Yoga oriental y Yoga occidental

(Edouard Schuré – del libro “Tratado de Cosmogonía)

QUINTA LECCIÓN 

Es necesario darse cuenta, antes de abordar este tema, que desde que el Ocultismo comenzó a popularizarse, es decir, desde hará unos quince o veinte años, cierta literatura teosófica ha estado difundiendo ideas erróneas sobre los fines que persigue el Ocultismo. Se ha pretendido que el objetivo que se perseguía era la aniquilación del cuerpo por el ascetismo. También se ha difundido la idea de que la realidad era una ilusión que debía ser vencida, y se le daba el nombre indostánico de Maya. Todo esto es muy exagerado, aún más es un verdadero error teórico, contradicho por la ciencia y la práctica del Ocultismo.

¡Cuánto más justa no resulta la imagen griega que compara el Alma a una abeja! De la misma manera que la abeja sale de la colmena para libar el jugo de las flores y destilar con él la miel, así también el Alma emanada del Espíritu Supremo penetra en la realidad, recoge el néctar y lo vuelve a llevar al espíritu. En el Ocultismo no se trata, absolutamente, de menospreciar la realidad, sino de comprenderla y utilizarla. El cuerpo no es el vestido sino el instrumento del espíritu. La Ciencia Oculta no es la ciencia que suprime el cuerpo, sino la ciencia que enseña a servirse del mismo para fines superiores.

¿Comprenderíamos la naturaleza del imán si nos limitáramos a describirlo simplemente como una herradura? La comprenderemos mucho mejor si decimos: “es un trozo de hierro que encierra en sí el poder de atraer otros pedacitos de hierro”. La realidad visible se encuentra totalmente saturada de una realidad más profunda que el alma trata de penetrar para dominarla. La sabiduría superior, ha sido guardada profundamente durante miles y miles de años en las fraternidades ocultas. Era necesario pertenecer a ella para poder conocer aunque más no fuera que los elementos de la ciencia oculta. Y para poder entrar había que someterse a muchas pruebas y prestar solemnes juramentos de no abusar de las verdades reveladas.

Pero las condiciones de la humanidad, de la inteligencia humana en particular, han cambiado muchísimo desde el siglo XVI y sobre todo en los últimos cien años, merced a los continuos descubrimientos científicos. Gracias a la ciencia son actualmente del dominio público muchas verdades pertenecientes al mundo natural y sensible, que anteriormente solo conocían los iniciados. Lo que sabe hoy la ciencia, antes era un misterio. Los iniciados han sabido siempre lo que con el tiempo sabrán todos los hombres, y es por eso que se los ha llamado profetas. Agréguese a todo esto que el Cristianismo introdujo un gran cambio en la iniciación. La iniciación, después de Jesucristo, no fue ya la misma que anteriormente. No podemos comprenderlo sino teniendo en cuenta la naturaleza humana en su constitución y recordando aquí sus siete principios. Los siete principios que constituyen el hombre son los siguientes:

