El pensamiento humano y el pensamiento cósmico – C3

Rudolf Steiner – Tercera Conferencia – Berlín,  22 de Enero de 1914

versión en ingles

Ayer traté de presentarles los matices de concepción del mundo posibles al hombre de modo que, para cada una de ellas, pueden presentarse ciertas pruebas plenamente válidas que acreditan su exactitud y verdad dentro de su área específica. Para aquel que no se afane en consolidar dentro de un sistema conceptual y luego racionalizar, todo lo que haya podido observar y elucidar dentro de su área estrechamente circunscrita, sino que se esfuerce por penetrar realmente en la verdad del mundo, es importante saber que esa omnilateralidad constituye una necesidad que se pone en evidencia por el hecho de que a la mente humana realmente le son posibles doce típicos matices de concepciones, haciendo caso omiso de las modalidades de transición. Para avanzar realmente hacia la verdad, hay que tratar de poner en claro el significado de cada matiz y así reconocer en cuál de las áreas de la existencia, uno u otro de ellos ofrece la clave específica. Recapitulemos una vez más los doce matices de concepción del mundo que vimos ayer: el materialismo, el sensualismo, el fenomenalismo, el realismo, el dinamismo, el monadismo, el espiritualismo, el pneumatismo,  el psiquismo, el idealismo, el racionalismo y el matematismo.

Lamentablemente en el mundo real del humano afán inquisitivo por la verdad, siempre predomina en el individuo la propensión hacia uno u otro de esos matices, con el resultado de que las unilateralidades que singularizan las diversas concepciones de las diferentes épocas, ejercen su influencia sobre el hombre. Hemos de abarcar el conjunto de las doce concepciones principales que les presenté, colocando, como si dijéramos, una de ellas en círculo al lado de otra, y contemplándola en reposo. Todas ellas son posibles; hay que conocerlas, pues efectivamente, se comportan de modo que constituyen una imagen espiritual del muy conocido zodíaco. Así como al sol y los demás planetas aparentemente recorren el  “circulo de animales” llamado zodiaco, del mismo modo le es posible al alma humana recorrer un círculo espiritual que contiene doce constelaciones de concepciones del mundo.  Es más, incluso puede establecerse una correlación entre las peculiaridades de estas doce constelaciones conceptuales y los singulares signos del zodíaco, correlación en manera alguna arbitraria;  sino que, efectivamente una relación similar a la existente entre las doce concepciones del mundo y el alma humana, existe asimismo entre las doce constelaciones zodiacales y la Tierra. Me explicaré sobre el particular.

A simple vista, sería difícil afirmar que se encuentra una relación de fácil alcance entre, digamos, la constelación de Aries y la Tierra. Pero si el Sol o Saturno, o Mercurio se hallan en una posición donde, desde la Tierra se ven en el signo de Aries, su influencia es diferente de la que ejercen hallándose en el signo de Leo: la influencia, que nos llega del cosmos procedente de los diferentes planetas, es distinta según que cubran una u otra constelación zodiacal. En el alma humana,  incluso nos es más fácil reconocer la influencia de estas doce constelaciones del zodíaco espiritual: existen almas que tienden enteramente a enderezar toda influencia sobre la configuración de su vida interna, es decir, sobre su orientación científica, filosófica u otra, de modo que la ilumine el idealismo; en cambio,  otras se dejan alumbrar por el materialismo; otras, por el sensualismo. No se es sensualista, materialista, espiritualista o pneumatista, porque una u otra de estas concepciones sea correcta, y se pueda comprender su exactitud sino porque en el alma existe la disposición de dejarse influir por la correspondiente constelación del zodíaco espiritual. Así pues, estas doce constelaciones espirituales, nos ofrecen una profunda intuición de la manera cómo se forman las humanas concepciones del mundo, así como de las causas por qué los hombres disputan sobre ellas, en vez de tratar de comprender a qué se debe su distinto criterio. No obstante lo dicho, resulta necesario que, para determinadas épocas, se rechace categóricamente una u otra tendencia; en la conferencia de mañana señalaremos las causas. Lo dicho hasta ahora se relaciona, pues, con la conformación del pensamiento humano gracias al cosmos espiritual constituido por las doce constelaciones que integran nuestra periferia espiritual.

