GA130. El Yo Cósmico y el Yo Humano. La naturaleza de Cristo resucitado

Del ciclo: Estudios esotéricos. GA130

Rudolf Steiner — Múnich, 9 de enero de 1912

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Es necesario que hablemos un poco más esta noche sobre la naturaleza de Cristo Jesús. Esta necesidad surge del hecho de que en este momento hay mucha discusión sobre este tema, especialmente en círculos teosóficos, y por esa razón la necesidad nos confronta en un sentido muy real para llegar a una completa claridad sobre muchos puntos en este dominio.

Hoy tendremos que debatir un aspecto de la cuestión que para muchos puede parecer algo extraño, pero de todos modos es muy importante. Comenzaremos con la evolución del hombre. Sabemos, por supuesto, que esto ha progresado de tal manera que toda la humanidad dentro de nuestra evolución de la Tierra pasa a través de ciertas épocas cíclicas. Y a menudo hemos hablado del hecho de que podemos distinguir cinco períodos culturales, incluido nuestro tiempo, desde la gran catástrofe que llamamos la catástrofe de la Atlántida, a través de la cual la vida en el Antiguo continente atlante se transformó en vida en los nuevos continentes —es decir, nuestra vida.  Hablamos de la primera, la antigua época cultural india; de la segunda, la gran época antigua persa; de la tercera, la egipcio-caldeo-babilónica; y de la cuarta, la grecolatina, que, para una visión mundial más completa, retrocede a, digamos, entre el octavo y el duodécimo siglo cristiano; y luego hablamos de la nuestra, la presente, la quinta época post-Atlante, desde 1413.

Ahora, las almas humanas —de ahí las almas de todos ustedes sentados aquí— han pasado por varias encarnaciones en estas sucesivas épocas culturales hasta el presente, un alma en muchas encarnaciones, otra en un número relativamente menor. Estas almas, de acuerdo con las características de las épocas, se apropiaron de esto o aquello de sus experiencias, lo trajeron consigo desde las primeras encarnaciones a las posteriores, y luego aparecieron como almas en una etapa de desarrollo dependiente de lo que habían experimentado previamente en las diferentes épocas culturales.

Pero ahora también podemos hablar del hecho de que, de los diversos miembros de la naturaleza del hombre, generalmente uno u otro, pero generalmente un miembro definido, se formó y se desarrolló en cada época cultural, pero tengan en cuenta que esto es solo así en general. Por lo tanto, podemos decir que si permitimos a los seres humanos les trabajar en todo lo que la época de nuestra civilización puede darles, se les llama especialmente a desarrollar en nuestro tiempo lo que en nuestro movimiento científico espiritual llamamos el alma consciente; mientras que, durante la época greco-latina, el alma intelectual o racional fue desarrollada preeminentemente; durante la época Egipto-Caldeo-Babilonia, el alma sensible; durante la antigua Persia, el cuerpo sensible o astral; y en la antigua India, lo que llamamos el cuerpo etéreo o de la vida. Estos diversos miembros de la naturaleza del hombre han llegado a su desarrollo correspondiente en conexión con las almas individuales que pasan a través de estas épocas culturales, en una o, en la mayoría de los casos, en varias encarnaciones. Y en la época que seguirá a la nuestra como la sexta época post-Atlante, ese miembro estará especialmente desarrollado, lo que caracterizamos como Yo Espiritual, y que en la literatura teosófica ha sido designado Manas; y en la último, la séptima época post-Atlante, aquello que caracterizamos como el Espíritu de Vida, y que en la literatura Teosófica se llama Budhi; mientras que el Hombre Espíritu, o Atma, debe evolucionar en un futuro muy lejano, después de otra catástrofe.

Y así en el presente y en el futuro cercano, estamos en medio del desarrollo a través de nuestro medio ambiente, a través de las condiciones normales de nuestra civilización, de lo que se llama el Alma Consciente.

Pero ahora sabemos que todo este desarrollo del ser humano, esta evolución de los miembros individuales del alma a medida que los diferenciamos, está esencialmente ligado a otra cosa, está esencialmente ligado a la incorporación gradual del yo humano. Porque esta incorporación del yo humano en la naturaleza del hombre es toda la misión de la evolución de la Tierra. Así que tenemos, por así decirlo, dos corrientes evolutivas entremezcladas, en el sentido de que debemos atravesar la evolución de la Tierra, siguiendo a la de Saturno, el Sol y la Luna, y que como humanidad terrestre aportamos al desarrollo, especialmente este cuarto miembro, el yo, y unir este yo a los otros miembros principales de la naturaleza humana, sobre los cuales se realizó antes el trabajo preparatorio: a saber, el cuerpo físico, el cuerpo etérico y el cuerpo astral. Ahora deben distinguir esta gran corriente evolutiva más importante, que está conectada con las grandes realizaciones de nuestro planeta Tierra, desde la corriente evolutiva más pequeña, que previamente he caracterizado como parte de ella en un tiempo tan corto como el período post-Atlante.

Nadie que haya entendido el asunto hasta este punto debe hacer la pregunta: Entonces, ¿cómo es que el hombre ya había desarrollado el cuerpo etéreo o de vida, en el antiguo Sol, y que ahora deberá tener lugar un desarrollo especial del mismo cuerpo durante la antigua época india? Cualquiera que haya entendido realmente no debería hacer esta pregunta; porque los hechos son éstos: para estar seguros, se hizo un trabajo preliminar sobre el cuerpo etéreo o de vida durante el antiguo Sol; el hombre vino a la Tierra ya en posesión de un cuerpo etérico. Pero este cuerpo ahora puede formarse más finamente; puede ser trabajado por los miembros posteriores que el hombre ha desarrollado. De modo que, naturalmente, el cuerpo etérico del hombre se encontraba en una etapa relativamente alta cuando se encarnaba en un antiguo cuerpo indio, pero en este período post-Atlante trabaja sobre su cuerpo etérico con el yo que ha adquirido, con todo lo que el ser humano se está desarrollando por sí mismo, él trabaja sobre eso y lo refina. Y es esencialmente un refinamiento de los diversos miembros de la naturaleza del hombre que tiene lugar en nuestro período post-Atlante.

