GA209. El Alfabeto. Una expresión del misterio del hombre

Rudolf Steiner  — Dornach, 28 de diciembre 1921

English version

Hace algún tiempo nos ocupamos de la relación del hombre con el universo y hoy quiero revisar estas consideraciones. Si contemplamos cómo vive el hombre en la presente época de la humanidad, pero tomando las épocas de forma tal que abarquen la historia y, en parte también, la prehistoria: entonces deberemos decir que para este momento de la evolución cósmica de la humanidad hay que tener en cuenta, sobre todas las cosas, como algo característico, al habla. El habla eleva al hombre por encima de los demás reinos naturales.

Ya en las conferencias de la semana pasada indiqué que en el transcurso de la evolución humana, el lenguaje, incluso el hablar, se han ido modificando. También en este ámbito la humanidad ha pasado por un desarrollo. Me referí a cómo, en tiempos muy remotos, el lenguaje era algo que, en cierta manera, el hombre formaba desde sí mismo, como una predisposición interior; y cómo, con ayuda del instrumento del habla, podía manifestar las fuerzas divino-espirituales que vivían en él. Señalé que en la transición de la cultura griega a la latino-romana, es decir en la cuarta época cultural post-atlántica, se hizo claramente perceptible que los sonidos aislados del habla ya no tenían una denominación sino que, simplemente, como estamos acostumbrados hoy, se designaban como sonidos.

 En el griego, por ejemplo, tenemos aún la denominación para la primera letra del alfabeto; en el latín solamente la A. En la transición del griego al latín, aquello que vivía en el lenguaje, y que era eminentemente concreto, se vuelve algo abstracto. Se podría decir también, de acuerdo a su sentido real, lo siguiente: mientras los hombres decían “Alpha” a la primera letra del alfabeto, tenían en esta denominación algo de inspiración: en el momento en que empezaron a llamarla solamente A, en lugar de la inspiración, de la vivencia interior, se colocó la adaptación a lo convencional externo, a la prosa de la vida. Esa es la verdadera transición de la cultura griega a la romano-latina: que del mundo poético-espiritual la humanidad cultural se desarrolla hacia la prosa de la vida. El pueblo romano es un pueblo sobrio, prosaico, es el pueblo de lo jurídico, que introdujo más tarde en la cultura la prosa y la jurisprudencia, mientras aquello que vivía en la cultura griega se iba desarrollando en la humanidad cultural más o menos como una especie de sueño cultural, al cual uno se acercaba entonces en sus propias revelaciones, cuando quería vivenciar la interioridad y luego expresarla. Se podría decir que toda poesía tiene algo en sí, por lo cual a la humanidad europea se le aparece como una hija de Grecia. Toda jurisprudencia, toda clasificación exterior, toda la prosa de la vida tiene algo en sí, que la hace aparecer como una hija del pueblo romano-latino.

También hice notar cómo una verdadera comprensión del Alpha —Aleph en hebreo— nos lleva a reconocer aquello que se quería expresar: que éste es el símbolo para el hombre. Si uno lo quiere expresar hoy en forma aproximada, Alpha es en realidad “el que siente su propia respiración”. En esta denominación se alude directamente a la palabra del Antiguo Testamento. El ser humano fue creado al recibir el divino aliento viviente.

Así, aquello que fue realizado allí con el aliento para que el hombre se volviera un hombre terrenal; el ser que se le imprimió al hombre de modo que experimentara y sintiera la respiración; para que incluyera en su consciencia la respiración; eso es lo que se quería expresar en la primera letra del alfabeto.

Y si uno observa en forma imparcial la siguiente, Beta, considerando también la correspondiente en hebreo, ésta se nos presenta como un cerco de paredes, como una envoltura, como la casa. De modo que si en el lenguaje actual se quisiera expresar lo que alguna vez se sintió al comenzar a decir Alpha-Beta, se podría expresar con las palabras: El hombre en su casa. Y así podríamos recorrer todo el alfabeto, y expresar un concepto, un significado, una verdad sobre el hombre, diciendo por orden los nombres de las letras del alfabeto. En cierta forma sería como decir una oración abarcante que expresa el misterio de la humanidad. De modo que esta oración comienza expresando lo siguiente: el hombre en su refugio, en su templo. Lo que sigue en la oración entonces, expresaría cómo el hombre se comporta allí; cómo es su relación con el universo. En pocas palabras, no es lo abstracto lo que se expresa al decir en forma ordenada las letras del alfabeto, como ocurre hoy cuando decimos A, B, C, sin pensar en nada, sino que es la expresión del misterio del hombre y de su arraigo en el mundo.

