GA291c3. Medida, numero y peso. La pintura moderna exige un color sin peso

Rudolf Steiner — Dornach, 29 de julio de 1923

English version

Durante su existencia en la Tierra el ser humano pasa alternativamente por las etapas de consciencia que ya hemos estudiado estos últimos días desde diferentes puntos de vista: el estado de plena vigilia, el de sueño y el de ensueño. En el curso del pequeño ciclo dado a la reunión de delegados me he esforzado en exponer la gran importancia del ensueño. Preguntémonos hoy si es un rasgo esencial de la naturaleza humana el vivir en estos tres estados de consciencia.

Es preciso tener claridad sobre este punto: en el curso de la vida sobre la Tierra solamente el hombre pasa por estos tres estados. El animal conoce una alternancia sensiblemente diferente. El sueño profundo y sin ensueños que es el del hombre durante la mayor parte del tiempo que transcurre entre el dormir y el despertar, el animal no lo conoce, pero tampoco conoce la lucidez perfecta que el hombre experimenta entre la vigilia y el momento en que se duerme. En realidad el estado de vigilia en el animal se parece algo al estado de ensueño en el hombre, pero las experiencias conscientes de los animales superiores son mas precisas, podría decirse que más formadas que los fugaces ensueños del hombre. Por otra parte el animal cuando duerme jamás está tan dormido como el hombre cuando éste duerme profundamente.

Es por esto que el animal no percibe su entorno de igual forma que el hombre pues no tiene, como este último, un mundo exterior y otro interior. Todo su ser interior se confunde con el mundo que le rodea. Cuando el animal ve una planta él no siente que la ve y que él es un ser para ella, él siente intensamente la presencia de la planta mediante una simpatía o una antipatía espontáneas, siente en él, en alguna forma, lo que la planta manifiesta. En nuestros días los humanos apenas pueden observar las cosas que no saltan a la vista y por eso no son capaces de observar, simplemente mirando cómo se comporta un animal, lo que acabo de explicar.

Solo el hombre distingue rigurosamente entre su mundo interior y el mundo exterior. Pero ¿cómo reconoce el mundo exterior?, ¿cómo habla de uno y de otro?. Durante el sueño su Yo y su cuerpo astral se encuentran fuera de sus cuerpos físico y etérico, abandonándolos en alguna forma a su suerte mientras él está en contacto con lo que constituye el mundo exterior. Durante nuestro sueño compartimos la suerte de los objetos exteriores. Las mesas, los bancos, los árboles y las nubes durante la vigilia están en el exterior de nuestros cuerpos físico y etérico y por eso decimos que están en el mundo exterior; durante el sueño nuestro propio cuerpo astral y nuestro Yo forman parte del mundo exterior, y entonces sucede algo.

Para comprender lo que ocurre partamos, en primer lugar, de lo que en realidad se produce cuando, en un estado de vigilia completamente normal, estamos en presencia del mundo. Los objetos nos son exteriores. El pensamiento científico ha llegado poco a poco a no considerar como ciertos mas que los objetos del mundo exterior que se pueden medir, pesar y contar. Como se sabe, el contenido de nuestra física está determinado por el peso, la medida y el número.

Nosotros calculamos efectuando operaciones que sirven para las cosas de la Tierra, pesamos los objetos y los medimos. Lo que determinamos de este modo, es decir, el peso, la medida y el número, constituyen de hecho la realidad física. Nunca diremos de un cuerpo que él es físico si no podemos atestiguar en alguna forma su presencia real con ayuda de la balanza. Pero, por ejemplo, los colores, los sonidos, e incluso las impresiones de calor y de frío, por tanto las impresiones sensoriales propiamente dichas, flotan por encima de lo que es peso medida y número. De ellas dice el físico que son algo que pasa en el exterior y por tanto también pueden ser contadas y medidas. Del fenómeno de los colores él dice que en el exterior hay ondas en movimiento que hacen una impresión sobre el hombre; a esta impresión el hombre le llama color cuando la recibe el ojo y sonido cuando la recibe el oído. En realidad se podría decir que el físico no sabe qué hacer con todas estas cosas como color, sonido, calor, frío. Para él el color es en alguna forma inherente a los objetos físicos, el sonido surge de ellos y lo mismo el calor o el frío.

