GA148c4. El Quinto Evangelio.

Rudolf Steiner — Christiania, 5 de Octubre de 1913

English version

Las últimas palabras del Evangelio de Juan resultan, en cierto modo, conciliantes con lo que en esta confe­rencia me propongo comunicar, como parte del Quin­to Evangelio. Recordemos que allí se dice que con re­lación a Cristo Jesús hay otras muchas cosas, aparte de lo relatado en los Evangelios, y que, para darlo todo, en el mundo no cabrían los libros que se habrían de escribir. De modo que nadie pondrá en duda que apar­te de lo registrado en los libros, muchas cosas pueden haber sucedido.

Con el fin de hacer comprensible lo que en este ciclo de conferencias quiero exponer, como con­tenido del Quinto Evangelio, comenzaré ahora a dar re­latos de la vida de Jesús de Nazareth, a partir aproximadamente, del momento al que ya me he referido en otras conferencias en que se han comunicado pequeñas partes del Quinto Evangelio. Voy a relatar algunos pormenores de la vida de Jesús, a partir de los doce años de edad. Fue esta la edad en que, como ya sabemos, por un acto místico, el yo de Zoroastro, que se había incorporado en uno de los dos niños Jesús que en aquel tiempo habían nacido, pasó al otro niño Jesús, o sea, al que principalmente en los primeros capítulos del Evangelio de Lucas se describe. Comenzaremos pues nuestro relato con el instante de la Vida de Jesús de Nazareth en que el niño Jesús del Evan­gelio de Lucas había acogido en sí mismo el yo de Zo­roastro.

Sabemos que en el Evangelio se alude a este instante de la vida de Jesús de Nazareth, por el relato de que, en oportunidad de un viaje a Jerusalén, para la fies­ta de Pascua se había extraviado el niño Jesús del Evangelio de Lucas y al ser hallado, estuvo sentado en medio  de los doctores, y todos se pasmaban de sus poderosas respuestas. También sabemos que esas grandiosas respuestas se debían a que en el yo de Zoroastro todo cuanto le surgía como por recuerdo espiritualmente revelado, se traducía en las sorprendentes respuestas de Je­sús de Nazareth. Sabemos, además, que por la muerte de la madre, por un lado, y del padre, por el otro lado, se unieron las dos familias en una sola, en la cual siguió vi­viendo el niño Jesús fecundado por el yo de Zoroastro. En los años siguientes —esto resulta del contenido del Quinto Evangelio— tuvo lugar un singular cambio en su desarrollo.

Al principio, los que rodeaban al joven Jesús de Nazareth habían quedado profundamente impresio­nados, precisamente por aquellas grandiosas respuestas que había dado en el Templo; habían puesto grandes es­peranzas en él, y en cierto modo ya le habían considera­do como futuro doctor de la ley, de un extraordinario nivel de erudición. La gente había empezado a captar ca­da palabra que él pronunciara. Pero Jesús de Nazareth se puso cada vez más callado, al punto de resultar antipáti­co para con los demás, mientras él sostenía una vehe­mente lucha interior. Esta lucha interior la sostuvo entre los doce y dieciocho años de edad. En su alma hubo un despertar de tesoros de sabiduría, yacentes en su inte­rior; como si a través de la erudición judía hubiera irra­diado el sol de la antigua sabiduría de Zaratustra.

