3. Antigua mitología griega de las Constelaciones en el hemisferio norte

Del libro Isis Sophia II de Willi Sucher

La Constelación de Tauro

En la constelación siguiente, Tauro, la mitología vivenció otra manifestación de Zeus. El mito cuenta que un día él vio, mientras miraba hacia abajo desde las elevadas alturas del Olimpo, a la hermosa Europa, hija del rey Agenor de Fenicia. Ella estaba custodiando a un rebaño de ganado de su padre en los prados. Zeus decidió tomarla para sí y llevarla a su propio reino. Con el fin de realizar esto, se transformó en un hermoso toro blanco y se entremezcló dentro del rebaño que estaba a su cargo. Ella ve al espléndido animal, le acaricia y finalmente monta sobre él. Tan pronto como hiciera esto, el toro se sumergió en el mar y nadó con Europa sobre su lomo hasta la isla de Creta. Allí la depositó en tierra y fundaron la famosa dinastía cretense. La civilización cretense fue la predecesora de la cultura griega, el primer paso para implantar  la civilización humana en Europa.

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Este mito es un cuadro magnífico que busca describir cómo fue fundada la civilización europea. La joven cultura cretense/helénica tuvo que tomar prestado primero de las civilizaciones mucho más antiguas del Este, de las cuales Fenicia y Egipto eran las más cercanas. Solo más tarde se superó gradualmente la herencia adquirida  de los tiempos antiguos. A juzgar por los remanentes de la civilización cretense, es obvio que aquella gente poseía una fuerte herencia fenicia, tanto espiritual como externa. Ha sido justamente descubierto que el mito griego de Hércules o Heracles, tiene sus raíces en el mito fenicio de Melkarth. Los griegos vivenciaron a las fuerzas espirituales que laboraban en esta interconexión con el Este, manifestado en el cielo por la constelación de Tauro.

Ni bien fueron establecidas las primeras bases de la cultura helénico-europea, las fuerzas de lo ‘viejo’ opusieron resistencia a lo ‘nuevo’. Ya que lo ‘viejo’ se resiste a dar paso a lo ‘nuevo’. Es una reacción natural el que los impulsos antiguos quieran preservar su propia existencia. En la mitología griega, las batallas de Zeus y de los Olímpicos contra sus predecesores divinos, fueron reflejadas en la Tierra por medio de los hechos y labores de los grandes héroes griegos. Uno de ellos fue Perseo, cuya constelación vemos en el cielo por encima de Tauro. En la mitología griega oímos hablar de doce figuras heroicas. La 13ª es Heracles/Hércules, de quién hablaremos más adelante.

tauro

El mito de Perseo es el siguiente: hubo un rey en Argos, cuyo nombre era Acrisio. Su hija se llamaba Danae. El rey había oído de la profecía que decía que su nieto le mataría un día y tomaría su trono. A fin de impedirlo, encerró a Danae en una torre para que no concibiera hijos. De todos modos, Zeus se allega a la torre en forma de lluvia de oro, y pronto ella dio a luz a Perseo. Ni bien Acrisio oye la noticia, puso a madre e hijo en una barcaza y los lanzó al mar, con la esperanza de que perecieran bajo el oleaje. Los Dioses interfirieron y Perseo fue puesto a salvo en una isla solitaria, en donde fue criado y educado secretamente por sus habitantes. Las fuerzas de lo ‘viejo’, representadas por la figura del abuelo, Acrisio, se opusieron a Perseo y quisieron destruirle.

