GA58c9. Algo sobre la Luna a la luz de la Ciencia Espiritual

Del ciclo: Metamorfosis del Alma

Rudolf Steiner. Berlín, 9 de diciembre de 1909

English version

La conferencia que voy a dar hoy me pone en una posición difícil. Quiero hacer algunas observaciones alejadas de la manera de pensar llamada “científica”. Desde el punto de vista del que, la gente, está formada mayormente, por las ideas vigentes en los círculos de divulgación científica, y puesto que el objeto de esta conferencia está muy lejos de este tipo de ideas, el público en general puede inclinarse a considerar mis declaraciones como meras fantasías, derivadas de cavilaciones arbitrarias, más de lo que realmente son: el resultado de la investigación científico espiritual.

Les pido, por tanto, tomen esta conferencia como una especie de paréntesis de esta serie de invierno, mi intención es apuntar en otra dirección, por lo que no es probable que nos extendamos mas sobre ello, aunque puede que la retomemos el año próximo. La razón de tocar este tema ahora, es demostrar que lo que estamos tratando este invierno como una ciencia del alma, se ramifica en muchas formas que van desde el dominio inmediato de la vida animica a las conexiones que encontramos en el vasto universo, en la totalidad del cosmos.

Por último, debo pedirles que recuerden que esta conferencia es sólo una pequeña parte de un gran volumen. Debe ser vista en estricta relación con su título, “Algo sobre la Luna a la Luz de la Ciencia Espiritual”. No pretendo en modo alguno ser exhaustivo. Ustedes encontraran en todo tipo de libros populares  esto o aquello, acerca de la Luna desde el punto de vista de la ciencia actual. Pero todo lo que podemos aprender de estas fuentes o de la literatura científica no nos dejará muy satisfechos en cuanto a las difíciles preguntas acerca de esta extraña compañera de la Tierra.

A medida que avanzaba el siglo XIX, los enunciados de la ciencia con respecto a la luna se volvieron más y más prudentes, pero también menos frecuentes, y al día de hoy no hay nada nuevo. La imagen de la superficie de la luna es dada por los telescopios, las imágenes astronómicas, las descripciones de su superficie, marcadas como cráteres, formaciones, surcos, llanuras y valles, y cosas por el estilo, y las impresiones resultantes que se pueden obtener de la faz puramente espacial de la luna, nada de esto nos concierne. Nuestra pregunta es en verdad científico-espiritual, si la Luna tiene alguna influencia especial sobre el significado de la vida humana en la Tierra.

De un significado de este tipo se ha hablado desde diversos puntos de vista en el curso de los siglos pasados. Y puesto que todo lo que sucede en la Tierra, año tras año, se relaciona con la posición cambiante de la Tierra respecto al Sol, y está sujeta a la gran influencia de la luz y el calor solar, es natural preguntarse si esta otra luminaria celestial, la Luna, podría tener alguna importancia para la vida en la Tierra, y sobre todo para la vida humana.

En un pasado relativamente reciente, la gente se inclinaba a hablar de la Luna como una influencia muy poderosa para la vida terrenal. Aparte del hecho de que durante mucho tiempo fue costumbre atribuir a la atracción lunar el reflujo y flujo de las mareas, la luna siempre ha sido considerada como algo que afecta a las condiciones climáticas en la Tierra. Por otra parte, en la primera mitad del siglo XIX, investigadores científicos y médicos recopilaron observaciones de cómo la luna en sus distintas fases tiene un efecto definitivo sobre determinadas enfermedades, e incluso en el conjunto de la vida humana. Fue entonces cuando dejo de ser una superstición popular considerar la influencia de la luna, en relación con los altibajos de la fiebre, el asma, el bocio y otros similares; todavía hay médicos que registran estos casos, pues se sienten obligados a creer que las fases de la Luna tienen alguna influencia en el curso de la vida humana y en la salud y la enfermedad en particular.

Con el surgimiento del pensamiento científico, que tuvo su amanecer en la mitad del siglo XIX, la inclinación a permitir cualquier influencia de la luna en la vida humana fue disminuyendo continuamente. Sólo sobrevivió la creencia de que la luna causa las mareas. Y fue un científico importante, Schleiden, quien derramó las copas de su ira sobre los que todavía creían en la influencia de la luna, aunque fuera sólo en el tiempo o en algún otro fenómeno terrestre. Schleiden, que había realizado un trabajo excelente en su propia esfera por su importante descubrimiento de las  células de la planta, lanzó un violento ataque contra otro científico alemán, Gustav Theodor Fechner, destacado sobre todo por dirigir su atención hacia ciertos aspectos sutiles fronterizos de la investigación. Así, Fechner, en su Zend Avesta trato de mostrar que la vida de las plantas está dotada de alma, mientras que en su Introducción a la Estética y sus Elementos de Psicofísica logró un gran trabajo sobre los aspectos más íntimos de las ciencias naturales. Tal vez sea mejor no hablar de esta célebre controversia sobre la luna sin decir un poco más sobre el mismo Fechner.

Fechner fue un investigador que asiduamente trató de reunir, con gran cuidado y precisión, la observación de los hechos en diversos campos de investigación, pero utilizaba un método de analogías con el fin de mostrar, por ejemplo, que todos los fenómenos de la vida, y no sólo de la vida humana, tienen alma. A partir de los fenómenos del curso de la vida humana, tomó los hechos y fenómenos similares, que aparecen a la observación de, digamos, la vida de la tierra, o de todo un sistema solar, o del mundo. Cuando comparó estos fenómenos con los de la vida humana, encontró una analogía tras otra. Por lo tanto concluyó, más o menos, que en el estudio de la vida humana, con la llegada del alma, se observa la aparición de ciertos fenómenos, y que en la observación de otros fenómenos se pueden establecer ciertas similitudes con la vida humana, ¿por qué no reconocer los otros fenómenos como dotados también  de “alma”?

Cualquier persona que se encuentre en el terreno de la Ciencia Espiritual, y  examine todo lo relacionado con lo espiritual de manera estrictamente científica, de la misma manera como el científico natural se aplica a los estudios de los fenómenos externos, consideraría que mucho de lo que Fechner resuelve tan hábilmente, no es más que un juego de ingenio, y sin embargo, en un juego de este tipo se debe tener cuidado al tratar con meras analogías. Cuando un pensador estimulante como Fechner emplea este método, su obra puede ser muy interesante. Pero hay gente de la que justamente se puede decir que les gustaría resolver los enigmas del mundo con tan poco conocimiento y comodidad como sea posible. Y si se apoyan en Fechner y sus métodos propios, debemos recordar que un imitador o un copista no suscita en nosotros los mismos sentimientos de satisfacción que el hombre que fue original en su propio campo, un hombre que reconocemos como dotado y estimulante, a pesar de que no podamos atribuirle nada más.

