GA276c1. El Arte y su misión

Rudolf Steiner — Dornach, 27 de mayo de 1923

English version

Hoy propongo llevar más allá ciertos puntos dados en conferencias recientes sobre la evolución de la humanidad desde los tiempos de Cristo.

Mirando hacia atrás, en el estudio sobre la evolución de la humanidad, vemos que las épocas descritas en la ciencia espiritual antroposófica toman su forma de la particular constitución del alma de los seres humanos que viven en un momento dado. Esto difiere mucho de una época a otra. Hoy, sin embargo, hay poca inclinación a mirar más allá de la estructura actual del hombre. Aunque la civilización se ha desarrollado de la manera que se pueda describir en los documentos externos, en general se considera que la humanidad siempre ha tenido la misma naturaleza anímica. Y eso no es verdad. Ha cambiado; y sabemos las fechas en que experimentó transformaciones externamente claras y distinguibles.

El último de estos puntos de inflexión, a menudo se ha designado como el siglo XV DC; el que le precedió ocurrió durante el octavo siglo precristiano; y de esta manera podríamos ir aún más atrás. A menudo he enfatizado cuán correcto esta el historiador de arte Herman Grimm cuando señala que la comprensión histórica completa de la humanidad de la época actual no se remonta más allá de los romanos, momento en el cual se asentaron en las almas de los hombres las ideas que prevalecen ahora. O aproximadamente las mismas ideas. Todavía están operando, aunque a veces de manera perjudicial; por ejemplo, los conceptos de la ley romana ya no están en armonía con nuestra sociedad. La  manera misma en que el hombre contemporáneo participa en la vida social muestra una comprensión de algo que se remonta a la época romana.

Si, por otro lado, describimos los acontecimientos históricos externos de la Grecia antigua como los acontecimientos modernos, no penetramos en la verdadera naturaleza anímica de los griegos. Herman Grimm tiene razón al decir que, como se suele describir, son meras sombras. Precisamente porque la conciencia ordinaria ya no puede ver lo que vivió en esas almas, es incapaz de comprender la estructura social de los griegos.

Aún más alejado de nuestra vida animica está el de los seres humanos del período egipcio-caldeo anterior al siglo VIII antes de Cristo;  todavía fue mas diferente en la antigua Persia, y completamente diferente al de la época de la Antigua  India después de la gran catástrofe atlante.

Cuando con la ayuda de la ciencia espiritual marcamos las etapas en la constitución cambiante del ser humano, queda claro que nuestra manera de sentir sobre el ser humano, nuestra forma de hablar del cuerpo, alma y espíritu, del yo en el hombre, nuestro sentido de conexión interna entre el ser humano y el planeta Tierra, surgió en la cuarta época post-Atlante. Gradualmente, en el transcurso del tiempo, la vida se ha vuelto tan terrenal que los seres humanos se sienten distanciados del cosmos, y ven las estrellas y sus movimientos, incluso las nubes, como si estuvieran fuera de nuestra morada terrenal; por lo tanto, de poca importancia.

 

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Antes del período greco-latino, los sentimientos de las personas y de hecho sus impulsos volitivos eran, si puedo usar la expresión, cósmicos. El hombre no necesitaba una filosofía para sentirse miembro del universo entero, del universo visible. Para él era natural  sentirse no solo un ciudadano de la Tierra sino también un miembro del cosmos, especialmente durante la primera época, la de la antigua India  Si volvemos al séptimo u octavo milenio de la era precristiana, encontramos que el ser humano —no puedo decir que hablaba pero se sentía— se sentía de manera bastante diferente a como lo hacemos hoy sobre el yo. Sin duda, los seres humanos de aquellos tiempos antiguos no se expresaban como nosotros, porque el habla humana no tenía el mismo alcance que en la actualidad. Pero como debemos expresar las cosas en nuestro propio lenguaje, lo expresaré así: en la antigua India, el hombre no hablaba del yo a nuestra manera moderna; no fue, para él, un punto que comprendiera todas las experiencias de su alma. Por el contrario, cuando hablaba del yo, para él era evidente que tenía poco que ver con la Tierra y sus acontecimientos. Al experimentarse a sí mismo como un yo, el hombre no sentía que pertenecía a la Tierra; sino que estaba conectado más bien con el cielo de las estrellas fijas. Esto fue lo que le daba el sentido y la seguridad de su ser más profundo. Porque no se sentía como un yo humano. El hombre era un ser humano solo por el hecho de que aquí en la Tierra estaba cubierto por un cuerpo físico. A través de esta envoltura para el yo, se convirtió en un ciudadano de la Tierra. Pero el yo era considerado como algo extraño a la esfera terrenal. Y si hoy tuviéramos que acuñar un nombre para la forma en que se experimentaba el yo, tendríamos que decir: el hombre no se sentía como un yo humano, sino como un yo divino.

