GA130. La dirección espiritual del hombre y de la humanidad.

Rudolf Steiner – Múnich 20 de Agosto de 1911

Que el Cristo es también guía de las Jerarquías superiores en los mundos que siguen al nuestro es lo que revela la ciencia que apareció en nuestra cultura bajo la denominación de Rosacruz desde los siglos XII y XIII, ciencia cuya necesidad, a partir de ese momento, hemos demostrado. Si, de acuerdo con esta concepción, examinamos más de cerca la entidad que vivió en Palestina y que consumó el Misterio del Gólgota, observaremos lo siguiente.

Hasta el presente, han existido muchas ideas acerca del Cristo; por ejemplo, ciertos cristianos gnósticos del siglo I, afirmaban: el Cristo que vivió en Palestina no tenía cuerpo físico carnal, sino una especie de cuerpo aparente, un cuerpo etéreo visible físicamente; por consiguiente, su muerte en la Cruz no fue real, sino aparente, puesto que no existía más que un cuerpo etéreo. Siguen diversas discusiones entre los partidarios del Cristianismo, por ejemplo, la famosa discusión entre arríanos y atanasianos, etc., y entre ellos, además, las más diversas interpretaciones sobre lo que el Cristo ha sido en realidad. Hasta en nuestros días elucubran los hombres las más diversas ideas acerca de esta insigne figura.

La ciencia espiritual reconoce en el Cristo, no una entidad meramente terrestre, sino cósmica, y también el hombre en cierto sentido lo es: vive una doble vida, una en el cuerpo físico, desde el nacimiento hasta la muerte, y otra en los mundos espirituales, desde la muerte hasta el nuevo nacimiento. Una vez el hombre ha encarnado, depende de la Tierra, porque su cuerpo físico está supeditado a las condiciones de existencia y a las energías terrestres.

Mas el hombre, no sólo asimila las substancias y esas energías terrestres, sino que está incorporado al organismo físico terrestre y lo integra. Cuando trasciende la muerte física, deja de pertenecer a la Tierra; pero sería incorrecto creer que está libre de toda fuerza: él queda entonces unido al sistema solar y a otros sistemas siderales. Entre la muerte y el nuevo nacimiento, vive dentro de lo cósmico, así como entre el nacimiento y la muerte vivía en los dominios terrenales.

Desde la muerte hasta el nuevo nacimiento, pertenece al Cosmos, al igual que en la Tierra pertenece a los elementos aire, agua, tierra, etc. Así durante su vida entre la muerte y el nuevo nacimiento, mora en los dominios de la causalidad cósmica. Los planetas no irradian únicamente las fuerzas físicas de que nos habla la Astronomía, o sea, la fuerza de gravedad y otras de la misma índole, sino asimismo, energías espirituales, a las que el hombre se halla vinculado de una manera particular, según sea su individualidad: si ha nacido en Europa, su relación con las fuerzas calóricas, etc., es muy distinta de si hubiera nacido en Australia, por ejemplo.

He ahí lo que sucede entre la muerte y el nuevo nacimiento: uno está más relacionado con las fuerzas espirituales de Marte, otro más con las de Júpiter, algunos mas con las fuerzas del sistema planetario en su conjunto, las mismas fuerzas con las que regresa nuevamente el hombre hacia la Tierra: o sea, que en el intervalo anterior al nacimiento, vive generalmente vinculado con el espacio sideral.

De conformidad con las relaciones de cada individuo con el sistema cósmico, se determina también el impulso que lo conduce hacia una u otra pareja de padres, hacia una u otra región. Esta tendencia a encarnar aquí o allá, en esta o en aquella familia, en este o aquel pueblo, en este momento o en aquel otro, depende de cómo el individuo se halla incorporado al Cosmos antes del nacimiento.

Antiguamente se empleaba una expresión en lengua germánica extraordinariamente descriptiva respecto a lo que representa nuestro nacimiento. Cuando alguien nacía, se decía que había “juvenecido” en tal lugar, lo que implica alusión inconsciente al hecho de que, en el tiempo que media entre la muerte y el nuevo nacimiento, el hombre está sometido a las mismas fuerzas que lo llevaron a envejecer en la encarnación precedente, reemplazadas antes de nacer por otras que le retornan a la “juventud”. Es por ésto que emplea todavía Goethe en el Fausto, la expresión “juvenecido en Nebellandia” donde “Nebelland” es el antiguo nombre de la Alemania Medieval.