Pero cuando el hombre está dormido todo es distinto para su cuerpo astral y su Yo. Allí no existen las cosas que tienen peso, medida y número en el sentido terrestre, todo esto desaparece. Por extraño que parezca, cuando dormimos no tenemos a nuestro alrededor cosas que se puedan enumerar y pesar, por tanto el Yo y el cuerpo astral no pueden servirse de instrumentos de medida.

Pero lo que sí están presentes son las impresiones sensoriales flotando y vibrando libremente, pero el hombre, en la actual fase de su evolución, no tiene la facultad de percibir el rojo planeando libremente o las ondas del sonido vibrando. Cuando deambulamos por nuestro mundo físico y vemos un objeto lo tomamos y es en este momento cuando para nosotros es un objeto, si no, podría ser una ilusión óptica; necesitamos percibir el peso. Por eso cuando aparece algo físicamente y da la impresión de no tener peso, como los colores del arco iris, uno se inclina a considerarlo como una ilusión óptica.

La gota de agua está considerada como verdaderamente real, entonces uno se pone a trazar líneas dentro de ella, y sin ninguna relación con ella, se las imagina atravesando el espacio y las llama rayos, y después se dice que el ojo proyecta estas líneas en el espacio. Este fenómeno de proyección se emplea hoy día de muy diversas maneras. Yo vuelvo de nuevo a mi idea. Vemos un objeto rojo y para convencernos de que no es una ilusión óptica le levantamos; pesa, lo que nos prueba que es real.

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El hombre que puede permanecer consciente en su Yo y en su cuerpo astral fuera de los cuerpos físico y etérico termina por darse cuenta que hay una realidad en los colores y los sonidos que planean libremente, pero es una realidad de naturaleza muy distinta. Estos colores flotando libremente tienen tendencia a alejarse hacia los confines del mundo, tiene una pesantez inversa. Los objetos terrestres quieren descender hasta el centro de la Tierra, los otros quieren flotar libremente en el espacio cósmico.

Allí hay algo también que se asemeja a una medida. Este efecto se percibe, por ejemplo, en una pequeña nube roja, podríamos decir, rodeada de una amplia franja amarilla. Entonces se mide, pero con un metro, se mide cualitativamente comparando el color más vivo, el rojo, con el amarillo que es menos vivo. Lo mismo que con el metro decimos: aquí hay 5 metros, el rojo nos dice: si me extiendo podría ocupar cinco veces el amarillo; debo extenderme, dilatarme y me convertiré también en amarillo. He aquí como se hacen las medidas en este dominio.

Es todavía más difícil cómo es posible contar aquí porque sobre la Tierra contamos generalmente pequeñas cosas dispuestas indiferentemente. Nosotros tenemos siempre el sentimiento que si de uno pasamos a dos, a este uno le es completamente indiferente que haya un dos a su lado. En la vida humana ocurre de otra forma y a veces el uno tiene necesidad del dos. Pero esto toca ya algo espiritual. En materia de matemática física propiamente dicha le es completamente indiferente lo que viene a unirse a los números. Pero no es este el caso.

Cuando en alguna parte un uno es de una determinada especie, esto exige, podríamos decir tres o cuatro números distintos en función de su naturaleza. Siempre hay una relación interna con los otros números pues aquí el número es una realidad interna en sí. Cuando la consciencia se desarrolla en lo que existe en el mundo donde se haya con el Yo y el cuerpo astral, se llega a determinar algo como una medida, un número y un peso, pero de valor inverso.

A continuación, cuando la vista y el oído transmiten algo distinto a una mezcla de rojo y amarillo, o de sonidos, cuando se empieza a sentir el orden que preside las cosas, la percepción se abre a las entidades espirituales que, por estas impresiones sensoriales, se manifiestan flotando libremente.

