GA137c5. El Hombre a la luz del Ocultismo, la Teosofía y la Filosofía

Christiania, 7 de junio de 1912

English version

Mis queridos amigos,

Ayer hicimos un estudio general de algunas de las diversas formas de misticismo. Vimos cómo el místico, y especialmente el místico de los tiempos cristianos modernos, es aquel que se propone recorrer el camino oculto y emprende en primer lugar, como preparación para el mismo, superar y trascender su conciencia egóica personal cotidiana.

Tuvimos que mostrar también de los ejemplos que presentamos, cómo es posible que tal místico se pierda en el camino. Habiendo hecho todo lo posible por extinguir la conciencia ordinaria, para que en el momento en que una experiencia suprasensible emerja en su lugar, bien puede ser que entre en una región que excluya la posibilidad de toda experiencia. Vimos cómo esto realmente ha sucedido en el caso de los místicos eminentes. Encontramos que una mística muy distinguida hablaba del objetivo que ella tenía a la vista como un “matrimonio” y una “unión”. Al mismo tiempo,  describí este matrimonio o unión como implicando inevitablemente una pérdida de sí mismo. El místico está alejado de sí mismo, ya no se posee a sí mismo, sino que pasa por encima, —como si se tratara de una especie de sueño superior—, a un elemento completamente diferente.

Aquí radica la causa por la que el misticismo, en general, aunque puede ser un camino hacia el ocultismo, no alcanza la conciencia que carece de objeto. Porque en el momento en el que el místico deja los objetos de este mundo, pierde también la conciencia misma, e interviene otro estado, una especie de intoxicación; se pierde a sí mismo y no puede alcanzar lo que llamamos el tercer elemento de la experiencia oculta, —esa conciencia superior que no posee los objetos que la conciencia ordinaria tiene y, sin embargo, todavía es una conciencia.

Ahora quiero mostrar cómo el ocultista por el contrario se las ingenia para salir de la conciencia ordinaria y no perderse, pues aún conserva algo dentro de lo que él puede vivir. Primero vamos a hacernos la siguiente pregunta: ¿Cómo es  el hecho de que en el caso de la mayoría de los místicos, la más exhaustiva investigación no puede descubrir ninguna razón de peso interno por la que deban salir de sí mismos?. No existe tal necesidad interior.

Sería muy fácil, en el caso de los místicos de quienes hablamos ayer, señalar motivos externos que les indujeron a sobrepasar los límites de su propia personalidad. En San Francisco de Asís, por ejemplo, hay evidencia de clarividencia heredada, estados visionarios; y en el caso de las diversas mujeres místicas que hemos citado, fue la personalidad —digo expresamente, la personalidad— del mismo Jesús, a quien ellas consideraban como su Esposo. De no haber sido por la tradición cristiana que trabajó sobre ellos como un estímulo exterior, nunca habrían llegado a su estado místico. En el caso de todos los místicos que estudiamos ayer, hubo un estímulo externo, pero no había una causa interior que los llevara a sobrepasar los límites del yo. Tal causa interior está presente en el caso del verdadero aspirante del ocultismo. Podemos imaginarlo de la siguiente manera.

Imaginen que alguien se dispone a meditar sobre su yo, ese extraño y misterioso miembro de la naturaleza humana, su verdadero centro de conciencia,  en primer lugar se preguntara, ¿cómo es que este yo sostiene su vida junto con la Tierra?. Si repasa su vida, descubrirá rápidamente que su cuerpo substancial externo tiene muy poco que ver con su propia existencia en esta Tierra. Las ciencias naturales nos pueden decir que las sustancias corporales se renuevan por completo en el curso de siete u ocho años, de modo que no será muy difícil que muchos de ustedes puedan presumir de no mantener ninguna sustancia del cuerpo que tenían cuando eran niños: todos ustedes tienen que admitir que su cuerpo ha cambiado completa y fundamentalmente, en el curso de la vida. De hecho se ha ido transformando en un organismo completamente nuevo. Por lo tanto y con toda seguridad el elemento permanente en la vida no se encuentra en la sustancia del cuerpo.

