GA123c12. La característica de los cuatro evangelios. El Aura Solar dentro del aura de la Tierra. Lo humano del evangelio de Mateo

Del ciclo: El Evangelio según Mateo

Rudolf Steiner — Berna (Suiza) del 12 de septiembre de 1910

English version

Si consideramos la evolución del hombre en las distintas épocas y a través de sus reencarnaciones, se nos presenta, como el hecho más importante, su ascenso a ciertos grados evolutivos, cada vez más elevados, transformados en fuerzas anímicas activas, en con­cordancia con las distintas etapas planetarias. Vemos como el ser humano asciende, con la meta de llegar a un estado divino. Sin embargo, sin la ayuda de Entidades que dentro del Universo se desarrollaron por otros caminos, el hombre jamás alcanzaría las alturas a que en su evolución deberá llegar. Podemos decir que, de época en época, seres de otras esferas entran en nuestra evolución terrena, uniéndose con la evolución humana, con el fin de elevar al hombre a las alturas de ellos mismos. Esto ha sido así desde los anteriores estados planetarios de nuestra Tierra, de modo que ya durante el periodo del antiguo Saturno, las entidades excel­sas de los Tronos donaron su propia substancia volitiva para que de ella pudiese formarse el germen del cuerpo físico humano. Esto es un ejemplo de lo más sublime, pero en todo momento de la evolución descienden entidades más evolucionadas que el hombre mismo, para unirse con la evolución de la Humanidad. Estas entidades se incorporan temporalmente en la naturaleza humana, adoptando igual apariencia o, para decirlo en forma más trivial, manifestándose como una fuerza del alma e inspirándola. De modo que, dentro de la evolución, semejante ser humano, en cuya alma vive un dios, es capaz de ejecutar hechos más relevantes que otros hombres.

Nuestro tiempo de un pensar materialista no es muy sensible a semejantes verdades, más bien las considera como superstición. No obstante, en lo inconsciente se conserva, como un rudimento, la creencia en la aparición de “genios”. Son personalidades que descollan de la gran masa humana, y se les atribuyen facultades distin­tas a la naturaleza humana común. Si esto no se limita a frases sin sentido, habrá que admitir que a través de un genio que hace progresar la evolución de la Humanidad, se manifiestan fuerzas distintas a las aptitudes humanas corrientes. Empero, las enseñanzas que conocen los hechos verdaderos explican claramente que cuando un hombre repentinamente aparece como animado de algo sublime y grandioso, una fuerza espiritual ha descendido y tomado posesión de la interioridad de ese hombre. El pensamiento antro­posófico comprenderá fácilmente que dos cosas son posibles: por un lado, el desarrollo humano hacia alturas divinas y, por el otro, el descenso de entidades divino-espirituales en cuerpos o almas humanas.

En un pasaje del drama misterio “El Portal de la iniciación” [1] se habla de la verdad, que para realizar algo extraordinario en la evolución de la Humanidad un ser divino debe unirse con un alma humana compenetrándola totalmente. Esto lo exige, en cierto sen­tido, la misma evolución de la Humanidad. Para comprenderlo, con respecto a la evolución terrenal del espíritu, hemos de recordar que, al principio, el Sol todavía estaba unido con la Tierra y que ambos se separaron en un pasado muy lejano. Naturalmente, no hablamos de una separación meramente material, sino de un apartarse de entidades divino-espirituales uni­das con el Sol o con los demás planetas materiales. Después de dicha separación, determinadas entidades espirituales permanecie­ron unidas con la Tierra, otras con el Sol; estas últimas, porque su desarrollo había sobrepasado las condiciones de la Tierra, de modo que su evolución cósmica ya no pudo proseguir sobre ella.

Resulta pues que, al separarse el Sol de la Tierra, se formaron dos escenarios, cada uno con sus respectivas entidades espirituales. Aquellas que, desde una esfera superior, pueden servir al hombre, son precisamente las que, en el Sol, fuera de la Tierra, establecieron el sitio de su obrar. Y de este escenario solar provienen los seres que de tiempo en tiempo se vinculan con la Humanidad terrenal para impulsar la evolución de esta y la de la Tierra. En los mitos de distintos pueblos aparecen a menudo seme­jantes “héroes solares” que desde las esferas espirituales impulsan la evolución de la Humanidad. Un hombre compenetrado de tal entidad solar es, en realidad, un ser que representa mucho más de lo que nos dice su apariencia exterior. Lo exterior nos engaña, y detrás de ese engaño se halla el verdadero ser que solo se revela a quien percibe lo más hondo de tal naturaleza. Todos los Misterios conocieron la verdad de que existen seres divino-espirituales que de las esferas superiores descienden a la Tierra, por un lado y, por el otro, hombres que ascienden y que aspiran a la iniciación en los enigmas espirituales. Preguntemos, pues: ¿Cómo hemos de representarnos la naturaleza del Cristo? En la conferencia anterior hemos visto que el Cristo como “Hijo del Dios viviente” es una entidad que descendió. Para caracterizarla con un término de la filosofía oriental, la llamaríamos un ser “avatar”, o sea, un dios que desciende. Así lo describen los cuatro evangelistas, Mateo, Marcos, Lucas y Juan. En el mo­mento del bautismo en el Jordán, la entidad del Cristo, desde la esfera del Sol, desciende a la Tierra, y se une con un ser humano. Hemos de tener presente que, en el sentido de lo relatado por los cuatro evangelistas, el Cristo, como entidad solar, es un ser avatar más grande que todos los seres solares que jamás descendieron a la Tierra. Debido a ello, un ser humano especialmente preparado debió desarrollarse a la altura necesaria para hacer posible la incorporación de semejante entidad. Los cuatro evangelistas nos hablan del ser solar, el “Hijo del Dios viviente”, que desciende para unirse con un hombre: pero solamente los autores de los Evangelios de Mateo y de Lucas nos hablan del hombre que, en su desarrollo, durante treinta años, as­ciende para acoger en sí mismo al ser solar.

