GA291c4. Las Jerarquías Espirituales y la naturaleza del arco iris

Rudolf Steiner — Dornach, 4 de enero de 1924

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Continuando con lo que he expuesto durante el curso de nuestra Asamblea de Navidad, querría hablar un poco de la evolución que tiene lugar en nuestra época y que se orienta hacia la investigación de la vida espiritual. Frecuentemente se habla de ella utilizando el nombre del movimiento Rosacruz, u otros movimientos ocultos, y quisiera describir cuál es el contenido de esta investigación espiritual.

Para ello será preciso, como introducción, hablar un poco de la naturaleza de las representaciones tal como se estableció en torno a los siglos IX, X y XI después de Cristo para, a continuación, desaparecer progresivamente hacia finales del siglo XVIII, aunque manteniéndose en algunos espíritus de retaguardia en el siglo XIX. No voy a hacer una exposición histórica sino simplemente evocaré un conjunto de representaciones de quienes se contaban entre los hombres de pensamiento, y de ello hace relativamente poco tiempo. Hoy día se habla de cuerpos químicos, de 70 ó 80 cuerpos, y no se tiene consciencia del todo del hecho de que llamar a una substancia oxígeno es decir bien poco de ella; lo mismo cuando se le llama hidrógeno. El oxígeno no está presente más que cuando se encuentran reunidas ciertas condiciones bien definidas, temperatura y otras condiciones de vida terrestre. Un hombre dotado de razón no puede unir a la noción de realidad algo que, desde el instante en que la temperatura aumenta, no existe bajo la misma forma que tenía en las condiciones en que se encuentra el hombre físico viviente sobre la Tierra. Precisamente estas nociones, esta tendencia a sobrepasar la forma relativa de las cosas para acceder a una realidad de la existencia, eran el sentido de las investigaciones que se realizaban en la primera parte de la Edad Media y en su período medio.

Entre los siglos IX y X después de Cristo se sitúa un período de transición, pues con anterioridad todas las concepciones de los humanos estaban todavía muy impregnadas de espiritualidad. Por ejemplo, un hombre que en el siglo IX tuviera conocimiento de estas cosas jamás hubiera sido rozado por la idea de que los Ángeles, o Arcángeles o Serafines podían ser menos reales que el hombre físico que veía con sus ojos. Entre los hombres que se servían de lo que se llamaba la inteligencia cósmica, como de seres que uno se encuentra, se sabía que ya estaban muy lejanos los tiempos en que este saber era un bien común, pero también sabían que en ciertas condiciones todavía eran sensibles a cierta influencia de estas entidades. No hay que olvidar, por ejemplo, que buen número de sacerdotes católicos sabían perfectamente, hasta los siglos IX y X, que durante determinados actos del servicio divino habían tenido contacto con las entidades espirituales, con las inteligencias cósmicas.

 Pero más allá de esta época la unión directa con las inteligencias del Universo desapareció poco a poco de las conciencias; cada vez más la conciencia se redujo a los elementos del Cosmos: a la Tierra, al líquido, al aire, al calor, al fuego. En tiempos anteriores se hablaba de la inteligencia cósmica que regulaba los movimientos de los planetas, su caminar entre las estrellas fijas, pero a partir de entonces de hablaba más bien del entorno inmediato de la Tierra. Se hablaba de sus elementos, del agua, del aire, del fuego. Entonces se ignoraba lo que hoy día se llaman cuerpos químicos. Pero nos haríamos una idea por completo falsa si pensásemos que los espíritus de los siglos XII al XIV se representaban bajo los términos de agua, aire, calor, tierra, lo mismo que los hombres de nuestro tiempo. Hoy día el calor no es para los hombres más que un estado de los cuerpos; no se habla ya de un éter de calor. El aire y el agua se han convertido en cosas de lo más abstractas, y es necesario reflexionar mucho para ver lo que estas nociones fueron en otros tiempos. Ahora quisiera mostrar por una imagen cual era la forma de expresarse de los espíritus informados de la época que hablamos.

