GA154c4. La presencia de los muertos en nuestra vida

Del ciclo: La Presencia de los Muertos en el Camino Espiritual

Rudolf Steiner— París, 25 de Mayo de 1914

English version

En primer lugar, queridos amigos, quiero decirles que me alegra mucho que nos encontremos hoy en esta rama de la Sociedad Antroposófica. Recuerdo con gran satisfacción nuestra reunión del año pasado, y mi saludo al comienzo de esta conferencia es tan cordial y sincero como ese recuerdo[i].

Hoy quiero hablar de un tema estrechamente relacionado con el núcleo de nuestro movimiento antroposófico. Todos los resultados de nuestro movimiento espiritual se basan en la investigación que se puede llamar clarividente. Aunque a menudo he enfatizado que nuestro corazón, mente y sentimientos son afectados principalmente por las verdades antroposóficas, no podemos ignorar que estas verdades dependen de la investigación clarividente, que es una expresión de una condición del alma diferente a la de la vida cotidiana. Parece que nos aleja de las cosas que nos parecen tan importantes en la vida cotidiana, pero en realidad la investigación clarividente nos lleva directamente al corazón de la vida verdaderamente humana.

Hoy, no quiero hablar de los caminos de la investigación clarividente, ya que los he descrito en el libro “Como se adquiere el Conocimiento de los Mundos Superiores”[ii]. Más bien, me gustaría caracterizar la condición y el estado de ánimo del alma que se desarrolla como consecuencia de esta investigación.

De hecho, debemos tener en cuenta que si seguimos los caminos de la investigación clarividente, nos sentiremos completamente diferentes de nuestro yo habitual. Lo que sucede con nuestra alma cuando se convierte en clarividente se puede comparar con nuestros sueños, que son como la clarividencia sustituta. Cuando soñamos, vivimos en un mundo de imágenes, que no contiene nada de lo que llamamos “la sensación de tocar un objeto fuera de nosotros”. En nuestros sueños no hay nada que podamos comparar con la conciencia del yo normal. Si algún aspecto de nuestro yo aparece en nuestros sueños, parece estar separado de nosotros, casi como otro ser esta fuera de nosotros. Nos enfrentamos a nuestro yo como una entidad separada. Así, podemos hablar de una duplicación del yo. Sin embargo, en los sueños sólo percibimos la parte de nosotros mismos que ha separado, no el yo subjetivo. Todas las afirmaciones aparentemente contradictorias de lo que acabo de decir se remontan al hecho de que la mayoría de las personas sólo conocen sus sueños de memoria y no pueden recordar que en el sueño real se extinguió el yo subjetivo.

Las imágenes de la investigación clarividente se parecen a los sueños porque el sentido del tacto y el yo subjetivo está ausente. Un clarividente que recuerda sus experiencias debe sentir que la realidad clarividente es permeable y, a diferencia de los objetos físicos, no ofrece resistencia al tacto. En el mundo físico tenemos conciencia del yo porque sabemos: estoy aquí, el objeto está fuera de mí. Sin embargo, en la percepción clarividente estamos dentro del objeto, no separados de lo que percibimos. En consecuencia, los objetos individuales no son fijos y distintos como los físicos, sino que están en continuo movimiento y transformación. Los objetos en el mundo físico están fijos porque podemos tocarlos y porque nos ofrecen límites, que no tienen los objetos de percepción clarividente. El mismo acto que hace que nuestro yo se fusione con los objetos, la percepción clarividente también nos obliga a ser muy cuidadosos cuando encontramos lo que llamamos en el mundo físico otro yo, otro ser humano.

Veamos primero lo que sucede cuando nos encontramos con una persona que ha muerto a través de nuestras facultades clarividentes. Tal encuentro puede ocurrir cuando la figura del fallecido se nos acerca a la percepción clarividente como una imagen de sueño muy vívida, mirando cada  parte que nosotros  recordamos que la persona miraba en la vida. Sin embargo, este no es el tipo habitual de tales encuentros, es una rara excepción.

Otra posibilidad es que percibamos clarividentemente a una persona muerta que ha tomado la forma de un individuo vivo u otro muerto, y por lo tanto no aparece en su propia forma. La aparición del difunto, entonces, es de muy poca relevancia para identificarlo. Tal vez nos gustaba especialmente una persona ya muerta o tenemos una amistad particularmente estrecha con una viva; El difunto que se nos acerca puede tomar la forma de cualquiera de esos otros individuos. En otras palabras, carecemos de todos los medios habituales para identificar el yo y la apariencia de una persona en el mundo físico. Nos ayudará a encontrar la manera de recordar que la apariencia o la forma no son importantes en absoluto; el ser nos encuentra de una forma u otra, y tenemos que tener en cuenta lo que hace este ser. Si nos tomamos nuestro tiempo y observamos cuidadosamente la imagen que tenemos ante nosotros, nos daremos cuenta de que, sobre la base de todo lo que sabemos sobre el individuo en cuestión, esta persona no podría actuar como lo hace en la esfera del clarividente; sus acciones están totalmente fuera de lugar. A menudo encontraremos una contradicción entre la persona que aparece ante nosotros y sus acciones. Si permitimos que nuestros sentimientos acompañen estas acciones, ignorando la apariencia del individuo, tendremos un sentido en las profundidades de nuestra alma diciéndonos con qué seres nos enfrentamos. Permítanme repetir que nos guiamos por un sentimiento que surge de las profundidades de nuestra alma, porque eso es muy importante. La apariencia del individuo en la esfera clarividente parece asemejarse a una figura física, pero puede ser tan diferente del ser realmente presente como los signos de la palabra “casa” son de la casa real. Puesto que podemos leer, no nos concentramos en los signos que componen la palabra “casa” y no describimos la forma de las letras, sino que en vez de eso nos acertamos al concepto de “casa”. De la misma manera, aprendemos en la verdadera clarividencia el movimiento de la figura que percibimos al ser real. Por eso hablamos de leer el guión oculto, en el verdadero sentido de la palabra. Es decir, nos movemos hacia adentro y activamente de la visión a la realidad que expresa, así como las palabras escritas expresan una realidad.

¿Cómo podemos desarrollar esta capacidad para ir más allá de la apariencia, la visión inmediata? Lo hacemos, sobre todo, mirando las nuevas ideas y conceptos que necesitaremos si queremos entender la esfera del vidente —nuevas, es decir, en contraste con las ideas que usamos en el mundo físico.

En el mundo físico miramos un objeto o un ser y decimos, con razón, que percibimos ese ser, ese objeto. Percibimos los reinos de las plantas, minerales y animales, el reino de los seres humanos físicos, así como las nubes, las montañas, los ríos, las estrellas, el sol y la luna. El sentimiento expresado en las palabras “percibo” sufre una transformación cuando entramos en la esfera clarividente.

Permítanme tratar de explicar esto con una analogía, aunque puede parecer simplista. Si fueras una planta, ¿cómo te relacionarías con las personas que te perciben? Si esta planta tuviera conciencia y pudiera hablar, tendría que decir: La gente me mira, yo soy percibida por ellos. Por supuesto, decimos: percibo la planta, pero en su nivel de conciencia, la planta tendría que decir que es percibida por los seres humanos. Es este sentimiento de ser percibido, mirado, que debemos adquirir en relación con los seres de la esfera clarividente. Por ejemplo, respecto a los seres de la primera jerarquía, los ángeles, debemos ser conscientes de que estrictamente hablando no es correcto decir “yo percibo un ángel”, pues tendríamos que decir “siento un ángel que me percibe”.

Basándonos en nuestra visión copernicana del mundo, sabemos muy bien que el sol no se mueve. Sin embargo, decimos que se eleva y se mueve a través del cielo, contradiciendo así nuestro buen conocimiento. Del mismo modo, en el lenguaje cotidiano podemos decir que vemos un ángel. Pero eso no es la verdad. De hecho, tendríamos que decir que nos sentimos vistos o percibidos por un ángel. Si decimos que experimentamos el ser de un ángel o de una persona muerta y podemos sentirlo, hablaríamos la verdad desde el punto de vista clarividente.

Tal vez un ejemplo de la observación clarividente les ayudará a entender esto. Hace más de diez años, al comienzo de nuestro trabajo con la ciencia espiritual, una querida amiga nuestra trabajó con nosotros por un corto tiempo. Esta individualidad poseía no sólo entusiasmo por lo que podríamos darle en las primeras etapas de la ciencia espiritual, sino también una profunda comprensión y sensibilidad artística. Uno no podía dejar de amar a esta persona, un amor que bien puede ser descrito como objetivo por sus cualidades. Habiendo trabajado con nosotros por un tiempo relativamente corto[iii] y habiendo aprendido mucho sobre los resultados de la ciencia espiritual, dejó el mundo físico. No hay necesidad de ir a los siguientes cuatro o cinco años después de su muerte, así que permítanme llegar directamente a lo que sucedió después de eso. En 1909, presentamos nuestros Dramas Misterio en Múnich, precedidas, para nuestro gran deleite, por “Los hijos de Lucifer” por nuestro muy respetado amigo Edouard Schuré[iv]. Independientemente de lo que piensen acerca de la forma en que se produjeron las obras, más tarde, tuvimos que presentarlas como lo hicimos. Las circunstancias en las que tuvimos que trabajar en las actuaciones fueron tales que necesitábamos un impulso del mundo espiritual, un impulso que también incluía el aspecto artístico que queríamos incorporar. Ahora, puedo asegurarles que incluso en ese momento, en 1909, y más aún en años posteriores, siempre sentí un impulso espiritual específico mientras trabajaba en los arreglos para las presentaciones.

Vean ustedes, cuando tenemos trabajo que hacer en el mundo físico, no solo necesitamos intelecto y habilidades, sino también la fuerza de nuestros músculos. Nuestros músculos nos ayudan objetivamente; Nos las dan, a diferencia de las capacidades intelectuales en las que vivimos. Ahora, al tratar los asuntos del espíritu, necesitamos fuerzas del mundo espiritual para combinar con las nuestras, al igual que necesitamos la fuerza de nuestros músculos para la acción física. En el caso que mencioné, el impulso la individualidad que había abandonado el mundo físico en 1904 entró más y más en nuestro trabajo artístico sobre las obras de Múnich. Para describir lo que sucedió, tendría que decir que los impulsos de esta individualidad bajaron del plano espiritual y fluyeron hacia mis intenciones, hacia mi trabajo. Ella fue la patrona de nuestro trabajo.

Desarrollamos los sentimientos correctos hacia los muertos si nos damos cuenta de que su mirada espiritual —si puedo usar esa expresión— y sus poderes se centran en nosotros; nos miran, actúan en nosotros y aumentan nuestra fuerza.

Para experimentar tal hecho espiritual de la manera correcta, necesitamos desarrollar un tipo muy específico de desinterés y una capacidad de amar. Por eso subrayé que uno podría amar a esa persona objetivamente, por así decirlo, por sus cualidades; Uno tenía que amarla por lo que era ella. Un amor subjetivo, un amor que surge de las necesidades personales, puede ser fácilmente egoísta y potencialmente puede impedirnos encontrar la relación correcta con una individualidad ya muerta. La diferencia entre el amor correcto, el amor desinteresado que tenemos por tal persona y el amor egoísta se hace perfectamente evidente en la experiencia clarividente.

Supongamos que tal persona desearía ayudarnos después de su muerte, pero no podemos desarrollar un verdadero amor desinteresado por ella. Su mirada espiritual, su voluntad espiritual que fluye hacia nosotros sería entonces como una sensación ardiente, causando una sensación penetrante y ardiente en nuestra alma. Si podemos sentir y mantener un amor desinteresado, este flujo, esta mirada espiritual, fluye a nuestra alma como un sentimiento de cálida dulzura y se vierte en nuestros pensamientos, imaginación, sentimiento y voluntad. Es de este sentimiento que reconocemos quién es la persona muerta y no en base a su apariencia, porque los muertos pueden manifestarse bajo el disfraz de una persona hacia la que nos sentimos cercanos en ese momento. La forma en que los seres del mundo superior nos aparecen —y después de la muerte todos somos seres de un mundo espiritual más elevado— depende de nuestra naturaleza subjetiva, de lo que habitualmente vemos, pensamos y sentimos. La realidad es lo que sentimos por el ser manifestado ante nosotros, cómo recibimos lo que nos llega de este ser. Independientemente de lo que dijo Juana de Arco sobre la aparición de los seres superiores en sus visiones, el ocultista que es capaz de investigar estas cosas sabe que siempre fue el genio de la nación francesa que estuvo detrás de ellos[v].

Describí cómo podemos sentir la mirada de los seres espirituales descansando sobre nosotros y su voluntad fluyendo en nuestras almas. Aprender esto es análogo a aprender a leer en el plano físico. Aquellos que simplemente desean describir sus visiones serían como las personas que describen la forma de las letras en una página en lugar de su significado. Esto nos muestra lo fácil que es tener nociones preconcebidas sobre las experiencias en el reino espiritual. Naturalmente, parece más obvio conceder gran importancia a la descripción de cómo se veía la visión. Sin embargo, lo que realmente importa es lo que está detrás del velo de la percepción y se expresa en las imágenes de la visión.

Así, en el curso del desarrollo oculto, el alma se sumerge en estados de ánimo específicos y estados internos diferentes a los de nuestra vida cotidiana. Hemos entrado en el mundo de la jerarquía de los ángeles y la jerarquía, o también podríamos decir jerarquías de los muertos tan pronto como nuestro trabajo oculto nos haya llevado a la etapa en la que ya no existe el sentido del tacto característico del mundo físico y donde la apariencia de una persona ya no es característica del yo en cuestión. Luego, nuestro pensamiento cambia y ya no tenemos pensamientos en el sentido en que los tenemos aquí en el mundo físico. En ese mundo, cada pensamiento toma la forma de un ser elemental. En el mundo físico, nuestros pensamientos pueden estar de acuerdo o contradecirse entre sí. En este otro mundo en el que entramos, los pensamientos se encuentran con otros pensamientos como seres reales, ya sea amándose o odiándose unos a otros. Comenzamos a sentir nuestro camino hacia un mundo de muchos seres de pensamiento. Y en esos seres vivos de pensamiento, realmente sentimos lo que generalmente llamamos “vida”. Aquí la vida y el pensamiento están unidos, mientras que están completamente separados en el mundo físico.

Cuando hablamos en el plano físico y contamos nuestros pensamientos a alguien, tenemos la sensación de que nuestros pensamientos provienen de nuestra alma, que los recordamos en este momento en particular. Hablando como un verdadero ocultista y no como alguien que simplemente cuenta sus experiencias de memoria, sentiremos que nuestros pensamientos surgen como seres vivos. Debemos alegrarnos si somos bendecidos en el momento adecuado con el enfoque de un pensamiento como un ser real.

Cuando expresas tus pensamientos en el mundo físico, por ejemplo, como profesor, encontrarás más fácil dar una charla por trigésima vez que la primera vez. Sin embargo, si hablas como un ocultista, los pensamientos siempre tienen que acercarse a ti y luego partir nuevamente. Así como alguien que te hace la trigésima visita tuvo que dirigirse hacia ti treinta veces, el pensamiento vivo que expresamos por la trigésima vez debe venir a nosotros treinta veces como lo hizo la primera vez; nuestra memoria no es de ninguna utilidad aquí.

Si usted expresa una idea en el nivel físico y alguien está sentado en una esquina pensando: “No me gustan esas tonterías, las odio”, no te molestará particularmente. Usted ha preparado sus ideas y las presenta independientemente de los pensamientos positivos o negativos de alguien en la audiencia. Pero si, como esoterista, dejas que los pensamientos se te acerquen, podrían ser retrasados y mantenerse alejados por alguien que los odia o que odia al orador. Y las fuerzas que bloquean ese pensamiento deben ser superadas porque estamos tratando con seres vivos y no meramente con ideas abstractas.

Estos dos ejemplos muestran que tan pronto como entramos en la esfera de la clarividencia, estamos inmersos en un tejido de pensamientos vivientes. Es como si estos pensamientos ya no fueran subjetivos y como si ustedes mismos ya no estuvieran dentro de ustedes mismos, como si estuvieran viviendo afuera en el ancho mundo. Cuando estás en este mundo de vivir y tejer pensamientos, estás en la jerarquía de los ángeles. Y así como nuestro mundo físico está lleno de aire en todas partes, el mundo de la jerarquía de los ángeles está lleno del suave calor del que hablé antes y que los seres de esta jerarquía derraman. Cuando nuestro desarrollo interior nos ha llevado a la etapa en que podemos vivir en esta atmósfera espiritual de dulce suavidad, sentimos los ojos espirituales de la jerarquía de los ángeles que descansan sobre nuestras almas.

Ahora, en nuestra vida terrenal, tenemos ciertos ideales y pensamos acerca de ellos de manera abstracta. Cuando pensamos en ellos, nos sentimos obligados a perseguir estos ideales. En la esfera del vidente, sin embargo, no hay ideales abstractos. Allí los ideales son seres vivos de la jerarquía de los ángeles y fluyen a través del espacio espiritual, mirándonos con calidez.

En el mundo físico, podemos tener ideales, conocerlos bien, y sin embargo no podemos hacer nada para aplicarlos. Nuestras emociones, y tal vez las pasiones, nos pueden tentar a esquivarlos. Sin embargo, si ignoramos a sabiendas un ideal en la esfera clarividente, sentimos la mirada espiritual de un ser de la jerarquía de ángeles dirigida hacia nosotros con reproche, y este reproche nos quema. En el mundo espiritual, ignorar un ideal es, pues, una realidad, y un ser de la jerarquía de ángeles nos lo reprocha. Su mirada nos hace sentir el reproche; Es el reproche lo que sentimos.

Verán, aprender a desarrollar un sentimiento real para los ideales es una forma de ingresar al mundo de la jerarquía de los ángeles. Limitar nuestra conciencia al plano físico puede llevarnos a pensar que no sucederá nada si somos demasiado perezosos para actuar sobre nuestros ideales. Sin embargo, podemos aprender a sentir que si no actuamos según un ideal, entonces, independientemente de otras consecuencias, el mundo se vuelve diferente de lo que habría sido si hubiéramos seguido nuestro ideal.   Estamos en el camino hacia la jerarquía de los ángeles cuando comenzamos a ver que no actuar sobre nuestros ideales es algo real, y cuando podemos transformar esta percepción en un sentimiento genuino. Transformando y vitalizando nuestros sentimientos permitimos que nuestras almas crezcan en los mundos superiores.

A través de un entrenamiento esotérico continuo, podemos elevarnos a un nivel aún más alto, el de la jerarquía de los arcángeles. Si ignoramos a los ángeles, sentimos reproche. Con los arcángeles sentimos reproche y un efecto real en nuestro ser. La fuerza y el poder de los Arcángeles trabaja a través de nuestro yo cuando vivimos en su mundo.

Por ejemplo, hace unos meses perdimos a un amigo muy querido cuando abandonó el plano físico. Un poeta profundo, que había encontrado rápidamente su camino hacia la cosmovisión antroposófica en los últimos cinco años, y los sentimientos que evoca en él se reflejan maravillosamente en su poesía reciente[vi]. Desde el momento en que se unió a nosotros, e incluso antes de eso, había estado luchando con un cuerpo enfermo y en deterioro. Cuanto más se deterioraba su cuerpo, más se llenaba su alma de una poesía que reflejaba nuestra visión del mundo. Ha transcurrido poco tiempo desde su muerte, por lo que aún no se puede decir que este individuo posea la conciencia de una clara existencia. Sin embargo, se pueden ver las primeras etapas de su desarrollo en la existencia después de la muerte. El cuerpo astral, ahora separado del mundo físico y que vive en el mundo espiritual, revela las imágenes más maravillosos del desarrollo cósmico tal como lo entendemos en la ciencia espiritual. Habiendo dejado el cuerpo físico deteriorado, el cuerpo astral se ha iluminado tanto, comparativamente hablando, que puede presentar al observador clarividente una imagen completa de la evolución cósmica.

Déjame usar una analogía para explicar lo que quiero decir. Podemos amar a la naturaleza y admirarla, y aún así apreciar una hermosa pintura que recrea lo que hemos visto en la naturaleza. De manera similar, podemos sentirnos elevados cuando lo que hemos visto en la esfera clarividente se ilumina nuevamente, como una pintura cósmica, por así decirlo, en un cuerpo astral de una persona que ha muerto. El cuerpo astral de nuestro amigo fallecido revela, después de la muerte, lo que absorbió, al principio inconscientemente, pero luego también conscientemente, en el curso de su desarrollo antroposófico cuando los seres de la jerarquía de los arcángeles trabajaron activamente en la transformación poética de sus pensamientos e ideas antroposóficas.

Nuestro progreso en nuestro desarrollo esotérico puede ser llamado místico, porque es inicialmente el progreso interior del alma. Transformamos nuestra personalidad ordinaria y gradualmente llegamos a un nuevo estado. Este crecimiento paso a paso del alma es un progreso místico porque al principio se experimenta interiormente. Tan pronto como podemos percibir la suavidad mirando hacia abajo desde el mundo espiritual, estamos objetivamente en el mundo de los Ángeles, que se revela en nosotros. Y tan pronto como podemos reconocer que fuerzas reales de pujanza y poder entran en nosotros, estamos en el reino de los Arcángeles. Con cada etapa del progreso místico interno tenemos que entrar en otro mundo.

Sin embargo, si no desarrollamos la abnegación y llegamos a la etapa de vivir en el mundo de los ángeles, mientras continuamos siendo egoístas y sin amor, llevamos el yo destinado al mundo físico a su reino. Y en lugar de sentir la suave mirada y la voluntad de los ángeles sobre nosotros, sentimos que otros poderes espirituales pueden ascender a través nuestro. En lugar de mirarnos desde afuera, los hemos liberado nosotros mismos, digamos, desde su inframundo, mientras nos elevamos a un mundo superior. En lugar de ser eclipsados, o más bien iluminados, por el mundo de los ángeles, experimentamos los seres luciféricos que emergen de nosotros.

Entonces, si llegamos a la etapa de desarrollo místico que nos permite entrar en el mundo de los arcángeles —sin, sin embargo, haber desarrollado por primera vez el deseo de recibir por la gracia las influencias del mundo espiritual, los llevamos a su reino. Como resultado, en lugar de ser fortalecidos e imbuidos del poder de los arcángeles, los seres del mundo ahrimánico emergen de nosotros y nos rodean.

A primera vista, la idea de que el mundo de Lucifer aparece en el reino de los ángeles y el mundo de Ahriman en el de los arcángeles parece terrible. Sin embargo, realmente no hay nada terrible en esto. Lucifer y Ahriman son en todo caso seres superiores a nosotros. Lucifer puede ser descrito como un arcángel rezagado en una etapa anterior de la evolución, Ahriman como un espíritu de la personalidad que también se quedo atrás en una etapa anterior. Lo terrible no es que nos encontremos con Lucifer y Ahriman, sino que los encontremos sin reconocer quienes son. Enfrentarnos a Lucifer en el mundo de los ángeles realmente significa encontrarse con el espíritu de la belleza, con el espíritu de la libertad. Pero lo más importante es que reconozcamos a Lucifer y sus huestes tan pronto como entremos en el mundo de los ángeles. Lo mismo se aplica a Ahriman en el reino de los arcángeles. Lucifer y Ahriman desatados en los mundos superiores solo son terribles si no los reconocemos cuando los liberamos, porque entonces ellos nos controlan sin nuestro conocimiento. Es importante que los enfrentemos conscientemente.

Cuando hemos avanzado en nuestro desarrollo místico al nivel de vida en el mundo de los ángeles y queremos continuar allí con un ocultismo realmente fructífero, debemos buscar a Lucifer tan pronto como esperemos que la mirada espiritual de los ángeles descanse sobre nosotros. Lucifer debe estar presente —y si no podemos encontrarlo, está dentro de nosotros. Pero es muy importante que Lucifer esté fuera de nosotros en este ámbito, para que podamos enfrentarlo.

Estos hechos sobre Lucifer y Ahriman, ángeles y arcángeles, explican la naturaleza de la revelación en los mundos superiores. Desde nuestro punto de vista en el mundo físico, se nos hace creer fácilmente que Lucifer y Ahriman son poderes malignos. Pero cuando entramos en el mundo superior, esto ya no tiene ningún significado. En la esfera del clarividente, Lucifer y Ahriman tienen que estar presentes tanto como los ángeles y los arcángeles. Sin embargo, no los percibimos de la misma manera. Identificamos a los ángeles y los arcángeles no por su apariencia, pero reconocemos a los ángeles por la suavidad que fluye de ellos hacia nosotros, y reconocemos a los arcángeles al permitir que su fuerza y poder fluyan hacia nuestro sentimiento y voluntad. Lucifer y Ahriman nos aparecen como figuras, simplemente transpuestas al mundo espiritual; no podemos tocarlos, pero podemos acercarnos a ellos como proyecciones espirituales del mundo físico. Claramente, es importante que aprendamos en nuestro desarrollo místico clarividente a ver formas en el mundo superior y ser conscientes de que somos vistos, que una voluntad superior se enfoca en nosotros.

Vean, el desarrollo superior no consiste simplemente en adquirir facultades clarividentes, sino en desarrollar un cierto estado anímico, cierta actitud o relación con los seres del mundo superior. Esta nueva actitud y estado anímico debe ser desarrollado de la mano del entrenamiento de nuestras facultades clarividentes. En otras palabras, debemos aprender no sólo a ver en el mundo espiritual, sino también a leer en él. La lectura no se entiende aquí en el sentido estricto de un proceso de aprendizaje simple, sino como algo que adquirimos a través de la transformación de nuestros sentimientos y sensaciones. Es importante tener en cuenta que se produce una división de nuestra personalidad cuando comienza la clarividencia, y llegamos a una revelación de los mundos superiores. Nuestra personalidad terrenal queda atrás y se adquiere una nueva al ascender a un mundo superior. Y así como los seres de las jerarquías superiores nos miran desde el mundo superior, también percibimos nuestra propia personalidad ordinaria desde una perspectiva más elevada. Nuestro yo superior descarta al inferior y lo observa. Por lo tanto, para hacer declaraciones válidas sobre los mundos superiores debemos esperar hasta que podamos decir: Este eres tu; La persona que ves en tu visión clarividente eres tú mismo. “Ese eres tú” en el nivel superior corresponde a “este soy yo” en el mundo físico.

