GA346c4. Las cartas a los Ángeles de las congregaciones de Éfeso y Sardis. Comprensión de los números del Libro del Apocalipsis: el 12, el 7 y el 24.

Del ciclo: El Apocalipsis y el trabajo del sacerdote

 

Rudolf Steiner — Dornach, 8 de septiembre de 1924

English version

 

Ayer pusimos ante nuestras almas la imagen que nos muestra el autor del Apocalipsis, la imagen de la Aparición de Jesucristo, ofrecida por el Dios Padre; y me permití comentar que la explicación diseñada para conducir a una comprensión de la imagen puede ser concebida como una carta enviada por Dios mismo a Juan.

Es parte integrante de los Misterios y de la manera en que uno habla de los Misterios y los presenta, que de ahora en adelante el autor del Libro del Apocalipsis sea asimismo contemplado como el autor de la carta. Subyace en la naturaleza de los Misterios que el redactor de un documento como éste no se sienta autor en el sentido en que consideramos el autor de una obra hoy en día. Él se sentía una herramienta del Autor espiritual. Él sentía que no quedaba nada personal en la escritura. Así Juan está perfectamente justificado al actuar como si estuviera escribiendo lo que tiene que escribir bajo el mandato de Dios, como un mensaje de Dios. En todo lo que sigue esto se hace obvio de una manera que ciertamente se adecua a los Misterios.

Es perfectamente cierto decir que en nuestro tiempo actual necesitamos una vez más comprender tales cosas como la transición desde la Aparición de Jesucristo en los primeros versos del Libro del Apocalipsis con lo que sigue después, es decir, las siete Cartas enviadas a las diferentes congregaciones (Comunidades). Nuestra época actual ha olvidado completamente cualquier comprensión de tales cosas, que una vez existieron como hechos de facto en los Misterios e incluso aún de la forma en que los cristianos primitivos pensaban.

Una vez más, esto es algo en lo que os compete avanzar según continúa desarrollándose vuestro trabajo sacerdotal. Pensad ahora que lo que se dice en el Libro del Apocalipsis, escrito como está a través de la Inspiración, es dirigido a los Ángeles de la Comunidad de Éfeso, de la Comunidad de Tiatira, de la Comunidad de Sardes, etc. Se dice que estas Cartas han sido escritas para Ángeles. Esto es algo que choca inmediatamente con nuestra moderna comprensión, así que es importante para nosotros tener una visión adecuada de lo que sigue.

Una vez vino a verme un hombre que había pasado la última parte de su vida haciendo tremendos esfuerzos por alcanzar una comprensión de la visión antroposófica del espíritu. En vuestro sacerdocio debéis saber sobre tales cosas pues son, después de todo, típicas en nuestra época actual. Esto es sólo un ejemplo, pero es un ejemplo impactante, para mostrar lo que quiero decir. Es algo que a menudo os encontraréis en vuestro sendero como sacerdotes, y lo importante para vosotros, ¿no es cierto?, es vuestro sendero como sacerdotes. Este hombre dijo: “Me parece que la Antroposofía se esfuerza en interpretar las palabras de la Biblia literalmente”. Yo respondí: “Sí”. Él entonces procedió a citar una larga lista de ejemplos que él consideraba que no podían ser tomados literalmente, sino sólo simbólicamente. Yo le dije: “Ciertamente hay muchos así llamados místicos, teósofos y demás que buscan en la Biblia toda clase de símbolos y cosas similares, que diseccionan la Biblia en símbolos. La Antroposofía no hace eso. La Antroposofía busca sólo lo que puede conducir a una comprensión del significado apropiado del texto original, aunque esto a veces signifique tomar el lenguaje simbólico como punto de partida. Trabajando de esta manera,” continué, ‘nunca he encontrado, en todos los pasajes que he sido capaz de investigar, que la Biblia no pueda ser tomada literalmente si uno yuxtapone el texto original con todas las interpretaciones incorrectas que han surgido con el curso del tiempo.”

Este es, pues, el objetivo final: tomar la Biblia literalmente. Podríais incluso decir que si no podéis considerar la Biblia literalmente, aún no habéis comprendido aquellos pasajes que sois incapaces de tomar literalmente, y esto es ciertamente lo que ocurre con muchas personas hoy en día.