Y si ahora se apartan de la sustancia externa del cuerpo y dirigen la mirada sobre la vida anímica interior, sobre el pensamiento, sentimiento y deseos, allí no pueden dejar de notar cuánto han cambiado. Miren hacia el pasado del transcurso de su vida e intenten recordar los pensamientos  —aún más, los sentimientos y los impulsos de la voluntad— que les influenciaron cuando eran jóvenes.

No hay más que compararlos con otros momentos biográficos para ver los cambios fundamentales que se han producido  en su vida anímica. Sin embargo, a cualquier persona en su sano juicio no se le ocurriría hablar de sí mismo como un yo distinto de lo que fue hace diez, veinte o treinta años, o tantos años como él pueda recordar. En el momento en que un hombre tiene que reconocer que, pongamos por caso, a partir de los tres o cuatro años hasta los diecisiete años era un yo, pero que desde que cumplió diecisiete años era otro yo —en ese momento su ser sería despedazado;  ya no estaría, como se dice, en su sano juicio. Nuestro Yo, que es el punto central de nuestra conciencia, debe ser asumido como algo que es permanente a lo largo de la vida terrenal.  Y, sin embargo, si nos paramos a pensarlo, pronto descubrimos que incluso esta hipótesis relativa al yo no es después de todo suficiente correcta. Cuando hablamos sobre nosotros mismos decimos “yo”, y queremos referirnos al “yo” que se mantiene en la conciencia durante el curso de nuestra vida terrenal. Este es el sentimiento fundamental que los hombres tienen sobre el yo o el ego y que ha llevado a varios filósofos a considerar al yo como algo que puede tomarse como punto de partida para cualquier declaración sobre la naturaleza del ser humano. En toda filosofía moderna encontramos una y otra vez esta inclinación a tomar el yo como punto de partida. De Fichte a Bergson —sin ir más lejos— nos encontramos que su filosofía tiene continuamente esta orientación. Resultados notables y significativos han salido a la luz de estas consideraciones. Sin embargo, cuando uno reflexiona más profundamente, de repente le asalta otro pensamiento. Es este: estamos constantemente hablando de nuestro Yo y estamos convencidos de que este Yo es algo que persiste y permanece durante toda la vida terrenal; pero ¿realmente conocemos este Yo? ¿Podríamos dar alguna descripción o definición del mismo? Una reflexión atenta nos muestra que el yo después de todo no es tan permanente como pensamos. La vida misma está en contradicción con los filósofos que hablan de un yo permanente y piensan que pueden constatarlo. Pero cada noche, cuando el hombre se duerme, esta “permanencia” el yo es desmentida. Pues cuando el hombre está dormido este yo se extingue. Así que cuando hablamos de nuestro yo de esta manera cometemos un error. Contemplamos nuestra vida, olvidando que estamos omitiendo por completo lo que sucede con nuestro yo durante el sueño. Este yo, que sabemos que nos pertenece, desaparece en la noche, no sabemos nada de él en absoluto. Por lo tanto, cuando pensamos en nuestro yo, tenemos que hacernos la imagen no de un proceso continuo, sino de una línea interrumpida.

.¿Cómo puede ser eso? ¿Cómo puede ser que la conciencia del yo continuamente se rompa? La explicación es que cuando hablamos del yo  en realidad no queremos decir nada más que el pensamiento o la idea del yo. Y puesto que todas las ideas se hunden en la oscuridad de la inconsciencia durante el sueño, también lo hace el pensamiento del yo. El hecho mismo de que se hunda con todo nuestro mundo de ideas nos demuestra que del yo tal como lo concebimos, sólo tenemos una imagen o imagen de aquello de lo que queremos expresar cuando decimos “yo”.

