Entidades individuales y unidad indivisa del Cosmos 3/3

 Rudolf Steiner – Dornach (Suiza), 28 de Noviembre de 1917

 

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Quisiera agregar hoy algunos comentarios a las observaciones aisladas que he estado haciendo. Si siguen ustedes con atención el curso de los acontecimientos, habrán podido notar, de vez en cuando, como un sentimiento de que las ideas, impresiones e impulsos, en los que durante largo tiempo los hombres encontraron un “auténtico triunfo”, ya no sirven hoy día para tender un puente hacia el próximo futuro. Uno de nuestros consocios me entregó ayer un número del “Frankfurter Zeitung”, del último miércoles, 21 de noviembre de 1917. En él aparece el escrito de un señor muy ilustrado, y ha de serlo porque antepuso a su nombre no sólo el título de doctor en Filosofía, sino también en Teología y, por añadidura, el de profesor, o sea que se trata de un profesor, doctor en Teología y doctor en Filosofía: persona, no cabe duda, sumamente erudita.

Versa su escrito sobre las necesidades espirituales del presente, y en un párrafo expresa lo siguiente: “La vivencia del ser que se halla tras los objetos no necesita consagración piadosa o valoración religiosa, pues es en sí misma religión. No se trata aquí de una sensación o aprehensión del contenido individual propio, sino de la gran irracionalidad oculta tras toda existencia, y quien entre en contacto con esa irracionalidad hace saltar la chispa divina, vive una experiencia de carácter primario, una vivencia primordial propiamente dicha. Esto experimentable, conjuntamente con aquello que está siendo conmovido por la misma corriente vital, le confiere un sentimiento cósmico de la vida, para usar una expresión favorita de los tiempos modernos”.

Perdonen la cita, queridos amigos, pues no se la leo con la intención de sugerirles de algún modo, ideas grandiosas con frases tan deslavadas, sino únicamente para destacarles un símbolo de nuestro tiempo: tiene lugar el nacimiento de una religiosidad cósmica, hacia la cual aspiramos con una intensidad que se echa de ver en el palpable crecimiento del movimiento teosófico, que pretende descubrir y revelar los ciclos de la vida tras las impresiones sensorias. Es difícil abrirse paso por entre toda esta serie de conceptos nebulosos, pero son dignos de mención en cuanto símbolos de nuestro tiempo y continúa el mencionado escritor: “Esta piedad cósmica no es una mística que se inicie en aislamiento del mundo…” etc., etc.

En toda la peroración no se ve sensatez alguna; y considerando que procede de un “profesor, doctor en teología y doctor en filosofía”, tendremos que convenir en su sensatez, que si no fuera por todos sus doctorados, más bien debiera considerarse puras parrafadas confusas y balbucientes dando a entender que el docto señor no sabe cómo seguir, y siente, empero, la necesidad de aludir a algo que vagamente percibe y que le parece promisorio.

No deben embelesarnos estos desahogos, ni dejar tampoco que nos arrullen en un sueño iluso de que alguien, al fin, se ha dado cuenta de que, detrás del movimiento científico-espiritual, hay realmente algo. Sería esto incluso muy dañino, pues los que se permiten semejantes expansiones son frecuentemente los mismos que así se dan por satisfechos, no tratan de ir más allá, se limitan con sus frases confusas a aludir lo que tienda a hacer su aparición en el mundo, y así se quedan en casta de los perezosos, demasiado apáticos para adentrarse a un estudio profundo de las ciencias ocultas y al ejercicio de las doctrinas que deberán irrumpir efectivamente y apoderarse del ánimo de los hombres, si es que el enclave en la realidad y la corriente temporal del devenir llegan a esa intima fusión de la que arrancará la redención del género humano. Claro que es más fácil discursear sobre “oleajes” y “sentimientos cósmicos”, que aceptar seriamente las verdades que en el momento presente han de revelarse a la humanidad, de acuerdo con el signo de los tiempos.

Por eso me parece necesario decir precisamente ahora las cosas que sustento en mis conferencias públicas y que seguiré sustentando, a fin precisamente de acentuar la diferencia que existe entre lo pasado, que no puede sobrevivir y que nos ha conducido a este período de catástrofe, y lo que el alma humana debe asimilar, si ha de proseguir adelante.

Con la antigua sabiduría con la que el hombre ha llegado a los tiempos actuales, pueden celebrarse miles de congresos, congresos mundiales, populares, o lo que sea, fundarse miles y miles de asociaciones: lo único seguro es que todo esto no llegará a ninguna parte, si no lo irriga la sangre vital de la ciencia del espíritu. Lo que le falta hoy al hombre, es el valor para entrar a la verdadera investigación del mundo del espíritu, y, por raro que parezca, hemos de insistir de nuevo: bastaría, un pequeño paso al principio; nada más que la propagación en amplios círculos del opúsculo titulado “La vida humana desde el punto de vista de la ciencia oculta”, para que hiciéramos algo efectivo en pro del conocimiento de la relación entre el hombre y el orden cósmico. He aquí el objeto de ese opúsculo; concretamente lleva a observar que la Tierra cambia anualmente su estado de conciencia, y así sigue la disgresión.

Todo el contenido de esta conferencia y el del opúsculo citado se relaciona con las necesidades de nuestro tiempo, y se afirma con toda intención. Aceptarlo, tendría una resonancia de mucho mayor alcance que toda la explosión de sentimientos cósmicos y de todo lo que informa la marejada que les he leído, y que por insulso no voy a repetir. Esto no impide que prestemos atención a ello: es importante y esencial, pero cuidemos que no nos ofusque, pues hemos de lograr la máxima claridad cuando se trata de actuar en sentido de la ciencia espiritual antroposófica.

Quiero llamar una vez más la atención sobre el hecho de que en esta quinta época postatlante, la humanidad ha de enfocar muy especialmente los grandes problemas de la vida, obscurecido en cierto modo por el conocimiento de los tiempos anteriores. Ya antes me he referido a ello. Uno de esos problemas puede definirse así: cómo lo etéreo-espiritual puede ponerse al servicio de la vida práctica exterior. Ya he mencionado que esta quinta época postatlante tendrá que enfocar en qué forma los estados de ánimo humanos, las fluctuaciones anímicas, podrán transmitirse a las máquinas en movimientos oscilatorios, así como de qué modo el hombre podrá relacionarse con un mecanismo cada vez mayor. He ahí el motivo por el que, hace ocho días, llamé su atención sobre la manera superficial en que conciben esta mecanización ciertos países del mundo. Les presenté un ejemplo de cómo, basado en el pensamiento norteamericano, se pretende anteponer lo mecánico al mismo vivir humano, y me detuve en las pausas que se intentan aprovechar para que cierto número de obreros puedan cargar unas cincuenta toneladas en vez de un peso mucho menor; para eso basta aplicar a la vida el principio de selección darwinista en toda su efectividad.

En esta forma, se pretende sujetar bajo el mismo yugo la energía humana y la mecánica; lo que no procede en ningún sentido; sería una idea completamente falsa. Pero todo esto no se puede evitar, ha de suceder forzosamente. El interrogante es si entrarán en la escena del devenir histórico universal hombres familiarizados altruistamente con las grandes metas de la evolución terrestre, y aptos para estructurarlas en beneficio de la humanidad, o grupos humanos solamente atentos al egoísmo personal o del grupo. He ahí el enigma. No es el qué lo que importa, porque viene indefectiblemente; lo que importa es el cómo, el enfoque real del asunto: el qué se halla simplemente en el camino de la evolución terrestre, y la fusión de la esencia humana con la esencia mecánica constituirá un problema trascendental que se arrastrará durante el resto de la evolución terrestre.

Con toda intención he venido señalando últimamente, cada vez con más frecuencia, incluso en las conferencias públicas, que la conciencia del hombre se relaciona con energías demoledoras. Dos veces he advertido en mis conferencias públicas de Basilea: morimos en nuestro sistema nervioso; y esta muerte, estas energías en extinción, serán cada vez más poderosas, y habrá que establecer la conexión entre las fuerzas humanas que expiran en forma similar a las energías eléctricas y magnéticas, y las externas de la máquina. El hombre podrá en cierto modo inducir sus intenciones y sus pensamientos, a las fuerzas mecánicas; lo que corresponde a las fuerzas todavía ignoradas de la naturaleza humana, fuerzas capaces de actuar sobre las energías exteriores eléctricas o magnéticas. He ahí uno de los problemas: la conjunción del hombre con lo mecánico, sin cesar en incremento en el futuro.

El otro problema corresponde a la apelación de las condiciones espirituales, sólo a su debido tiempo y cuando exista la suficiente cantidad de personas correctamente preparadas. Pero ha de llegar el día en que las energías del espíritu se movilicen para el dominio de la vida en lo que se refiere a la enfermedad y la muerte. Se espiritualizará la medicina, en alto grado. Por doquiera surgen sobre esto caricaturas, caricaturas que fatalmente conducen a lo que ha de suceder. Y de nuevo, tropezamos con lo mismo: el problema es atacado al igual que otros problemas, o sea, de un modo superficial egoísta, ya sea egoísmo particular o grupal.

El tercer problema es: cómo introducir el pensamiento humano en el propio devenir de la raza humana, en el nacimiento y la educación. Ya me he referido en alguna ocasión a los congresos celebrados con la finalidad de preparar para el futuro una estructuración materialista de la genética y del ayuntamiento de hombre y mujer; todas estas cosas nos sugieren que algo importante está en gestación, y lógico es, pues, preguntarse: ¿por qué los que saben, no revelan su sabiduría? Pronto sabremos el por qué, y qué fuerzas obstaculizadoras háyanse todavía en juego actualmente, con suficiente poder para entorpecer la fundación de una medicina espiritualizada, o de una economía espiritualizada. Lo único que podemos hacer hoy día, es hablar de ello hasta que los hombres nos entiendan, hasta que las entiendan, realmente, quienes estén dispuestos a responsabilizarse de ellas con altruismo. En este momento, muchos creen poder hacerlo; pero existen muchos factores vitales todavía que lo impiden, y que sólo pueden superarse con una comprensión más profunda, y cuando se renuncie en el primer momento, al menos por algún tiempo, a cualquier aplicación práctica y directa en gran escala.

La evolución se ha llevado a cabo en tal forma, que ya podemos decir: poco queda de lo que se ocultaba tras la antigua tendencia atávica hasta los siglos XIV y XV. Mucho se habla hoy de la antigua Alquimia; incluso surge el recuerdo del proceso de engendrar el Homúnculo, etc. Los comentarios al respecto son, generalmente, equivocados; hemos de llegar a entender lo que, en verdad, significa el Homúnculo, de Goethe; hay que llegar a este nivel. Pero hemos de tener en cuenta que desde el siglo XVI, se viene velando todo esto, se viene nublando la conciencia humana.

La ley que gobierna estos procesos es exactamente la misma que determina en el hombre el cambio rítmico entre vigilia y sueño, y así como él no puede eludir el sueño, tampoco podría la humanidad evitar la letargia de la ciencia espiritual del devenir que caracteriza a los siglos a partir del XVI. Tenía que caer alguna vez la humanidad en esta somnolencia espiritual a fin de que, al despertar, resurja la espiritualidad bajo otra forma. Hay que comprenderlo, y no desanimarse; pero, por la misma razón, debemos ser conscientes de que ha llegado el momento del despertar, y de que hemos de coadyuvar a él: los acontecimientos se anticipan en diversa forma al auténtico conocimiento; no podremos entender los acontecimientos si no nos esforzamos, desde ahora, hacia la sabiduría.

También les he manifestado repetidas veces que ciertos grupos ocultistas de tendencias egoístas están trabajando en la misma dirección que he señalado varias veces en estas conferencias. Era necesario que la humanidad perdiera determinada sabiduría, sabiduría que hoy se define con las incomprensibles palabras de alquimia, astrología, etc; era necesario que determinado saber entrara en estado letárgico, para que el hombre ya no tuviera el deseo de descubrir el espíritu en su observación de la naturaleza, y así quedara más bien abandonado a sí mismo. Y, para que pudiera despertar las energías que dormitaban en su interior, convenía que ciertas cosas aparecieran primero en forma abstracta, y sólo después adoptarán nuevamente una figura espiritual concreta.

Tres ideas se han ido progresivamente formando en el curso de los últimos siglos, ideas propiamente  abstractas en la forma como se han presentado al hombre: Kant las ha definido erróneamente, en tanto que Goethe lo ha hecho correctamente. Kant las denominó: Dios, Libertad e Inmortalidad, y Goethe les aplicó las acertadas denominaciones de: Dios, Virtud e Inmortalidad.

Si se examina lo que se halla tras estos tres conceptos, se verá que es exactamente lo mismo que el hombre moderno hoy enfoca abstractamente, y que en los siglos XIV y XV se enunciaba con mayor concreción, en el antiguo sentido atávico, con mayor materialidad. Así el experimento al estilo antiguo, correspondía al intento de ver, en los experimentos alquimistas, los procesos que mostraran el poder de Dios en acción: se trataba de producir la piedra filosofal.

Tras todo esto siempre hay algo concreto; así la piedra filosofal debía conferir al hombre la capacidad de virtud, pero entendida materialmente; debía llevar también al hombre a la experiencia de la inmortalidad, situarle en una relación tal con el Universo que le permitiera percibir lo que hay mas allá del nacimiento y la muerte. Todas las ideas esfuminadas con las que hoy se conciben las cosas antiguas, ya no coinciden con las intenciones de antiguos tiempos: se han tornado abstractas, y la humanidad moderna se mueve en abstracciones; ha pretendido entender a Dios por medio de la teología abstracta, y a la virtud como algo meramente abstracto. Cuanto más abstractamente se hable de todo esto, más agradable será para la humanidad moderna; y esto también concierne a la inmortalidad, a la especulación sobre lo que pueda haber de inmortal en el hombre. En mi primera conferencia en Basilea, dije que la ciencia filosófica que gira en torno de la inmortalidad, es una ciencia hambrienta, una ciencia subalimentada; otra forma de expresar el abstraccionismo hacia el cual decididamente se tiende.En ciertas hermandades de Occidente se conserva también la conexión con las antiguas tradiciones, y se intenta utilizarla al servicio de un cierto egoísmo de grupo. Hubo que destacarlo.