Al principio le había parecido que debía prestar ínti­ma atención y también responder a las palabras de los numerosos escribas que venían a su casa; e incluso quedaban asombrados los doctores quienes allí aparecían y le admiraban como niño prodigioso. Pero después se pu­so cada vez más callado y se limitó a escuchar lo que de­cían los demás. No obstante, en aquellos años siempre se suscitaron en el alma propia de Jesús grandes ideas, máximas de moralidad y, principalmente, importantes impulsos morales. Las palabras de los escribas reunidos en su casa, le causaban cierta impresión, pero una impre­sión que a menudo le producía amargura, porque tenía la sensación —nótese bien: ya tan joven— de que mucho era bastante dudoso, tendiente a errores, en lo que los doctores pronunciaban con respecto a las viejas tradicio­nes y los Libros del Antiguo Testamento. Estaba con el alma oprimida cada vez que se le decía que en tiempos antiguos el espíritu había inspirado a los profetas y que Dios mismo los había inspirado, pero que ahora la inspi­ración se ha retirado de las nuevas generaciones. Mas escuchó profundamente impresionado cuando a veces los doctores se referían a algo que él mismo iba a experi­mentar: ciertamente, ya no habla más el alto y poderoso espíritu que, por ejemplo, había inspirado a Elías; pero todavía está hablando —y algunos de los escribas creían haberlo experimentado, como inspiración desde las altu­ras espirituales— una voz más débil, pero algo que algunos creen oír, y que el espíritu de Iahvé mismo les da. Bath-­Kol se llamaba esa extraña voz, una voz inspiradora más débil, por cierto, de categoría inferior al espíritu que ha­bía inspirado a los antiguos profetas, pero de todos mo­dos una cosa parecida.

En escritos judíos posteriores también se habla de esta Bath-Kol. Ahora he de insertar algo que en rigor no pertenece al Quinto Evangelio, pero que puede conducirnos a la ex­plicación de la Bath-Kol: Un poco más tarde hubo una controversia entre dos Escuelas rabínicas: el célebre rabino Elieser ben Hirkano sostenía una determinada doctrina para cuyo testimonio alegaba —esto también figura en el Talmud— que él era capaz de hacer milagros. Este rabino hizo desarraigarse y volver a plantarse a cien va­ras de distancia un algarrobo; mandó a un río fluir hacia atrás; y como tercera prueba invocó una voz del cielo de que su doctrina había de quedar revelada. A pesar de ello, la Escuela rabínica opositora no le prestó fe. El ra­bino Josué respondió: “Por más que el rabino Elieser ha­ga algarrobos trasplantarse de un sitio a otro; por más que mande ríos fluir hacia arriba, o que invoque la Bath­-Kol, la Ley estipula que las leyes eternas de la existencia deben expresarse por la boca del hombre y encontrarse en el corazón humano. Si el rabino Elieser quiere persua­dirnos: que no invoque la Bath-Kol sino que apele a lo que el corazón humano es capaz de concebir”.

Doy este relato porque nos hace ver que en ciertas Escuelas rabí­nicas, ya poco tiempo después de la fundación del cris­tianismo, la Bath-Kol gozaba de poca autoridad; pero en cierto modo había florecido, entre rabinos y escribas, como voz inspiradora. Al escuchar y sentir todo aquello, el joven Jesús mis­mo recibió la inspiración por la Bath-Kol. Lo notable fue que por la fecundación de su alma con el yo de Zo­roastro, Jesús de Nazareth efectivamente fue capaz de apropiarse rápidamente de todo cuanto sabían los que le rodeaban. No solamente que a los doce años de edad había dado las grandiosas respuestas a los doctores de la ley, sino que también pudo percibir en el alma propia la voz de la Bath-Kol. Pero precisamente este hecho, la ins­piración por la Bath-Kol, influyó en Jesús, a la edad de dieciséis, diecisiete años, de tal manera que le causó amargas y profundas luchas interiores. Pues la Bath-Kol le reveló, y él estaba seguro de percibirlo, que en lo suce­sivo, dentro de la corriente del Antiguo Testamento, ya no hablará el mismo espíritu, el que antes había hablado a los antiguos maestros judíos.

Y llegó el día en que, pa­ra espanto de su alma, Jesús tuvo la impresión de que la Bath-Kol le revelase: no llego más a las alturas donde el espíritu realmente podría revelarme la verdad sobre el ulterior camino del pueblo judío. Fue un momento horrible, un tremendo impulso, cuando parecía que la Bath-Kol le reveló que él mismo no podía continuar obrando según la antigua revelación; que en cierto modo tendría que considerarse a sí mismo inapto para continuar el antiguo judaísmo. Así le pare­ció haber perdido todo fundamento, y hubo momentos en que se decía; Todas las fuerzas de mi alma con las que me consideraba agraciado, sólo me conducen a comprender que en la substancia evolutiva del judaísmo ya no existe el poder para ascender a las revelaciones del es­píritu divino.

