GA117c1. Profundos secretos de la historia humana a la luz del Evangelio de San Mateo

Rudolf Steiner — Berlín, 2 de Noviembre de 1909

English version

[Este libro establece que la fecha de esta conferencia será el 1 de noviembre de 1909; sin embargo, todas las indicaciones de muchas otras fuentes tienen la fecha establecida el 2 de noviembre de 1909. – e.Ed]

Las conferencias pronunciadas sobre el tema de los Evangelios de San Juan y San Lucas[1] y la corriente del pensamiento mediante la cual tratamos de comprenderlos, sólo pueden describirse si decimos que estos estudios tuvieron su origen en el siguiente punto de vista: El Ser que describimos como el Ser de Jesucristo —en la medida en que es posible a nuestro entendimiento humano, en la actualidad, describir Su Ser— es tan grande, tan infinito y poderoso, que de tal consideración no puede resultar ninguna conclusión que nos faculte para decir en forma unilateral alguna, quién era Jesucristo y lo que su Ser significa para el alma y el espíritu de todo individuo humano. Esto no parecería sino una falta de respeto hacia el más grande problema universal de la existencia. Reverencia y temor son las palabras que mejor describen la actitud de la mente que ha servido de punto de partida a nuestras consideraciones, reverencia y veneración puesta de manifiesto en la actitud del alma que aconseja: no tratéis de llevar demasiado lejos la comprensión humana cuando os aproximéis a los problemas más grandes. No tratéis nunca de elevar demasiado lo que una ciencia espiritual jamás demasiado glorificada, os imparte —aun cuando se eleve hacia los reinos más altos, como es el caso cuando se abordan los grandes problemas de la vida— y no os imaginéis que el lenguaje humano pueda llegar a expresar más de un aspecto, en el mejor de los casos, de este abrumador problema.

Todas las conferencias pronunciadas en el curso de los últimos tres años giraron en torno a una afirmación contenida en el Evangelio de San Juan: “Yo soy la Luz del Mundo”. Todas las conferencias que versaron sobre el Evangelio de San Juan tuvieron por fin exclusivo la dilucidación de esa frase. Y otras conferencias, relacionadas con las anteriores, tuvieron por propósito, una vez familiarizado el auditorio con aquéllas, tornar gradualmente comprensibles dichas palabras o, por lo menos, proporcionarles a los discípulos alguna idea de lo que la frase “Yo soy la Luz del Mundo” significa.

Cuando veis brillar una luz, ¿comprendéis acaso, nada más que por el hecho de verla, que aquello que brilla es una luz? Y una vez que habéis comprendido ciertas cosas relativas a los colores y peculiaridades de esa luz… ¿comprendéis, acaso, qué es lo que da la luz? ¿Conocéis el sol por el solo hecho de poder mirar su luz y recibir su blanco resplandor? ¿No podéis, por ventura, imaginar que exista algo más en la comprensión de aquello que os envía su luz, fuera de la percepción de su brillo?. Por el hecho de que el Ser de Quien hemos hablado haya dicho de Si mismo: “Yo soy la Luz del Mundo”, ¿habremos necesariamente de comprender esta frase, o habremos comprendido cosa alguna de este Ser, fuera de la revelación de Si mismo brindada en estas palabras?.

 Todo lo que dijimos con referencia a nuestros estudios sobre el Evangelio de San Juan era necesario para demostrar que el Ser que contiene en su interior la sabiduría universal es la Luz del Mundo. Pero este Ser es muchísimo más que lo que el Evangelio de San Juan puede describir. Cualquiera que se sienta capaz de comprender y captar el significado de Jesucristo a través de la lectura de estas conferencias sobre el Evangelio, creerá también que a partir de una sola afirmación de la cual alcanzó a vislumbrar el significado, podrá comprender la integridad total de aquel luminoso Ser.