En cuanto Perseo creció, pasó por su primera prueba  en contra de los resistentes poderes de épocas ya concluidas. En la región de la noche perpetua, habitaba un monstruo terrible que hacía peligrar a la raza humana. Era la Medusa, que transformaba a toda cosa viviente en piedra si se le miraba. El mito narra que Medusa fue originalmente un ser de gran belleza,  que se convirtió en una criatura de fealdad mortal. Esto nos aporta una clave para entender lo que ella representaba. En épocas antiguas, ella era un poder espiritual que capacitaba a la Humanidad a percibir clarividentemente al espíritu en la naturaleza. En lugar de cabellos, tenía serpientes en su cabeza. Esto semeja a otra imagen, al famoso símbolo del Ureos, que era portado sobre la frente de los faraones egipcios a modo de signo de sus capacidades clarividentes.

aureos

En la antigüedad, la serpiente era considerada como un símbolo de la sabiduría divina. Pero esas antiguas capacidades fueron desapareciendo gradualmente y en la época griega, los remanentes de la vieja clarividencia onírica comenzaron a ser ya vistos como decadentes –incluso peligrosos. El impulso griego consistía en despertar frente al pensar independiente, ‘diurno’.

Así fue como el símbolo de la serpiente de sabiduría se transformó en la imagen de la cabeza serpentina y venenosa de Medusa. Lo que había sido la clarividencia del mundo natural, murió en la percepción del delineamiento físico de los objetos naturales. Ella se hallaba en el camino de aquel largo descenso de las facultades anímicas humanas hacia la percepción de las propiedades solo minerales, inertes, de la naturaleza. De aquí la razón del quedar transformado en piedra si se la miraba.

medusa

Perseo, el héroe semi-divino, deseaba matar a ese monstruo, pero para realizar esta tarea debía estar equipado con armas divinas. Hermes, o Mercurio, le prestó sus sandalias aladas, y Palas Atenea contribuyó con su escudo. Así marchó  hacia esa terrible región en donde habitaba Medusa con sus dos hermanas. Tras muchas aventuras, arribó al reino de la oscuridad eterna. Sabía que no podía acercarse a Medusa directamente sin correr el riesgo de quedar transformado en piedra. Entonces lo hizo cautelosamente caminando hacia atrás, observando al monstruo desde el reflejo que le proporcionaba el escudo de Palas Atenea. Finalmente decapita a Medusa con un soberano golpe de espada.

Si vemos en Tauro a la fundación de la civilización europea por gracia de los poderes que los griegos denominaron Zeus, entonces tomamos noción de que en la constelación de Perseo, por encima de Tauro, tenemos a una magnífica  interpretación del actuar de Zeus. Hermes otorgó a Perseo sus sandalias aladas, y la tarea de Perseo consistía en no permitir que la recién surgida facultad del pensar cerebral muriese gracias al intelectualismo frío e inerte, algo que sucedió más tarde en la Humanidad. En Perseo vivía el poder micaélico  de la luz y la liviandad del pensamiento. Protegido de este modo, pudo hacer uso del intelecto reflector, nacido desde las nuevas facultades de Zeus. Este es el escudo reflectante de Palas Atenea, que es una Imaginación del cerebro que actúa como espejo reflector entre la realidad objetiva externa y la vida interior. Es de este modo como Perseo contribuyó con la fundación de la típica cultura europea; él empleó el pensar cerebral, pero a través de sus pensamientos aún se muestra la presencia del mundo espiritual. Su actuar consistió en destruir las fuerzas mortales que se habían convertido en un gran peligro para las nuevas capacidades de la Humanidad.

Vemos a Perseo en el cielo, retornando de su primera gran hazaña. En sus manos sostiene la cabeza sangrante de Medusa, representada por un grupo de estrellas, de las cuales Algol es la más grande. Esta estrella es muy interesante, ya que en un ritmo de tres días pierde 4/5 de su capacidad lumínica, para luego ganar nuevamente su fuerza. Antaño, a esta estrella se la llamaba Estrella del Demonio, o Guiño del Demonio.