Cuando en algún rincón de occidente se tratan estos temas en la literatura pública exotérica, se hace referencia también a Dios, a la Virtud o a la Libertad, e Inmortalidad, pero siempre en sentido abstracto. Únicamente en los círculos iniciáticos se sabe que todo esto no es sino especulación, mera abstracción.

Sin embargo, desde el punto de vista personal, lo que se persigue con las fórmulas abstractas de Dios, Virtud e Inmortalidad, es algo mucho mas concreto, y en las escuelas respectivas, se interpretan estos conceptos para los iniciados. Dios se interpreta como el Oro, y se intenta descubrir el secreto que podría definirse como el secreto del Oro. Ya que el oro representa al sol en la corteza terrestre y, efectivamente encierra en sí un importante secreto: él está en una relación material con las demás sustancias, similar a la de la idea de Dios con respecto a las demás ideas, se trata de cómo captar el secreto.

Esto guarda relación con la explotación egoísta grupal (Nota del traductor: en 1976 diríamos manipulación demográfica”), del misterio del nacimiento, y lo que se pretende es llegar a una comprensión realmente cósmica. Pero el hombre moderno ha substituido esa comprensión cósmica por la telúrica, y cuando investiga cómo se desarrolla, por ejemplo, el embrión del animal o del humano, escudriña con el microscopio lo que existe en el lugar de la Tierra hacia el que dirige la lente, y considera que eso es lo que debe investigar. Pero no es así. Con el tiempo se llegará a comprender ,  y ciertos círculos están muy próximos a esa comprensión, que el poder operante no está donde el microscopio dirige su mirada, sino que procede del cosmos, de la Constelación Cósmica. Cuando se manifiesta el embrión es porque fuerzas procedentes de todo el cosmos, energías cósmicas, actúan sobre el ser en el que tiene lugar su formación, y el resultado de una fecundación depende de las energías cósmicas que en ella intervienen.

Una cosa se llegará a comprender, incomprendida hoy todavía.  Supongamos un ser animado cualquiera, digamos una gallina.  Cuando en este organismo aparece un nuevo germen, la biología dispone sus investigaciones partiendo de la premisa de que el huevo procede de la gallina misma, e investiga sus propias energías que permiten que el huevo se desarrolle.  Esto es un absurdo, porque el huevo no procede de la gallina, que es nada más que sustrato: es del cosmos de donde  proceden las energías que engendran el huevo en el suelo propicio de la gallina. El biólogo provisto de un microscopio que examina el campo focal de su aparato, cree que las fuerzas fecundantes están dentro de ese mismo campo. Pero lo que está viendo depende de los poderes estelares, que confluyen en un punto de una constelación determinada.  Cuando descubramos lo cósmico en este proceso, captaremos, por primera vez, la verdad y la realidad, o sea, que es el universo el que realiza la magia del huevo dentro de  la gallina.

 Cuando descubramos lo cósmico en este proceso, captaremos, por primera vez, la verdad y la realidad, o sea, que es el universo el que realiza la magia del huevo dentro de la gallina.

Todo esto se relaciona principalmente con el secreto del Sol, y desde un punto de vista telúrico con el secreto del Oro. Me limito ahora a una especie de señalamiento programático, por así decir; en el curso del tiempo todo esto se nos irá aclarando.

En las hermandades a las que me he referido, la virtud no se llama virtud, sino sencillamente, salud, y se busca conocer constelaciones cósmicas que se relacionan con el hombre en su salud y enfermedad. Conociendo las constelaciones cósmicas, se conocen asimismo las distintas sustancias de la Tierra, tales como zumos y otras, relacionadas con la salud y la enfermedad. En ciertos sectores, se irá configurando una estructuración cada vez mas material de la ciencia curativa, que descansará, sin embargo, sobre bases espirituales.

Los mencionados sectores propagarán la idea de que no es con la asimilación abstracta de principios éticos como el hombre puede sanar, sino administrándole, pongamos por ejemplo cobre bajo una constelación estelar determinada, y arsénico bajo otra. ¡Imagínense ustedes hasta que punto pueden aprovechar esta sapiencia en pos del poder, las personas dominadas por un egoísmo grupal!. Basta con excluir de este saber a los demás, no hacerlos partícipes de él, y así disponer del mejor medio de dominar grandes masas humanas. Y ni siquiera se necesita recurrir a la palabra hablada, basta con inventar hoy por ejemplo, una nueva golosina. Luego se organiza el mercadeo con ella, aderezada del modo conveniente, y se pueden dar los pasos necesarios si se conciben de un modo materialista. Basta con tener presente que todo lo material encierra en sí una virtualidad espiritual; solo el que sabe que nada material existe en sentido estricto y que todo es espíritu, puede penetrar en los secretos de la vida.

Del mismo modo, esos grupos tratan de llevar el problema de la inmortalidad por cauces materialistas. Por el mismo procedimiento, o sea, aprovechando las constelaciones cósmicas, se puede dirigir, por dichos cauces, el problema de la inmortalidad, aunque, en verdad, así no se logre la auténtica inmortalidad, sino otra. Mientras no sea posible todavía actuar sobre el cuerpo físico a fin de alargar artificialmente la vida, los miembros de ciertas hermandades, tratan por medio de ejercicios anímicos idóneos, de estar en posibilidad de permanecer dentro de la hermandad aún después de la muerte, y así colaborar con ella recurriendo a los poderes de que entonces dispongan. La inmortalidad en estos círculos simplemente se denomina prolongación de la vida.

Sin duda, pueden ustedes observar los signos externos de todas estas cosas. No sé si alguno de los que me escuchan conoce el libro titulado “La arbitrariedad de la muerte”, originario del Occidente, y con cierto éxito durante algún tiempo. Todo esto desemboca en la misma dirección. Todavía están en pañales, pues todo lo que va más allá de los primeros pasos, el egoísmo grupal lo guarda celosamente; lo mantienen las hermandades dentro de un estricto esoterismo. Pero todo ello es posible si, dirigido por cauces materialistas, se convierten las ideas abstractas de Dios, Virtud e Inmortalidad en las concretas de Oro, Salud y Prolongación de la Vida, si se aprovechan en sentido grupal egoísta los graves problemas que les he presentado como propios de la quinta época postatlante. Lo que el profesor, doctor en teología y en filosofía, denomina vagamente “sentimiento cósmico”, muchos lo presentan al hombre como conocimiento cósmico, y muchos de ellos, por desgracia, en sentido egoísta. Mientras que la ciencia se ha limitado durante siglos a observar solamente lo que actúa en la Tierra, y no ha pretendido llegar a lo extratelúrico que constituye lo esencial en el acontecer, la quinta época postatlante concederá primacía a la utilización de las fuerzas de origen cósmico.

Y así como lo importante ahora para un profesor normal de biología, es disponer de un microscopio del mayor poder posible, de los sistemas mas perfeccionados de laboratorio, y así sucesivamente, cuando en el porvenir, se haya espiritualizado la ciencia, lo importante será el momento en que se lleve a cabo el proceso: mañana, tarde o mediodía; si lo ejecutado en la mañana por ejemplo, recibirá de algún modo las influencias del atardecer, o si queda excluida y paralizada toda influencia cósmica desde por la mañana hasta el anochecer. La necesidad de tales procesos se pondrá en evidencia en el futuro, y se pondrán en práctica.

Naturalmente, que mucha agua arrastrarán los ríos antes de que las cátedras de estilo puramente materialista, y los laboratorios, etc., se entreguen a los científicos del espíritu. Mas si la humanidad no quiere llegar a su absoluta decadencia, los trabajos que actualmente se desarrollan en los laboratorios, tendrán que substituirse por otros, a fin de que, en pos de la evolución en un futuro próximo, de tal modo se planeen, que se suspendan ciertos procesos de la mañana, durante el día, para dejarlos expuestos al anochecer al influjo de las corrientes cósmicas, en repetición rítmica hasta el día siguiente. O sea que los procedimientos deberán transcurrir de tal modo que determinadas influencias cósmicas se interrumpan durante el día, encauzadas hacia las alternativas de procesos cósmicos matutinos y vespertinos. Esto requiere múltiples preparativos.

De aquí podrán ustedes deducir que, cuando no se está en posibilidad de públicamente colaborar en el devenir, no queda otra alternativa que la de disertar sobre el tema. No obstante, los sectores aludidos, que se inclinan por el Oro, la Salud y la Longevidad, en lugar de Dios, Virtud e Inmortalidad, no intentan recurrir a los procesos matutinos y vespertinos, sino a algo muy distinto.

Me permito recordar que, en mi última conferencia , expuse que, por una parte, se pretende desterrar del mundo el Impulso procedente del Misterio del Gólgota, sustituyéndolo en Occidente por otro estímulo, que puede corresponder a una especie de Anticristo, y, por otra parte, del Oriente, paralizando el Impulso Crístico que ha de resurgir en el siglo XX, desviando la atención del Cristo que habrá de reaparecer en lo etéreo.

Quienes pretenden suplantar, en cierto modo al Cristo por el Anticristo, habrán de aprovechar los efectos de las fuerzas mas materiales, efectos que sin embargo son de índole espiritual. A este fin, se intenta, sobre todo, recurrir a la electricidad y particularmente al magnetismo terrestre para lograr decididos efectos sobre toda la Tierra.

Ya he tenido ocasión de manifestar que con el doble del hombre, ascienden esas fuerzas terrestres, secreto que se descubrirá muy en breve. La aplicación del magnetismo terrestre en su doble polaridad de magnetismo boreal y magnetismo austral, para irradiar hacia la Tierra fuerzas directrices de efectividad espiritual, constituirá en el futuro un secreto norteamericano.

Examinen el mapa magnético, y comparen ahí el curso de las líneas magnéticas según que la aguja señale hacia Oriente u Occidente, o permanezca inmóvil. Sobre todo esto he de limitarme a alusiones por el momento: seres espirituales actúan sobre la Tierra desde cierta región del Cielo, y basta con que se hallen al servicio de la existencia terrena para descubrir el secreto el magnetismo terrestre. Estos seres espirituales que actúan desde el cosmos pueden revelarnos ese secreto, y así conseguir óptimos resultados desde un punto de vista egoísta grupal, o sea, en lo referente a la triada Oro, Salud y Longevidad. Lo único necesario es moverse en cierto ánimo de dudosa calidad; y ciertos círculos lo procurarán, sin duda.

Los grupos orientales intentarán fortalecer la tendencia que ya mencioné, poniendo al servicio de la existencia terrestre la influencia y acción de las entidades que proceden del lado cósmico opuesto; magna contienda tendrá lugar en el futuro.

La ciencia humana se encaminará hacia lo cósmico, de diversas maneras. Será misión de la ciencia sana y benéfica encontrar las fuerzas cósmicas que se originen por la confluencia sobre la Tierra de dos corrientes cósmicas de sentido opuesto; las procedentes de Piscis y de Virgo, habrá que descubrir, ante todo, el secreto de la fusión de las fuerzas solares que proceden de Piscis, con las que llegan de Virgo. Y lo que hay que descubrir es cómo lograr que las dos energías procedentes de dos partes del cosmos, las de Piscis, por un lado, y las de Virgo, por el otro, matutinas y vespertinas, actúen en provecho de la humanidad.

No interesan estas fuerzas a los que intentan alcanzarlo todo por medio del dualismo y la polaridad, por medio de fuerzas positivas y negativas. Los secretos espirituales que, con el auxilio de las fuerzas dobles del magnetismo, la positiva y la negativa, permiten que lo espiritual de la Tierra se sature de energías cósmicas, emplean energías que proceden de Géminis, fuerzas de mediodía.

Ya en la antigüedad se conocían estas fuerzas cósmicas, y también saben hoy los científicos, de una manera exotérica, que tras el signo zodiacal Géminis se ocultan los magnetismos positivo y negativo.

El propósito puede consistir en neutralizar los beneficios que resultan por la manifestación de la dualidad del cosmos, anularlos materialista y egoístamente por medio de las fuerzas que afluyen a la humanidad especialmente de Géminis y que fácilmente pueden estar al servicio del doble de los hombres.

Luego hay otras hermandades, cuyo objetivo consiste en pasar por alto el Misterio del Gólgota, y cuya meta es recurrir a la naturaleza dual del hombre; esta doble naturaleza que en esta quinta época postatlante, háyase integrada por lo humano y por lo animal inferior. El hombre es realmente un centauro: contiene la naturaleza animal inferior, astralmente, y la humanidad situada, en cierto modo, sobre ese animal astral. Por la acción reciproca de esta dualidad, existe un dualismo de fuerzas; ese dualismo del que tratan de aprovecharse ciertas hermandades egoístas del Oriente, hinduístas, con el fin de seducir al Este europeo, al cual corresponde la misión de preparar la sexta época postatlante, recurriendo a las energías procedentes de Sagitario.

Lo que se le plantea ahora a la humanidad es la conquista de lo cósmico, ya sea de manera doblemente incorrecta, o simplemente correcta. Esto nos lleva a una auténtica renovación de lo astrológico que, en su antigua forma atávica, no puede sobrevivir.

Los conocedores de los secretos del cosmos se combatirán entre sí, los unos echando mano de los procesos matutinos y vespertinos en la forma indicada; los otros, en Occidente, utilizando preferentemente los procesos de mediodía, con exclusión de aquéllos, y en Oriente, sirviéndose de los procesos de medianoche. La preparación de substancias ya no tendrá exclusivamente en cuenta las fuerzas químicas de atracción y repulsión; se sabrá asimismo que las substancias resultantes son distintas según que se relacionen con procesos matutinos-vespertinos o de mediodía-medianoche; se sabrá asimismo que actúan de modo totalmente distinto sobre las triadas Dios, Virtud e Inmortalidad – Oro, Salud, Longevidad.

