GA117c2. Profundos secretos de la historia humana a la luz del Evangelio de San Mateo

Rudolf Steiner — Berlín, 9 de Noviembre de 1909

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En la última conferencia expliqué mi deseo de formular algunas meditaciones relativas a los Evangelios y di las razones por las cuales creía conveniente dedicar esta conferencia al Evangelio de San Mateo.

En cierto sentido, es en este Evangelio donde se nos presenta el lado más humano de Jesús; por otra parte, coloca ante nuestra vista, una revisión completa de los acontecimientos históricos, mostrándonos la forma en que surgió Jesús como fruto de la propia humanidad.

Puesto que aquí se nos enseña que el mayor acontecimiento dentro de la evolución terrena fue resultado del desarrollo histórico, podemos aventurarnos a suponer que este mismo Evangelio debe contener también los secretos más profundos referentes al nacimiento y desarrollo de la humanidad. No dejaré pasar esta oportunidad sin hacer nuevamente hincapié en el hecho de que los temas a tratar aquí son de naturaleza sutil y que sería demasiado fácil dañar el movimiento científico espiritual si los secretos aquí revelados fueran expuestos al mundo en forma unilateral. De este modo, trataremos de poner el mayor cuidado para no desvirtuar las delicadas comunicaciones referentes a estos problemas, nunca se insistirá demasiado en que todo aquel que desee trazarse un cuadro de Cristo, sólo podrá hacerlo si tiene la paciencia suficiente para describir a este Ser desde los cuatro ángulos que nos brindan los Evangelios. Aun en el Evangelio de San Lucas puede observarse cómo las dos grandes corrientes precristianas, la procedente de Zaratustra y la derivada del budismo, se unen para verter su contenido en el gran río de la vida cristiana sobre la Tierra.

El Evangelio de San Mateo trata, en primer lugar, un tema  completamente diferente, a saber, la demostración de la forma en que la naturaleza corporal en que se encarnó la individualidad de Zaratustra evolucionó en el seno de la antigua raza hebrea. Su tarea consiste en mostrar el papel que correspondió a la antigua raza hebrea en la evolución total del género humano. Es fácil comprenderlo, cuando decimos que la individualidad de Zaratustra se encarnó en Jesús de Belén, que sólo la naturaleza corporal nació entonces en el seno de la raza hebrea y que nada se implica fuera de que Zaratustra adquirió una forma corporal que había tenido su evolución dentro de aquella antigua raza. Cualquier otro sentimiento que se pretenda introducir, terminará presentando un cuadro totalmente falso de la verdad. Cada vez se torna más claro para nosotros, tras estas consideraciones, que una individualidad tal como la de Zaratustra tenía necesidad de una naturaleza corporal que le sirviese a modo de instrumento.

Cuando una individualidad desciende a la Tierra desde los mundos más altos, desde los mundos divino-espirituales, y se encarna en una naturaleza corporal inadecuada, nada puede hacer de ésta —en cuanto instrumento— fuera de lo que le permita su capacidad intrínseca. Los falsos sentimientos que acabamos de mencionar fácilmente podrían dar lugar a toda clase de malos entendidos. Durante largo tiempo no se comprendió en el movimiento teosófico que la naturaleza corporal del hombre constituye el templo del alma. Debemos recordar al respecto, aquello que tantas veces dijimos: el yo humano habita dentro de tres envolturas o cubiertas, todas ellas más antiguas que el propio yo. Este yo humano es un ser de la Tierra, el más joven de los principios humanos —el cuerpo astral tuvo sus orígenes en la antigua Luna, el cuerpo etérico o vital, en el antiguo Sol— de modo que tiene a sus espaldas tres etapas de evolución planetaria; a su modo, el cuerpo físico constituye la parte más completa del hombre, presentando cuatro etapas planetarias de evolución detrás suyo. A través de épocas y épocas se ha ido llevando a cabo la elaboración del cuerpo físico hasta convertirlo en el perfecto instrumento que es hoy día, dentro del cual se desarrolla el yo humano, en procura de un ascenso gradual hacia las alturas espirituales. Si el cuerpo físico fuera tan imperfecto como el astral y el yo, la evolución humana sería imposible en la Tierra.

Si tenéis presente la vasta significación de este hecho, no podréis ya asociar ningún falso sentimiento con la idea de que Zaratustra sólo pudo nacer en el seno de la raza hebrea. Se necesitaba un pueblo constituido tal como aquél lo estaba, para poder proveer una naturaleza corporal a un ser del carácter de Zaratustra. Cuando pensamos que dicho ser había evolucionado hasta alcanzar alturas cada vez más elevadas, desde la época en que enseñó a su pueblo persa original, nos es forzoso admitir que sólo podía recibir el instrumento corporal adecuado, en el seno de una raza digna de la grandeza de su índole. ­A través de las evoluciones del Antiguo Saturno, del Antiguo Sol, de la Antigua Luna y de la Tierra, los dioses se han preocupado por elaborar un cuerpo físico apropiado para la Humanidad. Debemos concluir de aquí que la preparación tanto más íntima de un cuerpo humano adecuado para el alto grado evolutivo alcanzado por Zaratustra tiene que haber exigido un trabajo creador divino y espiritual, mucho más largo y elaborado que el habitual. Para poder acoger en su seno a Zaratustra, el pueblo hebreo debió seguir un curso histórico determinado.

