Caminos que conducen a una Cosmología moderna y a la Astrosofía.

Este capitulo forma parte del libro de Willi Sucher, “El Cristianismo cósmico y el rostro cambiante de la Cosmología”. Parte I.

En el capítulo primero hemos hablado de la evolución de la astrología mientras la Humanidad se dirigía hacia los tiempos modernos. Es un hecho establecido que en el curso de los tiempos modernos, entre finales del s.XIX y comienzos del XX, la astrología era considerada una superstición absoluta, como algo que un ser humano sensato no pensaría jamás tomar en consideración. Pero en la actualidad ese ya no es el caso. Tenemos muchos datos que demuestran que la ciencia ha descubierto, o mejor dicho, ha redescubierto la Astrología. Hay profesores universitarios que llegan a decir hoy en día que, después de todo, puede haber algo válido en esta astrología. La ciencia está en camino de descubrir la astrología sobre la base de sus propios datos, de sus estadísticas. A continuación vamos a dar algunos ejemplos de ello.

En los años treinta del siglo veinte apareció en los Estados Unidos un artículo en el que Arthur Fund  describía el descubrimiento de Fernando Sanford[1] en la Universidad de Stanford en California, sobre la correlación existente entre la frecuencia de la aparición de las manchas solares visibles y los ritmos de las conjunciones de Venus. En realidad se trata de lo siguiente: (Fig. 3.1)

f3.1

Partimos del punto de vista heliocéntrico: el planeta Venus se desplaza sobre su órbita a una cierta distancia del Sol que está en el centro. Al lado de la órbita de Venus se encuentra la de la Tierra. Fernando Sanford descubrió que, durante un periodo de 14 años, de 1918 a 1932, cada vez que Venus – vista desde la Tierra – estaba detrás del Sol (lo que técnicamente se llama una conjunción superior) se observó el mayor número de manchas solares: de media se midieron un máximo de 714. En el momento que Venus se encontraba en la posición entre el Sol y la Tierra (conjunción inferior) hubo un mínimo de manchas solares, como término medio, unas 405, lo que supone una diferencia considerable. Las manchas solares aparecen, a través del telescopio, como agujeros en la superficie del Sol. Por supuesto que el ojo sólo puede ver, como mucho, manchas negras sobre la superficie del Sol.

En estos artículos, y mencionaré varios más en otros terrenos de la investigación, por lo general se encuentra la siguiente afirmación: “No se puede dar ninguna explicación a esta correlación de aquí o de allá: simplemente, las cosas son así”. Esto no debe sorprendernos, porque para encontrar una explicación sobre  estos temas tenemos que recurrir a la Ciencia del Espíritu fundada por Rudolf Steiner que nos conduce a la siguiente concepción astronómica: en astronomía se considera al Sol como un cuerpo que ejerce una fuerza de gravedad sobre su entorno. Así pues, atrae los objetos sobre su superficie, manteniendo también a todos los planetas del sistema solar sobre sus órbitas. Rudolf Steiner no estaba de acuerdo con esta teoría. El consideraba al Sol como un “agujero” en el espacio, un lugar donde se acaba el espacio, convirtiéndose en un no- espacio. Esto puede parecer un concepto difícil de aceptar pero ahora no podemos ocuparnos de estos problemas cosmo-físicos (lo haremos más adelante, en el capítulo 6).  Es decir, el Sol actuaría como una super-bomba de aspiración: el principio de una bomba es crear un espacio del que se  puede extraer todo el aire que contiene. Partiendo de este principio podemos aspirar, por ejemplo, el agua. El Sol, más o menos  de la misma manera, considerando que es un espacio ‘vacío’ o un ‘no espacio’, querría atraer hacia él, viniendo desde todas partes, la substancia de los  lejanos espacios del Universo, incluso los que están más allá de nuestro sistema solar. Esta esencia, o substancia, se condensa poco a poco hasta alcanzar el más alto grado de densificación sobre la Tierra y sobre la Luna. Más adelante, al acercarse al Sol, esta substancia se disuelve de nuevo, desapareciendo en ese vacío, o podríamos decir en la total inversión de todo el espacio positivo que, según esa teoría, es la propia naturaleza del Sol. Es decir, hasta la Tierra podemos hablar de una densificación y más allá de la Tierra, de una disolución, de esta esencia o substancia proveniente de las profundidades del Universo.