Si ahora toman toda la evolución y consideran lo que acabamos de decir, la cuarta época post-atlante, la época greco-latina, les parecerá especialmente importante; porque lo que llamamos el Alma Racional o Intelectual tenía que ser trabajada y llevada a una forma más refinada dentro del ser humano. Pues en ese momento el Yo, que pertenece a una mayor corriente evolutiva, ya había experimentado un desarrollo particularmente alto. Entonces, podemos decir que hasta el cuarto período post-Atlante, el tiempo greco-latino, este yo del hombre había evolucionado a una cierta etapa, y le correspondía entonces trabajar sobre el Alma Racional o Intelectual; y en nuestro tiempo sobre el Alma Consciente.

En cierto sentido, pueden ver que existe una relación íntima entre el yo humano y los tres miembros de la naturaleza anímica del hombre: el alma sensible, el alma racional o intelectual y el alma consciente. Principalmente dentro de estos tres miembros, el yo humano vive su vida interior; y en nuestra quinta época posterior a la Atlántida vive en el alma consciente, y vivirá más profundamente en ella, porque en el alma consciente, el yo puro puede expresarse sin impedimentos, por así decirlo, por los otros miembros. De hecho, vivimos en nuestro tiempo en una época en la que este yo tiene la gran y especial misión de desarrollarse a sí mismo, de edificar sobre sí mismo.

Si hacemos una especie de mirada profética hacia el futuro, hacia lo que está por venir, si decimos que el hombre desarrollará el Yo Espiritual, o Manas, en la siguiente, la sexta era post-Atlante, entonces reconoceremos que ese Yo Espiritual, o Manas, realmente se encuentra por encima de la esfera del Yo. Como cuestión de hecho, el hombre no podría en el futuro desarrollar el Yo Espiritual con de sus propias fuerzas; pues si va a desarrollar su Yo Espiritual, debe ser ayudado de cierta manera por lo que fluye a la Tierra a través de las fuerzas de los Seres Superiores. El hombre ha llegado a esa etapa en la evolución de su yo donde, con sus propias fuerzas, realmente solo puede desarrollarse hasta el alma consciente; pero este desarrollo no estaría completo si no anticipase en cierto sentido lo que solo alcanzará su verdadera, completa e impulsiva evolución humana sobre Júpiter, la siguiente encarnación de nuestro planeta.

Hasta el final de la evolución de la Tierra, el hombre debería desarrollar su Yo; y habrá tenido la oportunidad de lograr este desarrollo dentro del alma sensible, intelectual y consciente. Pero el verdadero Yo Espiritual solo será una posesión humana sobre Júpiter; solo allí se convertirá en la dotación humana adecuada. En Júpiter, el hombre tendrá la misma relación con el Yo Espiritual que tiene con el Yo en la Tierra. Entonces si el ser humano desarrolla el Yo Espiritual durante el período terrestre, no puede relacionarse con él como con el Yo. De nuestro yo decimos: Nosotros mismos somos eso; somos nosotros mismos en la realidad. Cuando en la próxima época, la sexta post-Atlante, el Yo Espiritual habrá llegado a la expresión, entonces no podremos dirigirnos a este Yo Espiritual como a nosotros mismos; sino que diremos: Nuestro yo se ha desarrollado hasta tal punto, que nuestro  Yo Espiritual puede brillar en él, como desde mundos superiores, como una especie de Ser Angélico, que nosotros mismos no somos, pero que brilla en nosotros y toma posesión de nosotros.  Así se nos aparecerá nuestro Yo Espiritual; y solo sobre Júpiter aparecerá como nuestro propio ser, como lo ahora es nuestro yo. La evolución humana avanza de esta manera.

Por lo tanto, en la próxima, la sexta época post-Atlante, nos sentiremos atraídos hacia algo que brilla en nosotros. No diremos: Tú, Yo Espiritual dentro de mí… pero diremos: Yo, participo de un Ser que resplandece en mí desde los mundos superiores, que me dirige y guía, que, por la gracia de los seres superiores, se ha vuelto ¡mi guía! … Lo que solo vendrá a nosotros sobre Júpiter como algo propio, lo sentiremos en la sexta época como una especie de guía que nos ilumina desde los mundos superiores… Y así será más tarde con el Espíritu de Vida, o Budhi, con el Hombre Espíritu, y así sucesivamente… Así que llegará un momento en que el hombre hablará de sí mismo de una manera diferente. ¿Cómo habla uno de sí mismo ahora cuando habla en el sentido de la ciencia espiritual? Él dice: Tengo tres envolturas, mi cuerpo físico, mi cuerpo etérico y mi cuerpo astral. Dentro de estos tengo mi Yo, la posesión esencial de la Tierra, que se está desarrollando dentro de estas tres envolturas. Estas envolturas son, por así decirlo, mi naturaleza inferior; He crecido más allá, miro hacia abajo a esto, mi naturaleza inferior; y veo en lo que mi yo se ha convertido en una etapa preparatoria de mi propio ser, que crecerá y evolucionará cada vez más … En el futuro, el hombre tendrá que hablar de otra manera; entonces dirá: no solo tengo mi naturaleza inferior y mi yo, sino que tengo una naturaleza superior, a la cual levanto la vista en cuanto a algo que es parte de mí de la misma manera que mis envolturas, que tengo de etapas anteriores… Entonces, en el futuro, el ser humano sentirá que está situado a medio camino, por así decirlo, entre su naturaleza inferior y superior. La naturaleza inferior que ya conoce ahora; la voluntad superior del futuro aparecerá como si estuviese sobre él, tal como ahora lo inferior está debajo de él. Entonces podemos decir que el hombre va desarrollándose desde su cuarto hasta su quinto, sexto y séptimo principios durante la evolución de la Tierra, pero sus principios quinto, sexto y séptimo no serán su posesión directa durante la evolución real de la Tierra, sino algo a lo que gradualmente llegará a alcanzar. El asunto debe ser realmente concebido de esta manera.

Tendremos que experimentar un tiempo donde diremos: Ciertamente nuestra misión en la Tierra fue desarrollar nuestro Yo. Pero con anticipación profética vemos algo que debe llegar a desarrollarse en nosotros en Júpiter. Lo que ahora estamos experimentando durante nuestra evolución de la Tierra: a saber, que nos impregnamos, por así decirlo, con la naturaleza del yo humano; y que durante el pasado tiempo de la tierra hasta el presente hemos desarrollado una forma más refinada de nuestros principios inferiores; y que perfeccionaremos los principios superiores en el futuro, todo lo que nosotros, como seres humanos, experimentamos en la Tierra, seres más avanzados a quienes designamos como Ángeles, o Angeloi, lo experimentaron en encarnaciones planetarias anteriores. Pero también los miembros más elevados de la Jerarquía, los Arcángeles, o Archangeloi, y los Arcai, han tenido esta experiencia en las encarnaciones anteriores de nuestro planeta Tierra, sobre la Antigua Luna, el Antiguo Sol y Antiguo Saturno. Para ellos también hubo en ese momento una especie de cuarto miembro que desarrollaron; y luego en la segunda mitad de las encarnaciones planetarias correspondientes, anticiparon lo que en realidad llegó a desarrollarse plenamente en ellos sobre la Tierra, así que con nosotros el yo Espiritual llegará a su desarrollo en Júpiter. En ese momento, no lo habían incorporado por completo como su posesión, pero lo contemplaban.

