Origen de los símbolos ocultos en base a los ritmos cósmicos

Del libro “El Cristianismo Cosmico y El rostro cambiante de la Cosmología” de Willi Sucher

English version

Con estas conferencias vamos a tratar de penetrar lo más posible, teniendo en cuenta el tiempo de que disponemos, en el curso histórico del desarrollo de la Cosmología a través de los tiempos. De esta forma esperamos encontrar una base sólida para el establecimiento de una nueva Cosmología y una nueva Astrosofía que satisfagan las necesidades de la Humanidad actual y la del futuro.

En la actualidad, cuando dirigimos la mirada hacia las estrellas, éstas nos parecen más o menos familiares y no nos damos cuenta de que esto no siempre fue así para la Humanidad. Hubo un tiempo en que las estrellas no eran visibles para el hombre. Si nos remontamos hasta la época del antiguo continente de la Atlántida encontramos, a mitad de este largo periodo de evolución, que el hombre no era capaz de ver las estrellas porque el cielo estaba velado, no simplemente por la niebla, sino por una espesa capa de vapor de agua, que ocultaba el cielo por completo. Más tarde, en cierto momento este vapor se condensó y engendró la terrible catástrofe del Diluvio que condujo a la Atlántida a su desaparición. Este proceso terminó con la denominada época glaciar. El agua que se había condensado cubrió toda la Tierra helándose en enormes capas de hielo, en glaciares de los que aún hoy podemos detectar sus huellas y pruebas geológicas. En un cierto momento – seguramente tendríamos que remontarnos a diez o doce mil años antes de Cristo – las espesas nubes de vapor de agua se disiparon dando así al cielo estrellado la posibilidad de revelarse. Entonces la Humanidad pudo, por primera vez, contemplar las estrellas. Por supuesto que antes de esto, la Humanidad había podido tener intensas experiencias interiores. Limitados en sus facultades de percepción sensible, los seres humanos se volvieron hacia ellos mismos, por decirlo así. Dotados de una clarividencia natural, podían alcanzar una experiencia interior inmensamente rica del mundo divino y del mundo de los elementales que se encontraban alrededor suyo. Se trata de experiencias que es muy difícil de imaginar hoy en día. Gran número de cuentos de hadas nos aportan una última y débil luz sobre ellas. Entonces llegó el momento en que las estrellas se hicieron visibles. Los Acadios, una de las razas atlantes, fueron de los primeros en percibir las estrellas, utilizando este descubrimiento en la navegación; podríamos decir que fue la primera raza colonizadora. Exploraron el mundo, navegaron hacia los grandes espacios y fueron capaces de orientarse en sus viajes con ayuda de las estrellas.

Hemos de intentar imaginarnos ese momento de la historia humana, esta experiencia, fuente de una inmensa alegría, cuando las estrellas aparecieron en el cielo por primera vez en la evolución de la Humanidad. El cielo estrellado se mostró a los seres humanos como un inmenso libro de historias cósmicas en relación a todo lo que ellos habían vivido hasta entonces, en relación a su vida interior. Podían decir, por ejemplo: “Lo que para nosotros era hasta ahora solamente una realidad de nuestras percepciones internas, de nuestros sueños, ahora está escrito en el cielo.” Hicieron así la experiencia de la realidad del mundo de los dioses, de las Jerarquías divinas y de sus actos creadores como en un espejo formado por las estrellas. Comprendieron cada vez con mayor claridad que lo que hasta entonces había sido un mundo inmenso de sueños clarividentes, un mundo divino, así como un mundo de seres elementales, ahora se encontraba reflejado en el cielo, como escrito, por decirlo así, en un gran libro con imágenes de tamaño  cósmico que englobaba todas las estrellas. Vivieron así  en esta experiencia, descubriendo progresivamente este mundo reflejo. El conocimiento y la toma de consciencia cada vez más intensa de este mundo estelar fue una ocasión de clarificar aún más su mundo interior de ensoñación en el que habían vivido hasta entonces. En cierto sentido, empezaron a edificar la columna vertebral de una mitología sideral en el seno de sus experiencias internas del comienzo. La Humanidad empezó así a tener experiencias sensibles cada vez más intensas. En el curso del tiempo lo que fue cambiando, en su constitución física particular, fue el sentido de la vista.