Ahora recuerden cuando tenían ocho, o trece, o quince años e intenten reconstruir en la memoria una pequeña parte de su vida en ese momento. Traten de recordar lo más vívido posible su pensamiento en esos años. Luego concéntrense en sus sentimientos actuales sobre la niña o el niño que eran a los ocho, trece o quince años. Tan pronto como nos movemos del nivel físico al mundo superior, el momento presente en el que vivimos ahora se convierte en un recuerdo del tipo que acabamos de recordar. Miramos hacia atrás en nuestra existencia actual en el nivel físico y en lo que todavía podemos llegar a ser durante el resto de nuestra vida física de la misma manera que miramos hacia atrás a las experiencias de los ocho, trece, o quince años desde su punto de vista en el momento presente.

Todo lo que consideramos parte de nosotros mismos en el nivel físico, tales como nuestros sentimientos, pensamientos, ideas y acciones, se convierten en memoria tan pronto como entramos en el mundo superior. Miramos hacia abajo, al mundo físico y nos convertimos en una memoria para nosotros mismos cuando vivimos en el mundo superior. Tenemos que mantener nuestras experiencias en los mundos superiores separadas de las del reino físico, así como distinguimos entre nuestra situación actual y otra anterior. Imagínense a una persona que tiene cuarenta años de edad y recuerda vívidamente los sentimientos y habilidades que él o ella tenían como niño o niña de ocho años. Por ejemplo, la persona puede estar leyendo un libro ahora, a la edad de cuarenta años, y de repente él o ella comienza a relacionarse con el libro como lo haría de niño de ocho años. Eso sería una confusión de las dos actitudes, los dos estados del alma, y es análogo a lo que sucede cuando confundimos nuestro estado anímico en el nivel físico con lo que se requiere en los mundos superiores.

Por supuesto, esto no tiene nada que ver con el hecho de que cada persona imparcial puede entender lo que digo acerca de los mundos superiores; En otras palabras, no sólo tenemos que creer estas descripciones, sino que podemos entenderlas si nos acercamos a ellas sin ideas preconcebidas. Las personas pueden objetar que no podemos describir los mundos superiores con conceptos, pensamientos e ideas del mundo físico porque los primeros son completamente diferentes de los últimos. Esta objeción tiene tanto sentido como decir que no podemos dar a la gente una idea de lo que entendemos por escribir c-a-s-a; para que entiendan ese concepto, tenemos que mostrarles una casa.

Hablamos de hechos y objetos físicos por medios totalmente independientes del objeto o del hecho. Así también podemos describir los fenómenos del mundo espiritual con lo que entendemos en el plano físico. Sin embargo, no podemos entender los mundos superiores con nuestros conceptos e ideas cotidianos, pues necesitamos adquirir otros expandiendo nuestro pensamiento. Las personas que nos hablan honestamente sobre el mundo superior también deben extender nuestros conceptos más allá de nuestra vida cotidiana; deben darnos conceptos nuevos y diferentes, pero comprensibles en el plano físico.

A la gente le resulta difícil entender la genuina ciencia espiritual y el esoterismo serio porque son muy reacios a ampliar sus conceptos. Quieren entender el mundo superior y sus revelaciones con las ideas que ya tienen y no quieren crear otras nuevas. Cuando las personas en nuestra época materialista escuchan conferencias sobre el mundo espiritual, creen con demasiada facilidad que el mundo esotérico puede entenderse simplemente mirándolo. Piensan que las formas allí pueden ser levemente más delicadas y más nebulosas que en el mundo físico, pero sin embargo similares. Puede parecer inconveniente para algunos que se espere que el ocultista serio haga algo más que simplemente dar instrucciones sobre cómo ver ángeles. Es necesario un cambio en el pensamiento, y el concepto “ángel” debe incluir que somos percibidos por ellos, que su mirada espiritual se centra en nosotros.

El desarrollo místico, o el ascender a los mundos superiores, no puede separarse del enriquecimiento y dar mayor alcance a nuestras ideas, sentimientos e impulsos anímicos. Para comprender los mundos superiores, no debemos dejar que nuestra vida de ideas permanezca tan empobrecida como en el plano físico.

Para proporcionar ayuda esotérica para este enriquecimiento, estamos construyendo nuestro modesto edificio en Dornach en un estilo completamente nuevo. Ese edificio, por supuesto, no está cerca del ideal, pero es un comienzo humilde. Después de todo, sólo tenemos medios limitados a nuestra disposición, a pesar de que nuestros amigos han hecho todo lo posible para este proyecto.

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Los impulsos espirituales detrás de los estilos de construcción que se desarrollaron en la tercera, la cuarta y en la quinta época actual post-atlante incluyeron la tarea de guiar a la humanidad al conocimiento del mundo físico. Por ejemplo, la arquitectura egipcia inició este desarrollo con sus formas geométricas sucintas. La arquitectura grecorromana es como un matrimonio de alma y espíritu con cuerpo etérico y físico. Aquí el alma y el espíritu, por un lado, y el cuerpo etérico y el cuerpo físico, por otro, se conectan en un estado de completo equilibrio. Los arcos ascendentes y puntiagudos del estilo gótico son el primer intento arquitectónico de volver a elevarse del mundo físico al mundo espiritual.

Si se debe representar la antroposofía en un edificio, el siguiente paso debe ser dar vida a los patrones de pensamiento vivos y entretejidos, que fluyen y se vierten en el espacio. Luego veremos en forma física lo que la Imaginación e Inspiración revelan directamente del mundo espiritual. Es por eso que las formas del edificio de Dornach son tales que no tiene sentido preguntar de manera materialista qué simbolizan y qué representan sus formas. Deben tomarse por su propio mérito, ya que no son más que experiencias espirituales inmediatas vertidas en formas espaciales. Hemos intentado transformar todo lo que se puede ver y experimentar en el espíritu en forma artística. Entonces, si la gente pregunta qué significa una forma, han entendido mal el edificio; porque cada forma se significa solo en sí misma, del mismo modo que nuestras manos o cabeza solo se sostienen para sí mismas y nada más. Tal pregunta también indica un malentendido completo de nuestra posición con respecto al ocultismo. Estaremos encantados de dejar atrás el antiguo disparate teosófico de examinar cada cuento de hadas, cada figura y cada mito por lo que significa y simboliza.

Todas nuestras formas realmente existen en el mundo espiritual y, por lo tanto, solo se expresan a sí mismas y nada más. No son símbolos, sino realidades espirituales. No encontrará un solo pentagrama en todo el edificio, ninguna forma de pentagrama, nada que le haga preguntarse qué significa esta o aquella forma. A lo sumo, hay un lugar donde las formas sutiles podrían interpretarse como un pentagrama, pero también lo puede hacer cada flor de cinco pétalos. Las personas pueden preguntar qué significan nuestros catorce pilares, que no tienen forma de pentagramas, sino que tienen cinco lados por razones estéticas. Pueden preguntarse qué significan los pilares que sostienen las cúpulas, además de representar relaciones espaciales perceptibles en el mundo espiritual. En respuesta, solo podemos señalar cuán materialista es nuestra época cuando incluso las intenciones espirituales deben vestirse con prendas materialistas.

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Nuestro edificio se entenderá si la gente deja de preguntar qué simboliza y, en cambio, piensa en qué es. Entenderán nuestro edificio cuando se den cuenta de que es mejor no usar ninguno de los términos habituales o las antiguas imágenes verbales para ayudar a nuestra época materialista a comprenderlo. La ciencia espiritual puede ser a lo sumo una síntesis de religiones; a diferencia de las religiones antiguas, no construye templos, sino una estructura que expresa su naturaleza más íntima. Este edificio solo puede entenderse gradualmente, y solo si no aplicamos palabras antiguas a este nuevo desarrollo.

Sabemos muy bien que podemos realizar nuestras intenciones en Dornach solo de la manera más modesta y rudimentaria. Pero solo les pido que hagan un verdadero esfuerzo para entender este humilde comienzo desde la perspectiva y el significado de nuestra ciencia espiritual. Traten de comprender a qué apunta este simple comienzo, pagado con considerables sacrificios. Cualquier otra actitud sería muy desalentadora.

En el llamado movimiento oculto se han utilizado suficientes palabras grandiosas y frases pomposas. Todo lo que queremos es que incluso si nuestra forma de expresar las cosas ya no existe dentro de cincuenta años, la gente todavía dirá de nuestro movimiento que se esforzó con cada fibra para ser totalmente sincero y honesto. Y cuanto más modesto y simple, pero así quizás, de manera más objetiva, discutamos lo que deseamos hacer, mejor servimos a nuestra causa.

Cada palabra que es superflua o regresa a los conceptos antiguos y convenientes hace un daño incalculable a los que nos esforzamos por lograrlo —por favor discúlpenme por decir esto— honestamente. Si las personas nos entienden de esta manera, tal vez surja el estado de ánimo que necesitamos si realmente, en diciembre como muy pronto, inauguremos nuestro modesto edificio sin pompa ni alboroto[vii]. El estado de ánimo que necesitamos estará allí solo si nos concentramos en nuestros objetivos, incluso si no creamos un gran revuelo en nuestra era materialista.

Por favor acepten estas palabras en el espíritu de las serias intenciones de nuestro movimiento. Deben llenar nuestras almas si este impulso espiritual es realmente echar raíces en nuestra época. Existe una necesidad real de un movimiento espiritual honesto que verdaderamente promueva la vida mística del alma y permita que las revelaciones de los mundos superiores fluyan hacia esta era materialista. Solo cuando nuestros amigos entiendan el propósito y la actitud de nuestro movimiento espiritual, entonces y solo entonces podremos cumplir la tarea que nos han encomendado las individualidades sabias y rectoras del mundo espiritual.

Basándome en lo que he tratado de explicar hoy, les hablaré pasado mañana sobre el progreso en nuestra comprensión de Cristo a través de las épocas y sobre la posición de nuestro movimiento con respecto a Cristo[viii]

Traducido por Gracia Muñoz en Julio de 2017

[i] Véase Rudolf Steiner, El mundo de la mente y su intrusión en la existencia física. vol. 150 en The Collected Works, (Dornach, Suiza: Rudolf Steiner Verlag, 1972), conferencia del 5 de mayo de 1913. No hay transcripciones de las conferencias del 4 y 9 de mayo de 1913, en París.

[ii] Rudolf Steiner, El conocimiento de los mundos superiores y su logro, repr., (Hudson, NY: Anthroposophic Press 1986).

[iii] Steiner se refiere aquí a la actriz Maria von Strauch-Spettini, 1847–1904. Ver la segunda conferencia, nota 7.

[iv] Edouard Schuré, escritor francés. Su obra Hijos de Lucifer se realizó en alemán en Múnich el 22 de agosto de 1909, bajo la dirección de Rudolf Steiner. Vean Steiner El Este a la luz del oeste y Schuré, Hijos de Lucifer, ambos en un volumen, (Blauvelt NY: Spiritual Science Library, 1986).

[v] Juana de Arco, 1412–1431, heroína y santa nacional francesa.

[vi] Morgenstern, ver Conferencia 2, nota 8.

[vii] Debido a las complicaciones y demoras causadas por la Primera Guerra Mundial (1914–1918), el edificio casi se completó en 1920. La ceremonia de inauguración nunca tuvo lugar debido al incendio que destruyó el Goetheanum. Una “inauguración provisional” se llevó a cabo el 26 de septiembre de 1920, en vísperas del primer evento celebrado en el edificio, el “primer curso académico antroposófico”, que se realizó del 27 de septiembre al 16 de octubre de 1920.

[viii] Rudolf Steiner, Preludios al Misterio del Gólgota, vol. 152 en las obras completas, (Dornach, Suiza: Rudolf Steiner Verlag, 1964), Conferencia del 27 de mayo de 1914.

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GA117c3. Profundos secretos de la historia humana a la luz del Evangelio de San Mateo

Rudolf Steiner — Berlín, 23 de Noviembre de 1909

English version

En la conferencia anterior nos referimos al Evangelio de San Mateo en su relación con la Misión de los hebreos y el advenimiento de Jesucristo en el seno de este pueblo. En efecto, mediante la ayuda que nos brinda el estudio de los Evangelios, lograremos que se haga gradualmente la claridad en lo concerniente a la forma en que se unieron las diferentes corrientes de la vida espiritual, formándose, sobre esa base, la gran corriente única del cristianismo, que habría de desarrollar papel tan esencial en el ulterior desenvolvimiento de la tierra. En un breve curso como éste, sólo es posible trazar una somera reseña de la participación que correspondió al pueblo hebreo en la evolución general de la humanidad. Pero no podrá interpretarse correctamente el Evangelio de San Mateo a menos que se tengan en cuenta, en cierta medida, otros rasgos significativos de dicho pueblo.

Para ello, será necesario imponer a nuestros espíritus con toda claridad del carácter real que tuvo su misión. Ya hemos visto la gran diferencia que media entre ésta y las misiones de otros pueblos cristianos. En efecto, estas últimas se hallaban todavía vinculadas con aquello que podríamos denominar experiencias de la antigua clarividencia. Puesto que estas experiencias se daban entre todos los pueblos antiguos, bien podrían llamarse experiencias de la antigua Sabiduría. Si hubiéramos de describir este hecho en forma completamente externa, diríamos: en la antigua Atlántida los hombres, en general, podían ver todavía los fenómenos del mundo espiritual. Si bien las experiencias de los Iniciados eran de orden superior, todo individuo poseía una noción general del mundo de los espíritus; así, en algunos estados conscientes de transición, los hombres de entonces podían penetrar los reinos espirituales.

Esas facultades debie­ron ser reemplazadas, sin embargo, por aquella que constituye, en la actualidad, la principal facultad del hombre, es decir, la actividad de la mente, la adquisición de una comprensión del mundo exterior por medio de los sentidos físicos, a través de la vida en el mundo físico. A lo largo del lento transcurso del desarrollo precristiano, fue adquiriendo el hombre, gradualmente, esta facultad. De este modo, puede afirmarse que el antiguo pueblo hindú poseía todavía un rico residuo de la antigua clarividencia. Las enseñanzas de los Rishis sagrados cons­tituían el legado de las épocas antiguas, el patrimonio de una sabiduría rudimentaria.

Aún en la segunda época cultural —de la antigua Persia— las enseñanzas y prédicas de los discípulos de Zaratustra no se fundaban sino en este legado de la antigua clarividencia. Del mismo modo, la astronomía caldea se hallaba impregnada de la pasada sabiduría, y otro tanto podía decirse de la egipcia. Ni los egipcios ni los caldeos hubieran sido capaces de comprender una ciencia formulada sobre la base de las facultades postatlantes. En efecto, en aquellos tiempos, no existía una ciencia de carácter físico, una ciencia expresada bajo la forma de ideas y conceptos. El tipo de pensamiento prevaleciente en la actualidad no existía entonces. Es necesario establecer la considerable diferencia que media entre un verdadero clarividente de nuestro tiempo y los clarividentes de la antigua Caldea o Egipto. Veamos en qué consiste un caso de clarividencia en nuestros días.

El clarividente percibe lo que se conoce con el nombre de manifestaciones del mundo espiritual; percibe presentaciones, experiencias del mundo del espíritu, en forma tal que se ve obligado a impregnar estas experiencias con su pensamiento terreno ordinario, con la comprensión lógica adquirida a través de su existencia terrenal. Las experiencias de un moderno clarividente no pueden ser comprendidas si éstas no se han manifestado en un espíritu ya adiestrado, en forma metódica y ordenada, en el pensar lógico y claro. En caso contrario, las revelaciones actuales permanecen oscuras e incomprensibles; para entenderlas, es necesario que el espíritu las encare con pensamiento lógico. Todo aquel que experimente estas visiones sin la voluntad del pensar lógico, sin la voluntad de una clara comprensión, sin la suficiente preparación y desarrollo de sus potencias terrenas, sólo podrá tener visiones incomprensibles, clarividencias que, no pudiendo interpretarse, resultarán confusas y, a veces, engañosas. Sólo un espíritu dotado de una gran voluntad de aprender en forma inteligente, puede llegar a gozar, en la actualidad, de la inspiración del vidente. En un movimiento espiritual como el nuestro, se le concederá la mayor importancia, por consiguiente, al hecho de que el aprendizaje de la facultad vidente no debe ser un desarrollo unilateral; al hecho de que las manifestaciones del mundo espiritual no deben ser encaradas de manera unilateral, sino que, en todos los casos, el espíritu deberá desempeñar un papel activo, saliendo al encuentro de estas revelaciones y experiencias.

También ha de recurrirse a la capacitación lógica si se desea desarrollar la facultad de la visión interior; en nuestros días, no pueden separarse ya estas dos cosas. Pero en los tiempos de Egipto o de Caldea, la situación de los videntes era completamente distinta. Entonces, el vidente recibía, junto con sus inspiraciones —que seguían un camino totalmente distinto— las leyes de la lógica. No necesitaba, por lo tanto, un estudio particular de la lógica. Una vez adquirida cierta preparación espiritual, junto con sus inspiraciones, la experiencia clarividente le impartía la ley completa. Nuestro organismo actual ya no puede comportarse en esta forma; el hombre ha superado esta etapa, dejándola a sus espaldas, pues la evolución va siempre hacia adelante. Teniendo presente esta diferencia, no resulta difícil comprender que en las épocas precristianas aparecieran constantemente residuos de la antigua clarividencia, con la sola excepción del antiguo pueblo hebreo. Dicho pueblo estaba destinado a desarrollar un órgano humano capaz de comprender al mundo físico exterior en conformidad con los principios de la medida, el número, etc., a fin de poder elevarse gradualmente del mundo físico hacia el conocimiento de lo espiritual tal como se halla contenido en la imagen de Jehová.

El hecho esencial es que, al elegir a Abraham, se trató de escoger a un individuo cuyo cerebro se hallara conformado de tal manera que pudiera convertirse en el progenitor de toda una raza, la cual, a su vez habría de presentar la misma facultad peculiar. Estos hombres no sólo habrían de recibir revelaciones en el interior de su ser, sino que también habrían de considerar como bienes del conocimiento todo aquello que les llegase desde el exterior. De este modo, todos los valores recibidos por los descendientes de Abraham procedieron, en primer lugar, no de su interior, sino del exterior. Fue tan grande la importancia de esta diferencia, que no tardó este pueblo en distinguirse por completo, en su carácter general, de las demás razas de la antigüedad. Debe entenderse, sin embargo, que la antigua facultad, el antiguo patrimonio heredado de otros tiempos, no se perdió de golpe. Debe entenderse que aun entre los hombres de este pueblo se conservaban todavía algunos residuos de dicho patrimonio. Tal fue, el caso de José, que tanto de común poseía con otras razas. Fue por esta razón que pudo constituir el puente tendido entre los antiguos hebreos y los egipcios, pueblo este último situado todavía por completo bajo la influencia espiritual de los tiempos precristianos.

¿Por qué fue necesario que hubiese un pueblo tan especialmente preparado? ¿Por qué fue necesario escoger a un pueblo y separarlo de todos los demás, dotándolo de cualidades especiales? Simplemente, porque la humanidad debía hallarse preparada para el advenimiento de Jesucristo a la Tierra. Por entonces, la antigua clarividencia y la relación de la sangre ya habían cumplido su finalidad; algo nuevo debía surgir ahora entre los hombres: el uso pleno del yo. Gracias a la completa mezcla de la sangre, algo que en el pasado había tenido inmensa importancia, perdió todo su significado para ser sustituido por el pleno goce del yo. En esta forma se incorporó el verdadero reino humano o “Reino del Cielo” a los demás reinos. Por regla general, sin embargo, la humanidad no es enteramente apta para reconocer las cosas nuevas cuando éstas surgen. Los sucesos que se producen en el Espíritu nunca son reconocidos como tales de inmediato. La gente siempre habla con ligereza de los profetas que han anunciado su visita en el futuro. Esto ha sido lo corriente, tanto en la época precris­tiana como en la postcristiana.

En los siglos XII y XIII hubo un deseo profundo de profetas. En diferentes lugares de la Tierra, hubo hombres que afirmaron que en un futuro no lejano habría de volver Cristo al mundo; se llegó a señalar, incluso, el lugar en que esto ocurriría. A veces, en otras épocas, llegaron a tener lugar dichas apariciones. La gente decía que este o aquel individuo eran la encarnación del nuevo Cristo. Claro está que no es necesario detenerse a considerar estas profecías, pues las contradicciones y fallos se hallan a la vista. Todas ellas tienen en común el mismo defecto: anuncian proféticamente un acontecimiento futuro pero nada hacen por preparar a los hombres para reconocer dicho acontecimiento cuando llegue el momento de su aparición; nada hacen por impartir a las almas el estado de percepción necesario para poder comprender realmente el anunciado acontecimiento. Los hombres a quienes se efectúan estas declaraciones deben experimentar algo semejante a lo que sentía aquel maestro de escuela de que habla Hebbel en sus notas. Cuenta este autor que un maestro golpeaba a su alumno porque era incapaz de comprender a Platón; a lo cual agrega, risueñamente, que este mismo alumno podría ser, quizás, una reencarnación de Pla­tón.

No es otro el caso de aquellos que constantemente hablan de la próxima reaparición de Cristo. Bien podría suceder que no se hallasen adecuadamente preparados para el acontecimiento si realmente El viniese; esta misma gente habría de tomar a Cristo, entonces, por algo completamente distinto de lo que realmente es. Era necesaria, pues, dicha preparación, y esto debe quedar bien entendido si hemos de comprender el Evangelio de San Mateo. Si hemos de describir el Hecho de Cristo desde este punto de vista, diremos que consiste en el conocimiento de que Cristo fue Aquel que tornó posible, a partir de aquel momento, no sólo la recepción de meras impresiones físicas del exterior, sino también la recepción del Espíritu. Y para ello era necesario capacitar a cierta clase especial de hombres. Todo a lo largo de la antigua historia Hebrea se observa la existencia, en realidad, de cierto pueblo especialmente preparado para la comprensión del Hecho de Cristo. Eran pocos los hombres así capacitados entre los antiguos hebreos, pero debemos estudiarlos muy de cerca si hemos de comprender la índole de la preparación exigida por el advenimiento de Cristo, y la forma en que este pueblo dotado de las cualidades trasmitidas por Abraham pudo llegar a comprender proféticamente que el yo humano debía serles impartido para su salvación (Heiland).

Los hombres que estaban preparados para conocer y reconocer clarividentemente lo que realmente significaba Cristo, recibieron el nombre de Nazarenos. Ellos percibían en forma clarividente lo que se había preparado en el seno de la antigua raza hebrea a fin de que Cristo pudiera nacer entre ellos y ser comprendido por ellos. Los nazarenos se hallaban regidos por reglas estrictas en su vida interior; estas reglas habían sido impuestas con la debida consideración a su constitución íntima, debido a la clarividencia que habían desarrollado, y teniendo en cuenta, también, la época a que pertenecían, tan diferente de la nuestra. Si bien guardan algún parecido entre sí, deben distinguirse claramente estas reglas de aquellas que rigen el desarrollo del conocimiento espiritual de nuestros días. Cosas de enorme importancia para la secta de los nazarenos apenas tienen hoy una importancia relativa; y mucho de lo que actualmente es de máxima importancia, sólo la tenía entonces en grado comparativo. No ha de creerse, por lo tanto, que lo que antiguamente podía llevar a un hombre al conocimiento clarividente de Cristo, sea capaz de conducirlo, en la actualidad, a conocimientos tan fructíferos e importantes.

La primera condición exigida a los nazarenos era la completa abstención de probar cualquier clase de bebidas alcohólicas; se les prohibía, además, comer cosa alguna preparada con vinagre. Aquellos que seguían rigurosamente las instrucciones impartidas se privaban, asimismo, de todo alimento o bebida derivado de la uva. Los hombres consideraban que en la uva el principio de la formación vegetal pasaba más allá de cierto punto, más allá del punto en que actúa exclusivamente la energía solar. Afirmaban, en efecto, que no sólo participaba en la formación de las uvas la energía solar, sino también algo más de procedencia interior, que hacia madurar al fruto, año a año, cuando la energía solar había perdido ya su vigor; algo que operaba y alcanzaba su máxima potencia en el otoño. De este modo, sólo podían beber los jugos o bebidas derivadas de la uva aquellos que no deseaban alcanzar la facultad clarividente en su grado superior, aquellos que deseaban tan sólo rendir honor al dios Dionisio, permitiendo que sus facultades se desarrollasen, por así decirlo, desde las entrañas de la Tierra. Se les prohibía a los nazarenos, además, mientras duraba el lapso de su preparación de acuerdo con los principios nazarenos, trabar contacto con todo aquello que muriese en posesión de un cuerpo astral. En una palabra, con todo ser de naturaleza animal. Debían ser, pues, vegetarianos en el sentido más estricto de la palabra; y así, en los círculos de los nazarenos más estrictos, la principal fuente alimenticia la constituía la vaina de algarrobo. También se alimentaban con la miel de las abejas salvajes —no de las domésticas— ­como así también con la miel producida por otros insectos. Más tarde, estos mismos medios de vida fueron los escogidos por Juan el Bautista, de quien se dice que se alimentaba de vainas y miel silvestre. Esta afirmación de los evangelios resulta engañosa; los alimentos allí mencionados no son langostas -—seres que no habitan en el desierto— como parecería desprenderse de ciertas versiones bíblicas, sino las ya mencionadas vainas de algarrobo. En otras ocasiones, he tenido oportunidad de señalar errores similares.