 Cuando hoy en diversas sociedades se habla de “la palabra original que se ha perdido”, se hace referencia a la oración que nombra por orden las letras del alfabeto. De modo que podemos mirar hacia atrás, hacia una época en la evolución de la humanidad, donde el hombre en cierta forma, cuando volvía sobre su alfabeto, no exhalaba de sí mismo aquello que se apoyaba en sucesos exteriores, en necesidades exteriores, sino lo que su misterio divino-espiritual quería expresar por medio de su laringe y de sus órganos de fonación. Se podría decir que, más tarde, aquello que pertenece al alfabeto fue distribuido en objetos exteriores, y se olvidó lo que el hombre a través de su lenguaje puede revelar, desde sí mismo, sobre su misterio divino espiritual.

La verdadera palabra primigenia, la palabra plena de sabiduría, se ha perdido. El Lenguaje se diluyó en lo prosaico de la vida. Y hoy, cuando el hombre habla, ya no es consciente de que esa oración primigenia, a través de la cual la divinidad le revelaba su propio ser fue olvidada, ni de que en las palabras y oraciones aisladas de hoy tenemos sólo jirones de aquella frase originaria. El poeta, cuando no se abandona al contexto de la prosa del lenguaje, sino que se remonta a la intuición, al sentir interior, a la conformación interna del lenguaje, intenta regresar al elemento inspirador del origen de la palabra y se podría decir que la poesía verdadera, sea la más pequeña o la más grande, es un intento de volver a la poesía que se ha perdido, de dar un paso atrás desde el prosaísmo de la vida hacia aquellos tiempos en los cuales aún se revelaba el ser del mundo en el organismo interno del lenguaje.

Hoy en el habla diferenciamos el elemento vocálico y el  consonántico. Ya hablé de cómo se comporta aquello que el hombre encuentra si se sumerge por debajo del umbral de la consciencia. Para la consciencia común los recuerdos se reflejan hacia arriba, es decir, los pensamientos de las vivencias entre el nacimiento y la muerte. Con la consciencia corriente sólo logramos descender con nuestra propia entidad humana hasta los pensamientos dejados atrás en la memoria, en el recuerdo. Desde un determinado punto de vista he señalado aquello que –quisiera decir–- vive como una tragedia general de la humanidad debajo del umbral de la consciencia. Pero también se puede expresar de la siguiente manera. Se puede decir: cuando el hombre despierta por la mañana y su yo y su cuerpo astral se sumergen en el cuerpo etéreo y físico, él desde su interior no los percibe. Lo que el hombre percibe es algo muy diferente. Lo representaremos gráficamente. Tenemos aquí, por ejemplo, el límite entre lo consciente y lo inconsciente:

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Aquí está rayado en rojo: lo consciente, aquí rayado en azul: lo inconsciente. El consciente rechaza los recuerdos. Si el hombre ve algo en el mundo exterior o de sí mismo, por ejemplo: si el ojo es visto por el propio ojo, aquello que sale como rayos visibles, penetrando en el hombre, es rechazado y él lo experimenta en su consciencia. También lo que porta de su propio ser debajo del umbral de la consciencia, él lo vivencia en su cuerpo astral y en su yo, pero no en el estado de vigilia. Esto permanece inconsciente y forma, esencialmente, el contenido real del cuerpo etérico y el físico. El cuerpo etérico no es reconocido en absoluto por la consciencia corriente y el cuerpo físico lo es sólo por su aspecto exterior. Recién al sumergirse por debajo del nivel de la memoria se puede percibir, de la forma en que lo he descrito, el origen del mal en el ser humano. Y se percibe también algo más: un aspecto de la relación del hombre con el cosmos.

