Involución y Evolución

(Edouard Schuré – del libro “Tratado de Cosmogonía)

CUARTA LECCIÓN 

Existe un fenómeno de la vida física que nadie ha explicado exotéricamente: esa vida caótica ligada al estado de sueño, que nosotros llamamos “ensueños”. ¿Qué es el ensueño? La supervivencia de una actividad que remonta a un período prehistórico. Para comprenderlo por analogía, consideraremos ciertos fenómenos que ya no pertenecen a la vida física, o sea, ciertos órganos que no sirven para nada; organismos rudimentarios con los cuales el naturalista no sabe qué hacer.

Así son, por ejemplo, los órganos motores de la oreja, que hoy ya no sirven, el apéndice, y particularmente la glándula pineal que se encuentra en el cerebro y que tiene la forma de una minúscula yema de pino. Los naturalistas tratan de explicarla como una degeneración o una vegetación parasitaria del cerebro. Es inexacto. En las producciones duraderas de la Naturaleza no hay nada inútil. Y la glándula pineal es la que queda de un órgano que en el hombre primitivo tenía la mayor importancia: un órgano de percepción, una especie de cerebro externo, que servía a la vez de antena, de ojo y de oreja. Este órgano ha existido en el hombre en su período rudimentario, en la edad en que la tierra semilíquida y semivaporosa, estaba todavía unida a la Luna. En este elemento que en parte era líquido y en parte gaseoso, el hombre nadaba como un pez y se dirigía merced a dicho órgano. Sus percepciones tenían un carácter visionario, alegórico. Las corrientes cálidas evocaban en él la impresión de un rojo brillante y de una sonoridad fortísima. Las corrientes frías, por el contrario, evocaban en él colores verdes y azules y sonoridades argentinas fluidas.

La glándula pineal, que estaba muy desarrollada en el hombre primitivo, tenía un papel capital.

La glándula pineal, que estaba muy desarrollada en el hombre primitivo, tenía un papel capital. Pero con la mineralización de la Tierra fueron apareciendo otros órganos sensibles y en la actualidad dicha glándula no parece tener ningún objeto aparente. Comparemos con este órgano el fenómeno del sueño. El sueño es una función rudimentaria de nuestra vida, aparentemente sin utilidad y sin objeto. Pero en realidad es una función atrofiada, función que nos llevaba a contemplar el mundo en forma muy distinta a la en que lo hacemos.

Antes de que la Tierra se metalizara, no podía ser percibida sino astralmente. Toda percepción no es más que relativa y simbólica. La verdad central es perceptible para el hombre divino e inefable. Se refiere a aquello que Goethe expresara maravillosamente en estas palabras: “Todo lo que pasa no es más que un símbolo”. Y la visión astral, que es la del sueño de nuestros días, es igualmente una alegoría y un símbolo. Tomemos como ejemplo los sueños provocados por causas físicas y corporales. Un estudiante sueña que un camarada le ha dado un golpe a la entrada del curso, de lo cual resulta un duelo en el cual es traspasado. Entones se despierta y comprueba que la causa del sueño fue una silla que se cayó. A esta clase de sueños pueden referirse, el sueño de Descartes referente a la pulga y el de la máquina infernal de Napoleón. Se siente en sueños el golpeteo de los cascos de un caballo que trota, lo que ha sido provocado por el tic-tac de un reloj. Una mujer sueña con un pastor que está predicando y que tiene alas: es un sueño provocarlo por un gallo que canta batiendo las alas.

Si hay en el sueño percepciones que vienen del cuerpo, hay también otras que vienen del mundo astral y del mundo espiritual y estas percepciones son generalmente el origen de los mitos. Los sabios atribuyen actualmente el origen de los mitos a la interpretación poética de los fenómenos naturales, pero cualquiera que se moleste en estudiar el origen de la aparición de estas leyendas, aun en nuestros días, podrá comprobar que no son creadas así. Los mitos y las leyendas no son otra cosa que visiones astrales que luego la tradición ha revestido, transformado y desarrollado.

He aquí un ejemplo: La leyenda eslava de la Mujer del Mediodía. Cuando los campesinos que trabajan en la cosecha bajo el pesado calor veraniego, no entran en sus casas a mediodía, sino que se quedan durmiendo en la tierra afuera, entonces se les aparece una mujer que les propone una serie de enigmas. Si el o la durmiente puede resolverlos, entonces se despiertan libres, pero si no la mujer los mata, los corta en dos pedazos con una guadaña. Agrega que este fantasma puede ser conjurado recitando un padre nuestro al revés. El Ocultismo, por su lado, nos enseña que esta mujer del Mediodía no es más que una forma astral, una especie de íncubo que se aparece durante el sueño y oprime al hombre.

El padre nuestro invertido no es otra cosa que una traducción de lo que ocurre en el mundo astral, esto es, que todo se refleja en orden invertido, como en un espejo. Ludwig Lestener, en su obra “Das Ratsel des Sphinx” hace la observación de que el origen de la leyenda de la esfinge se encuentra en todos los pueblos. Y demuestra además que todas estas leyendas provienen de un estado o sueño superior, en el cual se perciben estas realidades y que la esfinge es un verdadero demonio. Los mitos no son otra cosa que el mundo astral contemplado en visiones simbólicas.

Históricamente la creación mítica desaparece cuando se desarrolla la vida lógica e intelectual. Pero es una ley oculta que en cada nuevo peldaño de la evolución vuelva a encontrarse un elemento del pasado. Las antiguas facultades, atrofiadas en el ser humano, supervivencias de períodos pasados, desempeñan en nuestra vida el papel de fragmentos conservados con el fin de producir desenvolvimientos ulteriores, como la levadura opera en la masa del pan. Y es así como la facultad de soñar de la humanidad actual engendrará una fuerza de percepción nueva, de percepción astral y espiritual.

El hombre actual no vive sino por los sentidos y la inteligencia que elabora las sensaciones de esos sentidos. El hombre futuro vivirá por el intelecto despertado a la plena conciencia que abarcará simultáneamente el mundo astral. El trance del sujeto hipnotizado y del médium no es más que un fenómeno atávico, ligado a la declinación de la conciencia. El clarividente, el iniciado, no es un desequilibrado ni un visionario. Posee ya el grado de conciencia que tendrán los hombres del futuro; está también sólidamente anclado a la tierra como el hombre más positivista y su razón es igualmente clara y segura. Pero su mirada penetra en ambos mundos. Es una ley de la evolución que ciertos órganos se atrofian para tomar en seguida una nueva importancia.

La glándula pineal está, fisiológicamente en cierta relación con el sistema linfático. Esta glándula era el órgano de percepción externo, y todavía puede verse en el recién nacido, en la bóveda del cráneo, un punto blando que recuerda la constitución del hombre en el tiempo de dicha percepción. El sueño desempeña en nuestra vida intelectual un papel semejante al que desempeñaba la glándula pineal en la fisiología del cuerpo humano.

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