2. Antigua mitología griega de las Constelaciones en el hemisferio norte

Del libro Isis Sophia II de Willi Sucher

La Constelación de Aries

El líder de todo este grupo de constelaciones es Aries. En la antigüedad se lo llamaba el Príncipe del Zodiaco, y de hecho, en los mapas medievales se lo grafica volteando la cabeza hacia atrás, mirando al rebaño de las constelaciones zodiacales tras de sí. En la mitología sideral griega, aprendemos que los griegos vivenciaban en esta constelación a la poderosa figura de Zeus. Sabemos que Zeus era considerado por los griegos como el líder y el padre de los Dioses Olímpicos. Con lo cual estaba profundamente conectado con el desarrollo de la civilización griega. ¿Quién era Zeus?, ¿fue tan sólo una invención del sacerdocio griego?. Los griegos aún poseían capacidades cognitivas muy diferentes a las nuestras. No percibían ni podían hablar de las ideas como si fuesen pensamientos abstractos que existían solamente en el cerebro de la gente. Las vivenciaban como seres espirituales objetivos e individuales. Ellos presenciaron, en épocas más clásicas, al gran impulso y al poder incesante que inspiraba a su pensar, al desarrollo de la filosofía griega como un ser divino. Este era Zeus. Para los griegos, él era el poder divino que les era innato y que les permitía comprender la belleza y la grandeza del universo por medio de los sentidos. Zeus también era el impulso que los capacitaba –así lo sentían– a elevarse hasta esa tan conocida perfección del arte de la plástica griega, que no pudo ser superada por las civilizaciones en épocas posteriores. Este poder o impulso no se vivenciaba como una idea abstracta como lo es en nuestra época, sino como a un ser individual divino. Zeus, el Ser Divino, recorrió un largo y tedioso camino con el fin de realizar su objetivo. Se libraron tremendas batallas hasta que Zeus y sus seguidores pudieron establecer firmemente su gobierno.

La jerarquía precedente fue conquistada sólo gradualmente, la de los Crónidas –una generación de seres divinos que había establecido una fase previa de la evolución humana. Fue un vaivén de batallas. Un impulso nuevo siempre tiene de enemigo jurado a lo viejo y sus bases preestablecidas. En una ocasión tal, Zeus y sus seguidores se vieron casi derrotados, y Zeus mismo tuvo que huir disfrazado a Egipto. Con el fin de escapar sin ser reconocido, se transformó en un carnero. Aún poseemos antiguos gráficos que le muestran portando cuernos de carnero. De este modo es como fue venerado en Egipto y en Libia como Zeus Ammon o Júpiter Ammon.

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Por medio de un maravilloso lenguaje mitológico, esta leyenda logra describir cómo un impulso nuevo hubo de buscar protección dentro de una civilización antigua, obteniendo de ella la fortaleza para llevar a cabo las tareas de la Humanidad, en su camino por el progreso cultural. Los cuernos del carnero son una representación o imaginación sobre el desarrollo del cerebro, su refinamiento y sus curvaturas. Esta fue una condición necesaria para el logro de la típica capacidad griega del pensar y del razonar, de la amorosa percepción del mundo pleno de luz que ingresaba en la Humanidad a través de los sentidos. La Humanidad no fue capaz de desarrollar esta especie de percepción y pensamiento antes de la era griega. Previamente a esta época, el cerebro no se había convertido aún en tal perfecto instrumento, capaz de cobijar facultades intelectuales como las de la Humanidad actual. El desarrollo de las nuevas facultades cerebrales se establece gradualmente durante la época griega, y Zeus representó a la vivencia helénica de ese poder divino personificado, que inició y guió a estos procesos.

Otro cuadro mitológico que manifiesta la plenitud de este hecho, es el nacimiento de Palas Atenea. El mito cuenta como ella desciende con toda su armadura desde la cabeza de Zeus, el padre de los Dioses Olímpicos. De este modo se puede decir que ella es una especie de emisaria divina de la deidad que guiaba al pueblo griego, cuyo impulso fue instilar las facultades cerebrales en los griegos.

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Consecuentemente, Palas Atenas es el ser divino que ayudó a los griegos a realizar en la vida práctica el gran impulso que les había sido impartido por Zeus. Por ello se convirtió en la deidad protectora de Atenas. Su estatua se hallaba en el Partenón, el templo central de Atenas, y su irradiante armadura brillaba a la luz del Sol, visible a los marineros desde lejos cuando se aproximaban a la costa. Como cuenta el mito, también enseñó a los griegos el arte de tejer, que es una expresión del arte de combinar pensamientos. Además, se dice también que enseñó a la Humanidad a producir aceite de oliva, a construir ciudades amuralladas, etc. Los griegos vislumbraron todas esas facultades y al desarrollo cultural que conducía a su manejo a manos de la Humanidad, personificado en la constelación del carnero y sus cuernos.

Traducido por Diego Milillo y editado por Gracia Muñoz.

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