GA171c2. La Influencia de los Seres Luciféricos y Ahrimánicos en el Desarrollo Histórico. La clara Percepción del Mundo Sensorial y Imaginaciones Libres como la Tarea de Nuestro Tiempo. Genghis Khan y el descubrimiento de América

Rudolf Steiner – Dornach, 17 de septiembre de 1916

English version

Ayer tratamos de caracterizar las fuerzas que impregnaron Grecia y Roma para obtener una idea de las influencias que han sido portadas desde la cuarta a la quinta época post-atlante, y dimos algunas indicaciones sobre dónde hemos de buscar hoy en día signos de la actividad continuada de las fuerzas de la cuarta época post-Atlante. Quiero pedirles ahora que dirijan su atención una vez más a nuestra descripción de las civilizaciones de Grecia y Roma.

Debido a la forma en que se desarrolló, la civilización de Grecia fue motivo de gran decepción para los poderes luciféricos. Uno sólo puede, por supuesto, decir estas cosas a partir de la cognición imaginativa, y esto también se cumple para lo que se les va a presentar hoy. El desarrollo de la civilización griega fue una gran decepción para los poderes luciféricos porque esperaban de ella algo bastante diferente. Piensen en lo que esto significa. Habían esperado que la civilización de Grecia, la cuarta época de los tiempos post-atlantes, trajera a la existencia para ellos todo lo que se habían esforzado por alcanzar durante los tiempos Atlantes. Durante la Atlántida habían desarrollado ciertas actividades, ciertas influencias y fuerzas y habían esperado ver los frutos de su labor en la cuarta época post-Atlante. ¿Qué era lo que estaban buscando realmente?

Para hablar de tal asunto miremos justo en el alma luciférica. Llegamos a conocer esta vida luciférica que se esfuerza continuamente, esperando poder conseguir ciertos resultados, pero que continuamente se encuentra con una nueva decepción. Un lógico preguntaría naturalmente, “¿Por qué no dejan de intentarlo estos poderes luciféricos? ¿Por qué no ven que deben acabar siempre y repetidamente decepcionados?” Tal conclusión sería propia de la sabiduría humana, no de la luciférica. En todo caso, los poderes luciféricos tienen aún que llegar a esta conclusión. Por el contrario, su práctica es redoblar sus esfuerzos donde experimenten la decepción.

¿Qué era, entonces, lo que los poderes luciféricos esperaban de esta cuarta época post-atlante? Querían obtener el dominio sobre todas las fuerzas anímicas del pueblo griego, aquellas fuerzas anímicas que, como hemos visto, estaban dirigidas a trasladar las antiguas imaginaciones del período Caldeo-egipcio, e incorporarlas en las creaciones de sus propias fantasías. Los poderes luciféricos se esforzaron por actuar con tanta fuerza sobre los seres humanos de la civilización griega, de tal forma que sus imaginaciones, refinadas y destiladas hacia la fantasía, llenaran todo su ser. Los griegos se hubieran perdido entonces en un mundo anímico, en un pensamiento, sentimiento y voluntad cotidianos que hubiera consistido enteramente de estas sutiles imaginaciones que se hubieran tornado completa fantasía.

Si los griegos no hubieran desarrollado nada en sus almas excepto estas imaginaciones refinadas hasta la fantasía, si estas tentadoras imaginaciones hubieran llegado a colmar sus almas por completo, los poderes luciféricos hubieran sido capaces de extraer a los griegos y a una gran parte de la humanidad fuera de la evolución humana para situarlos en su propio mundo luciférico. Esta era la intención de los poderes luciféricos. Desde la época Atlante en adelante, su esperanza era lograr durante la cuarta época post-atlante lo que no habían conseguido en la Atlántida. La humanidad, en la etapa que había alcanzado entonces, habría sido incorporada al cosmos. Querían nada menos que crear para sí mismos un mundo separado en que la gravedad terrestre no existiera, en que los seres humanos habitaran con una absoluta liviandad suprasensible, enteramente entregados a una vida de fantasía. La esperanza de los seres luciféricos era crear un cuerpo planetario, que contuviera a aquellos miembros de la humanidad que hubieran alcanzado este elevado desarrollo en la vida de fantasía. Trataron por todos los medios de llevar las almas de los griegos lejos de la Tierra. Si lo hubieran logrado, estas almas hubieran renunciado gradualmente a ella. Los cuerpos que aún encarnaran hubieran degenerado. Hubieran nacido seres sin yoidad, la Tierra entera habría caído en la decadencia y hubiera comenzado un especial reino luciférico. Pero esto no llegó a suceder. ¿Por qué?

Esta condición no surgió porque, entremezclado con la “locura auto-divinizante” de la poesía griega, citando a Platón, estaba el genio y la grandeza de la filosofía y sabiduría griegas. Los filósofos griegos –Heráclito, Tales, Anaxímenes, Anaximandro, Parménides, Sócrates, Platón y Aristóteles– salvaron a la civilización griega de espiritualizarse completamente en una vida de fantasía. Mantuvieron a los griegos sobre la Tierra, proporcionando las más vigorosas fuerzas que mantuvieron a Grecia dentro de la evolución terrenal. Al considerar el curso de la historia, debemos siempre tener en cuenta las fuerzas que residen tras la realidad física y que son las verdaderas causas de todo lo que sucede. Fue, entonces, de esta forma como Grecia se preservó para la evolución terrenal.

Ahora bien, los seres luciféricos hubieran sido incapaces de lograr nada en absoluto sin el concurso de los seres ahrimánicos. Contaron con su apoyo en todas sus intenciones y esperanzas. Ciertamente, en esta clase de actuaciones, siempre debe suceder que dos fuerzas aúnen sus esfuerzos. Del mismo modo que los seres luciféricos quedaron decepcionados con Grecia, igualmente los seres ahrimánicos quedaron decepcionados con Roma y con la forma en que se orientó. Los seres luciféricos querían alejar las almas griegas del planeta Tierra y los seres ahrimánicos querían contribuir con sus esfuerzos a que la civilización romana asumiera una determinada forma. Los seres ahrimánicos ejercieron sus mayores esfuerzos en Roma, igual que los seres luciféricos lo hicieron en Grecia. Calcularon que surgiría una cierta petrificación sobre la Tierra debido a una obediencia y sometimiento ciegos a Roma. ¿Qué querían conseguir los poderes ahrimánicos en Roma? Querían establecer un imperio romano que se extendiera por todo el mundo conocido en aquel entonces, comprendiendo dentro de él toda actividad humana. Estaría enteramente dirigido desde Roma con la centralización más estricta y el desarrollo máximo de la ley del poder. Buscaban establecer una maquinaria de estado enormemente enérgica que incluiría y sometería toda vida religiosa y artística. Su meta sería erradicar toda individualidad. Cada pueblo y cada ser humano constituiría meramente alguna pieza de esta poderosa maquinaria del estado.

