La luz de sol, la luz de la luna, los eclipses y la vida anímica del hombre

Conferencia pronunciada por Rudolf Steiner el 25 de Junio de 1922 – GA213

English Version

Es extremadamente difícil para la conciencia moderna actual ver alguna relación entre el alma y el espíritu del hombre y el mundo físico puramente material, a su alrededor y no hay, de hecho, justificación alguna ante la falta de comprensión hacia la Antroposofía, cuando se dice que el alma y el espíritu del hombre, es decir, el cuerpo astral y el Yo, abandonan el cuerpo físico y etérico y continúan existiendo fuera de ellos.

¿Dónde, están pues el cuerpo astral y el Yo? Esta es la pregunta que nos plantean las personas que obtienen su conocimiento de la ciencia materialista de nuestros días. Ellos, naturalmente, no pueden concebir que el elemento del alma pueda  tener su lugar dentro de los límites del espacio. A lo sumo, pueden reconocer que existe el aire y que el espacio está impregnado de luz, pero la idea de que el alma y el espíritu existan en el espacio está para ellos más allá del reino de lo posible.

Esta imposibilidad no es más que una pequeña muestra de esa gran imposibilidad de concebir donde van el alma y el espíritu del hombre, cuando a través de la muerte, deja el cuerpo inerte en la tierra. El verdadero hombre moderno dice que puede “creer” en esas cosas. Sin embargo, en el momento en que comienza a hacer uso de su poder de pensamiento, se encuentra inmerso en conflictos interminables. Estos conflictos cesan cuando se esfuerza en investigar la Ciencia Espiritual. Pero para el hombre moderno las ideas que tiene que asimilar son extrañas y desconocidas y tiene que abordarlas lenta y gradualmente. En este punto vamos a considerar ciertos hechos de la historia espiritual que hoy en día son muy poco conocidos en el mundo exterior.

Sabemos que las antiguas concepciones tradicionales que se remontan a la Sabiduría Primordial, se incorporaron después en las distintas religiones, convirtiéndose en materia de fe. En la antigüedad existían Centros de Misterios que cumplían las funciones de Iglesia, Academia y Escuela de Arte. Estos Centros de Misterios eran la fuente de todo el conocimiento que desembocó en las masas del pueblo, y en los impulsos que determinaban sus actividades.

En estos Centros de Iniciación habitaban hombres que, a fuerza de un entrenamiento especial, habían alcanzado un mayor conocimiento. Como resultado de las pruebas por las que habían pasado, entraron en una relación definida con el Cosmos, una relación que les permitió aprender, prestando atención a los procesos cósmicos, a la marcha de los acontecimientos cósmicos, lo que ellos deseaban saber con respecto al mundo.

Sólo las formas posteriores, más o menos corruptas de ese conocimiento, se han conservado en la historia exterior. Ustedes saben que en los Oráculos de los templos griegos, algunas personas solían pasar por un estado mediúmnico, y cuando, en determinados momentos,  se levantaban los vapores de la tierra, estas personas caían en un estado de conciencia que hoy en día sería llamado de “trance” por aquellos que persistian en mantener una actitud superficial hacia las cosas espirituales. No hay conocimiento verdadero, no hay conocimiento que corresponda a la realidad que se pueda alcanzar a través del trance, todo es un revoltijo confuso y no tiene ningún fundamento real. Pero cuando los métodos antiguos para entrar en relación con el cosmos, se deterioraron y corrompieron, la gente consultaba los oráculos como un último recurso. Y todo lo que se revelaba desde esa conciencia de trance era considerado como una revelación de los objetivos de los seres divino-espirituales que estaban detrás de todos los procesos cósmicos. Los hombres ordenaban sus vidas de acuerdo con las declaraciones de estos oráculos. Se dirigían a los oráculos, que ya habían perdido las facultades que una vez habían poseído los Iniciados en los Misterios. Fue por ello que confiaron en otros medios más externos para regular sus acciones.

Voy a tratar de clarificar una de las maneras por las cuales, en tiempos muy antiguos, los Iniciados en los Misterios penetraron en los secretos del universo, secretos que expresaban los propósitos de los Seres Divino-Espirituales, cuya misión es dirigir y gobernar los fenómenos de la Naturaleza. Tal iniciado, después de un largo período de preparación, durante el cual trabajaba en la totalidad (el conjunto),  llegaba a ser capaz de observar los procesos vitales más sutiles, alcanzando finalmente un punto en su desarrollo en el que, al contemplar la salida del sol, entraba en un estado anímico determinado. Esta fue una práctica a la que constantemente se aplicaban los antiguos iniciados. Trataban de estar espiritualmente receptivos a todo lo que se llevaba a cabo al amanecer. Cuando el sol se elevaba lentamente sobre el horizonte, un intenso sentimiento de admiración y devoción interior llenaba el alma del iniciado. Es difícil hoy en día formarnos un concepto de semejante estado anímico, pues era un sentimiento de profunda reverencia combinado con un anhelo de conocimiento.

Y en los Centros de los Misterios, los antiguos iniciados, cuando se preparaban de una manera definida, eran capaces, justo en el momento de la salida del sol, de formular las preguntas más solemnes y sagradas a los espíritus cósmicos, y enviar estas preguntas, desde lo más profundo de sus corazones, a la lejanía del espacio cósmico.

Un último eco de este estado anímico puede llegarnos cuando leemos la maravillosa y hermosa descripción de la salida del sol, del poeta y escritor alemán, Johann Gottfried Herder. Esta descripción fue escrita hace más de cien años, y se diferencia de cualquier otra que pudiera emanar de algunos de los insignificantes poetas modernos. Herder contemplaba la salida del sol como el símbolo de toda la vida de vigilia, no sólo en la naturaleza, sino también en el alma humana, en el corazón humano. La sensación de la madrugada en el alma humana misma, cuando el sol se elevaba desde las profundidades interiores, fue interpretada maravillosamente por Herder al tratar de mostrar cómo entraba el humor poético en la evolución humana, y cómo este sentimiento poético se vivificaba con todo lo que el hombre podia experimentar, cuando contemplaba un amanecer.

Y las siguientes palabras del Fausto de Goethe: “Arriba, Académico, lejos del cansancio, baña tu pecho en la mañana roja”

Aún con mayor intensidad podemos ver el misterio de la salida del sol que siente un hombre como Jacob Boehme, cuyo primer trabajo fue, Aurora, o la llegada del amanecer. Y las siguientes palabras del Fausto de Goethe: “Arriba, Académico, aleja el cansancio, baña tu pecho en la mañana roja”, no son ajenos a los secretos de la aurora.

Cuanto más nos remontamos en la historia de la evolución humana, encontramos los más maravillosos estados de ánimo que se despiertan en el alma humana en el momento de la salida del sol, cuando los primeros rayos del sol de la mañana llegan hacia la tierra en sus ondas pulsantes, acelerando la luz del cosmos. Y en los Centros de los Misterios, los antiguos iniciados, cuando se preparaban de una manera definida, eran capaces, justo en el momento de la salida del sol, de formular las preguntas más solemnes y sagradas a los Espíritus Cósmicos, y enviar estas preguntas, desde lo más profundo de sus corazones, a la lejanía del espacio.

Tal iniciado se decía a sí mismo: “Cuando el sol envía los primeros rayos de luz hacia la tierra, es el mejor momento para que el hombre lance sus preguntas hacia los amplios espacios cósmicos.” Y así el antiguo iniciado derramaba hacia las distancias cósmicas, los enigmas que llenaban su alma y corazón. Sin embargo, no buscaba respuestas de la forma trivial que estamos acostumbrados en nuestra ciencia física, sino que entraba en un estado de ánimo en el que se decía: “Hemos entregado nuestros enigmas y preguntas al Universo. Estas preguntas no descansan en el cosmos, sino que han sido recibidas por los Dioses”.

La gente puede pensar lo que quiera acerca de tales cosas. Eran como las he descrito; tales eran las prácticas en los tiempos antiguos. Después, los iniciados esperaban, y al llegar la noche ponían su corazón en alerta. Pero ahora no se entregaban al estado de ánimo que hace preguntas, sino que se hacían receptivos, y en un estado anímico devocional esperaban a los rayos de la luna llena que se alzaban sobre el horizonte. A su juicio, era el momento en el que se podía recibir la respuesta del Cosmos. En los Misterios Mayores se trataba de un procedimiento muy habitual. En ciertas ocasiones, las preguntas y enigmas se enviaban al espacio cósmico, y las respuestas de los Dioses se enviaban a la Tierra, a través de los rayos de luz de la luna llena.

De esta manera el hombre vivía en comunión con el cosmos. Él no era entonces tan orgulloso que formulaba ciertas preguntas a la manera intelectual, como suele hacer un filósofo moderno, para luego inmediatamente exigir una respuesta. No estaba tan engreído como para suponer que podía sentarse ante un trozo de papel  y por medio del cerebro humano resolver los grandes enigmas de la existencia. Más bien creía que debía obtener el consejo de los Poderes Divino-Espirituales trabajando y tejiendo en el cosmos para descubrir las respuestas a los enigmas cósmicos. Porque sabía: “Fuera de mí, en el cosmos, no encuentro más que el contenido de mis percepciones sensoriales normales. El elemento espiritual está trabajando y tejiendo en todas partes. Y en el momento en que los rayos del sol penetren a mí, puedo salir a su encuentro con todo el contenido de mi voluntad”.

Este secreto se ha perdido por completo en la investigación moderna. Sin embargo, esas cosas eran entendidas por el hombre y vivían en ellas con verdadero conocimiento y sabiduría. En Europa, uno de los últimos en preservar esta tradición fue Juliano el Apóstata. El cometió la imprudencia de tomarse estas cosas muy en serio, y como resultado, fue víctima de sus enemigos.

Hoy en día los hombres describen al sol diciendo que envía sus rayos sobre la tierra. El Antiguo Iniciado habría dicho: “Esto es sólo el aspecto físico. La realidad espiritual es que los hombres viven sobre la Tierra y en ella desarrollan su voluntad, y cuando los rayos del sol, llegan desde los cielos a la tierra, él puede elevar su voluntad a la dirección del sol, al lejano espacio cósmico. En la corriente de la voluntad, que, por así decirlo, fluye de la Tierra hacia el Sol, el iniciado enviaba sus preguntas al cosmos.

Y mientras que el hombre actual dice: “En el otro lado está la luna, y la luna envía sus rayos sobre la tierra”, el Antiguo Iniciado decía: “Eso es de nuevo sólo el aspecto físico. La verdad es que los pensamientos llegan a la tierra a través de las corrientes de la luz de la Luna”. Así, el iniciado confiaba sus preguntas a los rayos de la voluntad que corriente arriba, iban de la Tierra hacia el Sol, y recibía las respuestas de los rayos de pensamiento que desde la Luna llegaban a la Tierra.

La ciencia moderna sólo conoce un lado de la imagen. El científico considera sólo las propiedades físicas del sol y la luna. El iniciado antiguo decía: “Mientras que el sol envía continuamente su luz sobre la Tierra, la Tierra envía sus rayos de voluntad —la combinación de las fuerzas de voluntad de todos los seres humanos que viven en la tierra— al cosmos. Y cuando el hombre permite que la luz de la luna brille sobre él, le llegan los pensamientos cósmicos  a través de sus rayos”.

