GA346c7. El año 333. La visión profética Apocalíptica de una posible salida del Principio de Cristo y el regreso al Principio del Padre. Enseñanzas Mahometanas. 666, el número de la Bestia. Transubstanciación y karma.

Del ciclo: El Apocalipsis y el trabajo del sacerdote

Rudolf Steiner — Dornach, 11 de septiembre de 1924

English version

 

Antes de entrar en más detalle en nuestras consideraciones sobre el Libro del Apocalipsis, debemos añadir ahora una serie de puntos en relación con la manera adecuada de leerlo, puntos que son, sin embargo, más externos. Llegaremos entonces ciertamente a nuestro propio tiempo actual con lo que leemos en este Libro. Primero debemos considerar el trasfondo espiritual del que emergió el Libro del Apocalipsis. Por supuesto, no me refiero con esto al sentido en que se explica hoy en día una obra contra el trasfondo de su tiempo de una manera histórica superficial. Un método tal no es aplicable en el caso de obras que han sido concebidas a partir del mundo espiritual de la manera descrita en el Libro del Apocalipsis. Debemos tener muy claro el hecho de que el Libro del Apocalipsis vino al ser de la manera que lo hizo de acuerdo con las condiciones espirituales de su época, y no según las condiciones históricas o externas.

Miremos ahora a aquella época de los primeros siglos cristianos, y conectémosla con la evolución cósmica general en un sentido espiritual.

Considerando la evolución que tiene lugar en secreto para los sucesos externos, vemos que el año 333 d.C. es un año importante. Ese año representa el punto del tiempo en que el ‘Yo’ entró en el alma intelectual o racional del ser humano que había evolucionado gradualmente, entre el 747 a.C. y el comienzo de la era del alma consciente, en el siglo XV. El año 333 cae en el medio de este período. El desarrollo de la cultura griega fue un aspecto importante de la era del alma intelectual o racional, y siguió surtiendo su efecto hasta la era del alma consciente. El Misterio del Gólgota tuvo lugar en la época en que el alma intelectual o racional estaba evolucionando.

c7f1.png

Debemos comprender que la entrada del ‘Yo’ en el alma intelectiva o racional es un suceso inmensamente significativo. La llegada del ‘Yo’, que tuvo lugar alrededor del año 333, tuvo un efecto muy profundo y serio en las almas de aquellos en particular que eran adecuados para recibir la influencia del espíritu. Aquellos que quieren participar en la vida espiritual y quieren trabajar en la misma dirección que la vida espiritual, deben relacionar los hechos externos de la evolución histórica con el trasfondo espiritual de estos.

¿Qué sucesos externos importantes tuvieron lugar durante el período en que el ‘Yo’ estaba entrando en el alma humana al margen de los sucesos externos? ¿Qué luz arroja la entrada del ‘Yo’ sobre estos sucesos? Queridos amigos, es un punto tal, que el ser humano encuentra que la relación completa entre Dios y el hombre se hace incomprensible, insegura, y abierta a debate.

Un suceso que ocurrió en aquel momento del tiempo fue la importante controversia entre Arius y Athanasius[1]. Con la entrada del ‘Yo’ en el alma intelectual o racional, surgieron ambigüedades en lo más íntimo del alma del ser humano, aunque permanecieron inconscientes durante aquel tiempo. Pero condujeron a la pregunta: ¿de qué manera vive el ‘Yo’ divino en la naturaleza del hombre? La gente de aquella época estaba indecisa en cuanto a lo que debían pensar sobre cómo lo divino se relaciona con el mundo y con el ser humano. En esta materia Arius y Athanasius diferían drásticamente, y encontramos que el punto de vista representado por Athanasius ganó la partida en Europa Occidental, mientras que el de Arius sufrió un declive gradual.

