GA212. El mundo elemental y el futuro de la Humanidad

Rudolf Steiner — Dornach, 28 de mayo de 1922

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Hoy quiero presentar ciertos asuntos que conciernen a la evolución de la Humanidad en la medida en que esta evolución depende de la relación del hombre con ciertos poderes espirituales en el futuro de la Tierra.

Hemos visto cómo es posible, a través de la observación exacta, comprender el hecho de que dentro del ser físico-anímico-espiritual del hombre se produce algo que, en cierto sentido, pertenece al mundo exterior, en la medida en que éste mundo consiste en fuerzas y seres del mundo etérico. El hombre reúne estas fuerzas para formar su cuerpo etérico mientras desciende a la vida terrenal. Vimos también que esta entidad, que consiste en fuerzas del mundo etérico externo, se une al efecto de las acciones terrenales del hombre, de todo lo que hizo que sucediera, en resumen, con su karma.

He mencionado a menudo que un nuevo flujo de espiritualidad está ahora listo para verterse en la existencia terrenal humana. El presente forma un eslabón en la evolución de la humanidad entre una época de desarrollo principalmente intelectual que comenzó en el primer tercio del siglo XV y que ahora prácticamente ya ha seguido su curso —y un futuro dedicado a lo espiritual. La tarea más importante para la humanidad en la era de la intelectualidad fue el desarrollo de la razón a través de la investigación de la naturaleza externa y el desarrollo de la tecnología. En esta dirección se han logrado grandes e impresionantes resultados en los últimos siglos. Sin embargo, hay que decir que el intelecto ha comenzado a perder su creatividad, aunque todavía vivimos de su herencia. El período más creativo fue desde los tiempos de Copérnico, Galileo y Giordano Bruno hasta el siglo XIX. Especialmente en la civilización occidental se han conseguido los mayores logros intelectuales en los últimos siglos.

Es obvio, incluso para una observación externa imparcial, que el intelecto ha perdido parte de su poder creativo. En general, la humanidad ya no tiene el mismo entusiasmo por los logros intelectuales. Sin embargo, la práctica de los siglos continúa a través de una cierta inercia cultural. Los pensamientos corren a lo largo de los viejos surcos, pero el intelecto ya no trae nada nuevo de importancia real. Esto es particularmente notable en nuestros jóvenes. No hace mucho tiempo era un verdadero placer escuchar a un joven que había estudiado algún tema. Puede que no se pueda aplicar a todos, pero ciertamente en aquellos que habían logrado algo; uno estaba ansioso por escuchar lo que tenía que decir y era lo mismo en todos los círculos académicos occidentales. Pero se ha producido un cambio en las últimas décadas, cuando un joven recién llegado de la universidad habla, uno ya no tiene curiosidad por lo que este vaya a decir. Uno ya no tiene curiosidad porque ya lo sabe; sale automáticamente; es como si el propio cerebro hubiera perdido su vitalidad. Uno tiene la sensación de que la actividad del intelecto se ha deslizado de la cabeza a alguna región más profunda. Que la inteligencia humana se ha convertido en algo mecánico; que ya no brota de la región de la cabeza debe ser evidente incluso para la observación externa. Esta situación ha ocurrido porque la inteligencia era originalmente una dotación natural que la humanidad estaba predestinada a desarrollar predominantemente entre los siglos XV y XIX.

Sin embargo, para fructificar este desarrollado intelecto, una corriente de espiritualidad de las regiones superiores de la existencia mundial busca ahora penetrar en la vida terrenal de la Humanidad. Que esto suceda depende de que el hombre abra su corazón y su alma a lo que así busca entrar, por muchas puertas, por así decirlo, del mundo espiritual al mundo terrenal. Será necesario que el hombre no sólo vuelva a ser consciente de lo espiritual que hay en la naturaleza, sino que sea capaz de percibirlo.

Consideren cómo en las antiguas civilizaciones, la Humanidad en general percibió —en todos los reinos de la naturaleza, en cada estrella, en cada nube en movimiento, en el trueno y el relámpago— espíritu y alma. Y en el marco de esta conciencia general evolucionaron los ejercicios del yoga. Como expliqué ayer, el yogui trató de penetrar en sí mismo. A través de los ejercicios internos buscó alcanzar lo que hoy se da por sentado porque nacemos con ello: la conciencia del “yo”, el sentimiento de ser una individualidad. El yogui tuvo que desarrollarlo primero en sí mismo.