Existe todavía otro factor determinante de las concepciones del mundo; y lo comprenderán mejor si empiezo por exponer lo que sigue:

Nuestro temple de ánimo que se manifiesta en toda la configuración de su concepción del mundo, puede ser tal que, cualquiera que sea la constelación zodiacal espiritual que lo ilumine, podemos designarle como gnosis: se puede ser gnóstico. Y se es gnóstico si late en uno la tendencia de conocer los objetos, no por los sentidos o impresionabilidad externa sino por medio de ciertas energías cognoscitivas que tienen su sede en el alma misma.

Uno puede ser gnóstico acoplado con la inclinación de dejarse iluminar por la constelación espiritual a que hemos dado el nombre de espiritualismo; entonces, esta gnosis le faculta para lograr profundas intuiciones en las conexiones de los mundos espirituales.

Pero también se puede ser gnóstico del idealismo; entonces, se tendrá la particular disposición de ver claramente los ideales de la humanidad y las ideas del mundo. Efectivamente, puede existir una gran diferencia entre un idealista y otro: puede haber un idealista exaltado que, sin tregua, proclama su idealismo y cuyo vocabulario se reduce a hablar de “ideal, ideal, ideal”, sin que conozca muchos de ellos; que no dispone de la facultad de evocarlas ante el alma, con contornos nítidos y visión interna. Muy distinto de ese idealista será otro, que no sólo hable de ideales, sino que sepa trazarlos en su alma como un cuadro pintado con precisión. Este último, que aprehende el idealismo con la misma concreción e intensidad internas con que nuestra mano ase los objetos externos, es un gnóstico del idealismo. También se puede decir: él es primordialmente un gnóstico, pero se deja iluminar, en particular, por la constelación zodiacal espiritual del idealismo.

Hay hombres que, con particular intensidad, se dejen iluminar por la constelación conceptual del realismo, pero que por su peculiar manera de andar por el mundo, de sentirlo, de enfrentarse con él, pueden transmitir a sus congéneres muchísimo sobre este mundo. No son idealistas ni espiritualistas; son realistas comunes y corrientes, pero con la capacidad de captar con verdadera delicadeza lo que hay en la realidad externa que los circunda; poseen una fina sensibilidad por las peculiaridades de las cosas: son gnósticos, auténticos gnósticos, sólo que lo son del realismo. Existen semejantes gnósticos del realismo, en tanto que ciertos espiritualistas o idealistas, no lo son en absoluto. Incluso se da el caso que personas que se consideran buenos teósofos, recorren una galería de pinturas sin comprender nada de lo visto, en tanto que otros que no son teósofos sino gnósticos del realismo, están en condiciones de hacer comentarios infinitamente significativos, en virtud de que, con toda su personalidad, se hallan en contacto con la plena realidad de las cosas. Similarmente, ¡cuantos teósofos salen a la Naturaleza y no saben intuir, con toda su alma, cuan grandiosa y sublime es ella! No son gnósticos del realismo; pero sí los hay.

También hay gnósticos del materialismo, a decir verdad, una fauna de gnósticos muy extraña. Pero en el mismo sentido en que se es gnóstico del realismo, también se puede ser gnóstico del materialismo; éstas son personas que tienen sentido y perceptividad para todo lo material y tratan de conocerlo por contacto directo, a semejanza del perro que husmea las sustancias y así llega a conocerlas íntimamente. En verdad, el perro es un excelente gnóstico en cuanto a lo material.

Se puede ser gnóstico para todas las doce constelaciones de las concepciones del mundo. Por lo tanto, si queremos ubicar la gnosis correctamente, hemos de dibujar un circulo y comprender que ella puede recorrer todas las doce constelaciones. Así como un planeta deambula por ellas, del mismo modo la gnosis puede deambular por todas las doce constelaciones conceptuales.

