GA148c5. El Quinto Evangelio.

Rudolf Steiner — Christiania, 6 de Octubre de 1913

English version

En la conferencia anterior hemos echado una mirada sobre la vida de Jesús de Nazareth, desde los doce hasta cerca de los treinta años de edad. Por lo que he comunicado se comprenderá, seguramente, que durante dicho período sucedieron muchas cosas de suma importancia para el alma de Jesús, pero también de profundo significado para toda la evolución de la humanidad. Por la ciencia espiritual sabemos que todos los hechos de esta evolución se relacionan entre sí; de modo que lo experimentado por el alma de Jesús, que atañe en muchos sentidos a toda la humanidad, también ha de ser de suma importancia para la evolución terrestre. De la más variada manera aprendemos a conocer el significado del acontecimiento de Gólgota; y en este ciclo de conferencias se trata de conocerlo por la contemplación de la vida de Cristo Jesús mismo. Por lo tanto vamos a dirigir la mirada, con que ayer hemos considerado dicho período, una vez más sobre el alma de Jesús de Nazareth, para contemplar lo que ella habrá sentido después de haber experimentado, hasta la edad de veintiocho, veintinueve años, los significativos acontecimientos a que en la conferencia anterior me he referido.

Para poder sentir lo que entonces vivió en el alma de Jesús, voy a relatar un suceso que tuvo lugar hacia fines del tercer decenio de la vida de Jesús de Nazareth. Se trata de un diálogo que él sostuvo con su madre, es decir con la que desde que se habían unido en una sola las dos familias, había llegado a ser su madre. Con ella siempre se había entendido perfecta e íntimamente, mucho mejor que con todos los demás miembros de la familia; o bien, él se entendía con todos, mas ellos no se entendían lo mismo con él. Anteriormente, Jesús ya había conversado con su madre sobre diversas impresiones que en su alma se habían formado; pero en el citado momento tuvo lugar un diálogo sumamente importante, que nos deja mirar en lo profundo de su alma. Por las experiencias que hemos caracterizado, Jesús había llegado a ser sabio, de modo que su rostro reflejaba infinita sabiduría. Pero también se había formado en su interior cierta tristeza: la sabiduría le había dado el fruto de que su mirada hacia los hombres en torno suyo, verdaderamente le causaba mucha tristeza. A esto se sumó el que hacia fines del tercer decenio de su vida, cada vez más, en sus horas de quietud, recordaba un determinado acontecer: traía a la memoria el hecho de que a los doce años se había producido el importante cambio, la revolución en su alma por el traspaso a su ser del alma de Zaratustra.

En los primeros tiempos después del penetrar en su ser el alma de Zaratustra, en cierto modo sólo había sentido en sí mismo el infinito enriquecimiento interior. Al final de su tercer decenio aún no sabía que él era Zaratustra reencarnado, mas sí sabía que a los doce años se había producido en su alma un profundo cambio. Y ahora, muchas veces le surgió el sentimiento: ¡Cuán diferente había sido mi vida antes de aquel cambio! A menudo recordó el infinito calor anímico de entonces. En su infancia había estado ensimismado, con caluroso afecto en todo lo que de la Naturaleza habla al hombre, y con amor a todo lo sublime en ella. Pero había poseído poca disposición para adquirir los tesoros del saber humano. Poco le había interesado lo que se aprende por la educación escolar. Sería totalmente erróneo creer que hasta los doce años este niño Jesús hubiese tenido dotes especiales en sentido exterior. Había poseído ternura de corazón, profunda comprensión por lo humano y viviente sensibilidad, ánimo benigno angelical.

A los doce años, todo esto pareció haberle abandonado súbitamente; y ahora recordó y sintió como, antes de la edad de doce años; había estado vinculado a todo lo profundo del espíritu del mundo y que su alma había estado abierta a las infinitas vastedades espirituales; y cómo, a partir de los doce años, se sintió en su alma apto para apropiarse la erudición hebrea, la que espontáneamente acogió como de sí mismo; como, viajando, llegó a conocer los cultos paganos; que tuvo ante el alma el saber y la religiosidad del paganismo; y, además, que entre los dieciocho y veinticuatro años de edad, vivió con las conquistas civilizadoras de la humanidad; y que, aproximadamente a la edad de veinticuatro años, ingresó en la comunidad de los esenios, donde conoció a una doctrina oculta y a hombres dedicados a ella, Todo esto lo recordó muchas veces. Pero también fue consciente de que con ello, en el fondo, no reunió en el alma sino lo que desde la antigüedad el hombre había acumulado en sí mismo; vivió con lo que se ofrecía como tesoros humanos de sabiduría, de cultura, de conquistas morales. También recordó, muchas veces, su vida anterior a los doce años, cuando él se había sentido vinculado al origen divino de la existencia, cuando todo en él se había basado en lo elemental y lo primitivo, cuando todo surgió de su ánimo rebosante, caluroso y lleno de amor, en íntima consonancia con las demás fuerzas del alma humana.

Estos sentimientos condujeron entonces a un bien definido diálogo con su madre. Ella le amaba inmensamente y a menudo había hablado con él sobre todo lo hermoso y grandioso que en él se había formado desde sus doce años de edad. Al principio, él no había confesado a su madre la disonancia que ello había suscitado en su interior, de modo que ella sólo había visto lo hermoso y grandioso y, por lo tanto, ignoraba mucho de lo que, cual una confesión general, con este diálogo fue dado; pero lo acogió íntimamente y de todo corazón. Hubo en ella una íntima comprensión del sentimiento de Jesús y de que él añoraba lo que antes de los doce años había poseído. Trató de consolarle, destacando todo lo hermoso y sublime que desde entonces había aparecido en él. Le recordó el resurgimiento de las grandes doctrinas, la sabiduría y el tesoro de las leyes del judaísmo y todo cuanto por él se había manifestado. Con el corazón oprimido, Jesús escuchó a la madre apreciar lo que él consideró como algo superado, y le respondió; Todo esto será cierto; empero ¿qué importancia puede tener para la humanidad, si por mí o por otro se hicieran resurgir todos los antiguos magníficos tesoros espirituales del judaísmo? En el fondo, carece de importancia lo que de tal manera pudiera manifestarse. Ciertamente, si ahora en torno nuestro existiera una humanidad que tuviese oídos para oír el lenguaje de los profetas antiguos, entonces sí sería provechoso hacer resurgir los antiguos tesoros de sabiduría. Incluso si hoy viniera Elías -así habló Jesús- para enunciar lo mejor que él había experimentado en las vastedades celestes; no existen los hombres que tendrían oídos para oír la sabiduría de Elías, ni de los profetas anteriores, ni de Moisés, ni de los demás, hasta llegar a Abraham. Hoy no sería posible enunciar lo que ellos habían dado; el viento se llevaría sus palabras. Para el mundo de hoy, no tiene ningún valor lo que yo creía haber adquirido.

