GA346c7. El año 333. La visión profética Apocalíptica de una posible salida del Principio de Cristo y el regreso al Principio del Padre. Enseñanzas Mahometanas. 666, el número de la Bestia. Transubstanciación y karma.

Del ciclo: El Apocalipsis y el trabajo del sacerdote

Rudolf Steiner — Dornach, 11 de septiembre de 1924

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Antes de entrar en más detalle en nuestras consideraciones sobre el Libro del Apocalipsis, debemos añadir ahora una serie de puntos en relación con la manera adecuada de leerlo, puntos que son, sin embargo, más externos. Llegaremos entonces ciertamente a nuestro propio tiempo actual con lo que leemos en este Libro. Primero debemos considerar el trasfondo espiritual del que emergió el Libro del Apocalipsis. Por supuesto, no me refiero con esto al sentido en que se explica hoy en día una obra contra el trasfondo de su tiempo de una manera histórica superficial. Un método tal no es aplicable en el caso de obras que han sido concebidas a partir del mundo espiritual de la manera descrita en el Libro del Apocalipsis. Debemos tener muy claro el hecho de que el Libro del Apocalipsis vino al ser de la manera que lo hizo de acuerdo con las condiciones espirituales de su época, y no según las condiciones históricas o externas.

Miremos ahora a aquella época de los primeros siglos cristianos, y conectémosla con la evolución cósmica general en un sentido espiritual.

Considerando la evolución que tiene lugar en secreto para los sucesos externos, vemos que el año 333 d.C. es un año importante. Ese año representa el punto del tiempo en que el ‘Yo’ entró en el alma intelectual o racional del ser humano que había evolucionado gradualmente, entre el 747 a.C. y el comienzo de la era del alma consciente, en el siglo XV. El año 333 cae en el medio de este período. El desarrollo de la cultura griega fue un aspecto importante de la era del alma intelectual o racional, y siguió surtiendo su efecto hasta la era del alma consciente. El Misterio del Gólgota tuvo lugar en la época en que el alma intelectual o racional estaba evolucionando.

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Debemos comprender que la entrada del ‘Yo’ en el alma intelectiva o racional es un suceso inmensamente significativo. La llegada del ‘Yo’, que tuvo lugar alrededor del año 333, tuvo un efecto muy profundo y serio en las almas de aquellos en particular que eran adecuados para recibir la influencia del espíritu. Aquellos que quieren participar en la vida espiritual y quieren trabajar en la misma dirección que la vida espiritual, deben relacionar los hechos externos de la evolución histórica con el trasfondo espiritual de estos.

¿Qué sucesos externos importantes tuvieron lugar durante el período en que el ‘Yo’ estaba entrando en el alma humana al margen de los sucesos externos? ¿Qué luz arroja la entrada del ‘Yo’ sobre estos sucesos? Queridos amigos, es un punto tal, que el ser humano encuentra que la relación completa entre Dios y el hombre se hace incomprensible, insegura, y abierta a debate.

Un suceso que ocurrió en aquel momento del tiempo fue la importante controversia entre Arius y Athanasius[1]. Con la entrada del ‘Yo’ en el alma intelectual o racional, surgieron ambigüedades en lo más íntimo del alma del ser humano, aunque permanecieron inconscientes durante aquel tiempo. Pero condujeron a la pregunta: ¿de qué manera vive el ‘Yo’ divino en la naturaleza del hombre? La gente de aquella época estaba indecisa en cuanto a lo que debían pensar sobre cómo lo divino se relaciona con el mundo y con el ser humano. En esta materia Arius y Athanasius diferían drásticamente, y encontramos que el punto de vista representado por Athanasius ganó la partida en Europa Occidental, mientras que el de Arius sufrió un declive gradual.

Consideremos ahora esto desde un punto de vista espiritual, pues este es el más importante si queremos comprender el significado interno y el espíritu interno de algo como el Libro del Apocalipsis. Arius vio al ser humano por un lado elevándose cada vez más alto y, como si dijéramos, teniendo que acercarse cada vez más a lo divino, y por otra parte él vio al ser divino. En conjunción con estos dos grandes principios cósmicos él tenía entonces que llegar a una comprensión del Misterio del Gólgota, de la naturaleza de Cristo. Él quería encontrar una respuesta a la pregunta: ¿Cómo están contenidas la naturaleza humana y la divina en Cristo? ¿Deberíamos realmente contemplar a Cristo como un ser divino o no? La respuesta a la que llegó fue, de hecho: No. Básicamente él ocupó el mismo terreno que aquel que posteriormente se convertiría en la opinión común entre la población de Europa, que era que debía erigirse una barrera entre el hombre y Dios, que la presencia interior de Dios en el ser humano no es admisible, y que uno debe situar un abismo entre Dios y el hombre.

Sin prejuzgar las cosas regresemos ahora al tiempo del cristianismo primitivo, que en lo fundamental no tiene nada en común con el posterior Catolicismo Romano, pues según pasaba el tiempo el cristianismo se volvió decadente en el Catolicismo Romano. Por esta razón debemos tener también claro el hecho de que por el bien del posterior desarrollo de la humanidad fue esencial que la controversia se decidiera a favor de Athanasius, que vio a Cristo como un ser directamente divino, que vio en Cristo al Espíritu Solar verdaderamente divino. Aunque, posteriormente, este punto de vista fue relegado a un segundo plano por la aversión a imaginarse a Cristo como un ser cósmico. Athanasius estaba predispuesto a ver en Cristo a un Dios que era igual al Dios Padre.

Este punto de vista siguió teniendo su efecto, excepto en que fue privado de su punto más importante en el año 869 d.C. por el Octavo Concilio de Constantinopla[2], que básicamente destruyó el dogma del Concilio de Nicea al declarar la tricotomía una herejía. Aquí reside el comienzo de la decadencia en el cristianismo eclesiástico; significó que en los siglos siguientes del desarrollo eclesiástico católico ya no era posible crecer en el espíritu.

La revolución que sucedió en el ser humano cuando el ‘Yo’ entró en el alma intelectiva o racional está ciertamente coloreado por este suceso, pero al mismo tiempo también da a ese suceso externo un significado interno propio.

Mirando más de cerca la situación histórica, tenemos que decir que después del año 333 vinieron tiempos –significativo sobre todo para el desarrollo europeo– en que el contacto con la cultura de la antigua Roma era discontinuo. Vemos cómo la cultura de la antigua Roma, tal y como había llegado a ser por entonces, era básicamente incapaz de aceptar el cristianismo. Un gran panorama se despliega ante nosotros cuando estudiamos este año 333. Es también el año en que comienza el período en que la cultura de la antigua Roma se desplazó al este de Roma. El Cristianismo huyó de Roma hacia el este bajo el Emperador Romano, el César Romano que quiso adoptar el Cristianismo[3]. Es menos importante estudiar los abusos y daños causados por el Concilio de Constantinopla que tratar de encontrar el significado de por qué hubo una huida de Oeste a Este cuando el cristianismo entró en Roma. Esto es inmensamente significativo. Visto desde el mundo espiritual es un suceso tan importante y brillante que comparándolo con todo el daño hecho por el Bizantinismo apenas tiene consideración.

Uno no puede evitar decir qué tremendamente importante es que el cristianismo tuviera que huir en el momento en que, en su manifestación externa, entró en contacto con la cultura de la antigua Roma. No obstante, después de que hubiera huido al este bajo Constantino, el cristianismo floreció en el suelo de la antigua Roma, en el suelo de lo que la antigua Roma había estado preparando durante mucho tiempo. Pero cuando floreció fue exprimido en formas externas, seculares.

Deberíamos tratar de imaginar lo que significa cuando el escritor del Apocalipsis dirige su visión profética hacia el cristianismo preparándose en Roma, y ve cómo en el mismo momento en que la cultura de la antigua Roma se declara a favor del cristianismo, el cristianismo asume las antiguas formas romanas. Este es el aspecto que vemos: por un lado, está la controversia entre Arius y Athanasius, y por el otro la antigua Roma convirtiéndose al cristianismo. Pero al viajar al este, el cristianismo asume la forma que había sido dejada atrás en Roma, la estructura del estado Romano, y se convierte, también en la manera en que actúa externamente, en una continuación de la antigua Roma.

Dejaremos ahora a un lado por el momento ciertas cosas que tendremos que explicar a un nivel espiritual más profundo, y nos volveremos hacia la historia. El escritor del Apocalipsis previó de una manera grandiosa y poderosa lo que la historia traería. Aunque no lo expresó claramente, lo tenía en su vida de sentimientos, y subyació a la composición de su Libro: él mostró cómo el crecimiento de lo que iba a tener lugar tanto dentro de la humanidad como exteriormente en la historia necesitaría 333 años tras el Misterio del Gólgota, y cómo tendría lugar entonces una extraña apariencia de desarrollo en el cristianismo. El suelo sobre el que todo iba a ser preparado, que necesitaría otros 333 años hasta el año 666, este suelo fue aquella romanidad cristiana, desenraizada y trasladada hacia el este, y aquel Cristianismo Romano que se había ajustado confortablemente a aquellas formas romanas.

Queridos amigos, invocad ante vuestras almas una vez más lo que dijimos ayer sobre alguien que aún está inspirado por los antiguos Misterios, como el escritor del Apocalipsis, sumergiéndose en los números. Veis al escritor del Apocalipsis contemplando los próximos 333 años, en que el cristianismo parecería estar floreciendo externamente, pero en los cuales de hecho tendría que desarrollarse mientras está envuelto en niebla por dos lados, dirigido hacia el este en los días de Constantino y preservando algo antiguo y ahrimánico desde el Oeste. Algo está siendo preparado en el vientre de la evolución, algo que fue preservado de la antigua romanidad no-cristiana.

¿Qué fue esta romanidad no-cristiana? Si miramos los Misterios, encontramos que en los Misterios más grandes y más desarrollados la tricotomía, el sagrado número 3, era profundamente importante. Así que echemos una mirada a lo que esto significó. La gente pensaba que el ser humano nacía en una corriente de herencia que corría hacia delante; así era como se pensaba del ser humano, por ejemplo, en el orden mundial de la doctrina secreta hebrea. La gente pensaba que el ser humano traía con él sus capacidades y características a través de la herencia, a través de sus ancestros. La gente se imaginaba la vida humana como un desarrollo que iba en una línea recta con la que nada importante interfiere excepto lo que surge a través del impulso de la herencia: tú surges de los poderes físicos de tus padres, en ti actúan los impulsos espirituales de tus padres físicos. Esa, esencialmente, era la doctrina de los ‘Padres’ en los antiguos Misterios. Así es como este dogma siguió, por ejemplo, en las doctrinas hebreas secretas, pero también en otras doctrinas secretas.

En los Misterios superiores, sin embargo, se añadió algo. Estos Misterios hablaban del ser humano llevando los impulsos de la herencia y desarrollándose a través de ellos. Pero también hablaban de cómo durante la existencia física entre el nacimiento y la muerte el ser humano puede tomar otro impulso también, el impulso que le permite liberarse de la herencia, encontrar su camino fuera de esto en su vida anímica. Este es el Impulso del Hijo, el Impulso de Cristo. Estos Misterios decían: Los impulsos de la herencia están dentro del ser humano y provocan una evolución entre el nacimiento y la muerte que sigue una línea recta. Vienen del Padre, del Padre que es la base de todo. Los impulsos del Hijo, sin embargo, no entran en las fuerzas de la herencia. Han de ser acogidos y trabajados por el alma, deben expandir el alma hasta tal grado que se haga libre de las fuerzas corporales, libre de las fuerzas de la herencia. Los impulsos del Hijo entran en la libertad humana –de la manera en que se entendía la libertad en aquellos días–entran en la libertad del alma, donde el alma está libre de las fuerzas de la herencia. Estas son las fuerzas que permiten que el ser humano renazca en el alma. Ellas permiten que el ser humano comience a asumir el control durante la vida que le ha dado el Padre. Todos aquellos antiguos Misterios veían al Ser Padre Humano; ellos veían al Ser Humano que es el Hijo del Padre, el Hermano de Cristo, que asume el control, que asume en su interior lo que es libre del cuerpo, que ha de llevar dentro de sí mismo un nuevo reino que no sabe nada de la naturaleza física, que representa un orden diferente del de la naturaleza: el reino del espíritu.

Al hablar de Dios Padre en este sentido, tendríamos derecho –aunque no de la manera externa, materialista en que lo hacemos hoy, sino más bien en la manera de las enseñanzas hebreas– a hablar de fenómenos naturales que son también fenómenos espirituales, pues el espíritu está en acción por doquier en los fenómenos naturales. La ciencia como la conocemos hoy, de la manera en que vino al ser no hace mucho tiempo y de la manera en que actúa, es sólo una ciencia parcial del Padre. Debemos añadir a esto el conocimiento del Hijo, de Cristo, ese conocimiento que se refiere a cómo el ser humano asume él mismo el control, a cómo el ser humano recibe un impulso que sólo puede ser asumido a través del alma y que no viene de las fuerzas de la herencia. Que el ser humano entra en esto al principio sin ninguna ley, sin la fuerza o efectividad de ninguna ley. La efectividad le viene a través del espíritu, así pues, en el sentido de los antiguos Misterios tenemos dos reinos: el reino de la naturaleza, que es el reino del Padre, y el reino del Espíritu. El ser humano es llevado del reino de la naturaleza al reino del Espíritu por el Hijo, por Cristo.

Cuando nos hacemos adecuadamente conscientes de cómo tales contemplaciones aún tenían vigencia sobre el escritor del Apocalipsis y también sobre las almas de sus contemporáneos, entonces seremos capaces de ver en su alma profética que era capaz de contemplar el futuro a grandes rasgos. Esto nos permitirá comprender cómo él vio ahora lo que cayó sobre el cristianismo –degenerándolo, como si dijéramos, en dos direcciones en una semblanza de su verdadero ser– alrededor del año 666.

Su mirada profética cayó entonces sobre aquellas enseñanzas que estaban viniendo al ser alrededor del año 666 y que rememoraban aquellos Misterios que nada sabían del Hijo: las enseñanzas mahometanas. Las enseñanzas Mahometanas no conocen la estructura del mundo de la que acabo de hablar, no conocen los dos reinos, el del Padre y el del Espíritu; sólo conocen al Padre. Ellos sólo conocen la doctrina rígida: hay un Dios, Alá, y nadie más a su lado, y Mahoma es su Profeta. Desde este ángulo, las enseñanzas de Mahoma son la polaridad más extrema al cristianismo, pues en ellas está la voluntad de acabar para siempre con la libertad, la voluntad de provocar el determinismo, pues nada más es posible si puedes imaginar el mundo únicamente en el sentido del Dios Padre.

Esto dio al escritor del Apocalipsis el sentimiento de que el ser humano no puede encontrarse a sí mismo en esto; el ser humano no puede llegar a estar lleno completamente de Cristo; si sólo puede comprender la antigua doctrina del Padre, el ser humano no puede asumir el control de su propia humanidad. Pues con una visión del mundo tan internamente rígida y cerrada en sí misma, la forma externa del ser humano se convierte en una ilusión. El ser humano sólo se hace humano al asumir el control de sí mismo por medio de hacer que Cristo viva dentro de sí; sólo se hace humano cuando se adapta al orden espiritual de los reinos espirituales que están completamente liberados de la naturaleza. No se hace humano si retrocede a una visión que cuenta únicamente con el Dios Padre.

Ahora que el ‘Yo’ ha estado entrando en el hombre desde el año 333, hay un peligro –así lo dice el escritor del Apocalipsis- de que la humanidad crezca con confusión sobre este ‘Yo’ que se llena con el Dios Hijo, con el Cristo. Tras un período de tiempo tan largo como el período que llega hasta entonces desde el Misterio del Gólgota, comienza a surgir algo, algo que amenaza con mantener a la humanidad abajo, al nivel de la bestia; el 666 es el número de la Bestia.

El escritor del Apocalipsis previó indudablemente lo que estaba amenazando a la humanidad. El cristianismo iba a colapsarse en dos direcciones en una apariencia de cristianismo o, expresado más claramente, iba a degenerar en un cristianismo envuelto en niebla. Aquello que amenazaba con desbordarse de esta manera sobre el cristianismo está indicado en la designación del año 666, para el mundo espiritual es el año significativo en el que lo que vive en el arabismo, en el mahometanismo, surgió por todas partes. El escritor del Apocalipsis nombra este año 666 muy claramente. Aquellos que pueden leer de una manera apocalíptica comprenden lo que quiero decir. Al designar en sus poderosas palabras el número 666 como el número de la Bestia, el escritor del Apocalipsis estaba previendo lo que entraría a raudales en la evolución.

Así, básicamente, él previó en una revelación todo lo que después sucedió. Un asunto fue la corriente del Arabismo hacia Europa. Otro fue la manera en la que el cristianismo se llenó de una doctrina que sólo podía provocar errores en la comprensión del ser humano en su humanidad. Esto surgió porque la doctrina del Padre se trasladó al materialismo, conduciendo a la asunción más reciente de que la evolución humana sólo puede explicarse siguiendo la evolución de una secuencia de animales hasta el ser humano.

El Darwinismo seguramente fue un caso: cuando el número de la Bestia, el 666, apareció, el ser humano ya no pudo comprenderse a sí mismo como un ser humano sino sólo como alguna clase de animal superior. Seguramente estamos viendo en acción fuerzas ahrimánicas de oposición al Dios Hijo en la forma en que el cristianismo se ha impregnado con la forma materialista de la doctrina del Padre. ¿No están tales fuerzas aún en acción ahora, en nuestro propio tiempo? Me he referido a menudo al libro de Harnack ¿Qué es el Cristianismo? como un ejemplo de la literatura teológica actual[4]. En cualquier parte en que aparece el nombre de Cristo en este libro podríais igualmente sustituirlo con el nombre del Padre, pues ¿Qué es el cristianismo? de Harnack no es sino una doctrina del Dios Padre y no una enseñanza concreta sobre Cristo en absoluto. De hecho, es una negación de la doctrina de Cristo, pues en lugar de Cristo pone a un Dios Padre generalizado, y no hace ninguna clase de acercamiento a todo aquello que vendría bajo el encabezado de Cristología.

El escritor del Apocalipsis vio este tiempo acercándose, y en su acercamiento él vio en esencia algo que oprimía su alma: la dificultad sobre la Transubstanciación, si puedo usar una expresión humana que no coincide exactamente con lo espiritual, pero no hay otra forma de expresarlo. Queridos amigos, sois bien conscientes de cómo vosotros mismos tenéis que luchar con las dificultades de la Transubstanciación cuando este movimiento para la renovación cristiana se inauguró; y sabéis cuánto estáis teniendo aún que luchar con las dificultades inherentes a la comprensión de la Transubstanciación. Pensad en las horas que pasamos discutiendo esta materia de la Transubstanciación allí en la habitación en la que empezó el fuego del Goetheanum. La Transubstanciación abarca la cuestión completa del Hijo y del Padre. Se podría decir que la controversia sobre la Transubstanciación como tal surgió en la Edad Media y también contenía algo de la opresión experimentada por la humanidad en la controversia entre el Arrianismo y el Athanasianismo.

La Transubstanciación de hecho sólo puede tener significado si está fundada sobre una comprensión genuina de la Cristología que está en conformidad con el espíritu, una comprensión de la manera en la que Cristo está unido con la Humanidad y con la Tierra. Pero como entró la corriente del Arrianismo, la Transubstanciación siempre ha estado expuesta a ser comparada con la doctrina del Padre, que ve la metamorfosis que tiene lugar en las sustancias que son adecuadas para la Transubstanciación como teniendo que ser una parte de los procesos de la naturaleza, del espíritu en los procesos naturales.

Todas las cuestiones relacionadas con la Comunión surgen de la pregunta: ¿Cómo puede aquello que surge en la Transubstanciación ser comprendido de una manera que le permita ser compatible con lo que viene del Padre y está actuando en la evolución y con lo que viene del Espíritu y está actuando en las leyes de la naturaleza? No es una pregunta sobre un milagro sino una pregunta sobre el sacramento, que va en una dirección bastante distinta del insignificante asunto de un milagro que presentaba, a la gente del siglo XIX e incluso del siglo XVIII, unas dificultades tan peculiares. Uno debe pensar en el ordenamiento provocado por el Padre y en el ordenamiento provocado por el espíritu; y entre ellos está el Hijo que en el mundo de los seres humanos eleva el reino de la naturaleza al reino del Espíritu. Si situamos esto ante nuestra alma encontraremos que la Transubstanciación parece ciertamente algo que no necesita verse como perteneciente al ordenamiento de la naturaleza pero que no por ello está dotado de menor realidad, de una realidad espiritual, una verdadera realidad espiritual sobre la que uno puede hablar de la misma forma que se habla sobre la realidad del ordenamiento de la naturaleza.

El escritor del Apocalipsis previó cuán difícil se le haría a la humanidad, por la violencia con la que el número 666 actúa en la evolución humana, decir: Al lado del ordenamiento de la naturaleza hay también otro ordenamiento, el espiritual.

Pero ahora –me gustaría llamarlo la liberación más moderna– hay algo que surge de la Antroposofía que puede arrojar luz sobre un asunto como la Transubstanciación. Es a través de la Antroposofía como traemos a la vida una vez más cómo los seres humanos viven repetidamente en la Tierra. Mostramos cómo, al tener su campo de actividad en el mundo externo, físico, tienen en ellos impulsos provenientes de la línea de herencia, y cómo a través de la herencia están vinculados con el poder del Padre. Visto sólo externamente, hay mucho en el destino humano que está vinculado con estas fuerzas de la herencia y que es provocado por los poderes del Padre oculto en la naturaleza. Al actuar, sin embargo, de una manera que atraiga al Espíritu a su naturaleza física corporal, que ellos han traído al ser para esta vida actual, los seres humanos también tienen actuando sobre ellos mismos todos los resultados de sus anteriores vidas sobre la Tierra. Estas también actúan en ellos; estas fuerzas, también, son una sólida base para sus acciones.

Podéis mirar algo que una persona hace desde dos puntos de vista. Puede ser una acción nacida del padre, madre, abuelo, abuela, etc., pero también puede ser una acción en la que actúan las fuerzas que rememoran anteriores vidas sobre la Tierra. Este último es un ordenamiento completamente diferente y por tanto no puede ser comprendido sobre la base de ninguna ciencia de la naturaleza, que es la ciencia del Padre.

Es posible considerar dos cosas que en su realidad subyacente son lo mismo, aunque en su apariencia externa son distintas. Mirad por un lado al ser humano y ved cómo su karma, su destino, se desarrolla como la consecuencia de anteriores vidas sobre la Tierra; hace esto de acuerdo con ciertas leyes que existen, pero que no son las leyes de la naturaleza. Y ahora mirad hacia el altar donde vemos que la Transubstanciación es también invisible externamente, pues tiene lugar en las sustancias físicas como una realidad espiritual. Las mismas leyes actúan en estos dos procesos, y podemos reunirlas: una es la manera en la que el karma actúa, y la otra es la manera en la que la Transubstanciación tiene lugar. Si comprendéis una, podéis también comprender la otra.

Este es uno de los misterios, queridos amigos, que vosotros en este nuevo sacerdocio debéis comprender. Este es uno de los misterios bajo cuya luz esta comunidad de sacerdotes debe desarrollarse a partir de la Antroposofía. Es una de las razones internas por las que esto debe ser así.

Al decir esto, uno también está señalando las enormes dificultades que surgieron, en relación a la comprensión de la Transubstanciación, del hecho de que la gente no podía comprender la clase de ley que actúa en el karma humano y que proporciona la base para la Transubstanciación. Aquel año en el que el ‘Yo’ entró en el ser humano, permitiéndole lograr la libertad en la vida física, aquel año 333 en que el cristianismo por un lado tuvo que huir al este, lo que significó por otro lado que estaba huyendo a los brazos de la antigua Romanidad que nunca podría hacerse plenamente cristiana, aquel año 333 no sólo trajo con él la entrada del ‘Yo’, sino que también tuvo que arrojar una sombra, una oscuridad, sobre las relaciones entre las diferentes vidas sobre la Tierra. Esto es algo que formaba parte de la evolución humana.

