6. Antigua mitología griega de las Constelaciones en el hemisferio norte

Del libro Isis Sophia II de Willi Sucher

La Constelación de Leo

Allí vemos a la poderosa constelación de Leo sobre el horizonte Oeste. Si se tiene la oportunidad de ver al cielo en las latitudes sureñas de la Tierra, se puede observar a la extensa constelación de la Hidra o Serpiente de Agua por debajo de Leo. Aún dentro del cielo Oeste pero más hacia el zenit, observamos a la constelación de Virgo, al Boyero con los Bueyes por encima de ésta, y a la familiar constelación de la Osa Mayor. Mirando hacia el Sur encontramos a Libra y a Escorpio, a la izquierda de la Virgen y justo por encima del horizonte Sur. Sobre Escorpio detectamos  a Ofiuco, el Portador de la Serpiente. Ya sobre el zenit se halla Hércules, quien está pisando la cabeza del Dragón y que se retuerce entre la Osa Mayor y la Menor. A la derecha de Hércules vemos a la Corona y a su izquierda, la Lira. Sobre el horizonte Sudeste, continuando a Escorpio aparece Sagitario, mientras que Capricornio –o el Pez-Cabra– recién emerge. Vemos al Águila encima de Sagitario y de Capricornio, y más al Norte en el cielo está el Cisne.

La figura central del verano es Hércules, mientras que Perseo dominaba sobre el cielo invernal. Particularmente, será la mitología sobre Hércules la que nos proveerá de ciertas respuestas a las preguntas que surgieron al contemplar a Cáncer, así como las leyendas que corresponden a toda esta parte del Zodíaco.

Considerando aquí al cielo veraniego, Cáncer ha descendido justamente por debajo del horizonte Oeste. Le continúa Leo, al cual aún podemos observar. En la mitología griega, esta constelación estaba conectada a las doce tareas de Hércules o Heracles. La primera consistió en destruir al león de Nemea. El mito hace hincapié en resaltar que éste no se trataba de un león común y corriente. Provenía de la Luna y poseía una fuerza tremenda, y se había convertido en una amenaza intolerable para gran parte de Grecia. Hércules acaba con el monstruo tras dura lucha. Luego le quita la piel a la bestia y se cubre con ella. Utilizó el cráneo del león como casco y es así como se lo representa en antiguos grabados.

Al intentar comprender la naturaleza cósmica del león de Nemea, nos percatamos del carácter de las doce tareas de Hércules. El mito no sugiere que se tratase tan sólo de los actos memorables de un héroe cualquiera, el cual liberó al territorio griego de un número de bestias salvajes que se habían vuelto una amenaza. Las leyendas pretenden contarnos que las tareas de Hércules eran de una naturaleza espiritual, y las imágenes de extraños monstruos describen pictóricamente la naturaleza de esta batalla espiritual.

Previo a Leo, vimos a Cáncer. Intentamos leer en la escritura cósmica de Cáncer un signo de esperanza y de promesa para una Humanidad que había entrado en una fase de gran crisis. En la constelación que le continúa encontramos una descripción detallada de aquel ser por sobre quien se había puesto esa esperanza, por decirlo así. Fue dicho que “quien vendrá será un Hércules divino y Él llevará a cabo grandes labores espirituales. Se pondrá por delante de la Humanidad y preparará el camino de su evolución futura”. Ciertamente, también existió un Hércules histórico; de otro modo, sus batallas y yerros fueron considerados como una profecía sobre aquel que habría de venir. Esto puede sonar extraño y descabellado, pero los detalles del posterior culto y rituales dedicados a Hércules, lo confirman así.

Hércules aparece cubierto con la piel del león que había estrangulado. En un sentido espiritual, este es el símbolo de su dignidad real. Aún hoy podemos ver la imagen del león usada en escudos de armas y otras insignias de autoridad y oficio real. Una vez fue el signo de cierto grado de iniciación. La iniciación es un proceso interior que  nos conduce a través de estadios de cognición a las fuerzas espirituales ocultas que actúan tanto en la naturaleza como en el ser humano.

