El Logos y el Hombre

(Edouard Schuré – del libro “Tratado de Cosmogonía)

DECIMOCUARTA LECCIÓN 

Nos hemos ocupado anteriormente del pasado del hombre desde el punto de vista de su forma y de su cuerpo. Ahora nos ocuparemos del pasado de sus estados de conciencia. Frecuentemente se plantea la siguiente pregunta: ¿Son los hombres los únicos seres existentes en la tierra que tienen conciencia de sí mismo? O si no ¿Qué relación existe entre nuestra conciencia humana y la de los animales, las plantas y los metales? Estos seres en general, ¿tienen conciencia? Supongamos un pequeño insecto que se estuviera paseando sobre el cuerpo del hombre y que no viera de éste más que un dedo. No podría tener la menor idea del organismo o del alma del hombre. Nosotros nos encontramos exactamente en esa situación frente a toda la tierra y demás seres que en ella viven.

Un materialista no tiene idea alguna del Alma de la Tierra: para ello sería necesario que pudiera percibir su propia alma. y de la misma manera, si el insecto no siente nada con respecto al alma del hombre, es porque él mismo carece de alma para sentirla. El Alma de la Tierra es muchísimo más elevada que el alma del hombre y el hombre nada sabe acerca de ella. En realidad, todos los seres tienen una conciencia, pero la del hombre se caracteriza en que su conciencia está perfectamente adaptada al mundo físico.

Además del estado de vigilia que corresponde a este plan, conoce otros estados de conciencia que le dan cierto parentesco con los otros reinos de la Naturaleza. Durante el sueño sin ensueños la conciencia humana vive en el mundo Devakánico, como ocurre continuamente con la conciencia del Reino Vegetal. Si una planta sufre este sufrimiento, causa cierta alteración en la conciencia devakánica. La conciencia del animal, semejante a la del sueño con ensueños, se encuentra en el plano astral. es decir, que el animal tiene una conciencia astral del mundo, como la del hombre que sueña.

Estos tres estados de conciencia son muy diferentes. En el mundo físico no pueden hacerse representaciones e ideas, sino por medio de los órganos sensibles y de las realidades exteriores con las cuales nos ponemos en contacto. En el mundo astral no se percibe el medio circundante más que bajo la forma de imágenes, y al mismo tiempo uno se siente bastante identificado o confundido con dicho medio.

¿Por qué el hombre que está consciente en el Mundo Físico se siente tan por completo separado de todo lo que no es él mismo? Porque recibe todas sus impresiones de un medio que ve bien distintamente exterior a su propio cuerpo. En el mundo astral, por el contrario, no se percibe mediante los sentidos, sino por la simpatía que nos penetra hasta el corazón de todo aquello con lo que nos encontramos. La conciencia astral no se encuentra encerrada en un campo comparativamente cerrado: es, por así decirlo, como líquida o fluida. En el Mundo Devachánico la conciencia es tan difusa como puede serlo un gas. ¿Con qué objeto se produjo esta oclusión de la conciencia, que sucedió a la conciencia imaginativa?

Sin ella el hombre jamás podría decir “yo” con referencia a sí mismo. El germen divino que existe en el hombre no pudo penetrar en él, en el curso de su evolución, más que por la cristalización del cuerpo físico. ¿Y dónde estaba este Espíritu Divino antes de la solidificación de la Tierra y de la conciencia? El “Génesis” nos dice que “El espíritu de Dios se movía sobre las aguas”. Este Espíritu Divino, esta chispa del yo, estaba todavía en el mundo astral, donde todas las conciencias se funden como las olas en el Océano.

En el Mundo Devakánico superior en su cuarto plano denominado “arupa” (sin forma o sin cuerpo), donde comienza esa especie de antimateria denominada Akasa, es donde reside la conciencia de los minerales. Es necesario adquirir un sentido verdadero de lo que es el mineral y encontrar el lazo moral que nos une a él. Los Rosacruces, en la Edad Media, hacían admirar a sus discípulos la castidad del mineral. Imaginad, le decían, que si el hombre pudiera quedar tal como es, en lo tocante a su pensamiento y sentimiento, pero quedara tan puro y desprovisto de deseos como el mineral, se encontraría en posesión de una fuerza espiritual infalible. Si por un lado puede decirse que los espíritus de los distintos minerales se encuentran en el Devakán, también puede decirse recíprocamente que el espíritu del mineral es como el hombre que viviera exclusivamente con una conciencia devakánica. No hay que negar la conciencia a los demás seres. El hombre ha pasado por todos esos grados de conciencia en la curva descendente de la Evolución.

Originalmente fue semejante a los minerales, en el sentido de que su yo residía en un mundo superior y lo guiaba desde arriba, pero la evolución tiene por objeto liberarlo de su dependencia con respecto a los demás seres dotados de conciencia superior a la suya y conducirlo hasta el nivel en que pueda ser plenamente consciente en los planos más elevados. Todos estos planos de conciencia se cruzan hoy en el hombre:

  1. La conciencia del mineral que equivale a la del sueño profundo, sin ensueños.
  2. La conciencia del vegetal, que es la del sueño ordinario.
  3. La conciencia animal, esto es, la del sueño con ensueños.
  4. La conciencia física objetiva, que es la conciencia de vigilia normal, mientras que las dos precedentes son remanentes atávicos.
  5. Una conciencia que repite la del tercer grado, pero conservando ahora la objetividad adquirida. Las imágenes tienen colores firmes y son distintas del que las percibe; desaparece la atracción o repulsión subjetiva. En esta nueva conciencia imaginativa, conserva sus derechos la razón adquirida en el Mundo Físico.
  6. Ya no es el ensueño, sino el sueño mismo que se transforma ahora en estado consciente. No solamente percibimos las imágenes, sino que penetramos en la esencia de los seres y de las cosas y percibimos su sonoridad interior. En el mundo físico damos un nombre a cada cosa, pero este nombre siempre permanece exterior a la cosa misma. No hay más que nosotros mismos que podamos expresarnos de dentro a fuera diciendo: “Yo”, el nombre de la individualidad consciente. Aquí está el punto fundamental de toda psicología. Gracias a este nombre nos diferenciamos de todo el resto del Universo. Pero cuando alcanzamos la conciencia del Mundo de los Sonidos, cada cosa nos dice su nombre inexpresable. Gracias a la clariaudiencia percibimos el sonido que expresa su ser íntimo y que hace de ella una nota en el Universo, completamente distinta de todas las demás.
  7. Un paso más allá el sueño profundo se vuelve consciente. Este estado es indescriptible y sobrepasa toda posible comparación. Lo más que se puede decir de él es que existe.

Tales son los siete estados de conciencia a través de los cuales pasa el hombre. Y pasará también por otros todavía. Siempre hay un principio en el centro, tres atrás y tres adelante, que reproducen en un nivel superior los tres estados inferiores. El viajero que avanza está siempre en el “medio” del horizonte. Cada estado de conciencia se elabora en el curso de siete estados de vida, y cada estado de vida en el curso de siete estados de forma. Siete estados de forma constituyen por lo tanto un estado de vida; siete estados de vida componen toda una Evolución Planetaria, tal como el de nuestra Tierra, por ejemplo.Los siete estados de vida llegan a formar Siete Reinos, de los cuales sólo cuatro son visibles actualmente: el Mineral, el Vegetal, el Animal y el Humano.

El transcurso o duración de un estado de vida se denomina ronda o revolución.El hombre pasa, pues, en cada estado de conciencia a través de 7×7 estados de forma, lo cual significa 7x7x7 metamorfosis o sean 343, que constituyen otras tantas etapas de la naturaleza humana.Si pudiéramos representar en un solo cuadro los 343 estados de forma, tendríamos una imagen del Tercer Logos. Si pudiéramos representarlo en esa misma forma los 49 estados de vida, tendríamos una imagen del Segundo Logos, y si pudiéramos igualmente representarnos así los siete estados de conciencia, tendríamos una idea del Primer Logos.

La Evolución consiste en una acción recíproca de todas estas formas. Para pasar de una forma a otra es necesario un nuevo espíritu (esta es la acción del Espíritu Santo). Para pasar de un estado de vida a otro se necesita una nueva fuerza (la acción del Hijo), mientras que para pasar de un estado de conciencia a otro, es necesaria una conciencia nueva (la acción del Padre). Jesucristo introdujo en la Humanidad un nuevo estado de vida y fue verdaderamente el Logos hecho carne. Con la aparición del Cristo penetró en el mundo una nueva fuerzaque preparó una nueva tierra y una nueva relación con el Cielo.

Anuncios

El Hombre, hijo del Mundo Estelar.

Conferencia del Dr. Rudolf Steiner pronunciada en Dornach, el  5 de mayo 1921. GA 204

English Versión

La Civilización de la Cuarta Época Post-Atlante -el período de evolución del Alma Racional en la Humanidad- fue dirigida desde los Antiguos Misterios Griegos. Es decir: de allí salieron las indicaciones sobre las cuales se basaba la cultura humana, emitida desde los misterios de los Santuarios que existían aquí y allá en Asia Menor y Europa del Sur. Una parte esencial de estas enseñanzas ocultas era el secreto de la relación del hombre con el Sol. En el libro “Teosofía” se explica que el Yo, se enciende en el Alma Intelectual o Racional y entra en posesión con toda su fuerza interior, durante la era de la Consciencia, o del Alma Consciente.