A las conferencias dedicadas al Evangelio de San Juan, siguieron las correspondientes al Evangelio de San Lucas, en las cuales se expuso un nuevo punto de vista. Si todo lo que se dijo en los estudios relativos al Evangelio de San Juan tuvo como único fin servir a la comprensión más o menos cabal de la frase “Yo soy la Luz del Mundo”, podría decirse de las conferencias dedicadas al Evangelio de San Lucas —si se las entiende en su sentido recto y profundo— que apuntaron al esclarecimiento de las frases: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” y “Padre, en Tus manos encomiendo mi Espíritu”. Lo que Jesucristo es —no ya como la luz del mundo, sino como el Ser que realizó el mayor sacrificio de la existencia, el Ser que lo reunió todo dentro Suyo y que, sin embargo, no se perdió;  Aquel que encerró en su interior la posibilidad del mayor renunciamiento y constituye, por lo tanto, la fuente de toda compasión y amor, Aquel que se vierte a Si mismo cáli­damente en toda vida humana futura y terrenal, queda comprendido en estas palabras que presentan, así, un segundo aspecto de lo que llamamos el Ser de Jesucristo.

 Hemos descrito este Ser como Aquel que, en su compasión, llevó a cabo el mayor de los sacrificios y, Aquel que, por el poder de Su luz, iluminó toda la existencia humana. Hemos descrito la luz y el amor tal como aparecían en Jesu­cristo, y aquellos que comprenden cabalmente las conferencias dedicadas a los Evangelios de Juan y Lucas podrán tener una idea de lo que la “luz” y el “amor y compasión” de Cristo significaron.

Hemos tratado, hasta aquí, de comprender dos cualidades de Jesucristo en su significación universal. Todo cuanto se ha dicho acerca de Cristo en su carácter de Luz espiritual del mundo —que, como toda sabiduría primordial, impregna todas las cosas, viviendo y palpitando en ellas surge a la observación espiritual de las revelaciones contenidas en el Evangelio de San Juan; no hay sabiduría humana que de alguna manera no esté incluida en este Evangelio.­ Se encierra allí todo el Saber del mundo; en efecto, aquellos que perciben la sabiduría del mundo en Jesucristo, no sólo la perciben tal como ésta fue materializada en el pasado prístino, sino también como habrá de fructificar en un lejano futuro. Por lo tanto, en nuestros estudios vinculados con el Evangelio, debemos elevarnos muy alto, al igual que el águila en el cielo, por encima de la existencia humana.

 Una vez desarrolladas las grandes ideas que sólo la comprensión del Evangelio de San Juan hace posibles, el espíritu flota con estas inconmensurables y omnicomprensivas ideas, muy por encima de aquellas que suelen preocupar al alma del individuo humano. Las Cosmoideas omnicomprensivas de que trata esta Sophia o ciencia, fluyen hacia nosotros cuando nos concentramos en el estudio del Evangelio de San Juan.

Entonces, lo que llega hasta nuestro espíritu desde el Evangelio parece cernirse en las alturas, cual potente águila, por encima de todos los sucesos del destino cotidiano, momentáneo, del individuo humano. Cuando descendemos a observar una sola vida humana, de hora en hora, de día en día, de año en año, de siglo en siglo, de milenio en milenio; cuando nos detenemos especialmente a observar en ella aquellas fuerzas que denominamos amor humano, vemos entonces a este amor que surge en los corazones y almas humanos.

Vemos, por un lado, cómo da lugar en la humanidad a los actos más nobles del heroísmo y cómo los más grandes actos del sacrificio humano tienen su origen en el amor a este o aquel ser, a esta o aquella causa. Y vemos también cómo produce el amor los sentimientos más nobles en el corazón de los hombres y cómo al mismo tiempo, sin embargo, se presenta como peligrosa espada de doble filo.