¿Qué hubiera sucedido si el ‘Yo’ no hubiera entrado en el ser humano en aquel momento? Juliano el Apóstata –que sería mejor llamado Juliano el Confesor en lo que concierne a los antiguos Misterios– hubiera triunfado[5]. Con las enseñanzas de los antiguos Misterios que él quería introducir hubiera sucedido que el ‘Yo’ que entraba desde los mundos espirituales podría haber sido asimilado por la humanidad de una forma tal que hubiera sido posible comprender las enseñanzas sobre el karma. (Por supuesto esto es puramente hipotético; sólo estamos considerando lo que podría haber sucedido). La humanidad, sin embargo, tuvo que superar barreras más elevadas y no fue capaz de entrar en una comprensión del cristianismo tan fácilmente como hubiera sido el caso si Juliano el Apóstata hubiera triunfado.

La humanidad estaba así expuesta al ascenso de la Bestia, a las consecuencias y resultados del número 666. Como he dicho, hablaremos más sobre los aspectos internos de esto durante los próximos días. Así la humanidad fue privada de enseñanzas sobre el karma y fue situada en el medio de las enseñanzas sobre la Transubstanciación. Esto significó que no había nada en el mundo externo que fuera análogo a las enseñanzas sobre la Transubstanciación, pues son las enseñanzas sobre el karma las que son análogas a las enseñanzas sobre la Transubstanciación. El poder a través del cual el destino del ser humano se “hace” en sucesivas vidas sobre la Tierra no es un poder de la naturaleza, no es un poder del Padre, es el poder del Espíritu mediado por el Hijo. Este es el poder que actúa también sobre el altar durante la transformación de la Hostia.

Debemos ciertamente inscribir esto muy profundamente en nuestra alma si queremos comprenderlo correctamente. Si podemos elevar nuestra alma, nuestro ser más interno hacia los impulsos espirituales que actúan de una vida terrenal a otra, entonces podremos comprender también lo que sucede en el altar en la Transubstanciación, pues no es un tema diferente.

Si miramos la Hostia consagrada con nuestro entendimiento ordinario no vemos nada de lo que está sucediendo realmente, igual que en el destino de un individuo no vemos nada de lo que está sucediendo realmente si sólo miramos lo que la fuerza de sus músculos y su sangre logra en el sentido material, por lo que me refiero a aparte de la corriente de herencia, no estoy hablando de las fuerzas espirituales que actúan en los músculos y la sangre.

Estas cosas, queridos amigos, proporcionan el contexto, y si no podemos comprenderlas, tampoco podremos comprender el Libro de las Revelaciones ni al escritor del mismo. Los impulsos que podemos leer con bastante claridad en el Libro del Apocalipsis nos traen justo hasta el presente.

[1] Controversia del siglo IV sobre la naturaleza de Dios Padre y Dios Hijo. Arius (muerto en 336 d.C.), un sacerdote de la ciudad de Alejandría, enseñaba que Cristo no era idéntico a Dios Padre y que habían sido creados a la vez. Athanasius (295-373 d.C.), obispo de Alejandría, refutaba esto y enseñaba que Dios Padre y Dios Hijo eran “de la misma sustancia”. El Concilio de Nicea (325) decidió a favor de Athanasius.

[2] Ver Conferencia 6, Nota 5.

[3] Constantino el Grande (Emperador del año 306 al año 337)

[4] Adolf Harnack (1851-1930), teólogo Protestante, escribió Das Wesen des Christentums (publicado en 1900), la traducción inglesa ¿What is Christianity? (publicada en 1901). Ver también Conferencia Nueve, Nota 1.

[5] Juliano (331-363), comúnmente llamado Juliano el Apóstata, Emperador Romano

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GA346c6. Números secretos en el Libro del Apocalipsis. La humanidad anteriormente rodeada por los números secretos cósmicos; en la época actual de la evolución de la tierra la humanidad está liberándose con dificultad de las leyes de los números.

 Del ciclo: El Apocalipsis y el trabajo del sacerdote

Rudolf Steiner — Dornach, 10 de septiembre de 1924

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Cuando alguien era iniciado en los antiguos Misterios, primero experimentaba que su comprensión, y la estructura completa de su alma humana, eran guiadas hacia el significado del ciclo de las evoluciones culturales del mundo, un ciclo que se basa en el número siete. En el Libro del Apocalipsis tenemos un claro eco secundario de lo que resulta del principio de la iniciación de los antiguos Misterios. El número siete está contenido en el Libro del Apocalipsis de muchas maneras distintas, incluyendo su estructura, composición y contenido. Con el tiempo, por supuesto, las cosas vinculadas con el número siete no estaban ligadas con él en cualquier sentido externo de la manera que podríamos imaginar hoy. En vez de ello, la persona en cuestión era iniciada en la manera completa en la que los números actúan y se entretejen.

Quiero atraer su atención hacia aquí, queridos amigos, hacia algo que expliqué en un contexto bastante distinto en el otro ciclo de conferencias que estoy dando sobre la ciencia del discurso[1]. Tuve que explicar cómo es posible tener experiencias en los sonidos del discurso, pero que hoy la humanidad ha perdido la capacidad de tener experiencias a través de los sonidos del habla. Considerad cómo un sonido del habla contiene elementos del Verbo formativo, viviente y cómo a través de experimentar tales sonidos el contenido cósmico más maravilloso puede formarse por medio de la combinación de estos elementos sonoros, de los que hay aproximadamente 32. Pónganse en un tiempo –y ha habido tiempos en que esto era una realidad para los seres humanos– que vivía y se movía en estos elementos de los sonidos del habla, experimentando vívidamente la maravilla de ser capaz de crear un mundo al experimentar estos 32 elementos sonoros. En la formación del habla, en la modelación formativa del Verbo, uno sentía el tejer del espíritu que acompañaba a la experiencia de hablar. Uno experimentaba cómo los dioses viven en los sonidos del habla.

De estos 32 sonidos es fácil resolver que unos 24 son consonantes y unos siete son vocales, por supuesto tales cosas son siempre aproximadas. En tal sentido el comienzo del Evangelio de Juan –‘En el principio era el Verbo’– puede entonces arrojar luz sobre la imagen, que también puede ser considerada como una imagen apocalíptica, del Alfa y el Omega rodeados por siete ángeles –las vocales– y 24 ancianos –las consonantes. Y en este sentido también se sentía que el secreto del universo vivía enteramente –de la manera que ya he explicado– en lo que se entonaba en el sagrado discurso del culto. Así mientras se celebraba el culto uno sentía la poderosa presencia del contenido cósmico que existe en esta imagen simbólica.

La humanidad debe de todas formas comenzar a sentir de nuevo donde se buscaba a los dioses con la sabiduría de los Misterios. No se les buscaba en un reino tan lejano y trascendental como se imagina hoy. Su incorporación era buscada en cosas tales como los sonidos del habla. ‘Mundo Cósmico’ denotaba aquello que teje por todo el universo, aquello que los seres humanos comparten a través de su propio lenguaje.

Sucede lo mismo con los números. Nuestra idea actual de los números es totalmente abstracta si se compara con la manera en que aún se ven en el Libro del Apocalipsis. En los primeros siglos cristianos había algunos individuos que comprendieron cosas como el Libro del Apocalipsis hasta cierto grado porque había aún un sentimiento por el secreto de los números, porque aún se sentían las relaciones específicas en la estructura de una secuencia de números. Una secuencia numérica no era considerada como lo hacemos hoy como una concatenación de un número con el siguiente. La gente experimentaba lo que estaba contenido en el tres, en el cuatro; ellos experimentaban la naturaleza cerrada del tres, la naturaleza abierta del cuatro, la naturaleza del cinco, tan cercanamente relacionada con el ser del hombre. Se sentía algo divino en los números, igual que se encontraba algo divino en las cartas escritas y en los sonidos del habla.

Una vez que un individuo había alcanzado el nivel en los antiguos Misterios en que era el momento de ser iniciado en el secreto de los números, era su deber pensar y sentir en la secuencia de estos números secretos. Consideren lo que esto implica. En la música tenemos las siete notas con la octava, siendo la octava como la primera. En el arco iris tenemos siete colores. Hay también otros fenómenos en la naturaleza involucrando al número siete. Imaginen que sucediera que la naturaleza hiciera que los colores del arco iris aparecieran en un orden diferente, el universo entero se alteraría con esto. O piensen en ordenar las notas de una manera diferente en la escala musical, la música se volvería intolerable.

Al que iba a ser iniciado se le enseñaba que, como en la naturaleza, hay también una ley que se aplica al ser anímico del hombre. Tras su iniciación se esperaba que no proyectara sus pensamientos aquí y allá arbitrariamente, pues él estaba ahora obligado a pensar en concordancia con los números, a experimentar el secreto de los números internamente de la manera en que vive y se entreteje en todos los seres y procesos, de la manera en que vive en la naturaleza.

El Libro del Apocalipsis fue escrito en una época en que aún era completamente válido para el ser humano estar en medio del secreto cósmico del número siete o doce o veinticuatro, o el número tres. Desde el comienzo de nuestra epoca del alma consciente, lo que significa desde el primer tercio del siglo XV, la importancia es el retorno de lo que existía antes de la validez estricta del número siete, y además están comenzando a suceder cambios en el número siete mismo. Ya no estamos en la feliz posición de experimentar una evolución que corre estrictamente en concordancia con el número siete. Hemos alcanzado una etapa en la evolución terrestre en que están comenzando a entrar irregularidades en los secretos de los números, de tal forma que los secretos de los números han obtenido un nuevo significado.

Mientras disfrutamos averiguando cómo viven los secretos de los números en un documento como el del Libro del Apocalipsis, también sucede que cuando entramos de una manera viviente en un material como este Libro nos hacemos capaces de comprender a través de nuestros sentidos también aquellas cosas que tienen lugar fuera de los secretos de los números. Podrían ustedes decir que de algún modo estamos desencadenando nuestra vida de los secretos de los números. Debemos, sin embargo, aprender cómo utilizarlos en formas que sean apropiadas para los sucesos humanos sobre la Tierra hoy en día, y cómo deberían ser tomados en consideración por los sacerdotes en el campo de la religión.

Habiendo dicho esto, hablaré ahora, sin embargo, sobre ciertos fenómenos, como si aún estuvieran procediendo en consonancia con los secretos de los números, pues en cierto sentido el proceso para que los sucesos mundiales se liberen de los secretos de los números y entren en una manera de proceder que no está regido por ellos es lento. La manera de pensar de los antiguos Misterios era ver grandes ciclos de tiempo siguiendo sus cursos según el número siete, y también veían ciclos más pequeños y ciclos muy pequeños.

En las siete congregaciones que existían contemporáneamente como agrupaciones reales y concretas sobre la Tierra también vemos la continuación de las antiguas culturas, así como el comienzo de nuevas épocas culturales. Pero hay por otro lado también un ciclo más pequeño que podemos aprender a comprender a través del Libro del Apocalipsis. Es el ciclo más pequeño, queridos amigos, el que me gustaría considerar ahora con vosotros.

Remontando la mirada al tiempo en que tuvo lugar sobre la Tierra el Misterio del Gólgota encontramos, en lo que respecta a la evolución espiritual de los seres humanos, la regencia arcangélica de Orifiel[2]. Aquel Arcángel que recibe sus impulsos fundamentalmente de las fuerzas de Saturno. Después de esto llegamos a una época en que Anael era el Arcángel regente, después a la época de Zacariel, después a la época de Rafael, después a la de Samael, luego Gabriel, y entonces a la época actual de Micael. Tenemos una primera, segunda, tercera, cuarta, quinta, sexta y séptima épocas, así que con lo que respecta a este ciclo más pequeño dentro de nuestro quinto ciclo más grande estamos en la séptima época. Estamos viviendo en una época que tendríamos que describir como sigue si usáramos la manera de formular las cosas de hoy en día: Estamos viviendo en la época del cinco/siete, la quinta época cultural post-Atlante, el quinto ciclo mayor de la evolución humana, y –en lo que respecta a los ciclos menores de regencia arcangélica– estamos viviendo en la séptima época, que se entreteje con la grande.

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Una séptima época, queridos amigos, significa una época final. La época en que ahora estamos fue precedida por la sexta, la de Gabriel. En una sexta época se deciden muchas cosas, y se hacen preparativos para la época final. Pero la época anterior a ella aún actúa en esa sexta época. La época de Micael comenzó alrededor de 1879, la época de Gabriel alrededor de 1471. Antes de esa fue la época de Samael, el Arcángel que recibe sus impulsos de Marte; esa fue la quinta época.

El punto en el tiempo en que la quinta época cultural post-Atlante comenzó ocurrió durante la época en que era el regente el Arcángel de la quinta época más corta. Durante la quinta regencia arcangélica, aquel Arcángel ya había estado preparando la llegada de la quinta época cultural post-Atlante durante tres o cuatro siglos. Estando así en progreso, la época más pequeña coincidió con el comienzo de la mayor. Esto significa nada menos que las épocas más grandes son preparadas por espíritus de la jerarquía media. La tercera jerarquía, a la que pertenecen los arcángeles, son los miembros servidores de las jerarquías superiores. La ley de los números provoca así que al comienzo de la quinta época el quinto Arcángel coincida a la altura de su época más corta con un ser superior de una jerarquía superior que es también el número cinco.

Ha pasado tiempo, hablando relativamente, desde que la gente hablaba sobre estas cosas, pero se estuvo hablando sobre ellas durante más tiempo del que uno podría imaginar. En lugares como la Escuela de Chartres estos secretos se mencionaban incluso en el siglo XII. En aquel tiempo había aún un lenguaje apocalíptico. Siempre sucede que el universo es visto, por así decirlo, con la perspectiva y en el aspecto de los números.

Cuando Platón dice: ‘Dios es matemático, Dios es geómetra’[3], se está refiriendo no a nuestra pequeña noción de geometría abstracta o matemáticas sino a aquella profunda experiencia que la gente de tiempos antiguos tenía en lo que respecta a las formas y los números. El materialismo ridiculiza esto hoy, pero en realidad podemos ver por doquier que la ley del número siete actúa también en la vida orgánica. Considerad el tiempo necesario para que algo se desarrolle y entonces continuad así observando a las mariposas o las larvas emergiendo del período de incubación de ciertas enfermedades. Encontraréis la ley del número siete actuando por doquier. Los iniciados aprendían que los números se derivan de la naturaleza misma de las cosas y esto a su vez llamaba su atención a la manera en que las cosas permanecen en el contexto cósmico global.

Nos hace incorporarnos y tomar nota, queridos amigos, cuando oímos: el Arcángel que está en el número cinco comienza su período de regencia en conexión con la quinta época post-Atlante con fuerzas emanantes de Marte. Si una época comienza con fuerzas de Marte –esto es insinuado incluso muy superficialmente– entonces hay algo belicoso en ella.

Vemos que las épocas culturales están separadas unas de otras por importantes eventos. Pero también vemos que hubo un importante evento que separó el período Atlante del período presente post-Atlante –que como quinto período ha alcanzado ahora su quinta época cultural–y este evento es la edad de hielo conocida como el Diluvio Universal, la caída de la antigua Atlántida y el surgimiento de nuevos continentes. Estamos ahora viviendo en la quinta época post-Atlante, y seguirán una sexta y una séptima. La catástrofe que separará el próximo gran período –después de las épocas quinta, sexta y séptima– no será un mero suceso externo de la naturaleza como la edad de hielo y todo lo que se nos dice del Diluvio Universal. La separación entre el período quinto y sexto se mostrará más en el reino moral. Una guerra de todos contra todos, sobre la que he hablado a menudo, será una catástrofe moral que separará el quinto del sexto gran período de la evolución terrestre. Estará ciertamente conectada también con sucesos en la naturaleza, pero estos sucesos naturales estarán más en el trasfondo.

La quinta época cultural se introdujo por lo que proviene, a través de Samael, de Marte, el espíritu guerreador, en la que bajaron elementos de conflicto del mundo espiritual. Al comienzo de la época del alma consciente vemos también, en una secuencia menor, cómo nuestra quinta época post-Atlante contiene algo de premonición, una premonición profética de lo que ocurrirá al final del período post-Atlante mayor como un todo, una vez que a la quinta época cultural le seguirán la sexta y la séptima.

Escuchando las voces de aquellos que hablan a finales del siglo XIV y principios del siglo XV, que aún sabían algo de los procesos secretos detrás de los procesos visibles, incluso entonces, en aquella época de regencia del Marte de Samael, oiréis indicaciones sobre el final de nuestro período mayor post-Atlante, aunque sólo en pequeñas indicaciones. Una vez se hace una correlación entre el número y lo que está sucediendo, comenzaréis a pensar apocalípticamente. Aprended a leer el universo apocalípticamente y encontraréis que se os revelan innumerables secretos si aprendéis a mirar el mundo de esta manera apocalíptica.

Pensad ahora en cómo nuestro tiempo reside en la época de Micael, y también en la quinta época cultural post-Atlante, así como en el ciclo mayor del período post-Atlante. Investiguemos el significado de esto. Estamos viviendo en el quinto período mayor de la Tierra, el período post-Atlante. Este quinto período es el que ha separado hasta un grado considerable al ser humano del mundo divino. El pueblo de la Atlántida aún se sentía definitivamente imbuido de Dios; más que sentirse como seres humanos individuales se sentían envueltos en el manto de Dios. Un ser humano de la Atlántida sentía que era Dios el que existía, más que él como individuo.

El propósito de nuestro período post-Atlante es, esencialmente, hacer al ser humano independiente, separar al ser humano de la divinidad, y esto es lo que lenta y gradualmente ha estado sucediendo durante cuatro épocas culturales. Comenzó lentamente en la antigua época cultural India que podía definitivamente sentirse aún en los Misterios de Éfeso. En la antigua época cultural hindú el ser humano aún se sentía estar dentro de la divinidad, mientras que se separaba con bastante rudeza durante la segunda época cultural, la de la antigua Persia. En la tercera época cultural se sentía incluso más separado, de tal modo que comenzó a sentir a la muerte aproximándose en la distancia. En la época cultural Greco-Latina la muerte se sentía hasta tal grado que se llegó a acuñar el dicho: “Mejor un mendigo en la tierra de los vivos que un rey en el inframundo.”[4]

Ahora que estamos destinados, en la quinta época cultural post-Atlante, a encontrar a la muerte cada vez más como una compañera a nuestro lado, como mencioné ayer, necesitaremos poderes morales si queremos resistir esta presencia constante de la muerte. Así es importante para nosotros que nuestro tiempo en el presente inmediato viera el alma consciente –acompañada por la constante presencia de la muerte al lado del ser humano– coincidente con la época de Micael, esa regencia arcangélica que significa una especie de final, una especie de culminación de la perfección, pero involucrando a la vez la decadencia y la perfección.

Micael, el espíritu que vivió en el Sol, el servidor más importante del Espíritu de Cristo en el Sol, experimentó el Misterio del Gólgota desde el otro lado. La humanidad sobre la Tierra experimentó el Misterio del Gólgota de tal manera que veían a Cristo acercándose. Micael y sus huestes, que estaban aún en el Sol en aquel momento, lo experimentaron como teniendo que abandonar a Cristo.

Queridos amigos, debemos permitir que los dos polos de este supremo suceso cósmico actúen en nuestras almas; el hosanna sobre la Tierra, la llegada de Cristo a la Tierra, y el abandono por parte de las huestes de Micael en el sol. Los dos están unidos.

En esta época nuestra Micael ha experimentado una gran metamorfosis. El comienzo de su regencia supuso seguir a Cristo bajando a la Tierra mientras que en el futuro su regencia supondrá que avance en la vanguardia de los actos de Cristo sobre la Tierra. Se aprenderá a entender una vez más lo que se quiere decir con las palabras: Micael sigue ante el Señor. Antes de Orifiel hubo por supuesto una época de Micael también, y en el Antiguo Testamento los iniciados de Asia hablaban de Micael como si estuvieran ante Yahvé; justo como el rostro, como la parte más adelantada de una persona va ante él, así ellos hablaban de Micael como el Rostro de Yahvé, y así debemos aprender a hablar de Micael como el Rostro de Cristo. Pero estamos ahora en una época diferente. Ciertas cosas han de lograr ahora llegar a su más alta perfección. Debemos en cierto sentido aprender a hacer que, lo que hasta la fecha no era capaz de fructificar, fructifique.

Considerad las siete congregaciones del Libro del Apocalipsis. Podemos situar cada una de ellas en una de las regencias arcangélicas, y si tomamos la primera época, que fue análoga al suceso de Cristo y el comienzo del cristianismo y que aún estaba activa cuando se escribió, encontraremos que para nosotros está representada por la congregación de Éfeso. De acuerdo con el Libro del Apocalipsis podemos también ver esta congregación de Éfeso como la que estaba vinculada al cristianismo con su primer amor. Todo esto puede comprenderse a través del secreto de los números.

La siguiente época a la que llegamos es la de Anael, que obtiene sus poderes de Venus. En aquella época encontramos los grandes actos de amor que se cumplieron para la difusión del cristianismo, incontables actos de amor, especialmente aquellos que aún viven en las huellas de los monjes irlandeses que extendieron el cristianismo por Europa. En los demás aspectos de la vida cristiana, también, encontramos que el amor es supremo bajo la regencia de Anael.

Después sigue la regencia de Zacariel que atrae sus poderes desde Júpiter, principalmente poderes de sabiduría, poderes que fueron, sin embargo, poco comprendidos en aquella época. También, en vez de un reino real de Júpiter, la regencia arcangélica comenzó a retirarse a un segundo plano. La humanidad en cierto modo no alcanzó la región de Júpiter, negó al espíritu de Júpiter. El significativo Concilio de Constantinopla, el Octavo Concilio, que privó de tanto a la evolución de la humanidad al abolir la tricotomía, cae en esta época.[5]

Después viene la época en que actuaba algo casi desapercibido en la historia externa. Tras la finalización de la época de Zacariel, la humanidad tenía el alma fundamentalmente enferma. La humanidad estaba realmente muy enferma, y las substancias que provocaban la enfermedad se extendían de Este a Oeste, terribles substancias nocivas que amenazaban al cristianismo, porque provenían del materialismo, pues fue el materialismo el que se abrió camino dentro del cristianismo. Como la época de la sabiduría de Júpiter había acabado, al materialismo le fue posible hacerse sentir dentro de la cultura cristiana.

Detrás de todo esto había algo extraordinario presente en la Tierra, sólo como una proyección. Detrás de todos estos restos que eran enfermizos había algo extraordinario en la época que siguió a la de Zacariel desde el siglo X, XI en adelante, la edad de Rafael, el arcángel médico. Esta fue la época en que tuvo lugar la curación tras el telón de la historia mundial, sin ser visible públicamente, sino internamente. Se curó mucho en lo relativo a rescatar ciertas cualidades morales que estaban a punto de perecer. En oposición a las sustancias de enfermedad que habían sido traídas a Europa a través del islam, se requería algo más que también había de venir de Oriente, pero en otra forma, algo que impregnó el principio cristiano. Detrás de las Cruzadas –y de hecho en principio esta fue la causa de las Cruzadas– uno debe buscar la voluntad de curar a la humanidad, curarla del materialismo que amenazaba tanto por parte del islam como por el catolicismo romano. Básicamente fue Rafael, el arcángel médico, el que inspiró a aquellos que enseñaron por vez primera a la humanidad a mirar hacia aquel Oriente hacia el que se dirigían las Cruzadas.

Con esto, queridos amigos, nos encontramos en la cuarta época menor que cayó dentro de la cuarta época cultural post-Atlante mayor, la época Greco-Latina. Esta cuarta época mayor estaba destinada a acoger el Misterio del Gólgota. La cuarta época menor, la época de Rafael, está íntimamente relacionada con la estructura básica completa de la cuarta época mayor. Vemos cómo el Arcángel Rafael –al inspirar a los seres humanos que emprendieran las Cruzadas, dirigiendo poderosamente su atención hacia Oriente, para encontrar el Misterio de Cristo allí en Oriente– vemos cómo Rafael asumió los impulsos de Cristo, cómo flotaba una atmósfera espiritual sobre la Tierra, flotaba sobre todo lo que estaba sucediendo. Aquellos que fueron capaces de mirar tras el telón de los sucesos externos, incluso aunque solo fuera un poco, fueron separados del mundo espiritual inmediato por la telaraña más tenue, igual que lo fuimos cuando Micael comenzó a trabajar visiblemente en la Tierra en el último tercio del siglo XIX.

