2. Sobre ritmos y constelaciones

Informe I – Dra. Vreede

Octubre de 1927

 

“Por medio de principios anímico-espirituales, los cuerpos celestes están colocados en posiciones y movimientos tales, de manera que los estados espirituales puedan ser experimentados en lo físico”*

El mundo estelar se nos ha presentado como una última manifestación de los Seres Espirituales, cuyas fuerzas se fueron retirando paulatinamente y que manifiestan su ser astral en lo etéreo a modo de amorosa “caricia”, como dijese Rudolf Steiner. Este (en cierto modo) camino evolutivo descendente, parte desde el Antiguo Saturno hasta adentrarse en nuestra época. Esto concierne tan solo a los cuerpos celestes exteriores y visibles, mientras que detrás de las estrellas o en las esferas aun pueden ser halladas las fuerzas activas y los poderes de los Seres Espirituales – si bien también ellos han tenido que pasar naturalmente por una evolución con el correr de semejantes periodos, tal como se describe en “La Ciencia Oculta”.

Alrededor del Antiguo Saturno no había ningún mundo estelar a ser percibido, sino algo semejante a briznas fogosas, de las cuales se originaría en principio el Zodiaco durante la antigua época solar. En poderosa interacción se hallaba la Antigua Luna con todo el universo en torno suyo. En cuanto emerge la Tierra desde el entretiempo espiritual contiguo a la época lunar, contenía aun a todo el sistema planetario futuro. La separación del Sol, luego la de la Luna a partir del cuerpo terrestre conjunto durante las 2ª y 3ª grandes épocas de los tiempos hiperbóreo y lemúrico, fue una realización de seres espirituales, y las fuerzas y substancias que le fueron retiradas a la Tierra eran por de pronto, de la más pura naturaleza espiritual. No hubieran sido podido ser visibilizadas con los ojos actuales.

Ya previamente a la salida del Sol, los seres de Saturno habían desligado sus fuerzas de las de la Tierra; luego le siguieron los seres de Júpiter y de Marte. Venus y Mercurio se retiraron de la Tierra conjuntamente con el Sol, y abandonan al Sol recién una vez que se desprenden de la Tierra. Sobre las razones de esa separación se nos cuenta nuevamente en “La Ciencia Oculta” así como las disertaciones sobre las “Crónicas del Akasha”.

Resulta obvio que los planetas y las estrellas que se hallaban en el cosmos, no se encontraban ni movían de la misma manera en que podemos observarlas hoy, sino que por largo tiempo tras la separación del Sol de la Tierra, no es dado hablar de cronología en el sentido actual. “Año” y  “día” no podían ser medidos como se hace hoy (compárese “La Ciencia Oculta”). Los planetas restantes también eran una expresión de los seres que los habitaban, lográndolo a través de sus movimientos y esos movimientos eran regidos según sus necesidades espirituales. Como Marte y Mercurio, por ejemplo, se comportaron desde el comienzo de nuestra evolución terrestre, nos es contado por Rudolf Steiner en su “Evolución de la Tierra”* y en la “Técnica del karma”*.

En “la Ciencia Oculta” también se describe como la mayor parte de las almas humanas hubieron de abandonar la Tierra, cuando las condiciones de existencia sobre esta se tornaron cada vez mas difíciles. Más tarde, cuando la Luna se retira de la Tierra hasta adentrado el periodo atlante, las almas regresan una vez más a la Tierra. Tenemos aquí a un trabajo conjunto de todo el sistema planetario con la Tierra, siendo todavía una expresión completa de lo anímico-espiritual. Seres espirituales descendieron a la Tierra desde otros planetas, revistiéndose con las formas humanas de otrora y enseñaron a la joven humanidad, les brindaron sus artes y a sus ciencias. Más adelante podían solamente descender hasta los humanos dentro de los Centros de Misterios e incluso aquí, las condiciones se tornaron cada vez más difíciles para la comunicación.