Si a través de la meditación correspondiente, se logra traspasar la memoria representativa, alejar aquello que interiormente nos separa del cuerpo etérico y del cuerpo físico, y mirar hacia estos cuerpos de tal manera que se perciba lo que hay bajo el umbral de la consciencia, se escuchará entonces, tanto en el cuerpo etérico, como en el cuerpo físico, una resonancia. Este, es el sonido de la música de las esferas que el ser humano ha recibido durante su destino desde los mundos divino espirituales hacia el mundo físico, lo que se le ha dado en la herencia física de sus padres y de sus antepasados. Los sonidos de la música de las esferas resuenan en el cuerpo etérico y en el cuerpo físico de la siguiente manera: en el cuerpo etérico, si son vocales y en el cuerpo físico, si son consonantes. Es así que el hombre, mientras transita por la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento se familiariza con el mundo de las altas jerarquías.

Como recordarán, hemos visto que el hombre se acostumbra al mundo de los ángeles, los arcángeles, de los Arcai, que vive en ese ámbito de las jerarquías como lo hace aquí, entre los seres del reino mineral, vegetal y animal. Después de la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento, anhela volver nuevamente a la vida terrenal. Y en este camino primero se lleva consigo las influencias de las estrellas fijas, es decir su representación, el zodíaco, y luego en el siguiente descenso las influencias del  movimiento de los planetas.

Recordemos ahora a los representantes de las estrellas fijas, el zodíaco. El ser humano está expuesto a las influencias cuando desciende desde la vida anímico-espiritual a la terrenal. Si se quiere designar sus verdaderas influencias según su verdadero ser debemos decir: música de las esferas son las consonantes, y el “consonantizar” en el cuerpo físico es la resonancia del sonido de cada una de las imágenes o figuras del zodíaco. A través del movimiento de los planetas sucede aquello que, en esa música de las esferas, es el vocalizar. Esto se imprime en el cuerpo etérico. Así, inconscientemente portamos, en nuestro cuerpo físico un reflejo de la consonancia cósmica y en nuestro cuerpo etérico un reflejo del vocalismo cósmico. Se podría decir que todo esto permanece mudo en la subconsciencia.

Pero, mientras el niño se desarrolla, ascienden desde el cuerpo hacia los órganos de fonación aquellas fuerzas que son la imagen activa del cosmos y dan forma a los órganos del habla. Los órganos más interiores son formados por la entidad del hombre, de tal manera que pueden vocalizar, y los órganos situados hacia la periferia: paladar, garganta, lengua, labios y todo aquello que se relaciona más bien con la formación del cuerpo físico se modelan para que con ellos se puedan “consonantizar”. Cuando el niño aprende a hablar surge desde su hombre inferior hacia su hombre superior una consecuencia de aquello que fue incorporado como fuerza formativa en el cuerpo físico, y, también de aquello que fue incorporado en el cuerpo etérico, naturalmente no en las sustancias sino en las formas. Cuando hablamos, se podría decir que revelamos un eco de las experiencias que el hombre, junto con el cosmos, atravesó entre la muerte y un nuevo nacimiento durante el descenso desde el mundo divino-espiritual. Cada detalle del alfabeto es una reproducción de lo que vive en el cosmos.

