GA136c8. Las Entidades Espirituales en los cuerpos celestes y en los Reinos de la Naturaleza

Rudolf Steiner – Helsingfors (Finlandia), 11 de abril de 1912

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Estaría bien que al comienzo de la conferencia de hoy hablemos de hasta qué punto lo que consideramos ayer en relación con las partes, o al menos en referencia a algunas de las partes, del sistema físico del mundo, del cosmos físico, es importante para la perspectiva del hombre, para su percepción y conocimiento.

Ayer hablamos de la vida de los cometas, de la vida de las estrellas fijas —la vida Solar; la vida de la luna— la vida lunar y de la vida planetaria. Al hablar de estos cuerpos celestes desde el punto de vista de la conciencia ordinaria, naturalmente nos referimos a los cuerpos celestes visibles para los ojos. Ahora, en el curso de nuestras conferencias, hemos sustituido, por decirlo de alguna manera, este sistema de cuerpos celestes; los hemos sustituido por el estudio de los seres espirituales correspondientes que hemos reconocido como miembros de las diversas jerarquías.

Quizás lo que realmente se ha dicho se aclare aún más si afirmamos lo siguiente: Encontramos que la categoría de seres que se encuentran inmediatamente por encima del hombre son los Ángeles, o Seres Angélicos; También hemos demostrado cómo, si el hombre desea realmente obtener una visión del mundo espiritual suprasensible, debe, en cierto sentido, ennoblecer su organización de tal forma que le permita alcanzar el nivel de esa entidad superior inmediata; debe, por así decirlo, aprender a ver el mundo con el tipo de percepción que poseen los Ángeles. Ahora podemos plantear la cuestión: si tal ser de la siguiente categoría superior, en el coro de las jerarquías, adquiere conciencia del cosmos a través de su percepción —a la que llamamos Manifestación— ¿cómo le aparece el Cosmos? Si se responde a esta pregunta, lo que pretendo transmitir será más claro para nosotros. Tal Ser, el Ángel realmente no vería en el cosmos, nada de lo que vemos, y que, como sabemos, es Maya, una ilusión que solo se manifiesta a la visión humana. Un Ángel no vería nada de todo esto de la misma manera que nosotros; debemos ser tener esto bastante claro.

Pero el Ángel en cambio vería y percibiría a su manera, de la manera descrita, las diversas actividades cooperativas entre los seres de las Jerarquías. En lugar de decir, “Desde Marte”, él diría: “Por allí cooperan (como hemos descrito) ciertos seres de las Jerarquías Superiores”. Esto significa que, para esos seres, para los Ángeles o Angeloi, todo el sistema cósmico se le aparece directamente como una suma de actividades espirituales.

Entonces, ¿cómo se verían los planetas y otros cuerpos visibles a nuestros ojos, ante tal ser? Podemos aventurarnos a hablar de estos asuntos, ya que de hecho no podríamos hablar en absoluto del mundo suprasensible que se encuentra detrás del sistema planetario, los cielos o el Cosmos, si no pudiéramos, a través de la disciplina oculta obtener la capacidad de colocarnos en la mentalidad propia de una entidad angélica. Ser clarividente simplemente significa invocar dentro de nosotros la posibilidad de ver el mundo como lo ve cada uno de estos Seres.

Así, para la conciencia clarividente, esas formas, aquellas formas de luz visibles como los cuerpos celestes que se perciben con la vista ordinaria, en realidad desaparecen; ya no están allí. Por otro lado, la conciencia clarividente adquiere, como también lo hace la conciencia del Ángel, una impresión de lo que corresponde al cuerpo físico celestial. La conciencia clarividente no puede percibir la Luna o Marte tal como le aparecen a un habitante en la Tierra, visto físicamente; y sin embargo es capaz de saber lo que existe allí. Ahora me gustaría invocar dentro de ustedes una idea del tipo de conocimiento que la conciencia clarividente tiene de tal cuerpo celestial.

Pueden hacerse una idea de esto, al principio teóricamente —pues el entrenamiento oculto solo puede proporcionar un conocimiento práctico— si invocan en su mente una imagen de la memoria, un recuerdo, un concepto de imagen de lo que experimentaron ayer o antes de ayer. Este concepto de imagen que se encuentra en el alma, difiere del concepto de imagen de un objeto que está inmediatamente ante los ojos. Solo miren esto (señala una rosa) con la intensidad necesaria. Si recuerdan esta rosa mañana, tendrán una imagen de ella en la memoria. Ahora bien, si se dan cuenta claramente de que, en su mente, en su alma, la simple imagen de la memoria difiere de la que surge como imagen de percepción a través de una impresión directa, entonces podrán comprender cómo percibe la conciencia clarividente los cuerpos celestes.

De este modo, si se transportan de manera clarividente al cosmos, y si, por ejemplo, se trasladan a Marte o, a la Luna, no saben directamente lo que aparecería si uno observara físicamente el cuerpo celestial, pero si se transportarán tendrán dentro algo que no puede describirse más que como una imagen recordativa, una imagen de pensamiento. Y así sucede con todo lo que nuestra conciencia normal ordinaria encuentra como cuerpos celestes físicos en el Cosmos. Para la conciencia clarividente, todo aparece de tal manera que tenemos un conocimiento directo de que en todo lo que veamos hay algo pasado, algo que ha tenido una vida completa en el pasado y que, tal como aparece en el presente, no está realmente en el original estado viviente, sino que es —por así decirlo— como un cascaron del que ha salido el caracol. Todo el sistema físico de los cuerpos celestes es un testimonio de tiempos pasados, contando sucesos pasados. Mientras que nosotros, en nuestra Tierra, somos contemporáneos de las cosas que aparecen ante nuestros ojos físicos, lo que vemos en los cielos estrellados es en realidad Maya, ya que no representa una condición existente, sino que tuvo su significado completo en el pasado, y queda ese remanente. El mundo físico de los cuerpos celestes representa los restos de las actividades pasadas de los seres correspondientes de las Jerarquías, cuyos efectos posteriores aún se extienden hasta el presente.