No cabe duda de que la gnosis rendirá los máximos servicios en bien de las almas, si el temple gnóstico se aplica al espiritualismo. Pudiéramos decir: la gnosis se siente “muy en casa” en el espiritualismo; en las demás constelaciones conceptuales, está fuera. Desde un punto de vista lógico, carece de justificación afirmar que no puede haber una gnosis materialista. Los rigoristas en materia de conceptos e ideas se las arreglan con mayor facilidad que los pensadores lógicos sanos: para éstos, el asunto se complica un poco. Alguien pudiera afirmar, por ejemplo: yo no quiero ponerle el nombre de gnosis sino a aquello que penetra en el espíritu. Esto sería una determinación conceptual arbitraria, a semejanza de quien sustentara: “hasta ahora, he conocido a las violetas en Austria únicamente; por eso, doy el nombre de violeta únicamente a lo que crece en Austria y tiene su característico color; a lo demás, no”. Desde el punto de vista lógico, es igualmente imposible sostener que la gnosis existe únicamente en la constelación del espiritualismo, porque la gnosis es un “planeta” que recorre las constelaciones del espíritu.

Luego hay otro temple de concepción del mundo. Digo “temple”, cuando, por lo demás, suelo hablar de “imágenes”. En tiempos recientes se ha venido creyendo que es fácil conocer este segundo temple o enfoque -pero aquí hasta lo fácil resulta difícil- porque, dentro de la constelación espiritual del idealismo, lo representó precisamente Hegel. Sin embargo, el enfoque de Hegel al contemplar el mundo, no tiene por qué situarse únicamente en la constelación espiritual del idealismo; sino que, a su vez, puede recorrer todas las constelaciones: es el temple del logismo, temple que se singulariza en que el alma puede ponerse en situación de tener presente dentro de sí misma, auténticos pensamientos, conceptos e ideas, de manera que avance de un concepto o pensamiento a otro, del mismo modo que, al contemplar una cara, uno avance de los ojos a la nariz y a la boca, y reconoce que todo ello pertenece a un mismo conjunto orgánico. Esto es precisamente el contenido de la obra de Hegel, donde todos los conceptos a su alcance se integran en un gran organismo conceptual. Hegel poseía la singular capacidad de rastrear y asimilar todo lo que puede hallarse en el mundo a guisa de pensamiento, asociar uno con otro, para llegar a la estructura de organismo: he ahí el Logismo.

El logismo puede desarrollarse dentro de la constelación del idealismo, como  fue el caso de Hegel, o la del psiquismo, como hizo Fitche, y también desenvolverse dentro de otra de esas constelaciones espirituales. También el logismo recorre las doce constelaciones espirituales, en analogía a como un planeta recorre las zodiacales.

Un tercer temple del alma generadora de concepciones del mundo, podemos estudiarlo, por ejemplo, en Schopenhauer. En tanto que el alma de Hegel, al contemplar el mundo, se halla dispuesta a que todos los conceptos que en él encuentra, los haga converger en el logismo, Schopenhauer, gracias a su peculiar temple anímico, recoge en ella todo lo que es de índole volitiva. Volitivas son, para él, las fuerzas naturales; volitivas la dureza de la piedra, etc.: todo lo que es realidad, se le convierte en voluntad. Esto se debe a su peculiar temple anímico. Semejante temple de concepción del mundo, centrado en la voluntad, puede, una vez más, considerarse como planeta que recorre todas las doce constelaciones espirituales; llamémosle voluntarismo, tercero de los temples estudiados. Schopenhauer era voluntarista, y su constitución anímica tendía a que se supeditara, preferentemente, a la constelación espiritual del psiquismo. Y asi nació esa peculiar metafísica volitiva de Schopenhauer voluntarismo, en la constelación espiritual del psiquismo.

Supongamos ahora que un voluntarista tiene particular inclinación hacia la constelación espiritual del monadismo. Entonces no postularía como base del mundo, como hace Schopenhauer, un alma unitaria, que es, propiamente, voluntad, sino que le subtendería muchas monadas que son, en verdad, entes volitivos. Ese mundo del voluntarismo monadológico lo configuró, de manera bellísima, ingeniosísima y muy entrañable, el filósofo poeta austríaco Hamerling.  ¿Cómo logró él esa peculiar teoría, que presenta en su “Atomística de la voluntad”?. (Vease la filosofía de la libertad).  Gracias a que su alma tenia temple voluntarista, y que él se adhería, preferentemente, a la constelación espiritual del monadismo. Si tuviéramos tiempo, seguiríamos presentando ejemplos para cada temple anímico en cada constelación: uno los encuentra en el mundo.