 Cuando escribí “La Ciencia Oculta” me vi obligado a describir la evolución de la Tierra en términos al menos un poco adaptados a las representaciones corrientes de nuestra época. En los siglos XII y XIII se habría podido explicar de otra forma. He aquí, por ejemplo, lo que se habría encontrado en un capítulo de esta “Ciencia Oculta”; en primer lugar se habría evocado a entidades que pueden llamarse de la Primera Jerarquía: Serafines, Querubines y Tronos. Se habría descrito a los Serafines como seres que no se sienten como un sujeto distinto de los objetos, y ello porque sujeto y objeto se confunden; ellos no dirían: fuera de mí existen los objetos, sino, el mundo es y yo soy el mundo, y el mundo soy yo. Estos Serafines se conocían por una experiencia de la cual el hombre siente un débil reflejo cuando le inflama un ardiente entusiasmo.

 A veces es incluso difícil hacer comprender al hombre actual qué es un ardiente entusiasmo, pues hasta principios del siglo XIX se sabía mejor que hoy lo que era esto. Cuando se leía en público un poema de un autor cualquiera afamado ocurría que las gentes se comportaban de forma que un hombre moderno podría expresarlo diciendo: ¡están locos!; pues todos se agitaban enardecidos. Hoy día se siente un frío glacial allí donde se podría creer que deberían estar entusiasmados.

 Para representarse la vida interior de los Serafines es preciso evocar este entusiasmo, expandido sobre todo por los pueblos de Europa central y oriental, pero elevado a la consciencia, convertido en la sustancia perfectamente pura de la consciencia, impregnado de luz hasta el punto que el pensamiento deviene inmediatamente en luz e ilumina todo el Universo. Y el elemento de los Tronos como elevando el mundo en gracia.

 Estas palabras no hacen más que esbozar la realidad y podría seguir hablando así durante largo tiempo. Quisiera únicamente decir que en esta época se habría intentado caracterizar desde el principio a los Serafines, Querubines y Tronos describiendo sus cualidades esenciales, pues se habría dicho: El coro de los Serafines, de los Querubines y de los Tronos se consagra a una acción común de forma tal que los Tronos forman un núcleo a partir del cual los Querubines hacen brillar su propio ser luminoso y los Serafines envuelven el todo con un manto de entusiasmo que brilla a lo lejos en el espacio cósmico.

 En el centro los Tronos, alrededor los Querubines y en la periferia los Serafines. Estos son los seres que confunden y entremezclan sus acciones, pensamientos y sentimientos. Estas son las entidades. Si un ser dotado de una sensibilidad apropiada hubiera recorrido el espacio en que los Tronos constituyen un centro, los Querubines una especie de corona alrededor y los Serafines una envoltura, habría sentido una impresión de calor tenue diferente según los puntos, más elevado en un sitio, menos elevado en otro; impresión de naturaleza psíquica y espiritual pero de tal naturaleza que lo que se sentía en el alma era al mismo tiempo una impresión física tal como nosotros la conocemos. Al sentir este calor interior el ser también habría experimentado la impresión que nosotros sentimos en una habitación caliente. Esto es una obra colectiva de las entidades de la Primera Jerarquía que fue realizada en el Universo en tiempos pasados y que constituyó la existencia del Antiguo Saturno. El calor no era más que la expresión de la presencia de estos eres, y nada más.

 Me gustaría usar un símil aquí que tal vez ayude como una explicación. Supongamos que le tiene cariño a alguien, que encuentra que su presencia le da calidez. Supongamos que llega otro hombre que no tiene corazón y dice: esa persona no me interesa en lo más mínimo; Solo me interesa el calor que difunde. No dice que le interese la calidez que el otro arroja, sino que solo le interesa la calidez. Está diciendo tonterías, por supuesto, porque cuando la persona que irradia calor desaparece, la calidez desaparece también. Pues el calor está allí solo cuando la persona está allí. En sí mismo no es nada. La persona debe estar allí para que se dé el calor.