Si en primer lugar miramos hacia atrás a la evolución de la antigua Luna, debemos hablar de seres que durante ese tiempo deberían haber alcanzado su séptimo principio, exactamente de la misma manera que los seres humanos durante la evolución de la Tierra llegamos al séptimo principio: no para encarnarlo por completo, sino para contemplarlo. Cuando hablamos de seres Luciféricos, nos referimos a aquellos que durante la evolución de la antigua Luna permanecieron en la condición en la que un hombre estaría si, durante la evolución de la Tierra, no hubiera llevado a su pleno desarrollo sus principios quinto, sexto y séptimo, sino que se desvía de tal desarrollo; quien tal vez se ha detenido con el cuarto o con el quinto. Es decir, aquellos seres que se encontraban en las muy diversas etapas de entre los seres Luciféricos no estaban completamente evolucionados. Entonces podemos decir que los seres humanos pasaron de la evolución de la antigua Luna a la evolución de la Tierra. Llegaron de tal manera que aquellos que completaron la evolución lunar trajeron consigo un desarrollo normal: su cuerpo físico, cuerpo etérico o de vida y cuerpo astral; y en la Tierra, de manera muy adecuada, deberían desarrollar el Yo, en el que deberían adoptar los otros principios. Otros seres que están por encima del hombre ya deberían haber desarrollado en la antigua Luna, lo que para ellos corresponde al yo humano. Pero podrían haber llevado a este yo lunar al pleno desarrollo solo si hubieran anticipado lo que para ellos serían los principios quinto, sexto y séptimo, de los cuales deberían haber desarrollado completamente el quinto en la Tierra. Deberían haber alcanzado su séptimo principio; pero estos seres luciféricos no lo hicieron. Apenas evolucionaron el quinto o el sexto; y así no se detuvieron con el cuarto, pero no llevaron al cuarto al desarrollo completo, porque no anticiparon los principios quinto, sexto y séptimo, sino que se detuvieron con el quinto o el sexto.

Distinguimos entonces dos clases de estos seres lunares: Primero, aquellos que habían desarrollado solo su quinto principio, de modo que eran lo que seríamos los seres humanos si desarrolláramos el Yo Espiritual en la sexta era post-Atlante, y luego dejáramos de hacerlo y no desarrolláramos los principios sexto y séptimo. Tengamos presente esta clase única, que como seres luciféricos había desarrollado su quinto principio; y luego noten otra clase de seres de la Antigua Luna del tipo Luciférico que desarrollaron su sexto principio pero no el séptimo. Hubo tales en el comienzo de la evolución de la Tierra, cuando el hombre comenzó el desarrollo de su yo. Entonces podemos preguntar: ¿Cuál era la situación con respecto a estos seres al comienzo de la evolución de la Tierra? Había seres allí que ansiosamente esperaban desarrollar su sexto principio durante la evolución de la Tierra, seres de tipo luciférico, que en la Antigua Luna habían evolucionado solo hasta su quinto principio y deseaban desarrollar su sexto sobre la Tierra. Y había seres de la segunda clase, que ya habían desarrollado su sexto principio en la Antigua Luna, y que deseaban desarrollar su séptimo en la Tierra. Esperaban eso de la evolución de la Tierra. Luego estaba el hombre, que vino con tres principios, para desarrollar el cuarto.

De modo que podemos distinguir a los seres humanos que esperan la oportunidad de desarrollar su yo, los seres Luciféricos que esperan evolucionar su sexto principio y los seres Luciféricos que evolucionarían a su séptimo. No haremos caso de aquellos que estaban listos para desarrollar el quinto, pero los hubo.

Ahora ven que hemos distinguido tres clases, por así decirlo, de seres terrestres microcósmicos, tres clases de seres que llegaron a la escena de la evolución de la Tierra. De las tres clases, sin embargo, solo una podía ganar un cuerpo físico para sí mismo en la Tierra; porque las condiciones que la Tierra presenta para el desarrollo de un cuerpo físico carnal solo pueden ser provistas en conformidad con toda su relación terrenal con un cuarto principio humano. Solo ese ser podría adquirir un cuerpo físico para sí mismo si deseaba desarrollar su cuarto principio como yo. Los otros seres, que deseaban desarrollar un sexto y un séptimo principio, no podían obtener cuerpos físicos para ellos mismos. Porque no había posibilidad en la Tierra de una adquisición directa de cuerpos humanos físicos para los seres que entraron en esta evolución de la Tierra tan inadaptados a ella. Tal posibilidad para la adquisición directa de tal cuerpo físico no existe. ¿Qué tuvieron que hacer estos seres?.

Tuvieron que decirse a sí mismos: por supuesto, no podemos tener acceso directo a un cuerpo físico humano que consiste en carne y huesos, ya que tales cuerpos son para seres humanos que desean desarrollar su yo. Por lo tanto, debemos refugiarnos en una especie de cuerpo físico sustituto; debemos buscar a los seres humanos que pertenecen a los más desarrollados, es decir, aquellos que han evolucionado, digamos, su cuarto principio. Debemos infiltrarnos en estos seres humanos, y en ellos nuestra naturaleza debe trabajar de tal manera que puedan formar su sexto o séptimo principio.. La consecuencia de esto fue que entre los seres humanos comunes de la antigüedad aparecieron algunos que pudieron ser poseídos por seres Luciféricos superiores. Estos, naturalmente, estaban más elevados que el hombre, ya que debían formar su sexto o séptimo principio, y el hombre solo el cuarto. Tales seres superiores de tipo luciferino se movían en la Tierra en cuerpos humanos terrenales. Fueron los líderes de la humanidad de la Tierra; sabían y entendían mucho más, y podían hacer mucho más que otros hombres. Nos cuentan relatos de estos seres en cuentos y leyendas antiguas, y se cuenta de ellos que aquí y allá fueron fundadores de grandes ciudades, grandes líderes de pueblos, etc. No eran simplemente hombres normales en la Tierra, sino que eran hombres que estaban poseídos por seres superiores de tipo luciférico, —poseídos en el mejor sentido de la palabra. Solo podemos entender la evolución de la Tierra humana cuando tenemos en cuenta tales cosas.