Consideremos ahora esto desde un punto de vista espiritual, pues este es el más importante si queremos comprender el significado interno y el espíritu interno de algo como el Libro del Apocalipsis. Arius vio al ser humano por un lado elevándose cada vez más alto y, como si dijéramos, teniendo que acercarse cada vez más a lo divino, y por otra parte él vio al ser divino. En conjunción con estos dos grandes principios cósmicos él tenía entonces que llegar a una comprensión del Misterio del Gólgota, de la naturaleza de Cristo. Él quería encontrar una respuesta a la pregunta: ¿Cómo están contenidas la naturaleza humana y la divina en Cristo? ¿Deberíamos realmente contemplar a Cristo como un ser divino o no? La respuesta a la que llegó fue, de hecho: No. Básicamente él ocupó el mismo terreno que aquel que posteriormente se convertiría en la opinión común entre la población de Europa, que era que debía erigirse una barrera entre el hombre y Dios, que la presencia interior de Dios en el ser humano no es admisible, y que uno debe situar un abismo entre Dios y el hombre.

Sin prejuzgar las cosas regresemos ahora al tiempo del cristianismo primitivo, que en lo fundamental no tiene nada en común con el posterior Catolicismo Romano, pues según pasaba el tiempo el cristianismo se volvió decadente en el Catolicismo Romano. Por esta razón debemos tener también claro el hecho de que por el bien del posterior desarrollo de la humanidad fue esencial que la controversia se decidiera a favor de Athanasius, que vio a Cristo como un ser directamente divino, que vio en Cristo al Espíritu Solar verdaderamente divino. Aunque, posteriormente, este punto de vista fue relegado a un segundo plano por la aversión a imaginarse a Cristo como un ser cósmico. Athanasius estaba predispuesto a ver en Cristo a un Dios que era igual al Dios Padre.

Este punto de vista siguió teniendo su efecto, excepto en que fue privado de su punto más importante en el año 869 d.C. por el Octavo Concilio de Constantinopla[2], que básicamente destruyó el dogma del Concilio de Nicea al declarar la tricotomía una herejía. Aquí reside el comienzo de la decadencia en el cristianismo eclesiástico; significó que en los siglos siguientes del desarrollo eclesiástico católico ya no era posible crecer en el espíritu.

La revolución que sucedió en el ser humano cuando el ‘Yo’ entró en el alma intelectiva o racional está ciertamente coloreado por este suceso, pero al mismo tiempo también da a ese suceso externo un significado interno propio.

Mirando más de cerca la situación histórica, tenemos que decir que después del año 333 vinieron tiempos –significativo sobre todo para el desarrollo europeo– en que el contacto con la cultura de la antigua Roma era discontinuo. Vemos cómo la cultura de la antigua Roma, tal y como había llegado a ser por entonces, era básicamente incapaz de aceptar el cristianismo. Un gran panorama se despliega ante nosotros cuando estudiamos este año 333. Es también el año en que comienza el período en que la cultura de la antigua Roma se desplazó al este de Roma. El Cristianismo huyó de Roma hacia el este bajo el Emperador Romano, el César Romano que quiso adoptar el Cristianismo[3]. Es menos importante estudiar los abusos y daños causados por el Concilio de Constantinopla que tratar de encontrar el significado de por qué hubo una huida de Oeste a Este cuando el cristianismo entró en Roma. Esto es inmensamente significativo. Visto desde el mundo espiritual es un suceso tan importante y brillante que comparándolo con todo el daño hecho por el Bizantinismo apenas tiene consideración.

Uno no puede evitar decir qué tremendamente importante es que el cristianismo tuviera que huir en el momento en que, en su manifestación externa, entró en contacto con la cultura de la antigua Roma. No obstante, después de que hubiera huido al este bajo Constantino, el cristianismo floreció en el suelo de la antigua Roma, en el suelo de lo que la antigua Roma había estado preparando durante mucho tiempo. Pero cuando floreció fue exprimido en formas externas, seculares.

Deberíamos tratar de imaginar lo que significa cuando el escritor del Apocalipsis dirige su visión profética hacia el cristianismo preparándose en Roma, y ve cómo en el mismo momento en que la cultura de la antigua Roma se declara a favor del cristianismo, el cristianismo asume las antiguas formas romanas. Este es el aspecto que vemos: por un lado, está la controversia entre Arius y Athanasius, y por el otro la antigua Roma convirtiéndose al cristianismo. Pero al viajar al este, el cristianismo asume la forma que había sido dejada atrás en Roma, la estructura del estado Romano, y se convierte, también en la manera en que actúa externamente, en una continuación de la antigua Roma.

