La actividad de los planetas y de las esferas planetarias

 

Este capitulo forma parte del libro de Willi Sucher, “El Cristianismo cósmico y el rostro cambiante de la Cosmología“. Parte I.

English version

En este capítulo vamos a interesarnos por la organización y la vida del sistema solar, pudiendo obtener así una comprensión más precisa de la actividad de los planetas.

Desde sus comienzos, la Edad Moderna de las Ciencias adoptó el punto de vista heliocéntrico de la concepción copernicana, a pesar de que el mismo Copérnico sostenía que no había nada nuevo en ella. Él fue inspirado por los Maestros que le dijeron que desde la antigüedad habían existido unas concepciones parecidas. En este sentido, el Sol es nuevamente, para la Humanidad moderna  el centro del Universo. Y según este concepto, el Sol es la mayor entidad que gobierna  todo el conjunto de planetario.

Pero, de hecho, ¿qué es el Sol?.  Evidentemente es muy diferente  a todos los demás miembros de la “familia solar”. Al principio fue considerado como una bola de fuego, y que sobre su superficie ardían todas las sustancias que emanaban de su interior, ya fueran de materia sólida o de naturaleza gaseosa. En la Edad Moderna la física atómica introdujo la idea de que las transformaciones atómicas, lo que se conoce por las explosiones atómicas sobre la Tierra, tenían lugar sobre la superficie del Sol. Se supone que esas explosiones producen los efectos que nosotros, en la Tierra,  percibimos como la luz y el calor.

En cierto sentido esto parece muy sencillo, pero los problemas que surgen a propósito de estas ideas son enormes. De hecho aún no se ha solucionado la cuestión de dónde proviene el combustible necesario para semejante producción de energía. La Ciencia ha ideado toda clase de teorías sobre la variedad de los procesos de fisión atómica y de reconstitución del átomo, pero esas ideas no son suficientes.

Tratando de encontrar alguna explicación plausible nos encontramos con las indicaciones de Rudolf Steiner sobre este problema. Él confirma, que en cierto sentido, los procesos que tienen lugar sobre la superficie del Sol son una especie de super-combustión. Pero, según él, se trata del fin de toda realidad espacio-substancial de nuestro Universo. La diferencia fundamental de su teoría consiste en que él llega a establecer un concepto del Sol cuyo interior, dice Steiner,  está completamente “vacío”, es decir, que toda cualidad físico-espacial habría sido eliminada del interior del Sol. Se trata de un concepto difícil de asimilar, bajo un aspecto puramente físico, pero no del matemático. Se trata de un proceso de completa espiritualización.

En ese caso, el problema del “combustible” estaría solucionado: el Sol actúa como una especie de bomba de vacío que no solamente aspira el aire de la periferia, como se hace con las latas de conservas envasadas al vacío, sino que aspira todo lo que existe en el espacio desde la periferia del sistema solar alrededor del Sol. Esta “substancia” sería el “combustible” que en el proceso de la super combustión se ha espiritualizado.

Vamos ahora a tratar de explicar la naturaleza de los planetas en base a semejante sistema solar. La figura 6.1 es una sección parcial del sistema solar que indica las órbitas de los planetas, con el Sol en el centro. El Sol aspira, pues, hacia su “espacio vacío” las sustancias que vienen de la periferia a través de esta super succión. Estas sustancias han debido sufrir grandes cambios durante su paso a través de las órbitas o de las esferas de los planetas a todo lo largo de la periferia. Después de haber atravesado, en primer lugar, las órbitas de Saturno, Júpiter y Marte, es decir, a través de sus esferas correspondientes, terminan por llegar a la órbita de la Tierra y de su Luna, después de lo cual, continúan su camino en dirección al Sol, atravesando las esferas planetarias de Venus y Mercurio. Naturalmente estos “ingredientes” que son atraídos por el Sol, se van “condensando” progresivamente a causa del estrechamiento del espacio. Sobre la Tierra terminan por compactarse con la materia terrestre. En el esquema lo hemos indicado con una línea ascendente que muestra el aumento de la densidad de las sustancias retiradas de los “ingredientes siderales” más allá de la periferia del sistema solar. (Ver el Cap. 3 o las detalladas descripciones de la obra El Drama del Universo[1] y su presentación en la obra  Aproximación práctica  a la Astrosofía,[2])