Gracias a la claridad de sus filósofos, sin embargo, Grecia no se adormeció en el sueño luciférico, ni Roma se endureció como deseaban estos poderes ahrimánicos, porque en Roma, también, había algo actuando contra ellos. Esto se describió en la conferencia anterior como los ideales romanos, pero los ideales legales, políticos y militares que se desarrollaban entonces no hubieran podido contener solos a Ahriman. Dentro de la civilización romana los poderes ahrimánicos se reunieron para un tremendo ataque. Ese intento fue como una repetición de su intento hecho en los tiempos atlantes, y desarrolló poderes y fuerzas infinitamente grandes. Pero la intención de Ahriman fue dificultada desde otra dirección. Fue, al principio, evitada por algo que, a primera vista, podría contemplarse como un rasgo inferior del carácter romano, pero no era el caso. En realidad, los romanos tenían necesidad de lo que puede parecer que describí con cierta antipatía en la conferencia anterior. Necesitaban su implacable y pertinaz egoísmo, esa agitación continua de las emociones, para ser capaces de marchar contra los poderes ahrimánicos. La historia romana –les ruego expresamente que noten esto– no es una revelación de los poderes ahrimánicos. Aunque están en el trasfondo, es una lucha contra ellos. Si todo es confuso y egoísta, pareciendo tender cada vez más hacia una politización del mundo entero, es porque sólo de esta manera podían resistirse a la mecanización de Ahriman.

Todo esto solo, sin embargo, no hubiera tenido mucho valor. Roma también había recibido el cristianismo, que hubiera asumido una determinada forma otorgando a Ahriman una espléndida oportunidad para lograr sus objetivos ya que, a través del declive espiritual de una ley romana que se hubiera transformado en un papado, podría haberse logrado la mecanización de la cultura. Así que tuvo que añadirse otro poder externo contra Ahriman, que actúa con medios mucho más externos que Lucifer. Ahriman, como hemos visto, desvió las fuerzas del cristianismo para su propio servicio. Otro poder debía enfrentarse a él. Este poder fue el ataque de las tribus germánicas provocado por la migración de los pueblos en Europa. A través de este ataque a Roma, se impidió la mecanización del mundo bajo un único y omniabarcante Imperio Romano. Si estudian todo lo que tuvo lugar en la migración de estos pueblos, encontrarán que pueden obtener una verdadera comprensión de esto cuando lo ven desde este punto de vista. Cuando sucede la migración de pueblos en el mundo romano, no se acaba de ese modo con la historia romana, sino que son repelidos los poderes ahrimánicos, combatidos a lo largo de la historia por los romanos.

Así conoció Ahriman su decepción, como Lucifer conoció la suya. Pero asumirán sus tareas nuevamente durante la quinta época post-atlante con mucha más determinación. Aquí está el punto en que debemos comprender las fuerzas actuantes en nuestra época, en la medida en que tal comprensión sea posible hoy en día.

La cuarta época post-atlante se extiende tanto hacia atrás como hacia delante a partir de su punto central en el 333 d.C. Finalizó alrededor del 1413 d.C. y comenzó sobre el 747 a.C. Estas son, por supuesto, fechas aproximadas. Acabo de decirles que las decepciones de Lucifer y de Ahriman, por las formas que habían asumido las civilizaciones griega y romana, les ha conducido a hacer esfuerzos aún mayores durante nuestra quinta época post-atlante. Sus esfuerzos ya se encuentran activos en las fuerzas humanas actuantes desde el siglo XV. No importa si algo sucede unas décadas antes o después. En la realidad exterior física, que asume la forma de la “gran ilusión”, las cosas aparecen algo “descolocadas”.

El hecho de que la civilización romana pudiera mantenerse en la evolución de la humanidad de la forma que lo hizo, se debió a los sucesos provocados por las migraciones de los pueblos. Si Roma se hubiera desarrollado de tal forma que hubiera surgido un omniabarcante imperio mecanizado, sólo hubiera sido habitable para los seres humanos carentes de yoidad, que se hubieran quedado sobre la Tierra después de que Lucifer hubiera extraído sus almas en el camino de la cultura y el arte griegos. Ustedes ven cómo actúan juntos Ahriman y Lucifer. Lucifer quiere arrebatar las almas de los hombres y fundar con ellas un planeta propio. Ahriman tiene que ayudarle. Mientras Lucifer succiona el zumo del limón, por así decirlo, Ahriman lo exprime, endureciendo de ese modo lo que quede. Esto es lo que trató de hacer con la civilización de Roma. Aquí tenemos un importante proceso cósmico en acción, todo ello debido a la intención y resolución de los poderes luciféricos y ahrimánicos. Como he dicho, estaban decepcionados. Han continuado sin embargo con sus esfuerzos, y nuestra quinta época post-atlante aún tiene que aprender cuán fuertes son estos ataques. Ahora sólo están empezando, pero se harán más y más fuertes. Esta época debe aprender también que la necesidad de comprender estos ataques será cada vez más perentoria. Al comienzo de una época los seres retardados no pueden actuar con fuerza. Aún estamos sólo al comienzo, e incluso aunque se manifestasen sólo posteriormente, los poderes luciféricos y ahrimánicos comenzaron a ejercer sus fuerzas antes del fin de la cuarta época post-atlante.

Para comprender cómo actúan estos poderes durante la quinta época post-atlante, debemos dirigir nuestra atención por un momento a lo que está previsto para el hombre en el curso normal de su evolución. Está legítimamente previsto que dé un paso más hacia delante. El paso dado por la humanidad en la cuarta época post-atlante se reveló en la cultura de los griegos y en el desarrollo político de los romanos, y fue a través de la batalla con Lucifer y Ahriman como se produjo lo que estaba realmente previsto. Estas fuerzas opositoras son siempre de tal naturaleza que encajan en el plan progresivo del mundo. Pertenecen a él y son necesarias como fuerzas opositoras. ¿Pero qué especiales cualidades han de desarrollar los hombres de la quinta época post-atlante, la nuestra?