Dejaremos ahora a un lado por el momento ciertas cosas que tendremos que explicar a un nivel espiritual más profundo, y nos volveremos hacia la historia. El escritor del Apocalipsis previó de una manera grandiosa y poderosa lo que la historia traería. Aunque no lo expresó claramente, lo tenía en su vida de sentimientos, y subyació a la composición de su Libro: él mostró cómo el crecimiento de lo que iba a tener lugar tanto dentro de la humanidad como exteriormente en la historia necesitaría 333 años tras el Misterio del Gólgota, y cómo tendría lugar entonces una extraña apariencia de desarrollo en el cristianismo. El suelo sobre el que todo iba a ser preparado, que necesitaría otros 333 años hasta el año 666, este suelo fue aquella romanidad cristiana, desenraizada y trasladada hacia el este, y aquel Cristianismo Romano que se había ajustado confortablemente a aquellas formas romanas.

Queridos amigos, invocad ante vuestras almas una vez más lo que dijimos ayer sobre alguien que aún está inspirado por los antiguos Misterios, como el escritor del Apocalipsis, sumergiéndose en los números. Veis al escritor del Apocalipsis contemplando los próximos 333 años, en que el cristianismo parecería estar floreciendo externamente, pero en los cuales de hecho tendría que desarrollarse mientras está envuelto en niebla por dos lados, dirigido hacia el este en los días de Constantino y preservando algo antiguo y ahrimánico desde el Oeste. Algo está siendo preparado en el vientre de la evolución, algo que fue preservado de la antigua romanidad no-cristiana.

¿Qué fue esta romanidad no-cristiana? Si miramos los Misterios, encontramos que en los Misterios más grandes y más desarrollados la tricotomía, el sagrado número 3, era profundamente importante. Así que echemos una mirada a lo que esto significó. La gente pensaba que el ser humano nacía en una corriente de herencia que corría hacia delante; así era como se pensaba del ser humano, por ejemplo, en el orden mundial de la doctrina secreta hebrea. La gente pensaba que el ser humano traía con él sus capacidades y características a través de la herencia, a través de sus ancestros. La gente se imaginaba la vida humana como un desarrollo que iba en una línea recta con la que nada importante interfiere excepto lo que surge a través del impulso de la herencia: tú surges de los poderes físicos de tus padres, en ti actúan los impulsos espirituales de tus padres físicos. Esa, esencialmente, era la doctrina de los ‘Padres’ en los antiguos Misterios. Así es como este dogma siguió, por ejemplo, en las doctrinas hebreas secretas, pero también en otras doctrinas secretas.

En los Misterios superiores, sin embargo, se añadió algo. Estos Misterios hablaban del ser humano llevando los impulsos de la herencia y desarrollándose a través de ellos. Pero también hablaban de cómo durante la existencia física entre el nacimiento y la muerte el ser humano puede tomar otro impulso también, el impulso que le permite liberarse de la herencia, encontrar su camino fuera de esto en su vida anímica. Este es el Impulso del Hijo, el Impulso de Cristo. Estos Misterios decían: Los impulsos de la herencia están dentro del ser humano y provocan una evolución entre el nacimiento y la muerte que sigue una línea recta. Vienen del Padre, del Padre que es la base de todo. Los impulsos del Hijo, sin embargo, no entran en las fuerzas de la herencia. Han de ser acogidos y trabajados por el alma, deben expandir el alma hasta tal grado que se haga libre de las fuerzas corporales, libre de las fuerzas de la herencia. Los impulsos del Hijo entran en la libertad humana –de la manera en que se entendía la libertad en aquellos días–entran en la libertad del alma, donde el alma está libre de las fuerzas de la herencia. Estas son las fuerzas que permiten que el ser humano renazca en el alma. Ellas permiten que el ser humano comience a asumir el control durante la vida que le ha dado el Padre. Todos aquellos antiguos Misterios veían al Ser Padre Humano; ellos veían al Ser Humano que es el Hijo del Padre, el Hermano de Cristo, que asume el control, que asume en su interior lo que es libre del cuerpo, que ha de llevar dentro de sí mismo un nuevo reino que no sabe nada de la naturaleza física, que representa un orden diferente del de la naturaleza: el reino del espíritu.

