GA137c7. El Hombre a la luz del Ocultismo, la Filosofía y la Religión

Christiania, 9 de junio de 1912

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Mis queridos amigos,

Ayer hablamos de una parte o aspecto del Mysterium Magnum, y algunos de ustedes tal vez habrán sentido una cierta dificultad en abordarlo desde el punto de vista que nos vimos obligados a tomar para aclarar el asunto en detalle. Pero el mundo es complicado, ¡admitámoslo que de una vez por todas! Y si realmente tenemos el deseo de elevarnos al conocimiento de las verdades superiores, no hay problema para ello, pero debemos estar preparados para soportar algunas dificultades en el camino.

Recojamos una vez más para nuestra consideración lo que tenemos que entender por el Mysterium Magnum. Vimos por un lado cómo revela al hombre en sus tres miembros, o mejor dicho, lo revela como compuesto por tres hombres y cada uno de ellos tiene siete miembros, de modo que podemos distinguir un hombre superior, un hombre medio y un hombre inferior. A medida que pasamos por el mundo y tenemos nuestras experiencias, estos tres hombres parecen íntimamente unidos; La conciencia cotidiana no los distingue entre sí. Ese es un aspecto del Misterio. El otro consiste en que, en el momento en que el hombre se eleva de su conciencia ordinaria de la Tierra y alcanza una conciencia de una clase superior, se enfrenta de inmediato con el acontecimiento que he descrito en mi libro Como se adquiere el conocimiento de los Mundos Superiores, donde dije que el hombre debe entonces esperar a que su conciencia sea dividida en tres, que todo su ser sea dividido en un hombre pensante, un hombre sensible y un hombre dispuesto. Dividido, por así decirlo, en estos tres seres anímicos;  —así es como el hombre se siente cuando se pone en el camino a una conciencia superior. Entonces tenemos por un lado, el hombre ternario de siete miembros y, por otro lado, tan pronto como nos elevamos de la conciencia ordinaria, nos encontramos con una división de esta conciencia en tres, lo que significa que cada aspirante oculto que se hace clarividente debe, como sabrán del libro ya citado, esforzarse con todo su ser para mantener unidos a los tres miembros de su conciencia, para evitar que su vida anímica caiga en pedazos. De hecho, sería un destino trágico para su ser interior si eso sucediera. Mientras que en la vida ordinaria estamos continuamente tentados a unificar la naturaleza del hombre —que es triple—  y verla como una forma humana única y completa, en nuestra vida anímica interior por otro lado al dar un paso más allá de la conciencia ordinaria, inmediatamente nos hacemos conscientes de que en realidad somos un ser triple, y que estamos en peligro inminente de ser divididos en tres en nuestra vida anímica.

En este sentido, comprenderemos mejor cómo realmente son las cosas si volvemos a empezar de una manera bastante elemental a partir de ciertos hechos de la vida cotidiana que se manifiestan en plena claridad al aspirante oculto, pero que en general no se observa. Pues es así que ya en la vida ordinaria los tres poderes del alma del hombre —o más bien las diversas cualidades de la conciencia que les corresponden y que estamos acostumbrados a distinguir unas de otras— dirigen nuestra atención a lo que aprendimos o entendimos ayer como el ser humano trimembrado.

¡Mira al hombre tal y como está ante de ti en la vida cotidiana! ¿Qué tiene que ocurrir en él para que se produzca la conciencia cotidiana? Para que la conciencia cotidiana esté presente, la conciencia que lleva consigo como hombre pensante de la Tierra, las impresiones del exterior deben trabajar sobre los sentidos. Los sentidos, en la medida en que nos dan información de la vida de la Tierra, se sitúan principalmente en la cabeza, y el contenido de la conciencia está en su mayor parte derivado de estos sentidos. De los tres hombres que aprendimos a reconocer ayer en el ser humano, es sobre todo el hombre de la cabeza o cefálico, el hombre superior, el que recibe las impresiones diurnas, las impresiones de la conciencia ordinaria se hacen sentir en la medida en que el hombre es capaz de salir a su encuentro con el instrumento de su cerebro, de hecho de toda su cabeza.

Un poco de reflexión rápidamente les mostrará que el hombre como hombre de la Tierra no puede ser solo un hombre cefálico. Vimos ayer que para la consideración oculta el hombre tiene tres partes, muy distintas entre sí; y para que el hombre se asemeje a nosotros como hombre de la Tierra, la cabeza debe mantenerse viva gracias a las sustancias y las fuerzas que continuamente se le envían desde el segundo hombre (medio). Por medio de la circulación de la sangre, el alimento fluye dando el sustento al cerebro. Entonces el cerebro es capaz de satisfacer las impresiones sensoriales externas de tal manera que por medio del instrumento del cerebro los pensamientos y las ideas surgen en el hombre como resultado de estas impresiones de los sentidos. El hombre experimenta en la conciencia ordinaria lo que surge de esta manera a través del instrumento del cerebro. Y también sabemos que esta conciencia ordinaria cesa cuando el hombre está dormido; las impresiones sensoriales externas dejan de estar en la conciencia, ya no tienen influencia alguna sobre él. Cuando el hombre está dormido y las impresiones sensoriales externas ya no trabajan sobre el cerebro que es sostenido por el hombre medio, naturalmente las influencias que trabajan desde el hombre medio sobre el hombre superior, desde el segundo hombre sobre las primeras influencias, es decir, sobre el cerebro siguen adelante. Porque en este hombre medio la respiración se mantiene, incluso durante el sueño, y las otras actividades del hombre intermedio continúan. La sangre se lleva al cerebro cuando el hombre está dormido, así como cuando está despierto, aunque con una diferencia; porque la forma en que el instrumento de la conciencia cotidiana es sostenida por el hombre medio no es exactamente la misma al despertar que al dormir. La diferencia encuentra expresión en el hecho de que durante el sueño el número de respiraciones que tomamos es considerablemente menor en proporción que cuando estamos despiertos y la cantidad de gas carbónico en nuestro aliento se reduce en aproximadamente un cuarto; la forma y el método de alimentación también cambia durante el sueño. Cuando, bajo ciertas circunstancias, el proceso de alimentación continúa funcionando de la misma manera durante el sueño, puede tener muy malos resultados. Esto es bien sabido por el hecho de que después de una comida excelente uno no suele dormir bien; El cerebro se altera en su reposo si una comida pesada se toma inmediatamente antes de irse a dormir. Hay, por lo tanto, una diferencia entre las condiciones del sueño y el despertar, incluso en la forma en que el hombre intermedio trabaja en el hombre superior.