 f6.1

 La noción de la densidad que crece a medida que nos alejamos de la periferia para llegar al interior del Universo está ligada a la fuerza de la gravedad que se encuentra en los planetas. Se trata de un hecho astronómico avalado por la Ciencia. Si tomamos volúmenes precisos de materia en la Tierra, obtenemos un peso medio. Este peso viene causado por la gravedad de la Tierra, la fuerza que atrae hacia el centro. Sobre otros planetas el peso de las sustancias medias es menor que sobre la Tierra pero varía enormemente, según ha descubierto la astronomía, a partir de la gravitación: es muy débil en Saturno, algo más elevado en Júpiter y aún mayor en Marte. El peso más elevado lo adquiere la Tierra. Más allá de la Tierra, en dirección al Sol, vuelve a disminuir, por eso la línea de nuestro esquema sufre un corte. En su conjunto, la imagen hace pensar en una especie de ola que se rompe. Y sobre la superficie del Sol los ingredientes que provienen, por ejemplo, del Zodiaco son finalmente disueltos y espiritualizados.

Lo anterior es una magnífica base para comprender la naturaleza de los planetas. Si al mismo tiempo combinamos todo lo anterior con las indicaciones de Rudolf Steiner respecto a las experiencias del alma después de la muerte, durante su paso a través de las distintas esferas planetarias, se puede llegar a una perfecta cosmografía de dichas esferas.

Durante su estancia en la esfera de Saturno, el alma experimenta los arquetipos del mundo astral, no sólo por la propia astralidad, sino también los arquetipos de este mundo. Aquí, en la Tierra, por ejemplo encontramos las manifestaciones de la astralidad en las emociones humanas, así como también en otros seres vivos. Estas manifestaciones actúan, a continuación, en el nivel puramente físico, el nivel de la materia. Los arquetipos de estas manifestaciones se encuentran en la esfera de Saturno. Por ejemplo, supongamos que tiene lugar una gran batalla en la Tierra. En la esfera de los arquetipos espirituales cósmicos veríamos las verdaderas fuerzas que intervienen en ella, las fuerzas astrales de los seres invisibles en el plano físico, que se encuentran  detrás de todo lo que sucede en la Tierra. En ésta, experimentamos los resultados de las motivaciones mentales y psicológicas, así como también de las tendencias más nobles. Pero en la Tierra no podemos percibir las verdaderas fuerzas involucradas. Éstas viven en la esfera de Saturno, desde donde penetran en todo el sistema solar, incluida la Tierra. (Cuando hablamos de ‘esfera’ de un planeta, nos referimos a todo lo que se encuentra en su órbita. El planeta visible es, en cierta medida, como una ‘Luna’ de la esfera)

Así pues, el elemento anímico que nos guía, en cuanto a nuestras motivaciones para actuar, tiene su origen arquetípico en Saturno. Este elemento ‘astral’ es el que ha guiado nuestra alma durante nuestra encarnación, y también tiene que ver con nuestras encarnaciones precedentes, es decir, con los resultados de las encarnaciones precedentes. En este sentido, podemos decir que Saturno es la región de los arquetipos del alma, o de las motivaciones astrales en todo lo que concierne  la existencia en el plano físico. Por esa razón Saturno está asociado con el esqueleto de la forma humana, con las fuerzas ‘generadoras’ del esqueleto, el cual no tendría forma si no fuera por ellas. Saturno trabaja así en el organismo humano, preparando “astralmente” este esqueleto, mucho tiempo antes de la encarnación, antes de la aparición en el plano físico-material. De la misma manera prepara también un ‘esqueleto’ para toda la encarnación, un karma o ‘esqueleto del destino’ que contiene todos los fundamentos, los esbozos de lo que cada ser humano aporta en su encarnación como el destino resultante de una encarnación precedente.

Después de la muerte y mucho antes del  nuevo nacimiento, encontramos en la esfera de Júpiter los arquetipos del mundo etéreo. Rudolf Steiner describió este mundo en su obra “Teosofía”[3]como un elemento “fluido” que fluye como manantial de vida, en forma de fuerzas arquetípicas de vida que penetran en todos los seres vivos que hayan recibido, en la esfera de Saturno, sus ‘motivaciones’ arquetípicas para la existencia. Por este motivo la vida, o las fuerzas etéreas que actúan en la Tierra necesitan el elemento fluido como vehículo. Sin agua, no podría haber vida. Este elemento jupiterino es, en forma de fuerzas de vida, una fuerza de desarrollo y evolución. En un sentido lógico-cósmico, lo que en principio no era más que una idea, es conducido hacia el porvenir, hacia las formas de realización de esta idea. Por esta razón la actividad de Júpiter aparece en el ser humano en forma de capacidad de pensar, capacidad de llevar a cabo las ideas.