Prosiguiendo con esta teoría, los planetas Venus y Mercurio, que son los más cercanos al Sol, aparecen entonces como etapas de la disolución progresiva  de esta substancia-espacio a medida que nos acercamos a la superficie solar. Sobre ésta se produce entonces la operación de disolución final de todo el espacio positivo pasando a ser espacio negativo, no-espacio. He aquí el fenómeno solar tal como lo vemos en el cielo: tenemos la sensación de una gran bola de fuego, un lugar de combustión. Ahora surge la pregunta: ¿de dónde proviene el combustible necesario para este proceso de combustión? La Ciencia ha hecho grandes esfuerzos para explicar que el combustible procede del propio Sol, pero esta explicación no basta. Otra explicación sería que el combustible es esta ‘sustancia-espacio’ acumulada, finalmente disuelta sobre la superficie del Sol. Como Venus y Mercurio serían igualmente etapas hacia el camino de la disolución, estarían haciendo de filtros que tamizan la substancia proveniente de la Tierra. Ellos la filtran y la preparan para que al alcanzar la superficie del Sol pueda disolverse con más facilidad. Ahora bien antes hemos señalado la extraña coincidencia de la baja frecuencia de las manchas solares cuando Venus está alineada con la Tierra, encontrándose entre ésta y el Sol. El planeta actúa entonces como un tamiz, preparando las pesadas substancias provenientes de la Tierra para su disolución final sobre la superficie del Sol.

Si Venus se encuentra en conjunción superior, detrás del Sol cuando se le contempla desde la Tierra, eso no se puede producir. En ese caso, la esencia-espacio que ha pasado a través de la Tierra ha adquirido un elevado grado de densificación cristalina, que no puede ser absorbida por el Sol. Se podría decir, incluso, que, en cierto sentido, al no estar preparada entraría en colisión con el Sol, insuficientemente pulverizada. En consecuencia provocaría impactos contra las capas exteriores del Sol y daría origen a las manchas solares que aparecen entonces como manchas oscuras. Esto también explicaría por qué las manchas solares aparecen con toda claridad en los telescopios como agujeros abiertos en la superficie del Sol. Estos últimos serían la consecuencia de los grandes impactos que se producen contra el Sol.

Otro descubrimiento tiene que ver con la relación entre las perturbaciones radioeléctricas, también llamadas ‘ondas-meteo’[2], cuya recepción es variable, según parece en función de las condiciones atmosféricas. Durante mucho tiempo se han estado buscando las razones de este fenómeno: se explicaba, en cierta medida, por las manchas solares que acabamos de mencionar, pero éstas sólo sirven para explicar un pequeño porcentaje de las perturbaciones radioeléctricas. Finalmente J.H. Nelson, investigador de la RCA (Radio Corporation of America) una de las personas más relevantes en el terreno de las comunicaciones de radio descubrió que las posiciones angulares de los planetas del sistema solar, consideradas desde el punto de vista heliocéntrico, eran las responsables de esas perturbaciones (Fig. 3.2)

