GA276c6. Espíritu y contra-espíritu en la pintura “La Asunción” de Tiziano

Del ciclo: El Arte y su misión

Rudolf Steiner — Dornach, 9 de junio de 1923

English version

A las conferencias de estos últimos días hoy desearía añadir ciertas consideraciones. Con frecuencia he hablado del genio del lenguaje. Ustedes ya saben, por lo expuesto en la “Teosofía”, que en el contexto de la Antroposofía cuando se habla de genio del lenguaje se trata de una entidad espiritual real, de una verdadera entidad espiritual para cada lengua a la que el ser humano se adapta y que, en alguna forma, desde lo alto de los mundos espirituales le da la fuerza para explicar sus pensamientos, y que, ante todo, son en él, criatura terrestre, una herencia sin vida del mundo espiritual. Es por esto que, en el marco de la antroposofía, es del todo indicado investigar en las formas del lenguaje un sentido que, a cierto nivel, viene del mundo espiritual y no está determinado por el hombre.

Algunas veces he hablado sobre expresiones extrañas con las cuales designamos al elemento propio del arte, como la belleza, y a su contrario lo feo.

En primer lugar tomemos la palabra alemana “das Schöne”, la belleza, y vemos que está emparentada con el verbo “Scheinen”, aparecer. Lo que es bello “aparece” (scheint), es decir, que su ser interior aparece en el exterior. Esta es en efecto la naturaleza profunda de lo bello, no se disimula sino que manifiesta en la superficie, en su forma exterior lo que es interiormente. Si quisiéramos designar lo contrario de lo bello bajo la misma perspectiva deberíamos hablar de lo que se disimula, de lo que tiene escondido su ser verdadero no manifestado por su apariencia exterior. Cuando hablamos de lo bello —das Shöne— lo designamos objetivamente. Si quisiéramos hablar también objetivamente de su contrario deberíamos también designarlo con una palabra que significara lo que se oculta, lo que exteriormente es distinto de lo que es en realidad. Ahora bien, si abandonamos el nivel de la objetividad nos volvemos subjetivos, entonces hablamos de nuestra relación con lo que se disimula y encontramos que no podemos amarlo, que debemos detestar aquello que se disimula. Lo que nos muestra un rostro distinto del suyo es lo contrario de lo bello. Pero al decirle odioso —das Hässliche— nos dejamos arrastrar por nuestra afectividad.

Es así como el genio del lenguaje se nos puede manifestar cuando le prestamos atención. Y ahora hagámonos una pregunta: ¿A qué aspiramos cuando por el arte tratamos de reproducir lo bello, naturalmente en el mas amplio sentido del término?. En el hecho de que guiados pero el genio del lenguaje, para designar lo bello elegimos una palabra que nos sobrepasa mientras que para su contrario permanecemos prisioneros de nuestra afectividad, mostramos que en lo bello se revela una relación entre nosotros y el espíritu que existe fuera de nosotros. ¿Qué es, por tanto, lo que “aparece”?. Lo que percibimos por los sentidos no tiene necesidad de “aparecer” está presente ante nosotros. Lo que se nos aparece, cuyo esplendor brilla en lo sensible y su naturaleza aparece a través de lo sensible, es el espíritu. Al designarlo objetivamente nosotros hablamos de lo que es artísticamente bello como de un elemento espiritual que se revela y manifiesta en el mundo por el arte. Esta es la tarea que incumbe al arte: comprender lo que brilla, lo que se manifiesta, el espíritu que impregna el mundo y vive en él. Todo arte verdadero es una búsqueda de lo espiritual, incluso si el arte quiere representar la fealdad no es el odio lo que él quiere representar sino el espíritu que revela su naturaleza profunda en esta apariencia detestable. Lo detestable puede llegar a ser bello cuando el espíritu se manifiesta bajo su apariencia. Para que una obra de arte sea bella es preciso que su contenido guarde siempre una relación con el espíritu.