En aquella época de Rafael estaban vivos espíritus extraordinarios, entre ellos Joaquín de Floris y Alanus de Insulis[6]. Ellos fueron capaces de observar el trabajo de Rafael, este trabajo de curación de la humanidad llevado a cabo entre los bastidores de los sucesos externos. Este fue el trasfondo de aquella época en que el espíritu estaba sustancialmente enfermo. Un testimonio de esto es también el hecho de que precisamente en este tiempo la gente comenzó a obtener una comprensión del Evangelio de Lucas específicamente, el Evangelio de la Curación. Así cuando observamos los tiempos en concordancia con el secreto de los números obtenemos un conocimiento importante para ayudarnos a comprender el significado de los sucesos.

Después siguió la época de Samael que recibía sus impulsos fundamentales de Marte. Los poderes del conflicto comenzaron a actuar, y fueron inoculados a la humanidad. El número cinco se hizo el opuesto del número cuatro. Cuando quiera que haya una transición del cuatro al cinco hay una situación peculiar en que el cinco siempre entra en oposición con el cuatro. En el pasado, en los antiguos Misterios había largas épocas en que los discípulos, los adeptos, eran iniciados en el secreto de los números, y llegó un momento en que estos discípulos salían de sus lecciones llenos de una profunda convicción que expresaban en las palabras: Ahora conozco el número del mal, es el número cinco[7]. Dondequiera que el número cinco esté actuando en el universo estamos siempre enfrentándonos al trabajo del mal. Los cinco rebeldes contra los cuatro, y en consecuencia se deben tomar importantes decisiones que culminan en la transición hasta el número seis, sucediendo esto de una manera buena o mala.

Reflexionaremos mañana sobre el grado hasta el cual este puedo conducirnos a consideraciones más concretas, a la sabiduría del corazón y del alma humana. Hoy quería mostraros cómo se pueden usar los números como guía para tratar de entender los sucesos.

 

 

 

 

 

 

 

[1] Rudolf Steiner, Speech and Drama (Discurso y Drama) (GA 282). Tr. M. Adams. Nueva York. Anthroposophic Press 1986.

[2] Rudolf Steiner habló varias veces, en lecciones esotéricas, sobre los períodos de regencia de los Arcángeles, utilizando la cronología de Johannes Trithemius de Sponheim. Rudolf Steiner Aus den Inhalten der esoterischen Schule (GA 296), Dornach 1995. Ver también las conferencias del 5 de diciembre de 1907 en Beitrage zur Rudolf Steiner Gesamtausgabe, Nº 67/68, el 19 de julio de 1924 en Karmic Relationships Vol. 6, el 8 de agosto de 1924 en Relaciones Kármicas, VOl. 3 (GA 237). Tr. G. Adams, rev. D.S.Osmond. Londres. Rudolf Steiner Press 1977, y el 18 de agosto de 1924 en True and False Paths in Spiritual Investigation (GA 243). Tr. A. Parker. London. Rudolf Steiner Press 1986.

[3] Plutarco Quaestiones conviviales, VIII, 2.

[4] De la Odisea de Homero, XI, 488-491.

[5] El Octavo Concilio de Constantinopla en 869 determinó que el ser humano debiera ser contemplado como consistente de cuerpo y alma y que el alma ‘tiene un cierto número de características espirituales’.

[6] Joaquín de Floris (fallecido en 1202) escribió Evangelium aeternum (una interpretación de profecías bíblicas). Alanus de Insulis (Alain de Lille) (1120-1202), filósofo escolástico, último de los grandes maestros de Chartres, escribió el Anticlaudianus.

[7] Rudolf Steiner habló con detalle sobre el significado de los números en Símbolos y Números Ocultos (GA 101). Editorial Antroposófica, 2007, conferencia del 15 de septiembre de 1907.

GA346c5. Durante la quinta época post-Atlante los seres humanos desarrollarán acrecentadamente una consciencia de la muerte como compañera. Para leer el Libro del Apocalipsis uno debe aplicar su voluntad.

Del ciclo: El Apocalipsis y el trabajo del sacerdote

 

Rudolf Steiner — Dornach, 9 de septiembre de 1924

English version

Nuestra principal preocupación debería ser leer el Libro del Apocalipsis en la forma que es apropiada hoy en día. Hoy la espiritualidad del ser humano ha de desarrollarse bajo el signo del alma consciente; sólo por esta razón, por tanto, es adecuado que la dirección de la vida espiritual deba hacerse plenamente consciente, y en su consecuencia es tarea nuestra adoptar con plena consciencia la orientación apropiada sobre lo que nos dice el escritor del Apocalipsis.

En épocas anteriores las revelaciones del escritor del Apocalipsis sin duda significaban algo sólo para los más altos iniciados, de los cuales había cada vez menos según transcurría el tiempo, y no significaban nada para los sacerdotes ordinarios. Hoy lo que el Libro del Apocalipsis contiene debe entrar completamente en la consciencia de los sacerdotes.

Ayer hablamos de siete congregaciones, y desde un punto de vista señalamos la congregación de Éfeso. El mundo está ciertamente muy lleno de puntos de vista y muchos de estos pueden jugar un papel en el mismo asunto. Podemos describir la congregación de Éfeso como lo hicimos ayer, y encontrar cómo en esta congregación particular el cristianismo se desarrolló a partir de condiciones paganas previas. Otra manera de considerarla sería mostrar cómo estos impulsos contenían una gran parte de la estructura básica de la primera época cultural post-Atlante, incluso más de lo que hubo en India en tiempos posteriores. Así uno puede en cierto sentido contemplar el cristianismo que se desarrolló en Éfeso como una continuación cristiana de la visión del mundo y de la vida de la primera época cultural post-Atlante. La segunda congregación mencionada en el Libro del Apocalipsis es la de Esmirna donde prosperaba la antigua cultura persa antes de la transición al cristianismo.

Después viene Pérgamo, que es presentada como la congregación que vivió durante la tercera cultura post-Atlante. Específicamente en la carta a la congregación de Pérgamo podemos descubrir referencias, más o menos desveladas, al Misterio de Hermes que estaba vivo en esta cultura.

En la carta a la congregación de Thyatira somos remitidos a la cuarta cultura post-Atlante, la época en que tuvo lugar el Misterio del Gólgota. Cuando dejamos que el efecto de esta importante carta actúe sobre nosotros se nos recuerda en todas partes el mensaje directo que el Misterio del Gólgota tenía que impartir.

Después viene la congregación de Sardis, sobre la cual hablamos ayer cuando os mostré cómo esta congregación tenía una orientación específicamente astrológica, y cómo estaba orientada hacia una religión estelar. Por necesidad, esta congregación de Sardis tendría que tener una gran cantidad de historia pasada, pero por encima de toda esta congregación en particular lleva cosas futuras dentro de ella. Así que tratemos ahora de llevar esto a nuestra visión espiritual de hoy. Estamos viviendo en la quinta época cultural post-Atlante. Cuando miráis Sardis podéis ver que hay elementos que ya eran del pasado en aquel momento; pero también podéis ver algo germinando como una semilla, algo que no estaba aún completo en la época en que Juan estaba escribiendo el Libro del Apocalipsis. El tono entero de esta quinta carta es diferente del de los cuatro precedentes. En su carta a la congregación de Sardis Juan apunta al futuro. El futuro al que apuntaba, que estaba allí como una semilla en Sardis, es nuestro tiempo actual, es el tiempo en que estamos viviendo ahora.

La secuencia de las épocas culturales post-Atlantes, y al mismo tiempo el desarrollo interno del cristianismo, se insinúa de otra forma en los siete sellos, y esta carta lleva oculta dentro de ella el desarrollo de las épocas post-Atlantes entremezclado con el desarrollo del cristianismo. En los siete sellos, también, se insinúan las siete congregaciones. Se nos muestra –y consideraremos el otro significado de los siete sellos después– cómo cuando se abre el cuarto sello, el correspondiente a la cuarta época post-Atlante, aparece un caballo blanco, y se habla de la muerte entrando al mundo (Apocalipsis 6,8). Con esto estamos tocando uno de los secretos más importantes del Libro del Apocalipsis en la medida en que concierne a nuestra propia época. En la cuarta época post-Atlante la muerte entra realmente en cierto sentido en la humanidad. Se debe tener esto muy claro. Se llega a conocer muy bien la naturaleza humana cuando se considera la muerte.

Volvamos inicialmente a la primera, segunda y tercera épocas post-Atlantes. La estructura del alma humana, de hecho, la estructura del ser humano entero, lo que el ser humano sentía ser, era muy diferente en las épocas anteriores de lo que vino posteriormente. Hace mucho había un sentimiento interno definido de crecer en la estancia sobre la Tierra. En su consciencia ordinaria los seres humanos tenían una memoria clara de haber vivido en el mundo espiritual antes de la vida en la Tierra. Esta consciencia se había ido atenuando considerablemente en la época en que se acercaba el Misterio del Gólgota, pero en la primera, segunda y tercera épocas post-Atlantes estaba tan significativamente presente algo que todo ser humano sabía: que era un ser espiritual antes de ser un niño. No se puede encontrar mucho sobre este estado anímico en los documentos externos, pero era así. Se consideraba no solo el tiempo pasado en la Tierra, pues había también una continuación del tiempo terrenal del ser humano hacia atrás, hacia el mundo espiritual que también había que considerar. Lo que entró en juego en la época que coincidió con el Misterio del Gólgota era que la vida terrenal comenzó a ser vista como limitada por dos puertas, la puerta del nacimiento o concepción y además la puerta de la muerte.

Esta consciencia, este tipo de estructura anímica, se estableció ciertamente sólo durante la cuarta época post-Atlante. Desde alrededor del siglo VIII antes de Cristo hasta el siglo XV después del Misterio del Gólgota se desarrolló una consciencia que ve al ser humano estrictamente enclaustrado dentro de los límites de la vida terrenal. Desde entonces ha estado en preparación otra nueva consciencia, de la que estamos sólo al principio. Se debe tener en cuenta que sólo han pasado cuatro o cinco siglos desde que esto comenzó a desarrollarse, así que estamos cerca de la etapa que la cuarta época post-Atlante había alcanzado en el siglo III a.C., cuando la consciencia era aún bastante diferente comparada con la consciencia de la cuarta epoca completamente evolucionada que se desarrolló posteriormente La gente hoy en general no está revestida con los ropajes de la nueva consciencia; para la mayoría su consciencia es aún la de la cuarta época post-Atlante. La causa de esto es nuestra civilización como un todo.

Pensad en cuánto que es de la cuarta época post-Atlante está aún con nosotros, cuánta gente o está viviendo habitualmente en la cuarta época post-Atlante o al menos está aún flirteando con ella. Toda nuestra educación escolar gramatical aún tiene actuando en ella la cuarta época post-Atlante. Se podría decir que para la quinta época post-Atlante aún no hemos alcanzado siquiera la etapa en que la humanidad necesita estar para que el alma consciente comience a desarrollarse. Por eso la gente hoy aún ve su vida en la Tierra como si estuviese limitada por la puerta del nacimiento y por la de la muerte.

Hay por supuesto algún desarrollo transcurriendo en la nueva consciencia, sólo que en la mayoría de la gente no está teniendo mucho efecto aún; está solo mostrándose en algunos individuos que están particularmente dotados en esa dirección. He conocido a un gran número de estos durante mi vida, pero en general se les presta poca atención. La consciencia a desarrollar por los seres humanos en la quinta época post-Atlante es tal que el tiempo entre el nacimiento y la muerte no es suficiente para ello, así que la muerte constantemente juega en la vida de uno sobre la Tierra. La gente se hará consciente de que mueren un poco cada día, de tal forma que la muerte está constantemente presente en el ser humano. Hay algunos individuos que viven con gran miedo a la muerte, sintiendo que está constantemente devorando su humanidad terrenal. Pero también he conocido gente que ama la muerte porque es su firme compañera a la que desean continuamente.

La consciencia de estar acompañado por la muerte es algo que se hará cada vez más prevalente en la quinta época post-Atlante. Dejadme describir esto más concretamente. Los seres humanos percibirán en ellos mismos el íntimo proceso ígneo que está vinculado con el desarrollo del alma consciente. Especialmente en el momento de salir de la consciencia del sueño y entrar en la consciencia de vigilia experimentarán la consciencia de vigilia como una especie de proceso ígneo dentro de ellos que les está consumiendo. Para el alma consciente es algo sumamente espiritual, y el espíritu siempre consume lo que es material. La forma en que el alma consciente consume lo que es material y lo que es etérico en el ser humano es una especie de proceso ígneo íntimo, un proceso de transformación. Esto es lo que los seres humanos percibirán en su interior cada vez más según avance la quinta época post-Atlante. Sin embargo, no se debe imaginar que este fuego arda como la llama de una vela; esta sería una imagen demasiado física. La gente sentirá de una manera moral este estar acompañado por la muerte como algo que va tomando forma en sus almas.

Cuando la gente nota una buena intención, o un firme propósito que puedan tener, que se evapora de nuevo enseguida, o en una hora o en un día o en un mes, la mayoría de ellos según nuestra actual visión materialista del mundo, encuentran esto aceptable como parte de la forma en que son las cosas. Pero es algo sobre lo que cada vez más aprenderemos a sentirnos de una manera diferente. Aprenderemos a sentir cómo una buena intención que hemos sido demasiado débiles para llevar a cabo comienza a consumir nuestra vida, comienza a disminuir nuestro peso moral. Aprenderemos a sentir cómo tales cosas nos hacen más ligeros moralmente, más insignificantes para el universo. Hoy en día vemos tales cosas como nada más que una debilidad del alma, no como algo que actúa en el cosmos, en el futuro, sin embargo, ciertamente lo sentiremos así. De una manera similar la gente comenzará a sentir cómo ciertas actividades intelectuales les consumen, como un fuego en el alma que les consume. Tales cosas de hecho están sucediendo ya incluso a gran escala, pero hasta la fecha no han sido aún percibidas como son realmente.

Se puede encontrar el camino al mundo espiritual paso a paso, por ejemplo teniendo en cuenta las sugerencias del libro Cómo se alcanza el conocimiento de los Mundos Superiores[1]. Por este medio es posible alcanzar la armonía entre espíritu, alma y cuerpo. Pero la manera en que la mayoría de la gente vive hoy su vida interna, sin estos ejercicios, y ciertamente incluso la manera en que se vive la vida religiosa en las diferentes denominaciones, provoca que la vida religiosa actúe en el ser humano de tal forma que su peso moral está disminuido y se hace más ligero.

Estas cosas se perciben conscientemente cada vez más, y los seres humanos experimentarán grandes cambios durante esta quinta época post-Atlante. Es un cambio muy grande cuando uno se siente fortalecido o debilitado en su humanidad completa a través de lo que uno es en la vida anímica, cuando uno siente que el destino no es simplemente un asunto de circunstancias externas ejerciendo su influencia sobre uno, sino cuando uno siente que el destino es algo que le hace a uno más pesado o más ligero moralmente.

Esta es la consciencia que hay en el proceso de surgimiento de los seres humanos, y se puede ver sucediendo bastante externa y empíricamente. Estamos entrando en un momento en que los sacerdotes tendrán que tener en cuenta tales cosas cuando tengan a su congregación ante ellos. Será necesario tratar lo que está surgiendo en la consciencia de la gente –algo de lo que no son plenamente conscientes, pero que se muestra en todo tipo de agitación, nerviosismo y sentimientos inarmoniosos– de tal manera que los individuos reciban consuelo y fortaleza.

Será cada vez más inapropiado que los sacerdotes traten a los seres humanos individuales según algunas ideas generales preconcebidas sobre cómo debería hacerse esto. Por favor no os ofendáis cuando digo que de alguna forma los estereotipos han sido y siguen siendo la norma. Cuando habláis a una persona que está quizás sufriendo por alguna clase de engaño y ha buscado refugio con un sacerdote, podéis oír exactamente lo que ese sacerdote le ha dicho a él o a ella. Podéis oír cómo el sacerdote ha buscado despertar en esa persona el sentido de ser pecaminoso. O en otro caso también podéis oír cómo un sacerdote ha buscado despertar el sentido de que una persona es culpable. Esta clase de estereotipos se encuentran por doquier.

Cuando una vez tuve que asistir a tres funerales en el mismo día noté cómo el sacerdote comenzaba cada servicio con la misma frase: ‘No importa lo altos que estén los cielos sobre la Tierra, así de altos son mis pensamientos sobre tus pensamientos’. Tres veces el mismo estereotipo hubiera tenido, sin embargo, mayor o menor justificación durante la cuarta época post-Atlante. Esta es la clase de cosa, como he mencionado, que está alargándose en la quinta época de tal forma que está sucediendo aún ahora, mientras que en esta época debería haber una forma mucho más sutil de observación, debería haber una transformación en la forma en que se hacen las cosas.

Los sacerdotes deben comenzar a hacer esto ahora. Deben comenzar a aprender cómo dirigir la mirada de su alma justo sobre el corazón de la otra persona. Apenas nadie es capaz de hacer esto ahora. Los seres humanos siguen siendo terriblemente desconocidos entre ellos en estos días. Si leéis el Libro del Apocalipsis con un grado de reverencia –de hecho no se puede leer sin reverencia– si leéis con reverencia el pasaje sobre las vestiduras blancas (Apocalipsis 3, 4-5) con que tendrán que ser vestidos aquellos que hayan cumplido la tarea de la quinta época cultural, tenéis la impresión: es un asunto de mirar más profundamente con el ojo del sacerdote en este tipo especial de consciencia humana; es un asunto de llegar a conocer al ser humano como aparece ante vosotros en la quinta época post-Atlante. Esta es la admonición: Llegad a reconoced al ser humano no por las ropas que lleva, ni por lo que él presenta al mundo exterior, sino por las vestiduras de su alma. En la carta a la congregación de Sardis el escritor del Apocalipsis pronuncia esta admonición al momento presente en que estamos ahora viviendo.

Un sacerdote de nuestro tiempo debe penetrar en el alma de una persona a través de todas las circunstancias externas en que los seres humanos se encuentran. En cierto sentido un sacerdote debe mirar a una persona de la manera que describí anteayer en referencia a querer encontrar el karma de esa persona[2]. Dije que para alcanzar el karma de una persona uno debe ignorar su profesión, su status social, su habilidad y su incompetencia y en vez de ello debe entrar profundamente en su alma, en aquellas características y capacidades que pueden encontrar expresión en cualquier profesión que una persona pueda tener. Esto es porque tenéis que mirar lo que el individuo fue en su vida anterior sobre la Tierra. Bien, no hay necesidad de que el sacerdote llegue tan lejos, pero debe comenzar a ver a través de todo lo externo y encontrar el ser interno del individuo, aquello que es puramente humano en él, aquello que hace internamente humana a la persona, un ser humano individual.

Definitivamente sucede, cuando hemos leído en el Libro del Apocalipsis hasta la carta a la congregación de Sardis, que podemos sentir que lo que está escrito allí es un llamamiento directo a nuestra época presente. Según seguimos leyendo podemos entonces obtener incluso una impresión más profunda.

Pensemos ahora en la época en que la quinta época post-Atlante haya pasado. Durante el curso de esta época los seres humanos habrán cambiado sus consciencias de una manera que les permitirá ver cómo la muerte actúa en ellos. Aprenderán a comprender esto, pero no hasta el grado que les haga conscientes todo el tiempo de la edad exacta que van a alcanzar. Verán cómo la muerte actúa en ellos. Tendrán a la muerte como su constante compañera. La muerte estará con ellos de una manera natural. El nuevo elemento que debe entrar en todos los diferentes campos de la vida será que el contenido del alma del ser humano deberá permitirle contemplar este tener-a-la-muerte-al-lado como algo natural. Haber despertado en uno mismo los poderes de la vigilancia anímica eterna significa: tener a la muerte como a una buena amiga y constante compañera siempre a nuestro lado.

Cuando miráis a vuestro alrededor, aún estáis viendo las cosas enteramente a la luz de la cuarta época post-Atlante. En general estáis viendo la vida que tiene a la muerte en su interior, en cada planta y en cada piedra, pero no veis la muerte porque no veis aún la muerte en vosotros mismos. Pero los seres humanos comenzarán a ver la muerte todo el tiempo. Uno tendrá que hablar cada vez más a la gente de esta manera, pues según la persona percibe cada vez más la muerte toda su forma de mirar cambia.

Percibir la muerte significa percibir muchas cosas que están aún hoy completamente ocultas detrás de las apariencias externas. En cierto sentido contemplamos la naturaleza como algo que es muy estable porque no podemos ver en sus reinos más sutiles, más íntimos. Podríais dar un paseo por el campo y ver un letrero que dijera: Área de Enfermedades de los Pies y la Boca. En realidad, algo más íntimo ha estado teniendo lugar sobre toda el área, algo que podría compararse con un mar tormentoso o una erupción volcánica. Esta es la clase de cosa que los seres humanos encararán en la sexta época post-Atlante.

Como los seres humanos aún no ven la muerte, sólo notan una erupción del Vesubio, digamos, o un fuerte terremoto medido por un sismógrafo. Pero no notan la tensión en la esfera etérica que surge por ejemplo cuando vive o nace un importante genio en un determinado lugar. Igualmente, no ven aquel poderoso actuar y entretejer de espíritus de los que las estrellas y sus constelaciones son simplemente un signo externo.

Ver estas cosas de algún modo es lo que los seres humanos pueden esperar en la sexta época post-Atlante. El sol tal como es hoy habrá caído de los cielos y las estrellas habrán caído también. Donde ahora brillan las estrellas, como abstracciones materiales, uno verá un poderoso actuar y entretejer del espíritu. En el curso de la quinta época post-Atlante, por tanto, habrá un gran cambio en la forma en que los seres humanos se ven a sí mismos, y en el curso de la sexta época post-Atlante el mundo entero que les rodea cambiará. No imaginéis que el iniciado, por ejemplo, ve el mundo de la misma forma que uno que no está iniciado. Y lo mismo se aplica a la secuencia de etapas en la consciencia. Los seres humanos en diferentes etapas de consciencia no ven el mundo de la misma forma.

Que nosotros como seres humanos estamos viviendo un proceso de transformación, un proceso de transformación del ser humano y de nuestra imagen del mundo, está indicado en el Libro del Apocalipsis, entre otras cosas, por la forma en que hay una semejanza relativa en las primeras cuatro cartas. El primer sello se abre y aparece un caballo blanco, un caballo. Se abre el segundo sello y aparece un caballo rojo, otro caballo. El tercer sello es abierto y aparece un caballo negro, aún otro caballo. El cuarto sello se abre y aparece un caballo blanco, de nuevo es un caballo. (Apocalipsis 6).

Cuando el quinto sello se abre ya no se dice nada sobre un caballo. La importancia de esta carta se indica de una manera bastante distinta. Así según continuamos en nuestra lectura de las cartas encontramos una indicación de una transformación fundamentalmente significativa que tendrá lugar en nuestra propia época.

Sólo queda por decir una cosa, que es que debemos prepararnos para convertirnos en la nueva y transformada congregación de Sardes. Esta nueva y transformada congregación de Sardes tendrá que comprender que hay poco valor en conocer las plantas, los animales y los minerales a menos que uno pueda encontrar las estrellas que actúan en cada uno de ellos. En el sentido espiritual las estrellas deben caer de los cielos, y esto ya puede percibirse.

Permitidme daros un ejemplo específico de esto. La gente normalmente nota la configuración externa de estas cosas sin tener muy en cuenta la manera en que encajan en la evolución espiritual completa de la humanidad. Cada uno de nosotros sólo puede hacer algo en el lugar en que nos encontramos, y lo que voy a contar me sucedió aquí justo antes de mi último viaje a Inglaterra. Sabéis quizás que cuando estoy en Dornach dedico una o dos horas a la semana a los hombres que trabajan aquí en el edificio, les hablo sobre la ciencia y la ciencia espiritual durante sus horas de trabajo. A los hombres les gusta mucho si me acerco a ellos para que me sugieran un tema. Les gusta mucho escoger el tema y entre otras cosas quieren saber de la vida y cultura espirituales de hoy en día. Esto es algo que también vosotros como sacerdotes tendréis seguramente que comprender.