Como fuere, Perseo se vio envuelto en otra aventura a su camino de regreso. Volaba por los aires con la ayuda de las sandalias aladas de Hermes. Otra versión del mito cuenta que cabalgaba a Pegaso, un caballo alado, que puede ser hallado también en el cielo por encima de la constelación de Piscis y Acuario. Esta versión es bastante reveladora, porque se dice que Pegaso emergió de la sangre de Medusa luego de que Perseo le cortara la cabeza. Las facultades clarividentes degenerativas de la antigua Humanidad, representadas por Medusa, hayan un lugar en las edades posteriores a modo de la alada imaginación de la creación poética.

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En la mitología griega, Pegaso era el favorito de las Musas. Volando sobre el lomo de este animal divino, Perseo cruzó Etiopía. Allí había ocurrido un terrible desastre. La reina, Casiopea, cuyo esposo era el Rey Cefeo (ambos pueden ser encontrados en el cielo, cerca de Perseo), había hecho enfadar a Poseidón o Neptuno, el divino Señor del mar. Ella se había jactado de ser más bella que las ninfas marinas, las hijas de Neptuno. En venganza, Neptuno envía un terrible monstruo marino a Etiopía, a Cetus, que devastó al reino. Un oráculo reveló que sólo podía llegar a obtenerse alivio si la hija de ambos, Andrómeda, era ofrendada a Cetus. Así, los infelices padres tuvieron que ver cómo su hija era encadenada a una roca cerca de la costa. El monstruo se acercó para devorar a Andrómeda, pero en ese momento se aproxima Perseo, deslizándose por los aires. Rápidamente se percató del peligro que corría la joven y atacó al monstruo. Aún llevaba consigo la horrible cabeza de Medusa en su mano y, precipitándose hacia él, el monstruo quedó instantáneamente convertido en piedra.

Encontramos a todos los actores de este drama en el cielo: al Oeste de Perseo, por encima de Piscis se halla Andrómeda encadenada al firmamento con los brazos desplegados. Más arriba hacia el Norte está Casiopea sentada en su trono con el rey Cefeo. Cetus nada por debajo de la constelación zodiacal de Piscis.

La historia de Andrómeda y Perseo es una contribución significativa para la comprensión del mito de Perseo. Si bien peleaba obviamente gracias a poderes sobrenaturales al destruir a Medusa, al rescatar a Andrómeda estaba descendiendo hacia el nivel humano. En los antiguos mitos siempre encontramos a estas figuras femeninas representando a lo receptivo del elemento anímico. Casiopea, la madre, había constituido la supremacía espiritual del ser humano, el anthropos, sobre las fuerzas elementales que actúan en la naturaleza, si bien éstas son de origen divino. De aquí que había hecho enfadar a aquellos poderes representados por Neptuno, ya que éstos no querían cederle el control al ser humano. Su reacción se puso en marcha rápidamente. Andrómeda, la representante del alma, había sido encadenada a las rocas, la imagen de los poderes de la gravedad que actúan a través de las propiedades materiales de la Tierra.

Perseo, el héroe del nuevo poder pensante y de percepción en el ser humano, que había salido victorioso en un plano superior por sobre las fuerzas oscuras del pasado, fue capaz de rescatar a Andrómeda. Él es el representante del espíritu de la Humanidad, que comprendió con fogosa voluntad las nuevas capacidades ofrecidas a la Humanidad y pudo liberar al alma de sus ataduras de temor y timidez.

El monstruo atemorizante, la ballena Cetus, se halla por debajo de la constelación de Piscis. Su mirada se dirige a Perseo. ¿Quién era Cetus?. El mito nos narra que él pertenecía a toda una generación de monstruos que descendían de Ponto. Ponto era el gran elemental del Mar Negro. Los griegos miraban hacia esa región con temor. Percibían que poderes indomables actuaban por detrás de la naturaleza con mucha más fuerza que en otros lugares. Estos poderes eran los descendientes de poderosos seres divinos. Pero habían caído demasiado profundo –en parte por aquellas batallas de Zeus contra los Titanes– y se habían convertido en fuerzas creativas naturales gigantes y ciegas, pero también destructivas. Por ello, los griegos las consideraban como a una jerarquía de dioses caídos, pero que de todos modos continuaban existiendo a través de estos seres. Encontramos una especie de biografía cósmica de esta gran Caída a medida que avanzamos por las constelaciones que están debajo del zodíaco, comenzando por Cetus.