Observemos desde este punto de vista un arte en particular, por ejemplo la pintura. En el curso de estos días hemos estudiado como ella revela la sustancia espiritual por el color que toma, es decir, por lo que brilla a través del color. Puede decirse que en los tiempos en que se sabía verdaderamente qué es el color, uno se sometía también al genio del lenguaje para expresar la relación de los colores con el mundo. En tiempos pasados, cuando se tenía todavía una clarividencia instintiva de las cosas, se designaba por ejemplo a los metales, de los cuales se sentía que su color revelaba su naturaleza interna, con términos que no eran terrestres. Hay una unión entre las palabras que designan los metales y los planetas porque podríamos decir, se habría sentido vergüenza de designar con palabras que no describen mas que la naturaleza terrestre lo que se expresa por el color. Se consideraba el color como una realidad divina, espiritual, de acuerdo con las cosas terrestres en el sentido que ya he expuesto hace unos días. Si se sentía en el amarillo lo que es el oro es porque este último no era considerado únicamente como una sustancia terrestre; en el amarillo del oro se veía al sol apareciendo en las lejanías del Cosmos. Se percibía el color sobre los objetos terrestres pero a la vez se veía en él algo que sobrepasaba la tierra. Elevándose hasta las criaturas vivientes se consideraba el color como perteneciéndoles ya que ellas están más próximas al espíritu y por consecuencia el espíritu puede “aparecer” a través de ellas. Se sentía que el color era propio de los animales porque a través de ellos se percibe directamente una realidad de espíritu y de alma.

Remontemos hasta los tiempos lejanos en que los humanos tenían el sentido del arte no sólo exteriormente por los sentidos sino también interiormente y no hallaremos ninguna pintura. Pintar un árbol en verde —decir “pintar un árbol” es casi decir una estupidez— no es hacer pintura; cualquiera que sea el talento con que se le reproduzca, la naturaleza es siempre mucho mas bella, mas verdadera de lo que se pinta, siempre más viva. No hay absolutamente ninguna razón para reproducir lo que se ve en la naturaleza, y es esto lo que un verdadero pintor no debe hacer nunca. El verdadero pintor utiliza el objeto puro y hace aparecer la luz del sol para estudiar algún reflejo coloreado del entorno, para captar el juego vivo del claro y el oscuro sobre un objeto, el cual no trata de hacerlo más que en alguna ocasión. No pinta diciendo: una flor delante de la ventana, sino que pinta la luz que entra por esa ventana viéndola a través de la flor. Lo que se pinta por tanto es la luz coloreada y la flor no es mas que la ocasión para hacerlo.

Al abordar al ser humano se puede pintar todavía mas espiritualmente. Dibujar la frente de un hombre y pintarla tal como se la cree ver es un sin sentido, esto no es hacer una obra pictórica. La tarea del que pinta es, con la ayuda del color y del pincel, captar una frente humana expuesta a los rayos del sol que la iluminan desde un ángulo determinado o bien mostrar como aparece en una luz brillante una luz amortiguada, cómo juegan el claro y el oscuro, que no están presentes mas que un instante, y que se debe hacer aparecer en su relación con una realidad espiritual.

En un interior, por ejemplo, la sensibilidad del artista no tiene como objeto observar a un hombre arrodillado ante el altar. En una ocasión visité una exposición con un compañero y vimos un cuadro representando a un hombre arrodillado ante un altar visto de espalda. El pintor se había fijado como meta captar la luz del sol entrando por la ventana y tal como aparecía sobre la espalda del personaje. Mirando el cuadro mi compañero me dijo que preferiría ver al personaje de frente. Esto es manifestar un interés por lo material y no por el arte. El espectador querría que el pintor le informara sobre la naturaleza del modelo, pero pintar un cuadro de este género no se justifica mas que si se quiere expresar lo que el color permite percibir. Yo puedo hacer una obra de arte representando a un enfermo en su cama porque al estudiar su color yo comprendo como se manifiesta la enfermedad a través de lo que veo; puedo hacer una obra de arte representando el Cosmos revelado por medio del color de la carne humana, pero reproducir a una persona cualquiera sentada delante de mí no me conduciría a nada pues eso no es un verdadero trabajo de artista. Lo que sí lo es, es el pintar la luz del sol sobre su persona, mostrar cómo, por ejemplo, sus cejas espesas la desvían; lo que importa es mostrar cómo la totalidad del mundo actúa sobre el personaje que pinto. El material que se emplea para ello es el claro-oscuro, es el color en el momento en que lo capto, pues él pasa, y entonces se está justificado para fijarlo tal como lo he descrito.