Pero especialmente los menos evolucionados de estos seres, que no pueden obtener cuerpos humanos por sí mismos, siempre están tratando de continuar su evolución en los cuerpos de los seres humanos. Y eso es precisamente lo que hemos podido caracterizar. Los seres luciféricos siempre tuvieron el anhelo de continuar su evolución de la manera descrita, al poseer seres humanos; y todavía lo están haciendo. Lucifer y sus seguidores trabajan en el alma humana; somos el escenario para la evolución luciférica. Mientras que los seres humanos simplemente tomamos el cuerpo terrenal humano para desarrollarnos, estos seres luciféricos nos llevan y se desarrollan en nosotros. Y esa es la tentación de los seres humanos, que los espíritus Luciféricos trabajan en ellos.

Pero mientras tanto estos espíritus Luciféricos han avanzado, así como los seres humanos han avanzado; de modo que muchos de ellos que, digamos, cuando el hombre entró en el tiempo atlante, atravesaron el umbral listos para desarrollar su sexto principio, y ahora están formando el séptimo, aunque por supuesto esta evolución en la Tierra es anormal. Tal espíritu logra esto de la siguiente manera: toma posesión de un hombre, tal vez por unos pocos años, con el fin de hacer uso de las experiencias de este hombre, que por su parte está fomentando así su propia evolución. Esto no es nada malo en la naturaleza humana; porque dado que podemos hacer que el alma consciente se exprese en nuestro tiempo, podemos ser poseídos por espíritus Luciféricos que están desarrollando su séptimo principio. ¿En qué se convierte una persona cuando está poseído por un espíritu luciférico tan elevado? ¡En un genio! Pero porque como hombre está poseído, y la naturaleza humana real es irradiada por este ser superior, él no es práctico para los logros ordinarios, aunque trabaja en un reino como pionero y líder.

Uno no puede hablar del espíritu luciférico como si fuera algo totalmente odioso; porque como se desarrolla como un parásito al entrar en el ser humano, hace que el hombre poseído por él y bajo su influencia trabaje como un genio, como si estuviera inspirado. Entonces los espíritus Luciféricos son absolutamente necesarios, y los talentosos hombres de la Tierra son aquellos en quienes el espíritu luciférico está trabajando diligentemente, generalmente solo por un par de años. Si ese no fuera el caso, Eduard Schuré no habría podido describir a Lucifer con simpatía[1]; porque a Lucifer se le ha asignado una parte en el gran progreso cultural de la Tierra, y la estrechez de miras en el cristianismo tradicional de ver en lo Luciférico como al diablo malvado, esto no significa nada menos que el burdo filisteísmo… “La naturaleza es pecado, el Espíritu es demonio; atesoran entre ellos Duda, su hijo bastardo deforme” leemos en Fausto.   Ciertamente es apropiado para el estrecho cristianismo tradicionalmente formado llamar a Lucifer el diablo y odiarlo; pero el que tiene una comprensión de la evolución humana sabe que el principio luciférico funciona en el genio. Es apropiado que el científico espiritual mire estas cosas directamente a la cara. Y no deberíamos tener ningún incentivo para elevarnos a nuestros principios quinto y sexto, si estos espíritus no nos empujaran hacia adelante. Son los espíritus Luciféricos a quienes realmente debemos el empuje directo, dado que ellos buscan de ese modo su propia evolución, y por medio de los cuales nosotros mismos nos capacitamos para crecer más allá de nuestro Yo. Se dice trivialmente que poetas, genios y artistas crecen por encima del Yo humano estrechamente confinado.

Así que admiramos a los espíritus Luciféricos de cierta manera como a los líderes de los hombres. Debemos liberarnos de la estrechez, de todo el cristianismo ortodoxo que llama a Lucifer solo un demonio digno de odio. Debemos reconocer el carácter liberador del principio luciférico, que también ha sido ordenado por los dioses buenos; porque nos lleva más allá de nosotros mismos durante la evolución de la Tierra, de modo que anticipamos proféticamente lo que nos llegará como nuestra posesión solo durante Júpiter, y así sucesivamente. Así existe realmente sobre la Tierra una influencia recíproca de seres microcósmicos, que estuvieron presentes al comienzo de la evolución de la Tierra  —una influencia tan recíproca que los seres humanos son llevados adelante, mientras están desarrollando su propio yo, por seres relacionados con ellos de tal forma que debe admitirse que son más elevados que el hombre, ya que han desarrollado su quinto principio y están desarrollando el sexto, o ya están evolucionando el séptimo, mientras que el hombre solo está trabajando en el cuarto. Entonces en estos seres luciféricos vemos seres sobrehumanos: seres sobrehumanos microcósmicos.

Y ahora nos desviaremos de estos seres espirituales a quienes consideramos Luciféricos, y consideraremos la naturaleza de Cristo.

El Cristo es radicalmente diferente de otros seres que comparten la evolución de la Tierra. Él es un Ser de un orden completamente diferente; Él es un Ser que permaneció atrás, no solo durante la evolución de la Luna, como lo hicieron los espíritus Luciféricos, sino que, previendo la evolución de la Luna, en realidad se quedó atrás aún más temprano, es decir, durante la antigua evolución del Sol; y fue a partir de una cierta sabiduría segura muy por encima del humano que se quedó atrás durante la antigua evolución del Sol. No podemos considerar este Ser como microcósmico en el sentido que se aplica a los otros seres que hemos estado considerando; porque tenemos que considerar como seres microcósmicos a aquellos que estuvieron conectados con esta evolución de la Tierra desde su comienzo. El Cristo no estaba directamente relacionado con la evolución de la Tierra, sino con la evolución del Sol. Era un Ser macrocósmico desde el comienzo de la evolución de la Tierra en adelante, un Ser que estuvo expuesto a condiciones de evolución completamente diferentes de las de los seres microcósmicos. Y sus condiciones evolutivas eran de un tipo especial; eran tales que este Ser Crístico macrocósmico evolucionó el Yo Macrocósmico fuera de las condiciones terrenales. Para esta evolución de Cristo era normal llegar a la perfección del Yo, fuera de la Tierra, un Yo de tipo macrocósmico, y luego descender a la Tierra. Y así, para la evolución del Ser de Cristo, era normal, cuando Él descendió del macrocosmos a nuestra Tierra, traer a ella el gran impulso del Yo macrocósmico, para que el yo microcósmico, el yo humano, pudiera tomar ese impulso, y ser capaz de avanzar en su evolución. Era normal que el Cristo tuviera el impulso del Yo macrocósmico, —no el impulso del Yo microcósmico—, tan evolucionado como el hombre sobre la Tierra había desarrollado el yo microcósmico. Así, el Ser Crístico es un Ser que en cierto sentido es como el ser humano, solo que el hombre es microcósmico y ha expresado sus cuatro principios microcósmicamente, y por lo tanto también tiene su yo microcósmico como yo terrestre, —pero el Cristo como Yo Cósmico. Su evolución fue tal que Él era grandioso y significativo debido al desarrollo perfecto de este Yo que trajo a la Tierra. Y no tenía el quinto principio macrocósmico, ni el sexto, porque los desarrollará en Júpiter y en Venus, para poder donárselos al hombre.

