3. Sobre el movimiento diurno en el cielo estelar

Informe I – Dra. Vreede

                                                    Noviembre de 1927

Las representaciones de nuestro último informe, nos llevaron desde el mundo de las Entidades hasta el mundo creado. Por medio de los ejemplos que fueron presentados, nos introdujimos en forma inversa desde lo más perceptible exteriormente que pertenece al mundo creado, hasta lo rítmico interior de las fuerzas generadoras. Constelaciones como la Luna nueva, cuarto creciente, etc., son exteriormente visibles en el cielo. Tienen lugar en el mundo dado, pero de un modo u otro son indicadores de las relaciones con el mundo elemental. Que esto haya sido comprobado experimentalmente, es el gran merito de Lili Kolisko (14).

Contrariamente, allí donde ha de contarse con un exceso o incluso una diferencia entre dos ritmos, experimentamos el estadio de ACCIÓN  de las fuerzas astrales -la manifestación- de seres espirituales se expresa cósmicamente por medio de tales relaciones, como por ejemplo en la sucesión de los diferentes dominios arcangélicos.

Entonces Micael manifiesta su actuar (que por supuesto esta también presente en el tiempo intermedio) cuando su tiempo ha llegado, y que no ha de ser calculado refiriéndose a una situación momentánea, sino según la interacción de todos los ritmos del sistema planetario.

Cristo se relacionó con el cosmos de un modo único, en la época en que dispuso de un cuerpo físico. Sobre esto se nos pone en claro en el pequeño escrito “La guía espiritual del hombre y de la humanidad” (15). Fue como si el Cristo portase consigo al cosmos a cada instante, con todas sus constelaciones y fuerzas que permanentemente están allí. En otras palabras: aquello que se le presenta al hombre como mundo dado, en El es acción y manifestación al mismo tiempo. Mientras que en el hombre común y corriente se detiene en el momento de nacer, cósmicamente visto puede hablarse aquí de un constante nacer. Mientras el Cristo estuvo encarnado, la humanidad convivió durante tres años nuevamente con un Ser del mundo espiritual.

Nos impera ahora conocer al mundo dado tal como se presenta a los sentidos, por de pronto como mundo estelar frente al órgano de la vista.

Por ello se diferencia tanto de nuestro mundo circundante, ya que no se escucha ni se degusta, y sobre todo porque no es palpable. Recién cuando vamos atravesando el mundo dado, nos damos cuenta de que la Tierra es un espejo del cielo y que según la antigua regla hermética, todo lo que está arriba puede ser hallado aquí abajo.

Para que esto pueda percibirse nuevamente, es necesario que desaparezca una idea de la consciencia moderna. Es una idea que surge como consecuencia del sistema copernicano y que gracias a la popularización general de la ciencia, taladra en todas las cabezas con mayor o menor eficacia, la idea de las impresionantes enormes distancias entre las estrellas, los “años luz”, que son medidos de a miles y miles, que es lo que la luz precisaría para alcanzarnos desde una estrella. Esto genera en cierta manera que el cosmos se expanda dentro de un espacio infinito y vacío, en el cual se pasean algunas estrellas aisladas pese al número existente, dentro de las cuales nuestro Sol seria una de porte mediano y bastante envejecida, y la Tierra  no sería más que un granillo de polvo oscuro sin ningún tipo de relevancia (las nuevas ideas tienden, por suerte, nuevamente a esto, a contemplar al cosmos como cerrado e incluso calculable, también se dan datos de la masa -todavía hoy existen representantes de la escuela del “espacio curvado”- aquí se trata sin embargo de caracterizar las representaciones del alma que a menudo son inconscientes).