f3.2

Aquí tenemos las órbitas de los planetas. En un cierto momento podemos encontrar dos o más planetas, digamos Saturno y Júpiter, en una posición de ángulo recto. Invariablemente esto es causa de perturbaciones. Bien es verdad que hay muchas posibilidades de que se den esas posiciones angulares entre los planetas. En nuestro diagrama tenemos una relación angular de 90º. Naturalmente podemos preguntarnos: ¿por qué este ángulo de 90º influencia las ondas radioeléctricas sobre la Tierra? Encontramos  de nuevo la respuesta en los artículos que presentan este hecho estadístico: “No tiene ninguna explicación”. Sin embargo hemos sido un poco audaces al proponer una explicación, en otro contexto,  cuando hablamos de los ritmos de los planetas en el primer capítulo. Tratamos de encontrar las bases de los antiguos símbolos ocultos que han sobrevivido hasta nuestros días, y descubrimos que los sucesos cósmicos que tienen lugar bajo un ángulo de 90º desde siempre fueron conocidos por los astrólogos con el aspecto de ‘cuadratura’, que según ellos era un “mal aspecto”. En los tiempos antiguos esto era evidente gracias a una visión clarividente real. Los tiempos actuales sólo  han conservado el aspecto tradicional. Pero ¿por qué la ‘cuadratura’ tendría que ser negativa?

Se podría encontrar la respuesta basándose en los movimientos del planeta Marte, el ‘agresor’ cuya misión es ser el guerrero de nuestro sistema solar. Sus conjunciones con el Sol se forman en el zodiaco aproximadamente formando un octógono o, como lo mencionamos anteriormente, haciendo un doble cuadrado. (Fig. 1.3) Por eso se consideran las ‘cuadraturas’ como las responsables de provocar las condiciones y perturbaciones de todo el sistema solar, como hemos dicho antes. A menudo estos aspectos se consideran ‘malos’ pero se trata de una expresión nada científica. Tendríamos que desarrollar un concepto más exacto para saber lo que estamos haciendo.

Este fue el descubrimiento de Nelson, descrito en la Revista de la RCA en Marzo de 1951, y de nuevo en un artículo del periódico Ingeniería eléctrica en Mayo de 1952. Después de éste hubo una avalancha de descubrimientos sobre relaciones similares, todos verificados con métodos estadísticos. Por ejemplo el descubrimiento, importante, sobre la interconexión entre las fases de la Luna y las precipitaciones de lluvia en general. Las pruebas estadísticas se han extraído de los años 1900 a 1924 y de nuevo de 1925 a 1949. Mencionan registros de 16.507 precipitaciones máximas, lo que representa 6710 datos particulares. La prueba fue publicada en forma de diagramas mostrando las fases de la Luna, desde la Luna Nueva, cuarto creciente, Luna Llena, cuarto menguante, etc. estableciéndose de manera que las fases de la Luna están real e invariablemente en relación al nivel general de precipitaciones.

Se trata por supuesto de un descubrimiento importante. Todo el que ha vivido estas cosas sabe que, incluso a comienzos del s.XX, la Ciencia ha despreciado y ridiculizado esta idea, considerada entonces como una superstición propia de pastores y agricultores de la Edad Media. Y ahora, esa misma Ciencia se ha visto obligada a rehabilitar a aquellos viejos pastores y agricultores. A primera vista parece fantástico, pero todavía podemos encontrar en esas publicaciones la siguiente afirmación:“No tiene ninguna explicación”. Seguimos deseosos de encontrar las causas de esos fenómenos. (La Oficina oficial de Meteorología de Nueva Zelanda ha llevado a cabo investigaciones parecidas con 50 estaciones, llegando a las mismas conclusiones) Así pues, las investigaciones continuaron: se descubrió que la Luna influenciaba “la concentración de núcleos de hielo” en las capas más elevadas de la atmósfera, así como las tasas de meteoritos que penetran en ellos. Más tarde se detectó, siguiendo métodos similares, que la Luna ejercía ciertos efectos en las perturbaciones geomagnéticas. Hay un buen número de publicaciones al respecto, la mayor parte publicadas en la última década. Para terminar, el profesor H.S. Burr, de Yale, descubrió (siempre siguiendo los métodos de la estadística) que las fases de la Luna estaban en relación con la vida de los organismos vivos, o mejor dicho, y es algo importante a tener en cuenta, con el potencial eléctrico ligado a los organismos vivos. Así lo describió.