Veamos, por ejemplo, el caso de una madre que ama profundamente a su hijo; éste comete una torpeza, pero es tanto su amor de madre que no es capaz de sobreponerse a su amor para castigarle. El hijo incurre en una segunda falta y nuevamente carece la madre de la decisión necesaria para castigarle. Y así siguen las cosas, relajándose la moral del hijo hasta convertirlo en un pecador. Puesto que cuando se habla de cosas tan fundamentales como ésta no es prudente servirse de ejemplos tomados de nuestros tiempos, me remitiré a uno extraído de época ya lejana. En la primera mitad del siglo XIX había una madre que amaba profundamente a su hijo. (Debemos declarar aquí que nunca podrá estimarse demasiado ese amor; él pertenece y pertenecerá siempre a los atributos más altos del género humano). La madre de nuestro caso amaba a su niño y no tuvo el coraje suficiente para castigarle por un pequeño robo que cometió en la familia; hubo luego un segundo robo y tampoco ahora logró la madre sobreponerse a sus sentimientos para castigarle. Y el hijo se convirtió así en un conocido envenenador. Y ello, tan sólo por el amor ignorante y mal encaminado de su madre. Cuando al amor se une la sabiduría pueden entonces lograrse las acciones más nobles de la existencia. La gran significación de aquel amor que emanó hacia el mundo desde el Gólgota se debe a que procedía de un Ser dotado de la Luz del mundo, de la Sabiduría.

Así, pues, cuando pensamos en estos dos tributos, es tal nuestra concepción de Cristo que no tardamos en reconocer en el amor el objeto más glorioso del mundo, si bien reconocemos, al mismo tiempo que el Amor y la Sabiduría se hallan indisolublemente ligados uno con otro, en el sentido más profundo. ¿Qué es lo que se nos impone al formular todas estas consideraciones con respecto a los Evangelios de San Juan y de San Lucas? Nada sino aquellas cualidades presentes en Jesucristo que podrían llamarse la Luz de la Sabiduría universal y el Calor del Amor universal que se combinan en Él como en ningún otro Ser del mundo y que se hallan más allá del alcance de la capacidad de comprensión humana.

Si con referencia al Evangelio de San Juan hablamos de grandes ideas que se elevan en las alturas como el vuelo del águila sobre las cabezas de los hombres, con respecto al de San Lucas diremos que él habla, en todo momento, a cada corazón humano. Lo que otorga mayor significación al Evangelio de San Lucas es que nos colma con el calor que constituye la manifestación exterior del amor; con la comprensión de aquel amor siempre listo para el mayor de los sacrificios, listo para entregarse, y que nada desea sino el propio sacrificio.

Si hemos de buscar un ejemplo para ilustrar la situación o actitud del alma producida por el estudio del Evangelio de San Lucas, diremos que se asemeja en alguna forma al caso descrito en los mitos de Mitra referentes a la conducción del animal sacrificado al ara de los sacrificios. Frente al toro, se halla sentado un hombre; se ve arriba el curso de los grandes acontecimientos cósmicos y debajo, el de los sucesos terrenos. El hombre clava el cuchillo en el cuerpo del animal sangrante, que entrega su vida a fin de que el hombre pueda alcanzar lo que debe alcanzar. Cuando contemplamos este rito —común a tantas religiones— cuando contemplamos al animal que debe ser sacrificado a fin de que el hombre logre realizar su destino en la vida, experimentamos ese sentimiento y esa actitud del alma que proporciona el marco emocional apropiado que ha de privar en nosotros cuando emprendemos el estudio del Evangelio de San Lucas.

Lo que ha significado, a través de todas las épocas, el toro de los sacrificios para aquellos que comprendían lo que detrás del mismo se encontraba, se resume en esta expresión de amor que debe intensificarse si es que desean los hombres comprender algo de las cualidades del amor aquí representadas. Es esto lo que nos hemos propuesto lograr en nuestro estudio del Evangelio de San Lu­cas. Se describe aquí nada menos que un segundo atributo del Ser de Jesucristo. ¿Pero conoce, acaso, aquel que conoce los atributos del Ser, el Ser total? Debido a que en ese Ser nos vemos frente al más profundo de los misterios es necesario el desarrollo en nuestro espíritu de una comprensión de estas dos cualidades, pero nadie deberá suponerse capaz de comprender a este Ser mediante la sola consideración de estas dos cualidades del mismo. Hemos descrito aquí dos atributos de Jesucristo y nada hemos admitido que nos ayude a vislumbrar en alguna medida su trascendental importancia.