Estamos mencionando aquí algo esotérico que hasta ahora no ha surgido con demasiada claridad en nuestras reuniones pero que debería ciertamente ser considerado en vuestra consciencia meditativa. Sucede de vez en cuando hoy en día –quizás no como relámpagos destellantes, pues vienen de lo alto, sino como destellos volcánicos, pues vienen de abajo- que las cosas que son restos de los antiguos Misterios parpadean en una confesión u otra. A menudo he mencionado una carta pastoral en la que un arzobispo hace la siguiente afirmación[1]. La carta preguntaba: ¿Quién es más elevado, el ser humano o Dios? De una manera bastante indirecta, quizás, pero por otro lado también con bastante franqueza, esta carta llamaba la atención sobre lo siguiente: Cuando el sacerdote está delante del altar –así continuaba la carta– cuando un ser humano que es sacerdote está delante del altar (esto sólo sucede con un sacerdote, no con el resto de la gente), él es más elevado que Dios, más poderoso que Dios, pues puede forzar a Dios a tomar una forma terrenal en el pan y el vino; cuando el sacerdote celebra la Misa, cuando él provoca la Transubstanciación, Dios está obligado a estar presente en el altar.

Esta es una discusión que se remonta a los antiguos Misterios y es también una discusión que es aún bastante actual en el Brahmanismo esotérico oriental en la medida en que éste deriva del conocimiento de los Misterios. La idea de un hombre como un ser que incluye a la divinidad dentro de sí, que es, realmente, más elevado que la divinidad, es familiar y está de acuerdo con todos los Misterios. Cuando su alma se hallaba en ese estado, un sacerdote Brahmán, especialmente en los tiempos antiguos, se sentía como el portador supra-personal de la divinidad, si lo puedo expresar de esta manera.

Esta es una afirmación incisiva destellando en nuestra época desde los antiguos Misterios, y debería al menos una vez ser confiada a la vida meditativa del alma del sacerdote. Después de todo, contradice completamente lo que ha quedado gradualmente establecido, particularmente en la consciencia protestante. En la medida en que concierne a la consciencia protestante, lo que está escrito en la carta pastoral citada son por supuesto tonterías. Regresaremos a esto durante nuestras consideraciones sobre el Libro del Apocalipsis. Detrás está realmente sólo la idea, en mayor escala, que se nos aproxima aquí en este punto en el Libro del Apocalipsis.

A instancias de Dios, e inspirado por Dios, Juan escribe a los Ángeles de las siete Comunidades. En el estado del alma en que está escribiendo, él se siente ciertamente como el transmisor del consejo, de la admonición, de la misión, etc. A los Ángeles de las siete Comunidades. ¿Qué significa esto en un sentido concreto? Cuando el Ángel de la Comunidad de Éfeso, o de Sardes o de Filadelfia era mencionado, ¿a quién se refería realmente? ¿A quién iba dirigido el mensaje? Aunque esto es difícil de comprender para la gente de hoy en día, había en aquellos días individuos como aquellos a los que hoy llamamos individuos bien educados –individuos bien educados en la tradición Cristiana diríamos hoy de gente en una posición análoga– había un núcleo de individuos que comprendían el significado de esto: El que está escribiendo tiene una naturaleza profética, una naturaleza profética como la de Juan quien, cuando está escribiendo en este estado de alma se haya más elevado que aquellos Ángeles. Él está escribiendo a los Ángeles de las congregaciones. Pero entre aquellos que entendían no había necesidad de señalar algo suprasensible cuando se mencionaban ‘ángeles’. La imagen que la gente tenía era esta: las congregaciones cristianas han sido fundadas y continúan existiendo. El escritor del Libro del Apocalipsis considera que está dirigiendo sus cartas a tiempos futuros en los que ha de decir a las Comunidades lo que va a pasar. Él no está hablando en absoluto de las condiciones presentes. Él está hablando de condiciones futuras. Si aquellos que en aquel tiempo estaban tomando en consideración las tradiciones que habían surgido de los antiguos Misterios, ellos hubieran señalado al obispo de la congregación como aquel a quien iba dirigida la carta.