Las impresiones del mundo exterior, que reposan en la utilización de los sentidos, ganaron importancia y la Humanidad se dirigió progresivamente hacia el tiempo en que se vio expuesta cada vez más a esta percepción de la naturaleza, por una parte, y del mundo estelar por  otra. Es comprensible que a medida que los hombres contemplaban el mundo de las estrellas iban percibiendo cada vez más detalles: Por ejemplo, llegaron a conocer lo que nosotros llamamos hoy ‘las estrellas fijas’, estrellas que permanecen siempre en la misma posición en ese gran libro de la historia de los cielos, o mejor dicho, que permanecen más o menos en la misma posición. Hoy día sabemos que también las estrellas fijas se desplazan. Por otra parte, aquellos hombres conocieron el mundo de las estrellas que se mueven: los planetas. Por ejemplo, la Luna es un claro exponente de ese mundo de los viajeros del cielo. Es decir que se comprende que aquellos hombres fueron gradualmente capaces de leer este maravilloso libro de imágenes.

Las primeras imágenes debieron ser abrumadoras. Los hombres empezaron por distinguir las constelaciones en el mundo de las estrellas fijas, pudiendo darles  nombre basándose en las “cartas” e “imágenes” que ellas representaban en ese magnífico “libro cósmico”. De la misma manera bautizaron los planetas tomando consciencia de sus respectivas tareas específicas. Gracias a las percepciones sensoriales, combinadas con una visión interior clarividente, ese mundo se hizo cada vez más asequible. Podemos comprender por ello que la Humanidad fue tomando consciencia poco a poco, pudiendo describir las mitologías siderales. Los hombres pusieron en relación varios grupos de estrellas con sus experiencias bien precisas, así como con divinidades especiales. Al contemplar un cierto agrupamiento de estrellas sabían que aquello era una expresión de Zeus, por ejemplo, o una  de Apolo, y así sucesivamente.

Sin embargo, cuanto más nos remontamos hacia atrás en el tiempo, estas mitologías siderales se nos presentan más y más borrosas, más “nebulosas”. Por ejemplo, recordemos que las mitologías china y tibetana son muy voluminosas y contienen grandiosas imaginaciones, pero casi podríamos decir que éstas están más ligadas al mundo de los seres elementales. En el zodíaco chino descubrimos dragones, caballos, etc. Los zodiacos chino y tibetano son muy diferentes de los nuestros. Esa humanidad, tanto los chinos como los tibetanos y japoneses – de hecho la raza mongol como tal – está más unida a la Atlántida que pudiera estarlo la humanidad occidental. Una parte de la humanidad actual proviene de la Atlántida, como si fuera un resto de dicha civilización. Pero los mongoles poseen una herencia más marcada de los tiempos atlantes que las otras. Su mitología estelar refleja el tiempo en que por primera vez, o casi, la humanidad percibió las estrellas en el cielo. Bien es verdad que desde aquella época incluso las constelaciones de estrellas fijas han cambiado su apariencia. Las llamamos “estrellas fijas” para señalar que su posición es fija. Por ejemplo, todos hemos visto la Osa polar en el cielo, con un cuerpo delimitado por cuatro estrellas que forman casi un rectángulo y una cola compuesta por tres estrellas suplementarias. Para los atlantes este grupo de estrellas no se parecía al de los tiempos primigenios y dentro de unos cientos de miles de años, esta constelación se presentará muy diferente. También el Zodíaco era muy diferente para ellos. Así pues, los mongoles recibieron una tradición distinta a la nuestra en occidente. En épocas posteriores, reflejadas en la mitología griega encontramos más o menos las doce constelaciones del zodiaco tal como las conocemos hoy en día. Los griegos las religaron a sus dioses: otras civilizaciones anteriores habían hecho lo mismo. Todo esto no se estableció de una manera arbitraria sino que reposa sobre sólidas bases de la experiencia interior, asociada a la confirmación correspondiente extraída de los sucesos exteriores. Este conocimiento se desarrolló en los templos de Misterios de los tiempos antiguos, como así lo ha descrito detalladamente Rupert Gleadow en su libro Orígenes del zodiaco. En el que cita a Manilius, poeta y astrólogo romano de comienzos de la era cristiana, que escribió a propósito de las constelaciones del zodiaco y de sus asociaciones con los dioses griegos, con Palas-Atenea, Apolo, Zeus, etc. Parece ser que ese zodiaco tuvo su origen más bien en la parte occidental de Asia.

