GA151c2. El pensamiento humano y el pensamiento cósmico

Rudolf Steiner – Segunda Conferencia – Berlín,  21 de Enero de 1914

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En el fondo, participar en la ciencia espiritual requiere una simultánea y permanente vida práctica en los procedimientos espirituales. Propiamente, no es posible alcanzar la plena claridad con respecto a los variados temas que tratamos ayer mientras no exista el intento de llegar a término con ellos mediante una especie de captación viva en la práctica espiritual, y particularmente en la vida mental.

 Preguntémonos: ¿Por qué reina la confusión,  por ejemplo sobre las relaciones entre los conceptos en sí, el triángulo en sí y las representaciones de los triángulos particulares precisamente entre las personas que se ocupan profesionalmente de tales asuntos?. ¿De dónde proceden los problemas que cautivan a siglos enteros, como el ejemplo, mencionado ayer de los cien escudos posibles y los cien escudos verdaderos, de Kant?. ¿A qué se debe el que se esquiven las reflexiones más elementales necesarias para comprender que no puede haber aquella historiografía pragmática según lo cual lo posterior siempre se deriva de lo anterior?. ¿A qué se debe que no se entre en las reflexiones que nos dejarían perplejos en cuanto a la legitimidad de esa imposible concepción de la historia humana que ha tenido tan vasta difusión?. ¿A qué se debe todo eso?. A que, ni incluso donde se debiera, se pone suficiente empeño en poner en práctica, con precisión, los procedimientos de la vida espiritual. En nuestra época, cualquier persona se cree con el derecho considerar que es indiscutible la humana capacidad de pensar: lancémonos, pues  a pensar.

Existen concepciones del mundo; han existido muchísimos filósofos. Podemos observar que unos han buscado unas cosas; y otros, otras; y, sin duda, eran personas de aceptable inteligencia que podían llamar la atención. No se reflexiona sobre las contradicciones que en ellos se encuentran, y uno se complace tanto más por su propia capacidad de pensar; se puede volver a pensar lo que han pensado aquellos pensadores, y está uno convencido de que solo puede dar con la verdad, al margen, claro está, de toda aceptación de una autoridad. Eso estaría en conflicto con la dignidad de la naturaleza humana; es uno mismo quien tiene que pensar, he ahí como se procede en el campo del pensamiento.

No sé si la gente se ha dado cuenta de que, en todos los demás dominios de la vida, no se procede de esta manera. Nadie, por ejemplo, se siente supeditado a una falsa fe en la autoridad, si encarga un traje al sastre, o unos zapatos al zapatero. No se le ocurre decir: es incompatible con mi dignidad humana encargar la hechura de mis efectos personales a personas de comprobada solvencia profesional. Es más, incluso se admite, quizás, que es necesario aprender lo que otros ya saben. En cambio, en cuanto al pensar, nadie admitiría que también las concepciones del mundo deben sacarse de donde se ha aprendido el pensar y algunas otras facultades. Contadísimos son los casos en que esto se admita.

He ahí, pues, uno de los factores, dominantes de la vida en los más vastos círculos, que contribuye a que, en nuestra época, el pensamiento humano no sea un producto muy difundido. Y, en verdad, es comprensible que así sea. Supongamos que, algún día, todos los hombres dijeran: ya no es digno de humanos el aprender a hacer botas, hagámoslas sin aprendizaje previo. Es de dudar que, entonces, esas botas salieran buenas. Y sin embargo, en cuanto a la formulación de pensamientos correctos para integrar su concepción del mundo, la gente de hoy suele partir del aquel criterio. Es por esto que hubo de tener profundo significado mi afirmación de ayer: que el pensamiento es efectivamente algo dentro de lo cual el hombre se halla plenamente internado de modo que pueda explorar su esencia interna, pero que no se halla tan difundido como pudiera creerse. Luego viene a añadirse, en nuestra época, otra pretensión muy peculiar que podría paulatinamente culminar en obnubilar toda claridad relativa al pensamiento. Veamos en qué consiste, aunque sea tan sólo con un breve atisbo.