Por un lado, estaba completamente claro para ellos que el líder real de la Comunidad era el Angelos suprasensible, pero por otro lado ellos hubieran señalado al obispo, el administrador canónico de la Comunidad. La gente de aquella época tenía el concepto de que el administrador de una Comunidad como la de Sardes, o Éfeso, o Filadelfia, el que ejercía este oficio, era el portador terrenal real del ser del Angelos suprasensible. Así cuando él escribe, Juan se siente ciertamente poseído internamente por un ser superior al Angelos. Al escribir a los obispos de las siete Comunidades está escribiendo a seres humanos que no sólo tienen en su interior a su propio ángel –que es el caso con todos los individuos- sino también al Ángel guía, director, el Angelos de la Comunidad.

Así él comienza a hablar sobre lo que tiene que decir a estas Comunidades, y está ciertamente señalando al futuro. Debemos preguntar: ¿Por qué son escritas siete Cartas a siete Comunidades? Estas siete Comunidades son por supuesto representantes de los diversos matices paganos y judíos de los que el cristianismo ha nacido. Los hechos concretos eran mucho más comprendidos exhaustivamente en aquellos tiempos que en tiempos posteriores. En el tiempo en que el Libro del Apocalipsis fue escrito la gente sabía exactamente: Aquí, por ejemplo, está la Comunidad de Éfeso que hace mucho tiempo dio lugar a los Misterios inmensamente importantes de Éfeso que, como era bastante común en tiempos antiguos, había señalado la futura aparición de Cristo. El culto de Éfeso pretendía unir a los celebrantes en Éfeso, así como a aquellos que presenciaban la celebración, con los poderes divinos y espirituales y también con el Cristo que venía. Con su profecía del cristianismo por venir y con su culto pagano, la antigua Comunidad pagana de Éfeso era quizás la que estaba particularmente más cercana al cristianismo.

Por eso la carta al Ángel de la Comunidad de Éfeso hablaba de siete candelabros. Los candelabros son las Comunidades, como el Libro del Apocalipsis afirma expresamente. La Carta a la Comunidad de Éfeso, en particular, debe ser tomado en su forma real tal y como está. Se ha establecido con claridad que esta Comunidad de Éfeso era la que asumió el cristianismo con mayor intensidad, dedicando su primer amor al cristianismo. Pues se ha dicho que no mantuvo su primer amor. Es de un tiempo futuro, por venir, del que el autor del Apocalipsis desea hablar en su carta. Así vemos en el ejemplo de esta carta admonitoria a la Comunidad de Éfeso cómo el autor del Apocalipsis señala el desarrollo que la Comunidad logra como un desarrollo que mira a lo que flamea de nuevo desde los tiempos antiguos.

Ciertamente sucedía que las diferentes Comunidades mencionadas aquí representan varios matices paganos o judíos, que ellas tenían varios ceremoniales a través de los cuales se aproximaban al Mundo divino de distintas formas. Cada carta comienza de una manera que muestra cómo, en cada Comunidad, el cristianismo se ha desarrollado a partir de su estilo particular de antigua adoración pagana.

Uno debe comprender que, en los primeros días del cristianismo, el estado de alma de la gente era completamente diferente del que existe hoy en día, especialmente en Europa –aunque en Oriente no sea tan diferente–. La manera en que vemos ahora la religión con un contenido conceptual que puede describirse lógicamente era muy distinta, realmente completamente extraña a las imágenes de los antiguos Misterios de los primeros siglos cristianos. En aquellos días la gente veía a Cristo como una aparición del poderoso Ser Solar. Pero era tarea de la Comunidad de Éfeso, de la Comunidad de Sardes, de la Comunidad de Tiatira, etc., esforzarse por llegar a Él cada una de su propia forma, en concordancia con sus propios cultos. Cada una tiene un matiz diferente en la forma en que se acerca a Él. Hay presentimientos de que reconocían esto por todas partes.

Considerad la Comunidad de Éfeso, cuya tarea era continuar los profundos y antiguos Misterios de Éfeso. No podía evitar ser diferente de, por ejemplo, la Comunidad de Sardes. La Comunidad de Éfeso tenía un culto que estaba impregnado profundamente por la presencia de sustancias divinas, espirituales, en la vida terrenal. El sacerdote que caminaba en procesión alrededor de Éfeso era capaz de llamarse a sí mismo dios u hombre en la misma medida. Él se sabía portador del dios. La consciencia religiosa completa de Éfeso estaba enraizada en la teofanía, en la aparición del dios en el ser humano. Los diversos sacerdotes de Éfeso representaban cada uno respectivamente al dios correspondiente, y había incluso una tarea específica de tomar esta Teofanía, que era llevar la aparición de lo divino justo dentro de las almas de la Comunidad.