Pudo haber mirado hacia afuera a las montañas, a las rocas; pudo haber visto todo lo demás en la Tierra y haber dicho: esto es, esto existe. Sin embargo, al mismo tiempo, habría sentido lo siguiente: si no hubiera otra existencia que la de las plantas, ríos, montañas y rocas de la Tierra, ningún ser humano tendría un yo. Porque lo que garantiza la existencia a las cosas terrenales y a los seres nunca podría garantizarlo el yo. Ellos son categorías diferentes.

Repito: dentro de sí mismo el hombre no se sintió un yo humano sino divino: una gota del océano de la divinidad. Y cuando quiso hablar acerca de su yo (digo esto con las reservas previamente hechas) lo sintió como una creación de las estrellas fijas; el cielo de las estrellas fijas era la única esfera que compartía su realidad. Solo porque el yo tiene una existencia similar es capaz de decir: “Yo soy”. Si pudiera decir “Yo soy” simplemente de acuerdo con el nivel de existencia de la piedra o planta o montaña, el yo no tendría derecho a hablar así. Solo su naturaleza estrellada hace posible que el yo diga “Yo soy”.

Una vez más, los seres humanos de esta época primitiva vieron cómo fluían los ríos y los árboles que eran impulsados por el viento. Pero si consideramos el yo humano que mora en el cuerpo físico y tenemos el impulso de movernos por la Tierra de aquí para allá, si consideramos a este yo como la fuerza activa en movimiento, ya que el viento es la fuerza activa en el movimiento de los árboles, o como cualquier otra cosa de la Tierra es una fuerza activa, estaríamos equivocados. El yo no es este tipo de causa externa del movimiento.

En la antigüedad, el iniciado en los Misterios les hablaba a sus alumnos de la siguiente manera: Veis cómo se balancean los árboles, cómo fluye el agua del río, cómo se agita el océano. Pero ni de los árboles en movimiento, ni de los ríos que fluyen, ni del océano agitado, el yo podría aprender a desarrollar esos impulsos de movimiento que los seres humanos despliegan cuando transportan sus cuerpos sobre la Tierra. El yo nunca podría aprender de cualquier cosa terrenal en movimiento. El yo solo puede aprenderlo porque está relacionado con los planetas, con el movimiento estrellado. Solo desde Marte, Júpiter, Venus, etc., puede el yo aprender a moverse. Cuando el yo por su propia volición se mueve sobre la Tierra, logra algo que solo es posible por su relación con el giro del mundo de las estrellas.

Además, hubiera sido incomprensible para un hombre de esa época antigua si alguien hubiera dicho: ¡Mira cómo surgen los pensamientos de tu cerebro! Retrocedamos en el tiempo e imaginémonos la constitución anímica que una vez tuvimos (porque todos hemos pasado por vidas en la antigua India); luego confrontarlo con la condición del alma actual, la que hace que la gente asuma que los pensamientos surgen del cerebro. Todo lo que el hombre moderno cree parecería una completa tontería. Pues el antiguo ser humano sabía bien que los pensamientos nunca pueden brotar de la sustancia cerebral; que es el sol el que provoca los pensamientos y la luna quien los aquieta. Fue a la acción recíproca del sol y la luna a la que atribuyó su vida de pensamientos.