Por debajo de la constelación de Tauro y al Este de Cetus, hallamos a la constelación de Eridano. En la mitología griega, Eridano es un río conectado al destino de Faetón, quien fuera de elevada descendencia; el dios solar, Febos Apolo, era su padre. El hijo veía a su padre conducir el carro dorado de Sol cada día a través del cielo. Ansiaba hacer lo mismo, con lo que persuadió a Apolo de dejarle las riendas del celestial vehículo por un día. Apolo se rehusó al principio, ya que conocía los peligros. Finalmente, Faetón incurre a un ardid con el fin de obtener el permiso de su padre y Apolo tuvo que consentirle. Entonces Faeton se sube al carro, toma las riendas y se lanza al espacio celeste. Pronto, los bravos corceles se dan cuenta de la mano débil del conductor inexperto. Iniciaron una cabalgata alocada por el espacio celeste, alterando el orden de los astros. Finalmente, se aproximaron tanto a la Tierra que por poco la incendian. Los picos de las montañas ya ardían. El humo se elevaba por doquier. Los ríos se secaban o semejaban lava derretida. Al culmen del caos, Zeus fue llamado a la escena e implorado para que restaurase el orden. Derribó a Faetón de un golpe de relámpago. El infeliz joven cae del carro y es tragado por las aguas del Erídano. Las ninfas, que atestiguaron el trágico final de Faetón, engrosaron el caudal del río con aluviones de lágrimas hasta que Zeus las transformó en álamos. Este río Eridano es la misma constelación que lleva su nombre y que podemos observar en el cielo.

Da la impresión de que la historia de Faeton y Eridano es tan sólo un invento que portaba la intención de impartir una lección moral acerca de las consecuencias fatales de las aspiraciones ambiciosas y presuntuosas, pero en este mito aparentemente ingenuo se halla oculta una sabiduría mucho más profunda. En un cierto sentido, la caída de Faeton nos recuerda a la antiquísima leyenda de la Caída de Lucifer desde lo alto de los Cielos, cuando fuera arrojado por las huestes del Arcángel Micael. Obviamente, Faeton era un ser que intentaba penetrar en las profundidades del universo. El es de origen semi-divino; por lo tanto, su deseo no es del todo presuntuoso.

El mito intenta contarnos acerca de alguien que aún mantiene ciertas aptitudes que emergen de la chispa divina original y solar del espíritu humano. En tiempos muy antiguos, bajo condiciones de consciencia completamente diferentes, ciertos individuos eran capaces de penetrar en las profundidades espirituales del cosmos. Por supuesto, tales experiencias no fueron llevadas a cabo en el sentido de un ascender por el universo espacial exterior. Tras muchos años de preparación en los santuarios de los templos antiguos, el individuo considerado capaz era sometido a un estado de sueño profundo o trance. En realidad experimentaba algo similar a la muerte. Su alma viajaba –al igual que el alma de los muertos– a través de las esferas espirituales de los astros. Luego de un cierto tiempo, era despertado a su estado normal de consciencia diurna, pero recordaba y hablaba sobre hechos espirituales y seres celestes con los que se había encontrado en los reinos de las estrellas. Este fue el modo en que la antigua ciencia estelar, de la cual hemos hablado al comienzo, devino en existencia.

Existen antiguos documentos que muestran vagas pistas e indicaciones acerca de estas experiencias interiores o iniciaciones cuidadosamente preparadas. Por ejemplo, los Misterios de Mitra que se habían originado en Persia, hablaban de una iniciación compuesta por siete grandes escalones o grados. El sexto grado correspondía al Héroe Solar, en quien podemos ver individualizado al personaje de Faetón de nuestra leyenda.