Así habló Jesús de Nazareth y se refirió a que, hacía poco, las palabras de un gran maestro habían quedado perdidas. Si bien no fue un maestro de la altura de los profetas antiguos, fue, no obstante, un importante y profundo maestro, el bondadoso Hil-lel, el Viejo (75 a. de J.C. – 4 d. de J.C.). Jesús sabía muy bien que Hil-­lel, el Viejo, aún en los tiempos de Herodes en que no era fácil ganar prestigio, era muy apreciado dentro del judaísmo; también sabía que Hil-lel había pronunciado fervorosas palabras. De él se había dicho: en el pueblo judío, la Tora desapareció, pero Hil-lel la restableció. Para los que le comprendieron, Hil-lel apareció como renovador de la primitiva sabiduría judía. El anduvo de lugar en lugar como uno de los maestros de la sabiduría; cual un nuevo mesías anduvo por territorio del pueblo judío. Era de carácter muy apacible. Todo esto se relata incluso en el Talmud, y también lo verifica la erudición exterior. La gente le elogiaba con entusiasmo y decía que era un hombre que hacía mucho bien. Sólo puedo citar algunos ejemplos para caracterizar cómo Jesús de Nazareth habló a su madre aludiendo al estado anímico de Hil-lel. Los relatos le caracterizan como hombre bondadoso y apacible que por su benevolencia y amor hacía muchísimo bien.

Se conserva un relato profundamente significativo que demuestra la gran paciencia y complacencia de Hil-lel. Dos personas hacían una apuesta sobre la posibilidad de encolerizar a Hil-lel; pues era sabido que éste de ningún modo podría enfurecerse. Uno de los dos que ha­cían la apuesta decía: haré todo lo posible para conse­guir que Hil-lel se encolerice. En el momento en que éste estaba sumamente ocupado con los trabajos prepa­ratorios para el sábado, aquel hombre de la apuesta llamó a la puerta de Hil-lel y le dijo, no en tono cortés ni dándole el tratamiento de rigor -ya que Hil-lel era presidente de la suprema autoridad religiosa sino que simplemente llamó: “¡Hil-lel, rápido, ven afuera!” El, poniéndose una prenda, salió pacientemente. El hombre, en tono vehemente, dijo: “Tengo que preguntarte algo”. Hil-lel respondió: “Mi querido ¿qué pregunta tienes?” El otro: “Tengo que preguntarte ¿por qué los babilonios tienen la cabeza tan delgada?” Hil-lel, en tono suave, le contesta: “Pues, mi querido, los babilonios tienen la cabeza tan delgada porque tienen parteras de poca habilidad”. El otro se retiró. Hil-lel se había mantenido apacible. Después de unos minutos, el otro volvió y llamó con tono brusco: ” ¡Hil-lel, ven afuera, tengo que preguntarte algo!” Hil-lel, poniéndose el abrigo, salió y le dijo: “Pues, mi querido ¿qué pregunta tienes ahora?” Responde aquél: “Tengo que preguntarte, ¿por qué los árabes tienen los ojos tan chiquitos?” Hil-lel, afablemente le respondió: “El desierto es tan grande; los ojos se achican al mirar el enorme desierto”. El hombre de la apuesta se atemorizó. Hil-lel volvió a su trabajo, y después de unos minutos, el otro llamó por tercera vez, en tono brusco: ” ¡Hil-lel, ven afuera, tengo que preguntarte algo!” Hil-lel se puso el abrigo, salió y preguntó afablemente: “Ahora ¿qué tienes que preguntar?” “Tengo que preguntarte; ¿por qué los egipcios tienen los pies tan planos?” “Porque el territorio es tan pantanoso”, respondió Hil-lel y volvió a su trabajo. Después de pocos minutos aquél volvió y dijo que ahora no quería preguntar nada, pero que había hecho la apuesta de conseguir enfurecerle y que no sabía cómo hacerlo. Y Hil-lel le dijo apaciblemente: “Mi querido, es preferible que tú pierdas la apuesta a que Hil-lel se encolerice”.

Esta leyenda atestigua la paciencia de HiI-lel, paciencia con cada uno que le molestaba. En cierto sentido, semejante hombre se parece a un antiguo profeta; así lo explicó Jesús a su madre. Muchas palabras que de Hil-lel conocemos, suenan como una renovación de la era de los antiguos profetas. Jesús citó algunas hermosas palabras de Hil-lel, y luego dijo: “Mira, querida madre, de Hil-lel dicen que él es como un antiguo profeta resurgido. Yo pienso que todo mi saber no proviene únicamente del judaísmo”. Ciertamente Hil-lel había nacido en Babilonia, y sólo más tarde había sido trasladado al territorio judío. Pero era descendiente de la estirpe de David; de tiempos remotos venía su parentesco con la estirpe de David, de la que también provenían Jesús y los suyos. Y dijo Jesús: “Por más que yo hablara como había hablado ese gran hombre, Hil-lel, como hijo de David, hoy no existen los hombres que podrían oírlo”; semejantes palabras resultan ahora fuera de lugar; en los tiempos remotos eran adecuadas. Ya no existen los que tendrían oídos para oír. Todo lo que de esta manera se dijese, resultaría fútil e inútil. Como resumiendo lo que en este sentido tenía que decir, Jesús de Nazareth dijo a la madre: “Ya no es apropiado a esta tierra lo enunciado por el antiguo judaísmo, pues no están más los antiguos judíos. Hay que considerarlo como algo sin valor en nuestra Tierra”. De un modo poco común la madre oyó hablarle de la futilidad de lo que para ella era lo más sagrado; pero le amaba de todo corazón, y sólo sintió infinito amor.