Ninguna injusticia podrá cometerse por la acción recíproca de fuerzas procedentes de Piscis y Virgo; sí se conseguirá, en cierto sentido, desprender del hombre el mecanismo biológico, pero ningún dominio y poder de un grupo sobre otro. Las fuerzas cósmicas traídas de estas últimas regiones siderales, producirán extraordinarias máquinas, pero únicamente las que redimen al hombre del trabajo, porque llevarán en sí mismas un cierto poder inteligente. Y la ciencia espiritual de orientación cósmica cuidará de que no ejerzan influjo dañino alguno las grandes tentaciones que provocarán estos animales-máquina que el propio hombre habrá producido,

A todo esto hay que añadir que es necesario que los hombres adquieran la preparación adecuada, evitando confundir las ilusiones con las realidades, a cuyo fin han de profundizar realmente en una concepción espiritual del mundo, en una comprensión espiritual del orbe. Ver las cosas tal como son: ‘He ahí lo importante! Pero únicamente podemos verlas tal como son si estamos capacitados para aplicar a la realidad las ideas y conceptos procedentes de la ciencia espiritual de orientación antroposófica.

Los muertos ejercerán gran influencia durante todo el periodo de existencia de la Tierra. ¿Qué será esta influencia?: He ahí el interrogante. La gran diferencia dependerá, sobre todo, de la conducta de los hombres sobre la Tierra, y así la acción benéfica de los muertos estará dirigida a que actúen por sí mismos, a que tomen sus estímulos de acción del mundo espiritual donde habitan post mortem.

En cambio, se manifestarán diversas tendencias hacia la penetración artificiosa de los muertos en la existencia humana. Por el medio de Géminis, ellos se introducirán en la vida del hombre, y así continuaran resonando las vibraciones humanas, vibrando de una manera bien definida en el funcionamiento de la máquina. Y de esta manera indirecta, el cosmos moverá las máquinas.

Cuando surjan estos problemas, lo importante será no hacer nada indebido, limitándose a las fuerzas elementales que ya son parte de la naturaleza, y renunciando a introducir energías impropias en la acción mecánica. En el campo del ocultismo, convendrá desistir de uncir el hombre al engranaje mecánico con objeto de sacar provecho de la teoría de la selección darwinista en lo que corresponde a la determinación de la capacidad de trabajo del hombre, tal como les indiqué últimamente por medio de un ejemplo.

El motivo de hacerles estas explicaciones, que naturalmente no pueden agotar el tema en tan breve tiempo, es porque confío que ustedes continuarán meditando sobre todas ellas, que intentarán tender un puente entre lo que yo digo y sus propias experiencias, ante todo las experiencias que estos tiempos difíciles nos deparan.

Cuando, a la luz de las ideas expuestas, enfoquen lo que he dicho, verán entonces cuántas cosas les resultarán más claras. Pues, no se trata, en nuestra época, de un enfrentamiento y constelación de fuerzas, como se repite, una y otra vez, en la vida externa exotérica, sino de algo muy distinto: tender un velo sobre las verdades intenciones que están en juego. Sin duda, existen ciertas fuerzas humanas empeñadas en salvar algo para sí. ¿En salvar qué? Ciertas fuerzas humanas están empeñadas en apoyar ahora solapadamente, con cierta reserva arhimánico-luciférica, los impulsos que hasta la Revolución francesa eran justificados e incluso los habían defendido algunas escuelas ocultistas: en apoyarlos con el propósito de mantener en pie un orden social que la humanidad creía haber superado desde fines del siglo XVIII.

Básicamente, hay dos potencias frente a frente: los representantes del principio superado desde fines de ese siglo, y los representantes de los tiempos nuevos. No cabe duda de que, instintivamente, un gran número de personas representa el impulso de lo nuevo. Por eso, representantes del viejo impulso, el de los siglos XVI, XVII y XVIII, son uncidos, por medios artificiosos, a las fuerzas que emanan de ciertas hermandades que actúan en virtud de un egoísmo grupal. El principio más eficaz, de los tiempos modernos para extender el poder sobre todos cuantos hombres se requiera, es el principio económico el de la dependencia económica, simple medio, sin embargo. porque en realidad, se trata de otra cosa, y la pueden ustedes deducir de todas las consideraciones que les he hecho. El principio económico está ligado a todo lo expuesto, cuyo objeto es formar un gran ejército mundial al servicio de dicho principio.

He ahí a lo que nos enfrentamos. Acabamos de señalar una de las partes que actualmente contienden en el mundo: la que defiende el principio de los siglos XVI , XVII y XVIII, enclavado en Occidente, disimulado bajo la indumentaria de la Revolución, de las frases de la Democracia, y tras la máscara, oculta sus propósitos de conquista del máximo poder. Favorece esos propósitos el que la gran mayoría no trate de ver las cosas como son, y se dejen engañar por el velo de maya, por la ficción de que la actual guerra es una lucha entre la Entente y las Potencias de la Europa Central.

No es esta guerra lo que, en verdad, existe, sino otra muy distinta, escondida tras el velo de maya: la guerra entre la Entente y las Potencias Centrales no es sino maya, ilusión. Para darse cuenta de lo que realmente está en juego en esta batalla, de cuáles son los verdaderos combatientes, observemos tras bambalinas, y a la luz de lo que, por ciertas razones, no puedo mas que sugerir. Mas, procuremos no tomar las ilusiones por realidades y, con sólo esto, se irán ellas desvaneciendo, observémoslo todo con actitud imparcial.

Si resumen ustedes las consideraciones que han integrado estas charlas, verán por si mismos que una de ellas, dada como accesoria, no lo es tanto como parece. No hubiera hecho Mefistófeles a Woodrow Wilson el comentario que hizo a Fausto: “Ya veo que tú conoces al diablo”, comentario no de poca monta, sino detalle que nos aclara una situación. Veamos esto sin simpatía o antipatía, objetivamente; seamos sobre todo, capaces de captar una causa cualquiera dentro del significado de su constelación, y el significado de su fuerza propia, pues suele ocurrir que tras ésta haya algo completamente distinto de lo que entraña la mera constelación. Y así, plantéense imparcialmente la pregunta de cuánto hubiera valido el cerebro de Wilson, si este cerebro no hubiera estado sentado en la silla presidencial de la Unión Americana. Supónganse que hubiera estado en otra constelación: ¡cómo hubiera podido entonces manifestar su fuerza propia! La constelación es lo que importa.

Existen casos, dicho radicalmente y en abstracto, y sin referirse desde luego al que acabamos de mencionar – no se me ocurriría esto en un país neutral – en que uno se pregunta si determinado cerebro tiene el valor que le confiere el poder espiritual especial que lo anima, si lo tiene en el sentido que anima nuestras disquisiciones, o bien si no tiene más peso que el de su materia en gramos.

Tan pronto como se han penetrado secretos del doble humano, tantas veces comentado últimamente llega uno a conceder a ciertos cerebros el valor. no estoy hablando de nada irreal, de su masa puesta en una balanza, porque es muy posible, si tuviera que ser así ponerlos a funcionar por medio del doble, exclusivamente.

Todo esto puede parecer grotesco al hombre del presente, mas toda esa extravagancia se convertirá en evidencia, si ciertas cosas que hoy llevan un curso dañino deben desembocar hacia una corriente benéfica. ¡De qué sirve el mero verbalismo! Por favor, adquieran la convicción de que toda verborrea en torno a la “religiosidad cósmica”, al “gran anhelo que suscita”, a “la actividad que propende a descubrir y desentrañar los movimientos cíclicos de esa vida tras la impresión sensorial”, etc. etc., no conduce sino a extender una neblina sobre cuestiones que nunca deberían plantearse sino con inmensa claridad, pues únicamente pueden ser efectivas si son límpidas, si, en verdad, encauzan hacia impulsos prácticos y ético-morales a la humanidad.

Yo no puedo hacer más que alusiones aisladas. A ustedes corresponde meditar sobre ellas, proseguir constructivamente sobre los temas. Desde diversos aspectos, las cosas son aforísticas, pero de una sinopsis como la del círculo zodiacal que se reproduce seguidamente; utilizada como tema de meditación, podrán sacar ustedes, gran numero de conclusiones.

Traducción directa del alemán de Iván Villanueva

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Entidades individuales y unidad indivisa del Cosmos 2/3

Tres conferencias pronunciadas por Rudolf Steiner en Dornach (Suiza), del 18 al 25 de Noviembre de 1917

Traducción directa del alemán de Iván Villanueva

English Version

Segunda Conferencia

Dornach, 19 de Noviembre de 1917

He de hacer hincapié con respecto a todas nuestras digresiones llevadas a cabo con el propósito del conocer, aunque sea con medios muy deficientes, que si, por un lado, nos llevan a descubrir amplias perspectivas históricas, por el otro, y esto es lo fundamental, nos permiten lograr una información sobre hechos reales, no sobre teorías cualesquiera, no en relación con una sistematización ideal cualquiera. Es indispensable dejar esto muy claro, como así lo he manifestado en mi visita anterior, pues de lo contrario resultaría sumamente difícil la comprensión de estos temas. No intento, en ningún sentido, referirme a las leyes o a las ideas del proceso histórico, sino a hechos reales que corresponden a los propósitos e intenciones de determinados personajes organizados en hermandades, así como a otras que actúan sobre ellas y cuya influencia precisamente ellas buscan, pero que, en su forma de ser, no pertenecen a la especie humana que encarna, sino a la de los seres que se “corporizan” en el mundo espiritual. Hay que tomar esto muy en cuenta, sobre todo por la clase de observaciones que hice ayer. En estas hermandades encontramos, por así decir, diferentes partidos, como seguramente ya dedujeron por nuestros comentarios del año pasado. Ya en aquel entonces llamé su atención sobre el hecho de que, dentro de dichas hermandades, nos encontramos con el partido que propugna el mantenimiento de un secreto absoluto de ciertas verdades superiores, y, junto a él, otro, cuyos miembros, dentro de diversos matices, ya desde mediados del siglo XIX, son partidarios de revelar algunas de esas verdades, si bien con la precaución y objetividad pertinentes, así como con la restricción de que, al principio, únicamente se de a conocer aquello cuya divulgación sea de improrrogable necesidad.

Junto a estos dos partidos principales, hay otros de distintos matices. Por ahí se puede deducir que los propósitos, los impulsos que esas hermandades transmiten a la evolución humana, son muchas veces producto de una transacción.

Ahora bien, precisamente cuando estas hermandades, familiarizadas con los impulsos espirituales activos en la evolución de la humanidad, veían acercarse el trascendental acontecimiento de comienzos de mil ochocientos cuarenta, o sea, el combate de ciertos espíritus contra los superiores que terminaría en 1879 con la supeditación de los espíritus angélicos de las tinieblas, efeméride simbolizada por la derrota del dragón a manos del arcángel Micael (veáse “La caída de los espíritus de las tinieblas” o “ Micael y el Dragón” ), cuando esas hermandades se dieron cuenta de la proximidad de tal acontecimiento, sintieron la necesidad de tomar posición al respecto, y preguntarse: ¿qué hacer?.

Los miembros de las repetidas hermandades cuyas opiniones armonizaban con las exigencias de la época, animados de las mejores intenciones, cayeron en el error de querer tener en cuenta el materialismo que era la característica de los tiempos, pensando que, puesto que los hombres sólo se interesaban por los conocimientos relacionados con lo físico, era lógico proporcionarles por ese medio algunos conocimientos del mundo espiritual. Fue, pues, con buena intención que este grupo difundió el espiritismo en los años cuarenta.

Cuando tuvo lugar el aludido combate, que coincidió con el predominio del espíritu crítico, de la razón orientada hacia lo exterior, se hizo necesario intentar que los hombres tuvieran, al menos, la impresión, el sentimiento de que existía a su alrededor un mundo espiritual. Y como se logran determinadas transacciones, se logró ésta. Algunos integrantes de las hermandades que por completo rechazaban la comunicación de los humanos con ciertas verdades espirituales, se vieron, por así decir, dominados por la mayoría y precisados a dar su consentimiento. Pero su intención primera no había sido implantar el espiritismo y sus implicaciones en el mundo. Sin embargo, donde hay corporaciones, y éstas manifiestan una voluntad expresa, existen transacciones que implican, como ocurre siempre en el plano externo de la vida, que toda decisión de una corporación incluya el deseo de sacar algún provecho del acuerdo logrado, entre los que montaron la escena según sus propios designios, y los que originariamente se oponían a ello .

Así, pues, los miembros bien intencionados de esas hermandades cayeron en el error de creer que recurriendo a médiums llegarían a convencer a los hombres sobre la existencia de un mundo espiritual, y de que, con base en esta convicción, podrían hacerles partícipes de otras verdades. Lo que hubiera dado buen resultado si, en realidad, hubiera ocurrido lo que esos bienintencionados miembros dieron por sentado: que los fenómenos provocados por los médiums se interpretaban como manifestaciones de un mundo espiritual; pero algo totalmente distinto ocurrió: los fenómenos provocados los interpretaron las personas presentes en las sesiones como procedentes de los muertos. Y así, el espiritismo produjo una decepción general: por un lado, los que habían sido superados por el voto de las mayorías, sufrieron un disgusto máximo al saber que, en las sesiones espiritistas, existían -a veces con razón- manifestaciones de los espíritus de los difuntos, lo que no esperaban que esto sucediera los iniciados progresistas y bienintencionados, sino comentarios sobre un mundo subyacente general: a ellos alcanzó asimismo la decepción.

las comunicaciones de éstos podrían poner en evidencia cómo aquellos miembros manipulaban las almas de los difuntos; precisamente de aquellos de quienes los hermanos de la izquierda habían abusado en cierto modo.