Supongamos que en Gorlítz hubiera existido un zapatero de nombre Jacobo Bohme, que hubiera aprendido su oficio íntegramente: cómo se recortan las suelas, cómo se amolda el zapato sobre la horma, cómo poner los clavos en las suelas y el cuero, etc.; todo ello, lo hubiera claramente sabido desde sus fundamentos. Y luego ese zapatero de nombre Jacobo Bohme hubiera dicho ahora quiero ver como esta construido el mundo. Para eso, voy a suponer que el mundo se halla colocado sobre una gran horma; sobre ella se extendió alguna vez, el cuero universal, luego se tomaron los clavos universales, y, por su medio se conectó la suela universal y la  pala universal. Luego se  tomó la grasa universal y se dio lustre al calzado universal. Así me explico que, al amanecer todo se aclara es que luce la grasa universal; y cuando, al anochecer, esa grasa queda empañada de toda clase de sustancias, deja de lucir. Por eso me imagino que de noche alguien se halla ocupado en dar nuevo lustre a la bota universal. Así es como nace la diferencia entre el día y la noche.

Supongamos que Jacobo Böhme hubiera hecho todo esto. Ustedes se ríen, porque efectivamente no lo hizo sino que hizo buenos zapatos para los ciudadanos de Gorlitz: para eso utilizó su destreza como zapatero. Pero también desarrolló sus grandiosas ideas para levantar una concepción del mundo, y se valió de otros recursos. El se dijo: ahí no bastarían mis pensamientos de zapatero, pues si pretendo tener pensamientos, válidos para el universo, no debo aplicar al edificio universal los pensamientos con que hago zapatos para la gente. Y así él llegó a sus sublimes ideas sobre el universo. Así, pues, no existió en Gorlitz aquel Jacobo Bóhme que primero construí hipotéticamente, sino el otro, que sí sabía cómo hacerlo.

Pero esos Jacobos Bohme hipotéticos que son como aquel de que ustedes se rieron, existen por doquiera: ahí están por ejemplo, los físicos y químicos que han aprendido las leyes según las cuales uno combina y disocia las substancias; luego, los zoólogos, cómo se investigan y describen los animales; los médicos cómo tratar el cuerpo físico del hombre, así como aquello que ellos llaman el alma. ¿Qué hacen? Dicen: si uno busca una concepción del mundo, se toman las leyes que se han aprendido en química, física o fisiología, no se admiten otras y a raíz de ellas se construye una concepción del mundo, estos señores hacen pues, exactamente lo que habría hecho nuestro zapatero hipotético, si hubiera construido la bota cósmica. Sólo que nadie se da cuenta que, en lo metodológico, las concepciones del mundo se logran exactamente de la misma manera que aquella hipotética bota cósmica. Es verdad que se nos antoja grotesco imaginar la diferencia entre día y noche como desgaste de la pala y una boleada durante la noche, pero ante una lógica rigurosa es exactamente lo mismo, como si se quisiera construir el edificio universal con las leyes de la química, física, biología y fisiología. ¡Es el mismísimo principio!. Es la monstruosa presunción del físico, del químico, del fisiólogo, del biólogo, que no quieren ser otra cosa que físicos, químicos, fisiólogos y biólogos, y que no obstante, pretenden tener un juicio competente sobre el mundo entero.

Lo que importa es, pues, ir siempre a la médula del problema, y no eludir su aclaración mediante reducción a su verdadera fórmula, ahí donde no están tan transparentes. Si se tienen en cuenta todas estas consideraciones metodológicas no es de extrañar que, en tantos intentos modernos de fraguar una concepción del mundo no salga sino la bota cósmica. He ahí un fenómeno que puede llamar la atención sobre cómo participar en la ciencia espiritual y en los procedimientos mentales prácticos, fenómeno que puede disponernos a revisar como hay que pensar para calar las deficiencias que existen en el mundo.

