Redención y Liberación

(Edouard Schuré – del libro “Tratado de Cosmogonía)

DECIMO SÉPTIMA LECCIÓN

Hay siete secretos de la vida, de los cuales jamás se ha hablado hasta hoy fuera de las fraternidades ocultas. Sólo hoy es posible hablar de ellos exteriormente. También se les denomina los siete secretos inexplicables o indecibles. Trataremos de hablar solamente del cuarto secreto, el de la muerte.

He aquí dichos secretos:

1º El secreto del Abismo.

2º El secreto del Número (que puede estudiarse en la filosofía pitagórica).

3º El secreto de la Alquimia (que puede comprenderse estudiando las obras de Paracelso y de Jacobo Boehme).

4º El secreto de la Muerte.

5º El secreto del Mal (al cual se alude en el Apocalipsis).

6º El secreto del Verbo, del Logos.

7º El secreto de la Felicidad de Dios (el más oculto de todos).

Recordemos que en el planeta que ha precedido a nuestra tierra, la Antigua Luna, hemos distinguido tres reinos naturales, muy diferentes de los reinos terrestres. Nuestro reino Mineral no existía entonces todavía: ha nacido de la condensación o cristalización de la sustancia minero-vegetal de la Luna. Nuestro mundo vegetal ha surgido del reino vegeto-animal lunar. Y lo que actualmente constituye el Mundo Animal, proviene de lo que en la Antigua Luna fuera el hombre-animal. Vemos, pues, que cada uno de estos reinos lunares ha realizado en la tierra un descenso hacia la materialización. Y lo mismo aconteció con los seres que en la Luna estaban por encima del hombre-animal: los Espíritus del Fuego. Los hombres de entonces respiraban ese fuego lo mismo que los de hoy respiran el aire. De ahí que el Fuego haya quedado, en todas las leyendas y los mitos, como la primera manifestación de los dioses. En el “Fausto” de Goethe se hace alusión a esto al decir: “Hagamos un poco de fuego para que los espíritus puedan vestirse”. Estos Espíritus del Fuego de la Antigua Luna se encarnaron ahora, en la faz terrestre, en el Aire. Han descendido, pues, un grado más hacia la materialidad, viviendo en el aire que actualmente respiramos, Constituyen la sustancia del aire que nos circunda y que rodea a la Tierra con su atmósfera.

Ahora bien, si estos espíritus han descendido así hasta el aire, si los reinos lunares han involucionado, es con el fin de que el hombre pueda, gracias a ellos, elevarse hasta la divinidad. Se ha cumplido así un doble movimiento en el seno de cada uno de los reinos lunares: la parte más inferior descendía mientras que la más refinada se elevaba. De esta manera el hombre animal se dividió en dos grupos, uno de los cuales, bajo la influencia de la respiración y de la acción de los Espíritus del Fuego se prolongaba en Espíritus del Aire y trabajaba en la elaboración de su cerebro, mientras que el antiguo grupo descendía hacía el Reino Animal, Esta escisión se encuentra hasta en la constitución misma del hombre, cuya parte inferior se asemeja al animal, mientras que la superior se eleva hacia los espíritus. Y según fuera más o menos pronunciado un aspecto u otro, fueron formándose paulatinamente dos especies de hombres: la una, dominada por su naturaleza inferior, apegada a la tierra; la otra, más desarrollada, desprendida de la tierra. Los primeros regresaron hacia el Reino Animal y los otros pudieron recibir una chispa divina, la conciencia del yo. Esta es la verdadera relación que une actualmente el hombre al animal y particularmente al mono. La correlación física de esta evolución espiritual fue el crecimiento, el desenvolvimiento del cerebro humano que se convirtió en un templo para que Dios pudiera morar en él.

Pero si sólo se hubiera producido esta evolución hubiera todavía faltado algo. Hubiera habido minerales, plantas, animales y hasta hombres con el cerebro desarrollado y capaces de adquirir la forma humana actual, pero algo hubiera permanecido en el mismo estado lunar. En la Antigua Luna no había nacimiento ni muerte.