Pero este proceso lo siguieron con suma atención los que poseían cierta iniciación, Y es que, además de los miembros de las mencionadas hermandades, existen también miembros de otras, e incluso de las primeramente mencionadas, en las que llegan a formarse minorías y, a veces, hasta mayorías de iniciados que suelen denominarse “hermanos de la izquierda”, cuyo principal propósito es la conquista de poder por medio de cualquier impulso que se infiltra en la evolución de la humanidad, hermanos de la izquierda que mucho esperaban por su parte de los resultados del espiritismo. Ya puntualicé ayer que estos hermanos de la izquierda fueron quienes tomaron en primer lugar providencias con las almas de las personas muertas, y eran del máximo interés para ellos los resultados de las sesiones espiritistas; por eso, poco a poco, se fueron apoderando de todo ese territorio. En cambio, los bienintencionados iniciados perdieron gradualmente todo interés por el movimiento espiritista, y hasta se sintieron en cierto modo avergonzados, porque los que habían rechazado, en un principio, ese movimiento les decían que debían ya haber sabido de antemano que eso no iba a dar nada de sí. Por eso, cayó el espiritismo precisamente dentro de la zona de influencia de los hermanos de la izquierda, individuos que, como les decía, se habían decepcionado también, sobre todo se daban cuenta que, a causa del espiritismo, posiblemente se descubriría su verdadera maquinación, lo que en ningún sentido les interesaba: precisamente en las sesiones espiritistas, donde los participantes se creían influidos por las sugerencias de los muertos, las comunicaciones de éstos podrían poner en evidencia cómo aquellos miembros manipulaban las almas de los difuntos; precisamente de aquellos de quienes los hermanos de la izquierda habían abusado en cierto modo.

Insisto: estas consideraciones no son simples elucubraciones teóricas, sino hechos reales que tienen relación con individualidades determinadas, individualidades que, por hallarse agrupadas en hermandades, unas pueden esperar, de un mismo asunto, determinado resultado, y otras individualidades, otro resultado. Cuando se habla de hechos reales del mundo espiritual, no se puede pretender otra cosa que no sea la consecuencia conflictiva de los impulsos de las diversas individualidades. También en la vida se contradicen las acciones de unos y otros. Pero cuando se habla de teorías, el principio de la no contradicción es inviolable; no así cuando recurrimos a hechos reales –las acciones en el mundo espiritual– concuerdan entre sí tan poco como las de los hombres en el plano físico; tengan esto siempre presente. En estos asuntos no podemos hablar de realidades, si no las relacionamos con hechos individuales. Diferenciemos, pues, las distintas corrientes, mantengámoslas separadas.

Esto trae como consecuencia, algo tan importante, que no hemos de olvidar, si queremos llegar a una concepción del mundo un tanto satisfactoria. Muy importante es lo que les voy a decir; importante y trascendente, a pesar de su abstracción; expongámoslo de una vez.

Cuando el hombre quiere formarse una concepción del mundo, tiende, con justa razón, a que las distintas partes de dicha concepción concuerden entre sí. Esto lo hace por costumbre, costumbre plenamente justificada, pues deriva de lo que, durante muchos siglos, constituyó el mas inapreciable tesoro anímico y espiritual de la humanidad: el monoteísmo. Uno intenta referir todo lo que acaece en el mundo, a la unidad indivisa del Cosmos, y es lógico que así sea, si bien no en el aspecto que muchas personas creen sino desde otro punto de vista, aquel del que hablaremos la próxima vez. Hoy me limito a destacar su fundamental importancia.

Quien presupone que todo se puede explicar sin contradicciones, como si las cosas procedieran de un motivo único y universal, sufrirá muchas desilusiones, sobre todo si enfoca imparcialmente al mundo y sus vicisitudes. Es común que el hombre considere todo lo que percibe a su alrededor desde la concepción sacerdotal del mundo: todo se retrotrae a la unidad indivisa, de Dios; todo, por lo tanto, ha de poder explicarse de una sola manera.

Pero la realidad no es así. No todas las experiencias de este mundo provienen de una causa primera y única, sino de individualidades espirituales diferenciadas entre si; y en los sucesos que tienen lugar, confluyen los actos de diferentes entidades individuales; así es, por lo pronto.

La próxima vez aportaré elementos adicionales que justifican el monoteísmo, esto es, la concepción de la fundamentación unitaria del Universo; mas para nuestro cometido de hoy, hemos de detenernos en la diversidad: hemos de pensar en entidades individuales, en grado sumo independientes unas de otras, que salen a nuestro encuentro tan pronto como damos el primer paso cruzando el umbral del mundo espiritual. Esto implica que ya no se puede pretender que el devenir sea explicable partiendo de un principio unitario. Supongamos que aquí tenemos, esquemáticamente representado, un acontecimiento cualquiera, digamos los acontecimientos sucedidos desde el año 1913 a 1919.

Entidades Espirituales y unidad indivisa del Cosmos c2.

Naturalmente, las experiencias de la gente van más allá de esas fechas en ambas direcciones, y aunque el historiador esté tentado a postular un principio unitario dentro de la complejidad del desarrollo, no lo hace, pues en cuanto se traspasa el umbral del mundo espiritual, ya sea hacia abajo o hacia arriba, lo que es lo mismo (ver dibujo rojo), diferentes individualidades influyen conjuntamente en los acontecimientos, individualidades relativamente independientes unas de otras (ver dibujo, flechas). Si ustedes no toman esto en cuenta, si presuponen siempre la unidad indivisa del cosmos, nunca podrán entender los acontecimientos. Sólo cuando en la complicación de los sucesos, se toma en cuenta la acción conjunta o antagónica de las más diversas entidades, puede llegarse a entenderlas correctamente.

Lo que afirmo se relaciona con los más profundos secretos de la evolución humana, ignorados durante siglos o milenios por el sentimiento monoteísta; pero no hemos de olvidar esto en nuestra época. Si queremos pues, ahondar nuestros problemas filosóficos, tratemos, ante todo, de no confundir la lógica con una abstracta ausencia de contradicción. Esta ausencia no puede existir en un mundo en el que confluyen influencias de Individualidades independientes entre sí, por cuya razón es absurdo postular la no contradicción abstracta que sólo nos conducirla al empobrecimiento de las ideas, incapaces de abarcar en si la plena realidad.

La realidad sólo puede ser íntegra cuando contiene en sí lo positivo y lo negativo, es decir, el mundo contradictorio de la realidad.

El reino de la Naturaleza que se despliega ante el hombre, se forma de muy notable manera. También en ella, o sea, en todo lo que con ese nombre intenta captar el hombre, con las ciencias naturales por una parte, con el culto que le suscita la estética natural, etc., por la otra, también ahí actúan diversas individualidades. Pero en el ciclo actual de la evolución humana, el sapientísimo gobierno del Universo ha tomado providencias de sumo provecho para los hombres: puede el hombre concebir la Naturaleza por medio de las ideas armónicas con la dirección unitaria, porque la percepción sensoria sólo permite que llegue a su conciencia aquel aspecto natural que efectivamente tiene por causa una ordenación unitaria. Detrás de ese tapiz, existe, sin embargo, algo más, sometido a un centro de influencias completamente distinto, en el que queda excluida la percepción sensoria. Por eso, lo que el hombre denomina Naturaleza es, efectivamente, un sistema unitario, pero sólo porque pasa a través de un tamiz, nuestros sentidos, los tamizadores. Al percibir la Naturaleza, todo lo que ella contiene de contradictorio se retiene en ese filtro, y la recibimos efectivamente en forma de sistema unitario. Mas en el mismo instante en que se traspasa el umbral, y se toma la realidad integral como base para explicar el mundo natural, los espíritus elementales, o las influencias sobre el alma humana, que también recaen sobre la Naturaleza, en ese mismo instante ya no se puede hablar de sistema unitario, y hay que admitir la interacción de individualidades en lucha recíproca o en recíproco apoyo y fortalecimiento.

En el mundo elemental encontramos los geniecillos de la tierra, criaturas gnómicas; los del agua, criaturas ondinas; los del aire, criaturas silfídeas; los del fuego, criaturas salamándricas. Todos ellos se encuentran allí. Y no son de tal índole que se pudiera formar con ellos como un regimiento unitario; de ninguna manera

En el mundo elemental encontramos los geniecillos de la tierra, criaturas gnómicas; los del agua, criaturas ondinas; los del aire, criaturas silfídeas; los del fuego, criaturas salamándricas. Todos ellos se encuentran allí. Y no son de tal índole que se pudiera formar con ellos como un regimiento unitario; de ninguna manera. Constituyen diferentes reinos: el de los gnomos, las ondinas, los silfos y las salamandras, cada uno independiente en cierto modo; no trabajan en formación cerrada partiendo de un sistema único, y sostienen luchas entre ellos. Sus intenciones no se corresponden previamente y la conjugación de esas intenciones produce los más diversos resultados. Cuando las intenciones son conocidas, se puede ver en un hecho la participación conjunta de, por ejemplo, los genios del fuego y los de las ondinas. Mas tampoco hemos de suponer que exista tras ellos alguien a quien obedecer; no es así.

Muy difundida está esa suposición en la actualidad, y algunos filósofos, como por ejemplo Wundt – de quien Friti Mauthner afirma, no sin razón, que es una “autoridad por gracia de su editor”, deducen que la totalidad de las funciones anímicas, o sea, la vida representativa, la sentimental y lavolitiva, forman una unidad, y razonan que, siendo el alma una, todo en ella debe ser indiviso, corresponder a un sistema común. Pero no es así y si nuestra vida representativa tras el umbral de la sensoria no se remontara a otras regiones completamente diferentes, desde donde queda influida por determinadas individualidades, así como lo está nuestra vida sentimental por otras, y la volitiva por otras, no surgirían las discrepancias tan intensas y significativas en la vida humana, esas discrepancias que precisamente son el objeto de estudio de la psicología analítica.

¡Qué extraño es todo esto! Si suponemos que esto es la entidad humana (ver dibujo), integrada por la vida representativa, la sentimental y la volitiva (ver dibujo, letras T, F, W), un sistematizante como lo es Wundt, no podría pensar sino que todo ello constituye un sistema.

Entidades individuales y unidad indivisa del Cosmos c2.

Pero la vida representativa desemboca en un mundo (W1), en otro, la vida sentimental, (W2) y en otro, la volitiva (W3); y para integrarlos está ahí el alma humana, para formar la unidad de lo que en lo prehumano, momentáneamente prehumano, es realmente trinidad.

Hay que tener todo esto en cuenta, porque en la evolución histórica de la humanidad son de considerar los impulsos que la integran.

En el transcurso de estas conferencias, he sustentado que cada época del período postatlante tiene su misión especial; y en términos generales, he caracterizado la de la quinta época como la de la confrontación con el Mal, considerado como impulso dentro de la evolución universal. Ya hemos comentado diversamente lo que esto quiere decir. La única posibilidad de contrarrestarlo consiste en que los poderes que, por su desviación, son malignos, sean conquistados a favor de la humanidad, gracias a los esfuerzos del hombre del quinto periodo postatlante, y así los transmute en algo beneficioso para la íntegra evolución universal en su futuro. Esto implica que la misión de esta quinta época postatlante es particularmente ardua, pues la humanidad se halla expuesta a gran variedad de tentaciones. Ante la aparición sucesiva de los poderes del Mal, el hombre se siente, a veces, naturalmente inclinado a entregarse a él en todos sentidos, en vez de emprender la lucha por supeditarlo al servicio de la positiva evolución universal. Pero esto es lo que ha de llevarse a cabo; el mal debe, hasta cierto punto, incorporarse al servicio del favorable desarrollo cósmico, ya que de lo contrario no podríamos entrar en el sexto período postatlante, cuya misión es completamente distinta: que la humanidad, a pesar de la continuidad de su contacto con la Tierra, se halle en contemplación constante del mundo espiritual, responda en todo momento a los impulsos espirituales. Esta misión frente al Mal en el curso del quinto período postatlante, origina en el hombre cierta ofuscación.

Ya sabemos que desde el año 1879, los espíritus de las tinieblas más próximos al hombre, integrantes del reino angélico, deambulan, expulsados del mundo espiritual, por el reino humano, y que moran dentro de los impulsos del hombre, y de ellos se sirven para actuar. He dicho también que precisamente a causa de que estas entidades próximas al hombre actúan invisibles entre nosotros, y que los poderes del Mal interfieren impidiéndole al hombre que, con su razón, reconozca lo espiritual – otra misión concomitante de la quinta época postatlante – precisamente por esto abundan en esta quinta época las ocasiones de cometer errores funestos y desmanes peligrosísimos. Debe el hombre, en esta época, concebir lo espiritual por medio de la razón.

Puesto que los espíritus de las tinieblas fueron derrotados en el año 1879, habrá de revelarse lo espiritual al hombre, y la sabiduría espiritual manará en abundancia cada vez mayor desde los reinos del espíritu.

Puesto que los espíritus de las tinieblas fueron derrotados en el año 1879, habrá de revelarse lo espiritual al hombre, y la sabiduría espiritual manará en abundancia cada vez mayor desde los reinos del espíritu. No hubiera sido esto posible si los espíritus de las tinieblas hubieran permanecido en esos reinos espirituales; pero sí pueden todavía promover confusión, sí pueden obscurecer las almas; ya hemos descrito en qué forma, cuáles son las oportunidades que aprovechan para lograrlo; qué maquinaciones llevan a cabo para impedir que los hombres den cabida a la vida espiritual.

Claro que esto no debe ser motivo de lamentaciones, pero sí el intensificar las fuerzas y energías anímicas que tienden hacia lo espiritual. Si en nuestra quinta época postatlante, alcanzamos lo que debe conseguirse, incorporando las fuerzas del Mal a la causa del Bien, habremos logrado algo inaudito: que la quinta época postatlante obtenga un saber de ideas mas vastas que cualquier otra época, que cualquier otro periodo de la evolución terrestre. Por ejemplo, el Cristo apareció durante la cuarta época postatlante en el Misterio del Gólgota; pero la razón humana no puede asimilarlo hasta la quinta época. En la cuarta, los hombres comprendieron que había algo en el Impulso Crístico que podía ayudar a sus almas a superar la muerte: quedó claramente expuesto en el cristianismo de San Pablo; pero en la quinta época sucederá algo de mayor importancia todavía para su desarrollo; el alma humana llegará a la convicción de que tiene en Cristo la ayuda necesaria para convertir al Bien las fuerzas del Mal, algo caracteriza la peculiaridad de esta quinta época postatlante, algo que debe el hombre tener grabado siempre en su alma, sin que tienda a olvidarlo como acostumbra: que ha de ser militante en pro del espíritu, y que flaquearán sus energías si no se hallan en todo momento embridadas y listas para la conquista del mundo espiritual.