Otro profesor, también de Yale (todo esto ha sido publicado en la revista Life) midió el ‘potencial eléctrico’ del ser humano, señalando el ritmo de 14 días que a menudo coincidía con las fases lunares. Más interesantes aún fueron las estadísticas del estado de Nueva York que, en un momento dado, parecían probar que durante las fases de la Luna Llena eran ingresadas en manicomios muchas más personas que en otros momentos. (Es interesante y muy revelador hacer notar que en inglés ‘manicomio’ se dice: ‘lunatic asilum’)

Es preciso ver en estos hechos también los signos de un peligro. Un cosmólogo podría alegrarse, al principio: “Por fin entran en razón, están a punto de descubrir las relaciones entre el Cosmos y el mundo humano terrenal”. Pero el gran peligro es que todas estas cosas se interpretan en términos mecánicos, sólidos, electricidad y magnetismo. Finalmente el hombre llegaría a ser considerado como una parte insignificante y totalmente dependiente del gran mecanicismo, de la gran máquina y potente ordenador llamado ‘Universo’. Y entonces todo, hasta el más mínimo detalle de la vida, sería calculado y determinado, al formar parte de ese universo.

Me gustaría mencionar otro descubrimiento del que dio cuenta un periódico alemán. Se refiere a los niños Dawn, una categoría especial de niños discapacitados. En la antigua Checoslovaquia, un médico que, en principio era muy contrario a todas estas ideas, decidió finalmente colaborar con un astrólogo. Estudiaron las cartas de nacimiento de unos cincuenta niños mongólicos y de 150 de sus hermanos y hermanas que tenían la misma madre. Al principio la búsqueda geocéntrica no proporcionó ningún indicio, pero al utilizar el punto de vista heliocéntrico se quedaron estupefactos con los resultados. Descubrieron que en todas las cartas de los cincuenta niños Dawn, Mercurio estaba ‘mal aspectado’ según los conceptos astrológicos, por ejemplo haciendo cuadratura (90º de distancia) con Venus. Al mismo tiempo descubrieron otros ‘malos’ aspectos entre Neptuno y la Tierra. Las cartas de las hermanas y hermanos no mostraban ninguna de esas configuraciones.

Buscamos en vano, en dicha publicación, una explicación satisfactoria. Ahora bien es muy decepcionante tener que trabajar con algo que uno no comprende, lo que nos puede llevar por mal camino. Nos preguntamos, ¿dónde podríamos encontrar puntos de referencia que nos condujeran a una comprensión satisfactoria? Rudolf Steiner habló muchas veces de las inter-relaciones del ser humano con el cosmos, para empezar en Cristo y el mundo espiritual[3]donde describe, entre otras muchas cosas, el significado de la historia de Parsifal (Perceval) según la versión de Eschenbach, en la que se mencionan con toda claridad ciertas relaciones cósmicas. En otro contexto Steiner indica que Wolfram von Eschenbach dice que Saturno estaba en la constelación de Cáncer cuando Amfortas, el rey del Grial que estaba enfermo empieza a sentir los grandes dolores, cuando Perceval le encuentra en el castillo del Grial. En realidad lo que dice Eschenbach es que Saturno estaba en ese momento en ‘las alturas del cielo’, lo que viene a indicar que estaba en Cáncer. Ya hemos mencionado[4] otro tránsito de Saturno en Cáncer, que tuvo lugar durante los tres años de la presencia del Cristo sobre la Tierra. En ese caso también hubo grandes sufrimientos. En la leyenda del Grial, Parsifal llega al castillo, siendo testigo del sufrimiento del rey Amfortas. En lugar de preguntar la razón de su enfermedad, permanece silencioso. Por ello fue expulsado del castillo del Grial. Después de un largo destierro, una gran depresión y un gran sufrimiento para su alma, vuelve al castillo en el momento en que los dolores de Amfortas eran más fuertes. En ese momento Perceval hace la pregunta que le liberaría y le sanaría. Fue al mismo tiempo una redención de Saturno en la constelación de Cáncer.