Es preciso comprender que entre las sacerdotisas de Éfeso que realizaban los rituales del culto había una en la procesión que era esencialmente la forma viva, humana de Artemisa, Diana, la Diosa de la Luna. Se esperaba que los miembros de la congregación no hicieran distingos entre la aparición terrenal y la diosa misma, de tal forma que la aparición terrenal, humana era contemplada como la diosa real. Los eventos en los antiguos Misterios tales como las procesiones públicas tomaban la forma de personas que eran los dioses caminando uno detrás del otro. Igual que hoy tenemos que aprender cómo adquirir los conceptos apropiados para las cosas, del mismo modo la gente entonces tenía que adquirir imágenes en sus almas y en los sentimientos de sus almas a través de los cuales ellos podían ver al dios en el ser humano el sacerdote o la sacerdotisa.

No es por tanto extraño, puesto que el autor del Apocalipsis habla en el lenguaje de los Misterios de la manera que he descrito, que él se debiera dirigir particularmente a la Comunidad de Éfeso donde esta manera de pensamiento, de sentimiento, de sentir estaba más intensamente desarrollada. Por eso era natural que la Comunidad de Éfeso contemplara los siete Candelabros como el símbolo más esencial del culto. Estos candelabros representaban la Luz que vive en la tierra y que al mismo tiempo es divina.

La situación era completamente diferente en la Comunidad de Sardes. Esta congregación era la continuación cristiana de una antigua religión astrológica muy desarrollada en la que los participantes realmente sabían cómo se relaciona el movimiento de las estrellas con los asuntos terrenales y donde leían en las estrellas todas las cosas que los líderes más o menos elevados ordenaban hacer en todos los asuntos terrenales. La Comunidad de Sardes había evolucionado de un culto de Misterios que contaba hasta el mayor grado con el descubrimiento, a partir del cielo nocturno estrellado, de los secretos y las necesidades de la vida. Antes de que fuera posible hablar de la Comunidad de Sardes como una congregación cristiana, tenía que hablarse de ella como la que se había adherido más firmemente a la antigua clarividencia onírica, pues era a partir de esta clarividencia onírica de la que derivaban los secretos nocturnos del macrocosmos. En este lugar, donde tanta importancia se había concedido a la tradición continuada de la antigua clarividencia crepuscular, se prestaba poca atención a lo que la luz del día traía.

En este sentido la diferencia entre la adoración solar y las enseñanzas solares de Éfeso y Sardes es ciertamente significativa, en la medida en que uno pueda hablar genuinamente de la antigua sabiduría de estos dos Centros (de Misterios). En todos los antiguos Misterios las enseñanzas –que también eran impartidas al pueblo llano– eran también la ciencia de aquellos días, pues no había ciencia que estuviera separada de los Misterios. Las enseñanzas solares de Éfeso diferenciaban entre los cinco planetas, por un lado –Saturno, Júpiter, Marte, Venus, Mercurio– y el sol con la luna por el otro lado. Hoy en día llamamos al sol una estrella fija en contraste con los planetas, pero entonces, especialmente en Éfeso, el sol se distinguía por estar separado de los planetas y adorado como la estrella del día porque desde el momento en que salía hasta que se ponía era visto como el principio dador de vida.

Esta no era la situación en los primeros días de Sardes. Aquí el sol diurno no era nada especial, y su luz era aceptada como un hecho. En la ciudad de Sardes el sol diurno no era nada especial, pero el sol nocturno, que los antiguos Misterios denominaban el ‘sol de medianoche’, era considerado con el mismo grado de importancia que los planetas. La luna no se distinguía del resto de los planetas, y el sol era visto realmente con el mismo grado de importancia que los planetas.

La secuencia en Sardes era: Saturno, Júpiter, Marte, Venus, Mercurio, Sol, Luna. Pero en Éfeso era distinta. Aquí ellos enumeraban: Saturno, Júpiter, Venus, Mercurio, por un lado, y por el otro los dioses del día y la noche, el Sol y la Luna, que estaban cercanos a la vida en la Tierra. Esta es la gran diferencia, y era con esto con lo que todo el ceremonial de Sardes se hallaba relacionado.

