El Devakán o el cielo

(Edouard Schuré – del libro “Tratado de Cosmogonía)

UNDECIMA LECCION

Lo que por hábito se llama en sánscrito Devakán, es ese largo espacio de tiempo que transcurre entre la muerte de un hombre y un nuevo nacimiento. Después de la muerte, el alma empieza, en el plano astral, a perder los instintos ligados a su cuerpo. Pasa en seguida al Devakán, donde vive una larga vida entre dos encarnaciones. Como el mundo astral, el mundo devakánico no es un medio ni un lugar, sino un estado. Nos rodea hasta en esta vida, aunque no percibamos nada de él. Para comprender por analogía el estado devakánico, así como las funciones del Devakán en la vida terrestre y en la vida universal, lo mejor será partir, una vez más, del estado de sueño.

 El sueño es, para la inmensa mayoría de los hombres, un estado enigmático. En el sueño, el cuerpo etérico del hombre permanece ligado al cuerpo dormido y continúa su trabajo vegetativo y reparador; pero el cuerpo astral y el yo del individuo se separan de ese cuerpo dormido para vivir una vida independiente. Durante el día, toda nuestra vida consciente, consume, quema, el cuerpo físico. De la mañana a la noche el hombre gasta su fuerza; el cuerpo astral transmite al cuerpo físico sensaciones que lo gastan y lo debilitan. En la noche, por el contrario, el cuerpo astral trabaja en forma totalmente contraria. No transmite ya sensaciones venidas de fuera, elabora esas sensaciones y pone orden y armonía allí donde la vida había puesto desorden y discordancia por el caos de las percepciones.

Durante el día, el cuerpo astral cumple un trabajo pasivo, es receptor y transmisor. Durante la noche desempeña un plan activo de orden y de construcción que repara las fuerzas gastadas. La particularidad del hombre en su estado astral, es que su cuerpo astral no puede hacer al mismo tiempo ese trabajo nocturno de reparación y percibir lo que pasa alrededor de él en el mundo astral. ¿Cómo llegar a descargar al cuerpo astral de su trabajo, a fin de liberarlo para la vida en el mundo astral?

El procedimiento del adepto para liberar su cuerpo astral es cultivar las sensaciones y los pensamientos que poseen ya por sí mismos un cierto ritmo comunicable al cuerpo físico, y, por otra parte, evitar todos aquellos que arrojan sobre él el desorden y la confusión. Proscribe al abandono desordenado, a las alegrías extremas; así como a los extremos dolores, y predica la igualdad de alma.

Una ley soberana rige la naturaleza y es que todo debe llegar a ser rítmico. Cuando el hombre ha desarrollado la flor de loto de doce pétalos que constituye su órgano de percepción, y de radiación astral y espiritual, puede actuar sobre su cuerpo y darle un ritmo nuevo que repare sus fatigas. Gracias a ese ritmo y a ese restablecimiento de la armonía, el cuerpo astral no tiene ya necesidad de cumplir, mientras el cuerpo duerme, su trabajo de reparación, sin el cual el cuerpo físico caería en ruinas.

Toda la vida del día no es más que devastación del cuerpo físico. Todas las enfermedades provienen de excesos del cuerpo astral. El que come con exceso provoca en su cuerpo astral goces que reaccionan sobre su cuerpo físico, perturbándolo. Arruina el cuerpo para procurarse goces caóticos. Es por esta razón que ciertas religiones imponen el ayuno. Por el ayuno, el cuerpo astral, menos ocupado y más encalmado, se separa parcialmente del cuerpo físico, sus vibraciones se apaciguan y comunican al cuerpo etérico un ritmo regular. El ayuno vuelve, pues, al cuerpo etérico su ritmo; pone en armonía la vida, (cuerpo etérico) y la forma (cuerpo físico), es decir, el universo en armonía con el hombre.