Por lo tanto, no podremos encontrar en el yo el punto de partida oculto del que estamos investigando. Porque para empezar el yo sólo está ahí como una imagen. Sin embargo, es una imagen de un tipo único, cuyo estudio puede llevarnos a un resultado muy interesante. ¿Cómo, en todo caso, es que aparecen imágenes e ideas en el alma? Por el hecho de que el hombre tiene alrededor de él objetos. Si examinan cuidadosamente las ideas con las que se llena la conciencia, descubrirán que estas son despertadas por objetos externos, todas son —originalmente— imágenes de objetos externos. Ahí radica la fuente de nuestra vida de ideas, se lo debemos a la estimulación de los objetos externos. Si los objetos no estuvieran allí no podríamos tener ideas sobre ellos.

Con la idea del Yo sin embargo, es diferente. En este sentido, la imagen que tenemos del yo es única. En el mundo exterior, donde quiera que se mire, no se puede encontrar ningún objeto que lo despierte. Esto es lo que distingue la idea del yo de todas las demás ideas, no podemos apuntar a ningún objeto que sea el origen de ella. Sea lo que sea que viva en la idea del yo y se reviste con las palabras “Yo soy”, no podemos encontrarlo en ningún lugar de la amplitud de la vida exterior.

Nos vemos obligados, por lo tanto, a admitir que detrás de la idea del yo yace algo totalmente desconocido, algo que no se encuentra en el mundo exterior en cuanto que está abierto a la percepción de los sentidos. ¡Una cosa extraña y maravillosa, esta nuestra! Si pudiéramos disponer de ella dentro de nosotros, como Bergson y otros creen que podemos, si fuera posible captar más de ella que la mera imagen o idea, entonces podríamos decir que tendríamos —tal vez no mucho, sino algo— una realidad terrenal que no se da desde el exterior. ¡Pero no podemos atraparlo, no podemos alcanzarlo!

Hay, sin embargo, una cosa que podemos conocer de este yo, una cosa que puede servir como fulcro, como el fulcro que Arquímedes pidió hace mucho tiempo, para poder desquiciar la Tierra. Una cosa podemos descubrir cuando enfocamos nuestra atención en el Yo. Entre toda la multitud de preguntas y enigmas que se nos presentan cuando dirigimos nuestro pensamiento hacia el mundo exterior, hay una pregunta particular que llama fuertemente a una respuesta y es la cuestión que todo aspirante del ocultismo debe enfrentar si quiere saltar a la conciencia. Debe preguntarse: “En todo el vasto campo de la experiencia terrenal, ¿no ves nada de lo que puedas decir que expresa la parte más íntima de tu propio ser? ¿No encuentras nada en lo que se expresa tu yo? “.

Buscar esa expresión en nuestra vida interior sólo conducirá a la decepción. Allí entramos simplemente con nuestras ideas fugaces y transitorias, y nunca podemos estar seguros de encontrar algo que nos lleve más allá de este mundo de ideas temporales. En cualquier caso, nunca podremos aspirar a liberarnos de nuestra personalidad —la misma cosa que debemos hacer como ocultistas— siempre y cuando contemplemos perpetuamente esto. Por otro lado, en el mundo externo fuera de nosotros, sólo existen las experiencias del hombre en la Tierra. Cualquier expresión de lo que corresponde al yo en el hombre debe ser una expresión externa. Al Yo mismo no lo podemos alcanzar; pero cuando miramos a nuestro alrededor, encontramos algo que es una expresión —y por el momento, la única expresión— de nuestro Yo. Es la forma o figura humana.

Hemos llegado aquí a un punto difícil en nuestra consideración, pero debemos encontrar la manera de dominarlo. En primer lugar, permítanme que les diga que entiendan el término “forma humana” como indicación de la forma del hombre tal como la encontramos en el mundo exterior. Creo que no tendrán ninguna dificultad en seguirme cuando digo esto, así como una planta es en su forma exterior la expresión de su naturaleza y de su ser, como el cristal se forma de tal manera que se corresponde con su ser interior, y como un animal también tiene una forma que corresponde con su ser interior, la forma corresponde con la naturaleza y el ser del hombre. Y puesto que desde el conjunto de nuestras experiencias terrenas reunimos nuestro ser en nuestro Yo, la forma humana debe ser una expresión del yo humano. En otras palabras, en todo el vasto reino de nuestra experiencia hay una cosa —la forma o la figura humana— que es una expresión del ser humano. Suena trivial decirlo, pero es en realidad una de las declaraciones más importantes que se pueden hacer, y sobre la cual debemos reflexionar y meditar.