Todavía quiero mencionar otra fuente de incontables malentendidos frente a las concepciones del mundo. Cuando de ellas nos ocupamos, ¿no nos enfrentamos, una y otra vez, con el siguiente fenómeno?: el uno cree esto; el otro aquello; el uno defiende a veces con buenas razones —pues siempre es posible encontrar buenas razones para todo— el uno; el otro, con razones igualmente buenas ; el uno refuta un punto de vista tan bien como el otro el punto contrario, y ambos con buenas razones. Los secuaces no se forman, por lo común, en virtud de que el uno y el otro queden convencidos, por un camino justo, de lo que aquí o ahí se enseñe. Piensen tan sólo en los caminos que los discípulos de ilustres personajes han de recorrer para encontrar al que ha de ser su maestro y verán que en ello hay mucho de karma. No obstante, con relación a las concepciones que hoy existen en el mundo externo y que no aceptan el concepto de Karma, hay que  decir: el que uno se haga bergsoniano o haeckeliano u otra cosa, depende de factores distintos al de la profundidad a que uno se vea conducido hacia la doctrina de la que, por casualidad, uno se haga adepto. Hay pugnas en ambas direcciones. Ayer dije que los nominalistas afirmaban que los conceptos generales no tenían realidad alguna, sino que eran puros nombres. Estos nominalistas tenían sus adversarios, a los que en aquellos tiempos se les llamaba realistas, aunque el término tenía un significado distinto del actual. Los realistas sustentaban: los conceptos generales no son simples palabras, sino que se relacionan con una realidad bien determinada. En la Edad Media, la pregunta “¿realismo o nominalismo? se tornó particularmente candente para la teología en un área que hoy día ya no cautiva el interés de los pensadores. Pues en la época en que surgió esa pregunta, siglo XI al XIII, el enigma sobre las tres “Personas divinas”: Padre Hijo y Espíritu Santo que integran una entidad divina y no obstante, habían de ser tres personas verdaderas, formaba parte del más importante credo humano. En cambio, los nominalistas afirmaban: estas tres Personas divinas existen no más en lo particular: el “Padre” en particular, el “Hijo” en particular y el “Espíritu” en particular, y si se hace referencia a un Dios común que abarca a los tres, no es sino un nombre para los tres. Así, el nominalismo abolía la Unidad en la Trinidad; y los nominalistas no solo decretaban la no existencia de la Unidad, sino que incluso se declaraba herejía la afirmación de los realistas que las tres Personas formarían, no sólo una Unidad pensada, sino real.

El nominalismo y el realismo se hallaban pues, en contraste. Y si escarba uno la literatura creada por el nominalismo y el realismo en aquellos siglos, se queda admirado por las proezas de que es capaz la acribia humana, pues tanto en un sentido como en otro se han esgrimido las razones más sagaces. En aquellos tiempos, era más difícil adquirir semejante pensamiento, porque todavía no existía el arte de la imprenta grafica y no fue fácil llegar a participar en disputas como las que hubo entre los nominalistas y los realistas. Quien participaba en ellas, necesitaba una preparación muy superior a la que, hoy día, se espera de las personas que intervienen en alguna discusión. Se movilizó una inmensa agudeza mental en defensa del realismo; y otra inmensa en defensa del nominalismo ¿a qué se debía?. Ahondando el asunto, hemos de decir que fue lamentable que tal cosa sucediera, pues hemos de confesar: ¡para qué sirve tanta inteligencia! Con la misma intensidad intelectual, se puede defender el nominalismo; o refutarle. Le embarga a uno la duda de toda la inteligencia, y es entristecedor prestar oído a lo que esas características sugieren.

Ahora contrapongamos a lo que acabamos de decir algo que, en cuanto a agudeza mental no compite con muchos de los argumentos que se han alegado a favor del nominalismo o del realismo, pero que, quizás tenga la ventaja de ir con derechura a la meta, esto es, señalar la dirección que hemos de pensar.

Veamos cómo se procede a formular conceptos generales, cómo se sintetizan un caudal de pormenores. Los pormenores, en el ejemplo que les voy a dar pueden englobarse en dos maneras: el hombre puede ambular por el mundo a su manera habitual, y percibir una serie de ciertos animales, sedosos o lanudos, de variada coloración, con bigotes, que ejecutan a ciertas horas una peculiar actividad que asemeja al lavado de los hombres que comen ratones, etc. Y a los animales así observados, llamarles gatos, con lo cual se habrá logrado un concepto en sí. Todos los seres que hemos visto en esas condiciones, tienen algo que ver con lo que se llama el gato. Veamos ahora la otra manera: supongamos que hemos pasado por una vida rica en impresiones que nos ha puesto en contacto con muchos amos o amas de gatos, y que gran número de esos amos le pusieron a su gato el nombre de Mufti. Y como esto queda constatado en muchos casos, se engloban bajo el nombre: los Mufi, todos los seres que se han encontrado como portadores del nombre Mufti. Visto externamente, tenemos el concepto general gatos y el concepto general Mufti. Dos veces el mismo hecho; el concepto general; y ambas veces, muchos seres individuales quedan subsumidos bajo el concepto general. No obstante, nadie afirmará que el concepto general Mufti tenga el mismo significado que el concepto general gato en este caso la realidad nos da la diferencia. En otras palabras; al formular el concepto general Mufti, que no es sino una síntesis de los nombres propios hemos procedido según el nominalismo, y con razón; y al formular el concepto general «gatos» hemos procedido según el realismo, y también con razón. Para el primer caso, el nominalismo es el correcto; para el segundo, el realismo, ambos son correctos, sólo que hay que saber aplicarlos dentro de sus justos límites, y si ambos son correctos, tampoco es de extrañarse el que puedan aducirse buenas razones para uno y otro. Por cierto que el ejemplo del nombre Mufti no deja de ser un tanto grotesco; pero puedo presentarles un ejemplo mucho  más significativo :