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Podemos observar en forma aproximada las figuras del zodíaco si las relaciona con el lenguaje actual – si coloca B, C, D, F como figuras estelares del zodíaco. Las puede observar si siente que la “H” es un cambio planetario – “H” no es una letra como las otras, sino que imita la revolución, la rotación, y cada planeta en su rotación es siempre una vocal que de alguna manera se coloca delante de las consonantes. Piense, entonces, que la vocal “A” se coloca aquí (ver gráfico) y de ese modo tenemos la “A” consonando con “B” y “C”, pero en cada vocal hay una “H”, cuando usted la pronuncia la puede percibir: ah, ih, eh, ¡en cada vocal está la “H”! ¿Qué quiere decir esto, que en cada vocal está la “H”? Quiere decir que la vocal gira en el cosmos. La vocal no está quieta, gira en el cosmos. Y el rotar, el girar, está expresado en la “H” que misteriosamente está dentro de cada vocal. Piensen entonces, por ejemplo, que en cualquier lugar del lenguaje se expresó una consonancia de vocales, digamos “IAO”. ¿Qué se expresa con esto? Se expresa lo que es la acción de dos planetas. Si a esto le agregamos una consonante: JOSUA (leáse IOSUA)… es decir se le agrega una “S” en el medio, esto significa que no sólo se expresa el vocalizar dentro de la esfera planetaria, sino también el efecto que los planetas, comprendidos en el “IAO” experimentan en su movimiento, por el hecho de producirse una relación con la figura estelar “S”. Es decir, que cuando en la antigua civilización humana se pronunciaba un nombre divino vocálicamente, se expresaba así un misterio planetario.

El accionar de una entidad divina dentro del mundo de los planetas estaba expresado con el nombre. Si se expresaba un nombre divino de tal forma que había en él algo consonántico, entonces el acto de esa entidad divina se elevaba hasta el representante de las estrellas fijas, el zodíaco.

Cuando instintivamente, aún se comprendían estas cosas en los tiempos remotos de la clarividencia atávica, del escuchar suprasensible, etc., se experimentaba al hablar una relación con el universo, se sentían hablando inmersos en este universo. Cuando un niño aprendía a hablar se podía sentir que aquello que fue vivido en el mundo divino-espiritual, antes del nacimiento o antes de la concepción, poco a poco, se iba revelando en el ser infantil.

Se puede decir que si el hombre pudiera observarse interiormente debería admitir: yo soy un cuerpo etérico, es decir, soy el eco del vocalismo del mundo. Yo soy un cuerpo físico, esto quiere decir que soy el eco del consonantismo del mundo. Y en tanto estoy parado aquí, sobre la Tierra se forma por medio de mi ser, un eco de todo aquello que dicen las figuras del zodíaco; y la vida de ese eco es mi cuerpo físico. Y se forma un eco de todo aquello que la esfera planetaria dice en sus revoluciones, y ese eco es mi cuerpo etérico.

  1. Cuerpo físico – eco del zodíaco
  2. Cuerpo etérico- eco del movimiento planetario
  3. Cuerpo astral- vivencia de ese movimiento planetario
  4. Yo – percepción del eco del zodíaco

Así es que no se dice nada, mis queridos amigos, al decir que el ser humano consiste de cuerpo físico y cuerpo etérico. Esto no es más que una palabra totalmente obscura e imprecisa. Si uno quisiera hablar en el lenguaje real, que puede ser aprendido de los misterios del cosmos, debería decir: el hombre se compone del eco de las estrellas fijas en el cielo, del eco de los movimientos planetarios, de todo aquello que experimenta el eco del movimiento planetario y de lo que vivencia conociendo el eco de las estrellas fijas. Entonces se habría expresado, en el real lenguaje del cosmos, lo que en forma abstracta se expresa con las palabras: el hombre está formado por un cuerpo físico, un cuerpo etérico, un cuerpo astral, un yo.

Uno se queda totalmente en lo abstracto, cuando dice: el hombre consiste primero de cuerpo físico, segundo de cuerpo etérico, tercero un cuerpo astral, cuarto un yo. Pero se pasa al lenguaje concreto del universo, si se dice: el hombre está formado por el eco del zodíaco, el eco del movimiento planetario, por la vivencia del pensar, sentir y querer en la impronta de esos movimientos planetarios y el percibir del eco del zodíaco. Lo primero es abstracción, lo segundo es realidad. Cuando dices “yo”: ¿Qué es esto en realidad? Imagínese por un momento que se han plantado árboles en un bonito orden estético. Se ve cada árbol. Todos esos árboles, finalmente son un sólo punto si uno se aleja lo suficiente. Tome usted todos los detalles, todo aquello que resuena del zodíaco como consonantes en el mundo y aléjese lo suficiente: todo lo que allí está conformado interiormente como sonidos, en la forma más variada, se comprimirá en un único punto: “Yo”.