El organismo humano ha sufrido muchos cambios. Cualquiera que esté actualmente en la búsqueda del conocimiento suprasensible no puede proceder de la manera antigua. El poder de comprensión del hombre es más burdo de lo que era en tiempos antiguos. Es cierto, por supuesto, que aún hoy en día los rayos de su voluntad fluyen hacia el cosmos. Pero él ya no siente que los rayos de su voluntad puedan elevar sus preguntas al cosmos, pues ya no arden en él, como lo hicieron una vez . Se ha hecho demasiado intelectual, y el intelecto enfría la intensidad de todas las preguntas. Tenemos muy poca sensación del insaciable anhelo que existía en el hombre por el conocimiento de los misterios más sagrados del Universo. Ya no estamos apasionadamente deseosos de conocimiento, solo curioseamos y nos gustaría saberlo todo, lo más rápido posible, sin tomarnos la molestia de comprender realmente el mundo que nos rodea.

En nuestra época actual sólo a los amantes les gusta soñar en el claro de luna. Los hombres “sabios” considerarían una superstición terrible si se les preguntara si creen que las respuestas a los enigmas más candentes de la existencia podrían llegarles a través de los rayos de la luna. Para el hombre moderno, el mundo está totalmente carente de Espíritu, y no entiende nada de lo espiritual que se manifiesta por todas partes del mundo, o, si habla del espíritu lo hace en un sentido vago, panteísta, sin ningún conocimiento concreto de por qué los rayos de la voluntad están relacionados con los rayos del Sol,  o cómo la forma del pensamiento humano está relacionada con la luz que nos llega de la Luna.

luna4

Por medio de una iniciación adaptada a los tiempos modernos, podríamos sin embargo ser capaces de entrar una vez más en relación con el Cosmos y con el Espíritu del Universo. La única diferencia es que el intelecto moderno tiene que hacerlo de otra manera. Con los ejercicios preparatorios que conducen a la iniciación que se describen en mis libros, en particular en “Como se adquiere el conocimiento de los Mundos Superiores”. El propósito de estos ejercicios es llevar al hombre actual a un punto en el que le sea realmente posible recibir respuestas a sus preguntas, no sólo en su orgullo moderno de hacer las preguntas a la manera intelectual y esperar que las respuestas surjan de su propio cerebro. Este último método puede de hecho resultar en ideas muy inteligentes, pero la simple “inteligencia” nunca podrá conducir a las verdaderas respuestas a los enigmas de la vida. Esta agitación continua en la cabeza, aísla al hombre del universo.

El iniciado moderno también debe hacerse preguntas, pero tiene que llenarse de paciencia y no esperar a recibir una respuesta inmediata. Así poco a poco llegará a una etapa de su desarrollo en el que ya no se limitará a observar el mundo exterior con el fin de satisfacer su curiosidad a través de las impresiones recibidas por sus ojos, oídos y demás sentidos. Es cierto, que recibe las impresiones exteriores por medio de sus sentidos, pero mientras él observa definitivamente, íntimamente, todo lo que está alrededor de él, —las flores, el sol, la luna, las estrellas, los otros seres humanos, las plantas y los animales—, mientras que gira sus sentidos en todas las direcciones, y permite que todas estas impresiones exteriores fluyan hacia él, envía a su encuentro una corriente de fuerzas de su propio ser. Y es esta fuerza la que representa la pregunta que él quiere hacer.

El hombre mira, tal vez, una hermosa flor. No obstante, no se limita a mirarla pasivamente, sino que fija su mirada en su color amarillo, y permite hacerse una impresión sobre él y al tiempo que envía su pregunta hacia el amarillo de la flor, se sumerge en la pregunta y en el enigma de la existencia del color amarillo, o tal vez del color rosado de la salida del sol o de alguna otra percepción. Él no hace las preguntas desde su corazón, por una impresión particular, como, por ejemplo, la salida del sol, sino que las derrama en todas y cada una de sus percepciones sensoriales. Si estuviera dispuesto a esperar para recibir las respuestas de esas mismas percepciones sensoriales, sería como si el antiguo iniciado enviase sus enigmas a la salida del sol y esperase a continuación la respuesta del sol, en lugar de esperar, como sabemos que hacía, al momento de la luna llena. El iniciado antiguo tenía que esperar por lo menos catorce días, pues era en el momento de la luna nueva cuando él realizaba sus preguntas a la salida del sol, y sólo recibía las respuestas  cuando la luna estaba llena.

El filósofo moderno difícilmente estaría dispuesto a esperar catorce días. Ya para entonces esperaría que su libro estuviese en las manos de los impresores, o, digamos, habría esperado antes de que fuera tan difícil encontrar una editorial. Hoy, sin embargo, tenemos que aprender a tener paciencia. Cuando el hombre se entrega a sus preguntas sobre las impresiones de los sentidos, cuando permite que estas preguntas se impregnen de todo tipo de cosas, no debe esperar que estas mismas impresiones sensoriales, le traigan inmediatamente la respuesta a modo de revelación. Él debe esperar, —y esto es fácil si ha realizado los ejercicios de preparación, durante un tiempo suficientemente largo—, esperar a menudo durante un largo tiempo, hasta que finalmente todo lo que ha llevado al mundo exterior se eleve en su interior en forma de respuesta. En caso de que se hagan las preguntas al azar, de una manera azarosa, tal vez pueda recibir un tipo de respuesta fortuita, —respuestas que proporcionan a ciertas personas un a modo de satisfacción egoísta—, pero de una cosa pueden estar seguros: no serán respuestas reales. Deben proyectar sus preguntas en la flor, el océano, en la gran bóveda celeste y sus estrellas, en todo lo que nos viene como impresión desde fuera, y deben esperar hasta que tarde o temprano surjan las respuestas en lo más íntimo de su ser. No tienen que esperar  exactamente catorce días, la duración del período es algo que no se puede determinar, como consiguieron hacerlo los antiguos iniciados. Simplemente tenemos que esperar a que llegue el momento oportuno, el momento en que todo lo que anteriormente era impresión exterior se convierta en experiencia interior, y en el propio interior resuene la respuesta.

El arte de la investigación espiritual, de la investigación del cosmos, consiste en ser capaces de esperar, y no imaginar que las respuestas nos serán dadas inmediatamente. De ello se desprende también, como una cuestión de rutina, que las preguntas definitivas solo deben hacerse si vamos a obtener la respuesta. Si usted pregunta a los que ya han obtenido el verdadero conocimiento, como se entiende en el sentido moderno de la iniciación, oirá lo mismo de todos ellos. Un hombre así quizás le conteste la siguiente historia: “Cuando tenía treinta y cinco años me hice consciente de este u otro gran problema de la existencia, y todo lo que experimenté en relación con él entró profundamente en mi ser. En ese momento me llegó el problema como una cierta impresión particular desde el mundo exterior. Y cuando ya tenía cincuenta años dentro de mí  surgió la solución al problema”.

Antiguamente los Iniciados colocaban sus preguntas dentro de la matriz del espacio con el fin de que del espacio pudieran nacer de nuevo. El elemento solar pasaba a través de una metamorfosis lunar. Hoy en día los misterios que el hombre de buena gana querría desentrañar, todo lo que de buena gana aprendería en su conversación con los Seres espirituales, debe colocarlo primero en la corriente del tiempo. El elemento cósmico aparecerá una vez más, naciendo del alma humana después de un período de tiempo determinado por los mismos poderes cósmicos. Pero es necesario que el hombre llegue a un punto en el que sea capaz de sentir y saber cuándo se mueve dentro de sí una respuesta divina, cósmica, y distinguir entre esa respuesta y que lo es meramente humano.

Así, el contenido real de la iniciación antigua todavía está presente, pero de otra forma. Sin embargo, tenemos que tener muy claro lo siguiente. Si un hombre desea penetrar en los grandes misterios de la existencia, debe ser capaz de entrar en una relación espiritual con los Seres Espirituales, con los seres cósmicos. No debe seguir siendo un ermitaño en la vida, no debe tratar de resolverlo todo por sí mismo, a su manera egoísta. Debe estar dispuesto a esperar hasta que el cosmos le de la respuesta a esos enigmas y problemas que él mismo ha enviado al espacio cósmico.

Es evidente que si un hombre ha aprendido a enviar las fuerzas de su alma al cosmos y a recibir las fuerzas cósmicas en sí mismo, es mucho más capaz de comprender los misterios del nacimiento y la muerte de lo que lo era antes de haber llegado a tal conocimiento. Cuando el hombre empieza a comprender cómo el elemento volitivo inherente a la corriente del alma fluye hacia los rayos del sol, como lo transmite a todas las impresiones sensoriales que recibe del mundo exterior, — también empieza a entender cómo su alma y espíritu fluyen hacia el universo en oleajes de un elemento espiritual, de un elemento cósmico, cuando su cuerpo físico ha caído  víctima de las fuerzas de la muerte. Además, aprende a entender cómo la espiritualidad es devuelta de nuevo a la Tierra por la Luna, por la luz de la luna. Se hace consciente de que sus pensamientos más elevados regresan a él desde el espacio cósmico. Porque aunque en la época actual los pensamientos se elevan desde el propio ser del hombre, sin embargo, es el elemento lunar en el organismo humano, el que genera los pensamientos.

El hombre que ha tenido estas experiencias, debe aprender a medir el verdadero significado de ciertos fenómenos transitorios que se destacan, por así decirlo, a medio camino entre los procesos considerados como físicos y cósmicos en su naturaleza, y los que son cósmicos y espirituales. El hombre actual, debido en gran parte a su educación materialista, describe todo desde el punto de vista físico. Él dice: “Un eclipse de sol se debe al hecho de que la Luna se interpone entre el Sol y la Tierra, interrumpiendo los rayos del sol”. Esta es una explicación física, construida a partir de la observación física y es obvia, es como que si dijéramos: “Aquí hay una luz, y aquí hay un ojo. Si pongo mi mano en la parte frontal del ojo, la luz se oscurecerá”. Como pueden ver, se trata de algo puramente físico, una explicación espacial, y ese es el camino por el que va la conciencia moderna.

Debemos esforzarnos una vez más por un verdadero conocimiento de tales fenómenos. No son algo que ocurra cotidianamente, y las ocasiones relativamente raras de este aspecto deben ser estudiadas no sólo físicamente, sino también en su aspecto espiritual.

En el momento de un eclipse solar, en la parte de la Tierra afectada tiene lugar algo totalmente diferente de lo que ocurre cuando no hay eclipse. Cuando se sabe que por una parte los rayos del sol penetran en la Tierra y por otro lado las fuerzas o rayos de la Tierra fluirán al encuentro con el sol, es posible formarse una idea de cómo un eclipse solar puede afectar estas radiaciones de voluntad que son totalmente espirituales en su naturaleza. La luz del sol es bloqueada por la luna, proceso puramente físico. Pero la materia física, en este caso el cuerpo lunar, no es un obstáculo para las fuerzas volitivas que fluyen hacia el espacio. Estas irradian sus fuerzas en la oscuridad, y sobreviene un breve período de tiempo, en el que todo lo que es de naturaleza volitiva en la tierra fluye hacia el espacio universal de una forma anormal. Es totalmente diferente de lo que ocurre cuando no hay eclipse. Por lo general, la luz física del sol se une a las radiaciones de la voluntad que fluyen hacia él. Cuando hay un eclipse, dichas fuerzas fluyen sin obstáculos hacia el espacio cósmico.