Desde cierto punto vista, el Yo del hombre, durante la Época Cultural del Alma Racional, o del intelecto, estaba destinado a despertarse, era pues natural que los Misterios de esa época estuvieran enfocados en los secretos del Sol y su conexión con el Yo humano. En el libro  “Enigmas de la Filosofía”, se dice que la vida del pensamiento griego consistía en una percepción real del mundo exterior. El pensamiento griego era al mismo tiempo una percepción, al igual que hoy en día percibimos los colores o  los sonidos. Los pensamientos y concepciones de los griegos no se objetivaron simplemente por la actividad interior del alma, sino que nacieron como desde los propios objetos.

En este sentido, el pensamiento de Goethe, poseía sin duda, cualidades comunes con el pensamiento griego. Esto nos queda claro en su famosa conversación con Schiller. Schiller dijo que las concepciones de Goethe no eran percepciones, sino ideas, y hasta Goethe replicó que él realmente veía a las ideas antes de poder percibirlas objetivamente.

La vida pensante en la Antigua Grecia se asoció con una experiencia interior muy definida, que surgía cuando los hombres contemplaban el mundo alrededor. Consideraban que la sustancia de las ideas se encendía en ellos con el amanecer del sol. Con la salida del Sol, veían la aparición en el espacio de la vida de las ideas, y la vida de las ideas desaparecía de nuevo con el ocaso del sol.

Los pensamientos y concepciones de los griegos no fueron traídos a la existencia simplemente por la actividad interna del alma, sino que nacieron como desde los propios objetos.

 Los hombres actualmente han perdido la facultad de percibir y experimentar la espiritualidad del mundo que nos rodea. Cuando se eleva el Sol, sólo ven los fenómenos de la luz y color que allí aparecen. Y lo mismo cuando el Sol llega a su ocaso, por el resplandor rojo de la noche. Los griegos consideraron que al amanecer se les acercaba el mundo de las ideas y  al atardecer desaparecía . A su juicio, en la oscuridad de la noche, estaban privados del mundo de las ideas. Y cuando miraban al cielo, que ahora nos parece azul, los griegos usaban una palabra que simplemente significa “oscuridad”, sintieron que su mundo de ideas llegaba a su fin en los límites del  espacio visible.

Más allá de este mundo espacial, el griego adivinó la existencia de otros mundos, el mundo de los pensamientos de los dioses, que se conectaba con la luz. Este mundo parecía estar concentrado en el Sol viviente, que se retiraba durante la noche dejando oscuros los espacios del firmamento. Sin una visión de este mundo, completamente diferente en la percepción y la experiencia, no podemos entender la evolución de la vida anímica del hombre.

Esta facultad de percepción interior funcionó durante un cierto período de tiempo, pero despues, los representantes más avanzados de la raza humana, que habían recibido su formación en los Misterios Griegos, comenzaron a sentir que estaba menguando el poder de percibir las radiaciones espirituales de la vida Solar en el espacio cósmico, y vieron la salvación en el Misterio del Gólgota, ya que el impulso proveniente del Misterio del Gólgota  hizo posible volver a encender la luz dentro del propio ser. Y trataron de experimentar la luz, al entrar en el Espíritu de los acontecimientos relacionados con el Misterio del Gólgota.

golgota

Ahora bien, el intelecto por sí solo no puede darnos ningún conocimiento real de lo que pasa en la vida de la humanidad a través de los siglos. Cuando estudiamos el curso de la evolución humana, no debemos olvidar la gran metamorfosis, que tuvo lugar en la vida del alma. Desde el comienzo del siglo XV entramos en la época del desarrollo del Alma Consciente y en nuestra  actividad interior, intelectual, sólo tenemos un reflejo oscuro de la espiritualidad que impregnó la vida mental en el cuarto período de la civilización Post-Atlante. Nuestra tarea, es despertar una facultad del alma, que acelere en este intelecto tenebroso, una comprensión del universo. Este intelecto sombrío, característica de toda la cultura moderna, tiene al hombre encadenado a la Tierra. El hombre sólo tiene puesta su mirada hacia las cosas de la Tierra, especialmente cuando se deja influir por las pretensiones de la ciencia moderna. Actualmente pocos se paran a pensar que su ser pertenece, no solo a la Tierra, sino al Cosmos. Necesitamos el conocimiento de nuestra conexión con el cosmos.

astros

Tomamos la vida terrenal como base para desarrollar nuestras ideas y conceptos y construimos una concepción del universo de acuerdo con las condiciones de esta vida terrenal. Estamos desarrollando la imagen del Universo con la simple transferencia de las condiciones terrenales al mundo más allá de la Tierra. Por medio de métodos de análisis  espectrales, y otros, a su manera admirables, se ha creado una concepción del Sol que en realidad es un modelo a semejanza de las condiciones de la tierra. Todo el mundo está familiarizado con la aparición de ese cuerpo de gas luminoso, incandescente, y esta imagen se transfiere al sol en el cielo.

Pero tenemos que aprender a pensar en el sol, a la luz de la Ciencia Espiritual. El Sol, que el físico cree que es un cuerpo luminoso de gas en el espacio cósmico, es espiritual hasta la médula. El Sol recibe la luz cósmica y la irradia a la Tierra, pero el Sol no es físico en absoluto. Es espiritual en toda su naturaleza y ser.

El griego tenía razón cuando sentía que el Sol estaba relacionado con el desarrollo de su yo, y el desarrollo del Yo se asocia con la inteligencia y la facultad de formar ideas. Los griegos concibieron los rayos del Sol como el poder que encendía y aceleraba el Yo. Todavía eran conscientes de la espiritualidad del Cosmos, y el Sol era un ser vivo, relacionado con el Yo humano de una forma absolutamente concreta. Cuando el hombre se dice “Yo” a sí mismo, experimenta una fuerza que está trabajando en su interior, y el griego, al sentir el trabajo de esta fuerza interior, la relacionaba con el sol. El griego se decía a sí mismo: “el Sol y Yo son los aspectos externos e internos de uno y el mismo ser. El sol que hay en el espacio es el  Yo Cósmico. Lo que vive dentro de mí es el Yo humano”.

sol

De hecho, esta experiencia todavía llega a aquellos que tienen un sentimiento más profundo de la naturaleza. La experiencia no es tan intensa como lo fue en los días de Grecia, sino para todos a los que aún les es posible llegar a ser conscientes de las fuerzas espirituales permanentes de los rayos del sol en primavera. Hay gente aquí y allá que sienten que el Yo está imbuido de un nuevo vigor cuando los rayos del sol comienzan a brillar sobre la Tierra con más fuerza. Pero esto es un eco débil último, una cáscara externa de una experiencia que está desapareciendo por completo en el intelectualismo abstracto, oscuro, predominante en todas las ramas de la actual civilización. La tarea que tenemos ante nosotros es empezar de nuevo a investigar y comprender la relación del ser humano con la existencia supra-terrenal.

Si profundizamos en lo que se encuentra en la literatura antroposófica, seremos capaces de comprender la forma en que se relaciona el Sol con el Yo. Podremos ver que las fuerzas que llegan a la Tierra desde el Sol y la Luna son totalmente diferentes en carácter y función. En cierto sentido, el Sol y la Luna están polarizados. Las fuerzas que fluyen desde el Sol permiten al ser humano  convertirse en el portador de un Yo. Le debemos a los rayos del sol la energía que moldea la forma humana como una imagen del Yo. Las fuerzas que determinan la forma humana desde el exterior, incluso durante el período de vida embrionaria, son las fuerzas activas del Sol. Mientras que el embrión se desarrolla en el cuerpo de la madre, está sucediendo mucho más de lo que sueña la ciencia moderna. La ciencia moderna opina que las fuerzas se originan a partir del mismo germen fecundado. Pero la verdad es que el embrión humano sólo descansa allí, en el cuerpo de la madre; y son las fuerzas solares las que le dan forma. Estas fuerzas solares están, por supuesto, asociadas con las fuerzas de la luna que también están trabajando, pero de una manera diferente.

sol

Las fuerzas lunares trabajan sobre todo en los procesos metabólicos internos. Por tanto, podemos decir: las fuerzas solares dan forma al ser humano desde el exterior. La Luna irradia como fuerza centrífuga desde el centro del proceso metabólico.

Esto no contradice el hecho de que estas fuerzas Lunares trabajen por ejemplo, en la conformación y moldeado del rostro humano. Las fuerzas de la Luna trabajan como si fuera por atracción, en la formación del rostro humano, diferenciando las características, así hay una interacción entre estas fuerzas lunares y las fuerzas solares. El organismo conectado con la procreación está sujeto a las fuerzas solares; todo el ser del hombre está involucrado de esta manera en la interacción entre las fuerzas del Sol y las fuerzas de la Luna.

Sin embargo debe hacerse una distinción entre las fuerzas Lunares que trabajan en los procesos internos del metabolismo en el hombre, y las fuerzas que se originan en los procesos metabólicos en sí. Las fuerzas lunares fluyen en el proceso metabólico, pero este proceso metabólico tiene también sus propias fuerzas. Y estas son las fuerzas terrenales. Las sustancias y fuerzas vegetales así como otros productos alimenticios trabajan en el ser humano en virtud de su propia naturaleza inherente. Trabajan aquí, como fuerzas de la Tierra. El metabolismo es principalmente el resultado de la actuación de las fuerzas de la Tierra.