El horóscopo es posible para el conocedor de lo que antecede, pues se halla en condiciones de descifrar los poderes en virtud de los cuales una individualidad se introduce en la existencia física. A cada uno nos corresponde un determinado horóscopo, puesto que en él se revelan las fuerzas que nos han llevado a la existencia. Por ejemplo, cuando en el horóscopo, Marte se encuentra en el signo de Aries, esto significa que Marte impide el paso de ciertas influencias de Aries; las debilita. El individuo se adentra en la existencia física, y el horóscopo es lo que lo rige al adentrarse en ella. No tenemos por qué mencionar todo esto, considerando su cariz tan aventurado, en el presente. Pero sí hay que hacer hincapié en el hecho de que casi todo lo que se manifiesta hoy día en este sentido, es puro diletantismo, verdadera superstición, pues para el mundo exterior, la verdadera ciencia de todo esto se ha perdido en su mayor parte. Por consiguiente, los principios generales aquí expuestos, no deben juzgarse a la luz de ese algo tan ambiguo que se conoce como la astrología en el presente.

lvamos al tema: lo que empuja al hombre a la encarnación física son las fuerzas activas del mundo sideral. Y cuando el clarividente examina a una persona, puede percibir en su organización que ella es efectivamente producto de la conjunción de fuerzas cósmicas. Ilustremos esto en forma hipotética, pero en estricta correspondencia con la percepción clarividente. Si extrajéramos el cerebro físico de una persona y lo examináramos por clarividencia, viendo cómo está construido, cómo ciertas partes se localizan en lugares determinados, y desde ahí emiten apéndices, comprobaríamos que el cerebro es diferente en cada persona: no hay dos con cerebros iguales.

Si nos imaginamos que pudiéramos fotografiar este cerebro con toda su estructuración, de modo que tuviéramos una semiesfera visible en todos sus detalles, sería diferente la imagen para cada hombre. Y si tomáramos la fotografía del cerebro de una persona en el momento en que nace, y luego tomáramos también la de la bóveda celeste que queda exactamente encima del lugar de nacimiento, esta segunda fotografía nos mostraría lo mismo que la del cerebro humano. Así como éste está subdividido en determinadas partes, así también las estrellas en la fotografía del cielo. El hombre lleva en sí una imagen del espacio celeste, distinta para cada uno según el lugar y el momento en que haya nacido: he ahí la evidencia de que el hombre nace del Cosmos.

De aquí podemos elevarnos a la idea de la forma en que lo macrocósmico se muestra en cada individuo aislado, y, partiendo de ello, tratar de imaginar la forma en que se muestra en el Cristo. Si ahora nos lo imagináramos después del bautismo de San Juan como si, en El, lo macrocósmico se manifestara igual que en otro hombre cualquiera, caeríamos en un error.

Examinemos primero a Jesús de Nazaret. Este vivía en unas condiciones vitales muy especiales. Al principio de nuestra era, son dos niños Jesús que nacen: uno de ellos procedía de la línea nathánica de la casa de David; el otro de la línea salomónica de la misma casa: no habían nacido exactamente en el mismo momento, pero sí eran muy próximos. En el niño Jesús salomónico, que es el que describe el Evangelio según San Mateo, encarnaba la misma individualidad que había vivido anteriormente en la Tierra, como Zaratustra, con lo que el niño Jesús del Evangelio de San Mateo es el Zaratustra o Zoroastro reencarnado. Así, pues, la individualidad de Zaratustra se desarrolla en este niño Jesús hasta los doce años, tal como lo describe San Mateo. En ese año, Zaratustra abandona el cuerpo de ese niño y se traslada al del otro niño Jesús, que nos describe el Evangelio de San Lucas. Es por eso por lo que este último niño se transfigura repentinamente; y se asombran los padres cuando lo encuentran en Jerusalén en el templo, y el espíritu de Zaratustra se ha aposentado en él.

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Esto se nos revela diciendo que el niño, después de haberse perdido y de habérsele hallado en el templo de Jerusalén, hablaba de tal modo que sus padres no lo reconocían, ya que de él -del niño Jesús nathánico- sólo sabían cómo era anteriormente. Mas cuando empezó a discutir con los doctores del templo, pudo hablarles como lo hizo porque en él se había introducido al espíritu de Zaratustra.

Hasta su trigésimo año, el espíritu de Zaratustra vivió en el cuerpo del joven Jesús, del que procedía de la casa de David por la línea nathánica. En este cuerpo maduró hasta alcanzar mayor perfección todavía. Era aún preciso llamar la atención de que en este otro cuerpo, en el que ahora vivía el espíritu de Zaratustra, el cuerpo astral recibía los impulsos que Buda le irradiaba desde el mundo espiritual. Es cierto lo que nos relata la tradición oriental, de que el Buda nació siendo “Bodhisattva”, y de que fue en su vida terrenal, a los veintinueve años de edad, cuando ascendió a la dignidad de Buda.