Steiner señala en la 5ª conferencia del ciclo El Cristo y el mundo espiritual que tras muchos años de investigación espiritual llegó a la conclusión de que en nuestra época tenemos que enfrentarnos a una especie de renacimiento de la astrología propia de la 3ª época de civilización, la egipcio-caldea, pero basada en nuevos fundamentos. Dicha 3ª época cultural fue el momento histórico en que se desarrolló la astrología que ha llegado hasta nosotros en forma tradicional. R. Steiner sostiene que esta nueva astrología ya no podrá seguir las vías antiguas, ni los antiguos enfoques. Sólo se podrá desarrollar en base a una cosmología y perspectiva cristiana sobre el desarrollo de la Humanidad. En ese sentido, Parsifal es como el prototipo de una nueva humanidad que, gracias a la propia purificación de su alma se desarrollará en armonía con el mundo estelar, con el fin de proporcionar la curación  y la salud a una humanidad doliente.

En otra de sus conferencias, Rudolf Steiner nos describe la bajada del alma humana desde el Cosmos hacia su encarnación, y cómo ella nace de la totalidad del Universo, trayendo a la Tierra la esencia del zodiaco como cuerpo formal, el cual esculpe la materia que se le ofrece al alma en la Tierra a través de los padres, comprimiéndola en un cuerpo físico humano. El Zodiaco representa la imagen grandiosa y divina de la forma humana, que fue fundada en los tiempos más lejanos del pasado de la evolución. (Génesis 1,26) En esta amalgama de un cuerpo de forma cósmica y materia física están interesadas las fuerzas planetarias como base de sus funciones fisiológicas.  De esta manera se infundieron en el organismo humano el movimiento y las funciones. A medida que los seres humanos descienden progresivamente hacia la encarnación, atravesando las esferas celestes, reciben del Zodiaco el cuerpo de forma, y de los planetas, el éter, o cuerpo de vida. Nosotros, hombres de esta época científica, debemos comprender estos hechos de manera consciente y tenemos que darnos cuenta, a través de nuestras sucesivas encarnaciones, que somos portadores de los dones del Universo al completo. Hemos recibido estos regalos para transformarlos y aumentar nuestros “talentos” (Mat. 25,14-30)

Como consecuencia de estas relaciones con el Cosmos la humanidad está comprometida con una actividad parecida a un ritual. Así como el sacerdote toma el pan y el vino, ofreciéndolos a la divinidad para su transubstanciación, los hombres deben desarrollar en sí mismo un sacerdocio espiritual en lo referente a los ingredientes presentes en su organización corporal. Rudolf Steiner lo describe en la conferencia del ciclo El hombre y el mundo de las estrellas: la comunión espiritual de la humanidad[5](Diciembre, 1922) Como especie humana actual, podría parecer que aún estamos muy lejos de haber llegado a realizarlo, pero no hay que olvidar que se trata de una visión de futuro, de una época en la que seremos capaces de captarlo. En esa época podremos tomar lo que, de momento, nos es ofrecido en el momento de la encarnación, como el “pan” de nuestro cuerpo físico y el “vino” de nuestro cuerpo etéreo, o cuerpo de vida, y ofrecerlo para su transubstanciación, para la evolución consciente de nuestra relación con lo divino. (El cuerpo físico, desde el punto de vista de su substancia mineral, puede asociarse al pan, y el cuerpo etéreo puede compararse al vino por su trabajo en los elementos acuosos, en sus fluidos corporales).

