1. La tradición monoteísta y los patriarcas del desierto

Del libro “Los Grandes Iniciados” de Edouard Schuré

LIBRO IV.   Moisés (la misión de Israel)

 

 

Discurso preliminar.

La Revelación es tan vieja como la humanidad consciente. Efecto de la inspiración, se pierde en la noche de los tiempos. Basta haber lanzado una mirada penetrante a los libros sagrados del Irán, de la India y de Egipto, para asegurarse de que las ideas madres de la doctrina esotérica constituyen su fondo oculto, pero viviente. En ella se encuentra el alma invisible, el principio generador de las grandes religiones. Todos los poderosos iniciadores han percibido en un momento de su vida la irradiación de la verdad central; pero la luz que de ella han sacado se ha roto y coloreado según su genio y su misión, según los tiempos y los lugares.

Hemos atravesado por la iniciación aria con Rama, la brahmánica con Krishna, la de Isis y de Osiris con los sacerdotes de Thebas. ¿Podremos negar, después de esto, que el principio inmaterial del Dios supremo, que constituye el dogma esencial del monoteísmo y la unidad de la naturaleza, haya sido conocida por los brahmanes y los sacerdotes de Ammón-Rá?. Sin duda, ellos no hacían nacer el mundo de un acto instantáneo, de un capricho de la divinidad, como nuestros teólogos primarios. Pero sabia y gradualmente, por vía de emanación y de evolución, extraían lo visible de lo invisible, el universo de las profundidades insondables de Dios.

La dualidad masculino-femenina salía de la unidad primitiva; la trinidad viviente del hombre, de la dualidad creadora, y así sucesivamente. Los números sagrados constituían el verbo eterno, el ritmo y el instrumento de la divinidad. Contemplados con más o menos lucidez y fuerza, evocaban en el espíritu del iniciado la estructura interna del mundo a través de la suya propia. Del mismo modo, la nota precisa sacada con un arco de una lámina de cristal cubierta de arena, dibuja en pequeño las formas armoniosas de las vibraciones que llenan con sus ondas sonoras el vasto reino del aire. Pero el monoteísmo esotérico de Egipto no salió nunca de los santuarios. Su ciencia sagrada era como privilegio de una pequeña minoría.

Los enemigos del exterior comenzaban a batir en brecha aquella antigua ciudadela de la civilización. En la época a que hemos llegado, en el siglo XII antes de J. C, el Asia se hundía en el culto de la materia. La India marchaba ya a grandes pasos hacia su decadencia. Un poderoso imperio se había levantado en las orillas del Eufrates y del Tigris. Babilonia, esa ciudad colosal y monstruosa, producía vértigos a los pueblos nómadas que merodeaban alrededor. Los reyes de Asiria se proclamaban monarcas de las cuatro regiones del mundo, y aspiraban a poner los límites de su imperio en el mismo fin de la Tierra. Aplastaban a los pueblos, los deportaban en masa, los reclutaban y los lanzaban uno contra otro. Ni derecho de gentes, ni respeto humano, ni principio religioso, sino la ambición personal sin freno: tal era la ley de los sucesores de Ninus y de Semíramis. La ciencia de los sacerdotes caldeos era profunda, pero mucho menos pura, menos elevada y menos eficaz que la de los sacerdotes egipcios. En Egipto, la autoridad fue privilegio de la ciencia. El sacerdocio ejerció siempre un poder moderador sobre los reyes. Los faraones eran sus discípulos, y jamás llegaron a ser déspotas odiosos como los reyes de Babilonia. En Babilonia, al contrario, el sacerdocio aplastado, sólo fue desde el principio un instrumento de la tiranía. En un bajo relieve de Nínive, se ve a Nemrod, gigante fornido, estrangular con sus brazos musculosos a un león que tiene apretado contra su pecho. Símbolo parlante: así es como los monarcas de Asiria ahogaron al león iranio, al pueblo heroico de Zoroastro, asesinando a sus pontífices, degollando a los magos de sus colegios, aprisionando a sus reyes. Si los rishis de la India y los sacerdotes de Egipto hicieron reinar en cierto modo la Providencia sobre la Tierra por su sabiduría, se puede decir que el reino de Babilonia fue el del destino, es decir, el de la fuerza ciega y brutal.

Babilonia llegó a ser así el centro tiránico de la anarquía universal, el ojo inmóvil de la tempestad social que envolvía al Asia en sus torbellinos; ojo formidable del Destino, siempre abierto, acechando a las naciones para devorarlas.

