GA34c1. La ciencia espiritual y la cuestión social

Rudolf Steiner – Berlín, fines de 1905/principios de 1906

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Quien actualmente observe con atención al mundo en que vivimos, verá que por doquier se presenta, poderosamente, lo que suele llamarse la “cuestión social”. El que tome en serio lo que la vida exige, deberá reflexionar sobre todo lo relacionado con este problema; y no cabe duda de que un pensar que se propone actuar según los más sublimes ideales de la humanidad, también tenga que ocuparse de las exigencias sociales. Como la ciencia espiritual se identifica con semejante modo de pensar, resulta lo más natural que ella examine lo que con dicho problema se relaciona.

A simple vista podría dar la impresión, que en este campo, nada puede esperarse de la ciencia espiritual. Pues, ante todo, se le reconocerá como su característica sobresaliente, el reconcentrarse en la vida anímica y el despertar de la visión del mundo espiritual. La reconocerán incluso quienes superficialmente, nomás, hayan llegado a conocer las publicaciones de la ciencia espiritual. Empero, es más difícil comprender que el afán de dicha ciencia también pueda tener un significado práctico, y menos aún se verá su relación con la cuestión social. ¿Podrá una ciencia que se ocupa de la “reencarnación”, del “karma”, del “mundo suprasensible” y del “origen de la humanidad”, de modo alguno ser útil para vencer la miseria social? Pareciera que semejante doctrina más bien tienda a volar a las nubes, lejos de toda realidad de la vida, mientras que haría falta que cada uno concentre todas sus fuerzas en dedicarse a las exigencias de la realidad terrena.

Enumeremos solamente dos de las más diversas opiniones que en la actualidad, con respecto a la ciencia espiritual, necesariamente han de aparecer.

Una de ellas consiste en que se la considera como expresión de la más desenfrenada fantasía. Para el adepto a la ciencia espiritual no debiera parecer extraño el que haya semejante opinión. Todo lo que sucede y se habla en torno de él, lo que a la gente causa satisfacción y alegría, le hará ver que él mismo habla un idioma que muchos han de considerar como desatinado. A la comprensión del mundo que le rodea él debe, por el otro lado, sumar la absoluta certeza de hallarse en el camino correcto; pues, de otro modo, no podría mantenerse firme, frente a la discrepancia de sus propias ideas con las de los muchos que pertenecen a los instruidos y cultos. Basándose en la firme certeza, en la verdad y solidez de sus ideas, se dirá a sí mismo: ya sé y también comprendo que en la actualidad fácilmente se me considere hombre iluso; sin embargo, por más que la gente se ría o se burle, la verdad se hará valer, y su eficacia no depende del parecer que de ella se tenga sino de lo sólido de su fundamento.

La otra opinión a que la ciencia espiritual está expuesta, considera que, si bien sus ideas son bellas y satisfactorias, no tienen valor para la lucha de la vida práctica; e incluso quienes, para satisfacer sus inquietudes espirituales, buscan el nutrimiento científico espiritual, fácilmente se inclinan a decirse: está bien, pero estas ideas no pueden damos ninguna explicación de cómo vencer la penuria social, la miseria material.

Ahora bien, precisamente tal parecer se debe a un total desconocimiento de los verdaderos hechos de la vida y, ante todo, a un malentendido con respecto a los frutos de la concepción científico espiritual. Es que casi exclusivamente se pregunta: ¿qué es lo que la ciencia espiritual enseña, y cómo puede demostrarse la verdad de lo que ella sostiene? Luego se busca el fruto en la satisfacción que por las enseñanzas recibidas se siente. Indudablemente, esto es lo más natural, ya que ante todo hay que sentir la verdad del contenido de esas enseñanzas. Sin embargo, en ello no debe buscarse el verdadero fruto de la ciencia espiritual, sino que este fruto sólo se pone de manifiesto cuando con las ideas de dicha ciencia se asumen las tareas de la vida práctica. Lo que importa es: saber si la ciencia espiritual nos conduce a asumir esas tareas, con clara visión, y a buscar con la debida comprensión los medios y caminos para la solución correspondiente. Quien desee actuar en la vida, ante todo debe comprenderla. He aquí el meollo del asunto. Quien se limite a preguntar: ¿qué es lo que la ciencia espiritual enseña?, podrá decir que tal ciencia, es demasiado “alta” para la vida práctica. En cambio, si se dirige la atención hacia el desarrollo del pensar y del sentir, que se obtiene por esta ciencia, se dejará de hacer semejante objeción. Por más extraño que parezca al concepto superficial, hay que reconocer que el pensar de la ciencia espiritual, aparentemente iluso, crea la comprensión para la correcta conducta de la vida cotidiana. La ciencia espiritual agudiza la vista, para comprender las exigencias sociales; justamente a través de la elevación del espíritu a las lucientes alturas de lo suprasensible. Por paradójico que parezca, no deja de ser verdad.