Examinemos el asunto aún más de cerca mediante un ejemplo concreto. Cuando observamos nuestra propia Tierra-Luna por medio de la conciencia clarividente (que se ha retirado de todo lo demás y, por así decirlo, fijado solo en la Luna), obtenemos la notable impresión de que la luna física externa desaparece, y en su lugar aparece algo que da la impresión de ser como una imagen recordativa. Uno tiene la impresión de que lo que de otro modo le parece al ojo físico (y que, por supuesto, está físicamente, aunque todo lo físico es maya) da la impresión de contar un pasado, como una estampa de recuerdo. Y si permitimos que esta impresión comience a ahondar en nosotros, nos dice: “Si lo que ahora en realidad aparece a nuestra visión oculta estuviera activo, si su actividad no se hallara paralizada por otras influencias, nuestra Tierra en su forma actual no podría existir a causa de la proximidad de lo que vemos allí”. A nuestra conciencia oculta, la Luna le atestigua algo que de acontecer, haría imposible nuestra vida terrestre. Si lo que la conciencia oculta observa no se hallara neutralizado por otras influencias el hombre no podría vivir en su forma actual a causa de lo que la Luna nos testimonia. Por otro lado, ni la vida animal actual en la Tierra, ni la vida vegetal, ni la actividad en el mundo mineral serían especialmente influenciados. Ciertos seres de los reinos animal y vegetal ciertamente tendrían que tener una forma muy diferente—pues sabemos directamente de las fuerzas que con tanta vehemencia actúan sobre nosotros desde la Luna— pero sustancialmente, aunque la vida animal, vegetal y mineral sería posible sobre la Tierra, la vida humana no podría. Así, la Luna, tal como la vemos con la mirada oculta, habla de una condición que, si estuviera activa, excluiría la vida humana de la Tierra.

Estoy tratando de describir estas cosas de la manera más concreta posible, como se ven desde la visión oculta; no deseo hablar en abstracciones, lo que me permitiría relacionar todo tipo de cosas; solo deseo relacionar las cosas como aparecen ante la visión oculta. La impresión que uno recibe solo se puede comparar con lo siguiente: Si, —digamos— todas las ideas que un hombre de treinta años tenía a los quince años surgieran repentinamente dentro de él, y todos los conceptos que había sido capaz de trabajar en su alma desde su decimoquinto año se detuvieran, la vida interior del alma de su decimoquinto año estaría entonces representada ante su propia conciencia, por así decirlo, objetivamente; pero estaría obligado a decir: “Si ahora tuviera dentro de mí solamente lo que estaba contenido en mi alma en ese momento, no podría pensar todo lo que ahora pienso. La condición anímica en la que estoy ahora, sería imposible”. El hombre se vería forzado a regresar a su decimoquinto año y vería claramente que, aunque lo que experimentó como contenido de su alma no pudo producir su yo actual, tiene que ver con lo que se ha convertido. De esta manera podemos, en cierto sentido, describir la impresión que recibimos de la Luna. Podemos decir: “Ante nosotros hay algo que realmente no apunta a ningún presente, sino que habla de un pasado. Así como si yo, en mi trigésimo año, solo pudiese percibir el contenido de mi alma en mi decimoquinto año, si pienso en todo lo que se ha desarrollado dentro de mí desde entonces, debo pensar ahora en la posibilidad de que realmente hay una Tierra; pero la Tierra tal como es ahora, que comprende los requisitos de la vida humana, no sería posible si se realizara lo que está representado por la Luna.  Ahora, tan pronto como esta impresión aparece a la visión clarividente, es posible entonces educar esta visión para que podamos obtener una idea, una concepción, de lo que existía antes de que la Tierra pudiera existir. Porque lo que vemos allí fue posible antes de la Tierra, y lo que más tarde llevó a la producción de la Tierra solo pudo hacerse posible después de que la condición percibida hubiera desaparecido.

Verán, ahora he descrito lo que debe hacer el clarividente para viajar en las Crónicas Akáshicas a una condición anterior de nuestro sistema planetario; porque al fijar la visión oculta en la Luna, hemos recordado una condición anterior de nuestro sistema planetario. Si ahora tratamos de describir eso, podemos hablar de la condición de nuestro sistema planetario antes de que existiera nuestra Tierra presente. Y debido a que debemos proceder de tal manera que solo podamos aprender sobre las condiciones anteriores al origen de nuestra Tierra presente al fijar nuestra atención en lo que ha quedado en la Luna como una especie de memoria —también nos hemos acostumbrado a llamar a la condición anterior de nuestra Tierra, con el nombre de estado lunar. Sin embargo, solo podemos obtener una explicación completa de todas las circunstancias si abandonamos el estado clarividente mediante el cual se provoca la imagen recordativa del sistema planetario y pasar al estado ordinario de conciencia. Tratemos de aclararnos en qué consiste la diferencia.