En ese momento se entra en el mundo espiritual positivo, en la vida y la actividad de las entidades espirituales. Del mismo modo que aquí sobre la Tierra penetramos en la vida y en la actividad de las cosas terrestres definiéndolas con la ayuda de un instrumento de cálculo o medida, de igual forma llegamos a captar la naturaleza de las entidades espirituales asimilando lo que es la pesantez únicamente cualitativa, que consiste en dilatarse y es contraria a la pesantez terrestre, con ligereza en el espacio cósmico. Tales entidades espirituales están presentes también en todo lo que se encuentra en los reinos naturales.

En el estado de consciencia de vigilia no ve más que el aspecto exterior de los minerales, de las plantas y los animales, pero cuando duerme está en compañía del espíritu que vive en todas estas criaturas. Cuando se despierta descienden de nuevo su Yo y su cuerpo astral, los cuales, en alguna forma tienden a permanecer en afinidad con las cosas de su alrededor y le incitan a reconocer el mundo exterior. Si él no estuviera constituido para dormir no reconocería la existencia del mundo exterior. No importa que el hombre sufra de insomnio, pues yo no digo “cuando el hombre no duerme” sino que digo “si el hombre no estuviera hecho de forma que pudiera dormir”; esto es lo que importa. El ser humano enferma al tener insomnio porque esto no corresponde a su naturaleza. Precisamente porque durante el sueño él permanece en lo que es el mundo exterior, en lo que estando despierto él llama su mundo exterior, puede hacerse una idea concreta de este mundo.

Gracias a esta relación del hombre con el sueño nace en él el concepto terrestre de la verdad. ¿Cómo ocurre esto?. Hablamos de verdad cuando podemos evocar en nosotros un objeto correctamente, un hecho exterior cuando lo revivimos interiormente tal como él era. Pero para ser capaces de ello tenemos necesidad del sueño. Si no existiera el sueño no tendríamos ni idea de lo que es la verdad. Para poder participar de la verdad de las cosas es preciso que vivamos con ellas un cierto tiempo. Si durante el sueño las cosas nos dicen lo que ellas son, nuestra alma permanece entre ellas.

En el ensueño ocurre algo distinto. Como ya lo expuse en el pequeño ciclo de conferencias dadas durante la reunión de los delegados, el ensueño está emparentado con el recuerdo, con la vida psíquica interior, con lo que, sobre todo, vive en el recuerdo. Cuando el ensueño nos presenta un mundo de colores y de sonidos flotando libremente nosotros nos hallamos todavía medio fuera de nuestro cuerpo. Si nos sumergimos por completo en él las fuerzas que desplegamos en la vida ondulante del ensueño se transforman en fuerzas de recuerdo; no distinguimos de igual forma el mundo exterior. Nuestra vida interior se confunde con él; vivimos tan intensamente con nuestras simpatías y antipatías en el mundo exterior que no experimentamos las cosas como simpáticas o antipáticas sino que las propias simpatías o antipatías nos aparecen bajo forma de imágenes.

Si no tuviéramos posibilidad de soñar y esta facultad de ensueño no se prolongase hasta nuestra vida interior, nosotros no conoceríamos la belleza; somos capaces de percibirla porque podemos soñar. Si nos colocamos en la perspectiva del aspecto prosaico de la existencia nos podemos decir que el poder de recordar lo debemos a la fuerza del ensueño, y en la perspectiva de la vida artística le debemos el poder sentir la belleza. El estado de ensueño está, por tanto, en relación con la belleza,. La actividad por la que sentimos y creamos la belleza está muy próxima a la fuerza que actúa en el ensueño.

Al sentir interiormente la belleza y al crear lo que es bello con ayuda de nuestro cuerpo físico tenemos un comportamiento análogo al del ensueño, pero en él estamos fuera de nuestro cuerpo físico, o medio unido a él. Entre vivir en el ensueño y vivir la belleza apenas hay que dar un ligero paso. Debido a nuestra época de materialismo los humanos son tan poco sutiles que no observan este paso y por tanto tiene tan poca consciencia de qué es lo bello. Es preciso abandonarse al ensueño para sentir esta vida vibrante.