Voy a citar un ejemplo para ilustrarlo. Últimamente apareció en Berlín un libro sumamente interesante: “De obrero en América”. Durante algún tiempo su autor, el consejero gubernamental Kolb, vivió en América, trabajando como jornalero. Esto le permitió formarse un juicio sobre los hombres y sobre la vida, de un modo que evidentemente no le hubiera sido posible durante su vida antes de llegar a la posición de consejero gubernamental, ni tampoco por sus experiencias como tal. Quiere decir, que durante años había ocupado un puesto de bastante responsabilidad, hasta que después de haberlo dejado —por poco tiempo— para vivir lejos de su patria, llegó a conocer la vida de tal manera, que en dicho libro pudo escribir la siguiente frase significativa: “Cuántas veces, en el pasado, al ver mendigar a un hombre sano, me pregunté con indignación moral: ¿por qué no trabaja este holgazán? Entonces lo supe. En la teoría se lo ve distinto a lo que es la práctica; y en el gabinete de estudio se trabaja bastante bien, incluso con las más aborrecibles categorías de la economía política”. Sin dar lugar a malentendidos, hay que tributar admiración a este hombre, que no vaciló en renunciar por un tiempo a una situación cómoda, para trabajar duramente en una fábrica de cerveza y otra de bicicletas. Además, para no despertar la creencia de que nosotros tratamos de censurarle, hemos de destacar el respeto por este cometido. Pero para quien lo observe correctamente, resulta evidente que toda instrucción y toda ciencia que este hombre haya recibido, no le han capacitado para juzgar la vida. Hay que ver claramente qué es lo que aquí se admite, a saber: actualmente puede aprenderse todo aquello que a uno le da capacidad para ocupar posiciones más bien elevadas; no obstante, se está totalmente ajeno a la vida en que se debe actuar. ¿No es esto comparable a haber estudiado, en la facultad de ingeniería, la construcción de puentes, y al verse realmente frente a esta tarea, resulta que no se comprende nada al respecto? No, por cierto, no es exactamente lo mismo. Pues, quien esté mal preparado, para la construcción de puentes, se dará cuenta de este defecto al encontrarse ante la tarea práctica: dará prueba de ser chapucero y será rechazado por doquier. Empero, no se manifestarán tan pronto los defectos de quien esté mal preparado para actuar en la vida social. Puentes mal construidos se derrumban; y para el juicio más parcial queda evidente que el constructor era chapucero. En cambio, lo que se “chapucea” en la actuación social, sólo repercute en hacer sufrir a los demás; y a la relación de este sufrimiento con la chapucería, no se le da la misma atención como a la causalidad entre el derrumbe de un puente y la incapacidad del constructor. Se podrá responder: Está bien, pero ¿qué tiene que ver todo esto con la ciencia espiritual? ¿acaso se cree que la ciencia espiritual con las ideas de reencarnación y karma y de los mundos suprasensibles hubiera conferido al consejero Kolb una mejor comprensión de la vida?

Nadie podrá sostener, que las ideas acerca de los sistemas planetarios y los mundos superiores, hubiesen ayudado al señor Kolb para no tener que confesar, que con las más aborrecibles categorías de la economía política se trabaja bastante bien en el gabinete de estudio. La ciencia espiritual realmente permite responder, como lo hizo Lessing en un determinado caso: yo soy aquel “nadie”, e incluso lo sostengo. Naturalmente, no hay que tomarlo en el sentido como si alguien, con la doctrina de la reencarnación, o el conocimiento del karma pudiese actuar socialmente en forma correcta. Se entiende que en cuanto a los futuros consejeros gubernamentales, no se trata de remitirlos a la “Doctrina Secreta” de Blavatski en vez de emprender un estudio universitario con Schmoller, Wagner o Brentano. Lo que importa es que una teoría de la economía política, basada en la ciencia espiritual, no será de tal naturaleza que con ella se trabajaría bien en el gabinete de estudio, pero que resultaría insuficiente frente a la vida real. ¿Cuándo fracasa una teoría frente a la vida? Esto ocurre cuando tal teoría es producto de un pensar que no se haya formado para la vida. Pero las conclusiones de la ciencia espiritual son, precisamente, las verdaderas leyes de la vida, análogamente a como la ciencia de la electricidad, da las leyes para una fábrica de artefactos eléctricos.

