El pensamiento humano y el pensamiento cósmico – C1

Cuatro conferencias pronunciadas en Berlin del 20 al 23 de Enero de 1914 – Por Rudolf Steiner.

Versión en inglés.

Conferencia 1 – Berlín, 20 de enero de 1914

En las cuatro conferencias que me incumbe pronunciar en el curso de nuestra Asamblea General, quisiera enfocar cierto aspecto de la conexión entre el hombre y el cosmos. ¿Cuál es este aspecto?.

  El hombre experimenta o vive dentro de sí el pensamiento y en sus  pensamientos, él se siente en ejercicio inmediato y efectivo. Si contemplamos alguna cosa externa, digamos una rosa o una piedra, y nos formamos de ella una imagen mental, alguien puede decirnos, con toda razón: en  rigor, jamás podrás saber cuánto es lo que, con  imaginártela, haces tuyo de la piedra o de la rosa. Ves la rosa, su color rojo manifiesto, su forma, su división en pétalos, ves la piedra con su color, sus  diversas aristas, pero siempre tendrás que decirte; es posible que, ahí dentro, exista algo más, algo que no se te manifiesta. No sabes cuánto de la piedra o de la rosa se halla contenido en tu imagen mental.

En cambio, al tener un pensamiento, es el hombre quien lo produce; él se halla presente en cada una de sus fibras. De ahí que, para el pensamiento entero el hombre es partícipe de su actividad; sabe que “yo mismo he  dotado de con­tenido al pensamiento; y no puede hallarse en él sino lo que yo he introducido. Abarco mi pensamiento nadie puede afirmar que, al visualizarlo, pudiera contener otros elementos, como en el caso de la rosa o de la piedra; pues yo mismo lo he generado, me hallo presente en él, y sé, por consiguiente, qué es lo que contiene”.

En efecto, el pensamiento es primordialmente nuestro; si encontramos la relación del pensamiento con  el cos­mos o universo, captamos la relación de lo  primordialmente nuestro con el cosmos o universo. De ahí que sea fecundo tratar de estudiar la relación del hombre con el cosmos, desde el aspecto mental. A esta empresa consagraremos, pues, estos días; y ella nos conducirá a significativas alturas en nuestras reflexiones antroposóficas. Sin embargo, tenemos que empezar por levantar hoy una especie de infraestructura, que es posible que a algu­no de ustedes se le  antoje abstracta. Pero en los próximos días veremos que nos es necesaria, y que, sin ella, no podemos acer­carnos sino con cierta superficialidad, a las elevadas metas en pos de las cuales nos afanamos en estas cuatro conferencias. Lo dicho encierra para nosotros la promesa de que el hombre, al atenerse a lo que posee en  el pensamiento, podrá descubrir una íntima relación entre su ser y el universo o  cosmos.

Ahora bien, fincarnos en ese punto de vista, encierra una gran dificultad; no para nuestra reflexión, pero sí para los hechos objetivos, dificultad que estriba en que, si bien es cierto que uno vive en cada fibra de su propio pensamiento, por cuya razón uno lo conoce más íntimamente que cualquier otra representación, …¡la mayoría de la gente no tiene, pensamientos!, y, por lo común, nadie se da cuenta de este lamentable vacío. ¿Por qué? Porque para percatarse de ello con toda seriedad, ¡se necesita precisamente del pensamien­to!.    Hemos de empezar por llamar la atención sobre lo siguiente: aquello que, en amplísimas esferas de la vida, nos impide tener pensamientos, es que la gente, cotidianamente, no siente el de­seo de avanzar hasta el pensamiento, sino que, en su lugar, se da por satisfecha con la palabra. Comúnmente, la simple ilación de palabras se toma como pensar: se piensa en palabras, y esto mucho más de lo que nos imaginamos.  Muchas son las personas que, al solicitar explicación de esto o aquello, se dan por satisfechas si se les da alguna palabra que les suene conocida y les recuerde esto o aquello; toman por “explicación” lo que esa palabra les sugiere, y la reciben como si fuera un pensamiento.