Sabemos que esta es la época del desarrollo del alma consciente y que, para lograr esto, deben hallarse activas una serie de fuerzas, anímicas y corporales. Primero, es necesaria una clara percepción del mundo sensible. Esta no existía en tiempos anteriores porque, como ustedes saben, había un elemento visionario, imaginativo actuando continuamente en el alma humana. Los griegos aún poseían fantasía pero, como hemos visto, después de que la fantasía y la imaginación se hubieran apoderado de la humanidad, como sucedió con los griegos, se hizo necesario entonces que los hombres desarrollaran la facultad de ver el mundo natural externo sin que lo iluminara una visión tras dicho mundo. No necesitamos imaginar que tal visión ha de ser una visión materialista. Ese punto de vista es en sí mismo una percepción ahrimánicamente pervertida de la realidad sensorial. Como se indicó antes, la observación de la realidad sensorial es una tarea que le incumbe al alma humana en nuestra quinta época post-atlante.

La otra tarea es desarrollar imaginaciones libres al lado de la clara visión de la realidad, en cierto modo, una especie de repetición de la época Egipcio-caldea. Hasta la fecha, la humanidad no ha progresado demasiado en esta tarea. Las imaginaciones libres buscadas a través de la ciencia espiritual significan imaginaciones no como las de la tercera época post-Atlante, sino imaginaciones sin restricciones y sin reducirse a la fantasía. Significa imaginaciones en las que el hombre se mueva tan libremente como lo hace solamente en su intelecto. Esa, entonces, es la otra tarea de esta quinta época. El desarrollo de estas dos facultades conducirá a un correcto desarrollo del alma consciente en nuestra época actual.

Goethe tuvo una maravillosa comprensión de esta clara percepción, que, contraria al punto de vista materialista, describió como su “fenómeno primordial” (Urphänomen). Encontrarán que se ha tratado esto con extensión en las obras de Goethe, y he hablado de ello en mi explicación del fenómeno primordial. La suya es una clara y pura percepción de la realidad y de su fenómeno primordial. Goethe no sólo dio el primer impulso para las percepciones libres de toda visión sino también para las imaginaciones libres[1]. Lo que él nos ha dado en su Fausto, incluso aunque no ha abundado demasiado en la dirección de la ciencia espiritual, y en comparación con la ciencia espiritual es aún más o menos instintivo, es sin embargo el primer impulso hacia una vida imaginativa libre. No es un mero mundo de fantasía, aunque hemos visto cuán profundo es realmente ese mundo de fantasía que se desarrolla en las imaginaciones libres del maravilloso drama Fausto.

Así, en contraposición a este fenómeno primordial, tenemos lo que Goethe llama percepción intelectual típica. Lo encontrarán descrito en detalle en mi libro The Riddle of Man [El Enigma del Hombre (GA 20)]. Este modo de pensamiento debe seguir desarrollándose. Los hombres de la quinta época post-tlante, sin embargo, no deben contemplar meramente la realidad. Deben ser capaces de vivir con la realidad. Deben empezar a trabajar, como Goethe, y, actuando de una manera bastante diferente a la de los físicos materialistas, hacer realmente tal uso de su equipo de laboratorio, que produzca el fenómeno primordial para ellos. Tendrán entonces que concebir alguna forma de introducir el fenómeno primordial en la vida práctica. Como ustedes saben, está en la naturaleza y predomina totalmente en ella. Las intenciones de la humanidad que provengan de las imaginaciones libres tendrán que estar incluidas en este fenómeno primordial de la naturaleza. Por una parte, los hombres tendrán que dirigir su mirada con bastante imparcialidad al mundo exterior para trabajar en él y obtener conocimientos de él. Por otro lado, mediante una poderosa aplicación de sus personalidades, tendrán que ponerlo todo en movimiento interno para encontrar las imaginaciones para la actividad y el conocimiento exteriores. Gradualmente, el alma consciente y su cultura lograrán esta transformación.

Habrá ciertamente unilateralidad en esta época cultural. Eso no hace falta decirlo. Nuestra cognición dirigirá sus esfuerzos solamente hacia el exterior, como en el caso de Bacon, o sólo hacia el interior, como Berkeley. Ya hemos hablado de esto. La vida imaginativa que mana desde el interior no se desarrollará sin todo tipo de influencias perturbadoras. Pero incluso ahora podemos señalar momentos en este desarrollo en que alguien sienta esta vida imaginativa libre brotando en su alma. En estos comienzos no es aún en gran medida libre, pero podemos afirmar cómo un hombre tan significativo como Jacob Boehme, poco después de que comenzase la quinta época post-atlante, sintió cómo estaba tratando de desarrollarse en su alma. Él expresó esto en su obra Aurora, y al leerla podemos sentir cómo actuaba en su interior la vida imaginativa. Debe llegar a ser libre; Boehme aún la siente un poco restringida. No obstante, sabía que era algo creador divino que estaba actuando en él. Así que Boehme estaba, en cierto sentido, en el polo opuesto a Bacon, cuyos esfuerzos siempre dirigían su atención al mundo externo. Jacob Boehme, sin embargo, estaba totalmente absorto en el mundo interior, y describió este mundo maravillosamente en la Aurora:

“Declaro ante Dios, dice porque está hablando de su alma interior, que no sé cómo llegó a sucederme esto”. Se refiere con esto a cómo surgieron las imaginaciones en él. “Sin sentir el impulso de la voluntad, tampoco sé lo que tengo que escribir”.

Así es como Boehme habla del surgimiento de las imaginaciones en sí mismo. Detecta el comienzo de fuerzas que deben crecer y fortalecerse continuamente en los hombres de la quinta época post-Atlante.

“Declaro ante Dios que no sé cómo llegó a sucederme esto. Sin sentir el impulso de la voluntad, tampoco sé lo que tengo que escribir. El espíritu me dicta con un grande y maravilloso conocimiento lo que escribo, así que a menudo no sé si estoy en este mundo con mi espíritu, y me regocijo extremadamente de que este seguro y continuo conocimiento me sea así concedido”.

Boehme describe el influjo del mundo imaginativo. Podemos ver que siente armonía y reposo en su alma, y describe cómo las almas de los hombres, en el progreso normal y correcto de su evolución, permitirán que estas fuerzas interiores se apoderen de ellas, fuerzas interiores que han de fortalecerse en ellos en la quinta época post-Atlante. Pero uno debe tomar posesión de ellas en el puro ser interior del espíritu y evitar de ese modo tortuosos senderos. En el siglo XVII uno tenía que hablar de estas fuerzas de un modo muy parecido a Boehme, que habló como un hombre completa y totalmente entregado a la rectitud divina.