La diferencia se determina tratando de llevar las dos impresiones a una especie de armonía; y esta puesta en armonía solo es posible apartando la vista de la Luna; porque la visión externa ordinaria de la conciencia normal no nos dice mucho acerca de la Luna. Saben, de hecho, que la astronomía externa trata de decirnos todo tipo de cosas sobre la Luna, pero la observación externa en general no nos dice mucho. Más bien, por el bien de la comparación, debemos hacer uso de una cierta observación clarividente de nuestra propia Tierra como es en la actualidad, como un cuerpo celestial sobre el cual nosotros mismos vagamos. Si apagamos todo lo físico que aparece ante nuestros ojos en los diversos reinos de la naturaleza y observamos nuestra Tierra con claridad, vemos que esta Tierra debajo de nuestros pies y alrededor de nosotros, como un planeta físico, se revela a sí misma como un desarrollo posterior de lo que existió como la Antigua Luna. Cuando comparamos las dos impresiones, podemos preguntar: ¿Cómo ha crecido una condición sin de la otra? Y luego surge ante la visión clarividente, por así decirlo, el trabajo que se ha realizado para que la antigua condición de nuestra Tierra pudiera pasar a nuestra condición actual. Entonces tenemos la impresión de que esta transición ha sido provocada por uno o varios de esos Seres Espirituales, a quienes, en el coro de las Jerarquías, hemos llamado los Espíritus de la Forma. Así obtenemos la posibilidad de penetrar en el crecimiento del planeta, en sus condiciones anteriores. La pregunta ahora es: ¿Podemos mirar hacia atrás aún más?

Debemos entrar en estas consideraciones, porque solo al hacerlo entenderemos en el sentido correcto a los Seres Espirituales que participan en el trabajo sobre estos cuerpos celestes.

Como un segundo intento de observación oculta, debemos mirar otra vez lejos de nuestra Tierra —y también de nuestra Luna, de todo lo que es de naturaleza lunar en todo el sistema planetario; y, en la medida de lo posible, transferirnos a las condiciones de uno o varios de los demás planetas y comparar sus condiciones entre sí. Ahora, me refiero a hechos reales que pueden ser evidentes para nuestra conciencia clarividente. La visión clarividente, aunque quizás no simultáneamente (lo que las circunstancias a menudo no permiten) puede dirigirse a otros planetas de nuestro sistema planetario, puede tomar conciencia de las impresiones dadas por los otros planetas de nuestro sistema. Si observamos así un planeta, o varios juntos, todavía no ganamos mucho, porque aún no tenemos un concepto claro de ellos; pero de inmediato lo ganamos si procedemos de cierta manera con estas impresiones clarividentes. Una vez más daré una comparación que aclarará lo que realmente quiero decir.

Supongamos que debieran recordar algo que experimentaron en su decimoctavo año, y que debieran decirse a sí mismos. “En mi decimoctavo año asumí un punto de vista con respecto a esta experiencia para la cual estaba maduro en ese momento. Tal vez sea más claro al respecto si me acuerdo de otra experiencia. En mi vigésimo quinto año experimenté algo más relacionado con el mismo hecho: ahora compararé las dos impresiones, una con la otra”. Traten de aclarar lo que pueden ganar en la vida comparando cosas que permanecen juntas pero que están separadas unas de otras en el tiempo, y luego tendrán una impresión general de que una siempre arrojará luz sobre la otra. Por medio de una comparación de este tipo, ustedes evocarán y crearán una especie de método aritmético, un concepto bastante nuevo de la cooperación de sus dos imágenes recordativas. Eso es lo que debe hacer el clarividente después de lograr que su visión quede impresionada —por así decir— por Marte, Mercurio, Venus o Júpiter. Ahora deben considerar estas impresiones separadas, no individualmente sino en relación y conexión entre sí. Deben dejar que trabajen unas sobre otras, relacionarlas entre sí. Si emprenden este trabajo, tendrán la sensación de que a través de la comparación de estas impresiones nuevamente tendrán algo así como un concepto de estampa recordativa del sistema planetario. De nuevo, esta no es una condición posible en el momento presente, sino una condición que debe haber sido posible en el pasado; porque se expresa como algo que, como describí para la condición lunar, fue la causa de lo que ahora existe en el sistema planetario. Ahora, la impresión obtenida de esta manera tiene infinitas peculiaridades de gran alcance.

Lo que, por lo tanto, debo relacionar en representaciones aparentemente muy áridas, pertenece realmente a una de las impresiones más maravillosas que uno puede alcanzar, pero aquí nuevamente, si deseamos describir las características de esta impresión, solo podemos hacerlo por medio de una comparación. Debo admitir que no podría tratar de describir esta impresión de otra manera.

No sé si alguna vez tuvieron la siguiente experiencia en la vida física ordinaria. Sin duda, hay momentos en los que les ha conmovido el llanto y la tristeza, la solidaridad y la compasión por los seres que les rodean en la vida física. Uno puede tener otra impresión; sin duda, muchos entre ustedes conocen la impresión que ocasionalmente se produce al leer una descripción abrumadoramente llamativa en alguna obra de arte, o, por ejemplo, cuando leen una escena en un libro que conocen bien, si lo consideraran un poco, no hay realidad en ello. Sin embargo, sus lágrimas fluyen abundantemente; no se detienen a considerar si es verdad o no, sino que toman lo que se describe en su pensamiento y en su percepción, de modo que trabaja como una realidad y produce un torrente de lágrimas.