Si las sustancias alimenticias fueran las únicas en desplegar sus propias fuerzas dentro del organismo humano, el hombre no sería nada más que un juego caótico de fuerzas. El hecho de que estas fuerzas trabajen sin descanso para renovar y reconstruir el ser del hombre, no se debe solo a la Tierra, también se deben a la Luna. El ser humano tiene la forma de adentro hacia afuera por las fuerzas de la luna, y desde el exterior hacia el interior por las fuerzas del sol, debido a que los rayos solares son recibidos por el ojo en la organización cefálica. Las fuerzas solares trabajan en el organismo, pero desde fuera.

sol-luna

Así, tenemos por un lado, el desarrollo y la evolución del yo del hombre, que depende de las fuerzas del sol. Sin el Sol, el hombre no podría ser un Yo viviente en la Tierra y, por otro el hombre no podría reproducirse, no podría existir el género humano sin las fuerzas de la Luna. Es el Sol el que coloca al hombre como individualidad en la Tierra, y es la Luna  la que “encanta” a la raza humana a la Tierra, la raza humana concebida aquí como un todo. La raza humana como el producto físico de las generaciones, es un producto de las fuerzas de la Luna, que trabajan en el proceso generativo. Como individualidad, el hombre es el producto de las fuerzas solares.

Por tanto, si queremos entender el ser humano y la raza humana en su conjunto, no podemos hacerlo a través de un estudio que se limite solamente a las condiciones de la Tierra. Vanos son los esfuerzos de los geólogos por entender al ser del hombre mediante la investigación de la naturaleza. El hombre no es sólo una creación de la Tierra. Recibe  la forma del cosmos, es un descendiente del mundo de las estrellas, sobre todo, del Sol y la Luna. De la Tierra se derivan solamente aquellas fuerzas que están contenidas en los productos de la tierra. Estas fuerzas trabajan fuera del ser humano y también dentro de él cuando se introducen en el organismo a través de la alimentación. Pero una vez introducidas en el organismo, son asumidas por fuerzas de orden supra-terrenal. El proceso que tiene lugar en el organismo humano no es en absoluto un asunto de la tierra. Este proceso transcurre por y a través del mundo de las estrellas. Este es el tipo de conocimiento, que debemos esforzarnos por recuperar.

Pensemos en el ser humano tal y como se muestra ante nosotros en su cuerpo físico. Este cuerpo físico necesita consumir los productos alimenticios procedentes del mundo exterior y las fuerzas de esos alimentos continúan trabajando en el cuerpo. Pero el cuerpo físico, está permeado por el cuerpo astral y en el cuerpo astral trabajan activamente las fuerzas lunares y las fuerzas solares. El cuerpo etérico media, entre el cuerpo físico y el astral.

Cuando estudiamos las fuerzas que obtenemos de los alimentos, nos encontramos, para empezar, con que estas fuerzas se activan en el cuerpo físico, después se absorben por el cuerpo astral que a su vez recibe constantemente la influencia del Sol y de la Luna. Pero entre el cuerpo físico y el cuerpo astral actúa el cuerpo etérico. Las fuerzas del cuerpo etérico no provienen de la Tierra, sino del espacio cósmico. Cuando ingerimos los productos de la tierra, acogemos en nuestro ser las sustancias terrenales en su condición sólida, líquida o gaseosa, y ellas son metabolizadas por las fuerzas del Sol y de la Luna. Pero en el organismo humano también trabajan las fuerzas que fluyen del espacio cósmico. Las fuerzas contenidas en los alimentos vienen de la Tierra, pero desde el espacio cósmico fluye una corriente de fuerzas etéricas. Estas fuerzas etéricas también las asimilan los productos alimenticios y trabajan sobre ellos de tal manera que se hacen interiormente sensibles a la luz y al calor. Decimos, por lo tanto: el ser humano es parte de la Tierra, porque tiene un cuerpo físico. Su cuerpo etérico le relaciona con todo el ambiente de la Tierra. A través de su cuerpo astral está involucrado en las fuerzas del Sol y de la Luna.

Ahora bien, estas influencias astrales del Sol y la Luna se modifican y  diferencian en alto grado a medida que trabajan en el hombre “superior”.  Por hombre “superior” entendemos la parte del organismo que está rodeada y atravesada por el torrente sanguíneo que pasa hacia arriba desde el corazón en la dirección de la cabeza. Por la parte “inferior” del hombre, entendemos la parte situada por debajo del corazón.

Así tenemos que la parte superior del hombre, incluyendo la cabeza y todo lo que está orgánicamente conectado con la cabeza. La formación de esta parte del organismo depende, principalmente, de las influencias del sol. Su período más importante del desarrollo es durante la vida embrionaria. La influencia del Sol trabaja sobre el embrión de una manera muy especial, pero estas influencias siguen estando activas mientras el ser humano viva en el mundo físico entre el nacimiento y la muerte.

 Las influencias astrales que trabajan en esa parte del organismo humano se encuentran por encima del corazón, hablando a grandes rasgos, (ya que sería necesario entrar en detalles más precisos si estuviéramos describiendo la circulación de la sangre), estas influencias astrales después son modificadas por las influencias de Saturno, Júpiter y Marte.

Saturno en su órbita alrededor del Sol desarrolla fuerzas y las envía a la Tierra. Estas fuerzas de Saturno trabajan en el cuerpo astral del hombre, sobre todo en la parte del cuerpo astral que corresponde al hombre «superior». Estas corrientes se impregnan en el cuerpo astral del hombre y son el factor esencial en el logro de una conexión adecuada entre el cuerpo astral y el cuerpo físico.

Por ejemplo, cuando el hombre no puede dormir bien, es decir, cuando su cuerpo astral no puede desprenderse adecuadamente de su cuerpo etéreo y físico y cuando al despertar no puede volver a integrarse adecuadamente al cuerpo físico, es consecuencia de un efecto inapropiado de las fuerzas de Saturno.

 En otras palabras, Saturno es el cuerpo celeste que, a través de la cabeza humana, promueve y se responsabiliza de establecer la relación adecuada del cuerpo astral del hombre con su cuerpo etérico y su cuerpo físico. Y son las fuerzas de Saturno también las que median en la relación del cuerpo astral y el Yo, porque la relación de Saturno con el Sol se expresa en el tiempo y el espacio ya que Saturno logra su órbita alrededor del Sol en un período de treinta años.

En el ser humano, la relación de Saturno con el Sol se expresa en una adecuada relación del yo con el cuerpo astral, pero fundamentalmente en la adecuada integracion del cuerpo astral en la organización humana. La conexión de Saturno con la parte superior del cuerpo astral se consideró como un factor de gran importancia en los tiempos antiguos. En el período egipcio-caldeo, tres o cuatro mil años antes del Misterio del Gólgota, los maestros iniciados de los Misterios juzgaban al ser humano de acuerdo con su relación con Saturno, que se revelaba por la fecha y hora del nacimiento. Estos iniciados, sabían muy bien que por la posición de Saturno en el cielo en el momento del nacimiento del hombre, se sabía exactamente si bajo esta o aquella constelación saturnina el ser humano podía integrar mejor o peor su cuerpo astral  en su cuerpo físico. El conocimiento de estas influencias jugaban un papel muy importante en los aquellos tiempos.

astral

 Pero el progreso ulterior de la evolución se denota precisamente por el hecho de que en nuestra época, que, como ustedes saben, se inició en el siglo XV, tenemos que liberarnos de estas fuerzas e influencias.

Por favor, no me malinterpreten. Esto no quiere decir que Saturno no esté obrando en nosotros hoy en día. Naturalmente, las fuerzas de Saturno obran en nosotros, de la misma manera como obraban en la antigüedad, pero ahora debemos aprender a hacernos libres e independientes de ellas. ¿Y cómo podemos liberarnos?. Nada es peor que entregarse al sombrío intelectualismo de nuestra época. Si hacemos eso, las fuerzas de Saturno toman rienda suelta en nosotros y dan lugar a los llamados trastornos nerviosos que son tan frecuentes en estos tiempos. Cuando un hombre sufre de «nervios», como decimos, es porque su cuerpo astral no está bien conectado con su organización física. Esta es la base de los síntomas nerviosos mórbidos que son tan comunes hoy en día.

Debemos esforzarnos en desplegar una cosmovisión apropiada para alcanzar la Imaginación. Cuando se persiste en representaciones de ideas y conceptos abstractos, el ser humano se torna cada vez más nervioso, porque se aleja de la actividad saturnina, pero como ella sigue actuando en su interior, lo vapulea de aquí para allá, extrayendo el cuerpo astral de su sistema nervioso, y lo conducirá mas y mas a un estado de tensión nerviosa y excitabilidad. Los trastornos nerviosos de nuestra época deben ser reconocidos en su aspecto cósmico, porque ellos son causados por un funcionamiento irregular de las fuerzas de Saturno.

Al igual que Saturno trabaja principalmente en la parte superior del cuerpo astral actuando sobre todo el organismo humano a través del sistema nervioso, Júpiter está activo en el pensamiento. Cuando un hombre piensa, una parte de su cuerpo astral entra en actividad. Son preeminentemente las fuerzas de Júpiter en el cuerpo astral las que fortalecen la facultad de pensar, y Júpiter es el responsable de permear el cerebro humano con las fuerzas astrales.

Las influencias de Saturno continuarán a lo largo de toda la vida humana. El comienzo de una vida humana realmente se puede decir que consta de los tres primeros períodos de diez años. Este es el período de crecimiento, de hecho la actividad de las fuerzas de crecimiento no cesan hasta después de los 30 años. Y toda nuestra vida y nuestra salud depende de cómo se desarrolle nuestro cuerpo astral durante esos treinta años. Saturno tarda treinta años en completar su órbita alrededor del Sol, lo que tiene su paralelo exacto en la vida del hombre.

El desarrollo de la facultad de pensar se lleva a cabo fundamentalmente durante los primeros doce años de vida. Una vez más nos encontramos con el paralelismo de la órbita de Júpiter.

Al igual que Júpiter tiene que ver con el pensamiento, Marte tiene que ver con  el habla, con el discurso.