El objetivo completo de la acción de los poderes luciféricos y ahrimánicos en la quinta época post-atlante, en lo relativo tanto a la percepción del fenómeno primordial como al desarrollo de las imaginaciones libres, es entorpecer estas fuerzas para que no surjan en el hombre. Los poderes luciféricos y ahrimánicos actúan durante esta quinta época post-atlante para perturbar a estas fuerzas en el alma humana, para emplearlas con un fin incorrecto, extrayendo así las almas de los hombres de la esfera terrestre para establecer una nueva esfera propia. Muchos factores deben trabajar conjuntamente para perturbar el desarrollo correcto, reposado y lento de estas fuerzas. Noten bien que digo el desarrollo reposado y lento porque el período completo de 2160 años, que comenzó en 1413 DC., debería utilizarse para el desarrollo gradual de las fuerzas que he nombrado, es decir, las imaginaciones libres y el desarrollo gradual del trabajo con el fenómeno primordial. En intervalos –a trompicones, por así decirlo- los seres luciféricos y ahrimánicos arrojan todo el peso de su oposición contra esta correcta evolución. Cuando tenemos en mente que todo está preparado por el mundo más allá de la Tierra mucho antes de que suceda, no nos sorprenderá entonces encontrar que se hacen preparativos para oponer las mayores fuerzas contra la evolución normal de la humanidad.

Ya hemos visto cómo los poderes luciféricos y ahrimánicos vertieron lo que habían desarrollado en los tiempos Atlantes en Grecia y en Roma. Ahora, de una forma alterada, han tratado de repetir estos esfuerzos antes de la llegada de la quinta época post-atlante. No les sorprenderá que afirme, que para esta quinta época, también, había de hallarse presente un poderoso ímpetu portando las secuelas, en un sentido luciférico y ahrimánico, de la Atlántida. Sabemos que las influencias atlantes se extendieron desde una región que fue llamada Atlántida incluso por Platón. Hagamos un diagrama e imaginemos a la Atlántida aquí, entonces a su derecha estaría Europa y Asia, y aquí a la izquierda estaría América. Las antiguas fuerzas atlantes, incluyendo las antiguas fuerzas luciféricas y ahrimánicas, se extendieron desde la Atlántida. Alguna parte de estas fuerzas atlantes, sin embargo, fue contenida, y vino a actuar en nuestra quinta época post-atlante en forma de fuerzas luciféricas y ahrimánicas. Es decir, una parte de las fuerzas del Bien, que estaban en su lugar durante los tiempos atlantes, fueron trasladadas a nuestro propio tiempo para convertirse en fuerzas luciféricas y ahrimánicas. Sólo el centro fue transferido a otra región.

[1] Esta distinción entre la percepción pura libre de imágenes de la memoria y las visiones por un lado, y una imaginación objetiva que comienza con el pensamiento independiente del cerebro por el otro, se desarrolla en Boundaries of Natural Science [Los límites de la Ciencia Natural], Anthroposophic Press, 1983.

La Atlántida, como sabemos, ya no está, y el centro se trasladó a Asia. Deben imaginarlo en el lado opuesto de mi dibujo y deben imaginar también los efectos de la antigua cultura atlante, desplegándose desde ella como una preparación para la quinta época post-Atlante.

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Trataron de luciferizarla y ahrimanizarla. Realmente fueron los descendientes de los antiguos maestros atlantes los que ahora actuaban desde un lugar de Asia. Allí un sacerdote había sido educado para contemplar, para tener una visión tardía, por así decirlo, de lo que los atlantes llamaban el “Gran Espíritu” y recibir sus órdenes. El sacerdote comunicaba estas órdenes a un joven de energía y fuerza extraordinarias quien, en virtud de su autoridad, recibía el nombre de “El Gran Gobernante de la Tierra” por parte de su comunidad. Este joven era Genghis Khan. El Gran Espíritu, a través de su seguidor y a través de ese sacerdote, dio a Genghis Khan la orden de convocar a todos los poderes de Asia para extender la influencia que conduciría a la quinta época post-atlante de una forma luciférica retardataria. Estas fuerzas –que eran mucho más poderosas que las fuerzas establecidas en la cultura griega– se emplearon por completo con este fin. Las imaginaciones libres iban a ser transformadas en antiguas imaginaciones visionarias. Se hicieron todos los esfuerzos por adormecer el alma humana para que soñara en una atenuada experiencia de imaginaciones en vez de una experiencia libre, llena por completo de clara comprensión.

Con la ayuda de las fuerzas especiales que se habían preservado desde la Atlántida, el propósito pretendido era ejercer una influencia en Occidente que volviese “visionaria” su cultura (conducida por imaginaciones espirituales).  Entonces hubiera sido posible separar las almas de los hombres con respecto de la Tierra y formar un nuevo continente, un nuevo cuerpo planetario con ellos. Todo el malestar y las molestias que entraron en la evolución del hombre moderno a través de las invasiones mongolas, todo lo relacionado con ellas que ha seguido actuando en la quinta época post-atlante, todas estas molestias, que fueron preparadas hace mucho, no son nada más que el gran intento que se está realizando desde Asia para provocar una cultura europea visionaria. La apartaría de las condiciones de su desarrollo ulterior y la alejaría totalmente de la vida terrena, igual que Oriente ha experimentado una y otra vez este sentimiento de estar lleno con la visión y el anhelo de separarse de la tierra.

Era necesario algo que contrarrestara esta tendencia. Había de crearse una tendencia opuesta como contrapeso que se moviera en la dirección de la evolución normal de la humanidad. La influencia del sacerdote de Genghis Khan estaba pensada para provocar una especie de liviandad “levitante” en la raza humana que alejaría al hombre de la Tierra. En contraposición a esto, tenía que haber una pesantez correspondiente, proveniente del peso de la Tierra (gravedad); esto lo proporcionó el descubrimiento del mundo occidental. América, con todo lo que conlleva, fue descubierta y de ese modo se dio al hombre la pesantez de la Tierra, el deseo de permanecer en ella. El descubrimiento de América y todo lo relacionado con ella, y la forma en que el hombre vivenciaba su vida en los múltiples nuevos lugares descubiertos sobre la Tierra, todo esto, cuando se contempla en su conjunto completo de relaciones, se muestra como una fuerza de contrapeso a la actividad de Genghis Khan. América tenía que ser descubierta para que el hombre pudiera acercarse más a la Tierra, para que se hiciera cada vez más materialista. El hombre necesitaba peso y fuerza de gravedad para contrarrestar la espiritualización, que era el objetivo de los descendientes del “Gran Espíritu”.

Junto a este proceso regular a través del cual se extendió el campo de acción de la vida humana hasta el continente americano, encontramos las otras fuerzas, los poderes ahrimánicos del “Gran Espíritu”, interviniendo de nuevo. Una influencia vino de América a Europa, y otra vino desde Asia para impregnar América. Así, se desarrollaron las fuerzas regulares (progresivas) por medio del descubrimiento de América, a la vez que se desarrollaron poderosos ataques ahrimánicos. Al principio actuaban con menor fuerza, pero seguirán actuando en nuestro tiempo y en el futuro. Debemos aprender a reconocer estas fuerzas ahrimánicas.