Dentro del vasto campo de nuestra experiencia empírica hay toda un área para la cual tiene plena justificación el nominalismo, esto es, la idea de que lo abarcante es tan solo un nombre. Existe el “uno”, existe el “dos”, existe el “tres”, “cuatro“,cinco”, etc., pero el acertado reconocimiento de los hechos nos lleva a admitir que es imposible encontrar en el “numero” algo que tenga existencia verdadera: el número no tiene existencia. “Uno”   “dos”, “tres”, “cinco”, “seis”, etc.., eso sí  tiene existencia. Pero con el concepto número, no podemos hacer lo que dije ayer,  esto es, encontrar el concepto general, poniendo en movimiento el objeto particular.  En efecto, el “uno” nunca se convierte en el “dos” siempre hay que agregarle uno, tampoco mentalmente es posible que el uno se transforme en dos, o el dos en tres. Existen tan sólo los números individuales, no el número en general. Para aquello que nos ofrecen los números, el nominalismo es rigurosamente cierto, en cambio, para aquello que nos es dado a manera de como el animal individual existe frente a su género, el realismo es rigurosamente cierto; no es posible que exista un venado, y otro y otro sin que exista el género venado. El dos puede existir por sí solo;  lo mismo el “uno” o el “siete” etc. Pero en cuanto lo real se manifiesta en el número, eso que es número no pasa de ser  atributo; y el término número no posee existencia de ninguna índole. Asistimos, pues, a una diferencia de las cosas externas en cuanto a su relación con los conceptos generales; las hay que deben tratarse en estilo del nominalismo y otras, en el del realismo.

Y si ahora simplemente enderezamos el pensamiento en la debida dirección, se nos presenta algo distinto empezamos a comprender por qué hay en el mundo tantas discusiones en torno a concepciones del mundo. Y es que por lo general, la  gente, una vez que ha  comprendido algo, muestra poca disposición a entender también lo otro. Si alguien de determinada área, ha hecho suya la idea que los conceptos en sí no tienen existencia, generaliza lo comprendido y lo hace extensivo a la estructura del mundo. La proposición: “los conceptos generales no tienen existencia”, no es falsa, porque efectivamente es aplicable al campo especial de quien la enuncia; lo falso es su generalización. Si queremos llegar a una idea de lo que es el pensar, es importantísimo poner en claro que la verdad de un pensamiento dentro de su área, no implica su validez general. Si alguien me demuestra lo uno u lo otro y por exactamente que lo haga jamás será posible aplicar lo demostrado a un área a que no pertenezca.  De ahí que sea necesario que todo sincero explorador de los caminos que conducen a una concepción del mundo, se dé cuenta de que la unilateralidad es el peor enemigo de todas las concepciones del mundo, y que, por lo tanto, hemos de evitarla. Insisto: evitemos la unilateralidad.

Enfoquemos, por de pronto, una vista panorámica de la que se derivara su explicación pormenorizada en las conferencias que siguen.

Puede haber personas a quienes, por su manera de ser, no les es posible hallar acceso al espíritu; difícil será demostrarles jamás lo espiritual. Se detienen en aquello de que saben algo,  es decir, de que tienen disposición a saber algo;  se quedan digamos en lo que les produce la impresión más tangible y aplastante, el materialismo. No es necesario tildar de necio lo que los materialistas han esgrimido en defensa y apoyo del materialismo, pues muchísimo de sagaz e ingenioso se ha escrito al respecto, y esto tiene validez, por lo pronto, para el área material de la vida, para el mundo material y sus leyes.