En tiempos que todavía no están muy alejados de nosotros se sentían así las cosas y no era posible representar a María, la madre de Dios, con un rostro que no estuviera transfigurado, es decir, inundado de luz, de raudales de luz elevándola sobre la condición humana ordinaria. No se la podría representar mas que con un vestido rojo y un manto azul porque vestida de esta forma tomaba lugar en la existencia terrestre y el vestido rojo, imagen de las emociones terrestres, el manto azul, imagen del alma que la envuelve, el soplo del espíritu, y la cara, transfigurada atravesada por el espíritu, inundada por la luz que es la manifestación del espíritu. Pero mientras no se sientan las cosas como acabo de exponer nadie podrá sentirse auténtico artista. Uno se sentirá artista únicamente en el instante en que cree inspirado por el rojo, por el azul, por la luz, cuando viva interiormente qué es este mundo de la luz en relación con la de los colores y la oscuridad no teniendo en el espíritu otra cosa que el color; y este color que habla todo lo que puede, por él y por el juego del claro-oscuro, ser el que pinte a la Virgen María.

Es preciso saber vivir con el color, es preciso que él sea para nosotros algo con lo que se vive, algo que está liberado de la materia pesada, pues para el color que se quiere manejar en el arte la materia pesada es un obstáculo. Por eso pintar sirviéndose de la paleta es ir contra el arte de pintar. Los colores de la paleta se revelan pesados cuando se colocan sobre la tela y no se puede vivir con ellos. No es posible vivir verdaderamente mas que con el color líquido. En la vida que comienza entre el hombre y el color líquido, en esta relación singular que se crea entre ellos cuando el coloca el color líquido sobre la tela, se captan las cosas a partir del color, el mundo se percibe en el color. Es entonces únicamente cuando se pinta, cuando a través del color, sustancia viva, algo se transparenta, se revela, brilla; y a partir de esta vida brillante es cuando se crean realmente las formas sobre la tela. Un mundo nace entonces de sí mismo. Si se comprende el color se comprenderá uno de los componentes del Universo.

Kant dijo en una ocasión: “Dadme materia y haré surgir un mundo”. Se le hubiera podido dar durante mucho tiempo esa materia, pero es seguro que él no hubiera podido hacer surgir un mundo, pues de esta forma no puede crearse ningún mundo. Por el contrario, a partir del material en movimiento de los colores se puede hacer porque cada color tiene una unión directa, podríamos decir que es una unión de parentesco personal, con alguna realidad espiritual en el mundo. Hoy día, a excepción de los intentos del impresionismo y del expresionismo, se ha perdido la noción de pintura sofocada por el materialismo de la época. La mayor parte del tiempo no se hacen en la actualidad obras pictóricas; se reproducen personajes con la ayuda de una especie de dibujo y se unta la tela de colores y lo que se obtiene son superficies manchadas pero no pinturas ya que la pintura es algo que nace del color y del claro-oscuro.

Es preciso evitar cualquier malentendido. Cuando alguien con un gran impulso manipula los colores poniéndolos uno al lado del otro y cree haber hecho lo que yo llamo remontar el grafismo, no ha practicado en absoluto lo que yo he querido decir, pues remontar el grafismo no quiere decir suprimir por completo el dibujo; se trata de hacer aparecer las líneas de la forma en el color, se trata de hacerlas nacer por el color y entonces únicamente es preciso saber vivir en él. Esta vida en los colores conduce al verdadero artista a no tener en cuenta el resto del mundo, a crear sus obras enteramente a partir del color.

Miren la “Asunción de María” de Tiziano. Esta pintura se encuentra en la línea fronteriza del antiguo principio del arte. La experiencia de vida del color que uno encuentra en Rafael y, más especialmente, en Leonardo da Vinci, se ha desvanecido; solo una cierta tradición impide que el pintor abandone por completo el vivir en el color.