Como hemos mencionado, el tiempo futuro en el que se realizará este “ritual cósmico” sin duda está todavía muy lejos. Pero Steiner dio al finalizar el ciclo de conferencias mencionado más arriba, como una especie de prefiguración o inauguración, dos mantras para un trabajo meditativo. A fin de cuentas, necesitaremos realizar el impulso de Cristo en nuestro propio interior, pues el ministerio del Cristo durante tres años, es el gran arquetipo de este “ritual cósmico”[6]. Las capacidades intelectuales que hemos adquirido a lo largo de toda la evolución, no son suficientes para ese trabajo. Gracias a los ejercicios meditativos, tal como nos han sido sugeridos por Rudolf Steiner, seremos capaces de elevarnos hacia un conocimiento imaginativo, no sólo para percibir el mundo de manera abstracta en términos intelectuales, sino para comprenderlo con la ayuda de una percepción “simbólico-imaginativa”[7]. A partir de ahí, podremos, a través de ciertos ejercicios espirituales, elevarnos hacia la Inspiración que nos permitirá percibir las cosas, no sólo en cierta tipo de forma “simbólica”. En ese nivel seremos capaces de “escuchar” por ejemplo, lo que las Entidades Espirituales nos quieren comunicar. En una tercera etapa podremos elevarnos aún un poco más y desarrollar la capacidad de la Intuición gracias a la cual seremos capaces de indentificarnos, con plena consciencia, con los seres del mundo invisible.

A través del desarrollo de esas capacidades, en especial de la Inspiración y la Intuición, los hombres del futuro serán capaces de encontrar lo que, hoy día se encuentra en el interior de sus propios cuerpos, en especial como esencia del zodiaco al completo y las fuerzas del conjunto de los planetas. Estas capacidades permanecen actualmente dormidas en el organismo humano, pero los hombres del futuro desarrollarán la Inspiración y la Intuición, a través de su propio esfuerzo, y serán capaces de despertar de su sueño estos ingredientes cósmicos. De esta forma, en un lejano futuro la humanidad transformará y restituirá lo que ahora está adormecido en la tumba de su cuerpo físico corruptible, realizando lo que el Cristo “re-estableció” en el cuerpo de resurrección, el cuerpo dinámico-cósmico, incorruptible.

Al final de su vida R. Steiner describió, en las Cartas a los miembros (de la Sociedad antroposófica)[8]  en términos muy precisos, nuestra nueva relación con las estrellas tal como él la concebía. Para empezar nos recuerda que en un pasado muy lejano, la Humanidad vivía con las estrellas de una manera muy distinta a la actual. En los comienzos de la Creación no existía realmente ninguna estrella. Los Seres espirituales de las Jerarquías se encontraban de alguna manera en su “sitio” en el cielo (ver por ejemplo, el capítulo sobre el Antiguo Saturno de La Ciencia Oculta). Mucho después llegó un tiempo en el que este “mundo del Ser” se retiró y dejó las primeras indicaciones de un cielo estrellado como revelación de las Jerarquías divinas. Finalmente los dioses se habían alejado tanto del cielo estrellado que sólo quedó el recuerdo de este glorioso pasado en las estrellas que llegaron a ser objeto de percepción sensible. Durante esta época, bastante reciente, cada vez que nos dirigíamos hacia una nueva encarnación en este planeta ya no tenía ningún significado recurrir a las estrellas. Pero ahora, el Arcángel Micael, conocido como “la faz de Cristo”, ha empezado a tomar cartas en el asunto, insistiendo en que nos encarnemos en un momento propicio a fin de que nuestro destino individual coincida con los recuerdos cósmicos representados por la trayectoria de los astros. Estas coincidencias están impresas y trazadas directamente en nuestra organización física y etérea. Con su insistencia, Micael ha conseguido reestablecer la unión con la chispa  dormida, pero latente, de la presencia divina en el ser humano y, a través de este potencial espiritual, terminó por restaurar las estrellas en su ascendencia divina. Micael se esfuerza verdaderamente en despertar, gracias a esta relación potencial, la fuerza redentora del Cristo con vistas a nuevas elevaciones cósmicas. De esta forma tenemos junto a nosotros este silencioso compañero, nuestra propia relación con el mundo estelar, que participa en todos nuestros esfuerzos, trabajos, éxitos y, según parece, también en nuestros fracasos.