Y puesto que la enti­dad del Cristo es tan suprema y tan universal que no basta con que su envoltura corpórea se prepare de una manera simple y corriente, sino que para ello debieron prepararse las envolturas física y etérea tal como lo hemos explicado en estas conferencias: pero dentro de la misma entidad en que en el sentido del Evangelio de Mateo (a través de cuarenta y dos generaciones del pueblo hebreo) se prepararon las envolturas física y etérea, no pudieron prepararse, a la vez, la envoltura astral y el portador del Yo, de ese ser solar. Para ello fue necesario tomar las disposiciones res­pectivas en la entidad humana a que se refiere el Evangelio de Lucas, al relatar la infancia del así llamado Jesús natanico. Después hemos visto que los dos niños Jesús —el de Mateo y el de Lucas— se unen en un solo ser, cuando a los doce años de edad la individualidad de Zoroastro deja el cuerpo del Jesús salomónico y penetra en el cuerpo del Jesús natanico, para seguir desarrollando dentro de este último el cuerpo astral y el portador del Yo, con todo lo adquirido en los cuerpos físico y etéreo del Jesús salomónico. Así pudieron madurar, hasta los treinta años de edad, los dos principios superiores para poder acoger en sí mismos a la entidad solar que entonces descendió de las regiones espirituales.

Al autor del Evangelio de Mateo se le presentó la pregunta: ¿Qué cuerpo físico y que cuerpo etéreo podrán a su tiempo servir para que la entidad del Cristo pudiese andar sobre la Tierra? De acuerdo a lo que pudo saber, respondió de la siguiente manera: para alcanzar ese fin debieron plenamente desarrollarse a través de cuarenta y dos generaciones del pueblo hebreo todos los gérmenes habidos en Abraham. Y siguió diciéndose: semejantes cuerpos físico y etéreo solo podrían ser los instrumentos adecuados si primero los usara la individualidad más grande que anteriormente había anunciado la venida del Cristo: la individualidad de Zoroastro. Ella podrá utilizar dichos instrumentos hasta los doce años de edad; después deberá dejarlos y pasar al cuerpo del Jesús natanico. A partir de ese acontecer, el autor del evangelio de Mateo, apartándose de su primitivo punto de vista, dirige la mirada hacia el Jesús del Evangelio de Lucas y la vida de Zoroastro hasta los treinta años de edad, es decir hasta el momento en que este último había desarrollado su cuerpo astral y el portador del Yo hasta la madurez de ofrecerlos en sacrificio al espíritu solar que entonces desciende de las esferas espirituales. Este se nos presenta en el bautismo del Jordán.

Si ahora volvemos a recordar nuevamente la separación de la Tierra del Sol, y si tenemos presente que el Cristo es la más sublime entidad de entre las que entonces dejaron la Tierra, podemos decir: Hay entidades, como el Cristo, que solo en el curso del tiempo pueden extender su influencia sobre la Tierra. Pero con la separación del Sol, también se relaciona otro hecho. Para comprenderlo recordemos primero que la substancia del antiguo Saturno fue relativamente sencilla, pues existió como fuego o calor. Aún no había ni aire, ni agua, ni tampoco el éter de la luz; todo esto no se formó sino durante el estado planetario del Sol. Durante el estado planetario de la Luna se agregó lo acuoso como otro estado de densificación y, por el lado de la eterización, el éter del sonido. Durante la existencia de la Tierra se formó lo térreo, como nuevo estado de densificación y, como ulterior estado de eterización, el éter de la vida. De modo que en la Tierra contamos con el calor, el aire o substancia gaseiforme, la substancia acuosa o liquida y el estado sólido o térreo; por el otro lado, los estados sutiles: éter de la luz, éter del sonido y éter de la vida, que es el más sutil de los que existen.

Al separarse el Sol de la Tierra, salió no solo la substancia material sino también lo espiritual. Esta última, paso a paso, volvió a la Tierra, aunque no en su totalidad. Lo explicaré brevemente. De los estados etéreos, el hombre terrenal percibe el éter del calor y, hasta cierto grado, de luz. Lo que él percibe como “sonido” no es sino un reflejo material del sonido verdadero que es el etéreo. Al hablar del “éter del sonido”, se trata del portador de lo que se llama la “armonía de las esferas” que solo se percibe espiritualmente. El Sol en su estado físico actual envía su luz a la Tierra, pero él también alberga aquel estado superior. Por lo tanto, no es un decir infundado cuando Goethe exclama:

Desde el principio el Sol resuena

en esferas fraternas, rivalizando;

su órbita eterna la cumple

con estampido tronador.

Con esto se alude a la armonía de las esferas, a lo que vive en el éter del sonido. Pero el hombre solo lo experimenta si se eleva a la iniciación o cuando un ser solar desciende para transmitirlo a un ser humano destinado para servir de instrumento de la evolución. Para tal hombre, el Sol resuena y las armonías de las esferas se tornan perceptibles. Superior al éter del sonido está el éter de la vida. Al igual que el mero sonido se basa en el “verbo” como contenido superior anímico, así también el éter de la vida se rela­ciona con el sentido, con el verbo que en la tardía cultura persa se llamaba “Honover” y que Juan el evangelista ha llamado el “Logos”, el sonido espiritual inherente al ser solar.

En los primeros tiempos de la evolución postatlante, Zoroastro fue uno de los inspirados que no se quedaban sordos, por decirlo así, frente al sonar y hablar del Sol y de sus entidades, y no es, meramente, un mito, sino una verdad absoluta el que Zoroastro recibió del verbo solar su enseñanza. Las grandiosas y majestuosas enseñanzas que Zoroastro ha dado a sus discípulos, las podemos describir de la siguiente manera: a través de él, como instrumento, resonaba el sonido y el sentido del verbo solar mismo. De ahí se explica que la leyenda persa habla del “Verbo Solar” que se transmite por la boca de Zoroastro, el verbo misterioso que se halla detrás de la existencia solar. Esa leyenda, al referirse al cuerpo astral del Sol, habla de “Ahura Mazdao”, o también del Verbo Solar, al que en la versión griega se le llama el “Logos”.