 Sintamos interiormente qué es esta “Ascensión” de Tiziano. Ustedes podrán decir que el verde, el rojo y el azul gritan, pero miren a continuación mas de cerca los detalles. Si perciben como los colores en Tiziano dialogan entre ellos sentirán de qué forma él vivía en el color y como él obtiene de este modo los tres mundos en que ellos nacen. Observen únicamente la maravillosa composición jerarquizada de los tres mundos: abajo los apóstoles que experimentan el acontecimiento de la Asunción. Vean como él los crea a partir de los colores a través de los cuales se ve que ellos están encadenados a la Tierra pero que no se sienten pesados; en la sombra de los tintes oscuros de la parte inferior del cuadro se siente como los apóstoles están encadenados a la Tierra. La forma como los colores están tratados en el personaje de María hace experimentar lo que es el reino medio. Abajo ella todavía esta unida a la Tierra. Si tienen ocasión de ver el cuadro, observen como los tintes oscuros, apagados, de la parte baja se van convirtiendo poco a poco en colores en los tonos de María, y como, poco a poco, triunfa la luz.

Observen también como el tercer reino, el dominio superior, recibe en plena luz la cabeza de María expandiendo sobre ella su pleno esplendor y de este modo elevando su cabeza, mientras que los pies y las piernas están todavía encadenados por el color. Contemplen como la zona inferior, la media y el reino celeste de las alturas, el acogimiento de María por Dios Padre, están realmente matizados por un sentimiento interior vivido en el color. Podrán decirse que para contemplar este cuadro y comprenderlo es preciso olvidar todo el resto y no mirar mas que los colores pues es a partir del color como está compuesto este mundo de tres niveles y no a partir de conceptos. En verdad, para pintar es necesario captar en el claro-oscuro y en el color este mundo de apariencia esplendorosa para, por un lado, apartar lo que es terrestre, material y por otro liberar el elemento artístico sin que llegue a alcanzar el espíritu pues si se le hiciera acceder a él ya no sería una apariencia sino una sabiduría. Pero la sabiduría ya no es arte, ella eleva su contenido hasta el reino informe de lo divino.

 

tiziano

Podríamos decir que Tiziano obra como un verdadero artista en su “Asunción”. Cuando se ve como la cabeza de María es acogida por el Dios Padre se tiene el sentimiento de que no se podría ir más lejos en el manejo de la luz, se está muy cerca de perder el equilibrio; en el momento en que se intentase continuar se caería en el intelectualismo, es decir, en lo que ya no es arte. Es preciso no arriesgar una pincelada mas en lo que está esbozado únicamente por la luz y no por los contornos, pues en el momento en que se marcan demasiado los contornos se intelectualiza, uno se aleja del arte. Ahora bien, en la parte alta el cuadro se arriesga a perder toda característica artística, y los pintores que sucedieron a Tiziano sucumbieron a este peligro. Al ver los ángeles del cuadro uno se eleva hacia las alturas celestes, hacia los ángeles, pero el artista ha evitado cuidadosamente salirse del color. Los ángeles de la época anterior a Tiziano, incluso en él en cierto sentido, nos impulsan a decir ¿no podrían ser también nubes?. Ahora bien, si no podemos decirnos esto, si no podemos al menos permanecer en la duda entre la existencia y la apariencia, si estamos seguros de la existencia espiritual, entonces el cuadro deja de ser una obra de arte.

Llegamos al siglo XVII y todo es diferente. El materialismo incluso en la representación del espíritu. Observemos los ángeles pintados con una cierta inspiración no artística, rutinaria podríamos decir, unos ángeles de los cuales ya no se puede decir ¿no podrían ser también nubes?. Es ésta la reflexión que se ha hecho y entonces el arte desaparece.

Miremos a continuación en la parte baja a los apóstoles y tendremos el sentimiento de que la única parte verdaderamente artística de la “Asunción” es el personaje de María. En lo alto se anuncia el peligro de que todo se pierde en la sabiduría pura, en lo informado. Si se domina que lo informado permanezca sin formas entonces, en cierto sentido, la obra tiende hacia el polo de la perfección artística, pues es una audacia artística arriesgarse hasta el borde del abismo donde el arte cesa, donde si se continúa no sería posible mas que comenzar a dibujar; pero dibujar no es pintar. En lo alto, por tanto, uno se aproxima a la sabiduría plena. Se es un artista cuanto mas se puede expresar esta sabiduría por medio de lo sensible, cuanto mayor es la posibilidad de pintar ángeles de los cuales se pueda decir que son nubes agrandadas que reverberan en la luz, y cosas análogas.

