12. Antigua mitología griega de las Constelaciones en el hemisferio norte

Del libro Isis Sophia II de Willi Sucher

La Constelación de Acuario

Este paso sucesivo de Hércules de su vida post-mortem está representado en la constelación de Acuario o del Aguador, que le sucede a Capricornio. En la mitología griega, Acuario equivalía a Ganimedes, que había sido tomado de la Tierra por Zeus para que sirviese a los Dioses como portador de la copa. La necesidad de hallar un portador para la copa surge debido a que Hebe, quien tenía a su cargo esta tarea, la había perdido. Por lo tanto bien puede decirse que el significado original de Acuario estaba representado por Hebe, portando la copa con el soplo de la eterna juventud. En un cierto sentido, esta copa es el equivalente arcaico del cáliz cristiano del Santo Grial, y que está representado por Acuario. La constelación del Cisne, que se halla bien por encima de Acuario, esclarece eminentemente esta imagen. La mitología griega cuenta que Orfeo, el gran músico y mago, se convirtió en un cisne luego de morir.

De esta manera podemos decir que las constelaciones del cielo veraniego representan al gran mito griego de Hércules, y la constelación que lleva el mismo nombre se ubica en el puesto central. En la representación antigua se lo ve arrodillado sobre el Dragón, y por encima de su cabeza está el Portador de Serpientes u Ofiuco. Este simbolizó para la Humanidad griega el signo cósmico de la esperanza y la llegada de Uno que vendría un día para vencer verdaderamente a la muerte y al declive (Escorpio), ya que el Hércules humano no había triunfado en esto. ¿Cómo se suponía que este Uno habría de lograr esta gran victoria?. En la antigüedad se respondía que era necesario mantener a raya al Dragón y a la Serpiente. ¿Quién es el dragón?; es la constelación misma que sostiene con sus garras al polo de la eclíptica –el trayecto aparente del Sol y de los planetas. Además, ocupa casi por completo el círculo descrito por la así llamada precesión del polo del ecuador celeste.

Sabemos que la Tierra gira alrededor de su eje en el curso de su movimiento diurno, eje que se extiende entre los polos Norte y Sur. Como consecuencia se crea la impresión de que todo el cielo rota día tras día de Este a Oeste, alrededor de un eje que se extiende entre los polos Norte y Sur celestes.

Actualmente, el polo Norte celeste se ubica en la Osa Menor; y este polo celeste se mueve circularmente y que completa su trayectoria en alrededor de unos 26.000 años. Este movimiento se denomina Precesión, y es causado por la oscilación del eje terrestre. En otras palabras, el polo celeste que actualmente se ubica en la Osa Menor, se hallaba sobre la punta de la cola del Dragón hace miles de años atrás. Más atrás en el tiempo lo encontramos sobre el pie de Hércules, etc. Llegado el momento completa su trayecto por el cielo, y allí dentro se halla el dragón. De todos modos, como dicho previamente, este círculo es en realidad un reflejo del movimiento del eje terrestre (véase Fig.1). Como el eje de la Tierra es la expresión externa de la ‘verticalidad’ de nuestro planeta en el espacio cósmico, bien puede comparárselo con la verticalidad en el ser humano. Es esta verticalidad la que nos distingue del animal. Nuestra postura se debe a nuestra capacidad de independencia interior y de pensar.

f1

Consecuentemente, podemos decir que el círculo procesional del polo celeste, dentro del cual domina el dragón, es una representación cósmica de la capacidad del ‘pensar’ en la Tierra. El peligro de esta capacidad en nosotros -más allá de sus méritos- reside en llegar a emanciparse y desprenderse completamente del universo; en consecuencia, se produciría una esterilidad espiritual y una muerte extrema. Este poder cósmico es mantenido en regla a través de la imagen de Hércules. Por lo tanto, Hércules fue una expresión de la esperanza de la Humanidad sobre la llegada de Uno que la salvase de la muerte, causada por la pérdida de todo contacto con el universo viviente.

¿Qué es la Serpiente?. En cierto sentido es la continuación de la Hidra, de Orión con los dos Canes, Eridano y Cetus. Con el correr del tiempo, todos ellos ocupan el ecuador celeste que no es otro que la continuación del ecuador terrestre en el cielo. Dicho de otra manera, estas constelaciones han estado o estarán alternativamente sobre el ecuador celeste, acorde a la precesión del punto vernal. Actualmente, Orión se halla en esa posición; tiempo atrás, cuando el punto vernal se ubicaba en Aries (alrededor de uno o dos milenios AC), la mayor parte de la Serpiente cubría el ecuador celeste.