¿Podemos ver, en el hombre ordinario de la Tierra, cualquier resultado de esta diferencia? El hecho de que el hombre se aparte del mundo exterior, y que sólo dentro de su cuerpo, totalmente dentro de lo que hemos descrito como la forma o figura del hombre, se ejerce una influencia por las fuerzas del hombre medio en dirección a la parte del hombre superior, tiene el resultado de que la conciencia diurna ordinaria se extingue; De modo que, aunque durante el sueño el hombre todavía tiene su cerebro, no percibe las influencias del hombre medio que están trabajando sobre el cerebro. Las influencias siguen igual, pero sólo están presentes en lo que generalmente denominamos conciencia onírica.

Esta conciencia del sueño es muy complicada. Sin embargo, no tendrán ninguna dificultad en reconocer que una clase particular de sueños está íntegramente conectada con lo que ocurre en el hombre intermedio y debe su origen al hecho de que el cerebro no sólo puede percibir el mundo externo con los sentidos sino que también es capaz de percibir de algún las modo influencias procedentes del hombre intermedio, contemplándolas en forma de imágenes oníricas que hacen uso de todo tipo de símbolos. Si algo está mal con el corazón, puede suceder fácilmente que uno sueña con él, simbolizado por un fuego ardiente. Si no está todo en orden en los intestinos puede ocurrir que uno sueñe con serpientes. El carácter y la condición del interior del hombre a menudo determinan el sueño, que puede entonces ser una indicación de lo que está pasando allí. Quienquiera que se tome la molestia de observar esta notable conexión y estudiarla con la ayuda de la ciencia externa, llegará a la conclusión de que las irregularidades en el hombre medio son percibidas simbólicamente en las imágenes de los sueños.

También hay personas que tienen experiencias mucho más profundas con sueños de este tipo, personas que son capaces de percibir en imágenes simbólicas definidas la inminencia de ciertas enfermedades. Una conexión clara puede frecuentemente ser rastreada en tales casos entre imágenes oníricas de un carácter simbólico que se repite con una regularidad absoluta y una enfermedad de los pulmones o del corazón o del estómago que hace su aparición más adelante.

Es posible establecer muy a menudo, mediante un examen preciso al despertar, que cuando uno ha soñado con una estufa ardiente, su corazón está latiendo más rápido que de costumbre, del mismo modo es posible que las enfermedades del pulmón o trastornos del estómago  —de hecho, todo tipo de enfermedades que aún no se han manifestado exteriormente— pueden anunciar su enfoque simbólicamente en imágenes de sueños. El cerebro humano, o más bien el alma humana, es sensible no sólo a las impresiones externas que se comunican a través de los sentidos, sino también al interior del cuerpo, con la diferencia, que en este último caso no recibe las ideas correctas y verdaderas sino que expresa en ideas imaginarias y simbólicas lo que está sucediendo en el hombre medio.

La explicación que se nos ha dado nos permite reconocer que en el sueño el hombre se percibe a sí mismo. Realmente podemos decir: En mis sueños me veo a mí mismo. Sin embargo, no somos conscientes de esto durante el sueño. Percibimos nuestro corazón, pero no sabemos que es nuestro corazón lo que percibimos. En cambio, percibimos un fuego ardiente, es decir, un objeto fuera de nosotros. Algo que está dentro de nosotros está proyectado hacia afuera y está ahí fuera, para nuestra percepción. En la conciencia del sueño, por lo tanto, el hombre tiene que ver con el interior de su propio cuerpo; esto significa que en la conciencia de los sueños está dividido, se desgarra. Como ustedes saben, en el curso ordinario de la vida cotidiana, nos preocupamos por regla general sólo con despertar y dormir.