Lo que Roma había logrado con la Iglesia y el estado eclesial fue aprovechado por las influencias ahrimánicas. Mientras que es comparativamente fácil ver cómo las influencias luciféricas actuaron sobre Genghis Khan –tenemos el conocimiento exacto del hecho de que un sacerdote fue iniciado por el seguidor del “Gran Espíritu”– es mucho más difícil decir cómo actuaba el espíritu ahrimánico. Esto es porque la influencia ahrimánica es dispersa y aislada. Pero sólo necesitan estudiar cómo España, tan estrictamente católica y romana como lo fue, se quedó fascinada por todos los tesoros de oro que se descubrieron en América. ¡Qué dominación tenía sobre ella! Pueden observar lo fuerte que aún era la acción espectral del antiguo romanismo en un gobernante como Fernando de Aragón (y Castilla) o Carlos V, el gobernante del reino sobre el que “el sol nunca se ponía”. Estudien la reacción de Europa al descubrimiento y apertura gradual de América y verán qué tentaciones vinieron de aquella dirección. Tomada en su conjunto, constituye una historia de tentación entrelazada con una historia que sigue un curso regular.

Por favor no vayan por ahí diciendo que he presentado el descubrimiento de América como un acto ahrimánico. En realidad, he dicho lo contrario. He dicho que América tenía que ser descubierta y que ese acontecimiento era necesario para el progreso del mundo. Sin embargo, entraron las fuerzas ahrimánicas, y se establecieron en violenta oposición a lo que estaba sucediendo con bastante legitimidad en el curso normal del progreso evolutivo. Las cosas no son tan simples como para que podamos decir, “Ahí está Lucifer, y ahí está Ahriman; actúan y se comportan de tal y cual manera, y se dividen el mundo entre ellos”. De ningún modo las cosas son tan simples como eso.

Encontramos, por tanto, muchas fuerzas actuando en conjunto cuando nos disponemos a escucharlas en su campo de acción tras el plano físico. Estas fuerzas se apoderan de otras. Tratan de apoderarse de las fuerzas que han continuado en el hombre desde la cuarta época post-atlante para distorsionarlas y hacer que sirvan a sus propósitos. Consideren a un hombre como Maquiavelo. Encontrarán en él, el símbolo para la politización del pensamiento que comienza en el Renacimiento. Él es una auténtica revelación de todo el proceso. Fue un extraordinario y poderoso espíritu pero que, bajo el ataque de las fuerzas que he mencionado, da vida de nuevo a toda la actitud de pensamiento y mentalidad que tiene su origen en la Roma pagana de los tiempos antiguos. Obtendrán una verdadera imagen de Maquiavelo cuando estudien la historia de su tiempo y le vean, no como una simple personalidad, sino como la extraordinaria expresión de muchos que piensan del mismo modo. En él pueden observar estas fuerzas tratando de arremeter con toda velocidad, ayudándose de fuerzas atávicas –es decir luciféricas– que se han dejado atrás. Si las cosas hubieran ido como pretendió Maquiavelo, toda Europa se hubiera convertido en una máquina política. Oponiéndose al violento ataque de tales fuerzas se hayan aquellas que actúan en la dirección correcta (regular). En contraste a una figura como Maquiavelo, que fue puramente político y transformó todo el pensamiento del hombre en pensamiento político, podemos situar a otra gran figura, Tomás de Kempis, que también fue contemporáneo de Maquiavelo. Él permanece por completo en la corriente de “la lenta y gradual evolución”, actuando lenta y gradualmente. Fue cualquier cosa excepto un político.

 

Así podemos seguir las diversas corrientes en la historia. Encontraremos corrientes de evolución regular, y encontraremos también corrientes que fluyen desde tiempos remotos y son utilizadas por las fuerzas de las que les he hablado. Muchas fuerzas actúan juntas en la historia y es importante observar y estudiar sus relaciones. Un hombre como Jacob Boehme sintió surgir en su interior imaginaciones libres. Podemos decir de él que se fortificó contra los ataques de Lucifer y Ahriman por medio del carácter completo de su vida anímica y logró seguir el sendero recto de la evolución sin estorbos.

 

Al este de Europa, sin embargo, en toda la cultura del este, encontramos un incontable número de personas que sufren enormemente bajo la inquietante influencia de Lucifer. Su influencia es, como sabemos, alejar más y más al hombre de la Tierra, extraerle justo de su cuerpo físico para que caiga perpetuamente en un estado en que se convierte en poco más que una imagen de sí mismo y que todo sea alma. Esa es la tendencia que se ha introducido en Europa Oriental.

A Occidente se le dio el sentimiento de ser alejado en la otra dirección. El mundo imaginativo fue descendido al pesado cuerpo físico, de tal modo que lo que legítimamente debería ser una imaginación libre actuando meramente en el alma se convierte, en vez de ello, en algo que conduce al alma hacia el organismo, provocando de este modo que el organismo también viva con las imaginaciones. A duras penas encontrarán una descripción más elocuente de lo que quiero decir, que las palabras de Alfred de Musset en las que trata de darnos una imagen de la condición de su alma. De Musset es alguien que siente la presencia de la vida imaginativa en sí, pero también siente el ataque sobre su vida imaginativa, que pretende descenderla hacia la naturaleza corporal. Esta vida imaginativa, que no pertenece a la naturaleza corporal sino que debiera desarrollarse libremente, suspendida en el alma y existiendo únicamente como algo anímico, es poseída por la gravedad terrestre y por lo que pertenece al cuerpo. En su libro, Elle et Lui, que fue inducido a escribir a partir de su relación con Georges Sand, encontrarán una magnífica descripción de su vida anímica. Me gustaría citar aquí un pasaje que servirá para mostrarles cómo se siente al estar situado dentro de una vida imaginativa que es escenario de conflicto y disputa. Dice: “La creación me perturba y me desconcierta; me hace temblar. La ejecución, siempre demasiado lenta para mi gusto, mi corazón comienza a latir salvajemente. Llorando, y conteniéndome con dificultad para no gritar, doy nacimiento a una idea. En el momento de su nacimiento me intoxica, pero a la mañana siguiente me llena de aversión. Si trato de modificarla y cambiarla, sólo empeora y se me escapa completamente. Sería mejor para mí olvidarla y esperar otra. Pero ahora me viene otra con tal desconcierto y con unas dimensiones tan insondables que mi pobre ser no puede captarla. Me aplasta, me tortura, hasta que puede realizarse. Entonces vienen los otros sufrimientos, la agonía del parto, dolores realmente físicos que soy bastante incapaz de definir. Así es mi vida cuando me dejo gobernar por este gigantesco artista que hay en mí… “