Pero sigamos. Otro peculiar temple de ánimo es aquel de escasa inclinación a la reflexión sobre lo que pueda haber tras los fenómenos, como hacen los tres temples ya mencionados, sino a decir simplemente: “lo que salga a mi encuentro y se me manifieste externamente yo lo incorporare en mi visión del mundo”. No se hace el menor esfuerzo de buscar alguna particular conexión tras los fenómenos; se limita a dejar que las cosas se acerquen y se pone a la expectativa de ver lo que le ofrecen. Este temple de ánimo merece el nombre de empirismo, le basta aceptar la experiencia tal y como se presenta. Este enfoque puede aplicarse a través de todas las áreas o constelaciones espirituales: puede aplicarlo el materialista que se limita a tomar solamente lo que le afecta desde el exterior; puede aplicarlo asimismo el espiritualista: he ahí el pensador cuya concepción del mundo se basa en la experiencia.

Puede asimismo existir, para la concepción del mundo,un temple de ánimo que no se dé por satisfecho con la experiencia o vivencia a que uno se halla expuesto, como es el caso en el empirismo, y sentir entonces la interior necesidad del siguiente temple de ánimo: “me hallo colocado en el mundo; en mi propia alma tengo una vivencia relativa a ese mundo que no es igual a la vivencia externa; sólo en mi alma el mundo revela sus secretos; por mucho que yo otee no columbro los secretos que el mundo contiene”, Semejante temple dé ánimo se ve, pues, a menudo empujado a decir: “¿de qué me sirve la gnosis que, sólo con gran esfuerzo, se afana a elevarse a una especie de videncia? Los objetos visibles del mundo externo, no pueden revelarme la verdad. ¿De qué me sirve el logismo para mi concepción del mundo? En el logismo no se expresa la esencia del mundo. ¿En qué me ayuda la especulación sobre la voluntad? Sólo me desvía de penetrar en las profundidades de mi propia alma, profundidades en las que no puedo penetrar cuando mi alma se halla en estado volitivo, sino precisamente en puro estado de entrega, sin voluntad propia”. Ya ven ustedes que no me refiero ni al temple de ánimo del voluntarismo, ni al del empirismo que se limita a mirar o escuchar lo que le brinda la experiencia; se trata de buscar internamente, con el alma sosegada, cómo Dios resplandece en ella; temple de ánimo que puede llamarse misticismo.

Se puede ser místico a través de todas las doce constelaciones espirituales. A decir verdad, no será particularmente favorable ser místico del materialismo, esto es, vivir entrañablemente lo material, en vez de lo espiritual. Propiamente, el místico del materialismo sería aquel que se hubiera apropiado una sensibilidad particularmente delicada que le permitiera registrar, por ejemplo, la índole de bienestar  o malestar que se produce degustando una y otra sustancia. Es algo distinto ingerir la savia de una planta o de otra, y luego esperar qué efecto se produce en al organismo, en su experiencia, queda identificado con la materia y se vuelve místico de ella. Incluso puede suceder que esto se convierta en un “despertar” hacia el mundo, explorando la acción específica que sobre el organismo ejerce una y otra sustancia: cada una actúa sobre determinado órgano en particular. Ser místico del materialismo es, condición previa para el examen de las diferentes sustancias en cuanto a su virtud terapéutica: uno se da cuenta de su acción sobre el organismo. Se puede ser místico del mundo de las sustancias, como se puede ser místico del idealismo. El idealista ordinario o al idealista gnóstico no es místico del idealismo: místico del idealismo es aquel que anímicamente posee la posibilidad de suscitar desde las fuentes recónditas, los ideales de la humanidad, sentirlos como elemento divino interno y, como tal, contemplarlos. Como ejemplo, el Maestro Eckhart.