Los hombres reflexionaron durante mucho tiempo en lo que en otros tiempos se llamaba el “caos” y le dieron las definiciones más diversas. En realidad para caracterizar el caos es preciso decirse que, cuando se accede a un estado de consciencia en el que se cesa de sentir la pesantez y la moderación terrestre y las cosas comienzan a perder su peso sin dispersarse todavía en el universo manteniéndose todavía en el horizonte en posición de equilibrio, cuando se borran los contornos precisos, cuando todavía se percibe el mundo con el cuerpo físico pero ya con la actividad psíquica del ensueño, móvil pero indefinido, es el caos lo que se percibe. El ensueño no es más que aproximación ilusoria del caos presentándose al hombre.

En Grecia todavía se sentía que no se puede hacer que el mundo físico sea bello pues es lo que la naturaleza le impone; él es como es. No se puede hacer bello lo que es caótico. Cuando el caos se transforma en Cosmos nace la belleza, por eso “Caos” y “Cosmos” son conceptos intercambiables. No se puede constituir el Cosmos es decir, “el mundo bello” a partir de las cosas terrestres sino únicamente a partir del caos, dándole forma. Lo que se hace con las cosas de la Tierra no es mas que una imitación material del caos habiendo tomado forma.

Así es también para el arte. En Grecia se tenía una noción muy viva de esta relación entre el “Caos” y el “Cosmos” y la cultura surgida de los Misterios tenía todavía una cierta influencia.

Pero recorriendo estos mundos, aquel en que el ser humano está inconsciente, el del sueño y aquel en que el ser humano está medio consciente, es decir, el ensueño jamas se encuentra el bien. Las entidades que habitan estos mundos están determinadas por la sabiduría desde el comienzo de su existencia. En ellas se encuentra una sabiduría soberana, actuante, en ellas se encuentra la belleza. Pero cuando los seres humanos acceden hasta ellas, cuando aprenden a conocerlas, hablar de bondad no tiene ningún sentido. No podemos hablar de bondad mas que cuando existe un mundo interior distinto del mundo exterior y cuando el bien pueda conformarse al mundo espiritual, o no pueda hacerlo.

Lo mismo que el sueño está unido a la verdad y el ensueño a la belleza, el estado de vigilia lo está a la bondad, al bien.

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Todo esto no está en contradicción con lo que dije días pasados: cuando se abandona el mundo terrestre y se llega al Cosmos también es preciso abandonar los conceptos terrestres para poder hablar de un orden moral del mundo. El orden moral del mundo, en la realidad espiritual, está tan determinado, tan necesariamente previsto como lo están en la Tierra los encadenamientos de la causalidad. Únicamente, en lo espiritual, la naturaleza de lo que está determinado es una predeterminación. Por lo tanto no hay contradicción.

En lo que concierne a la naturaleza humana es preciso ver claramente que para adquirir la idea de la verdad tenemos que volvernos hacia el sueño, para la idea de la belleza hacia el ensueño y para la idea de la bondad hacia el estado de vigilia. Cuando está despierto, el hombre, por su organismo físico y etérico, no está destinado a ser verdad sino a ser bueno, por tanto debemos hacernos una idea de los que es la bondad.

Yo pregunto: ¿a qué aspira la ciencia moderna cuando quiere explicar el hombre?. Cuando explica el hombre despierto ella no quiere elevarse de la verdad a la belleza y después a la bondad, ella quiere explicar todo por la necesidad exterior de una causalidad, la cual pone de relieve solamente la verdad. No se llega así a lo que sucede y actúa en el hombre despierto, se accede todo lo mas al hombre dormido. Si leemos a los antropólogos modernos con una atención que perciba las características del alma y las fuerzas del mundo, tendremos la impresión siguiente: todo lo que la ciencia moderna nos cuenta sobre el ser humano es muy hermoso. Pero ¿qué hace en verdad este hombre del que ella nos habla?. Está acostado en su cama, no puede caminar ni moverse, por ejemplo, pues no se nos explica en absoluto el movimiento. El hombre que la ciencia explica es un ser constantemente acostado; no nos explica más que el hombre dormido. Para ponerlo en movimiento sería preciso un mecanismo, por eso la ciencia es la exposición de un mecanismo. Para que este ser humano dormido, este gran saco, se eleve, es necesario introducirle una máquina que lo ponga en movimiento y por la noche lo vuelva a la cama.