Las crónicas Akáshicas nos revelan que todo cuanto se encuentra en el Antiguo Testamento concuerda perfectamente con los hechos históricos. Todas las cosas debieron seguir la dirección estipulada de antemano, en la antigua raza hebrea, para que pudiera producir finamente aquel fruto cumbre: la personalidad de Jesús de Belén. Fue necesario para ello, tomar ciertas disposiciones; fue necesario que de la acumulada cultura de la época postatlantiana quedara algo capaz de desarrollar en el hombre aquellas fuerzas que debían salir a la luz y cuyo destino era reemplazar a la antigua facultad de la clarividencia.

 El pueblo hebreo fue escogido al efecto de suministrar los cuerpos donde pudiera organizarse lo que llamamos comprensión del mundo, y esto, dentro de las circunvoluciones del cerebro, sin participación alguna de la perdida clarividencia. Tal es, el papel histórico del pueblo hebreo. En Abraham, padre de la raza, fue elegido el individuo capaz de alojar en su cuerpo el pensamiento discriminatorio. Todos los sucesos de importancia anteriores a su tiempo, habían tenido lugar bajo la influencia de la antigua clarividencia, pero surgía ahora una personalidad escogida especialmente para poseer un cerebro, para no ser conducido de aquí para allá por las fantasías e intuiciones clarividentes, para poder considerar las cosas en toda su pureza por medio de la comprensión. Esto exigía un cerebro especialmente organizado y la persona destinada a alojarlo debió ser cuidadosamente escogida. Y esta persona, a no dudarlo, no fue otro que Abraham. Esto concuerda exactamente con lo observado en los registros Akáshicos; en efecto, la dirección de la trayectoria recorrida por Abraham, iba desde más allá del Éufrates hacia el oeste, en dirección a Canaán. Abraham fue mandado a buscar, según se nos dice en la Biblia, desde Ur, en Caldea. Mientras los ecos de la antigua y oscura clarividencia perduraban todavía en la civilización egipcia, al igual que en la de Caldea y Babilonia, un individuo de la raza caldea fue escogido y dotado de facultades tales, que ya no necesitó confiar en aquélla, sino tan sólo en las observaciones y hechos que el análisis del mundo exterior ponía de relieve. Con esta nueva potencia, surgió una civilización y sus frutos han impregnado hasta nuestros días toda la cultura y civilización occidentales.

Abraham fue quien introdujo este pensamiento combinador, esta lógica matemática; hasta la Edad Media se reconoció en él, en cierto sentido, al fundador de la aritmética. La tendencia fundamental de su pensamiento consistía en considerar al mundo en su relación con la medida y el número. (See Appendix I, p. 72).

Una personalidad tal se hallaba perfectamente preparada para trabar una relación viva con la Divinidad que se revela a Si misma por mediación del mundo exterior. Salvo la de Jehová, todas las divinidades se habían revelado en el interior de las almas de los hombres; a fin de conocerlas, los hombres debían despertar en sus almas la Imaginación, la Intuición, etc. En la antigua India, los hombres elevaban los ojos hacia el sol; miraban los distintos reinos de la Tierra; consideraban todo cuanto tenía lugar en la atmósfera circundante, en el mar, etc. Pero todo esto suponían ellos que no era sino ilusión, es decir, Maya; nada encontraron los hindúes en estos objetos que perteneciese a la Divinidad; sólo creían poder alcanzarla a través de su Imaginación interior, a la cual referían todo lo que contemplaban en el mundo que los rodeaba.  Aun en lo que a Zaratustra se refiere, debemos admitir que jamás podría haber señalado a los hombres el gran Ser Solar, si Ahura Mazdao, el poderoso Ser Solar, no hubiera alumbrado previamente en su interior. Todo esto puede observarse, especialmente con referencia a las divinidades egipcias; en efecto, todas ellas surgieron por entero a partir de las experiencias interiores del alma, para ser luego referidas a las cosas externas. Todo cuanto se relaciona con las deidades pre-hebraicas debe interpretarse desde este punto de vista.

Jehová es aquella deidad vista desde afuera, aquella deidad que se aproximaba a los hombres desde el exterior; aquella deidad que se revelaba en el viento y en el clima. Cuando los hombres penetran todo cuanto existe en el mundo circundante con carácter de número y susceptible de ser pesado y medido, no hacen sino aproximarse al Dios Jehová. El camino, en épocas anteriores, era completamente distinto. Brahma era reconocido, primero, en la parte interior del alma y sólo después pasaba al exterior. Jehová, por el contrario, era reconocido primero en el mundo exterior, para ser luego aprehendido en la intimidad de la propia alma del hombre. Tal es el lado espiritual de lo que se conoce como el pacto de Abraham y Jehová. Este hombre poseía un espíritu capaz de comprender a Jehová. La constitución corporal de Abraham era tal que podía reconocer a Jahve o Jehová como el Dios que vive y se mueve en los fenómenos externos del Universo.