Pongámonos por un instante en el espíritu, en el alma del joven Jesús de Nazareth que tuvo que pasar por se­mejantes experiencias anímicas. En aquel tiempo, de los dieciséis a dieciocho años, él hacía también viajes, en parte a raíz de su oficio, o por otros motivos. Estos via­jes le conducían a diversas regiones de Palestina y distin­tos lugares fuera del país. En aquel tiempo —la visión clarividente de la Crónica del Akasha lo evidencia con toda claridad— se extendía sobre los territorios del Asia Occi­dental, e incluso de Europa, un culto asiático, un culto mezclado con diversos otros cultos, pero que principal­mente representaba el culto de Mithra. En muchos lugares de los más diversos territorios había templos del culto de Mithra. En algunos lugares se asemejaba al cul­to de Atis, pero esencialmente era de Mithra. Había tem­plos y otros lugares en que se cumplían sacrificios a Mithra y a Atis. En cierto sentido eran cultos paganos, pero compenetrados de ritos y ceremonias de Mithra y Atis. Cuán extendido era este culto, lo muestra el ejem­plo de que la Basílica de San Pedro en Roma se halla en el mismo sitio en que otrora existía semejante templo; e incluso hay que decir, lo que a muchos católicos po­dría parecer una blasfemia: la forma exterior del cere­monial de la Basílica de San Pedro y todo cuanto de él se deriva, no se diferencia en mucho del antiguo rito de Atis, en cuyo antiguo sitio se halla ahora dicha Basílica. Y en muchos sentidos el culto actual de ésta, es una con­tinuación del antiguo culto de Mithra.

Jesús de Nazareth, a los dieciséis, diecisiete, dieciocho años, después de haber comenzado su peregrinación, llegó a conocer lo que entonces existía en semejantes lugares de culto y continuó viajando. De esta manera conoció por su propia experiencia exterior, el alma de los paganos. Por el grandioso proceso del haber pasado a su alma el yo de Zoroastro, se había desarrollado en él, de una manera natural y en alto grado, lo que otros sólo adquieren por penoso esfuerzo: una gran fuerza clarividente. Y debido a ello experimentó en esos cultos muchas cosas que otros no experimentan: tuvo experiencias conmovedoras. Por fabuloso que parezca, debo decir que Jesús de Nazareth, al observar que ante altares paganos el sacerdote hacía el sacrificio, percibió que por el mismo acto eran atraídos diversos seres demoníacos.

Además, descubrió que ciertos ídolos que allí se adoraban eran imágenes, no de entidades de las jerarquías espirituales, sino de potencias demoníacas; e incluso observó que a veces estas potencias demoníacas penetraban en los fieles que participaban de los actos. Por razones muy comprensibles, estos hechos no figuran en los otros Evangelios y, en el fondo, sólo en el seno de nuestro movimiento espiritual es posible hablar de semejantes hechos, puesto que sólo en nuestro tiempo el alma humana puede verdaderamente comprender aquellas profundas y grandiosas experiencias que en el joven Jesús de Nazareth tuvieron lugar.

Las peregrinaciones prosiguieron hasta los veinte, veintidós, veinticuatro años de edad, y en el alma siempre sentía amargura, cuando Jesús observaba el obrar de los demonios, en cierto modo engendrados por Lucifer y Arimán, y al darse cuenta de que el paganismo había llegado al extremo de tener por dioses a los demonios, y más aún, de representar en los ídolos, imágenes de las potencias demoníacas atraídas por las ceremonias, demonios que penetraban y se posesionaban de las gentes que allí oraban. Las amargas experiencias que Jesús tuvo que sufrir, condujeron entonces a un acontecimiento final. Aproximadamente a los veinticuatro años de la vida de Jesús de Nazareth aconteció lo que, después de la decepción sufrida a raíz de lo experimentado con la Bath-Kol, fue otra grave experiencia. Tengo que describirla, si bien hasta ahora no me ha sido posible escudriñar en qué punto de su viaje tuvo lugar; pero he podido descifrar, en alto grado, la escena misma.