En aquellos tiempos antiguos, incluso una personalidad tan alta como Zoroastro, no poseía una iniciación tan elevada como para acoger conscientemente lo que entonces se transmitía al hombre, sino que en su alma se manifestaba, en cierto sentido, un mundo superior, al que ella aún no había ascendido. Zoroastro fue capaz de dar la enseñanza de Ahura Mazdao, porque a él se le revelaba el aura del Sol y porque en él resonaba la entidad espiritual de Ahura Mazdao, el Verbo Solar, el aura magna, la luz cósmica. Cuando el Dios Solar aun no vivía entre los hombres de la Tierra, Él se anunciaba a través de su corporalidad exterior, el Sol mismo, mientras que el Verbo Solar fue más bien lo inte­rior. Por ello, Zoroastro decía a sus discípulos: “Debéis tener pre­sente que detrás de la luz solar física existe una luz espiritual. Como detrás del hombre físico esta su parte astral, así también se halla el “Aura Magna” detrás del Sol y el Sol físico es, en cierto sentido, el cuerpo-luz de un Ser que a su tiempo descenderá a la Tierra. En este cuerpo-luz se halla lo interior-anímico que por la visión clarividente se hace perceptible. Como por el sonido se expresa lo anímico que le es inherente, así también por el aura solar se transmite el Verbo Solar, el “Sol-Logos”. Esto lo encontramos, como en la fuente primitiva, en el antiguo Zoro­astro, como sabiduría profética con respecto al advenimiento del Aura Solar, del Verbo Solar.

De época en época, los Misterios transmitían esta profecía de la venida del Sol-Logos, del Verbo Solar, profecía que siempre se mantuvo como la gran esperanza de los que dentro de la evolución de la Humanidad aspiraban a lo espiritual superior. Y los iniciados del Sol que se unieron con la Tierra y que en verdad eran los enviados del Verbo Solar, del espíritu de la luz solar, del aura del Sol, pudieron dar las respectivas enseñanzas, cada vez más exactas. Esta fue la característica de uno de los aspectos de la tradición de los Misterios. Por otra parte, el hombre debió aprender y también practicar el ascender hacia lo espiritual que desciende a la Tierra. Pero en la época precristiana no se consideraba posible que el hombre, como débil individuo, pudiese llegar al grado de des­arrollo necesario para unirse con el supremo ser solar, el Cristo. Es por esta razón que el Evangelio relata que en cierto modo hubo de recurrir a toda la substancia del pueblo hebreo con el fin de alcanzar la naturaleza de semejante hombre. Además, en el Evangelio de Lucas se describe que a través de setenta y siete escalones se acrisoló lo más selecto de lo que puede haber en un hombre terrestre con el fin de preparar el cuerpo para el ser supremo que debió descender a la Tierra. Empero, hay que tener presente que, por su grado de des­arrollo, los hombres que recibieron las enseñanzas en los Misterios no poseían la capacidad de apropiarse de todo cuanto la Humanidad, o bien el individuo, puede alcanzar en su evolución.

Debido a ello, los que en los Misterios antiguos se preparaban para alcanzar la iniciación, se dividieron en clases, según las distintas maneras de acercarse al conocimiento. A unos se les enseñaba de un modo particular como el hombre debe vivir y desarrollarse exteriormente, con el fin de convertirse en instrumento apropia­do, es decir, de servir de templo para el ser solar. A otros más bien se les indicaba lo que el alma, silenciosamente, debe desarrollar en sí misma para llegar a comprender y a sentir lo que es el espíritu solar. Hay que imaginarse que ciertos discípulos en los Misterios debían desarrollar de una manera bien definida su vida exterior, y desde la primera infancia se cuidaba el desarrollo de su cuerpo, de manera tal, que finalmente pudiesen llegar a ser portadores o templo del espíritu solar. Así fue en los tiempos antiguos e incluso es así en nuestros tiempos, si bien dentro de la concepción materialista no se lo nota.

Supongamos que se acerque el momento en que un ser superior ha de descender de esferas espi­rituales para dar a la evolución un nuevo impulso. Es la tarea de los iniciados de los Misterios aguardar tal momento, pues ellos son llamados a leer los signos de cada época. Con quietud y abnegación habían esperado el momento en que un Dios debió des­cender de las alturas celestes para impulsar la evolución de la Humanidad. Pero también es tarea de los iniciados observar la Humanidad del mundo exterior para ver si puede hallarse una personalidad apta de acoger en si misma a tal entidad; y si en tal caso se trata de un ser espiritual particularmente alto, es preciso que desde la primera infancia se cuide el desarrollo de la persona determinada para servirle de templo. Esto se hace real­mente sin que nadie se dé cuenta de ello. Pero, después, en la biografía de esos hombres se notan ciertas regularidades las que, a pesar de condiciones exteriores diferentes, evidencian determina­das similitudes. Efectivamente, en el curso de la evolución se encuentran entidades que hasta en la biografía exterior presentan cierta analogía; e incluso los investigadores modernos se han dado cuenta de ello. En manuales comunes, aunque no los más profundos, háyanse cuadros concernientes a similitudes en las biografías de tales personalidades. Son cuadros que se refieren a biografías, como, por ejemplo, de Gilgamesh de la antigua Babilonia, de Moisés, Jesús, San Pablo, etc. Para el pensamiento materialista, las similitudes resultan realmente asombrosas. Naturalmente, tales científicos llegan a la conclusión de que los respectivos mitos han sido copiados unos de otros; o sea que el autor de la biografía de Jesús habría copiado de la de Gilgamesh, y que la de Moisés no sería sino la modificación de una antigua epopeya. Finalmente se llega a la conclusión de que jamás han existido como personas físicas, ni Moisés, ni Jesús, ni San Pablo. Hasta tales extremos llega actualmente la ciencia en su interpretación materialista de las cosas. Empero, la similitud de las biografías se explica simplemente por el hecho de que semejantes hombres quienes deben acoger en sí mismos a un ser divino, son guiados desde la infancia; y no hemos de extrañarnos de ello, si comprendemos lo profundo de la evolución de la Humanidad y del mundo.