Esta ciencia no nos dice nada respecto a que es ese hombre que se desplaza, que actúa y vive, que está despierto. Lo que le pone en movimiento está en relación con el bien y no con la verdad que adquirimos por los objetos exteriores. Esto es algo sobre lo que apenas se reflexiona. Cuando la fisiología o la anatomía de hoy describen al ser humano se tiene el sentimiento de decirles que despierten pues están dormidos. Bajo la influencia de esta concepción del mundo las gentes se habitúan a dormir. Con frecuencia he dicho que los humanos no ven muchas cosas porque están dormidos, es decir, están poseídos por la ciencia. Debido a que la prensa corriente vulgariza todo esto, hoy día el hombre menos cultivado está ya poseído por la ciencia; jamás ha habido tantas gentes como hoy poseídos por la ciencia. Verdaderamente es preciso hablar de una forma extraña cuando se quiere describir lo que realmente es vida de nuestra época; se preciso usar un lenguaje completamente distinto del que corrientemente se emplea en la actualidad.

Lo mismo ocurre cuando los materialistas describen al ser humano y sus relaciones con su entorno. En el momento en que el materialismo estaba en su apogeo se escribieron libros en los que, por ejemplo en uno de ellos, se leía lo siguiente: “En realidad el hombre no es nada; es un producto del oxígeno del aire y de la temperatura que en él vive; él es realidad —y es en estos términos patéticos como termina la descripción materialista— lo que de él hace cada movimiento del aire.

Si se estudia semejante texto y uno se representa al hombre de acuerdo con esta descripción se descubre que se trata de un neurasténico en estado grave. Los materialistas jamás han descrito otros tipos de hombres, y no se dan cuenta de que en realidad lo que describen es el hombre dormido. Jamás la ciencia moderna ha podido aprehender lo que es un hombre viviente.

La gran tarea que se ofrece cumplir a los seres humanos es, sobrepasando el estadio de la época presente, acceder a los únicos niveles donde se podrá proseguir la historia del mundo. De ahí la necesidad que tenemos de penetrar en los campos de la espiritualidad. Es preciso que se descubra el polo correspondiente a lo que ha sido adquirido. Pero ¿a qué se está abocado debido al caminar que ha seguido la concepción materialista del mundo en el glorioso siglo XIX?.

Es preciso decir sincera y honestamente que se ha logrado determinar al mundo terrestre, al mundo exterior, por la medida, el número y el peso. En este dominio los siglos XIX y XX han cumplido una obra grandiosa y poderosa, pero las impresiones sensoriales, los colores y los sonidos flotan en lo indeterminado. Los físicos han cesado por completo de hablar de colores y sonidos, hablan de vibraciones del aire en el éter, que no son ciertamente colores y sonidos. El aire en vibración es, todo lo más el medio por el cual nos son transmitidos los sonidos, y no se capta en absoluto lo que son las cualidades percibidas por los sentidos. Es preciso que todo esto vuelva de nuevo.

Ahora la teoría de la relatividad viene a introducir en todo lo que se deja medir, pesar y numerar; el considerable desorden que ayer les describí, por el cual todo se deshace, todo se disgrega. Finalmente esta teoría de la relatividad choca con unos límites mas allá de los cuales ella fracasa. Uno se libera de ello no refutando sus conceptos sino remitiéndose a la realidad. Lo que se deja medir, numerar y pesar entra a través de la medida, del número y del peso en relaciones bien determinadas con la realidad exterior percibida por los sentidos.

En una ocasión, en Stuttgart, un equipo de físicos se extrañó por la forma como los antropósofos comentaban la teoría de la relatividad. En el curso de la discusión se realizó una experiencia simple: en realidad, dijeron ellos, da lo mismo frotar la cerilla en la caja de cerillas y ella se enciende, o bien sujetar la cerilla y frotarla con la caja y también se enciende. Esto es relativo.