En estos primeros tiempos cristianos el antiguo culto pagano seguía viviendo en Éfeso, pero con una inclinación hacia el cristianismo, mientras que en Sardes aún vivía el matiz del antiguo culto pagano, tendía hacia la astrología de la manera que he descrito. Así era bastante natural para el autor del Apocalipsis escribir sobre Sardes ‘que tenía los siete Espíritus de Dios y las siete Estrellas’. (Apocalipsis 3,1). Aquí no tenemos los candelabros en el altar, ni la luz que está vinculada con la tierra, sino la luz que está arriba en el macrocosmos.

Podéis descubrir hasta qué grado el autor del Apocalipsis se encuentra aún compenetrado por los antiguos Misterios cuando respondéis a la pregunta: ¿Sobre qué reprende a la Comunidad de Sardes, a qué deben estar especialmente atentos? Deben, dice a la Comunidad de Sardes, estar atentos a encontrar la transición al sol diurno, el lugar del que partió Cristo.

El significado de cada palabra debe ser tomado exactamente como está, si uno puede abrirse camino hasta el significado original, sabiendo cómo era dirigida la vida religiosa en los tiempos antiguos, y que el autor del Apocalipsis en el estilo solemne como el último de su tipo, aunque hay siempre efectos posteriores que continúan perdurando. Alejandro Magno, por ejemplo, en la forma en que propagó la cultura de Hellas, se comportó impecablemente cuando se trataba de la vida religiosa. Esto es obvio cuando examinamos las campañas de Alejandro. No hay esfuerzos en persuadir a la población, y no se proclaman dogmas. Cada persona es libre con sus propios cultos y convicciones, introduciendo sólo adiciones tales que eran fácilmente asimiladas. Los mensajeros de Buda a Babilonia y Egipto también actuaron de esta forma. Después de haber cumplido su misión había pocos signos externos en el culto o en las palabras usadas en la celebración con las que uno podría haber distinguido el tiempo posterior del anterior. Internamente, sin embargo, había inmensas diferencias, pues había sido vertido, en las devociones que estas personas dirigían a sus dioses, todo lo que podía posiblemente ser asimilado en la forma de matices en el culto, en el ceremonial y en sus convicciones. Lo mismo sucedió también, básicamente, en las regiones europeas en tiempos más antiguos. La gente no era inundada arbitrariamente con muchos dogmas, pues el punto de contacto siempre eran las propias costumbres de la gente sobre los antiguos Misterios.

Estas cosas son las piezas que necesitamos conocer si queremos leer el Libro del Apocalipsis con propiedad, sin la intrusión de un solo resto de aquellas absurdas conclusiones que la teología moderna ha alcanzado. Esta manera tolerante de construir sobre lo que ya está, que hace que el escritor del Apocalipsis diga varias veces, por ejemplo: “Decís que sois judíos y no lo sois”. (Apocalipsis, 1,9; 3,9), esta es la manera en que quiere hablar a partir de los corazones y las almas de la gente del lugar. Estos y otros pasajes han conducido a que el Libro del Apocalipsis sea considerado no un documento cristiano, sino un documento judío. Uno tiene que entender cómo han surgido estas cosas a partir de la forma antigua de considerar tales asuntos.

Tendremos que entrar en mayor detalle, pero hay un concepto que aún tenemos que considerar hoy: el escritor del Apocalipsis, escribiendo por medio de la Inspiración, sabía exactamente cómo se puede dar una imagen completa de alguna realidad describiendo un número específico de aspectos típicos. Podéis ver cuan maravillosamente individuales son las descripciones de las siete Comunidades en las siete Cartas del Libro del Apocalipsis. Es realmente maravilloso. Cada una es descrita de una manera que se la distingue claramente de las otras, de tal modo que cada una se nos presenta con sus propias características individuales. El autor del Libro del Apocalipsis sabía perfectamente bien que si él hubiera descrito una octava Comunidad él hubiera tenido que describir algo que recordara a una de aquellas que ya existían. Y lo mismo hubiera sucedido con una novena. Los siete matices que ha dado proporcionan la más completa descripción posible. Y él sabía perfectamente esto.