No tenemos necesidad de caracterizar a Schleiden más allá que decir que descubrió la importancia de las células. Es evidente que un hombre, que dirigió todas sus facultades perceptivas y cognitivas hacia lo inmediato, lo verdadero, es decir, hacia lo que se puede percibir con instrumentos externos, tendrá poca simpatía por las analogías que las que habló  Fechner en su empeño por demostrar que las plantas tienen alma, porque la visión de Schleiden se compone de células individuales, y este hecho le parecía naturalmente innovador, algo maravilloso. Así, para Schleiden eran como un ultraje las especulaciones, con este modelo brillante disponible como punto de partida, en caso de preferir hacer tratos con algunas relaciones aún más sutiles de la naturaleza. Fue sobre todo el método de las analogías de Fechner  lo que despertaba la ira de Schleiden, y en este sentido se refirió a la cuestión de la luna. Con referencia no sólo a Fechner, sino a todos aquellos que se aferraban a la tradición secular de atribuir a la luna todo tipo de influencia sobre el clima, etc., dijo que para estas personas la luna era como el gato en la casa, responsable de todo lo que no puede ser explicado de otra manera.

Como es natural, Fechner se sintió cuestionado, ya que fue el principal objeto de estos ataques. Rápido se embarcó en una tarea que —estemos o no de acuerdo con ella—  fue muy estimulante. Y aunque hay muchos errores que ya se han despejado, el folleto de Fechner, “Schleiden y la Luna”, publicado en 1856, es muy interesante. No tenía necesidad de hablar de la influencia de la luna en el flujo y reflujo de las mareas, pues esto  ya era admitido incluso por Schleiden. Era la supuesta conexión de la luna con las condiciones climáticas  la que hizo de ella, el gato de la investigación científica. Por lo tanto, Fechner se propuso investigar los mismos hechos que le imputaba su oponente, y de esa investigación se extrajeron algunas conclusiones notables. Cualquiera que se preocupe en  revisar su procedimiento encontrará que en esta investigación, Fechner fue un trabajador excepcional cuidadoso y con un enfoque totalmente científico. Su primera conclusión a partir de una serie de hechos -que no necesito repetir, cualquiera puede leerlo por sí mismo- fue que la cantidad y frecuencia de las precipitaciones eran mayores con una luna creciente que con una luna menguante: mayores cuando la luna se acerca a la tierra, menores cuando retrocede, y la proporción de las precipitaciones entre la luna creciente y la luna menguante era 107:100. Las observaciones que se registraron no cubrían pocos años, algunas de ellas se extendieron durante décadas y  no en una localidad, sino de muchas partes de Europa.

Con el fin de excluir los efectos del azar, Fechner propuso que otra condición, exceptuando la Luna, podría haber producido esta proporción de 107:100. A continuación, estudió las condiciones meteorológicas en las fechas impares y pares de fases de la luna, pues dijo que si la luna creciente o menguante no fueron la causa, los días pares e impares del mes  producirían resultados similares. Pero ese no fue el caso. Surgieron cifras muy diferentes: la relación no era constante, sino variable, por lo que aquí se podría atribuir a la casualidad.

Fechner se dio cuenta de que no había logrado ningún gran resultado y tuvo que reconocer que la luna no tenía gran influencia en el clima, pero los hechos sí apuntan a una cierta influencia. Procedió muy científicamente, teniendo en cuenta únicamente las observaciones cuidadosamente registradas en lugares definidos. Hizo investigaciones similares en relación con la fiebre y otros fenómenos corporales, y aquí también obtuvo pequeños resultados positivos. Difícilmente se puede negar que fenómenos de este tipo pueden tomar un curso diferente en virtud de la depilación con cera y bajo la luna menguante. Así, el viejo punto de vista de la luna libró su última batalla a mitad del siglo XIX a través de la obra de este hombre superdotado, Fechner.

Este ejemplo muestra muy bien el error de aceptar la afirmación cada vez más común que la ciencia nos obliga a hablar más sobre el trasfondo espiritual de las cosas, pues la ciencia -estamos seguros- está a punto de aprender cómo combinar los materiales simples, de  manera que puedan producir sustancia viva. Sabemos que tenemos mucho camino por recorrer antes de que podamos hacer que las proteínas y sus componentes —carbono, hidrógeno, oxígeno, etc.— pero la tendencia general de la ciencia es hacernos creer que algún se conseguirá. Cuando se haya hecho, perspectiva sólo sostenible -por aquellos que hacen estas afirmaciones-  por monistas que sostienen que un ser vivo, pensante, se compone sólo de un conjunto de elementos materiales.

Cualquier persona que hable en este sentido se está basando en los últimos objetivos y logros de la ciencia para convencerse de que no se justifica postular algo espiritual detrás de lo que percibimos con nuestros sentidos, o nos cuenta la ciencia externa; se sentirá satisfecho afirmando que ya han pasado los días en que se podía afirmar la existencia de una vida llena de sabiduría detrás del mundo perceptible.

En este punto podemos preguntarnos. ¿Realmente la ciencia nos obliga a rechazar la investigación espiritual? ¿Es eso una conclusión científica? Si quiero permanecer enteramente en el terreno de los que creen que en un futuro no muy lejano será posible producir proteína viva de las sustancias simples. ¿Hay algo que nos obligue a decir que la vida esta materialmente constituida y que no debemos buscar el espíritu por ninguna parte?