Ahora bien, no sólo las condiciones del hombre intermedio se perciben en los sueños, sino también las condiciones del hombre superior, del hombre cefálico. Tenemos en primer lugar, sueños que deben su origen a algún desorden en la cabeza misma. A través de lo que se percibe como un desorden en la cabeza, el cerebro —o yo diría más bien el alma— se percibe por medio del instrumento del cerebro. El hombre superior se percibe a sí mismo. Tales sueños son siempre extraordinariamente característicos. Usted tiene un sueño y despierta con un dolor de cabeza; el sueño es en este caso un reflejo simbólico y fantasioso del dolor de cabeza. Por regla general, tales sueños tomarán la forma de que le conduzcan a grandes distancias o se encuentren en una gran bóveda o cueva. Especialmente característico de estos sueños de dolor de cabeza es la experiencia de una bóveda inmensa por encima de uno. Algo se arrastra o se desliza en el techo de la cueva, o tal vez las telas de las arañas o algo de suciedad o polvo se aferra a ella. O puedes soñar que estás en un gran palacio arqueado! En tales casos te percibes como hombre superior, —pero transpones otra vez lo que percibes al mundo que esta fuera. Sales de ti mismo y colocas fuera de ti lo que está en ti, en tu cabeza. Así que aquí una vez más tenemos una especie de división del ser humano; está, por decirlo así, dividido, se pierde, se extingue.

Las condiciones que he estado describiendo son condiciones de sueño, y nos muestran muy claramente que en la conciencia del sueño el hombre cae en pedazos; su conciencia del yo, su unidad de conciencia, no permanece intacta, y su sueño es en realidad siempre un reflejo, un reflejo simbólico de lo que sucede dentro de su naturaleza corporal.

Para el discípulo del ocultismo no es en absoluto una simple cuestión de pasar de la conciencia de vigilia ordinaria a la conciencia del sueño —no habría nada inusual en eso, no, él debe hacer la transición en una condición de la conciencia totalmente diferente. Mediante la práctica de los ejercicios descritos en las conferencias anteriores de este curso, mediante la supresión, es decir, del intelecto, la voluntad y la memoria, tiene que liberarse de sí mismo y alcanzar una conciencia completamente nueva.

Aunque, como he dicho, esta nueva conciencia no es una conciencia de sueño, sin embargo, si uno no tiene conocimiento de la conciencia clarividente, la conciencia del sueño puede ayudarle a llegar a una comprensión bastante buena de ella. Pues podemos abordarlo de la siguiente manera. Supongamos que nos preguntamos: ¿Qué hay dentro de él que el hombre percibe en el sueño? Entonces debemos responder: Cualquier cosa que sea dolorosa o este fuera de orden. Un momento de reflexión nos mostrará que las condiciones normales ordinarias no son percibidas por la conciencia del sueño. Si un hombre está perfectamente sano en su hombre superior y medio, si todo está en orden allí, entonces duerme un sueño normal y sano; no se puede en circunstancias ordinarias —observar que digo aconsejadamente, en circunstancias ordinarias— esperar que su sueño pacífico sea forzosamente interrumpido con sueños. Ahora el camino que tiene que ser tomado por la conciencia clarividente es aquel que conduce a través de etapas y condiciones que son similares a las de la conciencia del sueño. Sólo que estas etapas se alcanzan por el entrenamiento oculto, y en realidad es que en la clarividencia el hombre no sólo conoce las condiciones dolorosas externas ordinarias de su interior, sino que también percibe sus condiciones normales, que por lo general desaparecen de nuestra conciencia en el sueño pacífico el clarividente llega al conocimiento de estas condiciones. En otras palabras, aprende a conocer su cerebro, su cabeza, al aprender a percibirlo interiormente. Del mismo modo, llega a conocer a su hombre medio. De la misma manera que en ciertos sueños el hombre percibe cuando duerme su hombre superior y su hombre medio, así también el clarividente ha logrado, en el curso de su formación, el conocimiento de su hombre medio y superior.

Prestemos ahora una atención especial a este hombre intermedio. Si consideráis un poco, tendréis que reconocer que no encontráis nada en el hombre intermedio que pueda ser referido inmediata y específicamente al mundo externo. En la cabeza tenemos los ojos y los otros órganos de los sentidos que están en conexión directa con el mundo externo. A través del sentido del tacto, el hombre medio tiene, por supuesto, la posibilidad de entrar en conexión con el mundo externo, pues el sentido del tacto se extiende, como sabemos, sobre toda la piel. La percepción del mundo exterior por el hombre medio es, sin embargo, ligera e insignificante en comparación con el conocimiento del mundo externo que adquirimos a través del hombre cefálico o superior. Incluso la percepción que el hombre medio recibe del calor afecta en lo principal sólo a su propia experiencia interior, su sentido interior de bienestar. Por lo tanto, el hombre medio parece ser una entidad auto-encerrada, con procesos internos que son de gran importancia para sí mismo, pero que tienen poca relación con su relación con el mundo exterior.

Si, sin embargo, nos preguntamos si este hombre interior no tiene tal vez alguna conexión con el mundo exterior que no sea tan obvia para la conciencia ordinaria, descubriremos que este hombre interior o medio tiene, después de todo, una conexión de poca importancia con el mundo exterior. Todo depende del hecho de que el hombre medio está adaptado a las condiciones de la Tierra. Tiene que respirar el aire de la Tierra, necesita para su alimentación las sustancias que se producen en la Tierra. Desde este punto de vista, el hombre medio y la Tierra se pertenecen. Si las sustancias que son necesarias para mantener su vida no están presentes en su entorno terrestre, entonces este hombre medio no podría ser como es. Así que estamos obligados a considerar al hombre medio como parte de la existencia de la Tierra, debemos considerarlo como perteneciendo definitivamente a nuestra existencia aquí en la Tierra.