Estas relaciones, que corresponden absolutamente al estadio de la MANIFESTACION y de la ACTIVIDAD, en el sentido que les fuera dado anteriormente a estas designaciones, sufrieron una transformación completa en la época atlante. La mitad de este periodo corresponde en si a la mitad de la evolución terrestre. El impulso del Yo, que debía justamente realizarse en la Tierra, se volvió poderoso. Arribo aquel tiempo en el que las masas de niebla, el “aire acuoso” que se había acumulado sobre Atlantis se separo y por primera vez apareció el Sol. Si el impulso luciférico no hubiese sucedido al comienzo de la evolución terrestre a modo de factor retardante, en ese momento -mitad del periodo atlántico- hubiera nacido el Cristo desde el Sol, como portador del impulso del Yo para la Tierra. La constelación del Cristo estaba aquí; sin embargo, la humanidad todavía no hubiera podido integrar al Cristo en libertad. Su venida tuvo que ser retrasada y el mundo fue organizado de tal manera que el Yo pudiese desarrollarse libremente.

Aquel fue asimismo un tiempo en el que los seres estelares se habían retirado tanto de los cuerpos celestes que ya dirigían sus movimientos dentro de orbitas delimitadas, en periodos rígidamente establecidos. Aquellas regulaciones aparentemente matemático-mecánicas, dentro de las cuales nos situamos aun, comenzaron a actuar entonces.

Esta es la regularidad que rige de un modo u otro a todo el periodo medio de la evolución terrestre y a cuyo final nos acercamos paulatinamente. Todo esto hubo de suceder en favor de la libertad del hombre. Solamente en un mundo que no fuese dominado por una drástica e imprevista voluntad divina ni por tumultuosas manifestaciones espirituales, podía desarrollarse el delicado germen del Yo humano en libertad.

Los cuerpos planetarios cayeron en una regularidad tal que sus orbitas y posiciones permiten ser calculadas. Sus orbitas se desplazan con grandiosa tranquilidad y rutina, describiendo el camino de su obrar. Para la percepción humana surgió paulatinamente el mundo creado, aun cuando el hombre era capaz de percibir la actividad de las potencias divinas durante largos tiempos, incluso hasta adentrada la época histórica. Y cuando el hombre transita por la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento, el mundo dado se esfuma, se encuentra en el mundo de los seres espirituales y experimenta las manifestaciones que van extinguiéndose cada vez mas hasta que finalmente no son más que la actividad de los seres del mundo espiritual, sobre todo al regresar hacia la encarnación. El instante del nacimiento expresa el último nexo entre el hombre y el mundo estelar.

Luego se ubica ya dentro de la vida y a su observación solo le queda el mundo manifestado, cuyo supuesto comportamiento mecánico puede engañarle frente a la verdad de que pese al gran reloj celeste, los destinos del mundo terrestre no han de ser simplemente señalados sino que también han de ser producidos.

Es entonces que surgen las constelaciones, a través de la aplicación de ese orden mundial por sobre tiempos preestablecidos: luna nueva, luna llena, aspectos planetarios, eclipses, etc. (Se habla aquí de “constelaciones” en el sentido de “aspectos”, de ángulos estelares y no en el sentido de constelaciones “fijas” o signos, como es normalmente utilizado). Aquello que para el hombre significa los cimientos de su libertad es, de un cierto modo para el mundo espiritual, una limitación de su campo de acción. La constelación requerida para un evento o para un desarrollo determinado ha de ser esperada, no puede ser realizada por medio de un accionar inmediato de parte de las potencias espirituales (como ya hemos visto, los cometas componen una relativa excepción). Pero justamente se demuestra en este punto cuán lejos están los movimientos del cosmos de aquellos logrados a través de la maquina hecha por humanos!. De un modo maravilloso, en un ritmo vital que nada tiene de mecánico, en una variación infinita basada tan solo sobre unas pocas relaciones numéricas, es como se pone en juego la interacción entre planetas y estrellas en la bóveda celeste.

Ciertamente, en el lapso de 30 días se produce mensualmente una Luna nueva y una Luna llena. Sin embargo, la Luna se ubicara cada una de las veces en una constelación diferente; y cuando como Luna llena se ubique en la misma constelación, tras haber transcurrido 19 años aproximadamente, todo lo demás que pueda haberse relacionado con ella ya no será lo mismo. La vida del cosmos se oculta en estos ritmos, con sus inconmensurables relaciones numéricas que ha reservado para si en su existir como mundo creado.