 

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Así, en la primera época post-Atlante, en el tiempo de la antigua India, el yo divino era visto como perteneciente al cielo de las estrellas fijas, a los movimientos planetarios, a la acción recíproca del sol y la luna; y lo que le llegaba desde la Tierra como algo transitorio, siendo la esencia del yo cósmico-divino.

En “La Ciencia Oculta” llamo a la segunda época, la Antigua Persia. Para entonces, la percepción del yo cósmico se había vuelto menos vívida; fue sometido. Pero las personas de esa época tenían una experiencia intensa de las estaciones recurrentes. (Recientemente lo he dictado repetidas veces en conferencias del curso anual). Pictóricamente hablando, el ser humano moderno se ha convertido en una especie de lombriz, viviendo el día a día. De hecho, ni siquiera es eso, porque una lombriz de tierra sale de su agujero cuando llueve, mientras que el ser humano solo vive. Él no experimenta nada especial; en el mejor de los casos, algunas diferencias abstractas: cuando llueve, se siente incómodo sin un paraguas, se ajusta a la nieve en invierno y al sol en verano, va al campo, y así sucesivamente. Pero él no vive con el transcurso del año; él vive de una manera terriblemente superficial; ya no pone toda su humanidad en la vida.

En la antigua época persa era diferente. El hombre experimentó el curso del año con todo su ser. Cuando llegaba el solsticio de invierno sentía: Ahora el alma de la Tierra se ha introvertido. La nieve que para el hombre actual no es más que agua congelada fue experimentada en ese tiempo como el manto que la Tierra usa para aislarse del cosmos y desarrollar una vida individual independiente dentro de ese Cosmos. El ser humano sintió: “Ahora, que de hecho, el alma de la Tierra se ha unido tan íntimamente con la Tierra, el hombre debe convertir su naturaleza anímica en lo que vive en la Tierra. En otras palabras, la capa de nieve se volvía transparente para el alma humana. Debajo de ella sentía los seres elementales que llevan la fuerza de las semillas de las plantas a través del invierno hasta la primavera.

Cuando en la antigua Persia llegaba la primavera, el hombre experimentaba cómo la Tierra exhalaba su alma, cómo se esforzaba por abrir su alma al Cosmos; y con sus sentimientos y sensaciones siguió este evento. El apego a la Tierra se desarrolló durante el invierno y ahora comenzó a reemplazarlo con una devoción al Cosmos.

Para estar seguro, el hombre ya no era capaz de mirar hacia el  Cosmos como lo hizo durante la época inmediatamente anterior; ya no fue capaz de ver en el Cosmos todo lo que le dio existencia, movimiento y pensamiento a su yo. Él dijo: Lo que en invierno me une con la Tierra me convoca en primavera a elevarme al  Cosmos. Pero aunque ya no tenía un conocimiento tan intenso de su conexión con el Cosmos como antes, lo sentía como por adivinación. Así como el yo en el tiempo de la antigua india se experimentó a sí mismo como un ser cósmico, en el tiempo de la antigua Persia se experimentó a sí mismo en el elemento astral como conectado con el curso del año.

Así el hombre vivió con las cambiantes estaciones. Cuando en invierno su alma percibió la capa de nieve, su humor se volvió introvertido; se retiraba a sí mismo; buscando (como lo expresamos hoy) su consciencia. Cuando regresaba la primavera, nuevamente se abría al Cosmos con cierta alegría. En pleno verano, en el tiempo que ahora asociamos con el día de San Juan, se rindió con éxtasis al cosmos, no en la forma clara de la época de la antigua India , sino con la alegría de haber escapado del cuerpo.

Al igual que en invierno, se sentía conectado con los espíritus inteligentes de la Tierra, a mediados del verano se sentía conectado con los espíritus alegres que bailaban y se regocijaban en el Cosmos revoloteando alrededor de la Tierra. Simplemente estoy describiendo lo que se sentía.