Otra herencia tradicional fue la de los pueblos que se asentaron en los países nórdicos, por ejemplo en Escandinavia. Ellos reconocían en las constelaciones, en particular en las del zodiaco, los reflejos y recuerdos de sucesos y destinos de sus dioses. Tenían un zodiaco que hablaba de Freya, Vali, Saga, Odin, Skladi, Baldur, etc. De esta forma, todo el panteón de la mitología nórdica se mostraba de una sola pasada. Por supuesto que aquellos hombres no asimilaban las constelaciones a los dioses: percibían las constelaciones sólo como expresión exterior, una especie de gran crónica. “Leían” en el cielo las historias que habían vivenciado anteriormente en un estado de clarividencia ensoñadora.

Es probable que al inicio, las estrellas “errantes”, los planetas, hayan hablado de otra manera más impresionante a los hombres ya que se desplazaban más rápidamente que las estrellas fijas. El movimiento de las estrellas fijas es tan lento que, en algunos casos, necesitamos miles de años para detectarlo a simple vista. Pero con los planetas era totalmente distinto.

 Por ejemplo la Luna ilustra de maravilla esos cambios rápidos: se desplaza ante las constelaciones del zodiaco y alrededor de 28/9 días regresa a la misma constelación de la que partió. Además comprobamos que se desplaza a través de distintas fases: en cierto momento se eleva un poco antes que la salida del Sol, mostrándose entonces como una media luna (parecida a una pequeña copa) en el lugar en el que se alzará el Sol. Uno ó dos días después habrá desaparecido completamente. A continuación, al cabo de unos días podremos distinguirla de nuevo, ahora después de la puesta del Sol, como otra delgada media luna por encima del lugar donde se ha puesto el Sol. Eso significa que la Luna está creciendo. La media luna se va haciendo cada vez más gruesa hasta que por fin llega el momento en que podemos ver la cara redonda de la Luna al completo, elevándose por el Este cuando el Sol se acuesta por el Oeste: es el plenilunio. Después el disco va disminuyendo de nuevo hasta llegar a ser de nuevo una delgada media luna por encima del lugar por el que se pone el Sol, como al comienzo de nuestra observación. Todo el ciclo al completo, ha empleado 28 ó 29 días. Se trata de una fase de lunación partiendo de la Luna nueva, pasando por la Luna creciente hasta llegar a la Luna llena y a la Luna menguante, para volver a la Luna nueva. Todo ello es la expresión de un ritmo que coincide con el de las estaciones. El ritmo de las estaciones se extiende a lo largo de 365 días, cosa de la que tomamos consciencia si vivimos al ritmo de la Naturaleza. Los hombres de antaño, que no tenían calendarios impresos como los tenemos hoy día, aprendieron a mirar las estrellas como una especie de calendario vivo. Comprobaron que había 12 lunaciones en un año, y que cada Luna llena se situaba en un sitio diferente del cielo. Por ejemplo, si la Luna se encontraba en Tauro, sabían que 30 días más tarde, poco más o menos, la siguiente Luna llena tendría lugar en la constelación siguiente, la de Géminis. Según los datos que hemos podido recoger sabemos que habían anotado más que eso, como por ejemplo, los eclipses de Sol y los de Luna. Eran capaces incluso de poder calcular sus siguientes apariciones. Por supuesto que un año basado en el calendario lunar comprendía algunos días menos que los 365 del año solar. Los hombres de aquella época lo compensaron insertando cada tres años más o menos un mes bisextil para poner el calendario al día. Para aquellos hombres de la antigüedad las estrellas eran algo práctico y necesario en su vida cotidiana. El agricultor tenía que tener un verdadero conocimiento de los sucesos del cielo, que le servían de calendario para determinar el mejor momento para sembrar, recoger, etc.