Veamos ahora el caso de un alma cuyo temple le impide percatarse de aquello que surge en su interior y que se le antoja es la verdadera solución esencial de los enigmas  del mundo. Su temple le lleva a decirse; “sin duda hay algo tras todas las cosas del mundo, lo mismo que tras mi propia personalidad y entidad, en la medida en que yo soy capaz de percibirla. Pero yo no puedo ser místico, pues el místico cree que aquello se instila en su alma; y yo no siento esta instilación, sólo percibo que ha de estar ahí fuera”. Con semejante temple de ánimo se supone que la esencia de las cosas se halla al margen de nuestra alma y de lo que ella puede experimentar; pero no se supone que esa esencia tiene acceso al alma misma, como supone el místico. Quien así procede, puede llamarse trascendentalista -no se me ocurre mejor término: supone que la esencia de las cosas es trascendente, pero que no se introduce en el alma como postula el místico. He ahí pues, el transcendentalismo. Y el que corresponde a ese temple, tiene el sentimiento de: si yo percibo las cosas se me acerca su esencia, pero esa percepción no es esta esencia; la esencia se halla detrás, aunque se nos acerque.

Y todavía es posible que el hombre, con todas sus percepciones y energías cognoscitiva aleje la esencia de las cosas aun más de lo que hace el transcendentalista y llegue al extremo de sustentar que para el pensar cognoscitivo externo, la esencia de las cosas es totalmente inalcanzable. El transcendentalista afirma, si tu ves con tu ojo el rojo o el azul eso que veo como rojo o azul no es la esencia, la esencia se halla detrás ¡aplica tus ojos y avanzaras hasta la esencia de las cosas, donde ella se oculta. En cambio, el temple de animo a que me refiero, no se contenta con el transcendentalismo, sino que dice: por mucho que yo experimente el rojo o el azul, o este o aquel sonido no capto la esencia de las cosas, oculta detrás; ahí donde llega mi percepción, no rozo siquiera la esencia. Quien así habla se expresa de manera semejante a los que comúnmente nos fincamos en el punto de vista de que: en la apariencia sensoria externa, en maya, no se expresa la esencialidad, seriamos trascendentalistas si creyéramos que el mundo se extiende en torno nuestro y que, por doquiera, nos anuncia su esencia. Nosotros nos limitamos a: este mundo es maya, y lo entrañable de las cosas ha de buscarse por otros medios, no por la percepción sensoria externa ni por los recursos cognoscitivos ordinarios. Este temple de ánimo se llama ocultismo.

Una vez más, se puede ser ocultista a través de todas las constelaciones del zodiaco espiritualincluso serlo del materialismo. En efecto los hombres de ciencia razonables de la actualidad son todos ellos, ocultistas del materialismo» pues hablan de átomos. Pero si no son insensatos, no se les ocurrirá afirmar que, con algún método, se pueda llegar al átomo: el átomo permanece en lo oculto. No les gusta que se les llame ocultistas, pero lo son en el pleno sentido de la palabra.

Esencialmente, no puede haber otros temples de concepciones del mundo, más que los siete que he dejado señalados, si bien con transiciones entre uno y otro. Hemos de distinguir pues no solo doce diferentes matices de concepciones del mundo que se nos presentan diríamos en reposo, sino que, en cada uno de ellos, es posible un peculiar temple del alma humana. De ahí puede deducirse cuan infinitamente, variada es la concepción del mundo a través de las diversas personalidades. Uno puede cultivar preferentemente uno cualquiera de esos siete temples, pero cada uno de ellos se volverá unilateral según el matiz a que se aplique.

Lo que aquí tracé en el pizarrón es efectivamente, a nivel espiritual, el correlato de lo que en el mundo externo, es la relación entre las constelaciones zodiacales y los planetas que en nuestra ciencia espiritual, hemos enumerado muchas veces como los siete planetas conocidos. Así tenemos una imagen, diríamos externa, no creada por nosotros, sino objetivada en el cosmos, de las relaciones entre nuestros siete temples y nuestros doce matices de concepciones del mundo. Y se tendría la correcta apreciación de esta imagen, si se la concibe como sigue:

Empecemos con el idealismo y designémoslo como la constelación espiritual de Aries, luego el racionalismo como el de Tauro, el matematismo como Géminis, el materialismo como cáncer, el sensualismo como Leo, el fenomenalismo como Virgo, el realismo como Libra, el dinamismo como Escorpión, el monadismo como Sagitario, el espiritualismo como Capricornio, el pneumatismo como Acuario, y el psiquismo como Piscis,. Efectivamente, las relaciones que existen en el espacio exterior material en cuanto a las diferentes constelaciones zodiacales, existen asimismo en el reino del espíritu entre estas concepciones del mundo. En cambio las relaciones en que entran los siete planetas al girar a lo largo del zodíaco, corresponden a las relaciones en que entran los siete temples de concepciones del mundo, en la inteligencia de que podemos sentir un paralelismo entre gnosis y Saturno, logismo y Júpiter voluntarismo y Marte, empirismo y Sol, misticismo y Venus transcendentalismo y Mercurio, ocultismo y Luna.