Una observación histórica ordinaria nos mostrará que esta conclusión es innecesaria. Hubo un tiempo en que se creía que no sólo el carbono, el hidrógeno, etc. se podrían utilizar para producir proteína viva, sino que un hombre entero podría ser construido a partir de los ingredientes necesarios en una retorta. El valor de esta creencia es algo  que no nos concierne, se puede leer un tratamiento poético de la misma en la segunda parte de Fausto. La cuestión es que hubo momentos en que la gente realmente creía —aunque nos pueda parecer una locura— que el Homúnculos, podría combinarse a partir de componentes separados. Sin embargo, en aquellos tiempos, nadie dudaba que el espíritu estaba detrás de lo perceptible por los sentidos. Por lo tanto se puede demostrar históricamente que no hay “ciencia” que nos obligue a rechazar el espíritu, porque esto depende de algo muy diferente de la capacidad de discernir si el espíritu está ahí o no. Ni la ciencia de hoy ni la ciencia del mañana pueden  obligarnos a rechazar el espíritu. Podemos tomar un punto de vista totalmente científico, pero rechazar el espíritu no depende de la ciencia. Depende de si somos capaces o no de discernir el espíritu, y la ciencia no puede determinar eso.

Así que, sin estar de acuerdo desde el punto de vista científico espiritual, con Schleiden o con Fechner, podemos entender que Schleiden, con los ojos fijos en el mundo de los sentidos, rechazó toda búsqueda del alma o el espíritu detrás de los fenómenos. Pero no tomó esta actitud por motivos científicos, simplemente estaba tan acostumbrado a considerar las cosas visibles, que no tenía ningún interés en nada más. Fechner era muy diferente, adoptó un punto de vista espiritual, y a pesar de que cometió un error tras otro, era un hombre de calidad diferente, buscaba el espíritu. De ahí que su tendencia no era rechazar, sino aclarar el significado de las sutiles influencias de los cuerpos celestes. Se dijo a sí mismo: Cuando observo la luna, no  puedo sentirla como el montón de escoria que se ve a través de un telescopio, está dotada de alma, al igual que todos los cuerpos. De ahí que el alma de la luna debe tener efectos sobre la Tierra, y estos efectos se expresan por debajo de la superficie de la vida ordinaria o en los fenómenos meteorológicos.

Ahora bien, es digno de mención, y a menudo se ha señalado aquí, que el método de la investigación científico-espiritual se dirige hacia lo práctico, y que las mejores pruebas de lo que tiene que decir puede encontrarse en la vida cotidiana.

 Y esta fue la forma de Fechner cuando se dedicó a defender sus puntos de vista. Sugirió que la disputa entre Schleiden y él mismo sobre la luna tal vez podría ser resuelta por sus esposas. Él dijo: “Los dos necesitamos el agua de lluvia para el lavado, y se puede ejercer en relación a las condiciones climáticas. Dado que Schleiden y yo no vivimos bajo el mismo techo podemos recoger el agua en momentos definidos, le sugiero que mi esposa la acumule durante la luna creciente y la esposa de Schleiden durante la luna menguante. Estoy seguro de que estará de acuerdo a fin de no dejar en vergüenza la teoría de su marido, y tanto más cuanto que no establece una gran importancia a la misma. El resultado será que mi esposa tendrá una lata extra por cada catorce latas recogidas por la señora Schleiden, pero como el fin es superar una opinión preconcebida, sin duda harán este sacrificio”[1].

Nos hemos basado en esta historia para mostrar cómo la luna y su influencia en la Tierra fueron consideradas hace mucho tiempo. Hoy en día se podría decir que las personas han avanzado en su punto de vista científico —como ellos lo llaman— y así han ido un paso más allá de Schleiden, en el sentido de tratar como a una persona soñadora y supersticiosa al que se aferraba a la creencia de que la Luna tendría algo que ver con las condiciones meteorológicas y similares. Incluso entre las personas muy sensibles hoy en día no se encuentra ninguna opinión más que la luna sólo tiene influencia en las mareas, todas las demás opiniones han sido reemplazadas.

Si tomamos el punto de vista de la Ciencia Espiritual, que por supuesto, no está obligada a jurar todo lo que alguna vez fue parte de la creencia popular, eso sería confundir la Ciencia Espiritual con la superstición, muy a menudo hoy en día nos encontramos con una cantidad de supersticiones, que en realidad son creencias populares mal entendidas y se dice que son parte de la Ciencia Espiritual. Una superstición acerca de la luna de hecho se puede ver en cada esquina, porque es bien sabido que un emblema de la Luna se une a nuestras tiendas de barberos, ¿por qué? debido a que era una creencia generalizada que la nitidez de una navaja de afeitar se conecta con una luna creciente. De hecho hubo momentos en los que nadie se hubiera preocupado de esquilar una oveja durante la luna menguante, porque creía que después la lana no crecería de nuevo. Esta es una superstición muy fácil de refutar, pues cualquier persona que se afeita la barba sabe que vuelve a crecer durante la luna menguante. En este ámbito es fácil burlarse, ya que es difícil, en el otro lado, ver con claridad. Por ahora estamos llegando a una pregunta particular, cuando al fin tocamos la Ciencia Espiritual. Se trata del flujo y reflujo de las mareas, universalmente considerado  bajo la influencia de la luna.

Se cree que las mareas están obviamente conectadas con la fuerza de atracción de la luna, y se mira cuando la luna llega a su meridiano. Cuando la luna sale del meridiano, se espera que el flujo cambie a menguante. Sin embargo, sólo tenemos que observar que, en muchos lugares, el reflujo y el flujo se produce dos veces, mientras la luna se encuentra en el meridiano una sola vez durante el mismo período. Y hay otro hecho. Podemos leer en los libros de viajes que, en muchas partes de la Tierra, la pleamar de ningún modo coincide con el meridiano de la luna, y en algunos lugares se produce hasta dos horas y media más tarde. Ciertamente, la ciencia ha inventado excusas para dar cuenta de esto: se nos dice que la pleamar se retrasa. Pero también hay ciertos resortes que muestran el flujo y el reflujo de manera indudable, en algunos casos el reflujo aparece cuando la marea del océano se encuentra en las inundaciones, y viceversa. Se nos dice que estos casos, también son ejemplos de flujo retardado o el flujo en algunos casos tan retrasados ​​como para empezar en la otra fase. Por supuesto, este tipo de explicación puede aclarar casi cualquier cosa.