De hecho, aquello con lo cual el hombre se denomina a sí mismo es, en realidad, sólo la expresión de lo que se percibe en el universo desde una distancia inconmensurable. En todas partes es así: primero se debe retroceder hacia aquello que aparece aquí, sobre la Tierra, como reflejo, como eco. De esa forma se diluye ante la vivencia superior e interior del hombre todo lo que constituye al hombre como fenómeno, como simple apariencia. Si se mira a un ser humano poco a poco, se aprende a conocer su verdad; el cuerpo físico deja de presentarse ante nosotros como hasta ahora; la mirada se amplía y llega hasta el cielo de las estrellas fijas. Y el cuerpo etérico también deja de estar delante de uno. Se amplía la mirada, se amplía la vivencia y se llega a la percepción de la vida planetaria, pues este cuerpo etérico humano es sólo un reflejo de la vida planetaria. Cuando un ser humano está frente a usted, sólo está delante suyo, la apariencia, la reproducción de lo que sucede en la vida planetaria. Creemos tener ante nosotros al hombre individual; pero este hombre individual es una imagen del mundo entero, en un lugar determinado.

 ¿Cuál es en el fondo la diferencia entre un hombre de Asia y un hombre de América? Es el hecho de que en dos puntos diferentes de la tierra se reproduce el cielo estelar, es como si se tuviera diferentes imágenes de un mismo hecho. Así, al observar al hombre se nos revela el mundo, y a través de esta observación uno es colocado ante el gran misterio, ya que el hombre no es otra cosa que una imagen microcósmica de una realidad macrocósmica. ¿En qué consiste entonces la vida actual? Si de esta vida moderna miramos hacia la vida antigua de la humanidad, en tiempos remotos, encontramos que aún existía en la consciencia instintiva de esos tiempos la vivencia de la relación del mundo con el hombre. Eso se puede experimentar en forma concreta en el alfabeto. Cuando el hombre quería expresar toda la plenitud de lo divino en una frase, decía el alfabeto. Si expresaba su propio misterio, como lo podía aprender en los centros iniciáticos, relataba su descenso por Saturno o Júpiter, en su constelación hacia Leo o Virgo es decir, su descenso a través de la “A” o de la “I”, en su constelación hacia la “N” o la “L”. Expresaba así, lo que había experimentado allí como música de las esferas y ese era su nombre cósmico. En tiempos remotos se era consciente en forma instintiva de que el hombre traía un nombre en su descenso desde el cosmos hacia la Tierra.

Más tarde la consciencia cristiana creó una especie de eco abstracto de esta consciencia primitiva, consagrando cada día a la memoria de un santo, pero, ante la comprensión correcta, no son otra cosa que los vivificadores del cosmos espiritual. El hombre cuando nacía en un determinado día del año, debía recibir el nombre del santo correspondiente según el calendario pues de ese modo se expresaba en forma abstracta lo que en tiempos primitivos se había expresado en forma concreta, cuando, a través de los misterios se encontraba el nombre cósmico según lo que el ser humano había experimentado durante su descenso, cuando su ser vocalizaba en relación al “consonantizar” del zodíaco. Así, todo el género humano, en su conjunto, tenía entonces muchos nombres, pero la consonancia de esos nombres era imaginada de tal manera que se amoldaba al nombre omniabarcante.

¿Qué era, entonces, el alfabeto observado desde este punto de vista? Era aquello que los cielos revelaban a través de sus estrellas y de los planetas, que giran por encima de esas estrellas. Al decir el alfabeto, en la instintiva sabiduría primitiva del hombre, se expresaba una astronomía. Decir el alfabeto y aprender astronomía era, para esos tiempos antiguos, una sola cosa. En aquellos tiempos, una sabiduría como la astronomía, no era presentada como hoy se hace con cualquier campo del saber instruido, compuesto de percepciones y conceptos aislados. Se la presentaba como una revelación que pugnaba hacia la superficie de la experiencia humana, ya sea en la oración primitiva misma o en partes de esa oración. Es decir que, con una parte de esa sabiduría primitiva, se presentaba una experiencia concreta. Y todavía subyace algo, como una consciencia muy nebulosa, en el hecho de que en la Edad Media, aquellos que eran introducidos a una instrucción más elevada, debían aprender gramática, retórica, dialéctica, aritmética, geometría, música y astronomía.