Un eclipse es un evento físico detrás del cual se esconde una realidad espiritual significativa.

Los antiguos iniciados sabían estas cosas. Vieron que en ese momento todos los impulsos e instintos desenfrenados de la humanidad ondeaban hacia el cosmos. Y daban a sus alumnos la siguiente explicación: En condiciones normales, los malos impulsos de la voluntad que se envían al cosmos por los seres humanos son quemados y consumidos por los rayos del sol, de modo que sólo pueden herir al propio ser, pero no hay ningún mal universal. Sin embargo, cuando hay un eclipse de sol, se da la oportunidad para que el mal que existe en la Tierra pueda extenderse a todo el cosmos. Un eclipse es un evento físico detrás del cual se esconde una realidad espiritual significativa.

Y de nuevo, cuando hay un eclipse de Luna, el hombre de hoy se limita a decir: “La tierra se interpone entre el Sol y la Luna, por lo que podemos ver la sombra de la tierra proyectada sobre la luna.” Esa es la explicación física. Pero en este caso, también el iniciado sabía  que había una realidad espiritual detrás de la realidad física . Sabían que cuando hay un eclipse de Luna, los pensamientos fluyen a través de la oscuridad de la Tierra, y que esos pensamientos tienen una relación más estrecha con la vida inconsciente que con la vida consciente del ser humano. El iniciado a menudo hacia uso de un cierto símil cuando hablaba con sus alumnos. Por supuesto, es necesario traducir sus palabras a un lenguaje moderno, pero esta es la esencia de lo que decían: “A los visionarios y soñadores les encanta pasear bajo la luz de la luna llena. Existen, sin embargo, ciertas personas que no desean recibir los buenos pensamientos que les llegan desde el cosmos, sino que, por el contrario, están deseosos de apoderarse del mal, de pensamientos diabólicos. Esas personas eligen el momento de un eclipse lunar para sus andanzas nocturnas”.

Una vez más nos acercamos a la realidad espiritual en un evento físico. Hoy en día no hay que absorber este tipo de enseñanza en su forma antigua. Si tuviéramos que hacerlo, seriamos conducidos a la superstición. Pero es muy necesario llegar a un punto en el que seamos capaces de percibir una vez más lo espiritual que impregna todos los procesos cósmicos. Los eclipses del sol y la luna, que se repiten como lo hacen en el transcurso del año, en realidad pueden ser vistos como una válvula de seguridad; están ahí para evitar el peligro, para dar salida a una cosa u otra “válvulas de seguridad” —Vapor, por ejemplo — en el momento adecuado.

Una de las válvulas de seguridad, que hace su aparición en el cosmos y al que damos el nombre de eclipse solar, tiene el propósito de llevar al espacio de una manera luciferina, el mal que se extiende sobre la tierra, con el fin de que el mal pueda trabajar en un caos mayor, en una esfera menos concentrada. La otra válvula de escape, el eclipse lunar, existe con el propósito de permitir que los malos pensamientos que están presentes en el cosmos puedan acercarse a aquellos seres humanos que están deseosos de ser poseídos por ellos. En asuntos de esta naturaleza la gente, por regla general, no actúa con plena conciencia, pero los hechos, sin embargo son reales —tan reales como la atracción de un imán por las pequeñas partículas de hierro. Tales son las fuerzas que trabajan, en el cosmos, fuerzas no menos potentes que las fuerzas que se analizan e investigan hoy en nuestros laboratorios químicos.

eclipse del 28 de septiembre de 2015

El hombre no será capaz de liberarse de las fuerzas de su ser, que tienden a arrastrarlo hacia abajo hasta que desarrolle en sí mismo un cierto sentimiento de conceptos espirituales como éstos. Sólo entonces se abrirá a la humanidad el camino que conduce a una verdadera comprensión del nacimiento y de la muerte. Y esa comprensión y entendimiento es muy necesaria para la humanidad hoy en día, en que los hombres están sumergidos en la oscuridad espiritual. Tenemos que aprender de nuevo lo que significa realmente cuando el sol difunde su luz hacia nosotros. Cuando la luz del sol fluye hacia nosotros, el espacio circundante se abre paso a las almas que deben dejar sus cuerpos físicos y se dirigen hacia el espacio universal. Cuando el sol envía su luz a la Tierra, la Tierra envía las almas humanas al espacio cósmico, donde sufren muchas metamorfosis. Luego, en una forma espiritual, se acercan a la Tierra una vez más, pasando en su descenso por la esfera de la Luna, y toman posesión de un cuerpo físico que se ha preparado para ellos en la corriente de la herencia física. No será posible entrar en una relación correcta con el universo hasta el momento en que empecemos a sentir y experimentar estas cosas de una manera real y viviente.

Hoy las aprendemos por la astronomía, los telescopios y así sucesivamente. Aprendemos cómo los rayos del sol penetran la tierra, e imaginamos que ya está todo dicho. Aprendemos cómo los rayos del sol caen sobre la luna y la luna los refleja de vuelta a la tierra, y miramos a la luz de la luna en este único camino, teniendo en cuenta sólo su aspecto físico. Por estos medios se pone en juego el intelecto. El conocimiento intelectual saca al hombre del cosmos y tiende a destruir la actividad interna del alma. Esta vida interior del alma puede ser despertada, pero el hombre primero debe recuperar una relación espiritual con el cosmos. Esto lo podrá hacer sólo cuando vuelva a decirse a sí mismo: “Un hombre ha muerto. Su alma irradia hacia el sol, hacia el cosmos, viajando por el camino hecho para él por los rayos del sol, hasta que entra en una región donde el espacio tiene un final, donde ya no se puede hablar en términos de tres dimensiones, sino que las tres dimensiones se fusionan en una unidad. En esta región, más allá del espacio y fuera del tiempo, suceden muchas y variadas cosas: pero más tarde, desde la dirección opuesta, desde la dirección de la luna, de la luz de la luna, el alma vuelve una vez más y entra en un cuerpo humano físico, nace de nuevo a la vida terrenal. “

Cuando el hombre aprenda una vez más, que las almas de los muertos van al encuentro de los rayos de luz del sol, que los haces luminosos de la luna introducen a las almas jóvenes de nuevo a la tierra, cuando aprenda a sentir concretamente cómo los procesos y fenómenos naturales están impregnados de espíritu por todas partes, entonces surgirá una vez más en la Tierra un conocimiento que es al mismo tiempo Religión, un conocimiento verdaderamente devocional. El conocimiento basado totalmente en el materialismo nunca puede convertirse en Religión. Y la religión que se basa en una fe, que no surge de la fuente del conocimiento, nunca se podrá armonizar con todo lo que el hombre ve y observa en el universo que le rodea. Los hombres de hoy todavía repiten ciertas oraciones desde los tiempos antiguos. Y si alguien sostiene, como lo he hecho en el folleto titulado “La Oración del Señor”, que las profundas verdades espirituales se ocultan en estas antiguas oraciones, la gente moderna inteligente dice: Eso es visionario, mero sueño, pura fantasía. Pero no es fantasía, sino que se basa en el conocimiento del hecho de que estas oraciones, que se remontan a tiempos antiguos, y que la tradición ha conservado para la Humanidad, han sido concebidas por una comprensión profunda de los procesos cósmicos. Debemos recuperar para nosotros mismos una vez más un conocimiento y una comprensión que nos permitirá acceder en el alma un sentimiento parecido a la religión cuando nos enfrentamos a grandes eventos cósmicos. Debemos ser capaces de decir, con los hombres de la antigüedad: “¡Oh Sol, tú envías hacia mí los rayos de tu luz. Estos rayos forman un camino para mí en la Tierra y a lo largo de esta vía, que se mueve en la dirección opuesta, las almas de los seres humanos, las almas de los muertos fluyen hacia el espacio cósmico. “Y otra vez:” ¡Oh Luna, tú brillas con suave resplandor sobre la tierra desde tu lugar en el cielo. Y llevados por las olas de tu luz suave desde los lejanos espacios cósmicos, llegan las almas que están de regreso, una vez más a la existencia terrenal. “

Es así como podemos encontrar de nuevo la conexión entre la luz y el resplandor del mundo exterior y todo lo que vive y teje en el ser interior del hombre mismo. Entonces dejarán de decir sin pensar: “El hombre está rodeado por el universo físico y no puede formarse ninguna concepción de lo que será de su alma cuando, separada del cuerpo, pase hacia fuera en este universo puramente material.” Por el contrario, sabremos que mientras los rayos penetrantes del sol se abren paso a través del espacio, están todo el tiempo trabajando para las fuerzas que fluyen hacia la voluntad humana, y preparar un camino para ellos. Debemos reconocer también que la Luna no arroja su luz suavemente ondulada sobre la tierra sin fin o propósito, sino que hay un elemento espiritual sobre los oleajes y corrientes a través del espacio, llevados por las ondas de la Luna.

Cuando percepciones como éstas entren en nuestra conciencia, ya no seremos capaces de mirar con indiferencia una planta, cuando se baña en la luz del sol de la mañana. Porque es un momento muy especial, donde se llevan a cabo los procesos en la planta. Es entonces cuando los jugos de la planta se realizan por sus delicados vasos en flores y hojas. Es entonces cuando los rayos del sol, que quedan en la planta, dan paso a las fuerzas de voluntad que vienen de la tierra. Y no es sólo que la savia descrita por nuestros científicos modernos fluyen a través de la planta en ese momento, son las fuerzas de la voluntad que tienen su asiento en las profundidades de la Tierra, la corriente hacia arriba también de la raíz de la planta en flor. Y por la tarde, cuando las hojas y pétalos se cierran, cuando los rayos del sol ya no preparan un camino para que las emanaciones de la voluntad se transmitan hacia arriba de la tierra, la actividad interna de la planta cesará y descansará.

La planta, sin embargo, también está expuesta a la luz suave de la luna. La luz de la luna no proyecta su hechizo sólo sobre los amantes, también influye en la planta durmiente. Entretejida con la luz de la luna, el pensamiento cósmico fluye hacia la planta y trabaja en ella.

Así, en la planta aprendemos a buscar las fuerzas combinadas de la “voluntad terrenal” y el “pensamiento cósmico.” Y se estudiara la forma de las diferentes plantas con el fin de descubrir en qué medida cada una de ellas se teje de “pensamiento cósmico” y de “voluntad terrenal.” Y cuando aprendemos espiritualmente, las fuerzas curativas de primavera a partir de estos pensamientos cósmicos, y de esta voluntad terrenal, las propiedades curativas de las plantas se nos darán a conocer y aprenderemos a ver en la planta la hierba medicinal. Pero esto sólo llegara cuando uno ha llegado a un conocimiento profundo de los procesos cósmicos que hace posible reconocer las potencialidades correctoras de las diferentes plantas.