Podríamos estudiar el movimiento de los otros planetas y descubrir ritmos similares, aunque mucho más largos, sabiendo que evidentemente los ritmos de los planetas no se pueden observar con tanta facilidad como los de la Luna. Sin embargo, con gran paciencia, los antiguos observaron los movimientos y ritmos de los planetas en el cielo, así como sus relaciones con los sucesos terrenales naturales y su correspondencia con el ser humano, viendo su paciencia recompensada. Por ejemplo, cuando observaban el planeta que llamamos Venus, vieron que, visto desde la Tierra, había un momento en que Venus se encontraba delante del Sol.

f1.1

En ciertos casos vieron incluso a Venus desplazarse justo delante del Sol como un pequeño puntito negro. Además sabían que esto tenía lugar durante una cierta constelación del zodiaco. También sabían que 9 meses más tarde el Sol se encontraría en el punto B y que entonces Venus desaparecería en el espacio por detrás del Sol, haciéndose cada vez más pequeño a medida que desaparecía detrás del Sol.  Nueve meses después el Sol había llegado al punto C y Venus estaba de nuevo delante del Sol. Cuando el Sol alcanzaba el punto D, Venus había vuelto a desaparecer como en el caso del punto B. Finalmente Venus pasaba por última vez delante del Sol en el punto E.

En base a estas observaciones aquellos hombres comprendieron que existía una configuración regular, bien definida, marcada por las conjunciones de Venus con el Sol. Y tomaron consciencia de que, siguiendo las conjunciones solares, Venus dibujaba un pentágono en el Cosmos que rodea la Tierra. Además observaron que se necesitaban cuatro años para que Venus hiciera el ciclo completo, que acabamos de describir y que Venus necesitaba ocho años para que tuviera, en las cinco puntas, una conjunción interior (inferior) y una conjunción exterior (superior) con el Sol (de manera alterna cada cuatro años) El conocimiento de este hecho cósmico se encuentra en la base del simbolismo esotérico y oculto, en lo que se conoce y venera en el ocultismo como el símbolo del Pentágono, la estrella de cinco puntas.

Los sabios de la antigüedad debieron conocer otro ritmo ligado al planeta que llamamos Mercurio (Figura 1.2) En el curso de un año, Mercurio pasa tres veces por detrás del Sol. Esto se produce en tres posiciones diferentes del zodiaco que según parece podemos incluso definir. Además en el curso de un año también pasa tres veces por delante del Sol, es decir, están en conjunción inferior. De esta manera podemos hablar de tres ciclos en relación a Mercurio, partiendo cada uno de una conjunción inferior (en el curso de la cual el planeta hace un bucle), para pasar a una conjunción superior y volver a una conjunción inferior. Estos tres ciclos no se inscriben exactamente en un año de 365 días. Por ejemplo, un ciclo (de A hacia B, y después a C) emplea sólo 116 días, por ello Mercurio necesita 348 días para recorrer los tres ciclos. Es decir que cuando el planeta está a punto de regresar a su punto de partida, al final del tercer ciclo (E hacia F y G) la conjunción superior G (equivalente a A) se produce alrededor de 17 ó 18 años antes de alcanzar la posición inicial.