Pero, queridos amigos, sería un gran error comparar la conciencia ordinaria del yo que tenemos hoy con la del yogui. Si algo se logra a través del propio esfuerzo humano esto hace una diferencia de si uno simplemente lo tiene. Cuando, como en el caso del yogui, uno primero tuvo que luchar para alcanzar la conciencia de sí mismo, entonces, a través de ese esfuerzo interior, uno es transportado a las grandes Leyes Universales; uno se hace partícipe de los procesos mundiales. Este no es el caso cuando uno es simplemente colocado en la esfera de la autoconciencia. Pertenecer a un nivel determinado de la evolución humana no es lo mismo que alcanzar ese nivel a través de ejercicios interiores.

Se darán cuenta por lo que se dijo ayer que la Humanidad debe gradualmente adquirir el conocimiento de una manera diferente, —debe poner sus procesos de pensamiento libres del proceso de la respiración. Como he explicado ayer, esto tiene el efecto de que el pensamiento, al no estar ligado al sujeto, es capaz de unirse con el ritmo del cosmos exterior. Debemos sacar de nosotros nuestra reflexión hacia el mundo, mientras que el yogui se deslizaba en su ser interior uniendo, por así decirlo, los sistemas de pensamiento y de la respiración. Al hacerlo, se identificó con lo que su naturaleza anímico-espiritual pudo experimentar en las ondas del ritmo interior de la respiración. Por el contrario, ahora debemos entregarnos al mundo para participar en todos los ritmos que atraviesan los mundos mineral, vegetal, animal y humano hasta el reino de las Jerarquías. Debemos entrar y vivir en del ritmo de la existencia externa. De esta manera, la Humanidad volverá a tener una visión de ese fundamento espiritual de la naturaleza que el conocimiento externo no alcanza.

Las ciencias de la física, la química y la biología que se persiguen hoy en día proporcionan a la humanidad una gran cantidad de información. Lo que realmente hacen es explicar cómo la observación sensorial, interpretada por el intelecto, ve el mundo. Pero ha llegado el momento en que la humanidad debe redescubrir lo que está detrás del conocimiento proporcionado por la observación externa y la interpretación intelectual.

Si uno tiene en mente cuando habla de los cuatro elementos de la tierra, el agua, el aire y el fuego sólo su aspecto físico, entonces no importa si uno usa estos términos o prefiere los más recientes de cuerpos y condiciones sólidas, líquidas, aeriformes y de calor. Cuando se hace referencia a ellos, todo lo que uno tiene en mente es cómo las sustancias físicas se combinan o mezclan entre ellas, o bien se separan. Sin embargo, hay que subrayar que todo lo que es de  naturaleza sólida y terrena tiene como fundamento una espiritualidad elemental. La gente “iluminada” de hoy puede reírse cuando se les recuerda que las personas mayores solían ver gnomos en todo lo terrenal. Sin embargo, cuando el conocimiento ya no se obtiene mediante la combinación de pensamientos abstractos y lógicos, sino uniéndonos a través de nuestro pensamiento con el ritmo del mundo, entonces redescubriremos los seres elementales contenidos en todo lo que es la sólida naturaleza terrenal. La característica sobresaliente de estos elementales que comienzan a residir en la tierra sólida es inteligencia, sagacidad, astucia, —de hecho, un intelecto unilateralmente desarrollado.

Así, en el elemento sólido de la Tierra viven seres espirituales de tipo elemental que son mucho más inteligentes que los seres humanos. Incluso una persona de extremada astucia intelectual no sería rival para estos seres que, como entidades suprasensibles, viven en el reino de la Tierra sólida. Podría decirse que así como el hombre consiste en carne y sangre, así también estos seres consisten en inteligencia, en suprainteligencia. Otra de sus peculiaridades es que prefieren vivir en multitudes. Cuando uno está en posición de descubrir cuántos de estos seres astutos contiene un objeto terroso adecuado, entonces uno podría exprimirlos como si se tratara de una esponja —en un sentido espiritual, por supuesto— y fluyeran hacia fuera en un flujo sin fin.

Pero contar a estos seres-gnomos es una tarea difícil. Si uno trata de contarlos como si fueran cerezas u huevos —es decir, uno, dos, tres— uno pronto notaria que no pueden ser contados así. Cuando uno ha llegado a decir tres, entonces de repente hay muchos más. Así que contarlos como se haría en el plano físico no sirve para nada; ni hay otra forma de cálculo, porque inmediatamente te hacen trampas. Supongamos que uno pone dos en un lado y dos en el otro para decir que dos veces dos hacen cuatro. Uno se equivocaría, porque a través de su superastucia aparecerían como siete u ocho, diciendo que dos veces dos hace ocho, o algo así. Así, estos seres desafían ser contados. Debe reconocerse que el intelecto desarrollado por el hombre en los últimos tiempos es muy impresionante. Pero estos seres suprainteligentes muestran un dominio sobre el intelecto incluso cuando es meramente una cuestión de cálculo.