Ahora bien, nos percatamos de que tal experiencia interior o iniciación era posible de ser llevada a cabo en aquellos tiempos antiguos solamente a través de un letargo profundo, rayando la muerte. Con el surgir de la cultura griega se había iniciado una era durante la cual se suponía que la Humanidad desarrollaría el intelecto y el poder pensante, la percepción del mundo revelándose a sí misma por medio de la consciencia de vigilia. Por consiguiente, la estructura fisiológica del ser humano helénico había cambiado considerablemente. Así, devino cada vez menos posible el emplear los antiguos métodos cognitivos para el mundo espiritual.

Sucedió que cada vez con más frecuencia que en los templos, los neófitos no despertaban de su letargo y realmente morían durante la iniciación. Lo vemos representado en Faeton, una figura mitológica que dramatiza el cierre del portal a los antiguos misterios solares. Ya no logra dominar el carro del Sol –el viaje espiritual a través del espacio cósmico. La pérdida de esta capacidad no sólo fue un triste suceso sino que portaba consigo grandes peligros. La gente aún poseía algo del conocimiento tradicional de la antigua sabiduría estelar, pero perdieron acrecentadamente la habilidad de manejarlo correctamente. Se volvió una amenaza y un obstáculo para el desarrollo de la libertad espiritual. La historia de la Astrología prueba esto con creces.

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Tal es así que Eridano/Faeton se hallan en cierto sentido en el mismo nivel que Cetus: ambos son representantes de un pasado espiritual alto y glorioso. De todos modos, al no caber dentro de los nuevos requerimientos de la evolución humana, se convirtieron en seres sombríos, gigantescos y amenazantes. Las constelaciones que se hallan por debajo de la eclíptica también contribuyen a la interpretación de las constelaciones zodiacales, así como lo hacen a su manera aquellas que están por encima.

Perseo es el maestro o el nuevo Héroe Solar de las capacidades de vigilia por sobre las percepciones sensoriales y del pensar, y el mito conectado a él es consecuentemente una interpretación de la constelación de Aries. Cetus y Eridano/Feton nos narran acerca de esas sombras del pasado que los griegos procuraron superar o transformar. En estos tiempos modernos debemos buscar nuevamente interpretaciones completamente nuevas, tanto para las constelaciones como para los mitos relacionados a ellas.

Próxima a Eridano, más hacia el Este, podemos observar a la constelación de Orión. El mito nos cuenta que fue un poderoso gigante y avezado cazador. Ningún animal sobre la Tierra estaba a salvo de sus certeras flechas. En el cielo, se ve rodeado por constelaciones de animales, lo que representa a la caza. Debajo de sus pies se encuentra la Liebre y más hacia el Este están ambos perros: el Can Mayor, con la conocida estrella fija, la chispeante Sirio, y el Can menor con Prokyion. El territorio de Orión era la profundidad oscura de los bosques, penetrada solamente por la suave luz de la Luna. Artemisa, la diosa de la Luna y de la caza lo amaba profundamente. Pero su hermano Apolo, el dios del Sol, resentía la pasión de su hermana por Orión y elucubró un modo de destruir al cazador. Un día se hallaba junto a su hermana en las alturas del cielo. Abajo en las profundidades vieron un punto brillante moviéndose por el mar. Apolo instó a su hermana que le mostrase su famosa habilidad con el arco y la flecha, intimándola a que disparase al punto que brillaba a la luz del Sol. Ignorando la artimaña, disparó una de sus certeras flechas. Grande fue su sufrimiento cuando se dio cuenta de que había matado a Orión, ya que siendo éste tan alto podía vadear los más profundos océanos.