Debido a ello se suscitó en la madre algo como una íntima comprensión de lo que él quiso decirle. Jesús siguió hablando y pasó a relatar lo que había experimentado en los lugares del culto pagano. Recordó en espíritu que se había caído junto al altar pagano, y que había oído la voz cambiada de la Bath-Kol. Y se encendió en él la luz cual una renovación de la antigua sabiduría de Zaratustra. Aún no sabía claramente que en sí mismo portaba el alma de Zaratustra, pero mientras hablaba, surgieron en él la sabiduría y el impulso de Zaratustra. En comunidad con su madre, vivió en él el grandioso impulso de Zaratustra. En su alma surgió todo lo hermoso y grandioso de la antigua sabiduría solar. Recordó las palabras de la Bath-Kol y las pronunció para la madre:

AUM, Amén.

Impera el Mal,

testigo de yoidad que se desenlaza,

deuda del propio ser, por otros acarreada,

vivida en el pan de cada día,

en el que no domina la voluntad de los cielos,

porque el hombre se separó de vuestro reino

Y olvidó vuestro nombre,

Vosotros, Padres en los cielos.

Con estas palabras, todo lo grandioso, incluso del culto de Mitra, vivió en su alma como por genialidad interior. Habló con su madre sobre la grandeza y la gloria del culto pagano, y sobre lo que vivía en los Misterios de los pueblos antiguos; mucho de lo cual se había unido en los Misterios del Asia Occidental y del Sur de Europa. Pero en su alma también vivió el sentimiento de que paso a paso ese culto, al caer bajo la influencia de potencias demoníacas, había sufrido una transformación, lo que él mismo había experimentado aproximadamente a la edad de veinticuatro años. Todo eso lo recordó, y entonces, también la sabiduría de Zaratustra le apareció como algo para lo cual ya no era apto el hombre de entonces. Lo expresó con estas palabras significativas: “Por más que se aunasen todos los Misterios con todo lo grandioso de los tiempos pasados, los hombres ya no existen, para oírlo. Todo eso es inútil. Si yo saliera para enunciar a los hombres lo que oí como la voz cambiada de la Bath Kol, si yo hablara del secreto por qué el hombre en su cuerpo físico ya no puede vivir en comunidad con los Misterios, no existen los hombres que pudieran comprenderlo; todo se pervertiría en fuerza demoníaca. No existirían oídos para comprender mis palabras. Los hombres han perdido la capacidad para oír lo que antaño se había enunciado y escuchado”.

Porque ahora Jesús sabía que aquello que él había oído como la transformada voz de la Bath-Kol, fue una antiquísima sabiduría sagrada, una oración que pertenecía al tesoro espiritual de todos los Misterios, oración que había caído en el olvido, pero que en él surgió al haberse caído junto al altar pagano. Pero también vio, y lo expresó en aquel diálogo, que ya no había posibilidad para hacerlo comprender. Continuando el diálogo, Jesús contó a su madre lo que conoció en la comunidad de los esenios; habló de lo hermoso, grandioso y de la gloria de la enseñanza de los esenios, de su benevolencia y de su afabilidad. Y entonces agregó, como tercera palabra significativa, lo que habla llegado a comprender en su diálogo visionario con el Buda: no todos los hombres pueden convertirse en esenios. Cuán acertadas fueron las pa­labras de Hil-lel: no te separes de la comunidad, antes bien, trabaja y actúa dentro del conjunto de todos. Pues, ¿qué soy si me quedo solo? Pero así proceden los esenios: se apartan de los demás, los que de este modo se vuelven desafortunados.

Después contó a la madre lo que en la conferencia anterior he relatado: “Cuando un día salí, después de un íntimo e importante diálogo con los esenios, percibí en la puerta que Lucifer y Ahriman huían; y desde entonces sé, mi querida madre, que por su vida y su doctrina oculta, los esenios se protegen a sí mismos de tal manera que de sus puertas deben huir Lucifer y Ahriman. Pero con esto los esenios envían a Lucifer y Ahriman a los demás, para hacerse afortunados a sí mismos”. Esta palabra impresionó profundamente al alma afectuosa de la madre; y se sintió a sí misma como transformada y en armonía con Jesús. Pero Jesús de Nazareth tuvo la sensación como si con este diálogo todo lo que poseía en su interior se hubiese retirado de él. Lo vio, y la madre lo vio. Cuanto más hablaba con la madre, cuanto más ella le escuchaba, tanto más la madre supo cuánta sabiduría había vivido en él, desde la edad de doce años. Mas todo resultó como desvanecido; en cierto modo, Jesús había colocado en el corazón de la madre todo lo vivido y lo experimentado por él. Con ese diálogo él también fue transformado, y esto de tal manera que a los hermanastros y los demás parientes les pareció que él había perdido la lucidez mental. Cómo lo lamentamos, decían ellos, ya que él fue tan sabio; siempre estuvo muy callado, pero ahora ya no está en su juicio. Y le consideraban como hombre perdido.

Efectivamente, días enteros anduvo como en estado de somnolencia: el yo de Zaratustra estuvo a punto de abandonar el cuerpo de Jesús de Nazareth. Y finalmente surgió en él la decisión que le condujo, como movido mecánicamente, al ya conocido Juan el Bautista. Aconteció entonces el bautismo en el Jordán a que muchas veces me he referido. Con el diálogo con la madre se había retirado el yo de Zaratustra, y con ello hubo nuevamente lo que había existido hasta la edad de doce años, pero acrecentado, más grandioso.