Partiendo de la parte inferior del cuadro se pasa a través de lo que es verdaderamente bello: la propia María elevándose hacia la región de la sabiduría; se ve que Tiziano pudo hacer en ella una bella forma porque todavía no había llegado a lo alto ella estaba subiendo. Todo da la impresión de que ella no tiene necesidad mas que de un corto impulso para acceder a la región de la sabiduría. El arte entonces no tiene nada más que decir.

Retornando hacia abajo volvemos a los apóstoles y, como ya he dicho, el artista trata de explicar por los tonos que les da su carácter de seres encadenados a la Tierra. Allí acosa otro peligro. Si hubiera colocado a María un poco mas abajo no hubiera podido representarla por la belleza que ella lleva interiormente. Si la hubiera pintado sentada entre los apóstoles no podría aparecer como lo hace, planeando entre la Tierra y el Cielo. Para que los apóstoles estén afectados de la pesantez terrestre es preciso que pase algo y es que el elemento dibujo comienza a intervenir con fuerza. Sobre este cuadro característico de Tiziano podemos ver que el dibujo comienza a intervenir con vigor. Y esto ¿por qué?.

En el marrón no se puede representar la belleza tal como aparece en María. Es preciso que se represente algo que aun no perteneciendo por completo a la belleza resulte bello porque revela algo distinto. Veamos, una María sentada o de pie en medio de los apóstoles y con los mismos tonos que ellos sería una terrible ofensa. No hablo aquí mas que de este cuadro de Tiziano, no quiero decir que María representada sobre la Tierra fuera una ofensa hecha al arte, sino que para aquel que mirase el cuadro una María de pie en la parte baja seria como un puñetazo en la cara. ¿Por qué? Porque con los mismos colores que los apóstoles ella aparecería como virtuosa. Los apóstoles elevando su mirada al cielo él los representa como seres virtuosos y no es posible verlos de otra forma, pero no es esto lo que debemos decir de María. La virtud es en ella algo tan evidente que no podemos representárnosla virtuosa; sería más o menos como representarnos a Dios con rasgos de un ser virtuoso. Allí donde una cosa es evidente y toma parte de la propia existencia, no debe ser representada por la apariencia. Por eso María debe elevarse a las alturas, hacia una región donde ella planea por encima de la virtud, hacia donde lo que aparece en el color no deba hacernos decir que ella es virtuosa al igual que no debe decirse del propio Dios, quien todo lo más puede ser la propia virtud. Pero esto es una fórmula abstracta que raya en la filosofía y que nada tiene que ver con el arte. A propósito de los apóstoles debemos decir que el artista a acertado al representarlos como seres virtuosos, lo que ellos son en realidad.

Veamos cómo el genio del lenguaje refleja esta verdad. Tugend (virtud, en alemán) está relacionado con taugen (estar en forma, en alemán). Estar en forma, es ser capaz de hacer frente a algo moralmente, es ser virtuoso. Goethe habla de una tríada: sabiduría, semblanza y poder. El arte es el término medio: semblante, lo bello; la sabiduría es conocimiento sin forma; la virtud es poder para llevar a cabo las cosas que valen la pena de manera efectiva.

Esta triada fue desde siempre un objeto de veneración. Hace muchos años alguien me dijo que era excesivo escuchar siempre a la gente hablar de la verdad, de lo bello y del bien, pues —decía él—  todo el que se quiere expresar en términos idealistas empieza a hablar de la verdad, de lo bello y del bien. Pero se puede evocar un pasado en el que estas nociones eran vividas interiormente con profundo interés, con la participación del alma. Todavía se ve en el cuadro de Tiziano, que presenta bajo la forma de lo bello y de la obra de arte, la sabiduría que brilla y toma una forma artística; en la zona mediana la belleza, y abajo la virtud, lo que puede actuar. Uno puede preguntarse cual es la naturaleza interna de esta virtud y cual es su significado. Cuando se profundiza en el sentido de las cosas se llega, a través del genio de la lengua, a las profundidades del alma del lenguaje actuando entre los hombres. Si se procede superficialmente se corre el peligro de llegar a lo que respondió un día a uno de sus parroquianos, que era contrahecho, un sacerdote que acababa de exponer a sus fieles, con profundas frases, de qué forma en el mundo todo era bueno, bello y útil. El parroquiano esperó al cura a la salida y le dijo: Vd. ha dicho que en el mundo todo es bueno, conforme a su idea, ¿es que yo también estoy bien hecho?. El cura le respondió: “para un hombre contrahecho tú estás muy bien constituido. Se permanece en la superficie de las cosas no es posible acceder a las profundidades; en cantidad de dominios la forma de ver actual también tiene este carácter superficial. Los humanos se llenan la cabeza de características exteriores y especialmente de definiciones superficiales y no saben que con sus ideas ellos giran en redondo.

