El ritmo de 33 años

Por Willi Sucher

 

 

Para los miembros de la Sociedad Antroposófica de Gran Bretaña – Vol. XXXI. Nº 4 de abril de 1954  – (Publicado por el Consejo Ejecutivo de la Sociedad Antroposófica en Gran Bretaña).

 

English version

 

Todos los cuerpos celestes se mueven acorde a ciertos ritmos. Esto ha hecho surgir conceptos mundiales que contemplan al cosmos como si rodase como una máquina gigantesca. Muy a menudo se olvida que todo movimiento cósmico ha de haber sido originado desde la intención y los actos de algún tipo de inteligencia cósmica.

Si, por ejemplo, hablamos de la revolución de un planeta, debemos considerar que este movimiento rítmico puede existir solamente gracias a que un ser inteligente de magnitudes cósmicas, en algún momento pusiera a ese planeta en movimiento alrededor de su órbita a una determinada velocidad. Además, por medio de un pensamiento meramente lógico, podemos inferir que la órbita y la velocidad de un planeta puede cambiar si la Inteligencia que se halla por detrás altera su propia intención y capacidad. Puede también suceder que otra Inteligencia Cósmica tome su lugar.

Desde la Astronomía copernicana sabemos que la Tierra se mueve alrededor del Sol en el curso de 365 ¼ días y al intervalo temporal que se requiere para completar este movimiento, le llamamos ‘un año’. No podemos imaginar que nuestro planeta pudiese realizar este ritmo,  a menos que una Inteligencia cósmica haya puesto a mover la Tierra de este modo mucho tiempo atrás. Esto queda referido a una Astronomía que está fundada en la pura experiencia visual y en un  pensar que deriva de ella. Como fuere, la Ciencia Espiritual  puede ir más allá en lo que respecta al reconocimiento de las Inteligencias inspiradoras de los cuerpos celestes; por ejemplo, una tal como la de la Tierra.

Como planeta, nuestra Tierra puede ser considerada como relativamente cercana al Sol. Dentro de esta relación es donde debemos buscar el origen inteligente de las propiedades de nuestro planeta: órbita, velocidad y demás. Se podría incluso decir que la Tierra fue creada por Seres Espirituales conectados con el Sol.

Bien podemos imaginar que esta unión entre el Sol y la Tierra no permanecerá siempre igual. Pero puede darse otro accionar de la Inteligencia cósmica sobre la Tierra y cambiar gradualmente su carácter, expresable en términos de órbita, velocidad, etc. De hecho, la Ciencia Espiritual ha revelado que tal circunstancia tuvo ya lugar en un sentido cósmico, alrededor de dos mil años atrás en el transcurso de los eventos del Gólgota. El Ser del Cristo, que hasta entonces había habitado en el Sol a modo de Inteligencia directriz del foco central y creativo de todo nuestro sistema solar, se unió entonces al planeta Tierra. De aquí podemos imaginar que un completo nuevo accionar de impulsos e intenciones divinas se combinaron con nuestro planeta para entonces.

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Tales sucesos pueden alterar la naturaleza de un planeta, inclusive con respecto a sus propiedades astronómicas ‘externas’. Por supuesto, se requiere de un cierto tiempo hasta que un cuerpo celeste responda frente a la Inteligencia cósmica como su nueva Guía Espiritual. Por ello es que no podemos esperar que la Tierra manifestase inmediatamente el impulso espiritual que había ingresado en ella durante el curso de los eventos del Cristo. Esto tomará su tiempo y mientras tanto, el impulso actuará más fuertemente en el terreno de la Inteligencia, por ejemplo, en la inteligencia humana y la capacidad espiritual. Una expresión de la manifestación del Impulso Crístico puede encontrarse a modo de un nuevo ritmo temporal en la historia y la biografía humana.

Este es el ritmo de 33 años, desde el nacimiento de Jesús hasta la Muerte en el Gólgota y la Resurrección. De entre muchos otros efectos que el Impulso Crístico tendrá sobre la Tierra, esta entidad de tiempo permeará más y más al planeta entero y un día futuro, puede que se manifieste a sí mismo en sus ritmos astronómicos.

La vida del Cristo Jesús duró 33 años, desde el nacimiento de Jesús hasta la Muerte en el Gólgota y la Resurrección. La natividad tuvo lugar hacia el 1 AC (no podemos ni es necesario que nos adentremos aquí en la controversia histórica que concierne al año de nacimiento).

La Muerte en el Gólgota ocurrió un Viernes Santo, el 3 de Abril del año 33 DC, según los resultados de la investigación espiritual. Por lo tanto, 32 años y medio transcurren entre ambos eventos.

Al nacer Jesús, el vehículo corpóreo del Cristo surge tras eras de preparación en el mundo espiritual. El impulso había entrado en un estado crucial de la realidad corpórea. Al momento del Misterio del Gólgota, el Cristo había alcanzado la encarnación absoluta: Su unión con el planeta Tierra. Lo había hecho en beneficio de la continuación de su evolución y la de sus habitantes.

Este ritmo histórico proveniente desde la iniciativa cósmica que comprende a lo imprescindible y al extenso alcance del hecho de la Resurrección, fue el comienzo de un nuevo ritmo cósmico. De ser establecido como un intervalo de revolución planetaria bajo las circunstancias actuales, excedería  el movimiento de Saturno a través del zodíaco. Este último requiere de menos de 30 años para retornar a la misma posición en el cielo de las estrellas fijas. Esto nos da una idea de la magnitud y del posible significado del impulso crístico para todo el universo solar.