Con el bautismo en el Jordán se sumergió en este cuerpo el Cristo; y en el mismo instante en que ocurrió el bautismo, la madre sintió algo como el fin de aquella transformación. Tenía entonces cuarenta y cinco a cuarenta y seis años, y se sintió a sí misma como compenetrada del alma de la madre que había muerto, la del niño Jesús que a los doce años había recibido el yo de Zaratustra. El espíritu de la otra madre descendió y se unió con la madre con la cual Jesús había sostenido aquel diálogo; y ésta se sintió como aquella joven madre, la del niño Jesús del Evangelio de Lucas.

 Representémonos de la justa manera la infinita importancia de aquel acontecimiento, y tratemos de sentir el significado de que con ello vivió en la Tierra un ser singular: el Cristo en un cuerpo humano, una entidad que jamás había vivido en un cuerpo humano; que hasta entonces no había conocido ninguna vida terrenal, sino únicamente los reinos espirituales. De lo terrenal sólo supo lo que en cierto modo se había acumulado en los cuerpos físico, etéreo y astral de Jesús de Nazareth. El Cristo descendió a estos tres cuerpos, como ellos habían devenido a través de los treinta años de vida que hemos descripto. Libre de todo, el Cristo vivió lo que entonces le tocó experimentar.

La Crónica del Akasha y el Quinto Evangelio nos indican que el Cristo primero fue conducido a la soledad. Jesús de Nazareth, en cuyo cuerpo ahora estaba el Cristo, se había privado de todo lo que le había vinculado con el mundo; y el Cristo, que sólo ahora había arribado a la Tierra, ante todo fue atraído por lo que, debido a las impresiones conservadas en la memoria, firmemente se había grabado en el cuerpo astral. En cierto modo, el Cristo se decía a sí mismo: este es el cuerpo que había visto que Ahriman y Lucifer huyeron, y que había sentido que los esenios, en su aspirar, empujan hacia los demás a Ahriman y Lucifer. Hacia estos dos, el Cristo se sintió atraído, pues son ellos con quienes los hombres deben luchar. A la soledad, para luchar con Ahriman y Lucifer, fue atraído el Cristo, que por primera vez vivió en un cuerpo humano. Creo que en gran medida es verdadera la escena que ahora voy a relatar. Observar semejantes cosas en la Crónica del Akasha es muy difícil, por lo que advierto expresamente que ciertos pormenores posiblemente haya que modificarlos en forma insignificante; pero lo esencial está. Muchas veces me he referido a que la escena de la tentación, los Evangelios la relatan según distintos aspectos. Me he esforzado en investigarla, y voy a contar imparcialmente como ella realmente fue.

En la soledad, el Cristo en el cuerpo de Jesús de Nazareth, primero encontró a Lucifer, la entidad que se aproxima al hombre presuntuoso, falto de humildad y conciencia del propio ser. Lucifer se dirige al falso orgullo y a la altanería del hombre. Lucifer se enfrentó al Cristo, diciéndole, aproximadamente, lo que también figura en los otros Evangelios: ¡Mírame! Los reinos en que el hombre ha sido colocado, fundados por los antiguos dioses, ya son anticuados. Yo voy a fundar un nuevo reino y te daré todo lo que de belleza y gloria en los antiguos reinos existe, si tú entras en mi reino. Pero debes separarte de los otros dioses y reconocerme a mí. Lucifer le describió toda la belleza de su propio mundo, y todo lo que hablaría al alma humana, si ella tuviera un poco de orgullo. Pero como Cristo había venido de los mundos espirituales, sabía quién es Lucifer y a qué debe atenerse el alma para no ceder a la tentación. Cristo no conocía la tentación de Lucifer, pero El sabía cómo se  está al servicio de los dioses, y poseía la fuerza para rechazar a Lucifer.

Para un segundo ataque, Lucifer llamó a Arimán para que éste le ayudase; y ambos se dirigieron al Cristo. Uno trató de incitarle al orgullo: Lucifer; el otro habló a su miedo: Arimán. De esta manera, aquél le dijo: Con mi espiritualidad, con lo que yo puedo darte, no te hará falta lo que ahora necesitas por haber adoptado, como Cristo, un cuerpo humano. ‘Este cuerpo te subyuga, te obliga a reconocer las leyes de la gravitación. Si yo te arrojo al abismo, el cuerpo humano te impide quebrantar la ley de gravitación. Pero si tú me reconoces a mí, yo voy a anular las consecuencias de la caída, y nada te pasará. Arimán le dijo: yo voy a librarte del miedo, ¡arrójate! Ambos le acosaron, pero como en su acosamiento en cierto modo se equilibraron, el Cristo pudo librarse de ellos; El encontró la fuerza que en la Tierra el hombre debe encontrar para elevarse sobre Lucifer y Arimán. Arimán dijo entonces a Lucifer: tu presencia me estorba; en vez de aumentar mis fuerzas, las disminuiste. El último ataque lo emprendió Arimán solo, diciendo al Cristo lo que encuentra su expresión en el Evangelio de Mateo: Haz que lo mineral se convierta en pan; si te jactas de poseer fuerzas divinas, di que estas piedras se hagan pan. Mas el Cristo respondió: no sólo de pan vivirá el hombre, sino de lo espiritual que proviene de los mundos espirituales. Esto lo sabía muy bien el Cristo, porque acababa de descender de los mundos espirituales.