¿Qué podía hacer Egipto contra el torrente invasor?. Los Hicsos habían estado a punto de hacerlo desaparecer como foco civilizador. El Egipto resistía con valor, pero eso no podía durar siempre. Transcurridos seis siglos, el ciclón persa, que sucedía al ciclón babilónico, iba a barrer sus templos y sus faraones. El Egipto, por otra parte, que poseyó en el más alto grado el genio de la iniciación y de la conservación, no tuvo nunca el de la expansión y de la propaganda. ¿Iban a perecer los tesoros acumulados de su ciencia?. Ciertamente que la mayor parte quedó bajo sus ruinas y cuando llegaron los Alejandrinos, sólo pudieron desenterrar sus fragmentos. Dos pueblos de genio opuesto encendieron, sin embargo, sus antorchas en los santuarios, antorchas de rayos diversos, de las que una aclara las profundidades del cielo, mientras la otra ilumina y transfigura la Tierra: Israel y Grecia.

La importancia del pueblo de Israel para la historia de la humanidad resalta a primera vista, por dos razones. La primera es que representa el monoteísmo; la segunda, que ha dado nacimiento al cristianismo. Pero el objetivo providencial de la misión de Israel sólo aparece al que, abriendo los símbolos del Antiguo y del Nuevo Testamento, se da cuenta de que encierran toda la tradición esotérica del pasado, aunque bajo una forma frecuentemente alterada —en lo que concierne al Antiguo Testamento sobre todo— por los numerosos redactores y traductores, quienes la mayor parte ignoraban el primitivo significado. Entonces el papel de Israel se hace claro. Porque ese pueblo forma así el eslabón necesario entre el antiguo y el nuevo ciclo, entre el Oriente y el Occidente. La idea monoteísta lleva por consecuencia la unificación de la humanidad bajo un mismo Dios y bajo una misma ley. Pero mientras los teólogos se formen una idea infantil y los hombres de ciencia lo ignoren o lo nieguen pura y simplemente, la unidad moral, social y religiosa de nuestro planeta sólo será un piadoso deseo o un postulado de la religión y de la ciencia, impotentes para realizarla. Por el contrario, esa unidad orgánica aparece como posible cuando se reconoce esotérica y científicamente la clave del mundo y de la vida en el principio divino; la del hombre y la de la sociedad en su evolución. En fin, el cristianismo, es decir, la religión del Cristo, sólo nos aparece en su cultura y universalidad al descubrirnos su reserva esotérica. Entonces únicamente se muestra como la resultante de todo lo que ha precedido, como encerrando en sí los principios, el fin y los medios de la regeneración total de la Humanidad. Sólo al abrirnos sus misterios últimos es cuando llegará a ser lo que realmente es: la religión de la promesa y del cumplimiento, es decir, de la iniciación universal.

Moisés, iniciado egipcio y sacerdote de Osiris, fue incontestablemente el organizador del monoteísmo. Por él, ese principio hasta allí oculto bajo el triple velo de los misterios, salió del fondo del templo para entrar en el círculus de la historia. Moisés tuvo la audacia de hacer del más alto principio de la iniciación el dogma único de una religión nacional, y la prudencia de no revelar sus consecuencias más que a un pequeño número de iniciados, imponiéndolo a la masa por el temor. En esto, el profeta del Sinaí tuvo evidentemente intuiciones lejanas que sobrepasaban con mucho los destinos de su pueblo. La religión universal de la humanidad: he ahí la verdadera misión de Israel, que pocos judíos han comprendido, fuera de sus más grandes profetas. Esa misión, para cumplirse, suponía la submersión del pueblo, que la representaba. La nación judía ha sido dispersada, aniquilada, mientras la idea de Moisés y de los Profetas ha vivido y se ha ensanchado. Desarrollada, transfigurada por el cristianismo, reavivada por el Islam, aunque de un modo inferior, ella debía imponerse al Occidente bárbaro, reaccionar sobre el Asia misma. En adelante la humanidad, por mucho que haga, por mucho que se agite contra sí misma, girará alrededor de esa idea central como la nebulosa alrededor del sol que la organiza. He ahí la obra formidable de Moisés.

Para esa empresa, la más colosal después del éxodo prehistórico de los Arios, Moisés encontró un instrumento ya preparado en las tribus de los Hebreos, en aquella particularmente que se había fijado en Egipto en el valle de Goshen, viviendo allí en servidumbre bajo el nombre de los Beni-Jacob. Para establecer una religión monoteísta, había tenido también precursores en la persona de esos reyes nómadas y pacíficos que la Biblia nos presenta bajo la figura de Abraham, de Isaac y de Jacob. Lancemos una mirada a esos hebreos y a esos patriarcas. Trataremos en seguida de destacar la figura de su gran Profeta de los espejismos del desierto y de las sombrías noches del Sinaí, donde retumba el trueno del Jehovah legendario.