A continuación, entramos en la esfera de  Marte, un espacio que nos acerca a la Tierra. Los ingredientes zodiacales se han ido haciendo cada vez más densos. Así pues,  después de la muerte, en la esfera de Marte nos encontramos con los arquetipos del mundo físico objetivo, enfrentándonos con la realidad y el carácter ilusorio de los objetos físicos, de camino hacia una nueva encarnación. En esta esfera adquirimos la capacidad de enfrentarnos al mundo de los objetos físicos que encontraremos en la Tierra, pudiendo así mantener nuestra propia integridad. Al final, el ser humano estará en condiciones de crear la palabra, desarrollarla, porque la palabra es la capacidad de enfrentarse al mundo de los objetos, pudiendo describirlos por su nombre. Para ello necesita una especie de actitud agresiva que, por lo general, permanece todo el tiempo inconsciente. Podríamos decir que ponemos los objetos en su sitio y a continuación, nos retiramos a nuestra propia integridad física. De esta forma somos capaces de hacer uso de nuestros órganos de los sentidos para finalmente describir los objetos.

Antes de llegar a la Tierra, entramos en la esfera de la Luna, donde tienen lugar las fases finales de la precipitación de los ingredientes de la periferia sideral en la existencia material. Es en esta esfera donde el alma, poco tiempo después de la muerte, se purifica casi por completo: se trata del Kamaloka (el equivalente del Purgatorio). Todos los efectos de la última incorporación en la materia terrestre que aparecieron en el momento de la encarnación, tienen que ser abandonados aquí, lugar donde se produce el descenso más profundo en la materia. Sobre la Tierra vemos la Luna recorriendo sus diferentes fases, desde el cuarto creciente, progresando hacia la Luna llena, pasando por el cuarto menguante hasta su desaparición en la Luna Nueva. La forma de la luna creciente nos permite pensar en un recipiente que, en un cierto momento, recibe las substancias cósmicas, y que en otro momento, el cuarto menguante, las devuelve al espacio cósmico. En ciertos periodos la Luna se separa del Sol, estando entonces expuesta a las órbitas de los tres planetas exteriores, Saturno, Júpiter y Marte: es el momento de su crecimiento, dirigiéndose hacia la Luna llena. Entonces es como si recogiera en su recipiente en forma de copa, la totalidad de los ingredientes cósmicos que llevan desde la periferia sideral, que constituyen las piedras densificadas para la construcción, necesarias para una existencia física en la Tierra. Por esta razón, las fases de crecimiento y Luna llena se consideran, en agricultura, como las más beneficiosas para la siembra y la plantación, de hecho, para todo lo que precisa una aceleración en su crecimiento. Pues en esta posición la Luna puede recoger todas las piedras de construcción y los ingredientes provenientes de la zona zodiaco-sideral. A continuación llega el momento en que la Luna se acerca al otro lado de la Tierra, entre ésta y el Sol, en que  atraviesa su fase menguante, hasta llegar a la nueva Luna. Se ha podido comprobar que es muy difícil que esta luna pueda acelerar las fuerzas de crecimiento: son los momentos menos propicios para la siembra, la plantación, etc. ¿Por qué tendría que ser así? Porque ya hemos pasado del lado de la Tierra orientada hacia el Sol donde los ingredientes condensados y materializados del mundo sideral se van rompiendo poco a poco, disueltos y espiritualizados. Esta periodicidad de la Luna actúa de la misma manera, directamente, en la fisiología del ser humano.

Hemos llegado así a la cresta de la ola cósmica y a su punto de descenso, desde donde refluye hacia la superficie del Sol. Las esferas planetarias de Venus y Mercurio siguen estando entre los dos, revelándose menos densas y ejerciendo una fuerza de gravedad menor que la de la Tierra: nos encontramos aquí con un proceso de disminución de la sustancialidad. Casi se podrían considerar como dos esferas en las que se prepara la transmutación final que tendrá lugar en el Sol. En este sentido, el alma humana, cuando pasa a través de las esferas de Mercurio y Venus en su recorrido hacia un nuevo nacimiento, recibe las capacidades y potencialidades que le permitirán, en su reencarnación, afinar la vida del alma. Al pasar por la esfera de Marte, el ser humano recibe – por supuesto en el grado que lo permita su karma – la capacidad de perfeccionar sus relaciones con su entorno, con el propio entorno humano y con el que está más allá del humano. La esfera de Mercurio hace lo mismo respecto a la facultad de la comprensión inteligente del hombre y de las acciones correspondientes. Después de la muerte, el alma está obligada, en estas esferas, a separarse de los lazos demasiado fuertes propios de esos aspectos en la existencia terrenal.

