EL DEVAKÁN II

(Edouard Schuré – del libro “Tratado de Cosmogonía)

DUODÉCIMA LECCIÓN

El Devakán o morada de los Dioses, corresponde al Cielo de los Cristianos, al Mundo Espiritual de los Ocultistas. Está de más decir que describiendo estas regiones, que no son extraterrestres más que en apariencia, puesto que están en relación viviente con nuestro mundo, pero que están fuera del alcance de nuestros sentidos físicos, no se puede hablar más que por símbolos y alegorías, porque nuestra lengua no está hecha más que para el mundo de los sentidos.

El Devakán presenta siete grados o siete regiones distintas, que se escalonan en orden ascendente. No son etapas o lugares precisos, sino estados del alma o del espíritu. El Devakán está en todas partes, nos rodea, como el mundo astral. Solamente que no la vemos. El iniciado adquiere sucesivamente, por ejercicios, las facultades necesarias para verlo. Vamos a estudiar cómo él se abre gradualmente a quien adquiere posibilidades de percepciones nuevas.

Con la primera forma de la clarividencia, los sueños se hacen más regulares y producen la aparición de figuras notables, palabras llenas de sentido, ellos se cargan de más en más de un sentido que no se puede descifrar y que se relaciona con la vida real. Se sueña, por ejemplo, que la casa de un amigo se incendia, y uno se entera en seguida que acaba de caer enfermo. Esas primeras aberturas del Devakán lo hacen asemejar a un cielo atravesado por nubes que se agrupan, y revisten poco a poco formas vivientes.

Con la segunda forma de la clarividencia, los sueños toman contornos más precisos. Son las figuras geométricas y simbólicas de las más elevadas religiones, los signos sagrados de todos los tiempos, que son, hablando propiamente el idioma del Verbo Creador, los jeroglíficos vivientes de la lengua universal: la Cruz, el signo de la Vida; el pentagrama o estrella de cinco puntas, signo del verbo; el hexagrama, signo del Macrocosmos en líneas abstractas, aparecen aquí coloreados, vivientes y fulgurantes sobre un fondo de luz. No son, sin embargo, la vestidura de seres vivientes, pero designan, por así decirlo, las normas y las leyes de la creación. Con ellos han sido formadas las figuras animales que los primeros iniciados eligieron para representar las revoluciones del Sol en las constelaciones del Zodíaco.

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Los iniciados han traducido sus visiones en estos signos, por ejemplo, en el de Cáncer, que figura un torbellino hecho en los dos sentidos contrarios. Los más antiguos caracteres escritos, sánscritos, egipcios, griegos, rúnicos, de los cuales cada letra tiene siempre un sentido ideográfico, han sido todos, en su origen, figuras celestes. En este grado de su visión, el discípulo no está más que en el umbral del Devakán; se trata de penetrar allí y de encontrar el pasaje que conduce del mundo astral al primer grado del mundo devakánico.

Todas las escuelas secretas han conocido este camino y aun el cristianismo en los primeros siglos, aunque no recurría a los antiguos modos de iniciación, poseyó no obstante una enseñanza esotérica de la cual se encuentran aún trazas. Así por ejemplo, los “Actos” de los Apóstoles, menciona Denys, que fué un discípulo de San Pablo, y que enseñó un cristianismo esotérico. Más tarde, Juan Scot Eiregene, en la corte de Carlos el Calvo, en el siglo IX fundó un cristianismo esotérico. Después de esto, poco a poco, es recubierto por el dogma: sin embargo, cuando se penetra en el Devakán, se ve confirmar la descripción que de él ha hecho Denys.

La respiración rítmica que prescribe el sistema del Yoga, es uno de los medios practicados para penetrar en el mundo del Devakán. El signo cierto de que esta entrada ha tenido lugar, es que la conciencia atraviesa por una experiencia que es designada en la filosofía védica por estas palabras: “tat-twam-así” (aquí estás tú).

El hombre ve, en sueño, su propia forma corporal, desde fuera. Ve su cuerpo extendido sobre el lecho, pero como una envoltura vacía; alrededor de ella, el cuerpo astral que irradia como un nimbo ovoide; aparece después como un aura de la cual se hubiera retirado el cuerpo, en tanto que el cuerpo aparece como un molde hueco y vacío. Es una visión en que las relaciones están invertidas, como en una imagen fotográfica negativa.