♄ – Saturno: Parte superior del cuerpo astral como un todo.
♃ – Júpiter: Pensamiento
♂ – Marte: El habla, el discurso

Marte trabaja en una parte aún más pequeña del cuerpo astral que la que corresponde al pensar y al resto de la organización humana. Y el desarrollo de las fuerzas que finalmente se expresan en el lenguaje, depende del funcionamiento de Marte dentro de nuestro ser. El hombre aprende a pronunciar los primeros sonidos del habla en un período que corresponde aproximadamente a la mitad del tiempo requerido por Marte en completar su órbita alrededor del sol.

Vemos, entonces, que el desarrollo de las facultades situadas principalmente en la región de la cabeza humana está conectada con las fuerzas de Saturno, de Júpiter y de Marte. Las fuerzas de los tres planetas exteriores, por lo tanto, trabajan en el interior del cuerpo astral a través de la vida del hombre.

El Sol se conecta más directamente con el Yo, Saturno, Júpiter y Marte se refieren, respectivamente, con el comportamiento y el funcionamiento del cuerpo astral en el organismo humano, con la facultad de pensar y con la facultad de hablar.

Ahora llegamos a los planetas llamados interiores, los planetas que están más cerca de la Tierra y se encuentran entre la Tierra y el Sol, mientras que Saturno, Júpiter y Marte están al otro lado del sol. Las fuerzas de estos planetas interiores están igualmente conectadas con el ser del hombre. Para empezar, estudiemos a Mercurio.

Al igual que la Luna, Mercurio se relaciona con los aspectos mas internos, solo que a nuestro parecer, actúa desde el exterior, pero sus efectos comienzan en esa parte de la organización humana que se encuentra debajo del corazón y es sólo en relación con la formación del rostro humano que Mercurio trabaja desde el exterior. Sus fuerzas operan sobre la organización humana interna y desde allí son irradiadas. Allí actúa preponderantemente mediando entre los efectos del cuerpo astral y toda la actividad respiratoria y circulatoria de la organización humana. Debido a que esto, las fuerzas de mercurio intervienen, al igual que las fuerzas de la luna, en los procesos metabólicos en su conjunto, pero sólo en la medida en que el proceso metabólico está sujeto al ritmo y reacciona a su vez sobre las funciones rítmicas.

Luego tenemos a Venus. Venus trabaja por excelencia en el cuerpo etérico del hombre. Las fuerzas cósmicas activas principalmente en el cuerpo etérico, por lo tanto, son las de Venus.

Volvemos de nuevo a la Luna. Las fuerzas de la Luna en el organismo humano actúan polarizándose con las fuerzas del sol. Y además es lo que desde el interior transforma la sustancia en vida y por lo tanto está relacionada con la procreación. La Luna estimula no sólo los procesos internos, la reproducción del organismo, sino también el proceso procreador. Así tenemos:

Saturno ♄:  La parte superior del cuerpo astral como un todo.
Júpiter ♃: Pensamiento.
Marte ♂: Discurso.
Sol ☼: Yo.
Mercurio ☿: Intermediario entre el cuerpo astral y las funciones rítmicas en el organismo.
Venus ♀: Actividad del cuerpo etérico.
Luna ☾: Estimula la reproducción.

Vemos de qué manera los procesos en el organismo humano dependen del Cosmos. Por un lado, el hombre está ligado a las fuerzas terrestres a través de su cuerpo físico y por el otro está ligado a su entorno cósmico a través del cuerpo etérico.

Las fuerzas cósmicas, sin embargo, funcionan de manera diferente tal y  como he expuesto. Esta diferenciación se origina en el cuerpo astral en el que se encuentran las fuerzas de Saturno, Júpiter, Marte, Venus, Mercurio, la Luna. Por medio del Yo, el Sol actúa en el hombre.

Por el hecho de que el ser humano se halla integrado en el cosmos es muy distinto si esta en un punto de la tierra y digamos Júpiter le aspecta o si esta en otro lugar y Júpiter esta oculto por la tierra. En el primer caso los efectos son directos y en el otro caso la tierra esta interfiriendo. La diferencia en ambos casos es muy significativa, como hemos dicho Júpiter se relaciona con el pensar.

Supongamos que, como resultado de sus encarnaciones anteriores un hombre tiene dentro de sí fuerzas que le predestinan a ser un pensador en la vida en la tierra sobre la que está entrando. Él se prepara para su descenso a la Tierra y recibe todos sus efectos jupiterianos sin ninguna interferencia. Su cerebro en este caso se transformara muy especialmente hacia el pensar; es como si recibiese una buena dote para la actividad del pensar. De haber sido otro el caso, por ejemplo en el que todo aquello que proviene de las sustancias terrenas está siendo transformado por los efectos lunares, los que de un modo u otro siempre están allí, el ser humano no llega a desarrollar un pensar significativo y su conciencia permanece algo torpe y poco clara.

Tomemos el caso de un ser humano que posee fuerzas de este tipo, que provienen de una encarnación previa y las que por ende en la vida terrena que tiene que comenzar ahora lo predestinan a desarrollar el pensar, a llegar a ser especialmente culto. Al elegir el momento de bajar a la tierra opta por un tiempo en el que Júpiter,  tenga un periodo de revolución tal que a él le aspecte directamente. De esta manera, las constelaciones celestes proporcionan aquello para lo que está predestinado el ser humano, condiciones determinadas por sus vidas terrenales anteriores.

En la era del Alma Consciente, por supuesto, es la tarea del hombre es ir liberándose poco a poco, hacerse libre de estas influencias. Pero debe liberarse de ellas por el camino correcto.

Al hablar de la influencia de Saturno, insinué que es necesario reemplazar el intelectualismo abstracto y sombrío por un desenvolvimiento imaginativo y visualmente presente.  En el libro “Cómo se adquiere el conocimiento de los mundos superiores” se dan indicaciones que, si se siguen correctamente, pueden hacernos independientes de las fuerzas cósmicas, aunque, no obstante, estas fuerzas cósmicas sigan trabajando en nuestro ser.

El hombre nace en la Tierra en las condiciones determinadas por una constelación en los cielos, pero él mismo debe equiparse con las fuerzas que le ayuden a independizarse correctamente de esta constelación. Ese es el tipo de conocimiento, el conocimiento de la relación del hombre con el cosmos más allá de la Tierra, que nuestra civilización debe alcanzar. El hombre debe aprender a darse cuenta de que las fuerzas de la herencia descritas por la ciencia moderna no son las únicas fuerzas que trabajan en su organismo, imaginar una cosa así, mis queridos amigos, es la más pura tontería. Es una tontería pensar que el organismo materno contiene aquellas fuerzas que se transmiten por herencia y así construyen un corazón, un hígado y otros órganos. No habría corazón en el organismo humano si el Sol no lo construyera en el organismo del hombre, ni habría un hígado si Venus no lo colocara en el organismo. Y así con cada órgano. Su presencia en el organismo humano es debida a la acción de las fuerzas cósmicas.

Estas son las cosas que la humanidad debe volver a aprender, a comprender. El hombre debe darse cuenta de que el misterio de su ser no puede ser explicado por una ciencia que se ocupa sólo de los fenómenos terrestres. En torno al hombre viven otras criaturas – y ellas también son algo más que criaturas de la Tierra. En primer lugar parece, como si los minerales fueran totalmente de naturaleza terrenal. Sin embargo, en los minerales, también se han producido cambios que se deben a las fuerzas que trabajan en el entorno cósmico de la Tierra. De modo que todos los metales en la medida que cristalizan, existen en su forma porque, de algún modo su existencia depende de las fuerzas extra terrenas, porque habían sido creados cuando la Tierra no poseía  todavía su propia fuerza formadora sino que todavía actuaban fuerzas externas sobre ella. Las fuerzas curativas contenidas en los minerales, sobre todo en los metales, están conectadas con la forma en que estos metales se formaron dentro de la Tierra por la acción de fuerzas cósmicas.

En la primera época de la post-Atlante, cuando la civilización de la antigua India estaba en su mejor momento, el hombre se sentía y sabía a sí mismo como un ciudadano del universo entero. A pesar de que todavía no había desarrollado las fuerzas que la humanidad moderna está tan orgullosa de poseer, él era, en el verdadero sentido de la palabra, el hombre. En el momento de la época caldea, sin embargo, la atención del hombre ya había empezado a desviarse del sol. En cierto modo se había convertido en una especie de anfibio,  una criatura que se siente agradecida cuando los rayos del Sol se derraman sobre ella, y no tiene que estar confinada en su oscura madriguera. Pero en nuestro tiempo no se puede decir que el hombre ni siquiera se asemeje a una criatura como el topo, porque realmente es mucho más parecido al gusano que tiene ojos como mucho de lo que ha sido enviado al espacio desde la Tierra y vuelve de nuevo en forma de lluvia. Esto es realmente lo que se percibe en cuanto a fuerzas extra-terrenas. En su materialismo el hombre de hoy se ha convertido en un gusano. Él debe elevarse por encima del gusano, pero sólo puede hacerlo reconociendo su  conexión con el cosmos más allá de la Tierra.

Nuestra tarea entonces, es elevarnos por encima del estado de lombriz en la que nuestra civilización ha caído, y traer una nueva vida espiritual a la existencia.

Traducido por Gracia Muñoz.