Podríamos preguntarnos: ¿Por qué tiene lugar ese proceso? ¿Por qué está el Sol situado en el cielo y toma parte en dicho proceso, primero aspirando las substancias del mundo sideral hacia sí mismo, acumulándolas después, densificándolas hasta que el proceso alcanza su punto culminante sobre la Tierra? ¿Todo esto solamente para emprender más tarde su deconstrucción? ¿Qué significado tiene todo esto?

El sentido a todo lo anterior se encuentra en la Tierra. En tanto que seres humanos viviendo en la Tierra, estamos sometidos al mundo físico-material, que está presente también en nuestro cuerpo, del que nos servimos como instrumento, alcanzando una cierta perfección, a pesar de que siempre parece estar buscando algo más. Posteriormente, declina de nuevo hasta que llega el momento en que tiene que devolver este instrumento a los elementos, a partir de los cuales fue construido. Sin embargo, durante todo ese proceso, primero de crecimiento y densificación, y más tarde de decaimiento y disolución, se han ido poniendo las bases para el desarrollo de nuestra consciencia, de la consciencia del Yo. En el enfrentamiento con el mundo físico material vamos acumulando una serie de experiencias que sólo podemos adquirir a través de nuestro cuerpo físico-material. A través de los golpes que recibimos, se van despertando en nosotros, la consciencia, el pensar, el sentir y la voluntad. Constantemente estamos siendo puestos frente a desafíos que pueden llegar a ser la vía que nos conducirá a la libertad del espíritu. Participamos en la recolección de los ingredientes densificados que vienen del lado oscuro de la Tierra, que le ha dado la espalda al Sol momentáneamente. En otras palabras, participamos en todo ese proceso con nuestros cuerpos sólo cuando estamos – por regla general – dormidos, es decir, en estado inconsciente. Más tarde, cuando sale el Sol, nos enfrentamos a un nuevo día, y al despertar se supone que estamos en un estado de plena consciencia. Esto significa que nos implicamos  progresivamente en un proceso de disolución y espiritualización de lo que ha fluido durante la noche, hacia la Tierra. Gracias a nuestro trabajo, a la vez manual y mental, hacemos uso de nuestros cuerpos que poco a poco se van consumiendo.

Durante el día, en general tiene lugar el aspecto opuesto a la creación, es decir, la destrucción de la materia, de la substancia, tal como existe en el cuerpo humano. De la misma manera se crea la consciencia, apareciendo entonces los primeros indicios de la eliminación y espiritualización finales que tienen lugar en el Sol. Este proceso se continúa en las esferas de los planetas Venus y Mercurio, para llegar a su término en el Sol. Así se revela el significado del estado actual de la evolución, que los ocultistas llaman ‘el gran estado cósmico’ de la evolución de la Tierra (la fase terrestre).

Vemos, pues, que en sentido cualitativo, la Tierra es en efecto el centro del Universo, aunque también podemos decir, apoyándonos en las bases de la ciencia moderna, que el Sol es el centro y que la Tierra ‘sólo’ es un planeta que gira en torno suyo. Sobre la Tierra, erguidos entre los impactos de la creación y la disolución físico-material, podemos desarrollar la consciencia del Yo y mediante la actividad de ese Yo, a través del pensar, sentir y voluntad de actuar, llegaremos a ser capaces finalmente de elevar la creación exterior hasta un nivel en el que alcance el poder de una creación espiritual.  En ese momento,  la Tierra habrá cumplido su misión. El Universo actual será destruido y la evolución se dirigirá hacia una nueva etapa, el nuevo Júpiter. Ese futuro estadio ya no estará formado por ninguna substancia físico-material. De la misma manera que podemos contemplar, por ejemplo, las distintas capas geológicas de la Tierra actual,  el nuevo Júpiter estará igualmente formado por capas, esta vez, capas de pensamientos. Así como las capas geológicas de la Tierra son los testigos del pasado, las capas-pensamiento de Júpiter serán los testigos del pensar de la Humanidad actual.