Una cuestión correctamente planteada: ¿de dónde obtiene la luna este poder de atracción del mar? La luna es mucho más pequeña que la Tierra y sólo tiene alrededor de un 70% de poder de atracción de la Tierra, mientras que para establecer las grandes masas del mar en movimiento se requieren millones de caballos de fuerza. Julius Robert Mayer[2] hizo algunos cálculos interesantes sobre esta cuestión, que nos lleva a muchos otros problemas. Por lo tanto podemos decir: Aquí hay algo que es considerado como científicamente irrefutable, y sin embargo, aunque no se escuchan oposiciones de hecho, es muy vulnerable

Sin embargo se mantiene un hecho muy significativo. Aunque la posición y la influencia de la Luna son tales que es difícil hablar de una relación inmediata de causa y efecto, es cierto que una pleamar definitiva se produce todos los días —en relación con el meridiano de la Luna— unos cincuenta minutos más tarde que en el día anterior. La secuencia regular de flujo y reflujo se corresponden por lo tanto al recorrido de la luna, y este es el hecho más significativo de todos. Por lo tanto, no podemos hablar de la luna en su meridiano como una influencia real sobre el flujo y reflujo, pero podemos decir que el curso de la órbita de la Luna se interpone en una cierta correspondencia con el curso de las mareas.

Para acercarnos un poco a la manera de pensar de la Ciencia Espiritual, me gustaría referirme a un hecho similar que dio a Goethe una gran cantidad de problemas. La mayoría de la gente sabe muy poco acerca de las preocupaciones de este gran genio de los tiempos modernos, pero cualquier persona que, como yo, ha pasado muchos años estudiando los escritos científicos de Goethe y ha visto sus manuscritos en el Archivo Goethe-Schiller en Weimar, hace algunos descubrimientos sorprendentes. Por ejemplo, en las notas preliminares que más tarde Goethe condensó ​​en unas pocas páginas como la meteorología[3]. Goethe trabajo en estas investigaciones con mucha diligencia y asiduidad. Una y otra vez reunió a sus amigos para recoger datos y cifras que luego él tabulaba. El propósito de estos estudios extensivos era demostrar que el nivel de presión barométrica en varios lugares no se debía al azar, sino que varía de alguna manera bastante regular. Y Goethe de hecho tenía una gran cantidad de evidencias que indicaban que en todo tipo de lugares el ascenso y caída del barómetro estaban sujetos a una ley que se extendía por todo el globo. Tenía la esperanza de refutar la hipótesis de que la presión del aire depende totalmente de las influencias externas. Sabía, por supuesto, que la densificación y rarefacción del aire, dan lugar a cambios de presión, que fueron atribuidos generalmente a la luna, al sol y otros factores cósmicos. Quería demostrar que la posición de las constelaciones, independientemente de los efectos del sol y de la luna sobre la atmósfera, tenían una regularidad constante en el ascenso y caída de la presión del aire que prevalece en el globo. Por lo tanto, él deseaba mostrar que la Tierra formaba parte de la subida y bajada del barómetro, pues estaba convencido que la Tierra está impregnada de elementos invisibles de la cual surge toda una vida de flujos, así como el hombre tiene, además de su cuerpo físico, elementos invisibles que lo impregnan. Y así como el hombre tiene una inhalación y exhalación, donde se conecta con el aire, también lo hace la Tierra, que como un ser vivo, inhala y exhala. La inhalación y exhalación de la Tierra, como manifestaciones de su vida interna, se registran externamente en el auge y caída del mercurio en el barómetro. Así tenemos en Goethe un hombre que estaba convencido de que la Tierra es un ser imbuido de espíritu y que se comporta de una manera comparable al proceso de respiración en los seres humanos. Por otra parte, Goethe dijo una vez a Eckermann que consideraba el flujo y reflujo de las mareas, como una expresión más de la vitalidad interior, del proceso de la vida de la Tierra[4].

Goethe no es de ninguna manera el único genial pensador que investigaba estas cosas desde el punto de vista espiritual. Las personas de mentalidad materialista, por supuesto, encontraran todo esto ridículo, pero entre los hombres que tienen una idea de la vida, ya sea en un nivel determinado o, en general, siempre habrá personas con ideas similares a las de Goethe —por ejemplo, Leonardo da Vinci. En su excelente libro, donde expone sus puntos de vista de comprensión científica a la altura de los logros de aquellos tiempos, nos encontramos con lo que dice —y no simplemente como una analogía— que él realmente consideraba las rocas sólidas como el esqueleto de la Tierra, y que los ríos, arroyos y cursos de agua en realidad pueden compararse con la circulación de la sangre en el hombre. Allí encontrarán también —afirmó— que flujo y reflujo se conectan con un ritmo regular en la vida interior de la Tierra. Kepler también habló en un tono similar cuando dijo que la Tierra puede considerarse en cierto sentido como una ballena gigantesca y que los altibajos eran la inhalación y exhalación de esta enorme criatura.

Comparemos ahora los hechos mencionados anteriormente con vistas tales como la de Goethe sobre el flujo y reflujo. Vamos a utilizar los hallazgos de la ciencia espiritual y nuestras conclusiones anteriores sobre las fases de la luna y las mareas en relación, por ejemplo, a los puntos de vista de Goethe sobre la vida interior de la Tierra y la respiración. Para ello hemos que construir las conclusiones de la ciencia espiritual, que sólo pueden establecerse por las investigaciones realizadas por métodos científico espirituales. Aquí entramos en un terreno muy peligroso donde los que creen que tienen un punto de apoyo firme en la ciencia moderna, objetarán sobre las fantasías de la Ciencia Espiritual. Bien, dejemos que hablen. Sería mejor si se lo tomaran como un estímulo; entonces serían capaces de encontrar pruebas a través de un examen más profundo de la vida.

Con el fin de abordar de manera correcta lo que el científico espiritual tiene que decir, vamos a considerar al hombre mismo en relación con el mundo que le rodea. Por lo que se refiere a la Ciencia Espiritual, el ser humano se origina no en el mundo sensible, sino en los fundamentos espirituales que se encuentran detrás del mundo físico externo. Por lo tanto, el hombre nace en realidad sólo como un ser físico que puede percibir el mundo de los sentidos. Y en la medida en que está impregnado de alma y espíritu, nace desde el alma y el espíritu del cosmos. Y sólo cuando encontramos el camino desde el alma y el espíritu del hombre, con el alma y el espíritu del cosmos, se nos da la posibilidad de ver la conexión entre los dos

En capítulos anteriores hemos hablado de diversos fenómenos de la vida anímica del hombre. Encontramos que el alma es algo que no es la nebulosa que describe la psicología moderna. Entre sus miembros se distingue, en primer lugar, lo que llamamos el alma sensible. En este alma el yo, aunque vagamente y apenas consciente de sí mismo, experimenta los impulsos del placer y el dolor y todo lo que viene a él desde el mundo exterior a través del cuerpo sensible. El yo está presente en la vida del Alma Sensible, pero no sabe nada de sí mismo. A medida que  el yo se va desarrollando avanza a la etapa del Alma Racional. Y cuando el Yo continua y ahonda su trabajo en el alma Racional, da lugar al Alma Consciente. Así, en la estructura del alma humana se distinguen tres miembros: Alma Sensible, Alma Racional y Alma Consciente.