Al hablar de Dios Padre en este sentido, tendríamos derecho –aunque no de la manera externa, materialista en que lo hacemos hoy, sino más bien en la manera de las enseñanzas hebreas– a hablar de fenómenos naturales que son también fenómenos espirituales, pues el espíritu está en acción por doquier en los fenómenos naturales. La ciencia como la conocemos hoy, de la manera en que vino al ser no hace mucho tiempo y de la manera en que actúa, es sólo una ciencia parcial del Padre. Debemos añadir a esto el conocimiento del Hijo, de Cristo, ese conocimiento que se refiere a cómo el ser humano asume él mismo el control, a cómo el ser humano recibe un impulso que sólo puede ser asumido a través del alma y que no viene de las fuerzas de la herencia. Que el ser humano entra en esto al principio sin ninguna ley, sin la fuerza o efectividad de ninguna ley. La efectividad le viene a través del espíritu, así pues, en el sentido de los antiguos Misterios tenemos dos reinos: el reino de la naturaleza, que es el reino del Padre, y el reino del Espíritu. El ser humano es llevado del reino de la naturaleza al reino del Espíritu por el Hijo, por Cristo.

Cuando nos hacemos adecuadamente conscientes de cómo tales contemplaciones aún tenían vigencia sobre el escritor del Apocalipsis y también sobre las almas de sus contemporáneos, entonces seremos capaces de ver en su alma profética que era capaz de contemplar el futuro a grandes rasgos. Esto nos permitirá comprender cómo él vio ahora lo que cayó sobre el cristianismo –degenerándolo, como si dijéramos, en dos direcciones en una semblanza de su verdadero ser– alrededor del año 666.

Su mirada profética cayó entonces sobre aquellas enseñanzas que estaban viniendo al ser alrededor del año 666 y que rememoraban aquellos Misterios que nada sabían del Hijo: las enseñanzas mahometanas. Las enseñanzas Mahometanas no conocen la estructura del mundo de la que acabo de hablar, no conocen los dos reinos, el del Padre y el del Espíritu; sólo conocen al Padre. Ellos sólo conocen la doctrina rígida: hay un Dios, Alá, y nadie más a su lado, y Mahoma es su Profeta. Desde este ángulo, las enseñanzas de Mahoma son la polaridad más extrema al cristianismo, pues en ellas está la voluntad de acabar para siempre con la libertad, la voluntad de provocar el determinismo, pues nada más es posible si puedes imaginar el mundo únicamente en el sentido del Dios Padre.

Esto dio al escritor del Apocalipsis el sentimiento de que el ser humano no puede encontrarse a sí mismo en esto; el ser humano no puede llegar a estar lleno completamente de Cristo; si sólo puede comprender la antigua doctrina del Padre, el ser humano no puede asumir el control de su propia humanidad. Pues con una visión del mundo tan internamente rígida y cerrada en sí misma, la forma externa del ser humano se convierte en una ilusión. El ser humano sólo se hace humano al asumir el control de sí mismo por medio de hacer que Cristo viva dentro de sí; sólo se hace humano cuando se adapta al orden espiritual de los reinos espirituales que están completamente liberados de la naturaleza. No se hace humano si retrocede a una visión que cuenta únicamente con el Dios Padre.

Ahora que el ‘Yo’ ha estado entrando en el hombre desde el año 333, hay un peligro –así lo dice el escritor del Apocalipsis- de que la humanidad crezca con confusión sobre este ‘Yo’ que se llena con el Dios Hijo, con el Cristo. Tras un período de tiempo tan largo como el período que llega hasta entonces desde el Misterio del Gólgota, comienza a surgir algo, algo que amenaza con mantener a la humanidad abajo, al nivel de la bestia; el 666 es el número de la Bestia.