Antes de partir para Inglaterra tuve una de estas sesiones con los trabajadores, y uno de ellos había preparado la pregunta: ¿cuál es la razón de que algunas plantas tengan fragancia y otras no? ¿De dónde viene la fragancia de las flores?[3] Bien, estas conferencias se han estado celebrando durante años y los trabajadores están ahora lo suficientemente bien preparados como para no aguantar las explicaciones químicas usuales sobre que alguna sustancia u otro ser son los que exudan este o aquel perfume, pues ya sabéis a lo que equivalen usualmente las explicaciones científicas: pobreza viene de la pauvreté. No, estos trabajadores quieren explicaciones reales.

Así que resumiendo esto es lo que les dije durante una hora o así: Algo que tiene fragancia atrae la atención de nuestros órganos sensoriales, percibimos la fragancia a través de nuestro órgano del olfato. Deberíamos entonces preguntarnos si nuestro sentido del olfato es lo suficientemente sutil como para permitirnos trabajar como un perro rastreador de la policía. Por supuesto estaréis de acuerdo conmigo en que no. Por el contrario, tendréis que admitir que nosotros los seres humanos tenemos un sentido del olfato bastante embotado, y no uno sutil, y que según bajáis la escalera de la naturaleza llegáis a órganos olfativos más sensibles.

Considerad al perro con un órgano olfativo tan delicado que puede ser entrenado como un perro rastreador. Mirad la forma en que su frente se inclina hacia atrás siguiendo la continuación de sus nervios olfativos, los cuales llevan el aroma hasta el ser mismo del perro. Nosotros los seres humanos tenemos una frente que está hinchada. Nuestro aparato de inteligencia es un órgano olfativo transformado, especialmente en su capacidad de apercibimiento. Esto solo hace obvio que según bajamos en la escala hacia animales más inferiores llegamos a órganos olfativos más sensitivos.

La ciencia espiritual nos enseña que lo que hay en las flores y en la manera en que desarrollan fragancias muchas plantas no es otra cosa que órganos olfativos, verdaderos órganos olfativos vegetales de inmensa sensibilidad. ¿Y qué huelen? Huelen la fragancia cósmica que siempre está presente. Y la fragancia cósmica que emana de Venus es distinta de la que emana de Marte o Saturno. Por ejemplo, la fragancia de la violeta es un eco olfativo de lo que la violeta percibe de la fragancia cósmica. Las plantas que huelen bien perciben las fragancias cósmicas que vienen de Venus, Mercurio o Marte. La Ferula fétida percibe el olor de Saturno y lo trasmite sobre la asafétida derivada de ella.

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Esto es algo que estas personas quieren saber, pues en cierto sentido quieren saber cómo caen las estrellas a la Tierra. ¿Qué son, después de todo, los seres en el mundo sino lo que las estrellas enviaron abajo? Si se quiere hablar realmente sobre estas cosas, hay que decir: las estrellas están cayendo realmente, pues están en las plantas. No es sólo la fragancia que hay en ellas, sino que las plantas mismas son verdaderos órganos olfativos.

Mi primera conferencia hoy[4] fue una vez más para los trabajadores, y les pedí que enunciaran las preguntas que querían se les contestase. Una pregunta fue como sigue: si lo que usted dijo la última vez sobre las fragancias es correcto, de tal forma que las plantas son órganos sensitivos del olfato, ¿de dónde vienen los colores de las plantas?

Así que tuve que explicar que las fragancias de las plantas provienen de los planetas, mientras que los colores provienen del poder del sol. Me extendí sobre esto, dando ejemplos que demuestran que esto es cierto. Un miembro de la audiencia no estaba satisfecho, preguntando por qué no había mencionado a los minerales, y por qué ellos también tenían colores. Puedo comprender por qué las plantas tienen colores, dijo, y que una planta creciendo en el sótano sin la luz del sol tendría la forma correcta y la fragancia, pero no el color, por qué se quedaría pálida o incluso sin color por la falta de la luz del sol. ¿Pero qué pasa con los minerales?

Así que tuve que seguir explicando. El sol tiene un curso diario que surge de una revolución de la tierra en 24 horas. También tiene un curso anual que produce las estaciones durante las cuales alcanza el cénit y entonces cae de nuevo. Pero hay otro ciclo también, y seguí explicando el año cósmico Platónico. Expliqué cómo el sol sale ahora en Piscis en el equinoccio invernal, pero que en tiempos anteriores salía en Aries, y antes de eso en Tauro, y antes aún en Géminis, etc., empleando 25.920 años en completar un ciclo alrededor del zodíaco. De esta manera el sol tiene un curso que dura un día, otro curso que dura un año, y otro curso más que dura un año cósmico entero. Mientras que da a las plantas sus colores durante el curso que dura un año, los minerales necesitan un año cósmico del sol para obtener sus colores. En los colores de los minerales, en el verde de la esmeralda, el amarillo-vino del topacio, el rojo del corindón, vive una fuerza que se desarrolla durante el ciclo solar a través del año cósmico Platónico.

Así se puede ver: si tomáis del espíritu lo que tenéis que decir sobre el mundo, la gente comienza a hacer preguntas sobre cosas terrenales de una manera que demuestra que ya no están satisfechos con los intentos de explicar la Tierra por medio de las trivialidades que emanan de nuestros laboratorios y salas de disección. Quieren comprender de la manera correcta, y están muy satisfechos de que se les muestren las cosas de la manera de “Sardes” que involucra incluir a las estrellas y también sus efectos. Al hacer esto se está haciendo lo que el escritor del Apocalipsis hace; uno está trayendo Sardes a nuestra época actual.

Lo que he estado diciendo es simplemente un ejemplo. Debemos comenzar a traer este sentido sobre las estrellas, este sentido de los seres de las estrellas a nuestra época actual. Debemos comenzar a ayudar a la gente a comprender de nuevo que Cristo es un Ser Solar. Este es el hecho que encuentra mayor oposición de todos.

Cuando os digo estas cosas, y especialmente cuando os digo cómo nuestra moderna quinta edad post-Atlante debe convertirse, en cierto modo, en una Sardes revivida tal como la encontramos brevemente descrita, concisa y maravillosamente en la quinta congregación y el quinto sello que debe abrirse ahora, cuando os digo estas cosas sentiréis que es nuestra tarea hoy desarrollar esta manera especial de comprender el Libro del Apocalipsis, es decir que el Libro del Apocalipsis es una tarea que está llamando diariamente a la puerta de nuestro corazón. No hay ningún sentido en interpretar simplemente el Libro del Apocalipsis. Es necesario que nosotros hagamos el Libro del Apocalipsis en todas las cosas, de lo contrario deberíamos dejarlo. Interpretarlo simplemente no tiene casi ningún valor.

Por este medio os he dicho el segundo aspecto que debe estar involucrado cuando leemos el Libro del Apocalipsis. Ayer busqué explicar la forma, hoy estoy buscando mostraros que para leer el Libro del Apocalipsis uno debe estar presente con su voluntad. Esto es natural, pues las revelaciones han surgido siempre a través de Inspiraciones de la voluntad. Con esto estamos tratando un punto verdaderamente apocalíptico, un punto apocalíptico vivo.

Hay gente hoy en día que está de algún modo educada de una manera apocalíptica. Están educados apocalípticamente de una manera que les da una educación de la voluntad que está específicamente orientada hacia la iglesia Católica Romana. Estos son los Jesuitas. La educación Jesuita, los ejercicios de los Jesuitas, tienen un aspecto fuertemente apocalíptico. Los ejercicios de los Jesuitas involucran una educación de la voluntad tal y como está siempre en las bases de cualquier visión apocalíptica, reveladora.

Educar la voluntad es el aspecto más importante para cualquiera que se tome en serio un sacerdocio genuino en el sentido de una renovación cristiana. Una persona tal debe comprender el Libro del Apocalipsis si ha de ver en él el impulso correcto para la voluntad, mientras que Ignacio de Loyola dio un impulso muy parcial para la voluntad, un gran impulso sin duda, pero un impulso extremadamente parcial. Hoy esto se ha vuelto ahrimánicamente rígido, pero especialmente al mirar a Ignacio de Loyola vemos cuán erróneo es mirar el mundo de cualquier otra forma que no sea a través de la ciencia espiritual. La gente aún atribuye el desarrollo de los Jesuitas hoy a Ignacio de Loyola, pero eso es erróneo. Ignacio de Loyola ha estado desde hace mucho tiempo reencarnado y por supuesto se ha liberado completamente de esa corriente primitiva. Vivió de nuevo como Emanuel Swedenborg, y el desarrollo de los Jesuitas desde entonces se ha deslizado justo en el reino de Ahriman; ya no rememora a Ignacio de Loyola, sino que actúa ahora de acuerdo con los propósitos de Ahriman. Se podría decir que esta es la sombra, la contraimagen de lo que vosotros mismos debéis entrenar para poder, como he dicho, tomar el Libro del Apocalipsis en vuestro ‘Yo’ de tal forma que vuestro ‘Yo’ se convierta en la suma de los poderes que actúan de manera apocalíptica.

 

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[1] Rudolf Steiner, Cómo se alcanza el conocimiento de los Mundos Superiores (GA 10), Editorial Rudolf Steiner, 2002, 3ª edición.

[2] Rudolf Steiner, Relaciones Kármicas Vol. 4, op. cit. conferencia del 7 de septiembre de 1924

[3] Rudolf Steiner, The Evolution of Earth and Man and the Influence of the Stars (GA 354) Tr. G. Hahn. London. Rudolf Steiner Press 1987, conferencia del 9 de agosto de 1924. Aparentemente sin traducir al español.

[4] Ibid, conferencia del 9 de septiembre de 1924

GA346c4. Las cartas a los Ángeles de las congregaciones de Éfeso y Sardis. Comprensión de los números del Libro del Apocalipsis: el 12, el 7 y el 24.

Del ciclo: El Apocalipsis y el trabajo del sacerdote

 

Rudolf Steiner — Dornach, 8 de septiembre de 1924

English version

 

Ayer pusimos ante nuestras almas la imagen que nos muestra el autor del Apocalipsis, la imagen de la Aparición de Jesucristo, ofrecida por el Dios Padre; y me permití comentar que la explicación diseñada para conducir a una comprensión de la imagen puede ser concebida como una carta enviada por Dios mismo a Juan.

Es parte integrante de los Misterios y de la manera en que uno habla de los Misterios y los presenta, que de ahora en adelante el autor del Libro del Apocalipsis sea asimismo contemplado como el autor de la carta. Subyace en la naturaleza de los Misterios que el redactor de un documento como éste no se sienta autor en el sentido en que consideramos el autor de una obra hoy en día. Él se sentía una herramienta del Autor espiritual. Él sentía que no quedaba nada personal en la escritura. Así Juan está perfectamente justificado al actuar como si estuviera escribiendo lo que tiene que escribir bajo el mandato de Dios, como un mensaje de Dios. En todo lo que sigue esto se hace obvio de una manera que ciertamente se adecua a los Misterios.

Es perfectamente cierto decir que en nuestro tiempo actual necesitamos una vez más comprender tales cosas como la transición desde la Aparición de Jesucristo en los primeros versos del Libro del Apocalipsis con lo que sigue después, es decir, las siete Cartas enviadas a las diferentes congregaciones (Comunidades). Nuestra época actual ha olvidado completamente cualquier comprensión de tales cosas, que una vez existieron como hechos de facto en los Misterios e incluso aún de la forma en que los cristianos primitivos pensaban.

Una vez más, esto es algo en lo que os compete avanzar según continúa desarrollándose vuestro trabajo sacerdotal. Pensad ahora que lo que se dice en el Libro del Apocalipsis, escrito como está a través de la Inspiración, es dirigido a los Ángeles de la Comunidad de Éfeso, de la Comunidad de Tiatira, de la Comunidad de Sardes, etc. Se dice que estas Cartas han sido escritas para Ángeles. Esto es algo que choca inmediatamente con nuestra moderna comprensión, así que es importante para nosotros tener una visión adecuada de lo que sigue.

Una vez vino a verme un hombre que había pasado la última parte de su vida haciendo tremendos esfuerzos por alcanzar una comprensión de la visión antroposófica del espíritu. En vuestro sacerdocio debéis saber sobre tales cosas pues son, después de todo, típicas en nuestra época actual. Esto es sólo un ejemplo, pero es un ejemplo impactante, para mostrar lo que quiero decir. Es algo que a menudo os encontraréis en vuestro sendero como sacerdotes, y lo importante para vosotros, ¿no es cierto?, es vuestro sendero como sacerdotes. Este hombre dijo: “Me parece que la Antroposofía se esfuerza en interpretar las palabras de la Biblia literalmente”. Yo respondí: “Sí”. Él entonces procedió a citar una larga lista de ejemplos que él consideraba que no podían ser tomados literalmente, sino sólo simbólicamente. Yo le dije: “Ciertamente hay muchos así llamados místicos, teósofos y demás que buscan en la Biblia toda clase de símbolos y cosas similares, que diseccionan la Biblia en símbolos. La Antroposofía no hace eso. La Antroposofía busca sólo lo que puede conducir a una comprensión del significado apropiado del texto original, aunque esto a veces signifique tomar el lenguaje simbólico como punto de partida. Trabajando de esta manera,” continué, ‘nunca he encontrado, en todos los pasajes que he sido capaz de investigar, que la Biblia no pueda ser tomada literalmente si uno yuxtapone el texto original con todas las interpretaciones incorrectas que han surgido con el curso del tiempo.”

Este es, pues, el objetivo final: tomar la Biblia literalmente. Podríais incluso decir que si no podéis considerar la Biblia literalmente, aún no habéis comprendido aquellos pasajes que sois incapaces de tomar literalmente, y esto es ciertamente lo que ocurre con muchas personas hoy en día.

Estamos mencionando aquí algo esotérico que hasta ahora no ha surgido con demasiada claridad en nuestras reuniones pero que debería ciertamente ser considerado en vuestra consciencia meditativa. Sucede de vez en cuando hoy en día –quizás no como relámpagos destellantes, pues vienen de lo alto, sino como destellos volcánicos, pues vienen de abajo- que las cosas que son restos de los antiguos Misterios parpadean en una confesión u otra. A menudo he mencionado una carta pastoral en la que un arzobispo hace la siguiente afirmación[1]. La carta preguntaba: ¿Quién es más elevado, el ser humano o Dios? De una manera bastante indirecta, quizás, pero por otro lado también con bastante franqueza, esta carta llamaba la atención sobre lo siguiente: Cuando el sacerdote está delante del altar –así continuaba la carta– cuando un ser humano que es sacerdote está delante del altar (esto sólo sucede con un sacerdote, no con el resto de la gente), él es más elevado que Dios, más poderoso que Dios, pues puede forzar a Dios a tomar una forma terrenal en el pan y el vino; cuando el sacerdote celebra la Misa, cuando él provoca la Transubstanciación, Dios está obligado a estar presente en el altar.

Esta es una discusión que se remonta a los antiguos Misterios y es también una discusión que es aún bastante actual en el Brahmanismo esotérico oriental en la medida en que éste deriva del conocimiento de los Misterios. La idea de un hombre como un ser que incluye a la divinidad dentro de sí, que es, realmente, más elevado que la divinidad, es familiar y está de acuerdo con todos los Misterios. Cuando su alma se hallaba en ese estado, un sacerdote Brahmán, especialmente en los tiempos antiguos, se sentía como el portador supra-personal de la divinidad, si lo puedo expresar de esta manera.

Esta es una afirmación incisiva destellando en nuestra época desde los antiguos Misterios, y debería al menos una vez ser confiada a la vida meditativa del alma del sacerdote. Después de todo, contradice completamente lo que ha quedado gradualmente establecido, particularmente en la consciencia protestante. En la medida en que concierne a la consciencia protestante, lo que está escrito en la carta pastoral citada son por supuesto tonterías. Regresaremos a esto durante nuestras consideraciones sobre el Libro del Apocalipsis. Detrás está realmente sólo la idea, en mayor escala, que se nos aproxima aquí en este punto en el Libro del Apocalipsis.

A instancias de Dios, e inspirado por Dios, Juan escribe a los Ángeles de las siete Comunidades. En el estado del alma en que está escribiendo, él se siente ciertamente como el transmisor del consejo, de la admonición, de la misión, etc. A los Ángeles de las siete Comunidades. ¿Qué significa esto en un sentido concreto? Cuando el Ángel de la Comunidad de Éfeso, o de Sardes o de Filadelfia era mencionado, ¿a quién se refería realmente? ¿A quién iba dirigido el mensaje? Aunque esto es difícil de comprender para la gente de hoy en día, había en aquellos días individuos como aquellos a los que hoy llamamos individuos bien educados –individuos bien educados en la tradición Cristiana diríamos hoy de gente en una posición análoga– había un núcleo de individuos que comprendían el significado de esto: El que está escribiendo tiene una naturaleza profética, una naturaleza profética como la de Juan quien, cuando está escribiendo en este estado de alma se haya más elevado que aquellos Ángeles. Él está escribiendo a los Ángeles de las congregaciones. Pero entre aquellos que entendían no había necesidad de señalar algo suprasensible cuando se mencionaban ‘ángeles’. La imagen que la gente tenía era esta: las congregaciones cristianas han sido fundadas y continúan existiendo. El escritor del Libro del Apocalipsis considera que está dirigiendo sus cartas a tiempos futuros en los que ha de decir a las Comunidades lo que va a pasar. Él no está hablando en absoluto de las condiciones presentes. Él está hablando de condiciones futuras. Si aquellos que en aquel tiempo estaban tomando en consideración las tradiciones que habían surgido de los antiguos Misterios, ellos hubieran señalado al obispo de la congregación como aquel a quien iba dirigida la carta.

Por un lado, estaba completamente claro para ellos que el líder real de la Comunidad era el Angelos suprasensible, pero por otro lado ellos hubieran señalado al obispo, el administrador canónico de la Comunidad. La gente de aquella época tenía el concepto de que el administrador de una Comunidad como la de Sardes, o Éfeso, o Filadelfia, el que ejercía este oficio, era el portador terrenal real del ser del Angelos suprasensible. Así cuando él escribe, Juan se siente ciertamente poseído internamente por un ser superior al Angelos. Al escribir a los obispos de las siete Comunidades está escribiendo a seres humanos que no sólo tienen en su interior a su propio ángel –que es el caso con todos los individuos- sino también al Ángel guía, director, el Angelos de la Comunidad.

Así él comienza a hablar sobre lo que tiene que decir a estas Comunidades, y está ciertamente señalando al futuro. Debemos preguntar: ¿Por qué son escritas siete Cartas a siete Comunidades? Estas siete Comunidades son por supuesto representantes de los diversos matices paganos y judíos de los que el cristianismo ha nacido. Los hechos concretos eran mucho más comprendidos exhaustivamente en aquellos tiempos que en tiempos posteriores. En el tiempo en que el Libro del Apocalipsis fue escrito la gente sabía exactamente: Aquí, por ejemplo, está la Comunidad de Éfeso que hace mucho tiempo dio lugar a los Misterios inmensamente importantes de Éfeso que, como era bastante común en tiempos antiguos, había señalado la futura aparición de Cristo. El culto de Éfeso pretendía unir a los celebrantes en Éfeso, así como a aquellos que presenciaban la celebración, con los poderes divinos y espirituales y también con el Cristo que venía. Con su profecía del cristianismo por venir y con su culto pagano, la antigua Comunidad pagana de Éfeso era quizás la que estaba particularmente más cercana al cristianismo.

Por eso la carta al Ángel de la Comunidad de Éfeso hablaba de siete candelabros. Los candelabros son las Comunidades, como el Libro del Apocalipsis afirma expresamente. La Carta a la Comunidad de Éfeso, en particular, debe ser tomado en su forma real tal y como está. Se ha establecido con claridad que esta Comunidad de Éfeso era la que asumió el cristianismo con mayor intensidad, dedicando su primer amor al cristianismo. Pues se ha dicho que no mantuvo su primer amor. Es de un tiempo futuro, por venir, del que el autor del Apocalipsis desea hablar en su carta. Así vemos en el ejemplo de esta carta admonitoria a la Comunidad de Éfeso cómo el autor del Apocalipsis señala el desarrollo que la Comunidad logra como un desarrollo que mira a lo que flamea de nuevo desde los tiempos antiguos.

Ciertamente sucedía que las diferentes Comunidades mencionadas aquí representan varios matices paganos o judíos, que ellas tenían varios ceremoniales a través de los cuales se aproximaban al Mundo divino de distintas formas. Cada carta comienza de una manera que muestra cómo, en cada Comunidad, el cristianismo se ha desarrollado a partir de su estilo particular de antigua adoración pagana.

Uno debe comprender que, en los primeros días del cristianismo, el estado de alma de la gente era completamente diferente del que existe hoy en día, especialmente en Europa –aunque en Oriente no sea tan diferente–. La manera en que vemos ahora la religión con un contenido conceptual que puede describirse lógicamente era muy distinta, realmente completamente extraña a las imágenes de los antiguos Misterios de los primeros siglos cristianos. En aquellos días la gente veía a Cristo como una aparición del poderoso Ser Solar. Pero era tarea de la Comunidad de Éfeso, de la Comunidad de Sardes, de la Comunidad de Tiatira, etc., esforzarse por llegar a Él cada una de su propia forma, en concordancia con sus propios cultos. Cada una tiene un matiz diferente en la forma en que se acerca a Él. Hay presentimientos de que reconocían esto por todas partes.

Considerad la Comunidad de Éfeso, cuya tarea era continuar los profundos y antiguos Misterios de Éfeso. No podía evitar ser diferente de, por ejemplo, la Comunidad de Sardes. La Comunidad de Éfeso tenía un culto que estaba impregnado profundamente por la presencia de sustancias divinas, espirituales, en la vida terrenal. El sacerdote que caminaba en procesión alrededor de Éfeso era capaz de llamarse a sí mismo dios u hombre en la misma medida. Él se sabía portador del dios. La consciencia religiosa completa de Éfeso estaba enraizada en la teofanía, en la aparición del dios en el ser humano. Los diversos sacerdotes de Éfeso representaban cada uno respectivamente al dios correspondiente, y había incluso una tarea específica de tomar esta Teofanía, que era llevar la aparición de lo divino justo dentro de las almas de la Comunidad.

Es preciso comprender que entre las sacerdotisas de Éfeso que realizaban los rituales del culto había una en la procesión que era esencialmente la forma viva, humana de Artemisa, Diana, la Diosa de la Luna. Se esperaba que los miembros de la congregación no hicieran distingos entre la aparición terrenal y la diosa misma, de tal forma que la aparición terrenal, humana era contemplada como la diosa real. Los eventos en los antiguos Misterios tales como las procesiones públicas tomaban la forma de personas que eran los dioses caminando uno detrás del otro. Igual que hoy tenemos que aprender cómo adquirir los conceptos apropiados para las cosas, del mismo modo la gente entonces tenía que adquirir imágenes en sus almas y en los sentimientos de sus almas a través de los cuales ellos podían ver al dios en el ser humano el sacerdote o la sacerdotisa.

No es por tanto extraño, puesto que el autor del Apocalipsis habla en el lenguaje de los Misterios de la manera que he descrito, que él se debiera dirigir particularmente a la Comunidad de Éfeso donde esta manera de pensamiento, de sentimiento, de sentir estaba más intensamente desarrollada. Por eso era natural que la Comunidad de Éfeso contemplara los siete Candelabros como el símbolo más esencial del culto. Estos candelabros representaban la Luz que vive en la tierra y que al mismo tiempo es divina.

La situación era completamente diferente en la Comunidad de Sardes. Esta congregación era la continuación cristiana de una antigua religión astrológica muy desarrollada en la que los participantes realmente sabían cómo se relaciona el movimiento de las estrellas con los asuntos terrenales y donde leían en las estrellas todas las cosas que los líderes más o menos elevados ordenaban hacer en todos los asuntos terrenales. La Comunidad de Sardes había evolucionado de un culto de Misterios que contaba hasta el mayor grado con el descubrimiento, a partir del cielo nocturno estrellado, de los secretos y las necesidades de la vida. Antes de que fuera posible hablar de la Comunidad de Sardes como una congregación cristiana, tenía que hablarse de ella como la que se había adherido más firmemente a la antigua clarividencia onírica, pues era a partir de esta clarividencia onírica de la que derivaban los secretos nocturnos del macrocosmos. En este lugar, donde tanta importancia se había concedido a la tradición continuada de la antigua clarividencia crepuscular, se prestaba poca atención a lo que la luz del día traía.