Cualquiera que haya tenido esta experiencia tiene una leve idea de lo que significa obtener una impresión inspirada por algo espiritual, sobre lo cual no tiene el problema de preguntar si está basado en una realidad física; no se pregunta siquiera por algo que se encuentra fuera de lo que nos sobrecoge y nos remite hacia nosotros mismos. Estamos interiormente henchidos con la misma intensidad con que podríamos estarlo por un acto normal de percepción de la conciencia normal. Debemos hablar de tal impresión si queremos describir la condición que nos supera cuando comparamos las impresiones que recibe la conciencia clarividente de los planetas individuales. Todo lo que experimentamos trabaja solo a través de nuestro ser interior, como una impresión anímica; obtenemos una idea bastante clara de lo que realmente es una inspiración, cuando sabemos cosas por las que el impulso del conocimiento solo puede provenir de dentro.

Por ejemplo, nadie entiende realmente el contenido de los Evangelios a menos que pueda comparar las impresiones que le causaron con una impresión tal como se acaba de describir. Téngase presente que los evangelios se escribieron con fundamento en la inspiración, si bien para apreciar este hecho uno debe volver a su texto original. Aún mayor y más poderosa es la impresión recibida de la manera descrita a través de una comparación de las impresiones hechas por los planetas individuales. Esto es lo primero que me gustaría decir sobre esta impresión.

Lo segundo es que no podemos obtener esta impresión sin interrupciones y sin control a menos que seamos capaces, al menos por un momento —en nuestro actual ciclo de tiempo, casi nadie es capaz de esto por mucho tiempo— de sincero sentimiento de simpatía y amor; de expulsar el egoísmo total y absolutamente del alma; porque el más pequeño grado de egoísmo unido a esta impresión,  funciona de inmediato de manera letal; y en lugar de lo que he descrito, alcanzamos inmediatamente una especie de estupefacción, una amortiguación de la conciencia. Nuestra conciencia se oscurece inmediatamente. De ahí que lograr una de estas impresiones, trascendiendo el mencionado escollo, constituye una de las experiencias más gloriosas.

Si somos lo suficientemente afortunados de tener semejante experiencia, ocurre algo muy peculiar. El Sol, tal y como se puede encontrar en otros estados de conciencia, ya no se percibe; deja de existir como objeto de observación externo a nosotros. El Sol  deja de ser algo aparte de nosotros mismos; pero en estas condiciones todo lo que se ofrece a nuestra mirada oculta, presupone una abstracción completa de nuestro sistema planetario actual, —lo que implica anular también la impresión física del Sol . Podemos hacer esto mejor si intentamos tener la impresión oculta del Sol, no de día, sino de noche. Naturalmente, el hecho de que en la noche la Tierra física esté delante del Sol  no es razón para que la visión oculta no tenga una impresión de el, porque, aunque la Tierra física es impenetrable por los ojos físicos, no es así para la vista oculta. Por el contrario, si intentamos a plena luz del día dirigir nuestra visión oculta al Sol , las perturbaciones son tan grandes que apenas podemos tener éxito, sin daño físico, en obtener una buena impresión oculta de ello.

Por lo tanto, en los antiguos Misterios, nunca se intentó que los eruditos obtuvieran una impresión oculta del Sol durante el día; se les enseñó que podrían aprender a conocer el Sol en su naturaleza peculiar cuando es menos visible para los ojos físicos, es decir, a la medianoche. A los alumnos se les enseñó a dirigir su visión oculta al Sol, a través de la Tierra física, precisamente a la medianoche. Por lo tanto, entre las muchas descripciones de los Misterios antiguos, se encuentra entre otras cosas, que en su mayor parte ya no se entienden hoy la frase en los Misterios egipcios, por ejemplo: “El alumno debe ver el Sol de medianoche”.

¡Cuánto diletantismo se ha presentado para explicar mediante todo tipo de símbolos bonitos y pulcros, qué se entiende por “ver el Sol de medianoche”! Por regla general, las personas no tienen idea de que las cosas impartidas en escritos ocultos se entienden mejor si no se hace ningún esfuerzo en explicarlas por medio de símbolos, sino que se tomen tan literalmente como sea posible.  El hombre moderno, como regla, solo se siente atraído por interpretaciones simbólicas porque la conciencia de hoy en día ya no está organizada correctamente para la comprensión de estos escritos antiguos. Para aquellos que reflexionan más de cerca, debe quedar claro que en los escritos antiguos era la costumbre hablar con precisión. Me gustaría (entre paréntesis, por así decirlo) llamar su atención sobre una cosa que podría haberse agregado a la conferencia pública dada ayer, con referencia a Kriemhilda[1]. Se afirmó que después de que Siegfried hubiera muerto, tomó para sí el tesoro de los Nibelungos e hizo mucho bien con él; pero Hagen se lo quitó y lo tiró al Rin. Cuando más tarde, en el reino del rey Etzel ella se lo exigió nuevamente a Hagen, él no le reveló el lugar donde se encontraba. Vean ustedes, este pasaje se da circunstancialmente en la Saga de los Nibelungos, con el fin de arrojar luz sobre ciertas cosas. En las explicaciones simbólicas de la Saga he encontrado interpretaciones intelectuales y muy brillantes que supuestamente aclaran todo el significado. El tesoro de los Nibelungos tiene un significado muy diferente en todos ellos. Admito que el trabajo intelectual aplicado a tales explicaciones a veces es abrumador —el tesoro de los Nibelungos se explica generalmente como el símbolo de algo espiritual. Pero, en primer lugar, es muy difícil curar a los enfermos con meros símbolos. En segundo lugar, no se puede ocultar un símbolo a nadie, ni siquiera a Kriemhilda, arrojándolo al Rin; al menos no puedo imaginar un símbolo del tipo que muchos expositores alegan, que sea hundido en el Rin. En general, es muy difícil para mí imaginar cómo una cosa que solo debe explicarse simbólicamente se pueda quitar a alguien externamente. Todos los que entienden estas cosas saben que se trata de algo muy especial, algo que ahora deberíamos llamar un talismán, un talismán completamente físico, que se combinó de tal manera que estaba completamente compuesto de oro.

