GA219c1. La semilla espiritual del organismo físico del hombre. Caminar, hablar y pensar, y sus correspondencias en el mundo espiritual.

Rudolf Steiner — Dornach, 26 de noviembre de 1922

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Estas conferencias tratarán sobre los dos estados de vida por los que pasa el hombre: en el mundo espiritual entre la muerte y un nuevo nacimiento, y en el mundo físico entre el nacimiento y la muerte.

Quiero recordarles hoy ciertos asuntos a los que se dirigió su atención aquí, en conferencias recientes. Dije que durante el período muy importante que se extiende entre la muerte y un nuevo nacimiento, el hombre se encuentra en el mundo espiritual con un tipo de conciencia esencialmente superior a la que tuvo durante su vida física en la Tierra.

Cuando vivimos aquí en la Tierra en nuestro cuerpo físico, la conciencia terrenal que está conectada con los sentidos y el sistema nervioso, depende de todo el organismo. Nos sentimos como seres humanos en la medida en que dentro del límite de nuestra piel tenemos cerebro, pulmones, corazón y los sistemas conectados con estos órganos. De todo esto decimos que está dentro de nuestro ser. Por otro lado, nos sentimos conectados con lo que nos rodea a través de nuestros sentidos, mediante nuestra respiración, o mediante la ingesta de alimentos. Sin embargo, cuando vivimos entre la muerte y el renacimiento, no podemos hablar en el mismo sentido de lo que está “dentro” de nosotros. Porque cuando pasamos por la puerta de la muerte, incluso cuando directamente nos vamos a dormir, las condiciones de nuestra existencia son tales que todo el Universo puede ser designado como nuestro ser interior.

Así, mientras que aquí en la Tierra nuestra constitución como seres humanos es revelada por nuestros órganos y su interacción dentro de nuestra piel, durante el sueño inconscientemente, pero entre la muerte y un nuevo nacimiento en plena conciencia, nuestra naturaleza interna se nos revela como si fuera un mundo de estrellas. Nos sentimos relacionados con el mundo de las estrellas de tal manera que, de los Seres de las estrellas, decimos que son nuestra naturaleza interna, así como aquí en la Tierra decimos que el pulmón o el corazón pertenecen a nuestra naturaleza física interior.  Desde el momento de ir a dormir hasta el de la vigilia, tenemos una vida cósmica; desde la muerte hasta un nuevo nacimiento, tenemos una conciencia cósmica. Lo que aquí en la Tierra es nuestro mundo exterior, particularmente cuando miramos hacia la expansión cósmica, se convierte en nuestro ser interior después de la muerte.

¿Cuál es, entonces, nuestro mundo exterior en esa existencia espiritual?. Es lo que es ahora nuestra naturaleza interna. Modelamos lo que entonces es nuestro mundo externo en una especie de semilla espiritual de la que brotará a la existencia nuestro futuro cuerpo físico en la Tierra. Junto con los Seres de las Jerarquías Superiores elaboramos esta semilla espiritual, y en cierto punto del tiempo de nuestra vida entre la muerte y un nuevo nacimiento, está allí como una entidad espiritual, llevando dentro de ella las fuerzas que luego se acumularan en el cuerpo físico, así como la semilla de la planta lleva dentro de si las fuerzas que eventualmente producirán la planta.  Pero mientras que imaginamos que la semilla de la planta es diminuta y la planta misma grande en comparación, la semilla espiritual del cuerpo físico humano es, por así decirlo, un universo de gran magnitud, aunque en sentido estricto no es del todo preciso hablar de ‘magnitud’ a este respecto.

También he dicho que en cierto punto esta semilla espiritual se aleja de nosotros. Desde un cierto punto de tiempo en adelante sentimos: en asociación con otros Seres del Universo, con Seres de las Jerarquías Superiores, hemos llevado la semilla del espíritu de nuestro organismo físico a una etapa definida de desarrollo; ahora se nos cae y desciende a las fuerzas físicas de la Tierra con las que se relaciona y que provienen del padre y la madre. Se une con el elemento humano en la corriente de la herencia y desciende a la Tierra antes de que nosotros, como seres de espíritu y alma, descendamos. Por lo tanto, todavía pasamos un cierto período —aunque corto— en el mundo espiritual cuando el nexo de fuerzas de nuestro organismo físico ya ha bajado a la Tierra y está formando el embrión en el cuerpo de la madre.

Es durante este período que reunimos desde el éter cósmico sus propias fuerzas y sustancias y así construimos nuestro cuerpo etérico para  agregarlo a nuestro cuerpo astral y yo. Entonces, como ser de yo, cuerpo astral y cuerpo etérico, nosotros mismos bajamos a la Tierra y nos unimos con el cuerpo físico —la semilla del cual fue enviada antes— que ahora ha devenido.

Para cualquiera que observe este proceso de cerca, la relación del hombre con el Universo se vuelve muy clara, sobre todo si la atención se dirige a tres manifestaciones de la naturaleza humana a las cuales se ha hecho referencia aquí y en otros lugares —me refiero a las tres manifestaciones de naturaleza humana en virtud de la cual el hombre se convierte en el ser que es en la Tierra.

Cuando nacemos, somos bastante diferentes del ser en el que luego nos convertimos. Es en la Tierra donde lo primero que aprendemos es a caminar, a hablar y a pensar.  La voluntad que permanece tenue entre el nacimiento y la muerte y el sentimiento que permanece medio apagado, ya están presentes en una forma primitiva en el niño desde muy pequeño.  La vida del sentimiento, aunque se ocupa completamente de las funciones internas, está presente en los primeros años de la infancia. La vida de la voluntad también está presente, como lo prueban sus movimientos, por caóticos que sean. La razón por la cual la vida del sentimiento y la vida de la voluntad se volverán diferentes en una etapa posterior de la existencia es que el pensamiento gradualmente comienza a impregnar el sentimiento y la voluntad, haciéndoles madurar. Sin embargo, ya están presentes en el niño pequeño. El pensamiento, por otro lado, se desarrolla solo en la Tierra, en asociación con otros seres humanos y en cierto sentido bajo su instrucción. Y es lo mismo con las facultades de caminar y hablar, que en realidad se adquieren ante la facultad de pensar.

Cualquiera que tenga un sentimiento suficientemente profundo de lo que es verdaderamente humano se dará cuenta, simplemente observando cómo se desarrolla el niño al caminar, hablar y pensar, qué parte tan tremendamente importante desempeñan estas tres facultades en la evolución terrenal del hombre. Pero el hombre no es solo un ser terrenal; él es un ser que pertenece no solo a la Tierra con sus fuerzas y sustancias, sino también al mundo espiritual; él está involucrado en las actividades que se desarrollan entre los diversos Seres de las Jerarquías Superiores. Es, por así decirlo, solo con una parte de su ser que el hombre pertenece a la existencia terrenal; con la otra parte pertenece a un mundo que no es el mundo material perceptible a los sentidos. Es ese otro mundo donde él prepara su semilla espiritual. Que nunca se imagine que los logros del hombre en la cultura y la civilización en la Tierra, por complejas y espléndidas que sean, son comparables con la grandeza de lo que él logró junto con los Seres de las Jerarquías Superiores para construir esta maravillosa estructura del organismo físico humano. Sin embargo, lo que está formado —primero que nada en el mundo espiritual y, como expliqué, enviado a la Tierra antes de que el hombre mismo descendiera— está constituido de manera diferente del ser que se encuentra presente aquí en la Tierra entre el nacimiento y la muerte.

La semilla espiritual del cuerpo físico edificada por el hombre en el mundo espiritual está imbuida de fuerzas. Toda su estructura que luego se une con la semilla física, o más bien, que se convierte en la semilla física del ser humano al tomar sustancias de los padres, está dotada de todo tipo de cualidades y facultades. Pero hay tres facultades para las cuales la semilla espiritual no recibe ninguna fuerza del mundo espiritual. Estas tres facultades son: pensar, hablar y caminar, que son esencialmente actividades del hombre en la Tierra.

Tomemos el caminar y todo lo que está relacionado con él. Podría describirlo como el proceso mediante el cual el hombre se orienta dentro de la esfera de su existencia física en la Tierra. Cuando muevo mi brazo o mi mano, eso también está relacionado con el mecanismo de caminar, y cuando un niño pequeño comienza a levantarse, eso es un acto de orientación. Todo esto está conectado con lo que llamamos la fuerza de gravedad de la Tierra, con el hecho de que todo lo físico en la Tierra tiene peso. Pero no podemos decir de la semilla espiritual que se forma entre la muerte y un nuevo nacimiento tiene peso o pesadez. Caminar, entonces, está conectado con la fuerza de la gravedad. Es, de hecho, una superación de la gravedad, un acto a través del cual nos colocamos en el campo de la gravedad. Eso es lo que sucede cada vez que levantamos una pierna para dar un paso adelante. Pero no adquirimos esta facultad hasta que ya estamos aquí en la Tierra; no está presente entre la muerte y un nuevo nacimiento, aunque hay algo que le corresponde en ese mundo. También allí tenemos orientación, pero no es orientación dentro del campo de la gravedad, ya que en el mundo espiritual no hay fuerza de gravedad ni peso. La orientación en ese mundo es de carácter puramente espiritual. Aquí en la Tierra al levantar nuestras piernas para caminar, nos colocamos en el campo de la gravedad.  El proceso correspondiente en el mundo espiritual es el de la relación con algún Ser de las Jerarquías Superiores, perteneciente, digamos, al rango del Ángel o del Arcángel. El hombre se siente íntimamente cercano a la influencia de un Ser, por ejemplo, de la Jerarquía de los Ángeles, o de los Exusiai, con quien está trabajando en ese momento. Así es como encuentra su orientación en la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento. Así como aquí en la Tierra tenemos que lidiar con nuestro peso, en ese mundo tenemos que tratar con lo que procede de los diversos Seres de las Jerarquías superiores por medio de las fuerzas de simpatía con nuestra propia individualidad humana.

La fuerza de la gravedad tiene una sola dirección: hacia la Tierra; pero lo que corresponde a la fuerza de la gravedad en el mundo espiritual tiene todas las direcciones, porque los Seres espirituales de las Jerarquías no están centralizados, están en todas partes. La orientación no es geométrica, como la orientación de la gravedad, hacia el centro de la Tierra, pero va en todas las direcciones. Según si el hombre tiene que construir su pulmón o realizar algún otro trabajo junto con los Seres de las Jerarquías, puede decirse a sí mismo: La Tercera Jerarquía me está atrayendo, o la Primera Jerarquía me está atrayendo. Se siente ubicado en el mundo entero de las Jerarquías. Se siente, por así decirlo, atraído por todos lados, no físicamente, como a través de la atracción de la gravedad, sino espiritualmente, o también, en algunos casos, repelido. Esto es lo que corresponde en el mundo espiritual a la orientación física dentro de la esfera de la gravedad en la Tierra.

Aquí, en la Tierra, aprendemos a hablar. Esto pertenece nuevamente a nuestra naturaleza inherente, pero en el mundo espiritual entre la muerte y un nuevo nacimiento no podemos hablar; los órganos físicos necesarios para el habla no están allí. En el mundo espiritual entre la muerte y un nuevo nacimiento, tenemos, sin embargo, la siguiente experiencia. Nos sentimos en condiciones rítmicamente alternas; en un momento nos hemos contraído, por así decirlo, en nuestro propio ser; nuestra conciencia superior también se contrae. Entre la muerte y el nuevo nacimiento hay momentos en que nos encerramos dentro de nosotros mismos, tal como lo hacemos mientras dormimos en la Tierra. Pero luego nos abrimos de nuevo. Así como en la Tierra física dirigimos nuestros ojos y otros sentidos hacia el Universo, entonces en ese otro mundo dirigimos nuestros órganos espirituales de percepción hacia los Seres de las Jerarquías. Dejamos que nuestro ser fluya, por así decirlo, por los espacios lejanos, y luego lo reunimos de nuevo.

Es un proceso de respiración espiritual, pero su curso es tal que si describiéramos en palabras terrenales, en imágenes derivadas de la vida terrenal, lo que el hombre se dice a sí mismo allí en el mundo espiritual, deberíamos hablar algo de la siguiente manera:  como ser humano en el mundo espiritual, tengo esto o aquello que hacer. Lo sé a través de los poderes de percepción que tengo en el mundo espiritual entre la muerte y un nuevo nacimiento. Me siento ser este ser humano, esta individualidad. Mientras exhalo en la Tierra, también me vuelvo anímicamente al Universo y me convierto en uno con el Cosmos. Mientras respiro en la Tierra, también recibo en mí lo que experimenté mientras mi ser era derramado en el Cosmos. Esto ocurre constantemente entre la muerte y un nuevo nacimiento.

Pensemos en un hombre que se siente encerrado en su propio ser y luego como expandido al cosmos. En un momento, se concentra en sí mismo y luego se expande al Universo. Cuando vuelve a entrar en sí mismo es como cuando respiramos el aire desde los espacios físicos del Universo.