El gran proceso de la creación que hemos descrito usando la imagen de la gran ola cósmica, nos sugiere que podría haber una relación interior entre los planetas de cada lado de la Tierra. En este sentido, Venus sería el disolvente de Marte: éste termina de precipitar los ingredientes cósmicos en el mundo físico-material de los objetos. Venus comienza después a hacerlos salir de nuevo. Marte elabora los fundamentos del mundo que percibimos con los sentidos, y que investigamos con los medios de las Ciencias naturales. Construyéndose así, el implacable mundo físico se ha creado y nosotros tenemos que vivir en él, escindido en innumerables millones de objetos.  Sabemos por experiencia que este mundo tan disgregado a veces es causa de frustraciones, antagonismo y agresiones. En medio de todo ello, Venus se yergue como expresión, o punto focal, de las fuerzas cósmicas de un acogedora comprensión. A fin de cuentas estas fuerzas lo que quieren es volver a unir de nuevo este mundo que ha sido escindido en incontables objetos, resultado de tiempos inmemoriales de la evolución pasada, la cual ha ido dejando a las criaturas en los más variados estados existenciales y, por tanto, desiguales. Las fuerzas de Venus tienen la misión de redimir esta desigualdad y reordenar los objetos creados que han dejado tras de sí, si me permiten la expresión, una participación plena y gratificante en el proceso evolutivo.

Así como Venus puede considerarse como el disolvente de Marte, Mercurio se encuentra en una relación bastante parecida en relación a Júpiter. En éste vemos al representante de la sabiduría e inteligencia cósmicas. En Mercurio se ponen en movimiento las fuerzas que pueden ayudar a transformar la inteligencia cósmica en inteligencia humana, que irradia entonces a través de las manos y pies del ser humano, instrumentos de su voluntad.

Y finalmente, llegamos al Sol, que está profundamente ligado a Saturno. Éste se desplaza hacia la periferia del sistema solar en el sentido que se sitúa en la puerta de entrada de las substancias siderales, al principio en forma astral-psíco-cósmica. De esta forma dan comienzo en la esfera de Saturno los procesos que conducen a la densificación y materialización, mientras que en el Sol se produce exactamente lo contrario. La esencia espiritualizada es lanzada entonces por el Sol, en su calidad de estrella fija, hacia el reino de las estrellas fijas, más allá de nuestro sistema solar. Por tanto, si tomamos en consideración las funciones llenas de sentido de ambos, podemos decir que se complementan el uno al otro.

Fuera de la órbita de Saturno se encuentran las de Urano, Neptuno y Plutón, limitándonos al espacio conocido hasta ahora. Estos últimos forman parte de las esferas en las que todavía no han sido atraídos los ingredientes siderales por la corriente aspiratoria que conduce a una condensación progresiva. Todavía se encuentran en la forma superior de arquetipos espirituales. Por otra parte, son las esferas que tendrán que recibir finalmente las esencias re-espiritualizadas, expulsadas de nuevo por el Sol, una vez terminado el proceso de disolución del espacio material. Podemos así comprender que estas esferas no están directamente conectadas con el sistema solar. Están como en espera y tratan de hablar a los hombres de los mundos invisibles, los mundos espirituales, de las Jerarquías divinas, es decir de todo lo que no es ni materia, ni espacio. Si estos mensajes no son recibidos de manera consciente por los seres humanos, pueden fácilmente expandir la ‘destrucción’ y como consecuencia traer a sus dominios los mensajes sobre la naturaleza temporal de toda la existencia material terrenal. De esta manera esperan aportar a la Humanidad una toma de conciencia sobre el origen espiritual de todos los seres.

A través de esta aproximación a los procesos del mundo planetario vamos a observar  ahora la configuración del cielo en el momento de la encarnación de Leonardo da Vinci (Figura 6.2), nacido el 15 de Abril de 1452.

f6.2

Para empezar, la esfera de Saturno marca una orientación significativa. En el momento del nacimiento de Leonardo, Venus se encontraba casi totalmente en el perihelio de Saturno. El perihelio de un planeta es uno de los “elementos” astronómicos descriptivos de la esfera correspondiente: se trata del punto en el que el planeta, a lo largo de su órbita, está más cerca del Sol. Por el contrario, el afelio es el punto de la órbita del planeta más alejado del Sol. La línea que une el perihelio con el afelio se denomina ‘línea de los ápsides’. Estas líneas no son fijas sino que se desplazan lentamente en relación al Zodiaco. Así  el perihelio de Saturno, viniendo de la región de Tauro, entró en la constelación de Géminis alrededor de 1.400.