Noten el contraste con Boehme, que siente a Dios en él. Con Musset es un “gigantesco artista“.”Sería mejor que viviera como he decidido, cometiendo excesos de todo tipo para matar a este gusano roedor, que otros modestamente llaman inspiración y que yo a menudo llamo abiertamente enfermedad…”

Casi cada sentencia de esta cita se puede relacionar con una sentencia de nuestra cita de Boehme. ¡Qué singularmente representativo! Recuerden lo que acabo de decir, que la evolución regular busca progresar lentamente. Tendremos más que decir sobre esto mañana. Aquí, como lo describe de Musset, se trata de una carga salvaje; no puede ser lo bastante rápida. La imagen que nos da mientras se estudia a sí mismo es maravillosa. “La creación me perturba y me desconcierta; me hace temblar”, dice, porque esto irá más y más rápido y se lanza al asalto sobre él desde el lado ahrimánico, dificultando lo que aún trata de progresar lentamente.

“La ejecución, siempre demasiado lenta para mi gusto, mi corazón comienza a latir salvajemente”. Aquí tienen la psicología completa del hombre que quiere vivir en imaginaciones libres y está angustiado y desconcertado por el ataque de las fuerzas ahrimánicas.

“Llorando, y conteniéndome con dificultad para no gritar…” ¡Piensen en ello! Las imaginaciones actúan tan físicamente en él que se siente a punto de gritar cuando encuentran expresión en él.

“Doy nacimiento a una idea. En el momento de su nacimiento me intoxica, pero a la mañana siguiente me llena de aversión”. ¡Esto es porque proviene de su organismo y no de su alma!

“Si trato de modificarla y cambiarla, sólo empeora y se me escapa completamente. Sería mejor para mí olvidarla y esperar otra”. Aquí quiere ir constantemente más y más rápido, más rápido de lo que la evolución normal puede ir.

“Pero ahora me viene otra con tal desconcierto y con unas dimensiones tan insondables que mi pobre ser no puede captarla. Me aplasta, me tortura, hasta que puede realizarse. Entonces vienen los otros sufrimientos, la agonía del parto, dolores realmente físicos que soy bastante incapaz de definir.” Entonces, cuando contempla a este gigantesco artista que actúa en su interior, dice que mejor debería seguir la vida que se ha marcado para sí mismo; es decir, no tener nada que ver con todo este mundo imaginativo, porque dice que es una enfermedad.

Ahora contrástenlo con la frase de Jacob Boehme, “Declaro ante Dios que no sé cómo llegó a sucederme esto”. Aquí tienen una expresión de gozo y éxtasis. Por otra parte, se puede escuchar confusión y desconcierto en las palabras de de Musset, “La creación me perturba y me desconcierta; me hace temblar. La ejecución, siempre demasiado lenta para mi gusto, mi corazón comienza a latir salvajemente”.

Con Boehme todo procede del alma, y cuando quiere escribir, no se siente como si un gigantesco artista, que le hace infeliz, le estuviera dictando, sino que le dicta un espíritu. Se siente transportado al mundo donde el espíritu le dicta. Está en ese mundo y es supremamente feliz de estar allí porque se le da una corriente continua de conocimiento, que fluye lenta y continuadamente. Boehme se siente inclinado a recibir esta lenta corriente de conocimiento. No la encuentra demasiado lenta porque no está abrumado por el rápido ataque de la fuerza que les he descrito. Todo lo contrario, está protegido de ella.

Si el tiempo lo permitiera, podríamos presentar muchos más ejemplos de las formas en que los seres humanos individuales están situados en el proceso del mundo. Los ejemplos que he elegido son de aquellos, cuyos nombres se han preservado en la historia pero, en cierto sentido, toda la humanidad está sujeta a estas mismas condiciones de una forma u otra. He escogido estos ejemplos en particular sólo para expresar lo que está ampliamente extendido realmente, y tomando casos especiales he sido capaz de proporcionarles una descripción de ello en palabras. Si trataran de hacer un estudio de lo que hemos estado diciendo, serían capaces de comprender mucho de lo que ha surgido en el curso de la evolución.

Sería bastante posible, en relación con esto, estudiar muchos otros fenómenos de la vida. Si, no obstante, nos limitamos hoy a la vida espiritual, y además a aquella región especial de la vida espiritual que comprende el conocimiento y la cognición, seremos capaces de encontrar en él cualidades que son características del hombre moderno, y cuyo reconocimiento hará comprensibles muchas cosas de la vida. Ya que no es posible decir mucho sobre la vida externa actual, debido a los prejuicios existentes y porque las almas de los hombres se hayan tan profundamente vinculadas con las condiciones de los tiempos en que viven, comprenderán fácilmente que sólo podemos hablar de una forma limitada sobre las cosas que portan su influencia hasta el presente inmediato. No puede ser de otra forma, como les he aclarado frecuentemente. Me gustaría, sin embargo, indicar ciertos fenómenos de nuestro tiempo que están pensados para levantar pasiones y emociones en menor medida. Déjenme describirles algunos fenómenos, que seleccionaré de la vida cognitiva y del sentimiento. Creo que hallarán que tales subyacen a todo lo que he estado diciendo sobre las fuerzas que actúan durante la quinta época post-atlante. Consideraremos primero estos fenómenos de una forma puramente histórica para después contemplar su relación con estas fuerzas.

Tomemos primero un fenómeno en el que todos necesariamente sentimos el más profundo interés. La clase de comprensión que los hombres tienen de la Naturaleza y el Ser de Cristo es de gran importancia, y así seleccionaremos ejemplos de varios tipos de comprensión que están al “alcance de nuestra mano”. Primero de todo tenemos un ejemplo moderno en La Vida de Jesús, de Ernest Renan, que apareció en el siglo XIX y pasó rápidamente por muchas ediciones. Creo que la vigésima edición apareció en 1900, tras su muerte. Después tenemos La Vida de Jesús, que en realidad no es la vida de Jesús en absoluto, de David Friedrich Strauss. Después tenemos –no podemos decir que sea una vida de Jesús- viniendo del este de Europa una visión y concepción de Cristo de una profunda importancia. No es una vida de Jesús sino una comprensión del Cristo que culmina en lo que Soloviev escribió sobre Él y sobre Su aportación en la evolución de la Tierra. Qué importantes son estas tres expresiones de la vida espiritual del siglo XIX: La Vida de Jesús de Renan, La Vida de Jesús de Strauss, que en realidad no es la vida de Jesús en absoluto y pronto oiremos por qué, y la concepción de Soloviev del significado del suceso de Cristo en la evolución de la Tierra, pues es cierto, en cualquier caso, decir que toda su obra culmina en la idea del Cristo.