En este paso por los distintos campos del saber subyace en una suerte de consciencia nebulosa, algo que en tiempos remotos existía con claridad instintiva. La gramática hoy se ha vuelto algo muy abstracto. Si uno se remonta a los tiempos de los cuales la historia no relata nada, pero que, de todos modos, son  parte de la historia, encontramos que la gramática no era algo abstracto como hoy, sino que en la gramática el hombre era introducido a los secretos de cada letra; aprendía cómo se expresaba algo de los misterios del cosmos en las letras. Cada vocal se unía con cada planeta; cada consonante con la correspondiente imagen del zodíaco, y así se aprendía a reconocer en la letra a la estrella. Avanzando de la gramática a la retórica, se utilizaba aquello que vivía en el hombre como actividad de lo astronómico. Y cuando se pasaba a la dialéctica se tenía en el pensamiento la comprensión y elaboración de aquello que, desde lo astronómico, vivía en el hombre.

Tampoco la aritmética se enseñaba como suele hacerse hoy, como una abstracción, sino como una entidad que se expresaba en el misterio de los números. El número mismo era visto de otra forma a como lo vemos hoy. En relación a esto, quisiera dar un pequeño ejemplo:

¿Cómo se imagina hoy el 1, 2, 3? Bueno, uno se imagina una arveja, luego le agrega otra, entonces son dos, luego se agrega otra, entonces son tres. Es un agregarse de uno a otro, un amontonarse. Esa no era la forma en que uno se acercaba a los números en tiempos antiguos. Se partía de la unidad. Y al dividir la unidad en dos partes, se obtenía el dos. El dos, entonces, no estaba compuesto de una unidad más otra unidad. No era un amontonamiento de unidades, sino que el dos estaba en el uno. Y el tres estaba en el uno de otra manera; y el cuatro, a su vez, en otra forma. La unidad abarcaba todos los números, la unidad era lo más grande: hoy la unidad es lo más pequeño. Actualmente todo se presenta con relación al átomo. Allí la unidad es un miembro y luego se le agrega el dos, de esta manera, se presenta en forma atómica.

Originalmente era algo orgánico. Allí la unidad era lo más grande, los números siguientes aparecían siempre un poco más pequeños y estaban todos contenidos en la unidad. Así, se llega a misterios muy diferentes en el mundo de los números. Estos misterios del mundo de los números nos hacen sospechar que no sólo nos estamos ocupando con algo que vive en la cabeza hueca del hombre; —digo hueca porque muchas veces demostré que la cabeza del hombre es realmente hueca, desde el punto de vista espiritual— pues, en las relaciones numéricas, se pueden llegar a percibir las relaciones de objetividad del mundo. El hecho de agregar siempre uno al uno, es algo que no tiene nada que ver con las cosas. Tengo un trozo de tiza. Si pongo al lado otro trozo de tiza, el primero no tiene nada que ver con el segundo. No se preocupan el uno del otro. Pero si presupongo que cada cosa es una unidad, y luego paso a los números que están contenidos en esa unidad, obtengo un dos en una forma que no es indiferente. Para ello, tengo que quebrar el trozo. Así entro en la realidad.

Después de abarcar el pensamiento astronómico y de haberse elevado hacia la dialéctica, se llegaba aún más lejos dentro del universo con la aritmética, y de una manera similar con la geometría. A través de ella, se adquiría el sentimiento de que lo geométrico, pensado en forma real, es la música de las esferas.

Esa es la diferencia entre aquello que hoy es y aquello que alguna vez existió en la antigua sabiduría primitiva. Hoy tenemos la música. El físico-matemático calcula los registros de los tonos, por ejemplo, cuál de ellos es más efectivo en una melodía. De manera que una persona musical está obligada a olvidar su musicalidad y pasar a lo totalmente abstracto, esto en el caso de que el músico no sea muy entusiasta y huya antes del matemático. Así, el hombre es llevado desde algo experimentado en forma inmediata, hacia una abstracción que tiene muy poco que ver con la vivencia.