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Ahora que hemos derramado nuestro ser sobre el Cosmos y lo hemos vuelto a contraer, comienza (no puedo expresarlo de otra manera) comienza a decirnos qué fue lo que abrazamos cuando nuestro ser estaba extendido, por así decirlo, en la extensión cósmica. Cuando juntamos nuestro ser nuevamente, comienza a decirnos qué es en realidad, y luego decimos, entre la muerte y un nuevo nacimiento: El Logos en el que nos sumergimos por primera vez, el Logos está hablando dentro de nosotros.

Aquí en la Tierra tenemos la sensación de que en nuestro discurso físico damos forma a las palabras cuando exhalamos. Entre la muerte y un nuevo nacimiento nos damos cuenta de que las palabras que se extienden en el Universo y revelan su naturaleza esencial, entran en nosotros cuando nuestro ser se infunde y se manifiesta en nosotros como la Palabra Cósmica. Aquí en la Tierra, hablamos mientras exhalamos; en el mundo espiritual, hablamos mientras respiramos. Y al unirnos con nuestro ser, a lo que el Logos —La Palabra Cósmica— nos dice, los Pensamientos Cósmicos se iluminan dentro de nuestro ser. Aquí en la Tierra hacemos esfuerzos a través de nuestro sistema nervioso para albergar pensamientos terrenales. En el mundo espiritual, extraemos los Pensamientos Cósmicos de la Palabra Cósmica del Logos cuando nuestro ser se ha extendido por el Universo.

Ahora traten de formarse una vívida concepción de lo siguiente. Supongamos que te dices a ti mismo entre la muerte y un nuevo nacimiento: tengo esto o aquello que hacer… todo lo que has experimentado hasta ahora te hace consciente de que tienes esta o aquella tarea para realizar. Luego, con la intención de realizarlo, extiendes tu ser en el Universo; pero el proceso de expansión es en realidad un proceso de orientación.

Cuando te dices a ti mismo aquí en la Tierra que debes comprar algo de mantequilla … eso también significa una intención. Partes hacia Basilea para comprar la mantequilla allí, y después te la llevas. Entre la muerte y un nuevo nacimiento también tienes intenciones  —en conexión, por supuesto, con lo que se tiene que lograr en ese otro mundo.  Luego expandes tu ser; esto se hace con la intención de adquirir orientación, puede ser que te sientas atraído hacia un Ángel o quizás hacia un Ser de Voluntad, o hacia algún otro Ser. Tal Ser se une a tu propio ser expandido. Tu respiras; y este Ser te comunica su participación en el Logos y los Pensamientos Cósmicos conectados con este Ser se encienden dentro de ti.

Cuando la semilla del espíritu del hombre desciende a la Tierra (como ya he dicho, él mismo permanece un poco más en el mundo espiritual), no está organizado para pensar o hablar en el sentido terrenal, ni para caminar en el sentido terrenal, cuando la gravedad está involucrada; pero él está organizado para el movimiento y la orientación entre los Seres de las Jerarquías Superiores. Él no está organizado para hablar sino para permitir que el Logos resuene dentro de él. Él no está organizado para los vagos pensamientos de la vida terrenal, sino para los pensamientos que se vuelven radiantes en él, dentro del Cosmos.

Caminar, hablar y pensar aquí en la Tierra tienen sus correspondencias en el mundo espiritual: en la orientación entre las Jerarquías, en el resonar de la Palabra Cósmica y en el encendido interior de los Pensamientos Cósmicos.

Imagínense vívidamente cómo el hombre sale después de la muerte al amplio espacio cósmico. Él pasa a través de las esferas planetarias alrededor de la Tierra. He hablado de estas cosas en conferencias recientes aquí. Pasa por la esfera de la Luna, la esfera de Venus, la esfera de Mercurio, la esfera de Júpiter, la esfera de Saturno. Habiendo pasado directamente al Cosmos, verá las estrellas siempre desde el otro lado. Debes imaginarte la Tierra y las estrellas a su alrededor. Desde la Tierra miramos hacia las estrellas; pero cuando estamos en el Cosmos miramos desde afuera hacia adentro.

Las fuerzas que nos permiten aquí en la Tierra ver las estrellas, nos dan la imagen física de las estrellas. Las fuerzas que nos permiten ver las estrellas desde el otro lado, no aparecen como lo hacen aquí, pero desde ese otro mundo las estrellas se nos aparecen como Seres espirituales. Y luego, cuando dejamos las esferas planetarias —estoy obligado a usar expresiones terrenales— entonces, como las condiciones ahora están en la evolución del mundo (el “ahora” es, por supuesto, un “ahora” cósmico de larga duración), nos damos cuenta con la comprensión adquirida a través de la conciencia superior que pertenece a nuestra vida entre la muerte y un nuevo nacimiento  qué infinita bendición es para nosotros que las fuerzas de Saturno no solo brillen hacia adentro en el mundo planetario de la Tierra, sino también hacia el exterior en la extensión cósmica. Allí, por supuesto, es algo completamente diferente de los diminutos, insignificantes y azulados rayos de Saturno que pueden ser visibles para nosotros aquí en la Tierra. Allí están los rayos espirituales, irradiando hacia el Universo — incluso dejan de ser espaciales; irradian a una esfera más allá del espacio. Se nos aparecen de tal manera que entre la muerte y el renacimiento miramos hacia atrás en gratitud al planeta más externo de nuestro sistema planetario terrenal (porque Urano y Neptuno no son planetas reales de la Tierra, sino que se agregaron en una etapa posterior). Somos conscientes de que este planeta exterior no solo brilla sobre la Tierra sino también hacia los espacios lejanos del Cosmos. Y a los rayos espirituales que irradia hacia el Cosmos, debemos el hecho de que ahora estamos desprovistos de la gravedad terrenal, despojados de las fuerzas físicas del habla, despojados de las fuerzas físicas del pensamiento. Saturno, tal como se irradia hacia el espacio cósmico, es en verdad nuestro mayor benefactor entre la muerte y un nuevo nacimiento. Considerado desde un punto de vista espiritual, constituye, a este respecto, la antítesis misma de las fuerzas de la Luna.

Las fuerzas lunares espirituales nos mantienen en la Tierra. Las fuerzas espirituales de Saturno nos permiten vivir en la gran extensión del Universo. Aquí, en la Tierra, las fuerzas de la Luna tienen un significado muy especial para nosotros como seres humanos. Les he explicado que juegan su parte incluso en el hecho cotidiano de despertarse del sueño. Lo que las fuerzas de la Luna son para nosotros aquí en la Tierra, las fuerzas de Saturno que irradian hacia el Universo desde la esfera más externa de nuestro sistema planetario son para nosotros entre la muerte y un nuevo nacimiento. No deben imaginar que, por un lado, Saturno irradia hacia la Tierra y de otro hacia el Universo. No es tal. El Saturno físico aparece como un hueco en esta esfera del Saturno cósmico que irradia, espiritualmente, al espacio cósmico. Y desde un cierto punto de tiempo en adelante después de la muerte, lo que así se irradia hacia el exterior oculta todo lo terrenal de nosotros, lo oculta todo con luz.

Aquí en la Tierra, el hombre está bajo la influencia de las fuerzas espirituales de la Luna; entre la muerte y un nuevo nacimiento, él está bajo la influencia de las fuerzas de Saturno. Y cuando desciende de nuevo a la Tierra, se aleja de las fuerzas de Saturno y entra gradualmente en la esfera de las fuerzas de la Luna. ¿Qué pasa entonces?

Mientras el hombre esté relacionado con la esfera de las fuerzas de Saturno —y Saturno está apoyado por Júpiter y Marte, que tienen funciones especiales para llevar a cabo, de las que hablaré en alguna ocasión futura— por lo tanto, mientras el hombre esté bajo la influencia de Saturno, Júpiter y Marte, él es un ser que no lucha por caminar, hablar o pensar en el sentido terrenal, sino por encontrar su orientación entre los Seres espirituales, experimentar el Logos resonando en él, y para que los Pensamientos Cósmicos se iluminen en él. Y con estos objetivos e intenciones interiores, la semilla espiritual del organismo físico es enviada a la Tierra.

En efecto, el ser humano que desciende de los mundos espirituales a la Tierra no tiene la menor inclinación a exponerse a la gravedad terrestre, a caminar o a poner en movimiento los órganos del habla  para que el habla física pueda resonar, tampoco tiene ninguna inclinación a pensar con un cerebro físico sobre cosas físicas. Él no tiene ninguna de estas facultades. Él solo las adquiere cuando, como una semilla espiritual del espíritu, es enviado desde la esfera de las fuerzas de Saturno a la Tierra, pasando a través de la esfera solar y entrando en las otras esferas planetarias: las esferas de Mercurio, Venus y la Luna. Las esferas de Mercurio, Venus y la Luna transforman la predisposición cósmica para la orientación espiritual, la experiencia del Logos y la iluminación interior de los Pensamientos Cósmicos, en las facultades rudimentarias de caminar, hablar y pensar. Y el cambio real es efectuado por el Sol, es decir, el Sol espiritual.

A través del hecho de que el hombre entra en la esfera de la Luna —y las fuerzas de la Luna son apoyadas por las fuerzas de Venus y Mercurio— a través de esto, las predisposiciones celestiales para la orientación, la experiencia del Logos y el Pensamiento Cósmico se transforman en facultades terrenales. Así, para un niño aquí en la Tierra, cuando comienza a levantarse desde la posición de gatear, deberíamos decir: Antes de que le recibieran en las esferas de Mercurio, Venus y Luna, allá en las esferas celestiales, se organizaba para la orientación espiritual entre las Jerarquías, para la experiencia interna del Logos resonante, y para la iluminación interior con Pensamientos Cósmicos. Ha logrado la metamorfosis desde esas facultades celestiales hacia las facultades terrenales en el sentido de que atraviesa toda la esfera planetaria, y la transformación de lo Celestial en lo Terrenal es forjada por el Sol.

Pero mientras esto sucede, tiene lugar otra cosa de tremenda importancia. Al pasar de lo celestial al reino terrenal, el ser humano experimenta solamente un lado del mundo etérico. El mundo etérico se extiende a través de todas las esferas de los planetas y las estrellas. Pero en el momento en que las facultades celestiales se transforman en lo terrenal, el ser humano pierde la experiencia de la Moral Cósmica. La orientación entre los Seres de las Jerarquías Superiores se experimenta no solo como una manifestación de las leyes naturales, sino como una orientación moral. Del mismo modo, el Logos habla en el ser humano no de una manera moral como lo hacen los fenómenos de la Naturaleza, porque aunque no hablan de una manera antimoral, hablan ‘a-moralmente’. El Logos habla moralidad; así también los Pensamientos Cósmicos se iluminan como portadores de la moralidad.

Saturno, Júpiter y Marte —esto debe decirse a pesar del horror que causará a los físicos— Saturno, Júpiter y Marte contienen, al igual que sus otras fuerzas, fuerzas de orientación moral. Solo cuando el hombre transforma las facultades celestiales que se han caracterizado como caminar, hablar y pensar, pierde el elemento moral. Esto es de inmensa importancia. Cuando aquí en la Tierra hablamos del éter —en el que vivimos cuando nos acercamos a la Tierra para nacer— le atribuimos al éter todo tipo de cualidades. Pero eso es solo un lado, un aspecto, del éter. El otro aspecto es que es una sustancia que trabaja con un efecto moral. Está impregnado a través de impulsos morales. Así como está impregnado de luz, también está impregnado de impulsos morales. En el éter terrenal, estos impulsos no están presentes.

Sin embargo, el hombre como ser terrenal no está completamente desprovisto de las fuerzas dentro de las cuales vive entre la muerte y un nuevo nacimiento. Incluso si por algún decreto en el Orden Mundial Divino, el hombre en la Tierra no tuviera ni idea de eso, además de tener una naturaleza física, debería ser también un ser moral, podría ser que sus facultades terrenales de caminar, hablar, y el pensamiento se sentirían muy débiles para corresponder a una Orientación celestial, un Logos celestial, una iluminación celestial con Pensamientos Cósmicos. Es verdad, sin algún estímulo interior, el hombre sabe muy poco en la Tierra de estas correspondencias celestiales de sus facultades terrenales; pero a pesar de todo, tiene leves recuerdos de ellos. Si no hubiera secuelas de lo celestial aquí en la Tierra, todo vínculo que una al hombre con el mundo espiritual habría sido olvidado, sin dejar rastro alguno. Incluso la conciencia no se movería. Comenzaré por algo bastante concreto, y aunque lo que voy a decir ahora parecerá extraño, está de acuerdo con los hechos establecidos por la investigación espiritual.

Piensen en la Tierra con el aire a su alrededor; más hacia afuera está el éter cósmico, pasando gradualmente a la esfera espiritual. Aquí en la Tierra inhalamos y exhalamos el aire. Este es el ritmo de la respiración. Pero allá afuera vertimos nuestro ser en el Cosmos, recibiendo en nosotros mismos el Logos y los Pensamientos Cósmicos. Allí dejamos que el Mundo, el Universo, hable en nosotros. Esto también ocurre rítmicamente, en un ritmo determinado por el mundo de las estrellas. En el Cosmos también hay ritmo. Como seres humanos en la Tierra, tenemos el ritmo de la respiración, que se relaciona de manera definida con el ritmo de la circulación de la sangre: cuatro latidos de pulso por una respiración. En ese mundo, exhalamos y respiramos de nuevo espiritualmente; este es el ritmo cósmico. Como hombres en la Tierra, nuestra vida depende del hecho de que tomemos un número determinado de respiraciones y de pulsaciones por minuto. En el Universo vivimos en un ritmo cósmico, en el que cuando respiramos, por así decirlo, en el mundo moral-etéreo estamos entonces dentro de nosotros mismos. Y cuando lo exhalamos de nuevo nos unimos con los Seres de las Jerarquías Superiores.