En tiempos arcaicos, la iniciación era promulgada en los santuarios de los templos. La primera tarea de Hércules indica que hollaba el camino de un desarrollo interior semejante; pero aquí tenemos un rasgo distintivo, pues no fue iniciado en los precintos de un templo. Trazó su propio camino y se ‘hizo a sí mismo’, por así decirlo, guiado y fortalecido solamente por medio de las nuevas capacidades nacidas de la cultura griega, el poder de la percepción clara y del pensar luminoso.

Los métodos que utilizó para luchar y realizar sus tareas hablan suficientemente claro sobre el uso que él dio a estas capacidades. Por ejemplo, la historia de los establos augéicos nos lo confirman. Hércules fue enviado al rey Augeas con el propósito de limpiar sus establos. Esto no sucedía desde hacía treinta años, y como el rey poseía inmensa cantidad de ganado, una suciedad increíble se había acumulado en el lugar. Hércules, viéndose confrontado con una tarea prácticamente imposible, simplemente desvió un río cercano e hizo fluír sus aguas a través de los establos. De esta manera, la suciedad fue removida a la brevedad. Esta historia describe a alguien que ha de haber estado muy alerta, observando y pensando.

Vimos a Hércules, la imagen helénica de la esperanza y la promesa, de pie frente al portal de Cáncer. Primero confrontó al león, que queda señalado por la constelación del mismo nombre. Ingresó por el camino de la iniciación, pero tomó el destino en sus propias manos. Por medio de dura labor en la búsqueda de una cognición verdadera sobre los hechos espirituales de la vida, continuó recorriendo el paso que conduce a la resolución de la gran crisis de la Humanidad, la cual se halla inscrita mitológicamente en la constelación de Géminis. Hallándose en el camino de la auto-iniciación, o en otras palabras: tan pronto como ingresó en la región que se encuentra más allá del umbral de la consciencia de vigilia, tuvo que vérselas de inmediato con los grandes enemigos del progreso espiritual humano. Tras haber destruído al león de Nemea, la leyenda nos narra la siguiente labor de Hércules. Primero fue enviado a destruír a la serpiente de Lerna. Este monstruo, que devoraba hombres y bestias por igual, provenía de la misma familia que la ballena Cetus y el león de Nemea. Tenía nueve cabezas, una de ellas inmortal. Tras la más terribles de las batallas, Hércules destruye finalmente al temido monstruo. Enterró la cabeza inmortal en las profundidades de la Tierra y colocó encima una pesada roca.

¿Quién es la serpiente de Lerna, o como a veces la llama el mito, la Hidra?, ¿qué es lo que trata de narrarnos la leyenda al describir esta segunda tarea de Hércules?. Una investigación sobre las constelaciones en los alrededores de Leo puede proveer la clave para una respuesta satisfactoria. Por debajo de Leo podemos ver a la extensa constelación de la Hidra. Su cabeza se encuentra debajo de Cáncer y su cuerpo alcanza lejos hasta Libra. Mientras que a Leo se le identifica mitológicamente con el león de Nemea, la Hidra corresponde a la serpiente de Lerna. Aquí hemos dado sobre un punto significativo: la Hidra es la continuación de las constelaciones por debajo del Zodíaco. La cabeza de la Hidra no se halla lejos del Can Menor. Si recordamos ahora lo dicho acerca de las constelaciones comenzando por Cetus, tenemos entonces una magnífica interpretación para la Hidra. Era la heredera de aquella antiquísima vivencia clarividente cósmica, que vimos representada por Cetus, Eridano/Feton, Orión y finalmente, Polux. Como fuere, esta herencia quedó incorporada a la fealdad y destructividad de la serpiente de Lerna. Aquí tenemos aún un leve indicio sobre el mundo del espíritu eterno que podía percibirse gracias a esa antigua vivencia clarividente cósmica. Una de las nueve cabezas era imperecedera. ¿En qué se convirtió lo que una vez fue esa magnífica herencia antigua?. Obtendremos una respuesta si leemos el mito cuidadosamente. Tras dar muerte a la Hidra, Hércules sumergió la punta de sus flechas en la sangre que emanaba de la serpiente. Sabía que esta sangre era venenosa y ciertamente fatal. Así fue que sus flechas se convirtieron en el arma mortal que temían sus enemigos. Diremos más acerca de esta sangre en la medida que avancemos por el mito de Hércules.