Puede haber luego personas que, quizá por cierta introversión se hallan dispuestas, desde un principio, a ver en todo lo material tan sólo la manifestación de lo espiritual. Saben, desde luego tan bien como los materialistas, que externamente, existe lo material, pero sienten que esto material no es sino la manifestación de lo espiritual subyacente en él. Quizá, esas personas no se interesan particularmente por ese mundo material y sus leyes y cuando interiormente elaboran todo lo que puede sugerirles ideas en torno a lo espiritual, se mueven animadas por la conciencia de que lo verdadero, lo sublime, lo digno de nuestra atención, lo realmente efectivo, es el espíritu; la materia es simple ilusión, fantasmagoría externa. Sin duda, que esto sería un punto de vista extremo; pero existe, y puede llevar hasta la negación absoluta de la vida material. De semejantes personas podríamos decir: rinden cabal tributo a lo que, efectivamente, es lo mas real: el espíritu; pero su criterio es unilateral, pues niegan el significado de lo material y de sus leyes. Es posible defender, con gran sagacidad, esa concepción del mundo que podemos llamar espiritualismo. ¿Tienen razón los espiritualistas?. Sus afirmaciones pueden ser acertadísimas en cuanto al espíritu, pero de muy poco alcance para lo material y sus leyes. ¿Tienen pues, razón los materialistas? Quizá alcancen a sacar a luz valiosísimas y utilísimas observaciones acerca de la materia y de sus leyes; pero cuando hablan del espíritu, lo más probable es que no profieran sino necedades. En resumen: los adeptos de ambas concepciones del mundo tienen razón dentro de sus respectivas áreas

Y hay otras personas que afirman: pensándolo bien, no puedo tener conocimientos concretos sobre si, en el mundo de la verdad, existe tan solo materia o tan sólo espíritu: esto no puede ser objeto de la humana facultad cognoscitiva; lo único evidente es que existe un mundo que se extiende en nuestro derredor. Yo no sé si, en ese mundo, subyace lo que los químicos y físicos materialistas llaman los átomos de la materia, pero sí reconozco el mundo en torno mío: lo veo, y puedo reflexionar sobre él. Por otra parte, tampoco tengo particular motivo para especular sobre si algo espiritual subyace o no en lo que veo: me atengo a lo que mis sentidos registran. A las personas que se fincan en este punto de vista, puede llamárseles realistas, y a su concepción del mundo, realismo. Así como es posible aducir infinita agudeza mental, lo mismo a favor del materialismo que del espiritualismo; así como puede haber quien diga lo más convin­cente sobre el espiritualismo, a la vez que las mayores necedades sobre lo material; así como puede haber quien diserte con profunda sagacidad sobre la materia, y con suma estupidez sobre lo espiritual, del mismo modo pueden esgrimirse los más agudos argumentos a favor del realismo, que no es espiritualismo ni materialismo, sino lo que acabo de caracterizar.

Pero eso no es todo: puede haber otras personas que digan más o menos: “en torno nuestro, se halla la materia y el mundo de los fenómenos materiales, mundo propiamente carente de significado; carece de significado si no late en él alguna tendencia propulsora, si no puede nacer de él aquello que sirva de orientación al alma humana, elemento no evidente en el mundo en torno. Según el parecer de esas personas, lo idéico y lo ideal ha de formar parte del proceso universal; otorgan su reconocimiento a los procesos reales del mundo, y aunque reconocen la vida real, no son realistas, sino que opinan: la vida real ha de recibir su polarización por lo idéico sólo así tendrá sentido. En un arranque de semejante estado de ánimo, Fichte dijo alguna vez: el mundo entero tal como se extiende a nuestro derredor, constituye el material objetivado para el cumplimiento del deber. A los representantes de semejante concepción del mundo para quienes todo no es sino medio para las ideas que permean el proceso universal, puede llamárseles idealistas, y a su concepción del mundo, idealismo. A su favor, se han presentado conceptos bellos, sublimes y magníficos. Y este idealismo tiene su plena justificación dentro del campo que acabo de caracterizar, cuando se trata de mostrar que el mundo no tendría propósito ni sentido, si las ideas fueran simples entes de la imaginación, y no estuvieran realmente fincadas en el proceso universal. Pero el idealismo fracasa, por ejemplo, cuando intenta explicar la realidad, externa. De ahí que hay que distinguir, de las tres concepciones del mundo anteriormente mencionadas, una cuarta: el idealismo.

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He ahí cuatro concepciones del mundo, una al lado de la otra, cada una con su justificación y significado dentro de su área específica. Ahora bien, entre el materialismo y al idealismo asiste cierta transición. Aunque el materialismo más burdo ya se halla, hoy día, en retroceso, podemos observar en él la tendencia de llevar al extremo el veredicto kantiano —el propio Kant no lo hizo— de que en las diversas disciplinas científicas no se halla sino tanta ciencia cuánto hay de matemática en ellas. Esto quiere decir, que el materialista puede convertirse en calculista del universo, no admitiendo otra cosa que el mundo relleno de átomos materiales, que chocan, se revuelven, y luego se calcula ese revoltijo. Los bellísimos resultados que se obtienen, atestiguan la plena justificación de esta concepción del mundo.