El Yo continúa trabajando en estos tres miembros y eleva al hombre más y más a la cima de su desarrollo. Sin embargo, estos tres miembros, que llevan a cabo su trabajo a través del hombre, tienen que vivir en su estructura corporal, pues solo así puede realizar sus tareas. El alma sensible utiliza como instrumento el cuerpo sensible, el alma racional se sirve del cuerpo etérico. El alma consciente es la primera en utilizar como portador e instrumento al cuerpo físico. Así, en la estructura corporal del hombre tenemos el cuerpo físico en común con los minerales. A continuación tenemos en el hombre una parte superior que tiene en común con el mundo vegetal y todo lo vivo. Las funciones de crecimiento, nutrición y reproducción en la planta están activas también en el hombre, pero en el hombre están conectadas con el Alma Racional, el cuerpo etérico de la planta no está impregnado por el alma racional, como en el caso del hombre, y el cuerpo físico está permeado por el Alma Consciente. Aquello que forma cristales en el reino mineral está impregnado en el hombre por el Alma Consciente. En los animales el cuerpo astral es el portador de los impulsos y emociones, en el hombre, el cuerpo astral se profundizó hacia el interior y es el portador del alma sensible. Así, el alma humana, compuesta de Alma Sensible, Alma Racional y Alma Consciente, mora en su triple corporeidad, en el cuerpo sensible, el cuerpo etérico y el cuerpo físico, respectivamente,

Esa es la condición del hombre mientras está despierto. Durante el sueño, es diferente. Entonces, deja su cuerpo físico y etérico en la cama, sale de ellos con su yo y el cuerpo astral, más las partes de su alma que impregnan su cuerpo físico y etéreo como alma racional y Alma Consciente. Así, durante el sueño, él vive en un mundo espiritual que no puede percibir, simplemente porque viviendo en la Tierra se ve obligado a usar su cuerpos físico y etéreo para percibir el mundo circundante. Como en el sueño abandona estos instrumentos, no es capaz de percibir el mundo espiritual, ya que en la vida del sueño le faltan los órganos para percibir dicho mundo.

Ahora hay algo más que decir acerca de estos estados de vigilia y el sueño. Nuestra vida de vigilia está directamente conectada con el curso del sol, aunque en realidad esto ya no es del todo cierto hoy en día, especialmente en las personas que viven en las ciudades. Pero si miramos la vida sencilla del campo, donde esta relación entre la naturaleza exterior y la vida humana aún prevalece en gran parte, nos encontramos con que la mayor parte del tiempo la gente está despierta, mientras que el sol está en lo alto y duerme mientras el sol está abajo. Esta alternancia regular de vigilia y sueño se corresponde con la acción normal de la luz solar sobre la Tierra y todo lo que brota de ella. Y no es solo una manera pintoresca de hablar decir que en la mañana el sol recuerda en el cuerpo físico al cuerpo astral y el yo, junto con el alma sensible, el alma intelectual y el Alma Consciente, y mientras el hombre está despierto ve todo a su alrededor por medio del sol y su resplandor. Y cuando el hombre tiene una vez más unidos a todos los miembros de su ser en la conciencia de la luz del día, es el sol el que pone ritmo a la vida ordinaria. Ahora vamos a reconocer fácilmente, si no observamos en profundidad, cómo el sol regula la relación del hombre consigo mismo y con la Tierra. Veamos ahora más de cerca los tres aspectos de esta relación.

En cuanto a la triple naturaleza del alma, que comprende Alma Sensible, Alma Racional y Alma Consciente, el hombre es interiormente independiente, pero no con respecto a sus portadores, el cuerpo astral, etérico y físico. Estas tres envolturas se construyen a partir del universo exterior, a fin de que puedan servir al hombre en su vida de vigilia, se construyen a través de la relación entre el Sol y la Tierra.

Como hemos visto, el alma sensible vive en su instrumento, el cuerpo sensible. El cuerpo sensible debe sus características a la región que el hombre llama “su hogar”. Todo el mundo tiene una casa en alguna parte, y no importa si ha nacido en Europa o en Estados Unidos o Australia. Para los cuerpos físico y etérico no hay diferencia directa, pero sí importa directamente al cuerpo sensible. Aunque el hombre se va haciendo más libre de estos efectos en su cuerpo sensible, todavía tenemos que decir: los seres humanos cuyas raíces se encuentran en su tierra natal, los seres humanos en los que el sentimiento de patria es particularmente fuerte, que aún no han vencido por la fuerza del alma el poder de lo físico y se sienten atraídos por su lugar de nacimiento, si tales seres humanos tienen que trasladarse a otra región, no sólo pueden sentirse malhumorados y taciturnos, en realidad pueden caer enfermos. A menudo, la mera perspectiva de volver a casa es suficiente para restaurar su salud, pues el origen de su enfermedad no está en el cuerpo físico o en el cuerpo etérico, sino en su cuerpo sensible, cuyos estados de ánimo, emociones y deseos surgen del entorno de su tierra natal.

A medida que desarrolla la libertad, el hombre supera las influencias que lo atan a su tierra natal, pues una visión global, muestra que la situación del hombre sobre la Tierra varía de acuerdo con la relación del lugar donde vive el sol, porque el ángulo con que los rayos solares caen sobre la Tierra varía de un lugar a otro. En efecto, podemos rastrear ciertas actividades instintivas, que luego se asimilan culturalmente, que derivan parcialmente de la patria de las personas afectadas.

Tomemos dos ejemplos: el uso del hierro y el ordeño de los animales para la alimentación. Veremos que es sólo en ciertas áreas de Europa, Asia y África donde se desarrollaron estas prácticas, en otras áreas no se conocía. Y comenzaron a utilizarse más adelante, introducidas por los emigrantes procedentes de Europa. Podemos rastrear exactamente el ordeño de animales a través de Siberia desde las fechas más remotas de la antigüedad, y extenderse sólo hasta el Mar de Bering, no hay registro de ello entre los habitantes originales de América. Con el hierro es similar.