Asita, el gran sabio hindú, fue llorando a palacio del padre de Buda, cuando el Gautama Buda era todavía un pequeñuelo y lloraba porque siendo vidente, podía saber que este príncipe sería el “Buda”, y como él se sentía viejo presentía que no viviría lo suficiente para contemplar cómo el hijo de Suddhodana se convertiría en El. Este sabio reencarnó otra vez en la época de Jesús de Nazaret. Es el mismo que nos presenta el Evangelio de San Lucas como el sacerdote del templo que ve aparecérsele el Buda en el niño Jesús nathánico. Y como lo veía, por eso dijo: “¡0h, Señor, deja que tu siervo se marche en paz, pues ya ha visto al Maestro!”. Lo que no pudo ver en otro tiempo en la India, lo veía ahora en el cuerpo astral de este niño Jesús que sale a nuestro encuentro en el Evangelio de San Lucas: el Bodhisattva convertido en Buda.

Todo esto fue necesario para que el cuerpo estuviese preparado para recibir lo que penetró en él con el bautismo impartido por San Juan en el Jordán. En dicho bautismo, la individualidad de Zaratustra abandonó al triple cuerpo, físico, etéreo y astral, que, de modo tan complicado, se había desarrollado para que el espíritu de Zaratustra pudiera morar en él. El renacido Zaratustra hubo de pasar por dos posibilidades evolutivas, representadas por los dos niños Jesús. Ante el Bautista estaba, por consiguiente, el cuerpo de Jesús de Nazaret, en el que se aposentaba entonces la individualidad cósmica del Cristo.

En cualquier otra persona, las leyes cósmico-espirituales se limitan al proceso de la vida terrenal. Luego, las leyes generales por las condiciones de la evolución terrestre entran en oposición con aquéllas. En Jesucristo, después del bautismo por San Juan, las únicas fuerzas efectivas eran las cósmico-espirituales, que no estaban bajo influencia alguna de las leyes evolutivas terrestres.

Durante todo el ambular de Jesús de Nazaret por Palestina como Jesucristo en los tres últimos años de su vida, del trigésimo al trigésimo tercero, lo invadía constantemente la entidad cósmica del Cristo en su plenitud. El Cristo se hallaba siempre bajo la influencia de la totalidad cósmica; en todo momento y lugar, las fuerzas cósmicas actuaban a través suyo. Lo que sucedía con Jesús de Nazaret era una continua realización del horóscopo, pues siempre acontecía lo que en el hombre sólo sucede al nacer. Y esto era únicamente posible gracias a que el cuerpo entero del Jesús nathánico permanecía influido por los poderes de las Jerarquías cósmico-espirituales que rigen a la Tierra. Mas si la totalidad del espíritu cósmico actuaba en Jesucristo, ¿quién era el que se encaminaba a Capernaúm o a cualquier otra parte?: Tenía el aspecto de un hombre como los demás; sin embargo, los poderes actuantes en El, eran las fuerzas cósmicas, que procedían del Sol y de las estrellas: ellas eran las que dirigían el cuerpo. En todo momento, los hechos de Cristo se regían según la totalidad óntica del Universo, que la Tierra integra.

Por eso se alude veladamente y con tanta frecuencia en los Evangelios a la Constelaciones en relación con los hechos de Jesucristo. Leemos en el Evangelio de san Juan cómo encuentra el Cristo a sus primeros discípulos, y encontramos esta afirmación: “era como hacia la hora décima porque el espíritu de todo el Cosmos se expresaba en esta circunstancia por la coincidencia de las relaciones de tiempo. Estas alusiones son menos claras en otros pasajes de los Evangelios, pero quien sabe leerlos las encuentra por doquiera.

Desde este punto de vista, deben juzgarse los milagros de Sus curaciones por ejemplo. Tomemos un solo pasaje, aquel en que se dice: “Una vez que el Sol se hubo ocultado, le trajeron a los enfermos, y El los curó» “¿Qué quiere decir esto? El evangelista nos hace notar que esta curación está relacionada con la totalidad de las constelaciones, y que dicha constelación cósmica, existente en el momento preciso, sólo pudo formarse después de la puesta del sol. Lo que significa que es después de la puesta del sol que podían influir las fuerzas curativas correspondientes. Jesucristo está representado como un intermediario, que enlaza a los enfermos con las energías cósmicas que producían un efecto curativo precisamente en esos momentos. Estas energías eran las mismas que, como fuerzas crísticas, actuaban en Jesús. La curación se produjo por la presencia del Cristo, porque gracias a Él, el enfermo quedaba a merced de las fuerzas curativas del Cosmos, cuyos efectos sólo podían producirse bajo las condiciones de espacio y tiempo que se daban en aquellos momentos y lugares. Así, esas fuerzas cósmicas actuaban sobre los enfermos por mediación de su representante, Jesucristo.