¿Que se gana por ejem­plo, con verificar que la vida del héroe germano Sigfrido evidencia similitud con la vida de un héroe griego o cualquier otro? Pues se entiende que tiene que ser así, y nada importa el aspecto de la vestimenta, sino el hombre que la tiene puesta. En realidad, estas cosas solo las encuentra la investigación oculta. Desde tiempos remotos existieron en los templos de los Misterios, preceptos concernientes a lo que debe hacerse con semejantes personas, y también existie­ron en las comunidades de los esenios con respecto a Cristo Jesús; preceptos que decían como debían ser las características del Jesús salomónico y del natanico que habrían de desarrollarse hacia el supremo Ser Solar, el Cristo. Pero no todos los iniciados poseían la totalidad de los cono­cimientos, sino que hubo diferentes clases o categorías de ellos. Hubo iniciados que principalmente sabían bien lo que debía ex­perimentar un ser humano para hacerse digno de acoger en sí mismo al Dios; otros sabían cómo es el Dios que se manifiesta en un hombre, o sea, el Dios que aparece como “genio”. Pues los genios también ostentan similitudes cuando se incorporan en el hombre. Hoy día las biografías no se escriben desde el punto de vista espiritual. Si esto se hiciera, el genio de Goethe, por ejem­plo, daría una notable semejanza con los genios de Dante, Homero, Esquilo. En vez de escribir las biografías en sentido espiritual, hoy día se compilan los datos insignificantes de la vida exterior de semejantes personalidades, pues esto es lo que más interesa a la gente. Así también ocurre con relación a la vida de Goethe, por lo que aún falta la verdadera descripción del genio de Goethe. Es más, los críticos reconocen que no son capaces de seguir la evolución del genio en la personalidad humana, describen entonces preferentemente las obras juveniles de los poetas y desprecian su posterior desarrollo.

Por el hecho de que es muy difícil conocer lo profundo del problema, se repartía en varias clases el cultivo de este saber: y así se explica que en ciertas ramificaciones de los Misterios se enseñaba como el hombre se prepara para elevarse hacia el ser divino, en otras, en cambio, como desciende la luz, el Logos, o verbo solar que se halla en el aura del Sol. Al hablar del Cristo, se trata del descender más complicado. Por esto, no sería extraño si más de cuatro autores hubiesen sido necesarios para comprender ese grandioso acontecer: lo cierto es que cuatro se esforzaron en describirlo. Dos de ellos, los autores de los Evangelios de Mateo y de Lucas, se empeñaron en explicar la característica del desarro­llo de ese hombre hacia arriba, hacia el ser solar: Mateo en cuanto a los cuerpos físico y etéreo: Lucas con respecto al cuerpo astral y el portador del Yo. Marcos, en cambio, no se ocupa de lo que ascendía hacia el ser solar, sino que describe el aura solar, el Aura Magna, la luz espiritual que obra por todo el universo y dentro de la figura del Cristo Jesús. Por consiguiente, empieza con el bautismo en el Jordán, donde desciende la Luz del Universo.

En el Evangelio de Juan se describe el alma del espíritu Solar, el Logos, el Verbo Solar, lo interior. Es por ello que el Evangelio de Juan es el más íntimo de todos. Así se dividen los hechos y se describe la entidad complicada del Cristo Jesús, desde cuatro puntos de vista. Los cuatro evangelistas hablan del Cristo en Jesús de Nazareth, pero cada uno de ellos debe atenerse a su punto de partida, de acuerdo con su mi­rada clarividente que le permite describir tan complicada entidad. Recapitulémoslo todo para que penetre en lo hondo del alma. Mateo debe dirigir la mirada sobre el nacimiento del Jesús salomónico para averiguar cómo se preparan las fuerzas de los cuerpos físico y etéreo. Entonces ve que Zoroastro deja estas en­volturas y lleva al organismo de Jesús del Evangelio de Lucas, todo cuanto él ha podido conquistar hasta ese momento. Después tiene que poner su atención en lo que antes no había descrito, pero lo sigue principalmente según su punto de partida, es decir, se refiere a la suerte de lo que del Jesús salomónico ha pasado al Jesús natánico con todas sus conquistas y consecuencias.

Di­rige la mirada no tanto sobre lo elemental en el cuerpo astral y el portador del Yo en el Jesús de Lucas, sino sobre lo que del Jesús salomónico ha pasado al natanico. Y al describir al Ser So­lar que desciende, se fija principalmente en las facultades desarro­lladas dentro de los cuerpos físico y etéreo del Jesús salomónico. Se entiende que esas facultades se manifestaron también en el Cristo, y Mateo sigue observándolas con particular exactitud, pues para el fueron lo más importante. El autor del Evangelio de Marcos, desde el principio dirige la mirada sobre el Espíritu Solar que desciende del cielo. No describe ningún ser terrestre, sino que la existencia física de ese ser solo le sirve de medio para referirse al obrar del Espíritu Solar. A consecuencia de ello resultan semejanzas entre los Evangelios de Mateo y Marcos, pero desde distintos puntos de vista. Aquel se refiere más bien a lo característico de las envolturas, haciendo notar que más tarde se manifiestan las facultades desarrolladas du­rante la infanda. El autor del Evangelio de Marcos, en cambio, hasta en las peculiaridades nos muestra a Jesús en su aspecto físico, pero solamente para hacer ver como el Espíritu Solar obra so­bre la Tierra.

Para la verdadera comprensión de los Evangelios, hay que tener en cuenta que la mirada de cada evangelista siempre se dirige hacia su respectivo punto de partida. Por consiguiente, el autor del Evangelio de Lucas, especialmente ha de tener presente lo característico del cuerpo astral y el portador del Yo. Quiere decir: lo que esa entidad experimenta, no como personalidad física, sino en su cuerpo astral como portador de sentimientos y sensaciones. El cuerpo astral también es portador de facultades creadoras: la piedad y la misericordia fluyen del cuerpo astral; y el Cristo precisamente fue ese ser misericordioso, porque poseía el cuerpo astral del Jesús natánico. Así se explica que, desde un principio, Lucas dirige la mirada hacia la misericordia y todo cuanto Cristo Jesús realiza justamente por tener en sí mismo aquel cuerpo astral. Finalmente, el autor del Evangelio de Juan dirige la mirada hacia el hecho de que lo supremo que obra sobre la Tierra, lo más íntimo del Espíritu Solar, desciende por intermedio de Jesús. Lo que le importa no es, en primer lugar, la vida física, sino lo supremo, el Sol-Logos puramente. La figura física de Jesús solo le sirve de apoyo para seguir el obrar del Sol-Logos, dentro de la Humanidad. A esto se atiene desde el principio hasta el fin.