 

Otra de las exigencias que debían cumplir los nazarenos durante su preparación para la clarividencia, era la de no cortarse el cabello. Cabe señalar que todas estas costumbres se hallaban íntimamente relacionadas con la evolución total de la humanidad. Aun ésta de permitir crecer el cabello, debe considerarse en su relación con la evolución total del hombre; todo aquello, que vive en el hombre sólo puede comprenderse cuando se lo examina desde el punto de vista del espíritu. Por extraño que ello parezca, debemos ver en nuestro cabello el vestigio de ciertas radiaciones por las cuales pasó, en otra época lejana, la fuerza del sol al hombre. En aquellos tiempos, lo que la energía del sol vertía sobre el hombre era algo vivo. Por ello, en aquellos lugares donde la gente tiene conciencia todavía de las cosas más profundas, se encuentra, a menudo, dicho concepto. En los antiguos grabados de leones, por ejemplo, se observa frecuentemente que el escultor no se limita a representar a los leones con su soberbia melena, en la forma en que suele hacerse hoy día, sino que en ellos la melena del león se halla adherida al cuerpo como si constituyese algo procedente del exterior, como si fuesen los rayos del sol que, tejiéndose en torno a su cabeza, se hubieran corporizado en la enmarañada melena. Por esta razón, en la antigüedad, la gente razonaba que quizás fuese posible recibir la energía solar dejándose crecer el cabello, especialmente si éste era fuerte y sano. Claro está que por la época de los nazarenos, no era esto, para los hebreos, ni más ni menos que un símbolo. En ciertos aspectos, el progreso humano consistió realmente en permitir que aquello que vivía espiritualmente detrás del sol fluyese hacia los hombres. En el paso hacia adelante que significó el pasaje del antiguo don de la clarividencia hacia el nuevo poder de combinar los pensamientos con referencia al mundo circundante, se estableció que el hombre apareciese, en lo sucesivo, desprovisto de la antigua cabellera. Debemos representarnos a los hombres de Atlántida y de las primeras épocas postatlantes, provistos de poderosas cabelleras, signo de que los rayos de la luz espiritual brillaban todavía ardientemente sobre ellos. Tuvo lugar la elección entonces y, según se nos cuenta en la Biblia, al velludo Esau, en quien debe verse al descendiente de Abraham pero con las huellas todavía de aquella antigua conformación, fue preferido el lampiño Jacob. Este representa, en efecto, el hombre tal como había de desenvolverse más tarde, con todos sus atributos del pensar lógico, adecuado a los objetos del mundo exterior. Jacob apartó a Esau del camino. Se cortó, así, una rama más de la antigua línea. De él provienen los Edomitas, en quienes se perpetuaron las cualidades antiguamente adquiridas. Todo esto se halla hermosa y exactamente expresado en la Biblia.

Una vez más tenía que producirse en la humanidad una conciencia de lo que es la vida espiritual y surgió, efectivamente, en una forma completamente nueva, entre los nazarenos, según se pone de manifiesto en su hábito de dejarse crecer el cabello durante el período de aprendizaje. Desde antiguo se evidencia la relación que el cabello guarda con la luz del Espíritu en el hecho de que las palabras luz y cabello, con la excepción de un signo al cual se le concede generalmente poca importancia, se expresan con la misma palabra. La antigua lengua hebrea apunta siempre hacia los secretos más profundos de la humanidad, por lo cual debe mirársela como un poderoso caudal de sabiduría. Tal el fundamento de la vieja práctica de los nazarenos de dejarse crecer el cabello, práctica que no ha de considerarse ya de mayor importancia. Durante el transcurso de su aprendizaje, los nazarenos debían alcanzar una experiencia clarividente perfectamente clara y definida; tenía ésta por objeto darles una idea de lo próxima que se hallaba la humanidad al día del advenimiento de Cristo.

El último gran nazareno de la época de Cristo fue Juan el Bautista. No sólo había experimentado en sí mismo los frutos más altos del aprendizaje nazareno, sino que había alcanzado la facultad de capacitar a otros para la percepción de dichas experiencias. La coronación de este aprendizaje fue el “Bautismo de Juan”. Debemos tratar de comprender todo lo grande, que fue su valor en el curso de la evolución. ¿ Qué fue y adónde condujo este bautismo? Consistió, en primer lugar, en la inmersión de un hombre en el agua, por medio de lo cual se logró que su cuerpo etérico se liberara en cierto grado del cuerpo físico, con el cual, no mediando circunstancias extrañas, se halla indisoluble y estrechamente ligado. Vosotros sabéis que al ahogarse, como consecuencia de la liberación del cuerpo etérico, los hombres ven, en un relámpago, el cuadro de su vida entera. También en el bautismo de Juan tuvo lugar este fenómeno. Un hombre contempló, entonces, los acontecimientos de su vida entera, acontecimientos que de otro modo habría olvidado por completo. Vio también lo que era, como hombre, en aquel momento determinado. El cuerpo físico se desarrolla por acción de su fundamento: el cuerpo etérico; este miembro del ser humano, si bien forma parte del cuerpo físico, sólo puede ser percibido cuando se separa parcialmente de aquél, y esto fue lo que sucedió en el bautismo de Juan. Si hombre alguno hubiera experimentado este mismo bautismo tres mil años antes de nuestra era, habría sabido que el grado más alto de espiritualidad susceptible de ser impartido a los hombres debía llegarles a éstos a manera de legado de la antigüedad (puesto que lo que a los hombres llegaba desde el mundo de lo espiritual en los tiempos antiguos, era todavía, en realidad, un legado) a manera de cuadro trazado en el cuerpo etérico, cuadro que configuraba el cuerpo físico. En esta forma de bautismo, les era revelado, especialmente a aquellos que habían alcanzado una evolución superior a la de la humanidad normal, cómo descansaba todo su conocimiento en la antigua inspiración. Así, estos hombres eran representados, de acuerdo con la visión de la naturaleza etérica del alma, bajo la forma de Serpientes, y aquellos que habían experimentado (la visión) recibían el nombre de “Hijos de la Serpiente”, debido a que habían percibido la profundidad con que los Seres luciféricos habían penetrado en la humanidad. Aquella parte que correspondía al cuerpo físico no era sino creación de la Serpiente.

Pero en este caso, en este bautismo que ocurrió, no tres mil años antes de Juan el Bautista, sino precisamente en su día, sucedió algo completamente distinto, a saber, que entre aquellos que fueron bautizados había ya algunos que presentaban signos en su naturaleza de cierto progreso de la evolución humana y de que un Yo, que había fructificado a partir del mundo circundante, se hallaba dotado de ese inmenso poder. El cuadro revelado en este bautismo fue, pues, enteramente diferente de aquellos percibidos en épocas anteriores y lejanas. Estos hombres no vieron ya la fuerza creadora del cuerpo etéreo en la semejanza (Bild) de la Serpiente, sino en la del Cordero.

Este cuerpo etérico no estaba ya impregnado des­de dentro con el producto de las fuerzas luciféricas, sino que estaba dedicado totalmente al mundo espiritual, en virtud de que las grandes cosas que habían comenzado a suceder en el mundo exterior, iluminaban ahora el alma del hombre. En el bautismo de Juan, fue experimentada esta visión del cordero por todos aquellos capaces de comprender realmente la significación de dicho bautismo.

Eran éstos, también, quienes podían decir de sí mismos: el hombre debe cambiar, debe convertirse en un ser enteramente nuevo. Fueron los pocos que experimentaron esta visión en el bautismo de Juan, quienes pudieron decir: ha sucedido algo grande, el hombre ha cambiado; el Yo se ha convertido ahora en dueño y señor de la Tierra. Los hombres que recibieron el bautismo de Juan se hallaban preparados para comprender los signos de los tiempos y supieron entonces que sucedería el gran acontecimiento. Esta y no otra fue la misión de los nazarenos. Mediante el bautismo, adquirieron la certeza del próximo advenimiento de Cristo. Lo percibieron al aflojarse sus cuerpos etéricos del cuerpo físico durante el bautismo. Juan el Bautista pudo declarar entonces que había llegado el día en que el yo podría ingresar a la naturaleza humana. Fue reconocido, por ello, como aquel que dio sentido a los tiempos que le habían precedido. Logró, entre otras cosas, reunir a su alrededor un grupo de discípulos a quienes trató de demostrar cómo, a través del cambio operado en el yo, el Principio de Cristo podría penetrar ahora en el hombre.

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Juan el Bautista había desarrollado la práctica y la enseñanza nazarena llevándola a su grado más alto, de modo, que la profecía alcanzó por fin su cumplimiento cabal. Formó en torno a sí un grupo de hombres capaces de comprender la aproximación del Hecho de Cristo. Sólo en este sentido pueden comprenderse las palabras pronunciadas por el Bautista. Las palabras por él pronunciadas, en efecto, deben aceptarse en toda su infinita profundidad, y ya no es posible permitir que una humanidad deseosa de desentrañar las cuestiones a estos sucesos vinculados, no vean en Juan el Bautista más que un fanático irracional que injurió a los fariseos apostrofándolos con el epíteto de generación de víboras, y diciéndoles: “Y no penséis decir dentro de vosotros: A Abraham tenemos por padre: porque yo os digo que puede Dios despertar hijos a Abraham aun de estas piedras.” Juan el Bautista podría haber sido, verdaderamente, una suerte de temible látigo si no se hubiera complacido en el hecho de que los fariseos y los saduceos acudieran a él para ser bautizados. No obstante, tan pronto como éstos acuden en demanda de ayuda, Juan los encuentra en falta. ¿A qué se debe este proceder? Cuando se examinan estas cosas desde la parte de adentro, no se tarda en advertir que detrás de aquellas palabras no se encuentran injurias fanáticas tan sólo, sino que entrañan una significación verdaderamente profunda. Pero sólo puede comprenderse esta significación cuando se tiene en cuenta cierta tendencia especial del antiguo pueblo hebreo.

De cuanto llevamos dicho, puede concluirse que Abraham fue un hombre escogido especialmente, un hombre constituido u organizado en forma tal que resultara posible, en sus descendientes, el nacimiento de Cristo. Para que esto pudiera suceder, debía desarrollarse el atributo original en él encerrado. Debe comprenderse, además, que para el desarrollo de este atributo fue necesario sacar del paso ciertas cosas que obstaculizaban su crecimiento. Vimos, ya cómo fue arrojado José; pero antes que éste, muchos otros habían sido también desterrados; Esaú, por ejemplo, el progenitor de los Edomitas, había sido arrojado, por poseer en su ser un antiguo patrimonio de tiempos anteriores. Sólo debía conservarse y trasmitirse a la posteridad aquella cualidad de que estaba dotado Abraham. Esta verdad se halla magníficamente ilustrada por el hecho de que Abraham poseía dos hijos, Isaac hijo de Sarah, por un lado, y por el otro, Ismael. El antiguo pueblo hebreo desciende de Isaac. Abraham poseía, sin embargo, otras cualidades. Si aquéllas hubieran sido transmitidas a las generaciones posteriores, nunca se hubiera conseguido implantar a la raza la modalidad apropiada para el advenimiento de Cristo. Por lo tanto, todas ellas debieron confinarse dentro de otra línea de descendientes, la de Ismael el hijo de Hagar, la doncella egipcia. De este modo, de Abraham proceden dos líneas de descendientes; una deriva de Isaac, la otra, del desterrado Ismael; esta última llevaba en sus venas la sangre de una mujer egipcia, por lo cual no podía reunir las cualidades necesarias para la misión que había sido impuesta a la raza hebrea. ¡Entonces pasó algo extraordinario! Los hebreos debían, por un lado, transmitir a sus descendientes las cualidades necesarias para su misión, en tanto que la antigua sabiduría —patrimonio de origen más remoto— debía serles impartida desde el exterior; así, debieron ir al Egipto a fin de recibir las enseñanzas que sólo aquella tierra podía ofrecerles. Moisés fue el hombre capaz de impartir esta antigua sabiduría a los hebreos, debido a que era un Iniciado egipcio. Por cierto que jamás podría haberlo hecho si sólo hubiera poseído dicha sabiduría en la forma egipcia. Craso error sería pensar que dichos conocimientos podían pasar simplemente del Egipto a la línea de los descendientes de Abraham. En efecto, jamás la cultura de los hebreos hubiera podido asimilarlas, resultando, por el contrario, una anomalía cultural. A su iniciación egipcia, Moisés agregó algo de naturaleza completamente diversa. Lo que había adquirido mediante su iniciación no podía ser transmitido tan fácilmente a los israelitas. Una vez recibida la revelación del monte Sinaí, impartió a su pueblo, hallándose lejos de Egipto, los dictados de dicha revelación. ¿En qué consistía ésta? ¿Qué recibió Moisés en aquella ocasión y qué le ofreció a su pueblo? Le ofreció algo perfectamente adecuado para ser injertado en la raza, debido a que se hallaba vinculado a la misma en forma muy especial.

En cierta época los descendientes de Ismael se habían alejado, en sus andanzas, de la tierra natal, estableciéndose en las regiones que más tarde había de recorrer Moisés con su pueblo. Aquellas cualidades que habían sido transmitidas a los ismaelitas por intermedio de Hagar, y que, si bien relacionadas por cierto con Abraham, conservaban todavía junto con las muchas especiales por él contenidas, muchas otras provenientes de antiguos legados, fueron halladas por Moisés entre los ismaelitas, quienes tenía sus propios Iniciados. Gracias a las revelaciones recibidas por esta rama de la raza, le fue posible a Moisés efectuar las revelaciones del monte Sinaí, tornándolas comprensibles para los israelitas. Hay una antigua leyenda hebrea que dice: con Ismael, un retoño de la raíz de Abraham fue sacado y trasladado a Arabia. Arabia significa el desierto. Aquello que se desarrolló en esta rama fue parte, igualmente, de la enseñanza de Moisés. Los antiguos hebreos recuperaron, por intermedio de Moisés, bajo las formas de las enseñanzas del Sinaí, lo que habían arrojado de su sangre; así, volvió a ellos desde el exterior. Vemos aquí una vez más la extraña misión de la antigua raza hebrea; todo debía serle impartido en forma tal que más tarde fuese devuelto, como un don. Y como un don de afuera, Abraham recibió, con Isaac, la salvación y perpetuación de todo el pueblo hebreo; y Moisés y su pueblo volvieron a recibir, con los descendientes de Ismael, aquello que habían desechado. Durante este período de separación, no sólo habría de desarrollar este pueblo su propia organización, sino que recibiría nuevamente, como un don de Dios, aquello que había apartado de sí. Realmente, debemos leer la Biblia con extremo cuidado si hemos de justipreciar toda la importancia de las palabras que contiene.

Todas estas cosas se presentan como un rasgo característico del pueblo hebreo, todo a lo largo de su historia. De los descendientes de Hagar salió a luz algo relacionado con la entrega de la Ley de Moisés, en tanto que la sangre, que representaba la facultad peculiar de los israelitas surgió (abstammt) de Sarah. Agar o Hagar tiene en lengua hebrea el mismo significado que Sinaí. Ambas palabras quieren decir “el pináculo de la Montaña de las Piedras”. Podría así decirse: Moisés recibió su revelación de la Ley de la Gran Piedra, piedra que constituye una representación exterior de Hagar. Lo que el pueblo judío recibió bajo la forma de “la Ley” no tuvo su origen en las mejores facultades de Abraham, sino en las de Hagar, en el Sinaí. De modo que aquellos que se limitaron a obedecer a la ley tal como ésta le fuera entregada a Moisés en el Sinaí —los fariseos y los saduceos— se vieron expuestos al peligro de permanecer detenidos en su desarrollo. Y fueron ellos, también, quienes, en el bautismo de Juan, no quisieron ver el Cordero, sino la Serpiente. así, lo que de otro modo sólo podría parecer el agrio reproche del Bautista, se convierte en una hermosa advertencia a los fariseos y saduceos cuando aquél los apostrofa: “Vosotros que seguís a la Serpiente, cuidaos de ver realmente lo que ha de verse en el bautismo, es decir, no la Serpiente, sino el Cordero”. Y les dijo, además, que no debían justificarse en el hecho de que tenían a Abraham por padre, porque eso sólo era una expresión para ellos; y que juraban por lo que les había sido entregado en el monte Sinaí, y esto había dejado de guardar significado alguno para ellos. Ahora, algo semejante a un yo recién nacido debía incorporárseles, procedente del exterior: “Os hago conocer este Yo”, declaró Juan el Bautista “Os hago saber que del judaísmo habrá de desarrollarse aquello que realmente ha llegado a nosotros a través de las generaciones, sobre lo cual no puede ya jurarse solamente en el monte Si­naí, sino en todos aquellos lugares que nos rodean. Por ello, vendrán los Hijos de Dios que podrán ver el Espíritu detrás del mundo de los sentidos. De estas piedras, la Palabra de Dios podrá llamar a los hijos de Abraham. Vosotros no comprendéis en absoluto la expresión: A Abraham tenemos por padre”.

Después de todo lo dicho, estas palabras adquieren pleno significado. Y no se crean que derivan tan sólo de las Crónicas Akáshicas, pues también están en la Biblia. Compárese con esto, si no, lo que Pablo dijo al respecto, en su Epístola a los Gálatas (Gál. IV, 24-25). Confirma allí, el apóstol Pablo, lo que acabamos de decir. Dice, asimismo, que Hagar o Agar es la misma palabra que Sinaí, que lo que fue entregado en el Sinaí era un testamento, más allá del cual habrán de evolucionar los hombres que, gracias a haber alcanzado a lo largo de las generaciones aquel atributo especial de Abraham, podrán comprender la significación del advenimiento de Jesu­cristo.

Al mismo tiempo, debemos referirnos a cierta frase que debe ser comprendida en el futuro. Es lástima grande que en una época en que el hombre ha llevado su inteligencia aparentemente a tan grandes alturas del razonamiento, se medite poco sobre algunas cosas. Por ejemplo, en la expresión: “¡Arrepentíos!” De acuerdo con su significado, tendría que traducírsela, más o menos, en la forma siguiente: ¡Provocad un cambio en vuestros espíritus! Se nos dice en muchas partes que Juan bautizó para lograr el arrepentimiento, esto es, para cambiar el espíritu por medio del agua. Puesto que la persona bautizada procedía del agua, su espíritu debía volver cambiado; ya no debía mirar hacia atrás, hacia las antiguas tradiciones, sino hacia adelante, hacia aquello que habría de apoderarse de su yo libre, el yo que había sido liberado por intermedio de Jesucristo. El espíritu debía tornar la mirada desde la dirección de los antiguos dioses hacia la de los nuevos Seres espirituales o dioses. En esta forma, el objetivo primordial del bautismo de Juan era la transformación del espíritu. Juan bautizaba con agua a fin de despertar en los individuos la capacidad de reconocer que el Reino del Cielo estaba al alcance de la mano y que a través del mismo podrían llegar a comprender quién era Jesucristo.

 Se agrega, así, algo más a lo que ya sabíamos con respecto a la misión del antiguo pueblo hebreo. Todo ello conduce a una comprensión gradualmente mejor de Cristo. Maravilloso como parece, todas las partes diversas de esta misión se hallan reunidas. Vimos ya cómo se organizó en Abraham aquello que habría de desarrollarse más adelante a lo largo de las generaciones. A fin de lograrlo, mucho fue lo que debió rechazarse, en forma tal que las cualidades apropiadas pudieran continuar desarrollándose y trasmitiéndose por herencia en la sangre de la raza. Tales cualidades sólo las podía adquirir el hombre desde el exterior, pero la razón por la cual fue elegido este pueblo y separado de los demás, en los tiempos de Abraham, se circunscribe a un solo Ser, el de Jesús.

Los judíos necesitaban algo a que aferrarse como, por ejemplo, una enseñanza; éstas debían llegarles siempre desde el exterior y, en realidad, así fue, volviendo a ellos lo que ellos mismos habían desechado. Aquello que les fue devuelto por intermedio de Ismael no permaneció en su sangre, sino que sólo existió en su conocimiento. Así, los hebreos lo recibieron nuevamente al serles entregada la Ley en el Sinaí. El propósito de esta ley caducó cuando llegó el tiempo en que los hombres ya no necesitaron de lo que de la Piedra les había llegado, sino que recibieron aquello que debía llegarles desde el mundo exterior. En esta forma, se fue cumpliendo lentamente la preparación para la época en que los Hijos de Dios —esto es, los hombres— despertasen de las piedras, cuando detrás de todas las piedras, si, detrás de toda la Tierra, se les revelase el mundo del espíritu.

Todas estas cosas no son sino nuevas perspectivas útiles para la comprensión de la misión cumplida por el pueblo hebreo. Sólo cuando esta misión haya sido plenamente comprendida, podrá entenderse en todo su valor la potente forma de Jesucristo tal como se nos presenta en el Evangelio de San Mateo.

Editado por Gracia Muñoz de una versión encontrada en Biblioteca Upasika.

GA117c2. Profundos secretos de la historia humana a la luz del Evangelio de San Mateo

Rudolf Steiner — Berlín, 9 de Noviembre de 1909

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En la última conferencia expliqué mi deseo de formular algunas meditaciones relativas a los Evangelios y di las razones por las cuales creía conveniente dedicar esta conferencia al Evangelio de San Mateo.

En cierto sentido, es en este Evangelio donde se nos presenta el lado más humano de Jesús; por otra parte, coloca ante nuestra vista, una revisión completa de los acontecimientos históricos, mostrándonos la forma en que surgió Jesús como fruto de la propia humanidad.

Puesto que aquí se nos enseña que el mayor acontecimiento dentro de la evolución terrena fue resultado del desarrollo histórico, podemos aventurarnos a suponer que este mismo Evangelio debe contener también los secretos más profundos referentes al nacimiento y desarrollo de la humanidad. No dejaré pasar esta oportunidad sin hacer nuevamente hincapié en el hecho de que los temas a tratar aquí son de naturaleza sutil y que sería demasiado fácil dañar el movimiento científico espiritual si los secretos aquí revelados fueran expuestos al mundo en forma unilateral. De este modo, trataremos de poner el mayor cuidado para no desvirtuar las delicadas comunicaciones referentes a estos problemas, nunca se insistirá demasiado en que todo aquel que desee trazarse un cuadro de Cristo, sólo podrá hacerlo si tiene la paciencia suficiente para describir a este Ser desde los cuatro ángulos que nos brindan los Evangelios. Aun en el Evangelio de San Lucas puede observarse cómo las dos grandes corrientes precristianas, la procedente de Zaratustra y la derivada del budismo, se unen para verter su contenido en el gran río de la vida cristiana sobre la Tierra.

El Evangelio de San Mateo trata, en primer lugar, un tema  completamente diferente, a saber, la demostración de la forma en que la naturaleza corporal en que se encarnó la individualidad de Zaratustra evolucionó en el seno de la antigua raza hebrea. Su tarea consiste en mostrar el papel que correspondió a la antigua raza hebrea en la evolución total del género humano. Es fácil comprenderlo, cuando decimos que la individualidad de Zaratustra se encarnó en Jesús de Belén, que sólo la naturaleza corporal nació entonces en el seno de la raza hebrea y que nada se implica fuera de que Zaratustra adquirió una forma corporal que había tenido su evolución dentro de aquella antigua raza. Cualquier otro sentimiento que se pretenda introducir, terminará presentando un cuadro totalmente falso de la verdad. Cada vez se torna más claro para nosotros, tras estas consideraciones, que una individualidad tal como la de Zaratustra tenía necesidad de una naturaleza corporal que le sirviese a modo de instrumento.

Cuando una individualidad desciende a la Tierra desde los mundos más altos, desde los mundos divino-espirituales, y se encarna en una naturaleza corporal inadecuada, nada puede hacer de ésta —en cuanto instrumento— fuera de lo que le permita su capacidad intrínseca. Los falsos sentimientos que acabamos de mencionar fácilmente podrían dar lugar a toda clase de malos entendidos. Durante largo tiempo no se comprendió en el movimiento teosófico que la naturaleza corporal del hombre constituye el templo del alma. Debemos recordar al respecto, aquello que tantas veces dijimos: el yo humano habita dentro de tres envolturas o cubiertas, todas ellas más antiguas que el propio yo. Este yo humano es un ser de la Tierra, el más joven de los principios humanos —el cuerpo astral tuvo sus orígenes en la antigua Luna, el cuerpo etérico o vital, en el antiguo Sol— de modo que tiene a sus espaldas tres etapas de evolución planetaria; a su modo, el cuerpo físico constituye la parte más completa del hombre, presentando cuatro etapas planetarias de evolución detrás suyo. A través de épocas y épocas se ha ido llevando a cabo la elaboración del cuerpo físico hasta convertirlo en el perfecto instrumento que es hoy día, dentro del cual se desarrolla el yo humano, en procura de un ascenso gradual hacia las alturas espirituales. Si el cuerpo físico fuera tan imperfecto como el astral y el yo, la evolución humana sería imposible en la Tierra.

Si tenéis presente la vasta significación de este hecho, no podréis ya asociar ningún falso sentimiento con la idea de que Zaratustra sólo pudo nacer en el seno de la raza hebrea. Se necesitaba un pueblo constituido tal como aquél lo estaba, para poder proveer una naturaleza corporal a un ser del carácter de Zaratustra. Cuando pensamos que dicho ser había evolucionado hasta alcanzar alturas cada vez más elevadas, desde la época en que enseñó a su pueblo persa original, nos es forzoso admitir que sólo podía recibir el instrumento corporal adecuado, en el seno de una raza digna de la grandeza de su índole. ­A través de las evoluciones del Antiguo Saturno, del Antiguo Sol, de la Antigua Luna y de la Tierra, los dioses se han preocupado por elaborar un cuerpo físico apropiado para la Humanidad. Debemos concluir de aquí que la preparación tanto más íntima de un cuerpo humano adecuado para el alto grado evolutivo alcanzado por Zaratustra tiene que haber exigido un trabajo creador divino y espiritual, mucho más largo y elaborado que el habitual. Para poder acoger en su seno a Zaratustra, el pueblo hebreo debió seguir un curso histórico determinado.