Este oro, sin embargo, solo fue extraído del depósito aluvial dejado por el agua en un estuario, y todo el poder de este oro aluvial se comprimió en la forma —(y ahora viene el símbolo)— de este talismán. Y el efecto de este talismán sobre Kriemhilda produjo en ella las energías por las que pudo curar a los enfermos, y así sucesivamente. Hagen podría ocultarle este talismán, y más tarde, negarse a revelar el escondite. Así, uno realmente tiene que ver con una cosa física, con una cosa bastante real; en el que los poderes ocultos existían solo a través de la naturaleza especial de su composición. He dado esto como ejemplo, para mostrarles cómo uno debe entender las cosas en los escritos antiguos.

Así que debemos tomar la expresión “ver el Sol de medianoche”, literalmente. Por lo tanto, podemos obtener mejor una impresión oculta del Sol sin que nos molesten las impresiones físicas; es decir, sin ver nada de la luz del Sol, sino observándolo de noche. Entonces obtenemos una impresión del Sol actual, que en gran medida se asemeja a lo que se obtiene con la impresión descrita anteriormente.

A través de todo lo que les he descrito, resulta una impresión de una condición aún anterior de nuestro sistema planetario, a la que también pertenece nuestra Tierra, una condición en la que el Sol aún no estaba separado, cuando todo el sistema planetario era en cierto sentido un Sol, y contenía en él la sustancia de nuestra Tierra. Esta condición, que al mismo tiempo era la de nuestra Tierra, por lo tanto, se designa como la condición del Antiguo Sol. Así podemos decir: antes de que nuestra Tierra se convirtiera en Tierra, estaba en una condición de Luna; antes de que estuviera en la condición de Luna estuvo en una condición de Sol.

Se puede obtener una representación aproximada de una condición anterior de nuestro planeta Tierra si intentamos obtener una impresión oculta de la categoría de cuerpos celestes de los que hablamos al final de nuestra última conferencia, los cometas. Describirlo con mayor precisión absorbería demasiado tiempo, pero el método es muy parecido a lo que ya se ha descrito. Si ahora comparamos lo que obtuvimos a través de la percepción oculta de la vida de los cometas con el concepto —(ahora se trata de tener que formar un cierto concepto, ya que no podemos comparar bien el concepto de memoria así obtenido con nada en el momento presente) recibimos una impresión inmediata, más allá de esto no se puede ir— de haber alcanzado una condición aún más atrás que la condición del Sol, que por ciertas razones se llama condición de Saturno. De este modo, se ve que las experiencias internas que podemos tener sobre el sistema planetario, son decisivas para el ocultista por los conceptos que él forma al respecto.

Ahora, por el momento, dejaremos el sistema planetario. Todo lo que he presentado hasta ahora, ha sido mencionado con el propósito y el objetivo de culminar en una descripción general de los modos de acción de los Seres Espirituales en los cuerpos celestes. Sin embargo, como los cuerpos celestes están construidos a partir de los reinos de la naturaleza, también debemos crear, al menos aproximadamente, una idea desde el punto de vista del ocultista, de los hechos inmediatos revelados a la visión oculta cuando permitimos que los reinos separados de la naturaleza trabajen en nosotros. Pasemos a la consideración de los reinos de la naturaleza, comenzando con el hombre.

Ustedes saben que cuando observamos al hombre, encontramos que consiste en un cuerpo físico, un cuerpo etérico, un cuerpo astral y lo que llamamos la “naturaleza del yo”, el “yo” en sí mismo. ¿Dónde se encuentra este ser humano de cuatro miembros según la observación antroposófica? Bueno, este ser humano de cuatro miembros está en el mundo físico; Porque todo lo que ahora se relaciona con el hombre tiene lugar en el mundo físico. Ahora pasaremos al mundo animal. Si consideramos al animal, es bastante seguro que encontramos el cuerpo físico del animal en nuestro mundo sensorial ordinario, como lo hacemos con el hombre. De eso no puede haber duda. Sin embargo, también debemos atribuir un cuerpo astral y un cuerpo etérico al animal; pues atribuimos un cuerpo etérico al hombre en el mundo físico porque no sería posible que su cuerpo físico exista solo en el mundo físico. Esto es evidente directamente cuando un hombre pasa por el umbral de la muerte. Su cuerpo físico queda entonces abandonado en el mundo físico y se desintegra; se entrega a sus propias fuerzas. Mientras el hombre vive, debe haber un combatiente presente para librar una batalla perpetua contra el desmoronamiento del cuerpo físico, y este combatiente es el cuerpo etérico, que en realidad solo es visible para la conciencia oculta.