Así, podemos ver cómo ciertos instintos que existen en el cuerpo sensible se conectan con la región particular donde vive la gente, y cómo, por tanto, depende en primer lugar de la relación del Sol con la Tierra.

Una segunda dependencia se refiere al cuerpo etérico. A medida que es portador del alma racional, el cuerpo etérico se muestra a sí mismo como dependiente en su actividad de las estaciones del año, por lo que en la relación del Sol con la Tierra se expresa en el curso de las estaciones. Una prueba directa de esto por supuesto puede venir sólo a través de la ciencia espiritual, pero podemos convencernos a nosotros mismos por hechos externos que esta declaración es correcta. Por ejemplo, sólo en las regiones donde una alternancia equilibrada de las estaciones ocurre que la actividad interna del alma racional o intelectual puede desarrollarse, lo que significa que sólo en estas regiones puede evolucionar el Alma Racional en el cuerpo etérico del hombre. En el extremo norte nos encontramos con que cuando los elementos de la cultura son introducidos desde otros lugares, el alma tiene una gran dificultad en la lucha con el cuerpo etérico, que es tener que vivir en condiciones caracterizadas por inviernos excesivamente largos y veranos cortos. Entonces al Alma Racional le será imposible forjarse de un instrumento que pueda manejar fácilmente fuera del cuerpo etérico

Si nos vamos a las zonas tropicales, nos encontramos que la falta de temporadas regulares produce una especie de apatía. Así como las fuerzas de la vida de las plantas varían en el curso del año, también lo hacen las fuerzas en el cuerpo etérico del hombre: encuentran su expresión en la alegría de la primavera, el anhelo de verano, la melancolía del otoño, la desolación del invierno. Estos cambios regulares son necesarios para que el instrumento adecuado para el alma racional pueda crearse en el cuerpo etérico humano. Así, vemos de nuevo cómo el sol afecta a los seres humanos a través de su relación cambiante con la Tierra.

Tomemos ahora el cuerpo físico. Si el Alma Consciente trabaja directamente en el cuerpo físico, tenemos que seguir en la vida ordinaria un ritmo similar a la alternancia del día y la noche. Cualquier persona que no duerma pronto se dará cuenta de que es incapaz de controlar eficazmente sus pensamientos acerca del mundo que le rodea. Una alternancia regular de vigilia y el sueño prepara a nuestro cuerpo físico de manera que puede proporcionar un instrumento al Alma Consciente. Así, hemos visto cómo los tres cuerpos del hombre, astral, etérico y físico, se forman por el Sol.

Pero, ¿qué influencias externas juegan en el ser humano, mientras él está dormido, mientras está viviendo en el mundo espiritual y ha dejado atrás su cuerpo físico y etérico?

Mientras dormimos tenemos algo del mundo espiritual que restituye las fuerzas que han sido utilizadas por nuestras actividades durante el día anterior. ¿Es posible que en este caso también podamos apuntar a una influencia externa como lo hicimos en relación con las horas de vigilia durante el día? Sí, lo es, y lo que encontramos está de acuerdo de una manera extraordinaria con la duración de las fases de la luna. No estoy afirmando que esta influencia externa coincida exactamente con las fases de la luna, o que las propias fases produzcan efectos correspondientes, sino que el curso de estos efectos es comparable con el curso de las fases de la luna. Voy a dar dos ejemplos para mostrar lo que quiero decir.

Vamos a ser muy conscientes de que las personas que se entregan a los pensamientos creativos y al libre juego de la imaginación no están igualmente productivas en todo momento. Los poetas, por ejemplo, si son honestos con ellos mismos, tienen que admitir que de vez en cuando se encuentran fuera de tono, incapaces de escribir nada. Las personas que observan esto en ellas mismas saben que viven períodos productivos, donde es necesario un cierto marco imaginativo de la mente y una sensación de calor, que se alternan de una manera notable con períodos en los que nada se puede lograr. Saben, también, que el alma tiene un periodo de catorce días de productividad, después de los cuales cualquier cosa que tenga que ver con el pensamiento creativo pasa por un período de vacío, el alma se queda como un limón exprimido. Durante este período vacío, sin embargo, puede dedicarse a trabajar más sobre lo que ya se ha hecho. Si los artistas y autores tomaran nota de ello, pronto verían cuán cierto es.

Esta alternancia de períodos no está influenciada por las condiciones del día, sino por los momentos en que el alma y el yo están fuera de los cuerpos físico y etérico. Y así, durante un período de catorce días, las fuerzas productivas están, por así decirlo, vertidas en el ser humano, mientras esta fuera de sus cuerpos físico y etérico, y luego, durante los siguientes catorce días, no recibe tales fuerzas. Ese es el ritmo. Se aplica a todos los seres humanos, pero es más evidente en el tipo de personas que acabo de mencionar.

Mucho más clara aún es la evidencia de la investigación espiritual genuina. Este no es el tipo de investigación que pueden llevarse a cabo cada vez que uno desea, pues depende de un patrón rítmico. Este punto casi nunca se menciona en ninguna parte, pero es así. ¡Durante la investigación espiritual uno no está durmiendo, el mundo del espíritu no otorga sus dones en el sueño! El cuerpo físico está inactivo con respecto al mundo exterior, sin embargo, uno no está dormido, aunque los cuerpos físico y etérico se hayan quedado atrás, la meditación, la concentración y así sucesivamente  han fortalecido las facultades del investigador a tal grado, que la conciencia no se borra cuando se sale del cuerpo físico. El sueño no sobreviene y el mundo espiritual puede ser percibido. Para el investigador espiritual moderno hay dos períodos: uno de catorce días en los que puede hacer observaciones: se siente especialmente fuerte y percibe las comunicaciones del mundo espiritual sobre él por todas partes. Luego viene un período en el que es especialmente capaz, gracias a las fuerzas que acaba de recibir, de penetrar con su pensamiento las iluminaciones, imaginaciones y las inspiraciones que han venido con él del mundo espiritual, para trabajar sobre ellas, para que puedan adquirir una forma estrictamente científica. La inspiración y la técnica de pensamiento siguen un curso rítmico. El investigador espiritual no tiene por qué llevar a cabo una coordinación con los hechos externos, sino que simplemente ve cómo estos períodos se alternan, al igual que la luna llena y la luna nueva, con sus cuartos intermedios. Pero no es sólo su curso rítmico que tiene un paralelo en la sucesión de la luna llena y nueva. El período de la inspiración no coincide con la luna llena o el de investigación durante el período de luna nueva. Todo lo que podemos decir es que la comparación es posible entre los dos períodos y la luna llena y nueva. ¿Por qué esto es así?