Las crónicas Akáshicas nos revelan que todo cuanto se encuentra en el Antiguo Testamento concuerda perfectamente con los hechos históricos. Todas las cosas debieron seguir la dirección estipulada de antemano, en la antigua raza hebrea, para que pudiera producir finamente aquel fruto cumbre: la personalidad de Jesús de Belén. Fue necesario para ello, tomar ciertas disposiciones; fue necesario que de la acumulada cultura de la época postatlantiana quedara algo capaz de desarrollar en el hombre aquellas fuerzas que debían salir a la luz y cuyo destino era reemplazar a la antigua facultad de la clarividencia.

 El pueblo hebreo fue escogido al efecto de suministrar los cuerpos donde pudiera organizarse lo que llamamos comprensión del mundo, y esto, dentro de las circunvoluciones del cerebro, sin participación alguna de la perdida clarividencia. Tal es, el papel histórico del pueblo hebreo. En Abraham, padre de la raza, fue elegido el individuo capaz de alojar en su cuerpo el pensamiento discriminatorio. Todos los sucesos de importancia anteriores a su tiempo, habían tenido lugar bajo la influencia de la antigua clarividencia, pero surgía ahora una personalidad escogida especialmente para poseer un cerebro, para no ser conducido de aquí para allá por las fantasías e intuiciones clarividentes, para poder considerar las cosas en toda su pureza por medio de la comprensión. Esto exigía un cerebro especialmente organizado y la persona destinada a alojarlo debió ser cuidadosamente escogida. Y esta persona, a no dudarlo, no fue otro que Abraham. Esto concuerda exactamente con lo observado en los registros Akáshicos; en efecto, la dirección de la trayectoria recorrida por Abraham, iba desde más allá del Éufrates hacia el oeste, en dirección a Canaán. Abraham fue mandado a buscar, según se nos dice en la Biblia, desde Ur, en Caldea. Mientras los ecos de la antigua y oscura clarividencia perduraban todavía en la civilización egipcia, al igual que en la de Caldea y Babilonia, un individuo de la raza caldea fue escogido y dotado de facultades tales, que ya no necesitó confiar en aquélla, sino tan sólo en las observaciones y hechos que el análisis del mundo exterior ponía de relieve. Con esta nueva potencia, surgió una civilización y sus frutos han impregnado hasta nuestros días toda la cultura y civilización occidentales.

Abraham fue quien introdujo este pensamiento combinador, esta lógica matemática; hasta la Edad Media se reconoció en él, en cierto sentido, al fundador de la aritmética. La tendencia fundamental de su pensamiento consistía en considerar al mundo en su relación con la medida y el número. (See Appendix I, p. 72).

Una personalidad tal se hallaba perfectamente preparada para trabar una relación viva con la Divinidad que se revela a Si misma por mediación del mundo exterior. Salvo la de Jehová, todas las divinidades se habían revelado en el interior de las almas de los hombres; a fin de conocerlas, los hombres debían despertar en sus almas la Imaginación, la Intuición, etc. En la antigua India, los hombres elevaban los ojos hacia el sol; miraban los distintos reinos de la Tierra; consideraban todo cuanto tenía lugar en la atmósfera circundante, en el mar, etc. Pero todo esto suponían ellos que no era sino ilusión, es decir, Maya; nada encontraron los hindúes en estos objetos que perteneciese a la Divinidad; sólo creían poder alcanzarla a través de su Imaginación interior, a la cual referían todo lo que contemplaban en el mundo que los rodeaba.  Aun en lo que a Zaratustra se refiere, debemos admitir que jamás podría haber señalado a los hombres el gran Ser Solar, si Ahura Mazdao, el poderoso Ser Solar, no hubiera alumbrado previamente en su interior. Todo esto puede observarse, especialmente con referencia a las divinidades egipcias; en efecto, todas ellas surgieron por entero a partir de las experiencias interiores del alma, para ser luego referidas a las cosas externas. Todo cuanto se relaciona con las deidades pre-hebraicas debe interpretarse desde este punto de vista.

Jehová es aquella deidad vista desde afuera, aquella deidad que se aproximaba a los hombres desde el exterior; aquella deidad que se revelaba en el viento y en el clima. Cuando los hombres penetran todo cuanto existe en el mundo circundante con carácter de número y susceptible de ser pesado y medido, no hacen sino aproximarse al Dios Jehová. El camino, en épocas anteriores, era completamente distinto. Brahma era reconocido, primero, en la parte interior del alma y sólo después pasaba al exterior. Jehová, por el contrario, era reconocido primero en el mundo exterior, para ser luego aprehendido en la intimidad de la propia alma del hombre. Tal es el lado espiritual de lo que se conoce como el pacto de Abraham y Jehová. Este hombre poseía un espíritu capaz de comprender a Jehová. La constitución corporal de Abraham era tal que podía reconocer a Jahve o Jehová como el Dios que vive y se mueve en los fenómenos externos del Universo.

Ahora bien; debido a la idiosincrasia del individuo, de Abraham, nos corresponde a nosotros considerar la misión de todo el pueblo. Era necesario que la conformación espiritual de Abraham se transmitiese a otros individuos. Esto, sin embargo, quedaba comprendido dentro de los límites del instrumento físico, puesto que todo lo que viene al hombre del exterior se halla relacionado con algún órgano perfectamente diferenciado del cuerpo físico. Las religiones de los pueblos de la antigüedad, puesto que se basaban en la oscura clarividencia, no otorgaban mayor importancia a la forma en que las distintas partes del cerebro humano se hallaban constituidas, pero ahora, la comprensión de Jehová se vinculaba estrechamente a dicha conformación. La trasmisión de tales idiosincrasias sólo podía tener lugar por medio de la herencia física en un pueblo estrechamente ligado por vínculos de sangre.

Por lo tanto, debía pasar algo especial. Abraham debía tener descendientes capaces de perpetuar el desarrollo de esa conformación especial del cuerpo físico, cuerpo que hasta entonces había sido formado por los dioses y que alcanzó su máximo florecimiento en Abraham. La formación del cuerpo humano, que hasta entonces había sido obra de los dioses, tenía que llevarse a cabo ahora sin ayuda, por la sola acción del hombre, y ello, a lo largo de sucesivas y numerosas generaciones. La herencia física tenía por misión la perpetuación de un cerebro capaz de comprender a Jehová. El pacto entre Jehová y Abraham debía pasar también a sus descendientes.

Pero esto trajo asociado, un extraordinario sacrificio de la individualidad de Abraham a Jehová; en efecto, el hombre sólo adquiere la posibilidad de desarrollar una constitución especial, cualquiera que ella sea, si se le da a la misma el fin para el cual fue creada. Por ejemplo, si ha de alcanzar la mano una gran aptitud para cierta tarea especial, esto sólo puede lograrse si sus facultades se desarrollan en conformidad con la intención para la cual fue creada. Para que pudieran desarrollarse las cualidades físicas del cerebro a modo de instrumento para la comprensión de Jehová, fue necesario que el autosacrificio de Abraham y su comprensión de Jehová alcanzaran las alturas más grandes que imaginarse pueda. Y esto ocurrió realmente.

Eso fue exactamente lo que sucedió, como lo relata la Biblia. El auto sacrificio es supremo cuando un hombre ofrece todo lo que el futuro guarda para sí mismo. Abraham es llamado a sacrificar a su hijo Isaac a Jahve. Con eso habría sacrificado a todo el pueblo hebreo, todo lo que él mismo era, y todo lo que tenía que traer, a través de él, al mundo. Abraham fue el primer ser humano que realmente entendió a Jahve, en el sentido de que sabía que si deseaba probar la plenitud de su devoción, debía entregarse por completo a Jahve. Sin embargo, a través de ofrecer a su único hijo, Abraham renunció a la propagación de su línea en el mundo. Pero tan completa fue su devoción que con toda resolución, ofreció a Isaac.

 

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Entonces Isaac le fue devuelto. ¿Qué significa esto? Significa algo de suprema importancia. Abraham recibe a Isaac de nuevo de la mano de Jahve. Esto le da a Abraham la comprensión de que la misión que es suya en virtud de su propia Individualidad no la pasará a la posteridad a través de su propia acción, sino que la recibirá en la persona de su hijo como un regalo de Jahve[1]. Cualquiera que reflexione sobre esto profundamente se dará cuenta de que aquí tenemos un hecho de importancia cósmica, por el cual se arroja una luz inconmensurable sobre los secretos de la evolución histórica de la humanidad.

Ahora vamos a considerar cómo proceden los eventos. – A través de la devoción de Abraham a Jahve se hizo posible el correcto desarrollo de lo que hasta ahora había sido obra de los dioses, es decir, la naturaleza física de la humanidad que había surgido del universo. Como sabemos, la constitución física corporal del hombre en la tierra está conectada, de acuerdo con el número, la medida y el peso, con todas las leyes que gobiernan el mundo de las estrellas. Del mundo de las estrellas nace el hombre; en su mismo ser él encarna las leyes de ese mundo. Las leyes del cosmos debían ser grabadas, por así decirlo, en la sangre que de Abra­ham pasaría a todas las sucesivas generaciones de la antigua raza hebrea. En ésta, todo debía ser ordenado a fin de que el flujo de la ley continuase, tal como procedía del Universo, en el número, la medida y el peso del cuerpo físico humano. Esto encuentra su expresión en una frase de la Biblia que tantas veces ha sido erróneamente interpretada. La expresión a que aludimos no significa que Dios hizo a los israelitas tan numerosos como las estrellas del cielo[2], sino que el modo de su perpetuación, desarrollo y diseminación sobre la faz de la Tierra, fue hecho obedeciendo a la misma ley, a la misma relación numérica que rige las estrellas del firmamento.

Lo que el pueblo hebreo debía transmitir o perpetuar era su ordenamiento en conformidad con la armonía numérica de las estrellas (Zahlenverhaltnisse). Veamos cómo sucedió. Isaac tuvo dos hijos: Jacob y Esaú. Entonces todo lo que procedía en línea directa de Jacob, a través de la sangre de las sucesivas generaciones, continuó desarrollándose, en tanto que la rama de Esaú fue eliminada y apartada de la línea principal.

 Jacob tuvo doce hijos, en correspondencia con las doce zonas del Zodiaco, a través de las cuales se desplaza el sol en la bóveda celeste, a fin de conservar el orden de las estrellas. Tal, era la medida interior de la ley (Gesetzmasigkeit). En la vida y continuidad del pueblo hebreo se observa el fiel reflejo del número y de la medida, tales como rigen en el cielo. Abraham se hallaba decidido a sacrificar a su hijo Isaac; en virtud de ello Jehová lo relevó de su compromiso. En lugar de Isaac se sacrificó un Cordero. ¿Qué significa esto? Algo verdaderamente profundo. Y ello es que el atributo físico humano que debía trasmitirse por herencia a través de las sucesivas generaciones de la raza, al que iban asociadas ciertas facultades y del cual dependían la comprensión de la medida y el número en conformidad con la lógica matemática, debía continuar y ser recibido como un don de Jehová. Pero a fin de que pudiera conservarse puro e inmaculado era necesario renunciar a toda clarividencia; a toda la Imaginación, las intuiciones y el flujo de todas aquellas Revelaciones tales como aparecen en las antiguas religiones de edades remotas, hasta los caldeos y los egipcios. Debía renunciarse a todo don del mundo espiritual. El último que permanecería, cuando todos los demás dones se hubieran ya oscurecido, era el expresado por el símbolo místico del Carnero. En éste, los dos cuernos del carnero aluden al sacrificio de la flor de loto de dos pétalos: el último don de la clarividencia fue ofrendado después de haber renunciado ya a los primeros.

 A fin de que Isaac retuviera la cualidad física de este órgano, debía ser sacrificado el último atributo de la clarividencia, el don del carnero o de la flor de loto de dos pétalos.[3] La misión encomendada a este pueblo se continuó así, transmitiéndole las facultades de Abraham de generación en generación. Toda vez que reaparecía atávicamente la clarividencia, toda vez que alguien podía ver nuevamente en el mundo espiritual, tan fuerte era la reacción provocada, que la persona dotada con este don era inmediatamente apartada de la sociedad, prohibiéndose la vida en común con el grupo. La antipatía hacia el don del carnero halló expresión en la persecución. Tal fue el caso de José. En sueños recibió una iluminación profética del mundo de los espíritus. El destierro que debió sufrir entonces resulta perfectamente comprensible, puesto que lo que él poseía no estaba de acuerdo con la misión encomendada al pueblo hebreo. Fue arrojado del seno de sus hermanos debido a que había reaparecido en él un vestigio de la antigua clarividencia. José debió dirigirse a Egipto porque se había apartado de la misión de su pueblo. Tal, el profundo significado de lo que allí se nos dice.

Se comprende ahora cómo por mediación de esta personalidad, en quien se había depositado un antiguo legado que el pueblo hebreo sólo podía considerar en su carácter de don existente con anterioridad a Abraham —por intermedio de José—sucedió algo que, una vez más, resultó de enorme importancia para la evolución del antiguo pueblo hebreo hacia el cumplimiento de su misión. En cierto sentido, estaba cerrada para los hebreos la puerta que conducía a los pueblos hindú y persa hacia su religión, por medio de la antigua y oscura clarividencia. ¡Para ellos estaba cerrada la puerta! Miraban hacia el mundo, regulado de acuerdo con la medida y el número, y reconocían en Jehová a la Unidad por la cual todas estas cosas se hallaban ordenadas. Ellos sabían una cosa y era esto que todo aquello que miraban, todo aquello que encontraban en Jehová como creador de los fenómenos del mundo, y el yo humano (Ichheit) no eran sino una misma cosa única.

Pero ninguna imaginación, ninguna experiencia individual interior pudo darse en el seno de aquel pueblo con respecto a estas cosas, y así, debieron aprenderlo todo del exterior. Esto significaba que tuvieron que aprenderlo de otro pueblo que poseía todavía estas experiencias interiores. Y no fue otro que José el eslabón que vinculó a los antiguos hebreos con los egipcios, pueblo éste de quien los antiguos hebreos pudieron aprender lo que ya no podían experimentar por sí mismos. Los hebreos aprenderían así lo que un hombre puede tornar consciente una vez que ha tenido experiencias interiores individuales, sumando a su conocimiento y experiencia del mundo exterior, la Imaginación íntima del ser. Y esto fue lo que sucedió cuando los hebreos trabaron contacto con el pueblo egipcio, pueblo que todavía tenía experiencias clarividentes en gran medida. Los hebreos tuvieron entonces que armonizar estas facultades interiores con las que habían adquirido a través de la lógica matemática. Pero nunca hubieran podido hacerlo solos, sin la conducción de una personalidad dotada de cierto margen de Imaginación. Por eso decíamos que fue José el eslabón adecuado para unir ambos pueblos puesto que poseía aquella facultad.

 José podía resultar útil a los egipcios porque poseía cualidades de dos clases diferentes; en primer lugar, estaba dotado de la antigua clarividencia anterior a la época de Abraham, hallándose familiarizado también con las facultades que los egipcios habían desarrollado a partir del don original. Pero lo que faltaba a los egipcios era la lógica matemática, es decir que no podían aplicar la facultad de la Imaginación a la vida física ordinaria. Bastaba que sucediese algo sin precedentes para que el Faraón no pudiera resolver el problema correctamente. La Imaginación sola no basta y así, cuando obraba algún factor perturbador, eran necesarias otras aptitudes de que los egipcios carecían; era necesario pensar con claridad y en conformidad con la medida y el número, elaborando su relación recíproca. Pero José sí poseía esta doble capacidad. Por esta razón, se vio en condiciones de prestar buenos consejos a la corte egipcia, para constituirse, finalmente, en el puente que habría de unir hebreos y egipcios. Y esto pudo ser porque las enseñanzas de Jehová que hasta entonces habían sido una suma de realidades externas, a manera de cuadro matemático del universo, recibieron el color y el contenido de la Imaginación interior de que estaba dotado el pueblo egipcio.

 Esta relación y armonía entre las antiguas experiencias egipcias y la comprensión de las relaciones cósmicas, tuvo lugar por intermedio de Moisés[4]. Una vez lograda esta fusión, el pueblo fue conducido nuevamente a su tierra donde todo cuanto había visto y oído —no experimentado— en Egipto, seguiría influyendo a su manera sobre su desarrollo ulterior. Lo importante era que el don de Abraham permaneciese puro y sin mezcla, libre de la sangre de otros pueblos; que esa especial cualidad de la sangre no se contaminase sino que, lejos de ello, conservase este antiguo pueblo intacto para su raza lo que por el sacrificio original había logrado. De este modo, el patrimonio de los tiempos antiguos —que en el pueblo de Egipto era el don de la sabiduría— fue transmitido a los antiguos hebreos por Moisés junto con sus facultades lógicas matemáticas. Pero una vez más debieron desprenderse de la tierra en que se hallaban, debido a que las nuevas facultades que debían ser transmitidas a sus descendientes sólo podrían pasar de padres a hijos en un pueblo perteneciente a la raza de Abraham.

Y así siguió la vida de este pueblo. Dado que las condiciones preestablecidas tendían a tornarse cada vez mejores, dado que la sangre del pueblo tendía cada vez más hacia esas condiciones preestablecidas y se desarrollaba de esta manera a lo largo de las generaciones, se hizo posible, en cierto momento de su historia, que la naturaleza corporal del niño Jesús (See Appendix II, p. 75) configurase entre ellos un cuerpo digno de alojar a la personalidad de Zaratustra. A ese fin, el pueblo hebreo había tenido que crecer fuerte y poderoso.

Si, de acuerdo con el Evangelio de San Mateo, seguimos su destino ulterior, a partir del tiempo de los Jueces y de los Reyes, veremos cuán frecuentemente erró este pueblo y veremos también que esto era necesario para poder permitir que sucediera lo que sucedió. Era necesario, especialmente, que este pueblo padeciera toda suerte de infortunios. Así lo demuestra su cautiverio en Babilonia. Veremos cómo contribuye esto a desarrollar sus características especiales y por qué fue necesario que trabasen contacto con el otro lado de la antigua tradición tal como aparece en Babilonia, cuando se hallaban maduros para retomar el camino hacia la meta que se habían propuesto. Esto, por un lado. Por el otro, no debe olvidarse que en el mismo tiempo en que los hebreos trababan contacto con los Babilonios, un poderoso maestro del oriente comenzaba a difundir sus enseñanzas entre ellos y algunos de los mejores hebreos lograron asimilar la luminosa influencia de este gran maestro. Era la época en que Zaratustra, —bajo la forma de Zaratas o Nazarathos— efectuaba sus prédicas en las regiones adonde habían sido llevados los judíos por su destino. Algunos de los mejores profetas recibieron su influencia. El resultado no pudo ser mejor con este pueblo; en efecto, la sangre había arrojado ya ciertos frutos y además actuaban ya sobre ellos ciertas influencias extrañas procedentes del exterior.

No sería errado, en verdad, comparar todo este proceso con la lenta evolución de un solo ser humano. Supongamos, por ejemplo, un niño recién nacido. En lo que se refiere a su cuerpo, crece hasta el séptimo año bajo el cuidado de sus padres. Durante esta época, recibe la influencia, principalmente, de los factores del plano físico. Luego comienza una transformación que tiene su punto de origen en el nacimiento del cuerpo etérico; esta evolución se basa en el desarrollo de la memoria que sólo es posible adquirir cuando el cuerpo etérico se ha fortalecido en la medida necesaria. El tercer periodo se inicia cuando se produce la iniciación de las relaciones entre el cuerpo astral del hombre y el mundo exterior. Es por entonces cuando el individuo debe adquirir su facultad de juicio. El pueblo hebreo recorrió este camino en forma muy especial.

Corresponde el primer periodo al tiempo comprendido entre Abraham y los primeros reyes; comparado con la vida de un solo individuo, en esta época equivaldría al periodo de los primeros siete años de vida. Durante ese tiempo, todo apuntó a establecer la cualidad característica de la sangre. Todo lo que sabemos de esta época, a saber, las andanzas de Abraham, la formación de las doce tribus, el orden en que fueron dadas las distintas partes de la ley mosaica y los peligros del desierto, puede compararse con los sucesos que tienen lugar durante los primeros siete años de vida de la historia de un hombre, en el plano físico.

Sigue luego la segunda época, la de la consolidación interior, la comprendida entre el gobierno de los reyes y el cautiverio en Babilonia. Aparece entonces la influencia de los caldeos sobre la civilización hebrea, la influencia oriental, las enseñanzas de los Magos, y surge, finalmente, el gran conductor que, en la persona de Zaratustra, vertió su saber oriental sobre el pueblo hebreo unos 550 ó 600 años antes de nuestra era. Ya por entonces, se hallaba trabajando activamente en la preparación de una naturaleza corporal adecuada para una encarnación posterior. En esta forma, a través de todas las generaciones que sucedieron a Abraham, fueron evolucionando más y más todas las posibilidades y condiciones que harían posible el nacimiento de una naturaleza corporal adecuada para la ulterior encarnación de Zaratustra.

El Evangelio de San Mateo representa esta evolución, en particular, con maravillosa fidelidad, en el sentido de que permite el surgimiento de una agrupación triple. Tres veces tenemos catorce divisiones: de Abraham a David hay catorce; de David al cautiverio en Babilonia, también catorce, y del cautiverio en Babilonia a Jesucristo, nuevamente catorce; esto hace tres veces catorce divisiones, o sea, cuarenta y dos en total, mostrando cómo en lo que se refiere a Su naturaleza corporal, Jesús no era sino la síntesis de todo lo que había sido cuidadosamente preparado desde la época de Abraham en adelante, a través de las muchas vicisitudes padecidas por el pueblo hebreo.

Y ahora debía hacer su aparición un ser humano que reuniera, en un solo hombre todas las cualidades que habían sido acumuladas, por así decirlo, en una serie de generaciones; un hombre que les diera expresión en Su alma y en sus actividades anímicas. Toda la evolución hebraica, desde Abraham en adelante, se resumió así en un hombre, alcanzando su culminación en el Jesús del Evangelio de San Mateo. ¿Cómo podríamos comprender esto? Sólo sería posible, recapitulando en la vida espiritual del hombre el curso completo de esta evolución. Zaratustra surgió aproximadamente, en las cercanías de Ur, en Caldea, pero espiritualmente procedía de los Misterios de donde también Abraham había venido. Fue allí donde la “Estrella de Oro” fue vista por primera vez; comenzó a brillar allí y, de ahí en más, los Reyes Magos la siguieron: esta estrella era el propio Zaratustra encarnado que recorría el camino que ya antes había recorrido Abraham, para instalarse en el lugar en que habría de nacer el niño. En ese momento, la individualidad de Zaratustra se encarnó en el niño Jesús que nació en Belén. Los Reyes Magos lo supieron y siguieron al cometa, lo cual significa que no hicieron sino seguir a su gran maestro Zaratustra, que se hallaba en trance de encarnar.

Lo que ahora nos interesa es que esta trayectoria se continúa en realidad, que en el interior de la persona de un Jesús se condensa toda la civilización hebrea. En primer lugar, vemos repetirse el sacrificio en el espíritu: el sacrificio de Isaac. Se repite, en esencia, en el sacrificio ofrendado por los tres Reyes Magos de Oriente: Oro, Incienso y Mirra. Nuevamente vemos aquí algo que nos recuerda un acontecimiento más lejano en la historia del antiguo pueblo hebreo. Todo lo relacionado con el nacimiento del niño Jesús representa, de alguna manera, un reflejo de las vicisitudes padecidas por la raza hebrea. Tenemos allí a un José con su patrimonio de sueños, que representó el vinculo entre los pueblos hebreo y egipcio; nuevamente tenemos otro José que también tuvo sueños, llegando a saber, en uno de ellos; no sólo que Jesús habría de nacer, sino que debería llevarlo a Egipto. Continúa así el desarrollo de Zaratustra en la forma corporal del niño Jesús. Del mismo modo en que había seguido la trayectoria recorrida por Abraham en el plano físico desde Ur, en Caldea, hasta Canaán, así continuó ahora su viaje a Egipto, y a su tiempo, nuevamente retornó de Egipto, del mismo modo que el pueblo hebreo había vuelto de Egipto. De este modo, al iniciarse la vida de Jesús de Belén, que más tarde se llamó el Nazareno, encontramos una réplica de las vicisitudes padecidas por el antiguo pueblo hebreo hasta su regreso de Egipto a la tierra prometida de Palestina. Aquello que había tenido lugar a través de largos siglos, bajo la forma de la historia exterior de la raza hebrea, se repetía ahora en las vicisitudes de aquel ser humano que, bajo la forma corporal de Jesús de Nazareth, alojaba al antiguo maestro Zaratustra. Esto, en un sentido lato y de acuerdo con el significado del Evangelio de San Mateo, constituye el secreto de la historia humana.

Nunca se comprenderá la historia humana, a menos que se reconozca en el destino de los grandes individuos a quienes se ha encomendado una misión especial que cumplir, una repetición de toda la evolución cumplida a lo largo de los siglos, puesto que estos hombres deben condensar en su propia encarnación todo lo que ha tenido lugar en el transcurso de la historia. Grande, insuperable, era por cierto lo que Jesucristo tenía que representar pero, ante todo, Su naturaleza corporal debía ser preparada convenientemente, y esto sólo podía alcanzarse por los medios mencionados. ¿En qué momento del tiempo tuvo lugar dentro de la personalidad de Jesús esta breve recapitulación de toda la historia del pueblo hebreo? Si queremos comprender este momento, tendremos que revisar ciertos hechos evolutivos, operación para la cual he tratado de prepararos durante tantos años.