En esta quinta época postatlante, goza el hombre en grado máximo de su propia libertad: corresponde a su proceso evolutivo. Y todas las vicisitudes por las que pase en esta quinta época, han de calibrarse en cierto modo con la idea de la libertad humana: si sus fuerzas flaquearan, podría todo desviarse hacia la maldad. El hombre ya ha trascendido la etapa de ser guiado como un niño, y si perduran las hermandades que todavía prescriben aquel ideal de conducirle como a un infante, así fue en los tercero y cuarto períodos postatlantes, estas hermandades no siguen el acertado camino, no enfocan lo que debe hacerse para el desarrollo humano. Quien en esta quinta época post-atlante, se lance a la proyección del mundo espiritual, ha de adoptar tal actitud que su aceptación o rechazo quede al libre albedrío del individuo. A esto se debe que ahora, sólo determinados aspectos de la verdad han de mencionarse; el simple roce de ella, es tan importante en este momento como pudo haber sido en otra época, cualquier amplia manifestación suya. Pondré un ejemplo.

En nuestra hora, lo más importante es la transmisión de verdades o, si me permiten expresarlo trivialmente, contar las verdades; dejar después que la gente libremente decida. En puridad, no se debería ir nunca más allá de la transmisión del informe, y dejar el resto a discreción del informado, al igual que como actuamos en el plano físico. Esto incluye asimismo los asuntos cuya dirección y manejo sólo pueden provenir del mismo mundo espiritual.

Nos entendemos mejor si entramos en pormenores. Todavía en la cuarta época, las circunstancias eran tales que otras cosas privaban sobre la mera palabra, la pura transmisión. ¿Qué eran esas cosas? Tomemos un caso concreto: la isla de Irlanda, como hoy la llamamos, es muy particular; en algunos aspectos se diferencia del resto de la Tierra. Los territorios son distintos unos de otros; lo que nada tiene de particular; mas hoy quiero destacar la gran diferencia que existe entre Irlanda y otros lugares terrestres. Arrojemos una mirada retrospectiva a la evolución de la Tierra -ya la conocen por mi libro “La Ciencia Oculta”- y comprobemos diversas influencias, diversos acontecimientos que procedían del mundo espiritual. Por mi “Ciencia Oculta” conocen como se hallaba durante el período lemúrico, lo sucedido desde entonces, y cómo se fueron desarrollando los siguientes procesos. Ayer, les hice notar que la Tierra es propiamente un organismo y que, de los distintos territorios, fluyen emanaciones diversas sobre sus habitantes, emanaciones que ejercen una bien determinada influencia sobre nuestro doble, del que también les hablé ayer al finalizar mi conferencia. En el caso de Irlanda, la antigua humanidad que conoció esta isla, describió su carácter peculiar de una manera legendaria y fabulosa. En un tiempo, se conoció una leyenda esotérica que trataba de la esencialidad de Irlanda dentro del conjunto del organismo terrestre, y decía: la humanidad fue expulsada del Paraíso, porque Lucifer la pervirtió, y desde entonces se dispersó por el resto del mundo; pero esta afirmación implica que este resto del mundo ya existía cuando tuvo lugar la expulsión del Paraíso. Hay que distinguir entonces -así decía el legendario y fabuloso relato- entre el Paraíso en el que se hallaba Lucifer también, y el resto de la Tierra, adonde se expulsó la humanidad. Sin embargo, Irlanda constituye una excepción, porque no pertenecía propiamente al resto de la Tierra: antes de que Lucifer entrara en el Paraíso, se había formado en la Tierra una reproducción suya, es decir, del Paraíso, reproducción que precisamente, corresponde a lo que hoy es Irlanda.

Aclaro: Irlanda es aquella porción de la Tierra en la que Lucífer no tiene participación, con la que no tiene relación alguna. Lo que hubo de separarse del Paraíso a fin de que su trasunto en la Tierra pudiera existir, hubiera bastado para impedir la entrada de Lucifer al Paraíso. O sea, que según esta leyenda, Irlanda fue concebida como una segregación de la porción del Paraíso que hubiera podido impedir la entrada de Lucifer. Sólo después de que Irlanda quedó segregada del Paraíso, pudo Lucifer entrar en él.

Esta leyenda esotérica que muy imperfectamente les he referido, es muy hermosa. Para muchos hombres correspondía la explicación de la peculiar misión de Irlanda durante siglos. En el primero de mis Dramas Iniciáticos se pone de manifiesto lo que tanto se ha repetido: que la Cristianización de Europa partió de los monjes irlandeses. Después de que San Patricio introdujo el cristianismo en Irlanda, alcanzó allí el movimiento la máxima devoción. Según la exégesis de la mencionada leyenda, Irlanda, a quien los griegos llamaban “Ierne” y los romanos “Ivernia” , era conocida en esta época, cuando las fuerzas de la cristiandad europea recibían de ella sus mejores estímulos, a través de los amantísimos iniciados cristianos irlandeses; se la llamaba Isla de los Santos, por la devoción reinante en los claustros cristianos que allí tenían su sede. La causa de esto es que en Irlanda son óptimas las fuerzas de las que les he hablado, las fuerzas territoriales que, ascendiendo de la Tierra, se apoderan del doble de las personas.

 causa de esto es que en Irlanda son óptimas las fuerzas de las que les he hablado, las fuerzas territoriales que, ascendiendo de la Tierra, se apoderan del doble de las personas.

Quizá ustedes deduzcan: en este caso, lo mejor del mundo son los irlandeses, las realidades humanas no son tan simples; a cualquier territorio llegan inmigrantes, tienen descendientes, y así sucesivamente. El hombre no es simple producto de la parte de la Tierra en que se encuentra, y puede ocurrir muy bien que el carácter del hombre contradiga las emanaciones terrestres. No se puede, pues, juzgar la proyección real del hombre como característica del organismo terrestre relativo a determinado territorio; de hacerlo, no haríamos más que entregarnos de nuevo a la ilusión.

De todos modos, hay que reconocer que Irlanda es un territorio muy especial; y de lo dicho deberíamos entresacar un factor entre muchos que pueden ser fructíferos en el campo de las ideas político-sociales, factores que deberían ser tenidos en cuenta: lo dicho de Irlanda es uno de ellos. Si coordináramos todo lo enfocado, llegaríamos a una ciencia de las relaciones humanas en la Tierra; y, por faltar, nos es imposible darnos cuenta de la disposición justa y sana de los asuntos públicos. La información que podemos difundir procedente del mundo espiritual, debiera determinar las medidas a tomar. Por esto he dicho recientemente en mis conferencias públicas que es importante que quienes se relacionan con los asuntos públicos, como los estadistas, deberían interesarse en conocer todo esto, ya que solamente de este modo llegarían a dominar la realidad. Pero no lo hacen, o por lo menos hasta ahora, aunque la necesidad exista.

En el presente, y de acuerdo con la misión de la quinta época postatlante, son esenciales la transmisión e información, pues antes de que la palabra se convirtiera en acto, hay que tomar las decisiones pertinentes, a la manera de cómo suele hacerse con los impulsos que provienen del plano físico. Era distinto en otros tiempos porque otros eran entonces los procedimientos.

En cierto momento de la tercera época postatlante, una hermandad concibió la idea de enviar gran cantidad de colonizadores del Asia Menor a Irlanda, y se establecieron en ella colonos procedentes de la parte de Asia, donde más tarde nacería el filósofo Thales. Relean en mis “Enigmas de la Filosofía” lo concerniente a la filosofía de ese autor. Thales, aunque de posterior nacimiento, pues vino al mundo en la 4a época postatlante, procedía de los mismos distritos del Asia, de donde, anteriormente, los iniciados habían enviado a Irlanda colonos formados dentro del mismo medio ambiente, de la misma sustancia espiritual en que se engendraría el filósofo Thales. ¿Por qué? Porque conocían las características de esa parte de la Tierra irlandesa. Sabían aquello que revelaba la leyenda esotérica de que les he hablado; que las fuerzas que ascienden de la Tierra a través del suelo de esa isla, actúan sobre el hombre de tal modo que proyectan escasa influencia hacia el intelectualismo, hacia el egoísmo y hacia la facultad de decidir. Sabían esto muy bien los iniciados que enviaron los colonos a la isla, y seleccionaron a quienes les parecieron más adecuados por su predisposición kármica a asimilar las influencias de su territorio. Todavía existen hoy, en esa isla, descendientes de la antigua población transplantada del Asia Menor, destinada a evolucionar de tal modo que en ellos no floreciera la mínima intelectualidad, ni el menor racionalismo, ni tampoco un carácter resuelto; sí, en cambio, y en forma sobresaliente, ciertas otras cualidades anímicas.

Así se estuvo preparando muy de antemano lo que después había de arraigar en Irlanda como pacífica forma de expansión del cristianismo, y el glorioso desarrollo, cuya irradiación posterior fue la cristianización de Europa: todo preparado con gran antelación. Los compatriotas del futuro Thales enviaron a la gente idónea para que de ellos nacieran los monjes que habían de actuar en la forma descrita. En los tiempos antiguos, mucho encontramos de este proceder, y cuando ustedes se relacionen ahora con la historia exotérica y superficial redactada por historiadores incomprensivos, con mucho entendimiento, sin embargo, pues el entendimiento es lo característico del mundo de hoy, descripciones de colonizaciones antiguas, no duden de que en esas colonizaciones se oculta una profunda sabiduría, de que fueron ordenadas y dirigidas tomando muy en cuenta lo que habría de suceder en el futuro, tomando muy en cuenta lo fundamental de la evolución terrestre.

Esta era otra manera de implantar en el mundo la sabiduría espiritual. El que hoy sigue el recto sendero, no debiera hacerlo así; nada debiera proscribir a las personas contra su voluntad, con el objetivo de zonificar la Tierra: limítese a transmitir las verdades, y que cada cual se decida por si mismo.

Pueden ver así un progreso esencial de la tercera a la cuarta y a la quinta época postatlante. Es preciso fijarse bien en ello, así como reconocer que el impulso de libertad debe extenderse a lo largo de toda la quinta época, pues precisamente contra esa libertad humana se rebela aquel adversario que acompaña al hombre como su doble desde poco antes de su nacimiento hasta poco antes de su muerte, cuando tiene que abandonarlo intempestivamente. Cuando se está bajo la influencia que se ejerce directamente con el doble, pueden surgir, en esta quinta época, manifestaciones que no son adecuadas para facilitar el cumplimiento de su misión: aceptar el combate contra el Mal para transmutarlo, hasta cierto punto, en Bien.

Imagínense el transfondo que acecha al hombre en el transcurso de esta quinta época; no me canso en aclarar sus circunstancias, para que se entiendan. Pues ahí donde opera reciamente el doble de quien les hablé ayer, se actúa en realidad contra las tendencias propias de esta quinta época, cuando la humanidad no se halla todavía en condiciones de aquilatar acertadamente sus valores; sobre todo, después de estos tres últimos años tan tristes. (Postrimerías de la 1ª Guerra Mundial)

Tomemos un hecho aparentemente muy alejado de nuestras actuales reflexiones: en una gran empresa metalúrgica hay que cargar diez mil toneladas de hierro colado en vagones de ferrocarril. Se destinan a ello determinado número de trabajadores: setenta y cinco hombres, cada uno de los cuales podrá cargar, según cálculos efectuados, doce toneladas y media al día; son, por lo tanto, setenta y cinco hombres a doce toneladas y media por día cada uno.

Alguien, que otorgaba al doble más consideración de la que, en sentido del adelanto de la humanidad, prodigaba a lo que se refiere al ánimo humano, durante la quinta época postatlante, ese alguien era Taylor. Este hombre preguntó a los fabricantes si no creían que un obrero podía cargar mucho más de doce toneladas y media por día; a lo que respondieron que un obrero al máximo, podía cargar dieciocho toneladas diarias, Taylor asintió y dijo: hagamos el experimento. Y empezó a experimentar con los hombres. Con esto, lo mecánico se transfiere a la vida social humana: ¡había que experimentar con los hombres! Comprobó si era o no verdad lo que afirmaban los fabricantes de mayor práctica, o sea, que un hombre sólo podía cargar máximo dieciocho toneladas al día. Distribuyó los descansos, de tal modo que, según las leyes de la fisiología, los trabajadores pudieran recuperar en los intervalos, exactamente la misma cantidad de energías que habían perdido, y naturalmente, se comprobó que cada caso era distinto. En el mundo de la mecánica podemos recurrir al promedio aritmético, pero no así en los hombres, porque cada uno tiene su razón de ser. Taylor recurrió no obstante a los promedios aritméticos, seleccionando los obreros que se adaptaban en su conjunto a las pausas racionales, y dispuso que les fueran concedidos esos descansos; quienes no podían recuperar sus energías dentro del tiempo descrito, fueron despedidos. El resultado de estos experimentos fue que los obreros seleccionados, recuperadas sus energías por completo durante los descansos, se hallaban en condiciones de cargar cada uno cuarenta y siete toneladas y media por día.

Habían aplicado así el mecanismo de la teoría darwinista a la vida laboral: los ineptos fuera, y selección práctica de los aptos. Los aptos son aquellos que, con el correspondiente aprovechamiento de los descansos, pueden cargar, no un máximo de dieciocho toneladas, como se suponía, sino cuarenta y siete toneladas y media. Con esto también se puede satisfacer a los obreros, pues con el enorme ahorro conseguido se pueden aumentar los salarios de cada uno en un sesenta por ciento. Con este sencillo procedimiento, se logra además que los seleccionados, los más aptos en la lucha por la vida, los elegidos por eliminación, queden muy satisfechos; si los ineptos se mueren de hambre, pues allá ellos…

He ahí la entrada a una práctica aplicación de un principio, cosas que suelen pasar inadvertidas, porque no se observan con la óptica debida, no se examinan a la luz de las grandes perspectivas. Hoy todavía no deja de ser mera aplicación a la vida humana de erróneas ideas científico-naturales. Pero subsiste el impulso, y luego se aplicará a lo que verdades ocultas se presenten en el transcurso de la quinta época postatlante. El darwinismo no encierra verdad oculta alguna, pero su aplicación, la concepción darwinista a la experimentación directa con hombres, nos llevaría a grandes desequilibrios. Sin embargo, cuando esto se conjuga con verdades ocultas, que han de revelarse en el curso de la quinta época postatlante, puede alcanzar un poder enorme sobre los hombres, simplemente seleccionando siempre los más aptos. No nos limitaríamos a la selección de los más aptos, sino que, con la intención de lograr determinado descubrimiento ocultista, con la intención de hacer a los aptos cada vez más aptos, se llegaría al inaudito despliegue de fuerzas que actuarían precisamente en contra de la tendencia benigna de la quinta época postatlante.