Pero Arimán le respondió: por más que tú tengas razón, realmente esto no me impide tenerte sujeto, en cierto sentido. Tú únicamente sabes lo que hace el espíritu que desciende de las alturas; jamás estuviste en el mundo humano. Aquí abajo, en el mundo humano, viven hombres que verdaderamente necesitan que las piedras se hagan pan, pues no les es posible nutrirse de espíritu solamente. Este fue el momento en que Arimán decía al Cristo algo que en la Tierra se podía saber, pero que el Dios que en aquel momento había descendido, desconocía. El no sabía que aquí abajo hacía falta convertir en pan el mineral, el metal. Y Arimán respondió que aquí abajo el hombre se ve en la necesidad de nutrirse con el dinero. He aquí el punto en que Arimán todavía tenía poder. Y él dijo entonces: ¡Voy a valerme de este poder! Esto es el verdadero relato de la tentación. En ella quedó un punto sin resolver. Los problemas no encontraron solución definitiva. Los problemas concernientes a Lucifer se resolvieron, por cierto, no así los referentes a Arimán. Para ello hace falta algo más [1].

Al salir de la soledad, el Cristo Jesús se sintió llevado más allá de todo lo vivido y aprendido a partir de los doce años; sintió reunido el Espíritu-Cristo con lo que en Jesús había vivido antes de la edad de doce años. En verdad, ya no se sintió vinculado a lo que en la humanidad había quedado envejecido y árido. Hasta el lenguaje que en su mundo se hablaba, le dejó indiferente y al principio, incluso quedó callado. Anduvo por las cercanías de Nazareth y algo más allá; visitó muchos de los lugares, por los que ya como Jesús de Nazareth había pasado, y entonces sucedió algo sumamente notable. Téngase bien presente que relato lo que pertenece al Quinto Evangelio, y no vendría al caso que alguien quisiera descubrir contradicciones con respecto a los otros cuatro Evangelios. Me atengo al contenido del Quinto Evangelio.

Muy callado, como no teniendo nada en común con su mundo circundante, el Cristo anduvo, al principio, de albergue en albergue, trabajando con la gente en los respectivos lugares. Lo vivido con lo que Arimán le había dicho sobre el pan, le había dejado profundamente impresionado. En todas partes, en los lugares donde antes había trabajado, volvió a encontrar gente conocida. Esos hombres se acordaron de El, y allí realmente encontró la gente a la cual Arimán debe tener acceso, porque para ella es imprescindible que las piedras se hagan pan o, lo que es lo mismo, convertir en pan el dinero, el metal. No hacía falta ir a la gente que observaba las máximas morales de Hil-lel o de otros; pero entró en las moradas de aquellos que en los otros Evangelios son llamados los publicanos y pecadores, porque para ellos era necesario que las piedras se hicieran pan. A ellos principalmente los visitó. Pero ahora se había llegado a algo nuevo. Muchos de esos hombres le conocían de antes de sus treinta años, pues ya como Jesús de Nazareth había estado con ellos, quienes habían conocido su naturaleza apacible, su amor y sabiduría. En cada casa, en cada albergue se le había amado profundamente. Este amor había quedado, y mucho se habló del amor de ese hombre, Jesús de Nazareth, que había estado en aquellas casas y en esos lugares. Y como por efecto de leyes cósmicas sucedió lo siguiente: me refiero a escenas muchas veces repetidas, reveladas por la investigación clarividente.

Los miembros de familias, donde Jesús de Nazareth había trabajado, se habían reunido después de la puesta del sol, hablando entonces del amor y la caridad de ese hombre que como Jesús de Nazareth había estado en sus casas, como asimismo de los calurosos sentimientos que él había suscitado en sus almas. Y muchas veces había sucedido que, después de horas enteras de semejantes reuniones, entraba en la habitación, como por una visión común de todos los miembros de la familia, la imagen de Jesús de Nazareth. Efectivamente, él los visitaba en espíritu, o también, ellos se creaban su imagen espiritual. Podemos imaginarnos los sentimientos que surgieron en el seno de semejantes familias, que antes habían tenido esa visión en común, cuando, después del bautismo en el Jordán, El volvió. Ellos le reconocieron por su semblanza exterior, sólo que ahora el brillo de los ojos era más intenso. Vieron el rostro resplandeciente que otrora los había mirado con tanto amor; vieron al hombre que en espíritu había estado con ellos. Podemos imaginarnos lo extraordinario que ahora sucedió en esas familias y en los pecadores y publicanos, quienes, debido a su karma, estaban expuestos a todos los seres demoníacos de aquel tiempo. Ahora se puso de manifiesto la naturaleza cambiada de Cristo Jesús; principalmente en semejantes hombres se hizo evidente lo que por el habitar del Cristo en Jesús de Nazareth; éste había llegado a ser. Antes, esos hombres habían sentido su amor, su bondad y su naturaleza apacible; pero ahora emanó de El un poder mágico. Si antes ellos sólo se habían sentido confortados, ahora se sintieron curados.

También llamaron a sus vecinos, si éstos también estaban oprimidos. De tal manera sucedió que, después de haber vencido a Lucifer, y cuando de Arimán sólo le quedaba el aguijón, Cristo Jesús pudo hacer, para los hombres sumidos al dominio de Arimán, lo que en la Biblia se describe como la expulsión de los demonios. Muchos de aquellos demonios que él había visto cuando había caído junto al altar pagano, ahora se retiraron, cuando El, como Cristo Jesús, estuvo frente a esos hombres. Los demonios percibieron a su adversario. Cuando ahora anduvo por la campiña, el comportamiento de los demonios en las almas humanas, le hizo recordar que había caído junto al altar del sacrificio, donde en lugar de los dioses estaban los demonios, y que él no podía celebrar el culto. También se acordó de la Bath-Kol que le había enunciado la oración de los antiguos Misterios; principalmente tuvo en mente la palabra: “vivida en el pan de cada día”.