Quien quiera instalar tal fábrica, deberá primero aprender electrotecnia. Y quien desee actuar en la vida, deberá conocer las leyes de la vida. Por lejos de la vida que parezca estar la ciencia espiritual, la verdad es que la abarca muy de cerca. Considerándola superficialmente, parece ser ajena a la vida; pero a la verdadera comprensión de sus verdades se abre la realidad de la vida. No se vive retirado en “círculos de la ciencia espiritual” para obtener allí toda clase de informaciones “interesantes” sobre mundos extraterrestres, sino que se ejercita el pensar, sentir y querer de acuerdo con las “leyes eternas de la existencia”, con el fin de actuar en la vida y de comprenderla con clara visión. Las verdades de la ciencia espiritual son, al mismo tiempo, el camino que conduce hacia el viviente pensar, sentir y querer.

Cuando se llegue a comprenderlo plenamente, sólo entonces el movimiento científico espiritual habrá entrado en su justo cauce. El recto obrar proviene del correcto pensar; y el erróneo actuar tiene su origen en un pensar equivocado, o bien en la irreflexión. Quien realmente quiere tener fe en que en la esfera social se llegue a realizar algo benéfico, ha de consentir que semejante obrar depende de las respectivas facultades humanas. El trabajo de compenetrarse de las ideas de la ciencia espiritual, significa acrecentar las facultades para el obrar social. A este respecto no solamente es importante qué pensamientos se acojan por el estudio de dicha ciencia, sino, cómo a través de ella, se transforma el pensar.

Ciertamente, no se puede negar, que aún no se percibe que dentro de los círculos científico espirituales mismos, se haya realizado mucho trabajo en ese sentido, y que precisamente por tal causa, los extraños a la ciencia espiritual tengan, por ahora, suficiente motivo para dudar de lo expuesto. Por otra parte hay que tener en cuenta que nuestro movimiento científico espiritual aún se halla al comienzo de sus actividades, y que su ulterior progreso ha de buscarse en que se introduzca en todos los ámbitos de la vida práctica *. En cuanto a la “cuestión social” se pondrá entonces de manifiesto, que en lugar de las teorías “con las cuales en el gabinete de estudio se trabaja bastante bien”, habrá otras que darán la capacidad para juzgar la vida, sin prejuicios, encauzando la voluntad hacia un actuar que dará a la humanidad bienestar y fecundo desarrollo. Alguno que otro responderá que justamente el caso del señor Kolb hace evidente que es superfluo apelar a la ciencia espiritual, y que sólo haría falta que aquel que se prepara para una carrera o profesión, no se limite a aprender sus teorías en el gabinete de estudio, sino que, aparte de la instrucción teórica, debiera conocer la vida a travé de un aprendizaje práctico; ya que para Kolb, al tener contacto con la vida, le bastó lo que había aprendido, para llegar a una opinión distinta a la que anteriormente había tenido. Sin embargo, no es suficiente, pues el defecto tiene raíces más profundas.