Cierto, aquí es esto todavía relativo, pero dentro del marco de un espacio newtoniano o de un espacio euclidiano. Pero desde el momento en que es preciso considerar esta realidad que se manifiesta bajo forma de pesantez, de peso, la cosa no es tan fácil como Einstein se la representa, pues allí se crean relaciones reales. Realmente es preciso hablar aquí en sentido contrario. La relatividad puede ser considerada como válida a condición de que uno confunda la realidad con el aspecto matemático, geométrico y mecánico de las cosas, pero cuando se aborda la verdadera realidad ella ya no es válida. Finalmente, que nosotros comamos el asado de ternera o que el asado de ternera nos coma, no es en absoluto relativo. Esta vuelta puede practicarse con una caja de cerillas, pero el asado de ternera es preciso comerlo y no dejarse comer por él. Hay cosas que imponen límites al concepto de relatividad. Cuando se difunde esto se oye decir que en todo esto no hay la menor comprensión para esta tan seria teoría.

Es preciso ver que si se considera el peso —por consiguiente lo que constituye los cuerpos físicos— los colores los sonidos, etc… ya no encuentran lugar en la realidad. En esta orientación se nos escapa algo extremadamente importante, a saber, el elemento del Arte. Cuanto más nos introducimos en la realidad más nos abandona el Arte. Nadie puede encontrar hoy día una onza de arte en lo que describen los libros de física. Cuando todavía se posee algún sentido de la belleza el estudio de un libro de física resulta algo horrible. El arte escapa del ser humano precisamente por el hecho de que todo lo que constituye la belleza, es decir el color, el sonido, todo esto es proscrito y no se admite a menos que esté afectado de un peso. Cuanto más se convierten en físicos los humanos más se alejan del arte. Pensemos en esto: tenemos una ciencia física grandiosa, y no tenemos necesidad de los reproches de nuestros adversarios para admitirlo; pero la física vive renegando del arte pues frente al mundo ella practica un método tal que el artista se aleja por completo del físico.

Dudo que, por ejemplo, un músico se sienta atraído en la actualidad hacia un gran premio por el estudio de teorías físicas sobre la acústica; ellas le molestan, no le interesan. El pintor no estudiará la espantosa teoría de los colores propuesta por la física; por regla general cuando él se preocupa por los colores se vuelve todavía hacia la teoría de los colores de Goethe. Todo esto es falso según la opinión de los físicos, aunque no dándole mucha importancia dicen que no es demasiado importante que el pintor disponga de una teoría de los colores justa o falsa. Por tanto el arte debe perecer bajo la actual concepción del mundo que no ve mas que una realidad física. Preguntémonos ahora por qué en el pasado había un arte.

Remontándonos a un pasado muy lejano, cuando los humanos estaban todavía dotados de una clarividencia espontánea, apenas reparaban en la medida, el peso y el número de los objetos terrestres; se consagraban más a los colores y a los sonidos de las cosas.

Pensemos que la química no tiene en cuenta el peso de los cuerpos mas que a partir de Lavoisier, es decir, poco más de cien años. Solamente a final del siglo XVIII se tiene en cuenta el peso como elemento de una concepción del mundo. Los hombres del pasado no tenían consciencia de que era preciso determinar todo en función de medidas, peso y números terrestres. Con toda su sensibilidad estaban dedicados a los colores que recubren el mundo y a la vida ondulante de los sonidos, no a las vibraciones del aire sino a las ondas sonoras y vibrantes en el seno de las cuales se vivía, viviendo también en el mundo físico.

¿De qué disponía en este modo de percepción sensible liberado de la pesantez?. Al abordar a un ser humano se podía ver en él, por ejemplo, no lo que se ve en la actualidad sino el fruto del universo entero. En el hombre confluían todas las fuerzas del Cosmos, él era más bien un microcosmos y no la actual criatura encerrada en su piel y de pie en su rincón del mundo. Uno se imaginaba al ser humano mucho más como una imagen del mundo. Los colores afluían de todos lados y le coloreaban también. La armonía universal estaba allí y ella impregnaba al hombre de sus sonoridades y le estructuraba.