Más tarde, durante agosto, y más especialmente en septiembre, el alma humana sintió que ahora debía regresar a la Tierra con las fuerzas recogidas del cosmos durante su retirada veraniega. Con su ayuda podría vivir más humanamente durante la temporada de invierno.

Repito: es un hecho que durante aquellos tiempos antiguos el hombre experimentó el curso del año con todo su ser; considerando su lado espiritual como su propia preocupación humana.

También sintió la importancia de entrenarse a sí mismo, en ciertos momentos del año, en esta intensa experiencia de las estaciones; y tal entrenamiento daba los impulsos para los festivales de la temporada. Más tarde, el hombre los experimentaría solo por tradición, solo exteriormente. Pero ciertos aspectos persistirían. Por ejemplo, los festivales de los solsticios de verano e invierno mantendrían rastros, pero meramente trazos, de antiguas experiencias, fuertes y poderosas.

Todo esto está conectado con una revolución en la conciencia más interior del hombre. Para la antigua India era completamente imposible hablar de un “pueblo”, una “nación”. Hoy esto parece paradójico; nos resulta difícil imaginar que la sensación de tal cosa surgió solo gradualmente. Sin duda, las condiciones de la Tierra hicieron que fuera necesario, incluso en la antigua época india, que los habitantes de un mismo territorio tuvieran vínculos más estrechos que con los que vivían separados. Pero el concepto de pueblo, el sentimiento de pertenecer a un pueblo, no existía durante la época de la antigua India.

Algo diferente prevaleció. La gente tenía un sentimiento muy vívido por la sucesión de generaciones. El niño se sentía el hijo de su padre, el nieto de su abuelo, el bisnieto de su bisabuelo. Por supuesto, las cosas no fueron tratadas de la forma en que debemos describirlas con los conceptos actuales; pero estos últimos son todavía apropiados. Si observamos el modo de pensar de ese tiempo antiguo, descubrimos que dentro de un círculo familiar se ponía gran énfasis en la capacidad de enumerar a los antepasados, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, toda la línea de remotos antepasados. El hombre se sentía como parte de esta sucesión de generaciones.

Como consecuencia, el sentido de la vida del presente estaba poco desarrollado. Para los seres humanos de la época de la antigua India, la conexión íntima con las generaciones pasadas (conservada como una caricatura en el actual énfasis de la aristocracia en la ascendencia) parecía evidente; no necesitaban registros familiares. De hecho, la conciencia humana misma, instintivamente clarividente, hizo conexiones con los ancestros de un hombre al recordar no solo sus propias experiencias personales, sino también —casi tan vívidamente—  las experiencias de su padre y abuelo Poco a poco estos recuerdos se oscurecieron. Pero la conciencia humana continuaba experimentándolas a través de los lazos de sangre.

Así, en la antigüedad, la capacidad de sentirse dentro de las generaciones desempeñaba un papel importante. Paralelamente surgió —aunque lentamente— el concepto de pueblo, la sensación de ser parte de una nación. En la antigua Persia, aún no era muy pronunciada. Cuando la consciencia viviente de la vida dentro de las generaciones, de la relación de sangre a través de los siglos, se hubo desvanecido gradualmente, la conciencia se centró, en cambio, en la relación contemporánea de pueblo.

El concepto de pueblo alcanzó su pleno significado en el tercer período post-Atlante o Egipto-Caldeo. Aunque, durante esa época, la conciencia del curso del año ya estaba algo amortiguada, vivió, hasta el último milenio de la era precristiana, una vivida consciencia del hecho de que los pensamientos impregnan y gobiernan el mundo.