¿Cuál es la premisa fundamental de la descripción de Renan sobre la vida de Jesús? Si quieren apreciar correctamente el libro de Renan, comprenderlo como un documento de su tiempo, entonces deben compararlo con las presentaciones anteriores de la vida de Jesús. No necesitan leer solamente los relatos literarios de Su vida; también pueden contemplar las pinturas de los artistas. Encontrarán que la representación de la vida de Jesús siempre toma el mismo camino. En los primeros siglos del cristianismo romano, no sólo se asumió desde el Este el Cristianismo sino también la forma en que se representaba a Jesús. El arte griego de representación pictórica estaba en occidente, como sabemos, pero la habilidad de representar al Cristo permaneció en oriente. El rostro de Jesús característico del arte bizantino se encontraba repetidamente en occidente hasta que, en el siglo XIII, comenzaron a surgir impulsos e ideas nacionales, esas ideas e impulsos nacionales que posteriormente se desarrollaron de la manera que he indicado en estas últimas conferencias.

Debido al impulso nacional, surgió un cambio gradual en el tradicional rostro estereotipado de Jesús, que se había retratado durante tanto tiempo. Cada una de las diversas naciones se apropió del tipo de Jesús y le representó a su manera, y así debemos reconocer muchos impulsos diferentes en acción en las diferentes representaciones. Estudien, por ejemplo, la cabeza de Jesús según la pintaron Guido Reni, Murillo y Lebrun, y verán cuán notablemente se infiltra el punto de vista nacional. Estos son sólo tres ejemplos que se podrían escoger. En cada caso hay un fuerte deseo de representar a Jesús de una manera nacional. Uno tiene la impresión de que en las pinturas de Guido Reni, en mayor grado que en sus predecesores, podemos detectar el tipo italiano en el rostro de Jesús; de manera similar, en las representaciones de Murillo, el tipo español; en las de Lebrun, el tipo francés. Los tres pintores muestran evidencias también de la actuación de la tradición eclesial; detrás de cada una de sus pinturas está el poder de la Iglesia.

Por el contrario, encontrarán una resistencia al amplio alcance del poder de la Iglesia, que reconocemos en el arte de Murillo, Lebrun y Reni, en las obras de Rubens, van Dyck y Rembrandt, una resistencia a ese poder y un trabajo en libertad a partir de su propia y pura humanidad. Al considerar el arte en relación a sus representaciones del rostro de Jesús, tienen ustedes aquí una rebelión artística directa. Verán ahora que no hay descanso aún en esta progresión de la representación de Jesús porque las fuerzas que actúan en el mundo también actúan justo en este dominio. Podemos ver cómo el aliento del Romanismo flota sobre las obras de Lebrun, Murillo y Reni, mentalizados todos ellos nacionalmente, y cómo en Rubens, van Dyck y especialmente en Rembrandt, la oposición al Romanismo llega a una expresión clarísima en sus pinturas de los rostros, no sólo de Jesús sino de cualquier otro personaje bíblico. Así vemos cómo todas las actividades espirituales del hombre toman forma gradualmente a lo largo de los diversos impulsos que se hacen sentir en la evolución humana.

De manera similar, encontrarán que con los tiempos la pintura y el arte representativo han dado lugar a la palabra, pues desde el siglo XVI la palabra ha tenido la misma importancia en tales asuntos, como la tuvo la representación pictórica en tiempos anteriores, encontrarán que la figura de Jesús, del Cristo, está de nuevo cambiando continuamente. Nunca es fija y constante sino que siempre se concibe de acuerdo a cómo afluyen las diversas inspiraciones a los escritores. Permaneciendo ante nosotros como los últimos productos, digamos, tenemos el Jesús de Renan, el Jesús de Strauss, que no es ningún Jesús, y el Cristo de Soloviev. Estos son los últimos productos, ¡y qué enormemente diferentes son!

El Jesús de Renan es por entero un Jesús que, como hombre, vive en la tierra de Palestina como una figura histórica humana. Palestina es maravillosamente representada. Con la ayuda de lo mejor de la sabiduría moderna se describe de tal forma que uno tiene ante sí el paisaje palestino completo con su gente. Vagando por este paisaje presentado tan realistamente, y entre sus gentes, se haya la figura de Jesús. Se trata de explicar esta figura de Jesús sobre la base de este paisaje y sus habitantes; explicar cómo crece y se hace hombre, y explicar cómo fue posible que surgiera un hombre así en esta tierra. El extraordinario carácter de la descripción de Renan sólo se revelará cuando se compare con relatos y representaciones anteriores. Estos últimos toman el curso interior de los sucesos descritos en los Evangelios y los sitúan en un paisaje que en realidad no está en ningún lugar en particular. Los hechos tal y como se describen en los Evangelios son simplemente relatados una y otra vez y el entorno en el que sucedieron se ignora completamente. Se representa de tal forma que podrían desarrollarse en cualquier lugar.

Renan, sin embargo, trabaja para retratar la Tierra Santa de una manera realista y detallada, de forma que Jesús se convierte en un verdadero palestino en esta Tierra Santa. Jesucristo, que debería pertenecer a toda la humanidad, se convierte en un Jesús que vive y camina por Palestina como una figura histórica, que debe comprenderse en relación con la Palestina de los años 1 a 33 DC., es decir, comprenderse desde las costumbres, puntos de vista, opiniones y entorno del país, una descripción correcta, adecuada y realista. Por una vez, Jesús iba a ser mostrado como una personalidad histórica e iba a ser descrito como cualquier otro personaje de la historia. Para Renan, no hubiera tenido sentido retratar a un Sócrates abstracto que podría haber vivido en cualquier lugar, en cualquier tiempo, y tampoco hubiera tenido sentido igualmente, retratar a un Jesús abstracto que pudiera haber vivido en cualquier lugar de la Tierra. En completa concordancia con la ciencia del siglo XIX, se propone representar a Jesús como una figura histórica que vivió entre los años 1 y 33 de nuestra era, y lo hizo de una forma enteramente comprensible según las condiciones prevalecientes en la Palestina de aquel tiempo. Jesús vivió del año 1 al 33 de nuestra era. Murió en el año 33, igual que cualquier otro hombre podría haber muerto en este o en cualquier otro año. Si Él sigue actuando en el mundo, es de la misma forma que cualquiera otra persona muerta podría haber seguido actuando. Encajado completamente en el punto de vista moderno, Jesús fue una personalidad histórica justificada por el entorno en que Él vivió. Eso es lo que Ernest Renan nos da en su Vida de Jesús.