La humanidad moderna apenas puede comprender el lenguaje que los antiguos instructores de los Misterios empleaban con sus alumnos. cuando hoy día un hombre quiere explicar el corazón toma un embrión, observa cómo se dilatan los vasos sanguíneos, como forman un tubo y como, progresivamente, aparece el corazón. No es esto lo que los antiguos Guías hubieran dicho a sus alumnos, sino que destacaban algo muy distinto y que era de suma importancia. Ellos decían: el corazón humano está producido por el oro que vive por todo en la luz, que afluye de los confines del universo y en realidad da forma al corazón humano. Ellos se representaban la luz recorriendo el universo, la luz que lleva el oro; el oro actúa y vive en la luz. En la vida terrestre el corazón del hombre, que como es sabido renueva su existencia al cabo de siete años, no está hecho de lo que ha comido durante ese tiempo; los alimentos no sirven mas que para estimular el oro del universo activo en la luz y que construye el corazón.

Las gentes hablaban de otra forma y nosotros debemos reaprender a hablar como ellos pero a otro nivel de consciencia. En el dominio de la pintura, por ejemplo, se creaba a partir del universo -—cosa que ha desaparecido-— pues entonces todavía no se estaba tan hundido en la pesantez. Un último vestigio se encuentra todavía, por ejemplo, en Cimabue, hoy sobre todo el arte ruso de los iconos. El icono está creado todavía bajo la inspiración del macrocosmos, del mundo exterior; él es en alguna forma un fragmento del microcosmos. Pero llegó un día en que esto no se pudo continuar porque esta visión del mundo había desaparecido. Si se hubiera querido pintar un icono no solamente observando la tradición y dejándose guiar por la fe, sino con un alma activa hubiera sido necesario saber cómo manejar el oro. La forma de utilizar el oro sobre un cuadro fue uno de los mayores secretos de la pintura de otros tiempos. Hacer salir la forma humana sobre un fondo de oro era lo que sabían hacer los pintores del pasado.

Entre Cimabue y Giotto hay un inmenso abismo; éste emprendió lo que Rafael llevó a continuación a muy buen término y alto nivel. Cimabue siguió todavía la tradición, pero Giotto está ya en la vía del naturalismo pues se dio cuenta que la tradición ya no estaba viva en las almas. La unión con el Cosmos estaba rota, en lo sucesivo era preciso acoger al hombre físico. Ya no era posible pintar inspirándose en el oro, era preciso inspirarse en la carne.

 

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Las cosas han llegado tan lejos en esta vía que finalmente la pintura llegó a lo que frecuentemente se ha visto en el siglo XIX. Los iconos no tienen peso, nos llegan del Universo como copos de nieve. Hoy día ya no se les puede pintar pero si se pudiera hacerlo de la misma forma que antaño, no tendrían peso.

Giotto fue el primero en pintar las cosas que tenían un peso. Desde entonces todo lo que se pinta tiene un peso, incluso sobre la tela; ésta se cubre de colores que, con lo que está representado, tienen la relación que enseñan los físicos, es decir, el color aparece en la superficie a causa de alguna vibración. Y para terminar, el arte ha tenido en cuenta el peso. Giotto comenzó de una forma estética- artística que Rafael llevó a continuación a la perfección.

Si bien puede decirse que el Universo se borró en el hombre y que ahora ya no se puede ver mas que al hombre que tiene peso, la forma de sentir se conserva todavía y la carne, aunque pesa, se hace lo menos pesada posible. Es así como nació la Madonna en oposición con el icono que no tiene peso mientras que la Madonna, por muy bella que sea sí que lo tiene. La belleza, por tanto, se conservó. Es falso creer, como se dice hoy día, que los hombres tienen un verdadero sentimiento interior de lo que es el icono, por eso el arte de los iconos está mancillado con una especie de falso sentimentalismo.

El arte de Rafael, edificado sobre lo que Giotto hizo de la obra de Cimabue, permanecerá válido mientras brille sobre él el esplendor de la belleza de otros tiempos. Los pintores luminosos del Renacimiento pudieron sentir todavía el oro viviente en la luz y pudieron dar a sus cuadros el esplendor que él repartía sobre las cosas.

