El nacimiento del intelecto y la misión del cristianismo

(Edouard Schuré – del libro “Tratado de Cosmogonía)

PRIMERA LECCIÓN

Hace comparativamente poco tiempo que se están dando conferencias sobre verdades ocultas. Antiguamente estos conocimientos no eran revelados sino en el seno de las sociedades secretas a aquellos que habían pasado por ciertos grados de iniciación, prometiendo observar estrictamente durante toda la vida, las leyes de la Fraternidad o de la Orden.

Actualmente la humanidad está entrando en un período de agudísima crisis y estas enseñanzas comienzan a ser dadas públicamente. Dentro de veinte años muchas de estas verdades serán del dominio público. ¿Por qué sucede todo esto? Porque la humanidad está entrando en una faz nueva, que trataremos de explicar en esta corta disertación.

En la Edad Media, las enseñanzas ocultas fueron cultivadas sobre todo por los Rosacruces, pero cada vez que se filtraron hasta el mundo exterior fueron malinterpretadas o deformadas. En el siglo XVIII tomaron una forma de diletantismo o de franca charlatanería. Al comienzo del siglo XIX, estas verdades fueron completamente rechazadas por la ciencia, basadas en la observación puramente física. Y sólo ahora, en nuestros días, estas enseñanzas han vuelto a reaparecer para desempeñar en los próximos siglos un papel capital en el desenvolvimiento de la humanidad futura. Y para comprender bien lo que esto significa, no será necesario remontarse a los siglos que precedieron al Cristianismo, contemplando el camino recorrido. El más ligero conocimiento de las condiciones que rigieron en la Edad Media basta para darse cuenta de la diferencia que existe entre el hombre de esa época y el hombre actual.

El hombre del medievo estaba poco desarrollado del lado científico, pero en cambio acusaba un gran desenvolvimiento del lado del sentimiento y de la intuición. Vivía mucho menos en el mundo sensible que en el mundo del más allá que todavía percibía más o menos vagamente. Y entre los hombres de entonces hubo algunos que lograron ponerse en contacto verdadero y entrar realmente en comunicación con los mundos astral y espiritual. La humanidad de la Edad Media, todavía mal instalada en la tierra, tenía su cabeza en el cielo. Las ciudades de entonces eran incómodas, ciertamente, pero representaban mucho mejor al hombre y a su mundo interior. No solamente las grandes catedrales, sino todas las casas y las puertas recordaban al hombre, con sus símbolos, sus creencias, sus sentimientos, sus aspiraciones, todo el mundo de su alma.

La humanidad de la Edad Media, todavía mal instalada en la tierra, tenía su cabeza en el cielo

Actualmente sabemos muchísimas cosas y las relaciones entre los hombres se han multiplicado hasta el infinito, pero vivimos en nuestras ciudades como en medio de fábricas que producen un ruido atronador, o como si fueran gigantescas torres de Babel, donde nadie se entiende en medio del caos más espantoso y donde no hay absolutamente nada que nos recuerde nuestro mundo interior. Este mundo interior no nos habla más por la contemplación sino por los libros. De intuitivos nos hemos convertido en intelectuales. Nos será necesario retroceder mucho más allá de la Edad Media para descubrir los orígenes de esta corriente intelectual. La época en que nació el intelecto humano, o en que se produjo esta gran transformación, remonta hasta unos mil años antes de nuestra era. Fue en la época de Thales, de Pitágoras, Buda.

Entonces aparecieron por primera vez la filosofía y la ciencia, es decir, la verdad presentada a la sazón en una forma lógica. Lo que antes había existido era la verdad presentada bajo la forma de religión, de revelación, percibida por los reveladores y aceptada por las masas. Actualmente la verdad pasa a la inteligencia individual y quiere allí ser demostrada y comprendida. ¿Qué se había producido en la naturaleza íntima del hombre para justificar este movimiento que hizo pasar su conciencia del plano intuitivo al plano de la razón?. Rozamos aquí una de las leyes fundamentales de la historia, una ley que todavía no es conocida de la conciencia contemporánea. Y esa ley puede formularse así: La humanidad evoluciona de manera que exteriorice y desenvuelva sucesivamente las partes constitutivas del ser humano. Y ahora se preguntará, ¿cuáles son esas partes?

El hombre tiene primeramente un cuerpo físico; lo tiene en común con el Reino Mineral. Todo el Reino Mineral se encuentra en la química del cuerpo. Luego el hombre tiene un cuerpo etérico, que es realmente lo que podríamos llamar su vitalidad y que comparte con el Reino Vegetal. El cuerpo etérico es el que crea la actividad de la nutrición y de las fuerzas del crecimiento y de la reproducción. El hombre posee además, un cuerpo astral, donde tienen su origen los sentimientos, las pasiones, el goce y el sufrimiento, etc. Este cuerpo lo tiene el hombre en común con los animales. Fue denominado cuerpo astral por los Rosacruces y algunos de sus sucesores como Paracelso, porque realmente está en relación magnética con los astros.

Y, finalmente, hay algo en el hombre que uno no puede llamar ya cuerpo, sino que es como una esencia, aquello íntimo que lo distingue de todos los demás seres, tanto de la piedra, como de la planta o del animal, y es eso que el hombre llama su “Yo”, la chispa divina que reside en él. Los hindúes lo llaman “Manas”. Los Rosacruces lo denominan el “Inefable” o “Indecible”. Todo cuerpo no es realmente más que un fragmento, una partícula de otro cuerpo, pero el Yo del hombre no pertenece a nadie sino a sí mismo. Yo soy: he aquí todo lo que él puede decir.