El Logos y el Mundo

(Edouard Schuré – del libro “Tratado de Cosmogonía)

DECIMOTERCERA LECCION

Ahora tratemos de remontamos, por la contemplación del desenvolvimiento humano, hasta el Logos, que ha creado nuestro mundo; y volvamos, con ese fin, sobre los pasos de esta evolución hasta cierto punto. La ciencia exotérica actual remonta históricamente hasta la edad de piedra, durante la cual el hombre vivió en las cavernas, sin conocer otra arma que las piedras talladas. Su vida era simple, su horizonte estrecho, su pensamiento limitado a la defensa de la vida y a la búsqueda del alimento. La ciencia oculta llega más allá de esta edad de piedra, a otra época de la humanidad, la de los hombres que habitaron el continente llamado Atlántida.

atlantida
Ellos se distinguieron de la humanidad posterior por su aspecto físico. El hombre prehistórico -el hecho es conocido- presenta ya una parte frontal no desarrollada, porque el desenvolvimiento de la parte anterior de la frente prosigue paralelamente al del cerebro y al del pensamiento. El cerebro físico era, en otros tiempos, mucho más pequeño que la parte etérica, que excedía por todas partes. En el curso de la evolución, las proporciones de las dos cabezas se aproximaron. Cierto punto del cerebro etérico, que se encuentra hoy en el interior del cráneo, entonces era exterior. Hubo un momento en la evolución de los atlantes, que duró muchos millones de años, y en que este punto se interiorizó. Este momento es capital porque desde que el hombre comenzó a pensar, a conocerse, a decir “yo”, comenzó también a combinar, a calcular, lo que no había podido hacer antes. Por lo contrario, los primeros atlantes poseían una memoria más fiel, más impecable. Toda su ciencia reposaba no sobre las relaciones de los hechos, sino sobre la memoria de los hechos. Sabían, por la memoria, que cierto acontecimiento ocasionaba siempre una serie de otros; pero no captaban la causa, de esos hechos, y no podían pensar en ellos. La idea de causalidad no existía en ellos más que en estado embrionario. A esta poderosa facultad de memoria, agregaban otra no menos preciosa: la fuerza de voluntad. El hombre de hoy, no puede actuar directamente por su voluntad, sobre las fuerzas de la vida. No sabe, por ejemplo, apresurar, por su voluntad, el crecimiento de las plantas. El Atlante lo podía y hasta sacaba de las plantas una fuerza etérica que sabía emplear. Ello hacía por instinto, sin la ayuda del conocimiento y del razonamiento preciso que llamamos hoy espíritu científico. A medida que apareció la fuerza intelectual en el Atlante, con la reflexión, el cálculo, el pensamiento, sus facultades instintivas y clarividentes declinaron.

Si nos remontamos aun más hacia atrás, en la historia de los atlantes, llegamos a una época muy remota en que les fue posible la expresión por el lenguaje, es decir, por los sonidos articulados. Este momento corresponde a aquel en que el hombre aprendió a marchar erguido. Porque el lenguaje no puede aparecer más que en los seres que tienen el cuerpo erecto.

Es necesario poder tenerse erguido para pronunciar sonidos articulados. Antes que existiera el continente y la gran raza atlante, de donde salieron todas las razas de Europa y de Asia, hubo otro continente y otra raza humana, la cual estaba todavía sumergida en la animalidad: la de los Lemures. La ciencia no la admite aún sino como una hipótesis; sin embargo, ciertas islas al sur de Asia y al norte de Australia, son testimonio de ella, porque son los restos metamorfoseados del antiguo continente lemur.

La temperatura era, en esas épocas, mucho más elevada que en nuestros días. La atmósfera era vaporosa, formada por aire y agua, surcada por innumerables corrientes. Encontramos aquí seres humanos rudimentarios, que respiraban no por la boca, sino por branquias. En la evolución humana los órganos no cesan de transformarse, de cambiar de naturaleza y de objeto; así el hombre primitivo marchaba en cuatro patas y carecía aún de sonidos articulados para hablar y de oídos para oír. Tenía, además, para moverse en el elemento semilíquido, semigaseoso que lo rodeaba, un órgano que le servía de aparato para flotar y nadar. Cuando los elementos se separaron y el hombre se mantuvo erguido sobre la tierra firme, ese órgano se transformó en pulmones, sus branquias en orejas, sus miembros delanteros en brazos y manos, libres instrumentos de trabajo. Además, adquirió la palabra articulada.

Esta transformación fue de una importancia capital para la humanidad. En el “Génesis” podemos leer (Cap. VI.7), que “El Eterno Dios sopló en las narices del hombre el aliento de vida, y el hombre recibió un Alma Viviente”. Este pasaje describe el momento de la Evolución en que las branquias del hombre se transformaron en pulmones, cuando comenzó a respirar el aire exterior. Con la facultad de respirar adquirió a la vez un Alma interna y con ella la posibilidad de sentirse dentro de sí mismo, a la vez que de sentir el YO viviente en el alma.
Una vez que el hombre comenzó a aspirar el aire por sus pulmones vio fortificarse su sangre, lo que permitió que las almas superiores al alma colectiva de los animales, almas ya individualizadas por el principio egóico, pudieran encarnarse en él para arrastrar toda la evolución hacia sus fases plenamente humanas y luego divinas. Estas almas no hubieran podido encarnarse jamás antes de que los cuerpos aspiraran aire, porque el aire es un alimento anímico. En este tiempo el hombre aspiró literalmente del Alma Divina que le vino del Cielo. Las palabras del “Génesis”, consideradas en sentido evolutivo de la especie humana, deben ser tomadas literalmente. Respirar es lo mismo que espiritualizarse. De ahí proceden los ejercicios del antiquísimo yoga del Oriente, basados en el ritmo de la respiración que permite que el cuerpo se haga permeable al espíritu que en él reside. Mediante la respiración comulgamos y nos unimos con el Alma del Mundo. El aire que aspiramos es la vestidura corporal de esta alma superior, así como la carne de nuestro cuerpo constituye la vestidura de nuestro Ser inferior.
Estos cambios respiratorios marcan el pasaje de la antigua conciencia, que sólo estaba animada por imágenes, como si fuera un espejo, a la conciencia actual que recibe del cuerpo las percepciones sensibles y les quita su carácter objetivo. La conciencia imaginativa no podía reflexionar sobre un objeto, sino que se forjaba un contenido interior mediante una fuerza plática nacida de ella misma. Cuanto más retrocedemos hacia el pasado, tanto más nos es dable comprobar que el alma del hombre no estaba dentro de él, sino en torno de él. Podemos alcanzar un punto en que descubrimos que los órganos sensoriales no existían más que germinalmente, en el cual el hombre sólo percibía de los objetos externos una impresión de atracción o de repulsión, de simpatía o de antipatía. Y este ser que no era todavía un hombre, en el sentido que nosotros damos hoy a esta palabra, sino apenas un germen del hombre, dirigía sus movimientos de acuerdo con esas atracciones y repulsiones. No tenía razonamiento alguno y la glándula pineal, que antes había sido un órgano esencial, constituía por sí sola el cerebro entero.

En el hecho de esta conciencia imaginativa se encuentra la respuesta a todas las discusiones filosóficas acerca de la objetividad o de la realidad del mundo y la refutación de las filosofías puramente subjetivistas como las de Berkeley. El Universo y el hombre son, a la vez, subjetivos y objetivos. Estos dos polos del Ser y de la Vida son necesarios a la Evolución. Lo subjetivo universal se convierte en el Universo objetivo gradualmente, y el hombre procede de lo subjetivo a lo objetivo por la constitución gradual de su cuerpo físico y luego retorna de lo objetivo a lo subjetivo por el desenvolvimiento de su Alma superior, “Manas”, de su Espíritu Viviente, “Budhi”, y de su cuerpo espiritual, “Atma”. La conciencia que tenemos en estado de sueño es una supervivencia atávica de la conciencia imaginativa del pasado.

Una particularidad de esta conciencia imaginativa es que es creadora. Puede crear, en toda su realidad propia, formas y colores que no existen en la realidad física. La conciencia objetiva es analítica y la conciencia subjetiva es plástica y constituye una fuerza mágica, como bien lo deja entrever su etimología, “Imagen”. Acabamos de ver cómo la conciencia objetiva y analítica del hombre sucedió a la conciencia subjetiva plástica. El proceso por el cual el alma que antes envolvía el cuerpo físico como una nube, penetra luego en él, puede compararse al de esos animalitos que primeramente secretan su propia concha y luego se meten dentro de ella. Así fue cómo el Alma penetra en el cuerpo que primeramente había modelado y en el cual ella misma había preparado anticipadamente los órganos de percepción necesarios.

La fuerza de la visión de que nuestro ojo está dotado actualmente, es la misma fuerza que antes se ejerció sobre él desde el exterior para construirlo. La inversión de la actividad del Alma que de externa se convierte en interna, siempre ha quedado marcada por un jeroglífico: el de dos torbellinos en sentido contrario, uno hacia adentro y otro hacia afuera, en la forma en que se escribe el signo zodiacal de Cáncer. Este signo marca siempre el fin de una orientación y el comienzo de otra en sentido inverso. A mediados de la tercer época terrestre, o sea, la época Lemúrica, es cuando el Alma entró en la morada que ella misma se había constituido y la animó desde el interior. Si nos remontamos más allá de ese tiempo, nos encontramos en presencia de una humanidad puramente astral, viviendo igualmente en una tierra astral. Más atrás aun, el hombre y la tierra eran puramente devakánicos. El hombre no tenía entonces ni siquiera una conciencia imaginativa, sino que vivía en los pensamientos puramente cósmicos. Su alma superior estaba todavía mezclada con todo el Universo, participando del pensamiento universal.

Cuanto más nos remontamos hacia el desenvolvimiento paralelo de la tierra y del hombre, tanto más los encontramos en estado fuidico y embrionario, y tanto más se aproximan al puro estado espiritual. Actualmente hemos llegado al punto más bajo de la curva descendente, la tierra y el hombre han adquirido su mayor grado de solidez y tendrán que comenzar el ascenso mediante la acción de la voluntad individual hacia el estado puramente espiritual.