Hasta en los cuadros externos, ustedes notaran algunas semejanzas, si bien lo importante es más bien que haya ese paralelismo en las relaciones profundas. La luna permanece oculta e invisible cuando está en conjunción, necesita que se la suministre de la luz que procede del sol, en analogía a como las cosas ocultas continúan ocultas hasta en tanto la potencia anímica se incrementa por medio de la meditación, concentración, etc. e ilumina lo oculto. El hombre que recorre el mundo confiando únicamente en el sol, es decir, que sólo acepta lo que él ilumina, ese hombre es empirista. El que, además, reflexiona sobre aquello que el sol ilumina, y conserva sus pensamientos aun después de su ocaso, ya no es empirista, porque ya no se supedita al sol únicamente ”Sol” es el símbolo del empirismo. Podría ampliar esta reflexión en todas las direcciones, pero no tenemos mas que cuatro horas para tan importante tema y por ahora dejo en sus-manos el explorar los pormenores de estas relaciones ya sea por medio de pensamientos u otro tipo de investigación. Y no les será difícil encontrarlas. Indicado ya el esquema.

El que los hombres se afanen por la universalidad es caso poco frecuente. Si uno toma en serio la verdad debiera realmente ser capaz de representarse los doce matices de las concepciones del mundo, y tener siquiera en parte, la experiencia,  ¿como se siente uno como gnóstico?, ¿cómo se siente como logicista,  como voluntarista, empirista, místico o trascendentalista? Y¿cuál es el sentimiento vital del ocultista?. A título de ensayo debiera pasar por estas experiencias todo aquel que realmente pretenda penetrar los secretos del mundo con los recursos de la investigación espiritual. Y si bien el contenido de mi libro ¿Cómo se adquiere el conocimiento de los mundos superiores? no ha sido diseñado para corresponder a estas reflexiones, no obstante ustedes encontrarían ahí desde ángulos distintos, todo lo que puede conducir a los diversos temples a que aquí damos el nombre de gnóstico, jupiteriano, etc.

Sucede con frecuencia que el hombre es tan unilateral que se expone a una sola constelación o a un solo temple. Precisamente las grandes figuras en el campo de las concepciones del mundo, tienen a menudo, esa unilateralidad. Recuerden Hamerling declaradamente monadista volunarista o Schpenhauer psiquista voluntarista. Estos personajes tienen ajustada su alma de modo que el temple planetario se halla en determinada constelación espiritual; otras personas tienen menos dificultad en acomodarse a diversos puntos de vista. Pero también puede suceder que los individuos, desde diversos lados, reciban estímulos para la concepción del mundo que elaboran, y por ejemplo, ser un buen logicista cuyo temple se halla detrás de la constelación espiritual del sensualismo y, a la vez buen empirico con el temple empirista dentro de la constelación del matematismo. Cuando tal sucede, uno establece un cuadro conceptual bien determinado. Precisamente en la actualidad, tenemos el caso de este cuadro de concepción del mundo, como resultado de que alguien, espiritualmente hablando, tiene su sol en Géminis, y su Júpiter en Leo: el filósofo alemán Wilhelm Wundt. Y se comprenderán todos los pormenores que se encuentran en sus obras  filosóficas, una vez se haya desentrañado el secreto de su peculiar configuración anímica.