Las líneas de los ápsides – pasando por el perihelio y el afelio de los planetas – son una indicación en cuanto a la “atmósfera interior”, tal como era, de la relación entre el planeta y el sistema solar. En el perihelio la esfera planetaria correspondiente se inclina, por decirlo así, de una manera cariñosa, sobre las preocupaciones del universo solar, uniéndose a ellas. El afelio de la esfera expresa más la tendencia a abandonar el sistema solar, a salir del espacio sideral. Pero el Sol tiene siempre la capacidad de persuadir al planeta a no abandonar la familia solar en su conjunto, en virtud del poder que llamamos, en sentido puramente material, la atracción gravitacional.

De esta forma podemos comparar, con todas las reservas al uso, la zona del perihelio de la esfera, con la cabeza y los órganos de los sentidos de la figura humana, que permiten al ser humano “inclinarse” hacia el mundo que se le presenta a través de los sentidos. Podemos considerar la parte de la esfera próxima al afelio como estando ilustrada por la organización del corazón – miembros – movimiento de la figura humana.

Saturno es el “pilar” del karma, la expresión de los motivos anímicos cósmicos del ser humano, aportados en cada encarnación. En el momento del nacimiento de Leonardo da Vinci, el planeta Venus se estaba desplazando por el perihelio de Saturno, como acabamos de caracterizarlo. En el ser humano, Venus tiene que ver con la relación con el entorno y la manera en que él se integra en éste. Si esto se combina con el perihelio de Saturno, nos estaría indicando que Leonardo construyó en su organismo un potencial muy especial para mantener una relación de empatía y sensibilidad con su entorno terrenal. Cosa que se explica por sí misma en esta especie de dualidad representada en la llegada del perihelio de Saturno a la constelación de Géminis alrededor de 1.400. En la vida de Leonardo esto se manifiesta por un lado, en su condición del gran artista que todos admiramos, y por otro como el científico que, en los albores de la época moderna, se ocupó de numerosos proyectos científicos y tecnológicos, por ejemplo, intentó construir un avión por primera vez, aunque no lo consiguió del todo.

La esfera de Júpiter también estaba muy implicada: en el momento de ‘la Época’ de la concepción de Leonardo, Saturno se encontraba cerca de la línea que pasa por el afelio de Júpiter. (El momento de ‘la Época’ se calcula a partir de las posiciones relativas a la Tierra, la Luna y el Sol en el momento del nacimiento. Eso nos lleva, por término medio, a un cierto momento, 273 días antes del nacimiento, que no tiene nada que ver con la concepción física. En ese particular momento  percibimos, en la esfera de la Luna, nuestro cuerpo vital o etéreo). Esta esfera de Júpiter continúa, como un paso complementario, la condensación final de los ingredientes siderales sobre la Tierra. Sin embargo, los conserva todavía en un alto nivel de existencia cósmico-etérea: podemos captarla en forma de ideas, a través del poder de pensar que nos ha sido concedido, al menos para empezar, gracias al sistema nervioso construido en nuestro organismo. Todo esto se hace posible por la intervención de Júpiter. El perihelio de Júpiter se encuentra desde hace mucho en la constelación de Piscis y allí permanecerá durante un cierto tiempo, estando efectivamente ligado al largo periodo de la evolución consagrado al desarrollo del pensar. En cuanto al afelio, se encuentra en la constelación de Virgo, lo cual se corresponde con la necesidad de puesta en movimiento del pensar, hasta llegar a elevarse al pensar intuitivo, a la sabiduría (ver capítulo 5º: Virgo, las tres puertas de la sabiduría).

La asociación de Saturno con el afelio de Júpiter en el cielo de nacimiento de Leonardo indica que en éste había un enorme potencial para la sabiduría “histórica”, lo que se hace visible por ejemplo, en La Cena, cuadro en el que pintó concretamente la asociación de los 12 apóstoles con las 12 constelaciones del Zodiaco, de manera inigualable. Este motivo Júpiter-afelio-Virgo se vio acrecentado por una conjunción (por supuesto, heliocéntrica) de Marte y Venus en la línea del desarrollo embrionario de Leonardo. Finalmente podemos añadir que se introdujo un aspecto de fuerzas de curación, a través del poder amoroso de Venus, en las tendencias de Marte, volcadas hacia los sentidos. Las creaciones artísticas de Leonardo nos hablan realmente de esta cualidad ‘curativa’.