Lo que acabo de decir ha dado origen, en determinada fase de la evolución de la vida espiritual humana, a una opinión que hasta nuestros días es compartida por muchas personas que se consideran pensadores.  Para la nueva edición de mi libro “Los enigmas de la filosofía”, he tratado de refundirlo radicalmente, anteponiéndole una historia genética del pensamiento occidental, desde el siglo VI AC. hasta el siglo XIX, y agregando al final una semblanza de la vida espiritual contemporánea. También he reformado en muchos aspectos, el contenido original. Así he tratado de mostrar que el pensamiento como tal, nace en determinada época: alrededor de los siglos VI a VIII AC;  antes de esa época, los hombres no poseían las experiencias que, hoy en día, llamamos, en propiedad, pensamientos. ¿Que es, pues, lo que experimentaban antes? ¡Imágenes! Toda experiencia del mundo externo se efectuaba por medio de imágenes, como ya dije en muchas ocasiones, desde determinados puntos de vista. Esta experiencia pictórica es la postrera fase de la antigua experiencia clarividente, luego la imagen pasa a adoptar, para el alma humana, la forma de pensamiento.

 He ahí un resultado de la ciencia espiritual. En el mencionado libro he intentado mostrar ese resultado, por una vez, siguiendo puramente la evolución filosófica. Manteniendome estrictamente en el terreno de esta evolución, muestro que el pensamiento nació alguna vez en la antigua Grecia, como fruto de transformación de la antigua experiencia simbólica del mundo exterior. Luego traté de mostrar que este pensamiento evolucionó a través de Sócrates, Platón, Aristóteles, para adoptar sucesivamente ciertas formas, y que, en la Edad Media, desembocó en lo que seguidamente mencionaré.

La evolución del pensamiento condujo a la duda respecto a que pudieran existir en el mundo los pensamientos o conceptos en sí, duda que se formalizó en el llamado nominalismo, concepción filosófica según la cual los conceptos generales no pueden ser sino nombres, esto es, simples palabras. Existía, pues, esa concepción filosófica de que los pensamientos en sí, no podían ser sino palabras, concepción que muchos profesan hasta nuestros días.

Para obtener una visión gráfica de lo que acabo de decir, tomemos un concepto general de fácil alcance, el concepto “triángulo”. Quien se finque en el punto de vista nominalista y no pueda liberarse de las respectivas ideas formuladas de los siglos XI al XIII, dirá mas o menos: dibújame un triángulo. Bien, lo dibujaré:

A su vez, el no tardara en admitir: “efectivamente, esto es un triángulo específico con tres ángulos agudos; sí los hay,  pero yo sé dibujar otro distinto”. Luego él mismo dibujará un triángulo rectángulo, y otro obtuso. Llamamos,  pues,  al primero un triangulo acutángulo, al segundo ángulo recto, y al tercero de ángulo obtuso.

Nuestro  nominalista dirá: ¡de acuerdo! existen el triángulo acutángulo,  el rectángulo y el obtusángulo. Pe­ro todo eso no es el triángulo, el  triángulo  “en sí”  ha de contener todas las modalidades posibles. Y así, dentro del pensamiento “triángulo”,  ha de subsumirse el primero, el se­gundo y el tercero. Pero no es posible que un triángulo acutángulo sea, al mismo tiempo, rectángulo y obtusángulo; el acutángulo es un triángulo especial, no general; asimismo, lo son el rectángulo y obtusángulo: el triángulo “en sí”, pues, no puede existir; es pura palabra que comprende los triángulos particulares.

Pero esto va más lejos. Supongamos que alguien pronuncia la palabra “león”. El nominalista dirá: hay un león en el parque zoológico de Berlín; otro en el de Hannover y un tercero en el de Munich.  Sin duda, los  leones particulares existen,  pero no el “león en sí” que tenga algo que ver con el de Berlín, Hannover y Munich es pura palabra que engloba a los leones particulares. Según el nominalista, no hay más que cosas individuales, y fuera de ellas no hay sino palabras que compendian esas cosas particulares. He ahí pues, una concepción que surgió al­gún día, y que algunos pensadores de lógica aguda siguen sustentando hasta nuestros días.

Quien reflexione un poco sobre este asunto, tendrá que admitir: “realmente, es un caso muy especial;  no puedo descubrir fácilmente, si ese “león general”  y el  “triangulo general” existen o no, pues en verdad  no  los  veo”.  Si realmente viviera alguien que nos dijera: “mira, amigo, no puedo aceptar que me enseñes el león de Munich, el de Hannover o el de Berlín. Si tú afirmas que existe el león “en sí”, tienes que llevarme a alguna, parte donde puedas mostrármelo”…. si tuviera esta concepción, digo, nos veríamos momentáneamente en apuros, pues no es fácil indicar el lugar al que habría que llevarle para mostrarle “el león en sí”.