En otra conexión ya he indicado lo siguiente: para un ser humano del período egipcio, la idea de que los pensamientos surgen en nosotros y luego se extienden sobre las cosas externas habría parecido comparable a la fantasía de un hombre que, después de beber un vaso de agua, dice que su lengua produjo el agua. Él tiene la libertad de imaginar que su lengua produjo el agua, pero en verdad él extrae el agua de toda la masa de agua de la Tierra, que es una unidad. Es solo que una persona especialmente tonta, ajena a la conexión entre el vaso lleno de agua y la masa de agua de la Tierra, sobreestima las habilidades de su lengua. La gente de la época Egipto-Caldea no cometió un error similar. Sabían que los pensamientos no surgen en la cabeza; esos pensamientos viven en todas partes; que lo que el ser humano atrae a la vasija de su cabeza como pensamiento proviene del pensamiento oceánico del mundo.

En ese tiempo, aunque el hombre ya no experimentaba el cosmos visible en su yo divino, ni el curso del año en su naturaleza astral, sí experimentó los pensamientos cósmicos, el Logos, en su cuerpo etérico. Si un miembro de la época Egipto-Caldea hubiera hablado nuestro idioma, no se habría referido, como nosotros, al cuerpo físico del hombre como de primera importancia. Para él era el resultado de lo que vive como pensamiento en el cuerpo etérico; era simplemente una imagen del pensamiento humano.

Durante ese período, el concepto pueblo se volvió más y más definido; el ser humano se hacia cada vez más, un ciudadano de la Tierra. La conexión entre el mundo estrellado y su yo tuvo, en su conciencia durante este tercer período cultural post-Atlante, una enorme disminución. Aunque la astrología todavía calculó la conexión, ya no se veía en la conciencia elemental. El curso del año, tan importante para el cuerpo astral, ya no se percibía en su inmediatez. Sin embargo, el hombre todavía era consciente de un elemento de pensamiento cósmico.

Había llegado al punto donde sintió su relación con la gravedad terrestre. No exhaustivamente, porque todavía tenía una vivida experiencia de pensamiento, pero perceptiblemente.

Durante el período greco-latino, esta experiencia de gravedad se desarrolló cada vez más. Ahora el cuerpo físico se volvió primordial. Todo tiene su profundo significado en su momento apropiado, y en todas las manifestaciones de la cultura griega vemos esta penetración completa y fresca en el cuerpo físico. Especialmente en el arte griego. Para los primeros griegos, sus cuerpos eran algo por lo que regocijarse; los griegos eran como niños con ropas nuevas. Vivieron en sus cuerpos con exuberancia juvenil.

En el transcurso del período greco-latino, y particularmente durante la civilización romana, esta nueva experiencia del cuerpo físico dio paso a algo así como el de una persona con una túnica estatal que sabe que usarla le da prestigio. (Por supuesto, el sentimiento no se expresó en palabras.) El individuo romano sintió su cuerpo físico como una túnica ceremonial otorgada por el orden mundial.

El griego sintió una tremenda alegría porque se le había asignado un cuerpo así y, después de nacer, podría ponérselo; y es este sentimiento el que le da al arte griego, a la tragedia griega, a las epopeyas de Homero, su elemento humano, en la medida en que están conectadas con la apariencia física externa del hombre, su particular fuego poético. Tenemos que buscar las razones internas para todos los hechos psicológicos. Intentar vivir en la alegría que brota de la descripción de Homero, de Héctor o de Aquiles. Sentir la inmensa importancia que se atribuyó a la apariencia externa.

Con los romanos, esta alegría disminuyó. Todo se resolvió; los hombres comenzaron a comprender las cosas con la conciencia ordinaria. Fue durante la cuarta época cultural posterior a la Atlántida cuando el hombre se convirtió en ciudadano de la Tierra. La concepción de yo, cuerpo astral y cuerpo etérico de los primeros tiempos se retiró a la indefinición. Los griegos todavía tenían un sentido claro de la verdad de que el pensamiento vive en las cosas. (He discutido esto en Raetsel der Philosophie) [En inglés: Riddles of Philosophy – En español (NT. Enigmas de la Filosofía]. Pero la percepción fue gradualmente reemplazada por la creencia de que el pensamiento se origina en el hombre. De esta manera, creció más y más en su cuerpo físico.