Así como aquí en nuestro cuerpo físico dentro de nuestra piel, se establecen rítmicamente los movimientos regulares, así en el universo el curso y las posiciones de las estrellas establecen el ritmo cósmico en el que vivimos entre la muerte y un nuevo nacimiento. Vivimos en el aire, y en el aire desarrollamos nuestro ritmo respiratorio con su regularidad verdaderamente extraordinaria. Si el ritmo es irregular, esto significa enfermedad para el hombre. En el Universo —aunque primero tenemos que pasar por el espacio cósmico intermedio— experimentamos el ritmo cósmico en la medida en que vivimos en el éter cósmico, impregnado como está con el elemento moral. Por lo tanto, hay dos ritmos diferentes: humano y cósmico. En verdad, ambos son ritmos humanos, ya que el ritmo cósmico es el ritmo humano entre la muerte y un nuevo nacimiento.

En la Tierra, el Universo tiene, por así decirlo, el ritmo propio de la humanidad; en ese mundo tiene el ritmo en el cual nosotros mismos participamos entre la muerte y el renacimiento. ¿Qué se encuentra, entonces, entre los dos? El ritmo propio de la humanidad nos da la facultad entre el nacimiento y la muerte para hablar palabras humanas, para dominar el lenguaje humano. El ritmo cósmico nos permite entre la muerte y un nuevo nacimiento dejar que la Palabra Cósmica resuene en nosotros. La Tierra nos dota del don del habla. El Universo, el Universo espiritual, nos da el Logos. Se darán cuenta de que las condiciones son totalmente diferentes en la esfera donde el ritmo cósmico nos da el Logos, a las condiciones aquí en la Tierra, donde articulamos la palabra humana en el aire.

¿Qué, constituye entonces, el límite entre un reino y el otro? Mirando hacia el mundo físico, no tenemos percepción del ritmo cósmico. Hay una ley interna y orden en cada reino, entonces, ¿qué es lo que se encuentra entre ellos? Entre ellos —si puedo decirlo así — está el límite en el que se rompe el ritmo cósmico porque se acerca demasiado a la Tierra; entre ellos está lo que, en ciertas circunstancias, también puede llevar al ritmo respiratorio humano al desorden. Entre ellos, en efecto, están todos los fenómenos pertenecientes a la meteorología. Si en la Tierra no hubiera ventiscas, tormentas, viento, formaciones nubosas, si el aire no contuviera, además de oxígeno y nitrógeno para nuestra respiración, estos fenómenos meteorológicos que siempre están ahí, por despejado que parezca el aire —entonces debemos mirar hacia el Universo y estar al tanto de un ritmo diferente— en realidad, la contraparte de nuestro ritmo respiratorio, solo se transforma en infinita grandeza. Entre las dos esferas del orden mundial se encuentran los fenómenos caóticos del viento y el clima, que separan el ritmo cósmico y el ritmo respiratorio humano.

El hombre en la Tierra está sujeto a la gravedad. Él coordina su modo de andar, cada movimiento de sus manos con esta fuerza de gravedad. En el Universo, las fuerzas son completamente diferentes. La orientación allí esta en todas las direcciones; las líneas de fuerza corren del Ser al Ser de las Jerarquías. ¿Qué hay entre los dos? Como los fenómenos meteorológicos están entre el ritmo celestial y el ritmo humano en la Tierra, ¿qué hay entre la fuerza cósmica que es lo opuesto a la gravedad y la gravedad terrestre?.

Ahora, así como los fenómenos meteorológicos se encuentran entre los dos ritmos, así entre la fuerza de la gravedad y la fuerza de orientación celeste opuesta se encuentran las fuerzas volcánicas, las fuerzas que se manifiestan en los terremotos. Estas son fuerzas irregulares[1].

Visto desde el punto de vista del Cosmos en la forma que he descrito, las fuerzas que trabajan en los fenómenos meteorológicos están íntimamente conectadas con nuestros procesos respiratorios. Lo que ocurre en las operaciones de las fuerzas volcánicas está conectado con las fuerzas de la gravedad de tal manera que realmente parece como si de vez en cuando los poderes suprasensibles retomaran fragmentos de la Tierra al interferir con las leyes de la gravedad y la fundición en el caos, lo que las fuerzas de la gravedad han acumulado gradualmente, para llevarlo de vuelta.

Todas las formaciones terrenales construidas por la fuerza de la gravedad están sujetas a estos fenómenos terrestres. Pero mientras que en las manifestaciones del clima los elementos de aire, calor y agua están en movimiento, en este caso son los elementos sólidos y acuosos los que están involucrados. Aquí tenemos que ver con fuerzas que van más allá de la esfera de las leyes regulares del peso y la gravedad y que con el tiempo eliminarán a la Tierra.

Ahora, además de las manifestaciones meteorológicas y volcánicas, hay una tercera clase de la que hablaré en otra ocasión. La ciencia ordinaria en realidad no sabe qué hacer con los fenómenos volcánicos y a menudo da una explicación similar a la que leí hace un momento en relación con el espantoso terremoto que afectó a la Isla de Pascua. El autor de un artículo sobre lo que se dice que sucedió fue un geólogo, por lo tanto, poseía conocimiento experto en ese dominio en particular. Tras referirse a lo sucedido, agregó: Cuando reflexionemos sobre la causa de estos fenómenos que se repiten de vez en cuando y causan tal destrucción, debemos incluir este terremoto reciente en la categoría de temblores tectónicos de la Tierra.  ¿Qué nos dice esto? Los “temblores tectónicos de la Tierra” son temblores que causan una agitación en partes de la Tierra. Entonces, si vamos a hablar de la causa de tal agitación, ¡debemos hablar de la agitación! La pobreza viene de pauvreté!

Verdaderamente, es un hecho que para ver las conexiones entre estas cosas, debemos acercarnos a lo espiritual. En el momento en que pasamos del dominio de la ley natural ordinaria en alguna esfera —la de la gravedad, por ejemplo, o de los fenómenos rítmicos en el éter— el momento en que pasamos de esto a lo que es un caos aparente (aunque a través de este caos somos guiados en reinos superiores del Cosmos) … en otras palabras, si queremos comprender los fenómenos volcánicos y meteorológicos, debemos volvernos hacia lo espiritual. De hecho, es una realidad que al tratar con estas cosas, debemos acercarnos a lo espiritual.

Sucesos en la existencia del mundo que parecen ser puramente fortuitos —así los llamamos— se revelan en el ámbito espiritual en su entorno legal. Es a través del funcionamiento del dominio meteorológico que nosotros, como seres humanos, entre el nacimiento y la muerte, somos sacados de la esfera en la que vivimos entre la muerte y un nuevo nacimiento. Si en vez de las muchas abstracciones actuales en este momento debemos hablar concretamente, podemos decir: En los Cielos el hombre vive en un Orden Mundial que está escondido de él aquí en la Tierra a través del hecho de que está involucrado en los fenómenos meteorológicos de la atmósfera circundante. El dominio meteorológico es el muro divisorio entre lo que el hombre experimenta en la Tierra y lo que experimenta entre la muerte y un nuevo nacimiento.

De esta forma, quiero, si puedo, mostrarles las realidades de estas cosas, no solo hablar en torno a ellas.

Traducido por Gracia Muñoz en diciembre de 2017.

[1] (Nota del traductor. En este punto de la conferencia, el Dr. Steiner se refirió al informe que alegaba que la Isla de Pascua, muy lejos en el Océano Pacífico con sus maravillosas reliquias de antiguas civilizaciones había sido destruida por un terrible terremoto. Se recordará que después se descubrió que el informe era incorrecto).

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GA137c6. El Hombre a la luz del Ocultismo, la Filosofía y la Religión

Christiania, 8 de junio de 1912

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Mis queridos amigos,

Tal vez os sorprenda que en el curso de estas conferencias vayamos a dedicar tanto tiempo a considerar la naturaleza de lo que después de todo es la parte externa del hombre, su forma y su figura. Sin embargo, si se quiere profundizar en el conocimiento que el verdadero ocultismo puede dar, no se puede omitir de su estudio del hombre los aspectos con los que ahora estamos tratando. Recuerden cuán a menudo en el curso de sus estudios se han encontrado con el pensamiento de que en su forma exterior la figura el hombre es un templo de la Deidad.

Así es, y esto es lo que debemos tener en la mente todo el tiempo que lo estudiemos, como si colocáramos las piedras de construcción del templo, tal y como comenzamos a hacer ayer y como continuaremos haciendo por un tiempo. Veremos que cuando nos tomamos la molestia de buscar en la figura humana los secretos ocultos del mundo espiritual, llegamos a un conocimiento que es de suma importancia para el corazón y el alma humana.

Ayer estudiamos al hombre en sus doce miembros. Ahora estos doce miembros aparecen a primera vista como formando una unidad. Sin embargo, en realidad no es una unidad, y es importante reconocer esto. Pues, en el momento en que estamos despiertos al hecho de que la unidad externa de la forma humana es sólo aparente, en el momento en que nos hacemos conscientes de que toda la forma y figura del cuerpo, tal como lo vemos y podemos tener conocimiento de ello aquí en la vida terrenal  es sólo una apariencia  —en ese momento también podemos comenzar a entender cómo es el Yo, el punto central de la conciencia del hombre.

Vimos ayer cómo este Yo nuestro desaparece de nuestra conciencia cada noche, y es por ello que nuestro Yo solo puede ser para el hombre una imagen; pues de otra manera no se le podría quitar la realidad de la noche. Cada noche algo del yo del hombre (que siempre va con él a través de toda la vida terrena) se retira; Y los Poderes Divinos han ordenado las cosas de tal manera que lo que el hombre pierde en el sueño se le dona en el cuerpo externo; se adhiere en su lugar del cuerpo. Es por ello que el hombre puede mirar su cuerpo como una unidad. Pero en realidad no es unidad. En realidad se compone de miembros que se amalgaman de la manera más complicada.

Aquí estamos acercándonos a uno de los misterios más importantes del ser humano, que nos llevará a profundizar en los secretos fundamentales de la existencia. Uno de los misterios lo tocamos en el mundo exterior; y es importante tomar este camino de fuera hacia dentro para recibir en nuestra conciencia esta idea que no tiene objeto.

  El hombre tal como lo vemos en el mundo consiste en tres partes, y estamos tratando todo el tiempo con una apariencia si simplemente tratamos estas tres partes del hombre como una unidad. La forma del hombre, que ayer vimos compuesta de doce miembros, está realmente dividida en tres, y debemos aprender a comprender cómo el hombre tiene en él, por así decirlo, tres hombres. Pongamos ante nosotros a estos tres hombres en sucesión.

Ayer, cuando pusimos un orden a los miembros de la forma humana, comenzamos con lo que llamamos la postura erguida  y continuamos con que el hombre está orientado en una dirección de avanzar —para expresarlo mejor, para el acto de hablar—Tenemos, por lo tanto, como segundo miembro la dirección de avance, la dirección para el habla. La tercera, como recordarán, era la simetría. Teniendo por el momento sólo estos tres miembros de la naturaleza del hombre, vemos una parte de la forma humana tal y como la contemplamos en el espacio exterior.

Veamos ahora ver si podemos, siguiendo una percepción puramente exterior, buscar otra cosa a la que podemos aplicar la palabra simetría, —y que en su aspecto externo ofrece a una observación cuidadosa muchos problemas interesantes. Por simetría nos referimos, por supuesto, la forma en que el hombre muestra un desarrollo de dos caras. Esta calidad de simetría está presente en todos los órganos de la cabeza, pero a medida que avanzamos hacia abajo desde la cabeza llegamos a una parte de la figura humana donde es aún más patente la evidencia.

Recordarán que hemos dado a  la  “postura erguida”, el nombre de Aries y el signo ♈ , y a la “orientación a la formación de sonido” el Toro nombre (Tauro) y el signo ♉ y a la “simetría” el nombre de Mellizos (Géminis) y el signo ♊. Estos son los nombres dados a los tres primeros miembros del organismo del hombre.

 Llegamos entonces a algo que parece seguir como una especie de continuación de la cabeza y que manifiesta de una manera muy especial la propiedad de la simetría. Me refiero a los brazos y las manos. Es a estos que les voy a pedir ahora tengan en consideración.