Uno se habitúa a esta visión respecto a todas las cosas. Se ve en cierto modo, el alma de los cristales, de las plantas, de los animales, bajo forma de radiaciones, en tanto que la sustancia física aparece como un hueco, un vacío. Pero sólo las cosas naturales pueden verse así, nada de lo que está hecho por la mano del hombre. En este primer grado del Devakán, se contempla, pues, la faz astral del mundo físico; es la que se llama los continentes del Devakán, la forma negativa de los valles, de las montañas, los continentes, etc, físicos. Entrenándose en meditar, mientras se retiene el aliento, se llega al segundo grado del Devakán.

Los huecos que forma la sustancia física, se llenan de un sistema de corrientes espirituales, que son las de la vida universal que atraviesan todas las cosas: es el océano del Devakán. Aquí el iniciado se sumerge en la fuente surtidora de toda vida. El ve esta vida como una red de ríos inmensos cuyos canales lo irrigan todo. Al mismo tiempo, una sensación extraña y ligeramente nueva lo penetra. Comienza a sentirse vivir en los metales. Reichembach, autor del libro sobre el Od, había constatado este fenómeno en los sujetos sensitivos a los cuales hacía adivinar los metales envueltos en trozos de papel. Las entidades que uno encuentra en esta región son las que Dionisio, el Areopagita, llama los arcángeles o animadores de los metales, corresponden al segundo grado de la clarividencia.

Se llega al tercer grado del Devakán cuando libera su pensamiento de todo vínculo en el mundo físico, cuando uno puede sentirse en la vida del pensamiento sin contenido de pensamientos. El Maestro dice a su discípulo: “Vive de manera que poseas la función del intelecto sin su contenido”. Un nuevo mundo se abre entonces. Después de haber visto los continentes y los ríos del Devakán (es decir el alma astral de las cosas y las corrientes de vida) se percibe el aire, la atmósfera devakánica. Esta atmósfera es completamente diferente de la nuestra, su sustancia es sonora, viviente, sensible como un sentimiento. Responde a cada uno de nuestros gestos, de nuestros actos, de nuestros pensamientos, por ondulación, resplandores y sonidos.

Todo lo que pasa sobre la tierra repercute allí como formas de colores, de luces, de sonidos. Sea que se viva allí durante el sueño, sea después de la muerte, se puede seguir allí el eco de la tierra. Se puede, por ejemplo, prestar oídos a una batalla; no se ve la batalla misma, ni sus peripecias, no se oyen los gritos de los combatientes, ni los cañonazos. Pero luchas y pasiones aparecen bajo formas de relámpagos y truenos. Así pues, el Devakán no nos separa de la tierra, nos la muestra como es desde fuera. No se siente el dolor y la alegría de uno. Se las mira objetivamente como un espectáculo. Es un nuevo aprendizaje de la compasión y de la piedad. El devakán es una escuela donde se observa desde un punto más elevado los dolores y los goces de este mundo, donde uno se esfuerza por transmutar las penas en alegrías, las caídas en nuevos ímpetus, la muerte en resurrección.

Esto no tiene nada de común con la contemplación pasiva y la felicidad más o menos egoísta del cielo, tal como se lo figuran ciertos autores religiosos que piensan que los sufrimientos de los condenados hacen parte de la felicidad de los elegidos. Es un cielo viviente, donde el deseo infinito de simpatía y de acción que mora en el alma humana se abre en campos de actividad sin límites y con perspectivas infinitas.

En el cuarto grado de la penetración en el Devakán, las cosas aparecen bajo la forma de sus Arquetipos. Ya no es el aspecto negativo sino su forma original que aparece. Es el laboratorio del mundo que encierra todas las formas de las cuales ha salido la creación; son las “ideas” de Platón, “el reino de las madres” de que habla Goethe y del cual retira el fantasma de Elena. Lo que aparece en ese estado del Devakán es lo que la India llama crónica del Akasha.

En nuestro lenguaje moderno lo llamaríamos el cliché astral de todos los acontecimientos del mundo. Todo lo que ha pasado por el cuerpo astral de los hombres, se fija allí en una sustancia infinitamente sutil que es una materia negativa. Para comprender la posibilidad de estas imágenes que flotan en el mundo astral de la tierra, es necesario servirse de comparaciones y de analogías. La voz humana pronuncia palabras que forman ondas sonoras, penetrando por medio de otros oídos en otros cerebros, para producir allí imágenes y pensamientos. Cada una de estas palabras es una ola sonora de una forma muy particular que si pudiéramos verla se distinguiría de cualquiera otra. Figurémonos que esas palabras pudieran ser fijadas o congeladas como lo sería una ola de agua por un frío intenso y súbito. En ese caso las palabras caerían atierra bajo forma de aire congelado y se podría reconocer a cada una de ellas por su forma. Serían palabras cristalizadas.