Tenemos que ganar este nuevo conocimiento. Debemos llegar al punto en que podamos entender como la cabeza humana está en realidad moldeada a la imagen de la tierra misma. En el embrión humano es la cabeza lo primero que toma forma. Se moldea a semejanza de la tierra, y el resto del cuerpo se une a él. Cuando la cabeza humana se baña en la luz, y la luz del sol penetra, entonces lo que en la mente humana es análogo a la voluntad “terrenal” resplandece en el cosmos como un poder viviente.

Ahora bien, si tenemos en cuenta una planta cuya raíz contiene las fuerzas de la “voluntad terrenal”, en grado notable, podemos estar seguros de que la raíz de esta planta busca continuamente evadir la luz del sol, y podemos estar igualmente seguros de que esta especialmente sometida a la influencia de la luz de la luna, que, aunque nos parece que sus rayos brillan débilmente sobre la tierra, sin embargo penetran a través de las raíces de las plantas.

Si, por la quema de la raíz de una planta, traemos el elemento de la luz, y si conservamos las cenizas obtenidas de este modo y hacemos un polvo de ellas, entonces tenemos los medios para probar cómo tal polvo es capaz, en virtud de los procesos cósmicos inherentes dentro de ella, de trabajar sobre la cabeza humana, pues las fuerzas de la voluntad de la cabeza son similares en su naturaleza a las fuerzas de la voluntad de la tierra. El punto es que debemos aprender a comprender la relación que existe en todas partes entre la materia y el espíritu, una conexión que no difiere si se trata de la más pequeña partícula de materia o de la mayor masa. Entonces seremos capaces de hacer algo que en la actualidad es válido sólo para las matemáticas, hemos de ser capaces de aplicar a todo el ámbito de las verdades de la naturaleza que primero vienen a nosotros como intuiciones puramente espirituales.

Un cubo, como sabemos, está formado por seis cuadrados. Tal cosa se puede girar de pensamiento, es un pensamiento—imagen. En la sal, —en la sal ordinaria con que cocinamos—, nos encontramos con el cubo de nuevo en la naturaleza misma, y aquí descubrimos la conexión entre un principio espiritual — algo “pensado”— y una sustancia material en la naturaleza exterior. Pero yo le pregunto: -—¿Qué hace el hombre medio de hoy en día, conoce el grado en el cual las fuerzas espirituales —las fuerzas cósmicas del pensamiento, las fuerzas terrestres de la voluntad— se encuentran en la raíz de cualquier planta en particular? Y sin embargo, el proceso es el mismo que el que llevamos a cabo hoy, aunque de la manera más abstracta, cuando por primera vez concebimos el cubo, y luego procedimos a encontrarlo de nuevo en la sal común.

Lo que hoy en día sólo practicamos cuando pensamos en términos de matemáticas, tenemos que aprender a hacerlo de nuevo con todo lo que está comprendido en el rango del alma humana. El estudio de las matemáticas, por regla general, no da lugar a una actitud piadosa, religiosa de la mente. Un hombre así como Novalis podría, es cierto, ser arrebatado por la devoción cuando se entregaba al estudio de las matemáticas. Para Novalis, la ciencia de las matemáticas era un gran y hermoso poema. Uno se encuentra con algunas personas que entran en un estado de ánimo devocional al estudiar matemáticas.

Sin embargo, cuando vamos un paso mas allá, cuando evocamos al espíritu de las profundidades del ser humano y llevamos este espíritu al cosmos, donde por supuesto, lo que ya es (uno solo aprende a reconocer otra vez) entonces la ciencia se impregnara de religión, la armonía entre la religión y la ciencia se habrán logrado una vez más.

Traducido por Gracia Muñoz.

El Plano Astral II

(Edouard Schuré – del libro “Tratado de Cosmogonía)

DÉCIMA LECCIÓN

El ocultista es un hombre que jamás sueña en imponer dogmas. Es un hombre que cuenta lo que ha visto, lo que ha experimentado en el plano Astral y en el Espiritual, o lo que Maestros dignos de confianza le han revelado. No pretende convertir, sino despertar en los otros el sentido despierto en él y hacerlos capaces de ver también. Se tratará aquí del hombre astral tal como aparece a la clarividencia. El hombre astral encierra todo el mundo de sensaciones, pasiones, emociones e impulsos del alma. Ellos traducen para el sentido interno en formas y en colores. El cuerpo astral en sí mismo es una nube de forma ovoide que baña y rodea el cuerpo. Podemos percibirlo desde dentro.

En el hombre físico es necesario considerar la sustancia y la forma. Esta sustancia se renueva en siete años; la forma permanece. Porque detrás de la sustancia está el espíritu constructor. Este constructor es el cuerpo etérico. Nosotros no lo vemos, no vemos más que su obra, el cuerpo. El ojo físico no ve en el organismo más que aquello que está terminado y no lo que está en estado de llegar a ser o devenir. Lo contrario tiene lugar cuando se posee la visión del cuerpo astral, es decir, de su propio cuerpo astral. Lo sentimos desde dentro por nuestras pasiones y los diversos movimientos de nuestra alma.

La capacidad del vidente consiste en aprender a ver desde fuera lo que en la vida habitual sentimos desde dentro. Entonces, sentimientos, pasiones y pensamientos se traducen en formas vivientes y visibles, lo que constituye el aura alrededor de la envoltura física, la aureola. Lo mismo que el cuerpo etérico construye el cuerpo físico, así las pasiones construyen el cuerpo astral.

Todo lo que vive en el aura allí se expresa. Cada aura humana posee sus tonalidades especiales, sus colores dominantes. Sobre este color fundamental se forman y combinan todos los otros. Por ejemplo, el temperamento melancólico tiene un tinte azul, pero en el aura se vierten desde fuera tantas impresiones diferentes que el observador puede equivocarse fácilmente, sobre todo si observa su propia aura. El clarividente ve su propia aura invertida, es decir, lo interior como exterior y lo exterior como interior, porque él ve desde afuera. ¿Qué ve, entonces?

Todos los fundadores de religiones han sido clarividentes cumplidos y guías espirituales de la humanidad, y sus sentencias morales fueron reglas de vida motivadas por verdades astrales y espirituales. Esto es lo que explica la similitud entre todas las religiones. Por ejemplo, la que existe entre los ocho senderos en el camino del Budha y las ocho beatitudes del Cristo. La misma verdad que está en el fondo es que cada vez que el hombre desarrolla una virtud, desarrolla también una nueva facultad de percepción.

Pero, ¿por qué hay ocho etapas? Porque el clarividente sabe que sus facultades capaces de llegar a ser órganos de percepción son ocho. Los órganos de percepción del cuerpo astral se llaman en ocultismo las flores del loto (ruedas sagradas, chacras); la rueda de diez y seis rayos, o la flor de loto de diez y seis pétalos, se encuentran en la región de la laringe. En tiempos muy antiguos, esta flor de loto giraba en un cierto sentido, según un movimiento inverso al de las agujas de un reloj, de derecha a izquierda.

Los órganos de percepción del cuerpo astral se llaman en ocultismo las flores del loto (ruedas sagradas, chacras)

En el hombre de hoy, la rueda se ha detenido; no gira más. Pero en el clarividente recomienza actualmente a moverse en sentido inverso, es decir, de izquierda a derecha. Ahora bien: ocho pétalos de los diez y seis eran otro tiempo visibles. Los pétalos intermediarios estaban ocultos. En el porvenir aparecerán todos. Porque los ocho primeros son debidos a la acción de la iniciación inconsciente y los ocho nuevos a la iniciación consciente que resulta del esfuerzo personal. Y son, precisamente, esos ocho nuevos pétalos que desarrollan las beatitudes del Cristo.

El hombre posee otra flor de loto, la cual posee doce pétalos. Está situada en la región del corazón. En otro tiempo eran visibles solamente seis pétalos. La adquisición de seis virtudes desarrollará los otros seis pétalos en el porvenir. Estas seis virtudes son: el control sobre el pensamiento, la fuerza de iniciativa, el equilibrio de las facultades, el optimismo que permite ver el lado positivo de todas las cosas, el espíritu libre de prejuicios, en fin, la armonía de la vida del alma.

Entonces los doce pétalos entrarán en movimiento. En ellos se expresa el carácter sagrado del número doce, que volvemos a encontrar en los doce Apóstoles, los doce compañeros de Arturo, y cada vez que se trata de creación, de acción. Y es así porque todas las cosas, en el mundo, se desarrollan a través de doce tonalidades distintas. En el poema de Goethe, titulado: “Los Misterios” (Die Geheimnisse) donde se expresa el ideal de los Rosacruces, encontramos un nuevo ejemplo de ello. Según una explicación de este poema, la Rosa-Cruz representa una confesión religiosa.

Se vuelven a encontrar estas verdades igualmente en los signos y los símbolos; porque los símbolos no son invenciones arbitrarias, sino realidades. Por ejemplo, el símbolo de la Cruz, como el de la Svástica, es la representación del chacra de cuatro pétalos del hombre.

Y la flor de doce pétalos en que entra su expresión es el símbolo de la Rosa-Cruz y de los doce compañeros. El décimo-tercero, entre ellos, el compañero invisible que los une a todos, es la verdad que une a todas las religiones entre sí. Todo comienzo, toda nueva revelación religiosa es un décimo-tercero que da una síntesis nueva de los doce matices de la verdad espiritual. De esta verdad brotan los ritos y las ceremonias de los cultos o religiones. En el fondo de todos los ritos y de todos los cultos establecidos por los clarividentes, está la sabiduría Divina que habla.

Y la flor de doce pétalos en que entra su expresión es el símbolo de la Rosa-Cruz y de los doce compañeros

El mundo astral se expresa mediante ellos en el mundo físico. El rito representa como un reflejo de lo que pasa en los mundos superiores. Este hecho se vuelve a encontrar en el ritual de los francmasones y en las religiones asiáticas. En el nacimiento de una nueva religión, un iniciado da las bases sobre las cuales se edifica el ritual del culto exterior. Con la evolución del rito, cuadro viviente del mundo espiritual, evoluciona hacia las esferas del mundo astral, y el rito se hace belleza. Es especialmente lo que pasó entiempo de la civilización griega. El arte es un acontecimiento astral cuya causa ha sido olvidada.

Precisamente encontramos un ejemplo de ello en los misterios y los dioses griegos. En los misterios el hierofante trabaja de nuevo el desarrollo humano en sus tres fases: el hombre-animal; el hombre-humano y el hombre-Dios (el verdadero superhombre y no el falso superhombre de Nietzsche). En esos tres él suministraba a los iniciados una imagen viviente proyectada en la luz astral. Simultáneamente esos tres tipos suprasensibles se expresaron en la poesía y la escultura por estos tres símbolos:

1º El tipo bestial – el Sátiro;

2º el tipo humano – Hermes o Mercurio;

3º el tipo divino -Zeus, Júpiter.