El Cristo, entonces, es un Ser de cuatro miembros, incluido Su Yo macrocósmico, así como el hombre mismo es microcósmicamente un ser de cuatro miembros. Y como el hombre durante el tiempo de la Tierra tiene como misión el desarrollo de su yo, para poder recibirlo, así Cristo tuvo que desarrollar su Yo, para poderlo entregar. Cuando descendió a la Tierra, todo su ser fue empleado para expresar su cuarto principio en la forma más perfecta posible. Ahora cada principio macrocósmico tiene una relación interna con el principio microcósmico correspondiente; el cuarto principio macrocósmico en Cristo corresponde al cuarto principio microcósmico en el hombre, y el quinto en Cristo corresponderá al Yo Espiritual del hombre.

Así, el Cristo entró en su curso terrenal en el sentido de que llevo al hombre del Macrocosmos lo que el hombre habría de desarrollar microcósmicamente; solo Cristo lo trajo como un principio macrocósmico. Él entró en la evolución de la Tierra de tal manera que durante su curso no tendría un quinto, sexto y séptimo principio como su posesión personal, así como el hombre en su camino no los posee.

El Cristo es un Ser que había evolucionado macrocósmicamente hasta el cuarto principio, y la evolución de su cuarto principio durante el curso de la Tierra consiste en otorgarle al hombre todo lo que le permitirá evolucionar su yo.

Si hacemos un estudio completo, tenemos al comienzo de la evolución de la Tierra tres clases de seres: seres humanos que debían llevar su cuarto principio al desarrollo completo en la Tierra; una clase de seres luciféricos que desarrollaron su sexto principio; y una clase de seres luciféricos que iban a desarrollar su séptimo principio, seres que, porque estaban listos para desarrollar sus principios sexto y séptimo, estaban más elevados que el hombre, de hecho, estaban muy por encima del hombre en este aspecto. Pero también se ubicaron por encima de Cristo en este aspecto; porque el Cristo debía manifestar Su cuarto principio en la Tierra, entregándolo a la humanidad. No será el Cristo, digamos, el que acelerará al hombre en el futuro para llevar a la expresión algo que no sea el verdadero yo, el ser humano más intimo, a alcanzar etapas cada vez más elevadas. Serán los espíritus Luciféricos los que guiarán al hombre más allá de sí mismo en cierto sentido.

Cualquiera que mire el asunto superficialmente puede decir:

 “Por supuesto, entonces el Cristo está más abajo que, por ejemplo, los espíritus Luciféricos” … porque el Cristo vino a la tierra con algo que está completamente relacionado con el cuarto principio del hombre.

Por esa razón, Él no está en absoluto capacitado para guiar al hombre sobre sí mismo, sino solo a que llegue más profundamente a su propio ser anímico;  Él está capacitado para guiar cada vez más al alma individual del hombre hacia sí mismo. Los seres luciféricos han desarrollado los principios cuarto, quinto y sexto, y por lo tanto, en cierto modo, están más elevados que el Cristo. Prácticamente, eso trabajará en el futuro de modo que a través de la admisión del principio de Cristo en la naturaleza humana, esta naturaleza humana se profundizará cada vez más, tomará más y más luz y amor en su propio ser; hasta que el ser humano pueda sentir que la Luz y el Amor le pertenecen. La profundización inconmensurable del alma humana: ese será el regalo del Impulso de Cristo, que será eterno. Y cuando venga el Cristo, ya que esa venida ha sido representada en muchas conferencias, entonces Él trabajará solo en la profundización de las almas humanas. Los otros espíritus que tienen principios más elevados que Cristo, aunque solo sean principios microcósmicos, conducirán en cierto sentido al hombre más allá de sí mismo. El Cristo profundizará la vida interior del hombre, pero también lo hará humilde; los espíritus Luciféricos llevarán al hombre más allá de sí mismo, y lo harán sabio, inteligente, talentoso, pero también en cierto sentido altivo; le enseñarán que podría convertirse en algo sobrehumano incluso durante la evolución de la Tierra. Por lo tanto, todo lo que en el futuro llevará al hombre a elevarse por encima de sí mismo, por así decirlo, lo que lo hará orgulloso de su propia naturaleza humana, incluso aquí en la Tierra —ese será un impulso Luciférico; pero lo que hace a un hombre más profundamente sincero, el que lleva su vida interior a profundidades que solo pueden alcanzarse mediante el desarrollo completo del cuarto principio —eso viene de Cristo.