En lo que concierne a la virtud no se trata únicamente de ser capaz de hacer cualquier cosa en general sino que tener capacidades espirituales, de estar, en tanto que hombres, en unión con el mundo espiritual. En el exacto sentido del término un ser virtuoso es aquel que es capaz de ser un hombre completo, es decir, aquel que mas que manifestar el espíritu, lo realiza con su voluntad. Ahí se accede a una cierta región de la actividad humana que engloba también la vida religiosa pero que no realza el arte y sobre todo la belleza. En el mundo todo está estructurado según unas polaridades, por eso, ante el cuadro de Tiziano precisamente puede decirse esto: En la parte superior el se expone claramente a franquear peligrosamente los límites de lo bello allí donde el se sobrepasa colocando a María; en ese punto él llega al borde del abismo de la sabiduría, y en la parte inferior al borde del abismo contrario. Cuando representamos la virtud abandonamos el dominio del arte y de lo bello. Si queremos pintar un hombre verdaderamente virtuoso es preciso hacerlo caracterizando en alguna forma la virtud por la apariencia exterior, por ejemplo contrastándola con el vicio. Pero la representación artística de la virtud en nuestra época no es un arte sino que se aleja de él.

Pero hoy día ¿qué es lo que sea aleja del arte?. Lo que pasa en la vida se muestra con crudeza, en forma naturalista, con ausencia de toda unión con el espíritu, por tanto sin esta unión manifestada no hay arte. Por eso en nuestra época, en el expresionismo y el impresionismo, existe una aspiración de vuelta a lo espiritual. Esta aspiración no es todavía, frecuentemente, mas que un simple comienzo, pero sin embargo es mucho mas que el trabajo naturalista que reproduce crudamente un modelo y que nada tiene de artístico. Si se capta en esta perspectiva la noción de arte y de belleza se podrá captar también lo trágico que interviene en el mundo bajo una forma artística.

El hombre que se acomoda a sus pensamientos, que conduce su vida intelectualmente jamás podrá llegar a ser trágico. Aquel que lleva una vida completamente virtuosa tampoco llegará a lo trágico. Solo puede llegar a ello de alguna forma, aquel que se inclina hacia lo demoníaco, es decir, hacia el espíritu. Una personalidad comienza a ser trágica cuando lo demoníaco, bueno o malo, viene a habitarle de algún modo. Pero hoy día vivimos en una época en que el hombre se hace un ser libre y por tanto una criatura demoníaca es un anacronismo. La quinta época postatlante encuentra su sentido en el hecho de que el ser humano debe separarse de lo demoníaco para acceder a la libertad, y desde el momento en que se es libre la posibilidad de lo trágico desaparece. Tomemos los personajes trágicos del pasado, por ejemplo la mayor parte de los personajes de Shakespeare, y tendremos en ellos lo demoníaco interior que conduce a lo trágico. Allí donde el hombre es la manifestación de un espíritu, allí donde lo demoníaco brilla y se revela a través de él, lo trágico es posible. La humanidad libre debe desembarazarse de ello y por tanto debe desaparecer. La humanidad todavía no lo ha logrado y por eso cae en lo demoníaco.

Esta es la gran tarea de nuestra época, es decir, la elevación del hombre, elevándose sobre lo demoníaco hacia la libertad.