Para empezar, resulta difícil ver cómo podría la humanidad ser capaz de transformar y redimir los astros, aunque sólo sea en el caso de la participación, muy limitada, del individuo en el momento de su encarnación. Esta perspectiva cambia radicalmente si, en oposición, tenemos en cuenta la asociación del hombre con las estrellas, es decir, lo que sucede en el momento de la muerte. De esta forma podemos también comprender el tema de la descripción suplementaria de Steiner en la carta citada más arriba. El tiene en cuenta el hecho de que se está desarrollando una nueva relación del hombre con las estrellas. Gracias al desarrollo de una cultura espiritual, en potencia, en nosotros mismos, nos “alimentamos” con este silencioso compañero-estrella del que acabamos de hablar, penetrando así en el Cosmos. En un lejano futuro  transformaremos por completo el Universo actual, apareciendo un nuevo Cosmos. ¿Cómo será posible que el ser humano, este ser tan débil, a veces miserable, sea capaz de transformar, de manera práctica, el Cosmos?. Podemos sugerir alguna que otra explicación. En el momento de la encarnación como ser humano, recibimos las substancias que necesitamos, y que ya hemos mencionado más arriba. De la Tierra recibimos las substancias minerales que toman forma en un cuerpo humano, gracias al cuerpo de forma cósmico-física, llamado algunas veces “germen espiritual” del cuerpo. Después recibimos del Cosmos, justo antes de la encarnación, el cuerpo etéreo o cuerpo de vida. Con las substancias minerales la Tierra nos da un “cuerpo de gravedad”, ligado a la Tierra por la gravedad. Pero el cuerpo etéreo, nacido de la totalidad de la vida del cosmos, infunde en el cuerpo físico las fuerzas formatrices que hacen posible la vida humana. Por lo general no somos conscientes de nuestra lucha continua contra la fuerza de la gravedad, que nos atrae constantemente hacia abajo. Así es cómo actúa el cuerpo vital que nos impide convertirnos en una roca estática, pesada, sin vida. Nos concede la posibilidad de crecer y desarrollarnos y, a fin de cuentas, la posibilidad de tener experiencias en el curso del tiempo, dicho de otra manera, la posibilidad de vivir esta experiencia temporal, o vital, que puede hacer el hombre, no se ha perdido. La biografía completa de un ser humano esta inscrita, por decirlo así, en su cuerpo etéreo. En el momento de la muerte devolvemos lo que se nos había prestado: devolvemos a la Tierra las substancias físico-minerales prestadas. Igualmente el cuerpo etéreo vuelve a su patria de origen, al Cosmos, es decir al reino de los planetas. De esta forma el Cosmos es atravesado e inundado por nuestras experiencias vitales, por nuestra biografía de vida. Durante los tres primeros días después de la muerte, una vez que el cuerpo físico se ha separado, pero seguimos unidos al cuerpo etérico, tenemos la experiencia del gran cuadro panorámico de toda nuestra vida que acabamos de dejar. Lo que en la vida terrenal aparece extendido a lo largo del tiempo, ahora se encuentra integrado en una única imagen coherente.  Este es el cuerpo de vida que se puede considerar, en ese sentido, como un cuerpo de ‘tiempo’. A los tres días desaparece el cuadro al volverse el cuerpo etéreo hacia sus orígenes. Se separa del alma pero conserva aún todo lo vivido por nosotros en la Tierra. Se vuelve hacia el Cosmos e impregna los planetas, es decir, no desaparece sino que sigue viviendo en los planetas, seguramente manteniéndose dispuesto a inspirar a otras almas que se están preparando para reencarnarse. En el  curso de estas exposiciones deberemos dedicar un momento para tratar de probar que ciertas individualidades conocidas de la Historia han penetrado el mundo de los planetas con su cuerpo etéreo, o mejor dicho, con su biografía etérea, así como sus aspiraciones espirituales. Fueron atraídas por ciertos planetas determinados, permaneciendo allí durante mucho tiempo para ser preservadas. Finalmente otras almas, tal vez varios siglos después, que descendían hacia una nueva encarnación seguramente habrán sido inspiradas por los hechos etéreos de dichas personalidades, incorporándolos a sus propios cuerpos etéreos, para hacerlos  evolucionar en su propia encarnación.