Los brazos y las manos del hombre se unen a la parte de la cabeza de tal manera que prefiguran de una manera sorprendente lo que tenemos en el hombre inferior como el muslo, la pierna y el pie. Si consideráis el reino animal, seréis inmediatamente golpeados con la semejanza de estos últimos órganos con aquellos que en el hombre, como brazos y manos, son diferentes. Podréis hacer observaciones muy importantes dedicando un cuidadoso estudio y pensamiento a la diferencia que hay en el hombre entre los brazos y las piernas, y entre las manos y los pies, en contraposición a los animales que están más cerca de él.

Tomemos ahora los nombres que empleamos ayer para las piernas y los pies y los aplicamos de manera correspondiente a los brazos y manos que se unen a la cabeza y que —como una observación bastante superficial nos permitirá ver— tienen conexión espiritual con todo el mundo del pensamiento de la cabeza. No lo encontraremos irrazonable o inapropiado si aplicamos ahora a estos brazos y manos que están conectados con la cabeza, los mismos términos que usamos ayer para las piernas y los pies, y nombrar esta continuación simétricamente extendida de la cabeza de la siguiente manera.

Primero tenemos, como cuarto miembro, el brazo superior, y a esto le damos la misma designación que le dimos al muslo, el Arquero (Sagitario) ♐.

Observamos una diferencia entre el codo y la rodilla, no habiendo desarrollo el codo una correspondencia con la rotula, pero a pesar de ello la similitud es suficientemente obvia. Y así le damos al codo el signo y el nombre que dimos a la rodilla, – Cabra (Capricornio) y ♑.

Asignamos al brazo inferior el mismo signo que tomamos para la pierna, el Signo de Acuario ♒, y las manos se indican con el mismo signo que dimos a los pies,  el signo de los Peces (Piscis) ♓.

Y si ahora juntamos estos miembros de la naturaleza del hombre, por sí mismos, comprendiendo la cabeza y los brazos, obtenemos un hombre de siete miembros. Esta es una percepción importante. Al reflexionar sobre cómo este hombre séptuple completo recibe alimento —la nutrición es naturalmente traída a él del resto del hombre— entonces la idea no será totalmente grotesca si imaginamos por un momento que este hombre séptuple podría recibir su alimento de fuera, como una planta que encuentra alimento preparado para ella en el mundo exterior, y simplemente la recibe y trabaja sobre ella. Podríamos muy bien imaginar que sucedió lo mismo con este hombre séptuple, y que no obtuvo lo que necesitaba para el mantenimiento del cerebro y demás de las otras partes de la naturaleza del hombre, sino directamente del mundo exterior. Este séptimo hombre estaría entonces directamente e inmediatamente ligado al mundo exterior.

Es esencial que el ocultista llegue a una comprensión de este hombre séptuple si quiere elevarse de manera correcta al nivel de una conciencia superior. Lo que acabamos de describir debe encontrar en algún momento un lugar en su mente, esta posibilidad de un hombre séptuple, de la cual uno piensa todas las partes restantes y miembros del ser humano actual.

HOMBRE SUPERIOR

Pasemos ahora a considerar al segundo hombre. Entenderemos mejor al segundo hombre si perseguimos el siguiente tren de pensamiento. El órgano esencial de la cabeza es, como veréis fácilmente, el cerebro. Ahora el hombre tiene algo más en su forma que es similar al cerebro. Difiere del cerebro de la cabeza en lo que aparentemente es un detalle, pero realmente es un punto de gran importancia. El hombre tiene en realidad algo así como un segundo cerebro; Es el cerebro de la médula espinal, que está encerrado en la columna vertebral.

Voy a pedirles que nos detengamos un poco en este pensamiento. Traten de imaginar que la médula espinal no es otra cosa que un cerebro extraño y peculiar. Es muy posible sentirlo como un cerebro que ha sido alargado y se ha convertido como en un bastón —al igual que también podemos ver el cerebro como una médula espinal inflada.

Nos ayudará aquí si imaginamos al hombre asumiendo por el momento la misma postura en el mundo que los animales todavía tienen hoy, es decir, con su columna vertebral no vertical sino paralela a la superficie de la Tierra. Entonces tendría un cerebro que simplemente ha sido sacado en la forma de un bastón. Y ahora observen al ser humano como lo tendría antes, paralelo a la superficie de la tierra, con la espalda recostada horizontalmente en el espacio. En esta posición la médula espinal puede muy bien pasar por una especie de cerebro.

Y ahora notamos algo muy extraño y notable, a saber, que tenemos nuevamente apéndices a la derecha y a la izquierda, aunque naturalmente muy diferentes de los apéndices de los brazos que teníamos antes. Pero imagínense una condición en la que el hombre no hubiera desarrollado la simetría tanto como hoy (que los dos brazos son casi iguales), pero aquí un brazo habría experimentado un peculiar desarrollo propio que lo diferenciara muy claramente del otro. En el día de hoy hay incluso una tendencia —y es una tontería— descartar la derecha y cultivar una igualdad de izquierda y derecha. Pero imagínense ahora que el brazo izquierdo, por el contrario, se convirtiera en un órgano completamente diferente; entonces no os parecerá imposible o absurdo referirnos en la forma en que lo haremos ahora de otros dos apéndices.

Consideremos al ser humano en esta posición, con su columna vertebral arriba, tendido horizontalmente, y unido a él por un lado la cabeza y por el otro lado los pies. Tenemos entonces dos apéndices, como lo habíamos hecho antes con los brazos. Podemos considerar la cabeza como un brazo y los dos pies como el otro brazo. A primera vista, suena muy extraño: pero cuando reflexionan en el reino animal se dan formas que no son muy diferentes a la que he descrito, la idea después de todo tal vez no  parezca tan grotesca.

De hecho, esta idea debe encontrar lugar en nuestra mente, si queremos tener la comprensión de todo el ser que es en verdad un ser de tres miembros. Entonces podemos decir que tenemos aquí apéndices,  —sólo formados asimétricamente; melllizos, digamos, que no son iguales. En efecto, llegamos a percibir que tenemos ante nosotros algo así como una repetición del primer hombre séptuple.

Comencemos entonces asignando a este hombre horizontal de dos formas disimilares Gemelos. Pues podemos llamar de nuevo a los dos apéndices laterales Gemelos (Géminis). En el hombre horizontal, la cabeza por un lado y los pies por el otro se pertenecen; están dispuestos en una relación mutua, y los denotamos en relación con el nombre Geminis.

Y ahora debemos regresar a lo que hemos visto ser un cerebro. Recuerden lo que dijimos antes. Ahora tenemos la imagen del hombre al que ahora miramos tumbándolo. Tenemos ante nosotros la parte media del hombre, el cuerpo como tal. Esto debe considerarse como un mundo encerrado en sí mismo y, además, como un mundo del que pensamos que contiene en él el segundo hombre. Así tenemos la cobertura o el encerramiento de este segundo hombre, y dentro, por encima, una especie de cerebro. Al recinto –el sudario o envoltura por así decirlo– lo designamos como Cangrejo (Cáncer). Todo el recinto del pecho adquiere un carácter completamente nuevo por el hecho de que hemos tumbado al hombre para obtener una imagen correcta de él.

HOMBRE medio

Ahora veamos qué miembros podemos encontrar dentro de este recinto del pecho. Sólo tenemos que seguir a los miembros como los tomamos en su secuencia ayer, en cuanto al lugar donde es posible todavía contarlos como la parte del tronco o del hombre medio. No hay duda del interior al que le dimos el nombre de León (Leo) ♌ y que se concentra en el corazón. Este es el tercer miembro. Entonces recordarán que vimos cómo el hombre está realmente dividido en dos miembros, un contenido interior que está encerrado por el Cangrejo (Cáncer) y un contenido interno que está encerrado por las paredes abdominales. Anatómicamente, el cuerpo del hombre está dividido exactamente por el diafragma en una cavidad superior y una cavidad inferior; lo que está debajo del diafragma también tiene que ser contado con el hombre medio. Lo designamos por el nombre de Virgen (Virgo) con el Signo ♍.

Llegamos entonces al lugar del equilibrio, donde el hombre comienza a no estar encerrado en su propia forma, sino a abrirse al mundo exterior. Cuando usa sus piernas está tomando contacto con lo que está fuera de él. El lugar del equilibrio es el límite en el que el estar totalmente “dentro” llega a su fin. Este quinto miembro se llama Escalas (Libra) y se le da el Signo ♎.

Del modo en que se colocan los órganos de la reproducción en el hombre, se verá que obviamente deben contarse con el hombre medio; Y así tenemos, como sexto miembro, los órganos reproductores, Escorpión (Escorpio) con el Signo ♏.

Y ahora nada queda por hacer sino definir el apéndice que forma el segundo de los Gemelos. Si consideran lo que es el muslo para el hombre y observan cómo su movimiento está condicionado por la naturaleza del hombre medio (porque el muslo está estrechamente relacionado con todo el sistema muscular del hombre medio), verán que debemos contarlo también como miembro. En cuanto a la rodilla, el hombre es hombre medio; las fuerzas del hombre medio entran en el muslo y se extienden hasta la rodilla. Por otra parte, ya hemos incluido el muslo como uno de los gemelos. La cabeza en un lado y el muslo en el otro constituyen el par de gemelos. Al muslo, entonces, lo denotamos con el Signo ♐ y lo llamamos Sagitario.

Cuando vamos más allá y consideramos los pies, encontramos que mientras que el muslo aún conserva una conexión íntima con el hombre medio, la rodilla, la pierna y el pie requieren el apoyo de la tierra. El muslo, es cierto, usa este apoyo, pero la pierna y el pie están allí sólo porque el hombre tiene que estar firme y recto en la tierra. En el muslo todavía tenemos que ver con la continuación del hombre medio. Si no estuviera adaptado a los otros miembros de la pierna y el pie, el muslo, de hecho, podría asumir una forma diferente y permitir al hombre ser una criatura aérea. Órganos muy diferentes podrían ser desarrollados más allá de él, adecuados para nadar o volar. Estos se pondrían en movimiento por medio del muslo, pero entonces todo lo que esta sobre ellos tendría que adaptarse a su propósito.

Vemos por lo tanto, que las partes restantes de la forma del hombre no requieren ser contadas con el hombre medio, de modo que ahora tenemos nuevamente un hombre séptuple. Es el segundo. Si miramos la diferencia entre los dos, encontraremos que es absolutamente asombrosa. En el primer hombre de siete miembros tenemos, al principio, todos los órganos sensoriales importantes, situados en la cabeza. Y cuando contamos en este primer hombre séptuple, como debemos hacerlo, los brazos y las manos, entonces hemos incluido en él órganos que tienen una cualidad distintiva que ninguna otra observación puramente externa y materialista podría dejar de reconocer. Porque los órganos que llamamos brazos y manos, si los estudiáramos seriamente, revelan en alto grado el significado sublime de la naturaleza del hombre.

Si quisiéramos hablar del arte en la Naturaleza  —y todo lo que el hombre considera con razón como el Templo de Dios está maravillosamente imbuido del arte de la Naturaleza— no podremos encontrar mejor expresión que en la maravillosa construcción de las manos y los brazos del hombre. Tomen los órganos correspondientes en otras criaturas que están relacionadas con el hombre. Miren, por ejemplo,  las alas de un pájaro,  —un animal alejado del hombre. Las alas son los miembros delanteros del pájaro, son comparables con lo que tenemos en el hombre como manos. El pájaro no podría volar sin alas. Las alas son órganos que son útiles y necesarios para su existencia— en el sentido más completo, órganos de utilidad. La mano humana no es en el mismo sentido un órgano de utilidad en absoluto. Es cierto que podemos desarrollarla para que lo sea, pero requiere desarrollo. No podemos volar con ellas, ni nadar con ellas, y es incluso torpe en la escalada, en la que los miembros delanteros del mono —el animal que está más relacionado con el hombre— son muy inteligentes. Podríamos casi decir que, mirado puramente desde el punto de vista de la utilidad, hay muy poco significado o propósito en la forma de las manos. Si, sin embargo, observamos todo lo que el hombre tiene que hacer en el curso de la evolución con sus manos, encontramos que son sus posesiones más preciadas. Cuando se trata de llevar a la expresión exterior lo que la mente y el espíritu son capaces de lograr, entonces las manos muestran su valor.

Piensen en los movimientos más sencillos y elementales de la mano. ¿Acaso la mano, cuando acompaña a la palabra con un gesto, no se convierte en el órgano más expresivo? En todos los diferentes movimientos y posiciones de la mano ¿no vemos a menudo algo revelado del carácter interior del ser humano? Supongamos por un momento que las manos fueran adaptadas para escalar o nadar; o suponer que el hombre necesitara sus manos para ayudarse a moverse por la tierra. El mundo podría estar tan ordenado que no tendríamos que aprender a caminar, sino que haríamos uso de nuestras manos para ayudarnos. Para tener en cuenta, que tenemos que aprender a caminar haciendo movimientos que son bastante inadecuados para el propósito —movimientos pendulares con ambas piernas—. Por lo general, no se observa lo poco adaptados para el fin en vista de lo que son los movimientos de la pierna; no hay un solo animal que no tenga sus piernas mucho más útilmente colocadas y ajustadas que el hombre. Y en cuanto a nuestras manos, no tienen nada que ver con este reino de nuestra existencia. Pero supongamos ahora que no fuera así, supongamos que el hombre encontrase más fácil, más natural, moverse con la ayuda de sus manos. ¡En ese caso tendríamos que olvidarnos de toda la cultura humana! ¿Qué no hace un artista con su mano? Todo arte sería simplemente inexistente, si las manos hubieran sido órganos de utilidad.