Y esto no es todo. Porque no se trata sólo de lo que la Tierra puede dar al hombre. ¡La Tierra podría estar allí por mucho tiempo, y sin embargo ningún hombre medio habría llegado a existir! Si el Sol no viniera a la ayuda de la Tierra y hacer que floreciera y madurara sobre ella lo que el hombre medio necesita, entonces el hombre medio no podría existir. Este hombre medio toma las sustancias que requiere para su alimentación, y estas sustancias, aparte del aire que es, por supuesto, esencial para su sustento en la vida, todas estas sustancias que lo alimentan dependen del funcionamiento del Sol sobre la Tierra. Todo lo que el hombre recibe en sí mismo como alimento es producido por el Sol en el ambiente terrestre del hombre. Esto significa, en efecto, que cuando estudiamos al hombre medio tenemos que tener en cuenta no sólo una influencia directa de la Tierra sobre el hombre, sino también una influencia indirecta del Sol. Si no fuera por la luz solar que ilumina la Tierra, el hombre medio no existiría. Todo lo que se encuentra en el hombre medio ha llegado a él a través de la influencia de la luz del Sol sobre la Tierra.

Este hecho notable  —que el hombre medio es un producto de la luz del Sol— se expresa de la siguiente manera. Cuando el alumno del ocultismo se vuelve clarividente, es decir cuando desarrolla la conciencia clarividente, entonces, mientras que en los sueños surgen imágenes que son la expresión de algún desorden en los órganos internos del hombre, en el caso de la conciencia clarividente las imágenes que recibe el discípulo es lo que el Sol está haciendo en el hombre medio, muestran la actividad regular normal del Sol en el hombre medio. Cuando el alumno se vuelve clarividente y surge una percepción de su propio ser interior en su estado normal y sano, entonces tiene delante de él la luz que fluye; a su alrededor ve la luz que fluye. Como el soñador está rodeado de imágenes de  los trastornos en su hombre interior, también el aspirante oculto está rodeado por fenómenos de luz fluida. Él tiene, en primer lugar, esta percepción de la actividad del Sol en su propio ser interior.

Comparen por un momento la conciencia externa ordinaria con esta conciencia especial que surge en el clarividente. Cuando el hombre, como hombre superior, dirige su mirada a algún objeto de la Tierra, lo mira  —es, como ustedes saben, hablando en términos generales, el sentido de la vista el que predomina en la percepción— por medio de la luz del sol que se lanza sobre la Tierra. La conciencia externa y cotidiana percibe como la luz solar ilumina las cosas de la Tierra; pero ahora es lo que la luz del sol le hace, lo que hace posible a su propio hombre medio, cómo penetra el hombre medio con su actividad,  —esto es lo que se revela al hombre como luz fluida cuando se convierte en alumno de ocultismo. Contempla el Sol en sí mismo, de la misma manera en que ve el Sol fuera de él desde el momento en que el día comienza mientras dura y mientras ve objetos a su alrededor por el hecho de que la luz del sol es arrojada sobre ellos, así que ahora ve, cuando ha llegado a cierto estado de clarividencia, algo que es de la naturaleza del Sol reflejada desde su propio ser interior. Es la forma del hombre medio que se muestra así iluminada. Es decir, una experiencia.

Si tuvieran que volver a los tiempos antiguos y estudiar lo que se hizo y experimentó en los antiguos Centros de Misterio, encontrarían que el aspirante oculto aprendió a percibir al Sol en su reflejo en su propio hombre medio, para percibir el funcionamiento del Sol que continúa incluso cuando el hombre está dormido, y que se le escapa durante la conciencia de vigilia porque su atención es reclamada por la conciencia exterior. El hombre como un ser solar, eso fue lo que el alumno percibió en una etapa particular de su iniciación en los Misterios. Aprendió a reconocer que el Sol está en sí mismo, en su propio ser, aprendió que el Sol no sólo funciona externamente en los objetos, sino que también actúa dentro de la forma corporal del hombre.

Pero ahora el alumno, que empieza a ser clarividente, tiene que aprender otra cosa. Tiene que descubrir algo que es comparable con los sueños del cerebro, esos sueños que reflejan las condiciones desordenadas del cerebro, donde, como dije, en casos típicos el hombre siempre percibe símbolos, imaginando, por ejemplo, que está en una cueva o un palacio, teniendo sobre él un gran techo abovedado en el que está mirando. Cuando el alumno es llevado a percibir no sólo las condiciones de su hombre medio, sino también las condiciones de su hombre superior (en la medida en que este último tiene forma y figura), las condiciones del interior del hombre cefálico, entonces nunca tiene la misma experiencia que tiene de su percepción del hombre medio. En vez de eso, ahora tiene ante sí, —simplemente estoy relacionando los hechos—, lo que parece una extensión perfectamente ordenada y regular del sueño que está relacionada con la excitación o la irritación del cerebro sólo que se experimenta en plena conciencia. Lo que el hombre percibe cuando ha cerrado todos los órganos de los sentidos y no tiene percepción externa, cuando dirige toda su atención de la conciencia clarividente sobre su interioridad, sobre el hombre superior, el hombre del cerebro, está en realidad en el cielo estrellado. Contempla la gran bóveda del cielo con las estrellas.