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En este mito de Orión nos confrontamos con la finalización de formas muy antiguas de la existencia y la consciencia humana. No solamente es el hecho de que Orión fuese un cazador lo que indica esto, aunque diese la impresión de tener cierta relevancia, sino que Orión se veía profundamente ligado a la noche y a su regente, la Luna, y su oponente era el Señor del día, el dios Sol. Consecuentemente, Orión era el representante de la Humanidad arcaica que no había logrado desarrollar las capacidades de los griegos, es decir, el poder afrontar al universo iluminado por el Sol por medio de facultades perfeccionadas completamente como lo son la percepción sensorial y el pensamiento claro. El iba a tientas por la oscuridad crepuscular con una conciencia del tipo onírico. Se podría incluso decir que estaba inspirado por una clarividencia onírica atávica, fuera del control del pensar lógico. Los animales que le rodean en el cielo dan prueba de ésto. La Liebre bajo sus pies era conocida por doquier como símbolo imaginativo de la consciencia clarividente onírica, la cual era una facultad común a toda la Humanidad en tiempos antiguos. También las dos constelaciones de los perros representan un conocimiento instintivo de la naturaleza, que prácticamente hemos perdido. Podemos detectar otra confirmación de este aspecto en la fatídica conexión entre Orión y Artemisa. Su hermano Apolo, el Omnisapiente, el regente del día, conocía la identidad de ese punto brillante en el mar. Pero ella era ciega frente a los objetos diurnos. Sólo estaba acostumbrada a la oscuridad nocturna, cuando la naturaleza rebosa de vida elemental pero que no se presenta distinguidamente en sus formas. Es así como ella mata a su favorito, al representante de una civilización antigua regida por la sabiduría de la Luna.

Las condiciones vetustas requerían ser eliminadas con el fin de crear espacio para el ser humano auto-consciente, a quien se le confió en sus manos la tarea de solucionar las problemáticas del plano físico. Previo a la época griega, fueron practicados los modos de vida y de cognición más desarrollados espiritualmente, sobre todo en Asia. Sabemos muy bien que los conceptos del mundo oriental son generalmente considerados por Occidente –incluso hoy en día– como fuera de contexto e impracticables dentro del progreso de la Humanidad moderna. Esta actitud halló justificación dentro de un lapso de tiempo determinado, ya que la Humanidad debía aprender a enfrentarse al mundo en que vivía como un ser auto-consciente e independiente. El punto de inversión de esta marcha fue Grecia. De allí que los griegos pudieran mirar a orión en el cielo como a una figura que les recordaba la heredad del pasado, que ellos portaban consigo y que debía ser transformada.

De esta manera, la constelación de Orión contribuye en un cierto sentido con la interpretación sobre Tauro. El vidente griego veía a Zeus en la imagen de Tauro, quien había tomado a Europa de Fenicia y la había llevado a su propio reino. Aquí en Orión tenemos una imagen del destino último de aquellas fuerzas antiguas, cuyas fuerzas sombrías nunca fueron superadas completamente durante la época griega. Ellas emergían desde la imaginación del gran y desconocido Hades, el reino de los muertos.

Por encima de las constelaciones zodiacales de Aries y Tauro vemos a Perseo, el brillante héroe de la recién nacida cultura griega. Había liberado a Andrómeda, al alma, de los grilletes de antiguos impulsos y condiciones. Más allá hacia el Este de Perseo, observamos a la constelación del Áuriga, con la brillante estrella fija Capella. El sostiene el último tramo de una línea recta que proviene desde orión, pasando a través de los cuernos de Tauro. En consecuencia, Orión y el Áuriga son una especie de gemelos, si bien sutrasfondo mitológico tardío es totalmente diferente al de Orión. Existen indicaciones en la mitología griega que sugieren que los griegos vivenciaban a Erecteo en esta constelación, quien fuera el hijo del herrero divino Hefestos y de quien se dice que fue el inventor de la cuadriga, el carro tirado por cuatro caballos. En mapas antiguos, vemos a esta constelación representada por un hombre sobre un carro sosteniendo las riendas con una mano. Llama la atención el hecho de que con su brazo libre, porta a una cabra con su cría. Es un criador de animales y por lo tanto, forma un contraste iluminador con respecto a Orión, que era un cazador.