Las mismas circunstancias también prevalecen en el animal, de modo que debemos atribuirle un cuerpo etérico en el mundo físico. Ahora porque nos queda claro que los hechos y las cosas no solo afectan al hombre, sino que se reflejan en él, invocando algo que podemos llamar un reflejo interno, atribuimos por lo tanto al hombre un cuerpo astral; lo cual es visible para la visión oculta. Es exactamente lo mismo en el caso del animal. Mientras que la planta no emite gritos cuando se hace una impresión externa, el animal se expresa en un grito, es decir, una impresión externa producida por una experiencia interior. La visión oculta nos enseña que esta experiencia interna solo es posible cuando un cuerpo astral está presente.

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Sin embargo, hablar de un “yo” en el animal, como un fenómeno del mundo físico, no tiene sentido, excepto para ciertos filósofos naturalistas modernos, que viven completamente de acuerdo con la analogía. Si uno juzga meramente por analogía, puede mantener todo tipo de cosas. Incluso hay ciertos teosofistas de hoy que se llenaron de respeto cuando cierto conocido estudiante de la naturaleza, Raoul France, atribuyó un alma a las plantas, y no distinguió entre lo que llamamos un alma en el animal y un alma en las plantas. Por ejemplo, consideró, y esto es bastante correcto, que hay ciertas plantas que, cuando un pequeño insecto se acerca a ellas, doblan sus hojas para atraerlo y devorarlo. Este observador externo entonces se dice a sí mismo: “Dondequiera que los hechos aparezcan externamente en la naturaleza, análogos a la toma de alimento y al consumo, ha de haber algo que se asemeje a los seres que, desde una especie de condición anímica interna, atraen y consumen alimentos”. Ahora sé de algo que también atrae a pequeñas criaturas, pero a esto el filósofo natural moderno ciertamente no le atribuiría un alma; Me refiero a una trampa para ratones, cebada con tocino. Esto también atrae a pequeñas criaturas, y si procedemos de acuerdo con los métodos de estos filósofos de la naturaleza, entonces, al igual que atribuyen un alma a la planta llamada “drosera”, también debemos atribuir un alma a la trampa del ratón. Por eso atrae a los ratones cuando están bien cebadas con tocino —todos estos investigadores, que no meramente juzgan por lo externo, no deben perder el anhelo que existe en muchas personas de mente espiritual, contentándose con muy poco del espíritu.

A este respecto, en la literatura alemana —como muchos dicen— mucha belleza ha sido sacada a la luz; pero, como diría el ocultista; “Se han hablado una gran cantidad de tonterías”. Tan poco como podemos hablar de una naturaleza anímica que se asemeje al alma animal que habita en la “drosera” o cualquier otra planta, alguien con una visión imparcial puede decir de cualquier animal, que tiene un “yo”. El animal no tiene un yo dentro de su integración tal como se nos presenta en el plano físico. Solo la investigación oculta podría llevarnos al yo de los animales; porque este no se encuentra en la misma región que el yo del ser humano. El yo animal se encuentra separado del cuerpo físico; de manera que, cuando con la visión oculta ascendemos al yo animal penetramos en propiamente en un mundo totalmente distinto. Si no nos importa hacer todo tipo de divisiones esquemáticas, y comenzar diciendo: El mundo consiste en un plano físico, un plano astral, un plano mental, etc., porque no hay mucho que ganar con tales designaciones verbales, debemos entonces proceder de otras maneras.

He encontrado incluso en libros teosóficos, mucho sobre la expresión “Logos”; pero no he encontrado ningún concepto claro sobre lo que realmente es el “Logos”. Como regla general, descubrí que los escritores de estos libros solo sabían que esta palabra “Logos” consta de cinco letras; pero tan pronto como uno intentaba llegar a conceptos realmente definidos que se pudieran retener en el alma, los conceptos desaparecían como el humo. Porque al relacionar todo tipo de cosas, como que el Logos “teje”, etc., una conciencia que desea ser concreta no sabe qué hacer con ello. Sea lo que sea el “Logos” lo seguro es que no es una araña y que su actividad no puede llamarse ni tela ni telaraña.

Por lo tanto, no es bueno comenzar con abstracciones, para invocar conceptos al hablar de cosas que se extienden más allá de la esfera física del hombre. Es algo diferente cuando la visión oculta busca en el animal, lo que en el hombre se revela en el mundo físico en todas sus acciones y procedimientos, es decir, el yo. Si buscan eso en el animal, lo encontrarán, no en el mundo en el que se encuentran el cuerpo físico, etérico y astral del animal, sino en el mundo suprasensible, que aparece más cercano al mundo de los sentidos tan pronto como sea posible apartar el velo del mundo ordinario. Podemos decir: En un mundo de naturaleza suprasensible podemos encontrar el yo de los animales. Ahí aparece como una realidad; pero en el mundo físico este yo animal no nos aparece como una individualidad; solo podemos entenderlo aquí si dirigimos nuestra atención a un grupo de animales, un grupo de lobos o de corderos, etc. Así como nuestras dos manos, nuestros diez dedos y nuestros pies, pertenecen a un alma que dentro de ella tiene su propio yo; lo mismo ocurre con el grupo de animales de la misma especie que posee un yo tal que no encontramos en nuestro mundo físico; sólo se revela y se patentiza en él. El materialista abstracto ordinario de nuestra época dice: lo único real es el animal que vemos con los ojos físicos —y si formamos un concepto de lobo o de cordero, estos son solo conceptos y nada más. Para el ocultista eso no es así; estas no son meras ideas que viven en nosotros, son imágenes reflejadas de algo real que, sin embargo, no se encuentran en el plano físico, sino en un mundo suprasensible.