 

 

 

 

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Durante el sueño miramos hacia nuestras envolturas exterio­res: cuerpo físico y cuerpo etéreo. En ellos viven todas las fuerzas que nos fueron dadas por entidades divino-espirituales, las que, en el curso de un sinnúmero de millones de años, trabajaron para construir este templo de nuestro cuerpo físico. En este hemos vivido desde el periodo de la Lemuria, y, cada vez más, lo hemos deteriorado. Originariamente nos fue dado a través de los estados planetarios de Saturno, Sol y Luna. Seres divinos vivían y actuaban en él durante toda esa evolución. De modo que podemos decir: nuestro cuerpo físico es un templo construido por dioses; ellos lo edificaron de la materia sólida.

 En nuestro cuerpo etéreo poseemos las substancias sutiles de nuestra naturaleza humana, pero el hombre no las ve porque las influencias luciféricas y ahrimánicas le quitan la capacidad de percibirlas. En el cuerpo etéreo también vive lo que pertenece al Sol, y desde el Sol resuena la armonía de las esferas, lo que detrás de lo meramente físico proviene de los dioses. En el cuerpo etéreo viven, pues, supremos dio­ses que tienen afinidad con los dioses del Sol. Los cuerpos físico y etéreo representan los principios más perfectos de nuestra naturaleza. Durante el sueño, abandonados por nosotros, entidades divinas obran y tejen en ellos.

Hemos dicho que desde el principio el autor del Evangelio de Mateo debió poner su atención sobre el cuerpo físico del Cristo Jesús, y así debió seguir. Empero, materialmente el cuerpo físico ya no existía, porque lo había dejado a los doce años de edad. No obstante, las fuerzas divinas habían pasado al cuerpo físico del Jesús natanico. Y el cuerpo físico de Jesús de Nazareth fue tan perfecto porque quedó compenetrado de las fuerzas traídas del Jesús salomónico. Imaginémonos ahora como el autor del Evange­lio de Mateo ve a Jesús que muere en la cruz: ese momento también lo contempla desde el punto de vista que le es propio. Lo espiritual del Cristo deja el cuerpo físico, y con ello lo divino que había traído. La atención del Evangelista se dirige hacia esta separación: lo interior del Cristo Jesús se separa de aquel elemento divino en la naturaleza física. Las palabras en los Misterios antiguos con respecto a la separación de la naturaleza espiritual humana del cuerpo físico, para percibir el mundo espiritual, siempre rezaban: “Dios mío, Dios mío, ¡cómo me has glorificado!” El evangelista las cambia y dice: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, pues fija la atención en este “abandonar”.

El autor del Evangelio de Marcos describe como las fuerzas exteriores del Aura Solar se unen con el cuerpo etéreo. El cuerpo etéreo del Cristo se halla en las mismas condiciones como nues­tro cuerpo etéreo durante el sueño. Como en este caso se sepa­ran las fuerzas exteriores, así también salieron esas fuerzas en el momento de la muerte de Jesús. De ahí se explica la identidad de las palabras en el Evangelio de Marcos. El autor del Evangelio de Lucas pone la atención en el cuerpo astral y el portador del Yo, y por esta razón no emplea las mis­mas palabras. En aquel momento, el cuerpo astral del Cristo vive la máxima expresión de misericordia y amor. A ello corresponden las palabras: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”. Es la palabra de amor que únicamente del cuerpo astral puede emanar. Así también se manifiesta lo que de humildad y sumisión puede emanar de este cuerpo, y que se expresa con las últimas palabras: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Juan describe lo que el hombre debe realizar dentro del orden terrenal: el sentido del orden terrenal que reside en el Verbo Solar. Por ello, Juan pone la atención en lo que desde la cruz de Gólgota fluye como principio ordenador. El evangelista describe que en ese momento el Cristo indica una fraternidad superior a la que se basa en el parentesco sanguíneo. Anteriormente la fraternidad residía en la sangre. María es la madre que por la sangre dio vida al hijo, pero el Cristo ordena lo que conduce al amor entre las almas: al discípulo al que Él amaba le da, no la madre por la sangre, sino la madre suya por el espíritu; y así resuena desde la cruz: “He ahí tu hijo” y “he ahí tu madre”. Este sentido orde­nador de nuevas comunidades es lo mismo que el sentido del éter de la vida que ordena la vida y que por el Cristo fluye a la Tierra.

Así vemos que los evangelistas describen el acontecimiento de la venida del Cristo, cada uno de su propio punto de vista. Por lo tanto, no hay ninguna contradicción en el hecho de que ese supremo acontecimiento se nos relate desde cuatro lados, sino que esto nos permite conocerlo verdaderamente, si somos capaces de contemplar los cuatro aspectos en su conjunto. Así también resulta lo más natural que aquella confesión de Pedro no pueda confi­gurar sino en el Evangelio de Mateo. Marcos describe al Cristo como Fuerza Solar, la fuerza cósmica universal del Aura Solar, la que —de una manera nueva— fluye y obra en la Tierra.