Se les conocía hacia siglos, miles de años, a esos Ibrim, nómadas infatigables, eternos desterrados[1]. Hermanos de los Árabes, los Hebreos eran, como todos los Semitas, el resultado de una antigua mezcla de la raza blanca con la raza negra. Se les había visto pasar y repasar por el Norte de África, bajo el nombre de Bodones (Beduinos), los hombres sin asilo y sin lecho, luego plantar sus tiendas móviles en los vastos desiertos entre el mar Rojo y el golfo Pérsico, entre el Eufrates y la Palestina. Ammonitas, Elamitas o Edomitas, todos esos viajeros se parecían. Por vehículo el asno o el camello, por casa la tienda, por único bien rebaños errantes como ellos mismos y pastando siempre en tierra extranjera. Como sus antepasados los Ghibosim, como los primeros Celtas, esos rebeldes tenían odio a la piedra tallada, a la ciudad fortificada, al trabajo impuesto y al templo de piedra, y, sin embargo, las ciudades monstruosas de Babilonia y de Nínive, con sus palacios gigantescos, sus misterios y sus orgías, ejercen sobre esos semisalvajes una invencible fascinación. Atraídos a sus prisiones de piedra, capturados por los soldados del rey de Asiria, reclutados para sus ejércitos, a veces se lanzaban a las orgías de Babilonia. Otras veces también, los israelitas se dejaban seducir por las mujeres de Moab, esas zalameras atrevidas de negra piel y ojos brillantes. Ellas les arrastraban a la adoración de los ídolos de piedra y de madera y hasta al horrible culto de Moloch. Pero a veces la sed del desierto les alcanzaba de nuevo y huían. Después de regresar a los valles agrestes donde sólo se oye el rugido de las fieras, a las llanuras inmensas en que es imposible guiarse por otras luces que las de las constelaciones, bajo la fría mirada de aquellos astros que habían adorado sus antepasados, se avergonzaban de sí mismos. Si entonces un patriarca, un hombre inspirado, les hablaba del Dios único, de Elelión, de Aelohim, de Sebaoth, el Señor de los ejércitos que ve todo y castiga al culpable, aquellos hombres salvajes y sanguinarios inclinaban la cabeza y, arrodillándose para orar, se dejaban conducir como corderos.

Y poco a poco, esa idea del gran Aelohim, del Dios único, Todopoderoso, llenaba su alma, como en el Padan-Harram, el crepúsculo confunde todos los accidentes del terreno bajo la línea infinita del horizonte, fundiendo los colores y las distancias bajo la igualdad espléndida del firmamento, y cambiando el universo en una sola masa de tinieblas, cubierta por una esfera chispeante de estrellas.

¿Quiénes eran, pues, los patriarcas?. Abram, Abraham, o el padre Orham, era un rey de Ur, ciudad de Caldea próxima a Babilonia. Los Asirios le representaban, según la tradición, sentado en un sillón con aire benévolo[2]. Ese personaje muy antiguo que ha pasado a la historia mitológica de todos los pueblos, puesto que Ovidio le cita[3], es el mismo que la Biblia nos representa como emigrando del país de Ur, al país de Canaán, a la voz del Eterno: El Eterno se le apareció y le dijo:

Yo soy el Dios fuerte, Todopoderoso; marcha ante mi faz y en integridad… Estableceré una alianza entre tú y yo y entre tu posteridad, para ser una alianza eterna, a fin de que yo sea tu Dios y el Dios de tu posteridad después de ti”. (Génesis XVI, 17; XVII, 7).

Este pasaje, traducido al lenguaje de nuestros días significa que un antiquísimo jefe semita llamado Abraham, que había recibido probablemente la iniciación caldea, se sintió lanzado por la voz interior a conducir su tribu hacia el Oeste y le impuso el culto de Aelohim. El nombre de Isaac, por el prefijo Is, parece indicar una iniciación egipcia, mientras que los de Jacob y José dejan entrever un origen fenicio. Sea de ello lo que quiera, es probable que los tres patriarcas fueron tres jefes de pueblos diversos que vivieron en épocas distintas. Largo tiempo después de Moisés, la leyenda israelita los agrupó en una sola familia. Isaac pasó por ser hijo de Abraham, Jacob hijo de Isaac. Esta manera de representar la paternidad intelectual por la paternidad física era muy usada en los antiguos sacerdocios. De esa genealogía legendaria se deduce un hecho capital: la afiliación del culto monoteísta a través de los patriarcas iniciados del desierto.