Cada uno de ellos con todo lo que los rodea representa un ciclo de humanidad. Así es como los discípulos de los misterios transportaron al arte lo que habían visto en la luz astral. El apogeo de la vida terrestre para el hombre se encuentra actualmente alrededor de los treinta y cinco años; por qué?; ¿por qué Dante comienza su viaje a los treinta y cinco años de edad, punto medio de la vida humana? Porque en ese momento el hombre, cuya actividad había estado concentrada en la elaboración del cuerpo físico, se remonta hacia las regiones espirituales y puede aplicar su actividad a conseguir la clarividencia. Así, Dante, llegó a ser vidente a los treinta y cinco años de edad. Cuando las fuerzas físicas cesan de acaparar el influjo espiritual, estas fuerzas liberadas del cuerpo pueden transformarse en clarividencia.

Tocamos aquí un misterio profundo: la ley de la transformación de los órganos. Todo en el hombre evoluciona por una transformación de los órganos. Lo que hay de más elevado en él, es el resultado de lo que era lo más bajo y que se ha transfigurado. Así es que los órganos sexuales deben transformarse. Con la separación de los sexos, el cuerpo astral se ha dividido produciendo una parte inferior, el organismo sexual físico, y una parte superior que engendra el pensamiento, la imaginación, la palabra. El órgano sexual, “la fuerza productiva”, y órgano de la voz, la palabra “creadora”, en otro tiempo formaban un todo.

Se comprende así el vínculo que une esos dos polos aparecidos allí donde no había más que un órgano. El polo negativo, animal, y el polo positivo, divino, estaban antaño reunidos y se han separado. El tercer Logos es el poder creador de la palabra, “así lo expresa el comienzo del Evangelio de San Juan, del cual es el reflejo la palabra humana. En los viejos mitos y leyendas, este hecho ha encontrado una expresión profunda bajo los rasgos de Vulcano, el cojo. Su misión consistía en conservar el fuego sagrado. El cojea, porque en la iniciación el hombre debe perder algo de su fuerza física inferior; lo bajo del cuerpo viene de un pasado que desapareció. La naturaleza humana inferior debe caer para elevarse en seguida a un grado más alto. En el curso de su evolución, el hombre también se ha dividido en inferior y superior. Sobre ciertos cuadros de la Edad Media se ve al hombre partido en dos por una línea, la parte superior izquierda y la cabeza están encima del trazo, la parte superior derecha y lo bajo del cuerpo, debajo del trazo. Esta línea es indicación dada sobre el pasado y el futuro del cuerpo humano.

La flor de loto de dos pétalos se encuentra bajo la frente, en la raíz misma de la nariz; es un órgano astral todavía no desarrollado, que se desarrollará un día en dos antenas o alas, se lo ve ya como un símbolo en los cuernos que figura en la cabeza de Moisés. Visto de alto a bajo, cabeza y órganos sexuales, el hombre es sintético o idéntico. Es el producto del pasado. De izquierda a derecha es simétrico, es el presente y el futuro; pero esas dos partes simétricas no tienen el mismo valor.

¿Por qué somos habitualmente diestros usamos la mano derecha?

La mano derecha, que de las dos trabaja más activamente, está destinada a atrofiarse más tarde. La mano izquierda es el órgano que sobrevivirá cuando las dos alas de la frente se desarrollen. El cerebro del pecho será el corazón, que será el órgano del conocimiento. Habrá tres órganos de locomoción.

Antes que el hombre se enderezara hubo un tiempo en que marchaba a cuatro patas. Tales el origen del enigma que ponía la Esfinge. Preguntaba: ¿Cuál es el ser que en su infancia marchaba en cuatro patas, en el medio de su vida marcha en dos y en su vejez marcha en tres? Edipo le respondió que es el hombre, que, en efecto, niño marcha en cuatro patas y viejo se apoya en un bastón. En realidad, enigma y respuesta se relacionan con la evolución entera de la humanidad, pasado, presente y futuro, tal como la conocían los antiguos misterios. Cuadrúpedo en una época anterior a la evolución, el hombre se tiene hoy sobre dos pies, en el porvenir él volará y se servirá en efecto de tres auxiliares: las dos alas que serán el desarrollo de “la flor de loto”, de dos rayos, llegarán a ser el órgano de su voluntad motriz y, además, el aparato metamorfoseado del lado izquierdo del pecho y de la mano izquierda. Tales serán los órganos de locomoción futura. El lado derecho y la mano derecha, así como el órgano de la reproducción actuales se atrofiarán; y el hombre, como hemos visto más arriba, se reproducirá por la fuerza del VERBO; su palabra moldeará en el éter cuerpos semejantes a él mismo.

El plano Astral I

(Edouard Schuré – del libro “Tratado de Cosmogonía)

NOVENA LECCION

¿Cómo concebir el plano astral, el otro mundo?. En ocultismo se distinguen tres mundos:

1º El mundo físico (aquel en que vivimos).

2º El mundo astral (que corresponde al purgatorio).

3º El mundo espiritual, o, según el término sánscrito, devakánico (que corresponde al cielo cristiano).

Hay, además, otros mundos más acá y más allá de éstos, pero no nos ocuparemos de ellos en estas lecciones. Ellos están, por otra parte, por encima de toda concepción humana. Sólo los más grandes iniciados pueden tener una lejana idea acerca de ellos. Aquí no nos ocuparemos más que de la evolución planetaria en el seno de nuestro sistema solar.

El plano físico nos encierra en este estrecho espacio de la existencia física que transcurre entre la vida y la muerte. Entre dos encarnaciones, nos movemos en el plano astral y en el plano devakánico. Pero el núcleo del hombre permanece inmutable. El se reencarna, pero no eternamente. Porque el ritmo de la encarnación y la reencarnación ha comenzado y debe terminar. El hombre viene de otra parte y a otra parte va. El mundo actual no es un lugar, sino un estado. Nos rodea y en él nos bañamos continuamente sobre esta tierra.Vivimos en él como ciegos de nacimiento que caminaran a tientas. Dadles la vista por una operación: estarán siempre en las mismas habitaciones, pero verán por primera vez las formas y los colores. Así se abre el mundo astral para la clarividencia. Es otro estado de conciencia.

En los trabajos científicos de Goethe se encuentra un pasaje notable sobre la esencia de la luz considerada como lenguaje de la naturaleza. “Tratamos en vano, -dice-, de expresar la esencia de un ser. Percibimos su efecto, y una historia completa de esos efectos comprendería tal vez la esencia de este ser. Nos esforzaríamos en vano en pintar el carácter de un hombre; pero reunamos sus acciones en un todo y se ofrecerá a nuestros ojos una imagen de su carácter.

“Los colores son acciones de la luz, acciones y pasiones. En ese sentido nos revelan la naturaleza de la luz. Los colores y la luz son fenómenos estrechamente unidos. Pero es necesario que nos los representemos como si formaran parte integrante de toda la naturaleza, porque toda la naturaleza quiere manifestarse al ojo, por la luz y los colores”.

“La naturaleza se manifiesta de una manera análoga a otro sentido: Cerrad los ojos; prestad oídos. Del soplo más ligero al tumulto más ensordecedor, del sonido más simple a la armonía más complicada, del grito más violento y más apasionado hasta la palabra más dulce de la razón, es siempre la naturaleza la que habla, que revela su presencia, su fuerza, su vida, y sus relaciones, tanto como el ciego al cual le está velado el infinito visible, puede captar, en lo que es audible, un infinito viviente”.

“Así, la naturaleza habla de alto a bajo, a sentidos con oídos, mal conocidos y desconocidos. Así, ella conversa consigo misma y con nosotros por mil fenómenos. Para el observador atento no está muerta ni muda; a la dura tierra ha agregado un confidente, un metal cuyas partículas más pequeñas nos permiten distinguir (observar) lo que pasa en su masa entera”.

(Teoría de los colores. Prefacio)

Los colores son acciones de la luz, acciones y pasiones.

Tratemos de descubrir el mundo astral. Allí es necesario habituarse a otra manera de ver. Al principio todo es allí confuso y caótico, la primera cosa de que uno se da cuenta es que el plano astral nos muestra todo lo que existe, como un espejo, y que allí todo está invertido. Si leéis la cifra 365, en la luz astral es necesario leerla al revés: 563. Si un acontecimiento se desarrolla ante nosotros, lo hace en sentido inverso de su dirección sobre la tierra. En el mundo astral la causa viene después del efecto, en tanto que en nuestro mundo, el efecto viene después de la causa. En el mundo astral el fin aparece como causa. Lo que prueba que el fin y la causa son cosas idénticas que actúan en sentido inverso según la esfera de vida en que nos colocamos. La clarividencia resuelve, pues, experimentalmente el problema teológico que ninguna metafísica ha podido resolver por el pensamiento abstracto.

Otra aplicación de este desdoblamiento inverso de las cosas en el mundo astral es que enseña al hombre a conocerse a sí mismo. Los pensamientos y las acciones se expresan en este plano por formas vegetales y animales. Cuando el hombre comienza a percibir sus pasiones en el plano astral, las ve bajo formas animales, pero esas formas que salen de él las ve en sentido inverso, como si vinieran a asaltarlo. Es que en el estado visionario, el ya está exteriorizado: de otro modo no podría verse. Así, ahí solamente, en el plano astral, el hombre aprende verdaderamente a conocerse a sí mismo contemplando las imágenes de sus pasiones, como imágenes de animales que se echan sobre él. Así es como un sentimiento de odio, hacia un ser exterior aparece como un demonio que se precipita sobre él.

Este conocimiento astral de sí, se produce de una manera anormal en aquellos que tienen enfermedades psíquicas que consisten en verse sin cesar perseguidos por animales, por seres gesticulantes. No se dan cuenta, que lo que ven, es el reflejo de sus pasiones y de sus emociones. La verdadera iniciación no produce ninguna turbación psíquica. Pero la irrupción prematura y súbita del mundo astral en el organismo humano puede producir la locura. Porque el hombre se separa del cuerpo físico en la clarividencia. De ahí pueden nacer los peligros para el espíritu y el cerebro de quien no esté entrenado y disciplinado en ese género de ejercicios.

Toda la iniciación rosacruz ha poseído una disciplina que tendía precisamente a hacer al hombre objetivo para sí mismo, a formar un yo objetivo. Es necesario comenzar por verse a sí mismo objetivamente. Esta representación de sí hace posible la salida del cuerpo astral fuera del cuerpo físico. ¿Qué pasa en el momento de la muerte?. Después de la muerte, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y el yo del hombre se separan del cuerpo físico, no quedando en el mundo físico más que el cadáver. Poco después , el cuerpo etérico y el astral forman un todo. El cuerpo etérico imprime en el astral toda la memoria de la vida que encierra, después se disipa lentamente en su elemento y el cuerpo astral entra solo en el mundo astral.

El cuerpo astral encierra entonces todos los deseos engendrados por la vida, sin los medios de satisfacerlos, puesto que ya no tiene cuerpo físico. Eso le da el sentimiento de una sed devoradora. De ahí ha venido, en la mitología griega, la imaginación del suplicio de Tántalo. Se siente también la impresión de estar metido en un brasero. Y de ahí viene el Infierno, el Purgatorio. La idea del fuego, del Purgatorio, del que se burlan los materialistas, expresa verdaderamente el estado subjetivo del hombre después de la muerte.