Fue un gran momento en la vida del alumno, especialmente en los Misterios de la antigüedad —oiremos más tarde en qué medida sufrió un cambio en los Misterios posteriores—cuando el discípulo percibió su propio ser interior, en cuanto este ser interior llega a expresarse en la forma humana. Cuando vio al hombre superior, fue como si viera el cielo con todas las estrellas brillantes; miraba hacia el amplio mundo, a pesar de que no tenía los sentidos físicos abiertos. La imagen de los cielos estrellados estaba ante él. Y entonces vino el momento más grande de todos cuando este pupilo no observó lo que está por decirlo así, en la parte superior de su cabeza, sino que cuando miraba desde el hombre superior, desde la cabeza, hacia el hombre medio, percibió, sin abrir ninguno de sus sentidos, la parte inferior de su cerebro y desde él vio al hombre intermedio irradiado de luz. Él mismo en la oscuridad total (porque sus sentidos estaban cerrados, y desde la apariencia exterior era como un hombre que está dormido), percibió, mirando hacia abajo interiormente, el Sol en la noche, en medio de la oscura superficie de los cielos. Esto es lo que se llamaba en los antiguos Misterios “Viendo el Sol de medianoche”, viendo, es decir, la luz que fluye dentro de las estrellas, cuya influencia en relación con el Sol parece tan pequeña. Estas experiencias fueron hitos importantes en la vida de cada aspirante del ocultismo.

Habiendo llegado tan lejos, el discípulo fue capaz de aprehender una verdad de gran significado. Podía decir: “De la misma manera que percibo a través de mí, en mi hombre medio, la luz del sol que fluye, el trabajo verdadero y real del Sol, así ahora puedo percibir por medio del hombre superior los espacios celestiales con sus estrellas. Que pueda ver las estrellas, que no todo esté envuelto en la oscuridad, es debido al hecho de que el cerebro se adapta a las estrellas, como el hombre medio se adapta al Sol”. Así se llegó al conocimiento de que incluso como el hombre medio es sostenido por el Sol, así como todo su ser depende del Sol y pertenece al Sol, así también el hombre superior, el hombre cefálico, pertenece al mundo entero y a sus estrellas.

Cuando el alumno había tenido esta experiencia, podía ir a aquellos que poseían sólo la conciencia del día, pero que, sin embargo, sintieron el impulso —surgiendo de una profunda necesidad interior, de un anhelo de su alma— de encontrar una relación con la conciencia que se debe alcanzar más allá del hombre de la Tierra. En otras palabras, el alumno podría ir a los hombres inclinados religiosamente, capaces de alguna manera de sentir su conexión con el gran mundo y decirles: “El hombre, tal como está en la Tierra, no es simplemente un ser que perteneciente a esta Tierra, es un ser que pertenece en parte, es decir, en el pecho y el tronco, pertenece al Sol, y como hombre cefálico pertenece también a todo el espacio cósmico”. Esto era lo que el discípulo podía decir a los hombres religiosos impartiéndolo como información; y en el hombre religioso esto se convirtió en oración, en adoración.

Los discípulos del ocultismo devinieron de esta manera como fundadores de la religión entre los hombres, y según la relación del pueblo al que llegaron daban una u otra parte de la naturaleza del hombre, pudieron hablar más del uno o del otro. A las personas que estaban más particularmente dispuestas a experimentar una cierta felicidad en el sentido de bienestar en el hombre interior, es decir, que estaban inclinados a hacer que su estado anímico dependiera del bienestar corporal del hombre medio —a tales los alumnos del ocultismo podían ir como fundadores de la religión y decirle: “Tu sentido del bienestar depende del Sol.” Estas personas se convirtieron entonces, a través de la influencia de los alumnos del ocultismo, en seguidores de una religión Solar. Pueden estar seguros de que en toda la Tierra, dondequiera que haya vivido gente del tipo que he descrito, a quienes importaba sobre todo que se les llamara la atención sobre la fuente de su sentido de bienestar, allí se levantó una adoración del Sol.

Pensar que los hombres pasaron a convertirse en adoradores del Sol sin ninguna razón profunda para ello es un mero vuelo de la imaginación por parte de toda la ciencia obstinadamente materialista. Cuando el erudito de nuestro tiempo habla de cómo esta o aquella sección de la humanidad llegaron a ser adoradores del Sol, en realidad sólo están demostrando sus propios poderes de imaginación y fantasía. Los materialistas de hoy están bastante equivocados cuando acusan a los teósofos de tener una inclinación a ser fantásticos, lo que implica que ellos mismos son los verdaderos realistas. Tomado en su conjunto, el materialismo no carece ciertamente de una tendencia a ser fantástico, como podemos ver en este caso cuando se propone explicar cómo ciertos pueblos se convirtieron en adoradores del Sol. Pues construyen un cuadro imaginario y llegan a la conclusión de que a través del trabajo de ciertas condiciones o circunstancias externas el pueblo, movido por algún impulso inexplicable, se topa con la idea de adorar al Sol; cuando la verdad del asunto es que los iniciados, los aspirantes al ocultismo, conocían en el caso de ciertos pueblos: —Tenemos aquí un pueblo que manifiesta especialmente la virtud del coraje, un pueblo en el que se puede ver un desarrollo llamativo del hombre medio; debemos enseñar a este pueblo cómo en lo suprasensible uno puede contemplar el hecho de que este hombre torácico o medio es un producto del trabajo del Sol. Y los iniciados en el ocultismo entonces llevaron a esas personas, en las cuales el hombre medio era de mayor importancia, alejándose del mero sentimiento de bienestar, el mero vivir dentro de sí mismos, en la oración y al culto, enseñándoles a mirar hacia arriba con devoción religiosa al Ser que es la fuente de este hombre medio. De esta manera guiaron a estas personas a una adoración del Sol.