La esfera de Marte está en relación con la última etapa decisiva de la condensación de los ingredientes siderales en la materia. Los elementos de esta esfera estaban igualmente implicados de manera significativa en la configuración de Leonardo da Vinci. A su nacimiento, el planeta Júpiter había casi llegado a la línea del perihelio de Marte, que se encontraba en Acuario, constelación en la que había entrado el año 33 d.JC. Al estar en esa línea Júpiter indica la capacidad potencial de una profunda sabiduría, en relación a los sucesos que tuvieron lugar durante los tres años de la presencia de Cristo sobre la Tierra, del año 30 al 33. Podríamos pensar que se trató de algo más que de una simple relación, que más bien fue una relación basada en la reencarnación. Vista desde esta óptica, La Cena se muestra en una perspectiva muy significativa. Además, en el momento de ‘la Época’ (ver más arriba) Marte se encontraba en la línea del afelio de su propia esfera, en lo que podríamos ver un reflejo del sentido de realismo tan presente en toda la obra de Leonardo a lo largo de su vida, en todo lo que llevó a cabo.

Hemos dicho anteriormente que considerábamos a Venus como el disolvente de Marte, pues gracias a los impulsos del amor y la compasión, su trabajo se centra en reunir y curar todo lo que había sido expulsado por Marte, hacia el aislamiento y la materialización. En el trabajo de Leonardo hubo igualmente un fuerte impulso, como lo indica Júpiter en el afelio de Venus, en Capricornio, durante las primeras etapas del desarrollo embrional. La sabiduría de Júpiter aparece aquí como mediadora entre las esferas de Venus y Marte (Júpiter estaba entonces en el perihelio de Marte, ver más arriba) Esto se asocia al gran amor de Leonardo por la Tierra y todas sus riquezas. Este aspecto viene indicado por la posición de la Tierra en la línea del afelio de Venus, hacia los tiempos de ‘la Época’. Hay un rasgo muy significativo en la vida de esta esfera de Venus: en el curso del desarrollo embrionario de Leonardo se produjo una conjunción superior de Venus con el Sol, visto desde la Tierra. Estas conjunciones se producen cada 8 años, con las conjunciones que tienen lugar, en el sentido inverso, cada cuatro años, es decir, las conjunciones inferiores que siguen a las conjunciones superiores y viceversa (ver capítulo 1º) Así pues, la conjunción superior de Venus en el momento de la encarnación de Leonardo, que se encontraba de manera significativa en su propio afelio, está históricamente ligada con los días que precedieron al Misterio del Gólgota el 3 de Abril del año 33.[4]Venus estaba entonces en conjunción inferior. Las conjunciones inferiores están relacionadas con la aportación de las cualidades cósmicas de Venus en la existencia terrenal, como por ejemplo, la resurrección de Lázaro. Las conjunciones superiores reflejan el reagrupamiento de las cualidades correspondientes al seno del espacio cósmico.

La esfera de Mercurio refleja la posible liberación de las potencialidades espirituales de las cualidades de Júpiter, por ejemplo, en la inteligencia y actividad humanas. Podríamos  esperar igualmente  que esta esfera indicase, en el cielo de nacimiento de Leonardo, sus principales potencialidades, y así es en efecto: podemos distinguir en ella trazos muy característicos y especiales del pintor. Justo antes del nacimiento, Mercurio estaba cerca de su propio afelio en la constelación de Escorpio. Este último está profundamente asociado a la caída de la Humanidad en los reinos de la conciencia material, desprovista de espíritu. En cierto sentido se trata de un proceso de muerte, y eso es lo que indica el aguijón venenoso del escorpión. Fue algo necesario para que el ser humano pudiera adquirir la independencia espiritual y la libertad. Ahora bien,  partir de la libertad, el ser humano tendrá que encontrar – y lo encontrará – el camino que le conducirá de nuevo al conocimiento del mundo espiritual y de los seres que viven allí. Si no fuera así, la Humanidad perdería su integridad y su razón de ser en el proceso cósmico. Así pues, la esfera de Mercurio es la expresión de las terribles batallas en las que está implicada la Humanidad, batallas relativas al desarrollo de la inteligencia. La cuestión es saber si la Humanidad será capaz de elevarse hacia la inteligencia cósmica  y el conocimiento que va más allá de la simple existencia material, o bien ser hundirá cada vez más profundamente en el intelectualismo ligado a la materia y aquejado de miopía, que arrastraría al ser humano hacia el abismo de la no-existencia del Yo. La batalla final tendrá lugar en el futuro: está descrita en la visión de los caballeros del Apocalipsis (cap. VI) y especialmente en la del que monta el caballo rojo. El equinoccio de primavera se situará, en esa época, en el equivalente a la actual constelación de Escorpio.