Tanto en el ecuador celeste como en el terrestre podemos ver una expresión del ‘sentir’ de la Tierra, es decir, de poder aceptar la idea de que la Tierra es un organismo viviente y que sus movimientos se producen por medio de una especie de facultad física inherente a ella. Lo comparamos con el sentir porque es una expresión del impulso de la Tierra el virar en dirección al Sol y las estrellas o el alejarse de ellos, lo que viene a ser una especie de expresión de simpatía o antipatía. De aquí se desprende que estas constelaciones, especialmente la de la Serpiente, son representaciones de una consciencia onírica que está en peligro constante de verse descontrolada por emociones y deseos egoístas. La mitología griega ha expresado esto a escala magnífica. Atañe a Ofiuco, el Portador de la Serpiente, y es la imagen estelar de Asclepio. Fue un hijo de Apolo y un famoso sanador, que realizó actos curativos milagrosos. No solamente curaba todo tipo de enfermedades sino que salvó a gente de la muerte. Plutón, el príncipe del Hades, finalmente acabó alarmándose porque Asclepio hizo revivir a gente que ya había muerto. El reino del Hades se fue vaciando gracias a estos milagros y Plutón se quejó a Zeus. El desafortunado Asclepio fue derribado por un relámpago, pero ascendió al cielo y allí se lo encuentra como Ofiuco. Sujeta a la serpiente con sus fuertes brazos, en la cual podemos ver el símbolo de la antigua sanación, el Caduceo, una vara por donde se enrosca una serpiente. Estas fuerzas que están más ligadas al plano del ecuador, en contraste con la verticalidad de las fuerzas del dragón, pueden poseer cualidades curativas. Ellas corresponden al organismo rítmico de nuestro cuerpo, a la respiración y al pulso cardíaco. Pero se vuelven un veneno mortal si se abusa de ellas con propósitos egoístas. El mito expresa esto cuando habla acerca del castigo por el intento de prolongar la existencia humana sin derecho, robándole a la Humanidad la posibilidad de un renacer espiritual gracias a la muerte. Podría decirse nuevamente que la esperanza expresada en este cuadro estaba basada en la llegada de Uno que no escapará a la muerte, pero que hará de ella un portal hacia una existencia superior –la Resurrección.

Las constelaciones de la Corona y de la Lira, a la izquierda y derecha de Hércules, encaja muy bien en esta gran Imaginación cósmica, aún cuando en la mitología griega no se ven conectadas directamente al mito de Hércules. Se dice que la corona o diadema había sido obsequiada a Ariadna por Baco (Dionisio) luego de que ella fuera abandonada por su esposo Teseo. Esta bella constelación se halla al Oeste de Hércules, y está más ligada a aquella parte del cielo en donde vimos a las imágenes cósmicas  de las principales tareas a cargo del héroe griego. Puede decirse que quienes han realizado labores en la Tierra, recibieron la insignia de la realeza, la diadema celestial. La lira, al Este de Hércules, era considerada por los griegos como la lira de Apolo, quien se la obsequió a Orfeo y que la ejecutaba con tal maestría que incluso Plutón, el príncipe del Hades, quedó encantado cuando Orfeo suplicó por la liberación de su esposa Eurídice del inframundo. Un poeta dice así sobre este instrumento mágico:

He visto con sus claves celestiales

Sus aéreas cuerdas, su fogoso raído

A la gran lira eólica de Samos

Alzándose desde sus siete cordajes

Desde la Tierra a las estrellas fijas.

Los griegos la contemplaron como el instrumento de la ‘música de las esferas’, siendo las siete cuerdas el radio armónico del orden de los siete planetas. Un astrónomo moderno del S.XVII, Kepler, aún cobijaba una comprensión sobre el radio armónico de la distancia entre los planetas, o de la música de las esferas. La lira se ve conectada con aquella parte del cielo en donde vimos los estadios del dramático ascenso de Hércules hacia los cielos. Le fue otorgado el instrumento mágico como una guía dentro de la creación de la música de las esferas, las esferas planetarias que recorre el alma tras la muerte.

De tal modo, percibimos ciertamente que las constelaciones estelares les significaban a los griegos algo semejante a una crónica gigantesca, en la cual ellos podían leer los sucesos de un mundo divino y sus manifestaciones dentro de la Humanidad. Dentro de esta cosmovisión, nada está fuera del lugar y de la relación que le corresponde. El cielo entero semeja a un organismo viviente; y de ser el caso que la Humanidad moderna experimente a esta visión de la mitología griega como una clasificación caótica y arbitraria, entonces la culpa debe adjudicársele a las limitaciones de la mente moderna, que ya no puede comprehender la grandeza y el significado de la mitología antigua.

Vimos como el cielo invernal era para la mente de los griegos, la visión enorme de la apertura de las fases de una lucha por la obtención de nuevas capacidades dentro de la Humanidad. En términos griegos, tales eran poderes del pensar y de la percepción de vigilia. Al mismo tiempo, su obtención equivalió al cerrarse de una puerta hacia capacidades más arcaicas, que facilitaban el acceso hacia las profundidades del significado de la existencia humana. De aquí que el cielo veraniego fuera más bien un intento y una esperanza que un logro real. Una esperanza que consistía en que un día, la guía divina pudiera brindarle a la Humanidad la posibilidad de penetrar en el trasfondo espiritual por medio de esas nuevas capacidades.

En última instancia, podemos contemplar al cielo de la mitología griega como una interpretación ingeniosa sobre las constelaciones del Zodiaco. El Zodiaco fue la expresión de ese cerrarse de una puerta al que siguió el despertar de esas nuevas capacidades. Fue necesario que esto sucediese. Por decirlo de algún modo, estaba incluido dentro del plan evolutivo con el propósito de  brindarle a la Humanidad la posibilidad de desarrollar una consciencia autónoma e independencia.

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Traducido por Diego Milillo y editado por Gracia Muñoz.

(continuar leyendo…)

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