Después desapareció todo esto y nació el naturalismo. En el dominio del arte la humanidad de hoy día está sentada entre dos sillas, entre el icono y la Madonna, y se halla obligada a partir hacia el descubrimiento del color puro y viviente y del sonido puro y viviente con su peso negativo y sus cualidades inversas de la dimensión y del número. Necesitamos aprender a pintar a partir del color. Por primitivas y torpes que sean nuestras tentativas en este dominio, tenemos el deber de pintar a partir del color, de vivir lo que él es liberado de pesantez. Es preciso poder progresar conscientemente.

Al mirar lo que con toda simplicidad hemos intentado con nuestras pinturas veremos que no es mas que un comienzo, pero ya hemos empezado a liberar a los colores de su pesantez, a vivir el color como un principio llevándose a sí mismo, a hacerle hablar. Si llegamos a eso crearemos, frente a una concepción del mundo privada de arte, un nuevo arte utilizando el elemento libre del color y del sonido, libre de toda pesantez.

Nosotros también estamos sentados entre dos sillas, entre el Icono y la Madonna, pero debemos levantarnos. La ciencia física no nos será aquí de ninguna ayuda. Ya he dicho que el ser humano, tal como lo ve la ciencia, debe permanecer siempre acostado. Es preciso que nos levantemos y para ello tenemos necesidad de una verdadera Ciencia del Espíritu. Ella contiene el elemento de vida que nos eleva del dominio de la pesantez al color sin peso, a la realidad del color. Lo vemos en todos los dominios, es preciso que la humanidad despierte. Deberíamos abrirnos a este impulso del despertar y de llevar nuestra mirada alrededor para ver lo que es y lo que no es y percibir en todo una llamada a ir hacia adelante. Quiero terminar con las consideraciones que acabo de exponer. Son cosas que afectan al nervio de nuestra época. Por otra parte es necesario evocar en el seno de nuestro movimiento la otra actitud tal como he tratado de esbozarla.

He descrito como ha venido a confirmarse la filosofía moderna, pero ¿a qué conduce todo este intelectualismo?. A construir una gigantesca máquina que se sitúa en el centro de la Tierra para, a partir de allí hacer saltar todo y dispersarlo hacia los cuatro extremos del universo. He aquí lo que nuestra filosofía se confirma a sí misma. Pero esto es lo que no hacen las otras.

Mostrándoles ayer como, por ejemplo, los conceptos que eran válidos hace 30 ó 40 años han sido reducidos a la nada hoy día por la teoría de la relatividad, he tratado de mostrar cómo los hombres son invitados a orientarse hacia la Antroposofía. He aquí lo que dice el filósofo Edouard von Hartmann: “Si el mundo es tal como nosotros nos lo debemos representar —es decir, en el espíritu del siglo XIX— y no pudiendo continuar viviendo en él, debemos en realidad hacerlo saltar; se trata únicamente de saber si somos capaces. Es preciso llamar con toda nuestra voluntad al tiempo en que seremos capaces de hacer saltar el mundo”.

Ante los relativistas harán todo lo necesario para que los humanos sean liberados de los conceptos. Espacio, tiempo, movimiento, todo será reducido a la nada y los humanos conducidos a una desesperación tal que esta hipótesis de la destrucción del mundo esparciéndose a continuación por el universo les parecerá como la más satisfactoria. Por eso es preciso tener un conocimiento claro de ciertos impulsos que son los de nuestra época.

 

Traducción: Mercedes Arnaldes

 

 

 

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4 comentarios el “GA291c3. Medida, numero y peso. La pintura moderna exige un color sin peso

  1. […] GA291c3. Medida, numero y peso. La pintura moderna exige un color sin peso — Dornach, 29 de julio… […]

  2. Hugo Jaramillo Tobar dice:

    Muchas Gracias desde Quito – Ecuador. Fuerte Abrazo: Hugo

  3. José dice:

    Entiendo que el pintor a quien se refiere Steiner es Cimabue, no Cimbaue ¿es correcto?

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