Considerad lo siguiente: la humanidad surgió a partir de un estado primitivo en que todo lo que liga a los hombres entre si, en el amor, se hallaba relacionado con el vínculo de la sangre. Los individuos amaban a aquellos con quienes se hallaban estrechamente vinculados por la sangre y sólo se casaban con quienes poseían estos vínculos. Ningún otro amor existía por entonces y he ahí por qué el matrimonio se asociaba con la relación de sangre. Era esto lo que se llamó “matrimonio cerrado”; la humanidad se originó en el matrimonio cerrado. En diversos puntos de la Tierra, cada vez comenzaron a romperse más y más estos vínculos. En todos los pueblos podemos comprobar cuán extraordinaria resultó la transición del “matrimonio cerrado” al “matrimonio abierto”, según el cual podían casarse hombres y mujeres de familias diferentes. Todos los mitos y leyendas nos lo describen como un extraño suceso; por ejemplo, la Canción de Gudrun. Esta transición siempre produjo una impresión de extrañeza en el pueblo.

Durante esta evolución, se desarrollaron dos tendencias en la humanidad. En la unión de unos individuos con otros por el vínculo de la sangre, obraba el Divino Principio espiritual que llevaba a la humanidad ser una sola. Contra su acción, se levantaba la del activo Principio Luciférico, mandando a cada hombre a mantenerse solo y apartado, mandando que cada individuo se tornase tan poderoso y grande como fuese posible. Y ambos principios debían hallarse presentes en la naturaleza humana, ambas fuerzas debían tomar parte en la evolución humana.

Ahora bien; estas dos fuerzas contrarias obraron a lo largo de toda la evolución humana: las Divinas Fuerzas Espirituales y también las Luciféricas, que habían permanecido rezagadas en la Antigua Luna; fuerzas deseosas de impedir que los hombres se perdiesen, prefiriendo que se mantuvieran independientes. Estas dos fuerzas obraron sobre la evolución del hombre, y él yo humano, que es un producto de la Tierra, se dividió, por consiguiente, aquí y allá; de un lado, fue atraído hacia el amor humano, del otro, hacia la autosuficiencia interior. Pues bien; en cierto momento, en el transcurso del tiempo, se produjo una crisis relacionada con la interacción de estas dos fuerzas.  Esta crisis, aplicada a los asuntos humanos, tuvo lugar cuando por acción del Imperio Romano los pueblos comenzaron a mezclarse unos con otros sobre gran parte de la Tierra. Fue éste, realmente, un gran momento para el destino de la evolución humana; el momento en que el problema decisivo concerniente al matrimonio cerrado o abierto, debía ser definitivamente aclarado. La gente debió enfrentar el peligro o bien de perder su yo al permanecer en grupos familiares separados, o bien de perder toda vinculación con la humanidad y convertirse en meros individuos separados, independientes y egoístas.

El momento decisivo había llegado. ¿Qué iría a pasar ahora?. Algo definitivo. El yo humano debía adquirir la suficiente madurez para desarrollarse dentro de sí mismo. Debía desarrollar aquello que, por primera vez, podía llamarse independencia y voluntad, y debía ser capaz, finalmente, de desarrollar el amor del alma libremente en su interior, amor éste que no se hallaba ya restringido por los vínculos de la sangre. El yo se vio enfrentado, así, con esta alternativa decisiva. En completa libertad, debía tornarse más consciente de sí mismo. Toda la humanidad del mundo antiguo, con excepción de los pueblos orientales, se hallaba confrontada ahora con un nuevo nacimiento del yo, con un nacimiento por el cual el yo podría elevarse a un amor nacido dentro de sí mismo. El yo debía ahora elaborar amor por medio de la libertad, y libertad por medio del amor. Y, en realidad, sólo aquel individuo capaz de hacerlo puede declararse completamente humano. Sólo es un verdadero hombre aquel que posea un yo semejante.

En efecto, aquel que sólo ama en virtud de la existencia de un lazo de sangre está obligado a amar y no hace con ello sino expresar en una forma superior lo que ya existe en otra inferior, el estado animal. En el momento a que me vengo refiriendo, el hombre alcanzó, por primera vez, su desarrollo completo. En este momento comenzó a difundirse sobre la Tierra una influencia que terminaría haciendo de los hombres, hombres verdaderos. Recordad lo que en incontables ocasiones os he dicho: el ser del hombre consiste en tres partes, a saber, el cuerpo físico, que tiene en común con los minerales; el cuerpo etérico, que tiene en común con las plantas; y el cuerpo astral  —en el que se hallaba situado realmente el amor hasta entonces— que posee en común con los animales. Con su yo plenamente desarrollado, el hombre es la cúspide de la creación terrena. Todos los demás seres terrenos poseen nombres que se les pueden dar desde afuera; son objetos. El yo tiene un nombre que sólo puede darse a sí mismo. En el yo, es Dios quien habla; las vinculaciones terrenas ya no hablan en él, sino el reino del Espíritu; cuando el yo ha alcanzado su plena evolución, el Espíritu del Cielo habla en él.

Podría decirse que hasta aquella época habían existido tres reinos: el mineral, el vegetal y el animal; un cuarto reino, que se elevaba ciertamente por encima de los anteriores, no había alcanzado aún, ciertamente, la perfección; no había recibido todavía en su seno su naturaleza completa supraterrenal. Este reino, que consistía en el hecho de haber entrado en la naturaleza de un Yo (Ichheit) —que por ninguna parte había aparecido hasta entonces sobre la Tierra— el mundo espiritual, el Reino de los Cielos; este reino se denomina, en el lenguaje de la Biblia, el “Reino” o “El Reino de los Cielos”, o simplemente, “El Reino de Dios”. El Reino del Cielo no es sino otra forma de describir al “reino humano”. Si hablamos de un reino mineral, vegetal y animal, también podemos hablar, de acuerdo con la Biblia, de un cuarto reino, el reino del cielo.

 Así, de acuerdo con el sentido de la Biblia, el reino humano es el “Reino de los Cielos”, y aquellos que en aquella época pudieron ver el curso total de la evolución humana de acuerdo con el significado de los Misterios, podrían haber dicho lo siguiente: volved la vista hacia las épocas del pasado: la humanidad se hallaba entonces en camino hacia la existencia humana; el reino de los cielos no había llegado todavía a la Tierra; pero ha llegado el día, ahora, en que el reino del cielo desciende a la Tierra. Dijo el precursor de Cristo, al igual que el propio Jesús: “El Reino del Cielo está al alcance de la mano”. Se revela en estas palabras el profundo valor de esta época. En ella debía ver la luz el nacimiento de Jesucristo. Era su misión dotar a la humanidad de las potencias necesarias para que el yo pudiese desarrollar las cualidades de que acabo de hablaros. Toda la evolución humana se divide, por consiguiente, en dos partes. Una parte precristiana en que el reino del cielo no había descendido todavía a la Tierra, y una segunda parte en que ya lo había hecho, indicando así el punto en que el reino humano alcanzó su máxima significación.

 Fue la antigua raza hebrea la elegida para proveer la naturaleza corporal. La envoltura física adecuada para prestar abrigo a un Ser capaz de convertirse en el portador de este reino celestial. Tales los secretos que surgen ante nuestra vista asombrada, cuando consideramos históricamente, en un sentido más profundo, las cuestiones asociadas con el evangelio de San Mateo[5]. De este modo, a las dos corrientes de que hablamos antes, afirmando que habían contribuido a preparar el advenimiento de la cristiandad —las corrientes del pensamiento Zaratus­triano y Budista— debemos agregar una tercera, la corriente hebraica representada por aquel antiguo pueblo. Podríamos decir, entonces, que hubo en cierta época dos maestros, Buda y Zaratustra, que desearon efectuar a la cristiandad la ofrenda de sus caudales religiosos. Para ello era necesario levantar un templo, templo que sólo podía ser construido por el antiguo pueblo hebreo. Ellos fueron, en efecto, quienes construyeron el templo para la naturaleza corporal de Jesús. Las dos corrientes originales tomaron parte en la formación de este templo: Zaratustra, al ofrecer el sacrificio de incorporarse a este cuerpo; Buda, al ofrecer más tarde el sacrificio de permitir a su Nirmanakaya[6] penetrar en el otro Jesús. De este modo, ambas corrientes se unieron en una sola.

A fin de poder trasmitiros lo que, en cierto sentido, son pensamientos ocultos, os he expuesto hoy un esquema abstracto y fugaz de estos profundos Misterios. Pero para poder entregar estos pensamientos ocultos debía describirlos, en su mayoría, en forma abstracta. Más adelante proseguiremos su estudio de modo tal que podáis formaros una idea de la misión del antiguo pueblo hebreo y de la manera singular en que Jesucristo se desarrolló en su seno. Se revela, así, el extraño hecho de que a partir de la historia, a partir del curso ordinario de la evolución, haya emergido un Ser de infinita importancia, de valor eterno e incontrovertible. Se revela así, gradualmente, cómo de un mundo perecedero puede nacer algo capaz de durar eternamente.

Editado por Gracia Muñoz de una versión encontrada en Biblioteca Upasika.

 

[1] Este punto, que la herencia hebrea no era un asunto meramente p.32 de ascendencia natural, sino de elección y don divinos, es desarrollado por San Pablo desde un punto de vista algo diferente en Romanos IX, 8. “Es “No se considera a los hijos de la carne (Ismael) que son hijos de Dios, sino a los hijos de la promesa (Isaac) como una semilla”. Cp. también Romanos IV, 13-21.

[2] Genesis XXII, 17

[3] 7. En su libro El conocimiento de los mundos superiores y su logro, p. 131 ff, Rudolf Steiner habla de las “flores de loto” como órganos en el cuerpo astral conectados con el desarrollo de la percepción suprasensible. Señala que el nombre de “flor de loto” es solo una designación metafórica tradicional. Estos órganos también se conocen en el lenguaje técnico esotérico como “ruedas” o “chakrams”.

[4] Este papel de Moisés se indica en su representación tradicional de tener dos cuernos de carnero que brotan de su frente.

[5] Ver las conferencias de Rudolf Steiner: El Evangelio de San Lucas.

[6] La realidad espiritual resultante de su existencia terrenal.

GA117c1. Profundos secretos de la historia humana a la luz del Evangelio de San Mateo

Rudolf Steiner — Berlín, 2 de Noviembre de 1909

English version

[Este libro establece que la fecha de esta conferencia será el 1 de noviembre de 1909; sin embargo, todas las indicaciones de muchas otras fuentes tienen la fecha establecida el 2 de noviembre de 1909. – e.Ed]

Las conferencias pronunciadas sobre el tema de los Evangelios de San Juan y San Lucas[1] y la corriente del pensamiento mediante la cual tratamos de comprenderlos, sólo pueden describirse si decimos que estos estudios tuvieron su origen en el siguiente punto de vista: El Ser que describimos como el Ser de Jesucristo —en la medida en que es posible a nuestro entendimiento humano, en la actualidad, describir Su Ser— es tan grande, tan infinito y poderoso, que de tal consideración no puede resultar ninguna conclusión que nos faculte para decir en forma unilateral alguna, quién era Jesucristo y lo que su Ser significa para el alma y el espíritu de todo individuo humano. Esto no parecería sino una falta de respeto hacia el más grande problema universal de la existencia. Reverencia y temor son las palabras que mejor describen la actitud de la mente que ha servido de punto de partida a nuestras consideraciones, reverencia y veneración puesta de manifiesto en la actitud del alma que aconseja: no tratéis de llevar demasiado lejos la comprensión humana cuando os aproximéis a los problemas más grandes. No tratéis nunca de elevar demasiado lo que una ciencia espiritual jamás demasiado glorificada, os imparte —aun cuando se eleve hacia los reinos más altos, como es el caso cuando se abordan los grandes problemas de la vida— y no os imaginéis que el lenguaje humano pueda llegar a expresar más de un aspecto, en el mejor de los casos, de este abrumador problema.

Todas las conferencias pronunciadas en el curso de los últimos tres años giraron en torno a una afirmación contenida en el Evangelio de San Juan: “Yo soy la Luz del Mundo”. Todas las conferencias que versaron sobre el Evangelio de San Juan tuvieron por fin exclusivo la dilucidación de esa frase. Y otras conferencias, relacionadas con las anteriores, tuvieron por propósito, una vez familiarizado el auditorio con aquéllas, tornar gradualmente comprensibles dichas palabras o, por lo menos, proporcionarles a los discípulos alguna idea de lo que la frase “Yo soy la Luz del Mundo” significa.

Cuando veis brillar una luz, ¿comprendéis acaso, nada más que por el hecho de verla, que aquello que brilla es una luz? Y una vez que habéis comprendido ciertas cosas relativas a los colores y peculiaridades de esa luz… ¿comprendéis, acaso, qué es lo que da la luz? ¿Conocéis el sol por el solo hecho de poder mirar su luz y recibir su blanco resplandor? ¿No podéis, por ventura, imaginar que exista algo más en la comprensión de aquello que os envía su luz, fuera de la percepción de su brillo?. Por el hecho de que el Ser de Quien hemos hablado haya dicho de Si mismo: “Yo soy la Luz del Mundo”, ¿habremos necesariamente de comprender esta frase, o habremos comprendido cosa alguna de este Ser, fuera de la revelación de Si mismo brindada en estas palabras?.

 Todo lo que dijimos con referencia a nuestros estudios sobre el Evangelio de San Juan era necesario para demostrar que el Ser que contiene en su interior la sabiduría universal es la Luz del Mundo. Pero este Ser es muchísimo más que lo que el Evangelio de San Juan puede describir. Cualquiera que se sienta capaz de comprender y captar el significado de Jesucristo a través de la lectura de estas conferencias sobre el Evangelio, creerá también que a partir de una sola afirmación de la cual alcanzó a vislumbrar el significado, podrá comprender la integridad total de aquel luminoso Ser.

A las conferencias dedicadas al Evangelio de San Juan, siguieron las correspondientes al Evangelio de San Lucas, en las cuales se expuso un nuevo punto de vista. Si todo lo que se dijo en los estudios relativos al Evangelio de San Juan tuvo como único fin servir a la comprensión más o menos cabal de la frase “Yo soy la Luz del Mundo”, podría decirse de las conferencias dedicadas al Evangelio de San Lucas —si se las entiende en su sentido recto y profundo— que apuntaron al esclarecimiento de las frases: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” y “Padre, en Tus manos encomiendo mi Espíritu”. Lo que Jesucristo es —no ya como la luz del mundo, sino como el Ser que realizó el mayor sacrificio de la existencia, el Ser que lo reunió todo dentro Suyo y que, sin embargo, no se perdió;  Aquel que encerró en su interior la posibilidad del mayor renunciamiento y constituye, por lo tanto, la fuente de toda compasión y amor, Aquel que se vierte a Si mismo cáli­damente en toda vida humana futura y terrenal, queda comprendido en estas palabras que presentan, así, un segundo aspecto de lo que llamamos el Ser de Jesucristo.

 Hemos descrito este Ser como Aquel que, en su compasión, llevó a cabo el mayor de los sacrificios y, Aquel que, por el poder de Su luz, iluminó toda la existencia humana. Hemos descrito la luz y el amor tal como aparecían en Jesu­cristo, y aquellos que comprenden cabalmente las conferencias dedicadas a los Evangelios de Juan y Lucas podrán tener una idea de lo que la “luz” y el “amor y compasión” de Cristo significaron.

Hemos tratado, hasta aquí, de comprender dos cualidades de Jesucristo en su significación universal. Todo cuanto se ha dicho acerca de Cristo en su carácter de Luz espiritual del mundo —que, como toda sabiduría primordial, impregna todas las cosas, viviendo y palpitando en ellas surge a la observación espiritual de las revelaciones contenidas en el Evangelio de San Juan; no hay sabiduría humana que de alguna manera no esté incluida en este Evangelio.­ Se encierra allí todo el Saber del mundo; en efecto, aquellos que perciben la sabiduría del mundo en Jesucristo, no sólo la perciben tal como ésta fue materializada en el pasado prístino, sino también como habrá de fructificar en un lejano futuro. Por lo tanto, en nuestros estudios vinculados con el Evangelio, debemos elevarnos muy alto, al igual que el águila en el cielo, por encima de la existencia humana.

 Una vez desarrolladas las grandes ideas que sólo la comprensión del Evangelio de San Juan hace posibles, el espíritu flota con estas inconmensurables y omnicomprensivas ideas, muy por encima de aquellas que suelen preocupar al alma del individuo humano. Las Cosmoideas omnicomprensivas de que trata esta Sophia o ciencia, fluyen hacia nosotros cuando nos concentramos en el estudio del Evangelio de San Juan.

Entonces, lo que llega hasta nuestro espíritu desde el Evangelio parece cernirse en las alturas, cual potente águila, por encima de todos los sucesos del destino cotidiano, momentáneo, del individuo humano. Cuando descendemos a observar una sola vida humana, de hora en hora, de día en día, de año en año, de siglo en siglo, de milenio en milenio; cuando nos detenemos especialmente a observar en ella aquellas fuerzas que denominamos amor humano, vemos entonces a este amor que surge en los corazones y almas humanos.

Vemos, por un lado, cómo da lugar en la humanidad a los actos más nobles del heroísmo y cómo los más grandes actos del sacrificio humano tienen su origen en el amor a este o aquel ser, a esta o aquella causa. Y vemos también cómo produce el amor los sentimientos más nobles en el corazón de los hombres y cómo al mismo tiempo, sin embargo, se presenta como peligrosa espada de doble filo.

Veamos, por ejemplo, el caso de una madre que ama profundamente a su hijo; éste comete una torpeza, pero es tanto su amor de madre que no es capaz de sobreponerse a su amor para castigarle. El hijo incurre en una segunda falta y nuevamente carece la madre de la decisión necesaria para castigarle. Y así siguen las cosas, relajándose la moral del hijo hasta convertirlo en un pecador. Puesto que cuando se habla de cosas tan fundamentales como ésta no es prudente servirse de ejemplos tomados de nuestros tiempos, me remitiré a uno extraído de época ya lejana. En la primera mitad del siglo XIX había una madre que amaba profundamente a su hijo. (Debemos declarar aquí que nunca podrá estimarse demasiado ese amor; él pertenece y pertenecerá siempre a los atributos más altos del género humano). La madre de nuestro caso amaba a su niño y no tuvo el coraje suficiente para castigarle por un pequeño robo que cometió en la familia; hubo luego un segundo robo y tampoco ahora logró la madre sobreponerse a sus sentimientos para castigarle. Y el hijo se convirtió así en un conocido envenenador. Y ello, tan sólo por el amor ignorante y mal encaminado de su madre. Cuando al amor se une la sabiduría pueden entonces lograrse las acciones más nobles de la existencia. La gran significación de aquel amor que emanó hacia el mundo desde el Gólgota se debe a que procedía de un Ser dotado de la Luz del mundo, de la Sabiduría.

Así, pues, cuando pensamos en estos dos tributos, es tal nuestra concepción de Cristo que no tardamos en reconocer en el amor el objeto más glorioso del mundo, si bien reconocemos, al mismo tiempo que el Amor y la Sabiduría se hallan indisolublemente ligados uno con otro, en el sentido más profundo. ¿Qué es lo que se nos impone al formular todas estas consideraciones con respecto a los Evangelios de San Juan y de San Lucas? Nada sino aquellas cualidades presentes en Jesucristo que podrían llamarse la Luz de la Sabiduría universal y el Calor del Amor universal que se combinan en Él como en ningún otro Ser del mundo y que se hallan más allá del alcance de la capacidad de comprensión humana.

Si con referencia al Evangelio de San Juan hablamos de grandes ideas que se elevan en las alturas como el vuelo del águila sobre las cabezas de los hombres, con respecto al de San Lucas diremos que él habla, en todo momento, a cada corazón humano. Lo que otorga mayor significación al Evangelio de San Lucas es que nos colma con el calor que constituye la manifestación exterior del amor; con la comprensión de aquel amor siempre listo para el mayor de los sacrificios, listo para entregarse, y que nada desea sino el propio sacrificio.

Si hemos de buscar un ejemplo para ilustrar la situación o actitud del alma producida por el estudio del Evangelio de San Lucas, diremos que se asemeja en alguna forma al caso descrito en los mitos de Mitra referentes a la conducción del animal sacrificado al ara de los sacrificios. Frente al toro, se halla sentado un hombre; se ve arriba el curso de los grandes acontecimientos cósmicos y debajo, el de los sucesos terrenos. El hombre clava el cuchillo en el cuerpo del animal sangrante, que entrega su vida a fin de que el hombre pueda alcanzar lo que debe alcanzar. Cuando contemplamos este rito —común a tantas religiones— cuando contemplamos al animal que debe ser sacrificado a fin de que el hombre logre realizar su destino en la vida, experimentamos ese sentimiento y esa actitud del alma que proporciona el marco emocional apropiado que ha de privar en nosotros cuando emprendemos el estudio del Evangelio de San Lucas.

Lo que ha significado, a través de todas las épocas, el toro de los sacrificios para aquellos que comprendían lo que detrás del mismo se encontraba, se resume en esta expresión de amor que debe intensificarse si es que desean los hombres comprender algo de las cualidades del amor aquí representadas. Es esto lo que nos hemos propuesto lograr en nuestro estudio del Evangelio de San Lu­cas. Se describe aquí nada menos que un segundo atributo del Ser de Jesucristo. ¿Pero conoce, acaso, aquel que conoce los atributos del Ser, el Ser total? Debido a que en ese Ser nos vemos frente al más profundo de los misterios es necesario el desarrollo en nuestro espíritu de una comprensión de estas dos cualidades, pero nadie deberá suponerse capaz de comprender a este Ser mediante la sola consideración de estas dos cualidades del mismo. Hemos descrito aquí dos atributos de Jesucristo y nada hemos admitido que nos ayude a vislumbrar en alguna medida su trascendental importancia.

Pero tal es nuestra veneración y respeto por este Ser, que creyéramos, quizás, haber adivinado alguna otra cualidad de las muchas que Él encierra. Supongamos que fuera posible todavía una tercera cualidad; sin embargo, como ésta tendría que relacionarse con algo que aún no ha salido a luz en el curso de nuestros estudios, sólo podría ser explicada en una forma general. Podría decirse entonces: Al describir a Cristo según el Evangelio de San Juan, Lo describimos como un Ser altamente glorificado, pero también como un Ser que hizo uso, en sus actividades, del reino de los Querubines, pleno de sabiduría. Se Lo describe aquí, en consecuencia, de acuerdo con el matiz o color propio de los Querubines, cuando flotan con vuelo de águila sobre la Tierra.

Si Lo describimos de acuerdo con el Evangelio de San Lucas, debemos referirnos, en cambio, a aquello que nace del corazón de Jesús, como al cálido fuego del amor. Hablamos entonces de lo que Él fue para el mundo porque actuó en aquel glorioso reino en que moran los Serafines. El fuego del amor de los Serafines baña al universo y se comunica a nuestra tierra por intermedio de Jesucristo.

 Debemos describir ahora un tercer aspecto de Cristo: revela éste lo que Él significó para la Tierra, no sólo por ser la Luz de la Sabiduría y el Calor del Amor, no sólo por haber proporcionado los elementos querúbicos y seráficos que integran la vida terrena, sino por lo que Él “fue” y “es” para nuestra existencia terrenal. Lo consideramos así, en lo que respecta a Su poder, como aquello que podría definirse como Su “actuación en el reino de los Tronos”, de donde proviene toda la fuerza y el poder del mundo, a fin de que cuando se encierra en la esfera de la Sabiduría y en la del Amor pueda llegar a materializarse.

Las tres jerarquías celestiales más altas son la de los Querubines, la de los Serafines y la de los Tronos. Los Serafines nos conducen con su amor hacia las profundidades del corazón humano. Los Querubines, con su Sabiduría, nos elevan a las alturas. La Sabiduría nos llega desde el reino de los Querubines; allí la devoción se torna sacrificio y queda simbolizada en el sacrificio de la bestia. La fuerza que pulsa en las venas del mundo, la fuerza que desarrolla el poder mediante el cual todo puede realizarse —la potencia creadora que palpita en el mundo y que ha sido siempre representada simbólicamente con un León— es aquel poder que llegó a la Tierra por intermedio de Jesucristo.

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Este poder controla y guía todas las cosas y cuando se desarrolla, alcanza la cúspide extrema de la fuerza: tal se nos aparece en el Evangelio de San Marcos, constituyendo el tercer atributo de Nuestro Señor Jesucristo. Cuando hablamos, de acuerdo con el Evangelio de San Juan, del Gran Ser Solar a Quien damos el nombre de Cristo, hablamos de la Luz del sol terreno en un sentido espiritual; hablamos también en este sentido, cuando, de acuerdo con el Evangelio de San Lucas hablamos del Calor del amor que emana del sol terreno de nuestro Señor Jesucristo; y cuando hablamos de acuerdo con el Evangelio de San Marcos en un sentido espiritual, no hablamos sino del Poder del sol terreno.