Pero su acción sólo era posible mientras el Cristo vivió en la Tierra; porque solamente entonces existía esa especial relación entre las constelaciones cósmicas y las fuerzas del organismo humano por cuyo intermedio la curación de determinadas enfermedades podía llevarse a cabo: el hombre enfermo recibía la salud que le otorgaba la constelación cósmica gracias a la presencia de Jesucristo. Es tan dudosa una repetición de tales circunstancias en el devenir cósmico y terrestre, como una segunda encarnación del Cristo en un cuerpo humano. Captado de este modo, el paso de Jesucristo por la Tierra aparece como la expresión terrenal de una determinada relación del Cosmos con las fuerzas del hombre. Un enfermo al lado del Cristo significa que aquél se encontraba, por la proximidad del Cristo, en una relación tal con el macrocosmos, que hacía posible el efecto curativo.

Con esto hemos indicado los puntos de vista que permiten reconocer que la dirección de la Humanidad se ha colocado bajo la influencia del Cristo. Pero las otras energías, las rezagadas de la época egipcio-caldea, continúan actuando al lado de las inspiradas por el Cristo. Esto se echa de ver también en las diversas actitudes que nuestro tiempo adopta con respecto a los Evangelios. Se publican obras literarias que se esfuerzan por probar de un modo extraño, que los Evangelios sólo pueden entenderse si se los interpreta astrológicamente. Los más grandes enemigos de los Evangelios invocan esta interpretación astrológica, y así, por ejemplo, el camino del arcángel Gabriel de Isabel a María, no significa otra cosa sino el pasaje del Sol de la constelación de Virgo a otra. En cierto sentido, esto es correcto, si bien estas ideas las inspiran en nuestra época las entidades que se quedaron sin realizar su objetivo evolutivo durante la época egipcio-caldea.

Con esto se pretende influir a la gente llevándola a creer que los Evangelios son puras alegorías que la integridad del Cosmos se conjuga en el Cristo, o sea, que su vida se desenvuelve en cada uno de sus pasos, en armonía con las circunstancias cósmicas que influyen constantemente en la existencia terrestre por mediación del Cristo. Una interpretación correcta, pues, debe llevarnos al pleno reconocimiento de la vida terrestre del Cristo, mientras que el citado error de que su vida se manifiesta en los Evangelios a través de las constelaciones cósmicas, nos lleva a la creencia de que solamente las constelaciones encierran la alegoría, y de que no existió ningún Cristo terreno y real.

Si se nos permite emplear un símil, diríamos esto: imaginemos a cada persona colocada debajo de un espejo esférico, espejo que refleja las imágenes de todo lo que la rodea. Supongamos ahora que tomamos un lápiz y vamos trazando los contornos de todo lo reflejado. Entonces podríamos tomar el espejo, y llevar esa imagen a donde quisiéramos, lo que presenta simbólicamente el que toda persona al nacer lleva en sí misma una reproducción del Cosmos, cuyos efectos únicos la siguen durante toda su vida.

Pero también podríamos dejar el espejo como está, de modo que, a cualquier parte donde se le lleve, refleje los objetos del ambiente, en cuyo caso nos dará una imagen del ambiente en cada momento. He ahí el símbolo de Cristo desde el bautismo de San Juan hasta el Misterio del Gólgota. Lo que con otras personas entra en la existencia terrenal al nacer, perdura en Jesucristo en todo momento. Y cuando se consumó el Misterio del Gólgota, la irradiación cósmica se fusionó con la substancia espiritual terrestre y quedó desde entonces unida al Espíritu de la Tierra.

Carta del Mº de Gólgota

Cuando Pablo adquirió el don de la clarividencia ante Damasco, pudo darse cuenta de que había pasado a estar en el Espíritu de la Tierra, lo que antes estaba en el Cosmos. Y de esto podrá convencerse todo aquel que se halle en condiciones de revivir en su alma el acontecimiento de Damasco. En el siglo XX, aparecerán los primeros hombres con estas condiciones, o sea, con la experiencia del Cristo por San Pablo.

Mientras que hasta ahora esto sólo podían experimentarlo las personas que adquirían poderes de videncia mediante la disciplina esotérica, en el futuro la evolución natural de la Humanidad hará posible para algunos, a partir de determinado momento del siglo XX la videncia del Cristo en la esfera espiritual de la Tierra, como una reviviscencia del acontecimiento de Damasco. Aumentará después, el número de estas personas, hasta que en un futuro lejano se convierta en una facultad natural del alma.

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2 comentarios el “GA130. La dirección espiritual del hombre y de la humanidad.

  1. gonzalo ramirez dice:

    Steiner dijo que que iniciando la segunda mitad del siglo xx nacerian los primeros seres humanos con facultades clarividentes,quiere decir que ya existen algunos de ellos en esta epoca con clarividencia natural.los germenes o semillas ya empezaron a dar sus frutos.

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