Las personas que miran el asunto superficialmente dirán que Cristo realmente se encuentra más bajo que los seres luciféricos, porque Él ha desarrollado solo el cuarto principio, y los otros, los principios superiores. Pero la diferencia es que estos otros seres traen los principios superiores como algo parasitario, injertados en la naturaleza humana; y el Cristo trae el cuarto principio de tal manera que penetra en la naturaleza humana, echa raíces en ella y la llena de poder. Como el cuerpo carnal de Jesús de Nazaret estuvo una vez permeado y potenciado por el cuarto principio macrocósmico, así también los cuerpos de aquellos que acogen a Cristo en sí mismos estarán impregnados por el cuarto principio macrocósmico. Así como el cuarto principio macrocósmico es el don de Cristo, así también el sexto y el séptimo principio serán los dones de los espíritus Luciféricos. Para que en el futuro, y en ese momento se esté preparando, podamos experimentar que las personas que carecen de comprensión dirán: Si examinamos los Evangelios, o de otra forma permitimos que trabaje sobre nosotros lo que Cristo dio a la humanidad, vemos que en relación con esto a Sus enseñanzas, Él no tiene el rango más alto que quizás otros seres espirituales que están conectados con la humanidad… Son más elevados que el hombre de cierta manera. No pueden penetrar al hombre completo, pero se enraízan en su intelecto, ¡lo convierten en un genio! Y el que solo observa externamente dice que estos seres están más elevados que el Cristo… Y llegará el momento en que el más poderoso, el más significativo de estos espíritus Luciféricos, que desean llevar a la gente más allá de ellos mismos, por así decirlo, será exaltado y considerado como un gran líder humano; y se dirá que lo que el Cristo pudo proporcionar fue realmente solo un puente. Ahora ya hay personas que dicen: ¡a qué ascienden las enseñanzas de los Evangelios! Los hemos superado. —Como se ha dicho, los hombres apuntarán a un espíritu elevado, versátil, un espíritu de genio, que tomará posesión de una naturaleza carnal humana, que impregnará con su genio. ¡Se dirá que él supera incluso al Cristo! Porque el Cristo fue quien dio la oportunidad de desarrollar el cuarto principio; pero este da oportunidad durante la evolución de la Tierra para alcanzar el séptimo principio.

Así se enfrentarán el Espíritu de Cristo y el espíritu de este ser: el Espíritu de Cristo, de quien la humanidad puede esperar recibir el poderoso impulso macrocósmico de su cuarto principio, y el Espíritu Luciférico, que deseará de alguna manera guiar a la humanidad más allá de esto.

Si las personas estuvieran de acuerdo en que debemos adquirir de los espíritus Luciféricos solo aquello a lo que podemos mirar de la misma manera en que miramos hacia abajo a nuestra naturaleza inferior… entonces estarían haciendo lo correcto. Pero si la gente viniera a decir: Ves que el Cristo da solo el cuarto principio, mientras que estos espíritus dan el sexto y el séptimo… las personas que piensan así acerca de Cristo adorarán y ensalzarán… al Anticristo.

Por lo tanto, la posición del Anticristo hacia Cristo se hará sentir en el futuro. Y con el intelecto externo, con la sabiduría externa, uno no podrá desafiar tales cosas; porque será posible producir mucho que desde el punto de vista del intelecto y el talento será más inteligente en el Anticristo que el que fluirá cada vez más en el alma desde el Cristo, como el más alto principio humano. Porque Cristo trae al hombre el cuarto principio macrocósmico —ya que es macrocósmico, es infinitamente más importante que todos los principios microcósmicos; es más fuerte que ellos, a pesar de que está relacionado con el yo humano, más fuerte que todos los demás que se puedan obtener durante la evolución de la Tierra; aún así, debido a que es solo el cuarto principio, se lo considerará menor que el quinto, sexto y séptimo, que provienen de los espíritus Luciféricos; y especialmente más bajo que el que proviene del Anticristo.

Es importante que, sobre la base de la ciencia espiritual, se perciba que esto es así. Con respecto a la teoría copernicana, que ha puesto a la Tierra en movimiento, por así decirlo, la ha arrebatado del reposo en el que antes se había colocado, y la ha guiado alrededor del sol; que ha mostrado cómo la Tierra es un grano de polvo en el universo; con respecto a esta teoría se pregunta: ¿cómo puede existir junto a esto la idea cristiana? Se construye una contradicción entre el pensamiento cristiano y esta ciencia natural, porque se dice que en tiempos antiguos los hombres podían mirar hacia arriba a la cruz del Gólgota y a Cristo; porque la Tierra les parecía el lugar elegido para salir de todo el Universo, y los otros cuerpos cósmicos les parecían pequeños, y realmente existían por el bien de la Tierra. La Tierra entonces apareció al hombre —así podría decirse— digna de llevar la cruz del Gólgota! Pero cuando la teoría copernicana se apoderó de los espíritus de los hombres, empezaron a burlarse y a decir: los otros cuerpos cósmicos deben tener al menos un significado equivalente con la Tierra, por lo que el Cristo debe haber pasado de un cuerpo cósmico a otro; pero dado que los otros cuerpos del mundo son mucho más grandes que la Tierra, ¡sería realmente extraño que el Dios-hombre debería realizar Su obra de redención en la pequeña Tierra! Un erudito escandinavo realmente dijo esto. Opinaba que, con el drama de Cristo, era como si un drama poderoso se presentara en un pequeño escenario en un suburbio, o en un teatro de pueblo, en lugar de presentarse en un gran escenario en una ciudad capital. Él dijo: “Es absurdo que el drama más grande del mundo no deba realizarse sobre un gran cuerpo cósmico. ¡Es exactamente como si una gran producción no se diera en un teatro espléndido, sino en un miserable teatro de pueblo!.

Tal discurso es, por supuesto, muy peculiar, pero podemos responder que la leyenda cristiana se ha ocupado de que nada tan tonto pueda decirse; porque ni siquiera ha colocado la escena de este drama en un lugar espléndido en la Tierra, sino solo en un establo pobre. Ese hecho ya muestra que no debe hacerse ninguna objeción como la del erudito escandinavo. La gente no considera qué intrascendentes son con sus pensamientos peculiarmente sabios. La idea no tiene ningún efecto en la presencia de la gran verdad simple que se da en la leyenda cristiana. Y si esta leyenda cristiana establece la escena del nacimiento de Jesús, no en una espléndida e importante ciudad capital de la Tierra, sino en un establo pobre, entonces no parece absurdo que, en contraste con los cuerpos cósmicos más grandes, la Tierra debería haber sido elegida como el lugar para llevar la cruz. En general, el método por el cual las enseñanzas cristianas a su manera exponen lo que el Cristo tuvo que traer a la humanidad, es una indicación de la gran enseñanza que la ciencia espiritual nos debe dar de nuevo hoy.