Y el Evangelio de Lucas describe especialmente lo interior del Cristo Jesús, el cuerpo astral con que el hombre vive por sí solo, en su propia y más profunda peculiaridad. Pues en el cuerpo astral no reside lo que nos hace formar comunidades. La fuerza que conduce a establecer comunidades se halla en el cuerpo etéreo. Lucas no tiene motivo para hablar de la fundación de una comunidad; ni tampoco lo tiene el autor del Evangelio de Juan. Mateo, en cam­bio, describe al Cristo Jesús como hombre, lo que particularmente le da motivo para referirse a las condiciones que tienen que ver con que Dios apareció como hombre entre hombres. Por ello debió también tratar lo relativo a las “comunidades humanas”. Así comprenderemos que únicamente en el Evangelio de Mateo figuren esas palabras tan discutidas: “Tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificare mi iglesia” (o comunidad). Actualmente, en las discu­siones de los teólogos concernientes a estas palabras, se encuentran argumentos bastante extraños, pero ninguno de ellos comprende su profundo sentido. Quienes las rechazan, lo hacen porque esas pa­labras sirvieron para fundar sobre ellas la institución exterior de la Iglesia Católica. Ciertamente, esto puede ser motivo para abu­sar de ellas; sin embargo, no prueba que hayan sido insertadas para favorecer dicha Iglesia. También hay quien dice que el Evan­gelio de Marcos habría sido el primero de todos y que Mateo y Lucas habrían copiado de él ciertas partes y, además agregado otras cosas. De esta manera, Mateo habría insertado las referidas palabras con el fin de dar su apoyo a la comunidad. Si bien exis­ten textos antiguos que dan lugar a dudas con respecto a ciertos pasajes de las Escrituras, también es cierto que las palabras en cuestión pertenecen al tesoro más auténtico de los Evangelios, ya que no hay ni posibilidad filológica de ponerlas en duda. Desde el punto de vista filológico, nada puede oponerse a la autenticidad de las palabras: “Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, ni de las otras: “Tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”. Naturalmente, hay que confiar en las personas que conocen los res­pectivos textos, por haberlos visto en su origen.

Todo esto corres­ponde a la naturaleza del Evangelio de Mateo. En él notamos que el Cristo aparece verdaderamente como hombre; y con esta llave en la mano, comprendemos este Evangelio en todos sus porme­nores, incluso en cuanto a las parábolas que el Cristo da a sus discípulos, o bien a otros oyentes. En la conferencia anterior se ha explicado como el hombre se desarrolla desde abajo hacia arriba, hasta desenvolver el alma consciente que se abre como una flor, y que el impulso del Cristo sale a su encuentro.

En el curso de cinco culturas se desenvuelven los cinco principios de la naturaleza humana: cuerpo etéreo, cuer­po astral, alma sensible, alma racional y alma consciente. El hombre los desarrolla y hace uso de ellos de manera tal que a su tiempo puedan compenetrarse del impulso del Cristo, con el resul­tado de que en el futuro todos los hombres puedan participar de las fuerzas del Cristo. A través de las distintas encarnaciones deben desenvolverse adecuadamente los cinco principios; de lo con­trario, el hombre no podrá recibir al Cristo, porque no habrá echado aceite en su lámpara. Los referidos cinco principios pue­den dejarse sin aceite. A esto se refiere la hermosa parábola en que se habla de las cinco vírgenes fatuas, las que, por no haber echado a su debido tiempo aceite en las lámparas, no pueden unirse con el Cristo; pero las cinco vírgenes prudentes que tienen el aceite, si pueden unirse, a la hora justa, con el Cristo. Todas las parábolas que se basan en números ilustran el impulso que el Cristo ha traído a la Humanidad.

Otro ejemplo: a los que de la enseñanza del Cristo solo consi­deraban el aspecto exterior, les hizo presente que en otros casos toman en consideración, no solamente lo inmediato de su aspecto, lo exterior, sino que lo toman por símbolo de algo distinto. Y, to­mando una moneda, les mostró la efigie del emperador, haciéndoles notar que la moneda, aparte de su mero aspecto metálico, es expresión de algo particular, a saber: la vinculación con un de­terminado soberano. “Dad pues a Cesar lo que es de Cesar; esto lo dice la efigie, no el metal”. Con ello quiso decirles: de la misma manera aprended a considerar al hombre y su valor intrínseco, como portador y templo del Dios viviente. Contemplad al hombre de la misma manera como contempláis la moneda. Si aprendéis a reconocer en el hombre la imagen de Dios, sabréis que el hombre pertenece a Dios. Todas estas parábolas tienen un sentido más profundo de lo que comúnmente son interpretadas, pues el Cristo no las da como a menudo se emplean en nuestro tiempo periodístico, sino de ma­nera tal que concuerdan con lo íntimo de la naturaleza humana; y si el hombre las profundiza en este sentido, se verá obligado a desempeñar sus quehaceres como las circunstancias, en cada caso, lo requieren.

Así también habría que enseñar al hombre como debería emplear su facultad mental para no caer en lo absurdo. Hablar de “Mitos del Sol” referente a Buda, Cristo, etc. es un método por el cual se emplean de una manera exterior, imágenes míticas, constelaciones celestes, etc. en relación a grandes acontecimientos, con el fin de sostener cualquier cosa. Si se afir­ma, por ejemplo, que la vida del Cristo tiene el significado de un Mito del Sol, y si con esto se quiere comprobar que Cristo Jesús no vivió, también se puede comprobar, mediante semejante método, que no existió Napoleón. Y esto se logra muy fácilmente, diciendo: “Napoleón tiene el nombre del Dios Solar Apolo. En la len­gua griega la “N” antepuesta no significa una negación, sino un aumento. De esto resulta que Napoleón – N’Apolon significaría algo así como “Super-Apolo”. Además, puede descubrirse una notable afinidad fonética entre Leticia, la madre de Napoleón, y Leto, la madre de Apolo. Finalmente, puede sostenerse que, en torno del Sol, Apolo, hay doce constelaciones las que podemos com­parar con los doce mariscales de Napoleón; y estos no son sino símbolos de las doce constelaciones zodiacales alrededor del Sol. Tampoco es casual que el héroe del Mito de Napoleón haya tenido seis hermanos, por lo que Napoleón con sus hermanos y hermanas, al igual que los planetas, suman siete; con lo cual se prueba que Napoleón no existió. Por métodos análogos se prueba que Jesús jamás vivió.

Estas cosas nos hacen ver, por cierto, que es necesario estar preparado, interiormente preparado, para contemplar lo que los Evangelios nos dicen acerca del mas supremo acontecimiento del mundo. Y hemos de ver claramente que el movimiento teosófico tampoco estuvo exento del juguetear con toda clase de símbolos tornados del mundo de las estrellas. En contraste a ello, hemos demostrado en este ciclo de conferencias como, con respecto a los grandes acontecimientos de la evolución, los que realmente cono­cieron la verdad, emplearon en forma correcta el lenguaje cósmico-­estelar. Con semejante preparación es preciso acercarnos al contenido de los Evangelios. Hemos hablado del bautismo en el Jordán y del relato acerca de la vida y la muerte del Cristo, con relación a las dos etapas de la iniciación.