Los hombres a quienes visitó ahora, debían de las piedras hacer pan. Muchos de ellos pertenecían a los que sólo de pan deben vivir. Y la palabra de la antigua oración pagana: “vivida en el pan de cada día” la sintió en lo profundo del alma; sintió lo que significa la incorporación del ser humano en el mundo físico, y que, en el curso de la evolución de la humanidad, debido a esa necesidad, la incorporación física del hombre había conducido a que los hombres olvidasen los nombres de los Padres en los cielos, los nombres de los seres espirituales de las jerarquías superiores. Además, sintió que no había hombres capaces de oír la voz de los antiguos profetas. Ahora supo que la vida basada en el pan de cada día separó al hombre de los reinos celestes, y que esta vida hace brotar el egoísmo y conduce al hombre hacia Arimán. Cuando, entregado a semejantes pensamientos, Cristo Jesús caminaba por las distintas comarcas, aconteció que se convirtieron en sus discípulos y le siguieron, los que más profundamente sintieron la transformación que en Jesús de Nazareth se había producido. De diversos albergues llevó consigo a este o aquel que le siguió, movido por el profundo sentimiento a que me refiero. De modo que pronto hubo en torno de El un grupo de discípulos; hombres que en cierto sentido habían adquirido un nuevo estado de su alma, hombres que por la fuerza del Cristo habían llegado a distinguirse de los que – como lo había dicho a su madre – ya no eran capaces de oír lo antiguo. Y en El se encendió la experiencia terrenal del Dios: tengo que enseñar a la humanidad, no como los dioses condujeron al hombre de lo espiritual a la Tierra, sino como él ha de encontrar el camino de la Tierra al espíritu.

Nuevamente recordó la voz de la Bath-Kol y ahora supo que habría que renovar las fórmulas y oraciones de los tiempos antiguos, y que el hombre deberá buscar el camino desde abajo hacia los mundos espirituales. Las últimas palabras de la oración las cambió, dándoles sentido inverso, adecuado al hombre del tiempo nuevo, y porque había que ponerlas en relación no con todo el coro de las entidades espirituales de las jerarquías, sino con el ser espiritual único: “Padre nuestro en el cielo”. Y las palabras que El había oído como en penúltimo lugar de la oración de los Misterios: “y olvidó vuestro nombre”, las cambió para adecuarlas a la humanidad del tiempo nuevo: “santificado sea tu nombre” y las palabras en el antepenúltimo lugar que decían: “porque el hombre se separó de vuestro reino”, las invirtió: “venga tu reino a nosotros”. Las palabras “en que no domina la voluntad de los cielos”, también las invirtió, dándoles el sentido adecuado a cómo ahora los hombres pudiesen oírlas, ya que ahora no había nadie que pudiera oír la fórmula antigua. Un total cambio del camino a los mundos espirituales debía producirse, por lo cual las invirtió: “sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la Tierra”. El misterio del pan, o sea, de la incorporación en el cuerpo físico, el secreto de todo lo que ahora, por el aguijón de Arimán se le había revelado, lo transformó de tal manera que el hombre pudiese sentir que el mundo físico también proviene del mundo espiritual, aunque el hombre no lo reconozca espontáneamente. Por eso, las palabras acerca del pan de cada día las transformó en el ruego: “danos hoy nuestro pan de cada día”. Las palabras “deuda del propio ser, por otros acarreada” las cambió así: “perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Y las palabras que en la oración de los antiguos Misterios resonaban en el segundo lugar: “testigo de yoidad que se desenlaza”, las invirtió así: “mas líbranos”, y las primeras: “Impera el Mal”, las transformó, agregando “del Mal. Amén.”

Por la inversión de la transformada voz de la Bath-Kol, que Jesús de Nazareth había oído al haberse caído junto al altar, el Padrenuestro del cristianismo se nos presenta como la oración de los nuevos Misterios que el Cristo Jesús nos ha dado. De un modo similar aparte de mucho que aún habrá que exponer también fue dado el sermón del monte y otras cosas más que Cristo Jesús enseñó a sus discípulos. El Cristo Jesús influyó en sus discípulos de un modo singular. Hay que tener presente que simplemente estoy describiendo lo que se lee en el Quinto Evangelio.

Cuando el Cristo andaba por las distintas comarcas, ejercía un efecto extraordinario sobre los demás. Estaba, por cierto, en comunidad con los apóstoles; empero, como El era el Cristo, fue como si no solamente estuviese en su cuerpo; sino que en los lugares por donde andaba, sucedía que uno u otro tenía la sensación de que en sí mismo estuviese presente el Cristo. Tenía la sensación de que en el alma propia estaba la entidad perteneciente” al Cristo Jesús: y tal hombre empezaba a expresar las palabras que en realidad sólo el Cristo Jesús hubiera podido decir. Al encontrarse con la gente El y sus discípulos, sucedía entonces que quien hablaba no era en todos los casos el Cristo Jesús mismo, sino que también hablaba uno u otro de los discípulos; pues El tenía con los discípulos todo en común, inclusive la sabiduría. Francamente, me sorprendió sobremanera el percatarme que en el diálogo con los saduceos a que se refiere el Evangelio de Marcos, el Cristo Jesús no habló a través del cuerpo de Jesús, sino de la boca de uno de los discípulos. También sucedía que, cuando a veces el Cristo Jesús dejaba a sus discípulos, estaba, no obstante, entre ellos; ya sea que entonces caminaba con ellos en espíritu, o bien, estando lejos, aparecía a ellos en su cuerpo etéreo. Su cuerpo etéreo o estaba con ellos, o andaba por la campiña; y muchas veces no era posible distinguir si El, por decirlo así, llevaba el cuerpo físico consigo, o si se trataba de la aparición del cuerpo etéreo. Así fue el vínculo con los discípulos y con otros hombres cuando Jesús de Nazareth había devenido Cristo Jesús; pero El mismo experimentó lo que ya he mencionado: mientras que en los primeros tiempos la entidad de Cristo se hallaba relativamente independiente del cuerpo de Jesús de Nazareth, debió, cada vez más, asemejarse a este cuerpo. A medida que corría el tiempo iba intensificándose la atadura al cuerpo de Jesús de Nazareth; y en el último año apareció un profundo dolor debido a esta atadura al cuerpo, ya bastante debilitado, de Jesús de Nazareth. No obstante, aún sucedía que Cristo iba de lugar en lugar, acompañado de un ya bastante numeroso grupo.