Ahora el ocultista debe ir más lejos. Del yo puede decir que lo expresa cuando dice “yo”, pero no puede decir que lo tiene, que está “ahí” para la percepción. Lo que tiene, lo que hay, es la idea del yo. La forma humana, por otra parte, parece estar allí. Y así el ocultista se encuentra en una situación extraña y desconcertante. Él encuentra a cada paso la forma humana, la expresión del yo humano, mientras que el yo mismo todavía se le escapa.

Aquí sólo hay un camino posible a seguir por el ocultista. Y es este. Él debe entender claramente que no es diferente una forma humana que un yo humano. Si la forma humana está siempre ahí, entonces no corresponde al yo que no siempre está ahí. Nos enfrentamos a la necesidad de llegar de alguna manera a entender que la forma humana —que aparentemente encontramos cada minuto de nuestra vida— no existe, no existe entre los objetos terrenales. Es sumamente importante llegar a la percepción de que la forma del hombre posee una cualidad peculiar y que se parece mucho a la idea del yo. Pues la forma humana también en su aspecto externo nos engaña, nos miente. Eso es lo que el ocultista llega encontrar, que la forma humana le miente, pretendiendo ser una expresión del ser del hombre, afirmando estar allí como una realidad simple, cuando todo el tiempo el ser del hombre permanece oculto.

Como veréis, nos acercaremos más a la meta que nos hemos propuesto, —a saber, una “conciencia que no tiene objeto y que aun así sigue siendo una conciencia”— si nos proponemos adquirir una conciencia de la forma humana, puesto que  en el ser humano ¡La forma es después de todo un objeto externo! Esto significa que la forma humana tal como la encontramos en la vida no puede ser lo que buscamos como expresión del yo.

Ahora bien, el ocultista debe, por supuesto, saber que no puede vivir de ideas y conclusiones tomadas del mundo exterior, las experiencias en las que ahora tiene que penetrar no pueden ser recibidas desde fuera; pues lo que le viene de afuera va a darle su conciencia de la Tierra, y esto lo quiere trascender. Cuando el ocultista mira la forma humana, lo que tiene que hacer es experimentar algo en ella que le lleve lejos de la conciencia terrestre.

¿Es posible experimentar en la forma humana algo que nos lleve más allá de toda conciencia de la Tierra? Sí, es posible. Miremos primero el rostro humano y observemos la impresión que produce sobre nosotros. Si queremos alcanzar una verdadera percepción del rostro humano, no debemos ser tan absurdos como para aferrarnos a nuestras ideas acostumbradas. Porque aquí tenemos que entrar en una profunda experiencia que conducirá finalmente a la asombrosa conclusión de que el rostro humano no es como debería ser. Aprendemos a ver cómo el rostro humano y todo lo que le pertenece —en realidad toda la parte superior del hombre— ha sufrido cambios en el transcurso del tiempo a través del orgullo en el alma del hombre—, el orgullo, la altivez y la presunción.

Esta es la primera experiencia que tenemos que vivir, cuando comenzamos a sobrepasar los límites de la conciencia ordinaria. Entramos en un sentimiento profundo y original del alma donde decimos:  “¡Me mientes, oh rostro humano y cabeza humana!. Por orgullo y presunción te has dado una forma que no deberías tener. Al mirar toda la parte superior del hombre, empiezo a ver a través de su apariencia; cuando veo cómo el orgullo y la presunción han hecho su impresión en el hombre a través de muchas encarnaciones, entonces empiezo a percibir un rostro humano original que es muy diferente”. Así, mirando la parte superior del hombre, percibimos cómo a través del orgullo y la presunción el hombre ha cambiado su forma original.