Ahora bien; debido a la idiosincrasia del individuo, de Abraham, nos corresponde a nosotros considerar la misión de todo el pueblo. Era necesario que la conformación espiritual de Abraham se transmitiese a otros individuos. Esto, sin embargo, quedaba comprendido dentro de los límites del instrumento físico, puesto que todo lo que viene al hombre del exterior se halla relacionado con algún órgano perfectamente diferenciado del cuerpo físico. Las religiones de los pueblos de la antigüedad, puesto que se basaban en la oscura clarividencia, no otorgaban mayor importancia a la forma en que las distintas partes del cerebro humano se hallaban constituidas, pero ahora, la comprensión de Jehová se vinculaba estrechamente a dicha conformación. La trasmisión de tales idiosincrasias sólo podía tener lugar por medio de la herencia física en un pueblo estrechamente ligado por vínculos de sangre.

Por lo tanto, debía pasar algo especial. Abraham debía tener descendientes capaces de perpetuar el desarrollo de esa conformación especial del cuerpo físico, cuerpo que hasta entonces había sido formado por los dioses y que alcanzó su máximo florecimiento en Abraham. La formación del cuerpo humano, que hasta entonces había sido obra de los dioses, tenía que llevarse a cabo ahora sin ayuda, por la sola acción del hombre, y ello, a lo largo de sucesivas y numerosas generaciones. La herencia física tenía por misión la perpetuación de un cerebro capaz de comprender a Jehová. El pacto entre Jehová y Abraham debía pasar también a sus descendientes.

Pero esto trajo asociado, un extraordinario sacrificio de la individualidad de Abraham a Jehová; en efecto, el hombre sólo adquiere la posibilidad de desarrollar una constitución especial, cualquiera que ella sea, si se le da a la misma el fin para el cual fue creada. Por ejemplo, si ha de alcanzar la mano una gran aptitud para cierta tarea especial, esto sólo puede lograrse si sus facultades se desarrollan en conformidad con la intención para la cual fue creada. Para que pudieran desarrollarse las cualidades físicas del cerebro a modo de instrumento para la comprensión de Jehová, fue necesario que el autosacrificio de Abraham y su comprensión de Jehová alcanzaran las alturas más grandes que imaginarse pueda. Y esto ocurrió realmente.

Eso fue exactamente lo que sucedió, como lo relata la Biblia. El auto sacrificio es supremo cuando un hombre ofrece todo lo que el futuro guarda para sí mismo. Abraham es llamado a sacrificar a su hijo Isaac a Jahve. Con eso habría sacrificado a todo el pueblo hebreo, todo lo que él mismo era, y todo lo que tenía que traer, a través de él, al mundo. Abraham fue el primer ser humano que realmente entendió a Jahve, en el sentido de que sabía que si deseaba probar la plenitud de su devoción, debía entregarse por completo a Jahve. Sin embargo, a través de ofrecer a su único hijo, Abraham renunció a la propagación de su línea en el mundo. Pero tan completa fue su devoción que con toda resolución, ofreció a Isaac.

 

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Entonces Isaac le fue devuelto. ¿Qué significa esto? Significa algo de suprema importancia. Abraham recibe a Isaac de nuevo de la mano de Jahve. Esto le da a Abraham la comprensión de que la misión que es suya en virtud de su propia Individualidad no la pasará a la posteridad a través de su propia acción, sino que la recibirá en la persona de su hijo como un regalo de Jahve[1]. Cualquiera que reflexione sobre esto profundamente se dará cuenta de que aquí tenemos un hecho de importancia cósmica, por el cual se arroja una luz inconmensurable sobre los secretos de la evolución histórica de la humanidad.

Ahora vamos a considerar cómo proceden los eventos. – A través de la devoción de Abraham a Jahve se hizo posible el correcto desarrollo de lo que hasta ahora había sido obra de los dioses, es decir, la naturaleza física de la humanidad que había surgido del universo. Como sabemos, la constitución física corporal del hombre en la tierra está conectada, de acuerdo con el número, la medida y el peso, con todas las leyes que gobiernan el mundo de las estrellas. Del mundo de las estrellas nace el hombre; en su mismo ser él encarna las leyes de ese mundo. Las leyes del cosmos debían ser grabadas, por así decirlo, en la sangre que de Abra­ham pasaría a todas las sucesivas generaciones de la antigua raza hebrea. En ésta, todo debía ser ordenado a fin de que el flujo de la ley continuase, tal como procedía del Universo, en el número, la medida y el peso del cuerpo físico humano. Esto encuentra su expresión en una frase de la Biblia que tantas veces ha sido erróneamente interpretada. La expresión a que aludimos no significa que Dios hizo a los israelitas tan numerosos como las estrellas del cielo[2], sino que el modo de su perpetuación, desarrollo y diseminación sobre la faz de la Tierra, fue hecho obedeciendo a la misma ley, a la misma relación numérica que rige las estrellas del firmamento.

Lo que el pueblo hebreo debía transmitir o perpetuar era su ordenamiento en conformidad con la armonía numérica de las estrellas (Zahlenverhaltnisse). Veamos cómo sucedió. Isaac tuvo dos hijos: Jacob y Esaú. Entonces todo lo que procedía en línea directa de Jacob, a través de la sangre de las sucesivas generaciones, continuó desarrollándose, en tanto que la rama de Esaú fue eliminada y apartada de la línea principal.