  1. El cuerpo físico. Es el hombre visible al ojo material, el hombre natural: el único que la ciencia actual conoce bien. El hombre puramente físico corresponde al Reino Mineral, y es un compuesto de todas las fuerzas físicas del Universo
  2. El cuerpo etérico. ¿Cómo percibirlo? Sabemos que la hipnosis despierta otra conciencia, no solamente en el sujeto hipnotizado, sino también en el hipnotizador que sugiere al sujeto todo lo que quiere. Puede hacerle tomar una silla por un caballo y lo mismo puede sugerirle que la silla ha desaparecido y que no hay nadie en una habitación llena de gente. El iniciado puede ejercer este poder sobre sí mismo y hacer abstracción del cuerpo físico de la persona que tiene ante sí. Entonces, en vez del cuerpo físico percibe, no un vacío, sino el cuerpo etérico. Este cuerpo es muy parecido al físico, aunque presenta ciertas diferencias. Tiene la misma forma aunque algo más grande. Es más o menos luminoso y fluídico y sus órganos están reemplazados por corrientes fuidicas de diversos colores, en tanto que el corazón está presentado por un verdadero nudo o vórtice de corrientes. El cuerpo etérico es así el verdadero doble etéreo del cuerpo material. Este cuerpo lo tiene el hombre en común con las plantas. No es, absolutamente, el producto del cuerpo físico como los naturalistas podrían creer, sino que, por el contrario, es el constructor de todo organismo viviente. Para la planta lo mismo que para el hombre, es la fuerza del crecimiento, del ritmo y de la reproducción.
  3. El cuerpo astral. Este no tiene ni la forma del cuerpo etérico ni la del físico. Afecta una forma ovoidea y radia como una nube en torno del cuerpo o como un aura, coloreándose como todos los colores, según las pasiones que lo animen. Cada pasión tiene su color astral. Por lo demás, el cuerpo astral es, desde cierto punto de vista, una síntesis del cuerpo físico y del cuerpo etérico. Y he aquí como el cuerpo etérico tiene siempre el sexo opuesto al del cuerpo. El cuerpo etérico de un hombre es de sexo femenino, mientras que el cuerpo etérico de una mujer es del sexo masculino. El cuerpo astral, tanto en el hombre como en la mujer, es bisexual, siendo así la síntesis de los otros cuerpos.
  4. El Yo, o Manas, en sánscrito; Joph (Yoph) en hebreo. Es el alma inteligente y consciente; es la individualidad humana indestructible que puede aprender a construir otros cuerpos; es el Inefable, el yo humano y divino a la vez.

Estos cuatro elementos juntos, es lo que Pitágoras reverenciaba en el signo del Tetragrama.

La evolución humana consiste en la transformación de los cuerpos inferiores con la ayuda del yo, en cuerpos espiritualizados. El cuerpo físico es el más antiguo y por lo tanto el más perfeccionado del hombre actual. La etapa actual de la evolución humana tiene por objeto la transformación del cuerpo astral. En el hombre civilizado, el cuerpo astral se divide en dos partes; la inferior y la superior. La primera está todavía en estado caótico y oscuro; y la superior es luminosa y está ya compenetrada por las fuerzas de Manas, estando ordenada y regularizada. Cuando el iniciado ha purificado su cuerpo astral de todas las pasiones animales, cuando se ha vuelto totalmente luminoso, que es la primera fase de su iniciación, se llega a la katharsis o purificación. Solamente entonces, puede operar sobre el cuerpo etérico, poniendo así su sello sobre el cuerpo físico. Es necesario que su acción pase por el cuerpo etérico.

El deber del discípulo es el de llegar a la transformación del cuerpo astral y del etérico y, por este proceso, al poder y dominio completo del cuerpo físico. Así es como se transforma en Maestro y Señor, y transforma los tres principios inferiores de su Naturaleza en tres superiores: 5º Manas; 6º Budhi; 7º Atma. Tocamos aquí una ley maravillosa de la naturaleza humana, que demuestra que el Yo y el Manas son el centro del desenvolvimiento humano. La dominación que el Manas o Mente ejerce en lo inferior sobre el cuerpo astral y el etérico se traduce en lo superior y elevado, es decir, sobre las formas del hombre superior y divino, por la adquisición de facultades nuevas.

Es así como, por ejemplo, la operación de Manas sobre el cuerpo etérico se transforma en luz y fuerza para su ser espiritual (Budhi). Y la presión que ejerce sobre su cuerpo físico se transforma en luz y en fuerza para su espíritu divino (Atma). Es así como toda evolución humana se resume, pues, en la transformación de los cuerpos inferiores por la acción del Yo superior. Nuestra etapa actual consiste en la transformación del cuerpo astral, que corre parejas con la dominación y subyugamiento de las sensaciones y su purificación.

El cuerpo astral del hombre actual, es oscuro en su parte inferior, y claro y bien coloreado en su parte superior. La parte inferior no ha sido aún transformada por el yo. La superior ya ha sido penetrada y organizada por él. Cuando el hombre ha elaborado totalmente su cuerpo astral, se dice que lo ha transformado en Manas. Sólo entonces comienza el trabajo sobre el cuerpo etérico. Y hay una buena razón para que sea así.