Por lo tanto, los Serafines, Querubines y Tronos deben estar allí; de lo contrario, la calidez tampoco estaría allí. El calor es meramente la revelación de los Serafines, Querubines y Tronos.

 En la época de la que les hablo, el arte, e incluso el dibujo en color, estaba en verdad fundado en lo que acabo de describir. Cuando se hablaba de los elementos, del elemento del calor, se entendía por ello los Querubines, Serafines y Tronos, es decir, lo que constituía la existencia saturnal.

 Se iba más lejos y se decía: “Solamente los Querubines, Serafines y Tronos tienen el poder para cumplir en el Cosmos semejante creación. Sólo la Jerarquía más elevada es capaz de hacerlo; y porque ella ha podido cumplir esta obra al comienzo del mundo ha podido proseguir la evolución. En alguna forma los hijos de los Querubines, Serafines y Tronos han podido continuar la obra. Por tanto las entidades engendradas por esta primera Jerarquía, es decir, los Kyriótetes, Dynamis y Exusiai, o Segunda Jerarquía, vinieron a colmar esta etapa del calor saturnal. Es allí donde penetraron las entidades cósmicas naturalmente más jóvenes. ¿Cómo actuaron allí?. Mientras que las entidades de la Primera Jerarquía se manifestaron en el calor, en el elemento del calor, las de la segunda lo hicieron en el elemento de la luz. La oscura vida saturnal producía calor, y en el seno de este mundo oscuro nació lo que pueden engendrar los hijos de la Primera Jerarquía.

 Esta acción de la segunda Jerarquía en el seno del calor saturnal está penetrada por la luz y esta iluminación interior se une a una condensación del calor y de lo que no era más que calor deviene el aire. La segunda Jerarquía interviene manifestándose por la luz; pero representémonoslo bien, los que actuaron, en realidad son Seres. Para una criatura que estuviera dotada del poder de percepción correspondiente, esto es la luz. El camino seguido por estas entidades está marcado por la luz. Ahora bien, cuando la luz penetra en alguna parte aparece en ciertas condiciones la sombra, la oscuridad, la sombra tenebrosa.

La aparición de la segunda Jerarquía bajo forma de luz engendra también la sombra, y esta sombra es el aire. Hasta los siglos XV-XVI se sabía lo que es el aire, hoy día se sabe únicamente que él está compuesto de oxígeno e hidrógeno, lo que no nos dice gran cosa, lo mismo que cuando alguien nos dice hablando de un reloj, por ejemplo, que está hecho de cristal y de plata, tampoco nos dice nada de lo que constituye verdaderamente el reloj. Del aire, en tanto que fenómeno cósmico, no se dice nada cuando se explica que está compuesto de oxígeno e hidrógeno, pero se dice mucho cuando se expone que en el Cosmos, de donde nació, él es la sombra de la luz. La intervención de la Segunda Jerarquía en el calor saturnal provocó la aparición de la luz y la sombra de la luz que es el aire. Y lo que entonces de formó es el Antiguo Sol. He aquí cómo se habría explicado esto en los siglos XII y XIII.

 Y prosiguió la evolución bajo la dirección de los hijos de la Segunda Jerarquía: Arcáis, Arcángeles y Ángeles. Estas entidades introducen algo nuevo en el elemento luminoso aportado por la segunda Jerarquía y que impulsa a la aparición de su sombra, del aire oscuro, no la oscuridad neutra, indiferente, la oscuridad saturnal que era la ausencia de luz, sino la que se creó por oposición a la luz. A esta fase de la evolución, la tercera Jerarquía: Arcáis, Arcángeles y Ángeles, agrega por su naturaleza un elemento análogo a lo que son nuestros deseos, nuestros impulsos hacia un objeto que se quiere poseer.

 Lo que se produce entonces es que al intervenir, digamos un Arcai o un Ángel, aparece un elemento luminoso, podríamos decir un punto luminoso. Y como él es receptivo a la luz experimentó una necesidad, un deseo de oscuridad. El Ángel aportó la luz en las tinieblas, o bien las tinieblas en la luz.