Ahora hemos de agregar que el Cristo, después de haber conducido a los discípulos al elevarse al macrocosmos en virtud de lo más íntimo de la naturaleza huma­na, como asimismo a la visión más allá de la muerte, no les habla de la resurrección en el sentido trivial como muchas veces se la interpreta. Antes bien, concuerda con el verdadero sentido del Evangelio de Mateo, como asimismo con lo expuesto en el Evan­gelio de Juan, el que la palabra de San Pablo expresa la verdad: a través de lo acontecido acerca de Damasco, el vio al Cristo Resu­citado. Y él hace notar explícitamente haber experimentado lo mismo que los demás, es decir, los doce y los quinientos que lo habían vivenciado a un mismo tiempo. San Pablo vio al Cristo como esos otros lo habían visto después de la resurrección. Esto se indica claramente al relatarse en el Evangelio que María Magdalena, después de haberle visto pocos días atrás, ve al Cristo después de la resurrección y, al no reconocerle, lo toma por el jardinero. Esto no se explicaría si el Cristo realmente se le hubiese aparecido igual que pocos días atrás; por lo tanto, no cabe duda de que efectivamente se había producido un cambio.

Examinándolos exactamente, los Evangelios nos conducen a comprender que como resultado de lo sucedido en Palestina y del Misterio de Gólgota, se les abrieron los ojos a los discípulos para reconocer en el Cristo al Espíritu que teje y obra en el mundo, como Él fue después de haber entregado a la Tierra su cuerpo físico, pero obrando en ella con las mismas fuerzas que cuando en este estaba. Esto también lo evidencia el Evangelio de Mateo, con las palabras más significativas de las que en las Escrituras puedan encontrarse. Nos indica claramente: estuvo una vez el Cristo en un cuerpo físico humano, lo que no solo fue un acontecimiento, sino una causa, un impulso; y de este impulso emana un efecto. Por la vida del Cristo Jesús, el Verbo Solar, el aura solar, de la cual había hablado Zo­roastro como de algo fuera de la Tierra, se ha convertido en en­tidad unida con la Tierra, y que con ella quedará unida para siem­pre. Se ha unido con la Tierra, lo que antes no estaba vinculado con ella.

Como antropósofos hemos de comprender este hecho: que el Cristo resucitado, como espíritu, se había hecho perceptible para los ojos clarividentes de los discípulos, y que, como espíritu que teje en la existencia terrestre, les había dicho: “id y enseñad a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo y enseñadles que guarden todas las co­sas que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de la existencia de la Tierra”. Por la ciencia es­piritual hemos de comprender que en aquel entonces se dio co­mienzo a que el aura solar haya quedado unida con el aura terrestre; y que esto es perceptible para el ojo espiritual abierto; además, que esta aura solar, dentro del aura terrestre, como San Pablo la vio, es audible cuando se abre nuestro oído interior, para oír el Verbo Solar, tal como se hizo audible para Lázaro, quien por el Cristo mismo ha sido iniciado.

La ciencia espiritual es interpreta­dora de lo acontecido con respecto a la evolución espiritual del mundo. En este sentido, ella realmente fundará lo que también el Cristo, precisamente en sentido del Evangelio de Mateo, había querido fundar. Un pasaje del Evangelio de Mateo, por lo general se traduce en forma totalmente errónea; me refiero a la maravillosa palabra: “No he descendido a la Tierra para de ella quitar la paz, sino para arrojar la espada”. Lamentablemente, en el curso del tiempo, esta maravillosa palabra de paz se ha retorcido en lo contrario. La entidad del Cristo se ha impregnado en la existencia espiritual de la Tierra, con el fin de librarla paulatinamente de todo lo que a la Humanidad trae discordia y desavenencia; y la Ciencia Espi­ritual traerá la paz por medio del cristianismo que reúne a todas las religiones. Ella establecerá la paz en todo el orbe, si realmente comprende lo realizado por el pacificador más grande de todos los tiempos.

No se procede en el sentido de este pacificador, si hombres fanáticos imponen un cristianismo coartado, a otros pue­blos en los cuales no rige ninguna de las condiciones apropiadas a la forma del cristianismo establecido en otras partes del mundo. Se comete un grave error, si se trata de trasladar al Oriente el cristianismo occidental de nuestros tiempos. Muchas veces hemos señalado que el Cristo no pertenece únicamente a los “cristianos”, sino que se trata de la misma entidad a que Zoroastro aludía al hablar de Ahura Mazdao, y que para los Siete Rishis de la India era el Vishva Karman. Al encontrarnos en Occidente sabemos que se trata del Cristo cuando en Oriente se emplean otros nombres. Nuestra comprensión del Cristo ha de ser compatible con la evolución y el ulterior progreso de la Humanidad, y sabemos que otros pueblos no cristianos nos comprenderán si les hablamos de Vishva Karman y de Ahura Mazdao en el correcto sentido cristiano; y que ellos llegarán por si mismos a la comprensión del Cristo. Si en un momento dado tuviésemos que convencernos de que a la entidad del Cristo habría que darle otro nombre, lo haríamos sin vacilar, puesto que solo buscamos la verdad y no nuestra predilección por encontrarnos en determinado lugar y por pertenecer a determinado pueblo. En otras naciones también puede encontrarse al Cristo, pero hay que estudiar su ser por los medios que fluyen de El mis­mo.