La antigua mitología egipcia aporta información interesante acerca del trasfondo del Áuriga. La estrella fija Capella se veía conectada al dios Ptah. Se descubrió que ciertos templos egipcios erigidos a Ptah, los cuales fueron construídos en parte hacia el año 5.000 AD, apuntaban con sus largos ejes hacia el punto sobre el que surge Capella. Sabemos que los templos egipcios fueron construídos mayormente a modo de largos pasajes que conducían al interior del santuario. Arribando desde el mundo pleno del Sol de Egipto, se ingresaba a los alrededores del recinto sacro, caminando por una galería de esfinges. Esta conducía hasta las dominantes e impresionantes torres del templo que conformaban el acceso a los patios interiores, flanqueados por los tan conocidos pilares egipcios. A continuación, se debía descender por los patios y salas. La luz se iba reduciendo a medida que se llegaba hasta el santuario principal, que se encontraba en completa oscuridad. Al mirar hacia atrás por la dirección de la que se provenía, se hubiera tenido la impresión de mirar por dentro de una alta chimenea. Casi escudriñando a través de esta chimenea desde el santuario interior del templo, se podía contemplar las estrellas incluso durante las horas diurnas. Desde los templos de Ptah, se podía observar a la estrella Capella elevándose cada 24 horas, un tiempo que variaba según las estaciones.

¿Quién era este dios Ptah, cuya estrella se buscaba obviamente en el Áuriga?. El ya se menciona en las más antiguas enseñanzas egipcias. Su nombre significa ‘quien abre la boca’. Fue él quien diera los nombres divinos a todos los seres del universo. En el mundo antiguo, el nombre de un ser poseía un significado completamente diferente al de nuestros conceptos. Nombrar a una cosa en el mundo equivalía a crearla. De aquí surge la idea de que fuera Ptah quien creó a los Dioses, a los seres humanos y a todo el universo. Debemos comprender  ésto correctamente: Ptah era la palabra creadora que le fue imbuída a los seres humanos y que los capacitó en la re-creación del significado espiritual de todos los seres del universo en su propia consciencia. Consecuentemente, Ptah era también el artesano divino que otorgó a los seres humanos la capacidad de comprender al mundo, y de moldearlo acorde a la facultad del razonamiento que le había sido implantada. El mito narra que Ptah construyó templos y ciudades, creó estatuas de los dioses y organizó los rituales concernientes. También era el protector de las artes y de las habilidades. De este modo se le reconocía como a aquel poder divino que actuaba a través y por el ser humano, el cual le inspiraba a comprender y a penetrar al mundo material con su espíritu inherente. Los griegos deben haber vivenciado a la constelación del Áuriga con Capella del mismo modo, puesto que el inventor de la cuadriga, Erecteo, era hijo de Hefestos y quien no es otro que el Ptah de los egipcios, el artesano divino.

Nada podría iluminar mejor el significado de la constelación de Tauro que la constelación del Auriga por encima de la primera y Orión por debajo. Estas ilustran los impulsos que ayudaron a Zeus a crear a Europa. Si bien percibimos la heredad del glorioso pasado dentro de las constelaciones que se hallan por debajo del Zodiaco, especialmente en Orión, las constelaciones que se ubican por encima de éste apuntan hacia el futuro. Particularmente el Auriga es la imagen celeste del desarrollo  de la fuerza intelectual en el Oeste, la cual nos capacita para dominar paso a paso la materia hasta haber adquirido finalmente la habilidad de aprovecharla para nuestros propósitos, a través de los logros de la tecnología moderna.

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Traducido por Diego Milillo y editado por Gracia Muñoz.

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