Pero tal es nuestra veneración y respeto por este Ser, que creyéramos, quizás, haber adivinado alguna otra cualidad de las muchas que Él encierra. Supongamos que fuera posible todavía una tercera cualidad; sin embargo, como ésta tendría que relacionarse con algo que aún no ha salido a luz en el curso de nuestros estudios, sólo podría ser explicada en una forma general. Podría decirse entonces: Al describir a Cristo según el Evangelio de San Juan, Lo describimos como un Ser altamente glorificado, pero también como un Ser que hizo uso, en sus actividades, del reino de los Querubines, pleno de sabiduría. Se Lo describe aquí, en consecuencia, de acuerdo con el matiz o color propio de los Querubines, cuando flotan con vuelo de águila sobre la Tierra.

Si Lo describimos de acuerdo con el Evangelio de San Lucas, debemos referirnos, en cambio, a aquello que nace del corazón de Jesús, como al cálido fuego del amor. Hablamos entonces de lo que Él fue para el mundo porque actuó en aquel glorioso reino en que moran los Serafines. El fuego del amor de los Serafines baña al universo y se comunica a nuestra tierra por intermedio de Jesucristo.

 Debemos describir ahora un tercer aspecto de Cristo: revela éste lo que Él significó para la Tierra, no sólo por ser la Luz de la Sabiduría y el Calor del Amor, no sólo por haber proporcionado los elementos querúbicos y seráficos que integran la vida terrena, sino por lo que Él “fue” y “es” para nuestra existencia terrenal. Lo consideramos así, en lo que respecta a Su poder, como aquello que podría definirse como Su “actuación en el reino de los Tronos”, de donde proviene toda la fuerza y el poder del mundo, a fin de que cuando se encierra en la esfera de la Sabiduría y en la del Amor pueda llegar a materializarse.

Las tres jerarquías celestiales más altas son la de los Querubines, la de los Serafines y la de los Tronos. Los Serafines nos conducen con su amor hacia las profundidades del corazón humano. Los Querubines, con su Sabiduría, nos elevan a las alturas. La Sabiduría nos llega desde el reino de los Querubines; allí la devoción se torna sacrificio y queda simbolizada en el sacrificio de la bestia. La fuerza que pulsa en las venas del mundo, la fuerza que desarrolla el poder mediante el cual todo puede realizarse —la potencia creadora que palpita en el mundo y que ha sido siempre representada simbólicamente con un León— es aquel poder que llegó a la Tierra por intermedio de Jesucristo.

f2c1

Este poder controla y guía todas las cosas y cuando se desarrolla, alcanza la cúspide extrema de la fuerza: tal se nos aparece en el Evangelio de San Marcos, constituyendo el tercer atributo de Nuestro Señor Jesucristo. Cuando hablamos, de acuerdo con el Evangelio de San Juan, del Gran Ser Solar a Quien damos el nombre de Cristo, hablamos de la Luz del sol terreno en un sentido espiritual; hablamos también en este sentido, cuando, de acuerdo con el Evangelio de San Lucas hablamos del Calor del amor que emana del sol terreno de nuestro Señor Jesucristo; y cuando hablamos de acuerdo con el Evangelio de San Marcos en un sentido espiritual, no hablamos sino del Poder del sol terreno.