Creo —sin estar seguro de ello— que fue en un lugar fuera de Palestina. A la edad de veinticuatro años, Jesús de Nazareth llegó al lugar de un culto pagano, donde se hacía ofrenda a determinada divinidad. Allí había únicamente gente triste, afectada por toda clase de pavorosas enfermedades psíquicas que se manifestaban hasta en lo corpóreo. Los sacerdotes, desde hacía tiempo, habían abandonado el lugar; y Jesús oyó a la gente lamentarse de que los sacerdotes la habían abandonado, que ahora carecía de la bendición del sacrificio y que sufría de lepra y otras enfermedades, precisamente porque los sacerdotes la habían abandonado.

El sufrimiento de esa gente le causó a Jesús profundo pesar, y en su alma se encendió inmensa caridad para con esos oprimidos. Parece que ellos, abandonados por los sacerdotes, como asimismo, como creían, por su Dios, en cierto modo se dieron cuenta y quedaron profundamente impresionados por el amor que en el alma de Jesús se había suscitado. En el corazón de la mayoría de ellos, repentinamente surgió algo que encontró su expresión en que esa gente, percibiendo en el rostro de Jesús el reflejo de su inmenso amor, le dijo: Tú eres el nuevo sacerdote que nos ha sido enviado. Le obligaron a colocarse en el altar pagano, y le pidieron hacer el sacrificio para procurarles la bendición de Dios.

Al realizarse todo esto sucedió que Jesús cayó como si hubiera muerto; su alma quedó como enajenada, y la gente que había creído que su Dios había vuelto, percibió lo horrible de que cayó como si hubiera muerto, aquel a quien habían tenido por su nuevo sacerdote, enviado del cielo. Pero el alma enajenada de Jesús de Nazareth se sintió elevada como a reinos espirituales, como a la esfera del Sol. Y como resonando desde las esferas del Sol, oyó ahora palabras como, por la Bath-Kol, muchas veces las había percibido. Pero la Bath-Kol estaba ahora transformada, convertida en algo totalmente distinto. Además, la voz le llegó de otra dirección; y lo que ahora Jesús de Nazareth[1] percibió, traducido a nuestro idioma puede sintetizarse en las palabras, que por primera vez he podido enunciar cuando, hace poco, se colocara la piedra fundamental de nuestra sede central en Dornach[2]. Existen, por cierto, deberes ocultos. Obedeciendo a semejante deber oculto tuve que enunciar entonces lo que, por la transformada voz de la Bath-Kol, Jesús de Nazareth había percibido al realizarse lo que acabo de relatar. Estas son las palabras que Jesús percibió:

AUM, Amén.

Impera el Mal,

testigo de yoidad que se desenlaza,

deuda del propio ser, por otros acarreada,

vivida en el pan de cada día,

en que no domina la voluntad de los cielos,

porque el hombre se separó de vuestro reino

Y olvidó vuestro nombre,

Vosotros, Padres en los cielos.

Únicamente así puedo traducir a nuestro idioma lo que en aquel momento, cual la transformada voz de la Bath-Kol, Jesús de Nazareth había percibido. ¡No es po­sible traducirlo de otro modo! Con estas palabras se expresa lo que vivió en el alma de Jesús de Nazareth, al despertar del desmayo que le había causado el enajenamiento de su alma. Cuando, al haberse despertado, Jesús quiso volver los ojos a la multitud de los afligidos y oprimidos que le habían puesto en el altar, todos habían huido. Y al dirigir la mirada clarividente hacia la lejanía, sólo percibió unas cuantas potencias demoníacas, seres demoníacos vinculados con esa gente.

Este fue el segundo acontecimiento importante, al terminar los distintos períodos de la vida de Jesús de Nazareth, desde la edad de doce años. Ciertamente, no fueron acontecimientos placenteros, ni dichosos los que más impresionaron al alma del joven Jesús de Nazareth, sino que antes de llegar al bautismo en el Jordán, esta alma debió conocer los abismos de la naturaleza humana.