Estas consideraciones no tienen otro objeto que llamarles la atención sobre el despliegue de intenciones futuristas de largo alcance, para iluminarlas desde superiores puntos de vista. Nuestro objetivo ahora será referirnos en la próxima charla a las tres o cuatro grandes verdades que habrá de descubrir la quinta época postatlante, para que se destaque de qué manera, negativamente, se desviarían si, en vez de utilizarlas dentro de la correcta tendencia benigna de ésta, nuestra quinta época, se cumplieran preferentemente las condiciones que nos impone nuestro doble, y que son las que sustentan aquellas hermandades que pretenden suplantar al Cristo con otra entidad distinta.

Entidades individuales y unidad indivisa del Cosmos 1/3

Tres conferencias pronunciadas por Rudolf Steiner en Dornach (Suiza), del 18 al 25 de Noviembre de 1917

Traducción directa del alemán de Iván Villanueva

English Version

Primera Conferencia

Dornach, 18 de Noviembre de 1917

Posiblemente recuerden nuestras reflexiones sobre las diferentes afirmaciones y enunciados de los psicoanalistas modernos.  Con ellas he intentado poner de manifiesto que el concepto de lo inconsciente que impera en el psicoanálisis, carece propiamente de fundamento; y que mientras no hayamos superado ese concepto, puramente negativo, no podremos decir otra cosa sino que el psicoanálisis se sirve de medios cognosciti­vos insuficientes con respecto a un fenómeno de palpitante actualidad.

Considerando que los psicoanalistas por un lado se empeñan en investigar lo anímico-mental, siguiendo sus huellas hasta el campo de la vida social, con lo que el intento trasciende lo que la ciencia oficial universitaria puede ofrecernos; considerando, por otro lado, que la psicología analítica haya de intervenir en la vida a través de lo pedagógico, de lo terapéutico, y, más tarde probablemente, también de lo político-social, es preciso darnos cuenta muy seriamente de los peligros inherentes a tales pretensiones.

Mas, formulemos la pregunta: ¿qué es propiamente a lo que esos investigadores no pueden, ni siquiera lo pretenden, aproximarse? Reconocen la existencia de un algo amínico fuera de la conciencia y lo buscan, pero dentro de la incapacidad de elevarse hasta el conocimiento del espíritu mismo. Nunca podrá aprehenderse el espíritu por medio del concepto de lo inconsciente; pues un espíritu inconsciente es como un hombre acéfalo. Ya les he hecho notar anteriormente que existen incluso perso­nas que van por la calle y, a causa de determinados estados histéricos, sólo pueden ver el cuerpo de los demás, pero no su cabeza, cuadro patológico especial.  Del mismo modo, existen entre los actuales investigadores aquellos que creen ver el espíritu en su totalidad; pero, al presentárnoslo como inconsciente, nos revelan que ellos mismos están dominados por  la obsesión de que, al traspasar el umbral de la conciencia, ya sea de un modo adecuado como siempre lo hemos descrito con base en la investigación espiritual, ya sea de un modo anormal y morboso, como ocurre en los casos que estudian los psicoanalistas, tropezarían con un espíritu inconsciente.

Al traspasar el umbral de la conciencia, llegamos siempre a un terreno espiritual, tanto si entramos en lo subconsciente: como en lo supraconsciente; pero terreno en el  cual el espíritu está consciente es decir, posee determinada forma de conciencia.  Afirmamos que donde hay espíritu, hay también conciencia, aunque sea en determinadas condiciones, esas condiciones que precisamente podemos conocer gracias a la ciencia espiritual.  Ella es la que nos permite reconocer cual es la clase de conciencia  que corresponde a determinada espiritualidad.  Por eso, cuando, hace ocho días, mencioné aquí el caso de la dama que sale de una reunión social, se anticipa en su carrera a los caballos, se le impide echarse al río, se la regresa a la casa de donde salió, y se la deja con el dueño de la misma, es decir, con aquel cuya compañía desea porque le ama, aunque todo esto se haya llevado a cabo de una manera oscura e inconsciente, no procede decir que lo que empujó y dirigió a esa dama sea un espíritu inconsciente, o sea un psiquismo inconsciente; antes al contrario, es claramente consciente.  La conciencia de este es­píritu demoníaco que induce a esa señora hacía el amado ilí­cito, este demonio es incluso mucho más hábil, más consciente que la señora en su estado normal, – quiero decir: consciente.  Los espíritus que el hombre encuentra de algún modo al traspasar el umbral de su conciencia, que ahí actúan y se mueven, no son inconscientes sino muy conscientes  de sí mismos en su actividad y diligencia.

  La palabra espíritu inconsciente, tal como la usan los psicoanalistas, carece de sentido; con idéntica razón pudiera yo decir, refiriéndome exclusivamente a mí mismo, que la ilustre audiencia que me escucha es mi inconsciente, si no sé nada de ella.  Por esta misma razón, tampoco podemos denominar a las entidades espirituales que nos rodean y que toman posesión de la personalidad en casos como el que les referí hace ocho días, espíritus inconscientes: son subconscientes, es decir, quedan al margen de la conciencia que de momento les anima; mas sellos son completamente conscientes de sí mismos.

Es de suma importancia el saber esto, para la misión de la ciencia espiritual en nuestra época, pues el conocimiento de los niveles espirituales, que se hallan situados más allá del umbral; el conocimiento de individualidades reales y conscientes de sí mismas  no es pura conquista de nuestra actual ciencia, sino un saber antiquísimo que perdura como antigua clarividencia atávica; actualmente son distintos los medios y esa sabiduría es progresiva,  pero siempre existió el conocimiento de espíritus reales, al margen de la conciencia humana viviendo en condiciones distintas a las nuestras, aunque siempre en relación con nosotros, y con la posibilidad de apoderarse  de nuestro pensar, sentir y querer.  Ese conocimiento se consideraba entonces como un secreto patrimonio de determinadas hermandades, utilizado únicamente dentro de su círculo rigurosamente esotérico.  ¿Por qué este esoterismo?

Nos llevaría demasiado lejos responder a esta pregunta, pero sí podemos afirmar que algunas fraternidades tenían la honesta convicción de que muchos hombres no se hallaban todavía maduros para penetrar en ese nivel, en gran parte algo cierto .

En cambio, otras muchas hermandades, conocidas con el nombre de izquierda, retenían esta sabiduría por el poder que les confería sobre otros grupos .  Siempre ha existido el deseo de asegurarse superioridad sobre los otros, lo que se llevaba a la práctica mediante la clasificación de determinado saber como esotérico, así como permitiendo extender el dominio sobre cualesquiera otras esferas.

Es muy necesario conocer todo esto en nuestros días, y de ello he hablado en recientes conferencias, teniendo en cuenta que desde 1879 la humanidad vive una particularísima situación espiritual, ¿Cuál es? Haber penetrado desde el mundo espiritual al mundo de los hombres, espíritus de las tinieblas que poseen peculiar efectividad, y que, el conocer los secretos relacionados con esa circunstancia les capacita para urdir dentro de pequeños grupos, toda clase de maquinaciones.  Veamos como algunos de esos secretos concernientes a nuestra presente evolución pueden indebidamente utilizarse. Ustedes sólo tendrán que relacionar lo que hoy les diga, con carácter más bien histórico, con lo que mañana complete sobre el particular.

No ignoran ustedes que, desde: hace tiempo, venimos llamando la atención en nuestros círculos antroposóficos sobre la circunstancia de que en el siglo XX se producirá una relación especial entre la evolución humana y el Cristo, como consecuencia del acontecimiento que tendrá lugar en la primera mitad del siglo XX, y al que aludo en el primero de mis Dramas iniciáticos: para gran número de personas, el Cristo se convertirá en una entidad, realmente presente, en lo etéreo, .

Tampoco ignoran que propiamente nos encontramos en la época del materialismo, que entró en su punto culminante desde mediados del siglo XIX.  Mas en la vida siempre coinciden los contrastes: la culminación del materialismo coincide con la interiorización de la evolución humana que hace posible la visión etérea del Cristo.  Fácil es comprender que la revelación de este secreto de la visión de Cristo, de la nueva relación que va a establecerse entre El y la humanidad, engendre  disgusto y repudio en los miembros de aquellas hermandades que pretenderían aprovechar  el acontecimiento para sus fines, y no para el acervo del saber humano.

 Existen hermandades ocultistas -hermandades que influyen siempre sobre la opinión pública, a través de propaganda o noticias más o menos veladas– que propagan el próximo fin del materialismo, e incluso que ya llegó a su fin, en cierto sentido.  Las   gentes que se estiman, mas en verdad pobres y dignas de compasión, divulgan en sus numerosas reuniones, libros y asociaciones, la teoría de que el materialismo está desprestigiado, de que ya volvemos a entender algo acerca del  espíritu, ese  espíritu que queda en  frases aisladas.  Esas personas, se hallan al servicio de  aquellos que tienen interés en decir lo que no es verdad, o sea, insistir en el   desprestigio del materialismo, cuando lo verídico es lo contrario: la opinión materialista va en aumento, y se acrecentará todavía si las personas se imaginan que no son materialistas. Durante cuatro o cinco siglos continuará esta situación.

Aquí es necesario tener en cuenta lo que ya varias veces hemos encarecido: ver las cosas como son.  La  humanidad sólo puede trascender sus obstáculos si, por la acción  de lo espiritual, llega a saber a ciencia cierta que corresponde a la quinta  época postatlante el configurar el materialismo dentro de la evolución general de la humanidad. Por esta razón, es preciso contraponerle una espiritualidad todavía mayor. Ya he dicho en las pasadas conferencias que lo que el hombre del quinto  período postatlante debe tener presente es que ha de hallarse plenamente consciente de su lucha contra el mal. Así como en el cuarto periodo cultural postatlante se luchó por elucidar el problema del nacimiento y la muerte, tiene lugar ahora la confrontación con el Mal.

O sea que lo que importa en este momento es la captación pleniconsciente del mensaje espiritual, y no tratar de echar arena en los ojos de los contemporáneos, para llevarles a creer que el diablo del materialismo ya no está ante no­sotros: el diablo continúa presente, y amenaza con el creci­miento de su poderío.  Quienes  se desvían saben, tan bien como yo, del acontecimiento de la aparición del Cristo, pero a él recurren de manera diferente .  Escuchemos  lo que sigue para entender lo que afirmo.

Es un completo error, considerando el momento crucial de la Humanidad en este quinto período postatlante, la actitud de muchos, proyectada en estas palabras: “Mientras nos hallemos aquí, entre el nacimiento y la muerte, lo que importa es vivir; puede esperar el despeje de la incógnita, sobre si existe o no un mundo espiritual, cuando hayamos atravesado el umbral de la muerte.  Disfrutemos ahora de la vida, como si sólo existiera un mundo material; si después de la muerte encontramos el espiritual, ¡ya lo veremos!. Esto es aproximadamente tan inteligente como el juramento del que dice: “Juro por Dios que está en los cielos, que soy ateo”.  Más o menos igual de inteligente, sin embargo, es la opinión de quienes sustentan: “Ya veremos lo que pasa después de la muerte; hasta entonces, por qué ocuparse en absoluto de ninguna ciencia espiritual”.

Impugnable en cualquier tiempo, ha sido semejante opinión; pero es fatal en el quinto período postatlante en que vivimos, porque nos la insinúa precisamente el dominio que sobre nosotros el mal ejerce.  Dentro de nuestras actuales condiciones evolutivas, cuando el hombre traspasa el umbral de la muerte, lleva consigo las características  conscientes que él mismo se ha fabricado durante el intervalo entre su nacimiento y su muerte. El hombre que exclusivamente ha vivido dentro de representaciones e ideas relativas al mundo sensorial y material, se condena, al morir, a un medio ambiente que puramente se relaciona con los conceptos que se ha formado durante su vida corporal; háyase, en cierto modo, sujeto a las circuns­tancias terrenales, hasta que ha aprendido entonces – un largo entonces – a asimilar los conceptos espirituales que son necesarios para trascender, en su virtud, al mundo del espíritu.

 En cambio, quien acepta en este mundo lo espiritual entra, de un modo legítimo, al reino del espíritu.  Por consiguiente, el hecho de recibir o no aquí ideas espirituales, determina nuestro ambiente allá.  Muchos de los que – da pena decirlo – se han resistido o han encontrado impedimentopara recibir en su vida terrenal esas ideas, vagan después de muertos en este mundo, siguen en conexión con la esfera terrestre. Y  cuando el alma deja de estar separada del ambiente por medio del cuerpo, y éste no puede impedir ya, por tanto, sus efectos destructivos, conviértese entonces en un centro destructor dentro de la esfera terrenal en la que vive.

Vemos, pues, el caso, mas bien normal, de que bajo las  actuales circunstancias llegan al mundo espiritual, tras la muerte, almas que no han  querido saber nada de ideas y sentimientos sobre el espíritu: al ser retenidas en la esfera terrenal, se convierten en centros destructores. Solo aquellas otras almas que ya aquí establecen un cierto contacto con el mundo del espíritu, son capaces de trascender la muerte de una manera adecuada y, separadas de la esfera terrenal; ser recibidas en el mundo del espíritu, desde  donde tejerán los hilos que las unen a los que permanecen en esta vida, hilos que perduran  sin interrupción.  No ha de existir duda sobre este punto: los hilos  espirituales que nos unen a las almas de aquellos muertos en vida relacionados con nosotros, no los rompe la muerte, son incluso más íntimos: recíbase esto como verdad trascendental y positiva.