Ahora, con un poco de reflexión, es evidente que incluso en el plano físico, más allá de lo que pueden percibir los sentidos, todavía existe algo que no se puede percibir en el mundo físico pero que tiene un significado para las relaciones internas de las fuerzas de los animales. Me gustaría que aquellas personas que, por ejemplo, toman el concepto de lobo como una idea que no corresponde a ninguna realidad, se ocupen del siguiente experimento. Supongamos que tomamos un número de corderos —se sabe que el lobo se alimenta de corderos— y alimenta a un lobo con ellos el tiempo suficiente de acuerdo con lo que la Ciencia Natural ha determinado, para que toda la materia física se transforme, de modo que el lobo, durante el tiempo en que se reemplaza su corporeidad física, haya sido alimentado solo de corderos, que el lobo no tiene nada más que el cordero dentro de él. Todo lo que ven como materia física en el lobo solo procede del cordero; ahora traten de averiguar si el lobo se ha convertido en un cordero. Si no lo ha hecho, no se tiene derecho a decir que el concepto que se tiene del lobo se limita a lo que puede percibirse físicamente, ya que hay algo suprasensible en él. Esto no se puede resolver hasta que entremos en el mundo suprasensible; allí se hace evidente que, al igual que nuestros diez dedos pertenecen al alma, así también todos los lobos pertenecen a un alma grupal. El mundo en el que encontramos el yo grupal de los animales, lo designamos concretamente como el mundo astral.

Ahora, con respecto a las plantas, una observación similar muestra que en el mundo físico no encontramos nada de la planta sino sus cuerpos físico y etérico. Solo porque las plantas tienen su cuerpo físico y etérico en el mundo físico, no gritan cuando les hacemos daño. Por eso hay que decir; solo el cuerpo físico y etérico de la planta existen en el mundo físico.

Si con la visión oculta investigamos, lo que hacemos simplemente trasplantándonos a ese mundo en el que se encuentra el yo grupal de los animales, encontramos algo muy característico en relación con el reino vegetal: encontramos que hay dolor incluso en el mundo vegetal Esto ciertamente se siente cuando arrancamos las plantas del suelo con las raíces. El organismo terrestre colectivo siente un dolor parecido al que sentimos cuando arrancamos un cabello de nuestro cuerpo. Otra vida también, la vida consciente, está conectada con el crecimiento de las plantas. Intenten imaginar el brote —ya he tocado esta cuestión durante estas conferencias— empujando hacia adelante los brotes de las plantas de la tierra en primavera; este surgimiento corresponde a un sentimiento en ciertos seres espirituales, seres que pertenecen a la Tierra y participan en su atmósfera espiritual.

Para describir este sentimiento, podemos compararlo con la percepción que se tiene en el momento de pasar por la noche desde la vigilia hasta la del sueño. Al igual que la conciencia se va extinguiendo gradualmente, también se sienten ciertos espíritus de la Tierra, cuando las plantas brotan en primavera. Nuevamente en el gradual desvanecimiento y la muerte del mundo vegetal, ciertos seres espirituales conectados con la atmósfera espiritual de la Tierra tienen el mismo sentimiento que el hombre cuando despierta por la mañana. Por lo tanto, podemos decir: hay ciertos seres conectados con el organismo de nuestra Tierra que tienen los mismos sentimientos que nuestro propio cuerpo astral tiene al quedarse dormido y al despertar. Solo que uno no debe compararlos de manera abstracta. Por supuesto, parecería mucho más real comparar el surgimiento de la naturaleza en la primavera, con el despertar —y la extinción del mundo vegetal en otoño con el sueño; pero lo contrario es lo correcto: es decir, los seres que estamos considerando ahora, sienten una especie de despertar en otoño, y una especie de quedarse dormidos ante el brote de las plantas en la primavera. Ahora estos seres no son más que los cuerpos astrales de las plantas; y los encontramos en la misma región que las almas grupales de los animales. Los cuerpos astrales de las plantas se encuentran en el llamado plano astral.

Ahora también debemos hablar del yo de las plantas, cuando las observamos por la clarividencia oculta. Encontramos nuevamente este yo de las plantas de la misma manera que un yo grupal, como algo que pertenece a todo un grupo o especie de plantas, al igual que el yo grupo de los animales; pero en vano debemos buscar el yo grupal de las plantas en la misma esfera que el cuerpo astral de las plantas y el yo grupal de los animales. Debemos pasar a un mundo suprasensible aún más elevado; debemos elevarnos del plano astral a un mundo que percibimos como aún más elevado. Solo en un mundo así podemos encontrar el yo grupal de las plantas. Al investigar este mundo podemos volver a darle un nombre. Para nosotros, en primer lugar, se caracteriza por el hecho de que los yo-grupo de las plantas están allí, aunque hay mucho más además de estos. Nosotros lo designamos —aunque los nombres no tienen nada que ver con el asunto— como el mundo devacánico.