Se obtienen, por ejemplo, los números de oscilación de azul, rojo etc. se reduce todo el mundo a una especie de aparato mecánico que se calcula con toda precisión. Pero hay algo que nos desconcierta: podemos decir, por ejemplo, que aunque construyamos la maquina más complicada jamás podrá proceder de ella la sensación de azul, rojo, etc., por intrincados que sean sus movimientos.

Por lo tanto, si el cerebro no pasa de ser una máquina complicada, no pueden proceder de él las vivencias anímicas. Pero luego se puede afirmar lo que antaño dijo Du Bois-Reymand: es verdad que, si uno pretende interpretar el mundo tan solo según principios matemáticos, no es posible explicar ni la sensación más sencilla; pero su uno no se queda en la interpretación matemática, se peca contra el espíritu científico. El materialista craso diría: “no; yo me abstengo de calcular, pues esto supone ya la superstición de que las cosas se hallan ordenadas según medida y numero”. Y el que se eleva sobre ese materialismo burdo, se convierte en cabeza matemática que sólo admite como real, lo que es susceptible de cifrarse en fórmulas de cálculo, y así resulta una concepción que no otorga validez a nada sino a la fórmula matemática, concepción que podemos llamarle matematismo.

Ahora bien, alguien, después de haber sido matematista, puede reflexionar y decir: el que el color azul tenga “X” oscilaciones, no puede ser superstición; sin duda, el mundo hallase ordenado según principios matemáticos. Pero, si las ideas matemáticas se hallan realizadas en el mundo, ¿por qué no se objetivan otras ideas también?. Quien así piensa supone: las ideas viven en el mundo; pero  no otorga validez a las que él capta desde dentro, a través de alguna intuición o inspiración, sino sólo la otorga a las que él encuentra, es decir, a las que él deduce de los reales objetos externos sensibles. Semejante persona se convierte en racionalista; y su concepción del mundo es el racionalismo.

Y si, al lado de las ideas que uno encuentra, se admite también las que se derivan de lo moral e intelectual, ya se es idealista. Así, un solo camino conduce desde el burdo materialismo, pasando por el matematismo y el racionalismo.

El idealismo, a su vez, es susceptible de acrecentamiento, y, en nuestra época, hay algunas personas que hacen ese intento. Sin duda, se encuentran las ideas en el mundo; y si se encuentran, ha de existir también alguna sustancialidad dentro de la cual puedan vivir. Las ideas no pueden existir, así no más, en cualquier objeto externo? tampoco estar suspendidas en el aire. Es verdad que, en el siglo XIX, privaba la creencia de que las ideas gobiernan la historia; pero eso no era sino una confusión, ya que las ideas como tales no tienen virtud ejecutiva. De ahí que no proceda reconocer ideas en la historia. Quien comprenda que las ideas, para estar presentes, deben estar ligadas a algún ser capaz de tenerlas, ya no sigue siendo mero, idealista, sino que avanza al postulado de que las ideas necesitan algún ser que las sustente. Se ha tornado, pues, psiquista, y su concepción del mundo es el psiquismo. Sin embargo, el psiquista, que también pueda esgrimir inmensa argucia a favor de su concepción del mundo, no llega a ella sino por medio de una unilateralidad, de la que, en ciertos casos, puede darse cuenta.

Y todavía he de insertar aquí lo siguiente: existen adeptos de todas las concepciones del mundo que, en el esquema, figuraran arriba de la línea horizontal, que suelen ser tercos, y adoptan ésta o aquélla, en función de alguna íntima condición básica en la que se estancan. En cambio, lo que se encuentra debajo de esa horizontal, cuenta con adeptos más fácilmente accesibles, a la intuición de que cada una de las diversas concepciones particulares, enfoca las cosas desde determinado punto de vista, por lo que les es más fácil realizar el paso de una concepción del mundo a otra.

Si alguien es psiquista y se da cuenta de estar contemplando al mundo como ente cognoscitivo, llega a comprender la necesidad de suponer la existencia de lo psíquico en el mundo. Mas en el momento mismo en que no se limita a ser ente cognoscitivo, sino en que, de igual manera, desarrolla simpatía por lo activo y volitivo de la naturaleza humana, llega a decirse, no basta con que existan seres que simplemente pueden tener ideas; han de tener también algo activo, ser capaces de obrar. Mas eso no es imaginable sin que esos seres sean seres individuales. En otras palabras, tal persona asciende del supuesto de que el mundo es animado, al supuesto del espíritu o de los espíritus en el mundo. Todavía no ve claro si debe postular uno o varios entes espirituales, pero avanza del psiquismo al pneumatismo, esto es, al estudio de lo espiritual.