El percatarse de que una instrucción preparatoria deficiente sólo capacita para construir puentes que se derrumban, todavía no confiere la capacidad, ni mucho menos, para construirlos mejor, sino que primero habrá que adquirir los conocimientos pertinentes. Indudablemente, no hace falta sino observar las condiciones sociales, y aunque se tenga una teoría de las leyes fundamentales de la vida del todo insuficiente, no se dirá, frente a cada uno que no trabaja: “¿Por qué no trabaja este holgazán?”. Es que la misma situación social hará comprender por qué tal hombre no trabaja. Pero con ello no se ha aprendido cómo deben organizarse las condiciones para el bienestar de la humanidad. No cabe duda de que todos los hombres de buena voluntad que hayan presentado sus proyectos para el mejoramiento del destino humano, no juzgaron del mismo modo que el consejero gubernamental Kolb antes de su viaje a América. Es de suponer que todos estaban convencidos de que no corresponde reprender mediante la frase: ¿por qué no trabaja este holgazán?, a cada individuo al que en la vida le va mal. Pero esto no quiere decir que las propuestas de reforma social, divergentes entre sí, hayan sido fecundas. Por la misma razón, se justifica decir que planes reformistas del consejero Kolb, después de su cambio de opinión, tampoco podrían ser de gran efecto positivo. En este campo, el error de nuestro tiempo consiste, precisamente, en que cualquiera se cree capaz de comprender la vida, aunque no se haya interesado por sus leyes fundamentales, y sin haber desarrollado la propia capacidad de pensar para percibir las verdaderas fuerzas de la vida. La ciencia espiritual equivale al desarrollo hacia un sano criterio de la vida, porque ella penetra hasta el fondo de la misma. A nada conduce el darse cuenta de que las condiciones sociales hacen que los hombres sean llevados a situaciones de degeneración: hace falta conocer las fuerzas que generan condiciones más favorables. Nuestros eruditos de la economía política no poseen tal capacidad, por un motivo parecido a que no saben hacer cálculos quienes no conocen la tabla de multiplicar, y por más que se les presenten series numerales, todo resultará inútil.

Análogamente, aquel que no entiende nada de las fuerzas fundamentales de la vida social, tampoco llegará a saber cómo se concatenan las fuerzas sociales para el bien o para el mal de la humanidad.

En nuestro tiempo hace falta un concepto de la vida que conduzca a sus verdaderas fuentes. La ciencia espiritual nos da tal concepto. Ella podría conducirnos a resultados positivos, si todos aquellos que deseen formarse una idea de lo que “a la sociedad hace falta”, se compenetrasen primero de lo que la ciencia espiritual enseña concerniente a la vida. No es admisible el argumento de que la ciencia espiritual en vez de “actuar” solamente “habla”, ni tampoco aquél de que sus ideas aún no han sido ensayadas, y que por lo tanto, podrían evidenciarse como pálida teoría, al igual que la economía política del señor Kolb.

El primer argumento no es válido, puesto que no es posible “actuar” en tanto que los caminos para efectuarlo se encuentren cerrados. Por más que un pedagogo sepa lo que un padre debiera hacer para educar a sus hijos, no podrá “actuar” si ese padre no le llama para hacerse cargo de ello. Hay que tener paciencia y esperar hasta que el “hablar” de la ciencia espiritual haya despertado el entendimiento de los que tienen el poder de “actuar”. Y esto sucederá. El otro argumento tampoco reviste significancia, y no será hecho, sino por quienes desconocen las verdades fundamentales de la ciencia espiritual. Quienes las conocen, saben que no son algo que se busca por el “ensayo” o experimento, sino que las leyes del bienestar de la humanidad integran el principio básico del alma humana con la misma certidumbre con que rige la tabla de multiplicar. Sólo hace falta penetrar en lo profundo de este principio básico del alma humana. Ciertamente, es posible evidenciar lo que, en este sentido, se halla impregnado en el alma, como también puede evidenciarse que dos por dos son cuatro. Pero nadie pretenderá que la verdad de que “dos por dos son cuatro” debe “probarse”, por ejemplo, mediante cuatro porotos que se colocan en dos grupos de dos porotos cada uno. Lo cierto es que dudar de la verdad de la ciencia espiritual, significa no haberla comprendido, del mismo modo que sólo puede dudar de que “dos por dos son cuatro”, quien no lo haya comprendido. Por más que las dos cosas se distingan entre sí, ya que ésta es tan simple y aquélla tan complicada: tienen, sin embargo, semejanza. Por otra parte, no se llegará a reconocerlo, en tanto no se penetre en la ciencia espiritual misma. Por esta razón, al que no la conozca no se le puede dar “prueba” de ello; sólo puede decirse: aprended a conocer la ciencia espiritual, y llegaréis a la claridad.

La importante misión de la ciencia espiritual para nuestro tiempo se evidenciará cuando ella se halle convertida en fermento de la vida humana en general, y sólo quedará al comienzo de su actuar, mientras no haya tomado este camino en toda la extensión de la palabra. Hasta no alcanzarlo, dicha ciencia será tachada de ajena a la vida. Ciertamente, lo es en el mismo sentido en que el ferrocarril era ajeno a la civilización que sólo conocía la realidad de la diligencia. Lo que la ciencia espiritual enseña es algo tan ajeno como el porvenir es ajeno al pasado.

Versión castellana de Francisco Schneider

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