En este sentido la diferencia entre la adoración solar y las enseñanzas solares de Éfeso y Sardes es ciertamente significativa, en la medida en que uno pueda hablar genuinamente de la antigua sabiduría de estos dos Centros (de Misterios). En todos los antiguos Misterios las enseñanzas –que también eran impartidas al pueblo llano– eran también la ciencia de aquellos días, pues no había ciencia que estuviera separada de los Misterios. Las enseñanzas solares de Éfeso diferenciaban entre los cinco planetas, por un lado –Saturno, Júpiter, Marte, Venus, Mercurio– y el sol con la luna por el otro lado. Hoy en día llamamos al sol una estrella fija en contraste con los planetas, pero entonces, especialmente en Éfeso, el sol se distinguía por estar separado de los planetas y adorado como la estrella del día porque desde el momento en que salía hasta que se ponía era visto como el principio dador de vida.

Esta no era la situación en los primeros días de Sardes. Aquí el sol diurno no era nada especial, y su luz era aceptada como un hecho. En la ciudad de Sardes el sol diurno no era nada especial, pero el sol nocturno, que los antiguos Misterios denominaban el ‘sol de medianoche’, era considerado con el mismo grado de importancia que los planetas. La luna no se distinguía del resto de los planetas, y el sol era visto realmente con el mismo grado de importancia que los planetas.

La secuencia en Sardes era: Saturno, Júpiter, Marte, Venus, Mercurio, Sol, Luna. Pero en Éfeso era distinta. Aquí ellos enumeraban: Saturno, Júpiter, Venus, Mercurio, por un lado, y por el otro los dioses del día y la noche, el Sol y la Luna, que estaban cercanos a la vida en la Tierra. Esta es la gran diferencia, y era con esto con lo que todo el ceremonial de Sardes se hallaba relacionado.

En estos primeros tiempos cristianos el antiguo culto pagano seguía viviendo en Éfeso, pero con una inclinación hacia el cristianismo, mientras que en Sardes aún vivía el matiz del antiguo culto pagano, tendía hacia la astrología de la manera que he descrito. Así era bastante natural para el autor del Apocalipsis escribir sobre Sardes ‘que tenía los siete Espíritus de Dios y las siete Estrellas’. (Apocalipsis 3,1). Aquí no tenemos los candelabros en el altar, ni la luz que está vinculada con la tierra, sino la luz que está arriba en el macrocosmos.

Podéis descubrir hasta qué grado el autor del Apocalipsis se encuentra aún compenetrado por los antiguos Misterios cuando respondéis a la pregunta: ¿Sobre qué reprende a la Comunidad de Sardes, a qué deben estar especialmente atentos? Deben, dice a la Comunidad de Sardes, estar atentos a encontrar la transición al sol diurno, el lugar del que partió Cristo.

El significado de cada palabra debe ser tomado exactamente como está, si uno puede abrirse camino hasta el significado original, sabiendo cómo era dirigida la vida religiosa en los tiempos antiguos, y que el autor del Apocalipsis en el estilo solemne como el último de su tipo, aunque hay siempre efectos posteriores que continúan perdurando. Alejandro Magno, por ejemplo, en la forma en que propagó la cultura de Hellas, se comportó impecablemente cuando se trataba de la vida religiosa. Esto es obvio cuando examinamos las campañas de Alejandro. No hay esfuerzos en persuadir a la población, y no se proclaman dogmas. Cada persona es libre con sus propios cultos y convicciones, introduciendo sólo adiciones tales que eran fácilmente asimiladas. Los mensajeros de Buda a Babilonia y Egipto también actuaron de esta forma. Después de haber cumplido su misión había pocos signos externos en el culto o en las palabras usadas en la celebración con las que uno podría haber distinguido el tiempo posterior del anterior. Internamente, sin embargo, había inmensas diferencias, pues había sido vertido, en las devociones que estas personas dirigían a sus dioses, todo lo que podía posiblemente ser asimilado en la forma de matices en el culto, en el ceremonial y en sus convicciones. Lo mismo sucedió también, básicamente, en las regiones europeas en tiempos más antiguos. La gente no era inundada arbitrariamente con muchos dogmas, pues el punto de contacto siempre eran las propias costumbres de la gente sobre los antiguos Misterios.

Estas cosas son las piezas que necesitamos conocer si queremos leer el Libro del Apocalipsis con propiedad, sin la intrusión de un solo resto de aquellas absurdas conclusiones que la teología moderna ha alcanzado. Esta manera tolerante de construir sobre lo que ya está, que hace que el escritor del Apocalipsis diga varias veces, por ejemplo: “Decís que sois judíos y no lo sois”. (Apocalipsis, 1,9; 3,9), esta es la manera en que quiere hablar a partir de los corazones y las almas de la gente del lugar. Estos y otros pasajes han conducido a que el Libro del Apocalipsis sea considerado no un documento cristiano, sino un documento judío. Uno tiene que entender cómo han surgido estas cosas a partir de la forma antigua de considerar tales asuntos.

Tendremos que entrar en mayor detalle, pero hay un concepto que aún tenemos que considerar hoy: el escritor del Apocalipsis, escribiendo por medio de la Inspiración, sabía exactamente cómo se puede dar una imagen completa de alguna realidad describiendo un número específico de aspectos típicos. Podéis ver cuan maravillosamente individuales son las descripciones de las siete Comunidades en las siete Cartas del Libro del Apocalipsis. Es realmente maravilloso. Cada una es descrita de una manera que se la distingue claramente de las otras, de tal modo que cada una se nos presenta con sus propias características individuales. El autor del Libro del Apocalipsis sabía perfectamente bien que si él hubiera descrito una octava Comunidad él hubiera tenido que describir algo que recordara a una de aquellas que ya existían. Y lo mismo hubiera sucedido con una novena. Los siete matices que ha dado proporcionan la más completa descripción posible. Y él sabía perfectamente esto.

Aquí hay otro maravilloso aspecto que nos viene desde aquellos antiguos tiempos. Me vino recientemente de una manera especialmente viva cuando volvíamos desde Torquay –donde habíamos estado impartiendo nuestros cursos de verano en Inglaterra[2]– al lugar donde estuvo una vez el castillo del Rey Arturo, el Rey Arturo y con sus doce caballeros. Aún se puede ver la vibrante vida que debió haber en este lugar. Se pueden ver los cabos sobresaliendo e internándose en el mar. Aún tienen los últimos restos de las ruinas de los antiguos castillos del Rey Arturo, que tenían hermosas formas. Miras al mar –hay mar aquí y aquí, con una colina en el medio– y te das cuenta con cuanta fuerza el mar trae al alma a aquella localidad. La imagen da una impresión de cambio incesante. Mientras estuvimos allí el sol y la lluvia se alternaban con bastante rapidez, lo cual sucedía también por supuesto en los tiempos antiguos. De hecho, las cosas están más tranquilas ahora, pues el clima se ha alterado en este aspecto. Se observa esta maravillosa interacción, la manera en que los espíritus elementales de la luz entran en relación con los espíritus del agua que surgen desde abajo, y de nuevo se ven fenómenos espirituales bastante especiales cuando las olas rompen en tierra y, retrocediendo, son arrojadas de nuevo hacia atrás, o cuando la superficie del mar está rizada. En ningún otro lugar de la tierra el reino elemental cósmico fluye y refluye de una manera tan extraordinaria.

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Lo que se me permitió observar allí fue el instrumento de la Inspiración para los participantes de la Tabla Redonda de Arturo. Ellos recibieron los incentivos para lo que tenían que hacer a través de lo que se les decía con la ayuda de aquellos seres del mar y del aire. Estos caballeros del Rey Arturo sólo podían ser doce. Esto me vino porque se puede aún percibir hoy qué fue lo que formó la base de ese número doce. Hay solo doce matices de percepción cuando se está relacionado con esta clase de percepción cósmica que afluye al ser con la ayuda de los seres elementales; doce modos de percepción. Si se quiere abarcar los doce como un solo ser humano, te encuentras que uno de ellos siempre hace al otro indistinto. Así los caballeros de la Tabla Redonda de Arturo se repartieron las tareas de tal forma que cada uno podía ser contemplado como uno de estos doce matices. Estaban convencidos de que de esta manera cada uno de ellos poseía un sentimiento claramente diferenciado del universo, fueron estas las tareas que asumieron. No hubiera podido haber un décimo tercer caballero, pues hubiera tenido que parecerse a uno de los doce.

El concepto sobre el que está basado esto es claro: cuando los seres humanos quieren compartir las tareas a realizar en el mundo, debe haber doce de ellos. Juntos forman un todo, representando los doce matices. Si los seres humanos se enfrentan al mundo en comunidades, en congregaciones, se requiere el número siete. Estas cosas eran bien conocidas en aquellos días.

El autor del Apocalipsis escribe a partir de esta comprensión suprasensible de los números, y continúa haciéndolo en el transcurso de todo el Libro del Apocalipsis. Hoy simplemente se quiere hablar sobre la lectura del Libro del Apocalipsis. Juan nos muestra cómo entre las apariciones hay una en la que ve el trono de Cristo, el trono del Hijo transfigurado del Hombre, alrededor del cual están sentados los veinticuatro ancianos. (Apocalipsis 4, 4) Aquí vemos algo en lo que el veinticuatro tiene un papel que desempeñar. ¿Qué significa cuando hay veinticuatro matices?

Las congregaciones tienen siete matices; los seres humanos encarnados en la tierra física tienen doce matices. Pero cuando estamos hablando de seres humanos como representantes de la evolución humana en la vida supraterrenal, entonces llegamos aún a otro número. Ha habido líderes de la humanidad cuya tarea, de época en época, ha sido revelar lo que la humanidad necesitaba recibir como revelaciones. Estas revelaciones están simplemente escritas en el éter cósmico, que también puede ser denominado Registro Akásico.  Si tomamos la secuencia de los grandes reveladores en la humanidad evolutiva, encontramos inscrito en el reino suprasensible lo que cada uno de ellos ha tenido que dar.

Se debería buscar en una individualidad como la de Moisés no sólo lo que él era como el Moisés terrenal, y también no sólo lo que era tal y como está documentado en la Biblia, pues estos están representados de acuerdo con el Registro Akásico. Se debería buscar a Moisés donde está sentado en el trono de Cristo. El elemento eterno de su existencia terrenal, la parte inextinguible sub specie aeternatis, está firmemente grabada en el éter cósmico. Sólo pueden existir veinticuatro poderes humanos elegidos para la eternidad, sin embargo, un vigésimo quinto constituiría simplemente una repetición de uno de los otros. Esto era sabido en tiempos prehistóricos.

Si los seres humanos quieren trabajar juntos en la Tierra, debe haber doce. Si las comunidades humanas quieren trabajar juntas, debe haber siete; la octava sería una repetición de una de las siete. Pero si, sub specie aeternatis, aquellos que se han hecho espirituales trabajan juntos, que representan una etapa de la evolución humana, debe haber veinticuatro, y estos son los veinticuatro ancianos.

Si tomamos a los veinticuatro ancianos juntos –las revelaciones de algunos de ellos ya existen, mientras otros aún están por venir- tenemos alrededor del trono de Cristo una síntesis, como un sumario de todas las revelaciones a la humanidad. Ante este trono de Cristo está el ser humano como tal, el ser humano en yuxtaposición con lo que es meramente un eslabón de la cadena, una sola etapa de la humanidad. Lo que me gustaría describir como “el ser humano en sí mismo”, en la forma en que debe de comprenderse, se haya representado bajo la imagen de las cuatro Bestias.

Hay allí una gran imagen ante nosotros. El Hijo transfigurado del Hombre en el centro, sobre el trono las diferentes etapas de la humanidad, a través de la secuencia de edades, como los veinticuatro guías de las veinticuatro horas del gran día cósmico y, desplegado sobre todo esto, bajo la imagen de las cuatro bestias, el ser humano mismo, que ha de abarcar todas las diferentes etapas. Algo importante, algo esencial se nos anuncia con esto.

¿Qué esta teniendo lugar ante el ojo clarividente del autor del Apocalipsis que trae los mensajes de Dios a los Ángeles de sus congregaciones y así a la humanidad toda? ¿Qué está teniendo lugar? Cuando las cuatro bestias comienzan a actuar, lo que significa cuando el ser humano descubre su relación con la divinidad, los veinticuatro guías de las veinticuatro horas del gran día cósmico caen sobre sus caras. Ellos adoran aquello que es más elevado, aquello que es el ser humano completo, en oposición a lo que cada uno de ellos representa, que es simplemente una etapa de la humanidad. Los ancianos eran vistos realmente como esta imagen que el escritor del Apocalipsis ha de situar ante la humanidad. En tiempos remotos se decía que el que estaba sentado en el trono vendría, mientras que el escritor del Apocalipsis ha de decir: El que está sentado en el trono ya ha estado.

Quería hablar sobre lo que significa leer el Libro del Apocalipsis. Pero sólo podemos aprender a leerlo correctamente cuando nos ponemos en la posición de comenzar a aprender cómo leer al comenzar con los antiguos Misterios.

Ahora trataremos de leer el Libro del Apocalipsis, pues contiene profundos secretos, y no sólo aquellos que deberíais llegar a conocer, sino también algunos que tendréis que llevar a cabo, algunos que tendréis que realizar.

[1] El Arzobispo de Salzburgo, Johannes Baptist Katschaler (1832-1914), en una carta pastoral del 2 de febrero de 1905 sobre “El respeto debido a un sacerdote Católico”, publicada en la Quellen zur Geschichte des Papsttums and des Römischen Katholizismus de Carl Mibt, Nº 4, Tübingen 1924, páginas 497-499

[2] Rudolf Steiner fue a Tintagel (sobre los acantilados que dan al oeste del Norte de Cornualles) el 17 de agosto de 1924. Él habló sobre esta excursión en Torquay el 21 de agosto y en Londres el 27 de agosto de 1924, ver Relaciones Kármicas de Rudolf Steiner, Volumen 8 (en GA 240). Tr. D. S. Osmond. Londres: Rudolf Steiner Press 1975; y en Dornach el 10 de septiembre de 1924, ver Relaciones Kármicas, Volumen 4 (en GA 238), Editorial Rudolf Steiner.

GA346c3. Las experiencias futuras de la Transubstanciación serán en la organización del ‘Yo’. La validez de las verdades antroposóficas. El Alfa y el Omega. Condiciones anteriores y futuras de la consciencia. Primeras palabras del Libro del Apocalipsis.

Del ciclo: El Apocalipsis y el trabajo del sacerdote

 

Rudolf Steiner — Dornach, 7 de septiembre de 1924

English version

Ayer consideramos el importante punto de inflexión que surgió en la evolución humana, debido a que desde la tercera época de Misterios en adelante, la participación del ser humano en el mundo cósmico, a través del acto de consagración del hombre –es decir, en la Transubstanciación— tenía lugar en el cuerpo astral, ese miembro del ser humano que durante el sueño, para la consciencia ordinaria, sale del cuerpo físico y que durante el tiempo que está separado del cuerpo físico no es receptivo a las percepciones del mundo circundante.

Aclaremos cómo este cuerpo astral actúa en nosotros hoy. Es el cuerpo astral el que nos trae los pensamientos sobre lo que nos rodea, los pensamientos a través de los cuales comprendemos el mundo. El momento en que el cuerpo astral sale de nuestro cuerpo físico y de nuestro cuerpo etérico, los pensamientos sobre nuestro entorno ya no están allí.

Esta comprensión puede ser complementada añadiendo que la organización del ‘Yo’, el ‘Yo’ de los seres humanos como está constituido hoy, es el recipiente de las impresiones sensoriales. Las impresiones sensoriales se desvanecen cuando la organización del ‘Yo’ se retira de los cuerpos físico y etérico. Se podría dibujar así: Este es el cuerpo físico del ser humano, y aquí está su cuerpo etérico.

Durante el sueño el cuerpo astral y la organización del ‘Yo’ están fuera de ellos. Cuando estamos despiertos esta organización del ‘Yo’ nos proporciona las sensaciones y las impresiones sensoriales. Las impresiones sensoriales no están allí cuando dormimos porque la organización del ‘Yo’ no está presente en los cuerpos físico y etérico y porque la organización del ‘Yo’ no es receptiva a impresiones de nuestro entorno mientras estamos dormidos. El cuerpo astral sólo proporciona los pensamientos mientras está en el cuerpo físico y etérico. Cuando está fuera, éstos no son sensitivos a las cosas del mundo y no proporciona ninguna impresión.

En la tercera época de Misterios, cuando el ser humano (el sacerdote) iba a entrar en contacto con los seres espirituales divinos a través del Verbo cultual por medio de todos los ejercicios preparatorios, era este cuerpo astral el que se volvía receptivo a elaborar la Transubstanciación dentro de sí mismo en la Comunión, y a través de esta elaboración de la Transubstanciación se hacía receptivo al apocalipsis, a la revelación.

Comenzando con nuestra época actual, ahora debe tener lugar la misma clase de proceso en la organización del ‘Yo’ de los seres humanos. Esta organización del ‘Yo’ debe estar constituida de tal manera que nos permita experimentar la Transubstanciación, incluso aunque en la consciencia ordinaria sólo se puedan percibir impresiones sensoriales a través de ella. De estar constituida de una forma tal que la permita participar en el apocalipsis, a través de la Transubstanciación.

El ser humano puede, ciertamente, hacerse receptivo a esto hoy; el ser humano puede convertirse genuinamente en un sacerdote si asume en su interior imágenes que son verdaderas imágenes espirituales del mundo suprasensible. Al decir esto, básicamente, hemos señalado la conexión interna entre un esoterismo que existe correctamente hoy y aquello que debe vivir en el alma del sacerdote. Hemos señalado lo que puede hacer que la Comunidad de Cristianos se convierta en el portador de una parte importante de los nuevos Misterios. Debemos tener en cuenta, sin embargo, cómo está constituida la Antroposofía, que se está acercando hoy en día a los seres humanos.

A menudo he citado una cierta imagen al decir: La gente hoy está inclinada a aceptar como conocimiento todo lo que pueda, de alguna manera, ser apoyado por la percepción externa, por los experimentos científicos. No quieren aceptar como conocimiento lo que no puede ser apoyado por la percepción externa o el experimento. Pero la gente que tiene esta actitud se parece a alguien que dice: Toda piedra de la tierra necesita apoyo si no quiere caerse; por tanto, los planetas en el universo deben también estar apoyados para no caerse. Que los planetas se apoyan unos a otros en el universo sin ningún apoyo está aceptado como algo habitual hoy, porque esto es lo que se enseña tradicionalmente, sobre una buena autoridad. El hecho, sin embargo, de que las verdades antroposóficas son tales que no necesitan ser apoyadas por la observación externa o por los experimentos científicos, sino que aquellas se apoyan mutuamente las unas a las otras, lo cual es generalmente puesto en duda.

Tan pronto como podamos aceptar que las verdades antroposóficas son válidas porque una verdad apoya a otra, de tal modo que las verdades se dan apoyo mutuo unas a otras, cuando llegue el momento en que podamos aceptar esto, podremos comenzar a desistir de repetir esa desafortunada frase que afirma: como no puedo aún ver el mundo espiritual, no puedo comprender el contenido de la Antroposofía. Cuando llegue este momento comenzaremos a comprender la Antroposofía a través de la manera en que sus verdades se apoyan las unas a las otras, y entonces podremos profundizar mucho más en ella.

Esta tarea de profundizar hondamente en el conocimiento sobre el mundo espiritual dada por la Antroposofía es la tarea que puede, y de hecho debe, conducir a los sacerdotes a su sendero interno. Sólo necesitamos darnos cuenta de que la disposición, la actitud del alma en la que entramos, cuando honestamente hacemos nuestra la Antroposofía, es una manera adecuada de aproximarse a algo como el Libro del Apocalipsis. El libro del Apocalipsis es único, pero cuando permito que actúe en mí cada una de sus imágenes, cada Imaginación se hace una con mi propio ‘Yo’. Entonces llega el momento en que esta revelación puede ser no sólo la experiencia del ‘Yo’ humano sino también su creación. Lo que tenemos que hacer es aproximarnos a este Libro de las Revelaciones de una manera antroposófica. Hoy no hay otra manera de poder tener acceso a él.

Intentemos ahora entender espiritualmente unos pocos puntos importantes del Libro del Apocalipsis.

La frase ‘Yo soy el Alfa y el Omega’ (Apoc. 1,8) sólo es comprensible si sabéis que en tiempos remotos el sonido A [Ah] no era la parte abstracta, separada, sin significado de una palabra, como lo entendemos hoy en día, sino un sonido de importancia suficiente como para tener su propio nombre.

La humanidad ha tratado los sonidos del habla, que abarcan un misterio inmenso, de una manera peculiar. La humanidad ha tratado los sonidos del habla como la policía trata a los criminales, dando a cada sonido un número, igual que los criminales son numerados cuando son encerrados en sus celdas. Al perder sus nombres y obtener a cambio números, los sonidos del habla han perdido su naturaleza interna. Es una manera pictórica de expresarlo, pero es completamente cierta.

Si retrocedemos más allá de los tiempos Romano-Latinos cuando a los sonidos del lenguaje se les asignaban números, llegamos a épocas en que la humanidad era plenamente consciente –y en hebreo este era ciertamente el caso– de que era perfectamente apropiado que un sonido del lenguaje tuviera su propio nombre, de tal modo que pudiera ser llamado Alfa –o Aleph en Hebreo– porque era un ser, algo divino, un ser suprasensible. Cuando miramos con mayor detenimiento este primer sonido de lo que ahora llamamos el alfabeto, tendremos que experimentar un desarrollo espiritual de conceptos antes de que podamos llegar a lo que realmente es Alfa.

En la Antroposofía describimos cómo la evolución terrenal vuelve a condiciones planetarias de consciencia anteriores a la tierra, conocidas como Luna, Sol, y antiguo Saturno. Al considerar la evolución del mundo tratamos de traer a la luz lo que está vinculado con la evolución del ser humano. En Antiguo Saturno encontramos la primera semilla humana cósmica que, después de múltiples transformaciones a través de las condiciones de consciencia de Sol, Luna y Tierra, se ha convertido en el cuerpo físico humano que conocemos hoy en día. El ser humano existía en Antiguo Saturno como un comienzo de semilla primitiva.

Es importante para aquellos de nosotros que seria y honestamente queremos penetrar en la verdad de estos asuntos preguntarnos a nosotros mismos: ¿Qué experimentó esta semilla primitiva del ser humano en Antiguo Saturno? La vida en Antiguo Saturno seguía su curso en variaciones calóricas. En las diferenciaciones de calor y frío los seres humanos absorbían temperaturas cambiantes. Vivían en condiciones que les decían mucho del calor y el frío del cosmos y también mucho sobre el espíritu, pero sólo aquel reino del espíritu que actuaba en las variaciones de calor y frío.

Moviéndonos desde Antiguo Saturno a Antiguo Sol encontramos que los seres humanos ahora vivían en un cuerpo físico que estaba diferenciado en calor y aire, de tal forma que en Antiguo Sol tenían un organismo consistente en éter calórico y el elemento aire. Había así una diferenciación dentro de los seres humanos mismos. El ser humano se hizo internamente más rico. No sólo percibía las diferencias de temperatura, como en la condición planetaria Antiguo Saturno, sino que ahora aparece algo que podría llamarse una interioridad. Los seres humanos en Antiguo Sol percibían calor, pero también percibían una especie de ritmo respiratorio interno dentro de ellos mismos, que a su vez expresaba secretos del cosmos, era una imagen especular de secretos cósmicos.

Podemos ver cómo el ser del hombre crece con más riqueza según se desarrolla desde la condición de Antiguo Saturno hasta la condición de Antiguo Sol de la Tierra, y crece con mayor riqueza según se desarrolla desde la condición de Antiguo Sol a la de Antigua Luna y hasta la condición de la Tierra. Este ser del hombre crecerá aún más al desarrollarse a través de las futuras condiciones planetarias de Júpiter y Vulcano.