Todo cuanto en la Tierra existe bajo la forma de potencia, todo lo que, oculto o aparente, se comporta como fuerza o poder sobre la Tierra, se torna manifiesto en el Evangelio de San Marcos, cuando a él dedicamos nuestros estudios. Si podemos aventurarnos a comprender —o, en todo caso, vislumbrar débilmente— las ideas impartidas a la Tierra como pensamientos terrenos de Cristo, cuando nos elevamos hasta Su contemplación en el sentido del Evangelio de San Juan; si podemos llegar a sentir el cálido aliento del amor capaz de sacrificarse a si mismo, cuando el calor del Evangelio de San Lucas fluye dentro de nuestro ser, entonces, si somos capaces de vislumbrar los pensamientos de Cristo en el Evangelio de San Juan y los sentimientos de Cristo en el Evangelio de San Lucas, podremos también aprender la Voluntad de Cristo a través del Evangelio de San Marcos. Y aprenderemos luego a conocer las diferentes fuerzas a través de la cuales pueden cumplirse el Amor y la Sabiduría. Son tres los atributos que podemos llegar a vislumbrar si agregamos a nuestros estudios relativos a los Evangelios de San Juan y San Lucas, aquellos referentes al Evangelio de San Marcos. Podríamos decir entonces: con espíritu reverente nos hemos aproximado a Ti y hemos logrado alcanzar cierto vago vislumbre de Tus pensamientos, Tus sentimientos y Tu voluntad, y estos tres atributos de Tu alma se levantan delante de nosotros proporcionándonos el modelo de vida más noble que darse puede sobre la Tierra. Os he presentado estos estudios como si el hombre fuese una cosa muy pequeña y pudiese decirse de él: el hombre consta de un alma dotada de sentimiento, de comprensión y de conciencia, para pasar luego a considerar las características especiales de esta alma dotada de sentimiento, comprensión y conciencia. Si aplicásemos la expresión “alma consciente” a Cristo, podríamos decir: a través del Evangelio de San Juan, alcanzamos cierto vago concepto de lo que es la comprensión; a través del Evangelio de San Lucas, se nos impone cierta visión del alma sensible de Cristo, y a través del Evangelio de San Marcos, del alma consciente con todas sus fuerzas volitivas.

Todo esto, si se le dedica el estudio necesario y adecuado, arroja luz sobre las fuerzas de la naturaleza, visibles e invisibles, que rigen nuestro universo, según se concentran en la individualidad singular de Cristo: arroja luz sobre el Ser que abarca dentro de Si todas las fuerzas del universo.

 Al estudiar el Evangelio de San Juan penetramos profundamente en los Pensamientos de este Ser y al estudiar el Evangelio de San Lucas, en Sus Sentimientos; y dado que con respecto a estos últimos no es necesario penetrar tan profundamente en la Individualidad de este Ser, nuestras consideraciones con respecto a los mismos son simples, si se las compara con aquellas que debimos encarar al estudiar el Evangelio de San Marcos, bajo la forma de un “sistema” de todas las fuerzas invisibles, tanto naturales como espirituales, que integran el Universo.

 Todo esto se halla inscrito en las Crónicas Akáshicas y su reflejo nos es devuelto como por un espejo cuando damos entrada en nuestro espíritu a la influencia de este potente documento, a saber, el Evangelio de San Marcos. Adquirimos entonces una oscura comprensión de lo que se halla concentrado dentro del Ser singular de Cristo, de todo aquello que se halla en cambio distribuido entre los distintos Seres del Universo. Comprendemos entonces —y cada vez se hará para nosotros más luminoso y magnífico— todo aquello que hemos aprendido a reconocer como los planes elementalmente verdaderos y originales de estos diversos Seres. Una vez que logramos registrar todos los misterios de la Voluntad Universal tal como se nos presenta en el Evangelio de San Marcos, nos aproximamos reverentes al meollo del universo, a Jesu­cristo, al aprehender, de alguna manera, Sus pensamientos, Sus sentimientos y Su voluntad.

Nuestra observación de la interacción de pensamiento, sentimiento y voluntad, nos proporciona un cuadro más o menos completo del hombre; pero no podemos observar cabalmente el pensamiento, el sentimiento y la voluntad por separado, aun en un individuo. Aunque reunamos estos atributos, nuestra mirada ni aun entonces alcanza a abarcar lo necesario para percibirlo todo. Si bien nuestra tarea se ha allanado considerablemente al separar las tres cualidades del alma y al someter a cada una de ellas a una observación individual, nuestro cuadro se confunde cuando las contemplamos todas juntas.