Después de esta peregrinación Jesús de Nazareth volvió a casa. Fue aproximadamente a la edad de veinticuatro años, en el tiempo en que murió el padre, quien había quedado en casa. El alma de Jesús estaba entonces impregnada de la viviente y poderosa impresión de los efectos demoníacos que habían penetrado en elementos de la antigua religión pagana. Pero así como determinados grados del conocimiento superior sólo se alcanzan después de conocer los abismos de la vida, así también fue que Jesús de Nazareth, alrededor de los veinticuatro años, debido a que tan hondamente había mirado en las almas humanas en las cuales, en cierto modo se había concentrado toda la desolación anímica de la humanidad de aquel tiempo, había llegado a profundizar la sabiduría, la que, en verdad, penetra el alma cual hierro candente, pero también la conduce a la clarividencia, al punto de percibir la luz de las vastedades del espíritu. De tal modo, esta alma, más bien joven, había llegado a poseer el tranquilo y penetrante ojo capaz de leer lo espiritual.

Jesús de Nazareth habíase convertido en un hombre capaz de percibir los profundos secretos de la vida, de percibirlos más profundamente que nadie hasta entonces los había percibido, porque nadie en la Tierra había observado hasta qué grado el infortunio humano puede acrecentarse. Ciertamente, había visto miseria concentrada, había visto que como por magia, por medio de ceremonias religiosas, se atrae a toda clase de seres demoníacos. Nadie en esta Tierra sino Jesús de Nazareth, había observado tan profundamente la desolación humana; y nadie sino él había experimentado en el alma tan inmenso y profundo sentimiento ante esa gente posesionada por los demonios. Nadie estaba tan hondamente preparado para preguntarse: ¿Cómo puede contrarrestarse la extensión de tanta miseria en la Tierra?. De esta manera, Jesús de Nazareth no sólo estuvo do­tado de profunda sabiduría, sino que, en cierto modo, la vida misma le había convertido en iniciado. Y llegaron a tener conocimiento de ello hombres que en aquel tiempo se habían reunido en la orden conocida en todo el mundo como Orden de los Esenios.

Los esenios eran hombres que en determinados lugares de Palestina cultivaban una especie de enseñanza oculta; una orden de severas observancias. Para ingresar en esta orden había que pasar por una rigurosa etapa preparatoria de por lo menos un año; casi siempre, de más tiempo. A través de la conducta, los modales, el servicio para con las supremas potencias espirituales, el amor a la justicia y la igualdad de hombre a hombre, como asimismo por el renunciamiento a los bienes exteriores, etc., el pretendiente debía mostrar que era digno de ser iniciado. Después había distintos grados de ascender a la vida esenia destinada a acercarse al mundo espiritual; dentro de cierto aislamiento del mundo de los demás, de severa disciplina monástica y ciertas reglas de castidad, con el fin de alejar todo lo corporal y anímicamente indigno. Esto también se expresa en ciertas leyes simbólicas de la orden de los esenios.

En la Crónica del Akasha se ha podido descifrar que el nombre “esenio” se deriva o, al menos, se relaciona con la palabra judía “essin”, o “assin” que significa algo así como pala, palita; porque los esenios llevaban consigo, como distintivo, una palita, costumbre que hasta en nuestros días se conserva en algunas comunidades monásticas. Los principios esenios también se expresan en ciertas costumbres simbólicas: de no llevar monedas consigo, de no pasar por un portal cubierto de pinturas, o cerca del cual había cuadros. Y puesto que la orden de los esenios gozaba entonces de cierto reconocimiento exterior, se habían construido en Jerusalén puertas sin pinturas, de modo que también los esenios podían ir a la ciudad. Cuando un esenio llegaba a una puerta con pinturas, siempre debía volver atrás. Dentro de la orden misma existían antiguas Escrituras y tradiciones sobre cuyo contenido los miembros de la orden observaban absoluta discreción. Sólo podían enseñar lo que dentro de la orden habían aprendido. Quien ingresaba a la orden, debía traspasarle su fortuna: En aquel tiempo había cuatro o cinco mil esenios; de todas partes del mundo de entonces llegaban hombres que se sometían a las severas reglas de la orden. Muchos que poseían una casa en algún lugar lejano, en Asia Menor, o más distante, la regalaban a la orden de los esenios, de modo que por todas partes ésta obtenía propiedades: casas, jardines, campos, etc. No se admitía a nadie, si no ingresaba todos sus bienes al bien común de la orden. Todo era bien común; el individuo no poseía nada. Una ley muy severa, comparada con las condiciones de ahora, disponía que con la fortuna de la orden el esenio podía ayudar a toda gente necesitada o con sobrecarga, menos a los de la propia familia.