Este ejemplo puede servir para mostrar la tendencia que hay en el materialismo a construir teorías fantásticas. Podrían presentarse otros ejemplos llamativos. Por ejemplo, hemos tenido que leer por fuerza —ya que han sido arrojados bajo nuestros mismos ojos— todo tipo de descripciones de nuestro edificio de Munich. A través de una indiscreción el proyecto encontró su camino en los periódicos, y el hombre materialista de hoy se ha formado su propia idea de lo que es el edificio y cuál es su propósito. Una profusión de información fantástica se ha extendido en el extranjero, suficiente para demostrar que la fantasía es una cualidad del pensamiento actual. Cuando se trata de hablar o escribir sobre cosas de las que no se conoce absolutamente nada, el hombre de hoy no duda en recurrir a las fantasías más locas para construir una explicación. Esto es así en la vida cotidiana ordinaria, y es así también en el ámbito de la ciencia. La mayoría de las explicaciones expuestas por los estudiosos de hoy son pura fantasía; y el intento de describir o explicar la adoración del Sol ciertamente no es una excepción.

Otros pueblos de la Tierra tenían menos inclinación para desarrollar al hombre medio y estaban más dispuestos a pensar, a tener ideas, es decir, a desarrollar al hombre superior; y para ellos había que hacer otro tipo de apelación. Los ocultistas que salieron al mundo como fundadores de la religión llamaron la atención de estos pueblos para buscar la fuente del instrumento por el cual fueran capaces de producir pensamientos, vivir en pensamientos y en ideas. Los ocultistas les dijeron: “Si quieres tener conocimiento de la fuente de tu vida de pensamiento, entonces —puesto que no eres capaz de mirar a los mundos suprasensibles de los cielos (por supuesto los iniciados no dijeron esto, lo añado yo)— tendrás un reflejo externo de esta fuente si permaneces despierto durante la noche y miras hacia arriba en oración a los cielos estelares.

Un verdadero culto a las estrellas  —un culto, también se puede decir, de la Noche, porque la verdad está a menudo vestida de tal manera que en lugar de hablar de los cielos estrellados hablaban de la Noche— a tal estrella o la adoración nocturna prevaleció entre los pueblos que se dieron más al pensamiento. Los pueblos de la antigüedad que gustaban de pensar, reflexionar y profundizar en las cosas, para ellos se fundaron las religiones que señalaban a la fuente del instrumento de su pensamiento, es decir, a su hombre superior. Y muchos de los nombres de los dioses más antiguos de ciertos pueblos tienen que ser traducidos en los idiomas modernos por la palabra “Noche”. La Noche fue objeto de culto, la Noche con todo el misterio de su aparición como la Madre de las Estrellas, que las hace salir para que brillen en los cielos. Pues los iniciados en el ocultismo sabían que el instrumento del cerebro es realmente y verdaderamente un producto de la Noche Estrellada.

Del mismo modo, a menudo encontraremos que las personas que eran adoradores del Sol no sólo fueron guiadas a mirar al Sol; así como el hombre fue conducido de las estrellas a la Madre Noche y muchas palabras de la antigüedad eran interpretadas para denominar a los dioses significando la Noche, en el caso del Sol la atención del hombre fue atraída al hecho de que el Sol dio lugar al Día, que el Sol se hizo Día. En consecuencia, muchas palabras usadas para adorar al Sol entre los pueblos que adoraban específicamente al Sol como el Poder divino más alto, deben traducirse con la palabra “Día”.

 Hablando en general, podemos decir que donde los pueblos se sienten fuertes y valientes y listos para la guerra, encontramos a los principales adoradores del Sol o adoradores del Día, porque sus iniciados los dirigieron al Sol, al Día, como su objeto de culto. Por otro lado, los pueblos más reflexivos e inquietos eran adoradores de la Noche o de las Estrellas, pues fueron guiados de esa manera por sus iniciados.

Llegamos, finalmente, a otro tipo de gente. Porque hay pueblos que no experimentan de manera tan característica la aguda división entre la conciencia del día y la conciencia de noche. Cuando volvemos a la antigüedad, encontramos muchos pueblos que habían conservado condiciones medias o intermedias de conciencia, que no alternaban simplemente en su vida entre el día y la noche, entre la conciencia y la inconsciencia, sino que conservaban la antigua conciencia clarividente que surgió a través de la fusión de la conciencia del Día con la conciencia de la Noche como una especie de semiconsciencia. Encontramos, pues, esta tercera condición de conciencia.

Estas personas también adivinaron a través de su condición de conciencia una conexión entre el hombre y algo fuera de la Tierra. ¿Cómo fue que llegaron a tener tal sentimiento? Para responder a esta pregunta debemos darnos cuenta de que estaban poseídos de una facultad o calidad peculiar en la forma misma de su naturaleza corporal. Como ya se ha dicho, casi todos los hombres estaban dotados, en todo el mundo, de una antigua clarividencia, y tenían la peculiar facultad de ser capaces de percibir en ciertas condiciones de la conciencia su hombre “simetría” —no, como hombre de simetría, pero podían percibir este hombre intermedio en su trabajo sobre el hombre superior.