Una observación adicional ha de hacerse, y esta vez se refiere a las partes restantes de la figura humana. Aquí de nuevo, cuando se despiertan las percepciones más profundas y originales del alma, tenemos la impresión de que la forma humana nos está mintiendo. Las partes restantes de la misma —éstas también, no menos que la cabeza—, deberían ser diferentes de lo que son. Nuevamente tenemos que descubrir y eliminar alguna influencia interferente para llegar al original; y aquí está el anhelo y el deseo apasionado. Cambiado en forma y figura, el hombre se ha convertido, a través del orgullo y la presunción por encima, y a través del deseo por debajo. Si el deseo no estuviera encendido en él, entonces la parte inferior de su organismo tendría una forma diferente.

Estas dos experiencias son los fundamentos sobre los que debemos construir. Son experiencias que es posible tener y que pueden llevar a pronunciar dos juicios, —que el hombre es demasiado orgulloso y que está demasiado lleno de anhelo y deseo—. Son experiencias internas definidas en la conciencia y que le obligan a uno mismo si mira al ser humano con las facultades perceptivas anímicas más profundas. Pero ¿qué pasa con su origen? ¿Han sido despertados por cualquier objeto en el amplio mundo de la vida de la Tierra? Como hemos visto, sólo están presentes cuando el hombre empieza a sentir la imperfección de su propia forma, cuando siente que su forma originalmente tenía un plan y un carácter diferentes y que se ha transformado a través de la  acción del orgullo y del deseo. No es, por lo tanto, ningún objeto externo el que ha ocasionado estas experiencias. Sin embargo, son experiencias que pueden aparecer en la conciencia humana, que pueden estar allí simplemente por el hecho de que el hombre vive su vida en la Tierra junto con su entorno.

Aquí hemos hecho un descubrimiento de extraordinaria importancia, a saber, que es posible llegar a un juicio interno, a una experiencia interior, que no tiene objeto. Y esta experiencia interior tiene el siguiente resultado. El estudiante de ocultismo concibe un disgusto por su forma humana. Él le dice a ella: “eres falsa.” Él se retira de ella, —no como los místicos de los cuales hablamos ayer, que cuando se retiran, no conservan nada de las experiencias de la Tierra. No, el ocultista se aparta de la experiencia ordinaria y toma algo con él, lo que le hace falta es un juicio acerca de la forma humana. Es una sentencia a la que, de hecho, la expresión ha sido propuesta por el hombre una y otra vez en innumerables maneras diferentes.

Lo que aquí se ha descrito es, por así decirlo, la primera percepción elemental que se encuentra en el comienzo de la conciencia oculta, —si se trata de una conciencia oculta genuina y no una mera experiencia mística—. Al principio se encuentra un juicio sobre el ser humano. La forma humana como tal se ha extinguido, no así, sin embargo, toda la experiencia interior. Sigue habiendo una sentencia firme sobre el hombre, que le dice: “Es la vida de la Tierra la que te ha hecho como eres; La forma en que nos vemos ahora nos remite a otra forma completamente diferente

Para ver claramente que tenemos que ver con el amanecer de una “conciencia sin objeto”, será necesario que estudiemos un poco más de cerca esta forma o figura humana. Pues cuando mostramos cómo el estudiante de ocultismo hace este salto de sí mismo, conservando sólo una especie de sentimiento juicioso sobre la forma humana —encontrando fallas en la mitad por ser demasiado orgulloso y en la otra mitad por estar demasiado lleno de deseo— están hablando de una experiencia interior que es bastante indefinida. De hecho, es algo que conduce, como veremos más adelante, a las regiones más altas de la experiencia espiritual; sin embargo, todavía no está definida.

Para llegar a una mayor definición, estudiemos ahora la forma humana con cierto detalle. ¡Hablando en lenguaje científico, diseccionemos la forma humana! Cuando tratamos de hacerlo, nos sorprende inmediatamente el hecho notable de que la forma humana se divide por sí misma de forma natural en varios miembros. Veremos claramente lo que estos miembros son cuando preguntamos cómo el hombre llegó a recibir su forma actual. Encontraremos que las verdades que se extraen de los pozos profundos del ocultismo nos dan una imagen completa de los miembros de la forma humana, nos muestran cómo la forma humana ha sido unificada.