El escritor del Apocalipsis previó indudablemente lo que estaba amenazando a la humanidad. El cristianismo iba a colapsarse en dos direcciones en una apariencia de cristianismo o, expresado más claramente, iba a degenerar en un cristianismo envuelto en niebla. Aquello que amenazaba con desbordarse de esta manera sobre el cristianismo está indicado en la designación del año 666, para el mundo espiritual es el año significativo en el que lo que vive en el arabismo, en el mahometanismo, surgió por todas partes. El escritor del Apocalipsis nombra este año 666 muy claramente. Aquellos que pueden leer de una manera apocalíptica comprenden lo que quiero decir. Al designar en sus poderosas palabras el número 666 como el número de la Bestia, el escritor del Apocalipsis estaba previendo lo que entraría a raudales en la evolución.

Así, básicamente, él previó en una revelación todo lo que después sucedió. Un asunto fue la corriente del Arabismo hacia Europa. Otro fue la manera en la que el cristianismo se llenó de una doctrina que sólo podía provocar errores en la comprensión del ser humano en su humanidad. Esto surgió porque la doctrina del Padre se trasladó al materialismo, conduciendo a la asunción más reciente de que la evolución humana sólo puede explicarse siguiendo la evolución de una secuencia de animales hasta el ser humano.

El Darwinismo seguramente fue un caso: cuando el número de la Bestia, el 666, apareció, el ser humano ya no pudo comprenderse a sí mismo como un ser humano sino sólo como alguna clase de animal superior. Seguramente estamos viendo en acción fuerzas ahrimánicas de oposición al Dios Hijo en la forma en que el cristianismo se ha impregnado con la forma materialista de la doctrina del Padre. ¿No están tales fuerzas aún en acción ahora, en nuestro propio tiempo? Me he referido a menudo al libro de Harnack ¿Qué es el Cristianismo? como un ejemplo de la literatura teológica actual[4]. En cualquier parte en que aparece el nombre de Cristo en este libro podríais igualmente sustituirlo con el nombre del Padre, pues ¿Qué es el cristianismo? de Harnack no es sino una doctrina del Dios Padre y no una enseñanza concreta sobre Cristo en absoluto. De hecho, es una negación de la doctrina de Cristo, pues en lugar de Cristo pone a un Dios Padre generalizado, y no hace ninguna clase de acercamiento a todo aquello que vendría bajo el encabezado de Cristología.

El escritor del Apocalipsis vio este tiempo acercándose, y en su acercamiento él vio en esencia algo que oprimía su alma: la dificultad sobre la Transubstanciación, si puedo usar una expresión humana que no coincide exactamente con lo espiritual, pero no hay otra forma de expresarlo. Queridos amigos, sois bien conscientes de cómo vosotros mismos tenéis que luchar con las dificultades de la Transubstanciación cuando este movimiento para la renovación cristiana se inauguró; y sabéis cuánto estáis teniendo aún que luchar con las dificultades inherentes a la comprensión de la Transubstanciación. Pensad en las horas que pasamos discutiendo esta materia de la Transubstanciación allí en la habitación en la que empezó el fuego del Goetheanum. La Transubstanciación abarca la cuestión completa del Hijo y del Padre. Se podría decir que la controversia sobre la Transubstanciación como tal surgió en la Edad Media y también contenía algo de la opresión experimentada por la humanidad en la controversia entre el Arrianismo y el Athanasianismo.

La Transubstanciación de hecho sólo puede tener significado si está fundada sobre una comprensión genuina de la Cristología que está en conformidad con el espíritu, una comprensión de la manera en la que Cristo está unido con la Humanidad y con la Tierra. Pero como entró la corriente del Arrianismo, la Transubstanciación siempre ha estado expuesta a ser comparada con la doctrina del Padre, que ve la metamorfosis que tiene lugar en las sustancias que son adecuadas para la Transubstanciación como teniendo que ser una parte de los procesos de la naturaleza, del espíritu en los procesos naturales.