Aquí hay otro maravilloso aspecto que nos viene desde aquellos antiguos tiempos. Me vino recientemente de una manera especialmente viva cuando volvíamos desde Torquay –donde habíamos estado impartiendo nuestros cursos de verano en Inglaterra[2]– al lugar donde estuvo una vez el castillo del Rey Arturo, el Rey Arturo y con sus doce caballeros. Aún se puede ver la vibrante vida que debió haber en este lugar. Se pueden ver los cabos sobresaliendo e internándose en el mar. Aún tienen los últimos restos de las ruinas de los antiguos castillos del Rey Arturo, que tenían hermosas formas. Miras al mar –hay mar aquí y aquí, con una colina en el medio– y te das cuenta con cuanta fuerza el mar trae al alma a aquella localidad. La imagen da una impresión de cambio incesante. Mientras estuvimos allí el sol y la lluvia se alternaban con bastante rapidez, lo cual sucedía también por supuesto en los tiempos antiguos. De hecho, las cosas están más tranquilas ahora, pues el clima se ha alterado en este aspecto. Se observa esta maravillosa interacción, la manera en que los espíritus elementales de la luz entran en relación con los espíritus del agua que surgen desde abajo, y de nuevo se ven fenómenos espirituales bastante especiales cuando las olas rompen en tierra y, retrocediendo, son arrojadas de nuevo hacia atrás, o cuando la superficie del mar está rizada. En ningún otro lugar de la tierra el reino elemental cósmico fluye y refluye de una manera tan extraordinaria.

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Lo que se me permitió observar allí fue el instrumento de la Inspiración para los participantes de la Tabla Redonda de Arturo. Ellos recibieron los incentivos para lo que tenían que hacer a través de lo que se les decía con la ayuda de aquellos seres del mar y del aire. Estos caballeros del Rey Arturo sólo podían ser doce. Esto me vino porque se puede aún percibir hoy qué fue lo que formó la base de ese número doce. Hay solo doce matices de percepción cuando se está relacionado con esta clase de percepción cósmica que afluye al ser con la ayuda de los seres elementales; doce modos de percepción. Si se quiere abarcar los doce como un solo ser humano, te encuentras que uno de ellos siempre hace al otro indistinto. Así los caballeros de la Tabla Redonda de Arturo se repartieron las tareas de tal forma que cada uno podía ser contemplado como uno de estos doce matices. Estaban convencidos de que de esta manera cada uno de ellos poseía un sentimiento claramente diferenciado del universo, fueron estas las tareas que asumieron. No hubiera podido haber un décimo tercer caballero, pues hubiera tenido que parecerse a uno de los doce.

El concepto sobre el que está basado esto es claro: cuando los seres humanos quieren compartir las tareas a realizar en el mundo, debe haber doce de ellos. Juntos forman un todo, representando los doce matices. Si los seres humanos se enfrentan al mundo en comunidades, en congregaciones, se requiere el número siete. Estas cosas eran bien conocidas en aquellos días.

El autor del Apocalipsis escribe a partir de esta comprensión suprasensible de los números, y continúa haciéndolo en el transcurso de todo el Libro del Apocalipsis. Hoy simplemente se quiere hablar sobre la lectura del Libro del Apocalipsis. Juan nos muestra cómo entre las apariciones hay una en la que ve el trono de Cristo, el trono del Hijo transfigurado del Hombre, alrededor del cual están sentados los veinticuatro ancianos. (Apocalipsis 4, 4) Aquí vemos algo en lo que el veinticuatro tiene un papel que desempeñar. ¿Qué significa cuando hay veinticuatro matices?

Las congregaciones tienen siete matices; los seres humanos encarnados en la tierra física tienen doce matices. Pero cuando estamos hablando de seres humanos como representantes de la evolución humana en la vida supraterrenal, entonces llegamos aún a otro número. Ha habido líderes de la humanidad cuya tarea, de época en época, ha sido revelar lo que la humanidad necesitaba recibir como revelaciones. Estas revelaciones están simplemente escritas en el éter cósmico, que también puede ser denominado Registro Akásico.  Si tomamos la secuencia de los grandes reveladores en la humanidad evolutiva, encontramos inscrito en el reino suprasensible lo que cada uno de ellos ha tenido que dar.