Acabamos de ver qué papel desempeña el cuerpo astral durante el sueño. ¿Dónde se encuentra durante el sueño el Yo del hombre? Precisamente en el Devakán. Pero nuestro sueño no tiene conciencia de él. Es necesario distinguir el sueño lleno de ensueños, del sueño profundo. El sueño profundo, sin ensueños, el que viene después de los primeros ensueños, responde al estado devakánico. No lo recordamos porque este estado no es consciente para el cerebro físico, ordinario. Sólo la iniciación superior puede dar la conciencia de las percepciones del sueño profundo. El iniciado posee la continuidad de la conciencia a través del estado de vigilia, de sueño con ensueños y de sueño sin ensueños. El reúne esos tres estados en la totalidad de su ser.

Estudiemos ahora la situación del hombre en el Devakán, después de su muerte. Al cabo de cierto tiempo, el cuerpo etérico se dispersa en las fuerzas del éter viviente. ¿Cuál es entonces la tarea del cuerpo astral y de la conciencia? Se trata de que el Yo y el cuerpo astral vuelvan a construírse un nuevo cuerpo etérico para la existencia que va a seguir. La morada en el Devakán está en parte consagrada a la adquisición de estas cualidades.

En efecto, la sustancia del cuerpo etérico, como la del cuerpo físico, cambia constantemente, al punto de ser renovada en siete años, enteramente. Igualmente la sustancia etérica se renueva aunque su forma y su estructura permanecen idénticas bajo la acción del Yo Superior. A la muerte, esta sustancia vuelve enteramente al medio etérico y tampoco del cuerpo físico queda nada de una encarnación a otra. Las encarnaciones sucesivas se cumplen, pues, con cuerpos etéricos enteramente renovados, y es por eso que la fisonomía y la forma del cuerpo cambian totalmente de una encarnación a otra. Ella depende, no de la voluntad del individuo, sino de su Karma, de sus pasiones y de sus acciones involuntarias.

Esto es completamente diferente para el Discípulo que pasa por una iniciación. El desarrolla desde aquí abajo su cuerpo etérico de manera que lo conserva y lo hace capaz de entrar en el Devakán después de la muerte. El ha llegado a despertar sobre la tierra, en el seno de las fuerzas etéricas, un espíritu de vida que constituye una de las tres partes desde entonces imperecederas de su ser. Este cuerpo etérico es adorado en espíritu de vida, se llama en sánscrito Buddhi. Cuando el discípulo ha conquistado este espíritu de vida, no tiene ya necesidad de reformar enteramente su cuerpo etérico entre dos encarnaciones. Pasa, pues, un tiempo mucho más corto en el Devakán. Por eso lleva de una a otra encarnación las mismas disposiciones, el mismo temperamento, el mismo carácter.

Cuando el maestro en ocultismo llega a dirigir conscientemente, no sólo su cuerpo etérico, sino también su cuerpo físico, de éste resulta también un principio espiritual que se llama en sánscrito: Atma, es decir, hombre-espíritu. Llegado a este grado, el iniciado conserva los rasgos de su cuerpo físico cada vez que reencarna sobre la tierra. Conserva su conciencia total al pasar de la vida celeste a la de la tierra y de una encarnación a otra. Ahí está el origen de las leyendas de Apis en Egipto o de Mitra en Persia. Es decir, que para ellos no hay kamaloca ni devakán, sino continuidad persistente de la conciencia más allá de las muertes y los nacimientos.

A veces se hace a la reencarnación la objeción siguiente: Cuando el hombre ha cumplido su misión sobre la tierra, él la conoce, ¿por qué debe volver nuevamente? La objeción sería justa, si el hombre volviera a la misma tierra. Pero como generalmente no vuelve sino al cabo de dos mil años, encuentra una naturaleza, una tierra y una humanidad nuevas; porque ellas han evolucionado a su vez y así él puede hacer un nuevo aprendizaje y cumplir una nueva misión.

Esos períodos de renovación de la tierra, que determinan los tiempos de las reencarnaciones, están determinados por la marcha del sol a través de los signos del Zodíaco. Ocho siglos antes de Jesucristo, el sol tenía su punto vernal en el signo de Aries.