 Estas entidades se convierten entonces en los mediadores, en los mensajeros entre la luz y la oscuridad. La consecuencia de ello fue que lo que en otros tiempos brillaba en la luz, impulsando su sombra, las tinieblas; del aire oscuro comenzaron a reverberar todos los colores; la luz apareció en las tinieblas y las tinieblas en la luz. Es la tercera Jerarquía la que de un modo maravilloso, engendró los colores que aparecen en la luz y la oscuridad.

 En alguna forma tenemos una confirmación histórica de estos hechos. En la época de Aristóteles se sabía todavía en el marco de los Misterios, que cuando alguien se preguntaba de dónde venían los colores, que las entidades de la tercera Jerarquía están en relación con ellos, es por eso que en su “Armonía de los colores” él afirma que el color es debido a la colaboración de la luz y de la sombra. Pero este elemento espiritual que tras el calor percibía a las entidades de la Primera Jerarquía, detrás de la luz y su sombra, la oscuridad, a las de la Segunda Jerarquía y tras el centelleo coloreado del Cosmos a las de la Tercera Jerarquía, se ha perdido. No queda más que la teoría de los colores de Newton, la que hasta el siglo XVIII hacía sonreír a los iniciados y que para los físicos y especialistas se ha convertido en un artículo de fe.

 Para estar de acuerdo con esta teoría de Newton es preciso ignorar por completo el mundo espiritual. Cuando todavía se está estimulado por el mundo espiritual, como era el caso de Goethe, se camina a contrapelo. Jamás Goethe estuvo tan furioso como cuando vituperó contra Newton y sus elucubraciones. Por eso hoy no se comprende que, debido a la opinión de los físicos, un hombre que no admita la teoría de los colores deba ser considerado un insensato. Sin embargo Goethe no estuvo aislado en su época. El fue el único que publicó lo que pensaba, pero otros espíritus informados sabían, hasta final del siglo XVIII, que el color surge del seno del espíritu.

 El aire es la sombra de la luz; cuando la luz aparece, su sombra oscura también aparece en ciertas condiciones. De igual modo, cuando el color aparece y actúa en tanto que realidad —y puede hacerlo tanto tiempo como esté penetrado del elemento aire— cuando el color surge y actúa en el seno del aire, y no es solo un reflejo o una coloración producida por reflexión sino una realidad que brota en el elemento aéreo, entonces nace el elemento líquido, el agua, lo mismo que una presión engendra una contra-presión en ciertas condiciones. En la perspectiva del Cosmos el aire es la sombra de la luz; del mismo modo el agua es el reflejo, la obra del color en el cosmos.

 Quizás me digan que lo comprenden, pero traten de captar efectivamente el color en su realidad. ¿Creen Vds. verdaderamente que el rojo, por su naturaleza es únicamente esa extensión neutra, como se opina ordinariamente?. Ya he dicho algunas veces que el rojo ataca y al verlo se desearía emprender la huida, él nos rechaza. Con el azul-violeta se desearía correr tras él, se nos escapa sin cesar, se hace cada vez más profundo. Todo vive en los colores. Ellos son un mundo, y el alma que los acompaña con una experiencia interior se siente, en este mundo de los colores, en un estado de no hacer otra cosa que moverse.

 Hoy el hombre mira el arcoíris. Si uno lo mira con la más mínima imaginación, ve a los seres elementales activos en él. Se revelan en fenómenos notables. En el amarillo, algunos de ellos se ven continuamente emergiendo del arco iris, y moviéndose hacia el verde. En el momento en que alcanzan la parte inferior del verde, se sienten atraídos y desaparecen en él, para emerger del otro lado. Todo el arco iris revela a un observador imaginativo una efusión y una desaparición de lo espiritual. De hecho, revela algo así como un vals espiritual. Al mismo tiempo, se nota que a medida que estos seres espirituales emergen en el rojo-amarillo, lo hacen con una aprensión extraordinaria; y cuando entran en la violeta azul, lo hacen con un coraje invencible. Cuando miras el rojo-amarillo, ves corrientes de miedo, y cuando miras el azul violeta, tienes la sensación de que estas en el asiento de todo coraje y valor.