Cuando se han estudiado tres Evangelios, el de San Juan, el de San Lucas y el de San Marcos, y se ha adquirido así cierta percepción del pensamiento, sentimiento y voluntad de Jesucristo, es posible entonces comprender el agente capaz de unir a estas tres cualidades dentro de un todo armonioso. El cuadro ha de ser, necesariamente, oscuro e indistinto, puesto que ningún poder humano es lo bastante grande para reunir en un solo ente individual aquellas tres cualidades antes separadas. En el Ser es la unidad, jamás la separación, de modo “que sólo al final, podremos aventuramos a reunirlas en la unidad. El cuadro se ha oscurecido para ser finalmente reemplazado por otro: el de Jesucristo surgiendo ante nosotros como un hombre terreno, tal como el hombre fue en los comienzos.

Cuando estudiamos el Evangelio de San Mateo se nos presenta un cuadro de lo que Jesús fue como hombre, de la forma en que actuó como hombre en sus 33 años de vida terrena. El contenido de dicho Evangelio constituye un armonioso retrato de un ser humano. Si en las conferencias dedicadas al Evangelio de San Juan describimos un Divino Hombre cósmico perteneciente al universo entero, si en las dedicadas al Evangelio de San Lucas describimos un significativo Ser de Amor, capaz de autosacrificio y en las dedicadas al Evangelio de San Marcos, la Voluntad del Mundo operando dentro de un solo individuo, ahora, al estudiar el Evangelio de San Mateo, nos vemos abocados a la descripción de la verdadera forma del Hombre de Palestina, de aquel Hombre que habitó en aquella tierra 33 años y en Quien se halla reunido todo lo que en nuestros estudios de los otros dos Evangelios salió a luz. La forma de Jesucristo nos llega a través del Evangelio de San Mateo de manera totalmente humana, y esta forma no podríamos haberla comprendido, sin embargo, si no hubiera precedido a su examen el estudio de los otros Evangelios. Aun cuando hombre tan excepcional se nos aparezca, así, oscurecido, vemos todavía en esta imagen debilitada el reflejo de lo que en nuestros otros estudios hemos aprendido. Al estudiar el Evangelio de San Mateo obtenemos, por primera vez, un cuadro de la personalidad de Cristo. He aquí, pues, cómo se nos presenta ahora todo el problema, tan diferente esta vez del que encaramos al emprender el estudio del Evangelio de San Juan. Puesto que ya hemos estudiado dos Evangelios, podremos tratar de establecer la forma en que ambos se hallan interiormente relacionados y la manera en que puede trazarse un retrato de Jesucristo cuando —adecuadamente preparados ya— nos aproximemos al Hombre que se convirtió en lo que Él fue en la Tierra por intermedio de Nuestro Señor Jesucristo.

Cuando estudiamos el Evangelio de San Juan, nos enfrentamos con un hombre divino; cuando estudiamos el Evangelio de San Lucas, nos encontramos con un Ser que reúne en si mismo las corrientes que, procedentes de los puntos más diversos, pasan a formar una única y más grande, aquella que se desarrolló en la Tierra como resultado de las prédicas de Zaratustra y de Buda, a saber, la prédica de la compasión y del amor. Todo cuanto de esta naturaleza había existido previamente nos sale al encuentro cuando nos concentramos en el estudio del Evangelio de San Lucas. Si volvemos ahora la vista hacia el Evangelio de San Mateo, se nos aparece, en primer lugar, íntima y exactamente, qué fue lo que nació de un “pueblo peculiar”, de la antigua raza hebrea, a saber, el Hombre Jesús tal como se hallaba arraigado a Su nación, el Hombre Jesús tal como debía ser dentro del antiguo pueblo hebreo, y podemos llegar a comprender, también, por qué la sangre de esta antigua raza tuvo que ser empleada de manera muy especial a fin de que pudiera contribuir a la producción de la sangre de Jesucristo para la humanidad terrena.

Al estudiar el Evangelio de San Mateo, no sólo encontramos la esencia del judaísmo de la antigüedad, sino que aprendemos también la misión de este pueblo para con el mundo entero, el nacimiento de una nueva era, el nacimiento de la cristiandad en la cuna del antiguo mundo hebreo.