Este ritmo de tiempo no sólo se tornará cada vez más importante para la vida terrestre y sus habitantes. Cada uno de los sucesos en la vida del Cristo Jesús quedará impreso en nuestro planeta y actuará como arquetipo creativo de la evolución en un sentido histórico y biográfico.

Las imágenes relacionadas a los Evangelios, muchas veces parecieran ser  muy simples y poco complejas. Esto es verdadero hasta cierto punto, el Impulso Crístico está muy cercano al corazón humano pero aparte de la simpleza, también contiene los aspectos más supremos y universales de la evolución espiritual.

La manifestación del ritmo de los Treinta y Tres Años ya se ha vuelto obvio en la vida de la humanidad. Muchos desarrollos históricos así como las biografías de incontables personas revelan inequívocamente este hecho. Un impulso puede ingresar en la humanidad o en un solo ser humano, y podemos presenciar  que este impulso requiere muy a menudo de 33 años para alcanzar realización, para moverse –por decirlo así– desde su nacimiento hasta su resurrección.

De todos modos, no son solamente el inicio y el final de esta vía de la humanidad de 33 años los que se han vuelto patrones guías de la evolución. También los puntos intermedios son de gran significancia. Por ejemplo, un impulso tal en la humanidad puede alcanzar en un cierto punto los ’12 años de edad’, y entonces se puede percibir que atraviesa experiencias y desarrollos que solamente puede ser comparados con la historia de Jesús a la edad de 12 años en el templo (San Lucas II). Sería de gran beneficio para la Humanidad si se prestase más atención a estos hechos. Una situación puede ser desesperanzadora en ciertos momentos, pero un juicio fundado en el ritmo de 33 años puede aportar una seguridad consoladora, sabiendo que una crisis en un momento dado es la condición inevitable para un progreso posterior.

Cuando llega el momento en que un impulso alcanzó los 30 años, se halla en un punto especialmente crucial dentro del camino hacia su logro. En los 33 años arquetípicos del Cristo Jesús, esto ocurrió hacia el momento del Bautismo, ya que Jesús ‘tenía cerca de 30 años’ cuando se encaminó hacia el Jordán, el lugar en donde bautizaba Juan el Bautista (San Lucas III).

Fue el momento en que las envolturas estaban lo suficientemente maduras como para servir de vehículo al Cristo cósmico, en los cuales habitó durante ‘tres años’. Rudolf Steiner describió el significado cósmico de este suceso para toda la evolución futura de la Tierra. Si los impulsos espirituales crecen y maduran de acuerdo al ciclo de 33 años, entonces el punto de los 30 años ha de significar un estadio decisivo para ellos. Significa un momento en el cual el impulso ha de probarse a sí mismo si es lo suficientemente maduro para ser aceptado por el Espíritu Solar, quien se uniese a la Tierra durante los eventos en el Gólgota.

El Movimiento Antroposófico se ve confrontado actualmente por esta situación. En Navidad de 1953/4 se cumplieron 30 años desde que Rudolf Steiner brindó un nuevo impulso, durante el Congreso de Navidad en 1923/4.

Este impulso impartió una imagen de significado mundial frente al antropósofo de seria búsqueda, como contenido meditativo y ejercitación: la visión de los Tres Reyes Santos que actúan en la organización craneana del ser humano, de los Pastores en el corazón humano, yendo hacia la unión de su objetivo en común, a la búsqueda del nacimiento del Espíritu Eterno o del Cristo en el alma humana. Aquí se hallan las raíces de una ‘Imitación del Cristo’ real y espiritual, la transformación en la realidad del alma de aquello que una vez estuvo delante del Niño Jesús como las figuras de Reyes y Pastores.

Desde entonces, este impulso ha recorrido otros caminos, lleno de desencuentros. Cierta gente se verá inclinada a pensar incluso que ‘falleció’ en algún momento de su camino. Pese a todo, estamos convencidos de que esas ‘muertes’ eran condiciones necesarias para su desarrollo posterior. Un impulso nunca puede morir si es uno verdaderamente espiritual. Puede verse eclipsado por cierto tiempo, pero ‘resucitará’ tarde o temprano.

La ‘Acción Espiritual’ del Congreso de Navidad entró en su punto crucial de los ‘Tres Años’ durante la última Navidad. A  partir de ahora puede volverse efectivo en cierto sentido en todo alma humana. La unión espiritual cooperativa de las corrientes de los ‘Reyes’ y de los ‘Pastores’ puede posibilitarse a tal punto que el propósito interior de la Tierra permeada de Cristo en el universo, se revele a sí misma para todas las almas de buena voluntad.

El impulso caminará hacia su propio Gólgota y su Resurrección. Ningún ser en la Tierra será capaz de frenarle. Pero sería una esperanza vana si esperamos que las cosas sucedan de algún modo. El impulso sólo puede ‘resucitar’ en el alma de aquellos que toman parte en la institución original, por medio de estrictos esfuerzos meditativos y ejercitación. No sucederá ‘a su guisa’. De este modo, la responsabilidad resta sobre cada discípulo de Rudolf Steiner.

Traducido por Diego Milillo y editado por Gracia Muñoz.

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