Por el contrario, la sed de acción no satisfecha, da al alma la sensación de frío. El estado objetivo es expresado por el frío que exhala del alma. Este frío, nacido de la acción que no se ha realizado sobre la tierra, es el que sienten los espiritistas en las sesiones mediúmnicas. Es necesario que el alma legada a este cuerpo astral pierda el hábito de la existencia de sus órganos físicos y los adquiera de nuevo para aprender a vivir en el mundo astral. Para eso ella recomienza a desenvolver su vida al revés, comenzando por el fin hasta su infancia. Solamente entonces, una vez que llegó al punto de su nacimiento, después de haber vivido su vida en ese fuego purificador, está maduro para el mundo espiritual, el Devakán. Tal es el sentido de las palabras de Cristo diciendo a sus apóstoles: “en verdad os digo: hasta que no volváis a ser niños no entraréis en el Reino de los Cielos.”

Cuando el hombre desciende a encarnarse sobre la tierra, es empujado por el deseo; y no es sin fin que nace en el hombre el deseo de la tierra. Este fin es aprender. Aprendemos con todas nuestras experiencias y enriquecemos nuestro fondo de conocimientos. Pero para que el hombre pueda aprender sobre la tierra, es necesario que sea atraído hacia allí arrastrado por las posesiones (goces). Cuando llega al mundo astral después de la muerte, el alma revive su existencia al revés, el alma, al contrario, debe tratar de rechazar el goce, conservando la experiencia de su pasaje por el plano astral, es, pues, una purificación por la cual olvidó el gusto por las delicias físicas.

Tal es la purificación del Kamaloka de los hindúes, del fuego abrasador. Es necesario que el hombre pierda el hábito de tener un cuerpo. La muerte le produce al principio el efecto de un vacío inmenso. En la muerte suicida y violenta, estas impresiones de vacío, de sed y de quemadura son mucho más terribles. El cuerpo astral que no está preparado para vivir fuera del cuerpo físico, es arrancado de él con dolor, en tanto que en la muerte natural, el cuerpo astral se separa fácilmente. En la muerte violenta que no es causada por la voluntad del hombre, el desgarramiento es siempre menos doloroso que en el caso de suicidio.

Puede producirse también durante la vida una especie de muerte espiritual, causada por la separación prematura entre el espíritu y el cuerpo, por una confusión del plano astral con el físico, Nietzsche es un ejemplo de ello. En su libro: “Más allá del Bien y del Mal”,  Nietzsche ha transportado, sin saberlo, el plano astral sobre el plano físico. Resulta de ello un trastorno y una inversión de todas las nociones, y por fin el error, la locura, la muerte. La vida crepuscular de un gran número de mediums es un fenómeno análogo. El medium, infaliblemente pierde la orientación entre estos diversos mundos y no puede distinguir el verdadero del falso.

La mentira en el plano físico se convierte en destrucción en el plano astral. Este fenómeno es el origen de la magia negra. El mandamiento físico: ¡No matarás!, puede, pues, traducirse respecto al mundo astral: ¡No mentirás! En el plano físico la mentira no es más que una palabra, una imagen, pero no destruye nada. En el plano astral todos los sentimientos, todas las ideas son formas visibles, fuerzas vivientes. La mentira astral forma una colisión entre la forma falsa y la forma verdadera, que se matan recíprocamente.

El mago blanco quiere dar a las otras almas la vida espiritual que lleva en sí mismo. El mago negro tiene sed de matar, de crear el vacío alrededor de él en el mundo astral, porque ese vacío crea para él el campo en el cual puede desplegar sus pasiones egoístas. Para eso se necesita fuerza, es aquella de la cual se apodera tomando la fuerza vital de todo lo que vive, es decir, matándolo.

He aquí por qué la primera sentencia de la tabla de cálculos de la magia negra dice así: Es necesario vencer la Vida. He aquí por qué en ciertas escuelas de magia negra se enseña a los discípulos la horrible y cruel práctica de dar golpe de cuchillo a animales vivientes, con indicación precisa de la parte del cuerpo del animal que hace nacer tal o cual fuerza en el sacrificador. Del lado exterior se pueden constatar así puntos comunes entre la magia negra y la vivisección. La ciencia actual, consecuencia de su materialismo, tiene necesidad de la vivisección. El movimiento de opinión contra la vivisección se inspira en razones profundamente morales. Pero no se negará a abolir la vivisección en la ciencia hasta que no se haya dado la clarividencia a la medicina. Sólo porque perdió la clarividencia la medicina ha debido recurrir a la vivisección. Cuando hayamos conquistado de nuevo el mundo astral que se ha retirado de nosotros, la clarividencia permitirá al médico sumergirse y penetrar con el espíritu en el estado interno de los órganos enfermos y la vivisección será abandonada como inútil.

El conocimiento de la vida astral nos conduce a una conclusión capital que es: el mundo físico es el producto del mundo astral. Se puede citar un ejemplo entre mil, sacado de la penetración recíproca de los pecados humanos y de los acontecimientos del mundo astral, así como de la repercusión en el astral de los pecados cometidos en la vida terrestre: las epidemias que hicieron estragos, sobre todo, en la Edad Media. La lepra es el resultado del terror provocado por los hunos y de las hordas asiáticas sobre las poblaciones asiáticas. Los pueblos mongoles, en efecto, descendientes de los atlantes, eran portadores de degeneración. Su contacto produjo al principio la enfermedad moral del miedo en el plano astral del hombre; la sustancia del cuerpo astral se descompuso y este terreno de descomposición astral vino a ser una especie de terreno de cultivo donde se desarrollaron las bacterias que provocaron sobre la tierra enfermedades como la lepra.

Lo que arrojamos de nosotros hoy sobre el mundo astral reaparece mañana sobre el plano físico. Lo que sembramos aquí sobre el plano astral lo recogeremos sobre la tierra en los tiempos futuros. Recogemos, pues, hoy, los frutos de la estrecha mentalidad materialista que sembraron nuestros antepasados en el plano astral. De aquí se puede deducir la importancia esencial que tiene el nutrirse de las verdades ocultas. Si la ciencia aceptara, aunque no fuera sino como hipótesis, los datos del ocultismo, el mundo cambiaría. El materialismo ha sumergido al hombre en tales tinieblas, que es necesaria una concentración inmensa de las fuerzas para sacar a la humanidad de ella. El hombre cae bajo la influencia de enfermedades del sistema nervioso que son verdaderas epidemias psíquicas.

Lo que en la tierra llamamos “sentimientos” y que se encuentran en el plano astral, vuelven a la tierra bajo forma de realidad, de acontecimiento, de hecho. Del plano astral vienen los trastornos nerviosos que impulsan a los hombres. Es por esta razón que la fraternidad oculta ha decidido mostrarse ostensiblemente y revelar las verdades humanas ocultas. Porque la humanidad atraviesa por una crisis y es necesario ayudarla a reconquistar la salud, el equilibrio. Ahora bien, esa salud, ese equilibrio, no pueden volver más que por la espiritualidad.

El Misterio Cristiano

(Edouard Schuré – del libro “Tratado de Cosmogonía)

OCTAVA LECCION 

Desde los orígenes del Cristianismo y el tiempo de los Apóstoles, la iniciación cristiana ha existido siempre y ha permanecido siempre invariable durante la Edad Media y hasta nuestros días, en gran número de órdenes religiosas así como entre los Rosacruces. Esta iniciación está hecha de ejercicios espirituales que provocan síntomas idénticos e invariables. Las asociaciones que la practican en un profundo secreto son el verdadero hogar de toda la vida espiritual y de todos los progresos religiosos realizados por la humanidad.

La iniciación cristiana es, desde cierto punto de vista, más difícil que la iniciación antigua. Aquella contiene la esencia y la misión del Cristianismo que vino al mundo en el tiempo en que el hombre cumplía el descenso más profundo en la materia. Este descenso se debe conferir a una conciencia nueva; pero salir de esa profundidad, de esa densidad material, reclaman de él un esfuerzo más grande y hace la iniciación más difícil. Es por esto que el Maestro Cristiano exige de su discípulo un grado superior de humildad y devoción.

La iniciación cristiana ha consistido siempre en siete etapas, de las cuales cuatro responden a cuatro estaciones del Calvario. Son:
1º El lavatorio de los pies.
2º La flagelación.
3º La coronación de espinas.
4º Con la cruz a cuestas.
5º La muerte mística.
6º El entierro.
7º La resurrección.

El lavatorio de los pies: Es un ejercicio preparatorio, de naturaleza puramente moral, que se relaciona con la escena en que el Cristo lava los pies a los Apóstoles antes de la fiesta de Pascua. “En verdad os digo, el servidor no es más grande que su Maestro, ni el enviado más grande que aquél que lo enviara” (San Juan XIII). La teología da a este acto una interpretación puramente moral y no ve allí otra cosa que un ejemplo de profunda humildad y abnegación absoluta del Maestro a sus discípulos y a su obra. Los Rosacruces ven eso también ahí, pero con un sentido más profundo que se relaciona con la evolución de todos los seres de la naturaleza. Es una alusión a que la ley de lo Superior es el producto de lo Inferior.

La planta podría decir al mineral: Yo estoy por encima de ti, porque tengo la vida que tú no tienes, pero sin ti yo no podría existir, porque es de ti que saco los jugos que me nutren. Y el animal podría decir a la planta: Yo estoy por encima de ti, porque tengo una sensibilidad, pasiones, movimientos voluntarios que tú no tienes, pero sin el alimento que tú me das, sin tus hojas, tus hierbas y tus frutos no podría vivir. Y el hombre debería decir a las plantas: Estoy por encima de ti, pero te debo el oxígeno que respiro; debería decir a los animales: tengo un alma que no tenéis vosotros, pero somos hermanos y compañeros y nos adiestramos en la evolución universal. El sentido esotérico del lavatorio de los pies es, pues, que Jesucristo, el Mesías, el Hijo de Dios, no podría ser sin los Apóstoles.

El discípulo que ha meditado sobre ese tema durante meses y tal vez años, obtiene la visión del lavatorio de los pies en el plano astral durante el sueño.

Entonces puede pasar al segundo grado de la Iniciación Cristiana. La flagelación. Durante esta etapa, el hombre aprende a resistir el azote de la vida. Esta nos trae sufrimientos de toda clase: físicos, morales, intelectuales y espirituales. En esta fase, el discípulo siente la vida como una aterradora e incesante tortura. El debe soportar con una perfecta equidad de alma y un coraje estoico. Debe cesar de tener miedo tanto físico como moral. Cuando ha llegado a no temer, entonces ve en sueño la escena de la flagelación. En el curso de otra visión se ve asimismo como Cristo Flagelado.

La flagelación - Caravaggio
Este acontecimiento es acompañado por ciertos síntomas de la vida física y se traduce por una hiperestesia de toda sensibilidad, una ampliación del sentido universal de la Vida y del Amor.

