buscar nuevas formas a través de las cuales pueda expresarse con radiante esplendor.

El sol. Primer rayo