Al destruír a la serpiente de Lerna, Hércules combatió una herencia que mora dentro de cada ser humano, los lazos sanguíneos que conectan a los individuos desde tiempos antiquísimos. La sangre, en su estado natural descontrolado, es el instrumento de  nuestras emociones y pasiones. Puede volverse un gran peligro y una terrible cadena para quien pretenda alcanzar la libertad espiritual, puesto que si no está purificado por medio de la disciplina espiritual, puede terminar poseyendo al individuo y someterle al instinto grupal. Denominamos a esto como las fuerzas luciféricas en el hombre y en el universo. El peligro de la Hidra se ubica en el cielo a las puertas de Leo, por donde vimos ingresar a Hércules. Del otro lado del portal emerge otra figura obstaculizadora, la constelación de la Osa Mayor (la Osa Menor, que aparece en la cartografía estelar moderna, corresponde a una designación posterior y por lo tanto, no ocupa un lugar en la mitología estelar griega). La Osa Mayor integra el grupo de constelaciones ubicadas por encima del Zodíaco, siendo el puente que va del Áuriga hasta el Dragón y la Osa Menor, la cual contiene a la estrella polar en el presente. En la Osa Mayor, los antiguos también veían una manifestación de  aquellos poderes que obstruyen el ingreso de lser humano al reino del mundo espiritual. La mitología griega refiere a esto en el mito de Calisto o Helice, la bella hija de un rey de Arcadia, que llamó la atención de Zeus y encendió la pasión de éste por ella. Pero Hera, la consorte olímpica de Zeus, pronto cobró consciencia de esto. Con el fin de eliminar al rival indeseado, transformó a Calisto en un oso. Apiadándose de ella, Zeus colocó al oso en el cielo en donde aparece como la constelación de la Osa Mayor. En este mito queda indicado el destino de un ser humano que pretende llevar profundizar demasiado dentro de la existencia mortal a las fuerzas divinas espirituales. Cabe aquí una mayor elaboración que elucide la naturaleza de la Osa Mayor como contraparte de la Hidra.

La Osa Mayor no pareciera poseer relevancia directa en las leyendas conectadas a Hércules. Pero si investigamos con suficiente diligencia, hallaremos puntos de vista muy esclarecedores. Por ejemplo, tenemos la historia del jabalí salvaje de Erimanto, que se considera como tercera tarea para Hércules, quien condujo a la bestia destructiva hasta la nieve profunda, amarrándole y llevándole con vida de regreso. Este rasgo pareciera tener alguna relación con la Osa Mayor. Obviamente admitiremos que un jabalí no es un oso!. De todos modos, sabemos que muchos rasgos del mito de Hércules tienen su orígen en el continente asiático occidental.

El jabalí posee allí un significado mitológico definido; fue un jabalí el que mató a Tammuz, el amante de la diosa Ishtar. Esta leyenda jugó un rol enorme en las religiones orientales. Rituales de profundo carácter estaban conectados a ella. El mismo motivo surge en el culto a Adonis en Asia occidental; Adonis es idéntico a Tammuz y, de hecho, el culto correspondiente fue una especie de previsión profética del dios que muere y renace pasados tres días. Si recordamos lo dicho acerca de la misteriosa figura de Hércules como visión profética de la esperada venida del Mesías, el portador de la resurrección, nos situamos nuevamente en terreno conocido. El jabalí de Erimanto capturado por Hércules, no era otro que aquel que había matado a Tammuz/Adonis. Representa la ley de la muerte terrena. Con el fin de completar la historia, ha sido hallada evidencia de que los pueblos orientales no siempre imaginaron que un jabalí había asesinado a Tammuz/Adonis. Monumentos en NahrIbsahim (Líbano) representan a Adonis pereciendo por obra de un oso (véase Jeremías: El Antiguo Testamento, p.607, Leipzig 1930). Otras tradiciones hablan de un león como responsable del crimen. No sería por lo tanto tan absurdo si conectamos a la constelación de la Osa Mayor con la tercera labor de Hércules, la captura del jabalí de Erimanto.

