Capítulo II . El fuego principio y la jerarquía de las potencias

Del libro : Evolución Planetaria y Origen del Hombre – Edouard Schuré

El núcleo de la antigua ciencia oculta, que los rishis de la India formularon por vez primera, consistía en la doctrina del fuego-principio, urdimbre del universo e instrumento de los dioses. El agente universal y la sustancia de las cosas es Agni el fuego creador, Agni el fuego escondido en todo, el fuego originario e invisible del que la luz, la llama o el humo no son sino manifestaciones exteriores. Por una parte el fuego es la forma elemental de la materia. Por otra como el vestido y, de alguna manera, el cuerpo de los dioses, el medio del que se sirven para actuar en el mundo. Agni: camino ardiente por el que el espíritu desciende a la materia, sendero luminoso por donde la materia vuelve a subir al espíritu. Esta antiquísima doctrina del fuego-principio que empapa e ilumina los Vedas con su poesía adivinatoria, reaparece posteriormente formulada de manera científica en el más grande filósofo griego de la escuela jónica: Heráclito de Efeso. Heráclito consideraba al fuego como principio del universo visible. «El fuego es el elemento generador; todo nace de sus transformaciones:  rarefacción y condensación. Cuando el fuego se condensa se hace vapor; si el vapor adquiere consistencia se transforma en agua; mediante una nueva condensación el agua se hace tierra». Esto es lo que Heráclito llama el movimiento de arriba abajo. Inversamente, cuando la tierra se rarifica se hace agua; de ella procede casi todo a través de una evaporación que se efectúa en su superficie. Este es el movimiento de abajo arriba. Añadamos que el fuego no solo es el principio vivificador sino también el principio destructor. El universo fue engendrado por el fuego y el fuego lo disolverá. Digamos inmediatamente que toda la cosmogonía de nuestro sistema planetario se resume en estos dos movimientos de arriba abajo y de abajo arriba. Ello se debe a que acompañan el descenso del espíritu a la materia y la nueva ascensión de la materia hacia el espíritu. Heráclito de Efeso depositó en el templo de Diana su libro sobre el fuego-principio. Con ello quiso subrayar que su saber procedía de la iniciación de los dioses, de su inspiración, y no solo de la reflexión y la razón. En esta época la filosofía era esencialmente intuitiva y sintética. Se transformó en analítica con la Escuela de Eleas, y en dialéctica con Sócrates, Platón y Aristóteles. Veamos a continuación las opiniones al respecto del más sabio y más clarividente teósofo contemporáneo. Estas opiniones traducen a lenguaje científico de hoy la doctrina oculta de los cuatro elementos y del fuego principio.

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Rudolf Steiner escribe: «Para comprender esta antigua doctrina santa que nos llega de Oriente es preciso relacionar el fuego con los cuatro elementos cuyo sentido ya no entiende el materialismo contemporáneo. Esotéricamente hablando los elementos no son cuerpos simples e irreductibles a la manera como lo piensa la química moderna, sino estados sucesivos de la materia. La tierra es estado sólido (en este sentido el hielo es tierra). El agua es el estado líquido (en este sentido el mercurio y el hierro fundido son agua). El fuego o calor es un estado más fino y sutil que el aire. Podríamos llamarle materia radiante (el término es de Crookes). El fuego se diferencia de los otros tres elementos en primer lugar porque los penetra y penetra todo lo existente, en tanto que ellos están separados entre sí. Otra diferencia consiste en que podemos tocar los sólidos, los líquidos y los gases: se perciben desde el exterior a causa de un cierto grado de resistencia. Un cuerpo ardiente se puede tocar. Pero el calor también está dentro, hecho que conocía la sabiduría antigua. El fuego es simultáneamente un elemento exterior e interior al hombre y a todo lo que existe. Los sabios decían: La materia se transforma en alma mediante el Juego. Hay alma en el fuego y fuego en el alma». «Por lo tanto el fuego es la puerta por la que, desde el exterior, se penetra al interior de las cosas. Cuando miramos un objeto que arde vemos dos cosas en el fuego: el humo y la luz. Pero ¿los vemos? Eso es lo que se cree aunque no es cierto. Lo que vemos son objetos sólidos, líquidos o gaseosos, iluminados por la luz; no vemos la luz en sí. Por lo tanto la luz física es una realidad invisible. Yendo del fuego a la luz entramos en lo invisible, en lo etéreo, en lo espiritual.