Cuando estudiamos nuestra Tierra, nos encontramos con que se ha desarrollado a partir de un estado anterior. Así como cada uno de nosotros ha llegado en el alma y el espíritu de una encarnación anterior, nuestra Tierra ha surgido de una encarnación planetaria anterior. Pero nuestra Tierra conserva reliquias de los acontecimientos que tuvieron lugar bajo las condiciones anteriores durante su encarnación anterior. Y estas reliquias se encuentran en el curso de la ronda de Luna por la Tierra, tal como la vemos hoy. Desde un punto científico-espiritual la luna, se computa como parte de la Tierra. Pero ¿qué es lo que mantiene a la luna girando alrededor de la Tierra? Es la misma Tierra, y aquí la ciencia espiritual y la ciencia actual están en completo acuerdo. La ciencia actual, también, se refiere a la luna como si hubiera sido separada de la Tierra, y habiendo ganado la fuerza que la mantiene en órbita por haber formado parte de ella. Así, la órbita de luna representa simplemente un estado anterior de la Tierra. La Tierra misma ha conservado en su satélite estas condiciones anteriores ya que tiene que hacer que brille en el presente. ¿Podemos encontrar alguna razón para esta necesidad?

Tomemos al hombre mismo y observemos que vive como alma en su cuerpo y la forma en que se expone al curso del sol. Podemos decir: para la conciencia actual, todo lo relacionado con el sol se restringe a la vida entre el nacimiento y la muerte. Esto es algo que se puede probar —pregúntense si lo que las experiencias normales de la conciencia durante las horas de vigilia, en su triple dependencia del lugar de nacimiento, el cambio de estaciones y la alternancia del día y la noche, no se limita a la vida entre el nacimiento y la muerte. El hombre no tendría nada más en su conciencia, nada más se le encendería, si sólo existiera la acción del Sol sobre la Tierra, y sólo esta relación entre la Tierra y el Sol. Lo que toca el relevo de una encarnación a la siguiente aparece de nuevo en una nueva vida, hay que buscarlo en el elemento anímico-espiritual que impregna el cuerpo exterior del hombre durante el sueño pasando por el cuerpo astral y el yo de los cuerpos físico y etérico. A la muerte también deja el cuerpo, y reaparece bajo una nueva forma a la próxima encarnación. Aquí hay un ritmo que dirige nuestra atención a un ritmo similar asociado con la luna.

Si ahora consideramos la evolución humana, vemos que el trabajo del yo en el Alma Sensible, Alma Racional y Alma Consciente se ha desarrollado en las condiciones que prevalecen entre la Tierra y el Sol. Pero la relación de la Tierra con la Luna refleja un estado anterior de su propia evolución. La Fase de la evolución actual del hombre, a través de Alma Sensible, Alma Racional y Alma Consciente, apunta a un período en el que los portadores de los anteriores miembros de las almas, los cuerpos astrales, etéreos y físicos, se estaban preparando. Entonces, así como la acción del Sol es ahora necesaria para el desarrollo adecuado de estos tres portadores, las fuerzas de la luna estaban trabajando en su elaboración. Hoy en día las fuerzas de la luna armonizan con el hombre y lo preparan para ser lo que es hoy en día, del mismo modo que la Tierra en su condición lunar preparo nuestra Tierra actual. Por lo tanto, podemos decir que la naturaleza inferior del hombre, en la que se construyó el alma sensible, alma racional y Alma Consciente, son los puntos de vuelta a las primeras condiciones que la Tierra ha conservado en la órbita de la Luna como la vemos hoy.

Podemos ver, también, cómo la individualidad humana, que pasa de una encarnación a otra, debe tener un ritmo que corresponde al de la Luna. Durante las primeras etapas de la evolución de la Tierra, que no era la física transitoria que se asocia con la luna, sino la actividad interior, que estaba trabajando en este físico, al igual que lo físico externo que hoy está trabajando con el sol. Así como Tierra ha conservado algo de las condiciones anteriores de la luna, también lo ha hecho el hombre con su individualidad eterna. En ese ser eterno que está evolucionando ahora esas cualidades superiores que antes eran una influencia externa y que ahora deben ser desarrolladas por sus capacidades interiores.

Un punto esencial que hay que destacar es que el hombre crece fuera de estas influencias externas. Se vuelve más independiente del tiempo —por ejemplo, él puede dormir de día y permanecer despierto durante la noche. Pero todavía tiene que ordenar su despertar y dormir de acuerdo con el ritmo del sol, él tiene que mantener el ritmo en sí mismo. En épocas anteriores, el día y la noche interior correspondía estrechamente al día y la noche exterior, el hombre estaba entonces estrechamente ligado a su tierra natal. Llego a ser libre e independiente precisamente por liberarse internamente del ritmo en que vive; por retenerlo como un ritmo, pero ya no dependiendo del mundo exterior. Es como si tuviéramos un reloj marcado por 24 horas, pero lo establecemos de tal manera que no se corresponde con el tiempo externo; por ejemplo, cuando el reloj dice que son las 12 en punto, no corresponde a las 12 en punto por el sol. Así, aunque el reloj sigue un ritmo de 24 horas, el tiempo que se muestra es el propio, no el del sol.

Así, el hombre se libera interiormente, haciendo del ritmo externo uno interno. Hace tiempo que se liberó del ritmo que conectaba su ser interior con la luna. Por lo tanto hemos hecho hincapié en que el hombre vive las fases de la luna interiormente, pero estas experiencias no son causadas por la luna en el cielo. El curso de la luna muestra un ritmo similar, porque el hombre ha mantenido ese ritmo hacia el interior, aunque exteriormente se ha hecho a sí mismo libre e independiente de ella.

Esto nos lleva a considerar a la Tierra como un ser vivo, pero ya que solo nos muestra su cuerpo físico, sin signos evidentes de vida, sentimiento o conocimiento, su condición es más cercana a la de la Luna. Ahora podemos entender por qué no es correcto, incluso teniendo sólo los hechos externos, hablar de una influencia directa de la Luna sobre las mareas, y sólo se puede decir que el flujo y reflujo de las mareas se corresponde con las fases de la luna. Las mareas, así como el curso de la luna están causadas ​​por las profundas fuerzas espirituales de la Tierra viviente.