Hoy todavía no vemos que esta situación ha comenzado a cambiar desde el siglo XV, al comienzo de la quinta época cultural posterior a la Atlántida; que, desde entonces, nos hemos ido alejando gradualmente de nuestro cuerpo. Creemos que sentimos lo que los griegos sentían sobre la forma humana, pero en realidad nuestro sentimiento es aburrido. No tenemos más que una sensación similar a una sombra del “Aquiles de pies rápidos”, y poca comprensión de cómo esta expresión despertó a los griegos a una percepción directa y sorprendente del héroe; tan llamativo, que se presentó ante ellos en su naturaleza esencial. De hecho, en todo arte, hemos perdido gradualmente la experiencia de la penetración del cuerpo físico por parte del alma; Mientras que en los últimos siglos precristianos, los griegos sintieron cómo el pensamiento cósmico estaba desapareciendo y cómo el pensamiento solo podía tomarse al reflexionar sobre el ser humano. El hombre actual esta completamente incierto con respecto a la naturaleza del pensamiento; él vacila.

Un griego del siglo sexto precristiano habría considerado cómico si alguien le hubiera pedido que resolviera el problema científico de la conexión del pensamiento con el cerebro. Él no lo habría visto como un problema en absoluto. Hubiera sentido lo mismo que sentiríamos si, cuando tomamos el reloj, alguien nos pide que especulemos filosóficamente sobre la conexión entre el reloj y la mano. Digamos que investigo la carne de mi mano, luego el vidrio y el metal en mi reloj; luego la relación entre la carne de mi mano y el vidrio y el metal de mi reloj; todo con el fin de obtener una visión filosófica de la razón por la cual mi mano se ha levantado y sostiene el reloj. Bueno, si tuviera que proceder así, la conciencia moderna consideraría mis instintos dementes.

Solo así habría parecido una locura a la conciencia griega si alguien hubiera intentado, por referencia a la naturaleza del pensamiento y el cerebelo, explicar el hecho evidente de que el ser humano usa su cerebro para aferrarse a los pensamientos. Para los griegos, esta era una percepción directa así como, para nosotros, es una percepción directa que la mano se apodera del reloj; no consideramos necesario establecer una relación científica entre reloj y músculo. Con el tiempo, los problemas surgen de acuerdo con la manera en que se perciben las cosas. Para los griegos, lo que llamamos la conexión entre el pensamiento y el organismo era tan evidente como la conexión entre un reloj y la mano que se apodera de él. Él no especuló sobre lo que era obvio. Él sabía instintivamente cómo relacionar sus pensamientos consigo mismo.

Si alguien dijera: bueno, solo hay una mano; el reloj debería caer, ¿qué es lo que realmente lo sostiene? Para los griegos, esto hubiera sido tan absurdo como la pregunta: ¿qué es lo que desarrolla los pensamientos en el cerebro? Para nosotros, esto último se ha convertido en un problema porque no sabemos que ya hemos liberado nuestros pensamientos o estamos en camino de liberarlos de nosotros mismos. Además, no sabemos cómo tratar adecuadamente los pensamientos porque, estando en el proceso de alejarnos de él, ya no tenemos un control firme sobre nuestro cuerpo físico.

Me gustaría usar otra comparación. No solo tenemos ropa sino bolsillos en los que podemos guardar cosas. Esta era la situación con los griegos: sus cuerpos humanos eran algo en lo que podían poner pensamientos, sentimientos e impulsos de voluntad. Hoy no sabemos qué hacer con los pensamientos, los sentimientos y los impulsos de la voluntad. Es como si, a pesar de los bolsillos, todas nuestras cosas cayeran al suelo; o como si, preocupados por qué hacer con ellos, los arrastramos con nuestras manos. En otras palabras, ignoramos la naturaleza de nuestro propio organismo, no sabemos qué hacer al respecto con nuestra vida, elaboramos ideas raras con respecto al psico-paralelismo, etc. Estoy diciendo todo esto para mostrar cómo nos hemos ido alejando gradualmente de nuestro cuerpo físico.