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Con el humo sucede al revés. Cuando algo arde asistimos al paso de lo material a lo espiritual, a la producción de la luz. Pero el paso se paga con el humo opaco. Con el humo, el fuego encierra un elemento espiritual en la materia. Nada nace aisladamente. Todo proceso se paga mediante un retroceso inverso y proporcional. Donde se produce luz también se producen tinieblas. El aire nace del fuego transformado en humo; el agua del aire condensado en líquido, y la tierra del líquido solidificado. Desde este punto de vista el universo entero es fuego y espíritu embrujados en la materia». Cuando penetramos con esta óptica la máquina del mundo y contemplamos como circula por sus venas el agente universal, el fuego sutil y todopoderoso, comprendemos mejor la fuerza y la majestuosidad del culto de los Aryas primitivos. Glorificaban el fuego porque veían en él el trono, la sustancia y la vestimenta de los dioses. Antes de resumir la evolución planetaria debemos hacernos una idea de las potencias que intervienen en el drama cósmico. Los antiguos sabios colocaron a los dioses sobre un trono de fuego y de luz porque esas fuerzas son sus elementos. Intentemos enumerarlos de abajo arriba, en el mismo orden ascendente que sigue la inteligencia humana. Después los veremos actuar de arriba abajo siguiendo el orden descendente de la creación. El Antiguo Testamento resume la jerarquía de las Potencias -facultades de Dios en acto-en el sueño de Jacob que ve como los ángeles bajan y vuelven a subir los escalones del universo. Este sueño representa simbólicamente la jerarquía del mundo invisible que es el que sustenta y mantiene al mundo visible. Comentado esotéricamente pone de manifiesto una ciencia más profunda aún que la que brota de nuestros microscopios y telescopios. Escalad los grados de la materia y encontraréis el Espíritu. Subid los peldaños de la conciencia humana y encontraréis a Dios. De la misma forma que más allá de los cuatro elementos hay otros elementos más sutiles, por encima de los cuatro reinos visibles de la naturaleza -mineral, vegetal, animal y humanoexisten reinos correspondientes a diferentes estados de la materia imponderable. Son las esferas de los Asuras y los Devas de la India, los Elohim de Moisés” los dioses griegos, formas antropomorfas de dichos estados. La tradición esotérica cristiana, cuyos orígenes se remontan a Dionisio Aeropagita los divide en nueve categorías, agrupadas en tres ternarios, que forman un todo orgánico. Todos los pueblos han creído y todos los profetas han dicho que por encima del hombre existen los Angeles, los Feruer de los Persas, los Genios de los latinos, a todos los cuales se identifica a veces con el Yo superior y eterno del hombre. Sin embargo el ángel difiere de este yo superior al que está encargado de despertar. Esotéricamente los ángeles también se llaman los hijos de la vida. Uno de ellos acompaña la personalidad de cada hombre. Su misión consiste en seguirle y guiarle de encarnación en encarnación. El elemento del ángel es el aire. Por encima de los ángeles están los Arcángeles, los Asuras de los hindús, que dominan el alma de las naciones. Su elemento es el fuego. La tradición oculta los considera como los factores más activos de la vida general de la humanidad: trazan las grandes líneas de ésta y vigilan sus múltiples movimientos. Más allá de los arcángeles reinan los Principios (llamados apcpai por Dionisio Aeropagita), o espíritus de la personalidad y de la iniciativa cuyo papel podría definirse con el término los Comendadores. Ellos fueron quienes dieron el primer impulso a los arcángeles durante el periodo saturnino y durante el solar. También son ellos quienes presiden los grandes movimientos de la humanidad y las revoluciones, así como la actuación de las grandes personalidades que cambian la faz de la historia. Este es el primer grupo de potencias espirituales que se encuentran por encima del hombre y al que por antonomasia puede llamarse trabajadores del laboratorio planetario, ya que su actividad es la más ardiente y compleja y penetra profundamente tanto en la materia como en los arcanos de la individualidad humana. Después viene la segunda triada de potencias. Son los Devas propiamente dicho de los hindús. Dionisio Aeropagita los ha llamado Virtudes, e^ovoiai, Dominaciones, Svvafieio, y Principados, (peipioxe. Hay que considerarlos como dominadores y ordenadores de todo el sistema planetario. Estos espíritus soberanos son intermediarios entre