De aceptar esta interpretación, atestiguamos un patrón iluminador sobre las constelaciones donde se ubica el portal de Leo, en el sentido de la mitología griega. Debajo de Leo se encuentra la Hidra, el poder espiritual que actúa en forma adversa y directamente a través de los misterios de la sangre. Sobre Leo está la Osa Mayor, que pertenece al grupo de constelaciones que abarcan al polo norte celeste. Allí podemos encontrar representadas a las fuerzas que desarrollan la tendencia de ligarse demasiado a la Tierra.

La Osa Mayor es una continuación de las constelaciones de Andrómeda, Perseo y del Áuriga por encima del Zodíaco. Desde lo desarrollado ya previamente, el grupo completo se ve representado por Castor en Géminis. En el mito, Castor era un ser práctico, casi racional, comparado con su hermano Polux. Pero estaba sujeto a la muerte.

Si avanzamos hasta la Osa Mayor, se nos indica en términos mitológicos hacia dónde puede conducir la tendencia unilateralista de Castor/Áuriga en última instancia. Por esta vía, la línea divina se pierde finalmente, así como Tammuz/Adonis es eliminado por un jabalí o un oso. La Osa Mayor, conjuntamente con las constelaciones cercanas del Dragón y de la Osa Menor, representa al poder cósmico que en lenguaje esotérico es llamado Ahrimán. El es aquel poder adversario que pretende encadenar al ser humano al mundo material, mayormente por medio de un pensar abstracto carente de espíritu. Su ideal es convertir a toda la Tierra, incluida la Humanidad, en una especie de máquina perfecta que excluya toda posibilidad de error (por ejemplo, en el terreno social), al precio de eliminar la individualidad libre.

De este modo se hallan presentes los dos adversarios a las puertas de Leo, a través de las cuales ingresaría Hércules para llegar a un reino superior de la existencia. Estos siempre están presentes cuando una persona transita por el camino hacia el conocimiento superior y se encuentra frente al umbral del mundo espiritual. Al mismo tiempo, todo el complejo es una interpretación comprehensiva de la constelación de Leo en el Zodíaco.

Dejaremos ahora de lado las tareas siguientes de Hércules y nos enfocaremos en las últimas dos. Como hemos visto hasta aquí, estas tareas están conectadas con las constelaciones del cielo estelar. Podemos detectar el reflejo del conjunto de las doce tareas en los astros. Ahora bien, no debemos imaginar que están ubicadas de manera sistemática, digamos. Es un asunto mucho más complicado, ya que esto concierne también a las constelaciones que se hallan por fuera del Zodíaco. Debería enfatizarse que  la conexión entre los astros y las doce labores de Hércules no es una especie de alegoría arbitraria, puesto que el mito estelar de Hércules no carece de trasfondo o de hechos históricos reales. Estos sucesos ocurrieron en la Tierra, pero no en un sentido literalmente material. De otra forma, son coincidentes con sucesos y configuraciones cósmicas. De hecho, los pueblos antiguos percibieron que el gran cosmos estelar también actúa sobre  nuestra naturaleza corporal y penetra hasta nuestro quehacer en la Tierra. Así se percibía al hombre como microcosmos dentro del gran cuerpo macrocósmico y el reflejo de  los sucesos cósmicos era detectado dentro de la existencia terrena de los seres humanos.