Que esos hombres hayan tenido advertencias interiores, revelaciones espirituales bajo forma de sueño o aun de visiones en estado de vigilia, eso nada tiene de contrario a la ciencia esotérica, ni a la ley psíquica universal que rige las almas y los mundos. Esos hechos han tomado en la narración bíblica la forma sencilla de visitas de ángeles a quienes se da hospitalidad bajo la tienda.

¿Tuvieron esos patriarcas una percepción profunda de la espiritualidad de Dios y de los fines religiosos de la humanidad?. Sin duda alguna. Inferiores en ciencia positiva a los magos de la Caldea, como a los sacerdotes egipcios, les ganaron probablemente por la elevación moral y la amplitud de alma que lleva consigo una vida errante y libre. Para ellos el orden sublime que Aelohim hace reinar en el universo se traduce en el orden social, en culto a la familia, en respeto a sus mujeres, en amor apasionado a sus hijos, en protección a toda la tribu, en hospitalidad para el extranjero. En una palabra, esos “altos padres” son árbitros naturales entre las familias y las tribus. Su bastón patriarcal es un cetro de equidad.

Ellos ejercen una autoridad civilizadora y respiran la mansedumbre y la paz. Aquí y allá, bajo la leyenda patriarcal se ve brillar el pensamiento esotérico. Así, cuando, en Bethel, Jacob ve en sueños una escala con Aelohim en la parte más alta y los ángeles que suben y bajan, se reconoce una forma popular, un extracto judaico de la visión de Hermes y de la doctrina de la evolución descendente y ascendente de las almas.

Un hecho histórico de la mayor importancia para la época de los patriarcas, nos aparece en fin, en dos versículos reveladores. Se trata de un encuentro de Abraham con un hermano de iniciación. Después de haber hecho la guerra a los reyes de Sodoma y de Gomorra, Abraham va a rendir homenaje a Melchisedec. Ese rey reside en la fortaleza que será más tarde Jerusalén!. “Melchisedec, rey de Salem, hizo traer pan y vino. Porque él era sacrificador de Aelohim, el Dios soberano. Y él bendijo a Abram, diciendo:

“Bendito sea Abram por Aelohim, el Dios soberano, poseedor de los cielos y de la tierra”. (Génesis XIV, 18 y 19). He aquí, pues, un rey de Salem, que es el gran sacerdote del mismo Dios que Abraham. Éste le trata como superior, como maestro, y comulga con él bajo las especies del pan y del vino, en nombre de Aelohim, lo que en el antiguo Egipto era un signo de comunión entre iniciados. Había pues un lazo de fraternidad, signos de reconocimiento y un fin común entre todos los adoradores de Aelohim, desde el fondo de la Caldea hasta Palestina y quizá hasta santuarios de Egipto. Aquella conjuración monoteísta sólo esperaba un organizador.

Así, entre el Toro alado de Asiria y la Esfinge de Egipto que de lejos observan el desierto, entre la tiranía aplastante y el misterio impenetrable de la iniciación, avanzan las tribus elegidas de los Abramitas, de los Jacobelitas, de los Beni Israel. Huyen ellas de las fiestas desvergonzadas de Babilonia; pasan sin detenerse ni hacer caso ante las orgías de Moab, los horrores de Sodoma y de Gomorra y el culto monstruoso de Baal. Bajo la guardia de los patriarcas, la caravana sigue su ruta jalonada de oasis, marcada por raras fuentes y endebles palmeras. Como una larga cinta ella se pierde en la inmensidad del desierto, bajo el ardor del día, bajo la púrpura del poniente y bajo el manto del crepúsculo, que domina Aelohim.

Ni los rebaños, ni las mujeres, ni los ancianos, conocen el objeto del eterno viaje. Pero avanzan con el paso doliente y resignado de los camellos. ¿Adonde van de este modo?. Los patriarcas lo saben; Moisés se lo dirá.

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[1] (Ibrim, quiere decir: “los del otro lado, los de allá, los que han pasado el río”. — Renán, Histoire du peupled’Israel).

[2] (Renán. Peuple d’Israel).

[3] (Rexit Achaemenias pater Orchamus, isque. Septimus a prisconumeratur origine Belo, Ovidio, Métam. IV, 220).

 

Editado por Gracia Muñoz en Enero de 2018.

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