Empleando nombres orientales no se comprende al Cristo, pues se desvía la atención y no se lo ve, aunque se piense verlo. Los conceptos orientales tienen su origen en el pasado y no alcanzan para comprender al Cristo, puesto que esto no es posible dentro de la evolución a que pertenecieron Abraham y luego Moisés. Pero en Moisés hemos de buscar la influencia de Zoroastro, y a este no hay que buscarle en las antiguas escrituras del zaratustrismo, sino a través de su reencarnación en Jesús de Nazareth. Lo impor­tante es fijarse en la evolución. Lo mismo ocurre con el Buda: a él hemos de buscarlo, no en el sitio en que se encontraba seis siglos antes de nuestra era, sino en donde lo describe el Evangelio de Lucas, cuando resplandece en el cuerpo astral del Jesús nata­nico: allí lo tenemos y aprendemos a conocerle en su progreso. Esto nos hace ver que las religiones realmente concuerdan y que obran en su conjunto para favorecer el progreso de la Humanidad. No basta con que hablemos de principios antroposóficos, sino que los transformemos en sentimientos vivientes; y que tampoco hablemos meramente de tolerancia, mientras somos intolerantes. Para ser tolerantes, debemos medir cada cosa con su propia medida y comprenderla según su propio ser. Cuando estudiamos los Evangelios, encontramos distintas ver­dades en cada uno de ellos, y cuando nosotros más tarde estudia­remos el Evangelio de Marcos, encontraremos una íntima cosmología, puesto que la naturaleza de Ahura Mazdao, que obra a través de todos los espacios, puede especialmente describirse en relación con el Evangelio de Marcos; de una manera similar a como en el Evangelio de Mateo se nos revelaron los secretos de la sangre humana y las leyes hereditarias del individuo en relación a la característica de un pueblo.

Lo expuesto en este ciclo de conferencias, deberá tomarse como un aspecto del magno acontecimiento de Palestina, y hay que tener presente que aún no se ha dicho todo. Puede ser que todavía no haya llegado el tiempo en que se pueda decir todo lo que es po­sible decir —incluso en el círculo más pequeño— acerca de estos grandes misterios. No obstante, lo mejor que de lo ya expuesto puede fluir, consiste en que lo acojamos no solo con el intelecto, sino que lo vinculemos con las fases más íntimas de nuestra alma, con nuestro ánimo y lo profundo de nuestro corazón y que, ante todo, tome vida en nosotros. Las palabras de los Evangelios, si las acogemos con el corazón, y si las comprendemos realmente, se transforman en nosotros en fuerzas que nos compenetran y que desarrollan una singular fuerza vital. Esta fuerza vital la llevamos con nosotros y en la vida la hacemos efectiva.

 Ahora, al concluir este ciclo de conferencias, quisiera agregar unas palabras especiales con relación a este humanamente más bello documento de las escrituras del cristianismo, el Evangelio de Ma­teo. ¿Qué es lo que particularmente se nos presenta en este Evangelio que desde el principio pone la atención en la naturaleza huma­na del Cristo Jesús? Por más grande que consideremos la distancia entre cualquier hombre de la Tierra y aquel hombre que en sí mismo acogió al Cristo, se nos presenta en el Evangelio de Mateo —si lo tomamos con humildad— lo que un hombre vale y de que un hombre es digno. Y por más distante que nuestra propia naturaleza se halle de la naturaleza de Jesús de Nazareth, podemos, no obstante, decir: llevamos en nosotros la naturaleza humana y ella se presenta así que puede acoger en si misma al Hijo de Dios, al hijo del Dios viviente; además, que de ello surge la promisión de que el Hijo de Dios quedará unido con la existencia espiritual de la Tierra y que, cuando la Tierra habrá llegado al fin de su evolución, todos los hombres quedarán compenetrados de la substancia y de la naturaleza del Cristo, en la medida en que ellos mismos verdaderamente quieran alcanzarlo. Pero solo con humildad po­demos aspirar a este ideal. Si no lo albergamos con humildad, nos tornará orgullosos y altaneros, pensando únicamente en lo que co­mo hombres podríamos ser, y sin acordarnos de cuan poco hemos sido capaces de realizar. Si lo vivenciamos y lo comprendemos con humildad, este ideal se nos presentará tan grandioso y majestuoso que su mismo resplandor nos obliga a la humildad.

Si nos com­penetramos de su verdad, la fuerza en nosotros, por pequeña que sea, nos conducirá cada vez más a lo alto, hacia nuestra meta divina. En el drama misterio (“El Portal de la iniciación”) encontramos todo lo necesario para comprender estas verdades: primero la escena en que Juan Tomasio se siente anonadado, bajo la impresión de la palabra “Oh hombre, conócete a ti mismo”; y después, cuando jubilosamente es elevado a las vastedades cósmicas, bajo la impresión de la otra palabra “Oh hombre, vivénciate a ti mismo”. Esto también nos hará comprender la majestuosidad y la grandeza que se nos presenta en el Jesús del Evangelio de Mateo y que nos obliga a la humildad, haciéndonos conscientes de nuestra pequeñez; pero que también nos hace ver la íntima verdad y realidad que nos salva del abismo de esta pequeñez, frente a lo que debemos ser y lo que podemos llegar a ser.

Si el conocimiento tiende a causarnos el anonadamiento, frente a lo que en el hombre aparezca como grandeza divina, y si, por otra parte, tenemos la buena voluntad de vivenciar algo del impulso divino, del “Hijo del Dios viviente”, entonces debemos acordar­nos del Cristo Jesús quien, en la esfera en que como hombres, podemos vivenciar el yo del que el Cristo es el verdadero y su­premo representante, nos ha inculcado en el ánimo lo que se ex­presa en forma concisa con las palabras, valederas para todos los tiempos venideros, “¡Oh hombre, vivénciate a ti mismo!”. Por su contenido humano, el Evangelio de Mateo es el más cercano a nuestro propio ser; y si así lo comprendemos, nos dará valentía, fuerza y esperanza en la vida e incluso para el cumplimiento de nuestras actividades cotidianas.

Traducido por Francisco Schneider. Encontrado en Biblioteca Upasika. Editado por Gracia Muñoz

[1] N. d. T.: Título del original: “El Portal de la Iniciación” obra dramática de Rudolf Steiner

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Un comentario el “GA123c12. La característica de los cuatro evangelios. El Aura Solar dentro del aura de la Tierra. Lo humano del evangelio de Mateo

  1. […] GA123c12. Berna (Suiza) del 12 de septiembre de 1910 […]

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