En suma, las doce tareas de Hércules eran percibidas como un reflejo terreno de grandes leyes y del orden divino del mundo celeste. Tal era el punto de vista de la sabiduría oriental que se desplazaba hacia el oeste. Mientras tanto, el ser humano fue convirtiéndose más y más en un espectador. Este es el carácter de nuestros tiempos, en tanto fue deteriorándose la sabiduría original.

El mundo occidental antiguo, cuyo último representante fue la cultura celta arcaica, tomó otro curso. Estos pueblos percibieron mucho más claramente su unidad con el gran universo. No se escindieron del mundo cósmico al punto en que lo hicieron los antiguos pueblos orientales al vivenciarse a sí mismos como un microcosmos dentro del macrocosmos. Esta unidad fue expresada de diversas maneras y aún podemos vislumbrarla, por ejemplo, en las runas y sortilegios de los antiguos bardos. El druida Armegin, quien está conectado con la fundación mitológica de Irlanda, y más tarde el bardo galés Taliesin, cantan acerca de su poder mágico sobre la naturaleza entera, animada e inanimada. Ambos hablan acerca de ser o haber sido todas las cosas del universo, incluidas las estrellas: ‘nada hay que yo no haya sido’. Por lo tanto, la mitología de trasfondo céltico posee también una profunda conexión con los sucesos cósmicos, que es incluso más pronunciada e impresionante que la griega y la oriental. La ‘cosmo-mitología’ occidental transitó un camino diferente, partiendo desde lo más íntimo de su naturaleza. Para estos pueblos, el cosmos  descendió hasta la Tierra y actuaba dentro de su ser, ya dentro de toda la especie humana. Fue así como las culturas occidentales en declive legaron una herencia a nuestros tiempos, mismo la tarea de hacernos con el mundo material, para dominarlo y transformarlo, dado que el mundo cósmico había descendido hasta el mundo de la materia.

La undécima labor de Hércules nos conduce hasta el centro mismo del cielo veraniego, en donde vemos arrodillarse a la figura de Hércules. En la cartografía estelar antigua se lo muestra sosteniendo un mazo con una de sus manos y con la otra, un manojo del Árbol Dorado de las Hespérides. A veces se lo representa apresando a Cerbero, el famoso perro infernal de la mitología griega, en lugar del ramo. Ambas imágenes refieren a las dos últimas labores de Hércules. También el Dragón sobre el cual él se encuentra, corresponde a la undécima tarea.

En el curso de la décima tarea, Hércules se vio viajando hacia el lejano Oeste. Allí, en una isla en el océano, vivía el gigante Geryones, que reunía en un solo cuerpo a las partes superiores de tres seres humanos. La tarea consistía en destruír tal monstruo y retornar con los enormes hatos de ganado que se hallaban en su posesión. Tras cumplir exitosamente con esta tarea, Hércules fue enviado nuevamente al Oeste lejano y misterioso, o al Norte del mundo. Esta vez le fue comandado ir a por una rama del árbol del cual crecían las manzanas doradas de las Hespérides, y nadie sabía dónde se encontraba este árbol. Hércules viajó por el mundo entero, de Este a Oeste, intentando obtener información acerca de dónde podían hallarse estas manzanas doradas. Atravesó por infinidad de aventuras, y finalmente se le indica buscar a Atlas, quien vivía lejos al Oeste y que portaba al cielo sobre sus hombros. El mito cobra aquí dimensiones gigantescas, y no nos deja dudas sobre el enorme significado de esta aventura. Atlas conocía la ubicación del árbol de las Hespérides, y así se lo indicó a Hércules. Este se puso en marcha e ingresó en el hermoso jardín de las Hepérides, en donde se hallaban –según una versión– las hijas de Atlas y de Hésperis, el ocaso. Allí vio en el centro al árbol de los frutos dorados. Lo había plantado la misma Gea (la Madre Tierra) y lo ofreció como regalo de bodas a Zeus y Hera. Pero el árbol estaba custodiado por un poderoso dragón. Ni bien se le acercó, una lucha terrible se desató entre Hércules y el dragón. Finalmente, Hércules acaba con él. Ahora podía tomar sin cuidado una rama del árbol sagrado y emprender el retorno.