Ahora imagina que tenemos el arcoíris en la sección. Entonces estos seres emergen en el rojo-amarillo y desaparecen en el azul-violeta; aquí aprensión, aquí coraje, que desaparece de nuevo. Allí el arcoíris se vuelve denso y se puede imaginar el elemento acuoso que surge de él. Los seres espirituales existen en este elemento acuoso que son realmente una especie de copia de los seres de la Tercera Jerarquía.

arcoiris

 

Se puede decir que al acercarse a los sabios de los siglos XI, XII y XIII, uno debe comprender tales cosas de esta manera. No puedes entender a Albertus Magnus si lo lees con conocimiento moderno, debes leerlo con el conocimiento de que tales cosas espirituales fueron una realidad para él y entonces solo entenderás el significado de sus palabras y expresiones.

De esta manera, por lo tanto, el aire y el agua aparecen como un reflejo de las Jerarquías. La Segunda Jerarquía entra en forma de luz, la Tercera en forma de color. Pero para permitir que esto se establezca, se crea la existencia lunar.

 Y ahora viene la Cuarta Jerarquía. Estoy hablando ahora con el pensamiento de los siglos XII y XIII.  Ahora tenemos la Cuarta Jerarquía. Nunca hablamos de eso; pero en los siglos XII y XIII uno hablaba libremente de ello. ¿Qué es esta Cuarta Jerarquía? Es el hombre mismo. Pero antiguamente uno no entendía por eso el ser notablemente extraño con dos piernas y la tendencia a la decadencia que deambula por el mundo ahora; porque entonces el ser humano del presente se le apareció al erudito como un tipo inusual de ser. Hablaron del hombre primitivo antes de la Caída, que existió de tal forma que tenían tanto poder sobre la Tierra como los Ángeles, Arcángeles y demás lo tenían sobre la existencia lunar; la Segunda Jerarquía sobre la existencia solar; y la Primera Jerarquía sobre la existencia del Antiguo Saturno.  Hablaron del hombre en su existencia terrestre original, y como la Cuarta Jerarquía. Y con esta Cuarta Jerarquía vino —como un regalo de las jerarquías superiores de algo que primero poseyeron y preservaron, y que ellos mismos no necesitaron — Vida. Y la vida entró en el mundo colorido que te he estado describiendo de forma incompleta.

Vds. me dirán: ¿pero qué cosas no vivieron en otro tiempo?. La respuesta podrán comprenderla mirando al hombre mismo. El YO y el cuerpo astral no están dotados de vida, sin embargo existen. El espíritu y el alma no tienen necesidad de la vida; ella comienza únicamente al nivel del cuerpo etérico, que es una especie de envoltura exterior. Es únicamente después de la fase lunar cuando interviene la vida en la evolución de nuestra Tierra. El mundo resplandeciente de los colores fue impregnado de vida. Los Ángeles, Arcángeles, etc. no solamente sintieron el deseo de hacer penetrar la oscuridad en la luz y la luz en la oscuridad haciendo nacer de esta forma el juego de colores sobre el planeta, sino que además este juego de colores fue vivido interiormente, fue interiorizado; se sintió interiormente lo que ocurre cuando las tinieblas dominan interiormente la luz y cuando la luz domina las tinieblas. ¿Qué ocurre cuando ustedes corren?. Corren porque en ustedes la luz domina a las tinieblas, cuando se está sentado, inactivo, las tinieblas en ustedes dominan a la luz. Tal es la actividad de los colores, el juego de los colores en el alma. Cuando aparece la cuarta Jerarquía, el hombre, la irisación de los colores fue impregnada de vida. En este instante de la evolución cósmica las fuerzas activas en la irisación de los colores comenzaron a dibujar contornos. La vida que vino a dar contorno a los colores, a darles aristas y ángulos, provocó la aparición de lo cristalino sólido. Nosotros estábamos entonces en el seno de la existencia terrestre.