Descubrimos aquí sobre todo otro símbolo cósmico muy conocido en el esoterismo: Mercurio dibuja un hexágono sobre el zodiaco, o lo que es lo mismo, dos triángulos entrelazados. Uno de ellos en relación a las conjunciones inferiores que se producen delante del Sol, el otro a las conjunciones superiores que tienen lugar por detrás del Sol. Que las puntas de los dos triángulos se desplacen constantemente de manera retrógrada (a causa de la diferencia entre el año solar y el año mercurial) es simplemente la expresión de la continua rotación del hexágono. Tenemos que añadir además que el triángulo de las conjunciones inferiores (B, D y F) es de hecho mucho más pequeño en relación al espacio alrededor del Sol. En esas posiciones el planeta está mucho más cerca de la Tierra que durante las conjunciones superiores (A, C y E)

f1.2

Podemos trasladar esta figura geométrica a una imaginación viva: (Figura 1.2b)

El triángulo mayor podría ser experimentado como la expresión o el rostro exterior de un gran Ser cósmico. El triángulo menor podría representar la percepción imaginativa de un Ser que eleva sus manos hacia el mayor, en un gesto como de súplica. Podríamos describirlo como un ser más próximo a la Tierra, parecido a un ser humano. El mayor podría ser percibido como expresión de un ser divino maternal en el Cosmos que protege y cubre con su manto al aspirante que se encuentra debajo. No se trata de una imagen surrealista: en un sentido puramente espiritual nuestra relación con el planeta Mercurio está en cierta medida construida en base a ese gesto. Surge entonces, lógicamente, la siguiente cuestión: ¿cómo podemos representarnos la forma en que nuestros ancestros pudieron tener conocimiento de esos ritmos mercuriales, teniendo en cuenta la dificultad que tiene la observación de dicho planeta? Sin embargo, como podemos deducir a partir de sus mitologías, los antiguos tuvieron que tener dicho conocimiento. Tenemos que suponer que, sobre todo los sabios de los antiguos Centros de Misterios, poseían un poder de percepción muy diferente del nuestro que se orienta sobre todo a las percepciones intelectualizadas. Su visión, todavía clarividente, combinada con  sus posibilidades aún limitadas de percepción del mundo exterior, les daba la oportunidad no sólo de tomar consciencia de la existencia de Mercurio, sino de conocer igualmente sus ritmos y ciclos.

He aquí otro ritmo que, incluso en tiempos muy remotos, pudo ser observado: el ritmo del planeta Marte:

 f1.3

 

 Cuando lo observamos desde la Tierra, Marte también se encuentra en ciertos momentos detrás del Sol. Hablamos entonces de la conjunción Marte/Sol, algo que sucede más o menos cada dos años. Entre tanto Marte entra en oposición al Sol. En tales momentos vemos al planeta en el zenit, a medianoche, por encima del horizonte Sur, cuando miramos hacia el sur. En tales ocasiones, Marte está especialmente brillante, irradiando una luminosidad rojiza. En esos momentos, que suceden alrededor de poco más o menos dos años, Marte hace un bucle colocándose detrás o en dirección opuesta a su progresión normal en el zodiaco. Por lo general todos los planetas tienen un movimiento aparente en el cielo, de derecha a izquierda cuando miramos en dirección Sur para observarlos. Pero cuando los planetas superiores- Marte, Júpiter y Saturno – entran en oposición al Sol se dan media vuelta y se dirigen marcha atrás (de izquierda a derecha) y sólo después de un cierto tiempo se vuelven a desplazar normalmente. Durante esta fase dibujan un bucle o una curva en forma de horquilla:

f1.3b

Cuando esto se reproduce, cerca de dos años después, Marte dibuja un bucle más lejos en el zodiaco. Por ejemplo, entre los meses de Marzo y Abril de 1967, hizo un bucle en la constelación de Virgo sideral. Esta oposición al Sol se situó más o menos a 205 grados sobre la eclíptica.[1] Dos años después, de Abril a Julio de 1969, apareció un nuevo bucle en Escorpio sideral[2] a casi 250º sobre la eclíptica, correspondientes a una nueva oposición de Marte al Sol. De esta manera la progresión de la oposición y del bucle es de 45º, (más o menos 1/8 de la eclíptica). Después de haberse repetido ocho veces durante un periodo de 15 ó 16 años, este suceso se produce donde había comenzado en el zodiaco. De la misma forma, tienen lugar 8 conjunciones de Marte con el Sol  a través del zodiaco y después de la 8ª la conjunción vuelve a formarse en su posición de partida. Estas conjunciones tienen lugar, más o menos, en los puntos opuestos a las dos oposiciones. Por ejemplo, el bucle formado durante la oposición de 1967 fue precedido en Abril de 1966 por una conjunción a 39º de la eclíptica.