Lo primero en la forma humana que llama nuestra atención, lo primero en la forma que hace al hombre, es lo que insistí en las palabras iniciales de estas conferencias, el hecho de que es vertical. El hombre es un ser que camina erecto. Esa es la primera cosa importante sobre él, por así decirlo, —el primer miembro de su forma— su postura erguida.

Tal vez parecerá como si hubiera algo arbitrario acerca de la manera en que estoy diseccionando la forma del hombre. Pero si me siguen de cerca y con cuidado, verán que en realidad no es así en absoluto, el hecho es que el ser esencial del hombre, tal como se nos describe en el conocimiento oculto, se refleja en su forma o figura.

La segunda cosa que hace al hombre “hombre” y que también será fácilmente reconocido como esencial para la forma humana, es el hecho de que está constituido de tal manera que le permite ser un ser hablante. El sonido puede nacer en él. Consideren la importancia de esta característica. En general, el hombre está organizado en una dirección ascendente, y en particular está tan organizado que sus órganos del habla, comenzando desde el corazón y la laringe, suben, hasta la cara. Estudien al ser humano desde este aspecto y encontrarán que todas las formas de los miembros están dispuestas de modo que se adapten a la creación, a la modulación y formación del sonido. Así podemos decir, el segundo factor importante en el ordenamiento de los miembros de la forma humana es que están ordenados y dispuestos con vistas al habla.

La tercera cosa que tenemos que considerar importante para la forma del hombre es el hecho de que es simétrica. Inevitablemente uno siente que la forma humana perdería algo de su naturaleza real si no fuera simétrica. Ése es entonces el tercer esencial, que las extremidades y los miembros están dispuestos simétricamente. Como sabemos, hay excepciones, pero la calidad de la simetría es esencial.

La cuarta cosa que entra en consideración se manifiesta de la siguiente manera. Si observan atentamente estos tres primeros miembros de la forma humana: postura erguida, habla, y simetría, verán que todos están dirigidos hacia el exterior. El hecho de que el hombre se mantenga recto es algo que lo coloca en el mundo exterior. El habla es algo que obviamente lo relaciona con el mundo externo. Finalmente, la simetría de su forma le da un cierto equilibrio en el espacio. Ahora llegamos a un aspecto diferente. Llegamos al hecho de que el hombre tiene una interioridad. Desde el punto de vista puramente físico, el hombre tiene órganos encerrados dentro de su piel. Por lo tanto, podemos decir que el hombre tiene como cuarto miembro de su forma el hecho de encerrarse dentro de la piel, de modo que los órganos de los que dependen las funciones internas están dentro y protegidos del mundo externo. Por lo tanto, el recinto o aislamiento dentro de la piel es algo que pertenece debidamente a la forma humana.

Para encontrar el quinto miembro de la forma humana, debemos prestar atención a que dentro de ella, en las partes que están cerradas al exterior, encontramos órganos, órganos internos activos. Todo lo que vive y trabaja dentro del hombre —esa es la quinta cosa que tenemos que anotar— que hay movimiento y vida dentro de él puede convencernos de que el hombre, tal como está ante nosotros en su forma, no depende sólo del mundo exterior, sino que depende de su propio hombre interior, así como de su interior como un centro de todo el tejido de su vida y su ser.

Contraste, por ejemplo, con los miembros que ya hemos descrito, como la circulación de la sangre. Allí tienen un proceso que toma su curso enteramente dentro del hombre, es algo completamente aislado del mundo exterior. Así pues, tenemos como cuarto miembro el hecho del recinto o aislamiento, y como quinto, el interior del hombre en el que está encerrado.