Si permitimos que los Evangelios trabajen sobre nosotros —podemos buscar allí las verdades más profundas de la ciencia espiritual, como hemos visto a menudo— pero, ¿cómo se contienen estas grandes verdades en los Evangelios? Bien, podría decir que si aquellas personas que no tienen una chispa del Impulso Crístico en ellos deben entenderse con lo que está en los Evangelios, absolutamente deben desordenar sus cerebros; ¡incluso deben haber desarrollado un cierto genio! Por el hecho de que tan poca gente entiende la interpretación científica espiritual de los Evangelios, incluso en el más mínimo grado, se puede deducir que la conciencia humana normal no es capaz de ello. A través de las fuerzas luciféricas, con el desarrollo del genio, los Evangelios pueden entenderse de una manera puramente superficial; pero a medida que se presentan, ¿cómo nos confrontan estas verdades? Vienen a nosotros como si brotaran adelante —el bien más perfecto y más elevado— directamente del Ser de Cristo —sin esfuerzo o esfuerzo de ningún tipo— y hablando de tal manera a los corazones que se dejan impregnar por el Impulso de Cristo, las almas se iluminan y se calientan de principio a fin. La forma en que las mayores verdades se presentan al hombre es lo opuesto al método inteligente. El método en los Evangelios toma en cuenta el hecho de que en el modo directo, original y elemental en que brotan estas verdades, perfectas, desde el cuarto principio macrocósmico en Cristo Jesús, pasan inmediatamente al pueblo. De hecho, incluso se ha tenido cuidado de que la astucia del hombre, la sagacidad de todo el Luciferino en la evolución humana, dé una explicación sofística de estas palabras de Cristo, y que solo gradualmente podamos ganar a través de su simplicidad y grandeza, su carácter fundamental. Y como con las palabras de Cristo, así también con los hechos concernientes a Cristo.

Si presentamos tal hecho, digamos, como la Resurrección, por medio de la ciencia espiritual, ¿qué extraño hecho enfrentamos? Un teósofo alemán muy importante dijo, incluso en la tercera década del siglo XIX, que se puede ver cómo el intelecto humano está siendo cada vez más penetrado por el principio luciférico. Este era Troxler. Dijo que el intelecto humano era completamente luciférico en todo lo que comprende. En general es difícil hacer referencia directa a las verdades teosóficas más profundas; pero aquellos de ustedes que asistieron a mi curso de conferencias en Praga[2] recordarán que me referí a Troxler en ese momento, para mostrar cómo él ya sabía lo que ahora se puede enseñar sobre el cuerpo del éter humano; dijo que el intelecto humano está impregnado por las fuerzas luciféricas. Si hoy, sin tener en cuenta las fuerzas luciféricas, comprendamos la resurrección con buenas fuerzas teosóficas, entonces debemos señalar el hecho de que en el bautismo de Juan en el Jordán ocurrió algo significativo: que entonces los tres cuerpos del niño Jesús de Lucas fueron impregnados por el Ser Crístico macrocósmico, que vivió durante tres años en la Tierra, y luego estos cuerpos pasaron por el Misterio del Gólgota con este Ser Crístico. El desarrollo de Cristo Jesús durante los tres años fue naturalmente diferente del de otros hombres. Debemos investigar acerca de este desarrollo, de modo que, yendo a los hechos fundamentales, y con los principios de la ciencia espiritual, podamos comprender lo que realmente fue la resurrección.

Jesús de Nazaret estaba junto al Jordán. Su yo se separó del cuerpo físico, el cuerpo etérico y el cuerpo astral, y el Yo Crístico Macrocósmico descendió, tomó posesión de estos tres cuerpos y luego vivió hasta el 3 de abril del año 33, como hemos podido determinar. Pero era un tipo de vida diferente; porque, a partir del bautismo, esta vida de Cristo en el cuerpo de Jesús de Nazaret fue un proceso de muerte lenta. Con cada período de tiempo que avanza durante estos tres años, algo de las envolturas de Jesús de Nazaret murió, por así decirlo. Poco a poco estas envolturas murieron, de modo que después de tres años, el cuerpo entero de Jesús de Nazaret ya estaba cerca de la condición de un cadáver, y solo se mantuvo unido por el poder del Yo Crístico Macrocósmico. No deben suponer que este cuerpo en el que el Cristo vivió era como cualquier otro cuerpo, digamos un año y medio después del bautismo de Juan en el Jordán (ver Nota 2); estaba en tal estado que un alma humana ordinaria habría sentido de inmediato que se estaba alejando de él, porque solo podía mantenerse unido por el poderoso Yo macrocósmico del Cristo. Fue una muerte constante y lenta, que continuó durante tres años. Y este cuerpo había llegado al borde de la disolución cuando tuvo lugar el Misterio del Gólgota. Entonces solo era necesario que aquellas personas mencionadas en la narrativa vinieran al cuerpo con su extraña preparación de especias y produjeran una unión química entre estas sustancias especiales y el cuerpo de Jesús de Nazaret, en el cual el Ser Crístico Macrocósmico había morado por tres años, y que luego deberían colocarlo en la tumba. Se necesitaba muy poco para hacer que este cuerpo se convirtiera en polvo; y el Espíritu de Cristo se vistió con un cuerpo etérico condensado, podría decirse, a la visibilidad física. Entonces el Cristo resucitado estaba envuelto en un cuerpo etéreo condensado a la visibilidad física; y así Él anduvo y se apareció a aquellos a quienes Él podría aparecer. Él no era visible para todos, porque en realidad era solo un cuerpo etéreo condensado que el Cristo soportó después de la resurrección; pero lo que se había colocado en la tumba se desintegró y se convirtió en polvo. Y de acuerdo con las últimas investigaciones ocultas, se confirma que hubo un terremoto. Fue asombroso para mí descubrir, después de haber descubierto por una investigación oculta que se había producido un terremoto, que esto se indica en el Evangelio de Mateo. La Tierra se dividió y el polvo del cadáver cayó y se unió a toda la sustancia de la Tierra. Como consecuencia de la sacudida violenta de la tierra, las ropas fueron colocadas como se decía que habían sido encontradas, según la descripción en el Evangelio de Juan. Está maravillosamente descrito en el Evangelio de San Juan.

De esta manera, debemos entender la Resurrección de forma oculta, y no necesitamos entrar en contradicción con los Evangelios. A menudo he llamado la atención sobre el hecho de que María Magdalena no reconoció a Cristo cuando la conoció. ¿Cómo es posible que uno no reconozca nuevamente a alguien a quien había visto solo unos días antes, especialmente si él era una personalidad tan importante como lo fue Cristo Jesús? Si se dice que María Magdalena no lo conoció, entonces debe haberse presentado a ella en otra forma. Ella lo reconoció solo cuando lo escuchó hablar. Entonces ella se dio cuenta de él.

 Y todos los detalles de los Evangelios son completamente comprensibles de manera oculta.