Por el momento, no acudamos a lo que nos ofrece la ciencia espiritual;  después nos ocuparemos de ello. Permanezcamos en el pensamiento y en aquello que puede lograrse pensando, y habremos de admitir: si nos quedamos en este terreno, no es factible que conduzcamos algún incrédulo al león general; no se puede. He ahí una dificultad que hay que admitir; no hay remedio.  En efecto,  si uno se niega a aceptar esta dificultad en el terreno del pensamiento ordinario,  es que uno esquiva la dificultad del conocimiento humano.

Quedémonos con el triángulo, pues lo mismo es aclarar el asunto con él,  o con el león, u otra cosa cualquiera. Al principio, parece imposible dibujar un triangulo que contenga todas las propiedades de todos los triángulos. Y porque no solamente parece imposible, sino que para el pensamiento humano ordinario efectivamente lo es, resulta que toda filosofía externa tropieza aquí con una frontera, que,  honestamente, ha de admitir. Pero esa frontera es tan solo la de la filosofía externa; existe la posibilidad de cruzarla,  y vamos a familiarizarnos ahora con ella.

Imaginemos que dibujamos un triangulo, sin decir simplemente: “acabo de dibujar un triángulo aquí está”

Siempre cabrá la objeción de que no pasa de ser un triángulo acutángulo; no es el triángulo en sí.   En efecto, también se puede dibujar el triángulo de otra manera, en rigor,  no se “puede”, pero seguidamente veremos qué relación existe entre ese poder y  no poder. Supongamos que a este triángulo   (véase arriba)   le permitimos que cada uno de sus lados se mueva en la dirección que quiera, y además a diferentes velocidades, de modo que, en el momento siguiente, adopten,  por ejemplo,  estas posiciones:

Tenemos, pues, que adentrarnos en la idea un tanto inquietante de decir: no solo quiero dibujar un triángulo y luego dejarlo ahí, sino que le impongo ciertas exigencias a mi imaginación: tengo que imaginarme que los lados del triangulo háyanse en constante movimiento, en virtud de lo cual puede surgir simultáneamente, de ese movimiento, un triángulo rectángulo, obtusángulo, o cualquier otro. En efecto, dos son las actitudes que se pueden exigir una, el máximo sosiego, pues si alguien nos dibuja un triángulo queda terminado, y nosotros “sabemos qué aspecto tiene, y así dejar descansar nuestros pensamientos, porque ya hemos conseguido lo que pretendíamos. Pero hay la segunda actitud: considerar el triángulo, al mismo tiempo, como punto de partida, y permitirla a cada lado que gire a velocidades distintas y en distintas direcciones. En este segundo caso, ya se acaba el sosiego: nuestro pensamiento tiene que entrar en movimiento y en compensación, ya nos estamos moviendo realmente dentro del pensamiento en sí, “triángulo”; ese pensamiento que sólo queda fuera de alcance, en tanto que nos circunscribimos a un solo triángulo. El pensamiento en sí del triángulo surge tan pronto como el pensamiento se halla en movimiento continuo, es decir, cuando es versátil.

Por haber carecido de la capacidad de poner en movimiento su pensamiento, los filósofos tropezaron necesariamente con una frontera, y fundaron el nominalismo. Procedamos ahora a expresar en lenguaje familiar, lo que acabo de decir.

Para ascender del pensamiento particular al general, es indispensable que lo pongamos en movimiento, de modo que el pensamiento movido se convierta en el pensamiento en sí que se desliza de forma en forma. Digo forma, ya que, propiamente hablando, hemos de decir: el todo se halla en movimiento, y cada particularización que de él resulta es forma cerrada en sí. Antes, dibujaba tan sólo formas específicas; un triángulo acutángulo, uno rectángulo, uno obtusángulo, Ahora, dibujo algo ya dije que, en rigor, no lo dibujo, pero sí lo imagino- que suscita la idea de que el pensamiento háyase en movimiento y, al detenerse, genera formas particulares.