 Si recibimos, a través del Evangelio de San Juan, ideas grandes, significativas y omnicomprensivas; si adquirimos, a través del Evangelio de San Lucas, cierta percepción del ilimitado calor del amor capaz de sacrificarse; si logramos comprender, en cierta medida, a través de nuestros estudios del Evangelio de San Marcos, las fuerzas de todos los Seres y reinos del universo, aprenderemos ahora a conocer y sentir mediante la vida de Jesu­cristo todo lo que en Palestina vive en la humanidad y en la evolución humana sobre la Tierra. El Evangelio de San Mateo contiene lo que Jesucristo era como Hombre, lo que Él es en su carácter de Hombre, y todos los secretos de la historia humana y el desarrollo humano.

Si el Evangelio de San Marcos contiene los secretos de los seres y reinos de la Tierra, y los del cosmos relacionados con la Tierra, el Evangelio de San Mateo encierra los secretos de la historia humana y a él debemos recurrir para conocerlos.

Hemos aprendido, a través del Evangelio de San Juan, lo que Sophia significa; a través del de San Lucas, el misterio del sacrificio y del amor; a través del de San Marcos, las fuerzas de la Tierra y del Universo; ahora, mediante el estudio y contemplación del Evangelio de San Mateo, conoceremos la vida humana, la historia humana y el destino humano.

Habiendo dedicado, a lo largo de los siete años de nuestro movimiento espiritual, cuatro años enteros a la preparación de los cimientos para estas enseñanzas, y tres años, a su profundización e intensificación, por considerarlas una beneficiosa luz capaz de iluminar los diversos sectores de la vida, tendríamos que seguir ahora, en nuestra tarea, con el estudio del Evangelio de San Marcos, para coronarla, finalmente, con el estudio de Jesucristo a través del estudio del Evangelio de San Mateo.

Pero puesto que la vida humana es imperfecta, esto no pudo ser; por lo menos entre todos los que participaban del movimiento; no pudo ser porque jamás podríamos haber pasado al estudio del Evangelio de San Marcos sin desencadenar una serie de malos entendidos. La forma de Cristo hubiera sido erróneamente interpretada si se hubiera creído que de las consideraciones formuladas con respecto a los Evangelios de San Lucas y San Juan podía desprenderse un conocimiento de este Ser; del mismo modo, también podría haberse creído que todo lo que nos aventurábamos a decir con respecto al Evangelio de San Marcos debía aplicarse en forma unilateral. En este caso, los malos entendidos podrían haberse tornado más serios aún de lo que ya eran, por lo cual, en vista de ello, preferimos escoger el otro camino. Nos abocaremos pues, a la brevedad, a un cuidadoso estudio del Evangelio de San Mateo.

Al hacerlo empezaremos por dejar a un lado las grandes profundidades contenidas en el Evangelio de San Marcos, evitando así el que se nos acuse de considerar un solo atributo suficientemente representativo del Hombre total; esperamos, así, eliminar todo malentendido.

 Nos circunscribiremos en este estudio, principalmente, y en la medida de lo posible, al advenimiento de Jesucristo en medio del pueblo hebreo y a lo que podría llamarse el nacimiento de la cristiandad en Palestina. En nuestra tarea, nos remitiremos, en las próximas conferencias, al Evangelio de San Mateo, considerando a Jesucristo en su totalidad, con la esperanza de evitar, así, toda confusión en lo que concierne a los diferentes atributos de este Ser. Lo que tengamos entonces que decir acerca del Evangelio de San Marcos habrá de seguirse con mayor facilidad.

Traducion de la Biblioteca Upasika

 

 

[1] Los cursos de lectura aquí mencionados son los siguientes: El Evangelio de San Juan. 12 conferencias. Hamburgo, mayo de 1908. El Evangelio de San Juan en relación con los otros tres Evangelios, con especial referencia al Evangelio de San Lucas. 14 conferencias. Cassel, junio / julio de 1909. El Evangelio de San Lucas. 10 conferencias. Basilea, septiembre de 1909.

Esta entrada fue publicada en Planetas.

Un comentario el “GA117c1. Profundos secretos de la historia humana a la luz del Evangelio de San Mateo

  1. […] Berlín, 2 de Noviembre de 1909 […]

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s