Todo cuanto ocurre en el cuerpo astral es de naturaleza efímera, mientras que la que ocurre en el cuerpo etérico deja una huella indeleble, que se imprime como un sello definitivo en el cuerpo físico. La iniciación superior consiste en dominar todos los fenómenos del cuerpo físico, controlándolos completamente y haciéndolos obedecer rígidamente a la voluntad. En la medida en que el iniciado la logre poseerá Atma, es decir, que se convierte en mago y adquiere poderes sobre la naturaleza.

La diferencia entre la iniciación Oriental y la Occidental consiste en el método por el cual el Maestro conduce al discípulo a trabajar sobre su cuerpo etérico. Para podernos dar cuenta de la cuestión es necesario que tengamos en cuenta la diferencia que existe entre el estado de sueño y el de vigilia. Durante el sueño el cuerpo astral se desprende parcialmente del cuerpo mental y permanece hasta cierto punto en inactividad, mientras que el cuerpo etérico continúa su trabajo vegetativo.

Al producirse la muerte, el cuerpo etérico se desprende completamente, conjuntamente con el astral, del cuerpo físico. En este cuerpo etérico, portador de la memoria, reside el recuerdo de la vida, y precisamente en el momento mismo en que se desprende ve el moribundo toda su vida como en un solo cuadro. En cuanto el cuerpo etérico sale del cuerpo físico se torna muchísimo más impresionable, ya que entonces no está oprimido por su contenido físico.

Ahora bien, la Iniciación Oriental consistía en hacer salir artificialmente el cuerpo etérico y el astral del discípulo, durante el letargo que debía durar ritualmente tres días. Durante este tiempo el Hierofante dirigía el cuerpo etérico del discípulo, trasmitiéndole impulsos, sugiriéndole la sabiduría, la que quedaba depositada en él como una impresión poderosa e imborrable. El iniciado, al despertar, encontraba en sí mismo toda esa sabiduría, porque el cuerpo etérico encierra la memoria del hombre, y conservaba esta sabiduría, que era la de la Doctrina Oculta, pero que llevaba consigo el sello indeleble y personal del Hierofante. Después de haber sufrido esta iniciación, se decía, del que había sido iniciado, que había nacido dos veces. Se procedía así porque hubiera sido muy difícil de otra manera comunicar las verdades superiores. Sin embargo, las cosas ocurren muy diferentemente en la Iniciación Occidental.

Difiere de la Iniciación Oriental en que ésta se realiza durante el sueño, mientras que la Occidental se realiza durante la plena vigilia, evitando la separación entre el cuerpo etérico y el físico. Durante la iniciación occidental el iniciado permanece siempre independiente y el Maestro no es más que quien lo despierta. El Maestro occidental no quiere ni dominar ni convertir: solamente cuenta lo que ha visto. ¿Cómo hay que escuchar? Hay tres maneras de escuchar: Escuchar sometiéndose a la palabra como a una autoridad infalible; escuchar con sentido crítico, rebelándose contra lo que se oye; escuchar sencillamente, sin fe servil y ciega y sin oposición sistemática, dejando obrar a las ideas y observando sus efectos.

Así debe ser, en la iniciación occidental, la actitud del discípulo con respecto a su Maestro. En cuanto al iniciador sabe perfectamente que para ser Maestro es necesario convertirse en servidor. Para él se trata no de modelar el alma de su discípulo a su imagen y semejanza, sino de adivinar su enigma y resolverlo. Lo que El enseña no es un dogma, o si es dogma no tiene valor más que como principio de evolución. Toda verdad que a la vez no sea una fuerza vital, es una verdad estéril. Por eso es necesario que todo pensamiento llegue al alma, y ningún pensamiento llega al alma si no está impregnado por el sentimiento. Entonces es un pensamiento que ya ha nacido muerto: es un aborto.

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