Vemos, pues, que los filósofos del nominalismo que forzosamente tropiezan con una frontera, están moviéndose en determinado reino: el de los. Espíritus de la Forma, reino que nos rodea en el que dominan las formas, de cuyo dominio resulta que se hallan en él los objetos particulares, rigurosamente separados y delimitados. Y he ahí que los mencionados filósofos nunca se han animado a salirse de  ese reino de las formas, en virtud de lo cual el pensamiento en sí no pasa de ser, para ellos, sino puras palabras. Si trascendieran el reino de lo particularizado, esto es, el de las formas, se adentrarían en una actividad representativa que implica movimiento contínuo, y así admitirían en su pensar la presencia del reino  de los Espíritus del Movimiento, la inmediata jerarquía superior. Pero los mencionados filósofos no se muestran dispuestos a dar este paso. Y cuando, en tiempos recientes del pensamiento occidental, un personaje se lanzó en este sentido, fue incomprendido, aunque muchos desacertados comentarios se le hicieran. Detengámonos en la idea de lo que Goethe, en su “Metamorfosis de las plantas”, llamó protoplanta; y luego en su idea del protoanimal, y veremos que solo captamos esos conceptos de protoplanta y protoanimal si los concebimos móviles. Al acoger esta movilidad de la que habla el propio Goethe, no llegamos a un concepto abstracto, concepto de formas delimitadas, sino a lo que vive en sus formas, algo que se arrastra por toda la evolución del reino animal o del vegetal, y que, durante el proceso, se transforma, al igual que el triángulo que cambia de acutángulo en obtusángulo, pudiendo así convertirse ora en lobo o león, ora en escarabajo, etc., según cómo la movilidad se modifique al pasar por las particularidades. Goethe logró movilizar los rígidos conceptos de la forma; he ahí su gran proeza central, lo realmente significativo y novedoso para  la investigación natural de su época.

Este ejemplo muestra que la llamada ciencia espiritual es, efectivamente, apropiada para que los hombres trasciendan las obligadas limitaciones de su época, vigentes incluso para filósofos. Sin los conceptos al nivel alcanzado por la ciencia espiritual, no es posible admitir, si se es honesto, sino que todo pensamiento en si es pura palabra. Esta es la razón por la que dije: la gente en su mayoría no tiene pensamientos  y si uno les habla de ellos, le rechazan.

 ¿Cuando se les habla de  pensamientos?. Cuando se les dice que los animales y plantas tienen almas grupales.  Para el proceso mental, es lo mismo decir pensamientos en sí” o “almas grupales” -oportunamente veremos cuál es la relación entre los dos-. Pero también el alma grupal solo puede comprenderse si uno se la imagina en continuo movimiento externo e interno,  de lo contrario no se llega a ella. Mas la gente rechaza esto; de ahí que, al rechazar también al alma grupal, rechacen también el pensamiento en sí.

Para conocer el mundo manifiesto, no se necesitan pensamientos, basta el recuerdo de lo que se ha visto en el reino de la forma, lo único que saben que ha visto la mayoría de la gente; efectivamente, en ese reino los pensamientos en sí no son más que meras palabras. Con esto justifico el haber dicho que la mayoría de la gente no tiene pensamientos, porque los pensamientos en sí les son meras palabras. Y si entre toda clase de entidades de las jerarquías superiores no existiera también el genio del lenguaje que acuña las palabras generales para los conceptos generales, no sería posible llegar a ello, porque los hombres solos jamás lo harían. El hombre recibe, pues, sus pensamientos en si a partir del lenguaje, y virtualmente no posee sino esos pensamientos en sí, conservados en el lenguaje. Esto nos  permite darnos cuenta que el pensar verdaderos pensamientos debe ser algo muy peculiar, lo que queda evidenciado por el hecho de cuán difícil es para el hombre llegar a la claridad mental.  En la trivial vida externa, cuando se quiere presumir un  poco, no falta quien afirme que es fácil el pensar, pero no lo es. Y no lo es porque el verdadero pensar exige siempre un íntimo roce, inconsciente en cierto modo, con un soplo precedente del reino de los Espíritus del Movimiento. Si esto fuera  muy fácil, no se cometerían tantos disparates.  Uno de ellos es, por ejemplo, el que, desde hace más de un siglo, la gente da vueltas, sin solución alguna, en torno al siguiente pensamiento de Kant, en varias ocasiones mencionado.