Todas las cuestiones relacionadas con la Comunión surgen de la pregunta: ¿Cómo puede aquello que surge en la Transubstanciación ser comprendido de una manera que le permita ser compatible con lo que viene del Padre y está actuando en la evolución y con lo que viene del Espíritu y está actuando en las leyes de la naturaleza? No es una pregunta sobre un milagro sino una pregunta sobre el sacramento, que va en una dirección bastante distinta del insignificante asunto de un milagro que presentaba, a la gente del siglo XIX e incluso del siglo XVIII, unas dificultades tan peculiares. Uno debe pensar en el ordenamiento provocado por el Padre y en el ordenamiento provocado por el espíritu; y entre ellos está el Hijo que en el mundo de los seres humanos eleva el reino de la naturaleza al reino del Espíritu. Si situamos esto ante nuestra alma encontraremos que la Transubstanciación parece ciertamente algo que no necesita verse como perteneciente al ordenamiento de la naturaleza pero que no por ello está dotado de menor realidad, de una realidad espiritual, una verdadera realidad espiritual sobre la que uno puede hablar de la misma forma que se habla sobre la realidad del ordenamiento de la naturaleza.

El escritor del Apocalipsis previó cuán difícil se le haría a la humanidad, por la violencia con la que el número 666 actúa en la evolución humana, decir: Al lado del ordenamiento de la naturaleza hay también otro ordenamiento, el espiritual.

Pero ahora –me gustaría llamarlo la liberación más moderna– hay algo que surge de la Antroposofía que puede arrojar luz sobre un asunto como la Transubstanciación. Es a través de la Antroposofía como traemos a la vida una vez más cómo los seres humanos viven repetidamente en la Tierra. Mostramos cómo, al tener su campo de actividad en el mundo externo, físico, tienen en ellos impulsos provenientes de la línea de herencia, y cómo a través de la herencia están vinculados con el poder del Padre. Visto sólo externamente, hay mucho en el destino humano que está vinculado con estas fuerzas de la herencia y que es provocado por los poderes del Padre oculto en la naturaleza. Al actuar, sin embargo, de una manera que atraiga al Espíritu a su naturaleza física corporal, que ellos han traído al ser para esta vida actual, los seres humanos también tienen actuando sobre ellos mismos todos los resultados de sus anteriores vidas sobre la Tierra. Estas también actúan en ellos; estas fuerzas, también, son una sólida base para sus acciones.

Podéis mirar algo que una persona hace desde dos puntos de vista. Puede ser una acción nacida del padre, madre, abuelo, abuela, etc., pero también puede ser una acción en la que actúan las fuerzas que rememoran anteriores vidas sobre la Tierra. Este último es un ordenamiento completamente diferente y por tanto no puede ser comprendido sobre la base de ninguna ciencia de la naturaleza, que es la ciencia del Padre.

Es posible considerar dos cosas que en su realidad subyacente son lo mismo, aunque en su apariencia externa son distintas. Mirad por un lado al ser humano y ved cómo su karma, su destino, se desarrolla como la consecuencia de anteriores vidas sobre la Tierra; hace esto de acuerdo con ciertas leyes que existen, pero que no son las leyes de la naturaleza. Y ahora mirad hacia el altar donde vemos que la Transubstanciación es también invisible externamente, pues tiene lugar en las sustancias físicas como una realidad espiritual. Las mismas leyes actúan en estos dos procesos, y podemos reunirlas: una es la manera en la que el karma actúa, y la otra es la manera en la que la Transubstanciación tiene lugar. Si comprendéis una, podéis también comprender la otra.

Este es uno de los misterios, queridos amigos, que vosotros en este nuevo sacerdocio debéis comprender. Este es uno de los misterios bajo cuya luz esta comunidad de sacerdotes debe desarrollarse a partir de la Antroposofía. Es una de las razones internas por las que esto debe ser así.

Al decir esto, uno también está señalando las enormes dificultades que surgieron, en relación a la comprensión de la Transubstanciación, del hecho de que la gente no podía comprender la clase de ley que actúa en el karma humano y que proporciona la base para la Transubstanciación. Aquel año en el que el ‘Yo’ entró en el ser humano, permitiéndole lograr la libertad en la vida física, aquel año 333 en que el cristianismo por un lado tuvo que huir al este, lo que significó por otro lado que estaba huyendo a los brazos de la antigua Romanidad que nunca podría hacerse plenamente cristiana, aquel año 333 no sólo trajo con él la entrada del ‘Yo’, sino que también tuvo que arrojar una sombra, una oscuridad, sobre las relaciones entre las diferentes vidas sobre la Tierra. Esto es algo que formaba parte de la evolución humana.