Opuestamente, en los movimientos que se calculan según la fuerza de atracción general, la gravedad, se ve expresado el elemento de la muerte, que le fue incorporado al cosmos viviente para que el hombre pudiera ser libre. Por el contrario, allí donde nos confrontamos directamente con los ritmos del mundo etéreo, surgen relaciones numéricas conmensurables por medio del número de vibraciones de los sonidos que ya en la antigüedad les fueron atribuidos a las esferas planetarias. Sucesos rítmicos, “gravitación” -no se hallan en contradicción sino que se comportan del mismo modo que el cuerpo etéreo del hombre para con su cuerpo físico. Las constelaciones entre estrellas y planetas deben formarse también a partir de estas normas. Es por ello que debe esperarse medianamente hasta alcanzar el tiempo justo.

Tanto las fuerzas actuantes como el hombre, deberán guiarse según el transcurso estelar prescrito. Lo lleva a cabo primeramente al nacer, cuando permite que su nacimiento se vea regido por las constelaciones que se corresponden con su karma. Esto se hacía sobre todo en la época de los antiguos misterios, hasta mediados de la época egipcio-caldea. Allí, el hombre observaba las estrellas para saber si los Dioses se le acercarían. Un circuito ininterrumpido entre Dioses y hombres como lo fuera en épocas terrenas arcaicas, ya no pudo ser posible. Pero justamente era gracias a esa comunión no mecanizada de los ritmos celestes lo que permitía que los Dioses descendiesen hasta los hombres en los misterios; el Sol, la Luna y las estrellas poseen sus propios  ritmos. El día solar es distinto del día estelar, el mes solar es distinto al mes estelar, etc. Y precisamente aquí, donde de una manera u otra no se genera una constelación forzada, sino donde un ritmo tiene sobrepeso sobre el otro a causa de la inconmensurabilidad, es donde se da la ocasión de que se manifieste el mundo espiritual. Es en esos tiempos -días o hasta incluso horas – en los cuales los sacerdotes mantenían una comunicación con los Dioses, en los misterios tardíos. Pero todo esto también juega un rol particular en la vida cotidiana actual, sin ser una aglomeración externamente visible de las estrellas, pero que representa a tal sobrepaso de un ritmo sobre el otro, una diferenciación de la velocidad que luego coacciona a modo de factor real en la vida humana. Tomemos un ejemplo:

Desde tiempos inmemorables es conocida en la astronomía la diferencia entre el así llamado ciclo lunar sinódico y sidéreo. El último representa justamente al trayecto de la Luna por el mundo estelar, el tiempo que requiere la Luna para regresar a una estrella determinada (por ejemplo Regulus en Leo). Fácilmente se puede seguir a simple vista como cada día y a la misma hora, la Luna se desplaza un determinado tramo más hacia el este – realiza una vuelta completa en aproximadamente 27 1/3 días (mas exactamente: 27 días, 7 horas, 43 minutos y 11,545 segundos, pero también este dato es solo una media y oscila en algo de 3 horas, justamente a causa de la vivacidad interior del sistema cósmico; no nos concierne aquí la exactitud en minutos). Si por ejemplo la Luna estaba llena al primer encuentro con Regulus, al dar la vuelta completa por el zodiaco (la Luna, el Sol y los planetas son considerados como móviles a través del zodiaco para la visión exterior) no estará aun en la misma relación con el Sol que al principio, ya que entretanto, el Sol también ha avanzado por el cielo durante su trayecto anual. La Luna precisara más de 2 días para volver a estar llena, es decir, estar en la misma posición con respecto al Sol a como lo estaba con Regulus la primera vez. En la simple Fig. 1 podemos visualizarlo: el circulo representa a la bóveda celeste, sobre todo al zodiaco (eclíptica), Luna y Sol (L1 -S1) se hallan como se dice comúnmente, en oposición, es Luna llena; la Luna esta sobre Regulus, tras dar la vuelta completa retorna a el, pero debe avanzar hasta L2 para estar opuesta al Sol, que entretanto esta en S2.