Kant pretendía abolir la llamada “prueba ontológica de Dios”, prueba cuyas raíces hemos de situar en la época del nominalismo, cuando se decía que para los conceptos en sí, no  había sino palabras, pues nada “general” podía corresponder a los pensamientos particulares, -a semejanza de como éstos corresponden a representaciones-. Presento esta prueba ontológica de Dios en ejemplo de cómo se piensa.

Se arguye más o menos así: “si se imagina a un Dios, hay que imaginarlo como la entidad más perfecta; y si lo es, no puede faltarle el ser, la existencia, ya que, de lo contrario, podría haber otra entidad más perfecta que tuviera todos los atributos pensables y, además, existiera.  Por lo tanto a la entidad perfectísima, Dios, la hemos de imaginar dotada de existencia. Según, pues, la prueba ontológica de Dios, del propio concepto se puede deducir su existencia”. Kant trato de refutar esta prueba, pretendiendo demostrar que no es posible deducir, a partir de un concepto, la existencia de una cosa y al efecto, acuño la célebre afirmación que muchas veces  he mencionado: cien escudos efectivos no son ni más ni menos que cien escudos posibles. En otras palabras, si el escudo tiene trescientos peniques, entonces a los cien escudos efectivos hay que calcularlos a razón de trescientos peniques cada uno; asimismo, a los cien escudos posibles también hay que calcularlos a razón  de trescientos peniques cada uno. Por lo tanto cien escudos posibles tienen al mismo contenido que cien escudos efectivos, esto es, lo mismo da pensar cien escudos efectivos o cien escudos posibles. De ahí que no sea licito derivar del simple pensamiento del ser perfectísimo, su existencia, pues el simple pensamiento de un Dios posible ya tendría los mismos atributos que el de un Dios verdadero.

Esto parece razonable. Y desde hace más de un siglo la gente se devana los sesos en torno a los cien escudos posibles y los cien efectivos. Pero veámoslo desde el punto de vista mas insinuante: el de la vida práctica. ¿Será posible, entonces, sustentar que cien escudos efectivos no contienen más que cíen posibles? En efecto,  podemos declarar que cien escudos efectivos contienen precisamente cien escudos más que cien escudos posibles. Es obvio: en un lado, cien escudos posibles, pensados y, en el otro cien escudos efectivos, es mucha diferencia ¡cien escudos mas en  el segundo lado!. Y parece que, en la mayoría de las situaciones de la vida, lo que importa son los cien escudos efectivos.

Pero el asunto tiene todavía un aspecto más profundo. Y es que cabe preguntar: ¿Qué es lo que más importa en la diferencia entre cien escudos posibles y cien escudos efectivos?. Todos ustedes admitirán que para aquel que pueda obtener los cien escudos existe una marcada diferencia entre tenerlos en potencia o tenerlos en efectivo. Supongan que necesitan cien escudos, y alguien les pone a elegir entre cien posibles o cien efectivos: si existe la oportunidad, no cabe duda de que la diferencia importa. En cambio, si ustedes están en la situación de realmente no poder tener  los cien escudos, entonces puede suceder que les deje sin cuidado si alguien no les da cien escudos posibles  o cien escudos efectivos. Cuando no se pueden obtener, los cien escudos efectivos y los cien posibles contienen exactamente lo mismo.

Y todavía existe otro significado, a saber que el hablar de Dios como lo hizo Kant, sólo era concebible en una época en que ya no era posible tener de El una humana experiencia anímica. Cuando Dios estaba fuera del alcance  como realidad, el concepto del Dios posible o del Dios real, era tan indiferente como lo es el no poder tener cien escudos efectivos o cien escudos posibles. Si para el alma no hay camino hacia el Dios real seguramente tampoco conduce hacia El ningún discurso mental, al estilo de Kant.

Así ven ustedes, que el asunto no deja de tener un lado más profundo. Sin embargo, lo menciono únicamente para ilustrar que, cuando se plantea la pregunta por el pensar, hay que  escuchar en la hondura. Los errores lógicos los arrastran incluso las mentes más iluminadas, y por mucho tiempo nadie se da cuenta en qué consistio la falacia de los pensamientos, como por ejemplo, en este caso, del pensamiento kantiano de los cien escudos posibles y los cien efectivos. Tratándose del pensamiento, siempre hay que tener en cuenta la peculiar situación en que se concibe.