Todo cuanto en la Tierra existe bajo la forma de potencia, todo lo que, oculto o aparente, se comporta como fuerza o poder sobre la Tierra, se torna manifiesto en el Evangelio de San Marcos, cuando a él dedicamos nuestros estudios. Si podemos aventurarnos a comprender —o, en todo caso, vislumbrar débilmente— las ideas impartidas a la Tierra como pensamientos terrenos de Cristo, cuando nos elevamos hasta Su contemplación en el sentido del Evangelio de San Juan; si podemos llegar a sentir el cálido aliento del amor capaz de sacrificarse a si mismo, cuando el calor del Evangelio de San Lucas fluye dentro de nuestro ser, entonces, si somos capaces de vislumbrar los pensamientos de Cristo en el Evangelio de San Juan y los sentimientos de Cristo en el Evangelio de San Lucas, podremos también aprender la Voluntad de Cristo a través del Evangelio de San Marcos. Y aprenderemos luego a conocer las diferentes fuerzas a través de la cuales pueden cumplirse el Amor y la Sabiduría. Son tres los atributos que podemos llegar a vislumbrar si agregamos a nuestros estudios relativos a los Evangelios de San Juan y San Lucas, aquellos referentes al Evangelio de San Marcos. Podríamos decir entonces: con espíritu reverente nos hemos aproximado a Ti y hemos logrado alcanzar cierto vago vislumbre de Tus pensamientos, Tus sentimientos y Tu voluntad, y estos tres atributos de Tu alma se levantan delante de nosotros proporcionándonos el modelo de vida más noble que darse puede sobre la Tierra. Os he presentado estos estudios como si el hombre fuese una cosa muy pequeña y pudiese decirse de él: el hombre consta de un alma dotada de sentimiento, de comprensión y de conciencia, para pasar luego a considerar las características especiales de esta alma dotada de sentimiento, comprensión y conciencia. Si aplicásemos la expresión “alma consciente” a Cristo, podríamos decir: a través del Evangelio de San Juan, alcanzamos cierto vago concepto de lo que es la comprensión; a través del Evangelio de San Lucas, se nos impone cierta visión del alma sensible de Cristo, y a través del Evangelio de San Marcos, del alma consciente con todas sus fuerzas volitivas.

Todo esto, si se le dedica el estudio necesario y adecuado, arroja luz sobre las fuerzas de la naturaleza, visibles e invisibles, que rigen nuestro universo, según se concentran en la individualidad singular de Cristo: arroja luz sobre el Ser que abarca dentro de Si todas las fuerzas del universo.

 Al estudiar el Evangelio de San Juan penetramos profundamente en los Pensamientos de este Ser y al estudiar el Evangelio de San Lucas, en Sus Sentimientos; y dado que con respecto a estos últimos no es necesario penetrar tan profundamente en la Individualidad de este Ser, nuestras consideraciones con respecto a los mismos son simples, si se las compara con aquellas que debimos encarar al estudiar el Evangelio de San Marcos, bajo la forma de un “sistema” de todas las fuerzas invisibles, tanto naturales como espirituales, que integran el Universo.

 Todo esto se halla inscrito en las Crónicas Akáshicas y su reflejo nos es devuelto como por un espejo cuando damos entrada en nuestro espíritu a la influencia de este potente documento, a saber, el Evangelio de San Marcos. Adquirimos entonces una oscura comprensión de lo que se halla concentrado dentro del Ser singular de Cristo, de todo aquello que se halla en cambio distribuido entre los distintos Seres del Universo. Comprendemos entonces —y cada vez se hará para nosotros más luminoso y magnífico— todo aquello que hemos aprendido a reconocer como los planes elementalmente verdaderos y originales de estos diversos Seres. Una vez que logramos registrar todos los misterios de la Voluntad Universal tal como se nos presenta en el Evangelio de San Marcos, nos aproximamos reverentes al meollo del universo, a Jesu­cristo, al aprehender, de alguna manera, Sus pensamientos, Sus sentimientos y Su voluntad.

Nuestra observación de la interacción de pensamiento, sentimiento y voluntad, nos proporciona un cuadro más o menos completo del hombre; pero no podemos observar cabalmente el pensamiento, el sentimiento y la voluntad por separado, aun en un individuo. Aunque reunamos estos atributos, nuestra mirada ni aun entonces alcanza a abarcar lo necesario para percibirlo todo. Si bien nuestra tarea se ha allanado considerablemente al separar las tres cualidades del alma y al someter a cada una de ellas a una observación individual, nuestro cuadro se confunde cuando las contemplamos todas juntas.

Cuando se han estudiado tres Evangelios, el de San Juan, el de San Lucas y el de San Marcos, y se ha adquirido así cierta percepción del pensamiento, sentimiento y voluntad de Jesucristo, es posible entonces comprender el agente capaz de unir a estas tres cualidades dentro de un todo armonioso. El cuadro ha de ser, necesariamente, oscuro e indistinto, puesto que ningún poder humano es lo bastante grande para reunir en un solo ente individual aquellas tres cualidades antes separadas. En el Ser es la unidad, jamás la separación, de modo “que sólo al final, podremos aventuramos a reunirlas en la unidad. El cuadro se ha oscurecido para ser finalmente reemplazado por otro: el de Jesucristo surgiendo ante nosotros como un hombre terreno, tal como el hombre fue en los comienzos.

Cuando estudiamos el Evangelio de San Mateo se nos presenta un cuadro de lo que Jesús fue como hombre, de la forma en que actuó como hombre en sus 33 años de vida terrena. El contenido de dicho Evangelio constituye un armonioso retrato de un ser humano. Si en las conferencias dedicadas al Evangelio de San Juan describimos un Divino Hombre cósmico perteneciente al universo entero, si en las dedicadas al Evangelio de San Lucas describimos un significativo Ser de Amor, capaz de autosacrificio y en las dedicadas al Evangelio de San Marcos, la Voluntad del Mundo operando dentro de un solo individuo, ahora, al estudiar el Evangelio de San Mateo, nos vemos abocados a la descripción de la verdadera forma del Hombre de Palestina, de aquel Hombre que habitó en aquella tierra 33 años y en Quien se halla reunido todo lo que en nuestros estudios de los otros dos Evangelios salió a luz. La forma de Jesucristo nos llega a través del Evangelio de San Mateo de manera totalmente humana, y esta forma no podríamos haberla comprendido, sin embargo, si no hubiera precedido a su examen el estudio de los otros Evangelios. Aun cuando hombre tan excepcional se nos aparezca, así, oscurecido, vemos todavía en esta imagen debilitada el reflejo de lo que en nuestros otros estudios hemos aprendido. Al estudiar el Evangelio de San Mateo obtenemos, por primera vez, un cuadro de la personalidad de Cristo. He aquí, pues, cómo se nos presenta ahora todo el problema, tan diferente esta vez del que encaramos al emprender el estudio del Evangelio de San Juan. Puesto que ya hemos estudiado dos Evangelios, podremos tratar de establecer la forma en que ambos se hallan interiormente relacionados y la manera en que puede trazarse un retrato de Jesucristo cuando —adecuadamente preparados ya— nos aproximemos al Hombre que se convirtió en lo que Él fue en la Tierra por intermedio de Nuestro Señor Jesucristo.

Cuando estudiamos el Evangelio de San Juan, nos enfrentamos con un hombre divino; cuando estudiamos el Evangelio de San Lucas, nos encontramos con un Ser que reúne en si mismo las corrientes que, procedentes de los puntos más diversos, pasan a formar una única y más grande, aquella que se desarrolló en la Tierra como resultado de las prédicas de Zaratustra y de Buda, a saber, la prédica de la compasión y del amor. Todo cuanto de esta naturaleza había existido previamente nos sale al encuentro cuando nos concentramos en el estudio del Evangelio de San Lucas. Si volvemos ahora la vista hacia el Evangelio de San Mateo, se nos aparece, en primer lugar, íntima y exactamente, qué fue lo que nació de un “pueblo peculiar”, de la antigua raza hebrea, a saber, el Hombre Jesús tal como se hallaba arraigado a Su nación, el Hombre Jesús tal como debía ser dentro del antiguo pueblo hebreo, y podemos llegar a comprender, también, por qué la sangre de esta antigua raza tuvo que ser empleada de manera muy especial a fin de que pudiera contribuir a la producción de la sangre de Jesucristo para la humanidad terrena.

Al estudiar el Evangelio de San Mateo, no sólo encontramos la esencia del judaísmo de la antigüedad, sino que aprendemos también la misión de este pueblo para con el mundo entero, el nacimiento de una nueva era, el nacimiento de la cristiandad en la cuna del antiguo mundo hebreo.

 Si recibimos, a través del Evangelio de San Juan, ideas grandes, significativas y omnicomprensivas; si adquirimos, a través del Evangelio de San Lucas, cierta percepción del ilimitado calor del amor capaz de sacrificarse; si logramos comprender, en cierta medida, a través de nuestros estudios del Evangelio de San Marcos, las fuerzas de todos los Seres y reinos del universo, aprenderemos ahora a conocer y sentir mediante la vida de Jesu­cristo todo lo que en Palestina vive en la humanidad y en la evolución humana sobre la Tierra. El Evangelio de San Mateo contiene lo que Jesucristo era como Hombre, lo que Él es en su carácter de Hombre, y todos los secretos de la historia humana y el desarrollo humano.

Si el Evangelio de San Marcos contiene los secretos de los seres y reinos de la Tierra, y los del cosmos relacionados con la Tierra, el Evangelio de San Mateo encierra los secretos de la historia humana y a él debemos recurrir para conocerlos.

Hemos aprendido, a través del Evangelio de San Juan, lo que Sophia significa; a través del de San Lucas, el misterio del sacrificio y del amor; a través del de San Marcos, las fuerzas de la Tierra y del Universo; ahora, mediante el estudio y contemplación del Evangelio de San Mateo, conoceremos la vida humana, la historia humana y el destino humano.

Habiendo dedicado, a lo largo de los siete años de nuestro movimiento espiritual, cuatro años enteros a la preparación de los cimientos para estas enseñanzas, y tres años, a su profundización e intensificación, por considerarlas una beneficiosa luz capaz de iluminar los diversos sectores de la vida, tendríamos que seguir ahora, en nuestra tarea, con el estudio del Evangelio de San Marcos, para coronarla, finalmente, con el estudio de Jesucristo a través del estudio del Evangelio de San Mateo.

Pero puesto que la vida humana es imperfecta, esto no pudo ser; por lo menos entre todos los que participaban del movimiento; no pudo ser porque jamás podríamos haber pasado al estudio del Evangelio de San Marcos sin desencadenar una serie de malos entendidos. La forma de Cristo hubiera sido erróneamente interpretada si se hubiera creído que de las consideraciones formuladas con respecto a los Evangelios de San Lucas y San Juan podía desprenderse un conocimiento de este Ser; del mismo modo, también podría haberse creído que todo lo que nos aventurábamos a decir con respecto al Evangelio de San Marcos debía aplicarse en forma unilateral. En este caso, los malos entendidos podrían haberse tornado más serios aún de lo que ya eran, por lo cual, en vista de ello, preferimos escoger el otro camino. Nos abocaremos pues, a la brevedad, a un cuidadoso estudio del Evangelio de San Mateo.

Al hacerlo empezaremos por dejar a un lado las grandes profundidades contenidas en el Evangelio de San Marcos, evitando así el que se nos acuse de considerar un solo atributo suficientemente representativo del Hombre total; esperamos, así, eliminar todo malentendido.

 Nos circunscribiremos en este estudio, principalmente, y en la medida de lo posible, al advenimiento de Jesucristo en medio del pueblo hebreo y a lo que podría llamarse el nacimiento de la cristiandad en Palestina. En nuestra tarea, nos remitiremos, en las próximas conferencias, al Evangelio de San Mateo, considerando a Jesucristo en su totalidad, con la esperanza de evitar, así, toda confusión en lo que concierne a los diferentes atributos de este Ser. Lo que tengamos entonces que decir acerca del Evangelio de San Marcos habrá de seguirse con mayor facilidad.

Traducion de la Biblioteca Upasika

 

 

[1] Los cursos de lectura aquí mencionados son los siguientes: El Evangelio de San Juan. 12 conferencias. Hamburgo, mayo de 1908. El Evangelio de San Juan en relación con los otros tres Evangelios, con especial referencia al Evangelio de San Lucas. 14 conferencias. Cassel, junio / julio de 1909. El Evangelio de San Lucas. 10 conferencias. Basilea, septiembre de 1909.

Observaciones Preliminares

Del ciclo : Profundos secretos de la historia humana a la luz del Evangelio de San Mateo. GA117

El siguiente pasaje, tomado de La historia de mi vida, de Rudolf Steiner, puede servir a modo de adecuada introducción para la publicación de esta serie de conferencias, difundidas originalmente en forma privada, por voluntad expresa de los miembros de la Sociedad Antroposófica, y que brindamos ahora al público en forma de libro: De mis trabajos dedicados a la antroposofía se han desprendido dos frutos: primero, los libros editados para el público del mundo y, segundo, una gran cantidad de conferencias que en un primer momento sólo estuvieron destinadas a la edición privada, a la venta para los miembros, exclusivamente, de la Sociedad Teosófica (más tarde Antroposófica). Se trata de verdaderos apuntes de las conferencias, más o menos ajustados, que yo, por falta de tiempo, no pude corregir. A mi juicio, lo mejor hubiera sido que las palabras pronunciadas no hubieran perdido el carácter de tales para imprimirse sobre el papel. Pero los miembros de la Sociedad reclamaron su publicación y así fue como se editaron. Si hubiera dispuesto, entonces, del tiempo necesario para corregir los apuntes, no hubiera sido necesaria la restricción para miembros solamente, restricción mantenida durante más de un año. A esta altura de la historia de mi vida se hace necesario explicar, ante todo, cómo estos dos objetos —mis libros publicados y la difusión privada de estos apuntes— se combinan para formar las bases de la antroposofía. Todo aquel que desee interiorizarse de mi lucha y esfuerzos íntimos para colocar a la antroposofía ante los ojos de la época actual, deberá hacerlo sobre la base de mis escritos destinados a una circulación general. Me he explicado en ellos, haciendo referencia a todo lo que se halla presente en el esfuerzo de la edad contemporánea por la obtención de conocimientos. Condensé allí lo que había ido cobrando forma en mi ser a manera de percepción espiritual, hasta convertirse en la estructura de la antroposofía, pero de modo por cierto incompleto, desde muchos puntos de vista. Junto con el propósito de echar los cimientos de la antroposofía y de servir, de este modo, sólo a los fines que resultan cuando se dispone de conocimientos provenientes del mundo del espíritu para brindarlos al mundo moderno de la cultura, se hizo presente también una nueva exigencia, a saber, la de encarar abiertamente lo que en los miembros de la sociedad se manifestaba como una necesidad de sus almas, como un irreprimible anhelo del espíritu. Existía, ante todo, una fuerte tendencia a escuchar los Evangelios y, en general, los escritos bíblicos, tendencia puesta de manifiesto en aquello que comenzaba a desarrollarse como la nueva concepción antroposófica. La gente demostraba interés por las conferencias dedicadas a estas revelaciones entregadas a la humanidad. En tanto que se desarrollaban los cursos privados para satisfacer los deseos antes aludidos, se abrieron a la sociedad, como consecuencia, nuevas perspectivas. Sólo los miembros asistían a estos cursos. Se hallaban aquellos familiarizados con los conocimientos elementales de la antroposofía y era posible, entonces, dirigirse al auditorio como a individuos iniciados en el reino de la antroposofía. El carácter de estas conferencias privadas no era el indicado, en consecuencia, para una difusión más amplia, destinada al público en general. En los grupos de iniciados me atreví a hablar de ciertos problemas en una forma que jamás hubiera empleado, de haber estado mis palabras dirigidas a un público más vasto. De este modo, tanto en mis escritos públicos como en los privados, existía realmente un material derivado de dos fuentes distintas. En los escritos públicos he condensado todo lo que es fruto de mi lucha y esfuerzo personal; en los apuntes de mis conferencias privadas, la propia Sociedad desempeña un importante papel en dicha lucha. No ignoro los esfuerzos de la vida espiritual de los miembros y a través de éste mi vivir en torno a lo que así conozco, queda determinada la naturaleza del curso.

Debido a estos trabajos provenientes de la realidad de las necesidades espirituales de los miembros, estos apuntes deben ser juzgados con criterio distinto, sin aplicarles los mismos cánones que a la otra obra destinada a una difusión más general. El contenido de los primeros estaba destinado, en su origen, a la comunicación verbal, no a la impresa; lo que en aquella oportunidad se declaró, fue el resultado de la estrecha observación, prolongada a lo largo del tiempo, de las necesidades espirituales de los miembros. El material de que constan los escritos publicados se adapta a las exigencias de la antroposofía como tal; la forma en que fueron desarrollados los apuntes guarda relación, en cambio, con la configuración del alma, de la Sociedad como un todo único.

[1] Extractadas de “La historia de mi vida”, de Rudolf Steiner

Recogido de la Biblioteca Upasika

 

 

GA177c12. Los espíritus de la luz y los espíritus de la oscuridad

Del ciclo: La caída de los espíritus en la Oscuridad

Rudolf Steiner — Dornach, 26 de octubre de 1917

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El evento al que me he referido en las conferencias anteriores, la ocasión en que ciertos espíritus de la oscuridad fueron expulsados del reino espiritual y descendieron al reino humano en el otoño de 1879, tiene gran importancia. Tenemos que reflexionar una y otra vez sobre lo que realmente significa decir que una batalla se prolongó durante décadas en los reinos espirituales. La batalla comenzó a principios de la década de 1840 y terminó cuando ciertas entidades espirituales, que habían actuado como rebeldes en el mundo espiritual durante esas décadas, fueron vencidas en el otoño de 1879 y arrojadas como espíritus oscuros al reino de la evolución humana.

Ahora están entre nosotros y el efecto de esto es que envían sus impulsos a nuestra visión del mundo, no solo en la forma en que pensamos sobre el mundo, sino también en nuestros sentimientos internos, nuestros impulsos volitivos e incluso en nuestros temperamentos. Los seres humanos no serán capaces de comprender siquiera parcialmente los significativos eventos del tiempo presente y del futuro inmediato, a menos que estén preparados para reconocer la relación que existe entre el mundo físico y el mundo espiritual y que tengan tanto en cuenta los eventos importantes así como lo hacen con los fenómenos naturales. En la actualidad, las personas generalmente dan validez solo a los fenómenos naturales, a los fenómenos del mundo físico que son parte de la evolución histórica. Tendrán que dar validez nuevamente a los eventos espirituales, que pueden percibirse con la ayuda de la Ciencia Espiritual, ya que solo así podrán comprender realmente los acontecimientos en los que los seres humanos están atrapados.

Con referencia a este importante evento, es bastante fácil establecer cuán seriamente las personas cometen errores si se basan únicamente en conceptos y definiciones cuando consideran el mundo y no en la observación directa de la realidad. Uno siempre tiene la sensación de que debe basarse en conceptos definidos: ¿qué es Ahriman?, ¿qué es Lucifer?, ¿cuáles son los espíritus particulares en una jerarquía u otra? Esas son las preguntas que hacemos, y creemos que al haber obtenido las definiciones también hemos entendido algo sobre la forma en que actúan estas entidades. Un ejemplo extremo de la inadecuación de las definiciones es el que ya he citado anteriormente. Puede que no haya sido la forma ideal de definir al ser humano, pero es la definición que se dio en una escuela en Grecia: Un ser humano es una criatura que camina sobre dos patas y no tiene plumas. La siguiente vez que el alumno fue a la escuela trajo un gallo desplumado: una criatura que caminaba sobre dos patas y no tenía plumas. Esto es un ser humano, dijo, según la definición.

Muchas definiciones de este tipo son generalmente aceptadas, y muchas de nuestras definiciones científicas están más o menos de acuerdo con la verdad. Sin embargo, en Antroposofía no debemos basarnos en tales definiciones. La percepción será pobre si nos basamos en definiciones abstractas. Sí, es posible definir el término ‘espíritus de la oscuridad’, pero esto no nos llevará lejos. Los espíritus de la oscuridad fueron arrojados desde el cielo a la Tierra en 1879. Esto puede dar una idea general de los espíritus de las tinieblas, pero no nos ayuda a comprender el verdadero problema. Los espíritus de las tinieblas que ahora caminan entre nosotros son del mismo tipo que los espíritus de las tinieblas que fueron arrojados del mundo espiritual, es decir, del Cielo a la Tierra, en tiempos anteriores; tenían tareas específicas que realizar durante toda la época de la Atlántida y hasta la época greco-latina.

Intentemos utilizar las diferentes percepciones que hemos obtenido y determinar la tarea que estos espíritus de la oscuridad tuvieron que realizar a lo largo de milenios, a lo largo de toda la época atlante, hasta los tiempos greco-latinos. Debe tenerse en cuenta que el gran esquema de las cosas solo funcionará si las entidades espirituales superiores que tienen la tarea de guiar la evolución humana hacen uso de tales espíritus, poniéndolos en el lugar correcto, por así decirlo, permitiéndoles hacer lo que es necesario. Como recordarán, la “tentación luciférica” de la antigüedad tuvo una gran importancia para la evolución humana. Por supuesto, surgió de los objetivos específicos de Lucifer —y desde los tiempos de la Atlántida en adelante, Lucifer esta aliado con Ahriman. Estos objetivos dieron lugar a contra objetivos de, llamémoslos los ‘buenos espíritus’, los espíritus de la luz. Hablando fundamentalmente, los espíritus de la oscuridad también querían lo mejor para la humanidad en aquellos tiempos tempranos, querían que los seres humanos tuvieran la capacidad de libertad absoluta; Pero la humanidad no estaba preparada para esto en ese momento. Querían proporcionar a la humanidad impulsos que hicieran de cada ser humano un individuo independiente. Sin embargo, no fue así porque la humanidad aún no estaba lista.

Los espíritus de la luz tenían que establecer una contrafuerza; esto se hizo tomando seres humanos de las alturas del Espíritu y colocándolos en la Tierra, lo que se describe simbólicamente como la expulsión del Paraíso. En realidad, los seres humanos estaban siendo colocados en la corriente de características hereditarias. Lucifer y los poderes ahrimánicos querían que cada ser humano fuera un individuo independiente. Esto hubiera significado que las personas se habrían vuelto espirituales muy rápidamente cuando aún no estaban maduros, pero no sucedería. Los seres humanos debían ser educados en la Tierra, llevados al pleno desarrollo a través de las fuerzas de la Tierra. Esto se logró al colocarlos en la corriente de la herencia, donde físicamente descenderían de los demás. De esta forma, no serian independientes, sino que heredarían ciertos rasgos de sus antepasados. Estarían sobrecargados de cualidades terrenales que Lucifer no quería que tuvieran. Todo lo que tiene que ver con la herencia física le fue dado a la humanidad por los espíritus de la luz para contrarrestar la corriente luciférica. Se asignó un peso a los seres humanos, por así decirlo, y esto los conectó con la Tierra. En todo lo relacionado con la herencia, con la procreación de hijos, con el amor en el sentido terrenal, por lo tanto, debemos vernos conectados con las entidades que están bajo el liderazgo de Yahveh o Jehová.

Esta es la razón por la cual encontramos tantos símbolos de procreación y herencia terrenal en las religiones antiguas. Las leyes del judaísmo —que se dieron para preparar el camino del cristianismo— así como los de las religiones paganas, muestran claramente la importancia asignada a la regulación de todo lo relacionado con las leyes de la herencia aquí en la Tierra. Las personas tenían que aprender a vivir juntas en tribus, naciones y razas, con una relación sanguínea como la firma de cómo se ordenaban los asuntos en la Tierra.

Esto se había estado preparando durante la época de la Atlántida y debía repetirse en la cuarta época de la civilización, la época greco-latina, principalmente a causa de las medidas tomadas en la tercera época, la Egipto-Caldea. Podemos ver que específicamente durante los tiempos que recapitularían las épocas lemuriana y atlante, se tomaron en cuenta las conexiones de raza, nación y tribu en todas las formas en que se ordenaron los asuntos humanos; en resumen, se tuvieron en cuenta los rasgos hereditarios derivados de los lazos de sangre. Los sacerdotes de los Antiguos Misterios fueron los principales responsables del ordenamiento de estos asuntos —hoy diríamos asuntos de estado— y se preocuparon de observar la forma en que las costumbres, las inclinaciones y los hábitos tenían que desarrollarse en varios lugares para tener en cuenta las relaciones sanguíneas, de las personas que pertenecían a una nación o tribu en particular. Sus leyes se basaban en eso. No podremos entender lo que surgió de los Misterios de la tercera y cuarta época post-Atlante a menos que consideremos el estudio cuidadoso de las relaciones raciales, nacionales y tribales en las que los sacerdotes basaron las leyes que dictaron para las diferentes regiones de la Tierra. Lo que realmente contaba en cada región individual era establecer el orden en las relaciones sanguíneas.

En aquellos tiempos, cuando los espíritus de la luz se preocupaban de ordenar los asuntos humanos sobre la base de las relaciones de sangre, los espíritus de las tinieblas que habían sido arrojados del cielo a la Tierra con la humanidad, se preocuparon de trabajar contra todo lo relacionado con la herencia a través de la relación sanguínea.

Ellos fueron la fuente de toda rebelión contra las ordenanzas basadas en la relación de sangre en esas épocas, y de todas las formas de rebelión contra la herencia y contra las relaciones tribales y raciales, insistiendo en la independencia del individuo y buscando establecer leyes basadas en esto, leyes que por supuesto, vinieron de los seres humanos pero que fueron inspiradas por los espíritus de la oscuridad. Esas épocas se extendieron hasta el siglo XV. Los ecos aún persisten, por supuesto, porque los sistemas no llegan a un abrupto final cuando hay una gran ruptura en la evolución. Hasta el siglo XV en particular, vemos surgir enseñanzas que se rebelan contra vínculos puramente naturales, contra los lazos de sangre, familia, nacionalidad, etc.

Así tenemos dos corrientes: la “protectora” de todo lo que tiene que ver con la relación de sangre, que es la corriente de luz; y se opone a la corriente de la oscuridad como el “protector” de todo lo que quiere abandonar los lazos de la relación sanguínea y ayudar a las personas a liberarse de los lazos de la familia y la herencia. Por supuesto, todo esto no se detiene abruptamente más de lo que lo hace en el mundo natural, y en 1413, el año en que se produjo la ruptura que marca el límite entre la cuarta y quinta época post-Atlante, las antiguas costumbres no se detuvieron de inmediato. Podemos ver la influencia de las dos corrientes continuando en nuestro propio tiempo. Desde el siglo XIX en adelante, desde el momento de los acontecimientos significativos que he descrito, vemos que emerge algo completamente diferente —ya he mencionado algo de esto. Espíritus angélicos, miembros de la jerarquía de los Ángeles han estado activos entre nosotros desde 1879. Ellos siguen detrás de los antiguos espíritus de la oscuridad, están relacionados con estos y son de un tipo similar, solo que han sido arrojados del cielo a la Tierra debido al evento que ocurrió en 1879. Hasta entonces tenían su función arriba, mientras que sus parientes, que actuaron de la manera que acabo de describir, han estado entre seres humanos desde los tiempos de la Lemuria y Atlántida.