Pero ahora hay algo más que debemos observar acerca de lo que está dentro de la forma humana. Mirado desde el aspecto puramente físico, es una dualidad. Tiene en primer lugar, órganos como los pulmones y el corazón, que deben su forma a un encuentro, porque reciben también una influencia desde el exterior. Incluso el corazón, debido a su conexión con los pulmones, tiene que adaptarse a las condiciones externas. El aire del exterior entra en el hombre a través de los pulmones y es por este medio que se pone en contacto con los órganos internos. Tenemos por otra parte, órganos que muestran por su forma que se adaptan única y exclusivamente al interior del cuerpo. Estos son los órganos del abdomen. Deben su forma al hecho de que están dentro del hombre. Es muy posible imaginar que el estómago, los intestinos, el hígado o el bazo, si estuvieran formados de manera diferente, todavía podrían estar en conexión con el corazón y los pulmones y, de alguna manera, cumplir con sus funciones de manera correcta y apropiada Una vez que el mundo externo ha encontrado la entrada en los pulmones, entonces todos los órganos internos pueden asumir sus propias y variadas formas. Están totalmente determinados desde dentro. De modo que podemos decir que tenemos, como sexto, un miembro de lo humano que podemos llamar el verdadero interior del hombre en el sentido corporal. Es importante darse cuenta de que aquí tenemos un miembro de la forma humana que no tiene ninguna conexión con el mundo exterior.

Hemos llegado ahora a un límite en la forma humana, donde la dirección exterior comienza a funcionar de nuevo, donde una vez más encontramos algo que tiene una fuerte relación con el mundo exterior. Consideren la forma del pie del hombre. Si no estuviera formado para la tierra, si tuviera un pie solo, el hombre no podría caminar. Si su pie, por ejemplo, terminara en un punto, se estaría cayendo continuamente. Así, al seguir la forma humana hacia abajo, volvemos a órganos que se adaptan a las condiciones externas. Al mismo tiempo observamos que los pies, y también las piernas, ayudan a dar al hombre su forma distintivamente humana. Si el hombre fuera un pez, o si fuera una criatura que vuela en el aire, estos órganos tendrían que estar formados de manera muy diferente; tal y como es su forma expresa el hecho de que el hombre es un ser que se levanta y camina sobre la tierra. Todos los órganos de las caderas hacia abajo están formados con este fin,  —que el hombre sea un ser capaz de trabajar, permanecer y caminar sobre la Tierra. De modo que podemos decir que en las caderas tenemos como séptimo miembro, una condición de equilibrio. A lo que está por encima del lugar del equilibrio se le ha dado en su forma una dirección hacia el exterior, o como hemos visto, se gira hacia adentro; y lo que está debajo se forma en una dirección descendente. En las caderas tenemos un punto de equilibrio entre estas tendencias. De todo lo que está por debajo de las caderas, podemos decir que está adaptado a las condiciones terrenales.

Después tenemos como octavo miembro los órganos que están totalmente orientados con vistas a condiciones fuera del ser humano, los órganos de la reproducción. Continuando, un poco de reflexión les permitirá ver que para que el hombre camine en la forma que le es propia, el muslo debe estar separado de la pierna, debe haber una curva entre ellos. Y así, se ha unido al muslo, la rodilla, lo que le permite adaptarse en su caminata a las condiciones terrenales. Pues son las condiciones terrenales las que determinan en conjunto la parte inferior de la figura del hombre. Luego tenemos la pierna y, separada de ella, el pie. Tal vez usted dirá, ¿qué pasa con las manos? Veremos en la próxima conferencia por qué las manos se quedan fuera en este sentido.

Y ahora voy a pedirles que sigan esta lista que hemos hecho de los miembros de la forma del hombre.

listafigurahumana

Como dije antes, a primera vista puede parecer arbitrario mostrar la forma humana dividida de esta manera en doce miembros. Pero todo lo que el hombre requiere en su forma para que sea hombre en la tierra está realmente comprendido en estos doce miembros (explicaré mañana que pasa con las manos), de tal manera que cada miembro tenga una cierta independencia, cada miembro está separado de los demás. Incluso se podría imaginar que cada uno de ellos, aun permaneciendo en relación con los demás, podría asumir otra forma de la que realmente tiene. Es perfectamente posible en cada caso individual imaginar otras formas o figuras para los diferentes miembros; pero que toda la figura humana está ante nosotros como el resultado de la conjunción de doce miembros de ese tipo, es un hecho que no puede ser ignorado.