Primero a partir del pensamiento general, y luego a partir de la existencia de un error lógico particular como el de Kant, he tratado de mostrarles que los derroteros del  pensar no pueden estudiarse al margen de cierta profundización y todavía quiero acercarme a este asunto, desde un tercer enfoque. Supongamos que tenemos ante nosotros una montaña o una colina y, a su lado, un declive empinado, del que nace un manantial, que verticalmente se desploma por el declive como si  fuera un auténtico salto de agua. Supongamos que, en las mismas condiciones, hubiera más arriba, otro manantial, deseoso de lanzarse como el primero pero no puede; no puede despeñarse como salto de agua, sino que ha de deslizarse hacia abajo dócilmente, en forma de arroyo o rio. El agua del segundo manantial ¿tiene distintas fuerzas que la del primero? Obviamente, no; porque el segundo manantial haría exactamente lo mismo que él, si la montaña no se lo impidiera y le presentara resistencia, de no existir las fuerzas de contención, el segundo manantial se precipitaría como el primero. Así pues, entran en juego dos fuerzas: la de gravitación de la tierra, en virtud de la cual se precipita uno de los manan­tiales; gravitación que existe de igual modo en el otro, pues jala el agua hacia abajo, si bien neutralizada la caída por la forma de la montaña. Algún escéptico podría, no obstante, empezar por negar esa fuerza en el segundo manantial, y de­cir: ahí no se ve nada, en tanto que, en el primer manantial, cada gotita de agua es atraída hacia abajo. De modo que, en el segundo manantial, hay que agregar en cada punto la fuerza que contrarresta la gravitación; la de contención de la montaña.

Supongamos ahora que viene alguien y afirma; lo que tu me cuentas de la fuerza de gravedad, me resisto a creerlo; así como tampoco lo de la de contención. ¿Es la montaña la causa de que el manantial tome aquel camino?  No lo creo. A lo que podríamos replicar; entonces ¿qué crees tú?. Y él  diría quizá: aquí abajo hay algo de agua; por encima, otra porción, y así sucesivamente. Creo que el agua de abajo es empujada por la de arriba, y ésta, a su vez, es empujada por la superior inmediata. Cada capa acuática superior empuja la anterior

He aquí una considerable diferencia. La primera persona afirma que la fuerza de gravedad atrae hacia abajo las  masas acuáticas, la segunda, en cambio, que hay estratos de agua que empujan hacia abajo las inferiores inmediatas,  y luego las siguen en su descenso.

 Supongo que ustedes estarán de acuerdo conmigo que sería ridículo hablar de semejantes empujes.  Pero imaginemos que no se trata de un arroyo o un rio, sino de la historia humana, y que esa persona del último tipo dice, lo único que te creo es lo siguiente “vivimos en el siglo XX, en que han tenido lugar ciertos eventos; éstos fueron causa­dos por otros del último tercio del siglo XIX; estos últimos por los del segundo tercio, y éstos, a su vez, por los del primero”. He aquí la llamada historia pragmática, donde se habla de causas y efectos en el sentido de explicar los eventos posteriores por los que preceden. Así como alguien puede negar la fuerza de la gravedad, y decir que cada capa de agua es empujada por otra, asimismo sucede cuando alguien explica las condiciones del siglo XIX como consecuencia de la Revolución Francesa. Nosotros, en cambio, sustentamos; no; existen aun otras fuerzas,  además de las que empujan ahí atrás, y que, en sentido estricto,  ni siquiera existen. Pues, así como no hay fuerzas empujantes en el rio montañés,  así tampoco los eventos pasados empujan en la historia universal: constantemente vienen nuevas influencias del mundo espiritual, en analogía a como en el manantial, la fuerza de la gravitación actúa constantemente y se entrecruza con otras fuerzas, en analogía a como, en el torrente,  la fuerza de gravedad se contiende con la de contención de la montaña.  Si no existiera sino una sola, la historia tomaría distinto curso. Pero el historiador pragmático no percibe las fuerzas particulares que entran en juego; no se da cuenta de lo que ha sido descrito como sucesión de los ciclos saturnal, solar y lunar en la evolución de la Tierra, está ciego a lo que constantemente tiene lugar en y con las almas humanas en su paso por el mundo espiritual, y cuando vuelven a descender a la Tierra. Todo esto es lo que niega simplemente.