A raíz de una donación hubo en Nazareth una colonia de la orden de los esenios, por lo que Jesús de Nazareth justamente entró en la esfera de aquella. En el centro de la orden se tuvo conocimiento de la profunda sabiduría que, de la manera descrita, se había inculcado en el alma de Jesús; y precisamente entre los más prominentes de los esenios se produjo cierto estado de ánimo. Ellos se habían formado una concepción que podríamos caracterizar como profética: De entre los hombres de este mundo habría de surgir un alma nueva que obraría como un mesías. Por ello habían buscado si se encontrarían almas particularmente sabias; y habían quedado profundamente impresionados al tener conocimiento de lo que se había desarrollado en el alma de Jesús de Nazareth. De ahí se explica que los esenios admitieran a Jesús, sin que él tuviese que pasar por la prueba de los grados inferiores. Le admitieron en la comunidad como externo —no digo en la orden misma— e incluso los más sabios de los ese­nios, frente a este sabio hombre joven, se tornaron confiados y comunicativos en cuanto a sus secretos. Efectivamente, en esta orden de los esenios, Jesús llegó a conocer secretos antiguos mucho más profundos que los recibidos de parte de los escribas.

También oyó muchas cosas que él mismo, a través de la Bath-Kol había conocido como por iluminación de su alma. En fin, hubo un vivo cambio de ideas entre Jesús de Nazareth y los esenios. De esta manera, él llegó a conocer, a los 25, 26, 27, 28 años y hasta más allá, casi todo cuanto la orden de los esenios poseía. Pues, lo que no se le comunicaba con palabras, lo recibió por medio de las más diversas impresiones clarividentes. Jesús tuvo importantes impresiones clarividentes, ya sea dentro de la comunidad de los esenios, o bien más tarde en su casa en Nazareth donde, en el marco de una vida contemplativa, él acogió en su alma lo que provenía de fuerzas que a los esenios eran ajenas, pero que él recibió en su alma.

Hemos de destacar particularmente una de esas impresiones interiores, porque ella puede iluminarnos todo el curso de la evolución de la humanidad. Como fruto de su cambio de ideas con los esenios, Jesús de Nazareth tuvo una visión muy importante, por la cual, como por enajenamiento, le apareció el Buda como realmente presente.

Puede decirse que en aquel tiempo tuvo lugar un diálogo espiritual entre Jesús y Buda. Es preciso, en nuestro tiempo, hablar de estos importantes secretos de la evolución de la humanidad. En aquel diálogo espiritual, el Buda dirigió a Jesús palabras como estas: Si mi enseñanza se realizara como ella se ha dado, todos los hombres tendrían que convertirse en esenios. Pero esto no puede ser. Este fue el error de mi enseñanza. También los esenios sólo pueden progresar en su desarrollo si apartan de los demás; para ellos tiene que haber almas distintas de las demás. Realizándose mi enseñanza, todos los hombres llegarían a ser esenios; y esto no puede ser. Para Jesús de Nazareth, este diálogo fue un acontecer de suma importancia como resultado de su relación con los esenios.

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Otra experiencia consistió en que Jesús llegó a conocer a otro hombre, también joven, casi de la misma edad, quien había entrado en relación, si bien de una manera bien distinta de la de Jesús, con la orden de los esenios, pero quien tampoco fue verdaderamente esenio: Juan el Bautista, quien vivió diríamos, como lego dentro de la comunidad de los esenios. Vestía como los esenios quienes en invierno se ponían vestimenta de pelo de camello. Pero jamás pudo cambiar para sí mismo la doctrina judía por la enseñanza de los esenios. No obstante, como esta sabiduría y toda la manera de vivir de los esenios, le causaban profunda impresión, él también vivía, como lego, de esta manera; cada vez más, se dejaba inspirar y, paso a paso, iba llegando a lo que en los Evangelios se relata, con respecto a Juan el Bautista. Muchas veces conversó Jesús de Nazareth con Juan el Bautista. Y cierto día ocurrió —sé lo que significa hablar de estas cosas, sin embargo es preciso hacerlo— sucedió que, conversando Jesús con Juan el Bautista, desapareció ante la vista de aquél la corporalidad física del Bautista y Jesús tuvo la visión de Elías. He aquí el segundo importante acontecer en el alma de Jesús, dentro de la comunidad de los esenios.