Por lo tanto, hubo una ruptura en la evolución alrededor del año 747 antes del Misterio del Gólgota; vino otra en 1413 después del Misterio del Gólgota, y la ruptura que es particularmente importante para nosotros, en 1879.

A lo largo de todo este tiempo, los espíritus de las tinieblas estuvieron activos en la tierra, mientras que otros espíritus de las tinieblas, que están relacionados con aquellos de la tierra, todavía estaban en el mundo espiritual. 1841 vio el comienzo de la poderosa batalla de la que he hablado. Luego, los espíritus que están relacionados con esos otros descendieron para unirse a ellos a continuación. El poder de los antiguos rebeldes, de la corriente continua de espíritus de la oscuridad que tenían sus tareas para llevar a cabo desde los tiempos de Lemuria y Atlante, se va extinguiendo gradualmente a medida que los poderes de sus hermanos comienzan a tener efecto. Esto significa que desde el último tercio del siglo XIX la situación se ha revertido por completo. Los espíritus de la luz que han continuado en sus actividades han hecho lo suficiente en lo que concierne al establecimiento de vínculos de sangre, tribales, raciales y similares, ya que todo tiene su tiempo de evolución. En el esquema general y legítimo de las cosas, se ha hecho lo suficiente para establecer lo que se necesita establecer a través de los lazos de sangre en la humanidad. En tiempos más recientes, por lo tanto, los espíritus de la luz han cambiado su función. Ahora inspiran a los seres humanos a desarrollar ideas, sentimientos e impulsos independientes para la libertad; ahora se preocupan por establecer la base sobre la cual las personas puedan ser individuos independientes. Y se está convirtiendo gradualmente en la tarea de los espíritus que están relacionados con los antiguos espíritus de la oscuridad trabajar con los lazos sanguíneos.

La función que estaba en el pasado o, mejor dicho, que pertenecía a la esfera de los buenos espíritus de la luz, fue entregada a los espíritus de la oscuridad durante el último tercio del siglo XIX. A partir de este momento, los antiguos impulsos basados en las relaciones raciales, tribales y nacionales, en la sangre, se convirtieron en el dominio de los espíritus de las tinieblas, que previamente habían sido rebeldes en la causa de la independencia. Luego comenzaron a inculcar ideas en las mentes humanas de que los asuntos deberían ordenarse sobre la base de relaciones tribales, de vínculos de sangre.

Pueden ver que la definición es imposible. Si defines los espíritus de la oscuridad sobre la base de la función que tuvieron en el pasado, obtienes exactamente lo contrario de su función en tiempos más recientes, es decir, desde el último tercio del siglo XIX. En el pasado, era la función de los espíritus de la oscuridad trabajar contra los rasgos hereditarios en la humanidad; desde el último tercio del siglo XIX se han quedado rezagados, queriendo quedarse atrás, deseando una y otra vez que la gente tome conciencia de sus vínculos tribales, de sangre y hereditarios, e insisten en ello.

Estas cosas simplemente son la verdad, aunque es una verdad que la gente hoy en día encuentra extremadamente desagradable. Durante milenios, los seres humanos han inculcado la insistencia en los vínculos de sangre en sí mismos, y por pura inercia están dejando que los espíritus de la oscuridad tomen el control de estas ideas habituales. Por lo tanto, vemos una insistencia en las relaciones tribales, nacionales y raciales, particularmente en el siglo diecinueve, y esta insistencia se considera idealista, cuando en realidad es una señal temprana del declive de la humanidad. Todo lo basado en el dominio del principio de la sangre significaba progreso mientras estuvo bajo la autoridad de los espíritus de la luz; bajo la autoridad de los espíritus de las tinieblas, es un signo de decadencia. Los espíritus de la oscuridad hicieron esfuerzos especiales en el pasado para implantar un sentimiento rebelde de independencia en los seres humanos en el momento en que los rasgos espirituales pasaron en sentido positivo por los espíritus progresivos. En las tres etapas de evolución humana que ahora siguen y continuarán hasta la gran catástrofe, los espíritus de la oscuridad harán esfuerzos extremos para preservar las antiguas características hereditarias e inculcar a los seres humanos las actitudes que resultan de tal preservación; de esta forma introducen los signos necesarios de declive en la evolución humana.

Aquí hay otro punto donde tenemos que estar atentos. En particular, no es posible comprender el tiempo presente a menos que se conozca el cambio de función que ocurrió en el último tercio del siglo XIX. Una persona del siglo XIV que hablara de los ideales de raza y nación habría estado hablando en términos de las tendencias progresivas de la evolución humana; alguien que habla del ideal de raza y nación y de pertenencia tribal hoy habla de impulsos que son parte del declive de la humanidad. Si alguien ahora considera que son ideales progresivos para presentar a la Humanidad, esto es una mentira. Nada está más diseñado para llevar a la humanidad a su declive que la propagación de ideales de raza, nación y sangre. Nada es más probable que impida el progreso humano que las proclamaciones de ideales nacionales pertenecientes a siglos anteriores que continúan siendo preservados por los poderes luciféricos y ahrimánicos. El verdadero ideal debe surgir de lo que encontramos en el mundo del espíritu, no en la sangre.

El Cristo, que debe aparecer en una forma específica en el transcurso del siglo XX, no sabrá nada de los ‘ideales’ proclamados por la gente de hoy. En tiempos anteriores, Micael, el espíritu de la jerarquía de Arcángeles era el representante de Yahveh; gracias a las funciones que se le dieron en 1879, él será el representante terrenal, el vicario del Cristo, del impulso de Cristo para crear vínculos espirituales entre los seres humanos que tomarán el lugar de los lazos de sangre puramente físicos. Porque solo los lazos de la comunión espiritual traerán un elemento progresivo al elemento completamente natural del declive. Tengan en cuenta que el elemento de declive es natural. Los seres humanos no pueden seguir siendo niños a medida que crecen, y sus cuerpos siguen una curva descendente de desarrollo. Del mismo modo, toda la Humanidad ha entrado en una tendencia descendente de desarrollo. Hemos pasado la cuarta época post-Atlante y ahora estamos en la quinta; esta, junto con la sexta y la séptima, será la vejez en la etapa actual de la evolución mundial. Pensar que los antiguos ideales pueden continuar viviendo no es más inteligente que pensar que las personas deben continuar aprendiendo las letras a lo largo de toda su vida solo porque es bueno que los niños aprendan las letras. Sería igualmente poco inteligente para la gente en el futuro hablar de una estructura social para todo el mundo basada en los lazos de sangre de las naciones. Es Wilsonianismo, por supuesto, pero también ahrimanismo —de los espíritus de las tinieblas.

Sin duda está lejos de ser fácil aceptar la verdad de esto; Hoy es más fácil compartir las fraseologías de uso común en todo el mundo. La realidad no tiene en cuenta las frases; sigue los verdaderos impulsos. No podremos cambiar las etiquetas de las cosas que ya no son válidas para los períodos quinto, sexto y séptimo, incluso si todavía se están vertiendo en los programas mundiales wilsonianos de una forma que aun tiene poder para convencer a una humanidad que le gusta tomar el camino fácil.

Todavía hay suficientes personas, incluso hoy en día, que simplemente no quieren llegar al punto en el que están preparadas para aceptar verdades humanas universales, que son independientes de todos los lazos de sangre. Estas son verdades humanas universales porque no han venido de la Tierra sino que han sido bajadas de los mundos espirituales. Qué terrible es la reacción que ya está ocurriendo, ya que casi todo el mundo está resistiendo el verdadero progreso de la humanidad, y la frase “libertad de las naciones” se usa para algo que va en contra de la corriente de la evolución. Siempre ha sido el destino de las verdades de los Misterios que han tenido que ir contra la corriente de la cómoda tranquilidad y con la corriente de la evolución. Y tendremos que ver si no habrá al menos un pequeño grupo de personas libres de todos los prejuicios de sangre que puedan reconocer la fraseología que da la vuelta al mundo hoy en día, frases que significan que algo que en términos espirituales se presenta como el evento de noviembre de 1879 ahora está saliendo a la superficie con importancia y fuerza.

Los eventos de la actualidad han sido previstos por los iniciados de todas las naciones. Fueron previstos y pronosticados, y se dijo que un talante altamente reaccionario brotaría de la sangre y la gente lo consideraría altamente idealista. Debemos ser capaces de observar tanto  a gran escala, como en cosas pequeñas; no debemos permitirnos desviarnos de las opiniones y frases que uno escucha en el mundo de hoy. Tenemos que ser capaces de elevarnos un poco por encima de nosotros mismos para comprender los signos de los tiempos. Sí, puedes elegir el otro camino y continuar en tus prejuicios de sangre; entonces te unirás a las corrientes que conducen hacia abajo. Esto está llegando. Deben saber cómo estar pendiente de ellos y oponerse a ellos con elementos que siguen la tendencia ascendente. Pues la tendencia a la baja viene por propia voluntad.

Debemos tener un sentimiento por la vida en ascenso y la vida en la tendencia descendente. No caigan en la insensata inclinación a escapar de la tendencia a la baja, diciendo: “No tendré nada que ver con Lucifer ni con Ahriman”. A menudo he censurado esta inclinación insensata, ya que ciertamente debemos tomar en cuenta a los Espíritus que sirven al gran esquema cósmico de las cosas. Si no lo hacemos, asumimos una actitud en la que permanecen fuera de nuestra conciencia, haciéndolos aún más poderosos. Solo podremos juzgar los asuntos humanos si somos capaces de tener una visión más amplia de los impulsos de la vida en lo que asciende y también en lo que desciende. Sin embargo, es importante mantenerse alejado de simpatías y antipatías.

Dos corrientes han surgido en la ciencia moderna; a una de ellas la he llamado Goetheanismo, a la otra Darwinismo. Si estudian todo lo que he escrito, desde el principio, verán que nunca he dejado de reconocer el profundo significado del darwinismo. Algunas personas fueron tan tontas como para pensar que yo había caído bajo el hechizo del materialismo, y así sucesivamente, cuando escribí algo a favor de Darwin. Sabemos, por supuesto, que esto no fue por convicción, sino que tenía razones completamente diferentes; y las personas que dicen tales cosas solo necesitan pensar en ello y sabrán mejor que nadie que no son ciertas. Pero si realmente estudian todo lo que he escrito, verán que siempre he hecho justicia al darwinismo, pero lo he hecho al contrastarlo con el goetheanismo, la visión de la evolución de la vida. Siempre he buscado ver cosas como la teoría de la descendencia en el sentido darwiniano, por un lado, y el Goetheano, por el otro, y lo he hecho porque el Goetheanismo presenta la línea ascendente, con la evolución orgánica planteada sobre la mera existencia física.

A menudo me he referido a la conversación entre Goethe y Schiller.[1] Goethe dibujó un diagrama de su planta arquetípica y Schiller dijo: “‘Eso no es empirismo —aprendiendo de la experiencia— es una idea”.  La respuesta de Goethe fue: “¡En ese caso tengo la idea frente a mis ojos![2]“. Porque él vio el elemento espiritual en todo. Goethe inició así una teoría de la evolución que tiene el potencial de elevarse a las esferas más elevadas, para ser aplicada al alma y al espíritu. Puede que Goethe solo haya comenzado con la evolución orgánica en su teoría de la metamorfosis, pero nosotros tenemos la evolución del espíritu al que la humanidad debe llegar desde esta quinta época post-atlante en adelante —porque los seres humanos se están interiorizando cada vez más, como he demostrado. El Goetheanismo puede tener un gran futuro, porque la antroposofía entera está en esa línea. El darwinismo considera la evolución física desde el lado físico: impulsos externos, lucha por la supervivencia, selección, etc., y de esta forma describe una evolución que se está extinguiendo— todo lo que puedes descubrir sobre la vida orgánica si te entregas a los impulsos que surgieron en épocas anteriores. Para entender a Darwin, uno simplemente tiene que hacer una síntesis de todas las leyes descubiertas en el pasado. Para entender a Goethe, uno tiene que elevarse por encima de esto a leyes que son siempre nuevas en la existencia de la Tierra. Ambas son necesarios. No es el darwinismo el problema, ni el goetheanismo, sino el hecho de que la gente quiere seguir a uno u otro en lugar de uno y otro. Esto es lo que realmente importa.

En el futuro, los seres humanos, a medida que envejezcan, necesitarán tomar impulsos espirituales si quieren poder crecer cada vez más jóvenes y realmente desarrollar su vida interior. Si lo hacen, pueden tener canas y arrugas y toda clase de enfermedades, pero se volverán cada vez más jóvenes, porque sus almas están recibiendo impulsos que llevarán consigo a través de la puerta de la muerte. Las personas que se relacionan solo con el cuerpo no pueden volverse más jóvenes, ya que sus almas compartirán todo lo que el cuerpo experimenta. Por supuesto, no será posible cambiar el hábito de volverse canoso, pero es posible que una cabeza canosa obtenga un alma joven de las fuentes de la vida espiritual. Así es como la evolución humana procederá en la quinta, sexta y séptima época post-Atlante en términos de la teoría canosa de Darwin, si perdonan la expresión. Pero para pasar por la catástrofe que es comparable a la muerte de la Tierra —la catástrofe que se avecina— la gente debe ganar el poder de la juventud que reside en el Goetheanismo, en la teoría de la metamorfosis y de la evolución espiritual. Esto tiene que tomarse a través de la catástrofe futura, al igual que en el caso del individuo, el alma rejuvenecida es llevada a través de la puerta de la muerte.

La humanidad pudo unirse con la Tierra porque cuando bajó del cielo a la Tierra, si podemos expresarlo así, los espíritus de las tinieblas que descendieron con ella sentaron una base adecuada para la independencia humana durante el tiempo en que prevalecieron las leyes de la herencia, la nacionalidad y la raza. Lo que Lucifer y Ahriman hicieron fue algo bueno en la medida en que la humanidad pudo unirse a la Tierra. Para mostrar esto en forma de diagrama, podemos ponerlo así: antes de que Lucifer pasara a la acción, la humanidad se unió con todo el cosmos, incluida la Tierra (ver diagrama, violeta); seres humanos unidos con la Tierra (amarillo) porque los rasgos hereditarios —pecado original en términos bíblicos, rasgos hereditarios en terminología científica— fueron implantados en ellos.   Esto hizo a los seres humanos —Estoy usando cruces para indicarlos— parte de la Tierra.  Verán, por lo tanto, que Lucifer y Ahriman son servidores de los poderes progresistas.

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Luego la evolución continuó. Ahora estamos en el momento en que los seres humanos viven en la Tierra y están unidos a ella. Los espíritus Luciféricos y Ahrimánicos, espíritus de las tinieblas, han sido arrojados del cielo a la Tierra. Debido a esto, los seres humanos deben ser liberados de la Tierra, arrancados de ella, con parte de su naturaleza esencial llevada de regreso al mundo espiritual. La humanidad debe desarrollar la conciencia de no ser de esta Tierra, y esto debe crecer más y más fuerte. En el futuro, los seres humanos deben caminar en esta Tierra y decirse a sí mismos: Sí, al nacer, entro en un cuerpo físico, pero esta es una etapa de transición. Realmente me quedo en el mundo espiritual. Soy consciente de que solo parte de mi naturaleza esencial está unida a la Tierra, y que no dejo el mundo donde estoy entre la muerte y el renacimiento con toda mi naturaleza esencial”. Un sentimiento de pertenencia al mundo espiritual debe desarrollarse en nosotros.

En años anteriores, esto simplemente arrojaba una falsa sombra en la medida en que la gente no quería entender la vida física y practicaba un falso ascetismo, creyendo que esto consistía en mortificar el cuerpo físico de muchas maneras. Debe entenderse que no es a través del falso ascetismo, sino el unirse con las cosas del Espíritu, con la esencia de las cosas, que las personas puedan percibirse a sí mismas no como criaturas terrenales sino como pertenecientes a todo el cosmos. Obtener conocimiento del mundo físico ha sido simplemente una preparación para esto. Solo piensen en cuán dependientes estaban las personas del suelo donde habían crecido, por así decirlo, hasta el siglo XV, el final de la época greco-latina y cuánto dependía su desarrollo del suelo. Esto fue bueno, pero no debe dominar nuestras vidas ahora.

La ciencia física ha desgarrado a los seres humanos de la Tierra en el sentido físico con el copernicanismo, y la conciencia del alma también debe ser arrancada de la Tierra. La Tierra se ha convertido en un pequeño cuerpo en el espacio; pero inicialmente esto es solo en términos de espacio. A través del copernicanismo, los seres humanos fueron trasladados al cosmos, por así decirlo, aunque en términos totalmente abstractos. Esto debe continuar, pero no debe aplicarse a la vida física de una manera incorrecta. Lo físico tomará su propio curso. Tomen América, por ejemplo, aunque no la población nativa de su suelo durante siglos. Como saben, una nueva población que consiste completamente de europeos ha llegado allí recientemente. La observación cuidadosa muestra que la vida física continúa ligada al suelo. Los estadounidenses que son europeos trasplantados a Estados Unidos están adquiriendo gradualmente rasgos que recuerdan a la antigua población india —esto aún no ha avanzado mucho, pero es cierto, sin embargo. Los brazos son de una longitud diferente de lo que eran en Europa porque estas personas han sido trasplantadas a Estados Unidos. El ser humano físico se adapta al suelo. Incluso va tan lejos que ahora hay una diferencia considerable en la forma física entre los estadounidenses que viven en el oeste y los que viven en el este. Esta es la adaptación al suelo. Si el alma estuviera de acuerdo con este proceso físico, la cultura india americana se reviviría en el tiempo, aunque en una forma europea. Esto suena paradójico, pero es verdad. En el futuro, la humanidad no puede estar ligada al suelo; el alma tiene que volverse independiente. En todo el mundo las personas pueden asumir las características físicas dadas por el suelo, y los cuerpos de los europeos pueden indianizarse cuando van a América, pero en sus almas los seres humanos se separarán del elemento físico y terrenal y serán ciudadanos de los mundos del espíritu.  Y en esos mundos no hay razas ni naciones, sino relaciones de diferente tipo.

Estas cosas deben ser entendidas hoy en día cuando suceden grandes y tremendos eventos en el mundo, a menos que seas un terco —perdonen la expresión— presentando prejuicios antiguos como nuevos ideales.

 

Traducción revisada por Gracia Muñoz en noviembre de 2017.

 

[1] Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), poeta, dramaturgo, científico y estadista alemán. Sus escritos científicos fueron editados por Rudolf Steiner en la década de 1880 y proporcionó introducciones y comentarios.

Johann Christoph Friedrich von Schiller (1759-1805), dramaturgo, poeta e historiador alemán. Schiller y Goethe tenían una correspondencia interesante sobre estética y colaboraron en la escritura de una revista literaria llamada Die Horen, que estaba en contra de las actitudes burguesas.

[2] Por ejemplo, en Goethe’s World View (GA 6). El relato de Goethe de la conversación aparece en Steiner’s Goethean Science (GA2)

GA107c5. Los ritmos en el Ser del hombre

Del ciclo: El ser del hombre y su evolución futura

Rudolf Steiner – Berlín, 12 de enero de 1909

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Ya se mencionó aquí que en las reuniones grupales de este invierno queremos reunir todos los hilos como si fueran los que finalmente se unirán para formar una comprensión más profunda del ser humano y varias otras cosas relacionadas con la vida y la evolución del hombre. Eso nos llevará más y más profundamente a los secretos del mundo. Hoy me gustaría recordarles la conferencia grupal de la última hora (21 de diciembre de 1908) y comenzar desde allí. Recordarán que hablamos de un cierto ritmo que existe en los cuatro miembros del ser humano. Queremos comenzar allí hoy y encontrar una respuesta a la pregunta: ¿Cómo puede un conocimiento de estas cosas ayudarnos a comprender de manera más profunda tanto la necesidad como el objeto del movimiento antroposófico?.

Hoy tendremos que vincular dos cosas que parecen muy alejadas unas de otras. Recordarán que hay ciertas relaciones entre el yo del hombre, el cuerpo astral, el cuerpo etérico y el cuerpo físico. Lo que hay que decir sobre el cuarto miembro, el yo, se ve mejor si tenemos en cuenta los dos estados alternativos de conciencia experimentados por el yo en el transcurso de las veinticuatro horas del día. Un día con sus veinticuatro horas, durante las cuales el yo experimenta día y noche, durmiendo y despertando, será visto como una especie de unidad. Entonces, cuando decimos que lo que el yo atraviesa en un día se basa en el número uno, debemos decir que el número que corresponde de manera similar a nuestro cuerpo astral es el número siete. Mientras que el yo como es hoy regresa como si fuera a su punto de partida en veinticuatro horas o un día, nuestro cuerpo astral hace lo mismo en siete días. Vamos a entrar en esto con mayor detalle.

Piensen en despertarse por la mañana; es decir, se levantan de la oscuridad de la inconsciencia, como dice la gente incorrectamente en la vida ordinaria, y los objetos del mundo de los sentidos físicos aparecen a su alrededor nuevamente. Experimentan esto por la mañana y otra vez veinticuatro horas más tarde, con alguna excepción ocasional. Este es el curso regular de los eventos, y podemos decir que nuestro yo vuelve a su punto de partida después de un día de veinticuatro horas. Si buscamos de la misma manera el ritmo correspondiente del cuerpo astral, debemos decir que si la regularidad ordenada del cuerpo astral está realmente ahí, entonces el cuerpo astral regresa al mismo punto después de siete días. Así, mientras el yo pasa por su ciclo en un día, el cuerpo astral va considerablemente más lento y lleva a cabo su ciclo en siete días. El ciclo del cuerpo etérico, por otro lado, toma cuatro veces siete días; después de cuatro veces siete días vuelve al mismo punto. Y ahora, por favor, tengan en cuenta lo que se dijo la última vez. Con el cuerpo físico no es tan regular como con el cuerpo astral y etérico. Sin embargo, podemos establecer una cifra aproximada y decir que pasa por su ciclo en aproximadamente diez veces veintiocho días y luego regresa a su punto de partida. Saben, por supuesto, que existe una gran diferencia y que el cuerpo etérico femenino es masculino y el femenino etérico masculino. De esto podemos ver que, en cierto sentido, una irregularidad está destinada a ocurrir en el ritmo de los cuerpos etéricos. Pero en general, los números 1: 7: (4 x 7) : (10 x 7 x 4) son las cifras proporcionales que, por así decirlo, especifican las “velocidades de rotación” para los cuatro miembros del ser humano. Esto, por supuesto, es hablar en sentido figurado, ya que no son realmente rotaciones sino repeticiones de las mismas condiciones; ratios de ritmo. Hace quince días tuve que señalar que los fenómenos de la vida cotidiana son comprensibles solo cuando sabemos cosas como esta que están detrás del mundo sensible a los sentidos. Y en una conferencia pública también indiqué un hecho notable que no puede ser negado ni siquiera por el científico o el médico más materialista o por estar clasificado entre los “espectros de superstición”, porque es un hecho indiscutible. Es algo que realmente debería hacer pensar a la gente, a saber, que en la neumonía ocurre un fenómeno especial en el séptimo día. Surge una crisis, y el paciente tiene que ser arrastrado a través de este séptimo día. La temperatura cae repentinamente, y si el paciente no puede atravesar esta crisis, en ciertas circunstancias no hay recuperación. Este hecho es conocido por la mayoría de las personas, pero como regla general, el punto de partida de la enfermedad no siempre se determina correctamente, y si usted no sabe cuál es el primer día, entonces, como regla general, tampoco sabe cuál es el séptimo día. Pero el hecho es que tenemos que preguntarnos por qué la temperatura baja con la neumonía en el séptimo día. ¿Por qué ocurre un fenómeno especial en el séptimo día?

Solo una persona que ve detrás del escenario de la existencia, detrás de los fenómenos del sentido físico en el mundo espiritual, conoce estos ritmos y por qué surgen fenómenos como la temperatura. ¿Qué es realmente la temperatura? ¿Por qué ocurre? La temperatura no es la enfermedad. Por el contrario, la temperatura es algo que el organismo llama para luchar contra el proceso real de la enfermedad. La temperatura es la defensa del organismo contra la enfermedad. Hay algún daño en el organismo, en los pulmones, por ejemplo. Cuando el ser humano está sano y todas sus actividades internas funcionan armoniosamente, estas actividades internas caerán en desorden si un órgano particular del cuerpo humano está alterado. Luego, todo el organismo intenta recomponerse y desarrollar las fuerzas dentro de sí mismo para contrarrestar el trastorno local. Realmente se está produciendo una revolución en todo el organismo, de lo contrario, el organismo no tendría que reunir fuerzas porque no hay un enemigo para luchar. La expresión de esta masa de fuerzas en el organismo es la temperatura.

Ahora, la persona que mira detrás de las escenas de la existencia sabe que los diversos órganos del cuerpo humano surgieron y se desarrollaron en períodos muy diferentes de la evolución humana. Lo que desde el punto de vista científico espiritual se llama “el estudio del cuerpo humano” es el asunto más complicado que se pueda imaginar, ya que el organismo humano es extremadamente complejo y sus órganos individuales surgieron en momentos muy diferentes. Los comienzos rudimentarios de estos órganos se desarrollaron aún más en una etapa posterior de la evolución. Todo en el organismo físico es una expresión o resultado de los miembros superiores del hombre, de modo que cada órgano físico expresa la organización superior de los miembros superiores. Lo que hoy llamamos los pulmones tienen sus orígenes en el cuerpo astral y están, en cierta medida, conectados con él. Eventualmente, llegaremos a hablar sobre lo que los pulmones tienen que ver con el cuerpo astral, cómo la primera base arquetípica de los pulmones entró en el hombre sobre el predecesor de nuestra Tierra, la antigua Luna, y cómo en ese momento era el cuerpo astral como fue implantado en el hombre por seres espirituales superiores. Pero hoy quiero que vean el hecho de que los pulmones son una expresión del cuerpo astral. La expresión real del cuerpo astral es, por supuesto, el sistema nervioso. Pero el hombre es complicado, y el desarrollo de las diversas partes siempre corre paralelo.