Este es un hecho que debe tener muy presente el aspirante del ocultismo, que en los brazos y las manos tenemos órganos maravillosos, profunda y fuertemente conectados con la vida espiritual que vive el hombre en la Tierra. Cuando consideramos cómo el hombre en su cabeza tiene un sentido de contacto con el mundo exterior, donde los órganos de los sentidos están principalmente localizados, y luego trabaja en ese mundo externo por medio de sus manos, cuando consideramos cómo puede preparar en su cabeza lo que despues muestra al mundo exterior con sus manos y lo lega como arte y cultura, entonces comenzamos a ver el verdadero carácter de este primer hombre séptuple. Es el hombre esencialmente espiritual, es el hombre en su conexión con el mundo externo. Si miramos a estos siete miembros y vemos cómo forman un todo autocontenido entonces vemos cómo en este hombre séptuple el proceso de la tierra se vuelve consciente para el hombre. Este primer hombre de siete miembros debe considerarse como la naturaleza espiritual del ser humano; es el ser espiritual del hombre, en la medida en que es hombre de la Tierra.

Veamos ahora al segundo hombre. El hecho de que el hombre medio tiene gemelos (Géminis) que muestran desarrollos totalmente diferentes en ambos lados, le da una relación doble con el mundo exterior. Está conectado con el mundo exterior por un lado a través de la cabeza, —porque tiene el conocimiento en la cabeza; y por otro lado, a través del hecho de que el hombre es una criatura que se mueve sobre la Tierra y puede dirigir su movimiento desde dentro. Finalmente, también está conectado con el mundo exterior por medio de los órganos reproductivos que hacen posible la continuidad física del hombre. Si no fuera por estos tres miembros, Géminis por los dos lados, y por los órganos reproductores, no habría conexión con el mundo exterior. Estos tres miembros en el organismo medio permiten al hombre tener conexión por un lado con el proceso de la Tierra y por otro lado con la evolución continua del hombre en la tierra, con la secuencia de las generaciones y la reciprocidad del sexo.

Sin embargo, cuando nos volvemos a los miembros medios que denotamos con las palabras Cáncer, Leo, Virgo y Libra, descubrimos que sólo están allí para el hombre interior —quiero decir, por supuesto, “interior” en el sentido corporal—. Esta naturaleza interna corporal del hombre tiene, es cierto, continuación en dos direcciones exteriores en lo que para él es Géminis; pero el resto está enteramente ocupado con el organismo interior. Para el organismo interior del hombre es de la mayor importancia que tenga un corazón, pero es de muy poco interés para la naturaleza externa, y de poco interés que tenga un abdomen.

Tenemos, pues, tres miembros que son importantes para la naturaleza terrestre externa y otros cuatro que sirven especialmente al propio organismo interno del hombre. Mientras que el hombre superior vive esencialmente en el mundo exterior, en virtud de los sentidos, así como en virtud del mecanismo del brazo y la mano, aquí tenemos fundamentalmente una vida dentro del organismo. Por lo tanto, existen grandes diferencias entre estos dos hombres, el hombre medio y el hombre cefálico.

Ahora debemos pasar a considerar al tercer hombre. Para hacernos más fácil de formar un cuadro mental de este tercer hombre, lo tomaremos en el orden inverso, comenzando desde el otro extremo. Encontraremos que este tercer hombre se separa de los otros dos de una manera perfectamente natural y obvia.

Comencemos con el séptimo miembro, los pies. Sabemos por la conferencia de ayer que conferimos a los pies el nombre de Piscis y el Signo ♓. La forma humana está aquí totalmente adaptada al mundo exterior. Si se piensa un poco sobre ello encontrarán que no hay ninguna pregunta al respecto. Porque es esencialmente la forma del pie lo que hace posible que el hombre sea una criatura que se mueve sobre la Tierra.

Todo lo que se requiere para caminar el hombre tiene que aprenderlo. Es conforme con la naturaleza que el hombre tiene que colocar sobre la Tierra la planta del pie, de modo que la superficie extendida del pie no esté dirigida hacia dentro sino hacia la Tierra. Y ahora, como lo que llamamos la pierna pertenece y corresponde a esta naturaleza del pie, debemos considerar como sexto miembro la pierna, a la que le damos el nombre de Acuario y el Signo ♒.

Llegamos entonces al quinto miembro, la rodilla, que aquí no se debe considerar de otra manera que formando un necesario mecanismo de descanso para el muslo. Debido a que el hombre tiene que poner a su hombre medio en conexión con el hombre inferior —el pie y la pierna— por lo tanto debe haber esta partición en la rodilla. Piensen en lo difícil que sería caminar si la pierna y el pie no se separaran de esta manera. Caminar sería una cuestión aún más difícil de lo que es, si la pierna y el muslo estuvieran hechos de una sola pieza! Si no tuviéramos que caminar, el hombre medio no nos preocuparía. Como sin embargo es así,  necesitamos al hombre medio y, en consecuencia, también se requiere de la rodilla como miembro de conexión. Lo llamamos Capricornio, con el Signo ♑. Este es el quinto miembro.

El cuarto, el muslo, ya lo hemos considerado y hemos visto que pertenece al hombre medio. El muslo tendría que estar allí incluso si el hombre tuviera otro tipo de movimiento. Si, por ejemplo, volara o nadara, seguiría necesitando el muslo, aunque podría tener que asumir otra forma. Si el hombre es capaz de caminar sobre la tierra, no sólo debe adaptarse el pie, la pierna y la rodilla a la tierra, sino también el muslo debe estar en la relación y proporción correcta con la de estos miembros. Debe ser formado de modo que corresponda de la manera correcta a los tres miembros inferiores. Lo reconocerán cuando observen que, en la medida en que el muslo está en correspondencia con los órganos medios, es del mismo tipo en aves, y en los animales de cuatro patas; solo en el hombre se desarrolla de manera diferente. Así, el muslo pertenece al hombre en cuanto tiene de naturaleza animal. Le damos el nombre de Arquero (Sagitario) y el signo ♐.

Se puede ver fácilmente que los órganos de reproducción están formados, por un lado, desde dentro, y por otro en sus funciones se adaptan al trabajo exterior. Permítanme decir de paso que debemos hablar de estas cosas con bastante objetividad, y considerar aspectos de ellas que sólo se pueden considerar cuando se trata el tema con seriedad científica. Los órganos reproductivos se adaptan a la naturaleza externa en el sentido de que relacionan un sexo con el otro. El órgano del macho no sólo se forma fuera del hombre medio, sino que también se le da una dirección externa y un forma adaptada al órgano reproductor de la hembra. Tenemos, por lo tanto, que hablar de los órganos reproductivos como el tercer miembro, que llamamos Escorpión y denotamos con el Signo ♏.

Ahora vamos a lo que se llama la balanza (Libra), el lugar del equilibrio en el hombre. La forma externa de la región del equilibrio es prueba suficiente de que tenemos aquí un miembro de la naturaleza media del hombre. Tengan en cuenta que es porque el hombre se ha vuelto vertical que tuvo que tener aquí este órgano de equilibrio. Debe desarrollarse de tal manera que le permita convertirse en un ser recto. Comparen la región de equilibrio en un animal de cuatro patas con el del hombre y reconocerán que este miembro del equilibrio es diferente pues la parte superior del cuerpo tiene una dirección ascendente o descansa horizontalmente en las piernas y los pies. Así, el lugar donde se encuentra el equilibrio y que designamos como Libra tiene que ser contado como el segundo miembro del hombre inferior.

Y ahora llegamos a algo que no puede sino encontrarse con malentendidos por parte de la ciencia actual. Hemos considerado hasta ahora un hombre de seis envolturas; hemos estudiado al tercer hombre empezando desde abajo hacia arriba y encontramos en él a estos seis miembros. Cuando consideramos a los otros dos, al primer y el segundo hombre séptuple, tomamos como punto de partida en cada caso un cerebro. Al considerar la cabeza, comenzamos con el cerebro y eso nos condujo a los brazos y manos. Entonces aprendimos a ver un segundo cerebro, un cerebro que es como un cuerpo alargado, pero aún así es verdaderamente cerebro,—la médula espinal. Como usted sabrá, la diferencia entre la médula espinal y el cerebro, aunque aparentemente  parece pequeña, es realmente muy grande. La médula espinal es el instrumento para todos los movimientos que el hombre está obligado a realizar; los movimientos que llamamos movimientos involuntarios son controlados por la médula espinal. Cuando, por otra parte, empleamos el instrumento del cerebro, el pensamiento se inserta entre la percepción y el movimiento. En la médula espinal no existe conexión con el pensamiento. Allí el movimiento sigue directamente a la percepción. En el caso del animal la médula espinal desempeña una mayor parte que en el caso del hombre, y el cerebro una parte menor. La mayoría de los animales realizan sus acciones de manera involuntaria. El hombre, sin embargo, en virtud de su cerebro superior, se inclina al pensamiento entre la percepción y el movimiento; por consiguiente, sus hechos muestran un carácter voluntario.

Tratemos ahora de imaginar al tercer hombre de tal manera que en él también descubrimos una clase de cerebro. Como ustedes saben, hay en el hombre un tercer sistema nervioso distinto del cerebro y de la médula espinal. Es el sistema nervioso simpático, el denominado plexo solar, situado en la parte inferior del hombre y que envía sus fibras hacia arriba, paralelas a la médula espinal. Es un sistema nervioso que está separado de los otros dos y en relación con el propio cerebro, puede considerarse como un cerebro peculiar, no desarrollado. Cuando seguimos la forma humana más allá de Libra, encontramos este notable sistema nervioso simpático, el sistema del plexo solar extendido como el cerebro del tercer hombre. Con los órganos especiales que ya hemos enumerado, también está conectado lo que tenemos que considerar como una especie de tercer cerebro, el plexo solar.

Ahora bien, existe una conexión vital —y esto es lo que la ciencia externa no puede sino encontrar difícil de aceptar— entre el plexo solar y los riñones. Como la sustancia del cerebro en la cabeza y las fibras de las vías nerviosas permanecen unidas, también lo hacen los riñones que pertenecen al cerebro del abdomen, al plexo solar. De hecho, el plexo solar y los riñones forman, en conjunto, un tipo peculiar de cerebro subordinado. Reconociendo este cerebro como parte del hombre inferior, podemos designarlo con el término Virgen (Virgo) ♍. Tenemos, pues, ahora nuestro séptimo, o más bien nuestro primer miembro, compuesto por la conexión del plexo solar con los riñones; y en este punto llegamos a completar el tercer hombre séptuple.

HOMBRE INFERIOR

Así, el hombre se encuentra triformado en su composición. Estos tres hombres colaboran entre sí, y no es posible comprender la naturaleza del ser humano hasta que se sepa que en él están activos en realidad tres seres humanos. Tres hombres séptuples trabajan unidos en el hombre.

El último cerebro nombrado toma extraordinariamente poco interés en el mundo externo. Su único propósito es mantener las partes interiores del hombre en posición vertical. Todo el resto de los órganos en el hombre inferior se adaptan al mundo exterior, aunque de una manera muy diferente a la del hombre cefálico. La relación del hombre cefálico con el mundo externo se expresa en el hecho de que él re-forma el mundo de la tierra al mundo de la cultura humana. Por otro lado, en los órganos externos e internos del hombre inferior tenemos que ver con algo que pertenece y sirve al ser humano mismo. Es sólo porque no nos tomamos la molestia de pensar con precisión en estos asuntos que no podemos observar la enorme diferencia que hay entre esta Triformación que engloba la totalidad del ser humano

El ocultismo siempre ha dado el nombre de Mysterium Magnum, el Gran Misterio, al maravilloso secreto de la naturaleza del hombre, cuyo aspecto exterior hemos estado considerando aquí. Este aspecto del Mysterium Magnum es visible en el mundo exterior; sólo que, en general, no estamos en condiciones de entenderlo, porque no distinguimos desde un principio, en lo que parece ser una unidad, un ser tres veces séptuple.

Ahora podemos pasar a considerar el otro aspecto de este misterio. Hablamos antes de la naturaleza del Yo del hombre, y dijimos cómo tiene la apariencia de ser una unidad. Vimos también cómo esta unidad se rompe continuamente, siendo continuamente interrumpida por el sueño. Si leen “Como se alcanza el conocimiento de los Mundos Superiores” encontrarán que se describe un hecho notable, cuando el discípulo de ocultismo da el paso que lo lleva fuera de su conciencia ordinaria algo extraño sucede con su Yo, con su conciencia. El está dividido en tres miembros, y tan eficazmente que es dominado por estos miembros auto-dependientes dentro de él —el alma pensante, el alma sensible y el alma dispuesta—. En la vida ordinaria estas tres cosas —pensamiento, sentimiento y voluntad— están unidas en la naturaleza del Yo, en la conciencia del Yo. En nuestra conciencia cotidiana común juegan entre sí. Sin embargo, tan pronto como damos un paso hacia una conciencia superior, el pensamiento, el sentimiento y la voluntad se desmoronan. Este es un hecho al cual el aspirante del ocultismo debe prestar atención. Cuando sale de su conciencia cotidiana, se encuentra dividido en tres, encuentra la unidad del Yo dividida en un hombre pensante, un hombre sensible y un hombre dispuesto.