las potencias inferiores y las superiores y están más cerca de la divinidad que del hombre. Podríamos llamarlos los Intachables pues no pueden descender al abismo de la materia como los ángeles aunque tampoco pueden como ellos amar al hombre al que dieron aliento y vida. Estas potencias son las que han creado el vacío en las esferas planetarias a donde vienen a precipitarse las fuerzas del infinito. Guardan el equilibrio de todo el sistema y constituyen su norma. Son los Elohim de Moisés y los creadores de la tierra. Muy por encima de cualquier concepción o fantasía humana se eleva en orden ascendente la tercera triada de potencias. Los Tronos son las potencias supremas del don de sí y del sacrificio. Después veremos el papel fundamental que han tenido en el origen de nuestro sistema planetario. Los Serafines (cuyo nombre caldeo significa amor), y los querubines (palabra que tiene el sentido de sabiduría y fuerza infinitas) están tan cerca de Dios que reflejan inmediatamente su luz. Las potencias inferiores no podrían soportar su esplendor deslumbrante ni el relampagueo de su brillo. Los Serafines y los Querubines se la transmiten tamizándola y condensándola en formas radiantes. Ellos mismos revisten tales formas empapándose de amor y sabiduría. Se sumergen en el seno de la trinidad divina y salen de ella fulgurantes pues los pensamientos de Dios se incorporan a su esencia espiritual. No trabajan, resplandecen; no crean, despiertan. Son rayos vivos del Dios impenetrable. Resumamos. La TRIADA INFERIOR (Angeles, Arcángeles y Principios) es la de las potencias combativas a las que corresponde el trabajo más duro. Tienen por campo de batalla la tierra, y como objeto al hombre. La TRIADA MEDIA (Virtudes, Dominios y Principados) es la de las ordenadoras y equilibrantes que actúan en el conjunto del sistema planetario. La TRIADA SUPERIOR (Tronos, Querubines y Serafines) es la de las potencias radiantes e inspiradoras que actúan en el conjunto del cosmos. Forman parte de la esfera divina propiamente dicha pues, por esencia, están como Dios fuera del espacio y del tiempo aunque manifiestan en ellos a la divinidad. Añadamos que cada orden de potencias de esta vasta jerarquía recibe el influjo de las superiores y actúa sobre todas las que están debajo, aunque no sobre las que están encima. Señalemos también que las esferas de actividad de las potencias se penetran sin confundirse, y que las condiciones de espacio y tiempo varían en cada ternario de la jerarquía. La esfera de ángeles, arcángeles y principios que es la inmediatamente superior al hombre y en la que se sumerge durante el sueño, es la esfera astral también llamada esfera de la penetrabilidad. En ella reina la cuarta dimensión, es decir, que los seres se penetran sin confundirse. Las distancias están suprimidas o modificadas. Las cosas se unen inmediatamente por simpatía o antipatía. La esfera de las potencias del segundo ternario es la esfera espiritual que podríamos llamar también la esfera de la expansión y la concentración. Dominan en ella las dimensiones quinta y sexta, es decir, la creación en el vacío mediante la afluencia de fuerzas del infinito. Con el tercer ternario entramos en la más elevada esfera divina, la del Infinito y el Eterno, que está por encima del tiempo y de espacio pero que los rige. La escala de las potencias tiene al fuego-principio como trono, por centro la trinidad divina, y como corona la triada seráfica. La luz, la vida y la verdad se proyectan desde arriba bajo el efluvio de los tres Verbos, a través de los Elohim y los arcángeles, para clavarse en el hombre con la llama de Lucifer. Todos los rayos divinos se concentran en el hombre para que en él vuelva a brotar un ser, una luz y un verbo nuevos. Mediante esta cadena Dios-los-Dioses, los Elementos y el Hombre forman un todo solidario e indivisible que se genera, se organiza, y evoluciona de manera constante, paralela e integral. Los dioses superiores engendran a los dioses inferiores los cuales, a su vez, engendran a los elementos cuya materia no es sino apariencia y de los que el hombre, en germen en ellos desde el principio, se transforma poco a poco en centro y eje. Contemplado de arriba abajo, este cuadro muestra el rayo por el que los dioses ven el mundo del hombre: es el lado de la luz. Visto de abajo arriba representa el prisma por el que el hombre percibe el mundo y los dioses: es el lado de la sombra. Veamos ahora el trabajo de las potencias en la creación.

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