¿Qué sentido tiene toda esta evolución? ¿Dónde se encontraban los seres que al principio no eran más que gérmenes? ¿De dónde salió el género humano? ¿Quién lo creó? Para poder contestar a todo esto tenemos que dar un paso más que nos revela un grado de vida y de poder de manifestación  superior a la vida humana y planetaria. ¿En qué difiere la vida humana y planetaria de la del Logos? Esta pregunta parece exigirnos algo como un salto hacia lo desconocido, en un universo de otro orden. Sin embargo, existen en nuestro mundo fenómenos análogos que nos permiten comprender, o, por lo menos presentir, el poder creador del Logos.

Supongamos que una inteligencia humana llegara a abarcar todo cuanto le fuera accesible, que tuviera el conocimiento ordenado de toda la experiencia terrestre y de toda la experiencia planetaria. Esa inteligencia podría entonces revivir todas las formas de la evolución, pero no podría, con esa sola fuerza, ir más allá de la aparición del hombre y del sistema planetario del Universo. Permanecería dentro del dominio de la que ha podido experimentar el hombre: nuestra inteligencia no podría sobrepasar ese límite.

Sin embargo, podemos elevarnos a otro estado de conciencia más allá desde la reproducción de las experiencias de la inteligencia. Existen ciertas formas o estados de actividad productora, en las que el espíritu del hombre se convierte en creador y puede dar a luz cosas jamás vistas, completamente nuevas. Tal es el estado del alma del escultor, por ejemplo, en el momento en que concibe o ve, como en un relámpago, ante su espíritu, la forma de una estatua cuyo modelo jamás ha visto. Tal el estado del alma del poeta que concibe una obra maestra de un golpe, en una visión creadora de su espíritu.

Esta fuerza productiva no inspira ideas de orden intelectual, sino sentimientos de orden espiritual. Observemos la gallina que incuba sus huevos. Está completamente absorbida en la incubación y experimenta con ello un sentimiento de voluptuosidad, en el que entrevé, como en un sueño, la eclosión del pollito alado. Esta voluptuosidad de la creación se encuentra en todas las etapas del cosmos y desprende un calor análogo. Si uno se representa la inteligencia universal como el mundo de los pensamientos accesibles al Yo Superior (Manas), se percibe en seguida que esta fuerza del calor que compenetra el Universo, emana de la fuente creadora de toda vida (el Espíritu de Vida, Budji) y así puede presentirse ese mundo de productividad que existía antes que el nuestro, que incubaba, por así decirlo, el nuestro. De esta manera se eleva uno de Manasa Budji y de Budji a Atma. El Verbo que engendró el Yo del hombre, el Microcosmos, es el tercer Logos.

Si entonces se representa uno la fuerza del Yo Superior del hombre -de Manas extendida a todo el Universo, como un calor que engendra la vida, llegaremos al Segundo Logos, que engendra la vida microcósmica, de la cual el alma humana posee un reflejo en sus actividades creadoras (Espíritu Viviente-Budji). Su fuente común es el Primer Logos, el Dios Insondable, el centro de toda manifestación.

Desde los más antiguos tiempos el Ocultismo ha representado estos Tres Logos con los signos siguientes: Primer Logos Segundo Logos Tercer Logos – Dios Macrocosmos Microcosmos resumiéndoles en la cifra 7-7-7, número esotérico de los tres Logos. Su número exotérico es la multiplicación sucesiva de estos tres septenarios evolutivos, o sea 343.

EL DEVAKÁN II

(Edouard Schuré – del libro “Tratado de Cosmogonía)

DUODÉCIMA LECCIÓN

El Devakán o morada de los Dioses, corresponde al Cielo de los Cristianos, al Mundo Espiritual de los Ocultistas. Está de más decir que describiendo estas regiones, que no son extraterrestres más que en apariencia, puesto que están en relación viviente con nuestro mundo, pero que están fuera del alcance de nuestros sentidos físicos, no se puede hablar más que por símbolos y alegorías, porque nuestra lengua no está hecha más que para el mundo de los sentidos.

El Devakán presenta siete grados o siete regiones distintas, que se escalonan en orden ascendente. No son etapas o lugares precisos, sino estados del alma o del espíritu. El Devakán está en todas partes, nos rodea, como el mundo astral. Solamente que no la vemos. El iniciado adquiere sucesivamente, por ejercicios, las facultades necesarias para verlo. Vamos a estudiar cómo él se abre gradualmente a quien adquiere posibilidades de percepciones nuevas.

Con la primera forma de la clarividencia, los sueños se hacen más regulares y producen la aparición de figuras notables, palabras llenas de sentido, ellos se cargan de más en más de un sentido que no se puede descifrar y que se relaciona con la vida real. Se sueña, por ejemplo, que la casa de un amigo se incendia, y uno se entera en seguida que acaba de caer enfermo. Esas primeras aberturas del Devakán lo hacen asemejar a un cielo atravesado por nubes que se agrupan, y revisten poco a poco formas vivientes.

Con la segunda forma de la clarividencia, los sueños toman contornos más precisos. Son las figuras geométricas y simbólicas de las más elevadas religiones, los signos sagrados de todos los tiempos, que son, hablando propiamente el idioma del Verbo Creador, los jeroglíficos vivientes de la lengua universal: la Cruz, el signo de la Vida; el pentagrama o estrella de cinco puntas, signo del verbo; el hexagrama, signo del Macrocosmos en líneas abstractas, aparecen aquí coloreados, vivientes y fulgurantes sobre un fondo de luz. No son, sin embargo, la vestidura de seres vivientes, pero designan, por así decirlo, las normas y las leyes de la creación. Con ellos han sido formadas las figuras animales que los primeros iniciados eligieron para representar las revoluciones del Sol en las constelaciones del Zodíaco.

osterwort_mit_rosenkreuz

Los iniciados han traducido sus visiones en estos signos, por ejemplo, en el de Cáncer, que figura un torbellino hecho en los dos sentidos contrarios. Los más antiguos caracteres escritos, sánscritos, egipcios, griegos, rúnicos, de los cuales cada letra tiene siempre un sentido ideográfico, han sido todos, en su origen, figuras celestes. En este grado de su visión, el discípulo no está más que en el umbral del Devakán; se trata de penetrar allí y de encontrar el pasaje que conduce del mundo astral al primer grado del mundo devakánico.

Todas las escuelas secretas han conocido este camino y aun el cristianismo en los primeros siglos, aunque no recurría a los antiguos modos de iniciación, poseyó no obstante una enseñanza esotérica de la cual se encuentran aún trazas. Así por ejemplo, los “Actos” de los Apóstoles, menciona Denys, que fué un discípulo de San Pablo, y que enseñó un cristianismo esotérico. Más tarde, Juan Scot Eiregene, en la corte de Carlos el Calvo, en el siglo IX fundó un cristianismo esotérico. Después de esto, poco a poco, es recubierto por el dogma: sin embargo, cuando se penetra en el Devakán, se ve confirmar la descripción que de él ha hecho Denys.

La respiración rítmica que prescribe el sistema del Yoga, es uno de los medios practicados para penetrar en el mundo del Devakán. El signo cierto de que esta entrada ha tenido lugar, es que la conciencia atraviesa por una experiencia que es designada en la filosofía védica por estas palabras: “tat-twam-así” (aquí estás tú).

El hombre ve, en sueño, su propia forma corporal, desde fuera. Ve su cuerpo extendido sobre el lecho, pero como una envoltura vacía; alrededor de ella, el cuerpo astral que irradia como un nimbo ovoide; aparece después como un aura de la cual se hubiera retirado el cuerpo, en tanto que el cuerpo aparece como un molde hueco y vacío. Es una visión en que las relaciones están invertidas, como en una imagen fotográfica negativa.

Uno se habitúa a esta visión respecto a todas las cosas. Se ve en cierto modo, el alma de los cristales, de las plantas, de los animales, bajo forma de radiaciones, en tanto que la sustancia física aparece como un hueco, un vacío. Pero sólo las cosas naturales pueden verse así, nada de lo que está hecho por la mano del hombre. En este primer grado del Devakán, se contempla, pues, la faz astral del mundo físico; es la que se llama los continentes del Devakán, la forma negativa de los valles, de las montañas, los continentes, etc, físicos. Entrenándose en meditar, mientras se retiene el aliento, se llega al segundo grado del Devakán.

Los huecos que forma la sustancia física, se llenan de un sistema de corrientes espirituales, que son las de la vida universal que atraviesan todas las cosas: es el océano del Devakán. Aquí el iniciado se sumerge en la fuente surtidora de toda vida. El ve esta vida como una red de ríos inmensos cuyos canales lo irrigan todo. Al mismo tiempo, una sensación extraña y ligeramente nueva lo penetra. Comienza a sentirse vivir en los metales. Reichembach, autor del libro sobre el Od, había constatado este fenómeno en los sujetos sensitivos a los cuales hacía adivinar los metales envueltos en trozos de papel. Las entidades que uno encuentra en esta región son las que Dionisio, el Areopagita, llama los arcángeles o animadores de los metales, corresponden al segundo grado de la clarividencia.

Se llega al tercer grado del Devakán cuando libera su pensamiento de todo vínculo en el mundo físico, cuando uno puede sentirse en la vida del pensamiento sin contenido de pensamientos. El Maestro dice a su discípulo: “Vive de manera que poseas la función del intelecto sin su contenido”. Un nuevo mundo se abre entonces. Después de haber visto los continentes y los ríos del Devakán (es decir el alma astral de las cosas y las corrientes de vida) se percibe el aire, la atmósfera devakánica. Esta atmósfera es completamente diferente de la nuestra, su sustancia es sonora, viviente, sensible como un sentimiento. Responde a cada uno de nuestros gestos, de nuestros actos, de nuestros pensamientos, por ondulación, resplandores y sonidos.