Esta gran batalla se manifestó también en Leonardo, aunque de forma soterrada. Podemos tener un cierto destello, escuchando la historia de su trabajo en La Cena. La realización del retrato de Judas, el traidor, le causó gran sufrimiento y disgusto. Esto se manifestó en el retraso en la fecha de entrega de esta pintura, hasta el punto que el abad del monasterio que la había encargado, le acusó de dar largas al asunto deliberadamente.

Finalmente nos acercamos al Sol que, como ya hemos indicado, es el complemento de Saturno. Ahora bien, en el caso del Sol, como estrella fija, no encontramos ahí ningún tipo de esfera. En cierta medida, su esfera es la totalidad del sistema solar,  lo que le permite, por el contrario, expulsar los elementos de origen sideral re-espiritualizados, directamente hacia la periferia. Pero si observamos más detenidamente lo que hemos llamado el proceso solar, comprenderemos que el planeta Tierra es el centro cualitativo de la esfera del Sol. Ahí se producen los más elevados niveles de densificación, así como los comienzos de su disolución. Así pues, en los ‘elementos’ de la órbita de la Tierra podemos ver una señal de la vida de la esfera solar. Estos elementos son el perihelio y el afelio de la Tierra, que en la actualidad están orientados hacia Géminis y Sagitario, lo que significa que podemos ver en las líneas de los ápsides de nuestro planeta la expresión de los potenciales que conducen a la realización y elevación de nuestra experiencia del “YO”, que comenzó en la esfera de Saturno como un desafío psíquico cósmico.

En la configuración de la encarnación de Leonardo, en el momento de su nacimiento, vemos que Marte había entrado en el afelio alargado de la Tierra, habiéndose puesto en marcha en el momento de ‘la Época’, muy cerca de su propio afelio.

El afelio de nuestro planeta se encuentra, en la actualidad, a tan sólo 10º del de Saturno, acercándose cada vez más, uno al otro, pero las dos líneas no coincidirán hasta cerca del año 6.000, es decir que estamos ante unos elementos que nos hablan de los últimos estadios de nuestra era dentro de la evolución humana, la 5ª post atlante, que comenzó alrededor del año 7.000 a.C. con la civilización proto hindú y que llegará a su término el año 7.900 más o menos. [5]

El hecho de que Marte se encontrara en el afelio de la Tierra en el nacimiento de Leonardo indica un enorme potencial en su vida. A simple vista podría parecer un defecto, porque él pensaba que no era capaz de conseguir realizar por completo sus propósitos. Sus acciones terrenales fueron intentos en direcciones muy precisas, pero debemos considerarlos con una perspectiva mayor, como orientados hacia el futuro: en cierto sentido, Leonardo estaba preparando los futuros estadios, muy lejanos, del desarrollo humano. Y aun cuando eso podría explicar su imperfección, en relación a nuestra época, nos permiten alimentar grandes esperanzas para el futuro. En ello reside la grandeza de Leonardo, su importancia para la época actual: la realización de esa promesa, contenida en la combinación de Venus con el perihelio de Saturno en el momento de su nacimiento.

Lo anterior sólo pretende ser un ejemplo que muestre cómo podemos considerar, de manera positiva y constructiva, las esferas planetarias: como medios eficaces de interpretación de las relaciones entre el Cosmos y el ser humano. Por tanto no hay que tomarlo como una presentación detallada y completa del tema.

[1]  El drama del Universo, de Willi O. Sucher.

[2]  Aproximación práctica a la Astrosofía, vol. I y II, de Willi O. Sucher

[3]  R. Steiner, Teosofía, Editorial Rudolf Steiner, Madrid.

[4] Ver Cristianismo cósmico, de Willi Sucher. Editorial Rudolf Steiner, Madrid

[5] Respecto a las diferentes eras y épocas de civilización, ver el ciclo de conferencias sobre “El Apocalipsis”,  de Rudolf Steiner. Editorial Rudolf Steiner, Madrid.

Traducido por Maribel Garcia Polo

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