 Lo que acabo de exponer ahora eran las verdades fundamentales de los alquimistas, de los ocultistas, de aquellos que, sin que la historia de hoy día les tenga en cuenta, emplearon su actividad desde los siglos IX y X hasta los siglos XIV y XV. Ciertos herederos de ellos, que se les considera como originales, se encuentran también hasta el siglo XVIII, e incluso hasta principios del XIX. Pero todo esto ha sido enterrado bajo el olvido. La actual concepción del mundo ha logrado esto: Representémonos un ser humano sobre el que no me interese demasiado; le quito sus vestidos y los engancho a una percha que tiene encima una gran bola en forma de cabeza y me digo: he aquí el ser humano. ¿En qué me concierne lo que puede habitar en estos vestidos?. He aquí lo que pasó con los elementos naturales. Uno no se interesa en absoluto que detrás de lo que se llama el éter químico, el éter de los colores y el agua está la Tercera Jerarquía y detrás del elemento de vida y la tierra la Cuarta Jerarquía, el hombre. He aquí el primer acto. El segundo acto nos porta el kantismo y delante del colgador, del cual penden los vestidos, se comienza a filosofar sobre lo que podrían ser estos vestidos en sí, y uno se da cuenta de que, en realidad, no se puede saber. Evidentemente, cuando se ha comenzado por suprimir al hombre y no se tiene mas que el colgador y los vestidos, no se puede filosofar siempre a propósito de los vestidos y elaborar bonitas especulaciones.

 Esto es un colgador sobre el cual se colocan los vestidos y se filosofa según el espíritu de Kant. Nosotros no conocemos la cosa en sí, según el espíritu de Helmholtz, y uno piensa entonces que estos vestidos no pueden tener forma; ellos no son en realidad más que minúsculos granos de polvo que giran y se chocan, lo que hace que ellos guarden su forma.

 Tal es el camino que ha seguido el pensamiento, pero por esta vía va hacia la abstracción, se convierte en una sombra. Hoy día vivimos en estos pensamientos, en estas especulaciones y esto marca con su sello todas las concepciones científicas. Nuestro pensamiento es tanto más atomizante cuanto más negamos lo que es. Sin embargo durante mucho tiempo se rechazará todavía el admitir que no es necesario seguir con este sueño de átomos girando en torbellino, sino que es preciso volver a introducir al hombre en los vestidos. Este cambio es lo que debe intentar cumplir la Ciencia Espiritual.

 A través de un cierto número de imágenes he intentado describirles como se pensaba en otros tiempos; es esto lo que todavía se puede leer en los antiguos documentos. Al haber desaparecido esta forma de pensar vemos producirse cosas interesantes: un químico moderno de los países del norte reimprimió cierto pasaje de la obra de Basile Valentín y la interpretó en el sentido de la química moderna, con lo que no pudo decir otra cosa que esto: todo esto son absurdos. Lo que escribió Basile Valentín es un fragmento de una embriología pero formulado en imágenes. Si se lee con espíritu de química moderna no se ve más que una simple experiencia de laboratorio, que por otra parte es absurda. En un laboratorio no se puede construir una embriología. De estas cosas es de las que hay que darse cuenta en el momento presente.

 

Traducido por Mercedes Arnaldes.

 

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Esta entrada fue publicada en Planetas.

3 comentarios el “GA291c4. Las Jerarquías Espirituales y la naturaleza del arco iris

  1. […] GA291c4. Las Jerarquías Espirituales y la naturaleza  del arco iris […]

  2. Laura Vichi dice:

    Gracias

  3. nutricion ampliada dice:

    Hola agradezco la inclusión de esta conferencia pues agrega una mayor comprensión de la relación de elementos éteres y planetas

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