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Aquel que efectivamente se ha hecho pneumatista, bien puede comprender lo que dije hoy a propósito del número, o sea que, en cuanto a ellos, es un tanto arriesgado hablar de unidad. Y llegará a decirse: será confusión entonces referirse a un espíritu o pneuma unitario. Y así se va abriendo paso hacia la idea de los espíritus de las diferentes jerarquías; se torna espiritualista auténtico, de modo que, desde este lado izquierdo, existe una transición inmediata del pneumatismo al espiritualismo.

He ahí esas concepciones del mundo que, todas ellas, tienen su justificación dentro de sus respectivas áreas: las hay en que el psiquismo ofrece la explicación adecuada; las hay en que la ofrece el pneumatismo. Es verdad que quien pretende ir al fondo de la interpretación del mun­do, como aquí lo hemos intentado, tiene que avanzar hacia el espiritualismo, esto es, hacia el supuesto de entidades jerárquicas. Entonces no es posible estancarse en el pneumatísmo, pues el hacerlo daría origen a un contrasentido.  El espiritualista háyase expuesto a que la gente le diga: ¿Por qué tantos espíritus? ¿por qué pluralizarlos? ¡basta un espíritu universal unificado!. Este reparo se parece al de quien dijera “tú me dices que ahí hay doscientas moscas; yo no veo sino un solo enjambre” Así se comportaría el pneumatista frente al espiritualista. Este ve el mundo henchido de los espíritus de las jerarquías; en cambio, el pneumatista sólo ve el enjambre, esto es, el espíritu universal unificado, simple imprecisión de la observación.

Aun hay otra posibilidad: en vez de llegar al reconocimiento de la actividad de las entidades espirituales por los caminos que hemos trazado, se puede llegar a reconocer que ciertos seres espirituales son el fundamento del mundo. Este fue el caso, por ejemplo, del célebre filósofo alemán, Leibniz, filósofo que ya había trascendido el prejuicio de que en el mundo algo pudiera existir de manera puramente material: buscaba y hallaba lo real, como lo expliqué en mi libro “Los enigmas de la filosofía”. Leibniz opinaba que existen seres capaces de generar su propia existencia dentro de sí mismos, como por ejemplo el alma, humana, pero no procedió a conceptualizar su opinión, y se limitó a afirmar que existe ese ser capaz de generar su existencia, y de producir representaciones, y le llamó mónada. Y razonaba diciendo: han de existir muchas monadas, y de las más diversas facultades. Si nos imaginamos una bóveda, nos vemos llevados a ima­ginar, dentro de ella, muchas mónadas, como si fuera un enjambre de moscas, pero mónadas que ni siquiera llegan a la conciencia del sueño, casi inconscientes, pero que sí desarrollan muy vagas representaciones. Luego hay mónadas que sueñan, otras que desarrollan representaciones lucidas; sintetizando, mónadas de los más variados grados.

Quien así piensa, el monadista, aunque no llegue a representarse lo concreto de las individuales entidades espirituales como hace el espiritualista, se polariza hacia lo espiritual que en el mundo existe, dejándolo, sin embargo, indeterminado; lo llama mónada, esto es, lo comenta tan sólo en cuanto a su carácter de representación, a semejanza de quien dijera: sin duda hay espíritus en el mundo, pero yo los describo tan sólo diciendo que son seres de capacidad representativa diferenciada; entresacó de ellas una facultad abstracta. Así, desarrolló esta concepción unilateral del mundo en cuyo apoyo se puede aducir, ante todo, lo que el genial Leibniz adujo a favor de ella. Y elaboro el monadismo que es, en verdad, espiritualismo abstracto.

Luego puede haber personas que no se elevan hasta la mónada, que no pueden admitir que lo existente sean seres de diferentes grados de facultad representativa, pero que tampoco se dan por satisfechas admitiendo tan sólo lo que se extiende en la realidad externa, sino que la conciben, por doquiera, dominada por fuerzas. Cuando una piedra cae al suelo, dicen: es la fuerza de gravedad; cuando un imán atrae la limadura de hierro: es la fuerza magnética. No se contentan diciendo: ahí está el imán, sino que afirman: el imán supone que, suprasensible e invisible, existe la fuerza magnética que se extiende por todas partes.  De ahí que se puede elaborar una concepción del mundo que, por doquiera, busque las fuerzas correlativas a lo que sucede en el mundo, y se la puede llamar Dinamismo.