Pero hoy día domina una concepción de la historia que se nos antoja como si alguien esgrimiera los pareceres que acabamos de señalar; concepción bastante generalizada. Es más, en el siglo XIX se la consideraba particularmente ingeniosa.  Y nosotros, ¿que diríamos desde el punto de vista que acabamos de definir?.  Si alguien afirmara del torrente montañés lo mismo  que comúnmente se sustenta de la historia no cabe duda que cometería una insensatez absoluta. ¿Qué se deduce de ello? . Que en cuanto a la historia,  también afirma una necedad, pero sin darse cuenta. Y es que la historia es tan complicada que siempre se la explica como pragmática en la forma descrita; ¡Y nadie es consciente!

Esto nos lleva a darnos cuenta que la ciencia espiritual; cuya misión es desarrollar saludables principios para la concepción de la vida tiene efectivamente que intervenir en los más variados campos; y existe cierta necesidad por aprender a pensar, por familiarizarse con sus leyes e impulsos internos.   De no ser así, pueden suceder toda clase de episodios grotescos.  He aquí el de un contemporáneo que cojea tropezando es pos del problema del pensar y del lenguaje, me refiero al célebre Fritz Mauthner, que acaba de agregar a sus anteriores publicaciones un gran diccionario filosófico. Su grueso volumen sobre la “Crítica del Lenguaje”,  ya en su tercera edición, se ha convertido en prestigioso libro para nuestros contemporáneos. Contiene mucho de ingenioso, pero también de espantoso. Así, por ejemplo encontramos en él la curiosa falta de lógica  (casi en cada quinto renglón se tropieza con un disparate)  de que el buen Hauthner pone en duda la utilidad de la lógica,  pues para él el pensar no es más que hablar, por lo que carece de sentido ocuparse de lógica;  solo cabe la gramática.  Pero,  además, dice: “puesto que no puede haber lógica los que la practicaron fueron unos mentecatos”,  y continúa: “en la vida ordinaria, de las conclusiones nacen los juicios, y de estos las representaciones. Así es como lo hacen los hombres. ¿Para qué se necesita la lógica? si la gente ya afirma esta secuencia de conclusión-juicio-representación?. Esto es tan inteligente como  si alguien dijera: ¿Para qué necesitamos la botánica?. El año pasado y el anterior, han crecido las plantas”. Esta es la clase de lógica de quien la vitupera. Y es comprensible que lo haga. Y aun se encuentran cosas mucho más extrañas en dicho extraño libro que, en cuanto a la relación entre el pensar y el hablar,  llega, no a la claridad, sino a la confusión.

Ya dije que necesitamos una infraestructura para los temas que habrán de guiarnos a  las alturas de la reflexión espiritual. Una infraestructura como la que acabamos de elaborar parecerá abstracta a algunos oyentes, pero la necesitaremos. Y me empeño en hacerlo en forma suficientemente fácil para que sea transparente lo que digo.

Particularmente quiero insistir en que, ya mediante tales sencillas reflexiones se puede llegar a la idea de donde se halla la frontera entre el reino de los Espíritus de la Forma y la de los Espíritus del Movimiento. El que se adquiera semejante concepto, se relaciona íntimamente con la cuestión de si se considera admisible hablar de pensamientos en si o tan solo de representaciones o conceptos de cosas particulares. Digo expresamente: considerar admisible.

Mañana continuaremos edificando sobre estas premisas a las que, por ser un poco abstractas, ya no agrego nada más.

Versión Castellana JUAN BERLÍN

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Un comentario el “El pensamiento humano y el pensamiento cósmico – C1

  1. […] La conjunción en el año 7 aC, que tuvo lugar en Piscis, está relacionada con el nacimiento de Jesús, en un sentido espiritual, según el Evangelio de San Lucas. Espero poder mostrar la conexión de esta conjunción con el nacimiento de Jesús. Es el nacimiento espiritual, y el nacimiento espiritual es mucho más importante que el nacimiento físico en sí, como fue sugerido por el Dr. Steiner (véase: La constelación del Pensamiento Cósmico). […]

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