 Jacob tuvo doce hijos, en correspondencia con las doce zonas del Zodiaco, a través de las cuales se desplaza el sol en la bóveda celeste, a fin de conservar el orden de las estrellas. Tal, era la medida interior de la ley (Gesetzmasigkeit). En la vida y continuidad del pueblo hebreo se observa el fiel reflejo del número y de la medida, tales como rigen en el cielo. Abraham se hallaba decidido a sacrificar a su hijo Isaac; en virtud de ello Jehová lo relevó de su compromiso. En lugar de Isaac se sacrificó un Cordero. ¿Qué significa esto? Algo verdaderamente profundo. Y ello es que el atributo físico humano que debía trasmitirse por herencia a través de las sucesivas generaciones de la raza, al que iban asociadas ciertas facultades y del cual dependían la comprensión de la medida y el número en conformidad con la lógica matemática, debía continuar y ser recibido como un don de Jehová. Pero a fin de que pudiera conservarse puro e inmaculado era necesario renunciar a toda clarividencia; a toda la Imaginación, las intuiciones y el flujo de todas aquellas Revelaciones tales como aparecen en las antiguas religiones de edades remotas, hasta los caldeos y los egipcios. Debía renunciarse a todo don del mundo espiritual. El último que permanecería, cuando todos los demás dones se hubieran ya oscurecido, era el expresado por el símbolo místico del Carnero. En éste, los dos cuernos del carnero aluden al sacrificio de la flor de loto de dos pétalos: el último don de la clarividencia fue ofrendado después de haber renunciado ya a los primeros.

 A fin de que Isaac retuviera la cualidad física de este órgano, debía ser sacrificado el último atributo de la clarividencia, el don del carnero o de la flor de loto de dos pétalos.[3] La misión encomendada a este pueblo se continuó así, transmitiéndole las facultades de Abraham de generación en generación. Toda vez que reaparecía atávicamente la clarividencia, toda vez que alguien podía ver nuevamente en el mundo espiritual, tan fuerte era la reacción provocada, que la persona dotada con este don era inmediatamente apartada de la sociedad, prohibiéndose la vida en común con el grupo. La antipatía hacia el don del carnero halló expresión en la persecución. Tal fue el caso de José. En sueños recibió una iluminación profética del mundo de los espíritus. El destierro que debió sufrir entonces resulta perfectamente comprensible, puesto que lo que él poseía no estaba de acuerdo con la misión encomendada al pueblo hebreo. Fue arrojado del seno de sus hermanos debido a que había reaparecido en él un vestigio de la antigua clarividencia. José debió dirigirse a Egipto porque se había apartado de la misión de su pueblo. Tal, el profundo significado de lo que allí se nos dice.

Se comprende ahora cómo por mediación de esta personalidad, en quien se había depositado un antiguo legado que el pueblo hebreo sólo podía considerar en su carácter de don existente con anterioridad a Abraham —por intermedio de José—sucedió algo que, una vez más, resultó de enorme importancia para la evolución del antiguo pueblo hebreo hacia el cumplimiento de su misión. En cierto sentido, estaba cerrada para los hebreos la puerta que conducía a los pueblos hindú y persa hacia su religión, por medio de la antigua y oscura clarividencia. ¡Para ellos estaba cerrada la puerta! Miraban hacia el mundo, regulado de acuerdo con la medida y el número, y reconocían en Jehová a la Unidad por la cual todas estas cosas se hallaban ordenadas. Ellos sabían una cosa y era esto que todo aquello que miraban, todo aquello que encontraban en Jehová como creador de los fenómenos del mundo, y el yo humano (Ichheit) no eran sino una misma cosa única.

Pero ninguna imaginación, ninguna experiencia individual interior pudo darse en el seno de aquel pueblo con respecto a estas cosas, y así, debieron aprenderlo todo del exterior. Esto significaba que tuvieron que aprenderlo de otro pueblo que poseía todavía estas experiencias interiores. Y no fue otro que José el eslabón que vinculó a los antiguos hebreos con los egipcios, pueblo éste de quien los antiguos hebreos pudieron aprender lo que ya no podían experimentar por sí mismos. Los hebreos aprenderían así lo que un hombre puede tornar consciente una vez que ha tenido experiencias interiores individuales, sumando a su conocimiento y experiencia del mundo exterior, la Imaginación íntima del ser. Y esto fue lo que sucedió cuando los hebreos trabaron contacto con el pueblo egipcio, pueblo que todavía tenía experiencias clarividentes en gran medida. Los hebreos tuvieron entonces que armonizar estas facultades interiores con las que habían adquirido a través de la lógica matemática. Pero nunca hubieran podido hacerlo solos, sin la conducción de una personalidad dotada de cierto margen de Imaginación. Por eso decíamos que fue José el eslabón adecuado para unir ambos pueblos puesto que poseía aquella facultad.

 José podía resultar útil a los egipcios porque poseía cualidades de dos clases diferentes; en primer lugar, estaba dotado de la antigua clarividencia anterior a la época de Abraham, hallándose familiarizado también con las facultades que los egipcios habían desarrollado a partir del don original. Pero lo que faltaba a los egipcios era la lógica matemática, es decir que no podían aplicar la facultad de la Imaginación a la vida física ordinaria. Bastaba que sucediese algo sin precedentes para que el Faraón no pudiera resolver el problema correctamente. La Imaginación sola no basta y así, cuando obraba algún factor perturbador, eran necesarias otras aptitudes de que los egipcios carecían; era necesario pensar con claridad y en conformidad con la medida y el número, elaborando su relación recíproca. Pero José sí poseía esta doble capacidad. Por esta razón, se vio en condiciones de prestar buenos consejos a la corte egipcia, para constituirse, finalmente, en el puente que habría de unir hebreos y egipcios. Y esto pudo ser porque las enseñanzas de Jehová que hasta entonces habían sido una suma de realidades externas, a manera de cuadro matemático del universo, recibieron el color y el contenido de la Imaginación interior de que estaba dotado el pueblo egipcio.