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 No faltará quien prosiga diciendo: es su­perstición el creer en las fuerzas, y elocuente ejemplo de esta actitud es la “Critica del lenguaje” de Fritz Mauthner. En este caso, uno se queda en lo que se extiende realmente en torno nuestro, y regresa por este camino, del espiritualismo, pasando por el monadismo y el dinamismo, de nuevo al realismo.

Pero aun se puede hacer otra cosa, a saber, decirse: es verdad que me atengo al mundo que me circunda, pero no afirmo que tenga el derecho de sostener que ese mundo no sea el real; lo único que me consta es su apariencia, no tengo, pues, más derecho que el de sostener que este mundo se me aparece; nada más. He ahí una diferencia: se puede afirmar que lo que nos circunda es el mundo real, caso del realista. Pero también, con igual derecho, alguien puede afirmar que no procede disertar sobre la objetividad del mundo, si bien no me cabe duda de que lo que afecta mis sentidos es precisamente el mundo. No me atrevo a sustentar que sea verdadero el conjunto de colores y sonidos que sólo se generan en función de ciertos procesos que tienen lugar en mi ojo donde se me muestran como colores, o en mi oído donde se me muestran como sonidos; es el mundo de los  fenómenos; la concepción del mundo que ahora entra en escena, es el fenomenalismo.

Y todavía queda otro paso. Alguien puede decir: “es verdad que tenemos en torno nuestro el mundo de los fenómenos, pero todo lo que creemos que ellos nos dan, es consecuencia de los que nosotros le agregamos o inyectamos, mero aditamento nuestro;  lo  único legítimo es lo que nos dicen los sentidos. Fíjense bien: una persona que tal afirma, no es adepto del fenomenalismo sino que desprende de los fenómenos aquello que cree que procede de su entendimiento y de su razón, y admite como manifestaciones de la realidad sólo las impresiones sensorias. Esta concepción del mundo podemos llamarla sensualismo.

Finalmente, se puede recurrir a esta afirmación “por mucho que reflexionéis que son los sentidos los que hablan, y por sagaces que sean vuestros argumentos sobre el particular -y sí las hay sagaces- mi punto de vista es que sólo existe lo que tiene el mismo aspecto que lo que dicen los sentidos, y esto es lo que acepto como material”. He ahí el punto de vista del atomista quien, por ejemplo, acepta los átomos como única realidad, pues por pequeños que sean, tienen propiedades que se conocen en el mundo físico. Y así desembocamos nuevamente, por un segundo camino, en el Materialismo.

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Todas las concepciones del mundo que deje apuntadas y caracterizadas, existen y pueden defenderse, y para cada una de ellas aducirse las razones más agudas; también es posible colocarse en el punto de vista de cada una de ellas y, desde ahí, refutar convincentemente a las demás. Incluso podríamos, entre estas doce concepciones inventar o intercalar otras: que sólo en matices diferirían de las mencionadas, y podrían reducirse a los tipos principales. Si se quiere conocer la urdimbre del mundo, hay que saber que uno llega a conocerle a través de estos doce portales de entrada. No hay una concepción del mundo única que pueda defenderse y justificarse: hay doce. Y hemos de admitir que tantas buenas razones se pueden aducir a favor de una cualquiera de ellas, como a favor de cada una de las demás.

   El mundo no se revela a quien lo contemple desde el punto de vista parcial de una sola concepción del mundo, de un solo pensamiento, sino únicamente a quien sepa que hay que rodearlo totalmente. Así como el sol, según la concepción copernicana, recorre los signos zodiacales para iluminar la Tierra desde doce puntos diferentes  y en ninguno de ellos se detiene, así tampoco hay que situarse en un punto de vista único, ya sea fenomenalismo, idealismo, sensualismo u otra concepción digna del nombre, sino que hay que ser capaz de rodear el mundo e identificarse vitalmente con cada uno de los doce puntos de vista desde los cuales se puede contemplarlo, pues todos ellos, intelectualmente, están plenamente justificados. Para el pensador capaz de calar la naturaleza del pensamiento, no existe una concepción única del mundo, sino doce equivalentes, cada una de ellas avalada por razones de igual validez. Desde el punto de vista así adquirido, procederemos mañana para encumbrarnos, del estudio intelectual del hombre, al estudio de lo cósmico.

Traducido al  Castellano del original alemán.  JUAN BERLÍN

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Esta entrada fue publicada en Planetas.

Un comentario el “GA151c2. El pensamiento humano y el pensamiento cósmico

  1. José Henrique Pérez Calvo dice:

    Gracias por estos aportes hay un trabajo excelso.

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