Si nos representamos el ser humano sin cuerpo físico no habría muerte: la renovación del ser se efectuaría de otra manera que mediante el nacimiento actual. Las partículas del cuerpo astral y del cuerpo etérico se renovarían por medio de cambios e intercambios, pero el compuesto ser permanecería constante. En torno de un centro inalterable, sólo las superficies serían el lugar de intercambio con el medio externo. Así ocurría en la Luna, donde el hombre no hacía más que metamorfosearse. Pero en ese estado no había llegado aún a obtener la conciencia. Los dioses que lo habían formado estaban en torno de él, detrás de él, pero no en él. Eran, con respecto al hombre, lo que el árbol es a la rama o el cerebro a la mano. La mano se mueve, pero la conciencia del movimiento está en el cerebro. El hombre no era más que una rama del árbol divino y si su evolución sobre la tierra no hubiera modificado este estado, su cerebro no habría sido más que una flor de ese árbol divino, sus pensamientos se reflejarían sobre el espacio de su fisonomía, sin que fuera capaz de tener sus propios pensamientos. Nuestra tierra hubiera sido un mundo de seres dotados de pensamientos, pero no de conciencia, un mundo de estatuas animadas por los dioses y sobre todo por Jahve (Iahve) o Iehovah.¿Qué pasó para que cambiara de tal manera la faz de las cosas y cómo obtuvo el hombre su independencia?

Cuando existen diversas clases en una escuela, hay alumnos que pasan todos los grados y otros que no. Los dioses de la naturaleza de Iahve estaban a punto de poder descender en el cerebro humano. Pero otros espíritus que, sobre la Luna se habían contado entre los Espíritus del Fuego, no habían terminado su evolución, y en vez de penetrar en el cerebro del hombre, en la Tierra, se mezclaron con su cuerpo astral. Este cuerpo astral está formado por instintos, deseos, pasiones. En él se refugiaron esos espíritus del Fuego que no habían alcanzado la meta de su evolución en la Luna, y recibieron asilo en la Naturaleza animal del hombre donde se elaboran las pasiones, aunque a] mismo tiempo dieron a estas pasiones un impulso superior. Hicieron penetrar el entusiasmo en la sangre y en el cuerpo astral. Los dioses Iehováquicos habían conferido la forma pura y fría de la idea, pero gracias a estos espíritus, que podríamos llamar luciféricos, el hombre fue capaz de entusiasmarse por ellas, de tomar partido por unas contra otras. Si los dioses Iehováquicos han modelado el cerebro humano, los espíritus luciféricos unieron ese cerebro a los sentidos físicos por las ramificaciones nerviosas que terminan en los órganos sensoriales. Lucifer vive en nosotros desde hace tanto tiempo como Iehovah.

Todo lo que pasa por los sentidos da al hombre una conciencia objetiva de lo que lo rodea y esto se lo debe a los espíritus luciféricos. Si debe a los dioses el pensamiento, en cambio a Lucifer debe la conciencia. Lucifer vive en su cuerpo astral y ejerce su actividad en las ramificaciones terminales de sus nervios.

He aquí por qué dice la “serpiente” del Génesis: “Vuestros ojos se abrirán”. Pueden tomarse estas palabras literalmente, porque, en el curso del tiempo, los espíritus luciféricos fueron quienes abrieron los sentidos del hombre. Merced a los sentidos es como se individualiza la conciencia. Sin el aporte del mundo sensible, los pensamientos del hombre no serían más que los reflejos de la Divinidad, actos de fe, no de conocimiento. Las contradicciones entre la fe y la ciencia provienen de este doble origen del pensamiento humano. La fe se vuelve hacia las ideas eternas, hacia las ideas matrices que tienen sus prototipos en los dioses; la ciencia, el conocimiento del mundo exterior por medio de los sentidos, viene de los espíritus luciféricos. El hombre se ha convertido en lo que es uniendo el principio luciférico a la inteligencia divina. Esta fusión de principios opuestos en el hombre es lo que le confiere la posibilidad del mal, pero también el medio de adquirir conciencia de sí mismo, de elegir y de ser libre, sólo un ser capaz de individualizarse ha podido ser ayudado así por esta oposición de los elementos dentro de él mismo. Si el hombre no hubiera recibido, aldescender en la materia, más que la forma dada por Iehovah, habría quedado impersonal.

Lucifer es, pues, el principio que permite al hombre convertirse realmente en un ser independiente de los dioses. El Cristo, o sea el Logos, manifestado en el hombre, es el principio que le permite remontarse hasta Dios.

Antes del Cristo, el hombre poseía el principio de Iehovah que le confería su forma y el de Lucifer que lo individualizaba. Se encontraba dividido entre la obediencia a la ley y la rebelión del individuo. Pero el principio de Cristo vino a establecer el equilibrio entre los dos primeros, enseñando al hombre a encontrar dentro del individuo mismo la ley primitiva, que originariamente fuera dada desde el exterior. Esto es lo que explica San Pablo que hace de la libertad y del amor el principio cristiano por excelencia: la ley ha regido la antigua alianza en la misma forma en que el amor rige la nueva. Encontramos, pues, así, en el hombre, tres principios inseparables y necesarios a su evolución: Iehovah, Lucifer y el Cristo.