Particularmente favorable es que una persona haya vivido, a título de ejercicio, los diferentes temples anímicos, de modo que sea capaz de presenciárselos todos al mismo tiempo, y luego coloque el efecto de todos ellos en la constelación del fenomenalismo: en Virgo. Entonces, los fenómenos se yerguen ante él con singular grandiosidad y pueden revelarle, de notable manera, el contenido de su concepción del mundo. El efecto es menos favorable si, de idéntica manera, los diferentes  temples se colocan sucesivamente en alguna otra constelación. De ahí que, en muchos de los antiguos centros iniciáticos, se cultive en los discípulos el temple que consiste en que todos los planetas anímicos se hallan en la constelación espiritual de Virgo, porque esto les facilitaba la penetración del mundo. Captaron los fenómenos, pero los captaron gnósticamente, fueron capaces de penetrar lo que había tras los fenómenos mentales, no concebían la voluntad de manera burda, caso que sólo se presentaría si el temple del voluntarismo se hallara enfocado en Escorpión. En resumen, por la constelación que resulta de los temples anímicos, que son el elemento planetario, y de los matices conceptuales que son el elemento del zodiaco espiritual, se genera la concepción del mundo que el hombre lleva consigo en alguna encarnación.

Y todavía nos falta estudiar otro factor. Y es que todas estas concepciones del mundo -y ya son muchos matices, si exploramos todas las combinaciones posibles- sufren otra modificación gracias a que cada una puede recibir determinado tono. En este campo, no hemos de considerar sino tres modalidades: todas las concepciones del mundo, todas las combinaciones que así nacen, pueden, a su vez, manifestarse de triple manera: en primer término, pueden ser teistas, de modo que el tono que nace del alma ha de designarse como teístas; o también ser de tal índole que, a contraste del teísmo, tengan el tono anímico que podemos llamar intuismo. El teísmo nace si el hombre en su búsqueda de Dios, se aferra a lo externo, es decir, si busca a su Dios ahí fuera: el monoteísmo de los antiguos hebreos era, ante todo, una concepción teísta del mundo. El intuitismo nace si el hombre busca su concepción del mundo, preferentemente por medio de lo que, de modo intuitivo, resplandece en su interior.

Y aun hay un tercer tono, que es el naturalismo

  • Teismo
  • Intuitismo
  • Naturalismo

También estos tres tonos anímicos tienen su réplica en el mundo externo del cosmos se comportan en el alma humana exactamente igual que el Sol, la Luna y la Tierra de modo que el teísmo corresponde al Sol, en este caso considerándolo como estrella fija, el intuismo a la Luna, y el naturalismo a la Tierra. Ahora bien tradúzcase a lo espiritual los entes que aquí hemos designado como Sol, Luna y Tierra, y se llegará a la siguiente conclusión: ¿quién es el verdadero teísta? El que se yergue cuando entra en el campo de los rayos solares y trasciende los fenómenos del mundo diciendo si miro el mundo externo se me manifiesta en todo lo que veo el Dios que lo satura. En cambio, el hombre que no trasciende los procesos de la naturaleza, sino que se detiene ante los fenómenos aislados, así como el que jamás dirige su mirada al sol sino que contempla tan solo lo que el suscita en la Tierra: he ahí el naturalista. Finalmente, el que busca lo mejor para dejarlo brotar y desplegarse según sus intuiciones, se parece al poeta intuitivo que canta a la luna y deja que ella le inspire con su suave brillo argentino. Así como se puede correlacionar la fantasía con la luz lunar, asimismo hemos de correlacionar con la Luna, el ocultista mejor dicho, el intuitista tal como aquí lo entendemos.

Finalmente, una última peculiaridad que por cierto, no existe sino en su elemento único cuando el hombre, con respecto a todas las concepciones del mundo, se atiene en exclusiva a lo que él puede experimentar en sí mismo, o en torno a si mismo o. en contacto consigo mismo.Esto es el antropomorfismo.