f1

Esto es lo que se denomina CICLO SINODICO LUNAR, que dura 29 1/2 días (29 días, 12 horas y 44 minutos). En esos 2 1/2 días que separan al ritmo lunar relacionado con las estrellas, del ritmo lunar relacionado con el Sol, se crea un margen que se espejea microcósmicamente en el hombre, en la relación entre los cuerpos etéreo y astral. Mientras que el cuerpo astral asimila rápidamente las experiencias de la consciencia de vigilia, el cuerpo etéreo precisa más tiempo para que queden impresos en él y lleguen a ser recuerdo, memoria, tanto como unos 2 1/2 días. Este tiempo se corresponde con el intervalo entre el ciclo lunar sinódico y el sidéreo.

En algún momento, el hombre tiene que haber dormido un par de veces -es decir que separo su cuerpo astral del etéreo- para que se produzca la impresión. Al ritmo más acelerado del cuerpo astral (relación de la Luna con las estrellas) le sigue el ritmo más lento del cuerpo etéreo 2 o 3 noches después (relación de la Luna con el Sol), por ello es que las imágenes de nuestro mundo onírico extraen las experiencias que fueron vivenciadas 1 o 2 días atrás (ver conferencia del 8-5-1920*). Como dicho, aquí se trata de  diferencias rítmicas y que no actúan de este modo por el simple hecho de estar en una constelación o atravesando una fase.

O tomemos otro ejemplo, en el que se expresa igualmente un lapso de tiempo. Es un sobrepaso del año solar por sobre el año lunar. Es sabido que el año solar tiene una duración de 365 1/4 días (dejando de lado minutos y segundos), es decir, que el Sol retorna tras ese tiempo al punto de partida aparente. Si construimos para la Luna 12 (sinódicos) meses correspondientes, obtenemos 12 veces 29 1/2 días = 354 días (y algunas horas) para el así denominado año lunar. El Sol tiene de cierta forma un tiempo de acción mas prolongado que la Luna, y esto se espejea en el lapso de tiempo entre Navidad y Reyes. Es como si la Luna hubiera retirado su acción por algún tiempo, como si durante doce días o trece noches actuasen límpidos rayos solares, las fuerzas del Sol enviadas por el Cristo a la Tierra.

Tiempos semejantes eran los que se  consideraban en los Antiguos Misterios, como oportunos para la comunicación con los seres espirituales, para quienes se abre de un modo u otro el portal a la Tierra.

Un paso más se avanza dentro del libre actuar de las fuerzas espirituales, allí donde solamente hay relaciones (no tan solo diferenciaciones) entre los ritmos cósmicos. Pese a su posición frente a lo astrológico, también el Antiguo Testamento repite la antigua regla caldea: te doy un día por un año (Ezequiel IV,6); con esto tenemos a la composición mas común de la antigua astrología espiritual: un día equivale a un año. Tomemos como ejemplo a lo que conocemos como periodo arcangélico y partamos nuevamente de lo dicho acerca del año lunar y los 354 1/3 días. Si el día equivale a un año, entonces existe aparentemente un periodo de 354 años, 4 meses (y 12 días si contabilizamos los minutos). Este es justamente el numero que brinda el místico Trithemius de Sponheim para el tiempo de finalización del dominio de los Arcángeles, en la serie que conocemos -Micael, Orifiel, Anael, Zacariel, Rafael, Samael, Gabriel.

Es así como llega a proponer, contabilizando los milenios, que el inicio de la era micaélica corresponde a Septiembre/Octubre de 1879, siendo el 4 de Junio de 1525 el inicio de la era gabriélica que le antecede. El dominio de los siete Arcángeles constituye entonces un lapso temporal dividido en 7 periodos, es decir 7 veces 354 1/3 o alrededor de 2480 1/2 años solares.

¡En este cálculo se halla oculto un maravilloso secreto!. Hemos partido de la Luna (año lunar), luego se incorporan el Sol y la Tierra a tanto 1 día es igual a 1 año, y finalmente tenemos a los siete Arcángeles que se suceden unos a otros, y que representan a los siete planetas. Así es que en este periodo arcangélico se oculta todo el sistema planetario como asimismo se ve representado al mundo estelar a través del numero 12 (12 vueltas sinódicas = 1 año lunar) como numero del zodiaco.