Ahí tienen el otro aspecto del Mysterium Magnum. Cuando el hombre se precipita, por así decirlo, cuando realmente pasa por encima de los límites de su conciencia, entonces su unidad del Yo se divide en tres al igual que la aparente unidad de la figura humana externa, tan pronto como llegamos a estudiar el cuerpo más de cerca, se divide en tres, —en tres hombres de siete miembros.

Así, nuestra naturaleza interna del Yo, al igual que nuestra forma externa, es una unidad formada de una trinidad. El hombre exterior se divide en el hombre cefálico de siete miembros, el hombre medio o rítmico se divide en siete miembros  y el hombre inferior o metabólico consta de siete miembros. En consecuencia, el yo interior del ser humano se divide, en cuanto alcanza el primer paso en el reino oculto, en un ser trimembrado, el hombre pensante, el hombre sensible y el hombre dispuesto, que colaboran entre sí en completa independencia. Ese es el segundo aspecto del misterio.

Ambos hechos deben ser reconocidos por el discípulo del ocultismo, cuando da el primer paso hacia una conciencia superior. (Hablaremos mañana del encuentro con el Guardián del umbral.) Así como la conciencia se divide en tres partes, así si avanzamos de la manera correcta, aprenderemos a percibir en la forma externa manifiesta del hombre un ser trino y séptuple. Tenemos aquí dos aspectos de un aspecto múltiple, —el Mysterium Magnum. De los otros aspectos hablaremos más adelante. De momento estamos indicando los primeros y más elementales pasos para el comienzo de este gran y maravilloso misterio. Por eso, cuando se llega a una etapa particular del desarrollo oculto, se encuentra por todos los lados con la fórmula (expresada de muchas maneras diferentes): El gran secreto es —”Tres son uno y uno son tres”. Para el ocultista esta fórmula significa lo que he descrito hoy; aquí tiene su pleno y verdadero significado. Sólo cuando la gente lo malinterpreta y lo convierte en un dogma materialista pierde su verdadero significado. Sin embargo, si lo toman en el sentido que he explicado, puede ser un símbolo correcto para las verdades con las que hemos estado tratando hoy. La fórmula se convierte entonces en una expresión del Mysterium Magnum. Si queremos encontrar el camino correcto en el reino del ocultismo —y esto es lo que intentamos aquí, en muchas conexiones—, entonces debemos aprender a comprender esta misteriosa y aparentemente contradictoria fórmula: Tres son uno y uno son tres. Para el discípulo medieval del ocultismo una y otra vez le fueron pronunciadas las palabras: “Presta atención a lo que se te dice; así podrás entender el misterio de cómo los Tres pueden ser al mismo tiempo Uno, y el Uno al mismo tiempo Tres. “

HOMBRETRIMEMBRADO

Traducido por Gracia Muñoz

GA137c4. El hombre a la luz del ocultismo, la teosofía y la filosofía

Christiania, 6  de junio de 1912

English version

Mis queridos amigos,

Ahora vamos a considerar la tercera experiencia en el mundo suprasensible, la conciencia que se vive allí. Pero antes de poder hacerlo, primero debemos tomar conciencia de algo que todo el mundo posee, pero que no todo el mundo se toma la molestia de observar, a saber, la conciencia ordinaria de este mundo, la conciencia, que se centra en el hecho de que el hombre toma conciencia de su yo, se hace consciente de sí mismo como un ser auto-existente que tiene conocimiento de los objetos y los seres que le rodean.

Esta conciencia es un elemento en nuestra vida que tenemos que examinar con especial cuidado y precisión, cuando se está pensando en el ocultismo. Porque es cierto que esta conciencia, que podemos llamarla “conciencia del yo”, es para el ocultista ese elemento en su vida que  está en el mayor peligro de perder cuando pasa por los mundos suprasensibles. Un hombre que quiere penetrar en los mundos suprasensibles tiene que tener mucho cuidado con este dato, ya que la pérdida de esta conciencia del yo, el cese y la supresión de la misma, es tan peligrosa como necesaria!. Aquí, como podemos ver, hemos llegado de nuevo a una contradicción, pero ya he dicho que en este campo son inevitables las contradicciones.

Si reflexionamos un poco sobre la conciencia del yo, vemos que en realidad es el fundamento de la existencia en sí misma, por el hecho de que tienes una conciencia del yo, estás en tu alma autocontenida. Cuando no estás usando tus sentidos, entonces, excepto cuando duermes, siempre debes estar como tú en tu conciencia. La conciencia sólo se hunde en la oscuridad cuando caemos dormidos.

Ahora bien, no requiere mucho pensamiento percibir que lo que estamos acostumbrados a llamar la Divinidad, o el Fundamento Unitario e Indivisible de los Mundos, no puede considerarse como parte de esta conciencia, ya que el hombre pierde esa conciencia todas las noches cuando se va a dormir y encuentra el contenido de nuevo cada mañana. Todo lo que tiene en él por la noche cuando se duerme se mantiene, y es capaz de despertar y retomar los hilos de su vida interior, donde los dejó cuando se quedó dormido. Todo ha quedado como estaba, sólo que el hombre no ha tenido conocimiento de sí mismo mientras dormía. El Fundamento Uno e Indivisible de los mundos que mantiene todo, debe por tanto, mantener también la conciencia del hombre mientras duerme. Debe vigilar la naturaleza del hombre, tanto cuando despierta como cuando duerme.

A partir de esto será evidente que el hombre debe necesariamente pensar en el Fundamento Divino de los Mundos como algo fuera de la conciencia de la Tierra dentro de la cual él mismo se encuentra. En consecuencia, el hombre no puede, por medio de su propia conciencia, tener conocimiento alguno del  Fundamento Divino de los Mundos. Esto significa que desde la conciencia ordinaria de la Tierra el hombre es incapaz de acercarse por sus propios esfuerzos a las cosas que pertenecen al Fundamento de los Mundos, estas cosas han tenido que venirle por medio de lo que se llama “revelación”. Las revelaciones, y particularmente las revelaciones de la religión, siempre se han dado al hombre, por la sencilla razón de que el no puede encontrarlas dentro de su propia conciencia, en la medida en que es la conciencia de la Tierra. Si se quiere establecer una relación con el Fundamento de los Mundos, si quiere informarse de la naturaleza y el ser del Fundamento y origen de la existencia, debe recibirlo por revelación. Y la revelación nos ha llegado, como sabemos, una y otra vez, a lo largo de la evolución de la humanidad. Cuando retrocedemos a los antiguos tiempos precristianos, nos encontramos con muchos grandes maestros religiosos, —como por ejemplo se denomina en el lenguaje de Buda a los Bodhisattvas; otros pueblos los conocen por otros nombres. Estos grandes maestros estuvieron entre los hombres y les comunicaron lo que los hombres eran incapaces de descubrir por medio de su conciencia  terrestre.

La pregunta es: ¿cómo estos maestros religiosos pueden obtener el conocimiento de las cosas que están detrás de la conciencia humana?. Sabemos que siempre ha habido en el mundo lo que llamamos “Iniciación”, y todos los grandes maestros religiosos han tenido que someterse en última instancia a cualquier forma de iniciación, para ascender por sí mismos el camino oculto, o para recibir la enseñanza de los iniciados que han ascendido  al sendero oculto y han llegado a una comprensión de lo Divino, no con su conciencia terrenal, sino con una conciencia que va más allá de la conciencia de la Tierra.

Este fue el origen de las religiones de la antigüedad. Todas las comunicaciones y revelaciones que los hombres recibieron en tiempos pre-cristianos de los grandes maestros de la humanidad nos llevan en última instancia a los fundadores de la religión, iniciados que habían experimentado en condiciones suprafísicas lo que comunicaban a la humanidad. Y en consecuencia, la relación de un hombre religioso con su Dios es siempre tal que concibe a su Dios como un Ser fuera de su mundo, un Ser que está más allá y de quien puede por medios especiales recibir una revelación.

A menos que el hombre se eleve a la iniciación, debe mantener necesariamente esta actitud. Debe sentirse a sí mismo de pie aquí en la Tierra, examinando con su conciencia las cosas de la Tierra y recibiendo de los fundadores de la religión el conocimiento de las cosas que están fuera del mundo de los sentidos y fuera del mundo del entendimiento, en una palabra, fuera del mundo de la conciencia humana. Así es como ha sido con todas las religiones, y en cierto sentido podemos decir que todavía.  Sabemos, por ejemplo, que el budismo se remonta a su gran fundador Buda. Y cada vez que se habla de la fundación del budismo siempre se declara expresamente que el Buda alcanzó la iniciación y la visión superior, mientras meditaba bajo el árbol Bodhi, que es sólo una forma particular de expresar el hecho de que en el año 29º de su vida se hizo capaz de mirar el mundo espiritual y revelar lo que ahí vio y aprendió.

Lo que se revela exactamente no es para nosotros de gran importancia. Varía según la necesidad y la capacidad de recibir del hombre. Tomemos, por ejemplo, la antigua Grecia. En la medida en que la antigua Grecia recibió sus ideas religiosas a través de la enseñanza de Pitágoras, volvemos a encontrar aquí que la conciencia de Pitágoras ha sufrido una iniciación y, por consiguiente, ha podido sacar de los mundos espirituales e incorporar a la conciencia humana lo que veía correcto y necesario para los hombres que estaban en la Tierra en ese momento.

Tal es entonces la relación del hombre religioso con el mundo espiritual; no podemos imaginarlo de otra manera. El hombre y el mundo divino se enfrentan uno a otro. Si en ese mundo se contempla una pluralidad de Seres o una unidad, si es enseñado el politeísmo o el monoteísmo, no tiene que preocuparnos aquí. Lo importante es que el hombre se encuentra de pie frente a un mundo divino, que le debe ser revelado.

Esta es también la razón por la cual la teología ha llegado al punto de no dar lugar a las ideas religiosas para el conocimiento que el hombre adquiere por sí mismo. Tal conocimiento sólo puede alcanzarse por el desarrollo interior y el ascenso a los mundos espirituales. Implicaría así una penetración en regiones que la teología —no la religión como tal, sino la teología—- está más atenta de excluir cualquier influencia sobre las concepciones religiosas de la humanidad. De ahí el cuidado que se toma en Teología para advertir al hombre de dos caminos equivocados que deben ser evitados. Uno de ellos está en el camino que conduce a la Teosofía, donde el hombre busca desarrollarse para elevarse a su Dios,  estar frente  a su Dios como un hombre, y el otro, según dicen los teólogos, es el camino de la mística , —a pesar de que no es raro que los teólogos mismos hagan pequeños desvíos a las regiones tanto de la teosofía como del misticismo—. Pero las personas religiosas, las personas que son pura y simplemente religiosas, han de distinguirse no sólo de los teósofos, sino también de los místicos, porque la mística es también muy diferente del hombre religioso. El hombre religioso es esencialmente alguien que está aquí en la Tierra y establece una relación con un Dios que está más allá de su conciencia.

Ahora bien, como ustedes saben, hay otras cosas en el alma del hombre, además de lo que ya hemos hablado. En el alma del hombre está la vida del pensamiento, que hace uso del instrumento del cerebro. En la medida en que el hombre está en su conciencia ordinaria, tiene por supuesto, su cerebro y su mundo de pensamientos. La conciencia no puede estar ahí sin ellos. Interactuando con lo que podemos llamar conciencia humana, tenemos los pensamientos, las experiencias que el hombre tiene cuando hace uso del instrumento del cerebro. Por consiguiente, las religiones han contenido siempre pensamientos que emplean el instrumento del cerebro, ya que quien es un revelador, un fundador de una religión, puede vestir las revelaciones divinas en formas que los hombres entenderán haciendo uso del instrumento del cerebro. La religión sin embargo, puede estar también revestida de las ideas que hacen uso del instrumento del corazón. Ninguna religión en particular, por lo tanto, puede hablar, ya más en el cerebro o más al corazón del hombre. Si hacemos la comparación entre las distintas religiones del mundo, nos encontramos con que algunas hablan más a la comprensión, a las experiencias de los hombres que están conectadas con el cerebro, mientras que otras hablan más bien a las ideas y los sentimientos del corazón, apelando a la vida de la percepción interna y al sentimiento. Esta diferencia puede ser fácilmente observada en las diversas religiones. Todas las religiones tienen, sin embargo, la característica común de que el hombre mantiene intacta la conciencia del yo, que permanece consciente en cuanto hombre. Aquí en la Tierra funciona la conciencia del yo, y sobre ella desde fuera funciona lo que pertenece a la naturaleza del mundo divino suprasensible.