La construcción de los pulmones comenzó al mismo tiempo que el desarrollo del cuerpo astral y la incorporación del sistema nervioso actual. Esto de alguna manera incluye los pulmones en el ritmo del cuerpo astral, ese ritmo que está gobernado por el número siete. El fenómeno del aumento de la temperatura está relacionado con ciertas funciones del cuerpo etérico. Algo debe estar sucediendo en el cuerpo etérico si una temperatura sigue un curso determinado. La temperatura, entonces, está de alguna manera dentro del ritmo del cuerpo etérico. Siempre que tengas una temperatura tiene este ritmo, pero ¿de qué manera? Tendremos que tener claro lo siguiente:

El cuerpo etérico, que completa su ciclo en cuatro veces siete días, se mueve considerablemente más lento que el cuerpo astral con su ritmo de siete días. Entonces, si relacionamos el curso rítmico del cuerpo etérico con el del cuerpo astral, podemos compararlos con las manos de un reloj. La manecilla de la hora del reloj gira una vez, mientras que la manecilla de los minutos, en el mismo lapso de tiempo, gira doce veces. Ahí tienes la relación de 1:12. Ahora supongan que mira el reloj al mediodía, cuando la manecilla de minutos se encuentra en la parte superior de la manecilla de la hora. Las dos manos coinciden. Luego, la manecilla de minutos gira alrededor y cuando regresa a las doce ya no puede coincidir con la manecilla de la hora, porque mientras tanto se ha movido a la una. Pasarán aproximadamente cinco minutos más antes de que las dos manecillas puedan coincidir, por lo que la manecilla de minutos no apunta al mismo lugar que la manecilla de hora una hora más tarde, sino una hora y poco más de cinco minutos. Ahora tienes una relación similar entre el movimiento del cuerpo astral y el movimiento del cuerpo etérico. Imagina que tu cuerpo astral, que está conectado todo el tiempo con el cuerpo etérico, estuviera en cierta posición en relación con el cuerpo etérico. Ahora el cuerpo astral comienza a girar. Cuando, después de siete días, vuelve a su posición original, no vuelve a coincidir con el cuerpo etérico, ya que, después de siete días, el cuerpo etérico se ha movido alrededor de un cuarto de su ciclo. Entonces, siete días después, la posición del cuerpo astral no coincide con la misma posición del cuerpo etérico, sino con una posición que es un cuarto del ciclo detrás del original. Ahora imaginen que tienen un caso de la enfermedad en cuestión. Una posición definida del cuerpo astral está conectada con una posición definida del cuerpo etérico. Y en este momento, con la cooperación de estas dos posiciones trabajando juntas, la temperatura aparece, como una convocatoria para luchar contra el enemigo. Siete días después, el cuerpo astral cubre una parte completamente diferente del cuerpo etérico. Ahora en el cuerpo etérico no solo debe haber el poder para producir una temperatura, ya que en ese caso, una vez que realmente se puso en marcha, nunca volvería a caer; Así que siete días después, este punto del cuerpo etérico que ahora está cubierto por la parte del cuerpo astral que produjo la temperatura siete días antes tiene la tendencia a contrarrestar la temperatura y bajarla. Si el trastorno del paciente se ha superado en siete días, entonces todo está bien. Pero si el trastorno no se ha superado, y el cuerpo astral no tiene la tendencia de expulsar la enfermedad, el paciente entra en la posición desafortunada en la que el cuerpo etérico tiene la tendencia de bajar la temperatura. Es importante prestar atención a estos dos puntos de coincidencia. Podríamos descubrir puntos como este para todo tipo de fenómenos en la vida humana. Y solo a través de estos ritmos, estos misteriosos trabajos internos, todo el ser del hombre podrá ser entendido. El cuerpo etérico realmente tiene una tendencia que se expresa en cuatro veces siete. En el caso de otras enfermedades, notarán que el decimocuarto día es de especial importancia; Es decir, dos por siete. Y definitivamente podemos decir que con ciertos fenómenos el paroxismo tiene que ser especialmente fuerte después de cuatro veces siete; El punto es que si el problema disminuye entonces, definitivamente puedes esperar una recuperación. Todas estas cosas están conectadas con ritmos del tipo que tocamos hace tres semanas y se han tratado con mayor detalle hoy. Con cosas como estas, que parecen difíciles pero que sin embargo pueden entenderse, podemos comenzar a penetrar un poco por debajo de la superficie del mundo físico sensorial. Y debemos penetrar más y más. Ahora investiguemos en el origen de tales ritmos.

Tenemos que mirar una vez más a las grandes relaciones cósmicas para encontrar el origen de tales ritmos. A menudo hemos llamado su atención sobre el hecho de que lo que llamamos los cuatro miembros del hombre, cuerpo físico, cuerpo etérico, cuerpo astral y yo han evolucionado a través de la existencia de Saturno, Sol, Luna y Tierra. Si miramos hacia atrás a nuestra antigua Luna, encontramos que también se separó del sol durante un cierto período de tiempo, aunque una gran parte de lo que hoy es la Luna era entonces parte de la Tierra. Pero afuera había un Sol, y cuando tales cuerpos celestes van juntos, entonces sus fuerzas, que son la expresión de sus seres, siempre tienen una influencia en la regulación de la vida de sus criaturas. La órbita de un planeta alrededor de su sol o de un satélite alrededor de su planeta no es, en modo alguno, una simple casualidad, ni está desconectada de la vida, sino que está regulada por aquellos seres que hemos aprendido de las jerarquías espirituales. Hemos visto que es absolutamente falso que los cuerpos celestes giren por sí mismos a través de meras fuerzas sin vida. Hemos señalado cuán grotescamente el físico moderno explica la teoría de Kant-Laplace por medio de su experimento con la masa de aceite. Se inserta un disco de cartón a través de la mancha flotante del aceite en la dirección del ecuador con una aguja clavada a través de él desde arriba, y luego todo gira, con lo cual pequeñas gotas se desprenden de la gota grande y giran también. Así, el experimentador muestra cómo surge un sistema planetario en miniatura, y los físicos generalmente llegan a la conclusión de que así es como debe haber surgido el gran sistema planetario. Aunque normalmente es bueno olvidarse de usted mismo, en este caso particular no lo es. Porque el hombre bueno generalmente se olvida de que el sistema planetario en miniatura no podría surgir si no girara la manija. Es perfectamente permisible hacer tales experimentos, y son muy útiles, pero no deben olvidar la parte más importante. ¡Qué número infinito de personas son víctimas de tales sugerencias!. Pasan por alto el hecho de que el profesor lo estaba haciendo. Por supuesto, no hay un profesor gigantesco, son las jerarquías espirituales quienes regulan los ritmos de los cuerpos celestes y en realidad producen todo el ordenamiento de la materia en el cosmos, de modo que los cuerpos planetarios individuales giran uno alrededor del otro. Y si pudiéramos entrar en los movimientos de las esferas planetarias que forman un sistema correlacionado —y llegará un momento para esto— debemos reconocer los ritmos de nuestros propios miembros humanos. Por el momento, sin embargo, solo necesitamos señalar una cosa.

El hombre moderno, con su modo de pensamiento materialista, se ríe de la idea de que en tiempos anteriores ciertas condiciones en la vida del hombre se organizaron en relación con los cuatro cuartos de la luna. Ahora, solo con la luna en particular, existe de manera maravillosa un reflejo cósmico de la relación existente entre el cuerpo astral y el cuerpo etérico. La luna se mueve alrededor de su ciclo en cuatro veces siete días. Esas son las posiciones del cuerpo etérico, y estas cuatro veces siete posiciones del cuerpo etérico se reflejan exactamente en los cuatro cuartos de la luna. No es en absoluto absurdo buscar una conexión entre el fenómeno del aumento de la temperatura que describimos y estos cuartos de la luna. Solo piensen, realmente hay un cuarto diferente de la luna al final de siete días, al igual que hay otro cuarto del cuerpo etérico y el cuerpo astral cubre un cuarto diferente del cuerpo etérico. Originalmente, la relación del cuerpo astral humano con el cuerpo etérico estaba efectivamente regulada por seres espirituales que llevaban a la luna a una órbita correspondiente de la Tierra. Y se puede ver cómo las cosas están conectadas en cierta medida, ya que incluso la medicina moderna cuenta con una antigua herencia del conocimiento rítmico. Como el ritmo del cuerpo físico es diez veces veintiocho y el cuerpo físico es como estaba en el mismo punto diez veces veintiocho días después, hay aproximadamente diez veces veintiocho días entre la concepción de un ser humano y su nacimiento, diez meses lunares. Todas estas cosas están conectadas con la regulación de las grandes relaciones cósmicas. El hombre como microcosmos es una verdadera imagen de las grandes relaciones mundiales, porque se crea a partir de ellas.

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Hoy queremos volver nuestros pensamientos a la evolución en la mitad de los tiempos atlantes. Ese fue un punto muy importante para la evolución de la Tierra. Antes de ese tiempo podemos distinguir tres razas en la evolución humana; La raza polar, la hiperbórea y la lemuriana. Luego viene la raza atlante. Ahora estamos en la quinta raza y nos seguirán dos razas, por lo que la época atlante se encuentra justo en el medio. El medio de los tiempos atlantes es el punto más importante en la evolución de la Tierra. Si regresáramos antes de este tiempo, incluso entonces deberíamos encontrar un reflejo exacto de las relaciones cósmicas con las relaciones de la vida humana externa. Habría tenido un efecto muy malo en el hombre si hubiera hecho el tipo de cosas que ahora se hacen. Hoy en día el hombre no se ajusta mucho a la situación cósmica. En la vida de la ciudad, las cosas a menudo tienen que organizarse de manera tal que las personas estén despiertas cuando de otro modo estarían dormidas y dormidas cuando deberían estar despiertas. Si algo como estar despierto por la noche o dormir durante el día hubiera ocurrido en la época lemuriana y el hombre hubiera prestado tan poca atención a los fenómenos externos que pertenecen a ciertos procesos internos, no habría sobrevivido. Por supuesto, tal cosa era bastante imposible entonces, porque era normal que el hombre en su ritmo interno se ajustara al ritmo externo. El hombre vivió como lo fue con los ciclos del sol y la luna y modeló el ritmo de sus cuerpos astrales y etéricos en el ciclo del sol y la luna.

Volvamos al reloj. En cierto sentido, esto también se ajusta al gran ciclo cósmico, cuando las manecillas de hora y minutos coinciden a las doce en punto, es decir, porque hay una cierta constelación de sol y estrellas. Establecemos nuestros relojes de acuerdo con esto y un reloj no es confiable si las dos manecillas no coinciden el día siguiente tan pronto como esta constelación de estrellas vuelva a ocurrir. En Berlín, los relojes se fijan diariamente por la electricidad del observatorio Enckeplatz. Entonces podemos decir que los movimientos o ritmos de las manecillas del reloj se establecen todos los días de acuerdo con el ritmo del cosmos. Nuestro reloj es correcto si se sincroniza con el reloj central que, a su vez, se sincroniza con el cosmos. En la antigüedad, el hombre no necesitaba reloj, porque él mismo era un reloj. El curso de su vida, que él podía sentir claramente, se ajustaba absolutamente a las relaciones cósmicas. El hombre realmente era un reloj. Y si no se hubiera adaptado a la situación cósmica, le habría sucedido exactamente lo mismo que a un reloj si su movimiento no se corresponde con la situación exterior: sale mal, y él también se habría equivocado. El ritmo interno tenía que corresponder al exterior. Y la parte esencial de la evolución del hombre en la Tierra es que, desde la mitad de los tiempos de la Atlántida, la situación externa no coincide absolutamente con la interna. Algo más ha ocurrido. Solo imaginen a alguien que piense que no podría soportar las dos manecillas de su reloj coincidiendo al mediodía. Suponiendo que los modifique a las tres en punto, luego, cuando es la una en punto para otras personas, son las cuatro de la tarde, a las dos en punto las 5 de la tarde, y así sucesivamente. El funcionamiento interno de su reloj no habrá cambiado, solo se habrá desplazado en comparación con la situación exterior. Veinticuatro horas después volverá a ser las tres; que, el movimiento de su reloj no coincidirá con la situación cósmica, pero su ritmo interno seguirá estando de acuerdo con ella, ya que solo ha sido desplazado. El ritmo del hombre también ha sido desplazado. El hombre nunca se hubiera convertido en un ser independiente si toda su actividad hubiera permanecido en las cuerdas principales cósmicas. La base de su libertad radica en haber conservado su ritmo interno mientras se separa del ritmo externo. Se ha convertido en un reloj que en los puntos nodales ya no coincide con los acontecimientos cósmicos, pero que está en armonía interna con ellos. Así, en el lejano pasado, un ser humano podría ser concebido solo en una constelación estelar particular y nacer diez meses lunares más tarde. Esta coincidencia de la concepción con una situación cósmica ha cesado, pero el ritmo se ha mantenido, al igual que un reloj mantiene su ritmo a pesar de que al mediodía lo pones a las tres en punto. Por supuesto, no solo las circunstancias del hombre se han desplazado, los tiempos también se han desplazado. Incluso si ignoramos el último desplazamiento cósmico, algo muy especial ha ocurrido en la vida interior del hombre, en el sentido de que se ha liberado de la situación cósmica y ya no es un “reloj” en el sentido correcto de la palabra . Se parece más o menos a un hombre que ha adelantado su reloj tres horas y luego, olvidando cuánto lo ha adelantado, ya no puede recuperarse. Esto es lo que le sucedió al hombre en la evolución terrenal una vez que estuvo libre de la situación en la que era como un reloj en el cosmos. En ciertos aspectos, puso su cuerpo astral en desorden. Cuanto más regulaban las condiciones de la vida humana lo físico, más se preservaba el ritmo antiguo; pero cuanto más influidas por el pensamiento se pusieron las condiciones de su vida, mayor fue el desorden que surgió en ellas. Me gustaría aclarar esto desde otro ángulo.

Los hombres no son los únicos seres que conocemos, también sabemos de seres que son superiores al hombre de la Tierra actual. Sabemos de los hijos de la vida o de los ángeles, y sabemos que pasaron por su etapa humana en la antigua Luna. Sabemos de los espíritus del fuego o de los arcángeles, que pasaron por su etapa humana en la antigua condición del Sol de la Tierra, y también conocemos las fuerzas primitivas, que pasaron por su etapa humana en el antiguo Saturno. Estos seres están por delante del hombre en su evolución cósmica. Si tuviéramos que estudiarlos hoy, descubriríamos que son seres de una naturaleza mucho más espiritual que el hombre. Por eso viven en mundos superiores. Pero con respecto a las cosas particulares que hemos estado mencionando hoy, su situación es totalmente diferente a la del hombre. En materia espiritual se conforman absolutamente al ritmo cósmico. Un ángel no pensaría de manera tan desordenada como el hombre, por la sencilla razón de que su proceso de pensamiento está regulado por los poderes cósmicos que lo guían. Está claro que un ser como un ángel no debe pensar en armonía con los grandes procesos espirituales del cosmos. Las leyes de la lógica para los ángeles están escritas en la armonía universal. No necesitan libros de texto. El hombre necesita libros de texto porque ha desordenado sus procesos de pensamiento interno. Ya no sabe cómo guiarse desde el gran guión de las estrellas. Los ángeles conocen el curso del cosmos, y el curso de su pensamiento se corresponde con el ritmo ordenado. Cuando el hombre vino a la tierra en su forma actual, se salió de este ritmo, de ahí la falta de orden en su vida de pensamiento y sentimiento. La regularidad todavía influye en las cosas sobre las que el hombre tiene menos influencia en sus cuerpos astral y etérico, pero en las partes que han sido entregadas a las manos del hombre, es decir, su alma sensible, su alma racional-intelectual y su alma consciente, así como el desorden del alma y la falta de ritmo han entrado. Es uno de los asuntos menos importantes que en nuestras ciudades el hombre convierta la noche en día. Es mucho más significativo que en su vida interior de pensamiento el hombre se haya alejado del gran ritmo universal. La forma en que el hombre piensa todo el día esta, en cierto sentido, en contradicción con la vida del gran universo.

No se imaginen, sin embargo, que todo esto se dice para fomentar una concepción del mundo que hará que el hombre vuelva a este tipo de ritmo nuevamente. El hombre tenía que alejarse del antiguo ritmo; su progreso depende de esto: cuando ciertos profetas andan hoy predicando “Volver a la naturaleza”, quieren traer la vida al revés en lugar de ayudarlo a avanzar. Toda esta charla sobre el regreso a la naturaleza no contiene ninguna comprensión de la evolución real. Cuando un movimiento de hoy recomienda a las personas que coman ciertos alimentos solo en ciertas épocas del año porque la naturaleza misma lo indica al hacer que los alimentos crezcan solo en ciertos momentos, esta es la conversación abstracta del aficionado. Lo esencial de la evolución es que el hombre se vuelve más y más independiente del ritmo externo. Pero no debemos perder el suelo bajo nuestros pies. No es lo mejor para el progreso y la salvación del hombre volver al ritmo antiguo y preguntarse cómo debe vivir en armonía con los cuatro cuartos de la luna. Porque en los tiempos antiguos era esencial que el hombre fuera como una impresión del cosmos. Pero también es importante que el hombre no crea que puede vivir sin ritmo. Al igual que su vida interior se formó desde el exterior hacia el interior, ahora debe crear el ritmo desde el interior hacia el exterior. Eso es lo esencial. Su vida interior debe hacerse rítmica. Así como el ritmo creó el cosmos, el hombre tiene que impregnarse con un nuevo ritmo si quiere compartir la creación de un nuevo cosmos. Es característico de nuestra era que ha perdido el antiguo ritmo externo y aún no ha alcanzado un nuevo ritmo interno. El hombre ha superado la naturaleza —si llamamos a la expresión exterior del espíritu “naturaleza”— pero aún no ha crecido en el espíritu. Él todavía se encuentra hoy entre la naturaleza y el espíritu. Esto es lo que caracteriza nuestro tiempo. Esta confusión entre la naturaleza y el espíritu alcanzó su clímax en el segundo tercio del siglo XIX. En consecuencia, los seres que conocen e interpretan los signos de los tiempos tuvieron que preguntarse en ese momento: ¿Qué se puede hacer para que el hombre no pierda todo rastro del ritmo sino que adquiera un ritmo interno?

Lo que pueden ver hoy como la característica de la vida mental es su naturaleza caótica. Hoy, cuando ves algo que ha sido pensado, lo primero que está destinado a golpearte es su naturaleza caótica, su falta interna de orden. Este es el caso en casi todas las esferas. Sólo las esferas que todavía poseen buenas tradiciones antiguas tienen algo del antiguo orden que queda. En las nuevas esferas, el hombre tiene, ante todo que crear un nuevo orden. Es por eso que los hombres pueden ver hechos hoy, como la caída de la temperatura en el séptimo día de la neumonía, pero su explicación es un caos absoluto de pensamientos. Cuando el ser humano lo piensa, entonces —porque no piensa de forma ordenada— él acumula una mezcla de pensamientos alrededor del hecho. Todas nuestras ciencias toman un hecho externo del mundo y suscitan una gran cantidad de pensamientos al respecto sin ningún orden interno, porque el hombre se ha extraviado en una especie de abismo mental. Hoy no tiene principios rectores de pensamiento, ningún ritmo de pensamiento interno, y la humanidad se volvería completamente decadente si no adquirieran un ritmo interno. Miren la Ciencia Espiritual desde este punto de vista.

Verán el elemento en el que están cuando comienzan a estudiar la ciencia espiritual. Para empezar escuchan —y poco a poco entenderán— el hombre tiene cuatro miembros en su ser: cuerpo físico, cuerpo etérico, cuerpo astral y yo. Y luego escuchan que el yo realiza su trabajo, y el cuerpo astral se transforma en manas o yo espiritual, el cuerpo etérico en buddhi o espíritu de vidal y el principio del hombre físico en hombre espíritu o atma. Ahora solo piensen cuánto terreno hemos cubierto con esta fórmula básica de la ciencia espiritual. Piensen en los muchos temas que fueron realmente temas fundamentales, y cómo tuvimos que construir toda nuestra estructura de pensamiento una y otra vez a partir de este esquema básico: cuerpo físico, cuerpo etérico, cuerpo astral y yo. Saben, algunas personas realmente se cansan de escuchar estos hechos básicos una y otra vez en ciertas conferencias públicas. Pero este es y sigue siendo un hilo confiable en el que encadenar nuestros pensamientos: estos cuatro miembros del ser del hombre y su interacción; y luego, en un nivel superior, la transformación de los tres miembros inferiores: el tercero en el quinto, el segundo en el sexto y el primero en el séptimo miembro de nuestro ser. Si contamos todos los miembros del ser humano que conocemos del cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral, el yo, el yo espiritual, el espíritu de vida y el hombre espíritu, tienen siete.

Y si cuentas los que forman la base de estos, a saber, el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y el ego, tienes cuatro. Y estás reproduciendo en el pensamiento el ritmo macrocósmico de 7: 4 y 4: 7 cuando sigues esta línea de pensamiento. Estás produciendo nuevamente el ritmo externo y macrocósmico desde fuera de ti mismo. Estás repitiendo el ritmo que una vez existió macrocósmicamente en el universo y lo está haciendo nacer de nuevo. Ustedes están estableciendo el plan o la base de su sistema de pensamiento, como una vez que los dioses establecieron el plan para la sabiduría del mundo. De este modo, cuando traemos el ritmo interior del número a la vida en nosotros nuevamente, luego del caos de la vida del pensamiento, un cosmos de pensamiento se desarrolla a partir del ser más interno del alma. Los hombres se han liberado del ritmo externo. Y por medio de lo que es verdaderamente una ciencia del espíritu, volvemos de nuevo al ritmo, creando una estructura cósmica desde adentro que es rítmicamente interior. Y si nos dirigimos al cosmos y observamos el pasado de la Tierra, Saturno, Sol, Luna y Tierra, encontramos cuatro, luego la Luna en forma espiritualizada en la quinta etapa como Júpiter, el Sol en la sexta etapa como Venus, y Saturno antiguo en la séptima etapa como Vulcano. Así, en Saturno, Sol, Luna, Tierra, Júpiter, Venus, Vulcano, nuestras fases evolutivas suman siete. Nuestro cuerpo físico, tal como es hoy, se ha desarrollado a través del número cuatro, a través de Saturno, el Sol, la Luna y la Tierra. En el futuro se transformará gradualmente y se espiritualizará. De modo que aquí también, cuando miramos el pasado, tenemos el número cuatro, y cuando miramos hacia el futuro el número tres: de nuevo hay 4: 3, o si incluimos el pasado en toda la evolución, 4: 7 .

Todavía estamos al principio de nuestra actividad científica espiritual, incluso si hemos estado trabajando en ello durante muchos años. Hoy solo pudimos señalar lo que los hombres querían decir con el “número interno” en la raíz de todos los fenómenos. Y vemos que para ganar la libertad el hombre tuvo que alejarse del ritmo original. Pero tiene que redescubrir dentro de sí mismo las leyes con las que regular el “reloj”, su cuerpo astral. Y el gran regulador es la ciencia espiritual, porque está en armonía con las grandes leyes del cosmos contempladas por el vidente. El futuro creado por el hombre tendrá las mismas grandes relaciones numéricas que tuvo el cosmos en el pasado, pero en un nivel superior. Por lo tanto, los hombres tienen que llevar el futuro al nacimiento fuera del número, como los dioses crearon el cosmos fuera de número.

Podemos ver cómo la ciencia espiritual está conectada con el curso del macrocosmos. Cuando comprendamos lo que hay en el mundo espiritual detrás del hombre, el número cuatro y el número siete, entenderemos por qué debemos mirar al mundo espiritual para encontrar el impulso de llevar adelante lo que sabemos que es el curso evolutivo de la humanidad. Y entenderemos por qué, justo en una época en que los hombres han alcanzado el mayor caos en su vida interior de pensamiento, sentimiento y voluntad, esas individualidades que tienen que interpretar los signos de los tiempos tuvieron que llamar la atención sobre el tipo de sabiduría que permite al hombre crear su vida anímica de una manera regulada desde adentro hacia afuera. Aprenderemos a pensar con ritmo interno de una manera que sea necesaria para el futuro, cuando pensemos de acuerdo con estas relaciones básicas. Y el hombre tomará en sí mismo cada vez más el mundo de sus orígenes. En la actualidad, está adquiriendo lo que podemos ver como el plan básico del cosmos. Él irá más allá y se sentirá lleno de ciertas fuerzas fundamentales y, en última instancia, de seres fundamentales.

Todo esto está solo en sus inicios hoy. Y apreciamos la importancia y la importancia mundial de la misión antroposófica cuando no la consideramos como un acto arbitrario de este o aquel individuo, sino que intentamos comprenderla con toda la fuerza interna de nuestra existencia. Entonces podemos llegar al punto de poder decir que no es una cuestión de elección si asumimos la misión antroposófica o no, porque si queremos comprender nuestros tiempos debemos reconocer y llenarnos con los pensamientos de lo divino. De mundos espirituales que son la base de la Antroposofía. Y luego debemos dejar que fluyan de nosotros nuevamente al mundo, para que nuestras acciones y nuestro ser adquieran, en lugar del caos, la estatura de un cosmos, como el cosmos del cual nacimos.

Traducido por Gracia Muñoz en Octubre de 2018.

Ver también : GA323c3. Curso de Astronomía