Cuando reflexionan sobre el significado y la intención de la existencia del hombre sobre la Tierra, no pueden dejar de tener en cuenta que él tiene una forma y una figura asociada de esta manera particular, de modo que cuando llegamos a estudiar su forma debemos inevitablemente pensar en ella como divisible en doce partes o miembros. Estos doce miembros siempre han sido considerados en el ocultismo como de la mayor significación posible. Estamos obligados a tomarlos en consideración si queremos entender el significado de la forma y la figura del hombre en relación con su ser. El ocultismo siempre ha sabido de ellos, y por razones que quedarán claras en el curso de estas conferencias, mientras continuamos nuestro estudio del hombre a la luz del ocultismo, la filosofía y la teosofía, los doce miembros han recibido doce designaciones específicas.

  • Lo que dimos como el primer miembro se ha llamado “Carnero” (Aries) y se denota por el signo ♈.
  • El segundo se llama “Toro” (Tauro) y es simbolizado con el signo♉.
  • La simetría se llama “Gemelos” (Géminis) y se denota con el signo ♊.
  • Lo que describimos como la calidad de recinto dentro de sí se le da el Signo ♋ y se llama “Cangrejo” (Cáncer).
  • Lo que describimos como el interior, la vida que está encerrado, se llama “León” (Leo) ♌y esta simbolizado con el Signo ♌.
  • Las partes internas del hombre, que en el aspecto corporal no tienen ninguna conexión con el mundo exterior y señalan el carácter triple de la naturaleza del hombre, que tipifican un aislamiento completo del mundo exterior, se llaman “Virgen” y se denotan con el Signo ♍.
  • Entonces llegamos a la condición de equilibrio y allí, no será necesaria ninguna explicación para dar el nombre de “Escalas” (Libra) ♎.
  • Los órganos de reproducción, que tienen una vez más la dirección hacia el exterior, se denotan con la expresión “Escorpión” (Escorpión) y simbolizada con el Signo ♏
  • El muslo se llama “Arquero” (Sagitario) y tiene el signo ♐.
  • Las rodillas, la “cabra” (Capricornio), se simbolizan con el signo ♑.
  • La pierna debajo de la rodilla es “Waterman” (Acuario) y tiene el Signo ♒.
  • Finalmente, los pies se denominan “Peces” (Piscis) y tienen el Signo ♓.

Por el momento, les pido que vean en estos signos no más que signos o firmas para los diversos miembros que van a hacer la forma humana completa. Por favor considérenlos como nada más que un medio de distinguir los diferentes miembros de la forma humana. Ustedes saben muy bien que estos signos pertenecen a hábitos de la mente y del pensamiento que son de gran antigüedad, y que desempeñan un papel particular en la astrología. Sin embargo, quiero que ustedes no conecten con ellos nada más que el hecho de que con su ayuda podemos estudiar la forma humana y ver cómo se presta naturalmente a la división en doce miembros. Si parece que estamos dando nombres y signos bastante extraños a estos miembros de la forma humana, es realmente sólo como lo es con los sonidos del habla humana, donde no podemos reconocer rápidamente el significado del sonido, O, digamos, como es con las letras del alfabeto, de las cuales a menudo somos incapaces de decir de inmediato por qué designan tal o cual sonido. Todo lo que hemos hecho es encontrar una expresión para la figura de los doce miembros del hombre y, por conveniencia de referencia adicional, dar a estos miembros nombres que han encontrado aquí y allá su camino fuera del ocultismo en uso general.

  • La postura erguida ♈.
  • Orientación a la emisión de sonido ♉.
  • Simetría ♊
  • Encierro dentro de sí mismo ♋.
  • El interior del hombre que está encerrado ♌
  • El interior del hombre, que en el aspecto físico no tiene ninguna conexión con el mundo exterior ♍.
  • Equilibrio ♎.
  • Órganos de la reproducción ♏.
  • Muslos ♐.
  • Rodillas ♑.
  • Piernas ♒.
  • Pies ♓.

adamk

Traducido por Gracia Muñoz.

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2 comentarios el “GA137c5. El Hombre a la luz del Ocultismo, la Teosofía y la Filosofía

  1. Graciela Revol dice:

    Excelente exposición de fácil comprensión para todos.

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