Todo esto cambia cuando el hombre se convierte en un místico. Porque cuando el hombre se convierte en místico, entonces todo lo relacionado con la conciencia de la Tierra ordinaria se evapora. Lo que está muy bien resguardado en la religión, siempre y cuando se mantenga la religión pura y simple,  a saber, que un hombre se sienta sobre sus propios pies y se enfrenta el mundo divino con plena conciencia— se descompone en el misticismo. Los místicos, precristianos así como los cristianos, siempre han hecho todo lo posible para romper la conciencia humana. Su preocupación ha sido siempre tomar el camino hacia arriba a los mundos suprasensibles, es decir, trascender la conciencia ordinaria humana en la Tierra. Esa es la característica del misticismo. Se establecen en él para superar la conciencia ordinaria y vivir su camino en un estado donde sobreviene el olvido de sí. Y luego, si el místico puede llegar tan lejos, como para olvidarse de sí mismo pasa a la autoaniquilación, a la autoextinción. Los estados esencialmente místicos del éxtasis, tienen todos ellos este fin, acabar con las limitaciones de la conciencia de la Tierra, para crecer más allá de ellas hacia una conciencia superior.

Es difícil formarse una concepción de la naturaleza del misticismo, ya que se manifiesta en muchas formas diferentes. Será bueno si en este momento tenemos en cuenta algunos ejemplos individuales.

Imaginemos que un místico, de acuerdo con lo que acabo de explicar, se siente llamado a suprimir su conciencia ordinaria del yo, a romperla y a superarla. Por supuesto habrá abandonado las otras experiencias del alma, las experiencias que el hombre tiene por el uso del cerebro y el corazón. El místico intenta extinguirlas de su conciencia, pero no necesariamente extingue también las experiencias del cerebro y del corazón al mismo tiempo. Como ven aquí se abre el camino para muchos matices diferentes de misticismo. Consideremos qué variedades son posibles.

Un místico puede tener experiencias del cerebro y del corazón, mientras que la conciencia se extingue. Entonces podemos decir que él sale de sí mismo en el éxtasis, pero que reconoce los pensamientos y sentimientos que aún tiene, que no ha borrado lo que pensaba y sentía por el uso de cerebro y del corazón. Para descubrir a los místicos que en verdad se pueden contar en esta categoría tenemos que ir más lejos en la historia. Podemos encontrarlos entre aquellos que, después de la fundación del cristianismo, se esforzaron por ascender al Yo divino con la ayuda de la filosofía de Platón,  —neoplatónicos, es decir, como Iamblico y Plotino. A esta clase también pertenece Escoto Erigena, y si uno no se aferra estrictamente a la definición, pero admite a un místico en quien el cerebro se experimenta más que las experiencias del corazón, entonces podemos incluir también al Maestro Eckhart, estos pasan a formar la clase A; místicos que todavía admiten experiencias del cerebro y del corazón.

Un segundo tipo de místico es aquel que no sólo apaga su conciencia, sino que además experimenta su cerebro, reteniendo sólo las ideas y concepciones que se adquieren mediante el uso del instrumento del corazón. Generalmente encontramos que los místicos de este orden no tienen amor por nada de lo que se piensa. Quieren excluir tanto el pensamiento como la conciencia. Todo lo que se permitirá utilizar para su desarrollo es lo que el corazón pueda lograr. Esos místicos, aunque su empeño es superar la conciencia humana, ir más allá de ella en éxtasis, conservan una conexión con sus semejantes a través del hecho de que basan su relación con el mundo circundante en las experiencias del corazón.

Imagínense a ustedes mismos un místico de este tipo, —un extático cuyo deseo y objetivo es salir de sí mismo—, que ama estar en un estado en el que esta totalmente libre de sí mismo! Tal místico rechazará de inmediato cualquier cosa que se propongan comunicarle, y que le obligue a usar su cerebro. No querrá saber nada de eso. Si lo que usted tiene que decir se refiere a los mundos superiores o al mundo de la naturaleza externa, no hace ninguna diferencia; en cualquier caso responderá que no hay necesidad de saber todo eso.

Un místico que está conectado de esta manera con su entorno a través del corazón solo es capaz de hacer un buen servicio para la humanidad. Pero puesto que de todas las experiencias del alma humana solo deja hablar a las experiencias del corazón, él no encontrará fácilmente accesibles las complicadas ideas que se adquieren en el camino del ocultismo; pues para recibir estas uno tiene que hacer en todo caso un proceso de pensamiento!

Fue un místico de esta clase quien, cuando le preguntaron si no le gustaría tener un Libro de Salmos —porque nunca leyó las Sagradas Escrituras— respondió: “Si un hombre usa un Libro de Salmos pronto, querrá un libro más grande, y no se puede decir qué más querrá él cuando empiece a desear después el conocimiento en forma de pensamientos”. El mismo místico no deseaba tener pensamientos ni siquiera sobre la Naturaleza. Solía decir: “El hombre no puede saber nada de lo que no sabe”. Con este gesto expuso todo su conocimiento. Aquí tenemos entonces un místico con solo experiencias del corazón, perteneciendo a nuestra segunda categoría, clase B.

Ahora, en el caso de tal místico, encontrarán que hay una especie de economía de sus fuerzas anímicas. En la medida en que no hace uso de su entendimiento y su poder de pensamiento, en tal medida sus fuerzas anímicas están, por así decirlo, maniatadas. La conciencia también la deja fuera de uso. Todo esto tiene un resultado interesante. Porque cuando él está en sus estados de éxtasis, con la conciencia humana de la Tierra cerrada, pero todavía percibe a su alrededor todo lo que puede ver con sus ojos y oír con sus oídos y así sucesivamente, y sin embargo no quiere comprender su entorno, pensando que no hay alguna necesidad de hacerlo, tal místico tendrá grandes fuerzas que le permitirán sentirse aún más en la naturaleza circundante.

Como místico, uno puede protegerse por completo de la Teología, pero la Naturaleza rodea a todos los místicos. Sin embargo un místico de este tipo, no tendrá nada que ver con el conocimiento, incluso sobre la naturaleza. De esta manera se ahorra hasta las fuerzas que de otra manera usarían para reflexionar sobre la naturaleza con el pensamiento. Rechaza todos los estudios de la Ciencia de la Naturaleza. Pero las fuerzas del corazón, —estas las usa, y es capaz de desarrollarlas con más fuerza. Él sentirá a través del instrumento del corazón todo lo que el Ser de la Naturaleza puede decirle, y lo sentirá más poderosamente que el hombre que usa sus fuerzas anímicas con su intelecto y su autoconciencia. Por lo tanto vamos a esperar encontrar en un místico de este tipo una idea de la naturaleza que es muy positiva y muy concreta. Esa persona, en el pasado, vistió su sentimiento por la Naturaleza en los siguientes versos, que les leeré aquí, para que vean cómo, para un místico de este tipo, la vida misma se convierte en un sentimiento para la Naturaleza.

Altísimo, omnipotente, buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.

A ti solo, Altísimo, corresponden,
y ningún hombre es digno de hacer de ti mención.

Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,
especialmente el señor hermano sol,
el cual es día, y por el cual nos alumbras.

Y él es bello y radiante con gran esplendor,
de ti, Altísimo, lleva significación.

Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las has formado luminosas y preciosas y bellas.

Loado seas, mi Señor, por el hermano viento,
y por el aire y el nublado y el sereno y todo tiempo,
por el cual a tus criaturas das sustento.

Loado seas, mi Señor, por la hermana agua,
la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta.

Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual alumbras la noche,
y él es bello y alegre y robusto y fuerte.

Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra,
la cual nos sustenta y gobierna,
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba.

Tenemos aquí, como veis, un éxodo total del alma consciente de sí misma, una especie de embriaguez del corazón. Todo se siente. El poema está saturado de algo que el ojo no puede percibir (pues el escritor es un místico), pero el alma puede sentirlo. Tengan en cuenta sin embargo, que es lo que el alma siente cuando todavía no ha ido tan lejos como para entrar en la experiencia de lo divino en la naturaleza. Cuando esto se convierte también en una parte de la experiencia del alma, entonces no puede surgir esa sensación de la naturaleza que está tan hermosamente expresada por Goethe en su Fausto:

“Spirit sublime, thou gav’st me, gav’st me all

  For which I prayed. Not unto me in vain

  Hast thou thy countenance revealed in fire.

  Thou gav’st me Nature as a kingdom grand,

  With power to feel and to enjoy it.

  Thou Not only cold, amazed acquaintance yield’st,

  But grantest, that in her profoundest breast

  I gaze, as in the bosom of a friend.

  The ranks of living creatures thou dost lead

  Before me, teaching me to know my brothers

  In air and water and the silent wood.”*

  • From Bayard Taylor’s Translation.

Aquí tenemos un eco del mismo sentimiento, y su misterio ha sido resuelto. Cuando miramos la figura de Fausto, podemos ver cómo esta experiencia se convierte en una parte de su vida anímica.

Para volver al himno citado. Es el himno de un místico en el que este aspecto de la experiencia humana eclipsa a todo lo demás. Él está en una relación tan íntima con la naturaleza que el Sol es su hermano y su hermana la Luna, al agua también, la llama hermana, al fuego, el hermano, y la Tierra misma su madre. Así es como se siente la naturaleza espiritual. Aquí tienen un místico que va más allá de la conciencia humana ordinaria, pero al mismo tiempo que conserva todas las experiencias anímicas que se adquieren a través del instrumento del corazón. Es un místico a quien todos ustedes conocen bien, —Francisco de Asís.

San Francisco

En San Francisco de Asís tenemos un ejemplo notable de un místico del que en realidad podemos afirmar que en esa encarnación él rechazó toda la teología y todo el conocimiento, incluso de las cosas suprasensibles. Por otro lado nos encontramos con que en este relato fue capaz de vivir en una intimidad extraordinaria con el espíritu de la Naturaleza. Esta fue realmente una característica destacada de su vida.

En San Francisco no tenemos el mero panteísmo vago del espíritu, —que tiene siempre un rastro de afectación al respecto. Él no sólo canta con entusiasmo al Espíritu universal de la Naturaleza, sino que canta definidos sentimientos positivos que llenan su alma cuando se encuentra con los seres de la naturaleza, —filial, fraternal, sentimientos fraternales.

Ahora debemos pasar a una tercera clase de los místicos, la clase C. Estos son los místicos que se dedicaron a experimentar el éxtasis —es decir, la pérdida o el oscurecimiento de la autoconciencia— y bajo ciertas condiciones a excluir también las experiencias anímicas que hacen uso del corazón, mientras que por otro lado retienen los pensamientos, o experiencias del cerebro. Estos hombres a menudo no se describen en el lenguaje ordinario como místicos en absoluto, ya que generalmente se espera de un místico que sus experiencias se impregnen de sentimiento. Y es fácil ver por qué. Piensen en un hombre que ha expulsado de su alma, toda su experiencia personal, la autoconciencia. Esto significa que no está ausente en él la misma cosa que la mayoría de la gente encuentra interesante en sus semejantes, —a saber, la personalidad. La gente está interesada en los demás a causa de su personalidad. Ahora las experiencias del corazón tienen todavía mucho de personal impregnado en ellas —por ejemplo, en San Francisco de Asís— que ejercen todavía una influencia tan convincente en lo que hay de humano en nosotros, que nos mantiene despiertos en nuestra conciencia y nos volvemos a esa persona con interés, —aunque en verdad no tan fácilmente con la voluntad. Y eso también es muy adecuado para la vida ordinaria, especialmente en la actualidad; ¡No podemos ser todos como San Francisco de Asís! La universalidad del corazón, cuando se manifiesta como lo hizo en San Francisco, tiene una poderosa influencia sobre las personas, incluso cuando el elemento esencialmente personal es entorpecido y oscurecido. Esta supresión y extinción de la conciencia conduce, por un lado, en un místico como San Francisco, como ustedes saben, a una especie de radicalismo en la vida, que incluso cuando se despierta el interés la gente se abstiene de imitarlo. Porque como regla general, las personas no están en absoluto deseosas de salir de su conciencia,  tienen miedo a perder el suelo bajo sus pies.

Pero ahora consideren cómo podría ser un místico que excluye toda conciencia personal y además todas las experiencias del corazón. Tal místico no daría a los hombres nada más que pensamientos puros, —pensamientos e ideas que hacen solo uso del cerebro. Nadie podrá fácilmente llevar su vida en tal condición. Un hombre puede ser tan San Francisco como quiera, porque las experiencias del corazón pueden ser útiles para la humanidad en general. Pero un místico que suprime no sólo su conciencia del yo personal, sino también su corazón y experimenta y vive sólo en pensamientos —pensamientos que están vinculados al cerebro— tendrá que limitar su devoción a este camino a determinados momentos solemnes de su vida. Pues la vida siempre nos llama y devuelve, una y otra vez, al elemento personal en la Tierra, y cualquiera que viviera solo de pensamientos y sólo usara su cerebro no sería capaz de realizar ninguna actividad ordinaria de la Tierra. Por consiguiente, sólo puede ocuparse de esta manera durante periodos muy cortos; nadie puede utilizar el cerebro exclusivamente por más momentos a la vez. Y en cuanto a sus semejantes, y su relación con ellos, simplemente no se preocuparan por él,  sino que todos le evitaran. Porque lo que más interesa a la gente es la experiencia personal; y esto se suprime. Y las experiencias del corazón, que trabajan tan poderosamente sobre la gente, a estas también renuncia. La consecuencia es que la gente se alejará de él por completo, no tendrán el menor deseo de acercarse a él.