Pero Jesucristo no es solamente un principio difuso en el mundo: es un Ser que apareció una vez, en un momento determinado de la historia. Bajo la forma humana reveló, por su palabra y su vida, un estado de perfección que todos los hombres adquirirán por su voluntad propia y libre, al final de los tiempos. El apareció en el momento supremo de una crisis terrible, cuándo el arco descendente de la humanidad iba a llegar al punto más bajo de la materialización. Para que el principio del Cristo hubiera podido despertar en el hombreo era necesario que se manifestara sobre la tierra y que el Cristo viviera como tal.

El Karma y Cristo resumen, por lo tanto, toda la Evolución. El Karma es la ley de causa y efecto en el Mundo Espiritual: es la espiral de la Evolución. La fuerza del Cristo interviene en el desenvolvimiento de esa línea kármica, como el eje directriz. Esta fuerza se encuentra en el fondo de toda alma humana después de la venida del Cristo a la Tierra.

Pero mientras no se vea en el Karma más que una necesidad impuesta al hombre de enderezar sus yerros o pagar por sus errores ante una injusticia implacable que se ejerce de una encarnación en otra, se opondrá. Siempre la objeción de que el Karma suprime el papel redentor del Cristo. En realidad, el Karma es a la vez una redención del hombre por sí mismo, por su propio esfuerzo, por su ascensión gradual hacia la libertad a través de la serie de reencarnaciones y al mismo tiempo es la que aproxima el hombre al Cristo. Porque la fuerza crística es la que constituye el impulso fundamental que empuja al hombre hacia esta transformación de la ley implacable en libertad y la fuente misma de esa impulsión es la persona y el ejemplo de Jesucristo. No es necesario creer que el Karma sea una fatalidad, sino que hay que considerarlo como el instrumento necesario para alcanzar la suprema libertad que es la vida en el Cristo, libertad que se logra, no atentando o desafiando el orden de cosas establecido, sino comprendiéndolo. El Karma no suprime ni la gracia ni el Cristo, sino que por el contrario, se aplican a toda la evolución.

Otra objeción es la que puede hacerse desde el punto de vista de la filosofía oriental. La idea de un redentor que viene a ayudar a los hombres, se dice, suprime los encadenamientos lógicos del Karma y reemplaza a la gran ley universal por la acción súbita de una gracia milagrosa. Es justo, se dice, que el hombre cargue sobre sí con el peso de sus culpas, ya que las ha cometido.

Esto es un error. El Karma es la ley de causa y efecto para el Mundo Espiritual, como la mecánica es la ley de causa y efecto en el Mundo Material en cada momento de la vida, el Karma representa algo así como el balance de un comerciante, la cifra exacta del debe y el haber. Cada acción, buena o mala, aumenta el debe o haber. El que no quisiera admitir un acto de libertad sería como el comerciante que rehusara hacer nuevas operaciones para no correr ningún riesgo y que quisiera atenerse siempre al mismo balance.

Un concepto puramente lógico del Karma impediría prestar ayuda al hombre que se encuentra en desgracia. Esto sería completamente erróneo, pues la ayuda que prestamos libremente a otro, abre un nuevo rumbo en su destino. Nuestros destinos están entretejidos con todas estas impulsiones y estas gracias. Si aceptamos la idea de una ayuda individual, ¿no es posible igualmente concebir un auxilio mucho más poderoso que pueda ayudarnos a todos colectivamente, aportando un impulso nuevo a toda la humanidad?

Ahora bien, esa es la obra realizada por un dios que se hizo hombre, no para contravenir a las leyes del Karma, sino para ayudar a su cumplimiento. El Karma y el Cristo se completan como el medio de salvación y el Salvador mismo. Merced al Karma la acción del Cristo se convierte en una Ley Cósmica, y por el principio crístico, el Logos manifestado, el Karma alcanza su objetivo que es la liberación de las almas conscientes y su identificación con Dios. El Karma es la redención graduada y el Cristo es el redentor.

Si el hombre se compenetrara bien de estas ideas, sentirían que se pertenecen los unos a los otros y comprenderían también la ley que reina en las fraternidades ocultas: que cada uno viva y sufra por los demás. Llegaremos a un momento en el futuro en el que el principio de la redención exterior coincidirá para cada hombre con la acción interior del Redentor.

No es la Revelación, sino la Verdad, la que hace libre al hombre. “Conoceréis la Verdad y la Verdad os hará libres”.

El camino de nuestra evolución conduce a la libertad. Cuando el hombre haya despertado en sí mismo todo lo que contiene proféticamente el principio de Cristo, será libre. Porque si la necesidad es la ley del mundo material, la libertad reina en el Mundo Espiritual. La libertad no puede conquistarse más que gradualmente y no aparecerá totalmente en el hombre más que al término de su evolución, cuando toda su naturaleza se haya espiritualizado.

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