Si nos separamos de los demonios interiores, es decir, de los seres que hacen de nosotros personalidades trágicas, no por eso estamos menos apartados de los demonios exteriores, pues en el instante en que ellos entran en relación con el mundo exterior algo de demoníaco se presenta también al hombre de nuestro tiempo. Nuestros pensamientos deben ser cada vez mas libres y cuando ellos llegan a ser fuente de un impulso para la voluntad —tal como lo he expuesto en la “Filosofía de la Libertad”— esta se hace libre. Estos son los dos polos que hacen libre: los pensamientos libres y la voluntad libre. Pero entre los dos se encuentran las realidades humanas que están unidas al Karma. Si lo demoníaco condujo en otro tiempo a lo trágico, la experiencia interior del Karma conducirá precisamente al hombre moderno a lo trágico completamente interior. La tragedia no podrá aflorar mas que cuando los humanos vivan lo que es el karma. Cuanto mas tiempo nos contentemos con pensar, mas podremos ser libres. Cuando revistamos estos pensamientos con palabras, las palabras ya no nos pertenecerán. ¡En que puede convertirse una palabra que yo he pronunciado!. Algún otro la oye, la colorea con otra afectividad, con otras impresiones. La palabra continúa viviendo. Emprendiendo su vuelo entre los hombres se convierte en una potencia, una potencia que el hombre ha engendrado. Esto es su Karma, lo que le pone en relación con el mundo y que puede, por un efecto de rechazo, desembocar sobre él. Lo trágico puede aparecer de la palabra que lleva su existencia propia porque ya no nos pertenece, porque pertenece al genio del lenguaje. Hoy vemos por todas partes gérmenes de situaciones trágicas que engendra el valor excesivo que se atribuye al lenguaje, a las palabras,. Los pueblos se repartían en lenguas diversas, querían separarse en función de las lenguas. Esta es la fuente de algo trágico gigantesco que se fundirá con la Tierra todavía durante este siglo: lo trágico del Karma. Podemos decir que lo trágico de lo demoníaco es algo del pasado, pero es preciso hablar de lo trágico del karma, que es lo trágico del futuro.

El arte es eterno, sus formas varían. Si se considera que él es la fuente de la unión con el espíritu se comprenderá que él permita al hombre que tome lugar en el mundo del espíritu tanto como creador como aficionado. El verdadero artista puede crear un cuadro en lo mas hondo del desierto y poco le importa que los hombres lo contemplen o no, pues él ha creado en el seno de otra comunidad, la comunidad espiritual divina. Los dioses miraran por encima de su hombro, él ha creado en su compañía. Se puede ser artista en la soledad más completa. Por otra parte no se puede serlo sin hacer realmente un lugar en el mundo a su propia creación para que ella pueda vivir allí. Si se olvida esta unión espiritual el arte se transforma y se convierte más o menos en un contra-arte.

No se puede hacer una obra de arte mas que cuando ella tiene un lugar en el mundo. Es de esto de lo que tenían consciencia los artistas del pasado y era por eso que, por ejemplo, adornaban con sus obras las paredes de las iglesias y así sus cuadros se convertían en guías de los fieles. Los artistas sabían que su obra tenía su lugar en la vida terrestre en la medida en que esta vida terrestre está impregnada de espíritu.

No es posible imaginar creación peor que la destinada no a tal fin sino únicamente a una exposición. En el fondo es algo verdaderamente horrible el caminar a través de una exposición de cuadros o esculturas donde las cosas están colocadas unas al lado de las otras sin tener la menor relación entre ellas. La pintura en un principio estaba destinada a las iglesias, después pasó a la pintura en cuadros destinados a las casas, y ya perdió su verdadero sentido. Cuando se pinta un cuadro uno puede representarse, al menos, que mira por una ventana y que lo que se ve se encuentra fuera, pero esto ya apenas existe. Una época que considera las exposiciones como algo posible ha perdido su unión con el arte. Vemos, por tanto, todo lo que debe hacer en el dominio de la cultura espiritual para que reencontremos la vía que conduce a un arte espiritual. Es preciso, por ejemplo, remontar el estadio de la exposición. Algunos artistas sienten malestar ante la idea de una exposición pero vivimos en un tiempo en que el hombre aislado no puede hacer gran cosa si su juicio no está impregnado de una concepción del mundo por el cual se empape de plena libertad. En tiempos pasados en los que la libertad no reinaba las concepciones del mundo impregnaron a los hombres y se crearon verdaderas culturas; hoy no tenemos verdaderas culturas. Debe trabajar una concepción del mundo espiritual y tomar el mayor interés en la edificación de verdaderas culturas y al mismo tiempo la creación de un verdadero arte.

 

Traducción: Mercedes Arnaldes

 

 

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