Se debería buscar en una individualidad como la de Moisés no sólo lo que él era como el Moisés terrenal, y también no sólo lo que era tal y como está documentado en la Biblia, pues estos están representados de acuerdo con el Registro Akásico. Se debería buscar a Moisés donde está sentado en el trono de Cristo. El elemento eterno de su existencia terrenal, la parte inextinguible sub specie aeternatis, está firmemente grabada en el éter cósmico. Sólo pueden existir veinticuatro poderes humanos elegidos para la eternidad, sin embargo, un vigésimo quinto constituiría simplemente una repetición de uno de los otros. Esto era sabido en tiempos prehistóricos.

Si los seres humanos quieren trabajar juntos en la Tierra, debe haber doce. Si las comunidades humanas quieren trabajar juntas, debe haber siete; la octava sería una repetición de una de las siete. Pero si, sub specie aeternatis, aquellos que se han hecho espirituales trabajan juntos, que representan una etapa de la evolución humana, debe haber veinticuatro, y estos son los veinticuatro ancianos.

Si tomamos a los veinticuatro ancianos juntos –las revelaciones de algunos de ellos ya existen, mientras otros aún están por venir- tenemos alrededor del trono de Cristo una síntesis, como un sumario de todas las revelaciones a la humanidad. Ante este trono de Cristo está el ser humano como tal, el ser humano en yuxtaposición con lo que es meramente un eslabón de la cadena, una sola etapa de la humanidad. Lo que me gustaría describir como “el ser humano en sí mismo”, en la forma en que debe de comprenderse, se haya representado bajo la imagen de las cuatro Bestias.

Hay allí una gran imagen ante nosotros. El Hijo transfigurado del Hombre en el centro, sobre el trono las diferentes etapas de la humanidad, a través de la secuencia de edades, como los veinticuatro guías de las veinticuatro horas del gran día cósmico y, desplegado sobre todo esto, bajo la imagen de las cuatro bestias, el ser humano mismo, que ha de abarcar todas las diferentes etapas. Algo importante, algo esencial se nos anuncia con esto.

¿Qué esta teniendo lugar ante el ojo clarividente del autor del Apocalipsis que trae los mensajes de Dios a los Ángeles de sus congregaciones y así a la humanidad toda? ¿Qué está teniendo lugar? Cuando las cuatro bestias comienzan a actuar, lo que significa cuando el ser humano descubre su relación con la divinidad, los veinticuatro guías de las veinticuatro horas del gran día cósmico caen sobre sus caras. Ellos adoran aquello que es más elevado, aquello que es el ser humano completo, en oposición a lo que cada uno de ellos representa, que es simplemente una etapa de la humanidad. Los ancianos eran vistos realmente como esta imagen que el escritor del Apocalipsis ha de situar ante la humanidad. En tiempos remotos se decía que el que estaba sentado en el trono vendría, mientras que el escritor del Apocalipsis ha de decir: El que está sentado en el trono ya ha estado.

Quería hablar sobre lo que significa leer el Libro del Apocalipsis. Pero sólo podemos aprender a leerlo correctamente cuando nos ponemos en la posición de comenzar a aprender cómo leer al comenzar con los antiguos Misterios.

Ahora trataremos de leer el Libro del Apocalipsis, pues contiene profundos secretos, y no sólo aquellos que deberíais llegar a conocer, sino también algunos que tendréis que llevar a cabo, algunos que tendréis que realizar.

[1] El Arzobispo de Salzburgo, Johannes Baptist Katschaler (1832-1914), en una carta pastoral del 2 de febrero de 1905 sobre “El respeto debido a un sacerdote Católico”, publicada en la Quellen zur Geschichte des Papsttums and des Römischen Katholizismus de Carl Mibt, Nº 4, Tübingen 1924, páginas 497-499

[2] Rudolf Steiner fue a Tintagel (sobre los acantilados que dan al oeste del Norte de Cornualles) el 17 de agosto de 1924. Él habló sobre esta excursión en Torquay el 21 de agosto y en Londres el 27 de agosto de 1924, ver Relaciones Kármicas de Rudolf Steiner, Volumen 8 (en GA 240). Tr. D. S. Osmond. Londres: Rudolf Steiner Press 1975; y en Dornach el 10 de septiembre de 1924, ver Relaciones Kármicas, Volumen 4 (en GA 238), Editorial Rudolf Steiner.

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