Este hecho se ilustra con el curso completo de la evolución de la humanidad. Si volvemos a dirigir nuestra mirada al tiempo de la antigua India, cuando el ser humano miraba hacia atrás a través de la sucesión de generaciones hacia un distante ancestro, vemos que no sintió necesidad de buscar a los dioses en ninguna parte, sino en el transcurso de las generaciones. Dado que, para el hindú, el hombre mismo era divino, permaneció dentro de la evolución humana mientras buscaba lo divino en sus antepasados. De hecho, el campo de su búsqueda fue precisamente la evolución de la humanidad.

Siguió el tiempo que culminó en la cultura Egipto-Caldea, cuando el concepto popular alcanzó prominencia y el hombre vio lo divino en los diferentes dioses de los pueblos, en lo que vivía en las relaciones de sangre, no sucesivamente como antes, sino espacialmente una al lado de la otra.

Luego vino el período griego cuando el hombre ya no se sintió imbuido de dios, cuando se convirtió en un ciudadano de la Tierra. Ahora, por primera vez, surgió la necesidad de buscar a los dioses sobre la Tierra, de mirar a los dioses. Al mirar las estrellas, el hombre antiguo conocía a los dioses. Pero el griego necesitaba, además de las estrellas, la participación de su personalidad para contemplar a esos dioses; y esta necesidad siguió aumentando dentro de la humanidad.

Hoy el hombre debe desarrollar más y más la facultad de ignorar lo físico, sin tener en cuenta el cielo estrellado físico, sin tener en cuenta el curso físico del año, sin tener en cuenta sus sensaciones al enfrentar a los objetos. Porque ya no puede contemplar sus pensamientos en la materia. Debe adquirir la posibilidad de descubrir lo divino-espiritual como algo especial por encima y más allá del mundo de los sentidos físicos antes de poder volver a encontrarlo en el mundo de los sentidos.

Enfatizar esta verdad energéticamente es la tarea de la ciencia espiritual antroposófica. Así, la ciencia espiritual antroposófica surge de toda la evolución terrenal de la humanidad. Siempre debemos recordar que la antroposofía no es algo creado y colocado arbitrariamente como un programa en la evolución de la humanidad sino, más bien, algo adecuado a nuestra época, algo que resulta de las necesidades internas de la larga historia de la humanidad.

El hecho de que el materialismo domine nuestra época es, en realidad, un retraso. El hombre no solo se ha convertido en un ciudadano de la Tierra en el sentido griego; hoy ya está tan alejado de su ciudadanía de la Tierra que ya no comprende cómo manejar su ser anímico espiritual en relación con su cuerpo; es una de las necesidades de la época para el ser humano contemplar el espíritu y el alma en sí mismos, sin lo físico. Al lado de esta profunda necesidad del alma, existe el materialismo como un ahrimanismo que se detiene en algo que era natural en la época de los griegos y los romanos cuando todavía se podía contemplar lo espiritual en lo físico, pero no es lo natural en la actualidad.

Al permanecer estacionados, ya no podemos ver lo espiritual en lo físico; consideramos solo lo físico como tal. Esto es materialismo Significa que una corriente hostil al desarrollo ha entrado en la evolución. La humanidad evita la acuñación de nuevos conceptos; prefiere continuar con lo viejo. Debemos superar esta hostilidad hacia el desarrollo; debemos abrirnos a eso. Entonces adquiriremos una relación bastante natural con el crecimiento antroposófico del espíritu, y pasaremos de las necesidades anticuadas a la necesidad verdaderamente moderna de la humanidad: a saber, elevarnos a lo espiritual.

En la conferencia de hoy he tratado de obtener un punto de vista desde el cual se puede ver cómo, para la época presente de la evolución de la humanidad, la antroposofía constituye una necesidad real.

 

Traducido por Gracia Muñoz en Agosto de 2018

 

 

 

 

 

 

 

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3 comentarios el “GA276c1. El Arte y su misión

  1. […] GA276c1. Dornach, 27 de mayo de 1923 […]

  2. Laura Vichi dice:

    muchisimas gracias!

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