Así pues, cada grupo de 8 posiciones describe un octógono (Figura 1.3) que también se puede representar como dos cuadrados superpuestos uno dentro del otro (figura 1.3c) Esta figura  llego a ser un símbolo para los antiguos. Siendo utilizada en la actualidad en la Astrología como un “aspecto”, una cierta configuración angular entre dos planetas cuyas posiciones relativas forman un ángulo de 45º entre ellos, llamado “semi cuadrado”.

f1.3c

Una humanidad ancestral tuvo que haber observado todos estos hechos y presentir en estos grandiosos ritmos cósmicos una especie de reflejo de sus experiencias íntimas. Para los hombres de aquel tiempo estos ritmos tuvieron que ser la expresión en imágenes de lo que encontraban como su universo interior de conciencia del mundo divino, así como del mundo de los seres elementales.

En relación con las conjunciones y oposiciones periódicas de Saturno y Júpiter tenemos otros sucesos estelares. Acabamos de echar un vistazo a lo que se refiere a los planetas Venus, Mercurio, Luna y Marte. Ellos dibujan en el cielo todas las figuras que, como acabamos de ver, ofrecen los fundamentos de todos los profundos símbolos ocultos. Pasa igual con Saturno y Júpiter. Saturno es un planeta que se desplaza lentamente, necesitando casi 30 años para dar la vuelta a todo el Zodiaco y volver a la constelación de partida. Júpiter es más rápido, sólo emplea 12 años en hacer un ciclo completo, por lo que necesita casi un año para recorrer una constelación. Todos estos hechos pudieron ser observados por los hombres de la Antigüedad. Como estos dos planetas se desplazan a diferente velocidad, se reencuentran periódicamente, igual que  si dos atletas corren en un estadio: si  uno de ellos es más rápido que el otro, aquel alcanzará varias veces al más lento. La relación de las conjunciones de Saturno con Júpiter es muy interesante. Por ejemplo a comienzos del s.XX estos dos planetas se encontraban juntos en la corriente del año 1901 (Fig. 1.4) en la constelación de Sagitario sideral. En 1921 este encuentro se repite de nuevo pero en la constelación de Leo sideral. Una nueva conjunción tiene lugar en 1940/41, esta vez en la constelación de Aries, fácilmente observable. En realidad se produjeron tres veces, durante este mismo año a causa de los movimientos retrógrados, los bucles de estos dos planetas. En tiempos más próximos al nuestro, en 1961 se formó otra conjunción en Sagitario sideral, llegando poco más o menos al mismo lugar que  la de 1901. Pero en 1961 la conjunción se desplazó hacia la cola de Sagitario. En 1981 tuvo lugar otra conjunción, ligada a la de 1921 y moviéndose hacia la constelación de Virgo sideral, mientras que la de 1921 se hizo en la frontera entre Leo y Virgo.

f1.4

Los encuentros de estos dos planetas dibujan en el cosmos un triángulo casi equilátero. En tiempos pasados se le reconocía como el “triángulo de oro” y, en cierto sentido, se le consideraba como un símbolo oculto aún más profundo. Se le menciona en los escritos de la Edad Media, representando la Trinidad divina, o la Trinidad del ser humano: cuerpo, alma y espíritu.[3]

Los griegos consideraban a Saturno como expresión de Cronos, el Padre omnipotente, el Padre del Tiempo, que se preocupaba de que el pasado no se perdiera, haciendo que los hilos del pasado se tejieran de acuerdo con los del presente, como el destino. Por ello Saturno representa la ley divina según la cual fueron creados el Universo y la Humanidad. Él se considera el guardián para la continuación del plan divino establecido en los primeros tiempos de la evolución. Los hombres de aquellos tiempos sabían que las fuerzas divinas hablaban a través de este planeta, poniendo siempre en guardia a la Humanidad cuando había intentos de desviarse del plan divino. Sabían que esas potencias llevaban siempre a la Humanidad por el buen camino aunque a veces a través de severos castigos.