Los seres elementales que habitan en el elemento fluido —es decir, en el agua— han desarrollado particularmente lo que es, en el hombre, su vida de sentimiento o sensibilidad. En este sentido, los seres humanos estamos realmente atrasados comparados con estos seres. Podemos disfrutar de una rosa roja o sentirnos encantados cuando los árboles despliegan su follaje. Pero estos seres acompañan el fluido que como savia se levanta en el rosal y participan en el enrojecimiento de las flores. De una manera íntima comparten con sensibilidad los procesos del mundo. Nosotros con nuestra sensibilidad permanecemos fuera de las cosas, mientras que ellos están dentro del proceso y participan en él.

Los seres elementales del aire han desarrollado en alto grado lo que vive en la voluntad humana. Es espléndido que el químico analítico descubra el peso atómico del hidrógeno, el oxígeno y el nitrógeno, y descubra cómo el hidrógeno y el oxígeno se combinan en el agua para analizarse más o cómo se analiza el cloruro de cal, etc. Pero los seres espirituales elementales están activos detrás de todo esto, y es esencial que el hombre adquiera conocimiento de sus características. Durante el período en que el hombre desarrolló el intelecto –que, como ya se ha mencionado, fue desde el primer tercio del siglo XV hasta finales del siglo XIX— estos seres elementales fueron dejados de lado, por así decirlo. Mientras que el intelecto jugó un papel creativo en la vida cultural del hombre, no había mucho que pudieran hacer, y porque los seres elementales que vivían en lo sólido en cierto sentido, se mantuvieron a distancia y dejaron al hombre con su intelecto, también se retuvieron los seres del agua y del aire.

Pero ahora vivimos en un momento en que el intelecto ha comenzado a declinar dentro del mundo civilizado; está entrando en la decadencia. Si la humanidad no se vuelve receptiva a lo que fluye hacia ella desde el mundo espiritual, entonces el resultado de esta opacidad por parte del hombre será —y hay signos de que esto ya sucede— que estos seres elementales se reunirán para formar una especie de unión y colocarse bajo la dirección del supremo poder intelectual: Ahriman.

Si ocurriera que los seres elementales se pusieran bajo la guía de Ahriman con la clara intención de oponerse a la evolución humana, entonces la Humanidad sería incapaz de progresar más. Podría surgir la posibilidad de que los poderes ahrimánicos en unión con los seres elementales desviarían la Tierra de su rumbo deseado. La Tierra no seguiría lo que se describe en mi Ciencia Oculta: Un Esquema, como la evolución de Saturno-Sol-Luna-Tierra. La Tierra sólo puede convertirse en lo que originalmente se pretendía hacer si el hombre, en cada época, aborda correctamente su tarea.

Ya se puede ver cómo están las cosas. Aquellos que han alcanzado una cierta edad saben que anteriormente uno conseguía penetrar en pensamientos y sentimientos internos de otro ser humano simplemente a través de una conversación normal e intercambio de ideas. Uno daba por hecho que la razón e intelecto de la persona residía en su cabeza, y que lo que estaba en su cabeza sería transmitido a través de la palabra hablada. Hoy en día hay muchas personas que ya no dan por sentado que la razón se encuentre en la cabeza de muchos de sus contemporáneos; más bien se supone que se ha deslizado más abajo. Así que en lugar de escuchar ahora analizan. Este es sólo un ejemplo de un aspecto mal entendido de todo el problema. Pero yo diría que cuando uno comienza a psicoanalizar a las personas en lugar de simplemente dejarlas hablar, entonces es de hecho una admisión de que la razón ya no reside en la cabeza. Se supone que se ha deslizado hacia las regiones más profundas de la naturaleza humana y debe ser psicoanalizado para poder ser llevado de nuevo a la conciencia. En esta época de un intelecto en declive hay gente que ya no le gusta que uno apele a su inteligencia; prefieren ser analizados. Esto es porque no quieren participar con la cabeza en lo que su alma trae a la luz.