Un ejemplo de esta sensibilidad sobre-agudizada, transportada al mundo de la inteligencia, se encuentra en la vida de Goethe. Después de largos estudios osteológicos sobre el esqueleto del hombre y los de los animales, así como observaciones comparadas sobre los embriones, Goethe llegó a la conclusión de que un hueso intermaxilar debía existir en el hombre. Antes de él, se negaba que en la mandíbula superior del hombre se encontraba el hueso intermaxilar. El mismo cuenta que cuando hizo el descubrimiento de que ese hueso existía realmente en la mandíbula humana, visible todavía por una sutura, tuvo un sobresalto de alegría y una especie de éxtasis que él llama uno de los más maravillosos transportes de su vida.

Durante su viaje a Italia, Goethe tuvo el mismo sentimiento cuando frente a los restos de un cráneo de carnero le vino esa otra idea, más maravillosa todavía para la evolución humana, idea que se puede llamar a la vez esotérica y darwiniana, de que el cerebro humano, centro de la inteligencia, precedido por el cerebelo, centro de los movimientos voluntarios, es una floración y una expansión de la médula espinal, como la flor es una expansión y una síntesis de la raíz y el tallo. ¿Por qué hizo Goethe esos maravillosos descubrimientos que por sí solos le valdrían la inmortalidad?

Por su gran inteligencia, sin duda, pero también por su simpatía vibrante y profunda por todos los seres y toda la naturaleza. Esta sensibilidad es un refinamiento y una extensión de las fuerzas de la vida y de las del amor. Corresponde al segundo grado de la Iniciación Cristiana: es la recompensa de la prueba de la Flagelación. El hombre adquiere con ella un sentido del amor para todos los seres, que lo hace vivir dentro de la naturaleza.

La coronación de espinas. Aquí el hombre debe aprender a afrontar el mundo, moral e intelectualmente, a soportar el desprecio cuando se ataca lo que es más caro. Saber permanecer de pie cuando todo lo abruma, saber decir sí cuando todo el mundo dice no, he ahí lo que es necesario aprender antes de ir más lejos. Se produce entonces un síntoma nuevo: es la disociación, o mejor dicho, el poder de disociar momentáneamente tres fuerzas que en el hombre están siempre ligadas: la voluntad, la sensibilidad, la inteligencia. Es necesario aprender a separarlas o unirlas a voluntad. Por ejemplo, en tanto que un acontecimiento exterior espontáneamente nos colme de entusiasmo, no estamos maduros. Porque ese entusiasmo producido por un acontecimiento no viene de nosotros y hasta puede ejercer sobre nosotros una influencia devastadora de la cual no somos dueños. El entusiasmo del discípulo debe encontrar su solo origen en las profundidades de la vida mística. Es necesario, pues, poder permanecer impasible ante todo acontecimiento, cualquiera que sea. Así solamente se adquiere la libertad.

EL BOSCO.La coronacion de espinas

Esta separación entre la sensibilidad, la inteligencia y la voluntad produce en el cerebro un cambio caracterizado por el coronamiento de espinas. Para pasarlo sin peligro, es necesario que las fuerzas de la personalidad hayan sido suficientemente ejercitadas y perfectamente equilibradas. Si no sucede así, o el discípulo tiene un mal guía, este cambio puede engendrar la locura. Porque la locura no es otra cosa que esta disociación operada fuera de la voluntad y sin que la unidad pueda ser restablecida por una voluntad interna. Por el contrario, el discípulo se entrega para hacer cesar esta disociación cuando él lo quiere. Un relámpago de su voluntad restablece el vínculo entre los órganos y las actividades de su alma, entre tanto que en el loco, el desgarramiento puede llegar a ser irremediable y causar una lesión física en los centros nerviosos.

En el curso de la etapa llamada la corona de espinas en la Iniciación Cristiana, se produce un fenómeno formidable que lleva el nombre de Guardián del Umbral y que se puede llamar también la aparición del doble inferior del ser espiritual del hombre, hecho de sus voluntades, de sus deseos y de su inteligencia, aparece entonces al iniciado bajo una forma visible en sus sueños, y esta forma es a veces repugnante y terrible porque es un producto de sus pasiones buenas y malas y de su Karma. Ella es su personificación plástica sobre el plano astral. Es el mal piloto del libro de los muertos de los egipcios. El hombre debe vencerlo para encontrar su Yo Superior. El Guardián del Umbral que fue un fenómeno de visión astral hasta en los más antiguos tiempos, el origen primitivo de todos los mitos sobre la lucha del héroe con el monstruo de Perseo y de Hércules con la Hidra de San Jorge y de Sigfrido con el dragón. La irrupción prematura del astral y la súbita aparición del doble Guardián del Umbral, pueden conducir a la locura a aquel que no ha sido bien preparado y que no ha tomado todas las precauciones impuestas al discípulo.

La portación de la Cruz se relaciona también simbólicamente con una virtud al alma. Esta virtud, que consiste en cierto modo en llevar el mundo sobre su conciencia, como Atlas llevaba el cielo sobre su cabeza, podría llamarse el sentimiento de identificación con la tierra y todo lo que ella encierra. Se llama en la iniciación oriental el fin del sentimiento de separatividad. Los hombres se identifican en general, sobre todo el hombre moderno con su cuerpo (Spinoza, en su Etica, llama a la primera idea fundamental del hombre: la idea del cuerpo en acto), el discípulo debe cultivar esta idea de que en el conjunto de las cosas su cuerpo no es más importante para él que cualquier otro cuerpo, sea de él, de un animal, una tabla o un pedazo de mármol. El yo no acaba en la piel: se une al organismo universal como nuestra mano al conjunto de nuestro cuerpo. ¿Qué sería la mano sola?: un girón. ¿Qué haría el cuerpo de hombre sin la tierra sobre la cual se apoya, sin el aire que respira? Moriría, porque él no es más que un pequeño órgano de esta tierra y de esta atmósfera. He aquí por qué el discípulo debe sumergirse en cada ser e identificarse con el Espíritu de la tierra.

También es Goethe el que ha dado de esta etapa una grandiosa descripción en el principio de su Fausto, cuando el Espíritu de la Tierra, al que aspira Fausto, se le aparece y dice: En las ondas de la Vida, acción y tempestad.
Yo me elevo, yo desciendo.
Yo corro, yo vuelvo,
Nacimiento y muerte,
Un mar eterno,
Un torbellino cambiante,
Una llama de Vida;
Así trabajo en la trama de los tiempos,
Y tejo el vestido viviente de Dios.

la cruz a cuestas. Tiziano

Identificarse con todos los seres no quiere decir despreciar su cuerpo, sino llevarlo como una cosa exterior, como el Cristo llevaba la Cruz. Es necesario que el Espíritu tenga el cuerpo, como la mano tiene el martillo. El discípulo entonces se hace consciente de las fuerzas ocultas que existen en su propio ser. Puede, por ejemplo, en el curso de su meditación, producir los estigmas sobre su piel. Es el signo de que está preparado para la quinta etapa, en que se le revela en una repentina iluminación.

La Muerte Mística. Presa del más grande sufrimiento, el discípulo se dice: Reconozco que todo el mundo de los sentidos no es más que una ilusión. El tiene, verdaderamente, la sensación de morir y de descender en las tinieblas. Pero entonces se desgarran las tinieblas y aparece una nueva luz: brilla la luz astral. Es la ruptura del velo del Templo. Esta luz no tiene nada de común con la luz del sol. Brota de dentro de las cosas y del hombre. La sensación que ella produce no se parece en nada a la de la luz de fuera.

Lamentos acerca de la muerte de Cristo. Giotto

Para formarse una idea de ella, empleamos la comparación siguiente. Que uno se figure que, alejándose de una ciudad tumultuosa, penetra en una espesa floresta. Gradualmente los ruidos se apagan y el silencio se hace completo. Se llega hasta percibir lo que está más allá del silencio, a franquear ese punto cero donde ha caído todo ruido exterior. El sonido recomienza del otro lado de la vida para el oído interno. Tal es la experiencia vivida por el alma que penetra en el mundo astral. Ella está en contacto con la cualidad inversa de las cosas que conoce, lo mismo que debajo del cero o entre una orden creciente de números negativos.

Es necesario haberlo perdido todo para reconquistarlo todo, hasta la propia existencia. Pero en el momento en que se pierde todo, aparece que él es el que se mata a sí mismo y que es el autor de su nueva Vida. Es la Muerte Mística. Cuando se ha pasado por ella, ha venido el tiempo de: El enterramiento. El hombre se siente allí penetrado por el sentimiento de que extraño, ajeno a su propio cuerpo, no forma más que uno con el planeta. Está amalgamado o fundido con la tierra y se reconoce a sí mismo y vuelve en sí en la vida planetaria.

La Resurrección. Es un sentimiento inefable, imposible de describir más que entre los muros del Templo. Porque esta última etapa está por encima de toda palabra y falla toda comparación. Llegado a este punto se adquiere el poder de curar. Pero es necesario decir que aquel que posee tiene al mismo tiempo el poder inverso de producir la enfermedad. Porque lo negativo acompaña siempre a lo positivo. De ahí viene la gran responsabilidad legada a este poder que se puede caracterizar así: la palabra creadora sale del alma ardiente.

La resurreccion de Cristo. Rafael

Primeras palabras del Evangelio de San Juan

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios. Y el Verbo era un Dios.

Este era en el principio con Dios.

Todo tiene su origen en él; y sin este Verbo nada de lo creado se creó.

En él estaba la vida, y la vida devino la luz de los hombres;

Y la luz resplandeció en las tinieblas: mas las tinieblas no la comprendieron.

Fue un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan.

Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, y que todos creyesen por él.

No era él la luz, sino un testigo de la luz.

Pues la luz verdadera que ilumina a todos los hombres, debía venir en el mundo.

En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella; pero el mundo no la reconoció.

Vino a cada uno de los hombres (a los hombres del yo vino); pero los hombres como individuos (los hombres del yo) no la acogieron.

Mas los que la acogieron fueron por ella capacitados para manifestarse como hijos de Dios.

Los que tuvieron confianza en su nombre, no son engendrados de sangre ni de voluntad de carne, ni de voluntad humana, sino de Dios.

Los que tuvieron confianza en su nombre, no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad humana, sino de Dios.

Y el Verbo fue hecho carne, y habito entre nosotros y hemos escuchado su sabiduría, la sabiduría del unigénito del Pare, lleno de consagración y de verdad.

Juan da testimonio de El, y anuncia con claridad: Este era del que yo decía: Tras mi vendrá el que era antes de mi. Puesto que es mi precursor.

Pues de su plenitud hemos tomado todos, gracia y mas gracia.

Porque la Ley por Moisés fue dada; mas la gracia y la verdad por Jesucristo vinieron.

A Dios nadie le vio jamás: el unigénito Hijo que estuvo en el seno del Padre, se hizo el guía de esta visión.

 

 

Taller terapéutico sobre la Luna.

El tema, NUESTRA LUNA PERSONAL, después de haberse comprendido, se empezó a digerir, he aquí las expresiones artístico-terapéuticas:

La luna de Amaranta.

La noche me duerme, me tranquiliza, me da vida para seguir.

Miro mi luna y veo caminos para avanzar.