¿Cuál fue la relación del ser humano con el mundo en Antiguo Saturno? Su relación con el mundo en Antiguo Saturno fue tal que cuantitativamente experimentó infinitamente muchas variaciones en temperatura, pero no muchas cualitativamente. Había todavía poco de lo que es el mundo en el ser humano. Existía, era humano, podríais decir que era simplemente humano, no teniendo mucho del mundo en él todavía. Pero cuando avanza a través del Sol, la Luna y la Tierra, hasta Júpiter, su ser interno se llenará cada vez más con el mundo. Su vida se tornará cada vez más enriquecidamente dotada de mundo. Ahora, aquí en la tierra, ya tenemos un buen pedazo de mundo en nosotros. Y cuando la condición Tierra haya alcanzado la etapa en la que se disolverá una vez más, los seres humanos tendrán un gran pedazo de macrocosmos en ellos que habrá sido trabajado laboriosamente en imágenes terrenales.

Nosotros ya llevamos una parte del cosmos en nosotros, sólo que no lo sabemos con nuestro conocimiento ordinario. Según progresamos hacia el conocimiento espiritual a través de la Imaginación, la Inspiración y la Intuición, nuestras experiencias internas serán cada vez más maravillosas y magnificentes en nuestra alma. Simplemente considerad el ojo humano como es conocido para nuestra consciencia ordinaria hoy. Aunque este ojo humano es un cosmos en cada uno de sus detalles, maravilloso y magnificente como el macrocosmos. Incluso sólo en el cuerpo físico cada órgano se revela como todo un maravilloso mundo. Cuando un ser humano mira a su alrededor como un iniciado, ve un mundo allí abajo con elementos y allí arriba con estrellas, con el sol y la luna. Cuando mira en sí mismo ve cada órgano, ojo, oído, pulmones, hígado, etc., cada uno de ellos un mundo por derecho propio. El cuerpo físico del ser humano es un tremendo entretejer e interpenetración de mundos, mundos que están completos, mundos que están, aunque sólo estén presentes en forma de semilla, mundos que son perceptibles sensorialmente, ya sea en forma suprasensible a medias o en forma completamente suprasensible. Según progresa el ser humano a través de muchas evoluciones reúne cada vez más mundos en sí mismo.

Podemos discernir el ser humano al comienzo de Antiguo Saturno justo en el comienzo del ser humano, con ningún mundo todavía en él. Lo primero que sintió durante la evolución de Antiguo Saturno fue que él era un cuerpo de calor; él percibía las dimensiones de este cuerpo calórico. Expresado en un diagrama podríamos decir que en Antiguo Saturno el ser humano se sentía a sí mismo como calor, pero gradualmente, habiéndose sentido al principio como una especie de molusco calórico, él notaba algo como una colección de diferentes temperaturas, y después algo como una piel exterior, una piel calórica, aunque algo más fresca en temperatura que el calor del interior. Él sentía en su interior estar algo más caliente, con múltiples variaciones, mientras que la piel calórica exterior tenía un calor de menor intensidad.

Podemos describir todo esto en el lenguaje de hoy, pero hay algo abstracto en nuestro lenguaje. Carece del poder de encantamiento con el que conjurar ante nuestras almas la magnificencia de tales imágenes cuando miramos en eones pasados justo hasta Antiguo Saturno. Aquellos que son conmovidos incluso ligeramente por estas visiones también serán conmovidos por la sagrada reverencia con la que tales cosas se trataban en los Antiguos Misterios. Tan tardíamente como en los Misterios ctónicos de la antigua Grecia estas cosas eran tratadas de una manera que reconocía al ser humano de Antiguo Saturno que aún no poseía la piel calórica, y sabían sobre este ser humano de Antiguo Saturno que la primera cosa que tomó para sí mismo del mundo circundante fue la piel calórica que imitaba al mundo en su configuración. Esa fue la primera cosa que el ser humano asumió del mundo.

Cuando el ser humano era aún un ser calórico, ¿qué parecían estas experiencias internas subjetivamente en el alma? Su experiencia interna era puro asombro sobre el mundo. La única manera de expresar lo que experimentaba es decir que era puro asombro. El calor no puede ser comprendido como otra cosa que puro asombro. Externamente es calor, internamente es experimentado como puro asombro. Es sólo a causa de que la gente se ha vuelto tan tosca en sus conceptos que hablan sobre la incapacidad de explicar la ‘cosa en sí misma’ como hizo el viejo Kant. La ‘cosa en sí misma’ del calor es asombro, y el ser humano de Saturno era tanto asombro como calor. Vivía en el asombro, en estupefacción sobre su propia existencia, pues él estaba justo embarcándose en esta existencia. Esto es Alfa: el ser humano de Saturno, el ser humano calórico viviendo en el asombro. Y lo primero que el ser humano experimentó como mundo, como el alojamiento exterior proporcionado por el mundo, la piel, esto es Beta, el ser humano en su casa, en su templo. La casa fue lo primero que el ser humano recibió del mundo: la piel, Beta.

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Si procedemos de esta manera a través de todo el alfabeto, procedemos a través del mundo. Después de tomar gradualmente en sí mismo todo lo que es mundo y de llenar todo su ser con él, cuando llegue a Vulcano habiéndose unido con el contenido completo del mundo, de este gran Todo al que pertenece, el ser humano se habrá convertido en el que era al comienzo de la condición de Saturno más todo el mundo. Será Alfa y Omega, el hombre que une en sí mismo todo lo que es mundo. Al decir ‘Yo soy Alfa y Omega’ en la manera en que el Libro del Apocalipsis de Juan lo hace, hemos designado lo que el ser humano será al final de la condición de Vulcano. Al final de la condición de Vulcano al ser humano, también, le será permitido decir: Yo soy Alfa y Omega.

Miremos lo que nos hemos imaginado como el comienzo, el medio y el final de la evolución de la humanidad, miremos esto en conjunción con el Misterio del Gólgota. En el ser que encarnó en Jesús a través del Misterio del Gólgota tenemos en el mundo –apenas a medio camino de la evolución humana– un ser que ya está en la etapa de la evolución del mundo que el ser humano habrá alcanzado al final de la condición de Vulcano. Tenemos un ser como un dios, tal como lo será el hombre al final de la condición de Vulcano.

¿Qué es ser dios comparado con el ser humano? Ser dios comparado con el ser humano significa que en la corriente del tiempo el dios es aquello que el hombre será posteriormente. No digáis que esto es equivalente a bajar al dios al nivel del hombre o incluso hacer al dios a partir del hombre. El dios no se convierte en hombre. Para la visión suprasensible el tiempo es realidad simultánea, aunque esto pueda sonar paradójico. El intervalo entre el hombre y dios se demuestra por lo que sucedió en el tiempo del Misterio del Gólgota. Al tratar de comprender tales cosas uno no debe relacionar entre sí tiempos diferentes, ni seres que pertenecen a tiempos diferentes.

En escritos como el Libro del Apocalipsis de Juan se expresan muchas cosas aún en el lenguaje de los Misterios, así que sólo pueden ser comprendidas si el significado puede ser descifrado a partir del lenguaje de Misterios. No es sorprendente que el escritor del Libro del Apocalipsis hablara en el lenguaje de Misterios, pues en su día la gente aún estaba familiarizada con él. Sabían que los sonidos del lenguaje eran seres suprasensibles, que Alfa es el ser humano como ser suprasensible al comienzo de su existencia, que cuando nos movemos de Alfa a Beta, nos movemos del ser humano al mundo, incluyendo el mundo divino, y que cuando nos movemos a través de todos los sonidos del alfabeto hasta Omega estáis tomando en vosotros mismos la totalidad del mundo divino.

Es un hecho inquietante hoy que los sonidos del lenguaje no sean sino nimiedades en lo que nos concierne. ¿Qué son los sonidos del lenguaje sino nimiedades hoy en día? No sabéis mucho si sólo conocéis el ABC. Tales cosas son nimiedades, pero son nimiedades que apuntan hacia atrás a un comienzo donde había seres divinos, espirituales. El alfabeto completo era la suma de esos seres divinos, espirituales. Los sonidos eran dioses, resonando hacia el ser humano desde todas partes, sonidos tales como A, B, Alfa, Beta: el ser humano, el ser humano en su hogar, etc. Alfa y Omega: el ser humano con el mundo entero. Cuando los pronunciaban, los seres humanos experimentaban los sonidos del lenguaje como aquello que los llenaba de espíritu.

El último resto del espíritu divino viviente en los sonidos estaba aún presente cuando se entonaba el culto en la tercera época de Misterios. En la parte más temprana de aquella era esto se entendía aún bien. Cuando los seres humanos entonaban, uno tras otro, los sonidos de lo que es hoy nuestro alfabeto abstracto, tradicional, estaban entonando el Verbo cósmico. A través de lo que entonaban se unían con todos los dioses. En el comienzo fue el Verbo, esto significa lo mismo que cuando Cristo dice: ‘Yo soy el Verbo’, o ‘Yo soy el Alfa y el Omega’.

El Libro del Apocalipsis está escrito en el lenguaje de los Misterios, así que utiliza expresiones que se remontan a los grandes tiempos en que los seres humanos sentían que el macrocosmos era un Todo universal hablado. Los sonidos del lenguaje, que en tiempos antiguos denotaban la más alta espiritualidad para los seres humanos, han sido reducidos a insignificantes sombras hoy. Debemos aprender a sentir lo que ha sucedido. Los sonidos están ahí, pero los dioses ya no están en los sonidos en lo que concierne a los seres humanos. Los dioses se han alejado de los sonidos. Seres Ahrimánicos están ahora ocultos de una manera demoníaca en los sonidos de nuestro lenguaje. El mito popular de que los sonidos de nuestro lenguaje contienen algo de magia negra si pueden mantenerse rígidos es algo que tiene fundamento. Esto es mantenido correctamente por la imaginación popular saludable, pues los sonidos divinos del pasado se han ahrimanizado. Los dioses de la antigüedad se han alejado de los sonidos y seres ahrimánicos han entrado en ellos. Si no podemos encontrar el camino de vuelta de esta relación, entonces incluso a través del habla los seres humanos estarán cada vez más parasitados de poderes ahrimánicos.

Estos son la clase de sentimientos con los que debemos acercarnos al Libro del Apocalipsis. Sólo entonces el contenido que éste sitúa ante nuestras almas será revelado en todo su poder y grandeza. ¿Pues qué es lo que el escritor del Apocalipsis quiere? Quiere lo que todos aquellos que hablan correctamente sobre Cristo a partir del conocimiento genuino también quieren.

Juan quiere presentar a Cristo a la humanidad. Atrae la atención hacia el hecho de que Cristo está aquí. Él comienza el Libro del Apocalipsis diciendo que Cristo está aquí. Traducidas a nuestro lenguaje, las primeras palabras del Libro del Apocalipsis significan simplemente: ¡Contemplad la aparición de Jesucristo! ¡Mirad, quiero mostraros esta aparición de Jesucristo que Dios ha dado!

Lo primero que el escritor del Apocalipsis hace a su manera, de forma apocalíptica, es señalar que Cristo desea aparecerse ante la humanidad. Pero entonces dirige inmediatamente la atención al hecho de que no sólo pretende anunciar la aparición, la Imaginación de Jesucristo, que hasta cierto grado presupone la habilidad de ver espiritualmente, sino que también pretende dirigir la atención hacia el hecho de que el poder del mundo divino que ha traído esta aparición al mundo también ha traído una descripción en palabras de esto que se ha hecho visible al ojo espiritual.

Estas palabras, que son del mismo Dios, son la interpretación de la aparición de Jesucristo, y Dios las ha enviado a través de un ángel a su siervo Juan. Así es como debemos comprender el comienzo del Libro del Apocalipsis.

Realmente, hay dos cosas en cuestión. Primero está el asunto de una Imaginación, una imagen de Cristo, y en segundo lugar está el asunto del mensaje de Cristo. Lo que se dice en la segunda frase –aquello que Juan presenció y que él atestigua– es la aparición de Cristo y la interpretación de su aparición: Cristo en una imagen y Cristo descrito en palabras. La intención del escritor del Apocalipsis es situar ante los seres humanos a Cristo en una imagen y en palabras.

Esto apunta inmediatamente a algo que era obvio para la gente de aquellos tiempos pero que mientras tanto se ha perdido completamente para la humanidad. En nuestra paupérrima psicología hablamos hoy de una percepción sensorial y de una imagen mental. Y para hacer el asunto lo más empobrecido posible la gente dice que las percepciones sensoriales son provocadas por los sentidos, y que las imágenes mentales son producidas por los seres humanos en su mente. Todo es simplemente subjetivo; no hay nada cósmico. La gente puso las interpretaciones de Kant sobre un mundo rico y olvidó completamente que los seres humanos existen en medio del universo.

El elemento intuitivo del Verbo se ha marchitado en nosotros para convertirse en imágenes mentales empobrecidas, el elemento intuitivo del Verbo es la segunda cosa enfatizada por Juan, testificada por Juan. El escritor del Apocalipsis nos presenta la aparición de Cristo como lo que podríamos llamar una percepción de lo suprasensible. Debemos por tanto decir:

  • Ver la aparición de Jesucristo, dada por Dios para mostrar a sus siervos lo que debe suceder en el transcurso de un corto espacio de tiempo.

Explicaré estas palabras después.

Dios lo ha puesto en palabras y lo ha enviado a través de su ángel a su siervo Juan. Juan ha sido testigo del Verbo de Dios y de la aparición de Jesucristo, al que ha visto.

Juan quiere dar a los seres humanos lo que ha recibido de Dios en la letra y lo que ha visto.

Es necesario que reconsideremos la escritura del cristianismo de esta manera concreta. Y es vuestra tarea como sacerdotes –vosotros que queréis ser sacerdotes desde el más profundo y honesto impulso de vuestros corazones- traer de nuevo la concreción de vuelta a la escritura. Pues es un hecho que la gente que lee los Evangelios en el lenguaje de hoy son deshonestos si dicen que las entienden. Lo que acabo de explicaros es lo que se dice al principio del Libro del Apocalipsis.

‘Revelación de Jesucristo’, leemos en una traducción, ‘que Dios le concedió, para que mostrase a sus siervos las cosas que han de suceder pronto, dadas a conocer por medio de un ángel a su siervo Juan’[1]. Esto es lo que allí está escrito, y es proclamado a través del mundo como la formulación del Libro del Apocalipsis. Aunque nadie pueda realmente imaginarse lo que significa. Lo mismo pasa en el caso de la mayor parte de los Evangelios. Es por los esfuerzos para persuadir a la gente de que hay significado en un texto que ya no representa lo que fue originalmente escrito en él, que la gente ha llegado a creer gradualmente que uno no debería ni siquiera tratar de indagar con mayor profundidad en los Evangelios. De hecho, ¿cómo debería uno emprender dicha tarea? Si leéis los Evangelios en cualquier lenguaje moderno ya no podéis comprender nada, si sois honestos. Lo que leéis en los Evangelios en estos idiomas modernos ya no expresa nada. Uno debe volver a lo que fue escrito originalmente, como acabamos de hacer con las dos primeras frases, y haremos esto con otras frases también.

La gente también dice que para determinados pasajes de los Evangelios uno debe volver al texto griego. Bien, con todo el respeto debido a nuestros contemporáneos que hacen esfuerzos tan honestos para comprender el griego, tengo que decir que en realidad nadie puede comprender el griego antiguo hoy porque ya no tenemos en nosotros lo que los griegos tenían en ellos cuando hablaban y cuando escuchaban. Cuando escuchamos a alguien, o cuando hablamos nosotros mismos, no somos sino sacos de harina. Nos quedamos tan pasivos internamente como la harina en un saco bien empaquetado. Esto no era así en el caso de los griegos. La consciencia del griego vibraba cuando escuchaba; se hacía vivo internamente, y a partir de esta vitalidad él hablaba. Las palabras que escuchaba y aquellas que él pronunciaba eran cuerpos vivos, estaban vivas para él. Y mirad los pueblos de Oriente. Puede haber decadencia hoy en ellos, pero no son como los europeos que ya no pueden oír internamente nada en absoluto que esté vivo cuando hablan o escuchan. Escuchar un poeta oriental como Rabindranath Tagore, escuchar cómo aquella gente, incluso en sus pocos ejemplos importantes, representan el tejer interno y la vida que puede vivir en el lenguaje.

Hoy la gente cree que tienen lenguaje si poseen un diccionario con palabras inglesas en un lado y alemanas en el otro. Son perfectamente felices de escribir las palabras alemanas que se corresponden con las inglesas. No tienen la menor idea del hecho de que uno está saltando por encima de un abismo, que uno está entrando en un mundo completamente distinto, y que lo que vive en un lenguaje debería ser tratado como algo divino.

La gente debe ser consciente de esto una vez más. Entonces, internamente, exigirán regresar a aquello que vibra dentro de las antiguas comunicaciones tales como el Libro del Apocalipsis que conjura ante su alma la aparición de Jesucristo. Como una poderosa aparición, ciertamente, ésta permanecerá ante nuestra alma si podemos verla como si el elemento completo de las nubes fuera a reunirse de repente y presentársenos con un maravilloso esplendor, tomando forma humana y angélica. Como si el pasado, el presente y el futuro fueran a surgir de la sustancia de las nubes, revelando el contenido de sustancia espiritual del mundo que incluye dentro de él al ser humano, así es como se representa la aparición de Jesucristo.

La aparición es al principio de tal índole que nos quedamos silenciosos ante ella, haciéndonos uno con el mundo y dejando de existir para nuestra propia consciencia. Permanecemos ante la aparición de tal manera que sólo ella está allí, mientras que nosotros mismos nos convertimos en nada. Entonces, detrás de la aparición, nos hacemos conscientes de Dios que se revela, el Dios Padre que nos ha dado la aparición. Detrás de la aparición Él da las palabras inspiradoras. Las palabras que son la interpretación de la aparición, este es su secreto. Pero ha llegado el momento en que el secreto revelado por Dios a un ángel que lo porta hacia abajo hasta los seres humanos como un mensaje en una carta de Dios, a lo largo del mismo sendero tomado por la Inspiración de Dios a los seres humanos.

Cuando el ser humano ha quedado en silencio, ha desaparecido, ha sido absorbido en la aparición, comenzando no sólo a ser él mismo sino también a asumir internamente el mensaje de Dios, del que primero debe romper los sellos, los siete sellos que lo cierran, haciéndolo la carta de Dios que está sellada con siete sellos, cuando esto sucede, el ser humano mismo se convierte en lo que está escrito en la carta. Entonces el ser humano comienza a contemplar lo que está escrito en la carta como el ser de su propio ‘Yo’. Entonces el permanece ante la aparición lleno de ideas divinas, con el concepto divino, con la imagen espiritual interna de la aparición.

Cuando os imagináis al Sacerdote Juan ante la aparición de Jesucristo, perdiendo su identidad sin egoísmo, cuando le veis recibiendo de los ángeles la carta de Dios sellada siete veces, cuando veis surgiendo en él la decisión de romper los sellos e impartir el contenido a la humanidad, entonces tenéis la imagen, la Imaginación, que permanece al comienzo del Libro del Apocalipsis. Debemos comprender lo que él asume como el Verbo, y que es como he descrito en la Imaginación. Esto es lo que el escritor del Apocalipsis quiere impartir. Por tanto, él dice: Bendito aquel que lee y escucha las Palabras del macrocosmos, que absorbe y preserva para sí mismo lo que está escrito en el libro –si puede comprenderlo– pues el momento ha llegado.

Ha llegado ciertamente. No hay nada arbitrario en esto. Pertenece al karma de la Comunidad para la renovación cristiana que estemos ahora hablando de todo esto en relación con el Libro del Apocalipsis.

[1] Steiner utilizaba la traducción de la Biblia de Martín Lutero. Lo citado aquí es de la Versión Autorizada

GA346c2. Cambios en la experimentación de la Transubstanciación en las diferentes épocas de Misterios.

Del ciclo: El Apocalipsis y el trabajo del sacerdote

 

Rudolf Steiner — Dornach, 6 de septiembre de 1924

English version

 

Miraremos primero con más detenimiento la conexión entre el Acto de Consagración del Hombre y lo que se entiende por apocalipsis, o revelación, antes de considerar el Libro del Apocalipsis de Juan, y su importancia para el trabajo presente y futuro del sacerdote.

Ayer nuestra tarea fue señalar las tres épocas pasadas de los Misterios en cuanto que buscaban usar lo que tenía lugar dentro del sacerdote para transportarle a una actitud apocalíptica. Hablamos de Misterios muy antiguos en que los dioses mismos descendían para trabajar en los Misterios junto con los seres humanos. También hablamos de Misterios semiantiguos en los que los dioses enviaban sus fuerzas hacia abajo, de tal modo que al vivir en estas fuerzas divinas los seres humanos fueron capaces de trabajar junto con los dioses en el cosmos.

Señalé que el sendero comenzó a conducir en la dirección contraria en la tercera época, la de los Misterios seminuevos. Aquí el ser humano moldeaba las fuerzas, que él mismo tenía que desarrollar primero, de una manera tal que le condujeran arriba hacia los dioses. Vemos cómo al entonar el Verbo mágico en el culto ceremonial –ya fuera pronunciando el Verbo mágico en el humo como mencioné ayer, causando que la Imaginación apareciera en el humo a través del Verbo, ya fuera el Verbo mismo vivido directamente en la actitud anímica completa del ser humano- el ser humano buscaba el sendero hacia lo divino, hacia las fuerzas espirituales del cosmos de tal manera que era en el Verbo en el que uno veía la actuación del mundo espiritual divino.

Este desarrollo de un sentido religioso específico por los seres humanos –algo que sólo puede ser descrito separadamente- estaba siempre en paralelo a la precondición necesaria para ello: una particular forma de Transubstanciación que era el punto focal del sagrado acto de consagración del hombre. Los sacerdotes hoy y en el futuro cercano están llamados a experimentar esta Transubstanciación, y con ella todo lo que pertenece verdaderamente al trabajo del sacerdote, en una nueva forma. Esto no será fácilmente posible sin una profunda comprensión de en qué consisten la Transubstanciación y el apocalipsis en la vida real en las cuatro etapas sucesivas de la evolución humana.

Hemos visto un aspecto: el Acto de Consagración del Hombre y la forma más antigua de producir la Transubstanciación. Vemos que los tiempos en que los dioses encuentran el camino hasta los seres humanos son aquellos que representan la diferencia entre lo que los seres humanos pueden calcular como la secuencia de las estaciones en el curso del año y lo que tiene lugar en el cosmos. Los dioses descendían en aquellos períodos sagrados del tiempo que eran como apartados, aquellos períodos sagrados en los que el ser humano tenía que insertar algo porque el curso del cosmos no coincidía con sus cálculos. Durante aquellos períodos en que los seres humanos tenían que situarse directamente bajo la influencia del cosmos para llevar a cabo la Transubstanciación, preservaban parte de las sustancias que eran entonces transformadas por el cosmos para poder utilizarlas y producir la Transubstanciación en las estaciones sucesivas.

El lugar apropiado en que debían estar los sacerdotes y los profanos cuando la Transubstanciación tenía lugar era bajo tierra, en cavernas en los acantilados. En los tiempos de los antiguos Misterios cuando se desarrolló la plena consciencia de la presencia de los dioses y el significado de la Transubstanciación, vemos por todas partes que la gente procuraba celebrar la ceremonia sagrada en templos de roca, en templos subterráneos.

El hecho de que procuraran hacer esto está relacionado con las experiencias que los sacerdotes tenían durante la Transubstanciación. En la Transubstanciación la substancialidad de la materia terrenal era transformada. De hecho, el proceso completo incluía el hecho de ingerir la sustancia que ha experimentado la Transubstanciación, de tal modo que en este sentido las dos partes principales del Acto de Consagración del Hombre –la Transubstanciación y la Comunión- forman una unidad, con la lectura del Evangelio y el Ofertorio como preparación. Si contemplamos de esta manera la Transubstanciación y la Comunión como un único acto sacerdotal, un acto único dentro del ceremonial del culto, podemos apuntar a la interpretación adoptada por aquellos en los Misterios más antiguos que eran conocidos como los ‘Padres’. Esto era un grado obtenido en la iniciación, el grado de ‘Padre’. Esta designación, ‘Padre’, sigue siendo hasta este día el nombre de los sacerdotes en muchas confesiones.