Todo lo que pasa sobre la tierra repercute allí como formas de colores, de luces, de sonidos. Sea que se viva allí durante el sueño, sea después de la muerte, se puede seguir allí el eco de la tierra. Se puede, por ejemplo, prestar oídos a una batalla; no se ve la batalla misma, ni sus peripecias, no se oyen los gritos de los combatientes, ni los cañonazos. Pero luchas y pasiones aparecen bajo formas de relámpagos y truenos. Así pues, el Devakán no nos separa de la tierra, nos la muestra como es desde fuera. No se siente el dolor y la alegría de uno. Se las mira objetivamente como un espectáculo. Es un nuevo aprendizaje de la compasión y de la piedad. El devakán es una escuela donde se observa desde un punto más elevado los dolores y los goces de este mundo, donde uno se esfuerza por transmutar las penas en alegrías, las caídas en nuevos ímpetus, la muerte en resurrección.

Esto no tiene nada de común con la contemplación pasiva y la felicidad más o menos egoísta del cielo, tal como se lo figuran ciertos autores religiosos que piensan que los sufrimientos de los condenados hacen parte de la felicidad de los elegidos. Es un cielo viviente, donde el deseo infinito de simpatía y de acción que mora en el alma humana se abre en campos de actividad sin límites y con perspectivas infinitas.

En el cuarto grado de la penetración en el Devakán, las cosas aparecen bajo la forma de sus Arquetipos. Ya no es el aspecto negativo sino su forma original que aparece. Es el laboratorio del mundo que encierra todas las formas de las cuales ha salido la creación; son las “ideas” de Platón, “el reino de las madres” de que habla Goethe y del cual retira el fantasma de Elena. Lo que aparece en ese estado del Devakán es lo que la India llama crónica del Akasha.

En nuestro lenguaje moderno lo llamaríamos el cliché astral de todos los acontecimientos del mundo. Todo lo que ha pasado por el cuerpo astral de los hombres, se fija allí en una sustancia infinitamente sutil que es una materia negativa. Para comprender la posibilidad de estas imágenes que flotan en el mundo astral de la tierra, es necesario servirse de comparaciones y de analogías. La voz humana pronuncia palabras que forman ondas sonoras, penetrando por medio de otros oídos en otros cerebros, para producir allí imágenes y pensamientos. Cada una de estas palabras es una ola sonora de una forma muy particular que si pudiéramos verla se distinguiría de cualquiera otra. Figurémonos que esas palabras pudieran ser fijadas o congeladas como lo sería una ola de agua por un frío intenso y súbito. En ese caso las palabras caerían atierra bajo forma de aire congelado y se podría reconocer a cada una de ellas por su forma. Serían palabras cristalizadas.

Y ahora, en lugar del proceso de densificación, representémonos el inverso, sabemos que cada cuerpo puede pasar del estado más sólido al más inmaterial: sólido, líquido, gaseoso. La sutilización de la materia puede alcanzar un límite que se franquea para terminar en una materia negativa, la que se llama Akasha. Todos los acontecimientos se imprimen en ella de una manera definitiva y se puede volver a encontrarlos a todos, aun los del pasado más remoto. Estos cuadros del Akasha no son inmóviles, se desenvuelven constantemente como imágenes vivientes en que las cosas y los personajes se mueven y hasta a veces hablan. Si se evoca la forma astral del Dante, hablará allí en su estilo, conforme a su medio.

Estas imágenes casi siempre son las que se aparecen en las sesiones espiritistas y pasan por el espíritu del muerto. Es necesario aprender a descifrar las hojas de este libro de imágenes vivientes y a desenrrollar los innumerables rollos de la crónica del universo. No se llega a ello sino distinguiendo la apariencia de la realidad, el esquema, del alma viviente, lo que requiere un ejercicio cotidiano y un largo entrenamiento, a fin de evitarlos errores de interpretación. Porque podría suceder, frente a la forma del Dante por ejemplo, que se recibieran formas exactas, pero que ellas no emanarán de la individualidad del Dante que continúa evolucionando, sino del antiguo Dante fijado en el medio etérico de su tiempo.

El quinto grado es la esfera de la armonía celeste. Las regiones celestes del Devakán se distinguen por este hecho: todos los sonidos se tornan allí más nítidos, más luminosos, más sonoros. Se percibe allí en una gran armonía, la voz de todos los seres, lo que Pitágoras llamaba la música de las esferas. Es la palabra interior, el verbo viviente del universo. Cada ser adquiere ahora, para el clarividente, que ha llegado a ser clariaudiente, una sonoridad particular, como un aura sonora. Entonces, cada ser dice al ocultista su nombre. En el génesis, Jehovah toma a Adam por la mano y Adam nombra a todos los seres. En la tierra, el individuo está perdido en la multitud de todos los seres. Allí en cambio cada uno tiene su sonoridad particular y, sin embargo, al mismo tiempo se sumerge en todos los seres, llega a ser uno con todo lo que le rodea.

205579_3286788548214_424064886_n

El discípulo en este grado es llamado El Cisne, oye los sonidos por medio de los cuales habla el Maestro y los trasciende al mundo. El cisne melodioso de Apolonio hace oír las sonoridades del más allá. Se dice que viene del país de los Hiperbóreos, es decir, del mundo de donde se pone el sol, del cielo. Ha llegado el momento en que se pasa al otro lado del mundo estelar. Se lee la crónica del Akasha, no ya del lado de la tierra sino del cielo, que viene a ser la escritura oculta de las estrellas. Se ve el interior de las estrellas, de las esferas, y se siente la fuente original del Universo, del Logos.

Encontramos en los mitos recuerdos de este grado del Cisne, notablemente en la Edad Media, por los relatos del Grial, que son reflejos de las experiencias del mundo Devakánico. Todas las proezas que se describen ahí son cumplidas por los caballeros del Grial, que representan los grandes impulsos, que por los Maestros atraviesan por la humanidad. El tiempo en que fue compuesta la leyenda del Grial bajo el impulso de los grandes Iniciados, es el del comienzo del reino de la burguesía, y en esa época se desarrolla el movimiento de las grandes ciudades libres, que viene de Escocia en Inglaterra y de allí va a Francia y a Alemania. El hombre liberado aspira inconscientemente a la verdad y a la vida divina.

En la leyenda de Lohengrin, Elsa representa el Alma humana, el Alma de la Edad Media que tiende a desenvolverse, la cual en ocultismo se representa siempre bajo una forma femenina. El caballero Lohengrin, que viene de un modo desconocido, del Castillo del Santo Grial, para liberarla, representa al Maestro que trae la verdad. Es el mensajero del Iniciado llevado por el cisne simbólico. El mensajero de los grandes iniciados se llama “Un Cisne”, no se debe preguntar su origen ni su verdadero nombre, no se debe dudar de sus verdaderos títulos de nobleza. Se le debe de creer bajo su palabra y reconocer en su faz los rayos de la verdad. El que no tiene esa fe no es capaz de comprenderlo ni es digno de oírlo. De ahí que Lohengrin prohiba a Elsa que le pregunte su origen y su nombre. El cisne es el Chela que conduce al Maestro. El mensajero del Maestro en el plano físico es el discípulo iniciado que se ha elevado al quinto grado y que el Maestro envía al mundo. Así es como esta leyenda expresa lo que pasa en los mundos superiores. El Logos, el Verbo Solar y planetario proyecta su luz sobre los mitos y leyendas.

El Devakán o el cielo

(Edouard Schuré – del libro “Tratado de Cosmogonía)

UNDECIMA LECCION

Lo que por hábito se llama en sánscrito Devakán, es ese largo espacio de tiempo que transcurre entre la muerte de un hombre y un nuevo nacimiento. Después de la muerte, el alma empieza, en el plano astral, a perder los instintos ligados a su cuerpo. Pasa en seguida al Devakán, donde vive una larga vida entre dos encarnaciones. Como el mundo astral, el mundo devakánico no es un medio ni un lugar, sino un estado. Nos rodea hasta en esta vida, aunque no percibamos nada de él. Para comprender por analogía el estado devakánico, así como las funciones del Devakán en la vida terrestre y en la vida universal, lo mejor será partir, una vez más, del estado de sueño.

 El sueño es, para la inmensa mayoría de los hombres, un estado enigmático. En el sueño, el cuerpo etérico del hombre permanece ligado al cuerpo dormido y continúa su trabajo vegetativo y reparador; pero el cuerpo astral y el yo del individuo se separan de ese cuerpo dormido para vivir una vida independiente. Durante el día, toda nuestra vida consciente, consume, quema, el cuerpo físico. De la mañana a la noche el hombre gasta su fuerza; el cuerpo astral transmite al cuerpo físico sensaciones que lo gastan y lo debilitan. En la noche, por el contrario, el cuerpo astral trabaja en forma totalmente contraria. No transmite ya sensaciones venidas de fuera, elabora esas sensaciones y pone orden y armonía allí donde la vida había puesto desorden y discordancia por el caos de las percepciones.

Durante el día, el cuerpo astral cumple un trabajo pasivo, es receptor y transmisor. Durante la noche desempeña un plan activo de orden y de construcción que repara las fuerzas gastadas. La particularidad del hombre en su estado astral, es que su cuerpo astral no puede hacer al mismo tiempo ese trabajo nocturno de reparación y percibir lo que pasa alrededor de él en el mundo astral. ¿Cómo llegar a descargar al cuerpo astral de su trabajo, a fin de liberarlo para la vida en el mundo astral?