Cuando en este o aquel lugar uno de ellos hablaba, podía creerse que era el Cristo mismo quien hablaba, pues El hablaba por la boca de todos. Hubo, por ejemplo, un diálogo entre los escribas. Ellos decían: para aborrecimiento del pueblo se podría prender y matar a cualquiera de ellos, pero se tomaría, quizás, a Uno por otro, pues todos hablan de igual modo. Por lo tanto, esto no resuelve nada, ya que posiblemente el verdadero Cristo Jesús sobreviviría. Es preciso prender al Cristo mismo. Sólo los discípulos mismos fueron capaces de hacer la distinción; pero ellos, naturalmente, no iban a decir al enemigo quién era el verdadero Cristo. Pero ahora, Arimán había adquirido fuerza suficiente con respecto a la pregunta que había quedado sin resolver, pregunta que el Cristo no pudo decidir en los mundos espirituales, sino únicamente en la Tierra. Por el hecho más grave tuvo que conocer lo que significa hacer pan de las piedras. Pues Arimán recurrió a la complicidad de Judas Iscariote. Por la manera de cómo el Cristo obraba, no hubiera existido ningún recurso espiritual para descubrir quién, en medio de los que le veneraban, era el Cristo. Pues donde el espíritu, incluso lo supremo de la fuerza persuasiva, ejercía su influencia no fue posible apoderarse de El. Únicamente se logró aprehenderle donde actuaba quien empleaba el medio desconocido al Cristo y que El no llegó a conocer sino por el acto más grave sobre la Tierra. Por ningún otro medio hubiera sido posible reconocerle sino únicamente porque intervino quien se puso al servicio de Arimán, quien efectivamente sólo por el dinero llegó a cometer la traición. El vínculo de Cristo con Judas consistía en que en la escena de la tentación había tenido lugar lo que es comprensible en el Dios: El no sabía que sólo para el cielo es cierto que para el pan no se necesitan piedras. La traición se hizo porque Arimán había retenido el aguijón. Además, el Cristo debió someterse al dominio de la muerte, por cuanto que Arimán tiene poder sobre ésta.”He aquí el vínculo de la escena de la tentación y del Misterio de Gólgota con la traición de Judas.

LA TENTACION

Mucho más habría que enunciar concerniente al Quinto Evangelio; pero las demás partes del mismo seguramente se darán a conocer en el curso de la evolución de la humanidad. Por los relatos escogidos he tratado de dar una idea de cómo es este Evangelio. Y ahora, al final de estas conferencias, siento nuevamente, en lo profundo del alma, lo expresado en la primera conferencia, es decir, que son las necesidades de nuestro tiempo las que exigen hablar del Quinto Evangelio. Y lo expuesto en esta oportunidad también requiere que sea acogido en concordancia con estas condiciones.

Sabemos que la ciencia espiritual y nuestro movimiento antroposófico tienen muchos enemigos, y que ellos proceden de una manera bastante extraña. Desde hace un tiempo, hay personas que dicen que nuestra ciencia espiritual está contaminada de un estrecho cristianismo e incluso de jesuitismo. Pero también ocurre que en forma increíble se procede a falsificar nuestra ciencia. Un hombre que venía de América la acogió dentro de cierto tiempo, tomó apuntes y luego, en forma desfigurada, la llevó consigo a Norteamérica, donde creó y publicó, en base a lo aquí acogido, una “Teosofía Rosacruz”. Admite haber aprendido de nosotros muchas cosas, pero que después ha sido llamado por los maestros quienes le en­señaron mucho más. Sin embargo, negó haber aprendido de nosotros, lo profundo que él había sacado de nuestros ciclos de conferencias (en aquel entonces aún no publicadas). Ante lo que ocurre en Norteamérica podemos mantenernos apacibles, igual que Hil-lel, el Viejo; sin embargo, reproduciendo lo exteriorizado por otros, se ha dicho que también en Europa existe una cosmovisión rosacruz, pero de característica estrecha y jesuítica, y que aquella nueva ciencia, ¡sólo ha podido prosperar en la atmósfera pura de California! Así proceden nuestros adversarios. Podemos contemplarlo con indulgencia y hasta con compasión, pero no hay que cerrar los ojos ante semejantes hechos. Preferiría no hablar de estas cosas, pero al servicio de la verdad es necesario hacerlo, pues hay que mirar las cosas con claridad. Hay gentes que justamente no toleran lo que es de índole del Quinto Evangelio; y quizás no hay odio más sincero que aquel que se ponía de manifiesto en las críticas con respecto al misterio, también perteneciente al Quinto Evangelio, de los dos niños Jesús. El verdadero antropósofo observará la justa actitud ante este Quinto Evangelio que se ha dado de buena fe, y que no debe ser tra­tado irrespetuosamente.