En este punto, aún no se puede pretender discutir cómo es que se ha llegado a tales representaciones. Como he dicho, ha sido una consecuencia del sistema copernicano, y en un sentido más profundo, fue naturalmente una necesidad histórica para la época del Alma Consciente. Hasta aquí, la Humanidad no poseía otra representación que la de que el mundo planetario estaba ligado al mundo estelar, que al mismo tiempo es el mundo de los muertos – la esfera estelar que está directamente “detrás” de la esfera de Saturno, como se ve en antiguas cartas. En aquel entonces se pensaba al cosmos no tanto como espacial, sino como temporal, en ritmos y ciclos, como hemos visto. Cuando Ptolomeo (16) repite la vieja frase: “la Tierra y los cuerpos celestes (es decir la distancia entre estos) son relativos a un punto”, no se está refiriendo a un cosmos infinito; luego dice también que “la bóveda celeste tiene forma esférica y gira como tal”, siendo este el termino científico de su época aplicado al antiguo antagonismo del Génesis: Cielo-Tierra.

Recién cuando Copérnico retira a la Tierra del punto central del cosmos, en donde se la había percibido desde tiempos primigenios, surge realmente la cuestión sobre la mensurabilidad del cosmos. Las “esferas” habían sido rotas finalmente. Por de pronto, para quienes fueron luego los primeros que aceptaron al sistema copernicano, el quebrar de este “cielo de cristal” que a la percepción medieval se había vuelto cada vez más denso, significó en principio un sentimiento de liberación. Como una ciudad que se libera de sus murallas y que puede expandirse ilimitadamente, del mismo modo se sintió Giordano Bruno frente al espacio cósmico inconmensurable, como una liberación de los lazos cósmicos. Prácticamente hizo alabanza a esta inconmensurabilidad y a la idea de mundos habitados por infinidad de seres, que se le volvió una fatalidad y lo condujo a la hoguera.

Y cuando se quiso intentar encontrar pruebas para la teoría copernicana -que como se sabe fue recién posible siglos después de haber sido expuesta- las estrellas continuaron desplazándose. El cosmos se deshizo, se volvió mas y  mas vacío, las estrellas se hundieron en un mar de oscuridad y frialdad. Así fue como se dejo al hombre consigo mismo en la época del Alma Consciente, volcando el pensar racional sobre la apariencia y, al mismo tiempo, pretendiendo corregirla.

Si retrocedemos hasta la época del Alma Sensible, la época egipcio-caldea, encontramos que no es el cosmos visual-sensorio el que actúa sobre los hombres, sino lo imaginativo, aquello que se manifiesta por detrás del mundo sensorio.

Si, el mundo sensorio que para nosotros es el mundo estelar, era para los hombres de antaño (a quienes debemos sumar nuestras almas) inexistente. En su lugar experimentaban cuadros, imaginaciones, que les mostraban al mundo estelar desde el otro lado -como fue expresado por Rudolf Steiner. Una comprensión espacial estaría totalmente fuera de lugar. Quien pueda experimentarlo como los antiguos caldeos, el mundo estelar y planetario le resultara más cercano y “comprensible” que una montaña con su cumbre cubierta por nubes. Incluso los dioses griegos habitaban aun sobre el Olimpo, en otro mundo, lejos de los hombres.

Es justamente en aquella época helénica, al comenzar la decadencia paulatina de la época egipcio-caldea, que se despierta la consciencia frente al mundo estelar. Los viejos cuadros palidecen. Para el Alma Racional se manifiesta particularmente el cuadro de la “visión”: la redondeada bóveda celeste, las estrellas fijadas en ella, los planetas cruzándola en multiplicidad de movimientos. El Alma Racional dirige su pensamiento hacia ese cuadro. El resultado fue elaborado en el sistema ptoloméico, varios siglos más tarde: el pensar racional dirigido hacia la apariencia, de la cual lo imaginativo ha ido desapareciendo paulatinamente, pero teniendo a la apariencia como base.

Al iniciarse la quinta época post-atlántica, Copérnico rompe con la apariencia. El pensar del Alma Consciente, aun ligado al hombre sensorial-nervioso, quiere corregir lo que le ofrece una parte de la cabeza, justamente la parte sensoria. Se produce un cuadro del mundo monótono y desesperanzador. Esto conduce finalmente a extravagancias, como por ejemplo la teoría de la relatividad. La percepción sensoria es obsoleta; el pensar se ha liberado de ella, pero pese a que se basa igualmente en esta, no ofrece ningún tipo de cosmovisión factible.