Cuando celebraba la Transubstanciación en el templo subterráneo, el templo de roca, el sacerdote experimentaba cómo su organismo físico se hacía uno con toda la tierra. Por eso se utilizaban templos en las rocas, templos subterráneos. Incluso cuando vivimos entre el nacimiento y la muerte en nuestra consciencia terrenal ordinaria debemos, después de todo, sentirnos en realidad uno con el cosmos a nuestro alrededor. Así es como ha sido a lo largo de toda la evolución terrenal de la humanidad.

El aire que tenéis ahora dentro de vuestro cuerpo estaba hace un momento fuera de él, y dentro de un instante estará fuera de nuevo. El aire dentro de vuestro cuerpo forma una totalidad con el aire fuera de vuestro cuerpo. El fenómeno completo es como sigue: Hay un océano de aire, y cuando inspiráis, una parte de este océano de aire se transforma en vuestro interior. El aire es inhalado, se filtra hasta el último resquicio, llenándoos enteramente y convirtiéndose en una forma humana. Esta forma humana se disuelve una vez más en el océano de aire cuando lo exhaláis. El ser humano aeriforme viene constantemente al ser y muere de nuevo, sólo que no somos conscientes de lo que está sucediendo.

Cuando los antiguos yoguis Indios hacían sus ejercicios respiratorios eran conscientes de lo que estaba sucediendo. No se sentían separados del océano de aire de la tierra; se sentían uno con él; en cada sístole y diástole sentían un continuo venir al ser y morir del ser humano aeriforme. Esto puede sentirse muy fácilmente simplemente efectuando ejercicios respiratorios, sólo que ya no es algo apropiado para las personas de estos días.

El ser humano del mundo físico no es únicamente un ser humano terrenal. Es un ser humano terrenal cuando lo que llamamos el cuerpo físico está activo fundamentalmente en él, pero también es un ser humano fluido. El ser humano completo está lleno de fluido circulante, de tal modo que el ser humano terrenal y el ser humano fluido actúan y se influencian el uno sobre el otro mutuamente. El ser humano fluido depende fundamentalmente del cuerpo etérico, pues las fuerzas del cuerpo etérico actúan menos en lo que es sólido y más en lo que es líquido.

Además también tenemos en nuestro interior el ser humano aeriforme y el ser humano calórico. El ser humano aeriforme que se ocupa de la respiración está bajo la influencia del cuerpo astral, y el ser humano calórico está principalmente influido por el trabajo de la organización del ‘Yo’. Sólo necesitáis considerar los diferentes grados de calor que encontráis cuando tomáis la temperatura de diferentes partes de vuestro cuerpo, externa o internamente. Incluso este método bastante tosco de medir la temperatura muestra que el ser humano es un organismo calórico diferenciado.

Así encontramos los cuatro elementos en el ser humano: la tierra influida por el cuerpo físico, el agua influida por el cuerpo etérico, el aire influido por el cuerpo astral y el calor, el fuego, influido por la organización del ‘Yo’.

Lo que sucedió con los antiguos ‘Padres’ a través de la Transubstanciación combinada con la Comunión fue que sintieron su organización física en sus vínculos con la tierra cuando bajaron al templo de roca o al templo subterráneo para hacerse uno con esta evolución terrestre.

Todo lo que la gente piensa hoy sobre la naturaleza de su propio ser –piensan ‘científicamente’, eso dicen- es en realidad completamente erróneo, o incluso tonterías, pues realmente hemos de tener imágenes interiores bastante distintas del ser humano. Estas imágenes interiores son lo que surgió en los antiguos ‘Padres’ desde el sagrado sacrificio para la consagración del hombre a través de una visión directa provocada por la Transubstanciación. Ellos sabían que no solo respiramos aire a través de nuestros órganos respiratorios, sino que también asimilamos incesantemente todo tipo de sustancias del cosmos a través de nuestros órganos sensoriales, a través de nuestro pelo, a través de nuestra piel todo tipo de sustancias son incesantemente absorbidas del cosmos. Igual que alguien respirando conscientemente siente el aire al ser inhalado dentro de sus órganos respiratorios, del mismo modo el sacerdote sentía en los tiempos antiguos las sustancias del ambiente silíceo, en el que se encontraba en el templo subterráneo de la consagración, entrando y llenando su organismo nervioso y sensorial. Igual que el ser humano aeriforme siente el aire moviéndose cuando respira conscientemente, del mismo modo estas sustancias llenan el organismo completo. Los sacerdotes de los tiempos antiguos sabían que nuestro sistema metabólico y nuestras extremidades no reciben nada en su estructura de lo que comemos. Nada de lo que comemos va a nuestro sistema de extremidades y metabólico.

Las sustancias son absorbidas del cosmos. Toda la actual teoría nutricional es falsa. El ‘Padre’, mientras celebraba el ritual, sentía lo que es comido y transformado por el sistema digestivo moviéndose hacia arriba desde el ser humano metabólico dentro del ser humano de los nervios y los sentidos, especialmente la cabeza. Él sabía: Lo que como es transformado en mí en la sustancia de mi cabeza y todo lo que está conectado con ella; lo que construye los órganos en mí, que se ocupan del metabolismo es absorbido desde el cosmos a través de una forma más sutil de respiración. Él sentía las sustancias del cosmos siendo absorbidas desde todas partes a través de los sentidos y los nervios y entonces iban a constituir su sistema metabólico y sus miembros. Él sentía la corriente descendente que se origina a partir de todas las direcciones del cosmos y fluye en su organismo desde arriba hacia abajo. Y sentía cómo lo que tomamos directamente en forma de alimento es transformado primero dentro de nuestro cuerpo antes de volverse en la dirección opuesta para ir a constituir la parte superior de nuestro ser humano.

Cuando celebraba la Transubstanciación, el ‘Padre’ tenía dos corrientes en su interior, una fluyendo hacia arriba, la otra hacia abajo. Cuando procedía entonces a la Comunión él sabía, al haberse hecho consciente de su cuerpo físico en estas corrientes, que estaba vinculado al cosmos. Lo que acababa de recibir a través de la celebración en el altar lo incorporaba en las corrientes descendentes y ascendentes de su interior; habiéndose hecho uno con la tierra, incorporaba lo que había preparado en el altar dentro de las corrientes que pertenecían tanto a la tierra como a su cuerpo, lo incorporaba en lo divino de la tierra, que es un espejo del universo. Él mismo sabía que era uno con el universo, con aquello que estaba fuera de él. Él sabía que esta Comida, en la que él había participado de esta manera, era una Comida solemnizada por su ser humano cósmico. Por medio de lo que estaba fluyendo en las corrientes ascendentes y descendentes él sentía florecer en su interior al ser humano divino que estaba autorizado a ser un compañero de los dioses que habían descendido. Sentía que estaba siendo transformado en un ser humano divino, que él mismo estaba siendo transubstanciado por los dioses en su cuerpo físico. Este era el momento en el que hablaba desde las profundidades de su corazón: yo no soy ahora el que camina en el mundo físico; yo soy aquél en el que está viviendo el dios que ha descendido. Soy Aquél cuyo nombre está compuesto por todos los sonidos del habla, Aquél que estaba en el principio, que está en el medio y que estará en el final. Yo soy el Alfa y el Omega.

De la manera en que su ser interior tomaba forma, por medio de esta forma de sentir todas las cosas, dependía el grado hasta el cual era realmente capaz de participar de los secretos del cosmos, en lo divino que actúa y crea en el cosmos, en la revelación de fuerzas, sustancias y seres en el cosmos bajo la influencia de la creatividad divina, espiritual. Esto era lo que significaba desempeñar el trabajo de sacerdote en los antiguos Misterios.

En los Misterios semiantiguos los templos ya no eran construidos bajo tierra, o si lo eran, se hacía a partir de una tradición que ya no se comprendía; la tradición continuaba pero el contenido viviente se había perdido. En los templos que se habían ahora levantado en la superficie de la tierra se daba gran importancia a todo lo relacionado con el agua consagrada, con las abluciones y otras ceremonias que involucraban el agua.

Estas tradiciones aún perduran hoy en la forma en que se realiza el bautismo por inmersión en el agua. Lo que el sacerdote celebraba tenía ahora menos que ver con el elemento real y más con el hecho de que a través de la fuerza interna invocada en la celebración, el ser humano fluido, aquél en que las fuerzas del cuerpo etérico estaban en acción, ahora se hacía uno con el universo. Cuando se lograba la Transubstanciación en aquellos tiempos y cuando todo lo que la precedía y venía después de ella tenía que ver con el elemento fluido de una manera u otra, el ser humano sentía de nuevo cómo la organización del cuerpo etérico estaba actuando en él, esta vez temporalmente. A través del cumplimiento de la Transubstanciación el ser humano sentía cómo su crecimiento desde la niñez hacia delante tomaba forma bajo la influencia del elemento fluido, cómo se moldeaba a sí mismo cada vez más y cómo el cuerpo etérico está activo en este fluir desde el pasado a través del presente y hacia el futuro.

Igual que los sacerdotes de los tiempos antiguos sentían a través de su cuerpo físico que eran uno con el elemento tierra, del mismo modo el que celebraba la Transubstanciación en los Misterios semiantiguos de la segunda época de Misterios se sentía uno con todo lo que es acuoso en el cosmos entero. Dentro de sí mismo sentía las fuerzas del crecimiento de todas las cosas vivas que germinan, brotan, crecen y se despliegan para convertirse en un organismo desarrollado, y contrayéndose después en una semilla. Al celebrar la Transubstanciación él sentía esta actividad germinal, viviente y decadente. En todo momento era capaz de decirse a sí mismo: Ahora sé cómo los seres crecen en el mundo y cómo los seres mueren en el mundo. Las fuerzas elevadoras y descendentes de lo etérico estaban activas en él. Podríais decir que sentía la eternidad en la sagrada Transubstanciación.

Tomando la Transubstanciación y la Comunión una vez más como un único acto de consagración, una sola celebración, el sacerdote sabía que las sustancias transformadas en la forma descrita ayer se estaban fundiendo con su ser humano etérico, fluido. Él se sentía uno con todo lo que preserva la inmortalidad, que viene al ser y muere de nuevo, que nace y muere en el universo. El nacimiento y la muerte vagan sobre el altar y hacia abajo desde el altar hacia la multitud de fieles y entre ella. A través de uno fluían sentimientos de eternidad, y era este ser atravesado por sentimientos de eternidad que ocupaban el lugar de lo que sucedía antiguamente, cuando había sido un sentimiento de ser uno con el cosmos entero a través de la Tierra.

Cuando llegó el tercer período, el ser humano iba a experimentar conscientemente a través del sagrado acto de consagración del hombre cómo él se hacía uno con el elemento aéreo, y a través del elemento aéreo con el cosmos.

Allá en Oriente cuando un individuo se esforzaba en soledad como un yogui, éste utilizaba un método diferente para hacerse consciente de la corriente de las fuerzas cósmicas divinas, espirituales, suprasensibles mediante la inhalación y la exhalación. Él tenía un control directo de la respiración. En Asia Occidental e, incluso aún más, en Europa occidental, no había un control directo de la respiración indiferenciada; aquí el Verbo mágico era entonado con la respiración. Así la respiración, el aire fluyendo dentro y fuera del ser humano, era controlada con el Verbo mágico, el Verbo cultual. De esta manera sucedió que el esfuerzo ascendente de las fuerzas humanas hacia las fuerzas divinas se experimentaba, se revelaba, ya fuera en lo que se pronunciaba en el humo sacrificial o directamente a través de la entonación del Verbo mágico, cultual. Uno se sentía como si estuviera entonando el Verbo mágico, cultual, las palabras de la plegaria. En general toda plegaria significa lo siguiente. Significa que el ser humano está esforzándose en elevarse con sus fuerzas a la región divina, espiritual; allí se encuentra con los dioses. Y cuando él entona allí el Verbo ya no es él quien habla, es el dios el que habla en el Verbo cultual, revelándose en el elemento aéreo. A través de su cuerpo astral el ser humano se sentía dentro de lo que rige las fuerzas del aire.

Considerad ahora cuán tremenda, cuán fuerte fue la transición desde los Misterios semi-antiguos a los Misterios seminuevos, desde la segunda época a la tercera. Lo que los antiguos ‘Padres’ experimentaban era experimentado en el cuerpo físico. Era una intensificación de la actividad del cuerpo físico. Lo que el sacerdote del sol de la segunda época experimentaba, cuando entonaba el Verbo cultual y sentía la corriente de las fuerzas divinas, espirituales, se experimentaba en el cuerpo astral. Para la consciencia ordinaria el cuerpo astral, incluso entonces, era sólo relativamente un mediador de la consciencia. Sólo en los tiempos más recientes de la tercera época eran aún capaces los sacerdotes de sentir en el Verbo mágicamente pronunciado: Cuando yo hablo, el dios está hablando en mí. Pero esto se desvaneció con el tiempo. La forma en que actúa el cuerpo astral seguía siendo desconocida por la consciencia, que iba incrementándose paulatinamente. Para la consciencia de hoy en día la forma en que actúa el cuerpo astral es completamente desconocida. Por tanto, poco a poco, el contenido verbal del culto se convirtió en algo que para el elegido significaba la presencia del dios, y para aquellos que no eran elegidos se convirtió simplemente en algo que no llegaba a su consciencia.

Esto se convirtió cada vez más en la regla con un gran número de sacerdotes que servían en la iglesia católica. El acto de consagración del hombre, la Misa, se convirtió gradualmente en algo celebrado por el sacerdote, aunque él mismo ya no estaba presente en ella. Uno no puede, sin embargo, celebrar con estas Palabras entonadas sin la incorporación de seres aéreos, o, en otras palabras, sin la presencia del espíritu. No hay nada materialmente moldeado que el espíritu no tome inmediatamente como su morada. Así si el acto de consagración se celebra con el verdadero Verbo cultual, incluso por el sacerdote más indigno, hay siempre presente algo espiritual, aunque quizás no sea su alma. Por tanto, suceda lo que suceda, los creyentes están presentes en un acto espiritual si la liturgia es correcta.

Una vez que esto había decaído cada vez más en la etapa final de la tercera época, las denominaciones más racionalmente inclinadas, las denominaciones protestantes, creyeron que podían arreglárselas sin celebrar el culto en absoluto. No había ya ninguna consciencia de la importancia del culto, de la colaboración directa, real, de los seres humanos con los dioses. Esto condujo a los tiempos de experiencia interna en los que ahora vivimos. El acto de consagración del hombre, que trae la vida divina, espiritual directamente a la tierra, se ha convertido gradualmente en algo incomprensible. Lo que debería experimentarse a través de él, es decir, el apocalipsis o la revelación, se ha hecho incomprensible.

Tales fueron, básicamente, las experiencias que aquellos de vosotros habéis tenido, vosotros que vinisteis un día y dijisteis: Debe haber una renovación cristiana. Vosotros experimentasteis lo que vive en la civilización de hoy en día, lo que vive en la vida religiosa de hoy en día; experimentasteis la vida religiosa de todas las denominaciones como habiendo sido separadas del mundo espiritual genuino, real. Estabais buscando el camino de vuelta al mundo espiritual genuino y real.

Hemos alcanzado ahora la señal que nos conducirá directamente a las profundidades de los Misterios que están conectados con el Libro del Apocalipsis: que la Transubstanciación en la primera época está ligada con experiencias vividas con el cuerpo físico, en la segunda época las experiencias vividas con el cuerpo etérico, y en la tercera época las experiencias vividas con el cuerpo astral. Dependerá de vosotros y de vuestra experiencia interna el trabajar y entretejer del espíritu en el mundo para que el ‘Yo’ humano tome posesión del Acto de Consagración y del Libro del Apocalipsis.

Así se logrará una comprensión adecuada de la tarea a realizar a través de este movimiento para la renovación religiosa, que dependerá de lo que ha de hacerse, que ha de considerarse directamente como el desempeño de una tarea suprasensiblemente asignada a nosotros, una tarea que se sitúa al servicio de los poderes suprasensibles. Si falláis en comprender la profunda naturaleza de vuestra tarea, entonces lo que hacéis debe desvanecerse en la nada, y en tal caso habrá sido meramente una especie de inconveniente en la evolución actual del universo. En cambio, si comprendéis la profunda naturaleza de vuestra tarea, sentiréis que esta tarea ha sido vinculada desde el comienzo no con el trabajo de los seres humanos, sino con el trabajo de los dioses a lo largo de la evolución de la tierra. Entonces tendréis que deciros a vosotros mismos: Hemos sido convocados para participar en dar forma a la cuarta etapa de Misterios de la evolución humana sobre la tierra. Sólo si tenéis el coraje, la fuerza, la seriedad y la perseverancia de encontrar vuestro camino de esta manera hacia vuestra tarea, sólo entonces habréis situado vuestra tarea al servicio de aquellos poderes que permitieron que el contenido de aquel culto fluyera directamente del mundo espiritual cuando nos reunimos aquí hace dos años. Sólo entonces, aquello que habéis asumido a través del contenido de este culto, una revelación proveniente del mundo espiritual que como tal irradió sus rayos sobre vosotros, será real.

Entonces sentiréis acrecentadamente que es cierto que Cristo entró primero en la vida terrenal a través de un acto cósmicamente real, telúrico. El Misterio del Gólgota existe como un hecho real. Ha llegado ya el tiempo de que los seres humanos se unan con su ‘Yo’. La manera previa en que la Sagrada Cena era recordada estaba aún inmersa en la tercera época de Misterios, la época en que el cuerpo astral mandaba y regía sobre los efectos del culto que se cumplían en el elemento aéreo. Ahora, sin embargo, es necesario que los seres humanos unan su ser interior más profundo con el Cristo con plena consciencia, y comenzar a comprender el apocalipsis, la revelación, de una forma nueva.

¿Cómo se entendía la revelación en la primera época de Misterios? Se experimentaba como la presencia de los dioses que existen al comienzo, en el medio, y al final, que son el Alfa y el Omega.

¿Cómo se entendía la presencia de los poderes divinos en la segunda etapa de Misterios? Se experimentaba en lo que resonaba a través del universo como la música de las esferas, en el Verbo cósmico fluyendo del cielo a la tierra, el Verbo que todo lo ha creado, que en todo está creando, que en todo está vivo. En aquella época la gente experimentaba en un instante lo que hay en el comienzo, en el medio y en el final. Experimentaban el Alfa y el Omega en el Verbo cósmico, universal. En cualquier momento, en estas diversas épocas, en que se mencionaba el Alfa y del Omega –utilizando diferentes sonidos del lenguaje, quizás, aunque unos sonidos bastante similares a los del idioma griego- había siempre el esfuerzo en reconocer lo que está contenido realmente en este Alfa y Omega, en este Primero y en este Último.

¿Cómo se entendía la revelación, el apocalipsis en la tercera época de Misterios? Se comprendía en que el ser humano revelaba el Verbo cultual aún sólo semiconsciente. Cuando el ser humano entonaba este Verbo cultual semiconsciente y este entonces se transubstanciaba –lo cual ilustraré en un momento- es entonces cuando el apocalipsis, la revelación era percibida durante la tercera época. Quizás alguno de vosotros, o quizás la mayoría de vosotros, habéis tenido un día en que erais receptivos con vuestros sentidos y vuestra alma a impresiones del mundo exterior. Quizás oísteis alguna música y entonces os fuisteis a dormir bajo la impresión de esta música, y entonces os despertabais de nuevo en mitad de vuestro sueño. Quizás entonces sentíais como si estuvierais viviendo en una ondulación, pero una ondulación transformada, de la sinfonía que habíais oído durante el día. Así es como era para los sacerdotes durante la tercera época de Misterios. Lo que les sucedía puede compararse con la experiencia ordinaria que acabo de describir. Celebraban el acto de consagración con el Verbo cultual, experimentando cómo el dios se hacía presente en él. Habían enviado el Verbo cultual a lo alto, y el dios había fluido en el Verbo cultual. Salían del sagrado acto de consagración con la actitud en la que es adecuado salir de él. Experimentaban en lo que había sucedido en la transubstanciación no sólo el Verbo cultual humano en el que el espíritu divino se había hecho presente; experimentaban también cómo lo que habían pronunciado se había transubstanciado, transformado. Experimentaban fluyendo hacia ellos el eco suprasensible de lo que ellos mismos habían entonado en la liturgia de la Misa, transformado ahora, y trayéndoles revelación, apocalipsis. Como un regalo por el acto de consagración apropiadamente celebrado el dios revelaba apocalipsis. Así es como el apocalipsis se sentía en la tercera época de Misterios.

El individuo que sentía que había sido hecho sacerdote a través de Jesucristo mismo, el escritor del Libro del Apocalipsis, del que nos ocuparemos, era el primero en sentir algo que apenas ninguno o sólo unos pocos habían experimentado alguna vez. Él sentía cómo el contenido apocalíptico era absorbido en su propio ‘Yo’. Pues era el cuerpo astral el que absorbía el eco del que he hablado, cuando el dios daba el contenido apocalíptico como un regalo a cambio del Verbo.

El que escribió el Libro del Apocalipsis de Juan sentía su ‘Yo’ plenamente consciente como unido con el contenido que escribió en ese Libro. El estímulo inspirador de aquel sacerdote, el autor del Libro del Apocalipsis, que sintió haber sido designado por Jesucristo mismo, vino del entonces ya extinguido servicio de consagración de Éfeso. Él mismo sentía estar dentro de una continua celebración del antiguo y sagrado acto de consagración. Al sentir que su ‘Yo’ estaba completamente lleno con el significado del acto de consagración él ahora se sentía completamente lleno con el contenido apocalíptico.

El Libro del Apocalipsis es atribuido a Juan como, en la consciencia ordinaria, sólo la pequeña palabra ‘Yo’ puede ser atribuida al ser humano. Cuando decimos ‘Yo’ expresamos la totalidad de nuestro ser interno con esta secuencia de sonidos. Esto no puede denotar otra cosa que el simple ser humano individual, que está, sin embargo, abundantemente lleno de contenido. El contenido del Libro del Apocalipsis es un contenido abundante.

Si tomamos todo lo que el sentimiento y la profundización religiosa puede darle al alma, si toda la iluminación por la que se lucha, todo esfuerzo para comprender la suprasensible, se le permite actuar en el espíritu humano, si nos permitimos entusiasmarnos por una contemplación de las tres épocas pasadas de Misterios, si lo que vivió en la primera, segunda y tercera época de Misterios puede convertirse para nosotros en un inspirador vivo para la cuarta, y si dejamos que el poder del espíritu de Dios actúe en nuestra alma de la forma en que es posible una vez más hoy, entonces experimentaremos cuantitativamente que aquí no hay sólo una Revelación sino tantas Revelaciones como Yoes humanos hay dedicados a Dios, hablando desde los sacerdotes individuales a Cristo, que ha de ser encontrado de nuevo a través de este movimiento para la renovación Cristiana.

El Libro del Apocalipsis es único en calidad, pero cuantitativamente puede convertirse en el contenido de cada alma individual de los sacerdotes. En cambio, el alma de cada individuo que celebra el Acto de Consagración del Hombre puede convertirse en un alma sacerdotal al prepararse para identificar el ‘Yo’ con el contenido del Libro del Apocalipsis. Como seres humanos somos ‘Yoes’; nos convertimos en sacerdotes en el sentido moderno de la palabra si el Libro del Apocalipsis no está simplemente escrito en el Evangelio, y también si el Libro del Apocalipsis no está sólo dentro de nuestros corazones como una obra escrita acabada, pero si el ‘Yo’ se hace consciente del hecho de que en cada momento de la vida puede, a través de su propio acto de creación, producir una reproducción del Libro del Apocalipsis.

Lo siguiente imagen, quizás algo pedante o ignorante os ayudará a comprender lo que quiero decir: alguien escribe el contenido de un libro. El libro es enviado a las imprentas, donde es impreso. Entonces un número determinado de copias, cada una separada, aunque el contenido es idéntico, es enviado al mundo. Es una cosa única hacia la que nuestra atención se ve atraída al comienzo del Libro del Apocalipsis, una cosa única que fue revelada a Juan por Cristo mismo. Pues esta es ‘la revelación de Jesucristo’ recibida por su servidor Juan (Apocalipsis 1,1) El contenido es único, pero es reproducido cuando cada uno obtiene a partir de él la sabiduría de los mundos suprasensibles.