Cuando se tienen aptitudes matemáticas resulta interesante observar lo musical hasta lo acústico, pero en cuanto a la vivencia musical, no se logra mucho. Respecto a que hoy alguien aprenda geometría y, en posteriores cursos, comience poco a poco a percibir las formas como los tonos musicales, o que, por ejemplo, se pase de un 7° a un 8° grado dejando resonar la geometría dentro de lo musical; de eso, que yo sepa, no se menciona nada en los programas de estudio. Pero, en otros tiempos, éste era el sentido del ascenso hacia la 6° parte, aquello debía aprenderse al pasar de la geometría a la música. Y luego, uno obtenía como resultado la realidad, que en un principio permanecía en lo profundo. La astronomía en el subconsciente era lo que, conscientemente, aprendía por último, como astronomía, como lo más elevado, como el séptimo miembro del Trivio y Quadrivio, según la antigua denominación[1].

Debemos contemplar la historia de la humanidad de acuerdo a la forma en que ha avanzado la consciencia, pues así se adquirirá el sentimiento de que la consciencia debe retornar a estas cosas. Esto es lo que justamente intenta la Ciencia Espiritual. Por eso, no hay que asombrarse que aquellos que están acostumbrados a tomar lo científico de la forma en que es cultivado hoy, con la “Ciencia  Oculta” por ejemplo, así como fue escrita por mí, no pueden sentir nada real. Pero es necesario que, en forma plenamente consciente, la humanidad retorne a aquello que es la verdadera realidad y que, por un tiempo, debió permanecer oculto para que el hombre pudiera desarrollar plenamente su libertad. El hombre podría haber formado cada vez más su consciencia respecto a la necesidad de ser parte de un universo divino, si no hubiese sido arrojado de este universo hacia lo meramente fenomenológico, hacia la mera apariencia, y con tal fuerza, que todo el variado esplendor y la magnificencia del cielo estelar se comprimieron en el abstracto Yo.

Esto era necesario para lograr la libertad. Pues sólo así el ser humano podía desarrollar su libertad, comprimiéndose en forma vaga en un único punto yóico, lleno de todos los espacios interplanetarios, que atravesara todos los tiempos. Pero perdería su ser, no sabría ya nada de sí mismo, no actuaría obrando desde sí mismo, si no conquistara de nuevo todo el mundo desde el único punto del yo, si no volviese a ascender de lo abstracto a lo concreto. Es importante reconocer, en la transición del ser griego al latino, cómo la abstracción se apoderó de la cultura europea; cómo la palabra primigenia se perdió debido a eso. El idioma latino fue, por excelencia y durante largo tiempo, el idioma de la instrucción superior, como si se tratara así de aferrar, por todos los medios, lo que este idioma en realidad ya había descartado. Luego quedó como remanente, sólo como pensamiento, aquello que había sido dicho en el contexto lingüístico del latín. Del Logos quedó la lógica, el pensamiento abstracto.

En la nostalgia que un hombre como Goethe tenía por conocer el ser griego, subyace algo que se podría expresar así: él quería salir de la abstracción del tiempo moderno, de la prosa sobria del romanismo y avanzar hacia la otra hija de la sabiduría primigenia del mundo, hacia aquello que quedó de la cultura griega. Hay que sentir algo así, si se desea comprender la nostalgia intensa de Goethe hacia el Sur. En las actuales biografías adecuadas a las escuelas no se dice nada de estas cosas. Pero cuando en cada individuo vuelva a resonar la consciencia de que el hombre es una expresión del universo, se habrá puesto el fundamento para el desarrollo de las fuerzas ascendentes que la humanidad necesita, para que la civilización no caiga en la barbarie.

Traductor desconocido

 

 

 

[1] Trivio: Conjunto de las tres artes liberales relativas a la elocuencia; gramática, retórica y dialéctica. Cuadrivio: Conjunto de las cuatro artes liberales: aritmética, música, geometría y astronomía.

 

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3 comentarios el “GA209. El Alfabeto. Una expresión del misterio del hombre

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