 Esta relación y armonía entre las antiguas experiencias egipcias y la comprensión de las relaciones cósmicas, tuvo lugar por intermedio de Moisés[4]. Una vez lograda esta fusión, el pueblo fue conducido nuevamente a su tierra donde todo cuanto había visto y oído —no experimentado— en Egipto, seguiría influyendo a su manera sobre su desarrollo ulterior. Lo importante era que el don de Abraham permaneciese puro y sin mezcla, libre de la sangre de otros pueblos; que esa especial cualidad de la sangre no se contaminase sino que, lejos de ello, conservase este antiguo pueblo intacto para su raza lo que por el sacrificio original había logrado. De este modo, el patrimonio de los tiempos antiguos —que en el pueblo de Egipto era el don de la sabiduría— fue transmitido a los antiguos hebreos por Moisés junto con sus facultades lógicas matemáticas. Pero una vez más debieron desprenderse de la tierra en que se hallaban, debido a que las nuevas facultades que debían ser transmitidas a sus descendientes sólo podrían pasar de padres a hijos en un pueblo perteneciente a la raza de Abraham.

Y así siguió la vida de este pueblo. Dado que las condiciones preestablecidas tendían a tornarse cada vez mejores, dado que la sangre del pueblo tendía cada vez más hacia esas condiciones preestablecidas y se desarrollaba de esta manera a lo largo de las generaciones, se hizo posible, en cierto momento de su historia, que la naturaleza corporal del niño Jesús (See Appendix II, p. 75) configurase entre ellos un cuerpo digno de alojar a la personalidad de Zaratustra. A ese fin, el pueblo hebreo había tenido que crecer fuerte y poderoso.

Si, de acuerdo con el Evangelio de San Mateo, seguimos su destino ulterior, a partir del tiempo de los Jueces y de los Reyes, veremos cuán frecuentemente erró este pueblo y veremos también que esto era necesario para poder permitir que sucediera lo que sucedió. Era necesario, especialmente, que este pueblo padeciera toda suerte de infortunios. Así lo demuestra su cautiverio en Babilonia. Veremos cómo contribuye esto a desarrollar sus características especiales y por qué fue necesario que trabasen contacto con el otro lado de la antigua tradición tal como aparece en Babilonia, cuando se hallaban maduros para retomar el camino hacia la meta que se habían propuesto. Esto, por un lado. Por el otro, no debe olvidarse que en el mismo tiempo en que los hebreos trababan contacto con los Babilonios, un poderoso maestro del oriente comenzaba a difundir sus enseñanzas entre ellos y algunos de los mejores hebreos lograron asimilar la luminosa influencia de este gran maestro. Era la época en que Zaratustra, —bajo la forma de Zaratas o Nazarathos— efectuaba sus prédicas en las regiones adonde habían sido llevados los judíos por su destino. Algunos de los mejores profetas recibieron su influencia. El resultado no pudo ser mejor con este pueblo; en efecto, la sangre había arrojado ya ciertos frutos y además actuaban ya sobre ellos ciertas influencias extrañas procedentes del exterior.

No sería errado, en verdad, comparar todo este proceso con la lenta evolución de un solo ser humano. Supongamos, por ejemplo, un niño recién nacido. En lo que se refiere a su cuerpo, crece hasta el séptimo año bajo el cuidado de sus padres. Durante esta época, recibe la influencia, principalmente, de los factores del plano físico. Luego comienza una transformación que tiene su punto de origen en el nacimiento del cuerpo etérico; esta evolución se basa en el desarrollo de la memoria que sólo es posible adquirir cuando el cuerpo etérico se ha fortalecido en la medida necesaria. El tercer periodo se inicia cuando se produce la iniciación de las relaciones entre el cuerpo astral del hombre y el mundo exterior. Es por entonces cuando el individuo debe adquirir su facultad de juicio. El pueblo hebreo recorrió este camino en forma muy especial.

Corresponde el primer periodo al tiempo comprendido entre Abraham y los primeros reyes; comparado con la vida de un solo individuo, en esta época equivaldría al periodo de los primeros siete años de vida. Durante ese tiempo, todo apuntó a establecer la cualidad característica de la sangre. Todo lo que sabemos de esta época, a saber, las andanzas de Abraham, la formación de las doce tribus, el orden en que fueron dadas las distintas partes de la ley mosaica y los peligros del desierto, puede compararse con los sucesos que tienen lugar durante los primeros siete años de vida de la historia de un hombre, en el plano físico.