De todo esto se traduce la necesidad de resolver este problema desde un lugar muy distinto. Se entenderá entonces lo que dijo Rudolf Steiner acerca de la representación racional: “la astronomía es algo que no cabe en nuestras cabezas, no encuentra lugar”. No puede aproximarse a la realidad astronómica desde la teorización. Permitamos que la apariencia nos hable, pensando en las profundas palabras de Goethe: “los sentidos no engañan, pero el juicio sí”. Porque aquello que, por ejemplo, nos manifiestan los sentidos del rostro, también es una parte de la realidad, esa parte que corresponde justamente al sistema craneano del hombre. Y nos puede ser un guía que nos conduzca a lo espiritual que se halla oculto detrás de todo lo visible exteriormente.

El cambio entre día y noche es por de pronto lo que nos espejea el movimiento Este-Oeste del Sol y de las estrellas. Sin lugar a dudas es algo que tiene que ver con la integridad del ser humano, influenciando al cuerpo, al alma y al espíritu. No hace falta más que observar al niño pequeño, para corroborar que es la acción de la luz diurna la que le permite despertar paulatinamente su consciencia.

Por otro lado, el ciclo de 24 horas se halla insertado en nuestra alimentación, en nuestro metabolismo, mientras que nos hemos emancipado marcadamente de él gracias al dormir y despertar, sobre todo en relación a las actividades espirituales.

Si se observa de este modo al día y a la noche, nos confrontaremos con hechos abarcantes, que son asimismo la expresión de grandes y excelsas entidades. Para el sentido visual, la “mirada astronómica”, estos hechos se hallan de un modo u otro grabados, inscritos en el cielo a modo de giro, de rotación de todo el cielo estelar sobre un eje. La evolución e involución de los astros diurno y nocturno, del Sol y de la Luna, el recorrido nocturno de estrellas y planetas, nos manifiestan el primer gran ritmo que, dicho groseramente, se desarrolla en 24 horas. Pensemos por un instante solo en las estrellas, dejemos de lado momentáneamente al Sol, la Luna y los planetas, y obtendremos así la imagen de algo eternamente regular, que no permite ser diferenciado ya en “día” y “noche”, que mas bien representa a una noche eterna, en donde las estrellas simplemente aportan una medida temporal, a través de su ascenso y descenso.

Algunas no ascenderán ni descenderán nunca (las denominadas estrellas circumpolares), algunas parecerán estar quietas por completo – la estrella polar, hacia la que apunta el eje terrestre, o en la lengua antigua: a través de la cual pasa el eje celeste.

f2

Tomemos la simple marca 2, que si bien es abstracta, nos puede indicar ciertas cosas que pueden volver a encontrarse en el cielo. Uno ha de pensarse a si mismo dentro de la figura, justo en el punto central. El circulo que está en el plano eclíptico será el meridiano del sitio de observación, que dará origen al círculo que pasa por el ZENIT (el punto más alto sobre nosotros) y la estrella polar (mas exactamente: el polo celeste); este círculo desemboca en el horizonte directamente sobre los puntos Norte-Sur. El horizonte es representado justamente gracias al imaginar el círculo “horizontal”. El punto medio de ambos círculos es el sitio sobre el cual nos encontramos; pues cada ser humano es, siempre, el punto central de su cosmos y de un modo u otro, porta consigo su propio cielo – su zenit, su elevación polar y sus direcciones celestes.

Cuando uno se pregunta dónde está la Tierra en este esquema, se llega a la extraña conclusión de que en  sí, la Tierra se halla representada por el plano de la horizontal, o simplemente por el punto en la mitad, si se piensa  obviamente que el disco sobre el cual estamos no llega hasta la bóveda estelar, aun cuando Cielo y Tierra parecieran tocarse en el horizonte. Porque ¡¿como harían para ascender y descender el Sol, la Luna y las estrellas?!. A través de una representación semejante se experimenta nuevamente algo de aquello que expresaban los antiguos astrónomos por medio del concepto: la Tierra se relaciona con el Cielo como el punto con su entorno.