Con semejantes verdades que se basan en la investigación clarividente, tan necesaria para nuestro tiempo, nos hallamos ante el dominio de la civilización de la época. Puede decirse que, en el fondo, en nuestro tiempo existe un genuino anhelo de espíritu; pero la gente es demasiado arrogante o de capacidad insuficiente como para interesarse por el verdadero espíritu. Ante todo hace falta suscitar el amor a la verdad para poder oír el anunciamiento del espíritu. En la actual cultura no existe tal grado de veracidad y, lo que es peor, la gente no se da cuenta de ello. Mucho se habla hoy de espíritu sin tener idea de su realidad. Existe, por ejemplo, un hombre que ha ganado mucho prestigio, justamente porque siempre habla del espíritu. Me refiero a Rudolf Eucken. Quien lea sus libros encontrará que allí siempre se insiste en ¡espíritu, espíritu, espíritu! Es así como hoy se habla del espíritu porque se es demasiado cómodo o demasiado altanero para penetrar hasta las fuentes mismas del espíritu. Sin embargo, estos hombres gozan de mucho prestigio; y en nuestra época será difícil hacerse comprender con relatos como los del Quinto Evangelio, tan concretamente tomados de lo espiritual. Esto requiere seriedad y veracidad interior. Uno de los últimos libros de Eucken se titula: “¿Todavía podemos ser cristianos?” Se compone de una larga serie de distintos capítulos donde se habla, a través de muchos tomos, de alma y espíritu, espíritu y alma. Pues se adquiere prestigio y fama, si se da la impresión de saber algo de espíritu, y la gente ni se da cuenta de la falta de veracidad. Hay un pasaje en que se dice que la humanidad, ya no cree en demonios, y que ya no se puede esperar que exista quien pueda creerlo. Y en otro pasaje del mismo libro se da con la extraña frase: “Donde se tocan lo divino y lo humano, se producen potencias demoníacas.” De modo que aquí habla de demonios, después de haber expresado, en el mismo libro, lo que primero he citado. Debería rechazarse semejante ciencia del espíritu que tan groseramente falta a la verdad. Sin embargo, parece que nuestros contemporáneos no se dan cuenta de esta falsedad. Es preciso tenerlo en mente para comprender que debemos preparar nuestro corazón, si queremos ser partícipes del anunciamiento de lo espiritual y de la nueva vida espiritual que la humanidad debe encontrar.

Si por la ciencia espiritual tratamos de unir el alma humana con el Cristo, hay poca esperanza de tener éxito frente a la cultura de la época, si ella se contenta con ideas que todos los sabios filósofos y teólogos difunden: la creencia que ya antes de la venida del Cristo haya existido un cristianismo. Ellos demuestran que el culto e incluso ciertos relatos típicos ya antes, en Oriente, habían existido en forma igual; y por ello esos teólogos afirman que el cristianismo no es otra cosa que la continuación de lo que ya había existido. Nuestros contemporáneos dan mucha importancia a la literatura respectiva, sin saber cómo las cosas se relacionan entre sí. Si se habla de la entidad espiritual del Cristo que ha descendido a la Tierra y que es venerada dentro de los mismos cultos en que otrora han sido venerados los dioses paganos y si, además, este hecho se emplea para negar en absoluto la realidad del Cristo, se está aplicando una lógica que se basa en lo siguiente: puesto que el Cristo en cierto sentido empleó la vestimenta exterior de los antiguos cultos, la gente no llega a reconocer que en realidad el Cristo sólo se la ha puesto como una vestidura, y que es el Cristo mismo el que se presenta en el marco de los cultos antiguos. Tomemos entonces la suma de las bibliotecas y de las actuales consideraciones científicas monistas: todo esto son pruebas, e incluso pruebas veraces, del vestido exterior de la entidad de Cristo. Y toda esta ciencia se acepta como profunda sabiduría. Debemos tener presente este cuadro si queremos acoger, no solamente con el intelecto sino con el sentimiento, lo que como Quinto Evangelio se ha expuesto. Este Evangelio nos quiere decir que con nuestra verdad debiéramos sentirnos situados de la justa manera en nuestro tiempo, para ver que no es posible hacer comprender al tiempo antiguo lo que como nuevo mensaje debe venir. Según la palabra del Evangelio hemos de decir: Con el pensar que hoy impera en la humanidad, no es posible seguir la evolución espiritual. Por ello es menester arrepentirse y cambiar el modo de pensar. Quienes no tengan claramente presente lo que existe y lo que debe venir, no servirán debidamente a lo que a la humanidad hace falta como ciencia espiritual.

(Para terminar este ciclo de conferencias, Rudolf Steiner se despidió del auditorio con las siguientes palabras:) Dar este Quinto Evangelio ha sido para mí un sagrado deber. Y al despedirme de vuestro corazón y de vuestra alma, expreso el deseo que el lazo que nos une haya quedado estrechado por la investigación espiritual sobre el Quinto Evangelio al que me siento íntimamente vinculado. Apelando al más caluroso sentimiento de vuestro corazón y vuestra alma, os digo: aunque físicamente tengamos que estar separados por algún tiempo, quedaremos unidos y sentiremos conjuntamente lo que tenemos que trabajar y lo que nos exige el deber que en nuestro tiempo el espíritu impone al alma humana. Aquello a que aspiramos progresará de la justa manera por el trabajo de cada uno de vosotros. Con este deseo me despido de vosotros, al concluir este ciclo de conferencias.

 

Traducido por Francisco Schneider

Fuente: Upasika

 

[1] N. del Tr. Lo aquí expuesto alude a la necesidad de crear en el mundo un nuevo orden social.  Los problemas de convivencia hu­mana, desde todos los tiempos, y ahora en forma más pronuncia­da, en gran parte tienen su origen en el concepto que se tiene del dinero y en el uso que del mismo se hace, contrario a las leyes que desde un punto de vista espiritual le son inmanentes. Naturalmente, se trata de un tema que requiere un estudio exhaustivo.

 

 

 

 

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2 comentarios el “GA148c5. El Quinto Evangelio.

  1. […] GA148c5. — Cristiania, Oslo, (Noruega) 6 de Octubre de 1913 […]

  2. José Antonio Alemán dice:

    Hola,
    agradecería si pudiérais traducir algunas conferencias más del QUinto Evangelio (Ga 148). Pues con un grupo de trabajo estamos trabajando este tema.
    Especialmente este ciclo de Berlñin, que está todo traducido al inglés en http://www.rsarchive.org:
    Berlin, Erster Vortrag, 21. Oktober 1913
    Berlin, Zweiter Vortrag, 4. November 1913
    Berlin, Dritter Vortrag, 18. November 1913
    Berlin, Vierter Vortrag, 6. Januar 1914
    Berlin, Fünfter Vortrag, 13. Januar 1914
    Berlin, Sechster Vortrag, 10. Februar 1914
    Y este de Munich:
    München, Erster Vortrag, 8. Dezember 1913
    München, Zweiter Vortrag, 10. Dezember 1913
    Gracias,

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