Sigue luego la segunda época, la de la consolidación interior, la comprendida entre el gobierno de los reyes y el cautiverio en Babilonia. Aparece entonces la influencia de los caldeos sobre la civilización hebrea, la influencia oriental, las enseñanzas de los Magos, y surge, finalmente, el gran conductor que, en la persona de Zaratustra, vertió su saber oriental sobre el pueblo hebreo unos 550 ó 600 años antes de nuestra era. Ya por entonces, se hallaba trabajando activamente en la preparación de una naturaleza corporal adecuada para una encarnación posterior. En esta forma, a través de todas las generaciones que sucedieron a Abraham, fueron evolucionando más y más todas las posibilidades y condiciones que harían posible el nacimiento de una naturaleza corporal adecuada para la ulterior encarnación de Zaratustra.

El Evangelio de San Mateo representa esta evolución, en particular, con maravillosa fidelidad, en el sentido de que permite el surgimiento de una agrupación triple. Tres veces tenemos catorce divisiones: de Abraham a David hay catorce; de David al cautiverio en Babilonia, también catorce, y del cautiverio en Babilonia a Jesucristo, nuevamente catorce; esto hace tres veces catorce divisiones, o sea, cuarenta y dos en total, mostrando cómo en lo que se refiere a Su naturaleza corporal, Jesús no era sino la síntesis de todo lo que había sido cuidadosamente preparado desde la época de Abraham en adelante, a través de las muchas vicisitudes padecidas por el pueblo hebreo.

Y ahora debía hacer su aparición un ser humano que reuniera, en un solo hombre todas las cualidades que habían sido acumuladas, por así decirlo, en una serie de generaciones; un hombre que les diera expresión en Su alma y en sus actividades anímicas. Toda la evolución hebraica, desde Abraham en adelante, se resumió así en un hombre, alcanzando su culminación en el Jesús del Evangelio de San Mateo. ¿Cómo podríamos comprender esto? Sólo sería posible, recapitulando en la vida espiritual del hombre el curso completo de esta evolución. Zaratustra surgió aproximadamente, en las cercanías de Ur, en Caldea, pero espiritualmente procedía de los Misterios de donde también Abraham había venido. Fue allí donde la “Estrella de Oro” fue vista por primera vez; comenzó a brillar allí y, de ahí en más, los Reyes Magos la siguieron: esta estrella era el propio Zaratustra encarnado que recorría el camino que ya antes había recorrido Abraham, para instalarse en el lugar en que habría de nacer el niño. En ese momento, la individualidad de Zaratustra se encarnó en el niño Jesús que nació en Belén. Los Reyes Magos lo supieron y siguieron al cometa, lo cual significa que no hicieron sino seguir a su gran maestro Zaratustra, que se hallaba en trance de encarnar.

Lo que ahora nos interesa es que esta trayectoria se continúa en realidad, que en el interior de la persona de un Jesús se condensa toda la civilización hebrea. En primer lugar, vemos repetirse el sacrificio en el espíritu: el sacrificio de Isaac. Se repite, en esencia, en el sacrificio ofrendado por los tres Reyes Magos de Oriente: Oro, Incienso y Mirra. Nuevamente vemos aquí algo que nos recuerda un acontecimiento más lejano en la historia del antiguo pueblo hebreo. Todo lo relacionado con el nacimiento del niño Jesús representa, de alguna manera, un reflejo de las vicisitudes padecidas por la raza hebrea. Tenemos allí a un José con su patrimonio de sueños, que representó el vinculo entre los pueblos hebreo y egipcio; nuevamente tenemos otro José que también tuvo sueños, llegando a saber, en uno de ellos; no sólo que Jesús habría de nacer, sino que debería llevarlo a Egipto. Continúa así el desarrollo de Zaratustra en la forma corporal del niño Jesús. Del mismo modo en que había seguido la trayectoria recorrida por Abraham en el plano físico desde Ur, en Caldea, hasta Canaán, así continuó ahora su viaje a Egipto, y a su tiempo, nuevamente retornó de Egipto, del mismo modo que el pueblo hebreo había vuelto de Egipto. De este modo, al iniciarse la vida de Jesús de Belén, que más tarde se llamó el Nazareno, encontramos una réplica de las vicisitudes padecidas por el antiguo pueblo hebreo hasta su regreso de Egipto a la tierra prometida de Palestina. Aquello que había tenido lugar a través de largos siglos, bajo la forma de la historia exterior de la raza hebrea, se repetía ahora en las vicisitudes de aquel ser humano que, bajo la forma corporal de Jesús de Nazareth, alojaba al antiguo maestro Zaratustra. Esto, en un sentido lato y de acuerdo con el significado del Evangelio de San Mateo, constituye el secreto de la historia humana.

Nunca se comprenderá la historia humana, a menos que se reconozca en el destino de los grandes individuos a quienes se ha encomendado una misión especial que cumplir, una repetición de toda la evolución cumplida a lo largo de los siglos, puesto que estos hombres deben condensar en su propia encarnación todo lo que ha tenido lugar en el transcurso de la historia. Grande, insuperable, era por cierto lo que Jesucristo tenía que representar pero, ante todo, Su naturaleza corporal debía ser preparada convenientemente, y esto sólo podía alcanzarse por los medios mencionados. ¿En qué momento del tiempo tuvo lugar dentro de la personalidad de Jesús esta breve recapitulación de toda la historia del pueblo hebreo? Si queremos comprender este momento, tendremos que revisar ciertos hechos evolutivos, operación para la cual he tratado de prepararos durante tantos años.