El filósofo Hegel es un místico de este tipo en el verdadero sentido de la palabra. Lo que da en su filosofía expresa la intención de excluir cualquier punto de vista personal y también todas las experiencias del corazón. Se propone ser la pura contemplación en el pensamiento, y podemos por consiguiente tomar a Hegel como un ejemplo eminente de un místico sólo con experiencias cerebrales. Tal hombre nos lleva a las alturas más puras del pensamiento. Mientras que en la vida ordinaria el hombre está acostumbrado a tener pensamientos que están arraigados y basados en el interés personal y en la autoconciencia, estos son los mismos pensamientos que en un místico filosófico de este tipo están prohibidos. Y se excluye también lo que hace de lo espiritual atractivo y deseable, es decir, su interacción con las experiencias del corazón. Él se dedica a la renuncia de lo majestuoso siguiendo el curso de las experiencias del cerebro y solamente éstas. De todo lo que el alma humana puede experimentar, sólo le quedan pensamientos.

Es por ello que tantas personas se quejan de Hegel, no hay nada que recuerde las experiencias del corazón, todo lo que presenta es única y exclusivamente imágenes mentales. La mayoría de las personas sienten que se quedan desoladas y se enfrían, cuando encuentran lo que ellos mismos aman con su corazón, cristalizado en el frío pensamiento. Y la conciencia del yo, en la cual la personalidad está arraigada y por la cual el hombre se mantiene firme en la vida terrenal, —Hegel lo tiene sólo como un pensamiento. Por supuesto que toma en consideración al yo, porque para él es la idea de una experiencia particularmente importante. Esto lo hace. Pero sigue siendo no más que una imagen del pensamiento, para él, la personalidad humana no se dispara con esa cualidad viva y directa que brota de la autoconciencia.

Todavía tenemos otro tipo posible de místico. Sería el místico que excluye a los tres, —la conciencia de la Tierra, las experiencias del corazón y las experiencias cerebrales. Entonces tendríamos la clase D, místicos que aniquilan del alma todas las experiencias de la Tierra. Como pueden imaginar, tal cosa es extraordinariamente difícil de lograr. Para un ocultista, es algo muy natural; en las próximas conferencias profundizaremos en ello. Un ocultista se eleva a los estados donde silencia todo lo que está conectado con el cerebro, así como con el corazón, en la medida en que éstos se componen de fuerzas de la Tierra y en la medida en que hacen uso de la consciencia. Un ocultista práctico que ascienda a los mundos superiores considerará este paso como obvio. Pero en este punto el ocultista comienza a vivir y experimentar en el mundo suprasensible, y durante el tiempo que está aislado de todo lo relacionado con el mundo que rodea al hombre en la Tierra, tiene a su alrededor el mundo superior. El salta de una cosa a la otra. El místico, por el contrario, cierra estas tres experiencias que hacen uso de los instrumentos de la Tierra, no dejando entrar nada que pudiera llenar su conciencia. Él, por supuesto, no entra en la nada, porque mas allá de nuestra conciencia esta como sabemos, el mundo divino espiritual suprasensible. Pero él no entra en este mundo como el ocultista, a quien se revela entonces la palabra tácita y la luz suprasensible; no, el suprime su conciencia, suprime todos los poderes que están en ella y sólo siente al fin, después de suprimir todas estas experiencias humanas, un sentido de estar unido con algo, de estar dentro de algo. Allí comienza para él una experiencia que tiene la impresión, después de la extinción de la conciencia y de todas las experiencias de la Tierra, de un matrimonio con algo que se siente y se percibe en una especie de intoxicación. El místico se une a él en arrebato y éxtasis, pero no puede hacer ninguna comunicación al respecto, porque no se experimenta de manera definida, no tiene impresiones concretas de las que pueda hablar.

Veremos, cuando sigamos hablando más del ocultismo, en qué situación desesperada devendría un hombre que erradicó los tres tipos de experiencia: —experiencias de corazón, cerebro y conciencia. Se convertiría en un místico sometido a la llamada unión mística, pero fue, en el éxtasis, como un hombre dormido, unido a lo Divino en el sueño y sin saber nada de él, sin siquiera tener el sentimiento de que se ha unido con lo divino. Si el místico debe conservar cualquier grado de sentimiento vivo de su unión con lo Divino, debe, de cualquier modo, borrar estas variadas experiencias personales sucesivamente.

Ahora, tenemos un ejemplo de tal místico, una persona que realmente anduvo por este camino y en sus escritos llegó incluso a recomendárselo a otros. En primer lugar, se esforzó enérgicamente en superar la autoconciencia personal, suprimirla y extinguirla por completo. Allí quedaban todavía activos dentro de ella los poderes del corazón y del intelecto. El siguiente paso fue la conquista del poder del entendimiento. Por último, ella superó los poderes del corazón. El hecho de que los poderes del corazón permanecieran en sus largos relatos de la extraordinaria fuerza e intensidad con que experimentó la entrada en el mundo que está más allá de la conciencia. Las tres cosas fueron superadas en este orden; Primero la consciencia, luego las experiencias del cerebro y por último todas las experiencias del corazón.

Es característico que la persona que realizó esta hazaña con notable orden y regularidad fue una mujer. Como ustedes saben, estas cosas deben ser consideradas con bastante objetividad; Y al hablar con teósofos no necesito temer ser mal interpretado cuando digo que este camino es más fácil para una mujer. Pues, como llegaremos a entender también por otras conexiones, es una peculiaridad de la naturaleza de la mujer que le es menos difícil conquistar todas sus experiencias anímicas. La mujer cuya experiencia del misticismo siguió el camino que hemos descrito —extinguiendo y eliminando una tras otra las experiencias relacionadas con el cerebro y el corazón y luego experimentando una unión con el Espíritu Divino como si fuera un matrimonio, como un abrazo— fue Santa Teresa.

Santa Teresa

Si estudiáis la vida de Santa Teresa a la luz de nuestras consideraciones de hoy, estaréis dispuestos a admitir que sólo en casos muy excepcionales puede llegar un místico por este camino. Mucho más usualmente sucederá que las diferentes experiencias del alma no sean vencidas con tanta pureza y poder como en el caso de Santa Teresa, pues sólo se conquistan parcialmente, de modo que una parte de ellas permanece.

Esto nos da, de hecho, tres tipos más de místicos. Tenemos a aquellos que quieren superar todas las experiencias del alma, pero en quienes permanecen sin extinguir las experiencias ligadas al cerebro. Tales místicos son, por regla general, personas que pueden ser descritas como sabias y prácticas en el mejor sentido de la palabra, que conocen su camino en la vida, porque hacen buen uso de su cerebro y que, habiendo suprimido en gran medida lo personal, son en su carácter impersonal recibidos con simpatía por sus semejantes.

Luego hay místicos que también tratan de superar todas sus experiencias del alma, pero sólo tienen un éxito parcial con las del corazón. Marca bien la diferencia entre un místico de este tipo y un místico como San Francisco de Asís. San Francisco de Asís no intentó superar las experiencias del corazón; por el contrario, las conservó en su totalidad, y la consecuencia fue que los conservó en perfecta salud. Eso es lo más grandioso y majestuoso de Francisco de Asís; alargó su corazón hasta cubrir toda su alma. No estoy hablando de místicos de este tipo, que no se esfuerzan por superar las experiencias del corazón. Estoy hablando de místicos que hacen grandes esfuerzos, que luchan con todas sus fuerzas en esta dirección, pero no tienen éxito.

En el caso de estos místicos, no encontramos ese maravilloso tipo de matrimonio con lo suprasensible y lo espiritual que encontramos en Santa Teresa. Cuando un místico se esfuerza por liberarse de todo lo que es personal, humano y terrenal, sin embargo, todavía conserva en forma visible las experiencias relacionadas con el corazón, entonces algo de la naturaleza de las limitaciones humanas interfiere en su esfuerzo. Y en realidad puede ocurrir que este matrimonio, este abrazo de lo Divino espiritual, se vuelva muy parecido a los sentimientos e instintos del amor humano en la vida ordinaria.

Los místicos de este tipo abundan pues por así decirlo, aman a su Dios y su mundo divino de la misma manera que ama el hombre en la vida humana. Miren a través de las historias de los santos y los relatos de monjes y monjas, y encontrarán un gran número de este tipo de místico. Están “enamorados” de la Virgen con una pasión completamente humana. Ella es para ellos un sustituto de una mujer humana. O  se encuentran monjas que están enamoradas de Cristo como su Novio, que tienen para Él todos los sentimientos del amor humano terrenal. Hemos llegado aquí a un capítulo muy interesante desde el punto de vista psicológico, —quizás más interesante que atractivo—, místicos religiosos que se esforzaron por lo que hemos descrito, pero que no pudieron alcanzarlo porque la naturaleza humana los retuvo.

Encontramos místicos —como, por ejemplo, Santa Hildegarda— que tienen impulsos buenos y hermosos pero que también tienen una considerable medida de instinto y deseo terrenales ordinarios, lo que perjudica sus sentimientos y percepciones místicas. Llegan a una experiencia que es muy parecida a una experiencia erótica, entran en una especie de erotismo místico, que encontrarán si estudian la historia de los místicos. Las efusiones de su corazón hablan de la “Novia de su alma”, o de su amor apasionado por el “Esposo Jesús”, y así sucesivamente.

Estamos más dispuestos a soportar a los místicos de este tipo, si han conservado bastante buena parte de la conciencia humana ordinaria, y son capaces, por así decirlo, de apartarse de su personalidad humana y mirar su propia experiencia mística. Pues, al hacer esto y ver que realmente no han ganado la victoria, que todavía tienen algo muy humano en ellos, un rastro de humor e ironía a menudo entrará en su conciencia. Esto da un toque personal a todo el asunto, y no nos desagradan tanto; Incluso comenzamos a sentir un interés simpático por su conquista de las experiencias del corazón. De lo contrario repelen; todo sabe a fingimiento e hipocresía. Pues el místico se propone compensar el fracaso de superar lo que vive en los impulsos e instintos humanos ordinarios de una manera indirecta con el ascetismo.

Si, sin embargo, este rasgo de humor e ironía está presente, si la persona en cuestión tiene momentos en que utiliza su conciencia humana ordinaria, se autoanaliza y se dice la verdad desde el punto de vista humano ordinario, intercalando así sus momentos místicos con momentos en que se dice a sí mismo la pura verdad, entonces podemos sentir cierta simpatía por ellos —como lo hacemos, por ejemplo, cuando estudiamos a una mística como Matilde de Magdeburgo.

Pues esta diferencia entre Matilde de Magdeburgo y los místicos que son como ella en otros aspectos, que mientras ella también manifiesta pasión erótica por lo Divino y Espiritual, y habla de su Amante Divino en los mismos términos que los hombres hablan de amor humano, ella se expresa siempre con cierto toque de humor. Ella no utiliza un lenguaje de altos vuelos, pero habla de tal manera que siempre podemos detectar un rastro de ironía en sus palabras.

La diferencia es muy marcada entre una mística tal como Hildegarda, que tampoco ha logrado superar la conciencia personal humana, y Matilde de Magdeburgo, que se siente apasionadamente movida a llegar al límite de lo Divino, pero que se expresa con honesta veracidad y no llama a aquello que todavía contiene la pasión erótica del corazón por el nombre engañoso de “arrebato religioso”, sino que lo llama claramente “amor religioso”, y habla constantemente de su Amado, su Esposo Divino.

Como pueden ver, hay todo tipo de matices de misticismo! E incluso ahora, no hemos tocado tanto el misticismo griego antiguo que encontraráb descrito en mi libro El cristianismo como hecho místico. Tendremos que hablar de eso más tarde. Una cosa que habrán podido aprender de los tipos de misticismo que hemos estudiado hoy; Es el esfuerzo de todos los místicos de salir de la consciencia personal ordinaria, de eliminar esta conciencia, pero que en realidad, si el hombre no pierde el suelo bajo sus pies, debe surgir otra conciencia. Es de la naturaleza del misticismo llegar a la frontera de lo espiritual, experimentar lo Divino y lo Espiritual como una especie de matrimonio, pero no entrar en el mundo de lo Divino y Espiritual. El místico se despoja de la conciencia que requiere un objeto externo. Su intento es deshacerse por completo de esta conciencia. Lo que el místico quiere es ir más allá de sí mismo. Sin embargo, si un hombre quiere experimentar conscientemente la palabra tácita y la luz no manifestada, debe obviamente experimentarlas en una conciencia nueva y diferente. En otras palabras, si el místico quiere convertirse en ocultista, no debe limitarse a emprender un esfuerzo negativo, sino centrar también su atención en el desarrollo de una conciencia nueva y superior, a saber, la conciencia sin un objeto de conocimiento. Hablaremos mañana sobre esta conciencia superior en la cual el ocultista tiene que entrar.

Traducido por Gracia Muñoz