Que en los tiempos actuales las cosas ocurren como he dicho, es algo que no sólo sé yo, sino también otros, de cu­ya verdad muchos se aprovechan, pero en sentido maligno.  Existen hoy materialistas descarriados que creen que la vida mate­rial es la única posible; pero existen también iniciados que son materialistas, y que propagan sus doctrinas por medio de hermandades. No imaginen que estos iniciados sustenten la tonta opinión de que no existe el espíritu, o de que el hombre no posee un alma independiente de su cuerpo y capaz de vivir sin él: quien se ha realmente iniciado en el mundo espiritual, no cometerá la estupidez de creer en la sola materia; pero perdura en muchos cierto interés en propagar el materialismo, y actúan para que gran parte de la humanidad sólo crea en ese materialismo y permanezca enteramente bajo su influencia.  Existen pues, hermandades cuyos dirigentes, aunque iniciados, están interesados en fomentar y extender la materialidad, y constantemente hablan de que ha sido superada; esto le es muy difícil: se puede ir en pos de un objetivo también empleando lemas contrarios; muy complicados los procedimientos a menudo.

¿Qué es lo que realmente pretenden esos iniciados, asaz conocedores de que el alma humana es una entidad puramente espiritual, independiente en todo de la corporeidad, con su in­terés y fomento de las creencias materialistas entre los hombres? Pretenden que el mayor número posible de almas asimilen únicamen­te, en el período entre el nacimiento y la muerte, ideas materialistas, para asegurar su permanencia en la esfera terrenal, esa esfera en la que, en cierto modo, quedarían detenidas.  Imagínense ahora que se organizan hermandades que saben exactamente esto, que conocen muy bien estas circunstancias, y que preparan cier­tas almas de tal modo que, después de la muerte, permanecerán en el reino de lo material.  Si estas hermandades toman entonces las providencias necesarias – lo que probablemente está al alcance de sus perversos poderes lograrán que, después de la muerte, queden bajo su dominio, y así obtendrán un poder enorme.

Estos  individuos materialistas no lo son porque no crean en el espíritu – hasta aquí no llega su ignorancia, – saben muy bien cómo se  desarrollan las cosas del espíritu; pero predisponen aquellas almas  a permanecer en la materia después de la muerte, a fin de utilizarlas para sus fines. Las hermandades a que hago referencia se consiguen, pues, una clientela de almas de difuntos que continúan dentro de la jurisdicción de la Tierra; sus poderes son suscepti­bles de ser dirigidos de los más diversos modos, y con ellos se logran diferentes resultados, así como el dominio sobre quienes no están iniciados en estos asuntos.

He ahí la actuación maquiavélica de ciertas hermandades, actuación que sólo puede percibir el que claramente no consiente que lo engañen con confusiones y nebulosidades; que no se deje atrapar por la mentira de que, o bien no existen, o de existir son inofensivas.  No son inofensivas, sino, por el contrario son­ muy dañinas, ya que tratan de envolver al hombre cada vez mas inextricablemente en la maraña del materialismo. La intención que persiguen es que el hombre crea que, aunque en verdad existen fuerzas espirituales, estas no son sino fuerzas naturales.

Les describiré  ahora el ideal de esas hermandades: esfuércense un poco para entenderlo.  Imaginen a un mundo de personas un tanto confundidas por las opiniones materialistas reinantes hoy día, personas un tanto alejadas de las viejas y acreditadas ideas religiosas: en verdad, son una humanidad inocente.  Quizá sea mejor que lo representemos gráficamente (trazando el dibujo): he ahí el territorio de esa humanidad inocente (círculo mayor, claro); humanidad algo confusa con respecto al mundo espiritual, y ofuscada por el materialismo, no sabe a ciencia cierta cómo conducirse ante él,  ni tampoco cuál ha de ser su actitud hacia quienes ya han pasado por el umbral de la muerte.

Entidades Individuales y unidad indivisa del Cosmos. C1

Imaginemos ahora el territorio de una de esas hermandades (círculo pequeño, verde), la que propaga el materialismo y se esfuerza en que la gente piense de un modo puramente materialista  con el fin de que permanezcan las almas en la esfera terrena tras la muerte.  He ahí la clientela espiritual de dicha logia (ver dibujo naranja) , o sea , el número de muertos que no trascienden la esfera terrenal, sino que a ella están adheridos. Mediante las precauciones necesarias, esos difuntos háyanse  retenidos en las logias, no sólo integradas por vivos, sino también por muertos, pero muertos relacionados con las fuerzas terrestres.

La organización que sigue puede concebirse así: celebración de reuniones, quizás siguiendo el sistema de las congregaciones espiritistas que tenían lugar durante la segunda mitad del siglo XIX,  y de las que he hablado con frecuencia.  Y puede ocurrir – les ruego que tomen esto en cuenta – que lo que sucede en las reuniones de tales logias se realiza con la ayuda de los muertos.

Aunque, según las verdaderas intenciones de sus dirigentes, las personas allí reunidas no deben saber que se trata de los muertos, sino sencillamente creer que se trata de la manifestación de fuerzas naturales superiores como el psiquismo y similares.  Se pretende alejarles de las verdaderas ideas sobre el alma, y así les afirman: así como existe la electricidad y el magnetismo, también existen otras fuerzas superiores similares, y de este modo, las otras almas, las inocentes, caen cada vez más en la dependencia anímica de la logia, sin darse cuenta de ella ni de hacia dónde se les encamina.

Contra esto,  el único remedio es el conocimiento de ese peligroso artificio; en ello radica toda protección.  La fe en que esto es así, la plena certidumbre, se levantan como muralla, pero que no sea tambaleante nuestra actitud: hay que esforzarse en adquirir el conocimiento real de estas cosas, considerando, que nunca es demasiado tarde para ocuparse seriamente de ello, como frecuentemente he insistido. Sólo gradualmente, esto se aclara; sólo poco a poco, pueden reunirse los elementos que ofrecerán esa claridad.  Ya les he dicho alguna vez que, en el curso de la segunda mitad del siglo XIX, muchas hermandades de Occidente habían introducido el espiritismo a guisa de prueba, para comprobar por su medio si habían llevado a la humanidad al grado que correspondía a sus intenciones: era un tanteo, para saber en qué punto se hallaban ellos con la humanidad.  Y así, en las sesiones espiritistas, la gente había de llegar a la conclusión – así lo esperaban – de que existían fuerzas naturales superiores; y grande fue la decepción de esos hermanos de izquierda, al darse cuenta que la mayoría de asistentes no reconocía la acción de fuerzas naturales superiores, sino “la aparición de los espíritus de los muertos”. Cruel fue el desaliento de los iniciados, ya que era precisamente esta presencia la que no querían: su objetivo primordial era evitar en sus maquinaciones la creencia en los muertos.  No trataban de eliminar la eficacia de los muertos, o la eficacia de sus fuerzas, sino la idea de su procedencia, la idea correcta y trascendental del verdadero origen. Pueden, pues, así darse cuenta ustedes que nos enfrentamos con un materialismo superior, un materialismo que no niega simplemente al espíritu sino que quiere forzarle a entrar en la materia, y se sirve de mas o menos sutiles formas para fácilmente llegar a la negación.

Puede proclamarse: el materialismo ha desaparecido nada nos impide de que nosotros ya hablemos del espíritu, mas “su” espíritu es confuso.  Nada nos impide ser perfectos materialistas si convertimos toda la naturaleza en espíritu, de modo que de este proceso resulte el psiquismo.  Mas lo que importa en realidad, es que podamos ver el mundo espiritual concreto, que podamos contemplar la verídica espiritualidad.

Aquí tienen ustedes la aurora de lo que irá ganando constantemente intensidad durante los próximos cinco siglos. Por el momento, las hermandades malignas a esto se limitaron  pero proseguirán en sus empeños, si no les ponemos las esposas, si no les maniatamos, lo que únicamente podremos hacer si superamos nuestra indolencia hacia las concepciones de la ciencia espiritual.

Hasta cierto punto, ellos se han revelado en las reuniones espiritistas: en vez de ocultarse, se han descubierto, y se puso en evidencia que su empresa todavía no andaba del todo bien.  Por esto, se empeñaron esas hermandades, a partir de los años noventa, en desacreditar el espiritismo como tal, por lo menos durante algún tiempo,  Como pueden ustedes apreciar, por este procedimiento se logran efectos tajantes, valiéndose de los medios propios del mundo espiritual. Lo que propiamente es el objetivo, es el acrecentamiento del poder, el aprovechamiento de las coyunturas que se presenten en el curso de la evolución de la humanidad.

Contra esa materialización del alma humana, contra su aherrojamiento en la esfera de lo terrenal – y las logias se mueven en lo terreno – se despliega asimismo un poderoso esfuerzo.  Para que las almas trasgueen en las logias y ejerzan en ellas su actividad, tienen que estar amarradas a lo terreno.

Lo que se opone a ello, a esta intención de actuar, en lo físico por medio de las almas, es el impulso trascendental que nos viene del Misterio del Gólgota. Impulso, a la vez, salvación del mundo frente a la materialización del alma; realización de los designios de Cristo, por completo fuera del alcance de la voluntad y de las intenciones humanas.

Por tanto, ningún hombre, cualquiera que sea su saber, ningún iniciado, podrá   ejercer influencia alguna sobre la actitud que adopta el propio Cristo en relación con Su aparición en el curso del siglo XX, acontecimiento del que con frecuencia les he habla­do, y al que aludo en mis Dramas iniciáticos: esto sólo de­pende del Cristo mismo.  El Cristo descenderá a la esfera terrenal como entidad etérea, y lo esencial para el hombre es cómo se comportará al respecto. Repetimos pues, que nadie, por poderoso iniciado que sea, puede tener influencia alguna sobre el acontecimiento de la aparición del Cristo: Su venida es segura. No lo olviden, porque está  a nuestro alcance el tomar medidas para que esa venida sea acogida, ya sea de una forma u otra, y con unos u otros efectos.

Es más: las mencionadas hermandades que quieren confinar el alma humana dentro de la esfera de la terrenalidad,  pretenden que el Cristo pase inadvertido en el siglo XX, que Su Venida como individualidad etérea no la reconozcan los hombres, procediendo su propósito de una idea bien concreta o, por mejor decir, de un concreto impulso volitivo: el tratar de conquistar en favor de otra entidad, hablaremos después de ello con más precisión, la esfera de influencia que ese Acon­tecimiento, engendrará en el siglo XX y sucesivos.  Existen hermandades occidentales tales cuya finalidad es disputarle al Cristo su impulso sustituyéndole por otra individualidad que nunca se ha encarnado en un cuerpo material, individualidad meramente etérea, de naturaleza estrictamente ahrimánica.

Las disposiciones adoptadas para los muertos y demás, de las que acabo de hablarles, van encaminadas en último término al logro de esos fines, o sea, apartar a los hombres del Cristo que padeció el Misterio del Gólgota, para brindar a otra individualidad el dominio sobre la Tierra.  El combate es plenamente real, no abstracción o algo parecido; un comba­te que pretende colocar en el lugar de la entidad Cristo otra entidad dentro del curso de la evolución humana, y por el resto del quinto período postatlante, del sexto y del séptimo.

 

Una de las misiones de la evolución espiritual saludable y honesta ha de consistir en eliminar, contrarrestar esos in­tentos que son anticristianos por excelencia, lo que sólo puede lograrse con una visión clara.

 La otra entidad que esas hermandades quieren erigir en soberana, también la distinguen con el nombre de Cristo, como sí pudiera ser el verdadero. Lo decisivo estará en saber efectivamente distinguir entre el Cristo auténtico, ya no individualidad encarnada, y esa otra diferente de Aquél en que ella nunca encarnó en el curso de la historia y en que es una entidad que no trasciende la corporeidad etérea.  He ahí el ser con quien dichas hermandades quisieran suplantar al Cristo, tratando de que Este pasara inadvertido.

Tenemos aquí pues,  por un lado, el combate que tiene por  objetivo falsear, en cierto modo, la aparición del Cristo en el siglo XX, limitada  a ver la superficie de la vida, a prestar sobre todo atención a las discusiones periféricas sobre el Cristo y Jesús, sin captar ninguna hondura. Permanecemos en la  niebla, medio velados por el polvo que se levanta ante las personas para alejarlas de lo profundo, de lo esencial. Cuando los teólogos discuten sobre el Cristo, se introduce en todas sus discusiones, quién sabe de dónde, una influencia espiritual, con el resultado de que estas personas propician finalidades y objetivos totalmente distintos de los que creen estar propiciando.

He ahí lo peligroso en relación con lo inconsciente: extienden un velo sobre el estado real de las cosas; en tanto que las mencionadas hermandades malignas persiguen sus objetivos en plena conciencia, si bien su intención permanece inconsciente para los que pierden el tiempo en todas las discusiones siempre superficiales. Divagando sobre lo inconsciente, no entramos en la médula del asunto, ya que este supuesto inconsciente es simplemente lo que está mas allá de las fronteras de la conciencia ordinaria, esfera donde los que saben, llevan sus asuntos. Sin embargo, esto es en realidad sólo un aspecto de la cuestión fundamental, que hemos de circunscribirla a que unas hermandades definidas tratan de sustituir la acción del Cristo por la otra individualidad, y maquinarlo todo para el logro de sus fines.

Frente a estas hermandades están las orientales, precisamente las hindúes que intentan intervenir en la evolución humana con no menor alcance. Persiguen, sin embargo otra finalidad; no creando un esoterismo por medio del cual atraigan a los muertos a sus dominios, al dominio de sus logias; lejos de ellos esta pretensión; mas, por otro lado, tampoco quieren que el Impulso del Misterio del Gólgota intervenga en el desarrollo de la humanidad. No desean tampoco suplantar al Cris­to, – que intervendrá en la evolución humana como individualidad etérea en el curso del siglo XX – por otra personalidad, pues para eso necesitarían de los muertos, que no tienen a su disposición como en el caso de las hermandades occidentales;  pero sí tratan, en cambio, de distraer el interés por el Cristo, evitar el progreso del Cristianismo.  Las hermandades orientales, las hindúes, quieren evitar que se concentre el interés en el Cristo verdadero, que padeció en el Misterio del Gólgota, que encarnó entre nosotros en la Tierra por una sola vez y durante tres años, y que ya no puede regresar de nuevo en forma física.  No pretenden recurrir a los muertos en sus logias; pero sí desean algo distinto a lo que ellos son en cuanto a hombres de carne y hueso.  En estas logias hindúes, orientales, utilizan otra especie de entidades, en vez de los muertos de las logias occidentales.