En cuanto a Júpiter tenían una visión diferente. Le percibían como a Zeus, el “Padre Etéreo Omnipotente”. El éter está unido a las fuerzas vitales del Cosmos, las potencias del crecimiento y desarrollo  del futuro. Se habría podido escuchar al “planeta Júpiter” hablando en estos términos: “Tenemos que conservar el hilo de la ley divina en el curso de la evolución, pero también tenemos que pensar en el futuro. Hemos de construir a partir de lo que existe en el presente para conducir a la humanidad hacia el futuro. No seremos tan severos como Saturno que sí tiene que serlo. Queremos dar un poco de libertad a la Humanidad, para que sea “joven”. Tal vez con un poco de ‘jovialidad’ la Humanidad podrá seguir su camino.” Júpiter estaba considerado como una concentración de fuerzas cósmicas, al servicio de los seres humanos, para que estos comprendieran las ideas de manera práctica y concreta. De esta forma los dos planetas, Saturno y Júpiter se combinan y desde épocas muy lejanas han realizado conjunciones como si se tratara de “congresos cósmicos”. Las fuerzas que conservan la memoria del obscuro pasado y las que quieren servir al progreso de la Humanidad se reúnen en esos momentos, discutiendo – es un decir – sobre la manera de ir hacia delante,  a partir de un cierto momento de la historia, hacia el futuro.

Hemos de tener constancia que hay sucesos bien precisos ligados con todas las fechas de esas conjunciones. Precisamente en las Islas Británicas y en Europa, nos acordamos muy bien de los años 1940/41. Estos años, así como las otras fechas ligadas a sucesos cósmicos similares,  tienen que ver con momentos históricos en que los seres humanos tuvieron que rendir cuentas,  de una parte, sobre sus vidas y de otra, recibir las nuevas perspectivas y directrices con vistas al futuro. Por ello podemos comprender que ese triángulo de las grandes conjunciones en tiempos pasados era concebido como un signo del Cosmos, un símbolo cósmico del “ojo de la divinidad que todo lo ve”, para asegurarse que la línea de la evolución se mantiene correctamente y que así se facilitaba el progreso hacia el futuro.

Hemos descubierto así que muchos símbolos tradicionales usados en el ocultismo se remiten, en última instancia, a realidades cósmicas. Esta es una de las razones por la que nosotros pensamos que es necesario establecer una nueva cosmología, espiritual, para allanar el camino con un conocimiento real y, sin embargo, plenamente espiritual, acerca de las verdades contenidas en la tradición esotérica.

[1] La eclíptica es el plano que contiene la órbita de la Tierra. Visto desde ésta, es también la trayectoria aparente del Sol alrededor de la Tierra. Los planetas orbitan igualmente en relación a este plano.

[2] A causa del fenómeno conocido con el nombre de ‘precesión de los equinoccios’, el Zodiaco sideral, ligado a las constelaciones reales, tal como podemos observarlas al mirar el cielo estrellado,  está desplazado en relación al zodiaco tropical, el utilizado en la astrología tradicional, ligado a las estaciones. En la actualidad el desplazamiento es aproximadamente de una constelación entre los dos zodiacos (este desplazamiento entre los dos zodiacos aumenta alrededor de 1º cada 72 años)

Por regla general en este libro cuando se menciona el nombre de una constelación hay que tener en cuenta el punto de vista sideral.

[3] Ver por ejemplo Los símbolos secretos de los rosacruces” en el libro “Antología de Christian Rosenkreutz”. Rudolf Steiner

Traducido por Maribel Garcia Polo

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