Aquí se expresa una antiquísima sabiduría, que solo vive y existe en los ritmos. Pero se la debe abstraer de cualquier “coincidencia” y particularidades de los marcantes sucesos provenientes del mundo espiritual que siempre se dan en la vida histórica, y que han de actuar a modo de obstáculo o de aceleración por encima de la guía divina. Sabemos que Rudolf Steiner dio como periodo arcangélico un lapso de “3 o 4 siglos” además de otros datos que no coinciden exactamente con los de Sponheim: Noviembre de 1879 para el inicio de la era micaélica y un tiempo más prolongado para la de Gabriel. No se trata aquí de una contradicción, sino de un proceder histórico real por un lado, y por el otro tiene que ver con una observación de los ritmos – la antigüedad conoció los más variados ritmos y periodos, y a mas se penetra en ellos, tanto más se aprende acerca de los maravillosos coros de los seres estelares, que en los movimientos de los cuerpos planetarios hallan simplemente su  expresión exterior.

Por supuesto que se ha observado en todos los tiempos mucho de lo que ofrece una constelación determinada o los aspectos celestes, como la reaparición de la Luna nueva, de la Luna llena, el trayecto del Sol por el zodiaco o la conjunción y la oposición de los planetas. Asi expone el mundo estelar so modo de acción y es correcto entrar en conocimiento del paso de los planetas y de las estrellas, desarrollar una consciencia de sus posiciones y movimientos. Si la Luna mengua o crece, si Júpiter o Saturno brillan por algunos meses en el cielo o si la señora Venus nos visita como lucero al alba o al atardecer, o si tras larga ausencia el guerrero Marte reaparece por el horizonte del Este y mientras tanto, Mercurio se vuelve delicadamente visible en el crepúsculo sobre el horizonte occidental, el seguimiento de todo esto nos lleva paulatinamente a la experiencia conjunta de aquellos procesos rítmicos desde donde nos habla lo espiritual del sistema planetario.

También la trayectoria de las estrellas, su aparición y desaparición paulatinos a lo largo del año debería sernos conocidos, si el aire de la gran ciudad nos lo permite!. Una guía sobre estos conocimientos están a disposición de cualquiera a modo de cartas estelares o en el calendario estelar anual*.

Aquí deben se también señaladas las constelaciones importantes para el mes siguiente, pero ha de intentarse al mismo tiempo, aportar una comprensión que no sea un “mirotear” por encima ni tampoco una predicción astrológica. La próxima vez retomaremos desde este punto.

Aun así, correspondería indicar ya mismo el paso de Mercurio por delante del Sol, que se producirá el 10 de Noviembre. Es un suceso que no se produce muy seguido y que se repite en lapsos irregulares de 13, 7, 10 y 3 años (el último paso fue el 7 de Mayo de 1924); lamentablemente no será posible ver mucho del suceso en Europa, ya que cuando Mercurio cubra el disco solar, el Sol no habrá salido aun. Solo la última mitad, o mejor dicho el alejamiento será observable, y se apreciara mejor a tanto se lo vea mas desde el Este. Dar datos exactos de los tiempos es superfluo, ya que se trata simplemente de pillar al Sol justo a la salida (¡no mirar sin lentes oscuros!). El final del suceso será a las 9:30 para Europa central; para Inglaterra, según el huso horario de Greenwich, será una hora antes (8:30). Mercurio se moverá como un pequeño pero bien definido punto negro (diferenciándose así  de las numerosas manchas solares), en el lapso de 4 1/2 horas de Este a Oeste por sobre el disco solar. Aun cuando el disco visible exterior de Mercurio parezca pequeño en relación al poderoso disco solar, se trata sin embargo de un oscurecimiento de las fuerzas solares por parte de las fuerzas mercuriales; pero esto siempre debe suceder a su debido momento.

Traducido por Diego Milillo, editado por Gracia Muñoz y Julián Ponce.

 

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