El procedimiento del adepto para liberar su cuerpo astral es cultivar las sensaciones y los pensamientos que poseen ya por sí mismos un cierto ritmo comunicable al cuerpo físico, y, por otra parte, evitar todos aquellos que arrojan sobre él el desorden y la confusión. Proscribe al abandono desordenado, a las alegrías extremas; así como a los extremos dolores, y predica la igualdad de alma.

Una ley soberana rige la naturaleza y es que todo debe llegar a ser rítmico. Cuando el hombre ha desarrollado la flor de loto de doce pétalos que constituye su órgano de percepción, y de radiación astral y espiritual, puede actuar sobre su cuerpo y darle un ritmo nuevo que repare sus fatigas. Gracias a ese ritmo y a ese restablecimiento de la armonía, el cuerpo astral no tiene ya necesidad de cumplir, mientras el cuerpo duerme, su trabajo de reparación, sin el cual el cuerpo físico caería en ruinas.

Toda la vida del día no es más que devastación del cuerpo físico. Todas las enfermedades provienen de excesos del cuerpo astral. El que come con exceso provoca en su cuerpo astral goces que reaccionan sobre su cuerpo físico, perturbándolo. Arruina el cuerpo para procurarse goces caóticos. Es por esta razón que ciertas religiones imponen el ayuno. Por el ayuno, el cuerpo astral, menos ocupado y más encalmado, se separa parcialmente del cuerpo físico, sus vibraciones se apaciguan y comunican al cuerpo etérico un ritmo regular. El ayuno vuelve, pues, al cuerpo etérico su ritmo; pone en armonía la vida, (cuerpo etérico) y la forma (cuerpo físico), es decir, el universo en armonía con el hombre.

Acabamos de ver qué papel desempeña el cuerpo astral durante el sueño. ¿Dónde se encuentra durante el sueño el Yo del hombre? Precisamente en el Devakán. Pero nuestro sueño no tiene conciencia de él. Es necesario distinguir el sueño lleno de ensueños, del sueño profundo. El sueño profundo, sin ensueños, el que viene después de los primeros ensueños, responde al estado devakánico. No lo recordamos porque este estado no es consciente para el cerebro físico, ordinario. Sólo la iniciación superior puede dar la conciencia de las percepciones del sueño profundo. El iniciado posee la continuidad de la conciencia a través del estado de vigilia, de sueño con ensueños y de sueño sin ensueños. El reúne esos tres estados en la totalidad de su ser.

Estudiemos ahora la situación del hombre en el Devakán, después de su muerte. Al cabo de cierto tiempo, el cuerpo etérico se dispersa en las fuerzas del éter viviente. ¿Cuál es entonces la tarea del cuerpo astral y de la conciencia? Se trata de que el Yo y el cuerpo astral vuelvan a construírse un nuevo cuerpo etérico para la existencia que va a seguir. La morada en el Devakán está en parte consagrada a la adquisición de estas cualidades.

En efecto, la sustancia del cuerpo etérico, como la del cuerpo físico, cambia constantemente, al punto de ser renovada en siete años, enteramente. Igualmente la sustancia etérica se renueva aunque su forma y su estructura permanecen idénticas bajo la acción del Yo Superior. A la muerte, esta sustancia vuelve enteramente al medio etérico y tampoco del cuerpo físico queda nada de una encarnación a otra. Las encarnaciones sucesivas se cumplen, pues, con cuerpos etéricos enteramente renovados, y es por eso que la fisonomía y la forma del cuerpo cambian totalmente de una encarnación a otra. Ella depende, no de la voluntad del individuo, sino de su Karma, de sus pasiones y de sus acciones involuntarias.

Esto es completamente diferente para el Discípulo que pasa por una iniciación. El desarrolla desde aquí abajo su cuerpo etérico de manera que lo conserva y lo hace capaz de entrar en el Devakán después de la muerte. El ha llegado a despertar sobre la tierra, en el seno de las fuerzas etéricas, un espíritu de vida que constituye una de las tres partes desde entonces imperecederas de su ser. Este cuerpo etérico es adorado en espíritu de vida, se llama en sánscrito Buddhi. Cuando el discípulo ha conquistado este espíritu de vida, no tiene ya necesidad de reformar enteramente su cuerpo etérico entre dos encarnaciones. Pasa, pues, un tiempo mucho más corto en el Devakán. Por eso lleva de una a otra encarnación las mismas disposiciones, el mismo temperamento, el mismo carácter.

Cuando el maestro en ocultismo llega a dirigir conscientemente, no sólo su cuerpo etérico, sino también su cuerpo físico, de éste resulta también un principio espiritual que se llama en sánscrito: Atma, es decir, hombre-espíritu. Llegado a este grado, el iniciado conserva los rasgos de su cuerpo físico cada vez que reencarna sobre la tierra. Conserva su conciencia total al pasar de la vida celeste a la de la tierra y de una encarnación a otra. Ahí está el origen de las leyendas de Apis en Egipto o de Mitra en Persia. Es decir, que para ellos no hay kamaloca ni devakán, sino continuidad persistente de la conciencia más allá de las muertes y los nacimientos.

A veces se hace a la reencarnación la objeción siguiente: Cuando el hombre ha cumplido su misión sobre la tierra, él la conoce, ¿por qué debe volver nuevamente? La objeción sería justa, si el hombre volviera a la misma tierra. Pero como generalmente no vuelve sino al cabo de dos mil años, encuentra una naturaleza, una tierra y una humanidad nuevas; porque ellas han evolucionado a su vez y así él puede hacer un nuevo aprendizaje y cumplir una nueva misión.

Esos períodos de renovación de la tierra, que determinan los tiempos de las reencarnaciones, están determinados por la marcha del sol a través de los signos del Zodíaco. Ocho siglos antes de Jesucristo, el sol tenía su punto vernal en el signo de Aries.

osterwort_mit_rosenkreuz

Vemos un reflejo de ello en la leyenda del Toisón de oro y el nombre de Cordero de Dios que se da al Cristo. Dos mil ciento sesenta años más tarde, el punto vernal del sol se encontraba en el signo de Taurus, el que influencia los cultos, como el del Buey Apis en Egipto o el de Mitra en Persia. Dos mil ciento sesenta más tarde, en Géminis, se encontraba el punto vernal y encontramos una imagen de ello en la cosmogonía de la antigua Persia y en las dos figuras de Ormuzd y Ahriman. Cuando se hundió la civilización atlántica y preludiaron los tiempos védicos, el Sol tenía su punto vernal en Cáncer, que marca el fin de un período y el principio de otro.

Los pueblos han tenido conciencia siempre de la importancia de las relaciones que los unen con las constelaciones. De modo que los grandes períodos de la humanidad, sufren la influencia de las revoluciones celestes, y marcha la tierra en relación con el sol y las estrellas.

Este hecho explica la diferencia entre las épocas y da a las encarnaciones que se producen en cada una de ellas un sentido nuevo, porque dos mil ciento sesenta años forman el tiempo necesario para una encarnación masculina y una femenina, es decir, a los dos aspectos bajo los cuales el hombre recoge toda la experiencia de una época. ¿Qué es lo que produce sobre la tierra una nueva flora y una nueva fauna? Son los Devas y las formas del Devakán. Darwin trata de explicar la evolución terrestre por la lucha por la existencia, lo que no explica nada. Para el ocultista, las formas actuantes del Devakán son las que modifican la flora y la fauna. Y cuanto más avanzado es el hombre, más puede participar de este trabajo. La actividad del hombre es tanto más constructiva sobre las formas de la naturaleza, cuanto que ha desarrollado su conciencia.

El iniciado, dice el Devakán, puede trabajar en el mundo donde nacen las plantas nuevas. Porque el Devakán es el mundo donde toma forma la vegetación. En el kamaloca astral, el hombre trabaja en la construcción del reino animal.El kamaloca está en la esfera lunar en tanto que el Devakán depende del sol.

El hombre está así ligado a todos los reinos de la naturaleza. Platón habla del símbolo de la Cruz diciendo que el alma del mundo está ligada al cuerpo del mundo como sobre una cruz. ¿Qué significa esta cruz? Es el alma que pasa por todos los reinos de la naturaleza. En efecto, al contrario del hombre, la planta tiene su raíz, o si se prefiere su cabeza, portadora de sus sentidos nutricios, abajo, y vuelve, al contrario, castamente a lo alto, al sol, sus órganos de generación. El animal es un intermediario, en su posición comunmente horizontal. El hombre y la planta se erigen verticalmente y forman una cruz, la cruz del mundo, con el animal puesto de través.

La participación del hombre, después de la muerte, en los planos superiores, para la construcción de los reinos inferiores, llegará a ser consciente en los tiempos futuros. La conciencia regirá las relaciones que hacen que a una nueva flora, corresponda siempre una nueva cultura humana. La misión divina del espíritu es trabajar en forjar el porvenir. No habrá más milagro ni azar. La flora y la fauna serán la expresión voluntaria del alma humana transfigurada.

Este trabajo que se cumple sobre la tierra es realizado por dos lados: por los Devas (los Dioses) y por el hombre. Si construimos una catedral, trabajamos el mineral. Las montañas de los dos lados del Nilo son la obra de los Devas; los Templos en sus riberas son la obra del hombre. Y los dos tienen el mismo fin: la transfiguración de la tierra. Más tarde el hombre aprenderá a formar todos los reinos de la naturaleza con la misma conciencia con que forma hoy los minerales; moldeará los seres vivientes y tomará sobre sí el trabajo de los dioses. Así, él transformará la tierra en Devakán.