La luna de Gracia.

Empece a sentir la soledad y el agobio.

Para poder recibir la luz del sol tuve que tener fuerza, coraje y capacidad de soltarlo todo.

A medida que volaba sentía acercarse un nuevo amanecer.

La luna de Jesús.

Estigma es madera.

El alocado vuelo de mano rechazado.

La luna de Laura

(el silencio, algún día hablará)

La luna de Carmen

Recogido del Cosmos han engendrado mi ser.

La luna de Maria Jesús.

Arropado embrión en cercano azul.

Palpitante impulso: el futuro llama,

Calidez,

alrededor excesivo calor abrasa.

Su brillo,

en el presente lo atenúa el agua.

La luna de Maribel.

El pasado está ahí,

me envuelve sin ahogarme,

dejando abierta la puerta

para que el futuro se insinúe

en mi presente.

Ayer, mañana

hoy, siempre hoy.

La luna de Prado

En algún lugar

la sangre fluye

y se transforma en sol.

Desconozco su origen

desconozco

pero bebo su fuego

y su sacrificio.

La luna de Esperanza

En la oscuridad de las profundidades se gesta la vida.

Botón rojo de esencia divina.

Destellos de luz consiguen traspasar la neblina protectora.

Oro fecundador, verde de existencia.

Esencias que se mezclan y conforman un mandala de vida.

La luna de Alfredo

A lo lejos

en un espejo

está el reflejo

de lo viejo.

somos artistas. La profe nos ha inmortalizado.

Trabajamos juntos y felices.

El Evangelio de San Juan

(Edouard Schuré – del libro “Tratado de Cosmogonía)

SÉPTIMA LECCIÓN

El Cristianismo desempeña un papel único, incisivo y capital en la historia de la Humanidad. En cierta forma es el momento central, el punto de retorno o de vuelta entre la involución y la evolución. De ahí que su luz sea tan resplandeciente. En parte alguna se encuentra esta luz tan viva como en el Evangelio de San Juan y en verdad puede decirse que sólo en él aparece en toda su fuerza.

No es así, por cierto, como la teología contemporánea concibe este evangelio. Desde el punto de vista histórico, ella lo considera como inferior a los tres evangelios sinópticos y hasta suele sospechársele de apócrifo. El mero hecho de que su redacción haya sido atribuida al segundo siglo de Jesucristo, ha hecho que los teólogos y la escuela crítica lo consideren como una obra de poesía mística y de filosofía alejandrina. En cambio el Ocultismo, considera el Evangelio de San Juan muy diferentemente.

Durante la Edad Media hubo una serie de fraternidades que vieron en él su ideal y la fuente principal de la verdad cristiana. Estas fraternidades se llamaban los Hermanos de San Juan, Los Albingenses, los Cátaros, los Templarios, los Rosacruces. Todos eran ocultistas prácticos y hacían de este evangelio su Biblia, su breviario. Puede admitirse que la leyenda del Grial, de Parsifal y de Lohengrin, salió de esas fraternidades y fue como la expresión de sus doctrinas secretas. Todos estos hermanos de diversas órdenes se consideraban como los precursores de un cristianismo individual, del cual poseían el secreto y cuyo pleno desenvolvimiento y floración estaba reservado al futuro. Y este secreto sólo lo encontraban única y absolutamente en el Evangelio de San Juan.

Allí encontraban una verdad eterna aplicable a todos los tiempos, una verdad que regenera el Alma totalmente, si la vive en las propias profundidades de su ser. No se leía entonces el Evangelio de San Juan, como si fuera un escrito literario, sino que servía a modo de instrumento místico. Para podernos dar cuenta de ello tendremos que abstraernos por un momento de su valor histórico.

Los catorce primeros versículos de este Evangelio eran para los Rosacruces objeto de una meditación cotidiana y de un ejército espiritual. Se les atribuía un poder mágico, que realmente tienen para el ocultista. He aquí el efecto que producen por la constante repetición, sin cansarse: hecha siempre a la misma hora, todos los días, se logra obtener la visión de todos los acontecimientos que cuenta el Evangelio, pudiendo vivirlos interiormente.

Así es como, para los Rosacruces, la vida de Cristo significaba el Cristo resucitando en el fondo de cada Alma por la visión espiritual. Por lo demás creían, naturalmente, en la existencia real e histórica del Cristo, porque conocer el Cristo interior es reconocer igualmente el Cristo exterior.

Todos estos hermanos de diversas órdenes se consideraban como los precursores de un cristianismo individual, del cual poseían el secreto y cuyo pleno desenvolvimiento y floración estaba reservado al futuro.

Un espíritu materialista podría decir actualmente: Acaso el hecho de que los Rosacruces hayan tenido esas visiones, ¿prueba la existencia real del Cristo? A lo cual contestaría el Ocultista : Si no existiera el ojo para ver el sol, el sol no existiría, pero si no hubiera sol en el cielo, tampoco podría haber ojos para verlo.

Porque es el Sol quien ha formado el ojo en el curso de los tiempos y quien lo ha construido para que pudiera percibir la luz. Similarmente, el Rosacruz decía: El Evangelio de San Juan despierta el sentido interno, pero si no existiera un Cristo viviente, uno no podría hacerlo vivir en sí mismo.

La obra de Jesucristo no puede ser comprendida en toda su inmensa profundidad si no es estableciendo las diferencias entre los antiguos misterios y el Misterio Cristiano. Los Misterios antiguos se celebraban en Templos Escuelas. Los iniciados, personas que habían despertado, habían igualmente aprendido a obrar sobre su cuerpo etérico y por lo tanto eran “nacidos dos veces”, porque sabían ver la verdad de dos maneras: directamente por el sueño y la visión astral, e indirectamente por la visión sensible y lógica. La iniciación por la que tenían que pasar se llamaba Vida, Muerte y Resurrección. El discípulo pasaba tres días en la tumba, en un sarcófago, dentro del Templo; su espíritu quedaba liberado del cuerpo, pero, al tercer día, respondiendo a la voz del hierofante, su espíritu volvía al cuerpo, arrancándose a los confines del Cosmos, donde había conocido la vida universal. Se había transformado y nacido dos veces. Los más grandes autores griegos han hablado con entusiasmo y sagrado respeto de estos misterios. Platón llega hasta decir que solamente el Iniciado merece el calificativo de hombre.

Pero esta iniciación encontró en el Cristo su verdadero coronamiento. El Cristo es la iniciación condensada en la vida sensible, así como el hielo es agua solidificada. Lo que se veía en los misterios antiguos se realizaba históricamente en el Cristo en el mundo físico. La muerte de los iniciados no era más que una muerte parcial en el Mundo Etérico. La muerte del Cristo fue una muerte completa en el Mundo Físico.

Puede considerarse la resurrección de Lázaro como un momento de transición, como un paso de la iniciación antigua a la iniciación cristiana. En el Evangelio de San Juan, Juan mismo no aparece hasta después de mencionarse la muerte de Lázaro. “El discípulo que Jesús amaba”, era también el más iniciado de todos. Es aquel que ha pasado por la muerte y la resurrección y que ha resucitado a la voz del Cristo mismo. Juan es Lázaro salido de la tumba después de su iniciación. San Juan ha vivido la muerte del Cristo. Tal es la mística vía que revelan las profundidades del Cristianismo.

Las bodas de Canaán, cuya descripción se lee igualmente en este evangelio, encierran uno de los más profundos misterios de la historia espiritual de la humanidad. Se refiere a las siguientes palabras de Hermes: “Lo que está arriba es como lo que está abajo”. En las bodas de Canaán, el agua se transforman en vino. A este hecho se le da un sentido simbólico universal, que es el siguiente: en el culto religioso el sacrificio del agua va a ser reemplazado, por un tiempo, por el sacrificio del vino.

Hubo un tiempo, en la historia de la humanidad, en que no se conocía el vino. En los tiempos védicos apenas si se le conocía. Ahora bien, mientras el hombre no bebía líquidos alcohólicos, la idea de las existencias precedentes y de la pluralidad de vida era una creencia universal, de la que nadie dudaba. Desde que la humanidad comenzó a beber vino, la idea de la reencarnación se fue oscureciendo rápidamente y acabó por desaparecer del todo a la conciencia popular. Y sólo la conservaron los Iniciados que se abstenían de beber vino.

El alcohol ejerce sobre el organismo una acción particular, especialmente sobre el cuerpo etérico donde se elabora la memoria. El alcohol vela esta memoria, la oscurece en sus profundidades íntimas. El vino procura el olvido, se dice, pero no es solamente un olvido superficial y momentáneo, sino un olvido profundo y duradero, una oscuración verdadera de la fuerza de la memoria en el cuerpo etérico. Por este motivo, cuando los hombres se pusieron a beber vino, perdieron poco a poco su sentimiento espontáneo de la reencarnación.

Ahora bien, la creencia en la reencarnación y en la ley del Karma, tenía una influencia poderosa, no solamente sobre los individuos, sino sobre su sentimiento social. Esta creencia le hacía aceptar la desigualdad de las condiciones humanas y sociales. Cuando el desgraciado obrero trabajaba en las Pirámides de Egipto, cuando el hindú de la última casta esculpía los templos gigantescos en el corazón de las montañas, se decía que otra existencia lo recompensaría de un trabajo soportado valerosamente, que su amo había ya pasado por pruebas similares si era bueno o que pasaría más tarde por otras mucho más penosas si era injusto y malo.

Al aproximarse el Cristianismo la humanidad tenía que atravesar una época de concentración sobre la obra terrestre: le era necesario trabajar por el mejoramiento de esta vida, por el desenvolvimiento del intelecto, del conocimiento razonado y científico de la Naturaleza. El sentimiento de la reencarnación debía, pues, perderse durante dos mil años. Y lo que se empleó para lograr ese fin fue el vino. Tal es la causa profunda del culto de Baco, dios del vino, de la embriaguez (forma popular del Dionisio de los Antiguos Misterios que, sin embargo, tiene otro sentido).

Tal es también el sentido simbólico de las bodas de Canán. El agua servía para los antiguos sacrificios y el vino para los nuevos. Las palabras de Cristo: “Felices aquellos que no vieron y, sin embargo creyeron”, se aplican a la nueva era en que el hombre, entregado por completo a su obra terrestre, no tendría ni el recuerdo de sus anteriores encarnaciones, ni la visión directa del Mundo Divino.

El Cristo nos dejó un testamento en la escena del Monte Tabor, en la Transfiguración que tuvo lugar delante de Pedro, Santiago y Juan. Los discípulos lo vieron entre Elías y Moisés. Elías representa el camino de la verdad; Moisés la Verdad misma y el Cristo la vida que resume a ambas. Por eso sólo EL podía decir: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

Así todo se resume y se concentra, todo se aclara y se intensifica, todo se transfigura en el Cristo. Remonta el pasado del alma humana hasta su misma fuente y prevé su futuro hasta su confluencia con Dios mismo. Porque el Cristianismo no es solamente una fuerza del pasado, sino una fuerza del futuro. Con los Rosacruces, el nuevo ocultismo enseña el Cristo Interior en cada hombre y el Cristo futuro en toda la humanidad.