El Evangelio de San Juan

(Edouard Schuré – del libro “Tratado de Cosmogonía)

SÉPTIMA LECCIÓN

El Cristianismo desempeña un papel único, incisivo y capital en la historia de la Humanidad. En cierta forma es el momento central, el punto de retorno o de vuelta entre la involución y la evolución. De ahí que su luz sea tan resplandeciente. En parte alguna se encuentra esta luz tan viva como en el Evangelio de San Juan y en verdad puede decirse que sólo en él aparece en toda su fuerza.

No es así, por cierto, como la teología contemporánea concibe este evangelio. Desde el punto de vista histórico, ella lo considera como inferior a los tres evangelios sinópticos y hasta suele sospechársele de apócrifo. El mero hecho de que su redacción haya sido atribuida al segundo siglo de Jesucristo, ha hecho que los teólogos y la escuela crítica lo consideren como una obra de poesía mística y de filosofía alejandrina. En cambio el Ocultismo, considera el Evangelio de San Juan muy diferentemente.

Durante la Edad Media hubo una serie de fraternidades que vieron en él su ideal y la fuente principal de la verdad cristiana. Estas fraternidades se llamaban los Hermanos de San Juan, Los Albingenses, los Cátaros, los Templarios, los Rosacruces. Todos eran ocultistas prácticos y hacían de este evangelio su Biblia, su breviario. Puede admitirse que la leyenda del Grial, de Parsifal y de Lohengrin, salió de esas fraternidades y fue como la expresión de sus doctrinas secretas. Todos estos hermanos de diversas órdenes se consideraban como los precursores de un cristianismo individual, del cual poseían el secreto y cuyo pleno desenvolvimiento y floración estaba reservado al futuro. Y este secreto sólo lo encontraban única y absolutamente en el Evangelio de San Juan.

Allí encontraban una verdad eterna aplicable a todos los tiempos, una verdad que regenera el Alma totalmente, si la vive en las propias profundidades de su ser. No se leía entonces el Evangelio de San Juan, como si fuera un escrito literario, sino que servía a modo de instrumento místico. Para podernos dar cuenta de ello tendremos que abstraernos por un momento de su valor histórico.

Los catorce primeros versículos de este Evangelio eran para los Rosacruces objeto de una meditación cotidiana y de un ejército espiritual. Se les atribuía un poder mágico, que realmente tienen para el ocultista. He aquí el efecto que producen por la constante repetición, sin cansarse: hecha siempre a la misma hora, todos los días, se logra obtener la visión de todos los acontecimientos que cuenta el Evangelio, pudiendo vivirlos interiormente.

Así es como, para los Rosacruces, la vida de Cristo significaba el Cristo resucitando en el fondo de cada Alma por la visión espiritual. Por lo demás creían, naturalmente, en la existencia real e histórica del Cristo, porque conocer el Cristo interior es reconocer igualmente el Cristo exterior.

Todos estos hermanos de diversas órdenes se consideraban como los precursores de un cristianismo individual, del cual poseían el secreto y cuyo pleno desenvolvimiento y floración estaba reservado al futuro.

Un espíritu materialista podría decir actualmente: Acaso el hecho de que los Rosacruces hayan tenido esas visiones, ¿prueba la existencia real del Cristo? A lo cual contestaría el Ocultista : Si no existiera el ojo para ver el sol, el sol no existiría, pero si no hubiera sol en el cielo, tampoco podría haber ojos para verlo.

Porque es el Sol quien ha formado el ojo en el curso de los tiempos y quien lo ha construido para que pudiera percibir la luz. Similarmente, el Rosacruz decía: El Evangelio de San Juan despierta el sentido interno, pero si no existiera un Cristo viviente, uno no podría hacerlo vivir en sí mismo.

La obra de Jesucristo no puede ser comprendida en toda su inmensa profundidad si no es estableciendo las diferencias entre los antiguos misterios y el Misterio Cristiano. Los Misterios antiguos se celebraban en Templos Escuelas. Los iniciados, personas que habían despertado, habían igualmente aprendido a obrar sobre su cuerpo etérico y por lo tanto eran “nacidos dos veces”, porque sabían ver la verdad de dos maneras: directamente por el sueño y la visión astral, e indirectamente por la visión sensible y lógica. La iniciación por la que tenían que pasar se llamaba Vida, Muerte y Resurrección. El discípulo pasaba tres días en la tumba, en un sarcófago, dentro del Templo; su espíritu quedaba liberado del cuerpo, pero, al tercer día, respondiendo a la voz del hierofante, su espíritu volvía al cuerpo, arrancándose a los confines del Cosmos, donde había conocido la vida universal. Se había transformado y nacido dos veces. Los más grandes autores griegos han hablado con entusiasmo y sagrado respeto de estos misterios. Platón llega hasta decir que solamente el Iniciado merece el calificativo de hombre.