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Vemos un reflejo de ello en la leyenda del Toisón de oro y el nombre de Cordero de Dios que se da al Cristo. Dos mil ciento sesenta años más tarde, el punto vernal del sol se encontraba en el signo de Taurus, el que influencia los cultos, como el del Buey Apis en Egipto o el de Mitra en Persia. Dos mil ciento sesenta más tarde, en Géminis, se encontraba el punto vernal y encontramos una imagen de ello en la cosmogonía de la antigua Persia y en las dos figuras de Ormuzd y Ahriman. Cuando se hundió la civilización atlántica y preludiaron los tiempos védicos, el Sol tenía su punto vernal en Cáncer, que marca el fin de un período y el principio de otro.

Los pueblos han tenido conciencia siempre de la importancia de las relaciones que los unen con las constelaciones. De modo que los grandes períodos de la humanidad, sufren la influencia de las revoluciones celestes, y marcha la tierra en relación con el sol y las estrellas.

Este hecho explica la diferencia entre las épocas y da a las encarnaciones que se producen en cada una de ellas un sentido nuevo, porque dos mil ciento sesenta años forman el tiempo necesario para una encarnación masculina y una femenina, es decir, a los dos aspectos bajo los cuales el hombre recoge toda la experiencia de una época. ¿Qué es lo que produce sobre la tierra una nueva flora y una nueva fauna? Son los Devas y las formas del Devakán. Darwin trata de explicar la evolución terrestre por la lucha por la existencia, lo que no explica nada. Para el ocultista, las formas actuantes del Devakán son las que modifican la flora y la fauna. Y cuanto más avanzado es el hombre, más puede participar de este trabajo. La actividad del hombre es tanto más constructiva sobre las formas de la naturaleza, cuanto que ha desarrollado su conciencia.

El iniciado, dice el Devakán, puede trabajar en el mundo donde nacen las plantas nuevas. Porque el Devakán es el mundo donde toma forma la vegetación. En el kamaloca astral, el hombre trabaja en la construcción del reino animal.El kamaloca está en la esfera lunar en tanto que el Devakán depende del sol.

El hombre está así ligado a todos los reinos de la naturaleza. Platón habla del símbolo de la Cruz diciendo que el alma del mundo está ligada al cuerpo del mundo como sobre una cruz. ¿Qué significa esta cruz? Es el alma que pasa por todos los reinos de la naturaleza. En efecto, al contrario del hombre, la planta tiene su raíz, o si se prefiere su cabeza, portadora de sus sentidos nutricios, abajo, y vuelve, al contrario, castamente a lo alto, al sol, sus órganos de generación. El animal es un intermediario, en su posición comunmente horizontal. El hombre y la planta se erigen verticalmente y forman una cruz, la cruz del mundo, con el animal puesto de través.

La participación del hombre, después de la muerte, en los planos superiores, para la construcción de los reinos inferiores, llegará a ser consciente en los tiempos futuros. La conciencia regirá las relaciones que hacen que a una nueva flora, corresponda siempre una nueva cultura humana. La misión divina del espíritu es trabajar en forjar el porvenir. No habrá más milagro ni azar. La flora y la fauna serán la expresión voluntaria del alma humana transfigurada.

Este trabajo que se cumple sobre la tierra es realizado por dos lados: por los Devas (los Dioses) y por el hombre. Si construimos una catedral, trabajamos el mineral. Las montañas de los dos lados del Nilo son la obra de los Devas; los Templos en sus riberas son la obra del hombre. Y los dos tienen el mismo fin: la transfiguración de la tierra. Más tarde el hombre aprenderá a formar todos los reinos de la naturaleza con la misma conciencia con que forma hoy los minerales; moldeará los seres vivientes y tomará sobre sí el trabajo de los dioses. Así, él transformará la tierra en Devakán.

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Un comentario el “El Devakán o el cielo

  1. rfcaminemos dice:

    Muy buen trabajo, ¡felicitaciones!

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