Es aquello que los demás llaman “tú” y que no puede ser confundido con ninguna otra cosa en el universo. Y es merced a ese Yo inefable o inexpresable e incomunicable, como el hombre se eleva por encima de todos los demás seres terrestres, de todos los animales, y de toda la creación. Y es gracias a él como el hombre mismo se comunica con el Yo Infinito, con Dios mismo.

Y he aquí por qué, en el santuario oculto de los hebreos, el oficiante decía en ciertos días al Sumo Sacerdote: Schem-Ham-Phoras ? que significa, ¿cuál es su nombre? (el nombre de Dios). Y el Sumo Sacerdote contestaba: Yod-He-Vau-Hé, o, en una sola palabra: YEV o YOH, lo que significaba Dios, la naturaleza y el hombre, o bien lo indecible e inexpresable yo humano y Divino.

Las partes del ser humano que acabamos de caracterizar han sido todas dadas al hombre en épocas lejanas de su inmensa evolución, pero no se desarrollan sino muy lentamente y una por una. Y el objetivo especial del período que comenzó mil años antes de la era Cristiana y se prosiguió a través de los dos mil años que siguieron al Cristianismo, fue el desenvolver el Yo Humano en el sentido intelectual.

Pero, por encima del plano intelectual, se encuentra el plano espiritual. Y a ese plano llegará la humanidad en los siglos venideros y ya está dirigiéndose hacia él actualmente. Y precisamente fue el Cristo y el Cristianismo quién sembró en el mundo los gérmenes de este desenvolvimiento. Pero antes de hablar de este mundo espiritual debemos recordar uno de los medios o fuerzas mediante las cuales la humanidad pasó en masa del plano astral al plano intelectual, lo cual se realizó mediante un nuevo modo de casamiento o unión sexual.

Antiguamente los matrimonios se realizaban dentro de la misma tribu, del mismo clan, que no era más que una extensión de la misma familia. Algunas veces el casamiento se realizaba entre hermanos, pero al llegar los nuevos tiempos, los hombres sintieron el deseo de buscar sus mujeres fuera de su tribu o de la comunidad cívica en que vivían. La Amada se convirtió así en la Extranjera, en la Desconocida. El Amor, que antes no había sido otra cosa que una función natural y social, se convirtió en Deseo personal y el matrimonio se transformó en una elección libre. Esto es ya lo que aparece en ciertos mitos Griegos como el rapto de Helena o mejor aun en los mitos Escandinavos y Germánicos de Sigurd y de Gudrun. El amor se transformó así en una aventura y la mujer en una conquista.

Ahora bien: este pasaje del matrimonio patriarcal al matrimonio libre corresponde al nuevo desenvolvimiento de las facultades intelectuales del yo humano, al mismo tiempo que al eclipse momentáneo de las facultades astrales de la vista y de la lectura directa en el mundo astral y espiritual, facultades que el lenguaje común resume en la palabra “Inspiración”.

En este punto se inserta el Cristianismo. La fraternidad humana y el culto del Dios único son, sin duda, las características esenciales del Cristianismo, pero no son otra cosa que la faz externa y social y no la faz interna y espiritual. La novedad misteriosa, íntima y trascendental del Cristianismo, es la de haber creado el Amor Espiritual, el fermento que transforma al hombre interior, la levadura que levanta al mundo entero. El Cristo vino para decirnos: “Si no abandonas a tu madre, a tu mujer y a tu mismo cuerpo, no podrás ser Mi discípulo.” Esto no significa la cesación de todos los lazos naturales, sino que el Amor debe extenderse más allá de la familia a todos los hombres, transformándose en una fuerza vivificante y creadora, en una fuerza de transmutación.

Este amor de que los Rosacruces hicieron el principio básico de su fraternidad oculta, pero que sus tiempos no podían todavía comprender, está destinado a cambiar totalmente la esencia de la religión, del culto y de la ciencia misma.

La marcha de la humanidad va de lo espiritual inconsciente, de antes del Cristianismo, a través del intelectualismo, que es la época actual, hacia lo espiritual consciente, en la cual se reúnen, concentran y dinamizan las facultades astrales e intelectuales por la fuerza del Amor Espiritual y del Espíritu del Amor. Así es como la Teología se transforma en Teosofía. ¿Qué es la Teología? El conocimiento de Dios impuesto desde el exterior bajo la forma de dogma, como una especie de lógica sobrenatural pero completamente exterior al hombre. ¿Qué es la Teosofía? El conocimiento de Dios abriéndose como una flor dentro del Alma individual.

El Dios que desapareció del mundo, renace en el fondo de los corazones. Y es así como este Cristianismo, comprendido en el sentido Rosacruz, es a la vez el más poderoso desarrollo de la libertad individual y de la religión universal por la fraternidad de las almas libres. La tiranía de los dogmas queda así reemplazada por la irradiación de la Sabiduría Divina que es a la vez la Inteligencia, el Amor y la Acción.

La Ciencia resultante se medirá no por sus razonamientos abstractos o por su sumisión exterior, sino por su poner para hacer abrir y florecer las Almas internas. He aquí la diferencia entre la Logia y la Sophia, entre la Ciencia y la Sabiduría Divina, entre la Teología y la Teosofía. Es así como el Cristo es el centro absoluto de la Evolución Esotérica del Occidente.

Ciertos teólogos modernos, sobre todo en Alemania, trataron de representar al Cristo como un hombre sencillo e ingenuo. Es un grandísimo error. En EL residía la conciencia más elevada, la más profunda Sabiduría y el amor más universal y divino. Si no hubiera tenido esa conciencia, ¿cómo podría haber sido EL la manifestación capital en el seno de toda nuestra evolución planetaria? ¿Cómo podría haber poseído semejante poder para adelantarse en tal forma a Su Época?.  Y esa conciencia superior, ¿de dónde podía haberle venido? .

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