Podemos pues decir realmente que estamos a punto de transformar el mundo estelar. Con ayuda de nuestro cuerpo etéreo infundimos en el interior de las esferas planetarias un elemento que no se encontraba en ellas antes: elemento que ha madurado gracias a nuestros esfuerzos de naturaleza moral y espiritual. De esta manera el mundo planetario y el Cosmos en el que vivimos se van transformando progresivamente. Más tarde, en un futuro muy lejano, tendrá que nacer  un nuevo Cosmos gracias a la evolución, en potencia, del género humano. Hoy día eso sucede en el momento de la muerte, y llegará un tiempo en que seremos capaces de realizarlo durante nuestro periplo por la Tierra. Y después seremos capaces de hablar a las estrellas, responder a sus señales siendo espiritualmente creativos.  Conseguiremos el poder de hacerlo a partir de la unión de nuestra alma con el impulso del Cristo y esto tendrá lugar cuando nos hayamos elevado realmente a la experiencia que menciona S. Pablo: “No yo, sino el Cristo en mí”. Entonces podrá tener lugar la segunda Creación. El Cosmos de la primera Creación, se dirige poco a poco alrededor nuestro a su propio fin, esperando su renovación que sólo podrá suceder gracias a nosotros, gracias a nuestra nueva relación con las estrellas que hemos intentado esbozar.

                                   “Un día hablaron las estrellas al hombre.

                                     Su silencio es, el destino del Cosmos.

                                     La percepción del silencio

                                     Puede ser dolor para el hombre en la Tierra.

                                      Pero en la quietud del silencio

                                     madura lo que el hombre habla a las estrellas.

                                     Y la percepción de este hablar

                                     puede tornarse fuerza

                                     para el Espíritu humano.”                                                                   Rudolf Steiner

[1] Fernando Sanford (11856-1948) Físico americano que estudió, entre otros, con Von Helmotz, formando parte del elenco de 22 personas que fundaron la Universidad de Stanford. El artículo mencionado habla de un texto de Sanford publicado en 1936 sobre “Influencia de las configuraciones  planetarias sobre la frecuencia de las manchas solares visibles”, Smithsonian, Washington D.C.

[2] “ondas meteorológicas”

[3] Cristo y el mundo espiritual, y la búsqueda del Grial, Rudolf Steiner, conferencias de 1913, GA 149. Editorial Rudolf Steiner, Madrid.

[4] Ver El Cristianismo cósmico, de Willi Sucher. Editorial Rudolf Steiner, Madrid

[5] Publicada en español la segunda parte: La comunión espiritual de la humanidad. (En venta en la Editorial Rudolf Steiner, Madrid)

[6] Ver Cristianismo cósmico, de Willi Sucher. Editorial Rudolf Steiner

[7]  Ver los libros básicos de Rudolf Steiner: La ciencia oculta. Teosofía. ¿Cómo conocer los mundos superiores?. Editorial R. Steiner, Madrid

[8]  Antroposofía, un camino de conocimiento. El misterio de Micael, Rudolf Steiner, Ed. Rudolf Steiner, Madrid

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