Y ahora, en lugar del proceso de densificación, representémonos el inverso, sabemos que cada cuerpo puede pasar del estado más sólido al más inmaterial: sólido, líquido, gaseoso. La sutilización de la materia puede alcanzar un límite que se franquea para terminar en una materia negativa, la que se llama Akasha. Todos los acontecimientos se imprimen en ella de una manera definitiva y se puede volver a encontrarlos a todos, aun los del pasado más remoto. Estos cuadros del Akasha no son inmóviles, se desenvuelven constantemente como imágenes vivientes en que las cosas y los personajes se mueven y hasta a veces hablan. Si se evoca la forma astral del Dante, hablará allí en su estilo, conforme a su medio.

Estas imágenes casi siempre son las que se aparecen en las sesiones espiritistas y pasan por el espíritu del muerto. Es necesario aprender a descifrar las hojas de este libro de imágenes vivientes y a desenrrollar los innumerables rollos de la crónica del universo. No se llega a ello sino distinguiendo la apariencia de la realidad, el esquema, del alma viviente, lo que requiere un ejercicio cotidiano y un largo entrenamiento, a fin de evitarlos errores de interpretación. Porque podría suceder, frente a la forma del Dante por ejemplo, que se recibieran formas exactas, pero que ellas no emanarán de la individualidad del Dante que continúa evolucionando, sino del antiguo Dante fijado en el medio etérico de su tiempo.

El quinto grado es la esfera de la armonía celeste. Las regiones celestes del Devakán se distinguen por este hecho: todos los sonidos se tornan allí más nítidos, más luminosos, más sonoros. Se percibe allí en una gran armonía, la voz de todos los seres, lo que Pitágoras llamaba la música de las esferas. Es la palabra interior, el verbo viviente del universo. Cada ser adquiere ahora, para el clarividente, que ha llegado a ser clariaudiente, una sonoridad particular, como un aura sonora. Entonces, cada ser dice al ocultista su nombre. En el génesis, Jehovah toma a Adam por la mano y Adam nombra a todos los seres. En la tierra, el individuo está perdido en la multitud de todos los seres. Allí en cambio cada uno tiene su sonoridad particular y, sin embargo, al mismo tiempo se sumerge en todos los seres, llega a ser uno con todo lo que le rodea.

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El discípulo en este grado es llamado El Cisne, oye los sonidos por medio de los cuales habla el Maestro y los trasciende al mundo. El cisne melodioso de Apolonio hace oír las sonoridades del más allá. Se dice que viene del país de los Hiperbóreos, es decir, del mundo de donde se pone el sol, del cielo. Ha llegado el momento en que se pasa al otro lado del mundo estelar. Se lee la crónica del Akasha, no ya del lado de la tierra sino del cielo, que viene a ser la escritura oculta de las estrellas. Se ve el interior de las estrellas, de las esferas, y se siente la fuente original del Universo, del Logos.

Encontramos en los mitos recuerdos de este grado del Cisne, notablemente en la Edad Media, por los relatos del Grial, que son reflejos de las experiencias del mundo Devakánico. Todas las proezas que se describen ahí son cumplidas por los caballeros del Grial, que representan los grandes impulsos, que por los Maestros atraviesan por la humanidad. El tiempo en que fue compuesta la leyenda del Grial bajo el impulso de los grandes Iniciados, es el del comienzo del reino de la burguesía, y en esa época se desarrolla el movimiento de las grandes ciudades libres, que viene de Escocia en Inglaterra y de allí va a Francia y a Alemania. El hombre liberado aspira inconscientemente a la verdad y a la vida divina.

En la leyenda de Lohengrin, Elsa representa el Alma humana, el Alma de la Edad Media que tiende a desenvolverse, la cual en ocultismo se representa siempre bajo una forma femenina. El caballero Lohengrin, que viene de un modo desconocido, del Castillo del Santo Grial, para liberarla, representa al Maestro que trae la verdad. Es el mensajero del Iniciado llevado por el cisne simbólico. El mensajero de los grandes iniciados se llama “Un Cisne”, no se debe preguntar su origen ni su verdadero nombre, no se debe dudar de sus verdaderos títulos de nobleza. Se le debe de creer bajo su palabra y reconocer en su faz los rayos de la verdad. El que no tiene esa fe no es capaz de comprenderlo ni es digno de oírlo. De ahí que Lohengrin prohiba a Elsa que le pregunte su origen y su nombre. El cisne es el Chela que conduce al Maestro. El mensajero del Maestro en el plano físico es el discípulo iniciado que se ha elevado al quinto grado y que el Maestro envía al mundo. Así es como esta leyenda expresa lo que pasa en los mundos superiores. El Logos, el Verbo Solar y planetario proyecta su luz sobre los mitos y leyendas.

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