Pero alguien podría decir que Tomás fue desafiado por el Cristo resucitado, cuando se apareció a los discípulos, para sentir las cicatrices con sus manos… entonces se debe suponer que las cicatrices aún estaban allí, que Cristo había venido a los discípulos con el mismo cuerpo que se había resuelto en polvo. ¡No! Imaginen que alguien tiene una herida: entonces el cuerpo etérico se contrae de una manera especial y forma una especie de cicatriz. Y de este cuerpo etérico especialmente contraído, fueron sacados los constituyentes del nuevo cuerpo etérico con el que el Cristo se vistió, estas marcas de las heridas se hicieron visibles, eran manchas peculiarmente engrosadas … por lo que incluso Tomas podía sentir que estaba lidiando con una realidad.

Este es un pasaje notable en el sentido oculto. No contradice de ninguna manera el hecho de que tenemos que ver con un cuerpo etérico, condensado a la visibilidad por la fuerza de Cristo; y que entonces también podría ocurrir la escena de Emaús. Encontramos que se describe en el Evangelio, no como una recepción ordinaria de alimento, sino una disolución de la comida directamente por el cuerpo etérico, a través de las fuerzas de Cristo, sin la cooperación del cuerpo físico.

elcamino de emaus

Todas estas cosas se pueden entender hoy a través de principios ocultos, sobre la base de la ciencia espiritual. Además de los pasajes mal traducidos, los Evangelios se pueden entender literalmente de cierta manera. Todo se vuelve claro de una manera maravillosa, y cualquiera que haya comprendido esto se dirá a sí mismo, cuando advierta una contradicción: “Soy demasiado estúpido para esto”. No siente que sea tan inteligente como los teólogos modernos, que diga: “¡No somos capaces de comprender la Resurrección como se describe en los Evangelios!”… Pero podemos comprenderla exactamente así, cuando entendemos los principios.

¿Cómo trabaja todo lo que ahora se ha dicho que funciona sobre la razón humana?.Bueno, afecta a las personas de tal manera que dicen: “Si voy a creer en la Resurrección, entonces tendré que desbaratar todo lo que he ganado hasta ahora a través de mi razón. Eso no lo puedo hacer. Por lo tanto, la Resurrección debe ser borrada”- La razón que habla así está tan impregnada por Lucifer que no puede comprender estas cosas. Tal razón vendrá a rechazar cada vez más el lenguaje y los hechos elementales, efectivos y grandiosos de tiempos anteriores, y aquellos relacionados con el Misterio del Gólgota. Pero se pedirá a la ciencia espiritual que comprenda estas cosas, incluso hasta en los detalles más pequeños. No rechazará lo que, como quinto, sexto y séptimo principios, puede trascender el cuarto principio macrocósmico. Sin embargo, verá en el cuarto principio macrocósmico el mayor impulso que se le ha dado a la evolución de la Tierra.

Pero de esto se ve que de cierta manera no es exactamente fácil entender la evolución de Cristo dentro de la tierra, porque en cierto sentido se justifica la objeción de que espíritus particulares, espíritus Luciféricos, conducen a otros principios, pero solo a principios microcósmicos. Expresé eso antes cuando dije: El Cristo es una especie de punto focal, en el cual el Ser trabaja a través de Su obra, el Ser trabaja a través de lo que Él es. Alrededor del Cristo se sientan los doce Bodhisattvas del mundo, sobre los cuales fluye lo que fluye de Cristo, y quienes lo elevan, en el sentido de mayor sabiduría, a principios superiores. Pero todo fluye del cuarto principio, incluso sobre los principios más elevados, en la medida en que estos se desarrollan en la Tierra. En esta cuenta hay mucho error con respecto a la singularidad de Cristo, porque no hay una comprensión clara de que en Cristo tenemos, sin duda, que ver con el cuarto principio, pero con el Cuarto Principio Macrocósmico, e incluso aunque se pueden desarrollar principios más elevados, estos son solo los principios microcósmicos de seres que no han llegado a un desarrollo completo en la Luna, pero que a su manera trascienden lo humano. Debido a que llegaron a desarrollarse durante la evolución de la Luna, desarrollaron en su parte de la Luna lo que los seres humanos deben evolucionar solo sobre la Tierra.

Debemos llegar a un entendimiento de tales cosas si queremos comprender el verdadero lugar del principio de Cristo dentro de nuestra evolución de la Tierra, si pudiéramos ver claramente por qué el Anticristo en el futuro será considerado más altamente en muchos aspectos que el mismo Cristo. El Anticristo quizás sea más inteligente, posea más genio que Cristo; él ganará un seguimiento poderoso; pero los científicos espirituales deben estar preparados de antemano para no ser engañados por lo que ahora se ha caracterizado. Más que todo lo demás, será necesario estar firmemente establecido en los buenos principios de la ciencia espiritual, para no ser engañados en este ámbito. Fue la principal misión de ese esoterismo que se desarrolló en Occidente desde el siglo XII, y sobre el cual se ha dicho mucho, aclarar claramente lo que se debe decir sobre la naturaleza de Cristo en este sentido. De modo que aquel que está firmemente establecido en este esoterismo reconocerá más y más claramente que es una posición focal la que el Cristo ocupa en la evolución de la Tierra. Y con respecto a todas las llamadas reencarnaciones de Cristo en nuestra tierra, uno puede presentar esta comparación bastante simple: así como un equilibrio debe ser sostenido en un solo punto, y no en dos o varios, la evolución de la Tierra debe tener un impulso básico. Y cualquiera que admite varias encarnaciones de Cristo comete el mismo error ya que el que supone que la balanza para funcionar correctamente deben tener dos puntos de apoyo. Cuando esto se hace, ya no es una balanza. Y cualquiera que haya andado por la Tierra en varias encarnaciones, ya no sería Cristo. Ese es un hecho que cada ocultista bien instruido instará con respecto a la naturaleza de Cristo. Por lo tanto, mediante una simple comparación, siempre podemos señalar la singularidad de la naturaleza de Cristo; y aquí los Evangelios y la Ciencia Espiritual están en completo acuerdo.

Traducido por Gracia Muñoz en Septiembre de 2018.

[1] Drama de Eduard Schuré: Die Kinder des Luzifer. Presentado en alemán por miembros de la Sociedad Antroposófica, en presencia del poeta, Munich, 1909 y 1910.

[2] https://wn.rsarchive.org/Lectures/GA128/English/RSPC1951/OccPhy_index.html

Esta entrada fue publicada en Planetas.

3 comentarios el “GA130. El Yo Cósmico y el Yo Humano. La naturaleza de Cristo resucitado

  1. Hugo Jaramillo Tobar dice:

    Muchas Gracias. Saludos. Hugo

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