Así vemos cómo la ciencia espiritual nos ayuda a aclarar los hechos externos de una manera maravillosa. Las mareas se corresponden con un proceso interno en la tierra viva que las produce y también de la órbita de la Luna[5]. Si se toman los resultados de la ciencia espiritual y luego investigamos en los libros las fases de la Luna y la Tierra y registramos las mareas, entenderemos la verdadera relación entre la Luna y la Tierra y la Luna y el hombre.

Podemos ver fácilmente que si un hombre pierde su independencia y se hunde de una plena conciencia a un estado menos consciente o inconsciente, él regresará a las primeras etapas de la evolución. El hombre avanzó desde la inconsciencia a su estado actual de conciencia, de su dependencia anterior de la luna y su influencia a su independencia actual de la luna y a su dependencia del sol.

Porque el hombre fue una vez dependiente directamente de la luna, se deduce que, si su conciencia está amortiguada, su funcionamiento será ordenado por el curso de la luna. Este es un efecto atávico que pone de manifiesto la antigua conexión del hombre con las fases de la luna. Una característica de los medios es que su conciencia se redujo hasta el momento que volver a una etapa anterior de la evolución y la influencia de la antigua luna se hace sentir en ellas. Es similar en ciertos casos de enfermedad donde se reduce la conciencia. Si se tiene en cuenta los principios de la ciencia espiritual, serán perfectamente capaces de comprender estos fenómenos. La evidencia de lo que la Ciencia Espiritual tiene que decir se puede encontrar en todos los aspectos de la vida.

Una cosa más. Cuando alguien va a nacer de nuevo en la Tierra después de su estancia en el mundo espiritual entre la muerte y un nuevo nacimiento, y luego, durante el período embrionario, pasa a través de condiciones que recuerdan a un estado anterior de la Tierra. El período embrionario todavía es contado por la ciencia como que abarca diez meses lunares, por lo que nos encontramos ante un ritmo que sigue su curso a través de diez períodos lunares sucesivos. También encontramos que cada semana en el periodo de diez meses —es decir, cada fase de la luna— corresponde a una condición particular en el desarrollo del embrión. Aquí, también, el hombre ha conservado en sí mismo el ritmo lunar, como podemos llamarlo

Podríamos mencionar toda una serie de fenómenos relacionados con la existencia embrionaria del hombre, antes de emerger de las profundidades de la naturaleza a la luz del día, que por supuesto, no se deben a la luna y no coinciden con las fases de la luna, sino que reflejan el mismo ritmo, ya que se remontan a las causas primarias que estaban presentes mientras la Tierra estaba pasando por anteriores condiciones de existencia

Ahora voy a arrojar luz sobre un tema que no puede ser iluminado en público. Las personas reflexivas verán que aquí se abre una perspectiva a los reinos de la vida en la ciencia espiritual, de hecho, puede señalar el camino a una gran clarificación de mucho que se esconde en el hombre de la luz solar exterior, que está detrás de él. Son ámbitos que deben ser explorados por una luz diferente a la luz de los conocimientos que hemos adquirido a través de la luz del sol, es decir, por las facultades que no dependen de los servicios prestados por los órganos sensibles, etérico y físico bajo la influencia de el sol. Una facultad clarividente se hace independiente de estos tres cuerpos, pudiendo hundirse en sí misma interioridad y ver en el mundo espiritual, por lo que puede abrir una capacidad de conocimiento de lo que hay detrás de la luz solar externa y, sin embargo, está lleno de luz y claridad. Pero debo enfatizar nuevamente que en la cuestión de la luna se necesita una luz aún más íntima para llegar al corazón de ella.

En conclusión, me vienen a la memoria unos versos del poeta lírico alemán Wilhelm Muller: me voy a ocupar sólo de la última estrofa. Se aborda a la Luna y todo tipo de palabras íntimas pasan entre el hombre y la luna, y asi el alma habla con la luna de una manera maravillosa:

Esta pequeña canción, una ronda nocturna,

Un vagabundo la canta en plena luna llena;

Los que lo lean a la luz de las velas

No podrán entenderla bien,

Por infantil y sencilla que sea[6].

Así es como deberíamos tomar lo que la Ciencia Espiritual tiene que decir, como se muestra en nuestro tratamiento de la luna y su significado para la vida humana.

La canción de la Ciencia Espiritual sobre la luna, de hecho, solo se puede cantar si tenemos alguna comprensión de las ideas más íntimas de la Ciencia Espiritual. Las personas que intentan leer la canción a la luz de las velas, y me refiero al telescopio, o emplean fotografías de la luna, para la llamada investigación —estas personas difícilmente entenderán nuestra canción. Pero aquellas que están listas para avanzar un poco en lo que la vida nos puede decir en todos sus aspectos se dirán a sí mismos: ¡Realmente no es tan difícil! Cualquiera que busque comprender la canción que la ciencia espiritual canta sobre la luna —no a la luz de las velas del telescopio, sino a la luz viva del espíritu, que brilla incluso cuando faltan todas las impresiones sensoriales— encontrará que esta canción sobre la Luna, y por lo tanto sobre un aspecto importante de la vida, es realmente bastante fácil, ¡aunque no sea infantilmente fácil!

luna

Traducción revisada por Gracia Muñoz en diciembre de 2019

[1] G. Th. Fechner, Profesor Schleiden y la Luna, Leipzig, 1856, p.1 56.

[2] Julius Robert Mayer, 1814-1878, médico y físico, descubrió la ley de conservación de la energía en 1842

[3] Escritos científicos de Goethe , como nota 27, vol. 11, libro 3, Meteorología, pp.323-398.

[4] Johann Peter Eckermann, Conversaciones con Goethe en los últimos años de su vida, conversación del 11 de abril de 1827.

[5] La correspondencia entre la órbita de la luna y las mareas puede llevarse a una causa conjunta, pero la primera no causa la segunda, así como la manecilla que se mueve alrededor del reloj corresponde al camino del sol, aunque nadie sugeriría que el sol hizo que la manecilla del reloj se mueva.

[6] Wilhelm Müller, 1794-1827, conocido por los ciclos de poemas “Die Winterreise” y “Die schöne Müllerin”, que fueron interpretados por Franz Schubert. Este poema es el último verso de “Mondlied”, de Liederder Griechen, segunda edición, Leipzig, 1844.