Ahora dirijámonos a la Vida de Jesús que en realidad no es la vida de Jesús, de David Friedrich Strauss. He dicho que no es la vida de Jesús. Strauss también trabaja como un hombre altamente erudito y sabio. Cuando se dispone a investigar algo, lo hace con una profundidad afín a la de Renan en su dominio. Strauss, sin embargo, no dirige su atención al Jesús histórico. Para él,  sólo es una figura a la que atribuye algo muy diferente. Así, Strauss investiga todo lo que se dijo de Jesús en la medida en que Él fue el Cristo. Examina lo que se dijo sobre Su milagrosa entrada en el mundo. Su maravilloso y milagroso desarrollo, Su expresión de grandes y especiales enseñanzas, y cómo sobrellevó el sufrimiento, la muerte y la resurrección. Estos son los relatos de los Evangelios que Strauss seleccionó para su investigación.

Naturalmente, Renan, también, utilizó los Evangelios pero los redujo a lo que él, desde su detallado y exacto conocimiento de Palestina, pudo concebir de la vida de Jesús. Este acercamiento no tiene interés alguno para Strauss. Él mismo dice que los Evangelios relatan esto o aquello que concierne a Cristo, que vivió en Jesús. Entonces se pone a investigar el grado en el cual lo que se relata de Cristo también vivió como mito en otras partes del mundo, por ejemplo, cómo se puede encontrar la historia del nacimiento milagroso y del desarrollo de Jesucristo en varios otros mitos folclóricos, así como el Misterio del Gólgota, que ahora se refiere a un Dios y después a otro. Así, Strauss ve en la figura del Jesús histórico solamente la oportunidad de concentrar la actividad formadora de mitos de la humanidad en una personalidad. Jesús no le importa en absoluto. El único valor que Él tiene para Strauss es que los mitos,  distribuidos por todo el mundo, están concentrados en este único hombre, Jesús. “Cuelgan” todos de Él, como si dijéramos. Estos mitos, sin embargo, surgen todos de un impulso común. Todos ellos dan testimonio del poder formador de mitos que vive en la humanidad. ¿De dónde surge este poder formador de mitos?

Según lo ve Strauss, en el curso del desarrollo terreno de la humanidad, desde los tiempos de los primeros comienzos de la Tierra hasta su final, la humanidad tiene, y siempre tendrá, un poder más elevado que el poder meramente externo que se desarrolla sobre el plano físico. Un poder que discurre justamente a través de la humanidad que siempre se dirigirá a lo supraterrenal; este elemento supraterrenal encuentra su expresión en los mitos. Sabemos que el hombre porta algo suprasensible en sí que busca encontrar expresión en el mito, ya que no puede expresarse en la ciencia física externa. Así, Strauss no ve a Jesús en el individuo, sino más bien al Cristo en todos los hombres, el Cristo que ha vivido en todos los hombres y a través de todos ellos desde su comienzo, y que ha provocado que se cuenten mitos de Él. En el caso de Jesús se trata únicamente de que Su personalidad da ocasión para que el poder formador de mitos se desarrolle con extremada fuerza y energía. Se halla concentrado en Él. Strauss, por tanto, habla de un Jesús que en realidad no es Jesús, sino que fija sobre Él la fuerza espiritual del Cristo que habita en el conjunto de la humanidad. Para Strauss, la humanidad misma es el Cristo, y Él siempre actuó y actuará antes y después de Jesús. La verdadera encarnación del Cristo no es el individuo Jesús, sino toda la humanidad. Jesús es sólo el representante supremo de Cristo en la humanidad.

Lo principal en todo esto no es Jesús como figura histórica, sino una humanidad abstracta. Cristo se ha convertido en una idea, que encarna en la humanidad y a través de toda ella. ¡Esa es la clase de pensamiento altamente refinado que un hombre del siglo XIX es capaz de concebir! El elemento vital en la idea se ha convertido en el Cristo. Se concibe enteramente como una idea y Jesús es pasado por alto. Esta es una vida de Jesús que no es más que un registro del hecho de que la idea, lo divino, encarna continuamente en toda la humanidad. Cristo es reducido a una idea, es pensado meramente como una idea.

Hasta aquí en cuanto a la segunda vida de Jesús, La Vida de Jesús según David Friedrich Strauss. Así que tenemos La Vida de Jesús de Ernest Renan, que establece la figura histórica de Jesús entre los individuos que Le rodean así como por Sí mismo. Después tenemos en el libro de Strauss la “idea del Cristo”, que discurre a través de toda la humanidad. En esta forma altamente refinada, sin embargo, continúa siendo una mera abstracción.

Cuando llegamos a Soloviev, observen, ya no es Jesús, sino sólo el Cristo. No obstante, es el Cristo concebido como viviente. No actuando en los hombres como una idea, con la consecuencia de que su poder se transforme en él en un mito, sino más bien actuando como un Ser viviente que no tiene cuerpo, está siempre presente entre los hombres y es, en efecto, positivamente responsable de la organización externa de la vida humana, el Fundador del orden social. Cristo, que está siempre presente; un Ser viviente que nunca hubiera necesitado un Jesús para venir entre los hombres. Naturalmente, no encontrarán esto expresado tan radicalmente en Soloviev, pero eso no tiene importancia. Es el Cristo como tal el que está siempre en segundo plano, el Cristo, además, como el Viviente que sólo puede comprenderse a nivel imaginativo, pero por estos medios puede comprenderse verdaderamente como un Ser suprasensible real y verdadero que actúa en la Tierra.

Ahí tienen tres figuras. El mismo Ser viene a nuestro encuentro en el siglo XIX en una descripción triformada. La Vida de Jesús de Ernest Renan, completamente realista; historia realista a fortiori; Jesús como figura histórica; un libro escrito con toda la sabiduría del siglo XIX. Después llegó David Friedrich Strauss con esa idea de la humanidad, actuando, atravesando toda la humanidad, pero permaneciendo como una idea, nunca despertando a la vida. Y en último lugar, el Cristo de Soloviev; poder viviente, sabiduría viva, completamente espiritual.

Una vida realista de Jesús según Renan; una vida idealista de Jesús según Strauss que también es una presentación idealista del impulso de Cristo; una presentación espiritual del Impulso de Cristo según Soloviev.

Hoy, quiero situar ante ustedes, una al lado de la otra, como tres expresiones de la vida moderna, estas tres formas de conocer la figura de Jesucristo. Mañana veremos cómo ocupan su lugar entre los diversos impulsos que hemos reconocido actuando en la humanidad.

 

Traducido por Luis Javier Jiménez Ordas