Es así como las estrellas de este imaginario firmamento sin Sol, describen grandes y pequeños circuitos alrededor de la estrella polar (fig.3).

f3

Algunas de entre ellas, ascienden y descienden sobre dos puntos diametralmente opuestos (describen al así llamado “circulo máximo”). Son los puntos este y oeste del horizonte, en donde debemos pensar que hemos quitado hipotéticamente al Sol de nuestra cosmovisión, con lo cual no podemos indicar a los conceptos “Este” y “Oeste” por medio de la salida del Sol; si el mundo estuviera organizado de esta manera, el “tiempo” se mediría simplemente según la trayectoria de las estrellas. Quizás dividiríamos al día estelar en 24 horas, como lo hacemos a modo de hombres solares. Pero extrañamente, serian otro tipo de horas a las que conocemos.

El mundo sin Sol, ni Luna ni planetas es naturalmente una abstracción terrible. Uno percibe inmediatamente que de ser así, el hombre debería ser totalmente diferente a como es. Si, se puede decir: el hombre estaría compuesto por un cuerpo físico, pero sin cuerpo etéreo, astral ni Yo; sería una especie de mineral con consciencia cósmica. El mundo giraría con regularidad eterna en la eterna noche, y al mismo tiempo ascenderían y descenderían siempre las mismas estrellas.

En los detalles de este  imaginario mundo hipotético, incorporaremos la existencia solar, lunar y planetaria. Inmediatamente aparece la vida, el crecimiento, la multiplicidad. Inmediatamente se modifica también el tiempo. Se ralentiza un tanto, como si se produjese una discreta inhibición, un retraso. Porque el Sol, que se ha vuelto señor del día y lo escinde de la noche, arriba siempre un poco mas tarde a su lugar (digamos: al meridiano, cuando “culmina” o también al horizonte del Este, de donde asciende) a como lo hace la estrella con la cual estaba conjunto. La estrella se adelanta un poco, en cierta forma. Si había desaparecido primeramente en los rayos solares, volverá a ser visible antes de la salida del Sol luego de cierto tiempo, ya que se le ha adelantado. Todo el cielo estelar pareciera avanzar (de Este a Oeste) en relación al trayecto del Sol.

Podemos expresar este hecho de la siguiente manera: las 24 horas del “día estelar” carente de Sol del cual hemos hablado, son algo más cortas  porque transcurren mas rápido  que las 24 horas del “día solar”, el cual habitualmente nos rige. Si bien el Sol sale en las diferentes épocas del año por todos los sitios que no pertenecen al ecuador, siempre arriba sin embargo al meridiano, a la mitad de su trayecto diurno, al punto más alto del día, “culmina”. El lapso entre ambas “mitades” es calculable de a 24 horas (gracias a la maravillosa vivacidad y movilidad de todo el cosmos es posible que estos datos exactos no coincidan; son siempre aproximaciones. El Sol pasa por el meridiano a veces antes, a veces después, con una diferenciación de tiempo que se puede medir en minutos).

Si bien el lapso entre dos culminaciones de una misma estrella se mide con el mismo patrón que para el Sol, no alcanza a las 24 horas sino que suma solo 23 horas 56 minutos y 4 segundos. Las estrellas son entonces más veloces que el Sol, quedando este un poco por detrás.

Ya que no somos minerales animados por una consciencia mecánica, nuestra vida cotidiana no se rige según la hora estelar, sino por la solar. Nuestra contabilidad horaria se rige de algún modo según el Sol y no por las estrellas (solo el astrónomo utiliza el horario  inamovible del día estelar en sus observaciones y cálculos).