Considerad lo siguiente: la humanidad surgió a partir de un estado primitivo en que todo lo que liga a los hombres entre si, en el amor, se hallaba relacionado con el vínculo de la sangre. Los individuos amaban a aquellos con quienes se hallaban estrechamente vinculados por la sangre y sólo se casaban con quienes poseían estos vínculos. Ningún otro amor existía por entonces y he ahí por qué el matrimonio se asociaba con la relación de sangre. Era esto lo que se llamó “matrimonio cerrado”; la humanidad se originó en el matrimonio cerrado. En diversos puntos de la Tierra, cada vez comenzaron a romperse más y más estos vínculos. En todos los pueblos podemos comprobar cuán extraordinaria resultó la transición del “matrimonio cerrado” al “matrimonio abierto”, según el cual podían casarse hombres y mujeres de familias diferentes. Todos los mitos y leyendas nos lo describen como un extraño suceso; por ejemplo, la Canción de Gudrun. Esta transición siempre produjo una impresión de extrañeza en el pueblo.

Durante esta evolución, se desarrollaron dos tendencias en la humanidad. En la unión de unos individuos con otros por el vínculo de la sangre, obraba el Divino Principio espiritual que llevaba a la humanidad ser una sola. Contra su acción, se levantaba la del activo Principio Luciférico, mandando a cada hombre a mantenerse solo y apartado, mandando que cada individuo se tornase tan poderoso y grande como fuese posible. Y ambos principios debían hallarse presentes en la naturaleza humana, ambas fuerzas debían tomar parte en la evolución humana.

Ahora bien; estas dos fuerzas contrarias obraron a lo largo de toda la evolución humana: las Divinas Fuerzas Espirituales y también las Luciféricas, que habían permanecido rezagadas en la Antigua Luna; fuerzas deseosas de impedir que los hombres se perdiesen, prefiriendo que se mantuvieran independientes. Estas dos fuerzas obraron sobre la evolución del hombre, y él yo humano, que es un producto de la Tierra, se dividió, por consiguiente, aquí y allá; de un lado, fue atraído hacia el amor humano, del otro, hacia la autosuficiencia interior. Pues bien; en cierto momento, en el transcurso del tiempo, se produjo una crisis relacionada con la interacción de estas dos fuerzas.  Esta crisis, aplicada a los asuntos humanos, tuvo lugar cuando por acción del Imperio Romano los pueblos comenzaron a mezclarse unos con otros sobre gran parte de la Tierra. Fue éste, realmente, un gran momento para el destino de la evolución humana; el momento en que el problema decisivo concerniente al matrimonio cerrado o abierto, debía ser definitivamente aclarado. La gente debió enfrentar el peligro o bien de perder su yo al permanecer en grupos familiares separados, o bien de perder toda vinculación con la humanidad y convertirse en meros individuos separados, independientes y egoístas.

El momento decisivo había llegado. ¿Qué iría a pasar ahora?. Algo definitivo. El yo humano debía adquirir la suficiente madurez para desarrollarse dentro de sí mismo. Debía desarrollar aquello que, por primera vez, podía llamarse independencia y voluntad, y debía ser capaz, finalmente, de desarrollar el amor del alma libremente en su interior, amor éste que no se hallaba ya restringido por los vínculos de la sangre. El yo se vio enfrentado, así, con esta alternativa decisiva. En completa libertad, debía tornarse más consciente de sí mismo. Toda la humanidad del mundo antiguo, con excepción de los pueblos orientales, se hallaba confrontada ahora con un nuevo nacimiento del yo, con un nacimiento por el cual el yo podría elevarse a un amor nacido dentro de sí mismo. El yo debía ahora elaborar amor por medio de la libertad, y libertad por medio del amor. Y, en realidad, sólo aquel individuo capaz de hacerlo puede declararse completamente humano. Sólo es un verdadero hombre aquel que posea un yo semejante.

En efecto, aquel que sólo ama en virtud de la existencia de un lazo de sangre está obligado a amar y no hace con ello sino expresar en una forma superior lo que ya existe en otra inferior, el estado animal. En el momento a que me vengo refiriendo, el hombre alcanzó, por primera vez, su desarrollo completo. En este momento comenzó a difundirse sobre la Tierra una influencia que terminaría haciendo de los hombres, hombres verdaderos. Recordad lo que en incontables ocasiones os he dicho: el ser del hombre consiste en tres partes, a saber, el cuerpo físico, que tiene en común con los minerales; el cuerpo etérico, que tiene en común con las plantas; y el cuerpo astral  —en el que se hallaba situado realmente el amor hasta entonces— que posee en común con los animales. Con su yo plenamente desarrollado, el hombre es la cúspide de la creación terrena. Todos los demás seres terrenos poseen nombres que se les pueden dar desde afuera; son objetos. El yo tiene un nombre que sólo puede darse a sí mismo. En el yo, es Dios quien habla; las vinculaciones terrenas ya no hablan en él, sino el reino del Espíritu; cuando el yo ha alcanzado su plena evolución, el Espíritu del Cielo habla en él.