Cuando el hombre muere, poco tiempo después, se desprende de su cuerpo etéreo, como ustedes todos ya saben, y que es absorbido por el Cosmos.  Ya les he explicado de diversas maneras que esta absorción es un proceso complicado. Pero antes  del Misterio del Gólgota, y aun después de dicho Miste­rio en los países orientales, existía y existe una determi­nada posibilidad: cuando el hombre abandona su cuerpo etéreo después de la muerte, pueden apoderarse de él ciertas entidades que, de este modo, se convierten en entidades etéreas dentro de los cuerpos desechados por los hombres.  En las regiones orientales, pues, no los muertos, sino toda una serie de espíritus demoníacos pueden ser inducidos a revestirse de los cuerpos etéreos depuestos por los hombres, y esos espíritus demoníacos, provistos de los cuerpos etéreos desechados, son acogidos en las logias orientales.

 Las logias occidentales disponen, pues, de los difuntos confinados dentro del reino material; las logias orientales de mano izquierda, de espíritus demoníacos, es decir, espíritus que no pertenecen a la evolución terrestre, pero que se infiltran en ella revesti­dos de los cuerpos etéreos desechados por los hombres.

Exotéricamente, a ello se llega transformando ese hecho en veneración. Una de las artes  de ciertas hermandades, ustedes ya lo saben, es la creación de fantasías, ya que cuando los hombres desconocen el  alcance de la ilusión que existe en la realidad, es fácil engañarles provocándosela artificialmente: lo que se quiere  lograr se disfraza, pues, de veneración. Imaginen un grupo de personas, un grupo afín, a quienes digo que han de venerar a un antepasado suyo, después de que yo, por medio de mis poderes de hermano “maligno”, ya he conseguido que una entidad demoníaca se revista con el cuerpo etéreo de ese antepasado.  El antepasado es simplemente su cuerpo etéreo del que se apoderó el demonio gracias a las maquinaciones de la logia.  Así, se implanta la veneración a los antepasados, puras entidades demoníacas en el cuerpo etéreo de uno de ellos.

La filosofía del hombre oriental se desvía del Misterio del Gólgota por este procedimiento que adoptaron las logias orientales, y así se consigue que el Cristo como individualidad presente en la Tierra, pase inadvertido para el hombre oriental, quizá también para todo hombre. No pretenden los orientales sustituir al Cristo por otra figura, sino únicamente que pase inadvertida Su aparición.

De este modo, se libra un combate por dos flancos contra el Impulso Crístico que ha de manifestarse en lo etéreo durante el siglo XX: he ahí el trance en el que se halla la humanidad. Los hechos aislados no son sino consecuencia de los grandes impulsos que actúan en esa evolución. Por eso es tan triste que ante el fenómeno del inconsciente que obra en su interior, se pretenda hacerles creer a los hombres que se trata simplemente de pasiones amorosas inhibidas, o qué se yo de cuantas cosas por el estilo. Lo auténtico son los impulsos de una espiritualidad altamente consciente que de todas partes procede, aun cuando permanezcan relativamente inconscientes si en lo consciente, no se les presta la debida atención.

Muchas otras cosas podríamos agregar a lo que antecede. Las personas que siempre han considerado la evolución humana honradamente, han tenido en cuenta el criterio manifestado; por su parte, han intentado lo correcto, y mucho más no podía ha-cerse.

Buen semillero para la vida espiritual, extraordinariamente bueno y liberado de toda ilusión, fue durante los primeros siglos del cristianismo la isla de Irlanda: se hallaba más protegida contra todo fantástico riesgo que cualquier otro lugar de la Tierra. He ahí también el motivo por el cual, durante esos primeros siglos, procedieron de Irlanda tantos propagadores de ese movimiento. Pero estos predicadores se daban cuenta de que se dirigían a una humanidad ingenua, – así eran entonces los pueblos europeos – aunque sí conocieran y comprendieran los grandes impulsos que latían en la humanidad. En los siglos IV y V, fueron principalmente los iniciados irlandeses quienes desplegaban su actividad en el centro de Europa, comenzando a preparar el porvenir. En cierto modo, ellos se hallaban bajo la influencia del saber iniciático que auguraba el inicio del quinto período postatlante en el siglo XV, y que efectivamente tuvo lugar, ustedes no lo ignoran, en el año 1413. Persuadidos de esto, sabían que tenían que preparar una nueva época, y proteger a la ingenua humanidad para los nuevos tiempos. ¿Qué se hizo entonces para debidamente protegerla y resguardarla, por así decir, dentro de un círculo al que no pudieran introducirse ciertas influencias perniciosas?

Por parte de los bien informados, muy honorables en ese período, se procuró orientar el curso de los hechos de tal modo, que se fuera gradualmente reduciendo la navegación que existía desde la antigüedad entre los países nórdicos y América. Y así, fueron disminuyendo las embarcaciones que zarpaban de Noruega rumbo a América con propósitos bien definidos – mañana volveré a hablarles nuevamente de esto – y, gradualmente, el recuerdo de América se fue extinguiendo entre la población europea (el contacto con América se fue progresivamente desvaneciendo. En el siglo XV, nada sabía de América el hombre europeo. Desde Roma fue de donde se orientó la evolución a fin de proteger la población europea de las influencias que emanaban del continente americano. Y los monjes procedentes de Irlanda, los iniciados irlandeses dedicados a la cristianización del continente europeo, jugaron un papel decisivo en la salvaguarda de sus habitantes contra las influencias americanas.

Antiguamente, procedían de América algunas sugestiones bien concretas; pero cuando se inició el quinto periodo, la humanidad europea tenía que estar libre de toda irradiación americana, nada debía saber de aquellas tierras; vivir realmente en la creencia de que América no existía. Será después que hayamos entrado en el quinto período postatlante que América será redescubierta, como así dice la historia, la que se estudia en las escuelas y que, desde muchos puntos de vista, es una fábula convencional -ya conocen la verdad – ¿América por primera vez descubierta en 1492? Fábula convencional: En verdad es que fue redescubierta. Pero toda referencia a su realidad precedente fue ocultada con suma habilidad, como era necesario. Mas, ha llegado el momento de saber cómo sucedieron las cosas, y cuál es la historia verdadera, dejando ya sentado que, durante cierto tiempo, Europa se quedó muy aislada y protegida de las influencias que no debían llegar hasta ella.

He ahí cuán importante es no considerar como inconsciente el mal llamado inconsciente, sino como algo muy conscientemente tras el umbral de la conciencia humana, tal como ella es en la rutina cotidiana. Pero han de desvelarse algunos misterios, hoy día, para gran parte de la humanidad. A esto tiende lo que yo he hecho públicamente en mis conferencias; ustedes se han enterado de que, en Zurich, incluso pude explicar que la vida histórica no la capta el hombre con su conciencia normal, sino propiamente soñada: el contenido de la historia realmente lo sueña el hombre, y hasta ser conscientes de esta verdad, no serán auténticamente sanas sus ideas al respecto.

Así despierta poco a poco la conciencia, y nos confirman su veracidad los fenómenos, los acontecimientos que tienen lugar: no debemos pasarlos por alto; no debemos, ciegos y sumidos en el sopor, pasar ante los hechos, incluso ante catástrofes como la presente Primera Guerra Mundial. Me limito ahora a que se grabe el hecho en su corazón aunque sólo históricamente.

Mañana me referiré con más precisión al mismo tema. Sólo quisiera ahora añadir lo siguiente: por nuestras disquisiciones, han podido darse cuenta de la enorme diferencia que existe entre el Occidente y el Oriente en la evolución de la humanidad. Algo más a destacar: los psicoanalistas hablan del subconsciente, de la vida anímica subconsciente, que no es lo importante, porque no se trata de divagar sobre estos asuntos; ya que lo esencial es: ¿Qué pasa más allá del umbral de la conciencia? ¿Qué hay en ese umbral? Muchas cosas existen, desde luego, en ese umbral; mas para sí mismas, son plenamente conscientes. Lo que hay que enfocar es qué clase de espiritualidad consciente existe mas allá del umbral de la conciencia; espiritualidad consciente, no espiritualidad inconsciente, ¡Hemos de darnos cuenta que el hombre sabe mucho más de lo que registra su conciencia ordinaria! Malo sería que esa conciencia estuviera presente en todo lo que está sucediendo en su intimidad. ¡Imagínense tan sólo cómo habría de disponer sus comidas y bebidas si tuviera que conocer con exactitud los procesos fisiológicos y biológicos que se desarrollan a partir de la ingestión de los alimentos, y así sucesivamente! He ahí la acción de lo inconsciente, si bien en ella están siempre presentes las fuerzas espirituales, incluso en el terreno puramente fisiológico. Pero el hombre no puede esperar para comer y beber, ¿verdad?. Mucho se realiza de este modo en el hombre, si bien gran parte de su naturaleza, es inconsciente, o mejor decir, subconsciente para el hombre.

Lo curioso es que de este subconsciente que llevamos en nosotros, se posesiona en todo momento una entidad extraña, de modo que no somos solamente combinación de cuerpo, alma y espíritu, sino que, además, poco antes del nacimiento, una entidad toma posesión de nuestro subconsciente, esa entidad que nos acompaña durante todo nuestro peregrinar entre el nacimiento y la muerte. Esta entidad que se instala allí donde el hombre no alcanza a penetrar en su conciencia ordinaria, ha de considerarse como sumamente inteligente con una voluntad semejante a las fuerzas naturales, mucho más semejante a ellas que la propia voluntad humana. Me permito destacar todavía la peculiar circunstancia de que esa entidad correría grandísimo peligro si, dentro de las circunstancias actuales, coincidiera su muerte con la del hombre. Como sea que, actualmente, esa entidad no es susceptible de sufrir la muerte, ella desaparece poco antes de que tenga lugar ese acontecimiento y queda marginada, aunque su intención estriba en disponer la vida del hombre de tal modo que la muerte cayera asimismo bajo su dominio.

Pero sería contraproducente y terrible para la humana evolución que la entidad que se posesiona del hombre, durante su vida, pudiera asimismo enseñorearse de su muerte, morir con él y llegar juntamente con él a los mundos donde el hombre entra después de morir. Antes, pues, que al umbral de la muerte llegue el hombre y pase al mundo espiritual, ha de despedirse la mencionada entidad, aunque en muchos casos, esto le resulta sumamente difícil y, por lo tanto, se originen complicaciones. Tengamos empero, presente que la entidad que reina totalmente en lo subconsciente humano, es muy, pero muy dependiente de la Tierra considerada en su integridad.

La Tierra no es, en modo alguno, la realidad inorgánica que suponen los geólogos, mineralogistas y paleontólogos; es un ser plenamente animado, del que el hombre no puede ver más que su armazón óseo, lo mineral, lo único que los científicos toman en cuenta. Esta concepción correspondería a la imagen que tendríamos si, al entrar en esta sala, no viéramos de esta distinguida asistencia que la ocupa, por culpa de una especial disposición visual, si no el esqueleto de cada persona. Imagínense ustedes, en cada silla sentado un esqueleto, y no porque fuera esto verdad, sino por deficiencia de su capacidad visual, porque su aparato óptico fuera una especie de rayos X. He aquí lo que la geología capta de la Tierra: el armazón óseo, aunque no tenga únicamente estructura ósea, sino sea un organismo viviente, que envía desde su centro a todas partes, a cada uno de sus territorios, energías especiales. Imagínense, pues, la superficie de nuestro planeta (Ver dibujo): aquí la zona oriental, y allá la zona occidental, vistas a grosso modo. Las energías que ascienden procedentes de la Tierra son como irradiaciones de un organismo vivo; y según que el hombre viva en este o aquel lugar, su alma, su alma inmortal, entra o no entra en contacto con esas energías que sólo indirectamente pueden afectarla, puesto que ella es relativamente independiente de las circunstancias terrestres, y sólo cae en su dependencia a través del artificio que les he expuesto.

Entidades individuales y unidad indivisa del Cosmos C1

Las diversas energías terrestres influyen fuertemente en el hombre por el intermedio de esta entidad que se posesiona de él antes de su nacimiento y lo tiene que abandonar antes de su muerte, y se halla en relación la influencia con los distintos tipos raciales y las peculiaridades geográficas. Es, por consiguiente, este sosías, este doble que el hombre lleva en sí, es especialmente susceptible a las influencias geográficas y otras.

Tiene esto tal importancia, que veremos mañana cómo actúan sobre este doble las influencias emanantes de los distintos puntos de la Tierra, así como las consecuencias que de ello derivan.

Conviene que relacionen directamente lo que hoy les digo, con mi plática de mañana, ya que difícilmente sería comprensible lo uno sin lo otro. Intentemos ahora asimilar ciertas ideas que toman aún más en serio lo que se refiere a la realidad íntegra, es decir, a la realidad en que vive el alma humana en su total esencialidad.

Tengamos en cuenta que esta realidad se metamorfosea de diversos modos, pero que el modo depende sobre todo del hombre. Observemos una metamorfosis trascendental: darse cuenta de que las almas, según las ideas materialistas espirituales que adopten durante su tránsito entre nacimiento y muerte, quedan confinadas a la Tierra o pasan a las esferas apropiadas. Veamos estos conceptos con claridad, pues sólo así encontraremos la correcta relación con el mundo en su conjunto; y nos aproximaremos más y más a esa correcta relación. Esta actitud no sólo es inherente a un movimiento espiritual abstracto, sino que, en nuestro caso, se integra en un movimiento espiritual muy concreto, que toma en cuenta la existencia espiritual de una suma de individualidades.

Gran satisfacción es para mí el que conversaciones como las que sostenemos nos unen cada vez mas profundamente con nuestros amigos idos, pues, en verdad, tienen también una gran significación para quienes de los nuestros ya no pertenecen al plano físico, sin por ello haber dejado de ser miembros fieles de nuestra agrupación. Estas consideraciones en el día de hoy , tienen por finalidad dedicar un entrañable recuerdo a la Señorita Stinde, tan íntimamente unida a nuestros afanes de llevar la construcción de nuestro edificio el Goetheanum y cuyo aniversario de muerte tuvo lugar en el día de ayer.