Si quieren formar una imagen de lo que ocurría en tal persona, entonces deben imaginar una imagen del hombre medio en el cerebro. En la vida normal ordinaria en la Tierra, las impresiones de los sentidos trabajan sobre el cerebro y el cerebro arroja imágenes; es decir, coloca su propio ser en el camino y sostiene las imágenes que vienen del exterior. Nuestra idea del mundo se produce de esta manera como reflejada por el cerebro. Pues eso es lo que todas las ideas del mundo exterior son en realidad, imágenes reflejadas por el cerebro. Cuando miran al mundo, entonces las impresiones externas pasan por el ojo hasta un cierto lugar en el cerebro y ahí son capturadas. Que una idea pueda llegar a ser se debe al hecho de que las impresiones están atrapadas en un cierto punto, no se les permite pasar a través —no, en todo caso, en su totalidad— sino que se reflejan de nuevo. Y cuando un hombre se convierte en clarividente, ya no son sólo objetos externos los que producen impresiones en el cerebro, sino las impresiones del hombre medio, que luego pueden ser reflejadas por el cerebro.

Lo que acabo de describir —las impresiones hechas por el hombre medio sobre el cerebro y el reflejo de estas últimas impresiones— está aún muy lejos del proceso que describí como sucediendo en el verdadero aspirante del ocultismo. Este último tiene una percepción directa e inmediata de su hombre intermedio, no sólo lo percibe a través del cerebro. Él mira dentro de sí mismo y ve allí lo que pertenece al Sol, ve también en su cerebro lo que pertenece a las Estrellas. El estado clarividente, por otro lado, del que ahora estamos hablando, donde los procesos interiores del hombre, la naturaleza del Sol en el hombre medio, son reflejados por el cerebro —aun cuando las impresiones externas que vienen a través de los sentidos se reflejan en el cerebro— es característico de la antigua clarividencia de los hombres en tiempos antiguos. Para ellos, la percepción tuvo lugar por medio del hombre medio. En primer lugar, no percibían las cosas externas. Sólo percibían el Sol como algo que estaba presente en sí mismos y lo percibían en la reflexión, porque lo sostenían en el cerebro y lo percibían como una idea de la naturaleza del Sol dentro de ellos.

Ha habido pueblos de este carácter, que en ciertos estados naturalmente clarividentes se han apoderado, por así decirlo, en su cerebro de la naturaleza del Sol dentro de ellos y han hecho de la percepción una idea. ¿Cómo les apareció entonces? Fue proyectada hacia fuera, pero no se percibía como las ideas a las que estamos acostumbrados, y que tienen su fuente en el mundo exterior; aparecía como la luz del sol interior, —sin embargo, como que venían desde el exterior. Y cuando se hizo la investigación de la fuente de la apariencia, cuando los aspirantes  del ocultismo se dispusieron a aprender cómo se encontraban en tales condiciones, entonces se hicieron claramente conscientes de la naturaleza del Sol que está en el hombre medio. El hombre tiene este elemento parecido al Sol en él, porque él mismo es un ser Solar. Lo que se manifiesta en el instrumento del cerebro se relaciona con el hecho de que el hombre es un ser de las estrellas, que está en verdad formado a partir de todo el espacio cósmico. Lo que ahora percibe, sin embargo, tiene relación con el hecho de que la Tierra ha hecho girar alrededor de ella a la Luna y que la Luna en su revolución alrededor de la Tierra tiene una poderosa influencia sobre el ser humano.

En aquellos tiempos antiguos el hombre estaba constituido de tal manera que la Luna tenía una influencia particularmente fuerte en su cerebro. La consecuencia era que la antigua clarividencia era muy dependiente de las fases lunares y se manifestaba en su mayor parte en las conexiones que se expresaban en las fases de la Luna. Por un espacio de catorce días la clarividencia aumentaba y catorce días después disminuía nuevamente. Su influencia era mayor en el período medio de la Luna. Hubo momentos en que los hombres sabían: somos seres solares. Lo sabían porque podían percibir al Sol a través de la idea interior formada en el cerebro. Pero esto se producia a través de la influencia de la Luna. La antigua clarividencia a menudo funcionaba de la manera indicada. El hombre se entregaba a sí mismo a lo largo de los veintiocho días a la Luna creciente y a la luna menguante. Había días en que la influencia de la Luna era particularmente fuerte y en consecuencia la clarividencia estaba presente en todos; la conciencia clarividente interior se hacía sentir en todos los hombres. Cuando los iniciados en el ocultismo llegaron a personas de este tipo con la misión de determinar para ellos el carácter de su religión, entonces por la misma razón que otros pueblos se hicieron adoradores del Sol (o Día) y de las Estrellas (o Noche) este tercer tipo de personas se hicieron adoradores de la Luna. De ahí el culto de la Luna, que se encuentra entre muchos pueblos antiguos.

Moisés aprendió a conocer esta adoración a la Luna en su forma original a partir de los iniciados egipcios, y fue uno de los más grandes de los que hicieron de la adoración lunar la religión de un pueblo. Porque Moisés la convirtió en la religión del antiguo pueblo hebreo. La adoración a Iahvé del antiguo pueblo hebreo es una adoración muy espiritualizada de la Luna. Y permitió al pueblo hebreo retener en tiempos posteriores la conciencia de que el hombre está conectado con lo que está fuera y más allá de la Tierra, que su ser no está confinado a la Tierra.