  • Antropomorfismo

El antropomorfismo corresponde a la tierra como tal tierra, es decir, sin tener en cuenta si se halla circundada por el sol,  la luna u otro cuerpo. Así como podemos considerarla por sí sola, así también cuando de concepciones del mundo se trata, podemos limitarnos a considerar exclusivamente aquello que podemos encontrar dentro de nosotros como hombres. Así nace el antropomorfismo tan difundido en el mundo. A semejanza de que, para explicar la aparición de la Tierra hemos de ampliar nuestro criterio para que abarque el Sol y la Luna lo que no hace la ciencia moderna del mismo modo hemos de trascender al hombre como entidad antropomórfica, para reconocer la legitimidad simultánea de la triada: teísmo, intuitismo, naturalismo: no es una insistencia en uno de estos tres tonos, sino su concordancia, lo que corresponde a la verdad. Y así como nuestro “sistema corpóreo” más inmediato, a saber,  Sol, Luna y Tierra, se halla inserto en los siete planetas,  del mismo modo el antropomorfismo háyase subsumido, cual otra concepción del mundo, a la consonancia producida por teísmo,  intuitismo y naturalismo, y ésta, a su vez, a la armonía de los siete temples anímicos. Finalmente, estos siete temples anímicos se matizan según los doce signos del zodíaco.

Ta ven ustedes, fijándonos tan sólo en los nombres, que no hay una concepción del mundo verdadera única sino que son 12 + 7 =19 + 3  = 22 + 1 = 23 concepciones legitimas: 23 nombres acreditados para designar las concepciones del mundo. Y luego pueden surgir toda clase de modificaciones en función de que los correspondientes planetas recorren las doce constelaciones del zodiaco espiritual

Y ahora traten ustedes, con base en lo explicado, de sensibilizarse para la tarea que le incumbe a la Ciencia Espiritual de establecer el mutuo entendimiento entre las diversas concepciones del mundo; establecer su paz con base en la intuición de que esas concepciones son, en cierto modo, explicables en su relación e interacción, pero que por si solas y separadas, no pueden conducir a la entraña de la verdad hay que ponderar y valorar el contenido de verdad que late en cada una de las diversas concepciones, para realmente llegar hasta ella. Así como podemos imaginar el cosmos físico, el zodiaco, el sistema planetario, el conjunto de Sol, Luna y Tierra, la tierra por separado, del mismo modo podemos imaginar un cosmos espiritual: antropomorfismo; teísmo, intuitismo, naturalismo; gnosis, logismo, voluntarismo, empirismo, misticismo, trascendentalismo, ocultismo; y todo esto desenvolviéndose en las doce constelaciones del zodiaco espiritual. Todo esto existe, si bien existe espiritualmente, al igual de que físicamente existe cosmos físico, así también el espiritual existe espiritualmente.

Sobre la parte del encéfalo que el anatomista conoce y que tiene forma aproximadamente semiesferica, actúan de preferencia los efectos del cosmos espiritual que parten de los matices superiores; pero hay también una parte invisible del encéfalo, sólo accesible si se tienen en cuenta el cuerpo etéreo; parte que recibe sus influencias más que nada, de la parte inferior del cosmos espiritual. Pero ¿cuál es esta influencia? Tomemos el caso de un individuo cuyo logismo se halla polarizado hacia el sensualismo, y su empirismo hacia el matematismo.

El resultado de esta interacción son fuerzas que se ejercen sobre su encéfalo, cuya parte superior se agiliza particularmente, y sobresale en relación con los demás. Innúmeros matices de actividades cerebrales se generan gracias a que el encéfalo, pudiéramos decir, flota en el cosmos espiritual, y que las mencionadas fuerzas actúan sobre el  encéfalo conforme acabamos de describir. La multiplicidad de los cerebros humanos hallase en función de las combinaciones que resultan del cosmos espiritual; lo que se halla su parte inferior ni ejerce siquiera efecto sobre el cerebro físico sino sobre el etéreo.

Ante el panorama de lo que estamos explicando, la mejor impresión que podemos obtener es, quizá, la de decirnos: así nos sensibilizamos para lo infinito del mundo, para su magnificencia cualitativa, para la posibilidad de que el hombre en infinita variedad, puede existir en este mundo.

En verdad, con tan sólo considerar este aspecto, ya podemos exclamar: no temamos que vayamos a continuar iguales en nuestras distintas encarnaciones futuras. Este enfoque del mundo nos lleva a descubrir toda su riqueza y grandiosidad. !Qué suerte la de poder participar en su ser, en sus efectos, en sus afanes, cada vez más, cada vez con mayor multiplicidad!

Versión Castellana JUAN BERLÍN

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Un comentario el “El pensamiento humano y el pensamiento cósmico – C3

  1. José Henrique Pérez Calvo dice:

    Gracias un autor de altos kilates

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