Pero esta iniciación encontró en el Cristo su verdadero coronamiento. El Cristo es la iniciación condensada en la vida sensible, así como el hielo es agua solidificada. Lo que se veía en los misterios antiguos se realizaba históricamente en el Cristo en el mundo físico. La muerte de los iniciados no era más que una muerte parcial en el Mundo Etérico. La muerte del Cristo fue una muerte completa en el Mundo Físico.

Puede considerarse la resurrección de Lázaro como un momento de transición, como un paso de la iniciación antigua a la iniciación cristiana. En el Evangelio de San Juan, Juan mismo no aparece hasta después de mencionarse la muerte de Lázaro. “El discípulo que Jesús amaba”, era también el más iniciado de todos. Es aquel que ha pasado por la muerte y la resurrección y que ha resucitado a la voz del Cristo mismo. Juan es Lázaro salido de la tumba después de su iniciación. San Juan ha vivido la muerte del Cristo. Tal es la mística vía que revelan las profundidades del Cristianismo.

Las bodas de Canaán, cuya descripción se lee igualmente en este evangelio, encierran uno de los más profundos misterios de la historia espiritual de la humanidad. Se refiere a las siguientes palabras de Hermes: “Lo que está arriba es como lo que está abajo”. En las bodas de Canaán, el agua se transforman en vino. A este hecho se le da un sentido simbólico universal, que es el siguiente: en el culto religioso el sacrificio del agua va a ser reemplazado, por un tiempo, por el sacrificio del vino.

Hubo un tiempo, en la historia de la humanidad, en que no se conocía el vino. En los tiempos védicos apenas si se le conocía. Ahora bien, mientras el hombre no bebía líquidos alcohólicos, la idea de las existencias precedentes y de la pluralidad de vida era una creencia universal, de la que nadie dudaba. Desde que la humanidad comenzó a beber vino, la idea de la reencarnación se fue oscureciendo rápidamente y acabó por desaparecer del todo a la conciencia popular. Y sólo la conservaron los Iniciados que se abstenían de beber vino.

El alcohol ejerce sobre el organismo una acción particular, especialmente sobre el cuerpo etérico donde se elabora la memoria. El alcohol vela esta memoria, la oscurece en sus profundidades íntimas. El vino procura el olvido, se dice, pero no es solamente un olvido superficial y momentáneo, sino un olvido profundo y duradero, una oscuración verdadera de la fuerza de la memoria en el cuerpo etérico. Por este motivo, cuando los hombres se pusieron a beber vino, perdieron poco a poco su sentimiento espontáneo de la reencarnación.

Ahora bien, la creencia en la reencarnación y en la ley del Karma, tenía una influencia poderosa, no solamente sobre los individuos, sino sobre su sentimiento social. Esta creencia le hacía aceptar la desigualdad de las condiciones humanas y sociales. Cuando el desgraciado obrero trabajaba en las Pirámides de Egipto, cuando el hindú de la última casta esculpía los templos gigantescos en el corazón de las montañas, se decía que otra existencia lo recompensaría de un trabajo soportado valerosamente, que su amo había ya pasado por pruebas similares si era bueno o que pasaría más tarde por otras mucho más penosas si era injusto y malo.

Al aproximarse el Cristianismo la humanidad tenía que atravesar una época de concentración sobre la obra terrestre: le era necesario trabajar por el mejoramiento de esta vida, por el desenvolvimiento del intelecto, del conocimiento razonado y científico de la Naturaleza. El sentimiento de la reencarnación debía, pues, perderse durante dos mil años. Y lo que se empleó para lograr ese fin fue el vino. Tal es la causa profunda del culto de Baco, dios del vino, de la embriaguez (forma popular del Dionisio de los Antiguos Misterios que, sin embargo, tiene otro sentido).

Tal es también el sentido simbólico de las bodas de Canán. El agua servía para los antiguos sacrificios y el vino para los nuevos. Las palabras de Cristo: “Felices aquellos que no vieron y, sin embargo creyeron”, se aplican a la nueva era en que el hombre, entregado por completo a su obra terrestre, no tendría ni el recuerdo de sus anteriores encarnaciones, ni la visión directa del Mundo Divino.

El Cristo nos dejó un testamento en la escena del Monte Tabor, en la Transfiguración que tuvo lugar delante de Pedro, Santiago y Juan. Los discípulos lo vieron entre Elías y Moisés. Elías representa el camino de la verdad; Moisés la Verdad misma y el Cristo la vida que resume a ambas. Por eso sólo EL podía decir: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

Así todo se resume y se concentra, todo se aclara y se intensifica, todo se transfigura en el Cristo. Remonta el pasado del alma humana hasta su misma fuente y prevé su futuro hasta su confluencia con Dios mismo. Porque el Cristianismo no es solamente una fuerza del pasado, sino una fuerza del futuro. Con los Rosacruces, el nuevo ocultismo enseña el Cristo Interior en cada hombre y el Cristo futuro en toda la humanidad.

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