Podría decirse que hasta aquella época habían existido tres reinos: el mineral, el vegetal y el animal; un cuarto reino, que se elevaba ciertamente por encima de los anteriores, no había alcanzado aún, ciertamente, la perfección; no había recibido todavía en su seno su naturaleza completa supraterrenal. Este reino, que consistía en el hecho de haber entrado en la naturaleza de un Yo (Ichheit) —que por ninguna parte había aparecido hasta entonces sobre la Tierra— el mundo espiritual, el Reino de los Cielos; este reino se denomina, en el lenguaje de la Biblia, el “Reino” o “El Reino de los Cielos”, o simplemente, “El Reino de Dios”. El Reino del Cielo no es sino otra forma de describir al “reino humano”. Si hablamos de un reino mineral, vegetal y animal, también podemos hablar, de acuerdo con la Biblia, de un cuarto reino, el reino del cielo.

 Así, de acuerdo con el sentido de la Biblia, el reino humano es el “Reino de los Cielos”, y aquellos que en aquella época pudieron ver el curso total de la evolución humana de acuerdo con el significado de los Misterios, podrían haber dicho lo siguiente: volved la vista hacia las épocas del pasado: la humanidad se hallaba entonces en camino hacia la existencia humana; el reino de los cielos no había llegado todavía a la Tierra; pero ha llegado el día, ahora, en que el reino del cielo desciende a la Tierra. Dijo el precursor de Cristo, al igual que el propio Jesús: “El Reino del Cielo está al alcance de la mano”. Se revela en estas palabras el profundo valor de esta época. En ella debía ver la luz el nacimiento de Jesucristo. Era su misión dotar a la humanidad de las potencias necesarias para que el yo pudiese desarrollar las cualidades de que acabo de hablaros. Toda la evolución humana se divide, por consiguiente, en dos partes. Una parte precristiana en que el reino del cielo no había descendido todavía a la Tierra, y una segunda parte en que ya lo había hecho, indicando así el punto en que el reino humano alcanzó su máxima significación.

 Fue la antigua raza hebrea la elegida para proveer la naturaleza corporal. La envoltura física adecuada para prestar abrigo a un Ser capaz de convertirse en el portador de este reino celestial. Tales los secretos que surgen ante nuestra vista asombrada, cuando consideramos históricamente, en un sentido más profundo, las cuestiones asociadas con el evangelio de San Mateo[5]. De este modo, a las dos corrientes de que hablamos antes, afirmando que habían contribuido a preparar el advenimiento de la cristiandad —las corrientes del pensamiento Zaratus­triano y Budista— debemos agregar una tercera, la corriente hebraica representada por aquel antiguo pueblo. Podríamos decir, entonces, que hubo en cierta época dos maestros, Buda y Zaratustra, que desearon efectuar a la cristiandad la ofrenda de sus caudales religiosos. Para ello era necesario levantar un templo, templo que sólo podía ser construido por el antiguo pueblo hebreo. Ellos fueron, en efecto, quienes construyeron el templo para la naturaleza corporal de Jesús. Las dos corrientes originales tomaron parte en la formación de este templo: Zaratustra, al ofrecer el sacrificio de incorporarse a este cuerpo; Buda, al ofrecer más tarde el sacrificio de permitir a su Nirmanakaya[6] penetrar en el otro Jesús. De este modo, ambas corrientes se unieron en una sola.

A fin de poder trasmitiros lo que, en cierto sentido, son pensamientos ocultos, os he expuesto hoy un esquema abstracto y fugaz de estos profundos Misterios. Pero para poder entregar estos pensamientos ocultos debía describirlos, en su mayoría, en forma abstracta. Más adelante proseguiremos su estudio de modo tal que podáis formaros una idea de la misión del antiguo pueblo hebreo y de la manera singular en que Jesucristo se desarrolló en su seno. Se revela, así, el extraño hecho de que a partir de la historia, a partir del curso ordinario de la evolución, haya emergido un Ser de infinita importancia, de valor eterno e incontrovertible. Se revela así, gradualmente, cómo de un mundo perecedero puede nacer algo capaz de durar eternamente.

Editado por Gracia Muñoz de una versión encontrada en Biblioteca Upasika.

 

[1] Este punto, que la herencia hebrea no era un asunto meramente p.32 de ascendencia natural, sino de elección y don divinos, es desarrollado por San Pablo desde un punto de vista algo diferente en Romanos IX, 8. “Es “No se considera a los hijos de la carne (Ismael) que son hijos de Dios, sino a los hijos de la promesa (Isaac) como una semilla”. Cp. también Romanos IV, 13-21.

[2] Genesis XXII, 17

[3] 7. En su libro El conocimiento de los mundos superiores y su logro, p. 131 ff, Rudolf Steiner habla de las “flores de loto” como órganos en el cuerpo astral conectados con el desarrollo de la percepción suprasensible. Señala que el nombre de “flor de loto” es solo una designación metafórica tradicional. Estos órganos también se conocen en el lenguaje técnico esotérico como “ruedas” o “chakrams”.

[4] Este papel de Moisés se indica en su representación tradicional de tener dos cuernos de carnero que brotan de su frente.

[5] Ver las conferencias de Rudolf Steiner: El Evangelio de San Lucas.

[6] La realidad espiritual resultante de su existencia terrenal.

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Un comentario el “GA117c2. Profundos secretos de la historia humana a la luz del Evangelio de San Mateo

  1. […] Berlín, 9 de Noviembre de 1909 […]

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