Nada se logra mirando estas cosas meramente desde un punto de vista externo. Para ver claramente lo que está implicado deben ser considerados —como acabamos de hacer— en el contexto más amplio de la evolución mundial. Ciertos aspectos del psicoanálisis pueden ser sanadores. Hay condiciones que antes eran simplemente aceptadas, pero ya no pueden ser toleradas y deben ser curadas. Sin embargo, como se necesita tanta terapia, las físicas ya no son suficientes, así que se recurre a las psicológicas. Por qué esto debe ser así debe ser visto en un contexto más amplio.

Superficialmente juzgado, no tiene sentido objetar todas las buenas razones y argumentos seductores presentados por los psicoanalistas, ni siquiera desde el punto de vista más amplio de la evolución mundial. La gente quiere evitar ver las cosas en su contexto más amplio, aunque les llevaría al reconocimiento de que una corriente espiritual está buscando entrar en nuestra civilización actual para reemplazar al intelecto en declive.

Lo que hemos considerado hasta ahora es un aspecto de lo que en el futuro amenaza a la humanidad. Hay otro aspecto —así como los elementos inferiores de la tierra, el agua y el aire están habitados por seres elementales, así lo están los elementos superiores del éter de la luz, el éter químico y el éter de la vida. Sin embargo, estos seres de los elementos superiores difieren considerablemente de los inferiores. Los seres de luz, y particularmente los de la vida, no pretenden convertirse en multitudes. Los que más se esfuerzan por convertirse en multitudes, son los seres del elemento tierra. Los seres del elemento etérico se esfuerzan más bien hacia la unidad. Es difícil diferenciar unos de otros; no expresan ninguna individualidad y más bien se esfuerzan por fusionarse. Ciertos iniciados en tiempos antiguos, a través de los cuales se originaron ciertas enseñanzas del Antiguo Testamento, volvieron su atención particularmente hacia los elementos etéricos. La fuerte tendencia de estos elementos hacia la unificación creó una influencia que resultó en el estricto monoteísmo del judaísmo.

La religión que se basa en la adoración de Jehová se originó principalmente de una visión espiritual del reino de los éteres. En este reino viven seres espirituales que no se esfuerzan por separarse unos de otros y llegar a ser muchos individuos. Más bien se esfuerzan por crecer juntos y desaparecer unos en otros; buscan convertirse en una unidad.

Si estos seres son ignorados por el hombre, es decir, si él no se dirige al conocimiento espiritual y la comprensión de que lo que existe en el cielo no es sólo el sol físico, sino que con el calor del sol y la luz los seres etéricos fluyen a la Tierra; si la comprensión del hombre se detiene en el aspecto material externo, entonces existe la posibilidad de que estos seres se unan con los poderes ahrimánicos. Para que la Tierra se convierta en lo que originalmente se pretendía hacer, el hombre debe despertar ante los peligros que amenazan de ambos lados, por un lado, el peligro de que aquellos seres que viven en los elementos inferiores se unan a los poderes ahrimánicos y el por otro, que los poderes ahrimánicos se unan con los de los elementos superiores en su lucha por la unidad.

 

seraraña

La importancia del conocimiento espiritual para el destino terrenal del hombre no puede enfatizarse demasiado. A menos que el hombre se acerque a la realidad espiritual algo completamente diferente de lo que debería suceder le ocurrirá a la Tierra. No importa cuán lejos o cuán profundamente nuestras sofisticadas ciencias de la física y la química investiguen el mundo material que nos rodea, el hecho es que lo que se investiga desaparecerá con la existencia de la Tierra misma. En última instancia, la química y la física no tienen valor alguno fuera de la Tierra.

Cuando la evolución de la Tierra llegue a su fin, todas las sustancias minerales se convertirán en polvo y se disolverán en el cosmos. Sólo lo que pertenece al mundo vegetal, animal y humano pasará a la existencia de Júpiter. Por lo tanto, todos los magníficos logros de estas ciencias están relacionados sólo con lo que es transitorio. Es esencial que se alcance el conocimiento de lo que perdurara más allá de la Tierra.

Como ya se ha mencionado, cualesquiera que sean las leyes físicas que se descubran, todo lo que se investiga con respecto al peso atómico de los elementos individuales o cualesquiera fórmulas químicas que se produzcan, todas estas cosas se refieren sólo a lo que tiene un significado meramente transitorio. El hombre debe crecer más allá de la existencia terrestre a través del conocimiento del tipo de cosas que he explicado. Estas son cuestiones de gran importancia y significado.

 

Traducido por Gracia Muñoz en Septiembre de 2017.

 

3 comentarios el “GA212. El mundo elemental y el futuro de la Humanidad

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