Esto es lo que significa comprender la Revelación de Juan. En el sentido más profundo de la palabra también significa comprender que Cristo nos ha consagrado y nos ha hecho así sacerdotes. Habéis sentido lo que significa cuando el escritor del apocalipsis dice que Cristo mismo le ha ungido como sacerdote. Ser ungido como sacerdote tiene lugar cuando uno siente cómo el contenido del Libro del Apocalipsis vino a la existencia en Juan. Cuando se siente que estas personas de hoy, que quieren convertirse en sacerdotes, lo hacen a través de la creación en sí mismos de la experiencia del ‘Yo’ en la Revelación, entonces el ‘Yo’ se convierte en apocalíptico; entonces el ‘Yo’ es sacerdotal[1].  Mañana habrá más sobre todo esto.

 

 

 

 

[1] En el registro interno de la Comunidad de Cristianos este pasaje es como sigue:

“Ser ungido tiene lugar cuando uno siente cómo el contenido del Libro del Apocalipsis vino a la existencia en Juan; tan pronto como uno siente: Estos seres humanos de hoy quieren convertirse en sacerdotes a través de la creación en sí mismos de la experiencia del ‘Yo’ mismo en la Revelación. Si el ‘Yo’ se hace apocalíptico, entonces se hace sacerdotal.”

GA346c1. El Acto de Consagración del Hombre y el Libro del Apocalipsis. El significado de la palabra ‘apocalipsis’. Las cuatro edades de los Misterios y la Transubstanciación. Los Cabeiri de la tercera época.

Del ciclo: El Apocalipsis y el trabajo del sacerdote

Rudolf Steiner — Dornach, 5 de septiembre de 1924

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Mis queridos amigos, para comenzar respondiendo a vuestras amables palabras, me gustaría deciros que es plenamente justificable que las hayáis planteado justo ahora en nombre del círculo de sacerdotes. No siempre se puede considerar plenamente justificable algo planteado con las mejores intenciones por seres humanos, pero en este caso uno puede hacerlo. Digo esto porque el impulso espiritual interno que se pretende que fluya desde el Goetheanum a través del movimiento antroposófico siempre contiene un aspecto que va mucho más allá de cualquier comprensión teórica, y ciertamente más allá de cualquier comprensión en general. Una manera de expresar de manera aproximada lo que se pretende, sería decir: Las tareas que los seres humanos deben emprender hoy están agrandándose de nuevo. Se están agrandando porque las fuerzas que una vez estuvieron disponibles en los tiempos en que la humanidad era capaz de alejarse más o menos de los impulsos de los antiguos Misterios están ahora agotadas.

Los antiguos Misterios desarrollaron sustancias divinas reales y fuerzas divinas sobre la tierra con plena realidad. La humanidad tenía que desarrollarse suficientemente pues debía haber un momento en que la gente fuera abandonada más o menos a sus propios recursos. Las fuerzas que dominaban sobre la humanidad terrenal durante aquel período intermedio de la evolución humana se han agotado ahora. Aunque no sea la más excelsa, es quizás un verdad oculta significativa, importante y de largo alcance, que las fuerzas que fueron capaces de hacerse efectivas en la evolución humana sin la ayuda de los Misterios están ahora agotadas, de tal modo que la evolución humana no puede avanzar más a menos que las fuerzas de los Misterios entren en la evolución de nuevo.

Bajo la influencia de esta verdad debe sentirse que hoy es necesario algo más que la comprensión para cualquiera que quiera trabajar a partir de la verdadera espiritualidad en cualquier rama del movimiento antroposófico. Algo nuevo debe surgir que emule la actuación de los antiguos Misterios, algo que es descrito como una ofrenda y devoción del ser humano entero, un desplegarse del ser humano entero dentro de su tarea.

Las palabras que habéis dicho no serían profundamente ciertas si no fueran completamente obvias –y es totalmente obvio- que en vuestro círculo de sacerdotes este impulso está en acción en la pura interioridad, el impulso de dar la humanidad completa de uno mismo como una ofrenda al trabajo que habéis reconocido como sagrado. Ante todos los poderes divinos que iluminan con su luz para guiar nuestro trabajo puedo decir: las palabras que habéis dicho sobre vuestro entusiasmo y devoción con la tarea expresan, genuina y honestamente, la verdad plena. Ha sido sobradamente obvio que el círculo completo de sacerdotes está repleto del esfuerzo más noble e interno –con toda la espiritualidad interna que los seres humanos tienen- para rendir los sacrificios que sean necesarios para que hoy sean plenamente fructíferos. Incluso ahora es posible decir que lo que habéis hecho es el comienzo de algo que puede traer satisfacción al ser divino del cosmos. Al decir esto estoy haciendo una afirmación importante.

Vuestro trabajo se ha quedado en Alemania, ciertamente. Pero las razones de esto serán con toda probabilidad superadas en un futuro no demasiado distante. El interés por la renovación religiosa que ardía en vuestros corazones cuando vinisteis a mí aquí, para la fundación de vuestro trabajo sacerdotal, está prendiendo en almas en amplias regiones fuera de Alemania. Cuán lejos será posible ir más allá de las fronteras de Alemania dependerá de la fuerza interna que tengáis en vuestro interior.

No podemos evitar sentirnos profundamente conmovidos en nuestros corazones cuando pensamos cómo vuestro movimiento fue inaugurado e iniciado aquí hace dos años con el sagrado Acto de Consagración del Hombre en la misma sala en que fueron vistas por primera vez las llamas que destruyeron nuestro amado Goetheanum[i]. Como veis, ese es el punto donde la tierra está más profundamente quemada. Pero a través de vuestra hermosa devoción se ha hecho un comienzo hacia la transformación de lo que tuvo lugar en aquella sala –la primera en arder- en lo que seguramente es un sagrado acto para la tierra. Si continuáis con el sagrado celo que primero tuvo lugar en vosotros, los impulsos dentro de vuestro círculo de sacerdotes continuarán desarrollándose de manera correcta.

Habiéndonos reunido una vez más en este lugar, tendremos importantes asuntos que tratar a la luz y al calor que ha venido a nosotros a través de la Conferencia de Fundación de Navidad como una especie de compensación por nuestras pérdidas terrenales. Vamos a considerar qué podría ser una verdadera ayuda para que vosotros llevéis más lejos los impulsos de vuestras almas.

Esta vez nos esforzaremos en permitirnos que se nos aproxime el profundo contenido del Libro del Apocalipsis. Tomando el Libro del Apocalipsis como nuestro punto de partida, nos esforzaremos en traer ante nuestras almas todo aquello que en este momento del tiempo es especialmente importante para vuestro sacerdocio. Al mirar al Libro del Apocalipsis en particular, seremos capaces de centrar todo nuestro trabajo aquí en el Acto de Consagración del Hombre, que es lo que da a vuestro trabajo sacerdotal su significado y propósito. Tendremos ante nosotros por un lado el Acto de Consagración del Hombre y por el otro el Libro del Apocalipsis.

Hoy daremos ya un breve indicio sobre cómo queremos inaugurar esto, cómo queremos inaugurar el trabajo de vuestro movimiento sacerdotal. Guardaremos lo que surge en relación directa con las necesidades de vuestro trabajo como sacerdotes, lo que necesita decirse sobre los aspectos prácticos de vuestro trabajo sacerdotal, o sobre una revisión del pasado y una prospección del futuro, y tendremos todas estas cosas en el momento en que encajen naturalmente con el aspecto interno de nuestras consideraciones. Hoy comenzaré por deciros cómo plantearemos nuestro trabajo en los próximos días.

Dejadme primero saludaros a todos vosotros con todo mi corazón en el nombre de todos aquellos poderes que os han reunido aquí, quienes, como sabéis, son las multitudes de poderes que siguen a Cristo. Que ellos nos den los impulsos religiosos correctos, la sabiduría teológica correcta y los impulsos adecuados para que hoy podamos trabajar con un culto que queráis adoptar religiosa, teológica y ceremonialmente en el sentido Cristiano más profundo. Este es el sentido en el que queremos estar juntos y este es el sentido en el que el trabajo que estamos a punto de emprender juntos ha de ser moldeado.

Comenzamos señalando algo grande en nuestro tiempo, algo grande que consiste en una actitud enteramente nueva del alma humana hacia aquello que surge a través de un acto sacerdotal. Lo que está presente en la acción del sacerdote cuando se celebra el Acto de Consagración del Hombre es algo que los seres humanos siempre han buscado, desde los tiempos en que ha habido una humanidad sobre la Tierra.

Si queremos comprender la luz en la que el Acto de Consagración del Hombre debe aparecer hoy para el sacerdote que lo celebra y para el profano que lo recibe, debemos primero considerar lo que el Acto de Consagración del Hombre ha significado, significa ahora y significará en la evolución humana sobre la tierra según avance el tiempo. Pero si ha de haber una comprensión de lo que el Acto de Consagración del Hombre es hoy mientras está siendo celebrado, debemos, desde otro ángulo, también estar llenos del verdadero contenido de lo que Juan, iniciado por Cristo mismo, quiso dar a la posteridad Cristiana por medio de su Libro del Apocalipsis. Hablando estrictamente, los dos aspectos están juntos –una actitud mental adecuada al celebrar el Acto de Consagración del Hombre, y una actitud mental de imbuirse uno mismo en la sustancia del Libro del Apocalipsis-.

Por el momento, dejemos a un lado la forma específica de Apocalipsis o revelación dada a los Cristianos en el Libro del Apocalipsis de Juan. Usemos el término ‘apocalipsis’ para referirnos a todas las verdades ocultas conferidas sobre la humanidad para darla un impulso genuinamente sacerdotal para el avance de su evolución. Se puede abarcar mucho con el concepto de Apocalipsis que aparece en un resumen concentrado en el Libro del Apocalipsis de Juan en una forma que está en consonancia con el Cristo. Siempre que se ha buscado el Apocalipsis o la revelación se ha entendido que comprender profunda y plenamente el Apocalipsis sería sólo posible cuando uno permaneciese enteramente dentro del acto de consagración del hombre.

Aclararemos muchas cosas si comenzamos por afirmar que hubo, en el pasado, Misterios que llamaré los antiguos Misterios. Más que entrar en asuntos de fechas específicas, quiero describir en esta introducción simplemente las cuatro etapas sucesivas de los Misterios. Hubo Misterios antiguos, hubo Misterios semi-antiguos, hubo Misterios semi-nuevos y estamos ahora en el punto en el que comenzarán los nuevos Misterios. Tenemos así cuatro etapas de evolución en la comprensión que los seres humanos tienen del Apocalipsis o de la revelación y del acto de consagración del hombre.

Mirando los antiguos Misterios que existieron entre los seres humanos en el distante amanecer de la evolución humana sobre la tierra y que tenían la tarea de traer a los seres humanos todo lo que era sagrado, verdadero y hermoso, podemos decir: El aspecto esencial de los antiguos Misterios era la manera en que los dioses descendían desde sus divinos tronos y bajaban a los seres humanos, y la manera en que aquellos seres humanos que desempeñaban el oficio sacerdotal dentro de los Misterios se asociaban cara a cara, ser con ser, con los dioses. Igual que los seres humanos hoy se asocian unos con otros de ser a ser, de la misma manera en los Misterios de aquellos remotos tiempos los dioses se asociaban con los seres humanos y los seres humanos con los dioses.

Del mismo modo que hay leyes naturales que son válidas en el tiempo, de la misma forma hay también leyes primitivas, eternas que sin embargo, no infringen la libertad humana. Entre estas leyes eternas, primitivas, hay algunas que se relacionan con cómo los dioses se asocian con los seres humanos. Estas leyes primitivas y eternas entraron en acción cuando en los antiguos Misterios de la existencia humana primitiva los dioses mismos se asociaron con los seres humanos, y cuando todas las enseñanzas recibidas por los seres humanos tuvieron lugar entre los maestros divinos y los seres humanos mismos. Cuando el culto provocó que los poderosos dioses estuvieran suprasensiblemente allí entre los celebrantes, fue cuando se obtuvo algo en los antiguos Misterios que siempre ha dado significado al acto de consagración del hombre, es decir, la Transubstanciación. Sin embargo, ¿qué era la Transubstanciación en los antiguos Misterios?

En los antiguos Misterios, la Transubstanciación era lo que los dioses consideraban como aquello fundamental mediante lo cual entraban en asociación con los seres humanos. Las ceremonias estaban determinadas en concordancia con las leyes eternas, primitivas que acabo de mencionar. A partir de ciertas constelaciones estelares que eran conocidas para la astrología antigua genuina, y a partir de la coincidencia de estas constelaciones con condiciones que podían ser determinadas por los seres humanos, el camino estaba abierto desde los dioses a los seres humanos y viceversa.

Si podéis obtener un vistazo de la antigua cronología encontraréis que hay varias cronologías, por ejemplo, que calculan con 354 días y otras que calculan con 365 días. Se insertaron años bisiestos y semanas en estas cronologías para compensar la incompatibilidad de los cálculos humanos con el progreso del cosmos. Lo que los seres humanos eran capaces de calcular nunca se adecuaba bastante con el progreso real del cosmos. En algún que otro lugar había siempre un pequeño resto. Los sacerdotes de los antiguos Misterios prestaron particular atención a aquellos pequeños restos que sucedían cuando la cronología humana no se adecuaba con el progreso del cosmos. Al dividir el año en meses y semanas, establecían ciertos períodos en que esta disconformidad era particularmente evidente, de tal modo que tras varios meses lunares había siempre unos pocos días antes de que comenzara el nuevo año.

Alguien que quiera obtener una comprensión del progreso de la evolución humana haría bien en examinar detenidamente aquellos períodos en que los seres humanos, al añadir días o semanas de esta forma, utilizaban esto para expresar la inexactitud de los cálculos humanos con el progreso del cosmos, aquellos períodos que los sacerdotes entonces consideraban como semanas sagradas. En aquellas semanas sagradas que solían hacer obvio que el pensamiento de los dioses es diferente del pensamiento de los seres humanos, en aquellos tiempos que solían hacer obvia esta distinción, era posible, si el corazón de los dioses estaba en armonía con el corazón de los seres humanos, encontrar el sendero que conduce de los dioses a los seres humanos y viceversa.

El momento en que los dioses entraron en los Misterios fue algo que la gente fue capaz de observar a través de la antigua astrología, que les permitía comprenderlo de manera correcta. Al final de cada año, o al final de un ciclo lunar de 18 años, o al final de otros períodos, había siempre períodos sagrados que significaban la diferencia, la línea fronteriza, entre la inteligencia humana y la divina, tiempos sagrados en que los sacerdotes de los Misterios eran capaces de reconocer que los dioses podían encontrar su camino hasta ellos y en que los seres humanos podían encontrar su camino hasta los dioses.

Era en tales ocasiones cuando los sacerdotes de la antigüedad buscaban preservar las fuerzas efectivas del sol y de la luna en las sustancias con las que celebraban el acto de consagración del hombre, de tal forma que lo que habían recibido en momentos sagrados pudiera extenderse sobre las demás partes del año cuando necesitaran celebrarlo. También preservaban lo que los dioses habían hecho a partir de las sustancias y las fuerzas de la tierra durante los tiempos sagrados. Ellos conservaban el agua de esos períodos, el elemento mercurial, de tal modo que en otras ocasiones del año fueran capaces de celebrar el acto de consagración del hombre de una manera tal que contuviera la Transubstanciación de la manera en que los dioses mismos lo habían hecho en aquellos actos de consagración del hombre que habían tenido lugar en los “tiempos muertos”, como ellos llamaban, a los tiempos que eran sagrados.

Así en aquellos antiguos Misterios, en tiempos en que el lenguaje cósmico, no el humano, era normal entre los seres humanos, la gente buscaba hacer contacto con los dioses que descendían entonces dentro de los Misterios y que en cada ocasión hacían sagrado una vez más el acto de consagración del hombre. En cada ocasión, también, se confería a los seres humanos que celebraban el acto de consagración del hombre una comprensión de las cosas apocalípticas. Así es como se enseñaban las grandes verdades en aquellos antiguos tiempos en que estar en el medio del acto de consagración del hombre significaba estar lleno de sustancia apocalíptica. El acto de consagración del hombre es el sendero del conocimiento; el apocalipsis, la revelación, es el contenido del conocimiento sagrado.

Ahora llegamos a los Misterios semiantiguos, aquellos Misterios de los cuales al menos quedó un débil resplandor en los tiempos históricos. (De aquellos que he descrito como los Misterios antiguos no queda ningún registro histórico; sólo pueden ser investigados por la ciencia espiritual). Había llegado el momento de que los dioses se retiraran de los seres humanos y ya no descendieran más dentro de los Misterios con su propio ser, sino que continuarían enviando sus fuerzas hacia abajo. Fue el tiempo en que el acto de consagración del hombre iba a recibir por medio de la Transubstanciación aquella brillante luz de lo divino que pretendía siempre iluminar el acto de consagración del hombre.

La Transubstanciación ya no se cumplía a través del conocimiento obtenido a partir de la observación astrológica de los procesos cósmicos sobre los cuales deberían fluir las sustancias y las fuerzas en la celebración de la Transubstanciación. Ahora el secreto se buscaba de una manera diferente. La naturaleza interior, especialmente de lo que los antiguos alquimistas llamaban ‘levadura’ era recogida. Un agente fermentador es una sustancia que ha alcanzado una edad específica mientras que ha atravesado diversas etapas de provocar transformaciones en otras sustancias sin alterar su propia sustancia. Para hacer una comparación cotidiana sólo necesitamos pensar cómo se cocina el pan. El principio es el mismo. Guardas un pequeño trozo de la masa de tu hornada previa y se lo añades a la nueva hornada como un agente fermentador. Imaginad cómo en los Misterios semiantiguos las sustancias antiguas, habiendo retenido su propia substancialidad interna a través de las épocas mientras otras sustancias estaban sufriendo transformaciones, eran preservadas en vasijas sagradas que eran asimismo objetos antiguos y sagrados, objetos venerables en los Misterios.

De estas antiguas vasijas eran tomadas las sustancias que eran los agentes fermentadores con los que se realizaba la Transubstanciación de la antigua, aunque todavía sagrada alquimia. La gente de aquellos días lo sabía: el sacerdote iniciado comprende la transformación, la Transubstanciación que tiene lugar a través de las fuerzas preservadas en las sustancias; él sabe que ellas propagan el resplandor solar en las vasijas sagradas de cristal de cuarzo. Lo que se buscaba en ellas, la razón por la que eran necesarias, era que eran consideradas el órgano de percepción del celebrante para el apocalipsis, la revelación.

Lo siguiente fue algo que tuvo lugar en aquellos Misterios semi-antiguos: el sacerdote era probado en el momento en que se acercaba al sagrado lugar y los antiguos agentes fermentadores comenzaban a transformar las substancias en las vasijas sagradas de cristal de cuarzo de tal forma que él podía ver en aquellas vasijas cómo las sustancias emitían un resplandor solar. La vasija que contenía el pequeño sol era una patena. Era una Hostia que hoy en día solo puede ser imitada. El momento en que él veía el resplandor solar de la Hostia era el momento en que él se convertía en un sacerdote en su ser interior. (Ver pizarra)

 

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Hoy en día en la Iglesia Católica, todo el que va a misa ve la Hostia consagrada, pues ahora no es más que un símbolo de lo que una vez fue. En aquellos días, sin embargo, sólo aquellos individuos que eran verdaderos sacerdotes podían contemplar la Hostia consagrada, en la que veían un resplandor solar en las sustancias que habían sido preservadas. En tales momentos su conocimiento se abría para recibir aquello que es revelador.

Después llegaron aquellos Misterios de los que la Misa de tiempos más recientes es un reflejo. La Misa Católica, la Misa Armenia, y otras Misas se han desarrollado de una manera muy complicada a partir de los Misterios seminuevos. Aunque ahora se han hecho externos, estas Misas aún resuenan en su interior con el principio completo de la iniciación. En los antiguos Misterios los dioses estaban presentes, en los Misterios semiantiguos las fuerzas de los dioses estaban presentes. En lugar de éstos, en los seminuevos Misterios vino lo que los seres humanos podían percibir cuando el Verbo se despertaba en ellos, la Palabra mágica, el Verbo en el que la interioridad resuena, el Verbo que penetra en las profundidades de la comprensión relativa al ser interno de los sonidos del habla. Pues en la época de los Misterios seminuevos el habla humana estaba yuxtapuesta con el discurso del culto, aquel discurso cultual del que queda un último poso en las diferentes creencias religiosas. En este culto, todo depende del ritmo, de la comprensión interior de los sonidos del discurso, de la comprensión de cómo los sonidos del discurso que emanan de la boca del sacerdote entran internamente en los corazones humanos. El Verbo Mágico, el Verbo cultual pronunciado en el lugar sagrado era el primer camino hacia arriba hasta los dioses o, inicialmente, hasta las fuerzas de los dioses.

Así:

  • Primera época de la humanidad: Los Antiguos Misterios: los dioses descienden.
  • Segunda época de la humanidad: Los Misterios semiantiguos: los dioses envían hacia abajo sus fuerzas.
  • Tercera época de la humanidad: Los Misterios seminuevos: el ser humano aprende el discurso mágico y al entonar el discurso mágico comienza a ascender hacia las fuerzas del mundo divino.

Ese era el significado de todo lo que se entonaba en el acto de consagración del hombre durante la tercera época de los Misterios. Era el tiempo en que el elemento de los Cabiri proporcionaba el culto religioso contemporáneo que vivía en los Misterios. Los servicios, los sacrificios de los Cabiri, que se celebraban en Samotracia, son una parte de todo lo que es ceremonial en los Misterios seminuevos, una parte de todas las ceremonias que el sacerdote tenía que realizar.

Imaginad el altar de los Cabiri en Samotracia. Los Cabiri de pie sobre él, como recordatorios externos, ofrendaban vasijas, jarras en las que estaban contenidos, no agentes fermentadores, sino sustancias con las que la comprensión humana se podía encontrar capaz de ahondar en la naturaleza espiritual interior de la sustancia. Las sustancias ofrendadas en las jarras eran encendidas, el humo se elevaba, y en el humo ascendente el discurso mágico hacía visible la Imaginación de aquello que el Verbo entonaba. Así el sendero ascendente hacia los poderes divinos se hacía visible externamente en el humo del sacrificio[ii]. Esa fue la tercera etapa de la evolución de los Misterios, lo que está contenido en el acto de consagración del hombre para los seres humanos.

Aunque estas primeras etapas se han hecho decadentes, una buena parte de sus aspectos externos se han preservado. En aquel momento allí, en el ahora quemado Goetheanum, cuando inaugurasteis un nuevo sacerdocio en el movimiento para la renovación cristiana, en aquel momento comenzó una nueva etapa de los Misterios, una nueva etapa para el Acto de Consagración del Hombre y para la comprensión del apocalipsis, de la revelación. Mañana comenzaremos a hablar sobre lo que debe surgir a través de vuestros corazones para llevar a cabo adecuadamente la cuarta etapa de los Misterios.

 

 

 

[i] El fuego que destruyó el primer Goetheanum en la noche de Año Nuevo de 1922 a 1923 fue descubierto primero en la “Sala Blanca” donde las reuniones de los fundadores de la Comunidad de Cristianos habían tenido lugar en septiembre de 1922.

[ii] En este punto el registro interno de la Comunidad de Cristianos contiene las siguientes frases, que han sido evidentemente registradas inadecuadamente:

“Entonces las sustancias eran mezcladas de una forma había sido enseñada en sus tiempos por Aristóteles a Alejandro, de tal forma que la sagrada Imaginación significaba el sendero hacia los dioses emergidos del humo de la ofrenda. Entonces esta Transubstanciación, la acción sacerdotal, era adecuada. El acto de consagración del hombre había sido ciertamente logrado. El celebrante y el que recibía sabían: este es el órgano para percibir el conocimiento, pues cuando aquello que fluye hacia arriba hacia los dioses ilumina el humo del sacrificio y en la plegaria que es ceremonialmente moldeada en secuencias mágicas de palabras, entonces, como un don de gracia de lo alto, baja la revelación, la revelación apocalíptica.”

El contenido apenas apuntado aquí es descrito en el libro de Rudolf Steiner El Conocimiento de los Misterios y los Centros de Misterios (GA 232), conferencia del 22 de diciembre de 1922.