Ahora es fácil ver en el mundo físico que solo tenemos el cuerpo físico de los minerales. De ahí que el mineral nos parezca inorgánico, desprovisto de vida; por otro lado, tenemos su cuerpo etérico en el mismo mundo en el que se encuentran los yo grupales de los animales y los cuerpos astrales de las plantas. Pero incluso aquí no podemos encontrar nada de la naturaleza mineral que revele que estos entes puedan tener sensaciones. Sin embargo, incluso el mineral se revela como algo viviente. Aprendemos a conocer la vida duradera del mineral, su crecimiento, la formación de cristales y el autodesarrollo —por así decirlo, de los minerales y similares; —en resumen, en el plano astral nos familiarizamos con las diversas formas de la vida mineral de nuestro planeta. Cuando nos encontramos con un mineral individual, aprendemos a reconocer que no es muy diferente de nuestros huesos, similares a los minerales que aún están conectados con nuestra vida. Por lo tanto, todo lo mineral también está conectado con lo vivo, pero esa calidad de vivo solo la encontramos en el plano astral. El cuerpo etérico del mineral se encuentra por lo tanto en el plano astral.

Ahora bien, si nos detenemos en ese mundo oculto, por así decirlo, en ese mundo en el que se encuentran los yo grupales de las plantas, observamos que el reino mineral también está conectado con algo en lo que es posible el sentimiento, algo astral. Cuando las piedras se rompen en una cantera, no se percibe nada de esto en el plano astral; pero en el plano Devacánico es inmediatamente evidente que cuando las piedras se pulverizan y se hacen añicos, se produce algo parecido a una sensación de bienestar, en realidad aparece una especie de goce. Eso también es un sentimiento; pero está en contradicción con el sentimiento que los animales y los hombres tendrían en tal caso. Si fueran destrozados, sufrirían dolor; con el mineral el caso es lo contrario. Cuando se aplasta, es consciente de una sensación de bienestar.

Si disolvemos la sal de cocina en un vaso de agua y la seguimos con la visión dirigida al mundo devacánico, cómo esta sal se vuelve a formar en cristales, vemos que esto causa dolor: sentimos que hay dolor en el punto de unión. Esto ocurre en todas partes en la vida mineral donde a través de la cristalización, se forma algo sólido en el seno de lo acuoso. De hecho, esto es lo que sucedió en nuestra Tierra, que en un momento estuvo en una condición más blanda y fluida. La materia sólida se ha formado gradualmente a partir de lo fluido, y ahora caminamos por tierra firme y la surcamos con nuestros arados. Al hacerlo no causamos dolor a la Tierra; al contrario, se le hace bien. Pero no complace a los seres conectados con la Tierra, y que como reino astral pertenecen al planeta, no tuvieron una sensación de agrado al densificarse para que se hiciera posible la vida humana en él. Los seres que, como cuerpos astrales están ocultos en las rocas, tuvieron que soportar dolor tras dolor. En el reino mineral los seres, la creación, sufren a medida que la Tierra progresa.

Nos da una sensación muy extraña cuando, después de reconocer esto en una investigación oculta, uno vuelve de nuevo al célebre pasaje, escrito por un Iniciado: “Toda la creación suspira y sufre con dolor, esperando su Redención; esperando la adopción del estado de la infancia”. Pasajes como este, en los escritos basados en la visión oculta, pasan fácilmente inadvertidos, pero cuando uno los contempla con visión oculta, entonces, por primera vez, uno llega a descubrir que mucho provecho puede sacar de ellos incluso la mente más simple, pero dan aún más a aquellos que pueden percibir todo, o al menos mucho, lo que está contenido en ellos. El hablar del suspiro y el gemido del reino mineral tiene que ser, porque el proceso de la civilización de nuestra Tierra necesita una base sólida bajo sus pies; eso es a lo que se refiere San Pablo cuando habla de los suspiros de la creación.

Todo esto tiene lugar en aquellos seres que se encuentran en el reino mineral como su cuerpo astral, y que encontramos en el mundo devacánico. El yo real, el verdadero yo-grupo del reino mineral debe buscarse en un mundo superior, que llamaremos el mundo devacánico superior. Aquí solo encontramos los yo grupales del reino mineral. Deben emanciparse por completo de la concepción de identificar lo que llamamos el cuerpo astral de un ser con el mundo astral. Con respecto a los minerales, su cuerpo astral debe buscarse en Devacán; por otro lado, su cuerpo etérico está en el mundo astral. Los yo grupales de los animales están en el plano astral y el cuerpo astral del animal está en el plano físico. Debemos decir del mundo, tal como lo conocemos: No debemos identificar lo que reconocemos como principios individuales de los seres, con los mundos correspondientes, sino que debemos acostumbrarnos a presuponer diferencias entre los diversos seres. Un discernimiento oculto más preciso lo deja muy claro. Por lo tanto, provisionalmente solo tenemos que encontrar las almas grupales de los minerales en la región del Devacán Superior.

Ahora ya hemos hablado de los diferentes seres de los diversos reinos de la naturaleza en su relación con los mundos superiores, y esto puede darnos una base para buscar las relaciones de estos diversos reinos de la naturaleza con las entidades jerárquicas creadoras, entidades activas y trabajando en el mundo, tal como hemos aprendido a conocerlas.

Traducción revisada por Gracia Muñoz en Abril de 2019

[1] Conferencia pública en Helsingfors, 9 de abril de 1912. “La naturaleza de las epopeyas nacionales, con especial referencia a la Kalevala”.

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Esta entrada fue publicada en Planetas.

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