Pero hubo también otros acontecimientos. Desde hacía algún tiempo, Jesús había observado lo siguiente. Cuando llegaba a sitios donde había puertas de los esenios, las que no tenían pinturas, no podía pasar por semejantes puertas sin sufrir amargas experiencias. Veía esas puertas sin pinturas, pero para él había en ellas imágenes espirituales: a ambos lados siempre aparecía lo que en la ciencia espiritual conocemos con los nombres de Arimán y Lucifer. Y con el tiempo se le había formado en el alma la firme impresión de que la aversión de los esenios a las pinturas en las puertas tenía que ver con la atracción mágica de semejantes seres, y que para los esenios tales pinturas eran como trasuntos de Lucifer y Arimán. Esto lo había advertido unas cuantas veces. El alma que las experimenta no se inclina a reflexionar mucho sobre estas cosas, porque son demasiado conmovedoras, y pronto llega a sentir que el pensamiento humano no basta para ahondar en ellas, no es capaz de compenetrarlas. Pero las impresiones no sólo se impregnan en lo profundo del alma, sino que se convierten en una parte de la vida anímica misma. Uno se siente vinculado a la parte del alma en que se acumulan esas experiencias e incluso a las experiencias mismas, que nos acompañan por el resto de la vida. De este modo, Jesús de Nazareth siguió llevando en el alma las dos imágenes, la de Lucifer y la de Arimán que él había visto en las puertas de los esenios. Al principio, esto no le había causado otro efecto sino el de darse cuenta de algún vínculo misterioso entre estos seres espirituales y los esenios.

Después de lo experimentado en el alma de Jesús, también resultó difícil entenderse mutuamente, puesto que en su alma vivía algo que él no pudo mencionar al hablar con los esenios, ya que cada vez, lo experimentado en las puertas de los esenios, le impedía proseguir. Después de una conversación sumamente importante, en que se había hablado de lo sublime espiritual, al salir por la puerta del edificio principal de los esenios, Jesús de Nazareth dio con las figuras de las cuales él sabía que eran Lucifer y Arimán. Entonces él vio que los dos huían de la puerta del convento de los esenios; y en su alma surgió una pregunta. No que él mismo preguntara, sino que con inmensa fuerza elemental surgió en su alma la pregunta: ¿A dónde huyen ellos; a dónde huyen Lucifer y Arimán? Sabía que lo sagrado del convento de los esenios los había ahuyentado; pero en su alma quedó impregnada la pregunta: ¿A dónde huyen?

Esta pregunta no la pudo arrancar de su alma; esta pregunta encendió su alma, y con ella vivió de hora en hora, de minuto en minuto, durante las semanas siguientes. Después del diálogo espiritual, al haber pasado por la puerta del edificio principal de los esenios, ardía en su alma la pregunta: ¿A dónde huyen Lucifer y Arimán? En la próxima conferencia hablaremos de lo que Jesús siguió haciendo bajo la impresión de esta pregunta que se había impregnado en su alma y, además, de lo que él había oído como la voz cambiada de la Bath-Kol, al haberse caído junto al altar del culto pagano; y finalmente, del significado de lo que acabo de relatar.

Traducido por Francisco Schneider

[1] N. d. T. “traducido a nuestro idioma”: debido a la responsabi­lidad que la traducción de esta oración involucra, insertamos el texto original alemán:

AUM. Amen!

Es walten die Ubel,

Zeugen sich losender Ichheit,

Von andern erschuldete Selbstheitschuld,

Erlebet im taglichen Brote,

In dem nicht waltet der Himmel Wille,

Da der Mensch sich schied von Eurem Reich

Und vergass Euren Namen.

Ihr Vater in den Himmeln.

[2] La colocación de la piedra fundamental del primer Goethe­anum en Dornach (Suiza), sede central de la Sociedad Antropo­sófica General, había tenido lugar el 20 de septiembre de 1913; dos semanas antes de esta conferencia.

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