Esta es una versión de la historia. Otra nos cuenta lo siguiente: Hércules se allega hasta Atlas y le pregunta por el camino que conduce al Jardín de las Hespérides. Este le dice que siendo un ser mortal no le es posible ingresar en este reino sagrado. Atlas accede ir en su lugar si entretanto, Hércules carga con el peso del cielo sobre sus hombros. Esto hizo Hércules y Atlas marchó a su tarea. Vence al dragón custodio del árbol sagrado y retorna ileso, trayendo consigo una rama del árbol de las manzanas doradas. Estando ya cercano a Hércules, se le ocurrió que ya había cargado con el peso del cielo por demasiado tiempo. Entonces le dice a Hércules que él mismo llevará la rama con las manzanas doradas a Grecia. Pero después de todo, Hércules era más inteligente que Atlas, el descendiente de los antiguos crónidas divinos. Aparentó concordar, pero pidió a Atlas que sostuviese al cielo por un instante mientras se ponía cómodo. Ni bien el ingenuo Atlas tomó sobre sí la pesada carga sobre sus hombros nuevamente, Hércules se hace conla rama del árbol de las Hespérides y se marcha.

Encontramos a todas las figuras de esta historia en el cielo veraniego. Allí vemos a Hércules en el centro, sosteniendo la rama con las manzanas doradas en su mano. A sus pies está el Dragón, el custodio del árbol de las Hespérides que Hércules destruyó. Al oeste de Hércules aparece la constelación de Bootes, a menudo llamada del Boyero. La estrella principal de esta constelación es Arcturus que, según viejas tradiciones, también se le llamaba Atlas. Esto no resulta extraño ya que Arcturus/Atlas se ubica cerca de la estrella polar y semeja sostener el cielo. En tiempos arcaicos, alrededor de 5.000 años AC, el polo de la cúpula celeste estaba cerca de la cola del Dragón. Hoy en día se halla sobre la parte final de la cola de la Osa Menor, donde ha llegado desde entonces gracias a la ley del movimiento procesional del eje de la Tierra. Bootes/Arcturus, o Atlas, ha de haber semejado el estar sosteniendo el polo celeste con un brazo extendido.

¿Cuál es el significado interior de la undécima labor de Hércules?. ¿qué son las manzanas doradas de las Hespérides?. La segunda versión de la historia nos brinda una pista interesante. Hércules no puede ingresar a este reino por sí mismo. Atlas, quien sostiene al cielo, debe hacerlo en su lugar; esto significa que ese reino sagrado ha de haber sido un lugar extremadamente elevado. El hecho de que el gran Atlas haya sido convocado a realizar esta labor nos conduce a concluir que el árbol se hallaba mismo en la región del cielo, en el cosmos.

 También las habitantes del jardín, las Hespérides, sugieren que este reino era considerado como un lugar al que sólo se ingresaba por medio de grandes esfuerzos de contemplación y meditación. Siendo las Hespérides las hijas de Atlas –representando a aquellas fuerzas que pueden portar al cielo– y de Hésperis, la noche misteriosa y omnisapiente. Por ende no resulta tan absurdo el decir que este jardín sagrado es el cosmos mismo, en cuyo centro se halla el Arbol de la Vida de la tradición oriental, la fuente inagotable de vida del gran cosmos. Bootes/Atlas se ubica como un guardián al oeste de Hércules. Es de este modo como Hércules debe volverse ‘Atlas’ o en otras palabras, ha de cargar con el peso durante un tiempo. ¿Podemos luego encontrar al Jardín de las Hespérides en el cielo?.

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Traducido por Diego Milillo y editado por Gracia Muñoz.

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