Más tarde se deberá indicar que gracias a que estamos regidos por la hora solar y no por la estelar (si bien el girar cotidiano de las estrellas sobre el eje cósmico representa al fenómeno primigenio del trayecto del día, un reflejo exacto de la rotación de la Tierra sobre su eje), a lo largo del año se muestra marcadamente la diferencia entre la velocidad de las estrellas y la del Sol, en tanto van ascendiendo cada vez más temprano por sobre el horizonte este. Observemos por ejemplo al zodiaco en estos momentos del otoño, hacia las 9 o 10 de la noche, entonces veremos aparecer a Géminis, luego de pasadas unas semanas y a la misma hora, veremos a Cáncer, ya en invierno tendremos al poderoso Leo, mientras que Géminis asciende alrededor de las 8 horas. Estas diferencias, que se vuelven perceptibles a la observación superficial recién tras días y semanas, se van sumando desde la diferencia de los 3 minutos y 56 segundos, producto del día solar y estelar. En esto percibimos el avance más rápido de las estrellas en comparación a la trayectoria solar que rige nuestra organización cotidiana, puesto que no estamos compuestos tan solo de un cuerpo físico, sino que poseemos además un cuerpo etéreo, astral y un Yo.

Rudolf Steiner trajo en correlación con esta diferencia entre el sistema estelar y el solar, al antagonismo entre las entidades de Lucifer y Jehová. Ha de pensarse que luego de la salida del Sol de la Tierra, se produjo el influjo luciférico sobre los hombres. El movimiento solar tuvo que ser regulado de modo tal que equilibrase a la intención luciférica de prematurizar y acelerar el desarrollo; Lucifer quería desarrollar demasiado rápido a ciertas capacidades del hombre, por sobre todo lo que refiere al pensar, el intelecto emancipado del cosmos. Este Tempo se expresa en la velocidad del trayecto estelar – o dicho copernicanamente, en la velocidad de la rotación terrestre sobre su eje.

Los Dioses buenos debieron retrasar un tanto al Sol – una estrella entre estrellas- impidiéndole que llevara el Tempo de las estrellas. Gracias a esto, el hombre no posee simplemente la comprensión relativamente veloz del intelecto, sino que posee asimismo un vivenciar más lento de aquello que ha asimilado. Con la razón, la cosa se resuelve mas rápido que con la vivencia (en cierto modo, esto es lo mismo que fue dicho en el informe “sobre ritmos y constelaciones”, sobre la relación de la Luna con las estrellas y el Sol. El sobrepaso de la Luna sobre una estrella requiere menor tiempo que el del Sol. Si en la cosmovisión hipotética que dimos más arriba, sin el Sol pero agregando la Luna, entonces conoceríamos solamente el trayecto sidéreo lunar, pero no conoceríamos la conclusión del mes sideral en sinódico durante los 2 1/5 días).

Lo que ha sido expresado aquí representa en el campo de la vida humana, tomado desde el punto de vista de las entidades espirituales, algo así: Jehová hubo de ofrecer una resistencia al veloz impulso arrollador de Lucifer, y es nuevamente lo mismo, cuando experimentamos en lo exteriormente visible del Cielo, como queda relegado el Sol comparado con las estrellas, como con el correr de los días, semanas y meses provocan un avance, apareciendo cada vez más temprano por el cielo del Este y ocultándose por el Oeste.

14 Lili Kolisko, Sternenwirken in Erdenstoffen. StudienausdembiologischenInstitut am Goetheanum (La acción de los astros en las sustancias terrestres. Estudio del Instituto de biología del Goetheanum). Serie «Natura» I, Stuttgart 1927.

15 Rudolf Steiner, Die geistigeFuhrung des Menschenund der Menschheit  (La dirección espiritual del Hombre y de la humanidad) (191 1). GA 15, 9ª edición, Dornach 1974; página 34; 3ª conferencia.

16 Ptolomeo, Handbuch der Astronomie (Manual de la astronomía). Traducción de K. Manitius, TeubnerVerlag, Leipzig 1963, especialmente el volumen II, libro 9, Capítulo 1; en pág.,  152 y 168

Traducido del alemán por Diego Milillo, editado por Gracia Muñoz y Julián Ponce

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2 comentarios el “3. Sobre el movimiento diurno en el cielo estelar

  1. Jesús dice:

    Madre mía…Cuántas cosas! No paras de currar.

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