Así era con los adoradores de la Luna de épocas muy antiguas, como también con los adoradores del Sol y de las Estrellas, que había muy poco conocimiento entre las mismas personas de cómo las Estrellas, el Sol y la Luna aparecieron al clarividente —espiritualmente, y no en absoluto como objetos que se ven con órganos externos. La gente de los tiempos antiguos no habría comprendido si se les hubiera dicho: “Oren a lo que es la fuente y origen de su hombre medio, pero no lo imaginen como la imagen del Sol que se puede percibir con los sentidos; piensen en ello como algo suprasensible que está detrás del Sol”. Igual de poco habrían entendido los adoradores de las Estrellas si se les hubiera dicho que el órgano de su pensamiento tenía su origen en los lejanos espacios cósmicos, pero que no debían imaginarse que esto significaba, la imagen del cielo estrellado como podía ser percibido con el ojo exterior, debían pensar más bien en lo invisible que está detrás de los cielos estrellados, en la multitud de Seres espirituales que están en las Estrellas. Esto era conocido por los iniciados, pero no podía decirse a los adoradores del Sol y las Estrellas. Del mismo modo, no habría sido de ninguna utilidad decir a los pueblos lunares: “Imagínense a un Ser invisible que tiene como su cuerpo exterior la Luna”. Sin embargo, era posible decir algo más, y esto es lo que Moisés dijo al pueblo hebreo. No podría haberse dicho a los más antiguos adoradores de la Luna, sino sólo al antiguo pueblo hebreo. Porque Moisés no dirigió a su pueblo a la Luna visible, sino al Ser en quien estaba el origen de la antigua clarividencia de todos los pueblos. Esta clarividencia se había dado al hombre, como una especie de compensación, cuando se le colocó en la condición de tener que alternar con su conciencia entre el día y la noche, y le trajo un conocimiento del mundo, que se parecía a lo que viene a la expresión en los rayos reflejados del Sol. La reflexión del Sol sólo podía ser algo externo para el hombre, sólo podía darle una conciencia de la Tierra —una conciencia del día y una conciencia nocturna que, como mucho, sólo era consciente del mundo exterior visible de las estrellas— y así se le dio una clarividencia al hombre de la antigüedad como compensación; le fue dada por la posibilidad de alternancia en esta conciencia diurna y nocturna —una antigua clarividencia que se deriva del Ser espiritual de la Luna y tiene también relación, localmente, con la Luna.

Cuando en el transcurso de la evolución llegó el momento de que esta conciencia clarividente gradualmente se fue oscureciendo y desvaneciendo, se creó para los antiguos hebreos un sustituto más espiritual en la Luna invisible, Iahvé o Jehová de quien Moisés enseñó nunca debe ser confundido con cualquier cosa que se pueda ver exteriormente ni con ninguna imagen que se haga de él para la visión externa. Por lo tanto, Moisés prohibió categóricamente al pueblo hebreo considerar cualquier imagen en el mundo exterior como una imagen de Iahvé; les prohibió también hacerse una imagen que pudiera representar algo que no fuera producto del mundo exterior, así como hacerse cualquier imagen tomada del mundo exterior, del Dios invisible, suprasensible.

La religión de Iahvé se ve así en una notable relación con la religión lunar que fue dada por la antigua clarividencia en los primeros días de la humanidad. Por el bien de aquellos a quienes interesa, podemos mencionar aquí que fue H. P. Blavatsky quien, por motivos absolutamente auténticos, señaló que la religión de Iahvé era en cierto sentido una especie de resurgimiento de la antigua religión lunar. H. P. Blavatsky, sin embargo, no llegó tan lejos en su investigación como podemos hacer hoy, por lo tanto la conexión que aquí se ha establecido no estaba completamente clara para ella. El conocimiento de que la religión de Iahvé es una religión lunar sugirió más bien a H. P. Blavatsky que esta antigua religión de Iahvé era un poco menos digna por eso. Sin embargo, este no es el caso. Cuando uno sabe que la religión a Iahvé del antiguo pueblo hebreo tiene su origen en la antigua clarividencia y conserva, por así decirlo, la memoria de la antigua clarividencia, entonces se puede percibir y apreciar la santidad y profundidad de esta religión a Iahvé.

Nuestro estudio nos ha llevado a una comprensión de ciertas experiencias importantes de los aspirantes del ocultismo, que en una conciencia superior son capaces de aprender por experiencia real que el hombre pertenece en su ser al mundo entero, percibiendo cómo el hombre medio es en realidad un hombre Solar, y el hombre superior un hombre Estelar. Y también hemos visto lo que el ocultismo es capaz de reconocer en las religiones externas, a saber, que fueron en gran medida dados a la humanidad como religiones muy antiguas y hasta como antiguas teosofías. Porque cuando el hombre de los tiempos antiguos desarrolló una necesidad de adoración y oración, en ese momento algo de la vieja clarividencia empezó a moverse dentro de él, de modo que no tenía necesidad de creer simplemente lo que los viejos iniciados le dijeron sino que fue capaz de comprenderlo a pesar de que no podía verlo. Las religiones antiguas son, pues, en gran medida teosóficas. Y las enseñanzas teosóficas que fueron dadas por los ocultistas fueron determinadas de acuerdo a la sección de la Tierra que ese pueblo en particular estaba destinado a habitar.

Como habrán visto, por el momento hemos tenido que dejar de lado al hombre inferior, el tercer hombre de siete miembros. Volveremos a el y encontraremos de una manera notable el “Gran Misterio” que se presentó al alumno, y cómo el discípulo se desarrolla aún más por medio de la iniciación que solo puede conducir a una comprensión de la verdadera naturaleza de hombre.

Traducido por Gracia Muñoz

 

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