¿Qué hubiera sucedido si el ‘Yo’ no hubiera entrado en el ser humano en aquel momento? Juliano el Apóstata –que sería mejor llamado Juliano el Confesor en lo que concierne a los antiguos Misterios– hubiera triunfado[5]. Con las enseñanzas de los antiguos Misterios que él quería introducir hubiera sucedido que el ‘Yo’ que entraba desde los mundos espirituales podría haber sido asimilado por la humanidad de una forma tal que hubiera sido posible comprender las enseñanzas sobre el karma. (Por supuesto esto es puramente hipotético; sólo estamos considerando lo que podría haber sucedido). La humanidad, sin embargo, tuvo que superar barreras más elevadas y no fue capaz de entrar en una comprensión del cristianismo tan fácilmente como hubiera sido el caso si Juliano el Apóstata hubiera triunfado.

La humanidad estaba así expuesta al ascenso de la Bestia, a las consecuencias y resultados del número 666. Como he dicho, hablaremos más sobre los aspectos internos de esto durante los próximos días. Así la humanidad fue privada de enseñanzas sobre el karma y fue situada en el medio de las enseñanzas sobre la Transubstanciación. Esto significó que no había nada en el mundo externo que fuera análogo a las enseñanzas sobre la Transubstanciación, pues son las enseñanzas sobre el karma las que son análogas a las enseñanzas sobre la Transubstanciación. El poder a través del cual el destino del ser humano se “hace” en sucesivas vidas sobre la Tierra no es un poder de la naturaleza, no es un poder del Padre, es el poder del Espíritu mediado por el Hijo. Este es el poder que actúa también sobre el altar durante la transformación de la Hostia.

Debemos ciertamente inscribir esto muy profundamente en nuestra alma si queremos comprenderlo correctamente. Si podemos elevar nuestra alma, nuestro ser más interno hacia los impulsos espirituales que actúan de una vida terrenal a otra, entonces podremos comprender también lo que sucede en el altar en la Transubstanciación, pues no es un tema diferente.

Si miramos la Hostia consagrada con nuestro entendimiento ordinario no vemos nada de lo que está sucediendo realmente, igual que en el destino de un individuo no vemos nada de lo que está sucediendo realmente si sólo miramos lo que la fuerza de sus músculos y su sangre logra en el sentido material, por lo que me refiero a aparte de la corriente de herencia, no estoy hablando de las fuerzas espirituales que actúan en los músculos y la sangre.

Estas cosas, queridos amigos, proporcionan el contexto, y si no podemos comprenderlas, tampoco podremos comprender el Libro de las Revelaciones ni al escritor del mismo. Los impulsos que podemos leer con bastante claridad en el Libro del Apocalipsis nos traen justo hasta el presente.

[1] Controversia del siglo IV sobre la naturaleza de Dios Padre y Dios Hijo. Arius (muerto en 336 d.C.), un sacerdote de la ciudad de Alejandría, enseñaba que Cristo no era idéntico a Dios Padre y que habían sido creados a la vez. Athanasius (295-373 d.C.), obispo de Alejandría, refutaba esto y enseñaba que Dios Padre y Dios Hijo eran “de la misma sustancia”. El Concilio de Nicea (325) decidió a favor de Athanasius.

[2] Ver Conferencia 6, Nota 5.

[3] Constantino el Grande (Emperador del año 306 al año 337)

[4] Adolf Harnack (1851-1930), teólogo Protestante, escribió Das Wesen des Christentums (publicado en 1900), la traducción inglesa ¿What is Christianity? (publicada en 1901). Ver también Conferencia Nueve, Nota 1.

[5] Juliano (331-363), comúnmente llamado Juliano el Apóstata, Emperador Romano